Tuesday, February 28, 2017

Relato 3.0

PAZ MARTÍNEZ

INGREDIENTES: Agua, sodium laureth, sodium chloride, cocamidopropyl betaine, glycerin, decyl glucoside, parfum, styrene/acrylates copolumer, citric acid, PEG-120, methyl glucose diioleate, polyquaterium-T, tetrasodium EDTA, hydroluzedmilk protein, magnesiumnitrate, lactose, magnesium chloride, methylchloroisothiazolinone, sodiumbenzoate. gluconolactone, methylisothiazolinone, phenozyethanol, benzyl alcohol, phaenethyl alcohol,coprylyl glycol, potassium borbate, calciumgluconate, tocopherol, alpha-isomethyl ionone, benzyl salicytate, citronellol, geraniol, hezyl cinnamal, linalool.

PH:/ "Tolerancia testada bajo control dermatológico. /sin parabenos.

PRECAUCIONES:
No ingerir. Evitar el contacto con los ojos. En caso de contacto, aclarar con abundante agua. No utilizar en niños menores de3 años. Mantener fuera del alcance de los niños ya que no es un juguete.

Gel de baño que incorpora activos hidratantes como proteínas de leche y glicerina que proporcionan cualidades protectoras y nutritivas para tu piel. Delicadamente perfumado, es ideal para la higiene y el cuidado diario de toda la familia.

Fabricado por ROVAL COSMETICA S.A. Ctra Montblanc, km 2,4 43460 Alcover (Tarragona)
Para cualquier sugerencia o reclamación llame al TELÉFONO DE ATENCIÓN AL CONSUMIDOR: 902540340.

750ML.


Martes de carnaval

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

Con imágenes de Domingo de Carnaval, la película de Edgar Neville, mi preferida, con Conchita Montes, aunque hoy sea martes de destrozonas, disfraces, cortejos de carroñas, berridos, allí donde todavía se celebre el día del mundo al revés y los ajustes de cuentas del de abajo hacia el de arriba, y no un episodio de folclore controlado, subvencionado, vigilado... y multado. Día también de nostalgia de carnavales pasados, en Baztan sobre todo, embestidas del oso en Arizkun, inolvidables «damas» tambores y cortejo de máscaras en Erratzu... No volveré a ser joven.
–¡Uuuh, pero si eso fue hace mucho!
Poco importa, lo que cuentan hoy son las máscaras y los versos de Jaime Gil de Biedma, escritos cuando era de verdad joven:

y la verdad desagradable asoma: 
envejecer, morir, 
es el único argumento de la obra.

Pero esto, mañana, mañana, en el baile de los tartufos.

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De VIVIRDEBUENAGANA (blog del autor), 28/02/2017

Monday, February 27, 2017

De la corte de los milagros

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

Venía de lejos y va a ir más lejos todavía. Quienes desde su olimpo de ventaja y púlpito de primera no quisieron verlo, y todo era apocalipsis y tremendismo, ahora callarán también, porque qué le importa a un columnista de los medios de comunicación afines al Gobierno, la libertad de expresión de los de abajo, de los que están fuera, de los de verdad disidentes; y, lo que es peor, qué les importa a sus lectores que callen, multen o amordacen a quienes les pueden decir algo que no les guste e incomode, si ya tienen su hoja parroquial con su suministro doctrinario asegurado. Al revés, un amplísimo sector social encuentra acertadísimas las condenas a raperos, tuiteros, titiriteros, cantantes, actores… como encontrará sin duda acertadísimo que se establezca una censura previa de prensa, hoy por hoy innecesaria, en la medida en que los medios de comunicación mayoritarios apoyan sin reservas, por aclamación o silencio cómplice, todos y cada uno de los atropellos gubernamentales. Para el resto sobra la censura, con la recortada de las multas y la prisión, basta.

«¡¿A dónde vamos a ir a parar si todo el mundo puede decir lo que le viene en gana?!», dice la gente de orden; y entre ellos y a carcajadas, añaden: «Y no solo nosotros, los de siempre». Porque la incitación al odio, las humillaciones, las calumnias e injurias graves (frente a las que la víctima se encuentra en situación de indefensión en la práctica), enaltecimiento de dictaduras y sus crímenes, no van con ellos porque se saben protegidos por unas leyes (ausencia) y por un sistema judicial afín a su ideología.

Cantantes, raperos, titiriteros, tuiteros, artistas plásticos… «¡No todo vale!». De acuerdo, de acuerdo… Pero entonces, ¿qué es lo que de verdad vale? Es necesario preguntárselo una vez más porque los límites de la libertad de expresión se van estrechando de manera alarmante.

«Quien no ha hecho nada no tiene nada que temer...», dice el otro granuja en su mentidero o sala de prensa. Claro que tiene, ese, en el actual sistema jurídico español, ese el que más. La indefensión nos la ha servido un Estado fallido que utiliza su aparato legal como un trapo de fregar al que, a fuerza de retorcerlo, todavía se le puede sacar algún jugo dañino para alguien o para algo.

«AI denuncia que España recorta libertades utilizando el enaltecimiento del terrorismo», algo que, encima, cuando se examinan al detalle los hechos motivo de las condenas raras veces se encuentra de manera clara y expresa. En cambio, acusarte de complicidad con terroristas no es delito, sino libertad de expresión, según reiterada jurisprudencia (pequeña) de tribunales afines al Partido Popular. Y me temo que el viejo delito de desacato a jueces y magistrados por las críticas a sus actuaciones que todavía podemos hacer, es cuestión de tiempo que se reponga. Sacralizar, excluir de la crítica, silenciar la disidencia radical es el objetivo de los que hoy tienen el poder en sus manos.

No puedes llamar ladrón a quien te roba, ni elevar de verdad la voz ante lo que es una agresión gubernamental en sesión continua, ni disentir de manera radical del sistema en su conjunto, ni decir que da un pelotazo quien es del dominio público que lo da, porque la especulación está en la base del negocio inmobiliario, lo pintes como lo pintes. Esto viene de atrás y fue inútil advertirlo, y me pregunto de qué sirve señalarlo ahora. ¿Para que quede testimonio de lo que está sucediendo? Eso son gollerías. La hojarasca tapa la hojarasca. El mundo en el que vamos viviendo es otro y se rige ya por otras leyes.

Pienso en las corrosivas portadas del dibujante Luis Bagaría (1882-1940… muerto en el exilio) para la republicana revista España, fundada por Ortega y Gasset hace un siglo, antes de Revista de Occidente, y pienso que hoy, con el gobierno del PP y su claque, el dibujante no duraba un minuto en la calle. Pienso en todos los atropellos del franquismo... ¿y Valle Inclán diciendo que los españoles habían echado al último Borbón, pero no por rey, sino por ladrón? Corte de los milagros, la nuestra donde quien la hace, por su nombre, su cargo y su posición social, no la paga (salvo que no sea de la famiglia) y no corre riesgo alguno de fuga porque siempre ha estado lejos, inalcanzable para las últimas consecuencias de esa ley que a los demás nos tiene echado el cepo a las manos y a la lengua, y enseguida el cerrojo a las seseras.


*Publicado originalmente en el blog del autor, Vivir de buena gana, 26/2/2017.

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De PLUMAS HISPANOAMERICANAS, 26/02/2017

Tamborileos de un dios sediento

JORGE MUZAM

Amanecimos inmersos en un cuadro de Turner. La neblina febrerina tiene esencias de humo de incendio, insomnio de boldo, sequedad de un valle rugoso de espinas. Desayunar es asunto breve, leche fría, marraqueta con miel, Vieja escuela de Tobías Wolff sobre la mesa. El aspiracionismo literario de los adolescentes, la competencia por impresionar a Robert Frost, a Ernest Hemingway. La condición humana es tramposa arriba y abajo.

Pocas aves transitan en febrero. Ciruelas y duraznos se resecan y caen sin que nadie se inmiscuya en su ciclo. Se esperan truenos sin lluvia, tamborileos de un dios sediento. El resto es brisa de sauce amigable, altavoces chirriantes de vendedores de verduras, rastrojos radiales de un festival insufrible.

Comienzo nuevas obras sin haber terminado las que están en trámite. Quizá porque lo concluido me sabe a petulancia de doctor en letras que no escribe. Mi mente es monstruosa, su capacidad de imaginar mundos alternativos parece ilimitada, las ucronías históricas son diversión minuto por medio, la memoria triste que no se consuela, la acumulación sin desagüe, sin vertederos, sin vías de escape, fanfarria de un títere desvestido que no escatima en gastos de defensa y lanza bombas nucleares ante cada enemigo, cada ofensor, cada atropellador de la dignidad propia o ajena, a veces se arrepiente, retrocede, ampara, se quema las heridas con alcohol y vuelve a la carga. No es preocupante, las riendas están sueltas a cualquier despropósito. El resentimiento es el combustible de las letras más grandes.
 

El único camino que avisoré para no morir de tristeza o desesperación fue la escritura. Luego me quedó gustando, y de la terapia pasé a la diversión, al contraataque burlón con mi caballería de cien mil napoleoncitos de plomo dispuestos a morir de la risa.

44 años, a  cuatro meses de sumar 45. Mis líneas de expresión se acentúan cada mañana. Un sol irrespetuoso, de 9 de la mañana, lo enfatiza cuando me planto frente al espejo. No hay cómo huir ante la evidencia. Lo esencial no ha sido dicho. La ansiedad me araña el pecho. Mientras tanto sigo en el mismo sitio. Las rosas frente a mi ventana son botón, prestancia, senectud y olvido. Y este cuerpo tan frágil. Estas manos rugosas que imitan en la penumbra a Glen Gould. Esta mirada que hurga el cielo azul entre los cerezos resecos.

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De CUADERNOS DE LA IRA (blog del autor), 26/02/2017

Saturday, February 25, 2017

Painting the Mosaic of El Barrio

JASON FARAGO

“I love you Harlem,” the American painter Alice Neel wrote in her diary around the end of World War II, and really, she loved everything in it. Neel celebrated Harlem — specifically its ethnically mixed section known as Spanish Harlem or El Barrio — for “your poverty and your loves.” And what Neel eulogized in her diary, she immortalized in oils: street scenes, interiors and, above all, portraits of the men, women and children in a neighborhood far from the suburban Philadelphia of her youth, which the artist adopted as her own.

Little heralded in her lifetime, Neel (1900-1984) has won posthumous acclaim as one of America’s most inventive and peculiar portraitists. Her later paintings, especially, made her sitters strange through thick outlining and unelaborated backgrounds. But behind Neel’s experiments with form were New York lives — of writers and revolutionaries, lovers and petty criminals.

Two dozen of her portraits are on view in “Alice Neel, Uptown,” an affectionate, rooted, and at times achingly nostalgic exhibition at David Zwirner gallery that concentrates on her relationships with fellow Harlemites, most of them black, Latin American or Asian. The show was organized by the writer Hilton Als, who also has written a series of wistful essays for the catalog.

The Zwirner show is one of two important exhibitions of Neel’s work this year. Last month I traveled to the Netherlands to see a major touring exhibition of her paintings, which recently closed at the Gemeentemuseum in The Hague. (It reopens on March 4 at the Fondation Vincent van Gogh in Arles, France.) With more than 70 works, the European retrospective takes in Neel’s entire career, beginning with her earliest portraits, done in Havana, and her paintings from the 1930s, when she lived in Greenwich Village and was employed by the Works Progress Administration. The Village was then the epicenter of bohemian life, and would give rise to Abstract Expressionism, beat poetry and gay liberation. A 1933 painting of the eccentric Joe Gould, in the European retrospective, depicts him as a freak with multiple sex organs; in 1935, she painted the poet Kenneth Fearing, framed by the el train and ghoulish commuters.

But the young Neel hated Greenwich Village. As Mr. Als points out, she considered the neighborhood “honky-tonk” — and so with her lover, the musician José Santiago Negrón, she moved into the first of several railroad apartments in Spanish Harlem, just off Central Park. The Zwirner show begins here, in the 1940s, when her portraits grow tighter and more acute, and her subjects grow more ethnically diverse. Horace R. Cayton, co-author of the groundbreaking sociological study “Black Metropolis,” sits pensively in a portrait from 1949, his skin lit into fulvous brown by sunlight from a single window. The next year Alice Childress, a playwright, sits by the same window, serene and satisfied, in a blue dress whose ruches Neel renders with fat black lines.


Childress lived near Neel, on East 118th Street, and archival materials assembled by Mr. Als position both women’s artistic practices in a larger uptown ecosystem — in which Neel, who was white, figures as a full participant. A photograph of Puerto Rican community organizers includes Mercedes Arroyo, who sat for Neel in 1952, peering upward through big brown eyes. And long before the social critic Harold Cruse published his broadside “The Crisis of the Negro Intellectual,” Neel painted him in a baggy gray suit, with long, dainty fingers resting broodingly on his cheek.

The painter and the critic probably met through political circles. Neel, though not a Communist Party member, was a lifelong leftist and was under F.B.I. surveillance for a spell. (In that poetic eulogy for Harlem she also wrote, “I love you for electing Marcaronio” — a malapropism for Vito Marcantonio, the socialist who served 14 terms in the United States Congress as representative for East Harlem.) The Zwirner show includes Neel’s well-thumbed biography of Lenin, as well as an autographed book by W. E. B. Du Bois.

Yet her gaze roamed past the uptown intelligentsia, onto her neighbors in Spanish Harlem. A boy named Georgie Arce, who used to run errands for Neel, appears here in four drawings and a constricted painting, his ruffled black hair set off by a hot-pink background. Decades later, Arce would go to prison for murder — absorbed, perhaps, by the violence that Childress described in her books and that Arroyo fought to expunge from El Barrio. But he is preserved here in Neel’s hand, and in a sneering snapshot, a trace of a life not yet ground down.

Neel spent the bulk of her mature career in two uptown apartments, one in El Barrio and the other in Morningside Heights, and Mr. Als has bisected his show accordingly. When she moved to the west side in 1962, Neel’s paintings grew freer and nimbler, thanks partly to the copious light that flooded her new digs. (A good New York moral: Everything in the end comes down to real estate.)

Neel in the 1960s began to employ broader strokes and bolder colors in her portraits, whether of the civil rights activist James Farmer or of an unnamed South Asian woman, a bindi on her forehead, her mauve sari covered with periwinkle rhombuses. But her increasingly free-form style did not entail an escape from the people she lived among. Her portraits of black, Latino or Asian New Yorkers, quite unlike those of other midcentury leftist painters, were never exercises in social realism. They were something else: efforts to afford the same status and consideration to her neighbors that earlier portraitists reserved for popes and princes.

Last Sunday, unseasonably warm, I moseyed through Central Park to see Neel’s old neighborhoods. Her railroad apartment on 108th Street in Spanish Harlem is still there, and the bodega around the corner stocks both Goya canned foods and specialty yogurt from Iceland. From there I traveled up Fifth, away from the park and into gentrifying Harlem, up through steep Morningside Park, across the Columbia campus, and down to Neel’s final apartment at the top of West End Avenue. Many of the tenements Neel and her sitters inhabited gave way to cruciform housing projects; others, more recently, have been replaced by cookie-cutter condos. West Indians gossiping on their cellphones walked past white women in athleisure tights. A car blasting merengue did not disturb the crowds on St. Nicholas Avenue, happily queuing for brunch.


Would Neel have made her career here today? She might be in Bushwick or, more likely, Berlin; the artist sold little during her career, and the government funding that sustained her at first will not come again, not when even the National Endowment for the Arts looks set for the chopping block. When I saw Mr. Als’s exhibition a second time after touring Neel’s Harlem, I found it even more nostalgic than before — not only for the thriving culture of a certain New York, but for a time when artists could afford it.

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De THE NEW YORK TIMES, 24/02/2017


Thursday, February 23, 2017

Extinción de los lectores

JORGE MUZAM

Nos preocupa la extinción de los lectores. Tememos entrar en paro por falta de demanda. Haber escrito por las puras huifas. Cervantes puede cubrir en solitario los horarios de oficina, ayunos y feriados. Shakespeare las horas cruciales. Joyce el insomnio. Y para nosotros apenas habrá un cheque de despido sin fondos y una patada en el culo.

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De CUADERNOS DE LA IRA (blog del autor), 06/10/2016 

Imagen: Copia de Finnegans Wake, de James Joyce, perteneciente a David Foster Wallace

Un cronista desgarrado

OSVALDO BAIGORRIA

La selección de crónicas y ensayos Una experiencia del mundo (Excursiones, 2016) presenta parte de la prosa periodística de un autor que, habiéndose iniciado en Trilce como un metafísico de la libertad y la ruptura total de normas de la lógica y la sintaxis, durante su exilio parisino adoptaría una concepción más plana, simplista y dogmática de la literatura y la vida cultural.

A fines de los años 20, en medio de la miseria, la desesperación de una Europa en crisis y en la que ya crece el fascismo, César Vallejo sobrevivía tensionado no solo por la necesidad económica y la denuncia de la deshumanización capitalista, sino por el conflicto entre su lenguaje poético original y su adhesión incondicional a la revolución rusa y al Partido Comunista de Perú, cuya célula parisina llegaría a fundar. Su poesía se inclinará por la transparencia sin perder ritmo ni potencia léxica, como se verá en los póstumos Poemas humanos y en España, aparta de mi ese cáliz. Pero en su prosa exhibirá una voluntad de “bajar línea” que lo llevará, no tanto al facilismo de lectura, sino a repudiar experimentos semejantes a los que él mismo había desarrollado en su primera etapa y a someterse a la doctrina oficial soviética sobre arte y literatura en años de transición del marxismo-leninismo hacia el estalinismo.

En los artículos “Autopsia del superrealismo”, “Contra el secreto profesional”, “Duelo entre dos literaturas”, “Invitación a la claridad”, “Poesía nueva” y “Literatura proletaria”, Vallejo se burla de las vanguardias literarias  y afirma que la única literatura nueva es la llamada “proletaria”. Sus escasos ejemplos son Upton Sinclair, Boris Pasternak y Boris Pilniak, entre otros autores admitidos por la Asociación Panrusa de Escritores Proletarios y por la ordenanza administrativa soviética de 1925 que declaró la existencia oficial de esa “nueva” literatura. Desde luego que desconoce o prefiere no enterarse de todo aquello que desestabilizaría sus creencias: por ejemplo, que el poeta Nikolai Gumiliov, fundador del acmeísmo ruso, había sido condenado a muerte y prohibidas todas sus obras, mientras su compañera Ana Ajmátova vivía en la clandestinidad y el ostracismo, para mencionar solo dos de los muchos autores perseguidos por no encajar en la definición de “escritores proletarios”.

Las contradicciones de una figura tan entrañable como Vallejo son notorias en estos textos donde por un lado declara que “en mi calidad de artista no acepto ninguna consigna o propósito…. que someta mi libertad estética al servicio de tal o cual propaganda” para luego difundir la idea de una supuesta “producción literaria obrera” que él imaginaba ya estar “dominando casi por entero la producción intelectual mundial” (en 1931).

Como advierte el compilador Carlos Battilana, la preocupación de Vallejo por la responsabilidad del artista con la sociedad lo lleva hacia la labor militante. Pero los límites y omisiones de esa militancia están a la vista en debates fechados y clausurados en la época de entreguerras, donde era pertinente discutir sobre la seriedad de la conversión religiosa de Jean Cocteau o si el surrealismo era o no un “movimiento marxista”.

Deslumbrado hasta la ceguera por las promesas de la revolución rusa, Vallejo elogia con candor la vida nocturna en Moscú en comparación con la de París porque en la capital del socialismo, asegura, no existen esos cafés, dancings y salones sociales “a los que tan solo se va a divertirse y no a trabajar”. Por el contrario, en Moscú “se pasa la noche de otra manera, según el rol que cada cual juegue en la edificación socialista de la vida”. En esa noche no habría distracciones: “en la fábrica y en el taller se desenvuelve el trabajo de modo tan confortable” que ya no haría falta alternar el trabajo con placeres.

Las mejores ironías de Vallejo sobre las costumbres parisinas también son teñidas por una moral conservadora, como cuando se burla de las mujeres que restringen sus prendas de vestir acortando sus faldas y suprimiendo “medias y calzón” para salvar a Francia de la crisis financiera. Y en uno de sus arrebatos de mística humanista opone a Europa el contraejemplo de la “raza japonesa” por su fuerza “antioccidentalista” y su “personalidad espiritual”.

Vallejo reafirma su fe en la humanidad pero solo en sus poemas esa fe no aparece tan encerrada por un credo y un horizonte limitados.  En cambio, en sus artículos para la prensa peruana el dogma lo impulsa a la vulgarización y la propaganda.  De todas maneras, algunos están tan bien escritos que se dejan leer más allá de su valor como documentos de época, dentro de un libro cuyo cuidado diseño incluye obras de los artistas Claudio Mazzucchelli y Nessy Cohen. Entre los mejores está “La defensa de la vida”, cuyo poder de persuasión es tal que aunque se le note la ideología subyacente (enemiga del “arte por el arte”), termina siendo una verdadera obra de arte. Otros más clásicos, como “El salón del automóvil en París”, “Un extraño proceso criminal” o “París en primavera” son piezas únicas de un autor que aun cuando abomina de ese “maldito Trilce” de su primera juventud, conmueve con toda la fuerza de su verdad y su belleza: la de un cronista desgarrado entre la poesía y la doctrina.

Publicado en revista Ñ el 18 de febrero de 2017

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De PASEO ESQUIZO, 18/02/2017

Presente y pasado

ROBERTO BURGOS CANTOR

Por estos días en que persigo lecturas atrasadas (¿?) y se renuevan asombros con páginas que se arrumaban en la discutible certeza de que fueron leídas, me acerco con leve desolación al final de los paseos de Robert Walser con Carl Seelig.

La sensación desolada me trajo a ese recodo personal en que los recuerdos vuelven: Aquellos domingos de la adolescencia. Viajábamos por el camino pedregoso que unía a Turbana y Turbaco. Altos y hondonadas. Cañas y hojas olorosas de tabaco puestas a secar. Canteras y mangos. A veces un vecino que invitaba a un café colado. Y mientras el cielo disolvía los restos de la luz y el rosa de las nubes se perdía en la tarde de suave agonía, aparecía a lo lejos el brillo de las chimeneas de Mamonal y la piel rugosa del mar gris, verde-Joyce que lamía el mundo.

Todos volvíamos al silencio. Nos envolvía la atmósfera de algo sin término que acaba.

Así hasta llegar a la ciudad vieja donde las campanas de la última misa habían callado y en los balcones y los parques y las playas solitarias, la misma sensación. Un murciélago. Un pájaro de mar perdido. Lo improbable del porvenir. Su repetición implacable.

En la literatura predominan los paseos solitarios. Stendhal y Roma. Ernesto Volkening y Amberes. Thomas Benhard en la bicicleta por senderos de Austria.

Walser camina, se inmiscuye en los bosques, se hunde en la nieve, se deja empapar de las lluvias de la primavera, y su acompañante lo escucha, lo incita a hablar y en calidad de cómplice y testigo lleva su libreta y anota.

En la navidad de 1952 en Herisau, Walser, a propósito de unos castillos restaurados dice: Es un testimonio de la pobreza de nuestra generación. ¿Por qué no dejar que lo pasado se hunda y se pudra? ¿No son las ruinas más bellas que los remiendos?

Se piensa: castillos sin señores, sótanos sin Drácula, casonas sin prosperidad, fortificaciones sin guardia. Tal vez los templos antiguos, guaridas de un Dios que no envejece, cuiden sus vigas. Aunque el Señor de los cristianos conoció en la choza de Belén la belleza del cielo con estrellas errantes, el calor de la humildad.

Es un misterio establecer qué logra el ser humano en esta oposición al paso inexorable del tiempo. ¿Por qué no contentarse con el fragmento que a cada quien toca? Lo principal siempre se esfuma. Los sigilosos aconteceres en las casas, conventos y hospitales a los cuales se amarraron vidas intensas y hoy, apenas un cascarón para foráneos de paso.

Ocurre con los actos de la vida individual o los desastres de la colectiva. Lista de los suicidas en un hotel del salto del Tequendama. El ahorcado de la bonga en el camino de La Popa. Los museos de cera. Las desgracias de las bombas y tantos muertos.

Quién sabe si una vanidad incurable nos lleva a inventar pretextos para mostrar, más allá de los días que nos fueron concedidos, que aquí estuve, aquí pasé. Restos que no caben en la tumba.

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De BAÚL DE MAGO, columna del autor, 02/2017

Imagen: Erika Giovanna Klien, ca. 1922-23

Wednesday, February 22, 2017

Gaby, desde el espejo del tiempo

ELENA FERRUFINO COQUEUGNIOT

(Texto leído en la presentación del libro “La narrativa contestataria y social de Gaby Vallejo Canedo” de Willy Oscar Muñoz)

Corrían los primeros años de la década del 80 y Cochabamba estaba en ebullición… No solo porque eran tiempos de dictadura, sino porque entre los amigos se escurrían rumores de cámaras de cine, historias de torturas en el matadero, tardes de maizales en Tiquipaya… y un jeep, y Claudio y Chino y Julio y Alain… Una fiesta de carnaval en la Quinta Don Gerardo, máscaras y estridencia, mientras Edwin, Melita y Emma dibujaban los derroteros de la alegoría de un país atravesado por la violencia, la mentira y el poder omnipresente de los gobiernos de turno.

Y, claro, se estaba rodando la película de Paolo Agazzi, basada en la novela de Gaby Hijo de opa. Los hermanos Cartagena serviría no solo para volcar los ojos sobre los más de 30 años de historia que nuestra autora describió con maestría, sino también para poner a esta mujer en el escenario de las letras iluminadas. Para volver la mirada a una obra de inusual carga de violencia, sexo y denuncia política en el mundo subterráneo de una Bolivia que se teje en las manos y las voces de un despliegue mujeril inusitado. Una historia que comienza con la opa y termina con la hermana y donde Martín Cartagena juega el rol privilegiado de testigo y de actor de la miseria.

Munida de ese ímpetu al que hace referencia la crítica, Gaby se sumerge en el mundo de los marginales. No solo se posesiona de la piel de Martín, sino de la de los niños, las mujeres, los campesinos. Y establece así una imagen de mujer poderosa, que se hace de la voz de la historia y la repite, la contesta, la reinventa. Así como Amalia, Gaby se hace presente a través del espejo del tiempo para regalarnos un personaje incansable –ella misma- que hurga cada espacio para invitarnos a leer, a escribir, a decir la palabra desde las bibliotecas, las plazas, los pueblos, cabalgando siempre sobre algún libro, una investigación, una inquietud…

“Soy una mujer que se rebeló silenciosamente desde muy niña frente a estructuras de pensamiento y comportamientos de los adultos,” asegura Gaby en su espacio virtual. “La escritura me sirvió, continúa, para introducir mis rebeliones”. Y, así, recostada contra el viento, enarbola la palabra y nos invita a romper esquemas y reconstruir miradas.

Gaby no es solo sinónimo de viajes y premios. No es solo la escritora inquieta e infatigable. Es la mujer intrépida, que ha sorteado yugos y aprietos con esa energía que nos envuelve y nos hace sentir que todo es posible; que solo hacen falta amor y generosidad para abrir universos nuevos y para transformar las vidas…

Gaby es la figura que recorre las calles, que se adentra en las comunidades, en escuelas y en recovecos. Forjadora de niños y de jóvenes. Constructora de bibliotecas, embajadora de las letras bolivianas, representante de las mujeres que habitamos estos lares. Luchadora incansable por nuestros derechos, nos demuestra con cada libro, con cada ensayo, con su participación en encuentros, congresos internacionales, que su experiencia y su creatividad no hacen sino enriquecer nuestra literatura, desde sus propias perspectivas y expectativas.

Y no necesariamente desde espacios disidentes, sino a través de un discurso que utiliza la palabra para generar territorios de resistencia y negociación de la alteridad. Y si, como dice Fontanille, la presencia es una primera articulación semiótica de la percepción y, si como confirma Filinich, la presencia puede ser concebida como el primer modo de existencia de la significación, entonces la presencia de Gaby Vallejo en las letras bolivianas no puede sino ser la evidencia de las enormes capacidades significativas de su literatura, lugar desde donde su obra semiotiza nuestro ser en tanto “literatura boliviana.”

Así, la mujer, la maestra, la escritora, la madre, la fundadora de experiencias lectoras, la integrante de comités internacionales, miembro y expresidenta del PEN, de la Unión Nacional de Poetas y Escritores… así Gaby se transforma en “esta” Gaby. Deja de ser únicamente el personaje que nos representa, para transformarse en la escritora corpórea y poderosa de la que habla Marcia Batista Ramos. Esa que “se preocupa por la supervivencia de la sociedad latinoamericana contemporánea y deja amplia constancia de ello, al testimoniar las tragedias de un país que comparte el mismo esquema de abusos frente a los derechos humanos, la guerrilla urbana, la injusticia social, entre otras desventuras, con cualquiera de los países de la región”.

Su literatura la sitúa en una encrucijada histórica y cultural desde donde plantea “inquisiciones”, evitando aspectos fieramente dogmáticos o imposiciones ideológicas. A través de la sensualidad, de la exploración de la violencia y la marginalidad, Gaby Vallejo observa el caos y testifica a través de su pluma las contradicciones de nuestra época.

Por eso es importante nuestra reunión de hoy. Por eso el libro que nos regalan Willy Muñoz y la Editorial Kipus no es sino uno de los muy merecidos testimonios del valor de esta mujer. De Gaby. De nuestra Gaby Vallejo. ¡Felicidades y gracias!

Fuente: La Ramona

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De ECDÓTICA, 22/02/2017

Trump

MIGUEL MAZZEO

Donald Trump no se caracteriza precisamente por sus rasgos de amable intrascendencia o de levedad. Trump exagera, se esfuerza por ser lo más bruto, cruel e impiadoso posible.

Con Trump adquiere visibilidad el Imperio invisible “establecido por encima de las formas de la democracia” del que hablaba el cándido presidente norteamericano Woodrow Wilson a comienzos del siglo XX. Por eso resulta inevitable el ejercicio de la grosería en todos los planos. Allí está el matón de Trump: con su desprecio por la igualdad y la fraternidad, con su exaltación del interés particular y el egoísmo, con sus miles de millones de dólares y sus prejuicios, con sus inagotables imprecaciones, con su peinado barroco y su mujer ornamental y robótica. Una verdadera unidad orgánica.

Esto, claro está, perturba a una buena parte de sus opositores y opositoras, dentro y fuera de los Estados Unidos. Sobre todo a esa extensa franja integrada por los y las que desean un capitalismo y un imperialismo que no se alejen demasiado de sus típicas formalidades y de sus relatos románticos, casi rosados. Un capitalismo “distribuidor de oportunidades”, un imperialismo “medido” y en dosis “adecuadas”, a tono con el hombre/mujer promedio que es uno de los fetiches tradicionales de la cultura política norteamericana.

Trump aparece como un sujeto desmesurado, un personaje indigerible tanto para el americano y la americana promedio como para el y la pro-yanqui promedio de cualquier rincón del planeta. Todas las personas que asumen, dentro y fuera de los Estados Unidos, la posición reaccionaria heterodoxa rechazan los recursos expresionistas de este reaccionario ortodoxo que es Trump, porque los mismos no hacen otra cosa que poner en evidencia –por la vía de la celebración abierta y descarada– los costados más aberrantes del sistema depredador en el que confían y al que defienden, al que capitalismo y en la democracia norteamericanos lo más auténtico se puede encontrar en las exageraciones?

Trump, con sus hipérboles, hace traslucida toda la farsa del sistema. No sólo lo despoja de escrúpulos sino, fundamentalmente, de sus falsos escrúpulos y las falsas concepciones. Trump ha llegado para poner a una parte importante de la sociedad norteamericana cara a cara con la verdad, para confrontarla con su propia identidad: el mundo como mercado es una representación tremendamente represiva; el horizonte de la acumulación ilimitada de propiedad privada atenta contra toda idea de comunidad y produce misántropos y asesinos; el sueño americano históricamente se ha sostenido en la opresión interna y externa, en la frustración colectiva, en la esclavitud y el racismo, en la guerra y el colonialismo; la democracia norteamericana es etnocéntrica y nada democrática. Son las élites y las clases dominantes las que escogen y deciden con exclusividad. Por cierto, Trump no fue elegido por una gran mayoría, ¡ni siquiera por una mayoría!

¿Ayudará el excesivo Trump a que millones de norteamericanos y norteamericanas logren hacerse de una buena vez una pregunta radical sobre el mundo? En ese caso podrán ver con claridad que el contraste no es tan estridente como indican algunas superficies y que, en realidad, comparten con Trump lo esencial, aunque no lo profesen. Podrán ver que, en el fondo, ellos y ellas también son fascistas en barbecho y que, a pesar de los buenos modales, practican a diario la antropofagia. Tal vez sientan culpa y vergüenza por haber ejercido la función reproductiva de seculares mecanismos de embrutecimiento; en fin, un primer atisbo de conciencia y de politización. Tal vez decidan abandonar las estructuras triviales en las que habitan para acercarse a quienes luchan desde la entrañas del monstruo a favor de una democracia sustantiva y por un proyecto civilizatorio alternativo.

Trump es la barbarie en su punto más cercano al éxtasis. Sin mistificaciones. Es la representación más cabal de la prepotencia y la voracidad de todo un sistema sin el filtro de la hipocresía pseudodemocrática, incluyendo la fantasía de una sociedad “pos-racial”, que ha servido para confundir, desviar y disimular innumerables elementos: la ausencia absoluta de pluralismo de la sociedad norteamericana (en realidad, su horror al pluralismo); las torturas en Abu Ghraib y Guantánamo; los asesinatos masivos perpetrados en Irak, Afganistán y Siria; el apoyo a los golpes de Estado en Honduras, en Paraguay y Brasil; el bloqueo a Cuba, la permanente desestabilización de la Revolución Bolivariana en Venezuela, tomando apenas algunos pocos ejemplos más recientes. La diferencia es que Trump reivindica este tipo de aberraciones, defiende explícitamente la tortura, etcétera… No recurre a argumentos morales para encubrir sus compromisos más abyectos. Es muy probable que a él nunca se le otorgue el premio Nóbel de la Paz como a su antecesor en la Casa Blanca.

Con Trump los elementos paranoicos de la sociedad y la política norteamericana tienen vía libre. Ya no necesitan disfrazarse. Nada mejor que una figura que hace gala de su omnipotencia para dar rienda suelta a las estructuras paranoides y antisociales. Al exacerbar sus peores rasgos, Trump amenaza con romper los equilibrios que tornaban previsible y controlable a un sistema de dominación y de control. Deslegitima, o por lo menos hace más complicada, la tarea de las instancias manipuladoras a gran escala y en serie de las conciencias y, en general, de todos los ámbitos encargados de instrumentar los desequilibrios de una sociedad paranoica y sádica, conformista y reprimida. Es por eso que Hollywood, la CNN y especies similares lo desaprueban.

Lanús Oeste, enero de 2017

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De INMACULADA DECEPCIÓN, 22/02/2017

Imagen: Donald Trump Pumpkin – The Trumpkin

Saturday, February 18, 2017

El epitafio de los últimos pacahuara ya está escrito

ROBERTO NAVIA GABRIEL

Cuatro seres humanos están por presenciar el final de su historia. Los últimos pacahuara lo saben. Saben que la extinción de sus voces y de su lengua, de su universo interior y de sus cuerpos se irá con ellos porque son los últimos de su tribu que quedan vivos en este mundo. 

Los últimos pacahuara son hermanos y son dos mujeres y dos hombres. Ellas se llaman Bose Pistia y Shaco Pistia. Ellos, Buca y Maro. Viven desde 1969 en Alto Ivon y  Tujuré, dos comunidades que están a tres kilómetros de distancia una de la otra, en plena Amazonia de Beni, hasta donde se llega por un camino quebrado desde Riberalta, la ciudad más cercana y hasta donde piden auxilio cuando alguno de ellos se enferma y siente que la hebra de la vida está cada vez más delgada. 

Hasta las 10 de la noche del 31 de diciembre de 2016 eran cinco los pacahuara que quedaban vivos. Cuando ya se iba el año, moría Baji, de aproximadamente 57 años, flaca y víctima de un cáncer en el estómago que la postró en su cama modesta de Puerto Ivon. Se fue mientras su hijo Rabe preparaba la última cena del año viejo.

- Tardaron tres días en enterrarla, cuenta Rabe, que llora en silencio en la tumba de su mamá, mientras con sus manos arranca la maleza que ya creció con las primeras lluvias de enero.

Tardaron tres días porque no había un ataúd en Ivon y tampoco dinero para comprarlo. El antropólogo Wigberto Rivero  envió el cajón desde Riberalta y entonces pudieron despedirla durante la mañana del 3 de enero y dejar tres velas encendidas encima del montículo de tierra amarilla,  sin cruz y sin ninguna inscripción que diga que aquí está enterrada Baji.

- La cruz tiene que ser de fierro porque aquí la humedad se come la madera, dice Rabe, que ya ha ido a una herrería en Riberalta y le han dicho que la cruz cuesta Bs 250, con el grabado del nombre de la difunta y de la fecha de su muerte.

El cementerio está en la panza del bosque, a un kilómetro de Puerto Ivon, hasta donde se llega por una senda angosta y apenas iluminada por los rayos del sol que logran abrirse campo entre las ramas de los árboles frondosos. En el cementerio hay varias tumbas sin cruces y las que las tienen son de madera y la madera está vieja y partida. 

- El sol y la lluvia son más crueles que el olvido, dice Rabe, de 35 años, de estatura mediana. El hijo de Baji no se considera un pacahuara cien por cien, porque forma parte de los descendientes cuya sangre está mezclada con los chácobo, otra etnia amazónica con la que se toparon después de su gran éxodo. 

Ninguno de los cuatro pacahuara puros que quedan de pie tiene la cara de anciano porque sus edades oscilan entre los 40 y los 57 años. Ninguno sabe con certeza cuántos años tiene porque no recuerdan la fecha de su primer nacimiento porque ellos -dicen- nacieron dos veces. La primera, cuando salieron del vientre materno y emitieron su primer llanto en su selva. Y la segunda, cuando escaparon de las balas, esa amenaza mayor que casi los extermina y que fue más peligrosa que los rayos del cielo o del zarpazo de un felino agazapado en los misterios de la noche. 

Primavera de 1969 
Las flores silvestres estaban esbeltas cuando ellos abandonaron para siempre Río Negro, aquel territorio ancestral de la provincia Federico Román de Pando, donde los pacahuara fueron amos y señores hasta que los bolivianos y brasileños de la siringa, hambrientos de su bosque, entraron a matarlos como se mata a un animal, a bala y ocultando el arma en la espesura del bosque. 

Ellos, que durante la época del caucho sobrepasaban las 40.000 personas, con sus flechas y sus lanzas no pudieron ganarle al plomo de los que ostentaban su territorio. Las bajas llegaron hasta los oídos del Instituto Lingüístico de Verano y de la Misión Nuevas Tribus, dos organizaciones religiosas que convencieron a nueve pacahuaras sobrevivientes para que se subieran en una avioneta y aterrizaran en Puerto Tujuré, un ranchito oculto en la Amazonia del departamento de Beni, donde ahora solo quedan cuatro de aquellos seres humanos que creían que en esta tierra prometida poblada por la etnia de los chácobo iban a vivir felices para siempre.

Pero la estructura nuclear que necesita un pueblo para no desaparecer ya se había roto, puesto que, como ahora dice el antropólogo Rivero, para que un grupo garantice su reproducción normal requiere tener como mínimo 150 habitantes.

Para 1969 los pacahuara ya eran muy pocos. Los que llegaron a Tujuré, apenas nueve, un puñado de una tribu liderada por Tai Yaku y sus dos esposas, Cai Shaco y Cai Baji. De ese matrimonio de tres nacieron Buca, Bose, Baji, Bose Pistia, Shaco Pistia y Maro.

Buca y Bose, que eran hermanos de padre, se unieron en matrimonio pero no tuvieron hijos.  Los otros cuatro formaron familia con indígenas chácobos y con mestizos que conocieron en su nueva morada. 

Hay que fijarse en las manos y en los pies descalzos de Buca  para saber que no solo su boca emite mensajes solitarios que su mente descifra a través de su idioma materno. Algunas palabras las dice en un castellano renuente y cuando habla en pacahuara, quien le traduce es su sobrino Rabe. 

Buca, cuando llegó a Tujuré tenía probablemente nueve años. Ahora tantea que debe tener 57 o quizá un poco más. Su edad nunca la sabrá con certeza, pero eso no le preocupa porque en esta vida ha tenido dramas mayores, como la matanza de los suyos en Río Negro -que le rompieron su niñez de un solo golpe- y la muerte de su esposa Bose, que llegó con furia hace cinco años encubierta en una tuberculosis implacable. 

Buca tiene los ojos risueños, asombrados, sus gestos ligeros cuando tiene que matar a los mosquitos que le pican los tobillos, su voz preocupada, como si estuviera hablando ante un pequeño público resignado y que sabe que asiste al último discurso del maestro.

- Mi esposa Bose conservaba rasgos de nuestra cultura original, con su corte de cabello con cerquillo como lo hacían nuestros mayores, dice Buca, entre susurros. 

Él la recuerda con su nariz perforada y atravesada por una tacuara delgada por donde pasaba una pluma de tucán de color rojo. No sabe si ese detalle fue lo que lo enamoró de ella, pero sí sabe que desde que murió la noche es más larga en esa única choza que existe en Tujuré y donde él vive con dos perros flacos, un cerdito de tres meses que tiene la cola rota y acompañado del árbol esbelto de almendra que está a un costado de la choza.

En la hora y media de trayecto a pie que separa Tujuré de la selva donde acude para recoger castaña, Buca tiene tiempo de hacer un repaso a aquellos buenos años cuando entonaba con Bose las canciones que les enseñaron sus padres, mientras compartían salidas al río para pescar y bañarse y contar cuentos sobre el jucumari y sobre los ‘gringos’ que llegaron de Estados Unidos para sacarlos de Río Negro. 

Buca se levanta de su banco de madera que tiene apoyado a la pared también de madera de su casa. Camina hasta el coche que acaba de estacionarse a un costado del camino. Le aguarda la mujer de siempre, la que llega cada semana para comprar las almendras que recolecta en el bosque. Buca le entrega una caja con 23 kilos de la nuez amazónica y ella le pregunta si quiere que le pague con carne de res o con dinero. Él no lo duda. Buca, aunque sabe que aquí no hay nada para comprar, dice que necesita la plata.

Pérdida irreparable 
- Cuando el último pacahuara haya muerto, cuando esta etnia se haya extinguido de la faz de tierra, con ellos se perderá toda una cultura y una forma particular de expresarse con la naturaleza y de ver el mundo. 

Así lo asegura el antropólogo Wigberto Rivero, que los conoce desde hace más de dos décadas. Con esa solvencia de los años y de estudios que ha venido realizando, también sabe que se perderá un idioma con toda una estructura lingüística  y, principalmente, se irá una identidad asociada al aspecto genético que para el resto del país es desconocido.

Las pérdidas han sido paulatinas desde que los pacahuara llegaron a Tujuré y a Alto Ivon. En su sociedad original los hombres podían tener dos o tres o cuatro mujeres y la familia para ellos era un concepto mucho más amplio, puesto que no se limitaba solamente a trabajar por los padres e hijos, sino por toda la comunidad.

- Tenían un líder que era elegido por su capacidad para pescar, cazar y defender a la tribu de los enemigos y los animales.

Rivero también dice que todo eso se fue perdiendo porque, diezmados como quedaron después de la cacería que sufrieron en la Amazonia fronteriza con Brasil, cuando llegaron a Tujuré y Alto Ivon se dedicaron a subsistir, a luchar contra las enfermedades y en asimilar su llegada al nuevo mundo y a entablar amistad con sus vecinos chácobo.

- Cambiaron hasta en su forma de alimentarse. Aquí conocieron los alimentos enlatados y las gaseosas. 

El antropólogo recuerda que de los cinco pacahuara que ya murieron, Cai Shaco y Baji fueron víctimas del cáncer.

De los cuatro que quedan vivos, uno está con miedo. Maro estima que tiene 42 años de edad pero su cara, compungida como está, le hace ver como un hombre que ya ha superado el medio siglo. Maro vivía en Tujuré, pero tuvo que mudarse a Cachuelita para buscar trabajo en las haciendas que existen  a un costado del camino. 

Maro está preocupado y con miedo no porque el trabajo es escaso, sino porque se siente enfermo. Camina lento y casi siempre con una de sus manos agarrando su estómago.

- Me duele la panza y no puedo comer casi nada, dice envuelto en un notorio quejido y arropado por Cristina, su mujer chácobo que de rato en rato entra a la cocina para averiguar si la tortuga que han matado en el bosque ya está cocida.

- La carne de tortuga es la  que no le hace mal, dice Cristina, igual de compungida, porque sabe que las tortugas también están en extinción.

- El bosque es cada vez más pequeño y los animales han huido, incluso la tortuga, que es lenta.  

Cristina no bromea. Ella quiere que su marido se alimente y que un doctor lo examine para saber qué tiene. Maro dice que no tiene trabajo y que si lo tuviera no podría trabajar. El dolor lo tiene intranquilo. Maro se acuesta encima de la mesa que está en una cabaña con el techo agujereado y se distrae acariciando a un gato que ronronea sobre su mano que él mantiene ocupada sobándose la panza. 

- Mi salud está mal. El que solo seamos cuatro los pacahuara también está mal. Cuando nosotros nos vayamos ya nadie hablará nuestro idioma ni contarán sobre los conocimientos que tenían nuestros padres y abuelos allá en Río Negro, lamenta, acostado en esa mesa y donde se distrae con el gato. 

Maro recuerda que sus padres le contaban que en Río Negro acostumbraban contemplar las estrellas y sabían identificarlas y unirlas con los dedos y formar animales parecidos a los que había en la selva. 

Al igual que otras estrellas y planetas de la galaxia que han ido muriendo inevitablemente, ellos están a punto de presenciar el final de su mundo, de quedarse en silencio, al igual que el vacío espacial, flotando y salpicados de estrellas, y tal vez solo haya una forma de salvarles, rescatando el conocimiento.

El profesor Milton Ortiz Vaca es miembro del Instituto Plurinacional de Estudio de Lengua y Cultura. Asegura que se viene trabajando para que la malla curricular de la escuela de Alto Ivon contemple la enseñanza también en pacahuara y no solo en chácobo, y que él está escribiendo un libro sobre las palabras que los pacahuara utilizaban para nombrar a los animales.

- ¿Cómo se dice tigre en pacahuara?
- Kamano.
- ¿Anta?
- Ahuara
- ¿Y pescado?
- Omaka.

El profesor Milton es chácobo, pero aprendió la lengua de la tribu que llegó en 1969, nació en Alto Ivon y ahora vive en Riberalta, donde tiene una oficina en el Instituto Plurinacional de Estudio de Lengua y Cultura y escribe el libro para que la lengua de los pacahuara no se extinga. 

La mujer del silencio
Bose Pistia se baña con la ropa en el cuerpo bajo el sol de las tres de la tarde. Se baña al lado del grifo que está cerca de su casa de Alto Ivon y se echa el agua con un balde pequeño. Después, se alisa el cabello bajo la sombra de un árbol silvestre y mientras se seca, desgrana maíz con una paciencia tal que pareciera que es dueña de todo el tiempo del mundo. 

Bose Pistia camina despacio y habla poco, incluso cuando visita a su hermano Buca ella lo escucha como a un maestro y se ríe cuando ambos recuerdan de alguna travesura que dejaron guardada en el bosque. 

Bose Pistia extraña a su hermana Shaco, que vive en Tujuré, en la casa de Buca. Shaco ha viajado a Riberalta para estar presente en el 123 aniversario de esa ciudad y para verlo al presidente Evo Morales, porque su deseo era estar cerca de un indígena como ella, pero que ha llegado al poder. 

Baji, la mamá de Rabe, la que murió el último día del 2016, canta como una matriarca y su canto llena todo el corredor donde el profesor Milton lo resucita a través de un proyector de cine que funciona con un generador pequeño que se está comiendo los últimos 10 litros de gasolina que hay en Ivon. Baji empieza a cantar y Bose Pistia está aquí, escuchándola, callada, paradita al borde de una verja, concentrada en el canto de su hermana, arropada por una noche sin nada de luna   

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De SÉPTIMO DÍA (El Deber/Santa Cruz de la Sierra), 12/02/2017

Fotografías:
Bose Pistia no es de muchas palabras. En su casa de Alto Ivon vive sin prisa

Maro contempla el fuego y la peta que un pariente suyo ha cazado en el monte. Si el dolor de estómago le pasa, podrá cenar sin miedo

LA VIDA DESDE LA VENTANA. Los niños chácobo se divierten mirando por la ventana o contemplando la vida desde la puerta de la casa de madera. Están pendientes cuando advierten que algún visitante ha llegado a Alto Ivon. Los perros, sus mascotas preferidas, también dan la bienvenida

PIES DESCALZOS. Buca raras veces utiliza zapatos. Sus pies crearon una coraza para resistir a los embates del suelo y de la vegetación que pisa cuando camina por su casa o la selva. Las cicatrices que ha acumulado durante años están a la vista



Notas al Enigma de Elgar

PABLO MENDIETA PAZ

Claudio, se trata de un artículo monumental y fascinante. Monumental por todas las lucubraciones de orden técnico que se ensayan (principalmente criptografía, que resulta ser el hilo conductor para llegar a la verdad de lo oculto musicalmente, de lo no encontrado, de lo misteriosamente inaudible), enlazadas a factores de casualidad que llaman la atención, como por ejemplo que las 14 Variaciones hubieran sido compuestas en 14 días; que se encontrara marcada similitud con la música de Mozart, de Mendelssohn, y hasta con la obra de Martín Lutero; que para llegar a desentrañar eso tan recóndito, Padget haya cambiado de modo la música (de mayor a menor), y tanta otra disquisición (ciertamente que se trata de un examen riguroso que Bob Padget hace de este apasionante misterio) que se pone a prueba con el fin de encontrar el quid de este, o del enigma, para ser más preciso. Hasta donde yo sabía, y pienso que todo músico conoce lo mismo sobre este "intríngulis", es que el mismo Elgar -y aquí reside la gran preocupación de Padget- abrió la arcanidad de la obra cuando subrayó que su tema principal estaba en contrapunto con otro que no se oía, y este era una conocida melodía. Que "a través de toda la obra hay otro tema largo, que no se toca". Y el tema "no oído" nunca ha sido descubierto. Y es precisamente por ello que este hombre, Padget, inquieto y pesquisidor, se ha entregado a la tarea de descorrer el velo. Sin ánimo de juzgar su trabajo (sería un despropósito), me parece que abarca mucho (tal vez sea el método), pero concluye, en cierta parte, afirmando que Elgar era un maestro de la criptografía; lo cual da pie a pensar que este hombre se ha sumergido en un universo de muchas galaxias, de una infinidad de vías lácteas para descubrir algo que, a mi juicio, y a juicio de todos -pienso-, palpita únicamente en la tumba del compositor inglés. Una investigación de cualidades alucinantes, pero de resultado estéril; aunque -repito- fascinante, más aun cuando Padget toca el tema de la criptografía que practicaban los nazis. Inmediatamente uno, por un principio lógico de asociación, trae a colación que algo de la naturaleza de la música de Elgar encuentra influencia en el arte de Wagner. Y por más que se haya establecido "en definitiva", o que se haya pretendido desvirtuar la admiración de la música wagneriana por Hitler y los nazis en general (incluso Barenboim dirigió en Israel "Tristán e Isolda"), lo cierto es que este otro factor agranda todavía más el misterio, el Enigma que encuentra semilla en que a través de toda la obra hay otro tema largo que no se toca: una melodía conocida. Y todo se vuelve más y más confuso, y más y más infecundo. Y a estudiar entonces a Wagner...

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Comentario a un artículo publicado en THE NEW REPUBLIC y compartido en el blog SUGIERO LEER http://sugieroleer.blogspot.com/2017/02/breaking-elgars-enigma.html, 02/2017



Friday, February 17, 2017

Deja en paz al poeta

FERNANDO BUTAZZONI

Carta abierta a Daniel Ortega, presidente de Nicaragua

Montevideo, 12 de febrero de 2017.

Daniel: ¿Te acordás cuando me dijiste, allá en El Chipote, que admirabas a Ernesto Cardenal y que él era una gloria de Nicaragua? En aquel momento todos estábamos felices porque El Chipote, en el mismo corazón de Managua, ya no era un lugar siniestro. Estaba por fin lleno de luz, de muchachos y muchachas que no tenían miedo. Hasta las aguas de la laguna de Tiscapa parecían menos oscuras.

Eso fue por agosto o septiembre de 1979, cuando la revolución recién empezaba. Aquella tarde viniste al campamento con Javier Pichardo, el Emilio del Frente Sur, y con otros compañeros comandantes. También estaba el flaco Alejandro, y estaba la China a mi lado, un poco asustada, y estaba el Braulio, que después fue embajador, y la hermana de Marisol que parecía una niña disfrazada de soldado. ¿Te acordás?

Luego resultó que tu admiración por el poeta Ernesto Cardenal se convirtió en odio y persecución. Y ahora, casi cuarenta años después, vos y tu mujer siguen ensañados con él, y con trapisondas legales lo quieren humillar sacándole los pocos reales que pueda tener, confiscándole la casa donde vive y dejándolo en la calle. Por cierto que él es un opositor a tu gobierno, pero la revolución sandinista se hizo también para eso: para que los opositores no tuvieran que andar escondidos, para que no los persiguieran ni los torturaran allí, justo allí, en El Chipote donde vos habías estado preso. Vos dijiste que la revolución se hizo para la libertad. ¿Qué pasó, Daniel? ¿Te olvidaste de todo aquello?

En 1979 vos y yo éramos jóvenes. El flaco Alejandro, la China y el Braulio también. Pero Cardenal ya era un cincuentón de barba blanca, un cura flaquito y siempre tímido. Él ya era un patrimonio nacional. Por eso lo nombraste ministro de Cultura, porque su prestigio engalanaba tu gobierno.

Hoy él es un anciano de 92 años, y es un patrimonio del idioma y de toda América Latina. Tiene mucho más prestigio ahora que en 1979. A vos, Daniel, no te pasa lo mismo, aunque tenés mucho más poder y mucha más plata que en aquel entonces. Él es un cura decente, pobre y revolucionario, admirado en todo el mundo. Vos sos apenas un reyezuelo atrapado en su palacio, dizque casi un príncipe consorte.

Todos sabemos que bastaría un gesto emanado de tu corte para que cesen los acosos y el encarnizamiento contra Ernesto Cardenal. Somos miles los escritores y artistas que, en todo el mundo, te exigimos desde hace años que dejes en paz al poeta. Muchos piensan que reclamártelo una vez más es un gesto inútil. En todo caso es un gesto de dignidad que bien merece el pueblo de Nicaragua. Te pido que lo consideres.

Sé que una carta abierta es un método de comunicación bastante reprobable. Pero en este caso es la única manera de intentarlo, ya que tu embajador en Montevideo, el hijo de Licio Gelli, no me merece ninguna confianza, y allá en tu palacio me tienen prohibida la entrada.

Fernando Butazzoni. Ex combatiente del FSLN, ex oficial del Ejército Popular Sandinista.

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De LA DIARIA, 15/02/2017


Imagen: Ernesto Cardenal por Guayasamín, 1980

Thursday, February 16, 2017

Coração birmanês

PABLO CINGOLANI

Desde el núcleo duro de la Tierra, el centro de Asia, las últimas estribaciones del Himalaya, desde se vuelcan y deslizan hacia el sureste y culminan en territorio birmano. Este extremo del macizo montañés más compacto del planeta, con picos de nieves perpetuas que superan los cinco mil metros de altura, es poco conocido aún en el presente.

En realidad, Birmania toda sigue siendo una nación misteriosa, más allá de sus fronteras, por motivos que exceden este escrito. Los primeros occidentales que se acercaron a sus costas fueron navegantes portugueses, a principios del siglo XVI. Uno de ellos se llamaba Eusebio Dutra Lima, oriundo de Oporto, capitán de méritos indudables. Un día de 1544, reconociendo las indómitas islas del Mar de Andaman, una tormenta lo desvió hacia el continente donde recaló en los muelles del puerto de Martaban, en la Baja Birmania, donde fue recibido por el rey de Pegú, uno de los señores tribales que gobernaba el país, y una multitud alborozada de sus súbditos.

Advertido de la feliz consecuencia de su cambio de rumbo, Dutra Lima estaba deseoso de penetrar el territorio hacia el norte, hacia las cordilleras de hielo de las cuales le anoticiaron unos emigrados pescadores chinos de unas aldeas que había visitado en el golfo bengalí. Ellos habían llegado desde allí, caminando años.

El Rey de Pegú –cuyo nombre era U Maung- no negó el permiso a Dutra para introducirse en la Alta Birmania –no eran sus dominios, al fin de cuentas- pero, a la vez, narró al marino los peligros que enfrentaría a su paso: pueblos salvajes devoradores de gente, cocinadas como puercos; pueblos malignos que empequeñecían gente, inoculando extrañas sustancias por los pies; pueblos de dementes que petrificaban gente, y la arrojaban dentro de volcanes. Y mucho más. Serpientes inmensas capaces de tragarse un elefante entero o dos búfalos juntos, plantas venenosas que si eran tocadas provocaban la pérdida de la memoria, ríos con garras, arañas que hablaban, alacranes que hipnotizaban y un sinfín de calamidades que era preferible evitar.

-Mi palacio es tuyo- exclamó U Maung-, está lleno de jade y de doncellas, repleto de marfiles, faisanes y sedas. Quédate conmigo, amigo forastero, y cuéntame de Lisboa. Dicen que sus iglesias son más altas que mis pagodas…

-No- lo cortó en seco Eusebio Dutra y enfatizó: no hay nada comparable en Lisboa a la belleza e inmensidad de tus pagodas. Somos un pueblo pobre, su Majestad, debemos dejar atrás nuestro hogar porque hay años donde sólo comemos sardinas y sólo sardinas y quisiéramos dejar de padecer tanto…

U Maung no dijo más y encomendó a su mejor cartógrafo que ayudara al portugués en sus afanes por llegar a los confines secretos del mundo birmaní.

U Nu era el jefe de cartógrafos reales de Pegú. Sus viajes eran legendarios: sin disimulo, los cortesanos, contaban de él que no sólo había visto las nieves, sino cruzado los tremendos montes donde ella se aprisiona, y que del otro lado, al norte, había atravesado arenas infinitas donde hubo de enfrentar demonios y aves monstruosas que casi devoran sus ojos. De hecho, le faltaban dos dedos de una mano: un tigre de las selvas de Siam se los había devorado en una pelea memorable que era recordada, inclusive, por las floristas y los artesanos del bullicioso mercado de Martaban.

Uno de ellos –otro chino, por cierto-, fue el primero que habló a Dutra del “Corazón de Birmania”.

¿El “Corazón de Birmania”? Sí. Un rubí del tamaño de un coco que, según dijo el hacedor de cestas, estaba resguardado en un cofre, detrás de una pequeña estatua de Buda en un templo demasiado antiguo en una aldea de esa Alta Birmania a donde Dutra pugnaba acceder.

Cuando en sus afanes, el capitán Dutra trató de obtener mayor información por boca de U Nu, éste le aseguró que esas eran habladurías del populacho y que jamás de los jamases en sus incontables viajes había visto semejante maravilla y que si él, que conocía Birmania como si fuera su jardín o su mano entera, no lo había encontrado, pues, simplemente, mi Señor de Portugal: tal rubí no existe, el Corazón de Birmania no existe.

Más allá de su escepticismo, y por orden del Rey, U Nu entregó a Dutra un mapa trazado por su propio puño –un mapa precioso, labrado en tintas de añiles rojas, negras y azules- sobre el camino hacia las montañas de nieve.[1]

El mejor hombre de Dutra Lima era Alves, Caetano Alves.

Alves era un explorador invencible. Un titán de la travesía y de la geografía. Azoriano de cuna, su familia era de tradición ballenera. Alto, macizo: parecía árbol. Algo más que niño, tomó una canoa y se fue remando con su amigo Julián hasta la Mauritania, donde siguiendo sus huellas, convivió con los tuaregs en sus campamentos. Ya crecido, partiendo desde la isla de Zanzíbar, desembarcó en la costa tanzana, y dos años después, apareció en los burdeles de Argel. Una verdadera proeza. Un bajel español lo rescató de esas playas y un salvoconducto del mismísimo Carlos de Habsburgo, en mérito a su valor, le había permitido regresar a Lisboa. Dutra lo conoció en una taberna de mala fama donde Alves contaba a voz en cuello -y a carcajadas y carajazos- sus historias y no dudó en contratarlo para que lidere sus exploraciones continentales.

Mira, Alves, mira esta belleza: esta es la Alta Birmania –le dijo, desplegando el mapa que le había entregado U Nu, extendiendo su mano sobre su superficie como si acariciase la crin de una yegua o el cabello de una princesa-, según pude averiguar con mis informantes chinos la aldea se llama Bamar Shan, está a orillas de un lago inmenso y profundo en medio de las montañas.

-Ajá- sentenció Alves.

Los ojos de Dutra brillaron cuando mitad deseo, mitad imploración, susurró al azoriano: Ve y trae el rubí: la mitad será tuyo. Morirás en Horta rodeado de mujeres y bebiendo todo el vino que desees. Será un buen final, te lo prometo.

Alves dobló cuidadosamente el mapa, lo besó y lo guardó en su chaqueta. Dirigiéndose hacia la entrada de la tienda, se dio media vuelta, y volvió a sentenciar: hasta la vuelta, Dutra.

En el libro Tesoros mineros y joyas inigualables de Portugal, escrito por Fray Antonio de Albuquerque Rocha y editado en Londres en 1766, puede leerse entera la historia del “Coração birmanês”. La resumo así: Alves penetró con un pequeño destacamento rumbo a las honduras y los peligros de la Alta Birmania. Uno a uno, sus hombres fueron sucumbiendo, muriendo de enfermedades, de miedo  y de los castigos que sufrieron de parte de los nativos de las selvas de los caminos de aproximación. El rey no había mentido.

Alves no se rindió: siguió solo. Los monjes de Bamar Shan huyeron al verlo: creyeron que era un demonio y no pudieron conjurar el terror que les provocó su inesperada presencia. Cargando el rubí en sus alforjas –más grande que un melón, según su noticia- y unos puñados de arroz –que también hurtó a los religiosos-, no dudó en seguir adelante en busca de un puerto y un paso entre las nieves: así llegó a la China.

Vivió dos años en una aldea perdida de criadores de osos y pescadores de percas, aprendió el idioma y luego se dirigió hacia el mar, seguro de encontrar auxilio. El barco de un mercader de Sevilla lo condujo a las Filipinas. Allí se encontró con un tal Machado: lo había conocido en la corte de Carlos V cuando los mismos españoles lo rescataron del África. El mundo es pequeño, siempre fue pequeño.

Machado organizó su regreso. Fue así que el “Coração birmanês” dio la vuelta al mundo. Según Albuquerque, Machado exigió la entrega del rubí a España a cambio de haber sido salvado dos veces por sus naves. Alves se negó. Tal vez el mayor explorador terrestre del siglo XVI –esta afirmación es mía-, murió olvidado en una cárcel de Murcia.

Tuve en mis manos el libro del fraile portugués, indagando en una de las umbrosas salas de la biblioteca municipal de Mendoza, en la República Argentina. Nadie sabía cómo ese libro había llegado hasta allí. Sin embargo, el Dr. Demetrio Lagos Aldao, me conjeturó que, tal vez, esa obra era parte de un lote de folios que el General José de San Martín donó al pueblo mendocino, en agradecimiento por el apoyo a su ejército, antes de emprender su hazaña singular: el cruce de la cordillera de los Andes, rumbo a Chile.

Esta historia, si bien no pude certificarla en otras fuentes, puede ser cierta, ya que es sabido el genuino amor que San Martín profesaba por los libros y el valor que asignaba a las bibliotecas. Era tan así que cruzó los Andes con escaso equipaje personal pero llevando un hato de baúles donde trasladó a lomo de mula una colección de unos 800 libros. La conjetura de Lagos Aldao parte de allí: que algunos otros libros de esa misma biblioteca andante sanmartiniana pudieron haberse quedado en su tierra, en Mendoza.

Más evidencias sobre la pasión libresca del Libertador podemos encontrarlas cuando tras librar y vencer en la batalla de Chacabuco, el 12 de febrero de 1817, y recibir de parte del cabildo de Santiago de Chile una recompensa de diez mil pesos fuertes, él decide donarlos para la creación de una biblioteca pública en esa ciudad. En esa ocasión, pronunció un breve discurso de circunstancia pero que retumba en la historia, sobre todo cuando aseguró que "las bibliotecas, destinadas a la educación universal, son más poderosas que nuestros ejércitos para sostener la independencia". No se equivocaba, San Martín.

A Alfredo Manuel Domínguez lo conocí en Cafayate como mochilero a principios de los 80s. Tratamos de llegar a pie por un sendero incaico hasta Antofagasta de la Sierra pero la sed nos doblegó y tuvimos que regresar a donde partimos, casi en el límite de nuestras fuerzas. Luego, Alfredo se recibió de sociólogo y décadas después, terminó trabajando en la ONU.

En medio de todo el despelote trágico de dictaduras y genocidios y bonzos y guerras civiles, étnicas y religiosas que sacuden a Birmania desde medio siglo atrás, él solicitó ser asignado a la oficina que la Alta Comisionada para los Derechos Humanos poseía en el país asiático. Fue hace un par de años que me escribió indicándome que no vendría a Bolivia para caminar y explorar la cordillera de Apolobamba como habíamos pautado, porque se iba a Birmania. A pesar de que sabía del horror étnico que se vive en ese rincón de Asia, no pude evitarme pedirle que indagara sobre el “Coração birmanês” y si quedaba algún rastro de su presencia en la propia Myanmar –el nuevo nombre del país que le enchufaron los militares.

La aventura es la aventura: Alfredo averiguó que el único paso histórico desde territorio birmano hacia China era el que flanqueaba la montaña mayor de los Himalayas birmaníes, el mítico cerro Hkakabo Razi, de casi 5.900 metros de altitud. El mayor lago de Birmania, el lago Indawgyi, también se encuentra próximo a esos parajes. Sintió el deseo de seguir los pasos de Alves, al menos encontrar ese monasterio que suponía a orillas de esas aguas, tal como lo describía Albuquerque Rocha, camino  a la China.

Sucedió algo extraño: las autoridades de la ONU le pidieron que renunciara a su cargo si emprendía el viaje. Que a su regreso, lo recontratarían, pero que esa peligrosa travesía –si quería hacerla- debía ser por su cuenta y riesgo. Alfredo renunció, compró todos los yuanes que pudo y se marchó hacia el norte, con una copia-fetiche del famoso mapa de U Nu que Machado quitó a Alves junto con el rubí y que Albuquerque copió en su libro que encontré en Mendoza y que tal vez perteneció a la biblioteca del propio San Martín y que yo había copiado para él y enviado hasta Birmania a través de la oficina de la ONU, aquí en La Paz.

Ni rastros de Bamar Shan ni tampoco del “Coração birmanês”, se han perdido de la historia, de la memoria, han desaparecido para siempre  –me aseguraba un convencido Alfredo en un email que me envió ¡desde Hong Kong! y que me entristeció por un lado pero me alegró de sobremanera por el otro: una vez que llegó allí, a las faldas del Hkakabo Razi, decía, “no pude evitar caer bajo el hechizo de Alves y seguir rumbo a la China, tal y como el olvidado expedicionario portugués lo hizo en el siglo XVI”.

Alfredo se camufló entre unos nativos y sus caravanas de yaks –¡Tomé tanta leche de yak como para volver a bañarla a Popea en mi boca!, narraba en otro de sus correos electrónicos. Luego, con dinero para sobornos y juergas con la policía roja, una credencial de Naciones Unidas y mucha paciencia, logró llegar a la antigua colonia inglesa, a donde el cónsul Santos, tras conocer sus peripecias, le organizó una fiesta de tres días. Ahora está viviendo en una playa de las afueras de Barcelona, tratando de terminar el libro donde contará su viaje y muchas de estas historias que fui anotando.

Espero sinceramente que esto suceda y que se publique la obra de mi amigo Alfredo. Así se seguirá honrando la memoria de Alves, de Caetano Alves, ladrón de rubíes y uno de los más extraordinarios exploradores de todos los tiempos.

Si creemos a Albuquerque Rocha, en su antebrazo izquierdo, el intrépido portugués tenía tatuado este lema: Antes morrer livres que em paz sujeitos

Ya que la piedra desapareció –como intuía U Nu, otro memorable-, tal vez sea justo que la historia recuerde a Alves, por su osadía y coraje, como el verdadero Coração birmanês.


Río Abajo, 15 de febrero de 2017




[1] Esto es personal: el recuerdo de U Nu es uno de los que más aprecio: lo imagino como a El geógrafo de Vermeer, soñando despierto recostado sobre sus mapas, pero con ojos oblicuos, un sombrerito en la testa y largas y venerables barbas blancas.


Wednesday, February 15, 2017

Un muelle

PABLO CINGOLANI

Un muelle donde amarrarte. Un muelle para partir. Un muelle donde empezar a llorar exilios. Un muelle donde celebrar el retorno. Un muelle como descanso. Un muelle como capitulación. Un muelle, simplemente, como una tregua. Son tantos sentidos los que atesoran los muelles que no bastaría un libro para anotarlos.

En esta modernidad absurda, hemos reemplazado los muelles por las mangas asépticas de tela plástica de los aeropuertos: he ahí el problema. Hemos abolido la belleza de los muelles, esa estética exquisita de penetración en lo líquido. Hemos suspendido ese sabor que tenía usar un muelle para llegar, para salir, para perderse, para volver a encontrarse, para pisarlo, sentirlo crujir, hablar, decirte. Hemos abandonado ese placer y ese misterio que es caminar sobre el agua, como lo hizo ese gran mago que fue Cristo. El muelle nos concedía parte de esa magia.

Acuden a mí imágenes de muelles –el de Atalaya, muelle de pampa, muelle de saladeros desolados sobre el Río de la Plata- e historias de muelles, todas intensas: así era la vida, cuando había muelles donde embarcarte o, simplemente, ir a agasajarlo o contarle o cantarle tus alegrías o tus penas.

Un muelle del lado siniestro del Lago Victoria, en el corazón de África: el Che, el Che Guevara, escapando. Lean sus memorias de su fallida incursión revolucionaria en el Congo. Perseguido por una ordalía de mercenarios y tribus hostiles, levantan campamento a la mala, le pisan los talones, se oyen los disparos, rozan las balas: la vida o la muerte pasaba por llegar al muelle, embarcarse y cruzar el lago hasta Tanzania. Lo logró. Un muelle le salvó la vida. Vendría a inmolarse a Bolivia, a la quebrada del Yuro, donde no hay muelles a quinientos kilómetros a la redonda: el corazón de esa Sudamérica que tanto amaba.

Más muelles, los míos propios –además del de Atalaya, donde celebramos con Fabián la victoria de Argentina y de Maradona en el Mundial 86.

Recuerdo un lugar sin muelle pero para llegar a otro lugar, con muelle. También con Fabián. Nuestras andanzas patagónicas. No recuerdo bien de dónde partías (¿del refugio del Cerró López?), la cosa era que tenías que fajarte para seguir el curso del arroyo Casalata –cerrada la picada, el sendero, debías enfrentar bosques temibles de caña coligüe, tan duras como el bambú, para abrirte paso, cruzar el arroyo tempestuoso mil veces, caminar sobre el agua- y llegar a orillas del Lago… Mascardi (¿funcionará mi memoria toponímica?). Allí, debías prender una fogata, leña sobraba –todo era bosque, bosque que ahora queman por todas partes- para que te vieran desde la otra orilla del lago y te vinieran a buscar en una lancha y dejarte, bien parado, en otro muelle de este texto.

Otro muelle, el de Mar de Ajó, en la costa atlántica argentina. Esta historia es nostálgica y, como todo lo que encubre la nostalgia, tapiza un yacimiento de tristeza. Yo ya vivía en Bolivia. Una vez, de visita en Buenos Aires, con mis amigos y compañeros de militancia, Pablo –“Paco”- Castillo y Ricardo –“68”- Labanca dijimos, tomando cerveza en un bar de la Avenida de Mayo: vámonos a la playa. Fuimos. El viaje, la estancia, tuvo bastante del aire de esa película genial de Bertrand Blier que, entre nosotros, se conoció como Las cosas por su nombre y donde actuaban el malogrado Patrick Dewaere y Gérard Depardieu.

Tomamos un bus nocturno, a donde cantando, guitarreando, libando vino, mateando y siendo momentánea y colectivamente felices con el resto de los pasajeros, amanecimos frente al mar: recuerdo, como si fuera hoy, la línea brillante y prodigiosa donde veías llegar las olas a la playa desde la ventana del bus. No había edificios, sólo había casas bajas y potreros: por eso, nada más que por eso, podías verlas, nomás abrir los ojos, nomás el día y su luz te agasajaran la mirada.

Estuvimos tres o cuatro lunas. No teníamos un peso, acaso comíamos. Lo que sí, hicimos del muelle, nuestro hogar de momento, nuestro lugar de confesiones –entre nosotros y con el mar, con el mar para confesarse y con el mar de testigo-, el muelle como nuestro efímero dominio de sabernos que estábamos, aunque sea un día, una noche, un minuto, en el lugar donde queríamos estar, en el lugar que nos merecíamos, que anhelamos, que sentíamos como propio. El muelle de Mar de Ajó como nuestra pequeña patria liberada, como el país donde todo era justo y todo era libertad y todo era nuestro y de todos, de todo el pueblo, y nadie, nunca, jamás, nos lo iba a poder quitar. El muelle de Mar de Ajó: el muelle montonero.

Paco sigue por ahí, en Buenos Aires, editando libros en EUDEBA: libros maravillosos que hablan también de muelles, de otros muelles, pero que también son los nuestros. Ricardo falleció. Partió desde ese muelle invencible que es el muelle que conduce a la eternidad. Allí, nos está esperando.

En algún otro texto escribí que de los muelles podés partir, podés llegar, pero lo que nunca podés hacer, es quedarte. El “68” nos estará esperando en la eternidad pero si yo pudiese verdaderamente caminar sobre el agua y hacer el milagro, daría todo por volver a hablar con él y abrazarlo, otra vez, en ese muelle, ese muelle frente al mar, que nos regaló la vida, esa vez que fuimos, locos, vagabundos y febriles, a buscarlo, entre las arenas revueltas y el viento incesante del Atlántico.

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Imagen: Constance Mary Pott (1862-1957)