Wednesday, November 23, 2016

Viaje por la Europa más original: cinco destinos alternativos

MARIO CRESPO

Descubridores. Aventureros. Exploradores. El afán del hombre por conocer territorios remotos e inexplorados existe desde muy antiguo. Se trata de una consecuencia lógica de la curiosidad y la inquietud de los humanos por acercarnos a lo desconocido. La necesidad de abandonar el sedentarismo y escapar de casa en busca de nuevos territorios, gentes y culturas se ha potenciado en las últimas décadas gracias a la proliferación de las compañías aéreas de bajo coste y el aumento de la oferta hotelera. Hoy en día, visitar alguna capital europea para pasar unos días de vacaciones, un puente o un fin de semana está al alcance de muchos. Bruselas, Lisboa, Berlín, Praga. Pero existe también otra Europa. Una Europa menos conocida y visitada. Una Europa oculta que mantiene la esencia primigenia que nos impulsa al viaje; una necesidad casi fisiológica que nada tiene que ver con el esnobismo o la tendencia, sino con la búsqueda de los hallazgos. Algo que sin duda ha influido a la hora de elegir los cinco destinos que recorre este texto. Un viaje a lo largo del cual visitaremos ciudades cargadas de esencia y goticisimo, de bruma y de misterio, de historia y de vidas al límite, de supervivencia y autenticidad. Urbes alejadas de los parques de atracciones turísticos en que se han convertido Roma, Londres, París o Barcelona. 

Annecy (Francia)

Suele elogiarse con entusiasmo la belleza de lugares como Brujas, Praga o Siena. Ciudades históricas y monumentales que, de tan bien conservadas, parecen un decorado erigido en medio del desierto; una composición ficticia donde los turistas, atraídos por la fuerza de la estética, se convierten en una masa densa que todo lo inunda. Annecy, sin embargo, alberga en sus viejas calles la verdadera esencia de un pasado que, afortunadamente, nunca pudo escapar de su núcleo urbano. En consecuencia, su casco antiguo parece un mercado medieval gigante y permanente donde el carnicero, el panadero y el mesonero no interpretan otro papel que el de sus propias vidas. Annecy no es pues una ciudad histórica, sino una suerte de máquina del tiempo.

La localidad está situada en un enclave maravilloso; a los pies de un lago de aguas turquesa y muy cerca de las primeras estribaciones alpinas, lo que dota al entorno de esa tonalidad verde botella cuyo pigmento sólo se encuentra cerca de las montañas. En mi caso, el descubrimiento de Annecy fue pura casualidad; una tormenta terrible me expulsó de Chamonix, a los pies del Montblanc, y me obligó a buscar refugio en alguna ciudad de tamaño medio en la región del Ródano-Alpes. En cualquier caso, merece la pena desviarse para visitarla, pues Annecy es uno de los destinos más pintorescos de Europa. Y no sólo por su geografía, sus monumentos o su red de canales (que la han llevado a ser conocida como la Venecia francesa -en muchos países hay una Venecia nacional y en algunos casos la comparación es un insulto-), sino también porque es un verdadero ejemplo de Vieille Ville: con su Rue Sainte-Claire y sus arcadas, su château y su catedral, sus puentes de época y sus viejos edificios engalanados con geranios. Una villa que, a diferencia de la mayoría de ciudades medievales europeas, rezuma autenticidad. 

Tallin (Estonia)

Aun a sabiendas de que la ciudad de Tallin es una capital monumental, con sus murallas y sus tejados rojos y sus iglesias ortodoxas y luteranas, uno espera que exista en su casco histórico algún vestigio comunista, algún bloque gris de edificios, alguna plaza cuadriculada y racionalista de grandes dimensiones que recuerde el pasado soviético de la ciudad. Sin embargo, lo que el viajero encuentra es una ciudad muy bien restaurada donde coexisten dos elementos que la hacen peculiar, a saber: el clima y la influencia eslava; una pureza nacional que la diferencia de ciudades como Brujas, Amberes o Gante. Destaca en el centro histórico la antigua la Plaza del Ayuntamiento. En ella el edificio comunal actúa como foco de atención y punto de fuga. No hay nada más en el espacio central; los cafés, bares y restaurantes se encuentran en los bajos de los edificios que forman su contorno, donde, además, permanece a pleno funcionamiento la farmacia más vieja de Europa. 

Tallin está dividida en dos partes; la ciudad baja, con la plaza del Ayuntamiento como epicentro, y la ciudad alta (sobre la colina de Toompea), donde se ubican las dos catedrales y el parlamento. A esta parte se accede por dos calles empedradas (conocidas como la pierna corta y la pierna larga) que merece la pena ascender. Desde el mirador se puede contemplar esta capital de tejados exangües y piedras ancestrales. Y también el horizonte brumoso sobre cuyo primer plano caen copos de nieve en una suerte de baile ancestral.  La ciudad vieja, con su trazado gótico, te obliga a perderte entre sus casas nórdicas de tres pisos, sus iglesias y sus palacios. Pasear por el casco antiguo de Tallin en un viaje sin rumbo es quizá lo más indicado para empaparse de su esencia. En él se encuentra uno de los monumentos más peculiares de la ciudad: la casi desconocida iglesia ucraniana. Se trata de un templo que suele aparecer en las guías y sin embargo no resulta fácil de hallar, pues está escondido en el patio de una antigua casona señorial. En su recoleto interior, destaca un original iconostasio de madera que aglutina toda la atención del espacio. Cada vez que recuerdo la voz del pope amortiguada por los revestimientos de madera, me viene a la memoria un sentimiento extraño e introspectivo que concentra con precisión los misterios que esconde la ciudad. 

Ginebra (Suiza)

A los pies del Lago Leman se levanta la capital intelectual de Suiza; una ciudad que no puede escapar de la mirada inquisitiva del Mont Blanc, cuya cumbre nevada vigila el lago desde una distancia de setenta kilómetros. Jorge Luis Borges dijo de ella que “de todas las ciudades del mundo, de todas las patrias íntimas a las que un hombre aspira hacerse acreedor en el transcurso de sus viajes, es Ginebra la que me parece la más propicia a la felicidad.” De hecho, el gran poeta argentino se retiró a ella para disfrutar sus últimos años. Lo cual tiene mucho sentido si tenemos en cuenta que la ciudad fue elegida por varios autores como centro espiritual del romanticismo. Veamos: a la Villa Diodati, propiedad del poeta Lord Byron, acudieron durante el verano de 1816 personajes como Percy Shelley, Polidori, Clara Clairmont o Mary Shelley. En ella, como afirma William Ospina en su obra “El año del verano que nunca llegó”, se gestaron creaciones literarias trascendentales, como la figura del vampiro o la del monstruo Frankenstein. El lago Leman y su entorno se han mostrado siempre como un lugar cargado de misterio y pesadillas góticas. Y esa esencia romántica plagada de contradicciones; oscura y pacífica, tenebrosa y feliz, se palpa nada más llegar a la capital de cantón francófono.

La ciudad vieja, llena de edificios del gótico tardío, se asienta sobre una colina en la orilla izquierda del lago. Toda la actividad de la parte baja de la ciudad está condicionada por el Leman y su chorro gigante de agua, que actúa como escultura natural o monumento. Es en esta zona donde podemos contemplar algunos contrastes que marcan la idiosincrasia suiza, pues en ella se encuentran la mayoría de entidades bancarias. Ginebra cuenta con un sinfín de bancos donde la gente entra a depositar o retirar dinero mientras arrastra maletas con ruedas. Pero también cuenta con un sinfín de bancos de madera donde algunos mendigos se tumban a dormir o descansar. Se da la circunstancia de que algunos de estos bancos de madera se encuentran a las puertas de algunas de estas entidades bancarias, un hecho que confronta a ricos y pobres en un deliro al que el sistema parece hacernos insensibles. Por el centro también abundan las relojerías y joyerías, los hoteles de lujo, las tiendas de ropa carísimas y los restaurantes con solera. Al final, como el agua del Ródano, todo lo que sucede en la ciudad tiende a desembocar en el lago, testigo mudo e inmóvil que otorga a Ginebra el estado asintomático que nos transmite al conocerla.  

York (Inglaterra)

Tal vez sea York (con permiso de Bath) la ciudad monumental más bonita de Inglaterra. En sus más de dos mil años de historia ha sido una de las plazas donde se ha decidido el devenir de la nación británica. La antigua Jórvík fue uno de los más importantes centros comerciales vikingos en el siglo IX y, desde entonces, no dejaría de adquirir importancia, hasta convertirse, tras la Guerra de las Rosas, en la capital del norte del país, una especie de Invernalia. Pues bien, toda la esencia histórica que desprenden tantos siglos de sucesos trascendentales se deja sentir al pasear por sus calles estrechas y húmedas mientras se contemplan las maravillas de la arquitectura civil y religiosa, donde destaca sin duda la catedral gótica. 

York es una de las ciudades más románticas de Europa (entendiendo por romanticismo el estilo artístico del siglo XIX); una ciudad llena de vestigios de piedra y ruinas, de museos y de turistas de fin de semana, pero también de ciertas peculiaridades, como el museo vikingo, el pub más antiguo de Inglaterra (el Ye Olde Starre Inn) o viejas callejuelas como The Shambles, que nos transportan a una antigüedad difícil de recrear. Pero lo que más me llama la atención de York es el ambiente provinciano que conserva a pesar de encontrarse rodeada de las grandes capitales industriales del norte de Inglaterra. Su historia representa su orgullo, algo que exhibe altiva y engalanada ante la cada día mayor afluencia de turistas. Sin embargo, sus mañanas y su día a día recuerdan, salvando las distancias sociales y culturales, a las de una pequeña capital castellana, una villa de la Provenza o una ciudad monumental de la Toscana, pues desprende un aire europeo que debería recordarles a aquellos con tendencia al aislamiento que la tierra de unos está formada por el polvo que trajeron otros. 

Bergen (Noruega)

Bergen es la segunda ciudad más grande de Noruega. Se trata de un precioso enclave donde llueve durante trescientos días al año. Llegué a Bergen una tarde de julio en la que llovía con pereza, pero nada más apearme del vehículo la lluvia se detuvo dejando paso a un sol tenaz. El cielo estaba estrellado a pesar de que era aún de día. La latitud de Bergen es tan elevada que confunde, pues da la impresión de estar más cerca de la bóveda celeste. Algo que contrasta con el enclave de una ciudad atrapada entre dos accidentes naturales; a un lado las montañas y al otro el mar. 

Sus atractivos turísticos son variados y entre ellos destaca el Bryggen, un grupo de casas de madera levantadas en el siglo XVIII según la traza medieval. Frente a ellas está la bahía de Vågen, cuyo mercado marítimo es uno de los mayores reclamos turísticos del país. En él se puede adquirir todo tipo de pescado. No muy lejos de allí se encuentra el funicular que asciende al monte Fløyen, desde donde el trazado de la ciudad se muestra al desnudo. Pero quizá el monumento más especial sea una iglesia que se encuentra a las afueras, la de Fantoft. Se trata de uno de esos templos protogóticos con tejado de madera a dos aguas que evocan un barco vikingo, una stavkirke. Recuerdo que en su interior había un pequeño retablo insertado en la angostura del ábside que brillaba gracias a un haz de luz que entraba por uno de los vanos saeteros; el paradigma de la luminosidad. Una imagen inolvidable e indescriptible. Un fenómeno extraordinario sobre el que radica la esencia del viaje: experiencias que no podemos describir pero que sin embargo amplían nuestra percepción del mundo. Al fin y al cabo, como decía Unamuno: Se viaja no para buscar el destino sino para huir de donde se parte.

Reportaje publicado en el suplemento dominical de La Opinión de Zamora el 20/11/2016

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De EL VIENTO QUE AGITA LA CEBADA (blog del autor), 22/11/2016


Vivir

PABLO CINGOLANI

Vivir esperando iguanas como alhajas. Vivir recogiendo piedras como pasteles. Vivir tramando las palabras como juguetes de espuma y trapo. Sumar, cada vez, más ofrendas –más jade, más ébano, más coleópteros-, llenar la barca del día a día y lanzarse a navegar, a navegar sin amarras, sin muelles a la vista, con sed, sin sed, no importa: navegar es preciso

Vivir abrigado de líquenes. Vivir comiendo piña, higos, pacúes, una roca caída de la luna, todo lo que te haga soñar. Vivir orinando como linces, desde la borda de la nave, en el mar abierto, sabiendo que tú eres ese colibrí que parte hacia el cielo del verano, sabiendo que te convertirás en cometa, constelación, estrella madre

Vivir sin silencios que no necesites. Vivir cantando a Djavan. Vivir caminando sobre nubes, sobre niebla, sobre los charcos de agua abandonada, dentro del mar o del bosque que se abre, que te abraza, que te espera, que te ampara: allí está la musa, esperándote, como las iguanas, como las diademas, como las alhajas

Vivir queriendo ver tu nombre grabado en un meteorito. Vivir en Júpiter, en Susques o en Cochabamba. Vivir como si siempre vivieras a caballo o a pie de nómade a punto de cruzar el Danubio e invadir la ciudad de Viena donde una manada de dioses bajará a celebrarte con licores y guitarras

Vivir sin aliento pero colmado de fe. Vivir sin mapas y tus ojos llenos de geografías, retamas, obsidianas, vientos. Sin coordenadas, sin cotos de caza. Vivir sin cifra y sin ungüentos

Vivir favoreciendo el viaje y la ofrenda. Vivir sin prendas, desnudo de contratos y de tarjetas de crédito

Vivir deseando grietas y alamedas, acantilados y prados llenos de saucos que hubieran emocionado a Van Gogh. Polen eléctrico procúrate. Hierbas que no atenúen la intensidad. Salivas proveedoras de aventuras y la lima de la voz de Janis Joplin serruchándote las dudas, la culpa, la incertidumbre

¡Qué lindo el sol, carajo! –deberás proclamar cada mañana. Será tu ábrete Sésamo a ese mundo inolvidable que es el de todos los días

Vivir libre, vivir sin eufemismos, vivir sin metáforas; vivir luchando, vivir riendo, de eso, simplemente, se trata.

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Fotografía: Graciela Iturbide/Las iguanas

El ají, sabor del viaje

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

Estaba el otro día preparando un arroz con pollo, con un fondo intenso de ají rojo, tal y como me indicó que lo hiciera, en dos ocasiones, la casera paceña de la fotografía, un ají rojo, de perfume intenso y picor rabioso si se te va la mano, aldrede o por descuido, un auténtico botafuego, que diría Ciro Bayo. Era en la calle Max Paredes, algo más arriba del mercado Rodríguez. La primera vez fui a por ají para un amigo, la segunda para mí. Había comprado otro, amarillo este, a una casera joven y desabrida, que me dio de menos, y es que los viejos tenemos que ir a donde nuestros iguales para que nos traten bien, eso me decía un casero con el que conversé de platos y mejores puestos. Veo las manos de la casera, muy morenas y surcadas de arrugas profundas, haciendo el gesto de disolver el ají y de picar la cebolla. La voz dulce, como la mirada, azulada tras los lentes. Hacía frío aquella mañana, mucho. Igual mi plato no tiene nada que ver con la receta que ella me dio, pero es sabroso gracias al ají y tiene aspecto apetitoso, por el color. Pero tanto si lo como con los ojos abiertos, porque con los ojos hay que comer también, como si los cierro, me digo que ahora mismo daría cualquier cosa por estar allí, en esa calle en cuesta atestada de puestos, en la sombra helada de la mañana de invierno que hoy comienza, rojiza del sol a través de las chiwiñas, ese sol que abrasa, pero no calienta, y hoy, que es festivo, compraría además una ración de lechón (con una tajada de más para el camino... ay, ese viejo con cabeza de Illimani que parece un fraile) en el puesto callejero de la esquina de la Illampu con la González, donde las floristas y las marraquetas.. Fantasías, claro, dromomanías del que vive en fuga hasta parado y apenas está donde tiene plantados los pies, porque su país es imaginario otro, escondido... ser de otro país, de otro barrio, de otra soledad, es el poeta el que lo dice, Ferré, el que te invita a ir a viajar con él y con Baudelaire y te asegura que «no regresarás, adivina por qué...»

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De VIVIRDEBUENAGANA (blog del autor), 21/06/2015


Tecleos de máquina oxidada

JORGE MUZAM

Leo a Bruno Schulz, escucho jazz, bebo café, dibujo caricaturas sin levantar el lápiz, se me hielan los pies, salgo a tomarle fotos a los bancos de niebla que se adhieren a las quebradas. En el camino pruebo ciruelas bañadas con rocío cordillerano y mastico el amargor de una hoja de naranjo. Atravieso cercos de púas, descampados con vacas melancólicas, lontananzas disueltas en colores de Turner, de Constable, de Van Gogh. Piso heno podrido, zarzales tiernos, hormigas argentinas, voy algo rápido, como deshaciéndome de la opresión de mi pecho, huyendo de los buitres que me sobrevuelan con la servilleta puesta, imponiendo restricciones severas a los devaneos irresponsables de mi mente. El dolor debe escamotearse antes que pulverice lo poco que va quedando. Los perros flacos le ladran a los conejos burlones. Las gallinetas desfilan contra el sol. Los exasperados gansos buscan a sus dueños para espetarle su hambre. Levanto los ojos hacia la bruma. Las montañas desaparecen si nadie las necesita. Nuestra condena consiste en transportar la tristeza y la alegría a todas partes. Si asciendes la condena se superlativiza. Un murmullo de abejas persigue a mi mente. La envuelve, la atrapa, la convierte en miel de cocodrilo. Apurarme no es suficiente. Todo lo que tengo es esta acumulación de palabras, tecleos de máquina oxidada, carpinteros obcecados en un abedul muerto. 

Imagen: Karl Hofer

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De CUADERNOS DE LA IRA (blog del autor), 07/05/2015


Tuesday, November 22, 2016

A silence long held is being disrupted!

By Daniel K. Buntovnik

"Aferim!" is (virtually) the first film ever to depict the enslavement of Rromani people that occurred for some five hundred years in the present day territories of Romania. The film's writers set out elucidate a period which Romanian society is for the most part reticent to acknowledge — much less critically engage with. The void is not less existent in the Anglosphere.

While critics have proclaimed "Aferim!" to be "something new", they have also touted the film as a Western à la Vlach, pointing to influence from this genre observable in its frequent shots of expansive landscapes with men on horseback and wagons. This is hardly groundbreaking in and of itself, since the conventions and tropes of this seemingly quintessentially American film genre were long ago appropriated (and, to an extent, subverted) by Europeans on both sides of the Iron Curtain, giving us the Spaghetti Western and the Red Western, aka the Eastern. Both had significant overlaps with the Revisionist Western: a genre that undermines narratives of the Wild West as the domain of the white settler. "Aferim!" has also drawn comparisons to more recent American slave movies, but it is certainly much more than a rehash of these films, never losing sight of the brutal particularities of the 19th century Wallachian context.

Insofar as this particular historical period has until recently remained unvisited by cinema, we are not coming back to anything, but approaching something new. What we do revisit in "Aferim!" are actually present day social attitudes (in particular, antiziganism).

The Revisionist aspect of the film also means pushing back against what little narrative does exist acknowledging the enslavement of Rromani (and Tatar) people at the hands of the Romanian Orthodox Church, nobles, and principality-states. In Romania, the "official" narrative is to downplay and minimize the reality of Rroma enslavement. Its main tactics are to highlight alleged fundamental differences between "sclavie" (slavery) and "robie" (another supposedly milder form of servitude unique to this region). This stress of difference between "sclavie" and "robie" is at the same time accompanied by a playing up of the similarities between "robie" and feudal serfdom. "Aferim!" demolishes these pedantic arguments by laying bare the chasm of difference between social statuses ascribed to Gypsies and Wallachian peasants. In this regard, "Aferim!" is a "Revisionist Eastern".

Despite its orientation towards the past, the film is clearly forward thinking. At one point, Costandin engages in an interrogatory monologue about relations between the living and the dead; he wonders how "we" (21st century people) will remember "them". What will we say about "them"? But this monologue is ambiguous. "They", the dead, could be he and his son (and the larger white, Orthodox community they belong to), but the dead could just as easily be the Gypsy slaves in their captivity. Costandin's comments reflect the research of ethnologist Patrick Williams presented in his book "Gypsy World: The Silence of the Living and the Voices of the Dead". For Williams, the way that European societies erase and render Rromani communities invisible was reflected in the way the French Gypsies he lived with (seemed to) render the dead invisible by avoiding talking directly about them and by discarding their belongings whenever possible, and treating the belongings with a special level of care and respect if it was not possible or very undesirable to discard them. "In order to constitute their real presence," Williams writes, "they have chosen to refer to real absence." Accordingly, Costandin is quite right when he concludes with the assumption that any breach of this silence will be a curse ("If our descendants do say anything about us, it will only be to curse us," he says, and I paraphrase.)

"Aferim!" is a Revisionist pox upon the "official" narrative of Gypsy slavery because it does much to break the silence about it. The film brings dishonor to the dead partisans of slavery in exposing them as the cruel, naive, close- minded bigots that they were, and it may even bring shame to their descendants, those who have vicariously and transgenerationally inherited their attitudes. It was without a doubt for this very reason that King Carlos III of Spain demanded the erasure of any mention of the "Great Gypsy Round-up of 1749" (which resulted in decades of enslavement for Rroma in Spain) from the preamble to a new law on Gypsies in 1772 on the pretext that "it does little honor to the memory of my brother (Fernando VI)."

Costandin illustrates a middle class psychology in a lot of ways. He exalts himself over the slave Carfin, while he practically cowers in fear of the master Iordache. Costandin almost seems to redeem himself when he shows skepticism towards the dehumanization of Rroma; he asks a spiritual authority if Gypsies are indeed human beings. He is not impervious to the injustice inherent in enslavement, but within the logical confines of the system, profit is simply higher on the priorities list. Costandin attempts to put "a human face" on slavery. When this proves to be impossible, social atomization allows him to sacrifice others on the altar of his narrow self-interest. Ultimately, "Aferim!" shows that promises of "gentler injustice" are likely to end in depraved perversity.

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De IMDB, 11/09/2015

Saturday, November 19, 2016

"Yo soy un moro judío..."

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

La primera vez que escuché esta canción, fue una madrugada de hace siete años en el aeropuerto de Pudahuel, a la espera de embarcar hacia La Paz en un viaje que todavía no ha concluido, quiero creer... No sé qué Dios es el mío ni quienes son mis hermanos... Ahora vete a saber, las cosas se han emputecido mucho desde entonces y se van a emputecer más en un futuro inmediato. ¿Estamos para canciones y para poemas? ¿Sí o no? ¿Y si no estamos para canciones en el rincón de supervivencia de cada cual, para qué estamos? ¿No tenemos derecho a que nos conmueva un poema? ¿Debemos marcar por fuerza el paso? ¿Es el "ruido de las botas", para un lado o para otro, la única música de fondo que podemos permitirnos?

No viene a cuento, por eso la traigo. Es una cita de Miguel Torga, me la enviaron hace unos días los amigos de Vortice Dance:


"É um fenómeno curioso: o país ergue-se indignado, moureja o dia inteiro indignado, come, bebe e diverte-se indignado, mas não passa disto. Falta-lhe o romantismo cívico da agressão. Somos, socialmente, uma colectividade pacífica de revoltados."

Nada viene a cuento de nada, son balbuceos de quien en el bosque se silba la canción de los guardias suizos: Notre vie est un voyage/Dans l'Hiver et dans la Nuit...

La cuarteta del estribillo Yo soy un moro judío que vive con los cristianos... la escribió a origen Chicho Sánchez Ferlosio, que falleció hace doce años sin poder leer aquel titular mítico que leía un limpiabotas en una calle del centro de Santiago, al tiempo que lustraba unos zapatos: "Cayó Bagdad".

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De VIVIRDEBUENA GANA (blog del autor), 21/11/2015


Friday, November 18, 2016

Manal

PABLO CINGOLANI

Veo esta foto de Manal, el más sofisticado grupo de blues de la historia argentina, versión 2016, y me llueven los dejavús.

Nosotros, el negro Marcos y yo, cantando el blues de Manal titulado Avenida Rivadavia, caminando, noche profunda, por la Avenida Rivadavia, la real y la del blues.

Caminamos una calle sin hablar/ Avenida Rivadavia (…) La mañana incoherente me sonrió/ una burla que volaba se escapó, así decía la lírica de ese tema inolvidable.

Nosotros, el negro Marcos, mi hermano Juan Esteban y yo, entrevistando a los Manal cuando el grupo se reagrupa en los principios de los 80s, cuando la dictadura comenzaba a agonizar y el rock and roll local, volvía a levantar la cabeza. Teníamos, todos juntos, una revista, un fanzine. Se llamaba Llega un momento. Por un folk-rock de Neil Young. Teníamos 15, 16 años.

Fue antes de un concierto alucinante en el estadio Obras donde Gabis deslumbró con su virtuosismo en la guitarra, el negro Alejo Medina se bancaba con su bajo todos los blues y toda la historia y Javier Martínez, el poeta, voz y baterista del grupo, seguía pareciéndose al Javier Martínez de los años cuando Manal era Manal. Gracias a Dios, pudimos vivir ese revival.

Más dejavús. Cuando Pappo grabó su versión de uno de los más lindos temas de Manal: Una casa con diez pinos. Si Clapton is God, ya lo escribí en otro texto: Pappo es Dios. Ya estaba viviendo en Bolivia –¡ya son 30 años!- y me traje Blues Local, un discazo solista de Pappo, para escucharlo aquí, entre cerros y cactus. Debe estar colgado en you tube –todo está en you tube: escuchalo. Una casa con diez pinos habla de la vida en tanto vida y cómo vivirla. Es un himno conmovedor de toda una generación musical y existencial. La misma de Spinetta: poesía pura y buenas fenders para cumplir esa profecía que dicta que Rimbaud renació –en el Río de La Plata- con la guitarra eléctrica.

El último dejavú, ya lo es: el detonante de este texto. Vuelvo a Buenos Aires, la ciudad donde nací, y veo colgada esta foto, Manal versión SXXI, Manal versión 2016, y me alegra al alma. Claudio, Javier y el Negro Medina están vivos, ¡y vayan que lo están! ¡Siguen tocando juntos!

Gabis, con su misma cara de siempre: niño bonito del mejor sonido del mundo.

El negro Medina es Gardel: no envejece nunca y ahora se parece a Lautaro o a Calfucurá o a cualquier indio rebelde, que la historia olvida, pero nosotros, no. Jamás.

Javier ha cambiado, radicalmente: está grueso, pelado, pero yo sé, que en el fondo de su corazón, sigue siendo el mismo Javier Martínez, ese que compuso Jugo de tomate, himno generacional, del aguante y la resistencia cultural.

Es pura devoción lo que escribo. Amo a estos tipos como se ama al viento. Ellos me brindaron algo intangible pero que no puede compararse con nada: me dieron ganas de vivir en medio del desasosiego, me dieron ganas de existir en medio del vacío más profundo, la negación más perversa de todas. Si no hubiéramos crecido cantando con Marcos los blues que cantábamos en medio de la dictadura, ¿qué seríamos ahora?

El viento, la música, son invisibles. Pero tienen mucha alegría, demasiada potencia: son toda la fuerza que necesitábamos para ser nosotros mismos. Gracias Manal. Gracias, compañeros: ustedes pusieron la música. Nosotros, escuchándolos, pusimos también la vida.