Tuesday, April 24, 2018

Conviviendo con el 'ice', la droga que devasta los barrios más sórdidos de Camboya


JOAQUÍN CAMPOS/Phnom Penh

Mientras el mundo debate sobre el calentamiento global, en pleno centro de la capital de Camboya, donde casi todos los días supera los 35 grados centígrados, el 'hielo' sigue congelando centenares de cabezas de nativas que no poseen más ayuda que la de su camello, a menudo uno de los mismos policías que patrullan –por denominarlo de algún modo– la zona centro de Phnom Penh.

Son las tres de la tarde de un martes cualquiera. Nos encontramos en la zarrapastrosa habitación de un negocio que dice ser un hotel, a escasos cincuenta metros del epicentro de este tsunami humano. Es la calle 51, a la altura del Golden Sorya Mall, un espacio que fue gestado como centro comercial y de ocio cuando en realidad da pena verlo: el 80% de los espacios en alquiler vacíos y el resto ofreciendo bebidas al extranjero que sabe que podrá practicar sexo fácilmente. La habitación, sin aire acondicionado, cuesta diez dólares. Del baño sale un hedor considerable. Y el ventilador comete dos fechorías: aligerar poco el cargadísimo ambiente, y soltar un sonido tan estridente como repetitivo.

Y hace frío. Mucho frío. Porque el 'ice' es la motivación para que Sreymom, una prostituta con evidentes rasgos de poseer alguna que otra enfermedad, ayude económicamente a la mafia que controla la calle. Porque por otros diez dólares adicionales, los que cuesta la dosis básica de 'ice' –lo mismo que pernoctar en un zulo sin necesidad de llevar el pasaporte encima–, la drogadicta que se hace pasar por prostituta –realmente haría cualquier cosa con tal de no perder la comba de su macabro globo continuo– dará rienda suelta a los sueños de su cliente, normalmente jubilado o cercano, y casi siempre en bermudas y chanclas.

Mientras todo esto sucede, miles de camboyanos, que nada tienen que ver con este tinglado que acontece a plena luz del día, intentan mantener sus vidas a flote. El pescadero reparte vieiras repletas de tierra dada la cercanía del mercado central de 1937; otro señor en moto y descamisado carga con un inmenso espejo al borde del accidente de tráfico; diversas señoras ataviadas con trajes locales ofrecen vegetales encurtidos a los viandantes que hacen como que se lo piensan; súmense los centenares de niños descalzos que juegan alrededor del Golden Sorya Mall sin enterarse de qué va la cosa.
Escena cotidiana al caer la noche en el Golden Sorya Mall: prostitutas, y parroquianos locales, en torno a las siempre concurridas mesas de billar. (J. Gazzano)

Ni comer ni dormir
El 'ice' o 'hielo' es una metanfetamina refinada que se deja cristalizar y que visualmente parecen pequeñas láminas transparentes, cercanas al azul. La droga, y no sólo por barata –una meretriz en Camboya, uno de los países más paupérrimos del mundo, no podría permitirse el lujo de engancharse a la cocaína–, hace estragos por lo que fulmina. Nan, otra de nuestras protagonistas, nacida en la sureña provincia de Kampot y que dice tener 19 años -cuando, aunque aparenta 33, sabes que podría tener 15-, nos confirma por qué la consume.

– Me vacía la cabeza. Me olvido de todo– comenta, mientras aspira por la boca una buena dosis de un hielo que la deja completamente grogui entre ese densísimo humo blanco.

Cuando Nan habla de "olvidarse de todo" se refiere a dos asuntos básicos. Porque cuando se consume esa maldita sustancia desaparecen por completo las ganas de comer y dormir, dos asuntos primordiales si una persona desea permanecer cuerda, o mejor dicho, viva. Echando un vistazo al panorama general de consumidoras, uno detecta un dato irrevocable: el 95% de las chicas no tiene más de 25 años y probablemente ninguna se acerque a los 40. El 'ice' no sólo te arranca las piezas dentales, sino que contribuye a que la esperanza de vida del camboyano siga siendo de las más bajas de Asia y del mundo.

Solo hay que pasearse por esta manzana en pleno centro de su capital, Phnom Penh, a la que esa droga sepulta de gloria, para comprobar que el daño, si no es irreversible, al menos lo parece. La ciudad ya es demasiado famosa por su turismo sexual de extranjeros septuagenarios tatuados, y por el no menor de exconvictos con visados anuales sin que rechisten siquiera los del control de pasaportes y sin que ninguna autoridad, competente o parecida, les haya preguntado por sus antecedentes penales.

Phnom Penh, que fue conocida en el París del pasado siglo como "La perla de Asia", hoy es un destino facilón para pederastas de medio mundo que campan a sus anchas. Además hay que sumar que a la capital del antiguo Imperio Jemer se la sigue asociando con ese lamentable pasado que dejaron los Jemeres Rojos: uno de los gobiernos de la historia documentada de la humanidad que más población ha matado. Concretamente al 25%.

Hoy, como recompensa, la ONU dice enjuiciar a los presuntos culpables de aquella masacre mientras pasa por alto a Hun Sen, el primer ministro de todo este desaguisado, que fue alto cargo de aquellos golpistas maoístas y que hoy, corrupto hasta la médula, presume de llevar más años que nadie en la poltrona del poder absoluto y totalitario: treinta y uno. Estamentos internacionales le acusan de amañar elecciones, de quitar de en medio a opositores –algunos asesinados, otros presos y el más importante, Sam Rainsy, exiliado– y de amasar cientos de millones de dólares cuando en el país el sueldo medio de sus votantes no supera un billete de cien, o por acercarlo más a nuestras mentes, a un ida y vuelta en AVE de Madrid a Barcelona.

Por eso y por otras circunstancias, Sophan, natural de la vecina provincia de Takeo, decidió prostituirse hace dos años. Solo hay que verla y escucharla para comprender todo esto. Con 22 años y aparentando, según la mala tarde, el doble de edad, desprende una realidad difícil de explicar sólo con palabras. Por eso en este texto las imágenes son mucho más que primordiales. Si acaso esenciales.
Dos jóvenes prostitutas camboyanas. (J. Gazzano)

"Cuando has entrado, no sales"
– Hace dos años me salió un trabajo de masajista a 120 dólares; todo un dineral. Y con propinas. Pero la vida en Phnom Penh no es fácil y los gastos muy altos. Por lo que dejé aquel trabajo y comencé a hacer de chica de compañía en un bar. Sin sexo. Pero claro, allí desde la primera a la última consumía 'ice', y a mí no me quedó más remedio que probarlo. Y cuando has entrado ya está. No sales. Al medio año me echaron y desde hace tres meses vivo aquí, en la calle, donde me prostituyo.

Es una pena que Sophan, de rasgos faciales espectaculares –lástima que le falten siete dientes y que sus ojos sean un par de bolas negras de billar, dilatados hasta el extremo; opacos; con menos brillo que el entierro de un neonato–, gane el doble por hacerlo sin preservativo.

– ¡Son ellos! Me ofrecen 20 dólares, y a veces hasta más, por hacerlo sin protección.

– ¿Y tú qué haces?

– ¿Tú qué crees?

A partir de estos mismos instantes, querido lector, este texto va a ascender en contundencia informativa. Avisado queda. Habrá quien se plantee que todo esto que cuento sea pura ficción. Pero todo es verdad y seguramente me quede hasta algo corto.

Sophan no tiene problemas en desnudarse delante de mí, dejando ver innumerables manchas negruzcas. Cuando le pregunto a qué se deben esquiva la respuesta.

– ¿Qué manchas?

– Éstas– señalo una especialmente grande.

– Debe de ser de cuando di a luz.

– Mi madre ha dado a luz dos veces y no tiene manchas.

– Pues no sé.

– ¿Qué edad tiene tu hijo?

– Cuatro años.

– ¿Quién lo cuida?

– Mi madre.

– ¿Tú madre sabe que te prostituyes?

– No… Cree que trabajo en un restaurante de camarera.
El consumo de hielo rápidamente deja su huella: marcas de enfermedad repartidas por cualquier parte del cuerpo. (J. Gazzano)

Un cibercafé como tapadera
– ¿Desde cuándo no la ves?

– ¡Hace dos meses fui a verlas, a ella y a mi hija! Por cierto, ¿podrías invitarme a una dosis? Son sólo diez dólares. Más dos para la 'moto'. ¡La necesito!

Y claro, te asalta la duda. ¿Se puede invitar a 'ice'? ¿No? ¿Pero si dice que lo necesita? ¿Y a chupitos de tequila sí? ¿Y a rayas de coca? ¿Y a ceder tarjetas de crédito para vivir endeudado? ¿Hay alguna ley que informe a qué sí y a qué no se puede invitar?

Con la 'moto', Sophan se refería al motorista que, compinchado con policía y camello –sinónimo de la 'kunda' española que conduce a los heroinómanos a los barrios menos residenciales de las grandes capitales–, acerca a las desesperadas a su manantial de hielo: un local provisto de computadoras obsoletas donde uno puede conectarse a internet como si hubiera viajado en el tiempo hasta los años noventa. En realidad no hay un solo internauta navegando, por mucho que Camboya siga siendo, en general, un país atrasado en su tecnología y en otros tantos asuntos. El espacio incoherente abre las veinticuatro horas del día. Las chicas entran y salen a cada rato. Sin ningún género de dudas es una tapadera. Un policía con maltrecha imagen por el alcohol consumido, y con la chaquetilla verde caqui casi abierta de par en par, hace como que patrulla a solo quince metros del asunto. Seguramente él también se lleve su parte. Los mosquitos hacen de satélites alrededor de su cabeza. Nadie me mira a los ojos: ni el dueño del local, ni la prostituta que me acompaña –que sale disparada a por su dosis–, ni el policía descamisado.

Ni que decir tiene, y volviendo a la conversación anterior, que una enganchada –ya sea al 'ice', cocaína, ansiolíticos o al tapete– hace lo que sea, incluyendo mentir, por sacar una nueva dosis. Porque Sophan, según confirmaríamos luego, lleva para su familia y su hija como año y medio desaparecida. "¿Tú crees que casi sin dientes se va a atrever a visitar a su madre?", me confirma otra enganchada que esa noche anda a la gresca con Sophan por no sé qué cliente que le levantó hace dos días. "Era mi novio", me recalca.

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Al otro lado del aparato telefónico atiende Sok Chamreun, director ejecutivo en Camboya de la ONG Aids Alliance, que concentra su ayuda en el gremio de las trabajadoras sexuales, infectados de sida y los enganchados por drogas varias.

– ¿Cuántos infectados por HIV cree que hay ahora mismo en Camboya?

– En 2015 se cerró el año con 73.000 casos confirmados, de los que 58.000 fueron diagnosticados y 54.000 estaban bajo algún tipo de tratamiento. Los otros 15.000 ni lo saben ni se tratan.
El proceso de convertir el cristal en polvo, y éste, en el humo consumido. Acto terriblemente ordinario en Phnom Penh pero raramente visto en sus calles. (J. Gazzano)

Esperando una muerte lenta
El asunto grave es que desde 1998, que es cuando las ONG comenzaron a operar en Camboya, los números siguen sin descender y si acaso hasta ascienden. Y que realmente nadie sabe cuántas personas hay infectadas hoy en día. Hay que recordar que en Camboya la única sanidad algo decente es privada y carísima, cuando la estatal, que también se apoquina en efectivo, es demasiado nefasta, y que los jemeres saben que dar positivo en este tipo de análisis les llevarían a ser señalados por la sociedad como enfermos y por ende, a perder sus trabajos y estatus sociales, por muy paupérrimos que estos pudieran llegar a ser. Por lo que la mayoría espera hasta que enferman para acudir al médico. Y entonces, ya es demasiado tarde. Cuando, además, el tratamiento les sale más barato viendo que el deceso está a la vuelta de la esquina.

Según Sok Chamreun, en 2012 eran 13.000 los nativos que consumían algún tipo de droga en el país, de los que 1.300 se inyectaban heroína por vena. Hoy ninguna de las personas consultadas, aparte del responsable de Aids Alliance, se atreve a confirmar que el número haya bajado, sino todo lo contrario. Sobre las prostitutas que en pleno centro de Phnom Penh consumen 'hielo' no hay un solo dato fiable. Por eso, lo mejor es acercarse y enfrentarse a la realidad preguntando a las enganchadas, que en esa manzana no son precisamente pocas.

– Sabemos que la policía camboyana cobra 'mordidas' a las prostitutas. Y que el gobierno de Hun Sen no se pronuncia sobre si la prostitución es legal o ilegal. Lo peor viene cuando hay redadas, ya que las detenidas son enviadas al centro de rehabilitación Prey Speu, donde las meretrices dicen que aquello en realidad es una cárcel inhumana donde sufren vejaciones de todo tipo. Hasta en algunos casos son violadas u obligadas a practicar sexo por dinero, o por mejor cama o comida.

Mientras se escribe este texto salta a la luz una noticia lamentable: una prostituta que huía de unos policías cayó al río Tonlé Sap, desapareciendo entre sus aguas. Dos días después, su cuerpo sería encontrado bajo un puente, dos kilómetros más abajo. Su familia clama justicia. Los medios camboyanos, salvo el Cambodia Daily, no tratan el asunto. Hun Sen, el primer ministro ex Jemer Rojo sigue marcando el paso de casi todos.

– Es usual que cuando un policía quiere sacar dinero y/o sexo se acerque a las chicas que hacen la calle. Cuando les preguntan a qué se dedican les registran los bolsillos, y cuando les pillan droga o condones las amenazan: o me das dinero o te envío al centro de rehabilitación, les advierten.
Menores y minusválidos tratando de ganarse la vida. Al fondo el Plan B, uno de los muchos antros de la zona. (J. Gazzano)

Pagar el triple por una menor
Sok Chamreun asegura que sus empleados acuden en numerosas ocasiones a regalar profilácticos, jeringuillas y agujas sin estrenar en zonas calientes de la ciudad. A veces tratan de hacer pruebas rápidas del HIV, pero no todas acceden.

Nosotros –escritor y fotógrafo–, que hemos acudido en decenas de ocasiones a la zona y que para realizar este trabajo estuvimos incrustados en el Golden Sorya Mall del orden de doce horas diarias ventiladas en varias visitas consecutivas, aseguramos que jamás hemos visto a nadie que no fuera cliente, proxeneta, policía o camellocharlando con las chicas.

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– ¿Me dejas ver tu DNI?

– Sí claro… ¿Pero me vas a pagar mi dosis?

Aren tiene 16 años. O eso dice su carné de identidad: nacida el 12 de marzo de 2001. Según la práctica totalidad de su competencia –no lo olviden: el capitalismo permite no sólo que haya gente que se haga rica según su valía, sino que existan personas que paguen el triple por una menor, aunque sea yonqui–, el hecho de que Aren tenga dieciséis y pese 38 kilos es la clave de su éxito al facturar, aún a pesar de que parece una niña de mucha menor edad. Al menos tiene tetas, la defiende una de sus compañeras.

Otros niños de entre tres y doce años, a veces sin ropa, juegan entre ellos a juegos completamente inventados, generando un paisaje visual extraño si tratamos de comprender que el resto del atrezzo son prostituas, droga y gentuzas varias. Una vez que dos pequeños echaban una carrera, una madre vino a ofrecernos sus servicios con su bebé a cuestas. El 'ice', recalcamos, no sólo te vacía la mente, sino que te oculta la realidad por completo.
Paisaje habitual: niños y prostitutas. Todos, a su manera, necesitan llamar la atención. (J. Gazzano)

Entre el delirio y la realidad
Terminamos este reportaje con una embarazada de cuatro meses. Su barriga la delataba tanto como la completa pérdida de la realidad que le generaba el 'ice' en su cara completamente ida y sus comentarios sin sentido. Como podrán comprobar el hielo, aparte del hambre y el sueño, también quita la vergüenza sin que siquiera lo sepan sus consumidores.

– ¿Por qué tomas 'ice'?

– Porque lo necesito… me gusta. ¿Tienes?

– ¿Qué metes en la bombilla?

– El 'ice'.

Para consumir esta droga se necesita una botella de agua y una de esas pajitas que sirven para beber a los niños y sus amigos en sus fiestas de cumpleaños. En Asia, continente infantil donde los haya, las madres de 45 años las siguen utilizando en su día a día: para el refresco, para el batido… Otras, que prácticamente nunca alcanzan esas edades, para fumar el hielo.

– ¿Quién es el padre?

– Un inglés.

– ¿Se lo has dicho?

– Claro.

– ¿Y?

– Le da igual.

Aquella noche Joseph Gazzano –el fotógrafo– y yo salimos con los gestos congelados. Demasiada información desde el desconocidísimo Polo Norte del Sudeste Asiático. Antes de desertar, nos pasamos por las numerosas salas de juegos recreativos donde esas mujeres con pintas de niñas muestran una realidad incontestable: que alguien se les llevo su infancia. Porque cada vez que andan algo lúcidas, lo que practican son los juegos recreativos.

Y tras todo este reportaje, cuando dormir no es fácil viendo lo que has visto, uno se pregunta: ¿y quién fue el hijo de puta que inventó el 'ice'? ¿Por qué no sale en la Wikipedia con nombres y apellidos? Por eso a mi querido Albert Hofmann, el inventor del LSD, lo seguiré admirando por el resto de los días. Y no porque salga o no en la Wikipedia. Sino porque hay situaciones en la vida, que por extremas, parecen irreales. Como lisérgicas.

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De EL CONFIDENCIAL, 12/09/2017

Imagen de portada: Nan, prostituta camboyana, aspirando hielo tras improvisar una pipa con una botella de agua mineral importada. (Foto: Joseph Gazzano) 

Fraternidad de espantapájaros

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES

Hay una versión de “Espantapájaros” (“Scarecrow”, 1973) para cada momento de la vida. Incluso para la niñez, aunque cuenta con un par de desnudos fugaces que nunca superarán la mirada lasciva de Frenchy (Ann Wedgeworth). Pueden verse como las aventuras de un par de buscavidas a quienes sus intentos por surgir provocan una sucesión de carcajadas en quienes los rodean. También como dos libertarios dispuestos a hacer de sus destinos lo que les plazca corriendo todos los riesgos posibles. O como un par de amigos que acumulan tantos planes como problemas en una alternancia que acaba arruinándolo todo. Supongo que en la vejez será un compendio sobre el sinsentido de la vida, pero eso ya no será ninguna novedad ni exclusivo de esta película.

Max (Gene Hackman) es un ex convicto que viste varias capas de ropa para capear el frío que siente de manera crónica. Planea instalar un negocio de lavado de autos en Pittsburg del cual alardea cada vez que entra en confianza y, ante la mínima objeción, ofrece puñetazos. Lionel (Al Pacino) es un ex marino sin trabajo que sólo ansía llevarle un regalo a su hijo en Detroit, que abandonó cuando su novia quedó embarazada. Como desconoce si es un niño o niña, le lleva una lámpara que podrá servirle por cualquiera de los casos. Lionel no es demasiado listo ni fuerte, lo que suple haciendo payasadas para que el resto se ría. Entre estos, el propio Max, que transita hacia él primero con antipatía, luego hacia el compañerismo y finalmente a la fraternidad.

Al momento de su estreno, “Espantapájaros” fue eclipsada por otros clásicos del cine pues era el momento de mayor esplendor de la generación de los 70 –Coppola, Scorsese, De Palma, Spielberg y George Lucas- y aunque no es fácil toparse con ella en recuentos, retrospectivas ni menos reestrenos, cuando ocurre uno se percata que esta historia sobre marginales ha envejecido de buena manera y cuenta con momentos estremecedores. Como cuando Lionel regresa masacrado por un reo que intentó violarlo dentro de la cárcel y Max lo acoge antes de cobrar revancha por su amigo. O el rostro de desazón de Max cuando Lionel da rienda suelta a su locura al interior de una pileta luego de fracasar su intento por recuperar a su familia.

Aunque cuenta con una decena de películas, Jerry Schatzberg no es recordado en las reseñas como un director de éxito y se menciona más bien su actividad de fotógrafo. “Espantapájaros” contribuye a revertir este prejuicio.

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De EVOLUCIÓN DE LA ESPECIE (blog del autor), 24/04/2018 

Chuquiago visible, Chuquiago invisible


MAURIZIO BAGATIN

“La ciudad es un témpano del cual las nueve décimas parte están escondidas. Y la parte visible es diferente para cada viajero” - Eduardo Abel Gimenez -

Seres imaginarios borgeanos en cada esquina, ángeles y demonios de Swedenborg, todos pasean alucinados por esta alucinante urbe. Y tenía que ser un blanco, de barba blanca y de cabellos blancos, un q‘ara en pasearse como un flâneur - el Miguel que viene de la Fiesta de Hemingway - y se sumerge en el averno que no es dantesco sino una novela de Boccaccio. Una lengua lampiña y su suelta ironía lo acompañan como un etnólogo moderno, un cronista, un buscapleitos sin quererlos, un bohemio distraído, un curioso incansable, un vagabundo ordenado, casi un Bartolomé Arzáns de Orsúa y Vela entre nosotros, en la cataclismática ciudad trasnochada, ciudad visible y ciudad invisible: Chuquiago y Nuestra Señora de La Paz.         Su retrato es otra poesía: la no escrita, la que el pintor no retrae, el sociólogo no advierte, el político no conoce, el ciudadano vive, goza y sufre. Toda la violencia y toda la ternura, esperma y vómito, singani San Pedro y Whisky lata Caimán, bofetadas y caricias de un Caronte danzando sobre el Choqueyapu, toda la miseria y toda la nobleza, en un caleidoscópico girotondo entre ch’ajwaku y p’ajpaku, prostitutas y rufianes, poetas y borrachos, taparankus y alondras en esta Sementera de oro y su comedia humana. Pachamama y Achachilas permitiendo… mientras otras urbes sueñan Chuquiago es el sueño. Y a veces la pesadilla. 
Abril 2018




Monday, April 23, 2018

Las penas del jaguar


ROBERTO NAVIA GABRIEL

Marcos Uzquiano quería convertirse en tigre cuando era niño. Su abuela le había revelado el secreto que guardaban las profundidades de la selva. Era muy fácil: revolcarse en un lodo amasado con hojas amarillas y pintitas negras como la piel del felino. Ser ese animal para defenderlo de los cazadores que él sabía que existían y que con sus armas malditas los mataban para descuerarlos.

El niño Marcos lo intentó y nunca pudo conseguir la metamorfosis. Quizá algo falló en ese intento, quizá no anotó con exactitud la pócima que le habría permitido transformarse en un jaguar que cuando era niño lo conocía con el nombre de tigre. Pero creció y con los años encontró otra forma de luchar por la vida de esos animales que en Bolivia viven en una angustia eterna. Marcos no se convirtió en un tigre, pero sí en un guardaparques y en director del Parque Nacional Madidi. Desde ahí viene atacando a los traficantes que incentivan la cacería para arrancarles los colmillos que en el mercado chino tienen la triste fama de que, supuestamente, sirven para curar enfermedades que la medicina científica no sabe tratar, y como potenciador sexual, lo que hace que al otro lado del mar  los colmillos se vendan a precios abismales. 

En otro rincón de la Amazonia, Jesús tiene un cráneo en su casa. Un cráneo que tiene dientes pero no los colmillos. Se los ha vendido a dos chinos que, ha dicho, le han pagado a precio de oro. Jesús se mueve en el bosque sin preocuparse por los mosquitos que muerden la piel, y siempre mira hacia arriba, porque dice que arriba está el peligro: en esos árboles de castaño de donde cuelgan los cocos de almendra que caen sin silbar y que cuando golpean la cabeza de un ser humano, según cuentan en la selva, es capaz de matar o de volverlo loco.

Jesús tiene miedo a los almendros, pero no a los jaguares. “He matado varios y lo volvería a hacer porque pagan bien por los colmillos”, dice, envalentonado, agarrando su arma de fuego que, como una melena de Sansón, pareciera que le da fuerza y coraje.

Jesús no sabe que hay leyes bolivianas que castigan con prisión la cacería del jaguar y la vulneración de animales silvestres. “Hasta este momento no me había enterado. Ahora que sé ya no pienso seguir matando al tigre, no quiero meterme en problemas”,  asegura. Jesús fuma con intensidad el charuto que ha armado con sus manos y ahora sabe que también teme a la cárcel. 

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De EL DEBER, 14/01/2018



Pleitesía para los Stones


BELÉN SUÁREZ PRIETO

Un grupo de amigos se va de su país huyendo de la presión impositiva. Son jóvenes aún, pero dentro ya de la edad adulta, no son unos niñatos. Son atractivos, alguno de ellos, con un enorme sex appeal. Son ricos. Son famosos. Son drogadictos.

Se van de su país para no pagar impuestos y se trasladan a la Costa Azul, primeros setenta, y se diseminan por la soleada Provenza, con sus familias, con sus amigos, con sus camellos… Hay mujeres bellísimas, no hace falta aclararlo.

Uno de ellos alquila una mansión. Se dedican a dar paseos en barco por la costa, que se les hacen tan cotidianos que aquellas rutas acaban siendo la calle principal de su deambular exiliado por el Mediterráneo.

Alguno de ellos se droga a manos llenas. Gastan enormes cantidades de pasta. Se han ido de su país para no pagar impuestos. Navegan por la costa mediterránea. Toman el sol. Follan mucho.

Descrita así, esta pandilla puede repelernos, con un punto de envidia; millonarios evasores tostándose al sol mediterráneo mientras consumen heroína y demás hierbas en abundancia…

Pero, mientras hacían esto, también construían esa catedral de la música popular, parían esa obra maestra de la cultura popular del siglo XX, el Exile on Main St.

Los Stones, en un raído sótano de un palacete provenzal, crean su mejor disco; británicos paliduchos, levantan ese monumento de la música negra, que culminan en California, una vez más California, siempre California, imprescindible para entendernos. De Europa a Estados Unidos en un viaje donde hubo de todo, pero, sobre todo, por encima de todo, hubo una confluencia de talento en estado de gracia que escupieron en abundancia para que, más de 40 años después de la publicación del disco, en 1972, haya quienes sigamos descubriéndolo y maravillándonos y estremeciéndonos y llorando y sintiendo que, tras franquear la puerta que nos abre “Rocks off”, ya no hay marcha atrás.

Ya no hay marcha atrás cuando de “Rocks off” se va hasta “Shine a light”, en un buen puñado de canciones mecidas por esas majestuosas voces negras femeninas. Ya no hay marcha atrás cuando, casi 40 años después de la publicación del disco, se edita de nuevo con las sobras de los primeros setenta añadidas y entre el material de desecho aparece esa piedra preciosa del lamento amoroso llamada “Following the river”.

La pareja indisoluble Jagger/Richards compone canciones inmensas, como si, blancos y flacos, hubieran nacido en el algodón de los campos extensos del sur; como si hubieran mamado la leche del góspel en los bancos de las iglesias. Nos narran lo de siempre como nunca, el amor y su consecuencia inevitable, el desamor; trufado todo, que es lo mismo, con el sexo, el alcohol, el baile...

Nunca es tarde para bucear en el genio, nunca es tarde para enamorarse, nunca es tarde para el agradecimiento, a quienes nos han dado las posibilidades materiales y espirituales para disfrutar de la conmoción que provoca el arte, por el enorme privilegio de que disfrutamos sumergiéndonos en el Exile.

El miércoles 25 de junio, en el Santiago Bernabeu, rendiremos pleitesía a Sus Satánicas Majestades, por enésima última vez, por última enésima vez. Bisabuelo Jagger de la hija que tuvo mientras componía el Exile, recién viudo; superviviente a los cocoteros Richards tras haber tomado todo el opio de los campos de Afganistán. Cumpliendo, con Watts, presente en Provenza, y con Wood, y con tantos otros que se quedaron por el camino, antes o después, o que están en él, de las más diversas maneras, 50 años haciéndonos la vida más llevadera.

Lo tenían todo cuando construyeron el Exile: la erótica de la belleza, la erótica de la fama, la erótica del dinero… Pero tuvieron, por encima de todas ellas, la que ha hecho que estén en la historia, la única que la inmensísima mayoría podemos disfrutar de ellos y con ellos, sin posibilidad de volver atrás, porque supieron entender que si la poseían nos la tenían que regalar: la erótica del talento, inmenso y compartido.

Cause you always brought the best in me.

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De NEVILLE, 23/06/2014 

La piedra y el agua (Prólogo a URBS AETERNA)


PABLO CEREZAL

Escribir un poema es un acto solitario, algo parecido a lanzar una piedra al aire durante un paseo campestre que nadie, salvo el paseante, conoce ni comprende. La piedra, obvio, siempre cae. En demasiadas ocasiones lo hace en campo, yerto o florido, pero lejos de la vista. Sin embargo, a veces, la piedra rompe el reflejo de un río o un estanque cercanos.

Igual el río de la Historia, que recibió en su seno anécdotas que, al sumergirse, alumbraron coreografía de ondas expansivas. Estas, en su transcurso, han acabado afectándonos a todos, en mayor o menor medida. 

En el Monte Sacro de Roma, siglos atrás, una pequeña anécdota cayó en dicho río. Una más, pero que expandiría sus ondulaciones hasta alcanzar dimensiones de leyenda. En 1805, un joven venezolano pronunció, en aquel enclave, el juramento de romper las cadenas con las que, por entonces, oprimía la corona española a sus conciudadanos, allende los mares

Se llamaba Bolívar y la historia
Al sembrar en el monte esa otra gloria
Con una estirpe nueva alzó la frente

Con este terceto, cierra el soneto que Isaías Rodríguez dedica al Monte Sacro romano, rescatando del olvido las olas con que aquella anécdota desordenó los calendarios. De paso, de la contemplación solitaria e introspectiva del autor, nace un poema que, igualmente, se sumerge en el río de la poesía generando ondas de imprevisible alcance. Dejémoslas fluir, mientras.

Isaías Rodríguez llegó a Roma hace años, para dar continuidad a su dilatada labor diplomática. Pero puedo imaginar que su estancia en la capital italiana, además, intensificó su sentir poético. Porque lo que hallamos en estas páginas no es la mirada despreocupada del que está de paso, sino la observación sensible, profunda y solitaria de quien concibe la poesía como necesidad íntima, pero también como instrumento con que indagar en la biografía de la urbe. A modo de ejemplo: el mismo soneto al que corresponden los versos citados, nos recuerda en su inicio otra rebelión que también cambió la historia, la que los plebeyos romanos protagonizaron, en el mismo Monte Sacro, para ser considerados juez y parte de los designios del Imperio

Sigue aún en la colina junto al río
(Es el mismo lugar donde la plebe
Conquistó su justicia no tan breve
Y erigió un templo allí a su desafío)

Un único soneto para enlazar, desde lo íntimo, convulsiones sociales separadas por los siglos. Y es que el tiempo es concepto imprescindible en este poemario. El tiempo como transcurrir de las manecillas del reloj, por supuesto, pero también como instante detenido en las repercusiones que aún vivimos tal vez sin darnos cuenta, más tratándose de Roma, capital en el devenir sociocultural de Occidente. El tiempo se pasea por estos sonetos rescatando las rebeldías sociales de Bolívar y los plebeyos, pero también la grandeza artística de Miguel Ángel, las afrentas dictatoriales de los emperadores romanos, los desafíos filosóficos de Giordano Bruno, incluso las maneras cinematográficas de Fellini. Una poética con afán totalizador, con respecto a la ciudad cantada, y a los sentimientos que anidan en el ánima del autor.

No parece casual que se inaugure este volumen con un soneto dedicado a la Via Appia, arquetipo de las calzadas que la República romana construyó, piedra a piedra, con la intención de comprimir el tiempo y acercar a los pueblos. Ya, con este Via Appia, nos entrega el autor las llaves de la ciudad, para que deambulemos libremente por su cartografía.

El viaje continúa desplegando la magia con que Roma enamora a quien sabe mirarla, a quien, de inmediato, se sorprende cortejándola para conocerla mejor, independientemente del resultado del idilio. Amor en Roma sienta las bases de ese juego apasionado que encuentra en el siguiente soneto, Espía en Roma, un espejo en que el autor y la ciudad, entendida como ente vivo, son mutuamente observados. El amor como tablero de ajedrez en que disputan un pedazo de vida idénticos contrarios. La ciudad y las personas que la pueblan y, en ocasiones, la hacen palpitar

Tenía un color de abril, era morena
Su piel la habían tostado las colmenas
Su luz era mestiza: sombra y luna

Luz mestiza, como la propia metrópoli, acunada en mixtura de siglos y pueblos. Sombra y luna, como la propia urbe, impertérrita en su grandeza a los fulgores y penumbras que le ha tallado el transcurso de los siglos.

Nos adentramos en la Roma del autor, en un viaje que este ha querido de afuera hacia dentro. Urbs Aeterna recorre la ciudad en sentido inverso a como lo haría cualquier turista, ajeno a la falta de atención con que estos recorren caminos con la única intención de ocupar su tiempo y las memorias de sus cámaras digitales. El poeta, sí, es verdaderamente digital, ya que con sus dedos va acariciando la ciudad en círculos concéntricos. 

Un paseo íntimo por Roma. Porque una cosa es caminar anonadado entre los grandilocuentes vestigios del pasado, y otra hacerlo con el paso pausado y meditado de quien, más que deslumbrarse ante la belleza, deja penetrarse por la misma sintiendo, también, el frío que habita los rincones de sombra. 

Y llegar, desde las afueras, hasta el corazón de la urbe, con la calma cristalina de un río. El agua, en este volumen, tiene no poca importancia. Así, en el acercamiento inicial a la ciudad, contemplamos su calmo caminar sobre las arcadas de los acueductos. Para estos 

El agua fue un lenguaje

El agua como lenguaje, y como vehículo de expresión de este pasear solitario al que aludimos y en que, el transcurrir del tiempo, ese otro torrente, construye la historia

Como ejércitos toscos derrotados
Los acueductos sostienen soledades
Que en la penumbra parecen nimiedades
De un tiempo que del tiempo ha desertado

El agua como lenguaje, también como vehículo histórico. Y el Tíber como caudal minucioso con que el tiempo esculpe la memoria de la urbe

La presencia del agua ha sido clave
Para que en la memoria el tiempo grabe
Su belleza y su arte en cada gota

Con este acercamiento a la ciudad, es obvio que los sonetos que, después, irán glosando los más renombrados monumentos romanos, no abandonan el espectáculo íntimo del sentir solitario, lejos del mundanal ruido. 

Entender una ciudad es, sin duda, vivirla. No vivir en ella, sino vivirla a ellaY la Roma de Urbs Aeterna es la de un autor que, imagino, ha debido atravesar un período de inmersión en sus más íntimos sentimientos hacia la ciudad, más teniendo en cuenta que la forma poética que utiliza, para cantarla, es la del soneto. Una composición perfecta en su melodía, cuando acierta, pero compleja por lo férreo de su estructura. Ceñir el sentir lírico a los endecasílabos del soneto, a sus parejas de tercetos y cuartetos, a su rima exacta, es, desde luego, una arriesgada apuesta. Pero, por no salir del agua, tan importante aquí, ha de ser harto gratificante encontrar la manera exacta de nadar en su corriente sin desordenarle el cauce. El lector, después, leerá y sentirá la fluidez musical de los versos, llevado por un ritmo que no admite interrupción, y tal vez finalice la lectura sin reparar en la complejidad de la escritura. Ahí la magia de la poesía, en su fluidez.

A este respecto, no podemos obviar, tampoco, que los sonetos de Urbs Aeterna se contemplan en el espejo de su delicada traducción italiana, para re-conocerse. Abordar dicha traducción, con fidelidad al sentir poético y obediencia a la estructura del soneto, ha de ser ardua labor. Pero, a la vista del resultado, también gratificante.

Si bien es legítimo abandonarse al delicado discurrir de los versos, no se debe ignorar la complejidad que su elaboración entraña. Urbs Aeterna es poemario que reclamará segundas y subsiguientes lecturas. En ellas será donde comience a aflorar el alma detrás del verso, la vivencia íntima del poeta, que al fin es la que ha cincelado las corrientes que se animan en el cauce estricto del soneto. Toda obra artística que aborda de manera inmediata nuestros sentidos, esconde en su interior el esfuerzo denodado del creador, y el autor de este volumen lo confirma en más de una ocasión, como en el segundo terceto de San Pietro in Víncoli

Allí en San Pietro in Víncoli, aquí en Roma,
Miguel Ángel colérico se asoma
En la furia domada de Moisés

Sensación, soledad y creación, conviven en estos versos que, ceñidos a la exactitud de la lírica clásica, nos regalan un paseo muy especial por Roma.

Como un metrónomo, la exactitud del verso marca el flujo de música acuática que supone este paseo por una metrópoli que aúna lo culto y lo popular: Roma, ciudad abierta. Como un astrónomo rima planetas en sus mapas interestelares, estos versos dibujan la galaxia de una urbe que viene del ayer y camina hacia el siempre: Roma, ciudad eterna. Esa Roma de la que todos, en mayor o menor medida, tenemos noticia. Ahora, leyendo Urbs Aeterna, es muy probable que aprendamos a amarla gracias a una mirada nueva, a una voz que la canta sin tapujos y nos recuerda que

Sigue siendo esta Roma muy cercana,
Contradictoria siempre ¡Tan pagana,
Que el gran milagro ha sido no cambiarla!

Este, tal vez, sea el pequeño milagro que contienen estos sonetos, la piedra que Isaías Rodríguez ha lanzado al aire con la premeditada intención de verla sumergirse en el Tíber, pero sin el ánimo de variar el recorrido de sus aguas.






                                                                                PROLOGO
                                                                           (La pietra e l’acqua)


Scrivere una poesia è un atto solitario, qualcosa come lanciare una pietra in aria durante una passeggiata campestre che nessuno, tranne il camminatore, conosce o comprende. La pietra, ovvio, cade sempre. In molte occasioni cade su terreno spoglio o fiorito, ma lontano dalla vista. Tuttavia, a volte, la pietra rompe il riflesso di un fiume o di un laghetto nelle vicinanze.

Nello stesso modo, il fiume della Storia ha accolto aneddoti in suo seno che, nell’andare a fondo, hanno illuminato una coreografia di onde espansive. Questi nel loro trascorrere, hanno finito per influenzare tutti noi, in maggior o minor misura.

Sul Monte Sacro di Roma, secoli fa, un piccolo aneddoto è caduto in detto fiume. Un altro ancora che, però, avrebbe esteso le sue ondulazioni fino a raggiungere dimensioni da leggenda. Nel 1805, un giovane venezuelano pronunciò, in quell’enclave, il giuramento di rompere le catene con cui, la corona spagnola, all’epoca, opprimeva i suoi concittadini, oltremare

Si chiamava Bolívar e la storia
Nel seminar sul monte quell’altra gloria
La fronte alzò con una stirpe nascente

Con questa terzina, si chiude il sonetto che Isaías dedica al Monte Sacro romano, riscattando dall’oblio le onde con cui quell’aneddoto mise in disordine i calendari. Per inciso, dalla contemplazione solitaria e introspettiva dell’autore, nasce un poema che, ugualmente, s’immerge nel fiume della poesia generando onde di imprevedibile portata. Lasciamole fluire, nel frattempo.

Isaías Rodríguez è arrivato a Roma anni fa, per dare continuità alla sua lunga attività diplomatica. Posso, anche, immaginare che il suo soggiorno nella capitale italiana abbia, inoltre, intensificato il suo sentire poetico, perché ciò che troviamo in queste pagine non è lo sguardo distratto di chi si trova di passaggio, bensì l’osservazione sensibile, profonda e solitaria di chi concepisce la poesia come necessità intima, ma anche come strumento con cui indagare nella biografia dell’urbe. Per fare un esempio: il medesimo sonetto a cui corrispondono i versi citati, ci ricorda nel suo inizio un’altra ribellione che ha cambiato la Storia, quella in cui i plebei romani sono stati protagonisti sullo stesso Monte Sacro, per essere considerati giudici e parte dei disegni dell’Impero

Ancor è lì la collina vicino al fiume
(È lo stesso luogo dove la plebe
Conquistò la sua giustizia non così breve
E vi eresse un tempio per il suo certame)

Un unico sonetto per unire, dall’intimo, convulsioni sociali separate dai secoli. In realtà il tempo è un concetto imprescindibile in questa raccolta. Il tempo inteso come il trascorrere delle lancette dell’orologio, certamente, ma anche come istante sospeso nelle sue ripercussioni che ancora viviamo, forse, senza rendercene conto, e ancor più trattandosi di Roma, capitale nel divenire socioculturale d’Occidente. Il tempo passeggia in questi sonetti riscattando le ribellioni sociali di Bolívar e dei plebei, ma anche la grandezza artistica di Michelangelo, gli oltraggi dittatoriali degli imperatori romani, le sfide filosofiche di Giordano Bruno, perfino stili cinematografici come quelli di Fellini. Una poetica col desiderio totalizzante, sia rispetto alla città cantata, sia rispetto ai sentimenti che si annidano nell’animo dell'autore.

Non sembra casuale che questo volume venga inaugurato con un sonetto dedicato alla Via Appia, archetipo della strada che la Repubblica romana costruì pietra per pietra, con l’intento di comprimere il tempo e di avvicinare i popoli. Infatti, con Via Appia, l’autore ci consegna le chiavi della città per farci deambulare liberamente attraverso la sua cartografia.

Il viaggio continua manifestando la magia con cui Roma seduce chi sa guardarla, chi, immediatamente, si sorprende nel corteggiarla per meglio conoscerla, indipendentemente dal risultato dell’idillio. Amore a Roma dà inizio a quel gioco appassionato che trova nel seguente sonetto, Spia a Roma, uno specchio in cui l’autore e la città, intesa come entità vivente, sono reciprocamente osservati. L’amore come scacchiera dove identici opposti si disputano un pezzo di vita. La città e le persone che la popolano e, a volte, la fanno palpitare

Aveva il color d’aprile, era bruna pari
La sua pelle l’avevan dorata gli alveari
La sua luce era di ombra e luna

Luce meticcia, come la metropoli stessa, cullata in una mescolanza di secoli e popoli. Ombra e luna, come la città medesima, imperterrita nella sua grandezza ai bagliori e penombre che il trascorrere dei secoli le hanno scolpito.

Ci addentriamo nella Roma dell’autore, in un viaggio che costui ha voluto dall'esterno verso l’interno. Urbs Aeterna percorre la città in senso inverso a come lo farebbe qualsiasi turista, estranea alla mancanza di attenzione con cui questi percorrono le strade con l’unico intento di occupare il loro tempo e la memoria delle loro fotocamere digitali. Il poeta, sì, è veramente digitale, perché con le sue dita va accarezzando la città in cerchi concentrici.

Una passeggiata intima per Roma. Perché una cosa è camminare basiti tra le magniloquenti vestigia del passato, e altro è farlo con passo lento e meditato, di chi, più che rimanere abbagliato davanti alla bellezza, si lascia penetrare dalla medesima sentendo, anche, il freddo che abita gli angoli di ombra. 

E giungere, da fuori, fino al cuore dell’urbe, con la calma cristallina di un fiume. L’acqua, in questo volume, ha non poca importanza. Così, nel suo avvicinarsi iniziale alla città, contempliamo il suo calmo incedere sopra gli archi degli acquedotti. Per questi

L’acqua fu un linguaggio

L’acqua come linguaggio, e come veicolo di espressione di questo passeggiare solitario al quale alludevamo, e in cui il trascorre del tempo, quell’altro torrente, costruisce la storia

Come esercito di toschi sconfitto e placato
Gli acquedotti sostengono solitudini
Che nella penombra sembrano scempiaggini
Di un tempo che dal tempo ha disertato

L’acqua come linguaggio, ma anche come veicolo storico. E il Tevere come flusso minaccioso con cui il tempo scolpisce la memoria dell’urbe

La presenza dell’acqua è stata chiave 
Ché il tempo nella memoria fosse trave
E rifletta il movimento in ogni goccia

Con questo approccio alla città è ovvio che i sonetti che, in seguito, glosseranno i più celebri monumenti romani, non abbandoneranno lo spettacolo intimo del sentire solitario, lontano dal rumore mondano.

Capire una città è, senza dubbio, viverla. Non viverci, ma viverla nella sua interezza. E la Roma di Urbs Aeterna è quella di un autore che, immagino, ha dovuto attraversare un periodo d’immersione nei suoi più intimi sentimenti verso la città, ancor di più tenendo conto che la forma poetica ch’egli utilizza per cantarla, è il sonetto. Una composizione perfetta nella sua melodia, quando concorda, e complessa per la sua ferrea struttura. Legare il sentire lirico agli endecasillabi del sonetto, alle sue coppie di terzine e di quartine è, senz’altro, una scommessa rischiosa. Ma per non uscire dall’acqua, qui così importante, deve essere molto gratificante trovare il modo esatto di nuotare nella sua corrente senza mettere in disordine il suo flusso. Il lettore, dopo, leggerà e sentirà la fluidità musicale dei versi, guidati da un ritmo che non ammette interruzione, e forse porterà a termine la sua lettura senza accorgersi della complessità della scrittura. Ecco la magia della poesia, nella sua fluidità.

A questo proposito, non possiamo ignorare che i sonetti di Urbs Aeterna vanno contemplati nello specchio della sua traduzione italiana, per ri-conoscersi. Accostare detta traduzione con fedeltà al sentire poetico e con obbedienza alla struttura del sonetto, deve essere un arduo lavoro, ma considerato il risultato, anche molto gratificante.

Sebbene sia legittimo abbandonarsi al delicato scorrere dei versi, non bisogna trascurare la complessità che la sua realizzazione implica. Urbs Aeterna è una raccolta di sonetti che esigerà una seconda e successive letture. È in queste che comincerà ad emergere l’anima dietro al verso, il vissuto intimo del poeta, vale a dire ciò che, in fondo, ha forgiato le correnti che animano il rigoroso canale del sonetto. Ogni opera artistica che tenta di entrare in immediato contatto con i nostri sensi, cela al suo interno lo strenuo sforzo del suo creatore, e l’autore di questo volume lo afferma in più di un’occasione, come nella seconda terzina di San Pietro in Vincoli

Lì a San Pietro in Vincoli, qui a Roma,
Michelangelo collerico sporge la sua chioma
Nella furia domata del Mosè

Sensazione, solitudine e creazione, convivono in questi versi che, avvolti nella precisione della lirica classica, ci regalano una passeggiata molto speciale per Roma.

Come un metronomo, la precisione del verso marca il flusso di musica acquatica che presuppone questa passeggiata in una metropoli che coniuga il colto e il popolare: Roma città aperta. Come un astronomo rima pianeti nelle sue mappe interstellari, questi versi disegnano la galassia smisurata di un’urbe che viene dall’ieri e si dirige verso il sempre: Roma, città aperta. Quella Roma di cui tutti, in misura maggiore o minore, abbiamo notizia. Ora leggendo Urbs Aeterna è molto probabile che impariamo ad amarla grazie a uno sguardo nuovo, a una voce che la canta senza inganni e ci ricorda che

Questa Roma continua ad essere molto vicina
Contraddittoria sempre, così pagana!
Che il gran miracolo è stato non cambiarla

Questo, forse, è il piccolo miracolo contenuto nei suoi versi, la pietra che Isaías ha lanciato con l’intenzione premeditata di vederla andar giù nel Tevere, ma senza il proposito di cambiare il corso delle sue acque.

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Prólogo a URBS AETERNA, de Julián Isaías Rodríguez Díaz, Roma, febrero 2018

Versión en italiano de Marcela Filippi Plaza


El trino de las balas


ANTONIO ORTEGA

Quizá sea Langston Hughes (Joplin, Misuri, 1902-Nueva York, 1967) el mejor de los escritores negros del llamado Renacimiento de Harlem, pues supo captar la sensibilidad, la angustia, el dolor y la esperanza de su raza en una escritura alimentada por un gran sueño aplazado. Escritos sobre España reúne artículos, crónicas, memorias y poemas surgidos de su estancia de seis meses en suelo español, en 1937 y en plena Guerra Civil, como corresponsal de varios periódicos, entre ellos el Afro-American de Baltimore. Tanto los poemas como las prosas muestran los horrores de la guerra, la indigencia de una sociedad quebrada, la lucha y la vida de los voluntarios negros, pero también el gusto por vivir, el humor ante la adversidad, su música solidaria: "muerte y risas" en una contienda en la que era posible "que las balas sonaran como el trino de los pájaros". El ágil estilo directo de sus prosas, su sucesión de historias, peripecias, anécdotas, entrevistas y retratos, contrasta con la sensibilidad amarga de unos poemas vehementes, sonoros y de intensa emoción, desde La canción de España, Barcelona: ataque aéreo o Madrid hasta Desde España a Alabama o Luz de luna en Valencia: Guerra Civil. A pesar de cierta tópica folclórica y romántica, asociada a los gitanos, los toros y el flamenco, lo sobresaliente es su tono exhortativo y de reivindicación, sus mecanismos anafóricos y musicales, sus sinestesias y efectos visuales, capaces de hacer crecer la fuerza y dramatismo de lo que "Era más real / Que lo que jamás había visto / En las películas". Para Hughes la guerra fue un conflicto alegórico, una lucha entre el bien y el mal. Pero hubo un hecho que no encajaba en esta disposición de contrarios, las tropas africanas al servicio de Franco. Tanto en Los moros del general Franco como en el poema Carta de España se expresan la angustia y la desesperación ante quienes eran víctimas de su propia opresión.

James Yates fue uno de los 100 voluntarios negros entre los más de 3.000 norteamericanos de la Brigada Abraham Lincoln. En De Misisipi a Madrid relata el camino que le llevó hasta una España en guerra. Un libro mayor de cuentas que levanta en cada asiento el día a día, los hechos que resumen su peripecia vital, la lista de personajes señalados por la historia que recorren sus páginas, pues fue chófer, entre otros, de Hemingway y Langston Hughes. Más narrador que historiador, se mueve episódicamente, con modestia y sin dramatismos, arropado por ese "enorme sentimiento de fraternidad" hacia todos los que le acompañaron en una guerra en la que, paradójicamente, escapó del racismo de su país. A pesar de ser un relato personal, estas memorias llegan más allá de la historia, allí donde el "yo" y el "nosotros" se entretejen, y Misisipi se desdobla en un Madrid asediado. Tanto Hughes como Yates hicieron de la honestidad su compromiso, un fondo de defensa que, "En las brillantes fronteras del mañana", es tan necesario.

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De EL PAÍS, 19/11/2011