Friday, March 16, 2012

A propósito del fotógrafo Jorge Mario Múnera


Pablo Burgos

Trabajaba para mi maestro Engelbert Theuretzbacher en el proyecto “Un mundo de muchas caras” cuando, gracias a los buenos oficios de Roberto Burgos Cantor, pudimos conversar con Ernesto Sábato en Buenos Aires. El proyecto proponía hacer doce libros con 720 fotografías de rostros en doce ciudades diferentes. Habían logrado fotografiar rostros en Viena y Amberes; ahora lo lográbamos en Bogotá, Ciudad de Panamá y Buenos Aires. Pero libros sólo existieron dos: Viena y Bogotá. A Sábato lo visitamos con el libro de Viena. Cada libro llevaba un ensayo: el de Viena fue escrito por Iris Gniosdorsch, el de Bogotá por Armando Silva. Contar con Sábato para escribir el ensayo del libro de Buenos Aires era un sueño. Y también podía ser una ayuda importante para gestionar los recursos para la impresión del libro.


Sábato nos recibió en su casa en penumbra de Santos Lugares. Nos acompañó María Constanza. A manera de saludo Sábato le dijo: “Y vos, además de ser bonita, ¿qué más hacés?” Fue un misterio entender qué tanto veía Sábato. No recuerdo si tomamos té o café. No sé si conversamos tres o cuatro horas. O quizás menos y mi memoria sobredimensiona el encuentro. Recuerdo sí, mucho mejor, lo que nos dijo sobre la fotografía. Hojeó el libro y se rió con socarronería. Dijo que pensaba que la fotografía era un arte menor. Que quizás una serie de fotografías podría tener un sentido distinto. Miró el libro de nuevo y negó con la cabeza: “Pero algo así no...”. Para sobrellevar la incomodidad de lo que era el comienzo de una obvia negativa a nuestra solicitud, le conté que Santiago Mutis había dicho que el libro parecía un catálogo de la policía secreta (del DAS, fue lo que dijo Mutis). Se rió mucho Sábato. Nos contó entonces la anécdota vivida con Burgos Cantor, en la que viajando juntos a Manizales, casi se cae la avioneta en la que iban. Nos asombró que sus versiones eran idénticas. O se habían puesto de acuerdo, o los dos escritores habían evitado la tentación de añadir artificios literarios a la historia. Nos lo diría el cronista Germán Pinzón años después: “La realidad supera la ficción”[1].



Hace poco vi un documental sobre Henri Cartier-Bresson[2]. Él piensa también en la fotografía como un oficio, no un arte. Es interesante que cuando hablamos de la fotografía como arte, en los libros de historia del arte, en las historias de la fotografía, aparecen las fotografías de Cartier-Bresson y Kapa y Koudelka como paradigmas del arte fotográfico. Sin embargo, todos ellos fueron corresponsales, corresponsales de guerra sobre todo. Ninguno se consideró artista. En el documental Cartier-Bresson plantea lo mismo que Sábato: una o dos fotografías de un fotógrafo no significan nada. Una exposición de fotografía en la que se muestran una o dos fotografías de varios fotógrafos no significa nada. Es el conjunto de la obra de un fotógrafo lo que tiene sentido. Para Cartier-Bresson lograr una buena fotografía se reduce a un problema de geometría. O, quizás sea mejor decir, de “geometrías”.



En el documental no vemos el rostro del fotógrafo. Él insiste en que el anonimato es vital para su oficio. Debe ser un caminante, un observador anónimo, desconocido. Lo que vemos en sus fotografías es su mirada. Lo vemos a él. No su rostro. Vemos un primerísimo primer plano de su ojo. Del espejo de su ojo. De lo que el fotógrafo mira. Lo vemos a él como en un espejo.



El conjunto de la obra de un fotógrafo es un trabajo de arte mayor. Una serie de fotografías puede ser un arte mayor, no uno menor. Es la vida del fotógrafo lo que hace de su trabajo un arte. Un ser humano consagrado a la vocación, al oficio de la fotografía, todos los segundos de su vida. Consagrado a observar la vida que pasa, que le pasa, que de alguna manera nos pasa a todos, invisible. Pregunta el fotógrafo Jorge Mario Múnera (Medellín, Colombia, 1953): “Si tú, por ejemplo, fueras un fotógrafo genial, y tomaras una gran foto todos los días, lo harías en un sesentavo o un cientoveinticincoavo de segundo. ¿Qué pasa las otras 23 horas, 59 minutos, 59 segundos, y un poco más?”.


Múnera mismo responde: “la vida es lo que pasa”.
(agosto de 2011)

Publicado en el blog POST OFFICE COWBOYS (Roma-Bogotá), 15/03/2012

Imagen: Henri Cartier-Bresson/Quai de Javel, Paris, 1932

Thursday, March 15, 2012

JULIO PREGUNTA POR MANUEL/BAÚL DE MAGO


Roberto Burgos Cantor

Don Julio Olaciregui, quien vive en París hace ya demasiados años, me ha escrito al borde de la primavera. La calificación de demasiados a los años, se refiere al esfuerzo sostenido que hacemos los Caribes para soportar la intemperie que supone estar fuera de la cangrejera. En su caso el mar crecido de Puerto Colombia, su gris sin relente y el aroma a submarinos encallados. La desembocadura del río Grande con su trencito de juguetería y los barcos de navegación cautelosa que se ven sin adioses desde las azoteas de El Prado.
El motivo de sus letras es decirme que debe dictar una conferencia en Bergamo, Italia, y que hablará de Changó el gran putas de Manuel Zapata Olivella y de La Ceiba de la memoria. Como no ha disminuido la curiosidad que acompañó sus noches de escritor camuflado de periodista, él sigue atento a la quinta pata del gato.
Hace algún tiempo investiga las músicas, los bailes y los caminados africanos. Con una puntualidad acomodada a los relojes, que aprendió en Europa, asiste a la sala de Ana Camará en la rue Valette donde ensaya danzas africanas. Allí supo que el vestido influye en los gestos y que para soltar los nuestros, entre vuelo de ángel a ras del pecado y brincos de diablo libidinoso, hay que encontrar las modas y colores de los ancestros invisibles. Así nos regaló a Arnulfo Julio y a mi un vestido entero africano que hubiera despertado la envidia del Beny Caraballo cuando tiraba golpes sobre la lona.
Entonces me pregunta qué cómo leí a Zapata Olivella.
Al retomar los nudos de los días recuerdo que lo primero que leí fue un libro en el cual Manuel dejó testimonio de sus viajes, creo se llama Pasión vagabunda. Por ese entonces los escritores mayores cuyas novelas y cuentos hacían el cuerpo de la literatura colombiana, eran entre otros: Caballero Calderón, Mejía Vallejo, García Márquez, Manuel Zapata, Rojas Herazo, Jorge Zalamea, Cepeda Samudio. Es posible que la mayoría de ellos estuviera atrapada en una encrucijada semejante: el lastre del costumbrismo y la tentación de celebrar la naturaleza como un valor exótico, de tarjeta postal.
Sin embargo se leían búsquedas audaces. La novela de Zapata Olivella que ganó el concurso nacional de novela, Detrás del rostro, es una muestra.
Tengo la impresión que por esa época la actividad política del novelista tenía un deslinde amplio de su literatura. Es decir su literatura no servía de expresión del problema racial y discriminatorio. Pronto leí la primera novela de Zapata, con prólogo de Ciro Alegría, Tierra mojada. Es una narración digna, del buen naturalismo que conmueve al relatar el drama de los sembradores de arroz en las orillas del río Sinú.
No obstante la novela que quedó finalista en el premio Formentor, de España, En Chimá nace un santo muestra a un escritor que encontró las sendas de la experimentación y cierto riesgo narrativo. Aquí el núcleo es el bello tema de la religiosidad popular. En varias ocasiones que hablé de las novelas de Manuel con su esposa, Rosa Bosch, coincidimos en el gusto de que ésta era su mejor novela. Él tenía predilección por la referida a Hemigway.
En una de las últimas conferencias, la que ofreció en el teatrino del Jorge Eliécer Gaitán, enfrentado Manuel al cambio acelerado del mundo, los ritmos de lectura, las preferencias, dijo con admirable convicción y fe: Yo sé que seré leído en el futuro.

Publicado en El Universal (Cartagena de Indias), marzo, 2012

Imagen: Manuel Zapata Olivella

Un recorrido por la vanguardia que juntó arte y compromiso


15/03/12


Abrió "Claridad, la vanguardia en lucha", una revisión del grupo de Boedo, que buscó construir una identidad proletaria. En el Museo Nacional de Bellas Artes.

POR MAURO LIBERTELLA

Para delicia de los urbanistas, las vanguardias argentinas del siglo XX se nuclearon alrededor de avenidas y barrios. Los años 60 conquistaron Corrientes y la “manzana loca”, actualizando una tradición que venía de los años 20, cuando la escena literaria se quebró en dos grupos antagónicos: Florida y Boedo. Hoy sabemos que esa enemistad fue mas bien un chiste, un curioso equívoco que terminó siendo materia de estudio académico. Sin embargo, había algo verdadero en aquella oposición, porque las dos poéticas en disputa –el arte autónomo contra el arte comprometido– todavía tensan la literatura que se escribe hoy.

Ya en pleno siglo XXI, esas dos bandas terminaron en sendas muestras en el Museo Nacional de Bellas Artes. En 2010 fue el turno de los floridistas, con El periódico Martín Fierro en las artes y en las letras y hoy inaugura, también curada por Sergio Baur, Claridad, la vanguardia en lucha , que cierra el arco de una época furiosa de las letras nacionales.

Si los martinfierristas eran los chicos refinados y cultos de la escena vernácula –Borges, Macedonio Fernández, Xul Solar, Oliverio Girondo, etc.–, los escritores nucleados en torno a la mítica editorial y revista Claridad (cuya base de operaciones funcionaba en la calle Boedo) buscaban, en sintonía con las grandes convulsiones soviéticas, la toma de conciencia social y la construcción de una identidad cultural proletaria . “El error de los artistas es creer que el arte solo tiene que ver con el arte”, espetaba Elias Castelnuovo en 1935, y frente a esa impronta supuestamente diletante y aburguesada de las vanguardias martinfierristas, Claridad lanzaba libros de precio accesible y portadas incendiarias, de anclaje marxista, anarquista y de propuestas radicalizadas.

Muchas de esas primeras ediciones, que arman el rompecabezas de una hermosa época idealista, se pueden ver en la amplia sala sobre la que se montó la muestra. Además, para mostrar que el arte de la época estaba enhebrado con estas ideas, la sala ofrece cuadros de Alberto Belocq, Cochet, George Grosz, Berni y hasta un Picasso, porque a su modo toda la cultura occidental tuvo en los años de las tensiones de la modernidad su veta socialmente epifánica.

Según Sergio Baur, el grupo Claridad “tuvo como objetivo la búsqueda de las innovaciones vanguardistas en torno a las preocupaciones sociales, las luchas obreras y sociales”. Ese cruce, vanguardia y compromiso, se hace nítido en poetas como Gonzalez Tuñón, que han sobrevivido a su época. El resto –Yunque, Castelnuovo, etc.–, literariamente hablando, son hoy piezas de museo.

Publicado en Revista Eñe (Argentina), 15/03/2012

Saturday, March 10, 2012

El Loco, en la calle Linares


Miguel Sánchez-Ostiz

Llevaba años detrás de este libro, El Loco, de Arturo Borda. Hoy por fin lo he encontrado en una chamarilera de la calle Linares, cuando andaba buscando la casa de un personaje de Felipe Delgado, de Jaime Sáenz. Saénz describe una calle de chamarileros y truhanes, que no es esa, desde luego, pero a mí me ha convenido porque he encontrado una casa preciosa para . Bueno, total, que he entrado no a comprar nada, sino a limpiarme las manos después de comer una ración de lechón al horno que le he comprado a una casera al paso, en una fonda de los agachados en medio de un mar de gladiolos rojos: "C'est vraiment dégueulasse!", han dicho dos francesas que pasaban con su botella de agua debajo del brazo. En efecto, dégueulasse, completamente dégueulasse, pero delicioso... He preciado el libro y ha sido un regateo a mala hostia, con rabia por ambas partes: ni un peso, no me ha rebajado ni un boliviano. Ella sabía y yo también. La hijita que andaba como por los suelos ha aprovechado para mearse y se ha llevado el soplamocos que se veía le hubiese gustado a la madre darme a mí.

¿De qué trata El Loco? Y yo qué sé. Tres volúmenes y unas cinco mil páginas de derivas históricas y mitológicas, de fragmentos de autobiografía atormentada, de asedios, paradojas, historias embrionarias y cuanto más embrionarias, mejor, arengas políticas, socialistas, revolucionarias... Mítico, un libro mítico, y como todo libro mítico está excusado el leerlo. Hay que citarlo, decir que se posee, para demostrar que estamos en el ajo, pero leerlo, para qué... Además, el libro es inencontrable, escurridizo... Me ha hecho pensar que esos libros que buscamos están escondidos en algún lugar de las ciudades que pateamos a la espera de que salgan a la luz y que nuestros pasos no tienen otro objetivo Y La Paz, donde se cambia papel higiénico por libros,no es el mejor lugar para las husmas librescas.

Escribe Sáenz, en su Felipe Delgado, muy al comienzo: "Una calle infestada por una turbamulta o caterva de rateros, viciosos, perdularios que reclamaban soberanía absoluta de la vía pública a título de comerciantes, aunque todo el mundo sabía que eran expertos en toda clase de artimañas, especialistas en el cuento del tío, jugadores y malentretenidos que dominaban el difícil arte de abrir candados y chapas con la sola ayuda de un alambre y que –según dictaminaba Virgilio Delgado— vivían martirizados por la duda fascinados por la incertidumbre. Pues bastaba que cayese en sus manos una cosa para volverse inmediatamente sospechosa, y cuanto más sospechosa, tanto más fascinadora, de tal manera que estos seres, cautivos de un raro embrujo, abismados en un mundo truculento, se pasaban la vida contemplativamente medrando a la sombra de pocilgas y de toldos a lo largo de la calle, traficando con peregrinos y misteriosos objetos, y se enredaban en toda clase de operaciones a cuál más complicada con las gentes que por allí pululaban a toda hora del día y de la noche para mirar, para tocar, para hurgar, para tasar, para comprar, o para vender fierros y palos, botellas rotas, cadenas y ruedas, clavos retorcidos y cosas tales como el espaldar de una silla, un perro disecado, un busto hecho pedazos, los restos de una capa, barajas por montones, cachos, ranas, un biombo, alegorías patrióticas alusiva a los sufrimientos de los veteranos de la guerra del Pacífico, un leon verde de estuco, Moises con las tablas de la ley, un zapato por acá y otro por allá, un Santiago sin caballo y con las piernas abiertas, un maniquí, un lechón al horno y una corneta, una puerta, un irrigador, libros, revistas y un mundo de cosas..." Amén.

Del Blog del autor, VIVIR DE BUENA GANA, 10/03/2012

Imagen: Retrato anónimo de Arturo Borda

Tuesday, March 6, 2012

Le coq en fer(mo)


Ilya Fortún/Bajo la sombra del olivo

Voy a hacerle un favor al señor Claudio Ferrufino escribiendo sobre él y sobre su absurda reacción en contra de este periódico. No es que me importe mucho lo que haya escrito o lo que haya dejado de escribir, y la verdad es que al señor nunca lo había leído y no lo conozco ni en pelea de perros, pero me referiré al lío que ha armado, porque de allí han salido acusaciones de censura y de violación al derecho a la información, asunto que yo no comparto. Leo en su blog, denominado Le coq en fer:

“Si se elige la opción de Mugabe a la de Mandela, de Zimbabwe y no de Sudáfrica, estaremos condenándonos a un baño de sangre que nos tirará al foso de la historia. Ni siquiera será Bosnia, sino Ruanda, Sudán, Costa de Marfil, Sierra Leona, aunque a veces, en las noches de insomnio, sin solución concreta, me pongo malévolamente a pensar que quizá un millón de muertos tendría el hálito de una resurrección”.

Primero que nada, creo que el lío tiene su origen en un exceso de cortesía y transparencia del director de Página Siete con el aludido, al mandarle una nota en la que le indicaba las razones por la cuales no publicarían más sus notas. El señor Ferrufino no era columnista del periódico y, por lo tanto, no había nada que explicarle. Si sus artículos ya no se consideraban apropiados ni aceptables, no había más que dejar de publicarlos. Cientos de personas mandan cosas todos los días a los periódicos sin garantía de publicación y sin necesidad de respuestas ni explicaciones.

“Se dejó pasar la oportunidad (de dar fin con el gobierno de Evo), allí cuando La Paz recibió a los marchistas y los jerarcas se orinaban a puertas cerradas, sin ánimo siquiera de mirar al pueblo que tal vez entonces habría ejercido la brutal justicia de las masas”.

Yo soy un columnista provocador, medio liso y a veces hasta bocón; siempre he escrito lo que se me ha dado la gana y el periódico nunca me ha dicho absolutamente nada; es decir, me consta que no hay tal censura ni cosa parecida. El único problema que tuve en diez años como columnista fue en mi anterior periódico, cuando escribí una columna muy crítica con el periodismo, el director me llamó furibundo para increparme en tono amenazante y cuando le contesté que la editora de opinión la había leído y le había parecido muy buena y valiente, me contesto que le valía un pepino lo que pensaba su editora. Igual la publicaron.

“(') con reminiscencias de los imberbes caudillos aymaras de quienes es muy difícil, a simple vista, encontrar el género por falta de vello y de contornos diferenciales”.

Pero escribir libremente no quiere decir que no existen límites. Los límites se los impone uno mismo; llámenle a eso autocensura o lo que les dé la gana, pero uno responde nomás finalmente a su propia escala de valores internos. También hay otros límites que los marca la ley, cuya transgresión puede costarle caro al medio.

“Jamás se superaron los límites de la idiosincrasia de pueblo. Sus caciques, de abarca y poncho, o pantalón y aretes, no dejan de ser pedigüeños que no miran más allá de la jeta, rastreros, corruptos, ladrones, malandrines, marxistas de tres por cuatro, medios hombres, payasos, bufones, eterna corte de milagros”.

No importa si escribes bonito; si te has convertido en un racista, en un golpista, en un homofóbico, en un tipo que desprecia los valores populares de este país, o, peor aún, en todas estas cosas a la vez; aunque las hayas escrito en tu blog o en otro medio, no deberías escribir en este periódico. “Y si hay sangre, que corra sangre”.

Publicado en Página Siete (La Paz), 29/02/2012

Imagen: Miembro del Klan

Buenas noticias


Pablo Stefanoni/La verdad de la milanesa

Cada vez que el Estado intenta regular a la prensa, aparecen como reacción voces que sostienen que debe apostarse más bien por la autorregulación. Y en gran medida tienen razón... y es eso justamente lo que ha hecho Página Siete con la decisión del director de dar por finalizada la colaboración de un columnista con este diario.

La colega Maggy Talavera ha considerado que se trata de una “mala noticia”, dado que se trataría de un caso de autocensura –la peor de las censuras–. Yo no coincido. Más bien me dio orgullo ser parte de un periódico que puede combinar la independencia de opinión frente al poder –junto con la pluralidad ideológica en sus columnistas– y al mismo tiempo trazar sus propias fronteras editoriales: racismo y golpismo quedan fuera de esta línea (dos temas particularmente sensibles en el país del racismo y del golpismo).

Además, como lo ha demostrado la publicación de Claudio Ferrufino en el diario El Día, hay medios donde sí puede publicar libremente sus opiniones, donde llama a no escatimar derramamiento de sangre para acabar con el Gobierno constitucional de Evo Morales (que además sigue siendo una gestión con apoyo social).

Tampoco coincido con Maggy en que los excesos del actual Gobierno se combatan tolerando los llamamientos racistas/golpistas o con pedidos de usar la marcha contra el TIPNIS para implementar “la brutal justicia de las masas” (una especie de farol del siglo XXI)' Ferrufino puede ponerse “malévolamente a pensar que quizá un millón de muertos tendría el hálito de una resurrección” para Bolivia y Página Siete tiene el derecho a no publicar sus columnas.

Como parte del Comité Editorial de Página Siete, siento que esta decisión contribuye al debate en el campo periodístico acerca de las fronteras entre la crítica al Gobierno (y hay cientos de razones para levantar la voz) y el uso de ciertas circunstancias para tratar de armar asonadas.

En general, las actitudes autoritarias de los gobiernos no son aisladas de la cultura política más amplia y desde la crítica despojada de “exabruptos” y argumentada se contribuye enormemente a construir una cultura política democrática. Las lecturas apocalípticas no ayudan...

Sin duda, la libertad de prensa –con todas las distorsiones que implica a menudo, con medios que actúan sin prurito como meros conglomerados empresariales– es mejor que la ausencia de esa libertad. Sabemos que un mundo sólo con medios estatales, además de aburrido, sería más desinformado. Esos medios estatales “manipulan” (es decir, ordenan las noticias, priorizan u ocultan) igual pero al revés.

En este caso, que Ferrufino sea un buen escritor o haya ganado un premio prestigioso no le da impunidad para decir (o mejor dicho publicar) cualquier cosa. El hecho que no las haya escrito en Página Siete es una evidencia, en todo caso, de que no se trata de temor del periódico a ser “víctima” de la ley antirracista. Se trata de una cuestión de principios que hace a la credibilidad de un medio.

Personalmente, puedo hasta defender la libertad de Ferrufino a publicar exabruptos (incluso, à la limite), pero que lo haga en medios que publican ese tipo de cosas; una columna no es solamente un contenido sino una firma; es cierto que estas opiniones no fueron parte de sus columnas en este periódico, pero alguien no es democrático en un medio y racistoide en otros. Creo que incluso sería mejor que no se le aplicara ninguna ley y que el “castigo” a las opiniones racistas/golpistas/¿homofóbicas? sea el propio reproche de la sociedad, que los exaltados sean aislados por el consenso democrático de la ciudadanía.

Si algo hizo avanzar a Bolivia –en lo que ha avanzado– en estas décadas fue la continuidad democrática, incluso en medio de profundas crisis como la de 2003. Al final, las ánforas –y el debate público, especialmente aunque no únicamente en los medios– van ordenando las disputas políticas, que deben existir en cualquier sociedad. Y cuando no existen entramos en problemas. Ya sabemos a qué conduce el supuesto unanimismo político. Ya sabemos que ningún partido representa a todo el pueblo o a toda la nación y que es mejor no abusar de acusaciones de “antipatria”.

Y si se trata de estrategia opositora, un pequeño consejo humilde y gratuito: los extremismos como los expresados en los artículos de Ferrufino son bastante funcionales al Gobierno y la oposición haría bien en distanciarse de estas posiciones. Si el Gobierno pudiera crear una oposición a su medida, colocaría a alguien como Ferrufino como su líder y el programa de gobierno sería, justamente, la suma de impulsos que van a contracorriente con las sensibilidades de la mayoría de la sociedad boliviana. Fue esta sensibilidad, no cobardía, lo que hizo que los manifestantes del TIPNIS hicieran oídos sordos a los golpistas y a los partidarios del farol.

Publicado en Página Siete (La Paz), 28/02/2012

Imagen: Monigote que amenaza con linchamiento en un barrio boliviano. Con banderas del MAS

Malas noticias


Maggy Talavera/Urupesa Urbana

En noviembre de 2010 ya era evidente el retroceso que se percibía en Bolivia en uno de los derechos humanos fundamentales: el de la libertad de expresión.

Comenzó a ser notoria la restricción de ese derecho sobre todo en algunos medios de comunicación que decidieron suspender programas, borrar de la lista de colaboradores a más de un o una columnista y, no pocas veces, a matizar titulares o enfoques de noticias políticas.

El dato más significativo fue la decisión de la mayoría de los medios de eliminar la opción de sus audiencias a comentar las informaciones u opiniones que publicaban, bajo el pretexto de la compleja ley contra la discriminación y toda forma de racismo.

Hubo un gran debate que, lejos de culminar en una decisión positiva –enfrentar las amenazas a la libertad de expresión con el fortalecimiento de los medios y canales que la permiten-, terminó alentando más bien el miedo y abriendo camino al peor de los males que puede afectar al periodismo: la autocensura.

Lo dijimos entonces y lo ratificamos hoy: la peor manera de “defender” las libertades de expresión y de prensa; o, como lo afirman otros, la peor forma de censura porque “coarta las ideas desde su nacimiento, nulifica toda iniciativa que pudieras tener, frena y mutila el pensamiento”, como lo dijo Juan Urcola Elguezábal, director de los Noticieros de Tabasco. Ignacio Simal lo dice mejor: “La autocensura es la peor de las censuras porque nos empobrece como seres humanos y nos conduce a una conciencia culpable de difícil redención...”.

Qué pena da comprobar que había motivos para preocuparnos entonces por una clara tendencia a la autocensura, sobre todo en los medios de comunicación tradicionales o de mayor cobertura, a los que no han dejado de “visitar” los inspectores de Impuestos o de presionar otros actores políticos, sobre todo los afines al Gobierno central.

Cada vez con más saña, aunque las apariencias engañan y disimulan, aunque las quejas y demandas queden embargadas en voces que prefieren callar injusticias y abusos, antes que enfrentar y denunciar los excesos del Poder. Gran regalo para quienes abusan de su poder, eximiéndolos de actuar y dejar en mayor evidencia su prepotencia, mucho más cargada de resentimiento y de maldad, como las que están destilando desde hace meses para callar la voz del escritor Claudio Ferrufino-Coqueugniot.

Por eso lamento, y mucho, la decisión de Página Siete de echar a Ferrufino, Premio Nacional de Novela 2012, de las páginas de su suplemento Ideas, por un artículo (Tiempo de soluciones) que el escritor escribió y publicó ¡en otro diario! O sea, para comenzar, por una nota que ni siquiera se publicó en Página Siete.

Siendo así, ¿puede el diario aducir que Ferrufino violó las reglas y ética de Página Siete? ¿Cabe aquí decir que la echada a la calle de Ferrufino se ajusta a las normas de autorregulación y no a la figura de la autocensura?

En lo personal, estoy convencida que la respuesta es NO y que la decisión del diario se ajusta más a la censura y autocensura. Más claro, agua.

Ya conocemos, sobre todo los periodistas, cuál es la diferencia entre una y otra: la primera obedece a una acción que se toma a priori, antes de publicar o difundir algo, presionados por el miedo a sufrir sanciones, represalias; mientras que la segunda, la autorregulación, obedece a una revisión crítica posterior a la publicación o difusión del material informativo.

No es mi intención hacer aquí un largo alegato a favor de Ferrufino porque sí, y menos aún pretendo arrogarme autoridad alguna sobre lo que Página Siete tiene la libertad de publicar o no. Sólo quiero aportar, desde mi particular posición como ciudadana y periodista, argumentos que contribuyan a aclarar el panorama, evitando confusiones que en nada contribuyen a lo que debiera ser el bien mayor: preservar a toda costa lo que aún nos queda de libertad para expresarnos sin cortapisas. Y hablo en plural, con la certeza de que parte de mi libertad, de la libertad de muchos más, se va a la cloaca de la censura junto al espacio de libertad perdido ahora por Ferrufino.

Sé que muchos dirán que Ferrufino “se pasó de la raya” al afirmar, entre otras cosas (y no lo hizo en Página Siete), que “Quitar el poder a Morales no es asunto ya de matiz ideológico-político” sino de “supervivencia”. Podrán no estar de acuerdo todos los bolivianos con esa afirmación y están en su derecho; pero lo que no se debe ni se puede aceptar es que, a nombre de “democracia”, se callen voces que no hacen otra cosa que recoger el malestar instalado en importantes sectores de la sociedad por los excesos del actual Gobierno en el manejo del poder.

Maggy Talavera es periodista.

NdD.- La respuesta del director de Página Siete a esta columna, el lector la encontrará en la página 4 de esta edición.

Nota del Director.- Como afirmó la carta que el director de Página Siete le envió al señor Claudio Ferrufino, el periódico valoró sus colaboraciones referidas a temas de literatura y, en un marco más general, reconoce la contribución de éste a la literatura nacional.

Sin embargo, después de los sucesos de conocimiento público, el director de Página Siete tuvo conocimiento de artículos almacenados en el blog de Ferrufino (escritos para otros diarios) en los que se realizan afirmaciones reiteradas, peyorativas y peligrosas sobre dos asuntos que son muy sensibles en la vida de los bolivianos, como es el tema étnico y la defensa del uso de la violencia como acción política por encima de la democracia. Por eso tomó la decisión de separar al señor Ferrufino de su lista de colaboradores.

El director está consciente de que esa decisión de discontinuar la publicación de esos artículos puede generar opiniones contrapuestas; de hecho, se han registrado diversas interpretaciones y observaciones por parte del Comité Editorial.

No obstante, el director considera que sus argumentaciones y razonamientos son los correctos y los sostiene de buena fe, guiado por unos valores universales de lo que debe ser el rol de los medios y del periodismo y la defensa del estado de derecho por encima de tentaciones violentistas.

Como en cualquier otro asunto, el periódico abre sus páginas para que este tema sea debatido de manera libre.

Página Siete ha demostrado fehacientemente su carácter independiente y su voluntad de permitir la libre expresión de las ideas –en el marco general de la ética periodística– y una demostración de ello es la publicación, en la edición de hoy, de la columna de Maggy Talavera en la que cuestiona esta acción del periódico.

Publicado en Página Siete (La Paz), 27/02/2012

Imagen: Quema de libros en la Alemania nazi, 1933