Tuesday, August 30, 2011

Libros de carne y hueso


Ernesto Ayala

La obra de Sergio Pitol (México, 1933) transita, además de la traducción, por diversos géneros literarios: novela, cuento y ensayo. En todas estas tareas el premio Cervantes deja su impronta de creador cuidadoso en el arte de la heterodoxia. En su tríptico novelístico (formado por El desfile del amor, Domar a la divina garza y La vida conyugal) ya hay claras muestras de su manera distintiva de mezclar y reunir en una nueva unidad narrativa todas las posibles procedencias genéricas de las que se nutre. Entre la crítica no faltan colegas que ya han distinguido dicho tríptico como una obra posmoderna. En todas sus novelas, no sólo en el Tríptico, Sergio Pitol convierte cada solución narrativa en una reflexión narratológica. No porque la explicite, sino que queda incorporada en la textura de sus ficciones. Para el escritor mexicano el lugar de la ficción no es nunca un lugar sagrado, el espacio pétreo de la norma y la convención. Sus atajos, las sinuosas líneas de la intriga, las sombras que desparrama sobre sus novelas y cuentos son parte de su estrategia de composición. Los asuntos que trata, bajo el prisma de este personal método formal, desenmascara en parte la historia de México, a la vez que el propio ejercicio novelesco como mecanismo de interpretación de esa parte del territorio de la realidad que no tiene respuesta. Lector fervoroso del teórico ruso de la novela, Mijaíl Bajtín, Pitol sabe que no hay manera de acercarse a ninguna realidad sin que el arte salga indemne. No se sale como se entra. Una vez dentro de ella, la novela cambia, sus leyes ya no son las mismas.

La publicación de su nuevo libro, Una autobiografía soterrada, además de una investigación del espíritu, es la confirmación de las leyes de la distorsión artística que practica Pitol. Estamos hablando de una autobiografía en donde los libros y las lecturas que se han hecho son su materia angular. Si en El viaje (2001), el autor mexicano revivía (a la vez que reflexionaba) su experiencia soviética (en calidad de agregado cultural en la Embajada de su país) y, además, descubría el lado más horrible del estalinismo en la carne de los escritores rusos más emblemáticos, en Una autobigrafía soterrada asistimos a la disección del propio escritor como sujeto de invenciones. Pitol desmenuza su arte poética. Rinde con su escritura clara, homenaje a la claridad de Alfonso Reyes, a la potencia descifradora de Bajtín. Destripa sus propias obras. Se suma a Quiroga y Piglia con su abc del cuento. Explica las razones que lo llevan a urdir esas zonas de nadie y de nada que nos confunden adrede en sus novelas y cuentos. Leí este libro y aprendí. Este lúcido libro sobre seres de papel y seres de carne y huesos.

De El País, Madrid, 20/08/2011

Imagen: Sergio Pitol

El gran río de los mitos


William Ospina

La literatura del mundo amazónico ha sido en cinco siglos un largo diálogo de mitologías. Las que concibieron en centenares de lenguas los 10 millones de nativos que habitaban sus orillas a la llegada de los europeos, y las que aportaron el español y el portugués, que se consolidaban entonces y que con la aventura americana se convirtieron en grandes lenguas planetarias. Hay que leer El hablador, de Mario Vargas Llosa, o Macunaíma, de Mario de Andrade, para sentir la complejidad de los mitos indígenas y el modo libre, audaz y conmovedor cómo la sensibilidad mestiza los interroga y los transforma en inquietantes parábolas de la modernidad. “Una lengua”, escribió Jorge Luis Borges, “es una tradición, un modo de sentir la realidad, no un arbitrario repertorio de símbolos”.

Innumerables son las recopilaciones que se han hecho de tradiciones, relatos, mitos y sueños indígenas, pero podemos mencionar Los piros, relatos recopilados en el Perú por el sacerdote español Ricardo Álvarez en 1960; los Mitos e historias aguarunas, recopilados por José Jordana Laguna en 1974; La verdadera biblia de los cashinahuas, cuentos recopilados por el antropólogo francés André Marcel d'Ans en 1975, que ha sido llamada “Las mil y una noches del mundo indígena amazónico”; El universo sagrado, recopilado y reelaborado por Luis Urteaga Cabrera, de Cajamarca, quien convivió 10 años con los indígenas shipibos; y las recopilaciones Yaunchuck I y II que recoge la literatura oral de los jíbaros huambisa, publicadas en 1994.

En la región brasileña y venezolana, el etnógrafo alemán Koch-Gruneberg recogió las leyendas e historias de los indígenas taulipangues y arecunás, que dieron a conocer un mundo rico de imaginación y de conocimientos e inspiraron en Brasil a Mario de Andrade, en una semana inolvidable de 1928, su novela Macunaíma. Es una rapsodia que mezcla el espíritu de los romances medievales y la atmósfera de las ciudades fantásticas con el ritmo de la novela picaresca para producir una de las grandes fusiones literarias contemporáneas.

La selva es un laberinto insondable, pero el río es un camino abierto, una inmensa vía de comunicación que unió desde siempre a los pueblos de la cuenca, y comunicó al mundo del Caribe con las regiones andinas. Las poblaciones y las lenguas del río llegaron del mar, y así lo narran los distintos pueblos en el mito compartido de las grandes anacondas que entraron por la desembocadura y remontaron los cauces de agua.

Un país
Esta inmensa cuenca que hoy se reparten ocho países es un gran país en sí misma, el mayor sistema de aguas dulces del planeta, y es comprensible que en el Amazonas todo sea superlativo: sus mil tributarios, su extensión, su caudal, el territorio que abarca y la selva que nutre. La cantidad de agua que mueve es un océano circulante; porque es una décima parte del mundo que contiene sin embargo la mitad de su patrimonio biológico.

Grandes hechos de la historia suelen ser inesperados y pasar casi inadvertidos. Fray Gaspar de Carvajal no se habría atrevido a compararse con los altos autores del Siglo de Oro español, pero es hoy el símbolo de la curiosidad con que la lengua española registró el descubrimiento del río más largo y caudaloso del mundo y de la selva que lo ciñe. Fray Gaspar no era un literato; sólo su afición a registrar todo lo que ocurría lo convirtió en cronista accidental de una expedición fabulosa, la de Gonzalo Pizarro en busca del País de la Canela más allá de los montes nevados de Quito. Los infinitos caneleros no existían, y en vez de un bosque rojo de una sola especie los viajeros encontraron la selva amazónica, la mayor variedad de plantas del mundo, pero en aquellos tiempos esa no era una buena noticia: necesitaban oro, metálico o vegetal.

Orellana fue desde entonces uno de los personajes de la literatura amazónica, y su carácter ha oscilado en las letras entre el héroe abnegado y sutil, conocedor de lenguas y gran caudillo de hombres del relato de Carvajal, hasta el villano que premeditadamente traiciona a Pizarro y huye con el barco de la expedición llevándose cien mil pesos de oro, la paga de los soldados, y las piedras preciosas que habían obtenido por las montañas, en crónicas como la Historia del reino de Quito de Juan de Velasco.

Veinte años después del viaje de Orellana vino la expedición al Amazonas de Pedro de Ursúa, que dio origen al ciclo literario de Lope de Aguirre. El navarro Ursúa, quien había guerreado diez años en tierras de lo que hoy es Colombia, intentó en 1561 repetir la aventura de Orellana y buscar el país del hombre de oro, pero cometió dos errores, llevarse en su expedición a la mujer más bella del Perú, la mestiza Inés de Atienza, con sus doncellas, y reclutar, entre otros villanos, a Lope de Aguirre, quien encabezó la sublevación que dio muerte a los dos amantes, se apoderó de la expedición, hizo un viaje sanguinario, y provocó libros como La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, de Ramón J. Sender; Lope de Aguirre, príncipe de la libertad, de Miguel Otero Silva; El camino de El Dorado, de Arturo Uslar Pietri; Los marañones de Ciro Bayo, y películas como Aguirre, la ira de Dios, de Werner Herzog, o El Dorado, de Carlos Saura.

Ursúa y Aguirre tuvieron sus cronistas: Francisco Vásquez, Pedrarias de Almesto, Toribio de Ortiguera, Custodio Hernández, Pedro de Munguía y Gonzalo de Zúñiga, quien también escribió un poema, La jornada del Marañón. Algunos de estos episodios fueron versificados temprano en el poema más extenso de la lengua española, Elegías de varones ilustres de Indias, de Juan de Castellanos, la más vasta y ambiciosa crónica de la conquista americana, el poema que descubrió América para la poesía, y una de las obras más singulares de la literatura universal. De este gran poema se han nutrido por siglos cronistas e historiadores como fray Pedro Simón en sus Noticias historiales, y fray Pedro de Aguado, cuya reconstrucción del ciclo de Ursúa y Aguirre ocupa 400 páginas de su Recopilación historial. Existe también la obra inédita El Marañón, de Diego de Aguilar y Córdoba, 1578, y el Nuevo descubrimiento del Amazonas, 1641, de Cristóbal de Acuña.

Los ocho países de la cuenca tienen cada uno una notable literatura amazónica. Baste mencionar la novela Doña Bárbara (1929) de Rómulo Gallegos, cuyo tema no es la selva y el río, pero sí la lucha entre la fuerza incontrolable de la naturaleza y el esfuerzo humano por someterla a sus leyes. Un lugar destacado ocupa la novela La vorágine (1924), de José Eustasio Rivera, cuyo escenario sí es la selva, pero cuyo infierno son menos los laberintos vegetales que el horror de las caucherías donde las fuerzas del progreso masacraron a centenares de miles de indígenas. Larga es la lista de novelas, relatos y poemas que giran sobre el poder de la selva, pero el tema volvió renovado en La casa verde, de Mario Vargas Llosa, cuya prosa densa, abigarrada, cambiante, es como esa maraña en la que ocurren intempestivamente las cosas; donde formas, colores, temperaturas, aromas, seres, gestos y pensamientos se organizan y fluyen haciendo del lenguaje un tejido poderoso y orgánico. Hay en esta obra un esfuerzo evidente por lograr que la realidad de la selva se apodere del lenguaje. y allí, en vigoroso contrapunto, el río y la selva son lo sucesivo y lo simultáneo, lo uno y lo múltiple, lo homogéneo y lo diverso.

Lo mismo puede decirse de la obra monumental de Euclides da Cunha, Los sertones, de 1902. Libros donde la tierra no es paisaje sino un personaje más poderoso que los otros, una fuerza que invade la lengua y le da su textura y su poder, de modo que lo que ocurre no puede separarse jamás de cómo ocurre. Novelas mestizas y mulatas como las de Faulkner, novelas río llenas de savia y sangre, de la vegetación macerada y los enigmas de la tierra fecunda, donde casi no alcanzan los tropos literarios de la tradición para dar cuenta de un mundo inabarcable, de fecundidad destructora.

Los sertones es la historia de cómo 30 mil hombres asediados por la sequía, maltratados por la pobreza y humillados por los señores, se atrincheraron en la región de Canudos y vivieron en comunidad esperando el fin del mundo bajo los sermones inspirados del predicador campesino Antonio Conselheiro, y fueron masacrados por el ejército de la joven república acusados de pretender restaurar la monarquía. Este mismo fue recreado en La guerra del fin del mundo, de Mario Vargas Llosa.

Ya el Amazonas no es sólo tema de historias locales sino escenario de una gran literatura mundial. Desde los primeros cronistas del siglo XVI, pasando por los misioneros del XVII, exploradores del XVIII y el XIX como Alejandro de Humboldt, que combinaron la curiosidad de la Ilustración con la pasión del Romanticismo, novelistas como Julio Verne, Ramón J. Sender y Hartzell Spence, hasta antropólogos, etnólogos, geógrafos y botánicos del siglo XX, como Wade Davis, autor de la monumental obra El río, el mundo amazónico se ha convertido en un gran tema de estudio y reflexión a medida que la degradación de la naturaleza planetaria y el cambio climático lo señalan como la gran reserva de respuestas para los desafíos de la época.

El País, Madrid, 20/08/2011

Imagen: Fotografía de Koch-Grünberg, 1904.

Friday, August 26, 2011

DESENTRAÑANDO NUESTRO CARIBE/BAÚL DE MAGO


Roberto Burgos Cantor

La idea es fascinante. Es probable que hayan sido los economistas quienes introdujeron la idea de que las regiones pierden los años, como los estudiantes. La idea involucra una semilla de inconformidad y destino: hay que ganar los años para vivir mejor.
No es únicamente esa la idea virtuosa que se desprende de Por qué perdió la costa Caribe el siglo XX y otros ensayos de Adolfo Meisel Roca.
Este autor ha logrado en sus diverso ensayos algo apreciable para la comprensión de Colombia: por lo general encuentra algún elemento, hace una reflexión, que cambian las repeticiones aceptadas como verdades. Esta manera de armar un nuevo escenario, una trama de causas, aún en los temas arduos, tiene el atractivo de las pesquisas de los investigadores de la novela negra clásica.
Quién lo dude podrá leer el ensayo referido a la fábrica de tejidos Obregón de Barranquilla. Ordenar las piezas a partir de un diario llevado por un técnico español, conservador, casto y neurasténico, extraviado en la algarabía del trópico, es una hazaña de narrador. Esa reconstrucción le permite a Adolfo Meisel sacudir las caricaturas con las cuales se representa al empresariado del Caribe, hombres de camisas de flores, pantuflas y bailoteo perpetuo. Ineptos para la aventura del progreso. Viejo fetiche.
En Por qué perdió la costa Caribe el siglo XX se van a hallar un conjunto de ensayos que parecen refundar un espacio cierto de apreciación de fenómenos que han sido interpretados con malicia o informaciones deficientes. Esto no constituye un ejercicio inocuo de correcciones. Es una mirada indispensable para establecer causas reales, revisar distorsiones y efectos acumulados que han impedido las soluciones y han alentado la justificación de atribuir las desgracias colombianas a motivos estructurales, a veces prima el lenguaje de la sanidad y se utiliza endémicos. Se le confiere a lo estructural una condición de eternidad. Y a la eternidad un poder de inmodificable.
Con la ironía que Borges usaba para sus arbitrariedades felices, dijo, lo recuerdo incompleto, que la universidad debería insistir en lo antiguo porque si insiste en lo contemporáneo es inútil, amplia una función que cumple la prensa.
En los estudios de Meisel, en más de una situación se acerca a provocar al lector una conjetura. Lo antiguo no resuelto persiste es el monstruo del presente.
De muestra el texto en el cual se observa como el análisis del contrabando en la Nueva Granada, repite sus imprecisiones en los debates sobre el tamaño, en la economía actual del narcotráfico.
Se avanza en la lectura y se percibe que el autor prefiere la precisión de las cuestiones: una familia de gaditanos que hacen comercio en Cartagena de Indias; el situado y los gastos de la defensa; una empresa de tejidos. Eso en la novela sería la importancia del detalle, en la historia económica es la posibilidad de a partir del fragmento situar una totalidad sin acudir a las abstracciones.
Meisel confiesa que un amor de lectura lo conduce a puntos del Caribe, así comienza. Y al terminar otro acto de amor: su lucha es la de Said contra las imposiciones.

De El Universal, Cartagena de Indias, agosto 2011

Imagen: Portada de ¿Por qué perdió la costa caribe el siglo XX? y otros ensayos

"El delirio proyectual"


Juana Libedinsky

(desde Madrid)

TODOS EN la familia (y prácticamente todos en la familia política) de esta redactora son arquitectos o estudiantes de arquitectura. Viviendo en España en la última década, esto significó tenerlos de visita de forma frecuente.

La razón (más allá del cariño y un sofá-cama siempre disponible) era muy simple: España era la gran vidriera internacional para los proyectos de los llamados starchitects, profesionales del diseño de avanzada tan mediáticos que el público general los reconoce casi como a un personaje de Hollywood -y cuya obra los arquitectos o aspirantes deben conocer para no quedar totalmente fuera del ambiente. Se trata de un concepto que revolucionó la sociología de la construcción: los desarrolladores
inmobiliarios y municipalidades de todo el mundo se pelean por tener alguna obra suya, y si ésta deviene icónica y con la firma de autor bien reconocible, garantiza la atención inmediata para la obra y para la ciudad.

Varias ciudades españolas experimentando en esta línea un boom de la construcción sin precedentes, superaron, incluso, experimentos similares en Asia. Para los starchitects, "España ha sido (…) algo parecido al paraíso terrenal", sostiene Llàtzer Moix, editor de la sección Cultura del diario La Vanguardia de Barcelona y autor del libro Arquitectura milagrosa.

No todos los resultados ibéricos fueron exitosos. Algunos -para Moix, la mayoría incluso- fueron sonados fracasos si se toma en cuenta las expectativas iniciales, los presupuestos que se multiplicaron exponencialmente y las fallas serias en funcionalidad y estética. Esto podría haberse convertido en un gran escándalo nacional, dada la magnitud de la crisis económica actual que azota a España. Pero no; hubo, salvo casos puntuales, una suerte de silencio, una omertá al respecto. Según Antonio Pérez Reverte (en El País de Madrid), se debe a que el establishment mismo de los arquitectos -y de los arquitectos que escriben sobre arquitectura- protegía a los excesos de las críticas. Escribió: "Un arquitecto, si oye a un lego criticar a otro arquitecto,
de manera inmediata sale en su defensa, con una mezcla muy curiosa de altanería y condescendencia (…) Si decimos algo negativo, o inconveniente, nos mirarán de inmediato como a penosos retrasados mentales".

En este contexto es llamativa la obra de Moix, con opiniones duras o (en ocasiones) halagadoras, "un relato escrito en el presente del mejor periodismo y el testimonio de un pasado que la quiebra de la economía ha precipitado a la ruina", escribió sobre el libro Pérez Reverte.

Moix, autor también de La ciudad de los arquitectos (1994), un texto clásico sobre la transformación urbana y arquitectónica de la Barcelona olímpica, sin embargo no escribe desde la furia o el enojo, sino -como ya adelanta el subtítulo del libro, "Hazañas de los arquitectos estrella en la España del Guggenheim"- desde la suave ironía que caracteriza a su persona. Y a pesar de lo crítico de su texto, nadie quedó mirándolo como a un penoso retrasado mental: de hecho, al momento de hacer esta
entrevista, estaba de visita en Madrid como jurado de la Bienal de Arquitectura.

DANZA DE MILLONES.

-La arquitectura milagrosa fue un fenómeno común a muchas ciudades del mundo en los últimos años. ¿Qué tuvo de particular o distinto España?

-En España el fenómeno se distinguió por su intensidad, debida quizás al éxito fulgurante del Guggenheim de Bilbao: abrieron en 1997 y esperaban 500.000 visitantes al año, como mucho. En 1998 triplicaron esa cifra. Durante los años sucesivos las principales ciudades del país, y no pocas menores, creyeron que su futuro dependía de dotarse de la obra de un arquitecto estrella. Grandes figuras como Foster, Hadid o Nouvel llegaron a tener en España entre cinco y diez proyectos en marcha,
simultáneamente. A veces, tenían incluso más en España que en sus respectivos países de origen.

-Tras seguir el proceso tan de cerca, ¿qué es lo que más te sorprendió?

-Varias cosas. Por ejemplo, los insuficientes estudios previos sobre las necesidades culturales reales de las comunidades en las que se iban a construir las obras de los arquitectos estrella (a menudo museos, teatros, óperas, bibliotecas, etc.). También el delirio proyectual de algunos arquitectos estrella, sumado a la impericia como clientes de muchos políticos que les encargaron obras. También la inconcreción de tantos programas vaporosos de los grandes edificios. La acumulación de estos y otros factores ha dado obras de precio desmesurado y carísimo mantenimiento.

-¿Cuáles son los mejores y peores ejemplos?

-El peor ejemplo, en lo relativo a su volumen y a su costo, es la Ciudad de la Ciencia y la Cultura de Valencia, realizada -salvo dos piezas póstumas de Félix Candela- por Santiago Calatrava. Empezó con un presupuesto de poco más de 300 millones de euros y ya se acerca a los 1.300. La Ciudad de la Cultura de Santiago de Compostela, debida a Peter Eisenman, fue a concurso con un presupuesto de 108 millones de euros y ya anda por los 500, con el agravante de que sólo dos de sus seis grandes edificios están inaugurados. La crisis económica, con los subsiguientes recortes, ha tenido un impacto muy negativo sobre esta
iniciativa. Si los peores ejemplos han sido los que han reunido a arquitectos ensoberbecidos y a políticos ignorantes de lo que significa controlar una obra, los mejores ejemplos han sido aquellos en los que ha ocurrido lo contrario.

-¿Te parece que para ciudades periféricas como Montevideo algo así puede funcionar?

-Puede funcionar en cualquier lugar. Pero sucede muy de tarde en tarde. El único caso de éxito claro en España es el Guggenheim de Bilbao. Esta obra ha regenerado una ciudad que estaba contra las cuerdas, que en los años 80 del siglo pasado tenía la industria siderúrgica obsoleta y problemas de paro, terrorismo y drogas. Se hizo una gran y arriesgada inversión y salió bien. La mayoría de intentos emulatorios registrados en España, sin embargo, ha salido mal. La arquitectura puede haber sido
más o menos afortunada. Pero en términos de rentabilidad, las inversiones han sido tan desmesuradas como ruinosas.

-Dos arquitectos uruguayos, Carlos Ott y Rafael Viñoly, han tenido una gran relevancia internacional. ¿Los consideras starchitects? No mencionas grandes proyectos de ellos en España en tu libro.

-En la arquitectura estelar, como en el fútbol, hay distintas divisiones. En un momento dado, los grandes arquitectos estrella, los que se permitían pedir hasta un 15% del costo de la obra en concepto de honorarios, podían contarse con los dedos de las dos manos: Foster, Herzog & De Meuron, Hadid, Nouvel, Gehry, Calatrava, etc, eran los que tenían un predicamento más extendido y "licencia para construir" en casi cualquier sitio. El resto jugaba en la siguiente división. Viñoly tiene un magnífico edificio en Tokio, por ejemplo, pero su consideración global quizás no ha sido comparable a la de los antes mencionados.

Éxito que era declive.

-¿Cómo cambió el atractivo o la fe que se tenía en los starchitects tras la crisis? ¿Y cuál es el futuro de la arquitectura milagrosa?

-La arquitectura milagrosa tenía en cualquier caso los días contados, iba a enfrentarse a una muerte natural cuando cada ciudad del planeta, o casi, tuviera su edificio icónico, llamativo, espectacular, y ya no tuviera sentido para sus vecinas, o para ellas mismas, intentar distinguirse con un bibelot arquitectónico muy estrafalario. Por tanto, su éxito global anunciaba, en cierta manera, su declive. Ahora bien, la arquitectura milagrosa no ha fallecido de muerte natural, sino de muerte accidental, debido a la crisis económica, que ha convertido en inviables proyectos que antaño ya fueron descomunales, y que ahora, con las restricciones económicas en curso, son además inabordables.

-Si fueras alcalde de una ciudad, ¿con qué arquitecto o tipo de arquitecto te sentirías seguro?

-Si tuviera que gestionar fondos públicos, intentaría que el equilibrio entre la calidad arquitectónica de la obra, su funcionalidad y sus costos de construcción y mantenimiento fueran razonables y asumibles. Cualquiera que se avenga a cumplir esa regla y que tenga algo interesante que aportar sería bienvenido. De todos modos, las ciudades deben progresar sobre la base de una sociedad organizada y solidaria, y no a partir de la supuesta magia o los supuestos milagros que supuestamente pueden producir determinados edificios. Hay otra razón para frenar los abusos de la arquitectura estelar en nuestras ciudades. Hace un cuarto de siglo, todos los museos creían imprescindible exhibir un Merz, un Long, un Kounelis, etc, y así hasta diez autores de un "top ten" que parecían los únicos existentes. En arquitectura, durante los últimos quince años, ha pasado algo similar. Parecía que los únicos arquitectos interesantes en el mundo eran los del "top ten", con los previsibles daños para el resto de los profesionales y de las tradiciones locales.

-¿Cómo afecta que gran parte de estos starchitects que dejaron su marca en España sean extranjeros, cómo es la dinámica con sus pares españoles?


-La mayoría de los arquitectos, sea cual sea su nacionalidad, aspira, y en un mundo globalizado todavía más, a construir en cualquier lugar donde su talento sea apreciado. Eso vale tanto para los españoles como para el resto. No es un fenómeno nuevo. San Petersburgo lo hicieron hace 300 años arquitectos italianos. Algunos españoles se han lamentado y reclamado mayor proteccionismo para el gremio local. Pero la mayoría de las quejas proceden de la constatación de que algunos extranjeros se han conducido aquí con más suficiencia que atención a las necesidades reales del proyecto.

-En general, ¿dirías que la arquitectura milagrosa funcionó?

-No creo en los milagros. Algunas operaciones, como la de Bilbao, permitieron relanzar una ciudad agotada. Otras, como la Ciudad de la Cultura de Santiago han cuadruplicado o quintuplicado su costo y todavía no están terminadas. El día que lo esté, los gastos generales de este equipamiento equivaldrán al 30% del presupuesto de la Consejería de Cultura gallega, lo cual obligará a aumentar la dotación general -cosa improbable- o a recortar la actividad cultural en el resto del país. No parece una perspectiva muy halagüeña.

Publicado en El País de Montevideo, julio 2011

Imagen: Daniel Libeskind/Nuevo Museo de Arte, Denver, Colorado

Sunday, August 21, 2011

Los “Dueños” del monte


Homero Carvalho Oliva

Mucho se ha escrito acerca del conflicto suscitado por la carretera que atravesará el Territorio Indígena Parque Nacional Isiboro-Sécure (TIPNIS), la mayoría desde el punto de vista de los derechos ancestrales y constitucionales de los pueblos indígenas sobre la naturaleza y otros, simplemente como un pretexto de la oposición, para mostrar el doble discurso del gobierno sobre la otrora publicitada protección de la Madre Tierra.
Existe, sin embargo, un elemento que va más allá de lo planteado hasta hoy y es el de la espiritualidad animista que poseen las naciones amazónicas de Bolivia. En su mundo religioso existen divinidades protectoras de toda la naturaleza en su conjunto, algunas de carácter benéficas y otras maléficas. Los pueblos amazónicos creen que todos los lugares de la naturaleza: los montes, los ríos, las lagunas, los curichis, y los animales, así como las aves, poseen “Dueños”, genios tutelares, que los protegen, a los hay que pedir permiso para derribar árboles, cazar o pescar. Los “Dueños” forman parte tanto del simbolismo como de la espiritualidad de estos pueblos. En la cosmovisión de los pobladores del Oriente boliviano se habla con exaltada reverencia del “Dueño del monte” o del “Dueño de la laguna”.
Así tenemos al Jichi, deidad del agua, que tiene el encargo divino de cuidar que las lagunas no se sequen y proteger a los peces. Si alguien lo mata, la laguna se seca inmediatamente como por arte de magia, dejando una mortandad de peces en el piso todavía húmedo. El Jichi es un ser sobrenatural esencial en la cosmovisión animista de los pueblos orientales de Bolivia. Por ejemplo, cerca del pueblo de San Ignacio de Mojos está la laguna Isireri llena de peces y caimanes. La leyenda cuenta que antes era un yomomo, un pantano, y que una tarde un niño de nombre Isireri se ahogó en ella transformándose en el Jichi, en el genio protector del lugar, y que los pobladores vieron como el pantano se transformó en una hermosa laguna y en honor del niño la bautizaron con su nombre.
Entre las deidades maléficas tenemos al Jerere que, cuando un cazador descreído, inocente en su osadía, no ha pedido permiso al Dueño de los animales y del lugar, para cazar por placer sin necesidad alguna, corre el riesgo de ser sometido a la inapelable sentencia de muerte de parte del Jerere, un ser maligno que se les presenta como una bestia feroz con colmillos largos y grandes garras.
En los espacios míticos donde los pueblos desarrollan sus historias cosmogónicas, en este organismo mitográfico, la palabra posee personalidad propia, poder espiritual y mágico, sirve para encantar, para hechizar, para curar, para propiciar y para maldecir a los seres humanos y animales. Nunca tenemos que olvidar a nuestros seres sobrenaturales y mágicos, porque cuando el último de ellos desaparezca nuestra sensibilidad espiritual, nuestra humanidad, se habrá ido con ellos. Además de las razones constitucionales y a los derechos de los pueblos indígenas sobre sus territorios, esta es otra razón por la que no se debe permitir esa carretera, porque acabará con la naturaleza y la magia que ella encierra.


Publicado en La Razón (La Paz), 21/08/2011

Imagen: Máscara nativa

Friday, August 19, 2011

COSMOVISION MOJEÑA


Escrito por Beatriz Bassino el 26/09/2010



Moxos o Mojos es el nombre de una etnia y una región histórica hoy correspondiente al noreste de Bolivia. Actualmente los Moxos habitan en el departamento de Beni , principalmente en los alrededores de Trinidad y San Ignacio de Moxos, en el Territorio Multiétnico del Bosque de Chimanes y en la zona del parque nacional Isiboro Sécure .

Organización política


Cada comunidad tiene como autoridad propia un corregidor o cacique que anualmente realiza un consejo o asamblea con los de las demás comunidades para tomar las decisiones más importantes. Hacen parte de la Central de Pueblos Indígenas del Beni, de la cual son fundadores. Junto con los Sirionó , los Yuracaré y los Movima impulsaron en 1990 la "Marcha por el Territorio y la Dignidad".
Prehistoria e historia Pobladores anteriores de la región -que antes de la independencia de Bolivia eran un solo territorio denominado Mojos- fueron los aborígenes tonama, cayuvava, canichana, tacana y movima; posteriormente llegaron los Moxos o moxeños, de la etnia arawak que desarrollaron una cultura más compleja entre la Amazonia y los llanos centrales.
Por razones desconocidas, entre el año 1500 aec y el 800 , grupos agrícolas de origen arawak provenientes de tierras bajas ( Surinan ) abandonaron su hábitat y migraron hacia el oeste y el sur portando una tradición cerámica incisa. Los Moxos que hicieron parte de esta corriente de población, construyeron canales de riego y terrazas de cultivo, así como sitios rituales.
Miles de años antes de la era común los arawak se dirigieron también hacia el norte y fueron poblando las islas del mar Caribe pasando de isla en isla. El final de esta lenta expansión fue su llegada a la isla de Cuba y a Santo Domingo .
Piezas de alfarería encontradas en la campiña cruceña y aun dentro del actual recinto de la ciudad de Santa Cruz, revelan que la comarca sirvió de morada a pueblos arawak que poseían una cultura cerámica, que se conoce como chané
Cronistas como Diego Felipe de Alcayana , cuentan de un pueblo viviente entre los últimos contrafuertes de la cordillera andina y el curso medio del río Guapay . En la gran planicie y a lo largo y ancho de las riberas estaban establecidas y confederadas las comunidades bajo el mando superior de un caudillo, a quien Alcaya designa con el título de rey, éste llevaba el nombre dinástico de Grigota , tenía una cómoda vivienda y vestía una especie de camisa de vivos colores. Subordinados a él, disponiendo de centenares de guerreros estaban los caciques a quienes se los nombra como Goligoli, Tundi y Vitupué.
Sin embargo Grigotá y su pueblo fueron interrumpidos por pueblos agresivos y guerreros, los guaraníes , que llegaron desde el este y el sudeste y lograron reducir a condición de esclavos a los chanés. Todos los antecedentes indican que la irrupción guaranítica ocurrió cien o más años antes de la conquista española.
Cuando Colón llegó al Caribe los arawak estaban siendo invadidos por los caribes o canibas ( guaraníes , (llamados chiriguanos por lo incas) o guarayos en tierras del oriente boliviano), una etnia muy belicosa que —siguiendo el mismo camino que ellos— habían partido de Sudamérica, habían ido tomando una por una todas las Pequeñas Antillas y estaban comenzando a realizar ataques sobre la zona oriental de la isla Española (hoy Punta Cana ); y finalmente sometieron a los chané. Ocuparon toda la extensa zona de cordillera y los llanos.
La relación social entre los guaraníes y los chané fue la de patrón-esclavo, vencedor-prisionero. La tasa numérica entre guaraníes y chanés era de 1 a 10. Se sigue sin comprender —aún subrayando el carácter pacífico de los chanés— cómo pudieron ser reducidos a una situación tan brutal de esclavitud, según apuntan todos los autores. Varios hechos justifican esta afirmación. Por ejemplo, el uso de su lengua de manera secreta y el que en muchas ocasiones acudieran a la ayuda española, soportando mal la presencia guaraní. A una acción de conquista, es decir; práctica de matanza de los hombres, ritual de la antropofagia y acaparamiento de mujeres y niños.
Sin embargo, en opinión de investigadores, la relación guaraní-chané, patrón-esclavo; llegó a complementarse como una sociedad interesante en la que los primeros cumplían la función de guerra y los segundos, la económica.
Al iniciarse la conquista española, los guaraníes ocupaban las tierras orientales y sostenían duras luchas contra los incas del oeste, para impedirles el paso desde el fuerte.
Los guaraníes del Paraguay, atraídos por las noticias que tenían de los indios del Chaco de una región rica en metales, en casas de piedra y en ornamentos de todo género, con un lago inmenso (el Titicaca ), y habitada por una población numerosa, cruzaron el Chaco y se dirigieron hasta los contrafuertes andinos, donde se establecieron y comenzaron a guerrear en contra de los pobladores del altiplano andino . Enrique de Gandía deja establecido que no puede hacer conjeturas respecto al año en que la migración guaranítica pudo realizarse hacia el oriente boliviano.
Escribe el historiador Enrique Finot que «establecer límites de territorio fue la lucha permanente y sostenida por los originarios del altiplano y el Oriente antes de la irrupción de los españoles y posteriormente, convertidos en soldados de la conquista, fundada Santa Cruz de la Sierra y trasladada».
Esta provincia era llamada el ante muro de los Andes, porque desde Santa Cruz. No se olvide que la conquista de los pueblos de América era disputada por Portugal y España . Así se impedía el ingreso de los aguerridos bandeirantes del Brasil hacia el virreinato. Proteger las conquistas españolas era el objetivo de fundar una provincia en medio de la selva.
Los chiriguanos y canichanas y otras familias igualmente belicosas perseguían con sus flechas mortalmente emponzoñadas a los españoles Irala , de Chaves , de Manso , de Pérez de Zurita , de Suárez de Figueroa (las cinco figuras más ilustres de esta larga contienda) porque ocupasen su territorio sagrado. Toda esa tierra existía para esos pueblos originarios; y los blancos traían la conciencia de conquistar a «impuros», «paganos» y «subhumanos». Renegaban por querer coexistir en la tierra de ellos.
Análogo sentir habían evidenciado en el siglo anterior a la conquista española, los chiriguanaes, al atacar desde sus cordilleras, a las tropas del inca enviadas con fines de persuasión y dominio. Su protesta contra el invasor, sobre todo contra el introductor de dioses, usos y gustos diferentes de los suyos, y por tanto, enemigo en todo lo íntimo, era una defensa de lo secular y una vehemente rebeldía contra la imposición de cambios radicales en el ritmo de su diaria existencia.
Los chiriguanaes preferían morir a entregarse y no sólo aceptaron las guerras que fueron hacia ellos, triunfando a la larga en mérito a su conocimiento de las sendas serranas y a su astucia y valor, sino que no perdían oportunidad de tender emboscadas a los expedicionarios y atacar a los pueblos en toda coyuntura favorable para destruirlos, junto con todos sus habitantes, como lo lograron con Santo Domingo de la Nueva Rioja y la Barranca .
Como señala Enrique Finot , los chiriguanos, los chanés, los chiquitos, los guarayos, los ambayas , y los mojos reñían entre sí permanentemente con afanes de predominio sobre aguas y pastos. Antes de llegar los españoles a estas tierras, estos pueblos guerreaban entre ellos.

Imagen: Pescador mojeño del Río Madeira, 1875

Sunday, August 14, 2011

Indagando en La máquina de Aqueronte


Por: Darwin Pinto Cascán

Antes que nada quiero dejar en claro que esto es sólo ficción. La Máquina de Aqueronte es una máquina construida para la venganza, para el oprobio y la destrucción absoluta de una poderosa y desgraciada estirpe, de una familia de la que el creador de tan formidable aparato forma parte. O tal vez no.
Aqueronte tiene la misma deformidad en el físico, que la que llegan a tener los Drake en el alma. Y es tan feo, proscrito, bastardo, ex caníbal y noble, que llegado el momento, no le alcanza el corazón para echar a andar su venganza. Pero no basta solo una simple voluntad para detener lo que está escrito. Y en alguna parte en el fondo de la tierra o en la cúpula celeste del cielo, está escrito que la máquina debe marchar y estragar el tiempo y acabar con los Drake y con Sabayón para siempre.
Sabayón es un caserío, es un pueblo y una ciudad, es una llanura tapiada con concreto para borrar hasta el menor de sus recuerdos, es una selva que crece delante de los ojos de la única sobreviviente de su holocausto particular. Y es una metrópoli moderna, de edificios de vidrio y discotecas y semáforos que aún alcanzan a ver los anacrónicos fantasmas de Bayard Drake y John Hart antes de desaparecer para siempre. El uno con su uniforme confederado y el otro con su vestuario de pirata, ya no pertenecen a este tiempo de teléfonos celulares y vidrieras iluminadas de neón con bikinis de muchachas en oferta. Deben irse.
Sabayón es Santa Rosa del Sara, el pueblo del norte cruceño en el que crecí jugando pelota descalzo sobre los caminos de tierra por donde pasaban los camiones que venían de monte adentro cargados de petróleo y de madera. Es el lugar en donde salía a vender empanadas y tenía que esconderme de puro cojudo detrás de árboles o postes de electricidad para que las chicas que me gustaban, no me vean. No sé ni para qué me escondía si total, jamás me veían. Un pueblo en el que la santa patrona tenía la fama de ser vengativa. Si, por ejemplo, un hacendado no permitía a los peones ir a su fiesta patronal cada 30 de agosto… Y era cosa de temer la virgen: tenía fama de haber incendiado sembrados, echado a perder cosechas y hasta de haber vuelto esteril a gallinas, vacas y cualquier animal de crianza en represalia contra los hombres de poca fe que habitaban esa república del tamarindo. Hasta se decía que una vez, en viva presencia azotó a un tipo por blasfemo, pero siempre creí (y creo) que ese es apenas un rumor sin mucho fundamento…
Santa Rosa era un pueblo en el que por las noches aparecía un tipo ahorcado, colgado del viejo bibosi a la entrada del cementerio a una cuadra de mi casa; un lugar en el que la viudita sexy y enlutada perdía en el monte a los borrachos más irresponsables y galantes; en el que el duende simbaba las crines de los caballos y de los choclos en los sembrados de maíz y encantaba a los niños y se los llevaba para siempre a la selva si no eran bautizados. Por miedo a ese tipo permití que me bauticen a los 11 años, y no di la primera comunión porque la chica que me gustaba no valía el tener que pasar un mes aprendiendo de memoria todo el catecismo. Tengo una memoria tan inservible que si llego a la vejez, estimo que seré feliz sin recuerdos ni remordimientos.
En Santa Rosa no pasaba nada más. Por eso tuve que, primero, consolarme por las noches con la música que llegaba en onda corta a mi radio a pilas desde la antena remota de Radio Francia Internacional, o desde la Deutsche Welle, La voz de Alemania… y luego debí abrazarme a la literatura para que el aburrimiento y la soledad no me consumieran la vida.
A los demás de mi generación, aquello, el miedo a la soledad y el hastío, no les importaba, por eso creo que eran felices. Ahora, según lo poco que sé de mis amigos de entonces, de mis compañeros de escuela y de los partidos de fútbol en la calle donde aún retumban los putazos de doña Olimpia: unos están en España y otros, presos. Incluso hubo uno que se mató de un tiro en la plaza Blacutt de Santa Cruz. Tipos intensos todos estos santarroseños, siempre viviendo al filo de algo desconocido pero definitivo.
Tan no pasaba nada, que una noche que escuché por la radio una entrevista a Augusto Roa Bastos, entonces reciente premio Cervantes de Literatura y catedrático en Toulouse, me largué a llorar porque me daba cuenta que, como dice mi amigo Claudio Ferrufino Couquegniot, yo me encontraba en un obligado culo del mundo. 11 años después me tocó entrevistarlo a Roa Bastos en su casa de Asunción, y el hombre que vi entonces no era aquel que yo había oído por la radio algunos años atrás desde mi casa de tablas en Santa Rosa. Aquella vez él era un hombre en la cúspide de su fama viviendo en Francia y yo un muchacho anónimo habitando un pueblito de 3.000 habitantes. Pero cuando lo vi en su casa, yo de 21 años, con el hambre necesaria como para creer que podía comerme el mundo, mientras él, de 83 años, caminaba lento, con la camisa abierta a la altura del vientre abultado y hablaba como si estuviera pidiendo permiso… Entonces fue la primera vez que tuve la certeza de que el tiempo podía ser demasiado terrible. Por eso se me ocurrió la idea de darle a Aqueronte el deforme noble, una maquinita que descarrile al tiempo. Por eso escribí este libro. Por la misma razón no he vuelto a Santa Rosa. La última vez que fui, ya no era la que yo recordaba. La máquina que fabrica el tiempo le había caído encima y la había despedazado. Ya tenía losetas y la lluvia había perdido su poder de levantar desde la tierra el olor feliz de los tamarindos.
Sabayón es hijo del desamor. Es hijo de Antanas Drake, El Viejo, pobre hombre de corazón roto que de día fue el dueño del mundo y de noche apenas un pobre diablo que lloraba hasta el amanecer por la mujer que le puso los cuernos con otro. Y ese otro no era cualquier otro, cuando lean el libro, sabrán quién es. Sus hijos, los de Antanas, los legítimos, los bastardos y los sobrenaturales, son la sangre, la daga y el agua que hace crecer a Sabañón. Son los que la destruyen y la vuelven a construir. Casi todos ellos tendrán vidas intensas, pero el corazón vacío, habitado en el peor de los casos por un alacrán negro. El precio por haber nacido en un hogar sin amor, será el vivir sin amor, sacrificarlo casi todo por casi nada y en muchos casos, el morir violentamente para ser olvidados al día siguiente. Ser dueños de todo, pero ser nada.
Por eso, para terminar, cuando el lector tenga este libro en las manos y se encuentre con estas historias de traiciones, lealtades fraternas a pruebas de balas, de desamores, de golpes de Estado, de revoluciones y de guerras internacionales, le pido que pare un poco, que respire, que levante los ojos, que deje el libro y salga para buscar el amor, y si ya lo tiene, que lo conserve… No se trata de una moraleja, pero en serio: se pueden pasar muchas vidas sin encontrar a una persona que lo ame en serio aunque sea un ratito.
El orgullo, la búsqueda del poder y del dinero, eso sólo nos llevará a la tumba y es mi deseo que los Drake sólo se queden en este libro, ya que sobre ellos no actuó nunca la mano de Dios, pero sobre todos ustedes, sí.
Fuente: Darwin Pinto

Imagen: Portada de La meaquina de Aqueronte, Alfaguara, 2011