Saturday, August 26, 2017

Los perros dialogan a las ocho

JORGE MUZAM

Oscurece y la nieve se sigue acercando a las lomas bajas. Una blancura gris envuelve las montañas y las agiganta a medida que la noche se impone. Los perros dialogan a las ocho. Se adhieren a Mozart, a los budismos de Kim Ki Duc, al silencio mismo. Es el contrapunto crepuscular a la marcha de los días, al tic tac de la mente, al dolor de ir siempre en reversa. La tarde estuvo pródiga en lluvia. Un ventarrón del oeste estropeó la ventana que está justo bajo el encino. Cayeron estuches y abanicos. Siguen ahí mismo, como instalación artística de la desidia. Hubo tiempo de hojear Los palabristas de Hrabal. Miseria resignada. Vaho invernal. Pies azulosos de frío. La inclemencia al interior de los zapatos que nunca podrán repararse. Humor a pesar de la historia. Tal como en La patria de la electricidad, de Andréi Platónov. Es mejor marchar hacia la muerte como un payaso. Sonrisa estilosa. Guante blanco. Flor lila al pecho. La vida humana cabe en una carpa de circo. En un ataúd de mago. Las cosas nunca han sido demasiado serias. Se ha silenciado la noche. Se han callado los perros. No hay nada más que decirse por hoy, salvo soñar, rascarse pulgas insomnes o esperar el raleo de alguna nube que deje una estrella al desnudo.

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De CUADERNOS DE LA IRA (blog del autor), 22/08/2017


Imagen: Bohumil Hrabal

Borges antes y después de Borges

JORGE CARRIÓN

La obra de Borges abunda en esos personajes subalternos, un poco oscuros, que siguen como sombras el rastro de una obra o un personaje más luminosos. Traductores, exégetas, anotadores de textos sagrados, intérpretes, bibliotecarios, incluso laderos de guapos y cuchilleros. Borges define una auténtica ética de la subordinación [...] Ser una nota al pie de ese texto que es la vida de otro: ¿no es esa vocación parasitaria, a la vez irritante y admirable, mezquina y radical, la que prevalece casi siempre en las mejores ficciones de Borges?
Alan Pauls, El factor Borges

I
La lápida de Jorge Luis Borges en el Cimetière des Rois de Ginebra, con su inscripción en inglés antiguo y a la sombra de un árbol que solo florece en años impares, se encuentra al lado de la tumba de una puta. La de quien escribió “Pierre Menard, autor del Quijote”, un cuento cuyo protagonista escribe en francés a menos de mil kilómetros de aquí, es kitsch: nadie entiende ese homenaje póstumo de María Kodama, escrito en caracteres incomprensibles y en tipografía de saga nórdica, estridente como un gaitero escocés en este paisaje armónico y sobrio de coro gregoriano. La hierba crece frondosa en el rectángulo que en 1986 enmarcó el cadáver de Borges, entonces reciente. No hay mensajes ni flores ni piedras, como sí los hay –por ejemplo– en la tumba parisina de Cortázar. Las rosas están frescas, en cambio, en el rectángulo equivalente de Grisélidis Réal (1929-2005), escritora, pintora, prostituta.

Más allá está el monumento preciso –diseño helvético– que señala los restos de Robert Musil, quien murió en Ginebra en 1942, a resguardo de la tormenta nazi. Un poco más lejos, junto a la puerta, se encuentra la tumba de un tal Babel, que tal vez fuera bibliotecario. Pero el muerto más cercano al autor de “La lotería en Babilonia” es una muerta: una activista, una mujer valiente, una artista cosmopolita que se educó en Alejandría, Atenas y Zúrich, una puta de lujo que siempre defendió a los marginales, es decir, los habitantes de los márgenes, incluso en su funeral, que mezcló a desamparados con dignatarios, a trabajadoras del sexo con millonarios relojeros.

A los ojos de este turista cultural, de este viajero enamoradizo que persigue topografías literarias, hay un modo de unir conceptualmente la tumba de Borges con la de Réal mediante el tercer vértice de otro posible triángulo: aquí también fue enterrado el filólogo suizo Denis de Rougemont, que explicó como nadie los extraños modos en que codificamos el amor en Occidente.

II
Borges es un paréntesis que duró 45 años. Desde 1930, cuando publicó Evaristo Carriego y al poco conoció a Adolfo Bioy Casares, hasta 1975, cuando murió su madre y María Kodama se convirtió en su secretaria personal. Entre esas dos fechas escribió todas sus obras maestras como habitante de Buenos Aires y como lector iconoclasta, memorioso y memorable de la literatura universal. Antes y después de Borges, a un lado y otro del paréntesis irrepetible, hay otro Borges, literariamente menos interesante, pero muchísimo más feliz. Es el Borges que llegó con su familia en 1914 a Ginebra, donde estudió el bachillerato y conoció la obra de los vanguardistas; que llegó en 1919 a Palma de Mallorca, donde nadó y trasnochó y firmó un manifiesto ultraísta; que regresó a Mallorca sesenta años más tarde, donde visitó a Robert Graves, y que se mudó a Ginebra en 1985 para que su muerte fuera suiza.

El Borges canónico es venerable y monumental, progresivamente abstracto. Camina con la ayuda de un bastón. Se está quedando a oscuras o, como Tiresias, ya es del todo ciego y nos inquieta con sus visiones irónicas. Ha escrito cuentos indestructibles y dicta poemas y conferencias y lo traducen y recibe premios. Su mundo es Buenos Aires: vive con su madre y con la criada, Epifanía Uveda de Robledo, “Fanny” (como la abuela Fanny Haslam), pasea y cena con Bioy Casares, adora el tango, es un escritor que lee y escribe, más texto que arrebato. El otro Borges, tanto el primero como el último, es apasionado y corporal. Escribe cartas y poemas y manifiestos, todavía no es capaz de pensar en libros. O ya escribió todos los que pudo pensar y ya solo piensa en sus Obras completas. Viaja con su familia, de joven, o con María Kodama, de viejo. Es feliz y no tiene pudor en proclamar su felicidad sobre esos viajes últimos, sobre esa vida en Ginebra.

También fue feliz en Mallorca: no es difícil imaginarlo mientras subes en coche por la carretera que conduce a Valldemosa y a Deià. Las terrazas y la piedra y las paredes verticales y los olivos de troncos torturados: todo transporta hacia el mismo paisaje que descubrió entusiasmado después de haber vivido y estudiado, adolescente, en Suiza. En una Suiza que, cuando llegó en 1914, le pareció triste, gris metálico, y que enseguida se convirtió en un parque cerrado al mundo a causa de la primera gran guerra. De la geometría y la amabilidad suiza pasó sin solución de continuidad a una ciudad mediterránea y cosmopolita, con turismo incipiente, y de ella estos paisajes telúricos que encantaron al mismo tiempo que provocaron el rechazo visceral de George Sand y que enamoraron, en cambio, a Graves, quien tras permanecer en silencio durante toda la reunión con Borges y Kodama, les gritó de pronto en la puerta: “¡Tienen que volver! ¡Esto es el Cielo!”

III
La luz de Mallorca se contrapone, caprichosa, a la oscuridad de Barcelona, por donde hay que pasar necesariamente en aquellos tiempos sin tantos aviones: “hace unos quince días abandonamos la Ciudad Condal (así llaman los diarios a Barcelona) para venir a pasar el verano a las Islas Baleares”, escribe en Cartas del fervor, el 12 de junio de 1919. La ironía es esa línea que une a todos los Borges que llamamos Borges. Dos años después será más tajante y hablará de Barcelona como de “la ciudad rectangular e inmunda”.

El viaje ha sido una idea extravagante de su padre, le cuenta a su amigo íntimo Maurice Abramowicz, y se encuentran en Palma de Mallorca, una ciudad hermosa pero también monótona. Borges reproduce un diálogo con un desconocido en que conversan sobre Suiza y él dice que allí hay de todo y que “la ciudad es tan hermosa con el lago y el Ródano y...”. Está claro que ha idealizado su vida suiza, que la echa de menos, y que por eso el día a día mallorquín se le vuelve plomizo. Por las mañanas va en tranvía a Portopí, a bañarse en el mar; por las tardes recibe clases de un clérigo; por las noches, lee en el Círculo de Extranjeros (por ejemplo, a Baroja, con entusiasmo, porque será lentamente, en Buenos Aires, cuando decida programáticamente distanciarse de la literatura española y rechazarla).

Ahora Portopí es un gran centro comercial y, al otro lado de las aguas de mar, solo queda el recuerdo del viejo puerto, con su vida de pescadores. Hay que seguir un poco más adelante para llegar a Ses Illetes, que por ser una zona militar ha sido preservada de la invasión masiva del turismo. Las aguas son transparentes, casi sin sal, de un azul muy suave. Hay algunas mansiones burguesas. Y una arena blanca de postal. Aquí es posible imaginar al joven Borges, que había aprendido a nadar en el Paraná y en el Ródano, solar y atlético, tensando los músculos en cada brazada.

Poco a poco se va sintiendo parte de la ciudad y de la isla, sobre todo gracias a la conversación y la amistad con Jacobo Sureda, enfermo de tisis, con quien compartió la complicidad vanguardista, pero también al descubrimiento de la noche, del alcohol y la noche. En 1926 dijo: “Mallorca es un lugar parecido a la felicidad, apto para en él ser dichoso, apto para escenario de la dicha, y yo –como tantos isleños y forasteros– no he poseído casi nunca el caudal de felicidad que uno debe llevar adentro para sentirse espectador digno (y no avergonzado) de tanta claridad de belleza.”

En las fotos aparece con traje juvenil y corbata, el pelo peinado hacia atrás, levemente engominado.

IV
En la Grand Rue hay una librería anticuaria con volúmenes que me encantaría poseer: primeras ediciones de la Internacional Situacionista, de Kerouac, de Debord. También hay bibliografía de los siglos XVIII y XIX. Desde el fondo de la cueva una voz de mujer me grita ¡fotos no! Yo, tras pedir perdón, le pregunto a esa mujer sexagenaria y corpulenta, mientras se levanta las gafitas a punto de caer en la punta de la nariz, si Borges compraba aquí sus libros. Me dice que no. No le creo. Ella tampoco me ha creído cuando le he dicho que no sabía que no estaba permitido hacer fotos. Estamos empatados.

Una hora más tarde, cuando descubra los tableros de ajedrez gigantes en el suelo del Parc des Bastions, tras bajar de esta colina que es el centro histórico, pensaré de nuevo en ella: hemos hecho tablas. ¿Llegaría a ver Borges esos peones, esos caballos, esos dos reyes rodeados de 64 casillas blancas y negras? ¿Sabría que uno de sus símbolos fundamentales era tridimensional, allí abajo, a cinco minutos de su casa? Esta se encuentra a cincuenta metros de la librería, una placa lateral (la calle está llena de placas frontales de nombres y fechas y libertad religiosa y lucha por los derechos civiles que nadie recuerda) recuerda que aquí vivió Borges. La cita es de Atlas, el libro que escribió con María Kodama, su testamento a cuatro manos: “De todas las ciudades del mundo –recuerda la inscripción–, Ginebra me parece la más propicia para la felicidad.” La cita se parece a la que el pueblo de Blanes repite en varios rincones para reivindicar a Roberto Bolaño. Una cita de “Pregón de Blanes”. Hay que buscar en los textos menores las grandes afirmaciones, las notas a pie de los textos que sí importan.

El Borges adolescente accedió en esta ciudad, gracias a una biblioteca circulante, a los clásicos de la literatura francesa, como Victor Hugo, Baudelaire o Flaubert. Fue Abramowicz quien le presentó a Arthur Rimbaud. Los Borges vivían en la rue Malagnou. Marcos-Ricardo Barnatán cuenta en Borges. Biografía total que la calle ahora tiene “el nombre del ilustre pintor suizo Ferdinand Hodler”, en cuyo número 17 “vivieron, en el piso con cuatro ventanas que da a la calle de la primera planta, desde el 24 de abril de 1914 hasta el 6 de junio de 1918”, años durante los cuales Borges estudió en el Liceo Calvino. La materia principal era el latín, pero casi todo se estudiaba en francés.

Habían llegado a Suiza a causa de los primeros signos de la ceguera del padre, que lo obligaron a la jubilación anticipada y que anticiparon los del propio Borges (hay hombres que monopolizan el apellido de sus mayores). Curiosamente, pese a la guerra, en 1915 cruzaron los Alpes y visitaron Verona y Venecia. Lo recuerda en Un ensayo autobiográfico y en esas páginas tiene su protagonismo la amistad: “Mis dos mejores amigos eran de origen judeopolaco: Simon Jichlinski y Maurice Abramowicz. Uno se hizo abogado y el otro médico. Les enseñé a jugar al truco, y aprendieron tan bien y tan rápido que al final de nuestra primera partida me dejaron sin un centavo.”

Me intriga muchísimo ese viaje en plena Primera Guerra Mundial: ese turismo inesperado. Pero no encuentro rastro sobre él en sus biografías. Sí repiten, en cambio, que su hermana Norah llegó a soñar en francés.

V
“Fuimos a Mallorca porque era hermosa, barata y porque apenas había otros turistas que nosotros –prosigue Borges en sus memorias–. Vivimos allí casi un año, en Palma y en Valldemosa, una aldea en lo alto de las colinas.” Él siguió estudiando latín, con un sacerdote que jamás había sentido la tentación de leer una novela, mientras su padre escribía El caudillo, una ficción notable que se inscribe en esa obsesión de la literatura latinoamericana, desde Facundo de Sarmiento hasta La fiesta del chivo de Vargas Llosa, pasando por Pedro Páramo de Rulfo y tantas otras, por la figura masculina y autoritaria, tótem del poder. Imprimió quinientos ejemplares en Mallorca, que llevó en el barco de vuelta a Buenos Aires. Antes de morir, le pidió a Borges que algún día la reescribiera y la limpiara de retórica.

No lo hizo.

Las cartas de aquella época revelan cómo siguió pendiente del debate cultural europeo también desde la isla. En el Círculo era común discutir sobre las teorías de Einstein. Con Sureda avanzan en su complot ultraísta. Y hasta encontró Borges a un barbero lector de Baroja, Huysmans y la baronesa de Suttner. Cuando se acerca la partida, confiesa estar triste por el regreso a Buenos Aires: “Voy juntando por aquí y por allá –escribe– informaciones sobre ese extraño país.”

Después de dejar atrás el Mediterráneo, a Jacobo Sureda no volvería a verlo, porque falleció en 1935, pero sí se reencontró con Jichlinski y Abramowicz en Ginebra a principios de los años sesenta. Casi no reconoció, a causa de las canas, del envejecer, a aquellos “hombres de cabeza gris”, dice en Un ensayo autobiográfico.

No menciona su ceguera.

VI
En los papiros egipcios, en los viejos coranes, en la Biblia de Gutenberg, en los bellísimos manuscritos japoneses, libros de la almohada, en el retrato de Dante que atribuimos a Botticelli, en las primeras ediciones de la Divina Comedia y de las tragedias de Shakespeare y del Quijote, los alfabetos se van sucediendo como páginas de un único libro, de una única historia textual de la humanidad que en la Fundación Martin Bodmer de Ginebra puede leerse mientras se pasea, la luz tenue, una sutil intimidad.

Tras el Ulises de Shakespeare and Company y alguna alusión al vecino Musil (el tercer volumen de El hombre sin atributos fue publicado en Lausana en 1943), como los clásicos indiscutibles, Borges tiene en el museo de la letra y el libro una vitrina para él solo. En el discurso de la institución, con él acaba la literatura, oriental y occidental, una historia antigua que comienza con el bello caos del mito y termina con la perfección conceptual del logos. Se exhibe el manuscrito de “El Sur” de 1953, la primera edición de Ficciones (Sur, 1944) y la de El Aleph (Losada, 1949) y la de El libro de arena (Emecé, 1975), algún otro manuscrito y, finalmente, en un carrusel que da vueltas, para que puedan verse las páginas caligrafiadas por ambas caras, la versión original de “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” de 1940.

Esa vitrina a las afueras de Ginebra, con vistas al lago y a la ciudad puntual, es el auténtico mausoleo de Borges y no aquella tumba kitsch que he visitado esta mañana. Un mausoleo clásico y dinámico, sobrio como sus obras completas en La Pléiade, con la iluminación tenue de las velas o del respeto. Todas las tradiciones, todos los alfabetos concluyen aquí y, como una veleta o una rosa de los vientos, da vueltas un mundo que es un cuento.

VII
Que Borges fue feliz en Ginebra y que quiso morir en Suiza son cosas que sabemos por María Kodama. Bioy Casares no lo tenía tan claro, como dejó dicho en la página 1590 de su faraónico Borges, el viernes 14 de febrero de 1986: “Ferrari me dice que está preocupado por la falta absoluta de noticias de Borges. Dice que Fanny también está preocupada. Al rato me confiesa que Fanny le contó que según el nuevo médico Borges está en una clínica, probablemente en Ginebra. El nuevo médico, no sin reticencias, finalmente lo habría autorizado a viajar, previniéndole: ‘el frío de Europa no es nada bueno para usted’. Borges me dijo: ‘No estoy nada bien. No sé cómo me irá. Tanto da morir en una parte o en otra’.”

En las palabras que dictan el dolor de ese amigo cuya relación ha sido malograda por la amante joven casi se insinúa una conspiración.

Hasta el 12 de mayo no consiguió hablar con él: “Me dio el teléfono y hablé con María. Le comuniqué noticias de poca importancia sobre derechos de autor (una cortesía, para no hablar de temas patéticos). Me dijo que Borges no estaba muy bien, que oía mal y que le hablara en voz alta. Apareció la voz de Borges y le pregunté cómo estaba. ‘Regular, nomás’, respondió. ‘No voy a volver nunca más’. La comunicación se cortó. Silvina me dijo: ‘Estaba llorando’. Creo que sí. Creo que llamó para despedirse.”

El diario solo dura cinco páginas más. En ellas se habla de Kodama. Bioy dice que era su amor. Que murió con su amor. Pero también que era una mujer extraña. Que lo acusaba, que lo celaba, que se impacientaba con sus lentitudes, lo castigaba con silencios (duro castigo para un ciego, que no puede leer la expresión del rostro que calla). “Creo que con María podía sentirse muy solo”, afirma el viejo amigo. Y añade: “Según Silvina, Borges partió a Ginebra y se casó para mostrarse independiente, como un chico que quiere ser independiente y hace un disparate. Yo agregaría: ‘Viajó para mostrarse independiente y para no contrariar a María’.”

Según Edwin Williamson en Borges. Una vida fue ese mismo impulso de independencia respecto a su familia el que llevó a Borges a escribir en las cartas de despedida de Mallorca, 65 años antes, alusiones pornográficas sobre burdeles, bebida y juego. El Borges monumental, el genio, el autor de las obras maestras, vivió siempre entre los paréntesis que mantuvo, como columnas de Hércules, su madre. “Curiosamente, fue en un burdel donde el joven Borges tuvo un anticipo de la reconciliación posible de sus conflictos interiores –escribe Williamson–. Parece que durante sus visitas a la Casa Elena de Palma, había establecido una curiosa amistad con una prostituta llamada Luz, y esa relación le había otorgado al joven nervioso, hipersensible, cierto presentimiento de lo que podía ser una relación natural con una mujer.”

En ausencia de amor, se entregó a la amistad. Jichlinski, Abramowicz y Sureda fueron los grandes amigos del joven nadador y vanguardista. Bioy Casares fue el gran amigo del genio irónico, del Borges que importa. A María Kodama le tocó ser la gran amiga del punto y final.

El último médico que lo atendió, ya en el lecho de muerte, fue el hijo de Jichlinski.

Las notas a pie de página que van difuminando como lágrimas en la lluvia. Quedan las obras. Grandes libros como La invención de Morel, que nos recuerdan que somos lectores de las palabras y las pasiones y las relaciones y los textos que produjeron hologramas que cada vez se parecen más a islas desiertas.

Querida madre, ayer en la penumbra de una vasta biblioteca hubo una ceremonia íntima y casi misteriosa. Unos caballeros afables me hicieron miembro del National Institute of Arts and Letters. Yo pensaba en ti todo el tiempo.

j. l. b., postal desde ny, 26 de marzo de 1971. ~

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De LETRAS LIBRES, 21/01/2016

Imagen: Coedición conmemorativa de Borges, Alemania-Argentina, 2010


Friday, August 25, 2017

La fontana de las tetas y las tetas de Venus

MAURIZO BAGATIN
"Avec des pétales de roses,
Un bout de corsage lui fis.
La belle n'était pas bien grosse:
Une seule rose a suffi."

-Dans l'eau de la claire fontaine, GEORGES BRASSENS-

En Treviso, apacible ciudad del nordeste de Italia - sus ciudadanos vienen siendo gentilmente llamados magnaradici (come lechugas… el radicchio rosso de Treviso es una hortaliza ya conocida y apreciada en casi todo el mundo…) y sufren la desdicha de tener un notorio alcalde racista - antes de llegar al centro, en la calle Calmaggiore, hay un busto de mármol, La fontana delle tette (La fontana de las tetas). La historia nos reconduce a la época en la cual Venecia era la Serenissima y dominaba tierra y mares; con la llegada del nuevo Podestá estas pródigas tetas erogaban, de un pecho vino tinto y del otro vino blanco y todos podían beber a voluntad y gratis durante tres días. La estatua fue esculpida en 1559 por orden de Alvise da Ponte, Podestá de la Republica de Venecia en aquella época, para dar líquido elemento a una ciudad que sufrió una terrible sequía. La fuente original se encontraba al interior del Palacio Pretorio, seriamente estropeada por el tiempo y por la falta de cuidado, fue removida, luego se perdió y gracias a la intervención del Abad Luigi Bailo recuperada, y así trasladada en el Museo Casa de Noal, lugar adonde la podemos admirar. Una copia fiel, reconstruida en 1989 por el escultor peruano Miguel Miranda Quiñones es la que hoy admiramos paseando por la ciudad atravesada por el rio Sile…   

El cronista local Matteo Sernagiotto así la describió: “… vaga donna marmorea sovra conca marina con ambe le mani stava spremendosi le turgide poppe, e due vivi zampilli d’acqua cristallina, mercé industre congegno di ruote, tolta al vicino Cagnano, offrivano abbondante liquore alle case e botteghe circostanti” (…vaga mujer marmórea sobre concha marina con ambas manos fue apretando los pechos hinchados, y dos fuentes vivas de aguas cristalinas, gracias al artilugio laborioso de ruedas, sacadas del cercano Cagnano, ofrecían abundante licor a las casas y tiendas circundantes…).

Las tetas, primero amor…primer aposento dionisiaco.
En el siglo XVII, el cocinero de las elites Vincent La Chapelle, trabajó para Lord Chesterfield y luego para el príncipe de Orange, nunca sin despertar variadas sensaciones; proponía a sus nobles e hipócritas comensales “Entrèe de pommes d’amour”, colinas de carnes blancas (o pescado) elaboradas en formas de grandilocuentes pechos; en homenaje al martirio de santa Ágata y durante una tempestad de frustraciones freudianas, las monjas del monasterio de Montevergine (azar de un nombre… diría Borges) en Palermo, inventaron las “Minni di Virgini”, codiciadísimas cúpulas de glas blanca con una roja cereza confitada por pezón. Tan suculentas que inspiraron poetas y elevaron el nivel de glucosa en la sangre siciliana…

Y aquí va la receta de las Tetas de Venus: empastar 500 gramos de harina OO con 500 gramos de papas peladas, hervidas y aplastadas, 2 huevos, 50 gramos de mantequilla, 100 mililitros de leche tibia en la cual se debe añadir y disolver una pizca de levadura de cerveza. Empastar el todo y dejar reposar… mientras se prepara el relleno: picando 150 gramos de jamón cocido, alcaparras a gusto, una mozzarella fresca (como la que Don Pasquale aconsejaba comprar a  Felice Sciosciamocca en el insuperable “Miseria e nobiltá”) gentilmente despedazada… cuando la masa esté lista hay que desenrrollarla con un rodillo hasta alcanzar un espesor ni muy grueso, ni muy delgado, con una taza extraer unos círculos y en su interior poner el relleno, cerrar como si fueran unas bolsitas, dejar reposar por otra media hora y finalmente freírlas en abundante aceite hirviente. ¿Qué más se esperaban?

Agosto 2017

Thursday, August 24, 2017

Que me partes la cara

PAZ MARTÍNEZ


Barrún, barrum, barrún. Barrunto, luego existo, que decía el otro (nunca confundir con el orto, que también barrunta de lo lindo) Que qué pasa? pueeeeee, de todo y realmente, nada. Hoy me he partido la cara, yo sola, que una es autosuficiente para algo. Que me fui al medicin a negociar por una indición o dos o algo bueno de lo que expende, que no puedo soportar que Messi gane el doble que Cris, el del ano ronaldo (me pregunto qué forma geométrica será tal) Bueno, que lo único que me ofrece, facul, es una antitetánica a buen precio. La acepto por mi positivismo utópico o mi idealismo sastriónico.

"No hablo yo, lo hacen las drogas", pienso, hasta que el espejo me muestra la pirata con la que siempre he soñado. Soy feliz, hoy sí, ¡por fín! y, para celebrar tanta Felicity (cómo me gustaba el no-novio de aquella triste y ñoña, hasta que lo vi dos veces más y se me acabó el amor. Inconstante?), me dispongo a seguir las recomendaciones del galeno. Que mucho yelo, me dijo, y aquí estoy, con un ojo negro, media cara marcada, una nariz/bomba y la garganta insensible. Y nos dieron las diez, las once, las doce y la una y llegó Juan, que jamás se pierde acontecimientos, para gorronear una cerveza. Hoy, trae un paquete y no aparta los ojos de mis gafas azules "¿Te pasa algo en la cara?", me dice y levanto el cristalerío y vea mi calavera. "¡Hostias, siempre he alucinado con la frescura y sensibilidad de tu elegancia glamurosa! y antes de mandarlo directamente a la mierda, me cede el paquete a modo de presente. "Puede ser la antorcha de la libertad, el moquero de un albañil, el botafumeiro del papa o una escobilla nueva para el váter, que aquella tan moderna, está rota. Tú decides".

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Imagen: Doña Ana de Mendoza y de la Cerda, Princesa de Éboli, Duquesa de Pastrana.

An Intimate History of ANTIFA

DANIEL PENNY

On October 4, 1936, tens of thousands of Zionists, Socialists, Irish dockworkers, Communists, anarchists, and various outraged residents of London’s East End gathered to prevent Oswald Mosley and his British Union of Fascists from marching through their neighborhood. This clash would eventually be known as the Battle of Cable Street: protesters formed a blockade and beat back some three thousand Fascist Black Shirts and six thousand police officers. To stop the march, the protesters exploded homemade bombs, threw marbles at the feet of police horses, and turned over a burning lorry. They rained down a fusillade of projectiles on the marchers and the police attempting to protect them: rocks, brickbats, shaken-up lemonade bottles, and the contents of chamber pots. Mosley and his men were forced to retreat.

In “Antifa: The Anti-Fascist Handbook,” published last week by Melville House, the historian Mark Bray presents the Battle of Cable Street as a potent symbol of how to stop Fascism: a strong, unified coalition outnumbered and humiliated Fascists to such an extent that their movement fizzled. For many members of contemporary anti-Fascist groups, the incident remains central to their mythology, a kind of North Star in the fight against Fascism and white supremacy across Europe and, increasingly, the United States. According to Bray, antifa (pronounced an-tee-fah) “can variously be described as a kind of ideology, an identity, a tendency or milieu, or an activity of self-defense.” It’s a leaderless, horizontal movement whose roots lie in various leftist causes—Communism, anarchism, Socialism, anti-racism. The movement’s profile has surged since antifa activists engaged in a wave of property destruction during Donald Trump’s Inauguration—when one masked figure famously punched the white supremacist Richard Spencer in the face—and ahead of a planned appearance, in February, by Milo Yiannopoulos at the University of California, Berkeley, which was cancelled. At the “Unite the Right” rally in Charlottesville, Virginia, a number of antifa activists, carrying sticks, blocked entrances to Emancipation Park, where white supremacists planned to gather. Fights broke out; some antifa activists reportedly sprayed chemicals and threw paint-filled balloons. Multiple clergy members credited activists with saving their lives. Fox News reported that a White House petition urging that antifa be labelled a terrorist organization had received more than a hundred thousand signatures.

Bray’s book is many things: the first English-language transnational history of antifa, a how-to for would-be activists, and a record of advice from anti-Fascist organizers past and present—a project that he calls “history, politics, and theory on the run.” Antifa activists don’t often speak to the media, but Bray is a former Occupy Wall Street organizer and an avowed leftist; he has intimate access to his subjects, if not much critical distance from them. Especially in later chapters of the book, that access helps him to provide an unusually informed account of how antifa members conceptualize their disruptive and sometimes violent methods.

Many liberals who are broadly sympathetic to the goals of antifa criticize the movement for its illiberal tactics. In the latest issue of The Atlantic, Peter Beinart, citing a series of incidents in Portland, Oregon, writes, “The people preventing Republicans from safely assembling on the streets of Portland may consider themselves fierce opponents of the authoritarianism growing on the American right. In truth, however, they are its unlikeliest allies.” (Beinart’s piece is headlined “The Rise of the Violent Left.”) According to Bray, though, antifa activists believe that Fascists forfeit their rights to speak and assemble when they deny those same rights to others through violence and intimidation. For instance, last week, the North Dakota newspaper The Forum published a letter from Pearce Tefft in which he recalled a chilling exchange about free speech with his son, Peter, shortly before Peter headed to the rally in Charlottesville. “The thing about us fascists is, it’s not that we don’t believe in freedom of speech,” the younger Tefft reportedly said to his father. “You can say whatever you want. We’ll just throw you in an oven.”

For Bray and his subjects, the horror of this history and the threat of its return demands that citizens, in the absence of state suppression of Fascism, take action themselves. Bray notes that state-based protections failed in Italy and Germany, where Fascists were able to take over governments through legal rather than revolutionary means—much as the alt-right frames its activities as a defense of free speech, Fascists were able to spread their ideology under the aegis of liberal tolerance. Antifa does not abide by John Milton’s dictum that, “in a free and open encounter,” truthful ideas will prevail. “After Auschwitz and Treblinka,” Bray writes, “anti-fascists committed themselves to fighting to the death the ability of organized Nazis to say anything.”

Part of antifa’s mission is to establish, as Bray puts it, “the historical continuity between different eras of far-right violence and the many forms of collective self-defense that it has necessitated across the globe over the past century.” To this end, the first half of his book is a somewhat rushed history of anti-Fascist groups. The progenitors of antifa, in this account, were the German and Italian leftists who, following the First World War, banded together to fight proto-Fascist gangs. In Italy, these leftists gathered under the banner of Arditi del Popolo (“the People’s Daring Ones”), while in Weimar Germany, groups like Antifaschistische Aktion, from which antifa takes its name, evolved from paramilitary factions of existing political parties. Bray moves swiftly to the failure of anti-Fascists in the Spanish Civil War, then races through the second half of the twentieth century. In the late seventies, the punk and hardcore scenes became the primary sites of open conflict between leftists and neo-Nazis; that milieu prefigures much of the style and strategy now associated with the anti-Fascist movement. In the Netherlands and Germany, a group of leftist squatters known as Autonomen pioneered the Black Bloc approach: wearing all-black outfits and masks to help participants evade prosecution and retaliation. Bray reaches the present with his description of “Pinstripe Fascists,” such as Geert Wilders, and the rise of new far-right parties and groups in both Europe and America. The book flits between countries and across decades; analysis is sparse. The message is that antifa will fight Fascists wherever they appear, and by any means necessary.

The book’s later chapters, such as “Five Historical Lessons for Anti-Fascists” and “ ‘So Much for the Tolerant Left!’: ‘No Platform’ and Free Speech,” which are adapted from essays published elsewhere, are more focussed and persuasive. Here Bray explicitly deals with the philosophical and practical problems of antifa: violence versus nonviolence; mass movements versus militancy; choosing targets and changing tactics. Bray concedes that the practice of disrupting Fascist rallies and events could be construed as a violation of the right to free speech and assembly—but he contends that such protections are meant to prevent the government from arresting citizens, not to prevent citizens from disrupting one another’s speech. Speech is already curtailed in the U.S. by laws related to “obscenity, incitement to violence, copyright infringement, press censorship during wartime,” and “restrictions for the incarcerated,” Bray points out. Why not add one more restriction—curtailing hate speech—as many European democracies do? As for the slippery-slopists, afraid that antifa will begin with Fascists and eventually attack anybody who opposes them, Bray maintains that the historical record does not support this fear: anti-Fascists who have shut down local hate groups, as in Denmark, usually go dark themselves, or turn their attention to other political projects, rather than finding new enemies to fight. (In his Atlantic piece, Beinart notes, “When fascism withered after World War II, antifa did too.”)

Violence, Bray insists, is not the preferred method for past or present antifa—but it is definitely on the table. He quotes a Baltimore-based activist who goes by the name Murray to explain the movement’s outlook:

You fight them by writing letters and making phone calls so you don’t have to fight them with fists. You fight them with fists so you don’t have to fight them with knives. You fight them with knives so you don’t have to fight them with guns. You fight them with guns so you don’t have to fight them with tanks.

There is a moral logic to this notion of anticipatory self-defense, but the progression, from writing letters to fighting with guns, is worrisome nonetheless. Right-wing militiamen in Charlottesville made a point of displaying force, and this was reportedly “unnerving to law enforcement officials on the scene.” Should anti-Fascists start toting AR-15s, like the right-wing Oathkeepers? The idea can seem naïve in an American context, where, practically speaking, only white people can carry guns openly without fear of police interference. Bray mentions a few pro-gun antifa groups, including the Huey P. Newton Gun Club, and a collective with the punning moniker Trigger Warning; he quibbles with liberal scholars, including Erica Chenoweth and Maria J. Stephan, who dismiss violent protest as an ineffective tool for garnering public support. But it is unclear from the book whether he thinks that brandishing guns is an ethical concern as well as a tactical one, or whether he worries about an escalation of violence. Postwar antifa, as Bray details in earlier chapters, has largely been a European project, in which opposing sides sometimes beat each other senseless and stabbed one another to death. They didn’t have assault rifles. The Battle of Cable Street was fought with rocks and paving stones.

What were the effects of Cable Street, exactly? Scholars continue to debate the showdown’s consequences. After the battle, Mosley, like present-day Fascists, was able to cast himself in the role of a law-abiding victim assaulted by immigrant hordes. In the months following, Fascist youth attacked London’s Jewish residents and businesses in what became known as the Mile End Pogrom, and the British Union of Fascists did better at the polls in 1937than they had in years prior. Bray argues that such results do not undermine the legacy of the incident, because it radicalized and galvanized a community, which continued to fight Fascists in Britain through the buildup to the war and beyond, and whose efforts were largely successful.

In the British press, at least, Cable Street has been referenced repeatedly in coverage of the protests and the terrorism in Charlottesville, an event that has forced a discussion of what to do when far-right extremists come to your town. Bray, for his part, believes that one can practice “everyday anti-fascism” by confronting bigots in nonviolent ways, “from calling them out, to boycotting their business, to shaming them for their oppressive beliefs, to ending a friendship unless someone shapes up.” The point, as he sees it, is to shut down Fascists not just in the street but in every interaction. “An anti-fascist outlook has no tolerance for ‘intolerance.’ ” he writes. “It will not ‘agree to disagree.’ ”

  • Daniel Penny is a member of The New Yorker’s editorial staff.

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De THE NEW YORKER, 22/08/2017


Fotografía: Alex Milan Tracy / Sipa vía AP

Wednesday, August 23, 2017

Primo hermano del soldado Svejk

JORGE MUZAM

Soy un quiltro genético. La geografía mundial está enmarcada en mi iris. Mis arrugas tienen depresiones y altares, soles mesopotámicos. La llanura infinita de Gobi. Formaciones napoleónicas diseminadas por la estepa rusa. Raterillos de Dickens. Naranjales sicilianos. Polvillo argelino. Tengo incluso genes de personajes literarios. Primo hermano del buen soldado Svejk, de Alexander Portnoy, de Ignatius Reilly, sobrino de Franz Tunda, de Mrs Dalloway, bisnieto de Alonso Quijano. Soy hijo de una historia tumultuosa. Aunque las hazañas personales para ostentar no son muchas, y casi siempre celebradas en demasía con tinto barato. Me amaron más mujeres de las que merecí. No supe retribuir a tanto amor. La conciencia se ilumina a destiempo. Entiendes a Van Gogh cuando te alejas. Se acerca la nieve. Ennegrecerá los eucaliptos, derribará la flores del aromo, hará tiritar a los corderos pequeños. Se acerca azulosa, como llanura irlandesa de Joyce, no tendrá misericordia con albaricoques ni durazneros en flor.

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De CUADERNOS DE LA IRA (blog del autor), 23/08/2017


La Tropicalia, según Hélio Oiticica

Gonçalo Júnior

¿Y eso es arte? Ciertamente un cuestionamiento así pasó por la cabeza de parte de quienes visitaron en 1965 la exposición que el artista plástico carioca Helio Oiticica (1937-1980) llamó  Manifestaciones ambientales, que incluía capas, tiendas y estandartes. En los dos años siguientes intensificó el concepto de lo que llamó – programa ambiental: montó una sala de billar (1966) y la muestra Tropicalia (1967), formada por un jardín con pájaros y plantas vivos, además de poemas-objetos – y que dio nombre al movimiento liderado por Caetano Veloso y Gilberto Gil. En el 1968 toco el turno de Apocalipopótesis, que sumó manifestaciones de otros artistas. Estos experimentos, que serían considerados revolucionarias, fueron reunidos en una importante exposición en la Whitechapel Gallery, de Londres, en el 1969.

Cierta vez, resumió todo lo que hacían como “una experiencia ambiental (sensorial) límite” o “antiarte por excelencia” -como describía al “parangolé”. No fue posible percibir en la época, por lo que parece, que todas esas ideas estaban rigurosamente presentadas en los escritos de Oiticica, que las fundamentó mientras citaba sus influencias – filósofos, músicos y otros artistas. Es lo que hace ahora la historiadora de arte Paula Priscila Braga en su doctorado “La trama de la tierra que treme: la multiplicidad en Hélio Oiticica’, defendida en la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias Humanas (FFLCH) de la USP, en octubre pasado, con la dirección de Celso Fernando Favaretto.

Hay en Oiticica lo que Paula llama multiplicidad de artistas. Las estrategias constructivistas en su obra, explica ella, están comprendidas en la noción definida por él como “el mundo erigiendo al mundo”. Ese sentido es identificable tanto en los aspectos éticos y estéticos de las proposiciones como en la manera en que su propio pensamiento es construido. Sin dejar de lado la importancia del mito y de la Mangueira (escuela de Samba de Río de Janeiro – nota del traductor) en el inventor de la Tropicalia, la investigadora enfatiza que la “síntesis” hecha por él no se deja fijar en un estereotipo cultural, ya que escapa de los espacios delimitados y del tiempo cronológico, estableciéndose en un -mundo abrigo- virtual, donde Oiticica halla fragmentos de las producciones de inventores de varios lugares y épocas para componer su programa más allá del arte.

Invención – Así, ella señala la importancia de las obras de Friedrich Nietzsche, Henri Bergson, John Cage, Ezra Pound, los hermanos Haroldo y Augusto de Campos y Yoko Ono, entre otros, en la estructura de pensamiento del artista. “La invención, palabra recurrente en los textos de Oiticica, es exactamente esa mezcla de otras invenciones. O sea, lidiamos aquí con una constatación trivial: hay innumerables referencias a otros teóricos y artistas conduciendo la producción y autocrítica de arte hecha por Oiticica.” Sin embargo, prosigue ella, en sus textos esas referencias son más que afinidades. “Constituyen parte fundamental del programa in progress, que culmina en el concepto de ‘inventor’, aquel cuya obra genera consecuencias, esto es, propicia la continuidad de la invención.”

Graduada en pintura y con maestría en historia del arte, ambos en la Universidad de Illinois, Urbana-Champaign, Estados Unidos, Paula dice que conocía poco del arte brasileña hasta que se graduó, porque no habían cursos específicos sobre el tema en aquella universidad – ni hasta relacionados a la América Latina. Hasta que en 1999, durante la maestría, tuvo contacto con Hélio Oiticica por medio de textos de Guy Brett y Celso Favaretto. En seguida, conoció textos del propio Oiticica y, finalmente, dos años después, vio su obra personalmente, cuando volvió para el Brasil. En un seminario sobre arte contemporánea, cuyo tema era arte y política, coordinado por los profesores Jonathan Fineberg y Buzz Spector, aprovechó la oportunidad para estudiar lo que fue hecho durante la dictadura brasileña. “Los aspectos éticos de la obra de Oiticica, que incluyen las proposiciones centradas en el comportamiento para explicitar la posibilidad de construirse, cada uno, una existencia creadora, me impresionaron como forma de actuación política afirmativa.”

El interés aumentó cuando, al estudiar un libro sobre el expresionismo alemán, German expressionist painting, de Peter Selz, encontró una mención al superhombre de Nietzsche. “Las fotografías de parangolés que yo vi en los artículos de Brett y en el libro del profesor Favaretto se juntaron a lo que yo leía sobre Nietzsche, pero no consideraba académicamente válido ir en pos una primera intuición. Tampoco usar la obra de un artista para justificar una libre asociación (capa parangolé/ capa del superhombre).” Ella, entonces, guardó esa primera intuición y pasó algunos meses leyendo obras de Nietzsche y aquello que tenía disponible en Estados Unidos sobre Oiticica. Por fin, halló una mención a Nietzsche en el libro de Waly Salomão Helio Oiticica: Cual es el parangolé. “Allá estaba Oiticica diciendo a Salomão que se consideraba -hijo de Nietzsche y entenado de Artaud.”

Identidad – En esa época, Paula leía también textos sobre arte latinoamericano escritos por autores estadounidenses e ingleses y la incomodaba la tesis de que el arte latinoamericano se orientaba por una search for identity (busca de identidad), como si lo que fuese hecho en el continente estuviese destinado a una adolescencia perpetua, de búsqueda por su verdadera identidad en el folclore, en las manifestaciones populares y en la herencia cultural del colonizador. “Nietzsche y Artaud, aliados a escuelas de samba en una obra de rigor constructivista como la de Oiticica, solapaban esa tesis, colocaban el arte brasileña en una vertiente de pensamiento universal. Escribe, entonces, una propuesta de investigación para la tesis de maestría: rastrear las apariciones de Nietzsche en la obra y textos de Oiticica.”

En Brasil, la investigadora encontró más material con respecto de Oiticica, principalmente manuscritos no publicados en los catálogos que hasta entonces conocía. “Percibí que, así como Nietzsche y Artaud, varios otros pensadores eran recurrentemente citados por Oiticica. Sus manuscritos, por otra parte, tienen un formato de hipertexto, mucho antes del advenimiento de internet.” Él escribía con letras mayúsculas los nombres propios de artistas y pensadores que le eran relevantes. “En los textos de la década de 1970 eso se vuelve un patrón. Está todo allá, el mismo Oiticica va indicando las puertas y los caminos a ser seguidos en el laberinto. Usted lee el manuscrito y sabe que MALIÉVITCH no es solamente el nombre del artista sino una sugerencia de recorrido.”

Es importante observar, según Paula, que, cuando el artista cita un libro o un texto de uno de esos “inventores”, él suministra la referencia completa, con edición y numeración de páginas. Así, el investigador puede entonces leer la misma obra, en la misma edición que Oiticica leyó, y descubrir otros pasajes que, si no aparecen citados por extenso en un texto del artista, están en el tomo de otro párrafo del manuscrito, o en la elección de una determinada palabra, en la diagramación peculiar de una página o en un neologismo que Oiticica inventa. “Leer los manuscritos, con los garabatos, las letras cursivas y las letras en mayúscula, fue fundamental para la investigación del doctorado.”

La digitalización de los manuscritos conducida por el Proyecto HO facilitó mucho su trabajo. Paula cuenta que antes de ese proceso el investigador tenía los documentos en manos solamente por algunos días y tomaba notas mientras investigaba en las cajas del archivo Hélio Oiticica, en Río de Janeiro. Ella inició el doctorado ya teniendo parte de esos manuscritos digitalizados y disponibles en la web, un trabajo hecho en sociedad con el Proyecto HO y el Itaú Cultural. Al final de la investigación, contó con cuatro CDs que reunían 8 mil páginas digitalizadas e indexadas por palabras claves.

Con eso, cree que la investigación sobre el artista entra en una nueva fase. Los investigadores podrán partir “de nuevo” de la obra, porque hubo una primera generación de investigadores que conoció el arte de Oiticica mientras él estaba siendo construido, conoció al propio artista o a amigos de él y acompañó las publicaciones y las pocas exposiciones cuando ellas estaban teniendo lugar. Después su legado quedó un buen tiempo sin la atención de investigadores que lidiasen con fuentes primarias. “Ahora tenemos los manuscritos fácilmente accesibles, volvemos a la posibilidad de una investigación bien fundamentada.”

Paula recuerda que algunos textos de Hélio Oiticica fueron publicados en la prensa en los años 1960 y 1970 en periódicos y revistas como El Pasquim, Presencia y GAM y en la columna de Torquato Neto, “Mermelada General”, del periódico Última Hora. Hay también una serie de entrevistas que concedió a publicaciones sobre arte y muchas cartas enviadas a amigos. Algunos textos teóricos escritos por él salieron póstumamente en catálogos de exposiciones y en la compilación Aspiro al gran laberinto. Pero la mayor parte de los escritos teóricos es inédita y está digitalizada en facsímiles. “Vale la pena usar los facsímiles de los manuscritos hasta en el caso de los textos ya publicados, no sólo porque hay pequeñas alteraciones que cambian mucho el sentido de un párrafo, y que intenté señalizar con anotaciones de pie de grabado en mi tesis (por ejemplo, mítico/ místico) pero  también porque las letras en cursivas y los garabatos son significativos.”

Antiarte – Oiticica se preocupaba más, observa la investigadora, en desarrollar estructuras del pensamiento que “obras de arte”. Así, prefería hablar en antiarte, pues “arte” estaba ya muy relacionado a la obra evento, a la producción de obras para consumo del mercado de arte. En el texto “Experimentar o experimental”, de 1972, ejemplifica ella, Oiticica cita a Décio Pignatari para dejar eso bien claro: “La visión de estructura conduce al antiarte y a la  vida; la visión de eventos conduce al arte y al distanciamiento de la vida”. El evento es pasajero, se diluye. La estructura impacta la vida. “Al contrario de recorrer obras para contar una historia linear de la trayectoria del artista, busqué esas estructuras de pensamiento, testando mis conclusiones al confrontarlas con las proposiciones obras”, explica.

La idea de arquitectura, explica la investigadora, ayuda a entender ese punto. “No intenté describir el estilo de una casa o una lista cronológica de las obras del arquitecto y sí el tipo de vida que aquella casa propone, las razones para las elecciones de los materiales de construcción, la estructura que sustenta la casa, las técnicas de la construcción, la inteligencia ecológica del proyecto. Eso es importantísimo para comprender a Oiticica.”

Otro punto de su investigación que intentó aproximarse de las estrategias más queridas de Oiticica fue establecer una trama de interlocutores. “Mantuvo contacto con varios investigadores de su obra y cada uno tiene su línea de investigación peculiar, pero hay un flujo de ideas y entusiasmo que fluye entre esos nosotros de la trama y que fue imprescindible para mi investigación.” Entre ellos Celso Favaretto, Beatriz Scigliano Carneiro, Michael Asbury, Suzana Vaz y Gonzalo Aguilar, que Paula reunió en el libro Hilos sueltos: el arte de Helio Oiticica, que va a ser lanzado en el primer semestre de este año por la Editora Perspectiva.

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De PESQUISA FAPESP, 02/2008