Thursday, February 22, 2018

Los acentos forzados de los cubanos de ultramar


GEOVANNYS MANSO

Poco he peregrinado por el mundo, pero mis estancias en Venezuela, España y, más recientemente en México, me han bastado para apreciar un extraño fenómeno. Cuba es un país con una vasta migración de sus ciudadanos. No es una historia reciente, aunque a raíz del triunfo de la Revolución cubana, por diversos motivos, sobre todo económicos y políticos, el cubano ha expandido sus horizontes y se le puede hallar   —para qué negarlo—, en los sitios más inverosímiles de la tierra.

El extraño fenómeno se basa en la asimilación, casi siempre forzosa, del acento del país que han elegido para vivir. De este modo, un cubano en Madrid, a poco de llegar, utiliza la zeta y la jerga española con sobrada maestría. En Brasil o Portugal, en Suecia o Dinamarca, en New York o CDMX, se disfrazan, mutan, proyectando seseos, disonancias, evadiendo cualquier variante que los fije como ciudadanos insulares.

En todo caso, la pregunta es ¿por qué ocurre esto? ¿Por qué un cubano que ha vivido hasta la adultez en la isla, adquiere forzados acentos, giros, coloquialismos? ¿Por qué no defiende, a ultranza, la verdad o el terror del español que hablamos por estas tierras?

En muchos de ellos he podido advertir un deseo por evadir o evitar cualquier pasado que los vincule a la isla. Quisieran borrar todo atisbo, todo gesto, todo guiño que delate su ciudadanía, su herencia.

Para algunos, es una vía, un método para sobrevivir, para sumarse al gentío, a la ola, como decimos en Cuba. Para no ser la oveja negra en un coro de amigos o compañeros de trabajo.

Para otros, sobre todo cuando convergen con otros cubanos recién llegados de la isla, adquiere el rasgo de superioridad, una advertencia: “Ves, yo vivo aquí. Soy de aquí. Tú solo estás de paso. Yo soy un nativo…”

Y aún queda una variante que he observado. Aquellos que lo hacen por puro esnobismo (en Cuba existe una frase mucho más típica: sapingos).

Aquel que incluso viaja por poco tiempo al extranjero: pueden ser días, meses o años y regresan a casa con el más claro acento español, mexicano, colombiano o el más socorrido de ellos: el porteño.

Sí, el cubano es una esponja si de acentos se trata. Puede ser que convivan medio siglo con los romanos y no perciban otras luces que aquellas de posicionarse de un italo-español que denuncie su estadía en tierras de Dante.

No pretendo cuestionar o criticar esta actitud. Supongo que existirán condiciones sociológicas para ello, mucho más serias que esta leve observación que he podido asimilar.

Puedo comprender que un niño que sale de Cuba y vive el resto de sus días en otro país, acceda de forma inmediata a estos aprendizajes, pero siempre me pongo a la defensiva cuando conozco a un cubano que a los tres meses de vivir en Granada, es más andaluz que Federico García Lorca.

Hace apenas unos días, en un encuentro de escritores, en México, en un programa internacional de talleres de creación bilingüe, debimos presentarnos. Aun no comprendo por qué se exigió que aquellas presentaciones se hicieran en inglés, si era tan válido este idioma como el español. Uno a uno, los escritores fueron presentándose en el idioma de Hemingway y cuando me tocó el turno, sin pensarlo demasiado, lo hice en perfecto “cubano”. No lo hice por un exceso de patriotismo, ni porque odie al inglés, sino porque lo creí justo, tratándose de un ambiente dual, donde cabía un idioma tanto como el otro.

Por suerte, he salido de Cuba y he regresado. He estado en Moguer, en Caracas, en Ferrol, en CDMX, en Tepoztlán, en Madrid, en Cuernavaca, en Santiago de Compostela y en otros muchos lugares. Allí, siempre, he sido fiel a algo más profundo y sutil que mi acento. Me ha enriquecido el lenguaje, sus variantes, sus modismos, pero he podido cantar una canción de Los Van Van como el cubano que soy y seré.

Y aunque mañana me mude a Groenlandia, las focas y los nativos, tendrán que soportarme mi cubaneo a flor de piel: mi café fuerte, expreso, mis cigarrillos sin filtro y mi apego al Havana Club con hielo.

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De INMEDIACIONES, 15/02/2018

Wednesday, February 21, 2018

‘Tambor’ Vargas, a la espera del salto tecnológico


CARLOS SORIA GALVARRO

Luis Huáscar Cachín Antezana, profundo investigador de los temas literarios, al reflexionar sobre el monumental diario del guerrillero de la independencia José Santos Tambor Vargas, y compararlo con la novela Juan de la Rosa de Nataniel Aguirre, planteaba una interrogante: ¿el texto de Vargas, siendo una auténtica narración histórica (de “representación”), podrá arraigarse socialmente como en cierta forma lo hizo el texto de Aguirre siendo apenas un relato de ficción (de “imaginación”)? Extiendo el cuestionamiento de Cachín repitiendo una pregunta que lancé en esta misma columna hace como un año: ¿ahora que se habla tanto de descolonización, hay iniciativas concretas, sobre todo institucionales, para promover el conocimiento de José Santos Vargas y su Diario, a fin de “arraigarlos” en la imaginación popular?

Partía del hecho verificable de que toda sociedad construye sus creencias por lo general a partir de hechos y/o personajes reales. Por eso tenemos un Túpac Katari que proclamó que volvería y sería millones, un Pedro Domingo Murillo que dejó una tea encendida que nadie podría apagar, unas heroínas de la Coronilla que regaron con su sangre el camino de la independencia y nos legaron un magnífico pretexto para homenajear a las madres, un Abaroa que les mentó la abuela a quienes le intimaron rendición, o un Andrés Ibáñez fusilado en Santa Cruz por socialista igualitario. Sospecho que es natural que en el proceso de formación de estas creencias intervenga la imaginación en dosis difíciles de precisar. A veces, inconsciente y otras deliberadamente se exageran cualidades y virtudes de los héroes, se borran o atenúan sus defectos, hasta convertirlos en seres mitológicos, alejados del dato histórico verificable. Pero esos hombres y mujeres fueron de carne y hueso, existieron en la vida real, no son seres inventados. Y ése es el caso precisamente de José Santos Vargas.

La pregunta vuelve a rondar por mi cabeza estos días ante las recientes celebraciones de la efeméride cívica de Oruro, en las que estuvo ausente cualquier mención destacada sobre el guerrillero y cronista de la Guerra de la Independencia, nacido y criado hasta la adolescencia en esa ciudad altiplánica. Se me ocurre una conclusión anticipada: es muy poco, y a todas luces insuficiente, lo que se hace por rescatar del olvido no solo a José Santos Vargas y su fascinante diario, que abarca 10 años de lucha, sino también en general a la guerrilla, con su pléyade de próceres mestizos e indígenas, tanto o más olvidados que el propio Vargas. Sicasica y Ayopaya fue la única “republiqueta” que se mantuvo en pie de guerra hasta la llegada de las tropas colombianas comandadas por Sucre, después de la batalla de Ayacucho.


Un recuento de lo hecho hasta aquí nos muestra un busto en la avenida Busch y un colegio que lleva su nombre en la zona de Pasankeri, ambos en La Paz; y una escuela de músicos militares en Oruro. El monumento en la misma ciudad, cuya “piedra fundamental” colocó el presidente Morales en 2012, nunca se construyó, aunque la Alcaldía hizo una modesta efigie del patriota cerca de un mercado. En 2007 la historiadora francesa Marie-Daniele Demélas luego de muchos años de estudio publicó en la ciudad de La Paz Nacimiento de la guerra de Guerrilla: el diario de José Santos Vargas (1814-1825), en 2009 la Unesco declaró este documento Memoria del Mundo; y en 2012 Ramón Rocha hizo un intento, según algunos fallido, de llevar el personaje a una novela.

A las dos ediciones anteriores del diario, completamente agotadas (Siglo XXI de México, 1982 y ABNB-FCBCB-Plural de La Paz, 2008), se suma la de la Biblioteca Boliviana del Bicentenario (BBB, 2016), con un estudio introductorio a cargo del historiador Roger Mamani Siñani. ¡Enhorabuena por esta nueva edición! Pero, dados los tiempos actuales, para que el Tambor eche raíces, hace falta que dé un salto al mundo de la imagen y de la circulación digital. ¿Quién o quiénes serán capaces de impulsarlo? 

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Del blog personal del autor

Tuesday, February 20, 2018

AUTORES, ESCRITORES, EDITORIALES Y AMAZON


ERNESTO COBOS

(fragmento de una carta a una editorial)

Es curioso lo que sucede en la actualidad. Creo que, cual cambalache del nuevo milenio, todo está mezclado en la gran batidora de internet. De esta manera, autores y escritores noveles reptan por las redes sociales en busca, unos de éxito y renombre, y otros de  lectores o reconocimiento. Los autores de género quieren vender sus títulos y poco importa si es con el apoyo de una editorial o una plataforma de autoedición: todo sea por vender. Sin embargo, el escritor golpea una y otra vez a las puertas de las editoriales y acumula textos sin advertir que ya todo ha cambiado. O casi todo. 


También el escritor hurga en el océano de la red y ve con qué facilidad se publica en estas plataformas de autoedición. Y por supuesto, cae, después de muchos portazos, en la trampa de la autoedición. Y su obra, tras tanto tiempo de esfuerzo dedicado a cincelarla, acaba por convertirse también en un producto más, compartiendo vitrina virtual junto a libros (sí, tienen el formato de libro, de manera que no hay más remedio que referirme a ellos de esa manera) cuya única aspiración es la de venderse como esos productos de oferta que vemos a la entrada de los supermercados. El autor no siente ningún respeto por lo que ha escrito. No lo escribió desde las entrañas sino desde la parte más racional de su mente. No buscaba sincerarse sino gustar, como cuando conocemos a una persona especial y enseñamos siempre nuestra mejor cara. Pero la verdadera faz es la que permanece a las sombras, casi siempre. No la enseñamos continuamente por la sencilla razón de que pertenece a nuestro mundo interior. Lo bueno, lo malo, lo vergonzoso está ahí, atesorado en nuestros recuerdos como en un viejo arcón. A un escritor, estos secretos de la vida interior se le escapan, y no necesariamente de forma inusitada. Lo hacen reencarnando en sus personajes. Eso es algo que un escritor no puede (y en el fondo, no quiere) controlar. Ahí está parte de la magia de escribir, y sin duda es algo que jamás llegará a entender un autor de género. Puede que sea esta brecha lo más saludable en esta, como dije antes, batidora de internet.

Por supuesto que acabé por caer en todo esto. Harto del NO de las editoriales tradicionales y del SÍ fácil de las pequeñas editoriales de coedición decidí publicar una bilogía de corte autobiográfico en la librería virtual de Amazon. Y además, para (en el fondo, claro) reírme de todo este inframundo de autores ávidos de venta que además se autoproclaman "escritores" como un niño que juega a ser bombero o policía, decidí que las regalías (es que me entra la risa, de verdad, pero de las ganas de llorar) las ingresaría en la cuenta de ACNUR, la agencia de la ONU para los refugiados. Cada uno o dos meses publicaría dicho ingreso en feisbuc para disipar cualquier duda. Me pareció legítimo viendo cómo estaba (y está) el patio. Voy a ahorrarme el revelar cuantos libros vendí desde dicha publicación, no vaya a ser que quien acabe llorando sea usted.

Pero no importaba, mi libro estaba publicado. Era prácticamente invisible, pero estaba publicado.

Y así como muchas de las editoriales de autoedición (parece una contradicción pero no lo es) invitan con atractivos eslogans a cumplir el sueño de publicar un libro, yo,  en el fondo, sentía que me había traicionado a mi mismo. Que nada de eso era realmente cierto y que aquellos dos libros que tantos años me había llevado escribir no se merecían ese maltrato: yo no me merecía ese maltrato.


Porque yo no necesitaba halagar mi vanidad frente a mis amigos con un libro impreso en las manos. Yo no tenía que cumplir "ningún sueño". Lisa y llanamente tenía algo que decir.

Me dije a mí mismo (y en voz alta además) que no volvería a caer tan pérfidamente  con mi próximo libro.

Y aquí estamos, aguardando el final del invierno.

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De CRÓNICA DE UN HOMBRE INVERNAL (blog del autor), 12/02/2018




TANTO POR INTERPELAR


ROBERTO BURGOS CANTOR

Entonces la lectura de Caballería Roja mostraba algo que ilumina con poderosa revelación un exigente secreto de la literatura: una visión del mundo y los seres que no estaba antes.

Sigue siendo un misterio cómo el escritor, el poeta, encuentran esa isla que surge sin ruido frente a sus ojos y a sus letras.

A lo mejor algo empuja desde que ese escritor cachorro siente para si la insuficiencia de lo demás. En su diario, escribió: Se puede escribir un libro entero sobre las mujeres en la caballería del Ejército Rojo.
Quizá, la protección admirada de Gorki, permitió que los cuentos de Babel fueran leídos con entusiasmo. Pasaba por encima de esas inspecciones de comisarios que so pretexto de proteger a una sociedad, todavía indefinida, rompían, mutilaban, prohibían, encarcelaban. Es verdad que los procesos violentos de transformación de una unidad histórica proponen un horizonte de nobleza, pero también despiertan en el ser humano sentimientos de revancha, de apropiación de un ideal que consideran indiscutible y por cuya preservación se sacrifica toda humanidad. Tal vez porque lo humano es lo que van a fundar y se descalifica el pasado en bloque. Aunque repitan lo peor de ese pasado.

Así, cuando murió don Máximo, las envidias se ensañaron con Babel. La oprobiosa forma de acusar, los premios por delatar, continúan pervirtiendo a este proyecto de belleza y generosidad que debe ser el puñadito de barro con aliento divino del cual salimos.

Babel fue reivindicado, ese inútil acto de la historia y la justicia. Ya había abandonado la vida.

Y ocurrió, en este ejercicio de humildad franciscana de leer otra vez, que encontré el cuadro de Malevich con el mismo nombre  del libro de cuentos. Quien lo ve queda conmovido por la discreta manera, sin las magnificaciones del mármol, de un paisaje. ¿Será paisaje? El pintor ha hecho una hora, un momento del día o de los siglos, para ese tren rojo que atraviesa el cuadro y su ambición: es más grande que la estepa, que el mundo, que los siglos. Nunca va a salir del cuadro. Pasará siempre.

Han llamado a Malevich pintor socialista. El peso de una historia sin escrutinio. Hay que pensarlo. Una película de Loach muestra: Es fácil saber contra qué estas, pero no tanto saber a favor de qué estas.

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De BAÚL DE MAGO (columna del autor en EL UNIVERSAL), 10/02/2018

Imagen: Isaak E. Babel, al centro, con anteojos

Las cosas (de los vivos y los muertos)

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

Los muertos ya no tienen  cosas, la dejan a su espalda, y ahí quedan, convertidas en incordio del que hay que desembarazarse cuanto antes, casi solo por perderlas de vista y seguir con la propia vida, porque las cosas de los muertos rara vez encajan en la vida de los vivos: «no tenemos sitio», dice con una claridad que sobrecoge. El heredero forzoso, huye, y no sabe qué hacer con las cosas de la vida de otros. Antes me apasionaba ese mundo, ahora me acongoja cada vez más.

Conocí a un joyero anticuario especializado en peritaciones y testamentarias, que me dijo que podía darme argumentos novelescos para el resto de mi vida. Por sus manos pasaban piezas verdaderamente raras que los herederos se disputaban de manera agria. Recuerdo una vez que me llamaron para preguntarme el precio de unos libros y detrás de la persona se oía con nitidez la bronca que tenían los hermanos por cuenta de los restos.

Y esto me trae el recuerdo de una parte sobrecogedora de Mercado de futuros, el espléndido documental de Mercedes Álvarez: el camino hacia los Encantes, los mercadillos, las Pulgas, los Rastros... los traperos de antes, chamarileros luego, mercaderes de postrimerías cuyas actividades nadie fiscaliza...

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De VIVIRDEBUENAGANA (blog del autor), 17/02/2018

Monday, February 19, 2018

TARDE DE PISCINA/LITERATURA Y CINE: EL NADADOR

PABLO CEREZAL

A Burt Lancaster lo teníamos oculto en la memoria de las tardes de sábado indolente, en las horas de digestión tardía del sofá familiar, entre papá y mamá, a la espera de dar comienzo a esa otra ingesta más opípara que era la calle. Terminar de comer y sentarse frente al televisor, a ver la película que despertaría los ronquidos de padre y el bostezo de madre. Después, decir me bajo a la calle. De aquellas tardes de cine familiar queda en la memoria, firme y juguetona, la figura del actor estadounidense. El temible burlón (The Crimson Pirate, Robert Siodmark, 1952), aquel pirata pícaro de pose atractiva, aquel embrión del canalla simpático que tanto admiraría yo, años después.

Mi infancia no me había preparado, por tanto, para el shock emocional que supuso, años después, ver El nadador, dirigida por Frank Perry en 1968, con un inconmensurable Burt Lancaster como protagonista total y absoluto, casi médium transmisor de un torrente de sensaciones más cercanas a lo paranormal que a lo cierto.

Recuerdo que fue en la adolescencia tardía cuando este film llegó a mi cuarto de estar como préstamo, por corto período, de un gran amigo, cinéfilo de vocación, carácter y ocupación. Los únicos datos de que disponía, antes de su visionado, eran que el director no finalizó su labor debido a discrepancias artísticas, que el testigo lo recogió Sidney Pollack, y que el guión estaba basado en un relato corto de John Cheever que yo no había tenido aún el gusto de leer.

Con tan escueta información me acomodé en el sofá -copa y cigarro a mano, fin de semana en que mis padres habían marchado al pueblo de unos amigos-, apreté el botón de play, y pasé los siguientes 94 minutos sin apenas poder parpadear.

La película nos narra un día en la vida de Ned Merrill. Quizás la más extraña y conmovedora de las jornadas que haya vivido este hombre de complexión prodigiosamente atlética a pesar de su edad -52 años contaba Burt Lancaster cuando rodó la cinta-. Merrill irrumpe en escena explicando su propósito de atravesar el condado en que habita cruzando, a nado, las piscinas de los acomodados conocidos y amigos que se interponen entre el lugar de partida y el de llegada: su propio domicilio. Atravesar a nado una geografía de valles y bosques.

Desconocemos de dónde viene Ned Merrill. Ignoramos por qué aparece, ya en bañador, braceando las aguas de la piscina de unos amigos que, a la vista de la primera conversación que con ellos mantiene, no lo parecen tanto. Y es ya, a partir de esa primera conversación, que se instaura en nuestro entendimiento una sensación de desasosiego y melancolía que no nos abandonará hasta el final del metraje. Ni siquiera después, ¡advierto!

Un portentoso guión hace fluir la historia con la misma facilidad que fluye el cuerpo fornido del protagonista a través de las aguas de las distintas piscinas en que se sumerge. Piscinas calmas, piscinas sin agua, piscinas impecables de redondeados perímetros. Piscinas. Circundadas todas ellas por ostentosas mansiones en cada una de las cuales habita al menos una persona que dialogará con él desvelándonos así, lentamente, un misterio que no acaba de aflorar, explicarse o tomar forma reconocible. Pero… miento: una de las piscinas no pertenece a ningún acaudalado propietario. Es la piscina municipal. Un húmedo perímetro de bullicioso y mareante recreo en que la presencia de Merrill se nos antoja intrusa, fuera de lugar, solitaria entre la muchedumbre, y que nos proporciona, quizás, una de las claves del misterio del que, con tan fascinante parsimonia, pretende hacernos cómplices la película.

Porque sí, nos hallamos, visionando esta pequeña joya, ante un misterio mayor que los de los códigos davincis, harrypotters, imposible missions y demás pasatiempos. El misterio de la decadencia de un ser humano, del declive psíquico y moral de un antihéroe como pocos nos ha regalado el séptimo arte. Y se trata de un atípico y memorable antihéroe porque la película no lo muestra con claridad, más bien traza apuntes y bosquejos sobre el drama de un hombre derrotado y al límite de la cordura.

Y es que, en El nadador, asistimos a un proceso de derrumbe psicológico maravillosamente orquestado por un guión memorable y un acompañamiento visual digno de estudio. Si bien no explica el pasado de este bracista del desasosiego en que se erige Ned Merrill, el largometraje va dándonos pistas mediante las conversaciones que este mantiene con cada uno de los propietarios de las piscinas que atraviesa. Unas pistas que no engañan al espectador dirigiéndole hacia un final previsible pero emocionante, como es habitual en el cine actual. Unas pistas sostenidas por una puesta en escena antológica y una ambientación exterior que va pasando, sin solución de continuidad, de la fotografía casi naif de la naturaleza circundante a inquietantes oscuridades y huidas de foco propias del más monstruoso de los escenarios oníricos.

Finalizada la película no acertamos a concluir si Ned Merrill es un ser deleznable o un buen hombre caído en desgracia. Incluso dudamos si el onirismo de su viaje no será producto del exceso de alcohol trasegado entre brazada y brazada.

Si el espectador pretende ahondar en el misterio que esconde Ned Merrill no le recomiendo que acuda al relato de John Cheever (al fin lo leí). Esto no hará más que acentuar sus razonables dudas. Pero si pretende seguir chapoteando, como el nadador, en las turbias aguas de los sentimientos encontrados, le sugiero que inicie de inmediato la lectura de tan inquietante narración.

Así que aquel atractivo pirata burlón y saltimbanqui había trocado, con el paso de los años, en acuático velocista del desasosiego. Acorde con mi paso de la infancia a la adolescencia, cuando decidí cambiar las sucias páginas de gamberrada de las calles, por las páginas en blanco del escribir solitario. También, el cine, a veces, ofrece páginas en blanco, y El nadador es una de las que pone a disposición del espectador, para que este la cumplimente con sus propias sensaciones y miedos.

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De LA GALLA CIENCIA, 18/02/2018

ARRITMIA


ANTAGÓNICA FURRY

Tengo Asperger, dislexia, sinestesia, exceso de peso, arritmia cardíaca, cálculos en el riñón, coxis fisurado, artritis reumatoidea, quistes en el ovario, fisurado el cráneo por golpes desde el vientre, estrías, el ojo izquierdo casi ciego, no tengo muelas en el maxilar superior, incontinencia urinaria, de vez en cuando ataques de pánico, fobia a los insectos, sumo mi Trastorno pasivo agresivo, y también mi paranoia al salir a la calle. Razón por la cual no amo hacer citas a ciegas, conocer más gente, hablar en público, estar más de una hora en un evento (si estoy acompañada duro hasta dos horas). Es poético si lo ven de ese lado jejej.