Wednesday, May 24, 2017

Recuerdos de la Lickana

PABLO CINGOLANI

Tito Saire, Señor de Cuarzos. Tito Saire, el último atacameño. Tito Saire, el mejor cateador del mundo. Evocarlo es evocar mundos perdidos, mundos olvidados, mundos que alguna vez sangraron, parieron, tuvieron vida. ¿Acaso eso no es escribir? ¿Acaso también de eso trata o debería tratar la literatura?

Rompiendo vanos siete silencios, vuelvo a revivir a Tito Saire, montaraz de arenas, Tito Saire, mago de las cordilleras, Tito Saire, el último hombre que soñaba con piedras, sólo con piedras, y esta restitución –que supongo fértil, anhelo feliz-, no sólo lo restituye a él, y su presencia ensombrecida en San Pedro de Atacama, sino que atiza esos mundos que se eluden, esfumados en la noche del tiempo, sacrificados al puñal de la codicia, sumergidos en el mar lacerante del olvido.

Pero extraer del fango de la memoria a Tito Saire también me restituye a mí, que lo escribo, buscando en ese más allá de uno que es la escritura, que alguna estrella vuelva a encenderse en el camino, alguna ilusión resista y recrudezca y despierten, una vez más, esos cencerros que claman y gritan que aún seguimos vivos.

San Pedro de Atacama, a principios de los 90s del siglo pasado, no era como ahora: un centro turístico, lleno de hoteles, de camas mullidas, de observatorios espaciales y de comodidades. San Pedro de Atacama era lo que había sido siempre: un puñado de seres, un rejunte de almas, arrinconados en un oasis prodigioso situado entre el desierto y la cordillera.

Era chango: había estudiado historia. Sabía de la existencia del padre Le Paige y su museo y las momias intocadas y también -residiendo en La Paz- había visto en el Museo Nacional de Arqueología de Bolivia –gracias a la gentileza del finado y amigo Freddy Arce- las tabletas para el consumo de alucinógenos que enlazaban a las culturas del desierto con la gran civilización de Tiwanaku. También sabía de las políticas de “chilenización” forzada contra los pueblos indígenas que había impulsado Pinochet.

Aquella vez, Eduardo M., un jujeño de la capital provincial, tenía una empresa de “export-import” (un eufemismo que solía encubrir, esos días, actividades de contrabando) y si no hubiera sido por él y sus afanes, andá a saber dónde andaría. Resulta que tuve la idea de lanzarme a un viajecito delirante, una travesía imposible (para mí): cruzar el paso de Jama caminando. Eduardo, aparte de sus trajines, era un tipo culto: amigo de Tizón, recitaba impecablemente a Borges mientras fumaba y manejaba por los desiertos helados más altos del orbe. Me recogió, de milagro, como solía ser todo en la puna y en mi vida aquellos años, en Susques. Atravesamos Jama, la inmensidad profunda y sin atenuantes de Jama, en su camioneta color turquesa, y gracias a sus efectivos y evidentes buenos contactos con las gendarmerías de ambos países, terminó dejándome, sano y salvo, en San Pedro. Allí, en una pascana, me presentó a Tito Saire. Un hombre solo que comía marraqueta con sardinas. Eduardo aseguró, desde la puerta, a punto de marcharse rumbo a Iquique: este hombre, Pablo, tiene un tesoro. Son sus historias.

Cuando nos quedamos solos, uno con otro, nos miramos a los ojos un largo momento. Los míos son azules, ¿y qué vería Tito Saire allí adentro? ¿El recuerdo del mar? ¿Lapislázuli? Los suyos, sus ojos, eran tan negros que se confundían con la penumbra del boliche, negros halcones, portadores de una vista privilegiada, capaz de “ver” a decenas de kilómetros. Ya lo anoté: Tito Saire, el mejor cateador del mundo. No tuve mejor idea para romper el hielo que decirle:

‒ ¿Te molesta si fumo?

Me miró como si le hablase en nepalí. Luego, disparó:

‒ A mí, lo único que me molesta es la falta de audacia. Mirá pibe (sic, lo dijo así), si vos llegaste hasta aquí, y con el amigo Eduardo, por algo debe ser. Así que nada, si querís fumar, fuma. Si querís, hablar, habla de una vez. Si no, hablo yo. A mí me gusta hablar, ¿sabés?, aunque por estos lados, ya no hablo mucho, ¿con quién voy a hablar? Ya hablé con todos, todo lo que había hablar, hablé con los cactus todo lo que había que hablar, hablé hasta con el fuego, noche cerrada, una vez, tras que me atraparon los vientos Toconao al sur… -respiró profundo y sentenció: mejor vos fumá, que yo hablo.

Nunca en mi vida, recibí una bienvenida tan auspiciosa.

Nosotros, los que nacimos en la llanura, carecemos de algo esencial, constitutivo, forjador del ser-estar en las montañas: cultura minera. Ese reino natural nos está vedado. Hoy, como casi todo, minería es mala palabra. Ha mutado. Lo políticamente correcto la condena. Antes, ser minero era una especie de blasón, de estirpe, casi gloria. Ser minero era jugarse el pellejo, sacrificarse, no rendirse, ganar, perder, no rendirse. Dentro de la fauna de los mineros, el cateador era el león, era el puma de esos páramos donde el hombre sólo acudía si la audacia lo acompañaba. Ser minero era jugarse la vida en el intento, ser cateador era el que más se la jugaba. ¿Qué es un cateador? Pues el que busca, cata, caza a los minerales. Los huele, los ve, los oye, los siente, en suma: vive por ellos, su vida la teje así, mineralmente.

Vida mineral, vida minera, vida de piedra: tan dura como ella, tan secreta y tan motivante como son las piedras, cualquiera de ellas, todas las piedras. Ellos saben hablar con ellas, ellos las reconocen, saben de sus azares, sus pesares, sus revelaciones. Saben de su eternidad y, por eso mismo, saben mejor que nadie de lo que es efímero: la vida misma. De ahí que un cateador, uno bueno, es también medio mago, medio alquimista, y también medio poeta, medio filósofo. Saire, Tito Saire, sin vueltas, era uno de ellos.

Sobre el tema, dos anotaciones imprescindibles. Una, la lectura del libro del padre Barba. Lleva por título: El arte de los metales. El que sabe leer, encontrará allí, belleza infinita y poesía inagotable. Fue escrito en Potosí en el mil seiscientos. El otro apunte: hubo otro cateador memorable. Se llamaba Diego Almeyda, hijo de lusitano, pero nacido en Copiapó, otra frontera y tan minera como la meca potosina, en 1780. Octavio Oriel Álvarez Gómez, insigne historiador regional, habla de él como si fuera un santo. Dice de Almeyda que “el mismo enseñaba a sus seguidores; que a caballo ninguna mina se ha descubierto; por eso el cateador ha de tener la planta tan dura como la pezuña de la mula que carga los alimentos y la esperanza” (Cf. Atacama de Plata). Catear rima con caminar. Y Tito Saire, el mejor cateador del mundo, caminaba, caminaba, caminó toda su vida.

‒Yo soy chileno. Soy boliviano. Soy argentino. Depende la suerte y depende de cuando me conviene. A veces, el viento me tiraba al otro lado del Sanjuanito [NdelR: forma cariñosa en que Saire refiere al río San Juan del Oro, límite entre Argentina y Bolivia, por los lados de El Angosto y Esmoruco] y allí tenía que elegir entre ser como vos o ser boliviano, por si aparecía la “cana” y me fregaba, aunque –la verdad sea dicha- por ahí no aparecía nadie, casi nadie, nunca. A ver, dime, ¿quién se atreve a estos desiertos del demonio?

Medito mientras Saire me cuenta y me cuenta y me sigue contando de sus andanzas: no escribimos para aproximarnos, echar luz, sobre lo que somos. Lo hacemos porque seguimos confiando, sigue latiendo en nosotros, esa luz, esa esperanza en torno a lo que deberíamos ser. No, el que escribe. Todos nosotros.

El cateador es una especie de Colón de la minería. Va y descubre la veta. Va y encuentra el yacimiento. Carece de los recursos para explotarlo, entonces acude a un pueblo grande donde hay quien compra –Potosí, Copiapó, ya aludidos- y vende su información –trae pruebas- por una suma sustantiva, que se redobla, triplica o se eleva más aún si dichas conjeturas se convierten en certezas metálicas. Luego el cateador –una especie de Che Guevara de la prospección minera- va y se gasta su honorario en lo que venga, en lo que le viene en ganas: en putas –el cateador siempre es solo, no es concebible ser cateador y tener familia-, en vicios –trago, tabaco, morfina-, en armar parrandas y fiestas desmesuradas para los conocidos –el cateador es solo, no tiene amigos- y cuando se agotó el último peso, el último chelín, la última rupia de sus alforjas, vuelta a empezar: a caminar, la montaña –su familia, su amigo- lo espera.

Un día –cuenta Saire-, andaba por los lados de Pisiga, y encontré a unos hombres que venían en un jeep, humeando el pobre. Se pararon al divisarme viniéndome venir desde la nada –ellos también venían desde allí. Me ofrecieron agua. Acepté. Siempre tengo sed. Siempre tuve sed. Compartí el agua con mi mula, la única que me quedaba, la otra se había muerto, reventada, daba pena, cayendo vertical desde un peñasco. Cuando estaba bebiendo de la cantimplora, vi adentro del carro: había un par de negros. Negros de África. Me dijeron: nosotros no somos de África. Somos cubanos. Somos los sobrevivientes de la guerrilla del Che. Me dijeron: chico, ¿tú sabes quién es el Che? No, les dije. ¿Cómo no sabes, chico, quién es el Che? No, no lo sé. ¡Parece que vives aislado, chico! Y sí, les dije, ¿acaso no ven que esto es un desierto? Insistieron: ¿y tú, chico, no conoces al senador Allende? A ese, sí, a ese le conozco, les dije: le di la mano en un mitin que hubo en Antofagasta.

Prosiguió narrándoles, a los cubanos, y los bolivianos que también escapaban: Había encontrado una veta grande, linda, de oro puro, finísimo, y cuando alcé mi paga, me fui al mejor cabaret del puerto. Cuando desperté, pensé que lo soñaba, pero no, había un tumulto de gentes que estaban escuchándolo. Era vehemente el tipo. Decía que si lo votaban y era presidente, iba a nacionalizar la pesca, para que los peces sean de ellos, de los pescadores del puerto. Eso me gustó. Me hizo acordar a Cristo. Bajé a la calle, lo busqué, le tendí mi mano. Le dije: soy Tito Saire, el mejor cateador del mundo. El me respondió: soy Salvador Allende, candidato a la presidencia de Chile. Luego lo mataron –me dice a mí en ese bar herrumbroso de San Pedro de Atacama. Hasta hoy, puedo seguir sintiendo algo así como una tristeza inasible, recóndita, amarrada a esas palabras.

‒Yo soy del Loa. Soy catamarqueño. Soy tupiceño. Depende la suerte y depende de cuando me conviene‒ me aclara, por las dudas, Saire, y yo, la verdad, le creo al milímetro porque estoy respirando ese aire que la gente de la frontera, el pueblo de los límites, te arroja en el rostro para que sepas que tu mundo, ese pequeño mundo de ciudades con rascacielos y agua con solo abrir las canillas, no vale un peso, menos una piel de guanaco, menos que menos una mina de caolín, en esos confines que se asemejan tanto a la vida, y a la literatura además. Ahora que lo pienso a Saire, ahora que lo escribo a Saire, a Tito Saire, me viene un hombre a los dedos que anotan, los índices que teclean esta máquina sin vida, y anoto, por eso de andar entre cordilleras, por eso de sentirse libre entre las patrias cautivas, por ese querer comunicarlo: pienso en Felipe Varela. Le pregunto, por si acaso. Me responde, tan inesperado como solía ser todo, esos días, en la puna y en mi vida: ¿Felipe Varela? ¡A ese también lo conozco! Lo mataron injustamente también pero por cuestiones de arriería. Tenía 11 hijos. Llevaba vino desde La Rioja hasta Arica. Unos camioneros lo desgraciaron en el Tamarugal, vaya uno a saber por qué lo hicieron. Siempre me acuerdo de él cuando le rezo al “Linca”.

Cuarta botella de pisco: Saire sabe hablar tanto como sabe beber. Ahora me cuenta una historia de pirquineros, una historia proletaria, una memoria que le contaba tal cual su abuela atacameña, la historia de tres ciudades: hace mucho pero mucho tiempo, los antiguos, osaron desafiar a los dioses con sus pecados y sus vanidades, y los dioses –Saire me mira fijo-, los dioses, Pablo, no son cojudos: los castigaron. Eran tres ciudades. Sodoma, Gomorra y no me acuerdo –y se ríe, se ríe a mares, el Saire, de su propio chiste. Río con él. Prosigue: “El Linca” les debe haber mandado un rayo a cada una, un vendaval, algo, la cosa fue que el castigo divino les cayó encima, los pueblos se desvanecieron para los ojos humanos, desaparecieron.

Atardece en San Pedro de Atacama. Pasa Lautaro Núñez por el ventanuco de barro y cortinas de nylon del bar. Lo reconozco por sus cabellos blancos, largos y lacios: parece Jeremías. El antropólogo, me dice Saire, que trabajaba con el padrecito. Luego, empuja el pisco, y sigue contando: de las tres ciudades, una de ellas se perdió para siempre, en la cordillera, nadie sabe su nombre, ni nadie quiere recordarlo. Otra de las ciudades se ocultó, no se perdió. Astuta era. Ciertos días del año aparece, en lo alto del cerro Quimal –Saire señala un lugar impreciso, más allá de las botellas y el ventanuco donde vimos caminar a Lautaro- ¿no la ves, Pablo? –me provoca Saire y yo me siento en las nubes, junto a él, tomando pisco y hablando de lo mismo que estamos hablando, aquí abajo: ciudades perdidas en el medio del desierto. Como en el Gobi, Como en Arabia. Como en Atacamak.

Cuando la veas, Pablo, la verás, si la ves, envuelta en una luz de fuego, diáfana, transparente, verás sus edificios de piedra, verás sus árboles –que aquí, como verás, no tenemos ni uno-, verás sus cultivos que florecen, verás a sus antiguos moradores –verás mi rostro en la mayoría de ellos: son mis parientes-, verás que ellos también eran poetas –yo, para pendejearme, le había leído, en el medio de la conversa, el Itaca de Kafavis, que llevaba, siempre, esos días, arrugado en mi billetera-, si te animas, prosigue Tito: sentirás sus anhelos, sus deseos, sus ansias…

Y –pregunto, borracho- ¿Cuáles eran esas ansias?

Y –responde Saire, borracho también- llegar al mar, comer piures, tomar vino de Tacama, revolcarse en la playa, y mandar todo al carajo, huevón, ¿acaso no podemos soñar con eso? –me dice el hombre que le dio la mano a Allende en el puerto de Antofagasta. Y sí, proclamo, y termino de preguntar: y con la tercera ciudad, ¿qué sucedió?

Nada.
Nada, contesta Saire.

Extrañamente –suspira- la tercera ciudad sobrevive. Es Toconao, que en lengua kunza, en nuestra lengua,  significa ciudad perdida, rinc6n perdido...

Saire en kunza, el idioma olvidado de los atacameños, se traduce como viento. Maisairi (sigo a Núñez en su Cultura y conflicto en los oasis de San Pedro de Atacama, ma=hallar, encontrar; sairi=lluvia) era el nombre de su abuelo, el chamán, el que invoca la lluvia, el que la alienta y la hace suceder en esos desiertos donde no llueve nunca. Toconao era como el Vaticano de los atacameños, los antiguos dueños del erial. Su abuela, Ramona, era una mujer valerosa, mercader de congrio seco, la comida que hizo vivir a las salitreras. Abuelo y abuela se conocieron en Cobija cuando aún era puerto de Bolivia. Procrearon 14 hijos, sólo la mitad vivieron. El padre de Tito fue minero en Caracoles, pirquinero nomás –me aclara el susodicho. La madre era un ave rara: era mapuche, vino de cautiva, vino de esclava a ser prostituida en las minas de plata. Tata Tito -su padre se llamaba igual que él-, la liberó de ese yugo, escaparon, enamorados, hechizados por la tierra, y la trajo con él hacia ese oasis, este oasis, llamado San Pedro de Atacama. Elvira Lincopán se llamaba mi madre, mi abuelo la conoció, antes de morir le dijo: niña, estos cerros, estas arenas, también son tuyas. Saire, con su dedo tembloroso, señala un lugar, impreciso, a la distancia. Una tumba, un destino, un sosiego.

La noche ya cayó. Es un vendaval de estrellas –las veo cuando salgó afuera a hacer aguas. Vuelvo a la mesa, bosque de botellas, y deseo, sólo deseo, saber qué significa, para él, para Saire, ese nombre: el “Linca”, tan citado.

‒El Lincancabur‒afirma con certeza y señala, sin dudar, al este. De allí venía yo, de allí vinimos con Eduardo, el contrabandista que recitaba a Borges. La sombra del volcán, de ese volcán majestuoso a cuyos pies descansa la laguna verde de arsénico puro –pura belleza envenenada- se proyectaba en ese preciso y decidido momento sobre nuestra mesa, sobre Tito y sobre mí, sobre nosotros mismos.

‒Por eso, nosotros mismos, todos nosotros, le decimos a nuestra tierra: la Lickana, el país del volcán, la nación de nuestro pueblo. Somos chilenos, somos bolivianos, somos argentinos, pero siempre y por sobre todas las cosas: somos atacameños. Mi abuelo me dijo, antes de partir hacia la cumbre del “Linca”, donde van a parar nuestros muertos: nunca te olvides, Tito, vos eres atacameño. Nunca te olvides. Nunca me olvido.

Hizo una pausa: todos los volcanes de la tierra dejaron de respirar. Culminó:

‒Soy el mejor cateador del mundo. Soy atacameño, soy lickan antay, el pueblo del volcán‒ y se dejó dormir, suavemente, Tito Saire, sobre la mesa. Era una piedra, era un guerrero, era un minero, durmiendo sobre una mesa de pino canadiense que olía a pisco, a limón, a memorias. Lo acompañé. A la mañana siguiente, fuimos juntos a tomar una sopa de cordero y papa kuti que preparaba doña Lola, la más veterana de las cocineras –había dos más- en el mercado del pueblo.

Mientras comíamos y resucitábamos y nos restituíamos al mundo tal cual lo conocemos, Tito Saire, octogenario, me dijo algo que no olvidaré jamás:

‒Lo mejor de las resacas es compartirlas.

Por eso lo escribí, Por eso, también, escribo.


Imagen: Volcán Licancabur, San Pedro de Atacama.
Fotografía de Douglas Fernandes.

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De PLUMAS LATINOAMERICANAS, 20/01/2017

'Gangster Warlords', un valioso aporte a la literatura sobre crimen organizado en Latinoamérica

MICHAEL LOHMULLER

El nuevo libro del periodista Ioan Grillo sobre crimen organizado en Latinoamérica ofrece un fascinante recorrido por cuatro organizaciones criminales, proporcionando un profundo análisis y narraciones de primera mano que ayudan a entender mejor las “guerras del crimen” en la región.

En su más reciente libro, “Gangster Warlords: Drug Dollars, Killing Fields, and the New Politics of Latin America” [“Caudillos criminales: dinero de las drogas, campos de muerte y la nueva política de América Latina”], Ioan Grillo explora “el paso de la Guerra Fría a una serie de guerras del crimen que sumen a Latinoamérica y el Caribe en un río de sangre” (Lea un fragmento del libro aquí).

La pregunta central que orienta la investigación de Grillo acerca de lo que ha permitido que el crimen y la violencia hayan crecido en América Latina desde el final de la Guerra Fría es: “¿Por qué el continente americano está inundado de sangre en los albores del siglo XXI?”.

Para responder esta pregunta, Grillo —amigo de InSight Crime y antiguo colaborador de nuestro sitio web— tiene varias explicaciones. Entre ellas se encuentra el colapso de las dictaduras militares y las fuerzas guerrilleras en la región, que dejaron como resultado arsenales de armas y combatientes en busca de empleo. Además, en las democracias emergentes de la región abundan la debilidad y la corrupción, lo que ha impedido que se establezcan sistemas de justicia efectivos y que se imponga el Estado de derecho.

Estas condiciones fueron propicias para el surgimiento de los criminales, que de ser simples narcotraficantes se convirtieron más tarde en un “extraño híbrido entre gerente del crimen, estrella de rock criminal y general paramilitar”. Grillo intenta explicar estas híbridas organizaciones criminales “siguiéndole el rastro a los nuevos campos de batalla del continente americano”.

Para ello, “Gangster Warlords” dedica cuatro extensos capítulos al estudio de casos específicos que representan “diferentes estilos de personajes y organizaciones de la región.” Estos son: el Comando Vermelho de Brasil, el Shower Posse de Jamaica, la Mara Salvatrucha (MS13) de Centroamérica y Los Caballeros Templarios de México.

La intención de los cuatro estudios de caso escogidos es demostrar que el surgimiento simultáneo de las “milicias del crimen” en diferentes países “no es casualidad” sino “una tendencia regional, un producto de circunstancias históricas”.

Sin embargo, antes de adentrarse en los estudios de caso, Grillo hace referencia a un debate pertinente: la discusión acerca de cómo entendemos los conflictos posteriores a la Guerra Fría en Latinoamérica, y cuál debería ser la respuesta de los gobiernos.

Es decir, las “guerras del crimen” de la región no son guerras tradicionales o conflictos armados declarados, sino más bien un “una mezcla de crimen y guerra.” Dentro de “esta mezcla de crimen y guerra”, afirma Grillo, “los criminales armados a menudo alcanzan sus objetivos de una manera más efectiva de lo que lo hacen las grandes fuerzas gubernamentales”.

Grillo sostiene que estas organizaciones criminales basan su poder en el control de ciertos territorios y amenazan la naturaleza fundamental del Estado, “no tratando de tomárselo por completo sino dominando algunas de sus partes y debilitándolas”. En ciertas áreas, estos grupos criminales “se inmiscuyen en el monopolio estatal de la violencia —o, más precisamente, en el monopolio de la guerra y la administración de justicia”. Sin embargo, a diferencia de los grupos insurgentes o terroristas, los criminales latinoamericanos están motivados principalmente por incentivos económicos, no por objetivos políticos o sociales.

Por lo tanto, Grillo se interesa por entender “cómo estos criminales ejercen el poder, cómo hacen la guerra y cómo operan como fuerzas políticas y combativas”, así como los móviles de los “irracionales niveles de violencia” y la manera cómo podrían detenerse.

La búsqueda de respuestas a estas preguntas lleva a Grillo a un interesante viaje por algunas de las zonas más peligrosas de Latinoamérica. Excelente escritor y narrador, Grillo combina a la perfección fascinantes entrevistas con delincuentes, policías y otros actores de la región con conceptos teóricos y contextos históricos.

El resultado es una discusión interesante y llena de matices sobre múltiples aspectos, organizaciones y personas relacionadas con el auge de la criminalidad en Latinoamérica.

Desde las favelas brasileñas, pasando por las guarniciones jamaiquinas, hasta sus reportajes sobre el terreno durante el apogeo del movimiento paramilitar en Michoacán, México, Grillo habla con influyentes y experimentados actores criminales de la región.

Se trata de personas —como los miembros iniciales de Comando Vermelho en Brasil y los socios del conocido criminal jamaiquino Michael Christopher “Dudus” Coke— que fueron testigos de primera mano de la evolución del crimen en sus respectivas comunidades. Sus aportes son de un gran valor para el análisis de Grillo, y le permiten al lector entender las perspectivas de los actores criminales regionales y las razones o autojustificaciones de sus conductas.

En los estudios de caso de las organizaciones criminales seleccionadas, Grillo identifica varios paralelos en la manera como operan los grupos criminales latinoamericanos.

Básicamente, Grillo sostiene que a estos diversos grupos los unen sus intentos de controlar territorios y emprender este nuevo tipo de conflicto. Como resultado, para Grillo resulta más adecuado considerar a los hombres armados de la región más como milicias que como meros pandilleros.

Grillo introduce entonces el concepto de “caudillo criminal” (“gangster warlord”), término que considera mejor para explicar los híbridos líderes criminales de la región, como “Dudus” Coke de Jamaica o Heriberto Lazcano de Los Zetas. Es decir, aunque estos hombres son criminales que dirigen bandas, son más que simples narcotraficantes, al mando de las milicias que gobiernan sus feudos, “protegen las fronteras de sus dominios, asesinan a los enemigos armados que entran a su territorio, cobran ‘vacunas”, realizan juicios, respaldan a los políticos y realizan trabajos sociales”. Estos caudillos criminales, sin embargo, controlan ciertos aspectos de su país, y le dejan al gobierno la provisión de electricidad y otros servicios.

Grillo sostiene que, para poder detener las actividades de los caudillos criminales de Latinoamérica, los gobiernos deben entender realmente cuál es el problema, aunque puede resultar doloroso admitir que los criminales desafían al Estado y su monopolio sobre la violencia. Por eso, Grillo termina su libro haciendo recomendaciones con respecto a tres áreas donde los gobiernos deberían tratar de mejorar sus acciones: reforma a la política de drogas, construcción de sistemas de justicia y transformación de los guetos. Si bien estas recomendaciones no son novedosas, son conclusiones pragmáticas y razonables derivadas de años de trabajo de Grillo en Latinoamérica y le aportan a “Gangster Warlords” la necesaria nota de optimismo con respecto al futuro.

En general, “Gangster Warlords” es una excelente obra que presenta una mirada macro sobre las tendencias políticas y socioeconómicas, y que a la vez incluye condiciones locales, para proporcionar una imagen completa de la oleada criminal en Latinoamérica después de la Guerra Fría. Quienes pretendan tener una mejor comprensión de las condiciones que permitieron el surgimiento de los grupos criminales en Latinoamérica, y sobre la manera de entender y responder a los “caudillos criminales” y a las milicias criminales de la región, descubrirán que esta obra es un recurso muy valioso.

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De INSIGHT CRIME, 25/02/2016

Tuesday, May 23, 2017

Ya es bastante invierno

JORGE MUZAM

Por aquí ya es bastante invierno, le digo por mensaje a Pablo Cingolani. Llueve con murmullo persistente. Ha nevado en las cumbres. Las escampadas tienen rumor de viento norte. El musgo se apodera de las piedras, de los estanques, de los troncos viejos. El río Ñuble vuelve a adquirir la prestancia y el rugido de un río sureño. Despierto temprano, incluso en día domingo, es una conducta propiamente campesina que suele acompañar toda la vida. Café para espabilar mirando por la ventana el Malalcura, comprobar que sigue en su sitio. Que la historia previa no fue una ilusión ni menos un sueño de Monterroso. Mis ingredientes para vivir suelen ser imaginarios. Posibilidades y recuerdos que interactúan en una novela inédita, incongruente, circense por defecto. La soledad fantasmagórica de la cordillera exalta mis quijotismos. Si tan solo Doré pudiera dibujarme. Mi cabeza es un Saturno anillado de esqueletos, cañones sin pólvora, generales rusos dubitativos.

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De CUADERNOS DE LA IRA (blog del autor), 11/05/2017

Biarritz, pasos perdidos

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

Hace ya un año que tengo que pasar un día a la semana por Biarritz por motivos no del todo agradables ni propios del flâneur. Es más, el flâneur escapa de esas residencias de ancainos que en realidad son morideros de los que si nos libramos es de milagro o por haber reventado antes: Je voudrais pas crever... A veces me asomo al mar, salpicado de surfistas, otras deambulo por calles solitarias, de silencio,  flanqueadas de villas muy hermosas, en estilos neo-vasco, modernista, paliego-pomposo, cortijero andaluz... que están cerradas la mayor parte del año y hablan de un pasado cada vez más remoto y más convencionalmente novelesco, poblado de personajes que parece salidos, y a veces lo hacen, de alguna novela de Patrick Modiano. Los nombres de esas casas son vascos, rusos, franceses, ingleses... Hace treinta años (1987) utilicé alguna de ellas como decorado de una novela La caja china que tardó muchos años (demasiados) en ser publicada y que no he vuelto a abrir.  Unas semanas atrás di con  esa Villa Cocodrilo, pero no llevaba la cámara. Hoy he acudido con ella y una mujer mayor que estaba tirando un paquetón de periódicos a la basura, me ha preguntado si buscaba algo. Cuando le he señalado el nombre de la villa ha exclamado con una pronunciación graciosa: «¡Ah, le cocodrilo!» y se ha vuelto A su casa a carcajadas. Ignoro qué historia puede haber detrás de ese nombre tan exótico: un excéntrico, un original, un rico americano...

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De VIVIRDEBUENAGANA (blog del autor), 20/05/2017

Monday, May 22, 2017

Svengali

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES

Gema rarísima, de desconcertante belleza. Svengali, película de 1931, dirigida por Archie Mayo y producida por los estudios Warnes Brothers bajo el sistema Vitaphone. Protagonizada por John Barrymore y una adolescente Marian Marsh (la dueña de esa mirada adorable e insana de la imagen), está basada en la novela de George du Maurier de nombre Trilby, publicada a fines del siglo XIX a modo de folletín y considerada, una vez convertida en libro, como el primer best seller de la historia. Sin la resonancia de otros clásicos del cine de la época como Drácula o Frankenstein, la base de la historia es el mito de Pigmalión -señor maduro educa y se enamora de joven sencilla- recreado ahora en clave gótica, con elementos del expresionismo alemán (decorados deformes, luces y sombras generadoras de angustias, ángulos peculiares incitando al abismo), en los días de la bohemia parisiense. Svengali (Barrymore) es un profesor de música excéntrico, desastrado, inestable, manipulador, que se gana la vida haciendo clases, en su mayoría a mujeres solitarias, parloteando un francés con acento germano de toque malévolo. Cuando conoce a una joven de nombre Trilby (Marsh), modelo nudista tan despreciada socialmente como él, utiliza su habilidad para hipnotizarla y así manejarla a su arbitrio. La escena en que Svengali ejerce su poder a distancia sobre su víctima, con sus ojos convertidos en dos bolas luminosas, cruzando ventanas, tejados y calles, es una de las más recordadas del film. Gracias a los poderes mentales de Svengali, Trilby se convierte en una exitosa cantante lírica. Junto con ello, la vida de la muchacha se va ligando a la del músico de una manera indeleble, mientras un pintorcillo insufrible intenta impedirlo. La obra causó (y sigue causando) la molestia del gremio de los psiquiatras por darle a la hipnosis una fama ligada a los chapuceros y a las ferias de diversiones, por sobre la práctica médica dedicada al bienestar mental de los pacientes. Vi esta cinta por primera vez una madrugada de fines de los ochenta, en la señal cultural del canal del estado, tiempos en que uno podía toparse con estos programas en la televisión abierta. Vaya insomnio que me provocara.

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De EVOLUCIÓN DE LA ESPECIE (blog del autor), 21/05/2017

Friday, May 19, 2017

La paz, carajo

ROBERTO BURGOS CANTOR

Ante la agitación de los días, algunos escritores volvemos a la pregunta sobre la identidad. Tal interrogante angustia cuando percibimos las maneras distintas de recibir, asumir, discutir, los hechos que influyen en la construcción no terminada del país.

Un pasado insepulto impide soñar y levantar el futuro. Las explicaciones de una anomalía así pretendemos encontrarlas en sentencias de antiguos gobernantes que se erigen en oráculos del desprecio, o la impotencia, o las ansias de un pedazo de mármol.

O quienes se pretenden sobrevivientes del latín, repiten con solemnidad, interpretaciones de bromas de la literatura, como los de García Márquez o Borges.

¿Qué somos? Si acaso somos.

¿Qué fuimos? Si lo supimos.

¿Qué seremos? Si de verdad alienta un deseo.

Parecería que todo sirve para separarnos más. Entretenidos en el juego macabro de matarnos, nos encanta confundir, engañar, aprender trucos.

Los encuentros primigenios, sociedades de culturas diversas, fueron unificadas con la imposición de una fe traída, una lengua impuesta, y el inmisericorde despojo de cuanto tuvimos.

Después las fusiones violentas con quienes arrastrados a la fuerza, sufrieron la crueldad y las acomodadas clasificaciones espirituales.

Liberados del coloniaje, los procesos independentistas generaron más diferencias. Caudillos fracasados se conformaron con fechas y banderitas, himnos de rataplán, escudos con figuras que el implacable tiempo desmiente. Un canal que nos robaron. Un gorro. Un cóndor que se extingue después de arrancarle un dedo a Alejandro Obregón para que no lo pintara.

El hombre de la gloria dijo, aquí cerca, en la lucidez dolorosa que ofrece el Caribe: si mi muerte contribuye. Y nada. La muerte si contribuye a la soledad de los vivos. Pero aún no lo dejan descansar en paz. ¿De dónde ese vicio de confundir la historia que sucedió, su inexorable límite temporal, con un designio que amarra el posible futuro?

Parece que tantas dificultades no resueltas nos hacen aptos para ser continuistas de los empeños fáciles, odiar, vengar, lucrarse, sin escrúpulos para los privilegios, activistas del interés personal.
Un escrutinio de los días, a lo mejor muestra una incapacidad para rodear y apoyar las empresas grandes, generosas, de virtud evidente que con su bondad unen, llaman al futuro.

Así la paz.

Pero no: a pelear por los tres pesos, el subsidio. ¡Jerarquiza compadre!

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De BAÚL DE MAGO (EL UNIVERSAL), 19/05/2017

Imagen: Wilfredo Lam/La mañana verde

Thursday, May 18, 2017

MÉXICO: LA VORÁGINE

ADOLFO GILLY

“Jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia”, dice el inolvidable inicio de La vorágine, aquella novela que hace casi un siglo (1924) publicó el colombiano José Eustasio Rivera, inmortal desde entonces.

La violencia que en México nos envuelve sin ley y sin piedad se desencadenó como un turbión que recorre tierras, aguas, aire, todo el territorio de la nación, cuando la casta gobernante –Ellos, como los llama el pueblo– se jugó a los azares del mercado financiero mundial, por definición sin otra ley que la ganancia, lo que era el corazón y el alma de la Constitución de 1917: el artículo 27, piedra angular de toda la estructura jurídica alzada por los constituyentes de aquellos años de fuego.

Este artículo, en su versión de 1917, establecía la propiedad originaria, inalienable e indivisible de la nación sobre el suelo y el subsuelo de todo su territorio. Esta estructura jurídica conceptual era heredera explícita de las Ordenanzas de Aranjuez, dictadas en 1783 por Carlos III, rey de España, según las cuales las minas en el subsuelo de la Nueva España podían ser concedidas para su explotación a particulares, pero sin separarse del Real Dominio. La nación mexicana fue la heredera universal de los derechos de la corona, y así los reivindicó en su constitución.

El artículo 27 indicaba esta propiedad originaria como un elemento constitutivo de la soberanía nacional, y así lo invocó el presidente Lázaro Cárdenas en 1938 como sustento jurídico inalienable de la expropiación petrolera y la reforma agraria ejidal. En esta arquitectura jurídica y conceptual suelo y subsuelo son propiedad de la nación, mientras el campesino ejidatario detenta la tenencia y el capitalista sólo la concesión, mientras renta agraria y renta minera tocan a la nación.

Era el sustento material y jurídico de la soberanía nacional –esta es nuestra casa y esta es nuestra ley– y una de las condiciones para su ejercicio sin hipotecas ni restricciones, por la comunidad nacional como un todo y por el Estado que a esa comunidad pertenece y se debe.

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Desde el sexenio de Miguel de la Madrid esta arquitectura jurídica fue destruida para abrir paso al Gran Dinero, al capital financiero entonces emergente como la parte más dinámica y poderosa de los capitales nacionales: industriales, comerciales, agrarios. Desde los años 70 del siglo XX una corriente de economistas de izquierda –entre ellos Ernest Mandel, conocedor de México– estaba planteando este surgimiento poderoso de un capital financiero mexicano por entonces aún en embrión.

El terremoto del 19 de septiembre de 1985, que paralizó al gobierno federal mientras el pueblo salía al rescate de su propia gente entre las ruinas, fue como una rebelión de la naturaleza con el escenario del pacto diabólico de ese dinero sin tierra y sin ley que se convertiría desde el sexenio sucesivo en amo y señor del territorio de esta nación que no es suya, sino del muy antiguo pueblo mexicano.

La narcoindustria produce esencialmente para el mercado internacional. Allí están sus enlaces, sus grandes consumidores, su amplio mercado y sus finanzas. Su ámbito de trasformación de dinero ilegal en capitales legales está sobre todo en la opacidad del sistema financiero internacional, en cuyo mundo se mueven y pertenecen las finanzas mexicanas. Como submundo ilegal y poderoso necesita, igual que en Italia, en España o en Estados Unidos, una cobertura protectora en los mundos de la política y de la seguridad. Son múltiples los estudios y más aún las investigaciones noveladas que describen este universo.

Nuestro colega el Astillero habló en estos días, por televisión, de la gran descomposición nacional en que este entrelazamiento entre narcoindustria, finanzas, mercados y política nos ha sumido. Habló también de la subordinación de buena parte del periodismo a las imposiciones, las exigencias y los espacios de ese poder, siempre presente e invisible como una gran desgracia, como decía Pablo Neruda en aquellos entonces.

No podemos ubicar el corazón de esta vorágine de violencia y desintegración solamente en la corrupción que prolifera en el mundo de la política. Este es, por hoy, un mundo subordinado al del gran dinero y, sobre todo, al gran dinero que no puede decir su nombre, a las finanzas clandestinas que se funden, casi invisibles, en la gran corriente financiera legitimada por las leyes, la economía, los capitales y las costumbres.

La corrupción es un subproducto, no un origen de la vorágine que nos arrastra. El capital financiero, al cual la vertiginosa revolución tecnológica, uno de cuyos productos es la digitalización, ha dado los instrumentos para tomar el mando de la economía, la política, la comunicación, los proyectos educativos y, last but not least, las tecnologías, las doctrinas, el destino y el uso de los ejércitos y las fuerzas armadas. Hoy su empresa es subordinar los vastos mundos de la vida a su comando y a sus fines ciegos e impersonales. Y no es perversión, sino la forma y el destino del Gran Dinero en el cambio de época que estamos viviendo en este siglo XXI.

¿Qué estaba indagando Javier Valdez cuando lo mataron? ¿Se había aventurado en este infierno de relaciones perversas en crecimiento, en el cual se cruzan los feminicidios, el tráfico de seres humanos, las innumerables fosas clandestinas? ¿Había empezado a tocar, como antes lo había hecho, regiones sensibles de ese universo opaco y poderoso?

No sabemos. Mientras tanto un espeso velo sigue cubriendo a los responsables y los ejecutores de Ayotzinapa, de Atenco, de Nochixtlán, de toda la doliente geografía de las desaparecidas y los desaparecidos y las fosas clandestinas en el territorio nacional.

De estas dimensiones, de estos peligros, es el desafío que enfrentó Javier Valdez con calma, paciencia y osadía. Nos lo ha heredado. Seámosle fieles, cada uno y cada una al modo que le digan su leal saber y entender, su oficio y su alma. Y por sobre todo tratemos de conocer y de comprender, no tanto la visible y terrible apariencia, sino sus secretas y extensas esencia y presencia.

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De LA JORNADA, 17/05/2017

Imagen: Junto con un mensaje, los arreglos florales dedicados al periodista Javier Valdez, asesinado el pasado lunes, fueron trasladados frente a la catedral de Culiacán/Foto Carlos Ramos Mamahua