Saturday, May 19, 2018

Bolivia antes de Bolivia


MAURIZIO BAGATIN


V PREMIO NACIONAL DE CRÓNICA PERIODISTICA “PEDRO RIVERO MERCADO”

  
“Bolivia es un país con reputación”  - James Dunkerley

Era aquel increíble disco de Gato Barbieri, la pieza que le da el nombre, un viaje en lo desconocido de una posible tierra andina y la magia de un saxo que me llevaba hasta las entrañas de un interminable socavón, la dificultad para conseguir una copia de aquel disco, dificultad hasta para tener una simple grabación en una cinta (dificultades titánicas de un país ya para titanes…), y era el otro disco, el de Freddie Hubbard, con el mismo título pero menos conocido, más tropical, más oriental, más suelto; en algunos momentos era el Mundial de Futbol del ’94, en la canícula norteamericana aquellos chicos chiquititos que se calificaron jugando tocando el cielo (Maradona aún no se había quejado de lo inhumano de la altura) y les estaban sacando la mugre a los teutones, el cronista que se encaprichó en pronunciar con una acentuación ridícula -como si fueran franceses de alguna ex colonia o de Haití- a los jugadores bolivianos: Etcheverrý, Soriá, Truccó, Sandý…

Pero fue sobre todo Butch Cassidy and the Sundance Kid y nuestro imaginario del sur, de todos los sures del mundo, de todas las leyendas -y las realidades- que el realismo mágico nos dejó: forajidos siempre sucios con enormes bigotes, con una amada esperándolos en cada polvoriento pueblito y un caballo igual a los de todos los spaghetti western; Osvaldo Soriano que penetraba silencioso un cañón o deslizándose por una pampa y organizaba un partido de fútbol entre anarquistas de todas partes de Europa y nazis alemanes, mientras el hijo de Butch Cassidy se escapaba con la copa hacia Tupiza, Villazón, Cotagaita; era el mito del Che Guevara que nos transmitió una Europa ya desde hace mucho tiempo sin héroes y sin tumbas:¿cómo lo habrán matado, quién lo traicionó, por qué propio allí? Más La Zamba del Che que escuchábamos día y noche bajo el sol y las estrellas mexicanas o en las fiestas de L’Unitá, entre platos de polenta con salchichas y queso y el siempre bueno vino tinto italiano.

Había leído en varios periódicos que dos exponentes de la extrema derecha italiana, Stefano Delle Chiaie y Pierluigi Pagliai, colaboraron en el golpe de estado de García Meza (en el cual participó también el carnicero de Lyon Klaus Barbie), la parte nefasta del Made in Italy, la parte de las raíces de su tierra que uno nunca quiere encontrar afuera de su país: estereotipos, lugares comunes de la banalidad de los seres humanos, de nuestra irracional fauna.

Bolivia era el imaginarme yo que debía enseñar cómo construir canales de riego a campesinos que un tiempo habían canalizado el agua en el Machu Picchu y que habían alimentado uno de los más grandes imperios de todos los tiempos; memorias históricas violentadas y disfraces oenegeistas devastadores. Cada pueblo tiene el derecho a construir su camino, a construir su destino, así lo tuvieron los Mayas, así los de la isla de Pascua… así lo merecían los campesinos bolivianos del valle alto de Cochabamba. La verdad viene después, el futuro nos la ofrece siempre en una bandeja hecha de sudor, de lágrimas y de experiencia. Ella pero es, como decía Gabriela Mistral, un boleto de la lotería comprado después del sorteo…

Bolivia era también Casino, película de Martin Scorsese sobre casas de juegos y mafia, con Robert De Niro y Sharon Stone, era sobre todo aquella amenaza: “¡Si te portas mal, te mandaremos a Bolivia!”… ¿Qué podría esperarme?

Bolivia era, mientras yo estaba en África, solo un par de llamadas telefónicas… tomar o dejar… y un contrato hecho con la palabra, ni siquiera estrechándose la mano -las distancias son firmas profundas- y el tiempo de cambiar de valija, cuatro libros, un par de cintas musicales, los saludos y el verano compartido entre Camerún y el nuevo mundo. Origen del hombre y el futuro para mí. El boleto de avión fue de sola ida.

Antes era el arquitecto de Cesena -poco más que un pueblito, camino a la natal Rímini del nuestro soñador Fellini- que antes de volver de su viaje andino, por Ecuador, Perú y por Bolivia, se envió el mismo un paquete con algo de hojas de coca frescas, y acullicamos, o mejor nos las comimos como rumiantes desprevenidos -o vegetarianos power flower- sin probar nada más que un asqueo generalizado y gana de entender que era lo que muchos podían y lograban probar, cuál era la abismal diferencia entre la materia prima y la hoy dominadora del mundo, todos riéndonos… nuestras amigas con sus lenguas verdes y escupiendo el comistrajo del bodoque desde el balcón de una terraza de una tranquila provincia italiana. La coca no era aún el mundo de hoy, le faltaba pero muy poco para volverse.

Y más antes aún el profesor de literatura que nos leyó un artículo, sacado no sé de cual revista, de cual libro o periódico extranjero, en el cual se hablaba de que hubo un presidente, un caudillo tiránico, que había hecho un trueque -el término que utilizó fue un baratto- con Brasil y que a cambio de un flamante caballo blanco les había entregado un pedazo de tierra amazónica…y se me vino a la mente  -no me esforcé en entender por qué- Camilo Benso, Conde de Cavour, que a cambio de la ayuda francesa contra los austriacos cedió Niza (propia la ciudad donde nació el Héroe de los dos Mundos, Giuseppe Garibaldi… extraños juegos que hace la historia, que hacen los hombres…) y otros territorios italianos. Mi reino por un caballo… trueques, baratto que hacen y deshacen las cicatrices de la historia. Y modifican la geografía.

Bolivia hace más de veinte años era mucha de mi imaginación, era mucha de mi fantasía, eran muchos de mis sueños… un país alejado, un país desconocido, un país misterioso… me iba imaginando que nos habrían esperado unas llamas, estos camélidos que solo había visto sufriendo en los zoológicos de Ámsterdam, de Lignano, de Berlín, para satisfacer aquel sueño veinteañero de competir con ellas en quien hubiera escupido más lejos, nosotros provocándolas y luego dejar que escupan sus salivas, evitándonos y dejándonos escupir las nuestras… sueño que aún serba tiempo, espacio y saliva, y el otro soñador que sigue recordándomelo…

Florencia era la casa adonde murió exiliado, olvidado y abandonado en la pobreza Tomas Frías, cerca del Hotel Cellai, Florencia, cuna del Renacimiento y tumba del presidente boliviano que fue… la noche que nos alojamos en aquel hotel, una fuga nocturna -estábamos disfrutando de un viaje escolar- nos llevó a encontrar casualmente la placa de mármol, colgada al muro de un edificio que recuerda que ahí, en aquella sobria casa, falleció el dos veces Presidente de la República de Bolivia, desconocido para nosotros el país y más aún el personaje. Las paredes encierran muchas historias, los muros a veces reclaman su memoria.

Folco Portinari, no el priore de Florencia, director del Banco dei Medici y padre de Beatrice (Bice), la joven musa inspiradora de Dante Alighieri sino el ensayista que me deleitó con Il piacere della gola, narraba que Charles De Gaulle, en visita oficial a Bolivia, estaba pacientemente escuchando al presidente Víctor Paz Estenssoro, el cual le reiteraba continuamente las titánicas dificultades en gobernar a un país con una cantidad diferentes de etnias, con inmensas diversidades sociales y geográficas, con tanta y controversial historia, a lo cual el gigante presidente galo, mirándolo de arriba hacia abajo le contestó: ”¿Y Usted cree que sea fácil gobernar un país como Francia donde hay más de cuatrocientas variedades de quesos?”.

En junio volvió de Bolivia un querido amigo, nuestro Reinhold Messner del pueblo, enamorado de las montañas, miembro del CAI (club alpino italiano), Renzo nos invitó a ver las diapositivas de sus hazañas, del cielo a una palmada de la mano, de los colores absolutos de las cumbres y de las nieves eternas, el verde de los Andes… un viaje antes del viaje y el Huayna Potosí, el Sajama, el Mururata, el Illimani, toda la paz de un Siddhartha ya en pleno nirvana y toda La Paz vista antes de verla… luces y colores de la Fiesta del Gran Poder. ¡Alucinar antes de la alucinación!  Una guía alpina del lugar le dijo que alguien más de su pueblo se habría encontrado con estas bellezas: solo las montañas no se encuentran nunca.

Bolivia era migración, leyendas de banderas plantadas en la luna, de mano de obra muy apreciada en los Estados Unidos, en toda Europa, viajeros, exiliados, vagabundos y músicos que encontrabas en pequeñas plazas de París, de Bruselas, de Madrid, tocando sus quenas, sus flautas y sus zampoñas, como el viento les enseñó, como ellos lo aprendieron… luego artesanos con sus piezas de madera entalladas, llaveros multicolores, y el que en Santander, en España, me vendió un chaleco que sigo usando… whipala antes del proceso de cambio. Eran meseros cambas en las Ramblas de Barcelona, carpinteros y mecánicos en la industrial Bérgamo, albañiles en la explosiva Milán… migración y nostalgia antes de La Gran Comilona de la globalización.

Era el malentendido con mis padres que habían entendido que me estaba yendo a las bonificas, migración que se llevó a cabo verdaderamente después de la segunda guerra mundial, hacia las zonas aún llenas de malaria al sur de Roma, escapándome de lo que nos estaba esperado con la llegada al poder de Berlusconi -luego todo eso fue aun peor que toda nuestra ingenua imaginación- mientras me estaba yendo de mucho más, y de todo lo demás… quid pro quo, fuga, autoexilio que lanzaron los de il manifesto, y al cual adherimos yo, Antonio Tabucchi (el suyo fue un exilio de oro entre Lisboa y Paris) y algunos desesperados, soñadores y fugitivos más…yo solo hacia Bolivia.

Era también mi mamá que rezando, antes de salirme, me dijo espero te encuentres una mujer y que pongas tu cabeza en su sitio. Oraciones suyas cumplidas. Matrimonio mío también.

Y mi hermana que me llamaba y me preguntaba si había entendido bien adonde estaba yendo, porque hay una amiga en su pueblo que recién ha vuelto de Bolivia, allí ha adoptado dos niñas, después de una tortuosa, humillante y muy cara burocracia pudo llevárselas hasta el rico e hipócrita nordest italiano, eran aymaras y aún no hablaban el italiano cuando yo las conocí… después de un tiempo una de ellas se escapó y la encontraron, bien casada y con dos hijos, en el profundo sur de Italia. De los Andes a los Apeninos es la historia al revés que De Amicis no había imaginado pudiera realmente ocurrir.

Bolivia era una guía turística -junto a Perú (allí una epidemia de cólera había causado menos muertos qua una inundación en una ciudad del norte de Italia)- advertencias: Sorojchi Pills para la altura, antidiarreicos, vacuna contra la fiebre amarilla, cuidado con los efectos de las bebidas alcohólicas en las alturas -durante las muchas fiestas que investían el país había que ser precavidos- y, sobre todo, no adentrarse en barrio de zonas peligrosas, como si existiera una señalización, unas visibles o perceptibles indicaciones al respeto: un amigo, con algunos prejuicios y muchas paranoias, me visitó en Camerún y, como todo buen viajero responsable, cuidaba su cámara fotográfica más que a su chica que lo acompañaba, durante toda su estadía africana no dejó nunca su Leica,  ni cuando iba a dormir, porque con estos africanos, hay que cuidarse de todo, ya me han robado los calcetines en el hotel, me miran chueco y tienen una cara… su chica terminó en la cama con un ingeniero que trabajaba con nosotros (él, apasionado como ella de arquitectura, le contó que había trabajado en el proyecto de Renzo Piano, en la construcción del aeropuerto de Osaka, en Japón… y fue magia negra) y su Leica pasó todos los peligros africanos y le fue robada en el aeropuerto de Fiumicino, en Roma, apena desembarcado del vuelo Lagos-Roma, seguramente por una mano experta local. Una recomendación que recibí de mi abuela a los diecisietes años fue: “Todo mundo es país y si estas afuera cuídate más de tus paisanos que de los que vas a visitar”.

Bolivia era el desconocido mundo del tercer mundo, oenegés, polvo, falta de caminos, miseria y dolor, mitos y leyendas, fabulas y crónicas de un realismo mágico solamente leído: todo el atraso que Pasolini nos devolvía en poesía… porque ser atrasado no es el peor de los males.

La Tesis de Historia de una chica, creo toscana, Francesca Fabeni, que metió la pata lapidariamente, sostenía que la revolución boliviana era una revolución sin socialismo, ninguna Tesis de Pulacayo, ninguna reforma agraria y ninguna nacionalización de las minas como tampoco el voto universal le hicieron -¿a razón?- cambiar de idea, según ella, en Bolivia no hubo revolución, sino un cambio gattopardesco. Queda una revolución, entre las vividas en Sudamérica, la de México, la cubana, y la de Nicaragua, que es la menos estudiada.

Bolivia era A Cochabamba me voy de Víctor Jara, en la bellísima versión latín-jazz de Daniele Sepe, escuchada en un hilarante concierto en Umbría pocos días antes de llegar a la Llajta: la voz de José Seves y la embriagadora performance de Elizabeth Morris y de Auli Kokko, y el disco editado por il manifesto, entrega nostálgica para auténticos outsiders, disco que fusionaba los cantos andinos, Tierra y Libertad y los Sem terra con el jazz, simbiosis mágicas que desgranamos en viaje, lentamente, sin mirar atrás, sin mirar adelante, con los ojos cerrados, cruzando el océano que abrió las puertas a toda las futuras contaminaciones musicales.

Bolivia era un chocolate, el de “El Ceibo”, que me invitaron unas chicas que atendían una tienda de productos del tercer mundo, L’Altrametá, se trataba de una barrita de chocolate con quinua… se rieron, me saludaron y me dijeron “desde Bolivia envíanos una tarjeta postal”, años después entré nuevamente en L’Altrametá, en la pared, reservada a los recuerdos y a las reliquias, colgaba aún la tarjeta que les envié desde Cochabamba: el Cristo de la Concordia, la Colina de San Sebastián, el Tunari y una infaltable chicharronería.

“Schiphol estación de trenes, Schiphol aeropuerto de Ámsterdam, hasta luego Europa, frío hasta en pleno verano, ciudades que parecen eternamente grises, que parecen estar soñando el sol, soñando el mar, soñando el sur, hasta pronto… me saco una Philip Morris, una de las últimas, busco mi encendedor, no lo encuentro, y a mi lado aparece la llama de un Zippo, se acerca y me ofrece el suspirado fuego que enciende tabaco, nicotina, alquitrán, adictivos químicos desconocidos, es un hombre que puede tener al máximo treinta, treinta cinco años, rubio, ojos azules, me pregunta adónde estoy viajando, en un maccheronico inglés que sabe a italiano del sur, le digo que estoy viajando a Bolivia, ¡ah! me contesta, ahora en un perfectamente reconocible dejo de dialecto romano, Santa Cruz de la Sierra y me hace el gesto inconfundible de quien se encuentra en Holanda por algún tráfico ilícito, el tráfico de cocaína, gesto que torciendo la nariz como lo de uno que tiene un resfrío leve, es innegablemente el de uno del giro… estuve ahí el año pasado, bella ciudad, lindas chicas, mucho calor. Lo miré y le dije que no, yo estaba yendo a Cochabamba, terminé mi Philip Morris me despedí y ya en el vagón pensé en este romano con cara de centurión mientras iba y volvía de Ámsterdam llevando tal vez la cocaína que alguien, o que él mismo, había ido a recibir -o comprar de algún pusher desconocido hasta Santa Cruz de la Sierra- para luego entregarla a la Roma per bene, o a la Milán de los yuppies y de la moda, en lo peor de los casos a los nuevos mercados, los consumidores emergentes de una clase obrera devastada, la que antes de irme había votado por los secesionistas de la Lega Nord”.   

Bolivia era el sueño de todo viajero, del que se sentía un poco antropólogo, un poco bohemio y un poco poeta: el tercer mundo era un ancla de salvación -la fuga que el director de cine Gabriele Salvatores transmite en sus películas y a los fugitivos a los que dedica la película Mediterráneo: “Dedicado a todos los que están escapando”, con la cual ganó el merecido Oscar- para quienes no soportaban más el devastador progreso del primer mundo, para los que no querían sufrir más de la abominable alienación, para muchos de los inquietos y soñadores, y para varios de los fracasados del occidente.

Fueron los artículos, las notas periodísticas, las estupendas narraciones de Eduardo Galeano, su utopía siempre encendida, siempre pronta a despertar y mantener vivo en nosotros el fuego de la memoria, así tan frágil, así tan desmemoriada, era su memoria, era su fuego, el fuego de su generación: la Potosí octava maravilla del Mundo, adonde Claudia (nombre de femme fatale para Bolivia), una hechicera nacida en Tucumán, se venía a morir bajo el cerro más generoso del universo, el cerro mágico y trágico de las encantadoras pinturas de Melchor Pérez de Holguín, el cerro que parió tanta plata que se hubiera podido construir con este metal un puente entre Sudamérica y España, la Potosí del Boccaccio boliviano, el cronista Bartolomé Arzáns de Orsúa y Vela, la fundación del Alto Perú con Bolívar y Sucre, espléndidos y puros héroes, para nosotros como lo eran Salgari, Dumas, Julio Verne y las mujeres, estas valerosas cochabambinas que no se doblegaron a los españoles, las Heroínas de la Coronilla guiadas por Manuela Gandarillas… y así La Paz y la rebelión de Tupac Katari, Melgarejo y los continuos golpes de estado, la cocacracia de los años ’80, hasta la memoria que se introduce en la narración de una guerra infame, la Guerra del Chaco, testimonio de dos de las más profundas, esculpidoras y elegantes plumas que hubo Latinoamérica, la del cochabambino Augusto Céspedes y la del paraguayo Augusto Roa Bastos: hoy solo ellos podrían devolvernos con Sangre de mestizo e Hijo de hombre toda la memoria que la fragilidad de la historia nos ha hecho olvidar. Bolivia eran mis memorias del fuego. Antes, ahora y después.

Bolivia eran los Inti Illimani, grupo musical chileno con nombre de un cerro que es mito, magia y encanto de La Paz, los conciertos de los setenta y de los ochenta llevaron a Italia la historia de un continente que era continuamente depredado, violentado y sacudido por toda la violencia de lo que todos llamaban Imperio… golpes de estado y violencia, amor y sueños fluían en canciones que el tiempo volvieron tristes, aburridas, monótonas, nunca nadie pudo explicarme por qué este grupo se puso éste nombre, si desde Santiago el Illimani es muy lejos y siempre La fiesta de San Benito me pareció -como lo es en la realidad- una fiesta afro boliviana. No sé, tal vez se internacionalizaron con excelente anticipación o, con esta canción, querían pedir perdón por haberse bautizado con el nombre de un cerro boliviano. ¡El disco se intitulaba Viva Chile!, por eso sigo preguntándomelo.

Haber leído Cien años de soledad, esperar una Macondo, muchas Macondo, todas las Macondo que me habrían esperado en Bolivia -como en todos los países sudamericanos-, siempre hay una Macondo mágica, siempre hay una Úrsula, un Aureliano, una lluvia que dura cuatro años, once meses y dos días, una Macondo llena de mariposas, de muchas revoluciones, de soledad, y en una esquina los perros de Juan Rulfo -que ladran y no muerden,- una Comala adonde no se puede contra lo que no se puede.

Era una canción de Paolo Conte, alegre Sud América, el carnaval, su futbol, el surrealismo, los trópicos, un poco quimera y muchas nostalgias…

Y era lo que pensaban algunos anarquistas, la cuna del capitalismo, el vale un Potosí, un país siempre laboratorio de conquistas, de experimentos económicos y sociales, cuna del neoliberalismo y de una revolución sin socialismo… y Tristes trópicos de Claude Lévi-Strauss, el cual, llegando en Santa Cruz de la Sierra -algún día visitaría aquella casa de la gobernación adonde fue retenido junto con un amigo por la policía local-, vio pegado a una pared de aquel ambiente el aviso que decía: “Bajo pena de severas sanciones, está terminantemente prohibido arrancar páginas de los archivos para servirse de ellas con fines particulares o higiénicos. Toda persona que incurra en contravención será castigada”.

Bolivia era la Bolivia de muchos viajeros que leí poco y de prisa, Humboldt, Haenke, d’Orbigny, Isherwood, geógrafos, botánicos, científicos y escritores, y los muchos de apellido italiano que tenían que ver con la transformación de la  Erythroxylon coca, y con la elaboración de elixires (Domenico Lorini), de vinos (Angelo Mariani) y de la misma cocaína (Guillermo Malpiga), además de Paolo Mantegazza, de fama internacional. Tomábamos el licor Coca Buton (de Giovanni Buton de Bologna) que en su etiqueta decía: recomendado por el célebre higienista Senador Paolo Mantegazza e incluya -sigue en la etiqueta actual- hojas de coca bolivianas… era tan dulzón que debíamos alargarlo con agua tónica o con Ginger Ale, el resultado no era tan estupefaciente pero acompañaba el mito misterioso de aquella hoja increíble, legendaria entre los Incas y prohibida en nuestros días.

Bolivia no era una tabula rasa absoluta pero todo era aún mucha teoría, varios cuentos, leyendas, afabulación y demasiada imaginación.

No la de Vittorio Modotti, anarquista italiano y tío de la incandescente Tina Modotti, que se suicidó, atrapado por el terror, el miedo y la persecución de la policía fascista italiana, el OVRA; desde hace mucho tiempo lo estaban teniendo al acecho, y él, devastado por la inseguridad y carcomido por la soledad, en una fría La Paz, decidió quitarse la vida, en lugar de entregarse a los esbirros mussolinianos.

En las fugaces lecturas de A, la revista anárquica, algunos personajes me llegaron de muy lejos, como si fueran señales de humo, mensajes en botella o traídos por pichones viajeros fantásticos; así leí sobre Liber Forti y su teatro popular, y el grupo que fundó en Tupiza con el nombre de Nuevos Horizontes, Germinal Liber Forti Carrizo, anarquista de antaño, muy querido entre los libertarios del Ponte della Ghisolfa, zona popular de Milán y ambiente donde Luchino Visconti rodó Rocco e i suoi fratelli y a final de los años sesenta, en el círculo anarquista con el mismo nombre se fundó la revista A, en la sede histórica del Circolo anárquico que sigue aún allí… cultivando libertades.

Y tampoco era la de los misioneros, de los laicos, de los curas y de las monjas de Bérgamo que se habían radicado en lo de Cochabamba, fundando la Ciudad del Niño; un amigo de Milán me hablo de ellos y de Padre Berta, alma enraizada hacia el Tunari, en las afueras de la ciudad, entre eucaliptos y molles, canchas de fútbol y huertas, los niños huérfanos, abandonados y con poca suerte, tuvieron la fortuna de tenerlo ahí, un mañana de carpinteros, mecánicos, albañiles les restituya dignidad, les daba una vida. La Bérgamo emprendedora que conocí más por Fernand Braudel que por su cercanía con Milán, estaba también en Bolivia.

Debíamos salir ya, debíamos viajar, yo tenía una edad incierta, si te quedas es como si ya supieras cómo todo va a terminar, porque en el quedarte está todo escrito, si te vas, suerte, que te vaya bien… algunas amigas me lo dejaron así, algunos amigos tomaron otro vuelo el mismo día, para ellos el destino era Cuba, una valija llena de preservativos y de prendas femeninas y un libro que les dejé al embarque: algunos meses después recibí, ya en Bolivia, una carta en la cual me culparon de haberles revolucionado todos los planes, culpa mía por el libro que les regalé, Cuba, falso diario, un viaje postergado de un marxista sui generis, llegar a juegos ya hechos cuando las cantinas están cerrando y los casinos apagan las luces… yo, mientras ellos vía Madrid leían este extraño destino, andaba hacia el mío. Miré un mapa del departamento de Cochabamba, tierra que debía pisar por seis meses, tal vez algo más, y en alto al centro había un territorio, el Chapare, a su extrema derecha, siempre en alto un pueblo, Los Nazis, ¿podía existir un pueblo con semejante nombre? Recordaba que algunos de ellos lograron escaparse y esconderse en Brasil, en Argentina, pero que algunos de ellos, además, llegaran para fundar un pueblo, en medio de la selva amazónica, con este nombre, me pareció digno de un realismo mágico que aún no se había escrito.

El viaje, sí, ya el viaje fue premonitor, vía Ámsterdam, saliendo de Venecia, una noche en la ciudad de los Coffee Shop y de las miles bicicletas, una mañana entre el zoológico y el acuario; cruzamos el charco y tocamos el continente Sudamérica, Rio de Janeiro, San Paulo, Buenos Aires, hemos llegado, no… Santiago de Chile, Arica, La Paz, Cochabamba, veintinueve horas de vuelo, con escalas y conexiones, dos días de homérica odisea. Junto a los documentos de viaje nos habían entregado un libro sobre las miles de oenegés presentes en el país y una bitácora de viaje en la cual nos aconsejaban reservar para el trayecto La Paz-Cochabamba un asiento en la ventanilla para disfrutar del paisaje, con la sola decepción de que el vuelo lo hicimos a las nueve de la noche y vaya paisaje que disfrutamos…

Bolivia era mucho para mí, era la dignidad, la valentía y la rebeldía de su gente, era la distancia y el misterio de su historia… toda esta era Bolivia… antes de Bolivia.
Marzo 2018 

Thursday, May 17, 2018

El rastro argentino de un héroe accidental de la contracultura


PABLO PLOTKIN

En 1963, luego de una década de trabajar en diariosTom Wolfe fue enviado a Los Ángeles por la revista Esquire para cubrir una picada de autos. Hizo lo que hace cualquier periodista: fue, miró, habló con los involucrados y volvió a casa dispuesto a escribir. Cuando se sentó frente a la máquina, no le salía una palabra. Era, como lo sería siempre, un outsider de la cultura que pretendía retratar, y no tenía la menor idea de qué era relevante y qué no. Se lo dijo al jefe de redacción, Byron Dobell, y Dobell le respondió que el viaje les había salido demasiado caro, que tenían unas fotos buenísimas, que mandara sus notas y algún especialista de autos les daría forma. "Me pasé la noche entera dejando fluir mis impresiones -me contó Wolfe hace diez años, en una entrevista-. Era un mamotreto de cuarenta y pico de páginas en primera persona, lleno de interjecciones e hipérboles. A las 6 de la mañana le mandé la carta y unas horas después Dobell me llamó y me dijo que iba a publicar los apuntes así como se los había mandado, solo que suprimiría el “querido Byron' del comienzo".

Publicada con el título intraducible de The Kandy-Kolored Tangerine-Flake Streamline Baby, la crónica fundó todo un estilo periodístico, conectado con el flujo de conciencia, las aliteraciones y la inmersión en la experiencia, una escritura performática que no resignaba los procedimientos clásicos de la investigación. Wolfe le atribuía la invención del Nuevo Periodismo a Terry Southern, que en 1962 había firmado un relato satírico sobre la vida en la Universidad de Mississippi, pero el mundo señaló a Wolfe como el patriarca.

En la Argentina, un país con una larga tradición de periodismo narrativo, la contracultura absorbió a Wolfe como parte del combo beat. Su libro The Electric Kool-Aid Acid Test (editado por Anagrama como Ponche de ácido lisérgico), que narra el viaje psicodélico de Ken Kesey y los Merry Pranksters por Estados Unidos, puede leerse como el anverso salvaje del legendario artículo de Joan Didion sobre la generación hippie. El periodista y poeta Pipo Lernoud leyó el clásico de Wolfe en inglés, en las playas de Ibiza, poco después de su publicación, en 1968. "Es el mejor libro de rock que existe", dice Lernoud ahora, resaltando la capacidad del norteamericano para la descripción sensorial derivada del trabajo de campo exhaustivo. La influencia de Wolfe y de esa generación de autores (en la que flameaba Hunter S. Thompson) se ve nítida en la revista que lideró Pipo en dictadura: Expreso Imaginario. Roberto Pettinato, director del último período de la publicación, llevó su fanatismo por Wolfe -le copiaba hasta la manera de vestir- al límite entre el tributo y el plagio. Para muestra basta la edición de noviembre de 1982: Claudio Kleiman entrevista a Charly García y Pettinato pone en portada un título 100% wolfeano: "Capitán Sensible & Sus Bombas de Nylon". Entre el sinsentido y la resonancia explosiva, la influencia del hombre del traje blanco estaba en todas partes.

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De LA NACIÓN, 16/05/2018

Imagen: Tom Wolfe © 2012 by Mark Seliger


MAMARRACHOS


PAZ MARTÍNEZ

Cositas curiosas:
Ayer, mi niña 
Vinaró levantó la voz. Se hartó de lo absurdo y mojigato de lo polícamente correcto y se saltó la ley haciéndole una foto a su precioso cuerpo serrano. ¿Qué ocurrió? Lo previsible: 

1.- Me adherí al grito. (Que me gusta su voz. ¿Qué quieren?)

2.- Se despertó la red olvidando a Cataluña, Palestina, la corrupción política, las pensiones o el ojo de dios. 

3.- Salieron las cucarachas de su escondrijo.

4.- Facebook censuró la foto. 

Que la estupidez humana no tiene límites es conocido y ahí entramos todos. ¿Por qué facebook impone estas reglas? Por nuestro bien, dice, porque los hay alérgicos a encontrar un desnudo ante sus ojos. ¿Y qué hacemos? 

1.- Denunciamos la infracción. 

2.- Se nos levanta el pipi y nos lanzamos a piropear a la susodicha, que será facilona y se deja. 

Permítanme un comentario: MAMARRACHOS.

¿Tan salidos están? ¿tan necesitados de sexo o cualquier acción vital? ¿Tan trasgresor es un simple pecho desnudo? ¿No les hace pensar un poco que algo tan nimio como una teta levante tales pasiones? ¿Entienden el mundo en el que se mueven, en el que nos movemos todos? ¿Entienden que puedo mostrar fotos de gatitos desnudos, perritos desnudos, bebés despelotados o las tetas de una amiga sin interesarme ninguno de ustedes? ¿Entienden que le dan la razón al gilipollas y la censura? Llego escandalizada de Arabia Saudí y me encuentro que en España todavía sigue coleando el tema de la manada, unos tipos que entienden a las mujeres como muchos de ustedes: si me habla, se deja. Están ustedes enfermos, necesitados de este infantilismo normativo que actua culpabilizando, porque eso dice la censura: has hecho algo malo, lo borro, te castigo. Y no hablo de violaciones, de muertes, de palizas... hablo de dejar la piroliña guardadita, como la boca, que si alguna de nosotras quiere algo con alguno de ustedes, se lo hará saber y podrán dar rienda suelta a todo lo que pacten, pero mientras SI NO DIGO SI, ES NO. Coño.

P.D. He tuneado la primera foto y parece que el mojigatismo se ha relajado, no así el eufórico pichafloja.


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Imagen: Lucian Freud

Sunday, May 13, 2018

Mi ciudad desapareció

CARLOS CRESPO FLORES

Es el título de una conmovedora canción de la banda The Pretenders. Chrissie Hynde, su vocalista, la escribió en 1982 luego de regresar a su ciudad natal, Akron, Ohio, sólo para descubrir que el “desarrollo” y la cultura del automóvil, habían despojado a la ciudad de su carácter y destruido los lugares en los que había crecido: “Volví a Ohio / Pero mi ciudad se había ido / … Todos mis lugares favoritos / Mi ciudad había sido derribada / Reducida a espacios de parqueo”.

Es el mismo sentimiento que me acoge contemplando la ciudad de Cochabamba, la urbe marketineada por el actual gobierno municipal como “sorprendente” o la “ciudad de todos”. El hábitat valluno donde crecí y amé no existe más, ha sido reemplazado por un espacio urbano polucionado, segregado y vigilado. El Estado y el mercado, en sus ángulos más temibles, han llegado como una aplanadora, transformando irreversiblemente la campiña valluna.

Soy parte de una generación que se curtió principalmente en la calle, el barrio, desarrollando un sentido de pertenencia al lugar, al microespacio, por tanto una identidad local. De esta manera, se podía hablar de los “caracoteños”, “calacaleños”, “sarqueños”, o “jaihuayqueños”. En mi caso, provengo de la “9 de Abril” y luego del “Complejo Fabril”. Hoy, no existen más tales identidades: la homogeneización paisajística kitch del cemento (“ch’ojcha” llamaría el escritor Juan Cristóbal Mac Lean) y el síndrome de desconfianza en el “otro” en nombre de la inseguridad, han debilitado irreversiblemente la imagen de la ciudad y sus diversas sensibilidades/imaginarios espaciales.

Lamentablemente no puedo ignorar que la población local valluna ha aceptado la transformación de la ciudad. En una suerte de servidumbre voluntaria ambiental, ha internalizado como un valor positivo la destrucción paisajística: son los mismos vecinos que cortan árboles, admiten el cementado de áreas verdes y la construcción de infraestructuras inútiles en espacios protegidos. La tierra de los poetas Man Césped y Adela Zamudio, amantes de la naturaleza del valle, ha sido arrasada por sus mismos habitantes. Más aún, los cochabambinos han caído en la adicción petrolera; ricos y pobres, indios, cholos y criollos, asumen que el automóvil es el símbolo del progreso y la modernidad, a la que se debe acceder (tanto, que el presidente del Estado Plurinacional lo ha considerado un derecho humano). Y cerrando la tragedia, el discurso de la inseguridad, por tanto la desconfianza en el otro, se ha impuesto: frente a la violencia y la inseguridad se acepta incrementar los gastos defensivos, desde la vigilancia policial barrial, pasando por las cámaras de seguridad, hasta el autoencierro espacial, como se evidencia con el crecimiento de condominios y barrios cerrados. El miedo es el dispositivo más eficaz para establecer una sociedad de disciplinamiento y control.

“Volví a Ohio / Pero mi bonita campiña / Había sido pavimentada por el medio / Por un gobierno que no tenía orgullo”, se lamenta Hynde. Como la ciudad norteamericana, en Cochabamba hemos perdido el paisaje que hacía exclamar en quechua al poeta Saturnino Olañeta a fines del siglo XIX: “Nuestra ciudad, Cochabamba, / Se aduerme al pie del Tunari. / Toda colmada de flores, / Cuán bella es nuestra ciudad. No se conoce la pena, / Tan solo existe la hermosura / Y todos, sin que falte uno, / Viven alegres en ella”. Sean de derecha o izquierda, liberales o marxistas, nuestros gobernantes han sido seducidos por la ideología del progreso y “le meteremos nomás”.  

Al biólogo Francisco Varela le preguntaron alguna vez si veía soluciones a la crisis actual, este respondió que los lunes, martes y miércoles era optimista para encontrar salidas, pero el resto de los días de la semana no las avizoraba y se hallaba pesimista. Hoy me encuentro en esos días oscuros. Lo siento.

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De LOS TIEMPOS (Cochabamba), 11/05/2018     

Friday, May 11, 2018

Muñoz Álvarez, poeta crepuscular


MAX BENÍTEZ

Decía Emil Cioran que la melancolía era un estado muy difícil de aprehender, puesto que se nutría de otros estados y sentimientos más profundos si se quiere. No es difícil encontrar la raíz de la tristeza, o volver los ojos hacia el interior de uno mismo para darse cuenta de que eso que oprime el pecho es aquello que llamamos nostalgia. Sin embargo, la melancolía no es tan fácil de explicar. Nace de un vacío pero no necesariamente de una ausencia. Es una molestia interna que padecemos en silencio y que muy pocas veces sale a la luz. Cuando acabé de leer el libro de Vicente Muñoz Álvarez (escritor, editor y poeta nacido en el León de los años 60), “Regresiones”, fue precisamente en este estado, tan próximo a la ensoñación y a la soledad en el que acabé.

Yo no nací en el León de los años sesenta, ni viví, como el poeta cuenta, los últimos años de aquella dictadura infame, ni tampoco asistí al despertar de la joven democracia que fue también el despertar de toda una sociedad sumida en el retraso social que supuso décadas y décadas de puertas cerradas al mundo. Yo nací diez años después que Muñoz Álvarez, y no fue en León, sino en el Buenos Aires de los años setenta, bajo la cortina de sangre de una de las dictaduras más sangrientas que se recuerden en Latinoamérica, y tan solo unos años antes de aquella absurda y estúpida guerra que se llevó por delante la vida de tantos pobres muchachos que marcharon a la muerte bajo una consigna atroz puesto que era absolutamente innecesaria, gratuita y ruin. Y sin embargo, las memorias de Vicente (que abarcan desde su niñez allá por los últimos días de Franco, hasta finales de los años ochenta, en plena efervescencia rockera), en una prosa de diario íntimo bañado en melancolía, me hicieron vivir junto a sus regresiones, el latido de muchas vidas que de alguna manera también era la mía.

Puede que fuera la nostalgia la que llevara a Vicente a escribir estas memorias ahora colectivas, pero qué duda cabe de que sus regresiones llevan el sello crepuscular de quien narra desde la plena consciencia de que nada volverá. Así lo explica en el inicio de uno de los capítulos:

El objetivo y el fin de todas estas regresiones, como iréis comprobando o comprobaréis, es recuperar mi y vuestro pasado, porque es parecido, exorcizar mis fantasmas, descerrajar  con ganzúa de plata las `puertas blindadas de mi corazón”

O en este otro, en el que el autor parte nuevamente de la nostalgia para entregarse a la prosa melancólica:

sonrío… sonrío de puro gusto y placer cuando vuelvo (cada vez más últimamente)a los momentos perla de antaño, cuando pienso en mis dieciocho y veinte años sonrío, porque la nostalgia es siempre un placer, y allá que vuelvo una y otra vez, todos estos flashbacks vienen de ahí, como estigmas imborrables en el corazón y la piel vienen estos recuerdos a mí y también, por supuesto, debo contarlos… vuelven aquellos lisérgicos recuerdos a mí, y yo con ellos, a modo de caleidoscopio, me dejo llevar, quizás por lo adulterado de presente, este sucedáneo que nos han querido vender, en lo que han reciclado la sociedad…”


Y es que, Vicente Muñoz Álvarez, que lleva una veintena de libros escritos casi desde las sombras, es uno de los representantes de la cultura de la periferia, esa que no aparece en los grandes medios sino más bien lo contrario: se nutre y vive de la calle, de la gente. Así pues, aunque ya está curtido en la indiferencia del gran público (aunque he de añadir que supe hace un tiempo que su libro fue motivo de una charla en la universidad de León), nos regala esta obra que es parte de todos. Quieran o no. Nos brinda un testimonio auténtico y fértil y nos abre la puerta de su corazón que es al mismo tiempo su gran espacio anímico. Porque Muñoz Álvarez es todo corazón y crepúsculo. Y es en esas últimas luces del día, allá donde acaba el horizonte, es donde hallamos su prosa aguardando en silencio.

Vuelvo entonces, a modo de despedida, a las palabras de Cioran:

“los elementos estéticos de la melancolía contienen las virtualidades de una armonía futura que la tristeza orgánica no depara. Esta conduce irremediablemente a lo irreparable, mientras que la melancolía se abre al sueño y a la gracia”

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De INMEDIACIONES, 11/05/2018 

Tuesday, May 8, 2018

El sueldo del presidente


HUÁSCAR SANDÓVAL BAUER

A raíz de unas declaraciones de nuestro amado líder y gran timonel, en relación al sueldo que percibe, se ha levantado una pequeña polémica en las redes sociales. Si bien es cierto que el sueldo del “magnífico”, comparado con otros mandatarios del continente, no es la gran cosa, también es cierto que, a nuestro conspicuo personaje, no le gusta mucho trabajar, anda en permanente joda.

No podemos negar que al individuo en cuestión le gusta madrugar; al pedo, pero temprano. Le encanta joder a sus ministros y a toda la tropa de llunkus que están a su servicio. Como a todo déspota, le produce orgasmos múltiples hacer sentir su poder, le gusta atropellar y pisar a los subalternos, quizás para aliviar un poco su complejo de inferioridad, quien sabe, hay muchos trascendidos al respecto

Volviendo al tema. Estoy de acuerdo en que todo funcionario, público o no, debe recibir una remuneración acorde con la responsabilidad, el conocimiento y la capacidad que tiene. Además, debe ganarse el sueldo mostrando resultados concretos, y no solo propaganda. Nuestro mandamás confunde el trabajo de presidente del estado, con andar inaugurando escuelas, campos deportivos, sistemas de riego, letrinas y hasta sucursales bancarias a lo largo y ancho del país.

Cree que gobernar es un concurso de popularidad, anda con todo su equipo de futbol a cuestas, jugando partiditos donde se le ocurra, y encima los hace transmitir en vivo por el canal estatal. Le gusta que lo aplaudan, que lo vitoreen, quiere sentirse amado, sabe que sin el poder no es nada, por eso se aferra tanto a él. Cree que el estado es suyo, que el país es su propiedad privada, que puede disponer libremente de todos sus recursos, sin rendirle cuentas a nadie, menos a los ciudadanos que somos los que, finalmente, pagamos su salario

Todo ese despliegue de poder cuesta mucho dinero, que no sale del bolsillo de Morales, sale de nuestro bolsillo. Morales es el presidente más caro de la historia de Bolivia. Así que su sueldito es una bicoca, comparado con lo que nos cuesta su desmesurado ego, su enfermiza vanidad y su ridículo narcicismo.

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De INMEDIACIONES, 07/05/2018 

Imagen: Capricho de Goya

Violencia en la literatura


PATXI IRURZUN

Es triste, pero ha tenido que morir un lector tras los enfrentamientos entre ultras de Dostoievski y Faulkner para que el gobierno haya decidido por fin tomar medidas que atajen la violencia creciente en el mundo de la literatura. Ya era hora, aunque nos tememos que el cierre de los dos clubs de lectura radicales implicados, los “Crimen y castigo Boys” y “El ruido y la furia Fondo Sur”,  no va ser suficiente para acabar con esta deleznable lacra.

Anteayer mismo, tan solo 24 horas después del vil asesinato (recordemos, el lector de Faulkner murió tras ser golpeado repetidamente con una edición de tapa dura de Los hermanos Karamazov  sin que nadie atendiera sus gritos de auxilio: “¡En la cabeza no, en la cabeza no!”), anteayer mismo, decíamos,  podíamos ver en la televisión cómo dos tertulianos del reality-show“Escribe o muere” llegaban a las manos mientras debatían sobre la idoneidad de la métrica aplicada a un soneto de pie quebrado por uno de los concursantes durante la prueba de eliminación; o hace unos días informábamos en este periódico de los incidentes acaecidos en nuestra ciudad en la presentación de un libro de crítica literaria, en los que varias personas resultaron heridas durante las avalanchas provocadas para entrar al acto; posteriormente los altercados se extendieron a diferentes librerías del casco viejo, que fueron asaltadas por grupos de lectores que intentaban hacerse con un ejemplar de la obra empleando la fuerza y la coacción, amenazando, por ejemplo, a los libreros con tijeras con las que hacían ademán de cortar sus tarjetas de clientes.

La violencia en la literatura, por tanto no es algo puntual o asociado a pequeños grupúsculos de fanáticos, sino estructural, un mal que se alimenta desde centros de enseñanza, instituciones públicas o medios de comunicación. Cualquier padre de familia habrá tenido que soportar el bochornoso espectáculo de ver cómo en un cuentacuentos otros padres abucheaban al actor o incluso lo agredían después de que sus hijos exclamaran “¡Me aburro!”; son cada vez también más frecuentes los casos de bulling entre niños y niñas que durante los recreos, en lugar de  participar en las tertulias sobre literatura juvenil, prefieren jugar a al tocasuelos o a la goma; y es extraño el chaval que no se viste con una camiseta con el rostro de Gloria Fuertes o de El pequeño Nicolás —nos referimos, por supuesto, al genuino, al de Sempé y Goscinny—.

En lo que atañe a las instituciones públicas debería resultar indignante comprobar cómo, y más en estos tiempos de crisis, las grandes editoriales, ahogadas por los fichajes multimillonarios y los adelantos estratosféricos que conceden a los escritores, incluidos poetas y microcuentistas,  reciben un trato de favor o incluso se fabrican leyes ad hoc para facilitar el pago de sus deudas con Hacienda.

Tampoco los medios de comunicación estamos libres de pecado. Por citar sólo un dato, en cada telediario se dedica una media de 20,5 minutos a hablar de novedades editoriales. Desde aquí, en definitiva, abogamos por medidas más drásticas, como el cierre provisional de bibliotecas y la prohibición de la lectura a los menores de 32 años, y por la promoción entre la población de actividades más edificantes, como, por ejemplo, el fútbol.

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De INMEDIACIONES, 04/05/2018