Tuesday, September 27, 2016

Confesiones de una dama de compañía

OSVALDO BAIGORRIA

La visita del amante es lo más delicioso que hay en el mundo”, escribió Sei Shonagon (968-1025 d.C.), asistente de la emperatriz Sadako, en su diario. Pero ese visitante podría llegar a avergonzarla, como aquella vez en que el Capitán Medio de la División de los Guardias de la Izquierda se quedó a dormir en casa de la escritora sobre una estera de paja en la cual ella había dejado olvidado su cuaderno personal. Al levantarse por la mañana, el oficial lo sustrajo y así habría comenzado a circular lo que pronto sería conocido como El libro de la almohada, según relata la última anécdota de este clásico de la literatura japonesa, tal vez como guiño de autoficción para dar a entender que la autora no quería difundir sus confesiones.

“Sei Shonagon” fue el apodo de una mujer de no más de 30 años que trabajó como dama de compañía de una casi adolescente emperatriz en la década del 990, y “Shonagon” era el término que designaba su cargo en la corte como ayudante de menor rango, según la traductora Amalia Sato. La descripción de su rival literaria Murasaki Shikibu, autora del otro clásico en la misma época, El romance de Menji, coincide con la imagen que uno puede hacerse al leer este diario: culta, frívola, altiva o engreída, Sei Shonagon fue la creadora de un género híbrido que incluye ensayos digresivos, microrrelatos, catálogos, impresiones, argumentos y pautas de conducta que oscilan entre el pudor y el disparate.

Por ejemplo: detestable será quien se desee salud a sí mismo después de estornudar y grato será todo lo que llora de noche, excepto los bebés. Los niños y todos los hombres exitosos deberán ser regordetes, pues si son delgados se sospechará que tienen mal carácter. Raro es que un sirviente no hable mal de su amo. Vergonzoso es el corazón del hombre que cuando está con una mujer con quien se aburre no le demuestra su disgusto, sino que le hace creer que puede contar con él. Encantadora será “cualquier cosa, si es diminuta” y odiosa esa situación en la que “he cometido la locura de invitar a un hombre a pasar la noche en un lugar poco conveniente, y comienza a roncar”. Además, se sabe que “extrañas son las emociones de los hombres y extravagantes sus conductas: a veces un hombre abandona a una mujer bonita para casarse con una fea”.

Las listas de cosas inapropiadas, deprimentes, raras, sórdidas, encantadoras, desagradables, etc., son marcas de una originalidad y una capacidad de opinar que parecen atípicas en una japonesa del siglo X. Irónica, ociosa dentro de esa corte en la cual las mujeres debían tener muchas horas libres, Sei Shonagon muestra un notable grado de emancipación no a pesar de las reglas del palacio ni por disidencia o desobediencia, sino a través de una absoluta aceptación de esas estructuras inamovibles. En principio, se planta ante los varones como pares e incluso como subalternos intelectuales. Odia el espectáculo de los borrachos que gritan, a quien sin ningún encanto especial discurre sobre distintos temas como si lo supiera todo, al que la interrumpe cuando ella está contando una historia para agregar un detalle casual. Critica a aquellos que consideran frívolas a las cortesanas. Defiende la soltura con la que éstas miran a los ojos sin diferencia de rango y su derecho a no quedarse escondidas detrás de biombos y abanicos. También confiesa sentir desprecio por las amas de casa que sirven fielmente a sus maridos toda la vida, e imagina que si pudieran vivir un tiempo como damas de servicio en la corte conocerían otras delicias.

En El libro de la almohada también hay tormentas de nieve, cielos de luna llena, escenas de amor y llanto entre pájaros, pero destacan las anécdotas de infidelidad y seducción en la corte. El decoro indica que un buen amante deberá comportarse con elegancia tanto en la oscuridad como a la luz. Tendrá que demorar su partida, vistiéndose con lentitud, como si no quisiera que la noche acabase nunca. Luego emprenderá su regreso en la madrugada para escribir el poema de despedida que exige la etiqueta y enviárselo a ella antes de que el rocío se desvanezca sobre las enredaderas. Aunque esté somnoliento, escribirá sin prisa, evitando dar pinceladas desprolijas en esa caligrafía japonesa de líneas suaves. Ella esperará hasta el amanecer, sabiendo que una de las cosas más molestas es enviar un mensaje o respuesta a alguien y, luego de que el mensajero ha partido, encontrar un par de palabras para corregir.

Sei Shonagon habría muerto anciana y en la pobreza, como corresponde a su leyenda, luego de haber servido muchos años a la emperatriz. Tras haber relatado cómo perdió su diario en aquella visita inapropiada de un capitán, hay sobre el final del libro un epílogo que, se especula, pudo haber sido escrito por un copista póstumo para ordenar los fragmentos. Allí se dice que la autora escribió pensando que no iba ser leída por nadie, para su propio entretenimiento. Hay cierta burla a esas personas que hablan bien de lo que detestan y critican lo que les gusta. La legendaria autora les dice, simplemente: “Lamento que hayan leído mi libro”. 

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De PERFIL, 03/09/2016

Saturday, September 24, 2016

El genocidio de indígenas en el sur de Chile que la historia oficial intentó ocultar

HÉCTOR COSSIO Y TATIANA OLIVEROS

El año pasado el historiador español José Luis Alonso Marchante encontró en la Biblioteca Nacional de España el texto original de Treinta años en Tierra del Fuego, del misionero salesiano, gran naturalista y expedicionario Alberto de Agostini. Con este libro en sus manos, el historiador comprobó que en las actuales reediciones del texto, incluida la realizada el 2013, faltaban párrafos y no cualquiera. En los textos censurados, el misionero era implacable: la extinción del pueblo selk'nam en la Patagonia chilena y argentina no fue obra de su "ignorante glotonería", "guerra entre tribus" o producto de su "miserable contextura física", como dictó durante muchos años la historia oficial, sino que producto del exterminio y la cacería, ordenada por un solo hombre: José Menéndez, el gran latifundista del extremo sur de Chile.

"Exploradores, estancieros y soldados no tuvieron escrúpulos en descargar sus mauser contra los infelices indios, como si se tratase de fieras o piezas de caza", reza uno de los párrafos censurados (De Agostini, 1929: 244).

Este hallazgo junto a otros importantes testimonios se encuentran contenidos en el libro Menéndez. Rey de la Patagonia (Editorial Catalonia), recientemente lanzado en Chile y que, según historiadores expertos en La Patagonia, como Osvaldo Bayer, vendría siendo "el libro definitivo sobre la verdad ocurrida en el sur chileno y argentino".

"Hubo dos cosas que me impactaron en la investigación: el genocidio de todo un pueblo (los selk'nam) en pleno Siglo XX y la trágica suerte de los obreros (también masacrados) que trabajan en esas estancias", dice Alonso Marchante, casi al comienzo de la conversación con Cultura + Ciudad, en la que explica sin eufemismos la naturaleza de la responsabilidad criminal de quien fuera también el abuelo de Enrique Campos Menéndez, el escritor favorito de Pinochet y redactor de los bandos militares del Golpe.

La censura
La censura en el texto de De Agostini, explica Alonso Marchante, fue más bien una autocensura que el religioso aplicó a sus libros luego que la Congregación fuera presionada por el poder de Menéndez para cambiar la historia y exculpar de la masacre al más grande latifundista del sur de Chile, quien acumulara una de las más grandes fortunas de América Latina con el comercio lanero.

"Los primeros salesianos no negaban las matanzas, los primeros, como Faganno y De Agostini, fueron gente que estuvieron en el terreno, que levantaron las misiones de la nada, y en sus diarios publicaban cómo se estaban exterminando a los indígenas. Ocurre que después hubo un cambio en la historiografía de los salesianos. Los que vienen después ya están sometidos al poder económico de los Menéndez, entonces ahí se reescribe la historia de la colonización, y ahí sostienen que los indios simplemente desaparecen sin que mediaran los estancieros", explica Alonso.

La motivación por investigar el papel de Menéndez y de sus descendientes en Chile nació casi por casualidad. Un día –cuenta– paseando por el Museo Asturiano en Buenos Aires, encontró un busto de José Ménendez. Nunca había escuchado una palabra de él, pese a que el historiador también es asturiano. En su región natal, Alonso no encontró calle que llevara su nombre, pero sí una escuela –fundada a comienzos del siglo pasado–, que era la forma que tenían los "indianos" (como se conoce a los colonos europeos que viajaron a América) de retribuir a su patria la fortuna alcanzada en sus aventuras.

"Se construyeron más de 350 escuelas en Asturias, en las primeras décadas del siglo XX, y entre ellas está la de José Menéndez en Miranda y que lleva su nombre",  cuenta Alonso, remarcando así el punto de partida de una historia marcada por la fortuna, la crueldad y la mentira.

El imperio Menéndez
En la Región de Magallanes, específicamente en Punta Arenas, las mansiones de la familia Menéndez se conservan en forma de museos, dando cuenta –a través de su fastuosidad– de la época dorada de la región magallánica.

En el libro se explica que Menéndez, tras una breve estancia en Cuba, llega a nuestro país en 1868. Al poco tiempo recibe miles de hectáreas como beneficio del gobierno chileno por la colonización en el sur. La idea era traer el desarrollo económico a la zona y establecer reservas indígenas. En esos años Mauricio Braun, otro inmigrante, también había recibido miles de hectáreas, lo mismo que Julius Popper en Argentina.

Alonso Marchante cuenta que, como parte de una gran inversión, las familias Menéndez y Braun se unen a través del matrimonio de sus hijos, y las tierras de Popper, tras una extraña muerte por presunto envenenamiento, son cedidas a Menéndez, convirtiéndose este último en el dueño y señor de toda la Patagonia chilena y argentina a través de la Sociedad Explotadora Tierra del Fuego.

El imperio económico, que llegó a sumar bancos y navieras, tuvo su origen el comercio de lana de oveja, que vendían a Inglaterra a cambio de libras esterlinas. En la inserción de las ovejas  en la zona y consecuente desplazamiento del guanaco, animal que poblaba esas zonas, se encuentra –según el libro– el origen de una de las matanzas más grandes de indígenas y que contó con todo el poder editorial de esos años para tapar el genocidio.

El exterminio de los selk'nam
"A medida que comenzó a avanzar la frontera ovina, porque toda la riqueza de las dinastías económicas se sustentaba en el ganado de lana", cuenta el historiador, "comenzaron a requerirse cada vez más tierras para terminar instalándose en el territorio selk'nam".

Al instalarse en la zona, se divide el terreno mediante alambradas, y el guanaco –principal sustento alimenticio y de abrigo de los onas– se ve arrinconado hacia tierras más altas.

"Una vez que el guanaco desaparece los Selk'nam empiezan a pasar hambre. Cuando se dan cuenta de la aparición de las ovejas empiezan a alimentarse de este animal y lo entienden como algo absolutamente natural, no saben muy bien cómo han aparecido esas ovejas ahí, ni conocían el concepto de propiedad", explica el historiador.

"Cuando los Selk'nam empiezan a atacar a las ovejas, José Menéndez da la orden de acabar con ellos. Lo hacen primero disparándoles directamente para exterminarlos, y con las mujeres y niños se produce una cacería. Los van cazando para después ofrecerlos en plazas públicas", cuenta Alonso, quien precisa que todo esto es muy posterior a la exhibición de indígenas como piezas de circo, en lo que se llamó "zoológicos humanos".

La familia Menéndez, especialmente José Menéndez –remarca el historiador–, fueron los instigadores de la matanza. "José Menéndez puso como capataz y como administrador de su estancia a un escocés de nombre Alexander Mc Lennan (El chancho colorado), quien fue el mayor matador de indígenas y reconocido por él mismo. Él recibía órdenes directas de José Menéndez, era su empleado".

En el libro se sostiene que por cada indígena muerto, Menéndez pagaba una libra esterlina, de modo que en la fortuna que alcanzó a tener este escocés podría incluso calcularse la cantidad de indígenas asesinados y que, de acuerdo a las versiones de otros historiadores, podría estimarse en varios cientos, si no miles.

"Cuando se retiró Mc Lennan, José Menéndez le regaló un carísimo reloj en agradecimiento por todos esos servicios", relata.

La historia oficial
"Logré contactarme con un bisnieto de Alexander Mc Lennan, quien me decía que no se puede decir que esté bien matar indios, pero que, gracias a lo que hizo su abuelo y José Menéndez, hoy no hay indígenas en la Tierra del Fuego, así que no hay problemas. Y eso me lo dicen en pleno 2014", recuerda con asombro el historiador.

Durante muchos años, la historia oficial que se contó tuvo como propósito ocultar los crímenes, que fueron incluso celebrados como deporte.

En 1971, el historiador y descendiente del clan, Armando Braun Menéndez, portavoz de los estancieros, señala que como causa de muerte de los indígenas estaban sus hábitos alimenticios. "Era frecuente observar al lado de los restos de una ballena, los cadáveres de los indígenas que, llegados tarde al festín, habían sido víctimas de su ignorante glotonería" (Braun 1971: 135). Insiste a tal punto en el tema que escribe que "era tan miserable su contextura física que no pudieron soportar ni su propio clima".

Esta absurda conjetura –explica Alonso en su libro– chocó con la respuesta contundente del etnólogo suizo Jean-Christian Spahni, quien señala: "Mis investigaciones alrededor de los habitantes me han demostrado que los genocidios habían existido realmente y que fueron causados justamente por los propietarios de las estancias a los que Armando Braun intenta defender".

Otro de los herederos de los hacendados, el escritor favorito de Pinochet, Enrique Campos Ménendez, llega incluso a exponer sus dudas sobre un posible canibalismo de los Selk'nam, cuestión que, al momento de sus dichos, ya nadie se atrevía siquiera a mencionar.

La historia oficial de negación del genocidio intenta a tal punto instalarse, que otro de los herederos, Eduardo Braun Menéndez, llega a obligar –se narra en el libro– "al científico Alexander Lipschutz (Premio Nacional de Ciencias 1969) a la eliminación de cualquier referencia a la caza de indígenas, como paso previo para publicar sus ensayos en la revista Ciencia e investigación, que dirigía el nieto de José Menéndez".

La Patagonia trágica
Además del exterminio de los onas, el libro de Alonso toca otro de los temas sensibles en La Patagonia, y que tiene que ver con las matanzas de más de 1.400 obreros chilenos en 1921.

Estos crímenes fueron recogidos en un libro llamado La Patagonia Trágica, publicado en Argentina en 1928 por José María Borrero. En este libro, escrito sin rigurosidad científica, había una denuncia en cada página y al poco tiempo se convirtió en un mito al desaparecer de las librerías. Un segundo texto, presuntamente llamado Orgías de sangre y que, según el mito, narraba los asesinatos de 1921, se convirtió en leyenda tras asegurarse que el manuscrito había sido robado y quemado.

Parte de esa historia fue recogida con seriedad científica por Osvaldo Bayer, quien publicó La Patagonia rebelde, en 1972, un libro testimonial de no ficción que trataba sobre la lucha protagonizada por los trabajadores  anarcosindicalistas en rebelión de la provincia de Santa Cruz, en la Patagonia argentina, entre 1920 y 1921. Esta historia comenzó como una huelga contra la explotación de los obreros por parte de sus patrones, luego reprimida por el Ejército al mando del teniente Héctor Benigno Varela, enviado por el entonces presidente Hipólito Yrigoyen.

"Se fusilaron a centenares de peones de las estancias, la mayoría de ellos chilenos, pero también asturianos, argentinos, alemanes, italianos. Esas son las dos grandes tragedias de esta historia, creo que esta historia no la podemos ver con una sonrisa porque es una historia trágica, porque desaparecen de manera brutal los pueblos que habitaron por milenios esas tierras y además hay una represión salvaje sobre los peones que trabajaron en las estancias", sostiene Alonso Marchante, de cuyo libro el propio Bayer reconoce que "después de este acopio de pruebas nadie podrá señalar que las versiones críticas que surgieron a medida que se producían los hechos eran exageradas o de pura imaginación".

–¿Como historiador crees que hay responsabilidad del Estado chileno en estas masacres? 

–Los peones fueron fusilados por el Ejército argentino, pero la mayoría eran chilenos, y las autoridades chilenas no solamente no levantaron la voz sino que colaboraron con las autoridades argentinas en el silencio. Esto lo demostró Osvaldo Bayer hace ya mucho tiempo, cuando descubrió cómo los propios carabineros chilenos llevaban a los peones a Argentina, en donde el Ejército de ese país los fusiló. Es verdad que estos hechos ocurrieron hace casi un siglo, pero los Estados deben hacer un reconocimiento. En Argentina, en la zona en que ocurrieron los fusilamientos, en cada cuartel en donde hubo un centro de detención hay unas placas que identifican que en ese lugar y en ese cuartel se mató gente. Yo no sé qué homenajes han hecho las autoridades chilenas a esos peones.

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De EL MOSTRADOR (Chile), 13/08/2014

Fotografías (Gentileza Editorial Catalonia):
2-   Alberto de Agostini junto a un selknam. 
5-   Esquiladores en la estancia San Gregorio. 
6-   Grupo de "cazadores de indios" de una de las estancias de Tierra del Fuego (Instituto Patagonia)
8-   Selknam en la misión San Rafael
9-   Enrique Campos Menéndez
10- Jornaleros chilenos tomados presos por el ejército argentino en las huelgas de 1921  

Friday, September 23, 2016

Cocidito madrileño/MADRID-COCHABAMBA

PABLO CEREZAL

A mi madre le molestaba excesivamente el hecho de que decidiésemos, siempre, los hermanos, cuando de celebrar, festejar, embriagar se trataba, reservar mesa en aquel tugurio vallecano para comer cocido madrileño. Es que no sé por qué tenemos que pagar para comer un cocido fuera de casa, si el que hace vuestra madre es insuperable, no entiendo, y además ir hasta allí andando. Pues sí, mamá, andando, nada de coches, que según salgamos no estaremos en condiciones de ponernos al volante, menos yo que ni siquiera tengo carné de conducir, ¿recuerdas? Además, aunque esto no me atrevo a decírtelo, tú lo sirves en dos vuelcos, y preferimos los tres tradicionales vuelcos, yantar pausado, charla alargada como sombra de grajo invernal, escanciar de elixir de uva para recomponer el ánimo y la fanfarria de por medio, entre medias, entre plato y plato, entre vuelvo y vuelco, comer fuera y que mientras charlas con el resto de la familia no seas el ama de casa, no andes de acá para allá preocupada porque todo esté listo al gusto de todos, y despegues de papá la mirada inquisitiva del demasiado estás tomando parece que has olvidado ya tu operación.
                       
Por eso vamos a Vallecas, nada de Llhardy, que somos familia de pertinaz origen obrero ajeno a los lujos y los turnos para comer. A Llhardy, ya, sólo van los güiris, los gringos que vienen a fascinarse con la gastronomía hispana y sufren tarde de intempestiva aerofagia y desprendida billetera. A Llhardy, ya digo, no, mejor a Vallecas, donde nos dejan comer sin prisa y con pausa para cigarro y digestivo a las finas hierbas y los camareros comienzan su almuerzo tras servirnos el tercer y último vuelco y nunca nos meten prisa porque sea hora de cerrar el local y siempre andan prestos a abandonar su cuchara al borde del plato como náufrago en isla abandonada para descorcharnos otra botella de vino del Bierzo, goloso y cumplimentador de aromas como estigmas con que nos gusta decorar nuestras mejillas de ángel caído.  
                       
Y porque dicen que fueron los sefardíes, sí, los padres de los judíos esos de la tele que bombardean a esos pobrecitos niños árabes, madre, los que dieron inicio al festín de garbanzos en que culminó este plato que en Madrid es eminencia y en sus cocinas fiesta. Que aquí, como en casa, tampoco hay televisión, y puedes comer tranquila. Tú, y nosotros, y papá, que adereza cada vuelco del cocido con esas anécdotas que tan bien conocemos pero tanto amamos escuchar de nuevo.
                       
Primero la cerveza de rigor, bien tirada, con su espuma regalando iluminaciones rimbaudianas a la estilizada copa, para ir abriendo boca. Y unos boquerones en vinagre que inauguran el lienzo vaticano de nuestro paladar con remembranzas de mar bravía.
                       
Luego tomamos asiento, y papá se me acerca y tú quedas en el otro extremo asumiendo que hoy beberá de más porque le acompaña su hijo que ha elegido el vino más caro y sabroso de cuantos ofertan en el local.
                      
Y llega la caldera humeante repleta de sabroso caldo en que se desvisten de tules los aromas y sabores del tocino la verdura la gallina el hueso y un milímetro de fideos decorando su marejada de efervescencia gástrica. Y papá siempre toma un segundo plato de sopa, porque la sopa es lo único que podían permitirse cuando jóvenes, cuando vivían en la Cruz de los Caídos, allí terminaba Madrid, hijo, y mi abuela interpretaba hambres e ilusiones desprestigiando la magra carne de que disponían para toda la semana al sumergirla en agua tibia a fuego lento y mejor comer sopa que llena la panza y hace orinar, sí, así decía tu abuela, come sopa que luego meas mejor y vas más ligero al trabajo, mi primer trabajo, el de la fábrica de galletas, conduciendo aquel camión sin siquiera tener edad para portar licencia de conducción, hijo, no como tú, que tan mayor y sin carné, a ver cuándo te decides a hacer el examen, si no yo no hubiese sabido conducir la familia se hubiese muerto de hambre, manejaba aquella camioneta desde la Cruz de los Caídos hasta Ópera, zona de ricos a pesar de ser Madrid antiguo, la guerra dividió la ciudad como nunca lo había estado, y desde entonces, ahí seguimos, y así cada día, te decía, para llevar las galletas que luego se venderían en todo Madrid, las mejores de la época, qué pena que no las hayas probado, y naturales, nada de emulsionantes ni conservantes ni zarandajas de esas, y yo sonrío y digo salud mientras mi padre estrecha la charla y la copa y apura un nuevo trago de vino bien tinto y bien atemperado.
                       
Entre medias mi hermano saca el iPhone y nos sorprende sorprendidos en instantáneas nada instantáneas, ya que debemos posar y sonreír y mantener la expresión jolgoriosa más tiempo del que nuestra mandíbula permite antes de sentirse incómoda. Pero sonríe, ¡joder! Pero date prisa, si es que se me apaga la sonrisa. Anda, sírvete otra copa, que parece que es la única manera de que sonrías como es debido para una foto, que esto tiene tropecientos megapíxeles pero no puede dibujar sonrisas, quién sabe, tal vez después, con el photoshop.
                       
Y el orondo camarero sí que sonríe como para salir en una foto eterna mientras acerca a la mesa el segundo vuelco, en delicada cazuela de barro, con los garbanzos remoloneando en apetitosa coyunda con repollo zanahoria patata, y la prima se frota las manos y mi hermano pierde la oportunidad de hacer la foto por excelencia. Saliva. Saliva desmadejando la sonrisa de mi prima a la que los garbanzos despedazan el sentido. Y papá dibuja una reverencia, en la atmósfera de humo y vapor del local, que el camarero recoge con un espere jefe que me traigo una copa para brindar con ustedes, con permiso, por supuesto, faltaría más. Y sentado a la mesa, como uno más de la familia, pregunta de donde es originario mi padre, Cruz de los Caídos, Barrio de la Concepción, amigo, ¡ostias!, si es que lo bueno abunda, ¡sí señor!, sigan festejando, cuando terminen les traigo la carne, ¡para lamerse los dedos! Barrio de la Concepción, hijo, hasta allí me acercaba cada noche con tu tío Jesús, a tomar unos chatos después de dejar a tu madre y tu tía en casa, el bar de Fermín, tenía un coñá de quitarse el sombrero. Al día siguiente había que madrugar para ir a la fábrica, pero aguantábamos, y tu tío Jesús, ya le conoces, no es hombre de medias tintas, es y era de todo o nada, y nada quedaba donde Fermín cuando él y yo parábamos allí, que si ahora un chato, luego unas hierbas y el coñá que no falte, y al día siguiente a trabajar pero lo hacíamos con alegría, no como ahora que parece que el trabajo es una esclavitud, joder, hijo, que no haces más que quejarte, que si el jefe, que si el compañero, que si mil horas, en aquel entonces la empresa era una familia. Sí, papá, como la nuestra, más o menos, ya me contaste alguna vez que los miércoles ibais todos a comer cocido y luego no se trabajaba porque estabais borrachos y saturados, ahora todo ha cambiado, sólo buscan saturarse el bolsillo los de siempre, no te preocupes, no discuto, lo comprendo, jefe, otra botellita por aquí que estamos secos.
                       
Y ahora es mi sobrina quien da la nota al terminar decir no quiero más y encender su laptop para conectarse a Facebook mientras mi cuñada tuerce el gesto y mi hermano dice da igual deja a la niña es normal se aburre.
                       
Y el cigarro de entre medias, el que mejor sabe, y mi padre pidiéndome que no fume que le da ganas y no puede por lo del corazón, ya lo sé, recuerdo la operación y recuerdo mis pasos desarreglando los paseos de otoño de El Retiro mientras fumaba uno y otro cigarro y maldecía mi maldita mala suerte preguntándome por qué a mi padre, por qué. Afortunadamente todo salió bien, y con el vino no debe excederse, no, pero una copita de vez en cuando no le hará mal. Por eso le sirvo otro trago y le explico que a través de la lágrima en la copa puede comprobarse la gradación alcohólica del vino.
                       
Se acerca ya, desde la retaguardia de humos y humores de la cocina, el tercer vuelco, ese al que mi madre ya sólo llegara para probar el tocinito, a ver qué tal y si no está muy salado, y nosotros atacaremos, cual Gargantúa de periferia, atacando morcillo, morcilla, chorizo, gallina, tuétano y grasa como si no hubiese mañana. La grasa es buena, te mantiene en pie, sobre todo después de una noche de copas, por eso siempre trasnochaba con tu tío los martes, porque el miércoles había cocido, y la verdad, eso nunca te lo he dicho, pero yo no comía con los compañeros, no podía pagarlo, pero doña Emilia siempre me reservaba la grasa que no habían devorado los comensales, qué buena gente era doña Emilia, como una madre para mí, me regalaba pan para llevar a casa, el que había sobrado, muchas veces, era un cielo esa mujer, y así no había problema por las copas, que ahora los jóvenes salen una noche de fin de semana para poder dormir el resto, qué juventud. De Concepción a la Cruz de los Caídos me iba andandito, cada martes, ya casi miércoles, sólo a tiempo para ponerme el mono de trabajo y sentarme en la cabina de la camioneta para distribuir las galletas. Claro que tenía tiempo para pasarme a desayunar con tu abuela, eso siempre, que madre no hay más que una. Menudos paseos, ten en cuenta que dejábamos a tu tía y tu madre en Estrecho, en la otra punta de Madrid, y no teníamos dinero para el tranvía, bueno, teníamos pero si tomábamos el tranvía no tomábamos trago, y la noche se acababa, así que a caminar, qué bonito es Madrid de noche, y aquí, a Vallecas, me acercaba los domingos con Joaquín, ¿te acuerdas de él?, qué pena no haber conocido este restaurante, me echas una lagrimita más, papá no bebas más vino, menudo día llevas, mamá, no pasa nada, un día es un día, y el camarero ya se afanaba preparando los licores de hierba, el orujo, el pacharán, y mi madre decía que el próximo cocido en casa. Pero yo ya no recordaba dónde estaba nuestra casa, llevaba horas paseando Madrid junto a mi padre, paseando Madrid y su pasado que, al fin, era el origen de mi futuro.

Si es que no hay nada como el cocidito madrileño, ¿verdad, hijo? Verdad, padre.

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De MADRID-COCHABAMBA (Cartografía del desastre), Editorial 3600, La Paz-Bolivia, 2015; Lupercalia, Madrid-España, 2016 

El Proceso de Cambio hecho pomada; digo, poema

JOSÉ CRESPO ARTEAGA

En cierto ignoto país, del cual la historia no quiere acordarse, continúan los incesantes reconocimientos, agasajos, loas, condecoraciones y un sinfín de homenajes al rey chiquito de rechonchas manitos que rige los destinos de su afortunada nación. Profetas y escribanos destacan su indomable rebeldía, su  férreo antiimperialismo y su majestuosa dignidad que rebasa fronteras.

Arquitecto de grandes transformaciones, que en pocos años ha sacado a su pueblo del oprobio de las tinieblas para llevarlo hasta la luz de las estrellas. Con su visión futurista ha devuelto la autoestima a toda la nación, acostumbrada desde siempre a la humillación extranjera. El campo florece a su paso. Brillan las usinas de las termoeléctricas cuando sienten su presencia. Las fábricas de papel, de cartón, trabajan a todo gas cuando divisan su enorme casco blanco. Las fundiciones despiertan de su letargo para obsequiarle lingotes con su nombre. Los monumentales estadios y coliseos corean solos sus innumerables hazañas deportivas. Los tractores chinos se dejan domar ante sus manos cual obedientes bueyes uncidos. Refulgen fieros los tanques cuando los comanda, como elefantes de acero al compás de himnos y clarines. Coreografiados desfiles y escuadras multicolores de guerreros escogidos le rinden pleitesía. Las naciones vecinas tiemblan por sus planes industriales y afanes atómicos. A toda máquina avanza la "Revolución Democrática y Cultural".

Carreteras, muros, puentes, fachadas de edificios y sinuosos caminos le agradecen por su amor inconmensurable a la patria. Comandantes y ministros aplauden fervorosamente sus discursos para no despertar su célebre mal genio, que él toma nota de todo. Escuelas, cuarteles, academias, oficinas públicas adornan sus austeros salones con sus retratos para darles vida. Los niños le dibujan carteles agradeciéndole por pintar su kínder, los jóvenes se disputan por tocar puños con él, las muchachas en flor se le acercan porque saben que tiene el poder del Espíritu Santo. Su sola presencia cura enfermedades y calma tempestades que se avecinan. Obreros y campesinos vuelven jubilosos a la labor cuando se les aparece como caído del cielo. Miríadas de féminas sueñan con ocupar su corazón y convertirse en la compañera del salvador de la patria. Pero el corazón del supremo no tiene dueño, él ama a todas y a ninguna.

Dicen que el Amado Líder no duerme ni descansa porque trabaja veinticinco horas al día, le preocupa sobremanera que su país tenga mejores días. Con su venerable ejemplo guía a todos sus funcionarios desde ministros hasta el último comisario de provincia. Sus titánicos esfuerzos y desvelos han movido a cineastas y escritores a dedicarle sendas biografías, documentales y conmovedoras películas. En su honor se celebran olimpiadas especiales y juegos florales, carreras automovilísticas y pruebas pedestres. Como reconocimiento a su innegable desprendimiento, sacrificio inhumano y amor infinito por la patria amada que le vio nacer; todos los súbditos agradecidos compiten por bautizar cualquier obra pública con su augusto nombre: barrios, puertos, aeropuertos, mercados, plazas, calles, coliseos, canchas, colegios, escuelas, fraternidades, etc. De todos ellos, sus siempre solícitas Fuerzas Armadas se llevaron la flor al componerle un himno exclusivamente para sus dulces oídos.  

Y aún hay más, acaba de publicarse un “librito” de poemas que el supremo vitalicio ordenó recopilar a una de sus abnegadas ministras, odas y alabanzas que poetas sueltos por todo el país declaman en su honor y a toda garganta. Y así les hemos contado esta increíble historia desde Corea del Norte; digo, desde el Estado Plurinacional de Evolivia.

Con marca de agua, para que no quede duda de quién inspira estos arrebatados versos (Arjona, debe estar que arde). Pínchele que no tiene desperdicio.



PS.- ¡Advertencia!, oír el 
sagrado himno que el domesticado Ejército compuso para Su Excelencia, puede dañar seriamente la salud.-------------

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De EL PERRO ROJO (BLOG DEL AUTOR), 22/09/2016

Tuesday, September 20, 2016

Septiembre

PABLO CINGOLANI

Había que ponerle fecha. Dijimos: septiembre. Sentimos su primer calor. Sentimos el comienzo del metálico crujir de la nieve. Sentimos el revivir del agua, el despertar gozoso de los arroyos, la colosal carcajada de los ríos. Un día, partimos.

Fotografías. Kilómetro 0. Caravana. Hay memorias que no ceden: almorzar en Achacachi, cuando era pueblo fiero, no una aburrida ciudad intermedia. Achacachi: cerveza. Achacachi: todo lo que advertiste que te manca, búscalo u olvídalo. Achachachi: fin de un mundo, principio de otro, cada vez más agreste, cada vez más humano, cada vez más verdadero, cada vez más peligroso. Así era.

Hitos. Carabuco. Si no has visto de su iglesia, el interior, no has visto nada. Hitos. El río Suches. A su banda, Escoma: más cerveza. No hay más, más allá, recuérdalo. Sólo habrá pampa, altipampa, y soledad, no cerveza. Sólo habrá signos, señales, y montañas, no cervezas. Un Cristo que sigue en pie, un Cristo que fue dinamitado por los senderistas, un sapo gigante, una roca, que nadie osó volar, nadie osaría. Hitos. Ulla Ulla. Un solitario cartel que marca una cifra escalofriante: 4600 metros de altura sobre el nivel del mar.

Había que partir. Dijimos: septiembre. Un día, el sol a rabiar en las cordilleras kallawayas te despeñaba en sueños. No hay epifanía más potente que ver el Akamani a la distancia. Otro día, nevaba y nevaba. Cuando nieva, vas y juegas. Cuando nieva, ves nevar. Cuando nieva, de noche, bajando desde la apacheta del Katantika, por una cinta de piedra que intenta amarrar al cerro para que no se caiga, rezas.

Rezas al dios que forjó Apolobamba y todas las montañas. Rezas a dioses más próximos, más piadosos. Rezas a pequeños dioses, muy amables, muy queribles, muy protectores: el Santo Niño de Atocha y la Virgen Niña. Cuando vuelves a respirar, ves las queñuas. Un valle estrecho pero lleno de queñuas. Deja vú de arrayanes y Bambi. Celebras. Por Yossi, en la misma mesa donde lo velaron. Celebras. Porque la vida sigue. Celebras. ¿Te acuerdas, Reynaldo? ¿Te acuerdas mi mallku? No conoces los Andes si no conoces Pelechuco.

No conoces los Andes si no te olvidas, por una vez, lo que dejaste atrás. No conoces los Andes si no eres capaz de quemar los tapices donde has escondido los despojos. No conoces los Andes si no te inoculas todo el viento que puedas procurarte y suspendes las palabras que solían salvar t u alma. Eso aprendí, cuando buscamos el hielo. Eso aprendí, tras que la sangre bendijo esa tierra. Eso no olvido. Porque eso, no se puede olvidar.

Esa vez, peregrinamos con Gonzalo-Amauta hasta la primera hilacha del glaciar. Fue el día que wilancheamos al cerro-guía, al Machu Katantika. Debajo quedaron la apacheta y los yatiris y los mineros, farreando. Debajo quedaron los periodistas y nuestros amigos y compañeros de ruta, farreando también. Debajo quedaron los miedos, todos los miedos.

Septiembre. Cuando nos quedamos solos. Septiembre. Cuando nos quedamos solos con el destino. Septiembre. Cuando empezamos a honrarlo, a caminar, otra vez, piedra sobre piedra, rumbo al cielo. El cielo se llamaba cielo o se llamaba Puina. Retamas, ríos, romeros, ronroneos de jaguar, Rosario del Tuichi: allá fuimos.

Río Abajo, 20 de septiembre de 2016

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Fotografía: Nevado Katantika 

Monday, September 19, 2016

Naranjinas

EMANUEL MORDACINI

Nací en enero de 1979. La mía fue, definitivamente, una generación televisiva. En esos años (los 80) predominaban los juguetes basados en programas y series de televisión. Eran los días en que la empresa Mattel inundaba las jugueterías con figuras de He-Man, She-Ra, Transformers, Gi-Joe, V Invasión Extraterrestre, Thundercats, Silver Hawks, Spiral Zone y tantos otros. Claro, como buen niño de pueblo, las canicas y los barriletes tampoco me fueron ajenos. Saco esto a colación tras leer el maravilloso artículo de Claudio Ferrufino-Coqueugniot “Juguetes, juegos y nostalgias”, una verdadera delicia.

Tengo un recuerdo muy vago de estos jueguitos, al punto que he llegado a preguntarme si de verdad existieron. Los envases eran parecidos a los frascos de suero, pero redondos y llenos de un riquísimo pero artificioso jugo sabor a naranja. Nosotros, en Las Rosas, los llamábamos "Naranjinas". Repito, el recuerdo es muy vago, prácticamente una sombra que me atraviesa la memoria. Menos mal que un par de amigotes de mi generación me confirman que, de verdad, existieron las Naranjinas. Saco dos conclusiones, una buena y otra mala: no estoy tan loco para inventar una estupidez como las Naranjinas y el tiempo pasa con la velocidad de la puta madre.

A propósito de velocidad, tiempo y puta madre, Gabriela es una profesora de Letras que conocí por Internet en enero de 2005. Cogimos por primera vez en septiembre de 2006, previo viaje mío a Buenos Aires. En el medio hubo mucho cachondeo virtual, mucho intercambio de ratones. Ella tenía 49 años en ese momento, yo 27. Aunque duramos dos meses, nunca pude sacármela de la cabeza. Cogerme a Gabriela fue literalmente saltar de un abismo a otro. Le cuento esto a Belén, la lasciva hija de mi casera, pero ella no me lleva el apunte, entretenida como está con los altibajos de su propio clítoris. Ése es su verdadero juguete, su novedad de Mattel, su Naranjina. No yo. 

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De PLUMAS HISPANOAMERICANAS, 19/09/2016

Jiří Weil: Mendelssohn en el tejado

FRANCESC BON

Idioma original: checo
Título original: Na strese ja Mendelssohn
Año de publicación: 1960
Traducción: Diana Bass
Valoración:  muy recomendable

Pues sí. Aún hay novelas sobre el holocausto capaces de sorprender. De indagar en lugares desconocidos o simplemente no tan presentes en otras. Casi me da rabia porque veo que no hay un término que defina mejor esta novela quedeliciosa. Pero hay que quitarle las connotaciones cursis, para aclarar que esta es una historia trágica que se apoya en situaciones cercanas a la comicidad.

Praga ocupada por los nazis mientras las noticias que llegan, pocas, filtradas, del frente ruso, indican un cambio drástico de la evolución de la guerra. Las ciudades alemanas bombardeadas. Praga a salvo. Con toda la maquinaria represora funcionando a pleno rendimiento, arraigada hasta el tuétano en una población hambrienta, mermada, deprimida, temerosa pero manteniendo, dentro de lo que su debilidad física y psicológica les posibilita, un hálito de dignidad. Una ciudad infestada de odio, traición y desconfianza. Heydrich ha puesto en marcha la solución final y el día a día en la ciudad, ya no digamos en el ghetto, es una pesadilla sacudida por los constantes sobresaltos. Inspecciones en casas, a la búsqueda de los judíos que la población de buena voluntad intenta ocultar. Asaltos, detenciones arbitrarias en casas, en la calle. Listas de ejecuciones con intenciones tanto ejemplares como amedrentadoras. En cada esquina, en cada sitio medianamente transitado, de uniforme o de paisano, soldados, miembros de las SS o la Gestapo, colaboracionistas a cambio de algún cupón extra de comida, traidores por el gusto de serlo, supervivientes, ciudadanos asustados o amenazados. Y en medio de ese funesto escenario, un encargo casi jocoso. Dos lugareños reciben un curioso encargo: retirar la estatua de Mendelssohn, músico judío, de entre otras varias instaladas en un tejado. Encargo que hay que cumplir con diligencia y premura. Desobedecer una orden puede acabar muy mal en ese entorno. Pero nadie sabe cuál es la estatua de Mendelssohn. Y qué mejor pista que elegir aquella que tiene la nariz más grande. Pero ésta resultará ser la de Wagner.

Partiendo de esta escena, casi costumbrista, Weil desarrolla, con lenguaje coloquial, asequible, levemente moteado de los intraducibles vocablos alemanes que describen todas las divisiones y subdivisiones del aparato opresor, una serie de subtramas ligeramente relacionadas por idas y venidas de personaje y por ese inquietante advenimiento de lo peor.

Esa descripción del día a día de una ciudad intentando adaptar su transcurrir a las circunstancias, con su población conviviendo con seres con los que solo hay mutuo desprecio, es, seguramente partiendo de algunas experiencias personales del autor, a la vez fascinante y terrorífica. Todos los mecanismos abyectos van surgiendo, y aunque los elementos de truculencia son muy aislados, la facilidad de su lectura no evita que percibamos lo terrorífico de lo descrito. Picaresca, humanidad, empatía con el sufrimiento ajeno pueden compartir un destino que sea el patíbulo, Pero han de vivir. Roisinger, Rabinovic, Stankovic, Becvar. Sus andanzas en pos de una mejora patética, de una supervivencia por unas semanas, de aferrarse a una esperanza, nos arrastran como solo puede hacerlo la narración desde el conocimiento y la sinceridad.

Por cierto: la novela comparte un hecho curioso con una buena novela posterior: HHhH de Laurent Binet también usa, aunque en su caso es el motivo central, el intento de asesinato de Heydrich por parte de los miembros de la resistencia checa.

Espléndida presentación, costumbre en Impedimenta que no conviene pasar por alto.

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De UN LIBRO AL DÍA, 18/09/2016