Friday, November 23, 2018

Mis Habanas


ROGELIO RIVERÓN

Yo, habitante del interior de Cuba, he estado en muchas ciudades que se llaman La Habana: todas distintas, llenas de sorpresas; delirantes las últimas, aún glamurosas las primeras; cada una testimonio de su tiempo.

Con 17 años, en 1966, conocí a mi primera Habana. Aquella era una ciudad llena de restaurantes, fondas, cafeterías, lumínicos, ómnibus Leyland cuyo costo era de cinco centavos, y si usted pedía transferencia para otra (un trasbordo) el precio subía a siete. Luces nocturnas, night clubes, músicas que flotaban en todos los aires. Y siempre el mar recordándonos que en aquella Habana podían navegar todos los sueños. Bola de Nieve tocaba en Monsegnieur, José Antonio Méndez cantaba en el Saint John, Meme Solís y su cuarteto en el Capri, y en La Zorra y el Cuervo era posible embotar con el jazz los cuatro sentidos que no son el oído. Las noches no dividían los días en unos y otros, pues el tiempo era continuo. Recién inaugurada estaba la heladería Coppelia, y mi especialidad preferida era la Canoa India, donde mi paladar de niño campesino, devenido adolescente, remaba hacia el ensueño sin añorar otro buque de mayor o mejor calado. Se celebraba la Olimpiada Mundial de Ajedrez en el Hotel Habana Libre, y ver a Bobby Fischer a dos pasos de mí me confirmó que los extraterrestres sí han visitado la Tierra.

En 1977, con 28 años cumplidos, tuve otra temporada en la ciudad. El brochazo aplanador de la Ofensiva Revolucionaria de 1968 había hecho desaparecer, como abducidas por la Nada, las fondas, los puestos de fritas, el trasbordo de los ómnibus (y casi los ómnibus), pero mi estancia en aquella Habana estuvo marcada, más que por la permanencia en la ciudad, por las fugas a las cercanas playas de Guanabo y Santa María del Mar, donde el mar, efectivamente, aún tenía visos de santidad, con ese azul sedante que en ningún otro sitio del mundo he visto nuevamente. Aún sonaban los ecos de dos de las canciones que más me han gustado entre las muchas dedicadas a la ciudad, ambas interpretadas por el cuarteto Los Zafiros: “Hermosa Habana”, de Rolando Vergara (Habana, a ti llega mi canto / como el gemir de violines / que solo tocan para ti), y “Canción a mi Habana”, de Tania Castellanos (Qué hermosa es mi Habana, al caer el sol, / bordeando la costa hacia el malecón. / Camino del túnel, en música el mar / su melancolía me quiere llenar). En los círculos sociales de las playas de Marianao se bailaba el mejor casino del mundo (y hasta el chachachá todavía), con los Van Van, la Aragón, Félix Chapotín, la Ritmo Oriental… Y la esquina de L y 23 se comunicaba directamente con el centro del Universo.

En los años ochenta, ya con los 40 rondándome por dentro y por fuera, recorrí frecuentemente una ciudad que aún, pese a las incertidumbres, gozaba de su ángel. Me detuve muchas veces, acompañado por poetas y —¡no faltaba más!— poetisas, en el bar Monserrat, que a pocos metros del Parque Central lucía su comatoso lumínico. Allí, entre algunos rones y la ingenua certidumbre de que la poesía nos salvaría de todo, nos atolondró la noción del tiempo (me refiero al tiempo histórico) y hasta nos ilusionamos con que todo seguiría como siempre, que la reconstrucción del alma, y no el pragmático sobrevivir, seguiría siendo la joya de nuestra corona, pese al derrumbe de casi todo lo que la sostenía. ¡Cuánto nos faltaba por ver y comprender lo que iba a ser La Habana, lo que ya no era! Asistimos, en septiembre de 1989, al Festival de Poesía de La Habana, con sede en la Casa de las Américas y una serie de lecturas nocturnas y delirantes en la sala teatro Bertold Brecht. Despedíamos así la década, con la cual se irían volando (o arrastrándose) las mejores utopías. Los noventa acechaban, con el llamado período especial como prueba traumática.

Ya en 1993 y 1994 La Habana era un lugar adonde solo íbamos —los de provincias— a gestiones impostergables, en tren lechero, con desgano y conciencia de un eclipse. Para los habaneros (aunque no solo para ellos) fue la época de los apagones de 12 horas, del cierre de los mercados, periódicos, editoriales, restaurantes; de los ómnibus con frecuencia superior a la hora y luego devenidos adefesio rodante al que se le llamó “camello”, de la invasión del dólar, de los secuestros de la lancha de Regla con el descabellado propósito de llegar al sur de la Florida, de ver a la gente fabricando precarias balsas en el Malecón —custodiados por la tolerancia de los guardafronteras— con el propósito de que los rescataran en alta mar y enviaran a Guantánamo, con meta final en Estados Unidos. Todo aquello trajo como amargo colofón lo que desde el exterior llamaron “maleconazo”. Recuerdo haberme sentado por esa misma fecha, en ese mismo Malecón, una noche en que todavía pensaba (como pienso aún, pero con variantes) en un futuro parecido a la vida, con el diagnóstico de “gente normal” para todos mis compatriotas.


Lo que vino después ya se conoce: La Habana es una ciudad que se niega a morir, que muere y resucita, aunque quede la herida que su “oscuro esplendor” cicatriza dolorosamente. La puntillosa y laboriosa restauración, capitaneada por Eusebio Leal, historiador de la ciudad, mantiene a toda costa su filosofía de terapia intensiva para el casco histórico. Y aun más allá.

Hay muchas Habanas que no conozco: la que vivió José Martí, por ejemplo, la de los primeros 50 años del siglo XX, con sus brillos, grises y tinieblas políticas, económicas y culturales. La Habana tiene más historia que la que alcanza a leer cada una de las vidas que la han recorrido. La Ciudad de las Columnas de que hablara Alejo Carpentier, la única donde —según sus declaraciones— José Lezama Lima lograba respirar, la que pintaron Amelia Peláez y René Portocarrero, con sus cuadros, y Jorge Mañach y Eladio Secades con sus crónicas —entre otros muchos artistas que la han magnificado— es una ciudad inabarcable.

Comenta la periodista Josefina Ortega, especializada en temas históricos: “La historiografía recoge varios momentos de la fundación de La Habana, desde que —según asegura la más popular de las leyendas— cincuenta hombres seleccionados por Diego Velázquez se establecieron, en un territorio llamado por los nativos Abana, en la costa sur de la Isla en fecha que unos precisan el 5 de julio de 1515, otros el día 25 del mismo mes y año, y hay quien recoge el año del señor de 1514”.

En torno al nombre, la fecha y lugar de fundación, aunque hay un gran laberinto de versiones, existe un aparente consenso que señala tres sitios de fundación: un primero —tal como afirma Ortega— en la costa sur, quizás donde hoy localizamos el Surgidero de Batabanó; luego —se dice— este fue trasladado a la desembocadura del río Almendares, en el actual barrio de El Vedado; y finalmente, al abrigo de una bella bahía de bolsa y alrededor de una ceiba donde hoy se sitúa el llamado Templete. El 16 de noviembre de 1519, con la celebración de la primera misa y el primer cabildo en esta locación de la costa norte, se declaró fundada la villa de San Cristóbal de La Habana, devenida capital colonial en 1589. En la actualidad aún los investigadores trabajan para determinar el sitio exacto de su origen.

La Habana tiene lugares y figuras emblemáticos, pero si me viera forzado a escoger, no dudaría en darle mi voto al Malecón, sobre todo cuando el sol se pone, y más tarde, cuando en las noches todos los fantasmas de la ciudad le regalan su bohemia. La fortaleza de San Carlos de la Cabaña, cuya construcción demoró tanto que el rey Carlos III solicitó un catalejo para verla desde el Palacio Real, pues una edificación que demorara y costara tanto debía verse desde Madrid, es otro de mis sitios preferidos. Tanto esta como el Castillo de los Tres Reyes del Morro y el de San Salvador de la Punta, que se edificaron para proteger a la ciudad de la furia de corsarios y piratas —ensañados con ella por ser el punto donde se concentraban los navíos del Nuevo Mundo para trasladarse, ahítos de riquezas y custodiados, hasta España— son también lugares que me hacen sentir la juventud de los siglos. Gracias a ellos La Habana se llegó a considerar la ciudad mejor fortificada de los nuevos confines americanos. No obstante, tal condición no impidió que en 1762 los ingleses la sitiaran, tomaran y mantuvieran ocupada hasta mediados de 1763, fecha en que la devolvieron a los españoles a cambio de la Florida.

El Palacio de los Capitanes Generales, el del Segundo Cabo, la Plaza de Armas y la de San Francisco, la Plaza Vieja, la de la Catedral, con iglesia incluida, junto a las calles adoquinadas y el espíritu alegre caracterizan a la hoy llamada Habana Vieja. Se considera este centro histórico como uno de los conjuntos arquitectónicos mejor conservados de América. Según consigna el sitio cubano Ecured, posee 88 monumentos de alto valor histórico-arquitectónico, 860 de valor ambiental y 1 760 construcciones armónicas.


Todos los cubanos somos habaneros, metonímicamente hablando. Cuando, en otros confines del mundo las fronteras internas se borran del corazón, pensamos en Cuba y nos sentimos de La Habana; desaparecen muchos resquemores. La Habana nos representa, a veces más como leyenda, pero también por su imponente presencia, pese al deterioro ambiental y constructivo de muchos de sus barrios, con ese mar que con cada embestida nos suplica reinaugurarla de los ojos hacia adentro.

Habrá otras Habanas, que espero visitar cuando la vida no sea tan solo recuerdos. Un día en que quisiera reencontrarme con todos los hermanos ausentes y presentes para cantarle a la nueva ciudad. Por ese día espero, con ese día sueño, en ese día pensaré siempre, poco importa si sentado en el Malecón, en la Gran Vía de Madrid, sobre el lago Maracaibo, frente a la catedral de San Basilio, o en el Zócalo de México D.F.
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De LA JIRIBILLA, Octubre-Noviembre, 2018 

Saturday, November 10, 2018

Hemingway o la sombra del iceberg


RODRIGO VILLEGAS RODRÍGUEZ

La generación perdida que deambula por París busca perder su identidad. O reencontrarla. O reinventarla. 1920. Se diluye el tiempo como se consume el alcohol, como las aguas de Venecia, como las copas de vino que pasan de mano en mano, del artista hacia el comendador, de la solidaridad del destino compartido, el de la salvación de la muerte en la Gran Guerra, hasta las voces egoístas de los abandonados y, por lo tanto, ofrecidos a la Obra. La Obra que se construye desde la expatriación. Desde el territorio desmitificado pero visto en los sueños y en las pesadillas a pesar de la distancia de miles kilómetros de casa. La generación perdida.

Hemingway y Fitzgerald. Fiesta y El Gran Gatsby, Adiós a las armas y Hermosos y malditos, El Viejo y el Mar y A este lado del paraíso. Cada cual deconstruye un espacio en el tiempo, su tiempo, el de la desesperanza, el de la tragedia de estar vivo, el de la separación de la violencia por la del hedonismo.

Hemingway. Su estilo es por demás conocido: frases cortas, diálogos magistrales, el desamor, la constante lucha contra la naturaleza, las guerras y las cicatrices indelebles que dejan, la caza, la pesca, el boxeo, la tauromaquia... La teoría del iceberg: un cuento es lo que está debajo, ese pedazo inmenso de hielo que es el iceberg, pero del cual solo se ve la punta, una pequeña porción de la masa. De la historia que se narra.

Ricardo Piglia, escritor y crítico argentino, uno de los más grandes de la historia sudamericana, explica que esta teoría es desarrollada en Hemingway – y después en tantos otros – con una maestría que adopta no solo en sus narraciones breves, sino en sus novelas.

En Fiesta (1926) – The sun also rises, título original –, la primera novela escrita por Hemingway y la que lo dio a conocer como uno de los exponentes literarios más importantes de su generación, no existe un argumento en sí. La historia trata de unos muchachos estadounidenses que radican en París – así como gran parte de los artistas o aspirantes a serlo de aquella época post Primera Guerra Mundial – que se la pasan debatiendo acerca de la dificultad de vivir, así como de la belleza de la misma acción, de literatura – son escritores y periodistas –, de mujeres y de eventos deportivos en los cuales la batalla a muerte con las bestias genere el renacimiento de la hombría y epifanía de un destino trascendente.

Es por ello que un día, aburridos de la vida “nice” de París, buscan la acción que solo puede generar ser perseguido por dos astas en las calles de una España bárbara: las corridas de toros de San Fermín. Allí, en Pamplona, es donde se ven desplazados a un espacio diletante, uno que los confronta con la vida dedicada a las tertulias y a la ensoñación, uno en el que ven sus pasiones desbordadas, llevadas al límite, una alegría primitiva y seductora desde la cual la contradicción de ambos mundos – París y España – los lleva a decidir entre la reinvención o el ocaso de los sueños.

El lenguaje desgarrador de Hemingway, los intersticios donde se va colando la historia que de verdad le interesa – el desarraigo, la patria que se esconde en la vigilia del exiliado, la búsqueda de la realización de la Obra, la eterna pérdida de La Mujer – constituyen la novela como una de las grandes obras de su tiempo.

Y ahí la relación con el Gran Gastby, de Francis Scott Fitzgerald, novela en la cual la búsqueda de la hermosa Daysy Buchanan simboliza la decadencia, el idealismo y la resistencia a la agitación de un mundo, a la reverberación de la conciencia: el jazz y el alcohol en exceso parecen ser el camino hacia la nostalgia que no se quiere soltar.   

Piglia escribió en esa espacie de diario o apuntes misceláneos de literatura, psicoanálisis y tradición que es Formas Breves, que el amor es el cliché narrativo de las grandes obras argentinas – y, es claro, de muchas de las de talla mundial –: “En el Museo – Piglia se refiere a la obra cumbre del escritor argentino Macedonio Fernández – la historia de la Eterna, de la mujer perdida, desencadena el delirio filosófico. Se construyen complejas narraciones y mundos alternativos. Lo mismo pasa en “El Aleph” de Borges, que parece una versión microscópica del Museo. El objeto mágico donde se concentra todo el universo sustituye a la mujer que se ha perdido. Curiosamente varias de las mejores novelas argentinas cuentan lo mismo. En Adán Buenosayres, en Rayuela, en Los siete locos, en el Museo de la novela de la Eterna, la pérdida de la mujer (se llame Solveig, La Maga, Elsa, o la Eterna, o se llame Beatriz Viterbo) es la condición de la experiencia metafísica. El héroe comienza a ver la realidad tal cual es y percibe sus secretos. Todo el universo se concentra en ese “museo” fantástico y filosófico”.

Quizá podríamos aventurarnos a afirmar que las grandes creaciones de Hemingway – los cuentos La vida breve de Francis Macomber, Las nieves del Kilimanjaro, así como las novelas Adiós a las armas y, por supuesto, Fiesta – giran alrededor de aquel sentido de la pérdida, de la posibilidad de la fuga o de la búsqueda de esa sombra que una vez se ha estrechado en ambos brazos.

Basta con los finales de Adiós a las armas o de Fiesta, memorables y desesperanzadoras revelaciones de un futuro que no será pero que será construido a partir de esa nostalgia. Allí está el iceberg. Allí se encuentra lo que no se puede narrar pero sí apuntalar, descifrar. Así como ver desde una ventana en la lluvia.

Quizá el iceberg sea la generación consciente de un destino enorme, pero escondido en el mar, y la exploración, el buceo, sea la causa de la deconstrucción de la Obra. Una generación perdida que perdura en el tiempo y que nosotros, afortunados lectores, sí podemos divisar en toda su plenitud: el iceberg delante de nuestros ojos.        

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De LA RAZÓN (La Paz), noviembre 2018

Imagen: Antonio Ordóñez y Ernst Hemingway



Sunday, November 4, 2018

Palabras a una almita


PABLO CINGOLANI

Al Guille

Vos, rey, vos mi hermano, vos mi compañero que estas en los cielos, ¿qué se siente allá arriba? ¿Es verdad que es mejor que aquí abajo?

Dime, dime la verdad, dímelo a mí: al mismo que te hizo penar por los salares, te hizo sufrir las cordilleras, te hizo verter lágrimas y verte en ese espejo que eras vos mismo

No te pido disculpas, ni una pizca de arrepentimiento por lo que vivimos juntos, gordo querido: la vida, cuando la compartíamos, tenía, que digo; debía ser así. Una vida peligrosa, una vida que podía parecer insensata -¿Por qué arriesgar el cuero si es mejor quedarse en la cama? ¿Por qué no ver todo el tiempo la tele en vez de irse a vagabundear con una cámara y la vida misma por los desiertos de dios padre, madre, espíritu santo, con la venía de tu santa, mi santa, Santa Bárbara, santa guerrera, como te empujé a que lo hagas porque vos te merecías eso?[1]

No me arrepiento de nada: no me acongojan todas las Puinas que compartimos y todas las Llicas y todas las Sabayas: todo era pura arena, pura desolación pero también era ese maldito encanto que anidaba en tus ojos, en tus imágenes y en tu escritura, rey, almita mía, hermano mayor, padre de muchas de mis locuras, mis intenciones, mis ilusiones, vos mismo

¿Acaso no eras vos el que te chupaste conmigo y con las sirenas del lago Coololo a la vera de nuestras botellas y nuestras vidas compartidas en el medio de la soledad de la puna de Antaquilla a 4600 metros de altura?

¿Acaso no eras vos el que me cebabas con tus historias, dale y que dale con tus historias cinematográficas en un balcón de un hotel en Tarija o al lado del fueguito que nunca se apagó –porque era un fuego fértil: era fuego de leña de thola- en los faldeos del Sajama, más alto aún?

¿Acaso, más cercano a vos mismo, tan próximo que eras vos mismo –allí entendí quien eras y aprendí más de vos que en ninguna otra parte-, no eras vos, el Guille, el mismo, el que me llevabas casi muerto a los bares de tu barrio, de Santa Bárbara –no era solo nuestra santa: era también tu barrio, tu lugar en este puto mundo- para que resucitara con tus palabras? Siempre te lo dije pero te lo vuelvo a repetir: el que sabe contar, sabe vivir y vos me revivías, contándome. Yo te escuchaba, yo revivía. Yo te escuchaba, y te creía. Yo te escuchaba, y gracias a vos y gracias a dios, volvía a creer

Yo, papito lindo, compañero guille, guille querido que estás en los cielos, siempre te busqué cuando necesité un amparo, una guía, una señal, un amigo

Me acuerdo comiendo me acuerdo comiendo come callado –como debe ser- la comida de la Mary cuando yo casi no comía o no tenía nada que comer

Me acuerdo yéndote a encontrar para buscar arreglar mis sentimientos y como vos, mi cuatacho, mi palo donde amarrarme en la tormenta, mi rey, mi hermano, me dabas pita para que no me enrolle y me curtías el mambo hasta el final, hasta que te llevé, una vez, dos veces, mil veces, a dormir en la playa de Copacabana, vagabundeando siempre, gitanos de una vida que nos merecíamos y que la vivimos juntos sacándole todo el jugo vital que pudimos

Aquí o allá
Aquí donde yo me estoy y me sigo
Allá, donde vos estás
Y ahora que estamos juntos
Y te conjugo y te evoco
Porque no hay otra: te extraño
Y aunque sé que mañana te vas a volver a ir
Pero ahora que estás conmigo

- esta noche, frente a una ventana que me brinda la noche eterna e inmutable de La Paz, tu ciudad, tú La Paz, La Paz de Santa Bárbara, no cualquier La Paz

Te abrazo con estas palabras que nacen de mi corazón indómito –ese que te incitó para que veas tu propio corazón sin doma

No me arrepiento de nada, Guille, no me arrepiento de nada, nada, gordo querido, mi almita: sólo te extraño, te echo de menos, ¿cómo no hacerlo si fuiste mis ojos, mi hombro, mi brazo altivo y anhelante, si vos fuiste mi inspiración y mi faro, si vos fuiste esa fe, esa certeza y esa virtud de lo que es profundamente propio, nuestro, verdaderamente popular y creativo como popular, eso que construye patria, patria profunda, patria de arraigos, patria verdadera?

Aquí o allá, mi hermano, seguimos juntos, seguimos juntos y unidos, en la misma herida, en la misma vida, la misma muerte. En la misma huella.

Antaqawa, 2 de noviembre de 2018, 0:30 am



[1][1] Guardo la estampita sellada (con bendición eclesiástica) de la santa que me regalaste cuando nos conocimos en mi billetera junto a un calendario de 1984 con la foto del general Perón. La he tomado en mis manos y no puede evitarme, por vos, por mí, por todos nosotros, transcribir la oración que está escrita detrás de la imagen. Dice así: “Oh Dios dador de todos los bienes, que en vuestra sierva Bárbara juntasteis a la flor de la virginidad la palma del martirio; por su intersección elevad junto a Ti nuestras almas por medio de la caridad, para que apartados por Tu protección de todo peligro, alcancemos la gloria eterna. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Así sea”. Hay una poética en la fe que es irresistible. También tengo cerca de mí, lo puede tocar con mi mano, el rosario de cuentas de metal que me regalaste cuando hice mi primera expedición a la selva. Aguantó en mi cuello cuarenta días de travesía –no es metáfora: es real, cuarenta días calendarios- y el día que cedió y se volcó a la tierra, cayó la lluvia más colosal que te pudieras imaginar. Yo sentí la señal que luego, el Segundino, el yatiri de San Fermín, confirmó: no sigan por el río, van a morir. Le hicimos caso. Tu rosario me salvó la vida. 

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Imagen: Mant´o: sitio rupestre de características singulares en los Andes amazónicos del Cusco 

Tuesday, October 30, 2018

Aviones de fuego /Sobre la novela de 2015 del escritor español Emilio Losada


MAURICIO RODRÍGUEZ MEDRANO

Emilio Losada es de otra época: melena crespa y poleras de agrupaciones de rock de los años 70. Una chaqueta de cuero negro. Un cigarrillo en la boca y una mirada de estar disconforme con todo. Vaqueros ajustados y el rostro serio. Es un anarquista, que quiere decir lo mismo que escritor. Con la novela de Aviones de fuego ganó un concurso en México.

En la novela, el narrador, Robert, habla con un amigo (Landelino). Éste le dice que de niño jugaba a prender fuego a los aviones de papel y los lanzaba hacia la calle. El juego consistía en que uno de ellos llegue hasta el piso, antes de quemarse por completo. 

Así es la escritura o así debería ser. Lanzarse hacia el abismo con la esperanza de caer. Jamás incólume.
 
Con esta novela, Losada hace un homenaje al Barcelona de los años 70. Empieza como un drama amoroso. Luego se convierte en una novela punk. Robert es echado de la casa de su novia o exnovia. Y va a parar al departamento de una amiga. 

En la noche, mientras duerme, oye unos ruidos. Y descubre que hay un fantasma. Un muerto de los años 70 que era un punk-anarquista. Al principio no lo puede creer. En el departamento hay una foto, de una mujer hermosa, rubia, joven, en blanco y negro. Ella era la novia del fantasma. 

Aviones de fuego también es un homenaje al rock de los 70. A las bandas de rock que fueron olvidadas o no tienen cabida en la actualidad. A los bares, donde uno podía escuchar a Lou Reed, guitarras eléctricas, baterías: el pasado hecho música y hecho ayer y hecho nostalgia.

Losada dice en una entrevista: “Robert es un personaje apócrifo. Hace unos años escribí un relato bajo la influencia del gran Pere Calders, ‘La Marta lo hace’, en el que Pere Ripollet, un tipo que se acaba de divorciar, pasa unos días en el piso que le cede su vieja amiga Marta mientras ésta se encuentra de vacaciones fuera del país. Resulta que en el piso hay un fantasma que se aprovecha de su condición para que Ripollet le suministre una serie de vicios”. 

Robert conoce a Landelino quien, además de ser un investigador, es un escritor frustrado. Hablan de la capacidad de la literatura como cura o veneno. Hablan sobre la escritura que a veces salva o a veces hunde. Hablan, mientras caminan por calles mojadas, por una lluvia reciente, una ciudad de Barcelona llena de migrantes y prostitutas. Llena de soledad al estilo nouvelle vague: luces de neón azules y rojas. 

Y al final del laberinto encontrar algo a que asirse. Si es que existe ese algo. ¿Tal vez el amor?

Aviones de fuego es una novela recomendable para quienes aún creen que la única forma de escribir es saber que uno está vencido desde el principio y aún así continuará. Es una novela que te deja con una sensación de que el ayer siempre fue mejor. 

Y un avión de papel sigue cayendo, encendido. ¿Esta vez podrá llegar al suelo? 


Periodista – zion186@hotmail.com

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De OPINIÓN (Cochabamba), 28/10/2018

1944: La vida privada de Adolf Hitler


PATXI IRURZUN

Aquella mañana, mientras en Auswichtz volvía a caer una fina lluvia de cenizas, Adolf Hitler amaneció de buen humor. La noche anterior había conciliado el sueño con una nueva mezcla de píldoras -estricnina y belladona- del doctor Morell y no hubo desvelos, no apareció Geli, su amante sobrina, con la cabeza reducida a un cuajarón de sangre, ni su estómago malherido exprimió con sus retorcijones el recuerdo del hambre, en la pensión de Viena, cuando era joven.

Durante el desayuno, cuando Eva Braun le sirvió el acostumbrado segundo tazón, pudo ver en su bigotito rectangular, serpenteando como trémulos gusanos, varias gotas de leche. En momentos así Eva se sentía parte de la historia, pues sólo ella conocía detalles íntimos como ése, o los violentos arrebatos en la alcoba, cuando su pito, ¡Heil Hitler!, se negaba a alzarse. Su nombre permanecería siempre unido al de Adolf Hitler porque debía sepultar en un búnker el secreto de sus miserias domésticas. Aunque a veces él parecía mostrar más cariño por la perra Blondi, que aquella mañana excepcionalmente se había tumbado a sus pies y a la cual el Führer introducía una y otra vez el dedo índice en la vagina.

Tras el desayuno Hitler se reunió con su Reichmariscal, Goering.

-Tengo que enseñarte algo, Hermann- le dijo, y se dirigieron a la sala de los cuadros, donde había colgado un nuevo lienzo en el que aparecían tres mujeres rubias y desnudas, voluptuosamente ociosas. Hitler se regodeó observando cómo Goering enrojecía de rabia. Quizás Hermann se paseara vestido en sedas blancas, coronado con la cornamenta de un alce por su palacio campestre entre las obras de arte que sus hombres saqueaban de los principales museos de Europa, pero el Führer continuaba siendo él.

-Maravilloso- hubo de reconocer el Reichmariscal.

Hitler se pasmó una vez más al admirar la palidez marmórea de la piel de las muchachas e imaginó que posaba sus manos sobre ella y que al retirarlas se dibujaba una huella encarnada, como las marcas sanguinolentas del látigo cuando azotaba las compactas nalgas de Geli… Repentinamente se sintió incómodo, como si Goering profanara su altar o pudiera descubrir las pequeñas gotitas amarillentas de semen sobre el lienzo, con las cuales ofrendaba el recuerdo de su sobrina algunas noches de, cada vez más esforzado, frenesí pajillero.

-Déjame solo, Hermann- le pidió.

Estuvo en la sala hasta la hora de comer. Himmler le telefoneó cuando daba cuenta de su ensalada, plagándola de bichitos muertos con sus cifras de deportados, eliminados…

-Estúpido- pensó. Desconfiaba de su eficacia y su sumisión casi tanto como de la arrogancia de Goering. Incluso creía que había sido Himmler quien hiciera correr aquellos rumores sobre el pasado incestuoso de su familia o sobre las salpicaduras de sangre hebrea en sus venas y creía que, llegado el caso, sería capaz de enviarle a él, al mismísimo Führer, a la cámara de gas.

Afortunadamente, a media tarde le visitó Joseph Goebbels, su fiel ministro de propaganda. Vieron varias películas de Mickey Mouse. Joseph se descalzó y reposó sus pies doloridos sobre una butaca. Hitler se fijó en el muñón del derecho como el impúdico puño de un bolchevique y sintió una solidaridad entre aquella tara y su único testículo. Le agradaban esos momentos de intimidad, de dos solos y a oscuras, compartiendo sus risas hasta tal punto que cuando Joseph se despidió (“Tengo que irme, Magda ha preparado pavo esta noche”) sintió una leve repugnancia, no sabía si por el pavo y sus prejuicios vegetarianos o por Magda, a la que envidiaba en secreto.

Consultó el reloj: las 8, la hora en que recibía a Morell. Salió al pasillo. Todo estaba en silencio. La Cancillería parecía un navío abandonado y a la deriva. Por un momento, le sacudió una tiritona y las sombras fantasmales de Geli y de su amante judío, con su descomunal pene haciéndole el amor se proyectaron en aquel pasillo espectral. Corrió aterrorizado hasta la sala-botiquín y al entrar la presencia de Morell fue como una angélica aparición, aunque el aspecto de éste, descuidadamente gordo y sucio, se asemejara en realidad al de un ángel caído y revolcado en miasmas.

Hitler, sin embargo, lo necesitaba, así que se remangó la camisa y se tumbó en la camilla. Su voluntad se concentró en la aguja. La morfina había convertido a un curandero, a un charlatán de feria en el médico de confianza del Führer. Poco a poco, oleadas como la eyaculación lenta de mil querubines, le mecieron dulcemente hasta el final arcoirisado de aquel día, de nuevo en casa, con el trabajo cumplido y la narcótica ilusión de que quería a Eva Braun, la cual le servía la cena, mientras la fiel Blondi tendía su vagina a sus pies; incapaz de imaginar que un día probaría con la perra el mismo veneno con el que él se suicidaría, y que el fúnebre regalo de bodas para la abnegada Eva sería el mismo que hiciera tiempo atrás a Geli, su sobrina, la única mujer, el único ser humano por el que sintió algo remotamente parecido al amor: la pistola con la que se voló los sesos

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De INMEDIACIONES, 14/10/2018


Tuesday, October 16, 2018

Todos a San Fabián de Alico

JORGE MUZAM

Pablo Cingolani me sugiere convocar a un encuentro internacional de escritores en mi pueblo, San Fabián de Alico. Dice que vendrían todos los grandes, que me aprecian en muchos países pues de alguno forma los uno, o ellos lo sienten así, y que San Fabián mismo, gracias a mi pluma, ha adquirido rasgos míticos. Le respondo que no sé cómo se ejecutan esas cosas, que tengo escaso talento para hacerme querer por autoridades, gestores culturales o financistas. Que los escritores de mi país, la mayoría al menos, me miran de lejos con desdén o indiferencia o cierto tufillo clasista. Soy un obrero filósofo, un escritor bruto, sudo cada jornada con una hoz y un martillo literal. Le reitero que en mi aldea casi nadie lee, ni en Chile, por eso soy conocido en lugares tan lejanos, porque mi voz tiene cierto eco que reverbera entre cipreses y araucarias hasta traspasar cordilleras, altiplanos y océanos. Le propongo que igual vengan, que mi hogar es grande, que hay un río cerca donde podemos bañarnos sin pagar entrada, vino en abundancia y leña seca para hacer una fogata nocturna donde improvisemos danzas ebrias y nos matemos de la risa.

Fotografía: Jorge Muzam

Tuesday, October 9, 2018

Tanta dureza, tanta fe


JORGE MUZAM

La tarde avanza sobre un cronómetro neurótico. Alterno a Enzensberger con Marc Ferro. Las cuitas del general Hammerstein con los resentimientos que sulfuran la historia. Todo al mismo tiempo, como un pulpo con sobredosis de cocaína que espera ser ajusticiado al día siguiente. Leo un fragmento de Borges. Lo encuentro en medio de un libro de crónicas de Enrique Lafourcade. No dice de qué obra lo extrajo.

"A veces me da lástima. Tanta dureza, tanta fe, tan impasible o inocente soberbia, y los años pasan, inútiles."


Imagen: Helios Gómez

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De CUADERNOS DE LA IRA (blog del autor), 2014