Monday, July 20, 2015

perder la cabeza

Pablo Cerezal

La noche es una luna fraudulenta disfrazada de certezas. Un jirón de nube acuchilla fantasías de temperatura mientras se desangra el descanso de los insomnes. Unos dedos como garfios despliegan su teatrillo de sombras contra la pantalla ciega en que se estrellan los faros de los coches y los neones de la ciudad. Nosferatu, príncipe de las tinieblas. Vlad El Empalador, navajazo, atropello y elixir de sangre. Las alcantarillas bostezan. Las noticias, a veces, ayudan a mejor enfrentar las noches y sus batallones de penumbra. Yo, esta noche, me entrego al visionado del Nosferatu de F. W. Murnau, y Max Schreck hipnotiza mis pupilas con el inmenso vacío feroz de las suyas. Recuerdo tiempos lejanos, cuando en televisión, en la 2, cultura, ciencia, letras, fulgor y cine, pasaban aquellas viejas cintas que inmortalizaron el celuloide como una de las Bellas Artes. Era entonces, aún adolescente, que devoré a Murnau, no sólo su Nosfertatu, también su Aurora, igual que otras joyas de diferentes autores. Era entonces. Eran diferentes períodos de la historia de un país que bosteza mientras la olvida, y aunque no cualquier tiempo pasado fue mejor... ahí queda.

Hoy a Murnau, me informan los telediarios, le han vuelto a devorar una pandilla de adolescentes. Pero no como devoré yo, de joven, su obra. Es lo que temen los reporteros que nos informan del hecho: puede que haya sido una pandilla de adolescentes obsesionados con ritos satánicos quienes han profanado la tumba del cineasta alemán para arrebatarle su cabeza embalsamada. Sí, el director, como Lenin, tenía el cuerpo embalsamado, dientes aún mascullando improperios y mascando raíces, cabello aún en loco encabalgamiento hacia la nada, imagino. La tumba de Lenin no hay quien la profane. La de Murnau, a la vista de los hechos, no era tarea difícil hacerlo. La historia se repite, aunque en este terruño pródigo en hambre y envidias tendemos a olvidarlo. La historia se repite, decía: es la segunda ocasión en que ocurre un hecho similar. En la anterior no se llevaron la cabeza, así podía seguir imaginando películas el genio germano. Hasta hoy, ayer, hace unos días, que su cabeza ha regalado una macabro gesto de despedida a su cuerpo embalsamado. Aún buscan a los ladrones, las autoridades. Pueden seguir buscando. Mientras tanto alimentarán los dimes y diretes con truculentas historias de satanismo y maldición, complot y tiniebla, que mucho nos gustan los códigos da vinci y demás oscurantismos de barraca de feria... mejor no pensar en los que nos acucian, menos oscuros, más evidentes, tan políticos, tan mercantiles, tan lejanos a nuestro mejor comprar marca blanca que si no no llegamos a fin de mes...



Termino de verNosferatu, en la breve pantalla del portátil, y no puedo evitar la mirada de Schreck. Sus pupilas como peces abisales chapotean el acuario de mis pesadillas y, de pronto, se transmutan en otras pupilas menos lejanas, no tan en blanco y negro (y encima mudo), pupilas que tal vez me reclamaron socorro hace algunos años... maldita memoria. Paseábamos La India, un poblado cerca de Satna, poblado a su vez sin mayor interés que el de su estación de tren, donde hacían ovillo de miseria y jauría de hambre las pacíficas huestes de la noche tercermundista. Paseábamos aquel poblado, ya digo, no recuerdo el nombre y, para qué, no es importante, en busca de güisqui indio, barato y pertinaz, pero las tiendas andaban despertando bostezos a los goznes aunque aún no era noche plena, y la luna no llenaba más que los estómagos de los desfavorecidos. Las tiendas cerraban. En el pueblo se celebraba una boda en la que, anonadados espectadores, tuvimos la ocasión de participar. 

Las bodas, en La India, en un porcentaje cercano al 60%, son celebraciones sociales en que poco interviene el amor. Mi hija ya menstrua. Tu hijo ya frecuenta lupanares. Hay un breve capital que crecerá si unimos ambas estirpes. Habemus boda. Y en mi recuerdo las pupilas amoratadas de aquel joven en edad de jugar a estrella de fútbol y aquella niña en edad de muñecas o disfraces de princesa, qué más da, no se me acuse (nuevamente) de machismo, viajen a La India y sabrán qué cosa es el machismo. Comenzaba para ellos el juego de la edad adulta, o sea, a pesar de no conocer las reglas del mismo. Les casaban. Ella lloraba como jamás escuché llorar a nadie, gritando un último adiós a los suyos, mientras los familiares del novio la cogían en volandas, encadenando a un tropel de brazos bravíos el enrabietado temblor de la joven, para postrarla ante el consorte que, apesadumbrado, no sabía bien si mirarla a ella o seguir mirándonos a nosotros, incómodos invitados a una fiesta para la que no estábamos preparados. Tuve que ofrendar a los pies de la pareja un puñado de arroz... el hambre, al fin, creo, es lo único que mueve este mecanismo de relojería maltrecha en que hemos convertido los días.

A la par que el macabro suceso relativo a la testa del laureado cineasta alemán, me informan otros noticiarios de la automutilación que se han impuesto una pareja de jóvenes indios. Estaban enamorados, pero sabían que nunca podrían estar juntos. Sus familias ya les tenían reservadas diferentes parejas. Se han cortado el cuello, ella y él, amarrando su amor a un nudo de sangre valiente y sueño mutilado . Al final, al contrario de lo que pueda parecer, nada habita en el corazón, más allá del bombeo que nos pone en movimiento o que dilata nuestros cuerpos cavernosos. Podemos concluir, sin miedo a equivocarnos, que todo está en la cabeza. Y cuando está duele, lo mejor es cortarla.

A Murnau le dolía la cabeza de tanto imaginar vampiros y reinos nocturnos. Hubo que cortársela. A los jóvenes amantes indios les dolía la cabeza de tanto buscar soluciones a su amor de vertedero. Hubieron de cortársela. La cabeza de Murnau engrandecerá, con redundancia, la grandeza de su genio cinematográfico. Las de los jóvenes enamorados sólo servirá de doloroso epitafio a los antropólogos del sistema de castas hindúes y demás estudiosos de la nada, y de frustración a las respectivas familias que ya soñaban con un mejor futuro para sus descendientes y, de paso, para sus economías.

Yo, hoy, esta noche, con tremendo dolor de cabeza, dudo entre separarla del cuerpo o dejarla hacer vida lejos del mismo que, quizás, dadas las circunstancias, sea lo más cuerdo. Y es que mi cabeza se debate entre el Nosferatu de Murnau, que vive la noche para devorar a su amada, y los jóvenes indios, que mueren el día para ahorrarse el daño de no poder devorar ya más que una agreste rebanada de ceniza.

Finalizada la boda, degollaron una gallina.

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De POSTALES DESDE EL HAFA, blog del autor, 20/07/2015

Sunday, July 19, 2015

Coisas e histórias da Bolívia, por Alex Ayala

Por SYLVIA COLOMBO

“No número 975 da rua Linares de La Paz, há um lugar que todos os dias abre suas portas a outra época. Seu interior é quase como uma cova: o teto baixo, a luz tênue, o ambiente íntimo. E sua decoração, como o cenário de um filme do século passado: diante de uma porta, uma roda de carruagem, nas alturas, garrafinhas de farmácia de porcelana e vidro; numa vitrine, câmeras de foto sem riscos; debaixo de um espelho, um telefone de pé de cor negra; num móvel de corredor de verniz intacto, um calculadora de marca Marchant, para somar e dividir, pesa uns tantos quilos.”

A casa de Antiguidades que remete a outros tempos que viveu La Paz. A oficina de televisores que conserta aparelhos que já saíram há muito do mercado. O sujeito que planta bonsais japoneses de diversos tamanhos nas redondezas da capital boliviana e o economista que coleciona obsessivamente tudo o que tenha a ver com a seleção de seu país. Sua mais nova obsessão é o ingresso de um jogo em que a Bolívia perdeu para o Brasil por 8 a 0, em 1977.

Estas são algumas das 50 histórias que o jornalista espanhol Alex Ayala reúne em “La Vida de las Cosas” (ed. El Cuervo, importado). Radicado em La Paz desde 2001, Ayala chegou a Bolívia para passar um tempo, com uma bolsa. Trabalhou em algumas publicações locais, como o jornal “La Razón” e o semanário “Pulso”. Acabou tomando gosto pelas alturas e pelo friozinho constante da capital boliviana. Lançou uma revista de crônicas, a “Pie Izquierdo”, que após alguns números, acabou não vingando.



Com o tempo, porém, se transformou numa espécie de correspondente informal de várias publicações, além de anfitrião dos colegas que chegam para coberturas no país andino. Nos últimos anos, escreveu para o diário espanhol “El País” e para as revistas de crônicas “El Malpensante” (Colômbia), “Etiqueta Negra” (Peru), “Esquire” e outros.

Em suas andanças pelo interior e pelo altiplano, foi recolhendo histórias de vida, que para ele passaram a explicar o país melhor do que as decisões políticas que via serem tomadas na capital. Surgiu assim “La Vida de Las Cosas”, que ajuda a formar um panorama da sociedade boliviana em tempos de Evo Morales, a partir das obsessões de colecionadores compulsivos, como ele mesmo admite ser. O onipresente presidente boliviano, porém, não é personagem da obra. Abaixo, uma pequena entrevista com o autor, feita por e-mail.

Folha – Você conta no livro que começou a se interessar pelo tema a partir de sua experiência particular como colecionador de coisas raras, desde pequeno. O colecionador e o jornalista são parentes?
Alex Ayala – Desde criança, mais do que colecionar coisas estranhas, eu gostava de guardar objetos que faziam lembrar de bons momentos. Sempre acreditei que os objetos guardam nossa memória. E penso que há muita energia neles. Tanto jornalistas como colecionadores se fixam nos mínimos detalhes, os dois sabem que nas pequenas coisas se condensa o mundo.

Folha – Há alguns personagens que são estrangeiros, e as peças que guardam servem de memória dos lugares que deixaram. Aconteceu com você, em sua mudança da Espanha para a Bolívia?
Ayala – Não creio que a nacionalidade tenha a ver com a relação que uma pessoa tem com seus objetos. Para mim, os objetos foram uma desculpa para conhecer as pessoas. E também para falar de personagens que me interessavam, de uma pessoa que conserta televisores antigos, de uma senhora que se muda de casa ou de um mago que, às vezes, não se lembra de onde deixa as coisas.

Folha – Um tema muito presente é o da herança, principalmente dos objetos que passam de pais para filhos. Nesse atual cenário de transformação causado pelo mundo virtual, crê que essa relação continuará existindo?
Ayala – Apesar de vivermos num mundo de obsolescência programada, considero que a tradição de herdar objetos familiares não desaparecerá nunca. Os objetos se relacionam muito com os sentimentos e, enquanto continuem nos fazendo recordar de coisas e fazendo-nos arrepiar, não nos desprenderemos deles. Pode ser que esteja pecando por ser demasiado otimista, mas é o que penso. Há alguns anos, também se falava muito do fim dos livros impressos e se seguem publicando milhões deles todos os anos.

Folha – Por que o formato de histórias breves?
Ayala – “La Vida de las Cosas” foi pensado como livro, mas também como uma coluna de jornal, creio que funciona porque cada história é como essas batalhas que os avós contam para os netos. E todas são uma espécie de manual de arqueologia contemporânea, nos ajudam a compreender melhor o mundo em que estamos vivendo.

Folha – O futebol costuma ser uma obsessão de muitos colecionadores, e é curioso que o seu personagem desse estilo esteja buscando justamente o ingresso do jogo Bolívia x Brasil. Crê que o encontrará?
Ayala – O obsessivo nunca levanta a bandeira branca. O obsessivo conseguirá o que quer ou morrerá tentando. Sempre pensei que ser insistente ajuda. Uma vez fiquei tão obcecado por um livro do Gay Talese que estava procurando que não parava de repetir o quanto o queria para aquele que o tinha. O persistente quase sempre ganha.


[Fonte: sylviacolombo.blogfolha.uol.com.br]

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De SEPHATRAD MEI, blog de Isac Nunes, 19/07/2015

Cristina y la guerrillera zurda


José Crespo Arteaga


Estaba esbozando una sonrisa, mejor dicho estaba a punto de soltar la carcajada ante el monumental adefesio que los argentinos disfrutan ahora en uno de sus paseos más emblemáticos de Buenos Aires. En nuestro país hace tiempo ya que poblamos los cerros pelados con cristos y virgencitas descomunales al estilo de los españoles que andan por ahí regando su paisaje rural con toros Osborne. No habíamos sido los únicos creativos de la desmesura. Argentina se acaba de sumar a este selecto club gracias a los denodados esfuerzos de doña Cristina Fernández que, en un arranque de sensibilidad política, concedió de un plumazo el grado de “generala” a la heroína de la independencia Juana Azurduy de Padilla, y para dar realce a su tremenda decisión de estadista decidió erigirle una estatua en el lugar donde antes reposaba la de Colón, dando de esta manera una patada a la historia y a la colectividad italiana que había obsequiado el monumento a la ciudad. Por si a algún gaucho le diera un ataque de chauvinismo, ya salió un avispado historiador a aclarar que Azurduy es tan argentina como Martin Fierro ya que ella había nacido en territorio que pertenecía al virreinato de La Plata. Y yo tan ignorante de mis orígenes platudos, ¿o se dice argentos? 

Ante tal ejemplo de patriotismo, se cree que en Nueva York hay mucha gente con las ganas de echar abajo a la estatua de la Libertad por ser francesa y poner en su lugar una de un gigantesco jugador de beisbol en pleno bateo, justamente para competir en gracia con la recién estrenada de la presidenta que, de acuerdo a fuentes oficiales, mide 9 metros y pesa 25 toneladas siendo la más grande de bronce construida en Argentina para orgullo de los herreros locales. Pero la sensibilidad artística no había sido por cuenta de doña Cristina, sino de su colega Evo Morales, quien no sólo hace regates al balón, canturrea a ministras y otras altas funciones de Estado sino que también es el gran inspirador para que el Miguel Ángel argentino haya sabido plasmar el sentido de “movilidad” que le pidió Su Excelencia. De ahí que la guerrillera esté en posición de ataque, más fiera que un samurái, y con el sable en la mano izquierda para que todo sea bien revolucionario. La wawa cargada con aguayo a la espalda conjeturamos que será para reforzar su sentido maternal y corajudo. El rostro con los rasgos indígenas nada tiene que ver con la efigie que yo conservaba de unos billetes antiguos. Y como ilustre colofón: “un proyecto en la cabeza” que según el esforzado escultor emana de ese semblante constreñido. Una vez más, otra libre interpretación de la historia a conveniencia del discurso, a semejanza del finado Chávez y su Bolívar indigenizado.  

Esperen que ahí no termina el esperpento. Según sabias instrucciones de S. E., el pedestal tenía que estar rematado con motivos tiahuanacotas entre sus mosaicos, para que sepan que Juana Azurduy pertenecía a su estirpe, la misma que viene reinando hace cinco mil quinientos años y fracción en las pampas gélidas de Sudamérica. Que se quede quieto el general Belgrano en su mausoleo descuidado, ya que la presidenta no está para homenajear a machos patriotas, amén de que parece haber dejado de considerarse la nueva Evita para adoptar el papel más heroico de Juana Azurduy: abnegada madre, viuda sufrida y valerosa guerrillera. De otro modo no se entiende tanto afán personal, con polémica incluida, para llevar la figura de Azurduy a pasos de la Casa Rosada, precisamente en el sitio del navegante genovés y, lógicamente, despertar la ira de muchos porteños. ¿Motivo descolonizador? ¿revalorizar personajes? ¿ignorancia? ¿provocación? ¿”otro golazo del presidente Evo”, en canchas argentinas, para variar? ¿o simple espejo histórico en el que mirarse?

En Bolivia, casi nadie sabía de tales pormenores hasta que Morales confesó algo avergonzado que la hermana Cristina se nos había adelantado al mandar construir la estatua y que él iba de invitado a la inauguración. Todo parecía indicar que era pura iniciativa del gobierno kirchnerista. Ya empezaba a sentir compasión hacia nuestros cultos vecinos por semejante bodrio que se tenían que tragar. Pero ahí se me murieron las ganas de despanzurrarme de risa: el encargo lo había costeado enteramente el gobierno boliviano. Un millón de dólares desperdiciados por otra estupidez sin uso ni beneficio. Un verdadero insulto a la memoria de una valerosa mujer que murió en la miseria absoluta, como tantos otros personajes de la lucha emancipatoria. No por erigir moles de mal gusto los vamos a recordar más y mejor. ¿o sí?

Como anteriormente decía, en Bolivia cada dólar cuenta y, no por nada, hace doce días que la ciudad de Potosí permanece bloqueada por un paro cívico a consecuencia de los incumplimientos del gobierno central. Piden entre otras cosas, un hospital y un aeropuerto, además de una fábrica de cemento largamente prometidos. El caudillo, pareció reírse en las demandas potosinas y, fiel a su estilo, huyó a toda prisa del problema, con la excusa de la invitación de su colega argentina y otras importantísimas misiones como llevar el mensaje del mar hasta los confines del planeta. Se lo vio feliz al lado de Cristina, aparentemente ajenos al drama potosino (escasean los alimentos y los enfermos son trasladados en carretilla a centros médicos porque no pasa ni una mosca por las barricadas) y a la suerte de setenta turistas argentinos que yacen varados en sus alojamientos sin poder salir de la ciudad. Los cívicos, se han atrincherado y exigen que únicamente negociarán con el caudillo. Hasta el pobre Vice se ha sentido “discriminado” por los soberbios dirigentes, confesó compungido. Entretanto, S. E. se sabe que anda por Brasil atendiendo intensas labores de incalculable valor para toda la nación.

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De EL PERRO ROJO, blog del autor, 18/07/2015

Imagen: Monumento a Juana Azurduy, Buenos Aires

Saturday, July 18, 2015

17 de julio


Paul Tellería


Era niño, tenía miedo y me acuerdo. Mi madre y mi abuela me consolaban, mi madre temía por mi padre y me acuerdo. Yo consolaba a mi hermana que lloraba y me acuerdo. Poníamos colchones en las ventanas y dormíamos en el suelo, para evitar que alguna bala perdida del fuego cruzado entre cadetes del COLMIL y soldados del Estado Mayor rompiera los vidrios de mi casa y nos partiera la cabeza, como que al día siguiente agarramos algunas. Era el 17 de julio de 1980 y me acuerdo, ese miedo vuelve cada año, como memoria de un pasado que nunca debió haber sido. Era niño y muchos de los que leen ni habían nacido, pero todo vuelve clarito a mi memoria. Vuelve también ese 15 de enero de 1981, yo estaba en el cine con mi abuela y escuchaba sirenas de ambulancia, ella sabía que significaban y solo me consolaba, cuando la gente en la calle gritaba "Ha pasado algo feo en la Harrington". Habían matado a Luis Suarez, padre de mi amigo Hugo José Suárez, y abuelo de la amiga de mi hija. Yo no entendía, mi abuela me consolaba y tenía miedo y algo pequeño parecido al odio empezada a crecer en mi pecho. Recuerdo que los días siguientes al golpe de García Meza, tenía una rara curiosidad infantil y le pedía a mi abuela que me llevara a la UMSA intervenida para subirme a las tanquetas que escoltaban la puerta. Niño jugando jueguitos de guerra, mientras mi padre, docente de la UMSA, jugaba juegos de grandes y por suerte está acá para contarlo. Otros no lo pueden contar. Lo recuerdo escondido en alguna maletera y llegando a casa en la mañana, lo veo gritando ¡Mierda han matado a Marcelo! Mi nombre está en la lista decía, mi mamá no pasará nada decía y yo tenía miedo. Hoy 35 años después recuerdo y no quiero que nunca otro niño tiemble de miedo soñando con balas o que acompañe a su madre a la morgue a ver si su padre está muerto. Quisiera decir que hoy el miedo se ha marchado pero a veces vuelve, cuando escucho de apremios ilegales, de afanes de grandeza en el poder de turno (porque es de turno aunque no quieran), cuando todavía hay operativos para amedrentar al que piensa diferente, vuelve el miedo. En este 17 de julio se perdona pero no se olvida... Como decía Benedetti:


Llora nomas botija
son macanas
que los hombres no lloran
aquí lloramos todos.
Gritamos, berreamos, moqueamos, chillamos, maldecimos
porque es mejor llorar que traicionar
porque es mejor llorar que traicionarse.
Llorá
pero no olvides.

Mi pequeña Dublín

Jorge Muzam

Durante las horas de sol naciente suelo sertirme como un poderoso dios griego, rencoroso y pendenciero, que aceita arcabuces y prepara meriendas con nabos mientras dialoga de igual a igual con Melville. La creatividad chisporrotea como un leño de eucalipto. 

Luego, cuando el sol no alarga las sombras, todo parece real y la imaginación se siente avergonzada, desnuda e inútil. 

Empieza otra tarde. Es un sábado sin fiebre, sin viento, con albaricoques florecidos estáticos y abejorros indiferentes. San Carlos huele a humo de hualle. San Carlos fue el Dublín de mi adolescencia, una ciudad que amé y aborrecí con la misma fuerza. Hasta ahora las calles no se han acordado de mí ni yo he querido acordarme de ellas. Ya vendrán tiempos de reconciliación. 

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De CUADERNOS DE LA IRA

Imagen: Ljubodrag Andric  

La figura del “Capo” y el imaginario cultural mexicano


Fabián Acosta Rico


El fabricante de reinas de belleza, Donald Trump, no tardó en vociferar en Twitter un muy autocomplaciente: “¡Se los dije¡”, con dedicatoria a México y reenvío a Joaquín Guzmán Loera, “El Chapo”. En chismes de Internet corre el rumor que el “Capo de tutti capi” ya se la tenía sentenciada a Trump. En una dudosa (yo diría que apócrifa) cuenta abierta por el jefe del cartel de Sinaloa, éste explaya su musa poética en una frase que recuerda a los mejores guiones de los Hermanos Almada: “Sigue chingando y voy hacer que te tragues todas tus putas palabras pinche güero cagaleche@realDonaldTrump” (el altisonante que cierra la frase me suena muy españolado, cero mexicano).

¿Tan mal estamos? Sólo esto nos faltaba, que el “Chapo” Guzmán (y no el Santo o Chapulín Colorado) salga en defensa de México como todo un “Cheno Cortina” y ponga en su lugar al republicano más amado por el Ku Klux Klan. No debería extrañarnos. Desde hace décadas los capos del narcotráfico, los sicarios, el corrido de Camelia la Tejana y el culto a la Santa Muerte forman parte del imaginario cultural mexicano: qué respetable lector de la revista Proceso o de la extinta revista Impacto no recuerda la promesa de Caro Quintero de pagar la deuda de México. Algunos abuelos cuentan de memoria la captura de Quintero en Costa Rica, en donde, como al “Tigre de Álica”, lo encontraron en brazos de una respetable señorita de sociedad, sobrina de Cosío Vidaurri. La historia da para una trama de novela al estilo “Sin tetas no hay paraíso” o “La reina del Sur”.

No menos carismático fue Nazario Moreno “el Chayo”, quien sorprendió a la prensa y dio tema a los blogueros con sus cuasi mesiánicas memorias “Me dicen el más loco” (ni José Vasconcelos en el “Ulises Criollo” es tan ególatra y autorreferencial) y qué decir de sus excentricidades místico-medievales que inspiraron a Melissa Plancarte, la “Barbi”, “la Princesa de la Banda” (hija del Kike) a posar de sexy templaria. Y para cerrar, ni Guillermo del Toro o Alfonso Cuarón le llegan como director (de documentales de denuncia) a Servando Gómez la “Tuta”.

La fuga del Chapo merece una película que éste a la altura de “Escape de Alcatraz” (1979). Lo que de momento me queda claro es que el pobre de Gru se va a quedar sin asistente, porque sin duda los Minions irán en búsqueda del más grande de todos los villanos, que por cierto se mudó, por un túnel de kilómetro y medio, del penal de máxima seguridad del Altiplano.

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De CRONICA JALISCO, 15/07/2015

Imagen: Alexsandro Palombo

Wednesday, July 15, 2015

En el Hotel California no hay siquiera un cuadro de Los Eagles

Juan Mascardi

Cuando el señor Wong llegó a Todos Santos aún no se había inventado el hielo. El chino tenía entre sus maletas el diseño silencioso de un pasado propio que lo ayudaba a no sentirse tan extraño en ese oasis en medio del desierto, en el pueblo peninsular anclado entre las rocas y el océano Pacífico. Y quién sabe en qué momento se le ocurrió levantar un hotel, construir la primera gasolinera e importar el hielo hasta la nada misma. Ese será su secreto. El secreto del Hotel California es tan encriptado como el pasado del señor Wong, el oriental que se autodenominó Antonio Tabasco. Un chino empecinado en querer ser más mexicano que los mexicanos.
El brazo descarnado de la patria mexicana es ajeno al macizo continental. Los sudcalifornianos no son isleños pero padecen un castigo mayor: un abandono añejo de 1.600 kilómetros del país bodoque donde se cuecen las decisiones y las operaciones políticas. Para acceder a La Paz, la capital del Estado de Baja California Sur, es necesario navegar en el Mar de Cortés durante medio día o acceder por vía aérea.
Yo miro desde arriba las montañas y el mar esmerilado con toques turquesas, el acuario del mundo según Jacques Cousteau. Las construcciones son rectangulares y cuadradas, avenidas anchas y calles que no conducen a ninguna parte. La ciudad parece diseñada por un niño que juega con ladrillitos. La Paz pretende marcar presencia con la dureza del cemento y con una modernidad importada desde el norte. Trazar hoy el mismo recorrido del asiático tras los pasos de la canción de los Eagles es una farsa.
Caminar por el Malecón de La Paz a las doce del mediodía es invocar a la soledad. El paseo es monotemático, todas las estatuas aluden al mar: delfines, sirenas, tiburones, pescadores y hasta el mismísimo Cousteau. Encuentro un perro bajo un arbusto pequeño escondiéndose del sol, lo voy a fotografiar, el perro me mira, se vuelve a echar y se duerme.
Frente al Malecón está la estación de buses. Compro un boleto con destino a Todos Santos. La autovía rápida solo permite ver cómo pasan a 100 kilómetros por hora los cactus en los laterales. Nada queda del camino hostil, del paso obligado por el paraje que une La Paz con Los Cabos. El hiperturismo sajón plagado de Baby Boomers retirados con jubilación de privilegio es la invasión posmoderna que soportan los todosanteños. Lo que no se conquista se compra.
La fiebre del oro arrastró al chino Wong junto a miles de aventureros franceses, alemanes, italianos e ingleses hasta el sur de la península de California. La década del 20 comenzaba con una promesa en decadencia atada al brillo del metal reinventando la misma ambición de la colonización española.
La tradición bélica de los habitantes de Todos Santos aún estaba latente ante los constantes embates de conquista de los Estados Unidos y de algún que otro ataque de corsarios chilenos. Esos pueblerinos montañeses que se enteraban de las noticias del continente dos años después de cada acontecimiento estaban preparados para resistir el hostigamiento de los invasores. Pero los todosanteños esbozaron un antídoto para contrarrestar el padecimiento: la broma espontánea. A cada habitante del paraje le inventaban un apodo en un santiamén. Y siempre fueron más crueles con los foráneos.
El apodo instantáneo es respetado por el colectivo como si fuera la renovación de un bautismo pagano. Juegos de palabras, comparaciones, antagonismos o chistes situacionales son algunos ejemplos de la amplia gama del humor peninsular. ‘El torpedo’ fue un borracho muy muy torpe. A un arquitecto chaparrito, muy petiso, que llegó al pueblo le apodaron ‘El cortito’. Un señor obeso con cuello muy grueso y seis pliegues de gordura lo llamaron ‘El siete nucas’. Aunque otros sobrenombres partían de su asombro, como el que le pusieron a un maestro que regresó a trabajar a su pueblo natal en la década del 60 después de haber vivido en ciudades de clima frío.
El maestro, por las mañanas, usaba bufanda, una prenda casi desconocida en el desierto. Como muchos pobladores pensaban que era una toalla pequeña lo bautizaron ‘El entoallado’. ‘El manos de tortilla de harina’ fue otro maestro, pero este padecía vitíligo, la enfermedad degenerativa de la piel a causa de la muerte de las células responsables de la pigmentación. Con Wong no fueron originales, él sólo fue ‘El Chino’.
Dos horas de viaje desde La Paz hasta Todos Santos sobre el Trópico de Cáncer. El Pacífico está a tres kilómetros. La vegetación cambia, se hace más tupida y la temperatura baja, son tres grados menos a causa de una brisa que llega desde la costa. El Hotel California está a dos cuadras de la terminal. Llego veinte años antes, pienso, cuando veo a Debbie Stewart, la hermosa canadiense propietaria de hotel boutique. Ella está rodeada de revistas de moda mientras desliza su índice en un iPad.
Me presento como «periodista argentino que quiere contar algo de la historia del hotel y sus mitos». Le doy la mano. Me sonríe y con la boca feliz atropellando el castellano me sugiere que hable con Monserrat, una mexicana corpulenta que está en la recepción. «Ella te va a llevar a recorrer el hotel», me dice la mujer de mis sueños para mis 60.
Hay una sola pregunta que quiero hacer: ¿The Eagles se hospedaron aquí para componer esa canción alucinógena de fantasmas, campanas y desiertos? Pero un reportero no debe ser tan bruto, tan explícito, nosotros no hacemos pornoperiodismo. Entonces me dedico a escuchar. Que el hotel tiene 16 habitaciones, que la pieza número 13 no existe, que lo construyó un tal Antonio Tabasco, que se inauguró en 1950 luego de tres intensos años de trabajo, que originalmente funcionaba en la planta baja un almacén de ramos generales que se llamó La Popular; mientras, entramos en la habitación número 5 en el primer piso del hotel, el sitio donde Tabasco tenía su oficina. La suite tiene dos pisos. Por lo bajo, un modesto escritorio. En el piso superior hay una cama de dos plazas cubierta con una colcha blanca, el mismo color para un atrapasueños gigante que cuelga del techo color ladrillo. Frente a la escalera hay un cuadro de una mujer sin nombre en blanco y negro. Tomo varias fotos, presumo que esa será la única habitación que voy a conocer.
–¿Monserrat, puedo grabar la entrevista?
–Prefiero que no la grabe. Lo que tengo para contar ya lo dije.
–¿Qué hay de cierto que la canción Hotel California está inspirada en este lugar?
Ahora estamos en una pequeña terraza de la suite. Monserrat, la joven que hace doce años que trabaja con la bella mujer canadiense, no quiere que su voz quede registrada. Desde allí se divisa la cúpula de la iglesia Misión del Pilar. Ella tampoco desea hablar de los espectros y de los ruidos extraños que azotan por las noches aunque confiesa que hace algún tiempo un hombre se presentó como ex trabajador del hotel y le habló de un crimen que conmovió al pueblo. Ese podría ser el motivo de la aparición de un alma en pena. Miramos a la iglesia y responde: «No hay registro oficial para saber si ellos estuvieron alguna vez en el hotel. Pero son muchas las similitudes que hay entre la letra de la canción con la geografía del lugar, el desierto, la ruta y las campanadas de la misión». Las palabras de la recepcionista son solo conjeturas. Yo regreso a La Paz con más dudas que certezas.
Jesús Chavez Jiménez es un periodista que se considera un eterno aprendiz. De niño se especializó en la táctica y estrategia de vender diarios en la calle mientras escribía breves crónicas a mano siendo un corresponsal prematuro de El Sudcaliforniano, el diario con mayor trayectoria en la península, hasta llegar a ser muchos años después su director.
Pauto un encuentro con él y dos conocedores de historias de la región: el periodista Jorge Romero Zumaya y el psicólogo Alejandrino de la Rosa Hirales. El Cayuco es el sitio de la reunión, un restorán de mariscos. Mientras comemos abulones, camarones y pulpos los relatos trascienden la cronología del hotel. La duda eterna de saber si la canción que le valió a The Eagles el premio al Mejor Disco del Año en el Grammy de 1977 y de ocupar el puesto 37 en la lista de los 500 mejores discos de todos los tiempos según la revista Rolling Stone lleva al trío de la sabiduría a indagar en lo profundo de la historia.
«Hay algo curioso que es innegable. En California, Estados Unidos, no hay ningún hotel que se llame Hotel California», afirma Jesús. «No necesariamente tienes que estar en el lugar para escribir sobre él», agrega el psicólogo. Y reafirma su tesis con un ejemplo: «El cantante mexicano Agustín Lara escribió la canciónGranada sin haber conocido Granada. La canción se transformó en un himno. Si escuchas una historia y luego la mezclas con tu psicodelia puedes hacer una amalgama. Y eso puede haber ocurrido con la canción del hotel». Alejandrino marca el ritmo con el tenedor y entona:
Granada,tierra ensangrentada
en tardes de toros.
mujer que conserva el embrujo
de los ojos moros…
Chavez Jiménez interrumpe el cántico. Se remonta al 1700 y a los viajes de las misiones de los jesuitas. Cita la obra del Padre Miguel Del Barco: Historia natural y crónica de la antigua California. El misionero, a partir de los reportes de su gente, redactó 16 tomos abordando la flora, la fauna. Describe también detalles como las características del pez rodaballo y cita a la damiana, una planta típica que se puede beber como té o licor y es afrodisíaca. Jesús, el reportero, reafirma la hipótesis de Alejandrino, se puede describir un lugar sin conocerlo en profundidad. El jesuita fue una especie de cronista por correspondencia. The Eagles pueden haber compuesto la canción sin haber estado jamás en este peñón ajeno al continente.
«Para entender la historia del lugar debes leer a Fernando Jordán Juárez. La revista Impacto lo envió a Baja California en la década del 50 y él se quedó a vivir aquí y aquí se suicidó», me sugiere el periodista Jorge Romero Zumaya. Jordán Juárez es reconocido como el primer cronista del siglo XX que narró el devenir de la península a la que denominó ‘El Otro México’. Varios años antes de que Jordán escribiera su obra y de que ‘El Chino’ comprara el terreno en Todos Santos para transformarlo en un moderno centro comercial con hotel, tienda y gasolinera, Tabasco conoció a su futura esposa en el antiguo pueblo minero de El Triunfo. Una joven mujer analfabeta oriunda de un paraje que hoy existe en la cartografía gracias a Google Maps y que –según el buscador– solo tiene dos habitantes: Rancho Boca del Saucito.
La adolescente Trinidad Castillo Ruiz había quedado huérfana y vivía junto a sus tías en El Triunfo mientras la temperatura de la fiebre del oro se iba enfriando. Como la mujer de 16 no sabía leer ni escribir las tías comenzaron a enviarle cartas al oriental en su nombre. De ese intercambio epistolar triangulado nació un amor que duró hasta 1974 cuando Tabasco murió. ‘El Chino’ fue a buscar oro y se encontró una esposa.
«Mi papá era apático, es que era chino. Con mis hermanas pensábamos que cuando él estuviera viejito nos va a platicar sobre su familia, cómo vivió, cómo llegó aquí. Pero en media hora se murió y no platicó nada. Él hablaba muy bien el inglés, pero no pronunciaba bien el español. A mí me decía Oga, no podía decir Olga».
–Olga, usted no tiene rasgos asiáticos.
–Yo no, pero mi hermana mayor sí. Se llama Carmen y tiene 81 años.
A las 8 de la noche Todos Santos quedaba a oscuras. Solo en la tienda La Popular la electricidad extendía el jolgorio dos horas más. La pequeña Olga tenía seis años y acompañaba a su padre a la oficina para escuchar los resultados de la lotería mientras él revisaba la correspondencia. La tienda fue el epicentro del pueblo durante más de dos décadas, durante los años donde los rancheros que bajaban de las montañas se espantaban con el invento del hielo. Jamás habían probado la cerveza Pacífico bien helada. Olga Tabasco, una de las siete hijas del matrimonio fundador del hotel, es la pieza clave en este viaje de acordes sin rumbo, donde los actores que aún viven pugnan contra el olvido.
–¡Véngase a complal a La Popular! ¡Flijoles y celveza flía!
Micrófono en mano, el chino también inventó una especie de radio parlante. Pero si Tabasco hablaba hacia el afuera, quien mantenía la tensión dramática puertas adentro era su madre. Trinidad, durante la noche, narraba «espantos» y algunas de las historias ocurrían en el mismo escenario en donde estaban. A Olga no le gusta mentir por eso relata una sola experiencia sobrenatural que ella vivió, las canicas que caían desde las escaleras cuando el hotel estaba a oscuras.
«Mi madre contaba que se oía en la escalera del hotel el ruido de una canica cayendo. Pasaron los años, y yo ya de 15 iba subiendo las escaleras del hotel y las escuché. Pero no grité ni nada, porque me iban a descubrir». Olga iba a oscuras a visitar a un torero que se alojaba en el hotel, Heber Alarcón López, quien luego fuera su esposo. El casamiento entre Olga y el torero tuvo una matriz escandalosa. Cuando Tabasco descubrió el amorío los increpó. El Chino tenía la costumbre de usar un silbato para llamar a la policía. «Lo voy a denuncial y a ti te voy a encelal con un candad».
«¡Que se lo lleven a la cárcel y que me encierren! Pero el día que salga me voy a ir con él y nunca más me van a volver a ver», contestó Olga a su padre. «Deja que se vaya, pero que se vaya casada», dijo la madre. El episodio ocurrió a la madrugada y a la 1 de la tarde del otro día se casaron. Heber y Olga se conocieron un 12 de octubre y un 4 de diciembre se casaron, matrimonio que duró 51 años hasta la muerte de Heber, el torero que luego fue peluquero y que bautizó Ole a su negocio.
–¿Olga, qué piensa de la canción Hotel California?
–La letra no me ha llamado la atención. Ni el CD tengo. Nunca lo he tenido
–¿Es cierto que cantantes famosos llegaban al hotel?
–Recuerdo que se hospedó Fernando Fernández, el de acá, de Guanajuato. Y también José Alfredo Jiménez.
–¿Se acuerda de algún gringo?
–Yo tuve el libro de registros del hotel, pero tontamente me deshice de él.
Olga saca un álbum con fotos y recortes que su esposo el torero coleccionaba. Hay algunas que son antiquísimas: Tabasco, cuando aún era el señor Wong; Carmen de bebé –la primera hija del matrimonio– y sobre el final de la improvisada carpeta de cartulina verde hay una copia de un fax. El fax está firmando por el mismísimo Don Henley, el líder de la banda estadounidense, dirigido a Joe Cummings, un escritor gurú con casi cuarenta libros publicados sobre destinos turísticos. Es que Joe, luego de alojarse en el hotel, tuvo la misma incógnita. Una vez en Estados Unidos le escribió a la banda. La respuesta fue inmediata.
«Ni yo ni nadie de los Eagles nunca hemos tenido cualquier forma de asociación, ya sea por negocios o por placer con el Hotel California de Todos Santos». La negativa es contundente a pesar de las similitudes entre la letra, el espíritu y la perfecta descripción del espacio creado por el El Chino Tabasco. El fax puede ser el comienzo del final de un mito que se repite a voces entre los vecinos sudcalifornianos. O puede ser el final de una crónica que quisiera escribir algún día: la historia de un viaje en un oscuro camino del desierto, donde el viento golpee en mi cabeza, las luces trémulas, las campanas de la misión y las presencias indescifrables me digan: «Bienvenido al Hotel California, un lugar tan adorable del que nunca puedes irte».
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De PERIODISMO NARRATIVO, 15/07/2015