Saturday, March 25, 2017

La casa, el origen, la vuelta

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES

Ministro 294, una puerta vieja. Sobre ella una pintura a la diabla, carcomida por unas termitas ya jubiladas. Una escalera hija de otra escalera. Más bien su verruga y mirándola de frente. No hay descenso a secas, sólo insinuación, siempre un nuevo “más abajo” desde otro ángulo. Pedazos de esquinas, el plan de Valparaíso, perspectivas infinitas, caos armonioso, arquitecturas sin unidad. Más allá, si se afina la vista, barcos y un pedazo de mar. Una calle más angosta de lo esperado. Cambios que no percibo a la primera. Los objetos libres de hace cuarenta años, una galería, un patio, plantas, árboles con alma atorrante, una vecina borracha fisgoneando, el mariconcito amigo diciéndole adiós al novio en el poste de luz, simplificados ahora en una muralla única, monocolor, proyectada, tan egoísta ella, hacia el cielo. Solo queda erguirse si se requiere algo de aire nuevo. Por de pronto, yo no lo hago. Lo mío es la tierra firme y su vértigo. Vuelvo a la escalera verruga, tan esquinada y descascarada, como si tuviese sarna y otros pesares. Malezas guachas que crecen sin futuro esplendor entre los peldaños. Al costado, pedazos de pastelones puestos en el limitado orden que permiten las duras penas del declive. El cerro, como siempre, obliga a seguir su perímetro fiero, rebelde y choro. Sentarse y respirar en un tiempo más largo que el requerido para trajinar por la vida. Mirar en derredor y decir sí, es mi casa. La vieja casa del comienzo, la primera página del cuento, el Big Bang particular y minúsculo, sólo detectado por mi olfato y no más de unos pocos centímetros más allá. Un día en que el universo apenas tuvo cosquillas y Dios ni se enteró (preocupado, como estaba, de jugarse con el Diablo la suerte del golpe de Estado que se venía). Pocos cambios a la vista, todos para peor. Es mi opinión y ahí se queda. Al menos no la han demolido, me consuelo. Al menos, desde afuera, se siente el mismo aroma. A tierra gredosa, humedad, basurilla, perros, gatos, ratones, chinches, pulgas y garrapatas. Reencontrarse con el propio inicio. La casa más vieja a pesar de los trabajos de hermoseamiento. Con sus ventanas ahora móviles, su estuco permanente, el adobe y el rechinar. Plomiza por vocación. Sin sus amorosos habitantes, eso sí, y ante eso, sólo resignación. Todos dispersos en ésta y otra vida. La abuela protectora, tías y tíos juguetones, primos leales, padres imberbes, el abuelo inmóvil (ya era hora). Yo mismo, sin ir más lejos, cuento con mi propia dispersión. Vecinos de aquel tiempo vueltos con los años personajes de culebrón, destino trágico para cada uno de ellos. ¡Cuidado! Hay riesgo en detener la viñeta. Desde las alturas, detrás de velos y ventanas, los nuevos habitantes me observan. Incluyendo a un perro ingrávido posado a metros de mi cabeza sobre unas planchas de zinc. Un intruso invadiendo el barrio, piensan de seguro, hay que corretearlo. No me entenderían, pienso yo, aunque se lo graficara en dibujos. El que se fue, se fue nomás, sentencian. Aun así, tomo asiento en el segundo peldaño. Con la cámara en tus manos, registras el instante. Se abre la compuerta nubosa y no queda más que lo esencial. Pañales de género hervidos a baño maría en fondos de hojalata. Viento marino helado haciendo el serpenteo ascendente de siempre. Lavadoras con manivela y espuma de Bio Luvil que se rebasa por el pasillo de madera. Calzones de goma, talco, chupete mosqueado y lleno pelusillas. Pero también consentimiento. Como en el aseo corporal paradito dentro de una tina de plástico, tetera de agua caliente, jabón y estropajo, los brazos serviciales de la abuela en fricción permanente, con algodón y colonia, toalla calientita sobre una estufa. Adiós a la piel de gallina, gustosa y regaloneada, con las prendas de vestir que esperan planchaditas sobre una silla. Sabrosa comida de emergencia, marraquetas gigantes y crujientes con mantequilla, huevo frito en paila pegado en costrones de aceite al metal, tostadas con paté de cerdo, té con cucharadas de azúcar, pescado frito en manteca, tortillas con chicharrones, tomate colorido y jugoso con cebolla, gaseosa Frambuesa Nobis para la sed, maicena con leche y chilenitos con manjar. Pobres pero bien comidos, sin tiempo para la sobremesa. Salgo volando y me reciben unos brazos. Vuelo de nuevo y caigo en otros. Como una suerte de vals, abuela, tíos, tías, padres, un vértigo que se detuvo sin aviso. Un camión de mudanza cargado de unas pocas cosas. Subo con mis padres a la máquina para emprender rumbo desconocido. Cuál de los dos más temeroso, toque de queda, nuevo empleo, cuidado con los soplones de la dictadura, convivir a solas con un niño y sus berrinches. Cada uno vuelto hacia dentro, sin toparse con el miedo del otro. Y yo, sobre sus faldas, sin saber de las razones poderosas para sumarme a ese caldero. Nos aprontamos al juego de la familia, la intimidad y autocontrol. Adiós a la casa vieja y al desbande. Viento seco y calor puentealtino. Otra ciudad. Ahora, al regresar a la dirección Ministro 294, quiero ser el mismo que partió. Tarea imposible. Me fusiono con la casa, sólo un instante, mientras me dice tú también has cambiado y para peor. Entonces, de qué me admiro tanto.

Imagen: http://static.panoramio.com/photos/original/32228758.jpg

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De CHILE LITERARIO, 20/03/2017

Golpear las sombras

JORGE MUZAM

Sigo atrincherado, oteando desde una casamata de hierro oxidado abandonada en un risco. Los caminos del enemigo dejaron de transitarse hace décadas y desde la casamata sólo veo alondras transportando ramitas secas.

Duermo en las noches con mi armadura puesta, el garrote bajo la almohada. Las batallas son incesantes. Golpeo las sombras, sudo, arremeto, mis brazos están en posición defensiva, no recuerdo el rostro de mis enemigos, sólo sé que están ahí.

Peleo por los míos, para defender mi posición, para vengar humillaciones pasadas, alguna vez lo hice por el socialismo, por el comunismo, por el anarquismo, por las bestias indefensas. Pronto percibí que era una burla a mi propia hombría. El ser humano es esencialmente una mierda anticomunista, una plaga de fieras acechando el mejor botín.


Imagen: Hernán Arévalo

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De CUADERNOS DE LA IRA (blog del autor), 14/03/2017

Friday, March 24, 2017

Don Derek

ROBERTO BURGOS CANTOR

En el transcurrir atropellado del mundo, las muertes sin tiros, envenenamientos ni explosiones, quedan relegadas a voces piadosas, lamentos de amistad, pesares por pérdidas que disminuye el sentimiento de compañía.

Algunos periódicos conservan el espacio de los obituarios, nombre antiguo de los libros parroquiales donde el trazo eclesiástico asentaba entierros y defunciones. Fue una ocupación respetable que aparece en alguna de las novelas de Antonio Tabucchi. Los encargados de necrológicas se daban mañas para oponer al dolor por la muerte, la alegría de lo que significó en vida.

Se echa de menos la forma, o género periodístico, cuando el lector enfrenta el desgreño con que se contó el fallecimiento de Derek Walcott en algunos medios. Una celebración del lugar común, la indiferente conformidad, en versos del Tuerto. “…Las personas graves dirán: - ¿De qué murió?
Walcott estuvo en Colombia. Por aquellos años en que se organizaba la feria del libro del Gran Caribe. Caminó por las calles y avenidas de Barranquilla. Lo acompañaban Gustavo Bell Lemus, Alfonso Múnera, Heriberto Fiorillo y, el poeta de Zipaquirá, Álvaro Rodríguez, quien tradujo El Reino del Caimito. “En el ocio de agosto, cuando la mar es apacible, y se aquietan las islas, hojas morenas sobre este mar Caribe,…”.  El poeta de Santa Lucía le mostraba con risueño asombro, a su mujer, cómo los edificios tenían nombres. Le dijo: como en García Márquez.

Después se metió en el laberinto de Cartagena de Indias, en el golpeteo incesante del mar, en sus campanas puntuales para el ángelus y el anuncio de la noche entre murciélagos y pájaros marinos de vuelo atrasado.

De esas ciudades por las cuales anduvo, Jamaica, Trinidad, Guadalupe, Martinica, con casonas de madera empujadas por los huracanes, alambreras destempladas por los pájaros en su vuelo ciego, ámbitos interrumpidos por las edificaciones de hoy; ahora pisaba a Barranquilla y Cartagena de Indias. La Arenosa, nueva, agregaba la corriente del río, su aroma a tierra arrancada y pedazos de bosque amontonados en la desembocadura  contra el mar color de ostra vieja. La heroica y bella apoyada en la eternidad de la piedra le regaló el silencio de los templos al anochecer. En todas respiró el olor del Caribe, su rastro de antiguas migraciones, sus secretos apenas rasguñados, una clave más para desentrañar  el enigma, el que navega en la sangre y el que reposa en el fondo del mar.

Memoria de los pasos, en sus poemas de 2005, Hijo Pródigo, talló a Cartagena:  “cuyas calles, si uno escucha a escondidas, hablarían castellano demótico”.

De ese mundo de esplendor caótico, Walcott, rescató el curso de una poesía. Afluente de lenguas. Enriquecido aporte a lo que nos pertenece: St.- John Perse, su tono majestuoso de ordenador del mundo. Aimé Césaire, el apropiador de lo no nombrado.

Ahora él. Para siempre.

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De BAÚL DE MAGO (columna del autor para EL UNIVERSAL), 23/03/2017

Cuando Baroja visitó a Durruti

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

Baroja visitando a Durruti, ¡Oh! ¡Ah! Solo falta que como música de fondo suene El asombro de Damasco… Curiosamente el anarquista Baroja –una de las grotescas imposturas literarias que adornan al personaje– hizo aquel viaje, no en pos de las huellas de anarquista alguno, sino del general carlista Gómez, el de la famosa «expedición», en compañía de dos personajes que poco más tarde le informarían puntualmente de los atentados cometidos por la Falange en Madrid, en los primeros meses de 1936, incluido el atentado contra Jiménez de Asúa del que estuvo acusado, qué casualidad, uno de sus dos compañeros de viaje… de contar las cosas, contarlo todo. Baroja fue a marcarse un tanto y cobrarse «bonitamente» (en genuina terminología de la famiglia) unos duros viajando de gorra en un coche de lujo que no era suyo, sino de un amigo adinerado, erudito, mucho, en guerras civiles, y bibliófilo consumado, que los representaba en España (y primo carnal del abuelo de un zascandil que ya me aburre con sus cuentos).  El anarquismo de Baroja es filfa de la buena, un lamparón más que un adorno. A Baroja le iba el folletín, ya fuera la pena de muerte, el anarquismo, el fascismo o las metempsicóticas... Y qué miopía la de Durruti y sus compañeros creyéndolo uno de los suyos.  (En París, casualmente en las cercanías del Colegio de España que acogió gratis a Baroja entre 1936 y 1937)

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De VIVIRDEBUENAGANA (blog del autor), 14/03/2017

Cuando Pío Baroja visitó a Durruti en prisión

SERVANDO ROCHA

«Durruti era un tipo para tener biografía en romance, en un pliego de literatura de cordel, con un grabado borroso en la primera página», afirmó Pío Baroja en El cabo de las tormentas. El escritor había sido alguien incómodo para unos y otros: no se decantó políticamente y de una forma clara por ningún bando pero, de hacerlo, hubiera sido por un tipo de anarquismo no violento, progresista y naturalista. Porque toda su enorme obra puede leerse también como una descripción del anarquismo de la época, que lo llevó a querer conocer a muchas de las grandes figuras de entonces, como en Londres, cuando visitó y pasó varios días en compañía del legendario Malatesta, que entonces regentaba un taller mecánico y, secretamente, mantenía conexiones con grupos libertarios de medio mundo.

Una de sus mejores novelas, perteneciente además a La lucha por la vida, está dedicada enteramente a los esfuerzos de los anarquistas. Me refiero a Aurora Roja, aunque toda su obra está sembrada de referencias hacia el anarquismo y los anarquistas, que conoció y, en algunos casos, compartió sus puntos de vista y aspiraciones. En El cabo de las tormentas aparece la descripción de una de las acciones cometidas por Durruti y sus compañeros:

«El cardenal-arzobispo de Zaragoza era un reaccionario de influencia. La ejercía no solo en su sede sino en Barcelona y recomendaba a las autoridades de allí medidas fuertes y duras contra los obreros y los agitadores. Los anarquistas sabían que el arzobispo conferenciaba en Reus con los jefes de la Patronal de Barcelona y daba consejos para atacar a la organización sindicalista obrera. La banda marchó a Zaragoza; se entendieron los directores con una vieja anarquista catalana que vivía allí hacía algún tiempo, la ciudadana Teresa, y entre todos prepararon una emboscada y mataron al arzobispo una tarde que iba a una posesión suya llamada “El Terminillo”. El arzobispo fue muerto en el auto cuando entraba en su finca, donde había establecido una escuela dirigida por monjas. Los anarquistas le hicieron veinte disparos. El arzobispo cayó muerto y quedaron heridos sus familiares y el chofer».

Sin embargo, un hecho menos conocido tanto de su vida como de la del titán del anarquismo español Durruti, fue la relación que ambos mantuvieron.

Durruti, junto a otros compañeros, amigos y militantes anarquistas como Ascaso y «Combina», habían sido detenidos el 2 de abril de 1933 en Sevilla, a la salida del Congreso Regional de Andalucía y Extremadura. No se les acusó de un delito contra la propiedad privada, sino que fueron conducidos ante el juez por un delito de opinión, como autores de un mítin pronunciado a la clausura del Congreso. Inicialmente fueron encarcelados en la cárcel del Pópulo de Sevilla y, posteriormente, marcharon al penal del Puerto de Santa María, en Cádiz.
BUENAVENTURA DURRUTI, EN EL CENTRO, JUNTO A GREGORIO JOVER Y FRANCISCO ASCASO (PARÍS, 1926)

Baroja visitó inmediatamente a Durruti. Ambos hablaron en privado después de un emocionante recibimiento a Baroja, durante el cual los presos levantaron sus brazos y puños, considerándolo «uno de los suyos». Baroja reaccionó un tanto azorado y con sorpresa.
ANTIGUA CÁRCEL DEL PÓPULO DE SEVILLA EN LA QUE INGRESÓ DURRUTI Y VISITÓ BAROJA. FOTOGRAFÍA TOMADA EN LOS AÑOS TREINTA

El anarquista, en una carta fechada 3 de junio de 1933, menciona la visita del escritor: «Pío Baroja, cuando vino a verme a la cárcel de Sevilla me decía: "Es terrible lo que hacen con ustedes", y yo le pregunté qué posición cree Don Pío que debemos adoptar nosotros frente a estas arbitrariedades. No supo qué contestar. Luego he leído un artículo de él en Ahora, que es la contestación que no se atrevía a darme a través de las rejas».
DÍEZ, ASCASO, PÉREZ COMBINA, DURRUTI Y LORDA EN LA CÁRCEL DE PUERTO SANTA MARÍA (1933)

Durruti se refiere a una pieza escrita por Baroja, titulada «Latifundio y comunismo»,  y publicada en Ahora el 23 de abril de 1933:

«Esto pensaba el otro día aquí, en Sevilla, cuando fui a hablar en la cárcel del Pópulo, vieja, sucia y pintoresca, una cárcel del tiempo de Menmée, con los anarquistas presos. Estos se hallan detenidos por haber hablado con violencia en un mitin. Les vi desde el locutorio, a lo lejos, entre las rejas, como fieras enjauladas. Estaban Durruti, Ascaso, Pérez Combina, Zimmerman, Paulino Díaz y otros muchachos jóvenes. Como los anarquistas son discutidores, comenzaron a discutir conmigo. Hablaban con entusiasmo de la revolución que consideraban próximay del triunfo del comunismo libertario. Yo presentaba mis objeciones de hombre incrédulo y dogmático. Al salir de la cárcel pensaba:  
—¡Quién sabe si lo que propugnan estos hombres, en vez de ser lo utópico del  futuro, sea en Andalucía algo ancestral y tradicional!».
BAROJA Y SU ENCUENTRO CON DURRUTI EN AHORA (23 DE ABRIL DE 1933)
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De AGENTE PROVOCADOR, 13/03/2017

La suerte está echada

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

Chuquiagomarka. Celebración y fuga: la crónica de La Paz  que me han rechazado varias editoriales en España, incluida Pamiela; otras ni se han dignado contestarme o leerlo siquiera. Yo creo en ese libro, he puesto en él mucho de mi vida en Bolivia a lo largo de nueve viajes. Pero me temo que la suerte esté echada y que esta no depende de mí. Ahora parece que, por fin, va a salir en Bolivia y eso me alegra y me tiene inquieto, gracias a la suerte, a la dichosa suerte.

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De VIVIRDEBUENAGANA (blog del autor), 05/03/2017

Wednesday, March 22, 2017

El futuro

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

¿Y eso qué es? A cierta edad, y como mucho, no pasa der la repetición tenaz del presente, la larga espera a fuerza de recuerdos, el despeñadero inevitable a plazo fijo... Para saberlo no hay que irse a las metempsicóticas de los arrabales, como decía Baroja que hacía en el París de 1938-1940, y como hizo el pintor Solana, a que te echen las cartas del tarot, como me las echó a mí una gitana rubia, de mi edad, delgada y maliciosa, de manos y boca de nicotina,  en las minas de Huanuni.

Hoy me he enterado de que el método de adivinación que yo creí genuino de los Andes, el practicado por los yatiris en las calles de La Paz y en las apachetas de la carretera de Oruro, y otras, consistente en echar plomo o estaño fundido, en una sartén, en un balde de agua y leer el futuro en la forma que coja el gurruño, era muy conocido en la Edad Media en las regiones del Rhône y del Saône, la molybdomancia, y que ahora mismo está de actualidad en los arrabales parisinos (barrios sensibles) gracias a las «brujas» del norte de África que hacen negocio con los miedos e inquietudes de gente acosada por el fantasma de la desdicha... Nuestras nadas poco difieren, sostenía Borges, nuestros miedos todavía menos.

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De VIVIRDEBUENAGANA (blog del autor), 15/03/2017

Tuesday, March 21, 2017

Ingrata

HUGO JOSÉ SUÁREZ

Café Tacvba siempre me ha sorprendido, normalmente para bien. Durante años, canté a gritos su célebre canción Ingrata. Es cierto, coreaba sin ningún pudor “pues si quiero hacerte daño solo falta que yo quiera lastimarte y humillarte (…) Por eso ahora tendré que obsequiarte un par de balazos pa’ que te duela. Y aunque estoy muy triste por ya no tenerte voy a estar contigo en tu funeral”. A menudo la cantábamos en sendas borracheras, varones y mujeres, recordando algún episodio amoroso fallido. Pero a pesar del sentimiento puesto en cada nota cantada, juro por lo que más quieran, que jamás se me pasó por la mente pegarle balazos a quien dirigía mi voz ni quise ir a sepelio alguno. 

Los integrantes de Cafeta, a quienes sigo, quiero y admiro hace más de 20 años, han decidido no tocar más Ingrata para no incentivar los feminicidios, como una manera de protesta frente al alto índice de violencia y por la sensación de que su letra puede promover agresiones .

Ahí está el problema. Denunciar la violencia es absolutamente legítimo y necesario, pero hay que poner las cosas en su lugar. La música –además de otras artes- reposa en la capacidad de figuración, de moverse en el plano de la ficción, representando situaciones no necesariamente reales pero que permiten conducirnos al laberinto de los sentimientos. La abstracción y el evocar escenarios imaginarios es lo que hace que una canción sea potente, trascendente, que nos haga llorar o reír, que nos permita volar o imaginar. Es gracias a ese proceso mágico que un compositor puede arrancarnos lágrimas, rabia o pasión tan solo escuchando sus palabras. Puede despertar nuestros miedos, nuestras furias, aquello que nos hace humanos.

Si tomáramos literalmente todo lo que se dice en la música –o en las novelas-, habría que empezar una auténtica cacería de brujas, una relectura de lo escrito hasta ahora y censurar, recortar, arreglar lo excesivo, como lo hace el fiscalizador de imágenes eróticas en la maravillosa película Cinema Paradiso.

Imagino a una comisión de aburridos caballeros que, como creyentes ortodoxos que leen la Biblia al pie de la letra y cuando se dice que “si tu mano te hace pecar córtatela” van por un hacha, revisen las letras de tanto que se ha escrito con un plumón rojo. Se encontrarían con párrafos como “rata inmunda, animal rastrero, escoria de la vida, adefesio mal hecho, infrahumano, espectro del infierno, maldita sabandija, cuánto daño me has hecho” (Rata de dos patas), o el memorable episodio donde Camelia la texana da siete plomazos al que lo traicionó. Tendrían que empezar a borrar, y borrar, y borrar. ¿Qué quedaría del bolero o del corrido en México si se le quita la figuración y el drama? Correcto: casi nada.

Durante largos siglos el catolicismo jugó un rol perverso controlando la producción estética. Los artistas pudieron poco a poco quitarse las cadenas y transitar por el sendero de la libertad dejando que la creatividad sea su principal guía. Todo indica que hoy se vuelve a erigir un sistema de control de lo políticamente correcto. Un nuevo mainstream cultural impone parámetros dentro de los cuales se debe mover quien quiera expresar algo. El fantasma del control renace, y Cafeta, el grupo más transgresor, crítico y lúcido de los 90, cayó en sus redes.

Me quedo con una última reflexión de un amigo en su muro de Facebook: “Tengo Ingrata versión en vivo en un cd doble original ¿qué debo hacer con este material, según la corrección política? 1. Quemarlo. 2. Esconderlo en un armario secreto. 3. Subastarlo como objeto extraño. 4. Reclamar a los tacubos la devolución de mi dinero”. Y algún cibernauta igual de audaz le dice: “te lo compro”.

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De EL DEBER, 12/03/2017 

Amazing Disgrace

SARAH POSNER

Back in August 2015, when Donald Trump’s presidential ambitions were widely considered a joke, Russell Moore was worried. A prominent leader of the Southern Baptist Convention, the nation’s largest Protestant denomination, Moore knew that some of the faithful were falling for Trump, a philandering, biblically illiterate candidate from New York City whose lifestyle and views embodied everything the religious right professed to abhor. The month before, a Washington Post poll had found that Trump was already being backed by more white evangelicals than any other Republican candidate.

Moore, a boyish-looking pastor from Mississippi, had positioned himself as the face of the “new” religious right: a bigger-hearted, diversity-oriented version that was squarely opposed to Trump’s “us versus them” rhetoric. Speaking to a gathering of religion reporters in a hotel ballroom in Philadelphia, Moore said that his “first priority” was to combat the “demonizing” and “depersonalizing” of immigrants—people, he pointed out, who were “created in the image of God.” Only by refocusing on such true “gospel” values, Moore believed, could evangelicals appeal to young people who had been fleeing the church in droves, and expand its outreach to African Americans and Latinos. Evangelicals needed to do more than win elections—their larger duty was to win souls. Moore, in short, wanted the Christian right to reclaim the moral high ground—and Trump, in his estimation, was about as low as you could get.

“The church of Jesus Christ ought to be the last people to fall for hucksters and demagogues,” Moore wrote in Onward: Engaging the Culture Without Losing the Gospel, a book he had just published at the time. “But too often we do.”

As Trump continued gaining ground in the polls, Moore began to realize that the campaign represented nothing short of a battle for the soul of the Christian right. By backing Trump, white evangelicals were playing into the hands of a new, alt-right version of Christianity—a sprawling coalition of white nationalists, old-school Confederates, neo-Nazis, Islamophobes, and social-media propagandists who viewed the religious right, first and foremost, as a vehicle for white supremacy. The election, Moore warned in a New York Times op-ed last May, “has cast light on the darkness of pent-up nativism and bigotry all over the country.” Those who were criticizing Trump, he added, “have faced threats and intimidation from the ‘alt-right’ of white supremacists and nativists who hide behind avatars on social media.”

Trump, true to form, wasted no time in striking back against Moore. “Truly a terrible representative of Evangelicals and all of the good they stand for,” he tweeted a few days later. “A nasty guy with no heart!”

In the end, conservative Christians backed Trump in record numbers. He won 81 per- cent of the white evangelical vote—a higher share than George W. Bush, John McCain, or Mitt Romney. As a result, the religious right—which for decades has grounded its political appeal in moral “values” such as “life” and “family” and “religious freedom”—has effectively become a subsidiary of the alt-right, yoked to Trump’s white nationalist agenda. Evangelicals have traded Ronald Reagan’s gospel-inspired depiction of America as a “shining city on a hill” for Trump’s dark vision of “American carnage.” And in doing so, they have returned the religious right to its own origins—as a movement founded to maintain the South’s segregationist “way of life.”

“The overwhelming support for Trump heralds the religious right coming full circle to embrace its roots in racism,” says Randall Balmer, a historian of American religion at Dartmouth College. “The breakthrough of the 2016 election lies in the fact that the religious right, in its support for a thrice-married, self-confessed sexual predator, finally dispensed with the fiction that it was concerned about abortion or ‘family values.’ ”

For more than a generation, the Christian right has sought to portray itself as a movement motivated principally by opposition to abortion and the defense of sexual purity against the forces of secularism. According to its own creation myth, evangelicals rose up and began to organize in opposition to Roe v. Wade, motivated by their duty to protect “the unborn.” Albert Mohler, a prominent Southern Baptist theologian, described Roe as “the catalyst for the moral revolution within evangelicalism”—the moment that spurred the coalition with conservative Catholics that still undergirds the religious right.

In fact, it wasn’t abortion that sparked the creation of the religious right. The movement was actually galvanized in the 1970s and early ’80s, when the IRS revoked the tax-exempt status of Bob Jones University and other conservative Christian schools that refused to admit nonwhites. It was the government’s actions against segregated schools, not the legalization of abortion, that “enraged the Christian community,” Moral Majority co-founder Paul Weyrich has acknowledged.

By openly embracing the racism of the alt-right, Trump effectively played to the religious right’s own roots in white supremacy. Richard Spencer, president of the National Policy Institute and the alt-right’s most visible spokesman, argued during the campaign that GOP voters aren’t really motivated by Christian values, as they profess, but rather by deep racial anxieties. “Trump has shown the hand of the GOP,” Spencer told me in September. “The GOP is a white person’s populist party.”

Until now, the alt-right has presented itself largely as an irreligious movement; Spencer, its outsize figurehead, is an avowed atheist. But with Trump as president, the alt-right sees an opening for its own religious revival. “A new type of Alt Right Christian will become a force in the Religious Right,” Spencer tweeted on the morning after the election, “and we’re going to work with them.”

To alt-right Christians, Trump’s appeal isn’t based on the kind of social-issue litmus tests long favored by the religious right. According to Brad Griffin, a white supremacist activist in Alabama, “the average evangelical, not-too-religious Southerner who’s sort of a populist” was drawn to Trump primarily “because they like the attitude.” Besides, he adds, many on the Christian right don’t necessarily describe themselves as “evangelical” for theological reasons; it’s more “a tribal marker for a lot of these people.”

Before the election, Griffin worried that white evangelicals would find his “Southern nationalist” views problematic. But Trump’s decisive victory over Russell Moore reassured him. “It seems like evangelicals really didn’t follow Moore’s lead at all,” Griffin says. “All these pastors and whatnot went in there and said Trump’s a racist, a bigot, and a fascist and all this, and their followers didn’t listen to them.”

There is no way of knowing how many Americans consider themselves to be alt-right Christians—the term is so new, even those who agree with Spencer and Griffin probably wouldn’t use it to describe themselves. But there is plenty of evidence that white evangelical voters are more receptive than nonevangelicals to the ideas that drive the alt-right. According to an exit poll of Republican voters in the South Carolina primary, evangelicals were much more likely to support banning Muslims from the United States, creating a database of Muslim citizens, and flying the Confederate flag at the state capitol. Thirty-eight percent of evangelicals told pollsters that they wished the South had won the Civil War—more than twice the number of nonevangelicals who held that view.

That’s why white evangelicals were the key to Trump’s victory—they provided the numbers that the alt-right lacks. Steve Bannon, Trump’s most influential strategist, knows that the nationalist coalition alone isn’t big enough “to ever compete against the progressive left”—which is why he made a point of winning over the religious right. If conservative Catholics and evangelicals “just want to focus on reading the Bible and being good Christians,” Bannon told me last July, “there’s no chance we could ever get this country back on track again.” The alt-right supplied Trump with his agenda; the Christian right supplied him with his votes.

For alt-right Christians, Russell Moore is the embodiment of where the religious right went wrong—by refusing to openly embrace racism. Throughout his youth, Griffin says, he felt alienated by Christians like Moore who were intent on “condemning racism.” He was only drawn back into Christianity when he married the daughter of Gordon Baum, a far-right Lutheran leader who co-founded the white supremacist Council of Conservative Citizens, described by the Southern Poverty Law Center as “a virulently racist group.” Griffin says he joined the CCC, as well as the white nationalist League of the South, because both groups embody the elements he views as integral to his faith: They are “pro-white, pro-Christian, pro-South.”

Moore has become a popular target among alt-right Christians. The white supremacist and popular alt-right radio show host James Edwards, himself a Southern Baptist, regularly disparages Moore on his program, calling him a “cuck-Christian.” In June, after the Southern Baptist Convention banned displays of the Confederate flag, Edwards hosted Nathanael Strickland, proprietor of the Faith and Heritage blog. In a recent post, Strickland had argued that white Southerners “have faced a widespread and determined assault on our heritage, symbols, monuments, graves, and identity by secular and governmental forces,” and likened such supposed attacks to what Hitler claimed in Mein Kampf: that Germans faced “cultural extermination and ethnic cleansing.” Edwards seconded that analysis, declaring the Confederate flag “a Christian flag,” and arguing that to attack it “is to deny the sovereignty, the majesty, and the might of Lord Jesus Christ in his divine role in Southern history, culture, and life.”

Strickland recently told me that alt-right Christians see “racial differences” as “real, biological, and positive,” a view he insists is “merely a reaffirmation of traditional historical Christianity.” He argues that many on the alt-right who consider themselves atheists or pagans only lost their faith in Christianity “due to the antiwhite hatred and Marxist dogma held by the modern church.”

Strickland considers himself a “kinist,” part of the new white supremacist movement that, according to the Anti-Defamation League, “uses the Bible as one of the main texts for its beliefs,” offering a powerful validation to white supremacists for their racism and anti-Semitism. Strickland sees kinism as a successor to Christian Reconstructionism, a theocratic movement dating back to the 1960s that played a key role in the rise of Christian homeschooling. The movement’s primary goal was to implement biblical law—including public stonings—in every facet of American life.

After Trump’s victory, Edwards ferociously attacked the president-elect’s critics, Bible in hand. “The Bible says, ‘There shall be weeping and gnashing of teeth,’ and I want there to be that,” he said on his show. “Now is the time for retribution, and I want them to suffer. I want them to feel the righteous anger of a good and decent people. I want Trump to drive them into the sea.” He called on the “degenerates, perverts, and freaks,” and other “criminals who shilled for Hillary” to “make good on your promise to leave the country.” He added: “They can take Russell Moore with them on the way. That’s for sure. Good riddance. Please leave.”

Alt-right Christians like Edwards see their movement as part of a global battle for ethnic nationalism. Days before the election, neo-Nazis assembled at a rally in Harrisburg, Pennsylvania, to show their support for Trump. Matthew Heimbach, an alt-right Christian leader who founded the Traditionalist Worker Party, told the crowd they were in a worldwide struggle for the preservation of “ethnic, cultural, and religious integrity,” a battle that has been joined by “nationalists around the world that are fighting the same enemy.” That enemy, Heimbach said, is made up of “Jewish oligarchs and the capitalists and the bankers” who “want to enslave the entire world.” He ticked off some of the movement’s international allies: President Rodrigo Duterte of the Philippines, who has overseen a Hitler-inspired campaign of extrajudicial killings, and Syrian President Bashar al-Assad, who has displaced and slaughtered millions of his own citizens. To Heimbach, Assad “is fighting to defend his people against the globalist hydra of Saudi Arabia, of the terrorist state of Israel, and United States interests.”

Heimbach, who made headlines last March for shoving a Black Lives Matter protester at a Trump rally, also draws inspiration from the far-right Russian writer Alexandr Dugin, whose book, The Fourth Political Theory, he considers “suggested reading” for all Traditionalist Worker Party members. Dugin’s writings reinforced Heimbach’s belief, he says, that “we must reject the failed and flawed concepts of democracy, capitalism, equality of ability, and multiculturalism.” To alt-right Christians like Heimbach, democracy itself is a failed and flawed concept.

Some, in fact, believe that Trump does not go far enough in defending the faith. Strickland, for example, views Trump as merely a “civic nationalist,” not a full-blown racial and ethnic nationalist like those on the alt-right. “There are four legs supporting the table of civilization,” he says. “Blood, religion, culture, and language. Civic nationalists only acknowledge the last three of those.” In Strickland’s view, the alt-right must now become Trump’s “loyal opposition,” prodding the president even further to the right. “The alt-right’s job in the coming months and years will be to solidify nationalism’s place in the Republican Party and push the importance of the fourth leg—blood.”

With the religious right now at the service of the alt-right, conservative evangelicals who opposed Trump find themselves at odds with the movement they helped to build. Reverend Rob Schenck was one of the leaders of the religious right’s war on abortion, famously getting arrested in 1992 at a women’s health clinic while carrying “Baby Tia,” a preserved fetus he claimed had been aborted. Through his organization, Faith and Action, Schenck has long provided spiritual counsel to top Washington officials, including Supreme Court justices and members of Congress like Mike Pence. Trump, he says, has no spiritual side whatsoever. “He has no facility in the language of faith,” Schenck told me in November, a week after the election. “At all. It’s not natural to him. It’s not even known to him. It’s alien.”

Two days before we spoke, Trump had announced his selection of Steve Bannon as his chief White House strategist. To Schenck, the religious right’s support for the appointment was another “screaming alarm to American evangelicals that we must do some very deep soul-searching.”

But such soul-searching does not appear to be forthcoming. So far, President Trump has drawn little but praise from religious right leaders. From his first days in office, he moved swiftly to shore up their support. He quickly brought back George W. Bush’s “global gag rule,” signing an executive order that bars federally funded groups not only from providing abortions to pregnant women, but from even discussing abortion as an option. And his nomination of Neil Gorsuch to the Supreme Court thrilled even Russell Moore, who hailed the selection of “a brilliant and articulate defender of Constitutional originalism.” Trump’s strategy makes sense: He’ll keep evangelicals happy and unified by moving some of their key priorities forward—and use their support to push for what is ultimately an alt-right agenda.

Schenck fears that “Trump and his gang” have exposed an evangelical culture “that doesn’t know itself.” Sitting in his Capitol Hill townhouse, Schenck picks up his copy of Ethics, by the anti-Nazi theologian Dietrich Bonhoeffer. Bonhoeffer, he says, argued that because Jesus was a “man for others,” Christians are called “not to hold the other in contempt, or to be afraid of the other, or contemptuous of the other.” Yet when Schenck visited evangelical churches during the Obama years, he lost count of how many times he was asked, quite earnestly: “Is the president the Antichrist?”

Schenck still holds out hope, as does Moore, that a new generation of evangelicals will ultimately reject what Trump and the alt-right represent. “I do think something is going to emerge out of this catastrophe,” he says. “It’s going to help us to define what is true evangelical religion and what is not.”

But for now, he concedes, the religious right has forfeited its moral standing by aligning itself with the alt-right’s gospel of white supremacy. “Evangelicals are a tool of Donald Trump,” Schenck says. “This could be the undoing of American evangelicalism. We could just become a political operation in the guise of a church.”


This article was reported in partnership with The Investigative Fund at The Nation Institute.

Sarah Posner has reported on the religious right for more than a decade and is the author of God’s Profits: Faith, Fraud, and the Republican Crusade for Values Voters.

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De NEW REPUBLIC, 20/03/2017

Ilustración de Brian Reedy 

Terroristas y golpistas

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

Ese epitafio del historiador, activista y resistente judío Adam Rayski, en el Père-Lachaise, me ha hecho acordarme de esa gente de fiar y de orden a ultranza, que proscribe y condena la lucha armada, reputándola sin discusión posible terrorismo, pero justifica plenamente los golpes de estado, pasados y futuros, cuando el presente y sus protagonistas no son de su  gusto y conveniencia, y eso sí, poseída siempre de un mejor derecho que no es otro que el ejercicio de la fuerza y el derecho a ella deudor.

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De VIVIRDEBUENAGANA (blog del autor), 17/03/2017

Monday, March 20, 2017

LITERATURA Y CINE: REMANDO AL VIENTO

PABLO CEREZAL

Remando al viento/Gonzalo Suárez (1988)

Nos aterrorizaba Frankenstein. Pero no nos aterrorizaba el monstruo, en sí, sino el hecho de que cobrase vida gracias a los manejos de un ser humano. No hay creación más terrible que la que de nosotros mismos nace.

En 1816, en una lujosa mansión situada en Suiza, en las húmedas orillas del lago Le Man, George Gordon Byron reunía a su alrededor a su contemporáneo de letras y audacias, Percy Bysshe Shelley, la jovencísima compañera sentimental de este, Mary Shelley, y el médico y escritor John William Polidori, para pasar unas vacaciones que se prometían plenas de soleadas jornadas y jugosas apuestas intelectuales. Los días de calor, lamentablemente, no llegaron. 1816 aún se recuerda en la zona como el año sin verano, producto de los trastornos climáticos que sucedieron a la erupción de un volcán ubicado –ni más ni menos- en Indonesia. El cambio climático viene de lejos, parece.

Lo que sí se fraguó en aquel verano sin verano fueron una serie de andamiajes intelectuales que fecundarían líricas y terrores que hasta hoy nos acompañan. Obligados por la caprichosa climatología, los renombrados amigos que se reunían en Villa Diodati, emplearon su tiempo narrando ancianas y pueriles historias de fantasmas y proponiendo juegos que, sin abandonar lo literario, rozaban lo metafísico. Polidori escribió, allí, El Vampiro, que sería inspiración para el posterior y más afamado Drácula, de Bram Stoker. Mary Shelley fecundó las terribles páginas de Frankenstein o el moderno Prometeo.

Las vidas de estos poetas nunca se separaron, y sus finales afianzaron más los lazos que los unían. Y es que todos ellos vieron morir sus días con las lentes dióptricas de la tragedia. Percy Shelley murió ahogado en una sorpresiva tormenta. Suicidado con un trago de ácido prúsico Polidori. Enfermo extremo de epilepsia, fruto de la cual murió en Grecia, mientras luchaba por su independencia, Lord Byron. Mary Shelley, a una edad mucho más avanzada que sus compañeros, falleció, entre inenarrables dolores, víctima de un tumor cerebral.

Y en esto que llega un director de cine español, Gonzalo Suárez, y filma, inspirándose en los días que compartieron en Ginebra estos personajes, la que posiblemente sea la más extraña y poética película del cine patrio, en 1988. Hablo de Remando al viento.

Rodada con una exquisitez propia del escenario espacio temporal que refleja, la cinta se convierte en un ejercicio de imaginación portentoso en que Suárez, tomando como punto de partida las vacaciones compartidas por aquel grupo de poetas atormentados, nos ofrece una lectura de la gestación y el mito de Frankenstein totalmente innovadora y mágica, a la vez que absolutamente creíble. Sólo un filme como este, con su portentoso pulso narrativo, su casi teatral puesta en escena, y una fotografía que, en ocasiones, roza lo pictórico (inolvidable la gélida belleza del inicio), podía hacer no sólo creíble, sino contenedor de un poderoso magnetismo, el guion escrito por el mismo Gonzalo Suárez. Evidentemente, una película como Remando al viento no podía más que ser una radical apuesta de autor.

El mejor poema sería el que diera vida a la materia, propone uno de los personajes en los compases iniciales del metraje. Y eso dará pie para que Mary Shelley comience a urdir su Frankenstein. Luego, el director, con su magistral fantasía, logrará que contemplemos cómo, de un puñado de párrafos, nacerá el moderno Prometeo que logrará afianzar los lazos que emparentan a los personajes. Porque, aparte sus vidas ya unidas, sin malicia pero con ruinosa perseverancia entrelazará, el monstruo hecho de pedazos humanos, sus trágicos fallecimientos. Y un despliegue de poesía es lo que lleva a la pantalla, en apenas hora y media, el director asturiano.

Una película de un romanticismo cruel, dodecafónico y excelso. Una inmersión en los recovecos de la fantasía y el lirismo más dramáticos. Una celebración de la lucha por los propios ideales, tengan estos el carácter que tengan. Una sinfonía de belleza atroz. Hasta el monstruo, Frankenstein, es hermoso aquí. Nada que ver con tornillos y mirada ausente a lo Karloff.

En la retina y la memoria del espectador quedarán por siempre escenas memorables, cómo esa en que Lord Byron (sorprendentemente interpretado por Hugh Grant, sí, antes de convertirse en actor de un solo registro) pide a sus amigos, mientras surcan en barca las nieblas nocturnas del lago, que le acompañen con un antiguo canto de las montañas de Albania que, al fin, no es más que un alarido en que se contiene toda la esencia del sentir romántico de la vida. O aquella otra, final, en que Byron le pide a Mary Shelley que, ya que ha tenido el valor para escribir sus destinos, lo tenga igualmente para aceptarlo, y que sirve como prólogo perfectamente orquestado, con un simple movimiento de cámara, a la narración de la muerte de Percy Shelley, su pira funeraria a la orilla de la playa, y un Byron que sólo sabe dar rienda suelta a su dolor arrastrando su cojera por la arena hasta sumergirse en las aguas, ante la mirada atenta de la criatura nacida de la pluma y la imaginación de Mary Shelley, que le advierte de que han de encontrarse, ambos, muy pronto. Lo sé, esto es el tan temido y fatídico spoiler. Pero, de verdad, da igual, la historia ya es lo suficientemente conocida. Lo sorprendente es la manera de narrarla que tiene Gonzalo Suárez en esta mágica película.

La poesía, ya lo sabemos, no sirve para salvar la vida, pero en ocasiones puede salvar la memoria y eso, amigos, es lo más cercano a la vida que conoce un servidor. A mí, hoy, escribiendo sobre Remando al viento, me ha venido a la memoria no sólo su grandeza cinematográfica y lírica, sino también aquellas tardes en que bañaba mi cuerpo en las aguas del Cantábrico, como para limpiarme de todo el amor que ya me estabas queriendo arrebatar. Fue en la preciosa playa de Barro asturiana. La misma en que Suárez filmó un buen puñado de escenas inolvidables. Tú, tal vez, sin yo aún saberlo, eras el Frankenstein hecho de pedazos humanos que yo tanto temía encontrar en la noche.

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De LA GALLA CIENCIA, 19/03/2017

PepsiCo, Coca-Cola Fight Patriotism in Parched Indian State

P R SANJAI y ARCHANA CHAUDHARY

A potent blend of pride, economic nationalism and mounting concern over water security have the world’s two biggest cola brands in a bind in southern India.

Shopkeepers in drought-hit Kerala state decided Wednesday to promote local brands over Coca-Cola Co. and PepsiCo Inc. beverages after counterparts in neighboring Tamil Nadu boycotted the multinational drinks. While retail groups claim the companies are siphoning off groundwater and selling products tainted with pesticides, academics and analysts say the soda giants have become scapegoats for a water crisis that’s become mired in politics and patriotism.

India is one of the most water-challenged nations, and fights over water have erupted between users periodically for decades. Failed monsoon rains over as many as the past three years in some states have parched rivers and dams, forcing farmers, manufacturers and municipal water suppliers to rely more on wells to meet their needs. Problem is, those too are drying up, and that’s hurting farmers, India’s economic mainstay.
Dried up Manjara Dam in the Marathwada region in May 2016.
Photographer: Manish Swarup/AP Photo

“The root cause for the boycott isn’t the multinational companies, but the enduring fight between industrial users and farmers, especially in several drought-hit states,” said P.L. Beena, an associate professor with the Centre for Development Studies in Thiruvananthapuram, Kerala.

‘Make in India’
On top of that, Prime Minister Narendra Modi’s call to companies to “make in India” has given rise to a pro-India push -- and, in some cases, an anti-foreigner backlash -- that’s supporting local brands. With growth slowing, about half of Indian households have just one employed member, according to one government survey. Many families were left scrambling during India’s demonetization cash ban late last year.

Protests against the drinks from the two bottlers are a “misplaced expression of a dour state of mind due to weak economic development,” said Chakri Lokapriya, the Mumbai-based managing director of the Indian arm of the $3-billion TCG Group. “Hardly any water reservoirs or economic development has materialized, or the jobs that would have been created in building such an infrastructure.”

The latest action means drinks from Coca-Cola and PepsiCo, which together have a 96 percent hold on India’s $4.9 billion soda market, will be kept off the shelves of more than 1 million shops.

Vendors would rather lose business than sell the products, said A. M. Vikrama Raja, president of a retailers’ association in Tamil Nadu with about 1.5 million members. The boycott started March 1, a day before the Madras High Court dismissed a petition seeking a ban on the American soda-makers drawing water from the local Thamirabarani river.

“Instead of foreign sodas, we will promote local beverages,” said T. Naseeruddin, president of a retailers’ group that says it has more than 700,000 retailers in Kerala, which is facing its worst drought in 115 years.

Operation Sensitization
The group stopped short of joining the boycott in Tamil Nadu after a meeting Wednesday with Kerala Chief Minister Pinarayi Vijayan, a spokesman said. Instead, retailers will pursue “sensitization against multinational products” via a state-level conference, and seek a policy response from the state government.

India has at least 50 local drink brands, which are typically 20 percent cheaper than the global cola brands, brokerage Kotak Securities Ltd. said in a Feb. 23 report.

Manpasand Beverages Ltd., based in Vadodara, Gujarat state’s cultural capital, is “aggressively expanding its reach in Tamil Nadu to take advantage of the ongoing cola ban,” it said in a statement Wednesday. The company, which sells carbonated fruit drinks and juices, is setting up a 1.5 billion rupee ($23 million) plant in Sri City, about 55 kilometers (34 miles) north of Chennai to cater to the demands of southern markets, it said.


A boycott from farmers could result in Coca-Cola and PepsiCo losing “a big part of their consumer base in the rural areas,” said Oru Mohiuddin, a strategy analyst for market researcher Euromonitor International in London. Still, India’s rural population tends to prefer water, tea and fresh coconut water over sodas, and sales of carbonated drinks are slowing as Indian consumers switch to bottled water and other healthier options, Mohiuddin said.


Atlanta-based Coca-Cola and PepsiCo, based in Purchase, New York, declined to comment on the allegations of water exploitation and contamination, referring questions to their Indian units. The local units also declined to comment, referring questions to a statement from the Indian Beverage Association, which said that Hindustan Coca-Cola and PepsiCo India are compliant with all applicable regulations and that their products are safe.

The association said it’s “deeply disappointed” with Kerala retailers’ call to boycott the beverages since it hampers consumer choice, and said both companies use less than 0.5 percent of the water used by all industries in India, according to an emailed statement Wednesday.

Blacklisted Brands
The blacklisting of the brands is, according to the association, against the spirit of Modi’s “Make in India” program, which gives preferential treatment to foreign companies that agree to have a portion of the manufacturing done domestically. Coca-Cola and PepsiCo provide employment to 2,000 families in Tamil Nadu and help support more than 200,000 retailers, the association said.

Pepsi’s beverage and snack units in India used 6.98 billion liters of water and added 19.7 billion liters through various water-saving programs in 2015, according to estimates the company said are verified by accounting firm Deloitte LLP. Coca-Cola India has achieved “full balance between total water used in beverage production and that replenished to nature and communities through community water projects,” it said in February 2016.


“There is a political overtone to the boycott,” said Ramu Manivannan, a political analyst and head of the politics department at University of Madras in the Tamil Nadu capital, Chennai. “It’s not just politics, but pure economics, too. Shopkeepers are making a politically correct stance by boycotting multinational beverages.’’

Subduing Bulls
An anti-American backlash was sparked in January after animal rights groups, including the People for Ethical Treatment of Animals, or PETA, successfully petitioned the Supreme Court of India to enforce a ban on a popular Tamil spectacle in which people attempt to subdue bulls. The resultant ire of supporters of the event was initially directed at U.S.-based PETA, but then shifted to more visible American targets: Coca-Cola and PepsiCo, which together operate 60 bottling plants in India.
 Damaged properties during a demonstration against the ban on the Jallikattu bull taming ritual in Jan. 2017.
Photographer: Arun Sankar/AFP via Getty Images

Neither are new to water-related community complaints in India. Coca-Cola’s plant in Plachimada, Kerala, was shut down by the state government in 2004 after protests that began in 2002, and the company scrapped a $24 million expansion in Uttar Pradesh state in August 2014, citing delays obtaining permits to extract more water.

PepsiCo sought police protection for water being brought to a plant in southern Tamil Nadu in 2015. The beverage-manufacturing facility, located in a water-stressed area, had been the target of a community-led campaign to shut it down, according to the India Resource Center.

Most companies share water with farms, which employ about half of India’s 1.3 billion people and contribute 18 percent of the $2 trillion economy. Agriculture gets the lion’s share, leaving industrial users to fight with municipal water suppliers for the precious resource.


The federal government in 2015 required companies to obtain permission to use groundwater. Last April, the then junior environment minister Prakash Javadekar said India would aim to reduce industrial water usage by half over five years by using newer technology to reuse, recover and recycle water.

Relief for India’s tiring aquifers can’t come fast enough. More than a quarter of groundwater systems are too salty, becoming depleted or are over-exploited, according to a 2013 Planning Commission presentation. In addition, at least 75 percent of the country’s rivers, lakes and other surface water bodies are contaminated by human and agricultural waste and industrial effluent.


Protest against a government dismissal of a proposal to form a board on water sharing rights issues in Oct. 2016.
Photographer: Arun Sankar/AFP via Getty Images

Water Protection
“No noticeable changes to the protection of freshwater sources is yet featuring on the Indian government’s agenda,” said Jenny Gronwall, program manager for water governance at Sweden’s Stockholm International Water Institute . “It seems as if the situation must get worse and the general public unite in loud protests before a reduce–reuse–recycle paradigm takes hold.’’

Targeting foreign brands isn’t likely to solve India’s water crisis, said Damandeep Singh, a director of CDP India, a non-profit that said it holds the world’s largest database of corporate-related water information using disclosures from companies such as Coca-Cola, Ford Motor Co. and Nestle SA.

“Beverage companies are at clear risk due to worsening water security,” said Singh, adding that companies and other users must work together to safeguard the river basins in which they operate. “Actions in water-scarce regions, like Tamil Nadu, have to be mapped out and planned much in advance and with extreme care.”

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De BLOOMBERG, 15/03/2017 

Imagen de encabezado: Wall Street Daily

Friday, March 17, 2017

Puchero chino

JULIA GONZÁLEZ CALDERÓN

Cuando llegué a China en septiembre de 2013 estuve viviendo tres semanas en un hotel, hasta que pude mudarme a un estudio en el campus donde trabajaba. Era bastante aburrido, porque a las seis o así salía del trabajo y me volvía sola al hotel, mientras que mis compañeras se quedaban en la zona de la universidad. Cada tarde al entrar en la habitación me encontraba la tarjeta de una prostituta y cada tarde tiraba a la papelera la tarjeta: veintiuna tarjetas en veintiún días.

Pero peor que las prostitutas que requerían que las contratara o que la falta de compañía en mis veladas era la cuestión de la comida. Hay un límite de días en que puedo cenar patatas de bolsa. Llegó el momento de lanzarse a la calle y buscar algo que hubiera sido cocinado.

Me paseé con sumo cuidado por las calles alrededor del hotel, tomando en cuenta cuándo giraba a la derecha y cuándo a la izquierda, pues en aquella época no se llevaban aún los smartphones, yo no hablaba una palabra de mandarín y me aterraba la idea de perderme, no ser capaz de volver nunca y acabar siendo una mendiga conocida en la zona como La Extranjera: “Cuentan que vino hace más de veinte años a trabajar aquí y que una tarde salió a cenar y no supo regresar al hotel”, dirían de mí los vecinos.

Caminé un rato, mirando ansiosamente los locales de comida. A veces exploraba un poco más allá de la entrada, pero me daba pánico ver todos los menús en ese idioma cifrado para mí y salía corriendo antes de que las joviales camareras empezaran a preguntarme cosas. Por fin, llegué al lugar: un local muy pequeño, limpio y cuyo menú consistía en tres únicos platos que aparecían en fotografías sobre el mostrador. Pletórica por el hallazgo y hambrienta, entré, saludé torpemente y, sonriendo con amplitud, señalé el plato que mejor me pareció y que acabaría siendo mi comida diaria durante no pocos días. Satisfecha con mi logro, me acodé en la barra para esperar mi cena.

Al rato, la camarera trajo un plato con diversos ingredientes: un fiambre por mí desconocido, algunas hierbas por mí desconocidas y un par de huevos pequeños, de codorniz o, si no, de ave también por mí desconocida. Todo estaba crudo, incluidos los huevos. La chica dejó el plato frente a mí y se marchó. Lo miré. Me pregunté si esa era mi comida. Cogí los palillos. Cuando estaba a punto de hacer un gran ridículo y darle a todo el local una buena anécdota sobre una occidental paleta que estuvo a punto de comerse los ingredientes de la sopa crudos, la camarera volvió con una cazuela con caldo hirviendo. Cuando digo hirviendo no digo que estuviera muy caliente, digo que el caldo burbujeaba. Colocó la cazuela delante de mí con el debido cuidado y volcó los ingredientes en ella, que se cocieron en el acto e hicieron compañía a los fideos. Probé el guiso: delicioso. No tenía ni idea de cómo se llamaba lo que comía (y que aún habría de comer muchas veces en los meses siguientes), así que lo bauticé como puchero chino.

Seamos honestos: salir de tu zona de comfort no siempre sale bien. Podría contaros muchas de esas, pero es viernes, así que ya lo sabéis: no temáis aventuraros en territorios desconocidos. El resultado puede ser sorprendentemente delicioso. Feliz fin de semana.

Foto: ya podéis imaginaros lo que es. He tenido que ponerle un filtrazo a la foto para que esté mínimamente enseñable. La tomé yo, en octubre de 2012.

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De NINGÚN LUGAR SAGRADO (blog del autor), 17/03/2017 

Aplausos campeón

ROBERTO BURGOS CANTOR

Pensaré la razón de por qué a personas que amamos o admiramos, al invocarlas antecedemos su nombre de un artículo: el Rocky, el Pambe, la Nicolasa.

Valdez perteneció a los boxeadores que llenaron una época del boxeo en Colombia. Peleadores que venían precedidos por campeones como Mochila Herrera, Rosito, Lían, El Baba.

Se recuerdan los combates de Caraballo, Rodrigo Valdez, Cervantes. Alguna gracia acompañó a estos hombres cuando subieron al cuadrilátero. El dicharachero, el que parecía que el ángel intervenía en sus movimientos, le aleteaba también en sus palabras, era el Benny Caraballo. Pura electricidad. Consultaré, antes que abandoné el saludable hábito de sorber un ron de Jamaica a las cuatro y media de la tarde, con esa biblia del boxeo, don Alfonso Múnera, para ordenar el ranking  de los tiempos.

De Valdez queda un libro conmovedor de Melanio Porto Ariza. De Cervantes, un precioso texto con la sabiduría de escritor de Alberto Salcedo. De todos, los perfiles y las historias de esfuerzo de Nelson Aquiles Arrieta.

Quien estuvo cerca de los reflectores del espectáculo del mundo, sin cambiar su manera de caminar, se llama (algunos consideran que la muerte borra los nombres de la vida) Rodrigo Valdez. Como los grandes artistas (¿habrá pequeños?) nos dejó imágenes inolvidables de la nobleza humana, de su aventura de dignidad, derrota, ilusión. Encuentro con un destino casi siempre producto de un azar fugaz.

El Rocky se adentraba al centro de la lona con un aguaje que nunca modificó. Adelante, para anunciar al contendor, sin equívocos, que aquí vine yo por ti. Un balanceo de lado a lado, bote cargado de cocos o plátanos que orienta su proa en la bahía de Las Ánimas. Ese movimiento lo lograba por una cintura que domesticó mientras miraba el cabeceo de las embarcaciones frente al Mercado Público.

La disposición de ánimo, las enseñanzas de la vida que considera cobardía echarse atrás, mantenían al Rocky en el centro de la lona. Era su espacio preferido. Como quién anuncia: ya que estamos aquí es mejor resolverlo de una vez, yo no soy miembro del ballet.

Cada vez entró a la zona de candela con esa galanura, sin remilgos, ni tomarse el tiempo que boxeadores prudentes llaman de estudio.

Los combates de esos años tuvieron la fortuna de la televisión. Aún para quienes fuimos entrenados en ver la bola caliente al sol de la tarde buscada por la manilla del servidor del destino, a punta de la magia poderosa de los inolvidables narradores de radio.

Quedan por siempre: el Rocky zampado entre los golpes de Briscoe, el rapado, dando y recibiendo, sin ceder. Hasta que lo tumbó. El muchacho de El Arsenal, un cuarto de cuchara, cuando había, contra esa locomotora de hierro, vitaminas y hamburguesas.

El tramojazo con que noqueó a Monzón y no se atrevió a tumbarlo. Sigue en el aire la nube de sudor que le sacó.

¡Buena vida campeón!

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De BAÚL DE MAGO (columna del autor en EL UNIVERSAL, Cartagena de Indias), 16/03/2017