Monday, September 6, 2021

LA ÓPERA (un breve comentario)


PABLO MENDIETA PAZ

 

Se dice que el gusto por la ópera es un gusto adquirido. Siguiendo esta idea, es posible, lógicamente, que existan algunas que no sean atrayentes para muchos -músicos y melómanos-, pero no cabe duda de que un sinnúmero de ellas es arrebatador, sin que interese la geografía donde estas hubieren sido creadas. Se suele relacionar la ópera con Italia (Verdi, Puccini, Leoncavallo, Mascagni, Giordano...), si bien a través de la historia ella evolucionó en diversas concepciones (las primeras, italianas, de Monteverdi y Scarlatti, y de Lully en Francia), que trocaron en ópera romántica (el alemán Weber y Der Freischütz), y nacionalista (de los rusos Glinka, Tschaikowsky, Moussorgsky, o del checo Smetana). Aparecieron luego "la gran ópera" y la "ópera cómica" francesas (Boildieu, Auber, Gounod...); y más tarde el Impresionismo, cuya Pelléas y Mélisande, de Debussy, marcó toda una época por su innovador lenguaje. Incluso este período "revolucionario" cobró más fuerza que la copiosa producción de Richard Strauss, muy afín, en concepción, a la de Wagner, pero de modo paradójico, y que valga la apostilla, persuadido Strauss de una señalada reacción contra este. Con todo, se valora con énfasis, y no sin pasión, el paso, en el siglo XVIII, de la ópera seria de Gluck (la belleza italiana del sonido unida al pathos de este compositor) a la ópera bufa de Mozart (Las bodas de Fígaro). Aunque pasar por alto a Spontini, Cherubini, y a Beethoven con su Fidelio, sería el mayor despropósito, sin duda que nadie podría poner en tela de juicio que la ópera no sería completa en su estructura universal si Mozart no hubiera creado un monumental Don Juan, obra tan expresiva como seductora, alumbrada por un particular sentido estético-musical y humano que desemboca en singularidades de tono intensamente progresistas. Una genialidad, aun para quienes no sean militantes o simpatizantes de la ópera.

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Imagen: Christoph Willibald Gluck por Joseph Duplessis, 1775

 

Suficientemente muerto


JORGE MUZAM

 

Lorena se recuesta a leer Into the wild de Jon Krakauer. Previamente intentó bajar la película homónima, pero estaba en gallego y tenía partes mudas. La veo avanzar muy concentrada. Lee más rápido que yo. Hace dos días empezó ese libro. Antes leyó Muerta Ciudad Viva de Claudio Ferrufino-Coqueugniot, y antes, Sputnik mi amor, de Haruki Murakami. Yo suelo ser más disperso, inconstante, una nube en pantalones, como diría Maiakovski. Ayer y hoy transité por Vacas, cerdos, guerras y brujas de Marvin Harris. Me atrae esa especie de marxismo antropológico, ese tanteo explicativo en torno a nuestras más eficaces formas de supervivencia. También anduve rastrojeando información sobre Bertrand Russell, y hasta leí algunas páginas de La conquista de la felicidad, libro que exasperaba a Wittgenstein. Como me deleita la hociconería histórica repasé el sarcástico capítulo que le dedica Paul Johnson en Intelectuales. Sin embargo, mi impresión positiva sobre Russell supera a la negativa. Hoy divagué todo el día sobre Foster Wallace. Un genio tomando nota de su laberinto mental, un totalitarista del sentido de la vida, absorbido por insignificancias y superestructuras. Los salvavidas de lingüística no tenían suficiente aire, menos los de poesía, y se hundía, y se hundía. Siento semejanzas con su proceder creativo, creo entenderlo más de la cuenta. Puede sonar preocupante salvo por el hecho de que ya estoy suficientemente muerto. Soy apenas una locuacidad burlona de ultratumba, sin alma, sin cuerpo, sin esperanza, mis cacharritos quedaron sin dueño, y estas letras son tecleadas gracias a la breve licencia que me otorgó un dios paleteado.

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De CUADERNOS DE LA IRA, blog del autor

Thursday, September 2, 2021

Theodorakis, música contra los coroneles


ALBERTO OJEDA

 

Ha estado cerca de alcanzar el siglo de vida pero, al final, la muerte, que siempre gana la partida, se lo ha llevado con 96 años. Lo ha anunciado la ministra griega de Cultura, afectada por la pérdida de Mikis Theodorakis, compositor heleno más popular, con permiso de Iannis Xenakis. Una celebridad que se tornó de carácter mundial gracias a su mítica y euforizante banda sonora de Zorba, el griego, dirigida en 1964 por Michael Cacoyannis y protagonizada por Anthony Quinn.

Theodorakis, que nació en 1925 en la isla de Quíos, llevaba enfermo ya tiempo. Había abandonado la trinchera de la creación artística y también la política, en la que tuvo un papel destacado en alguno de los periodos más convulsos de la historia griega reciente. Por ejemplo, durante el Golpe de los Coroneles, que puso al país, en 1967, bajo una dictadura militar, creando en Estados del entorno europeo, sobre todo Italia, una tensión social enorme. Cundió el miedo a la organización de más asaltos al poder por sectores involucionistas. Theodorakis pagó su disidencia (fue diputado por la alianza de socialistas y comunistas EDA y pasó a la clandestinidad cuando se instauró la Junta de los Coronoles) con la cárcel y el destierro al pueblo de Zatuna, donde fue enviado con su mujer y sus hijos tras una prolongada huelga de hambre. Ya por entonces era un personaje prominente por la danza del syrtaki de Zorba el griego, hedonista, luminosa y sensual.

La mención a Italia no es baladí ya que Theodorakis militó en la resistencia que se enfrentó a Mussolini durante la II Guerra Mundial, quizá purgaba así su apoyo previo al régimen autoritario que impuso Ioannis Metaxas en Grecia durante los años 30. El compositor contribuyó a que familias judías escaparan de las leyes de segregación racial impuestas tanto en Alemania como en Italia. Tras esta aventurada experiencia, se instaló a mediados de los 50 en París, donde se formó con Oliver Messiaen. Es un periodo en el que absorbe el canon occidental. De esa época data, por ejemplo, su ballet Antígona para Ludmila Tcherina, y varias piezas de corte sinfónico y camerístico.

Pero todo ese bagaje lo veteará finalmente con el legado tradicional de su tierra, que acaba rezumando en trabajos como el mencionado de ZorbaCuando regresa de París, en 1960, se sumerge en el folclore griego y en el universo musical ortodoxo, la religión dominante allí, algo que le emparenta con colegas como Arvo Pärt, que también ha bebido mucho de ese venero, aunque con una intención más mística. Colabora con figuras como el poeta Yannis Ritsos, cuyo poema Epitafio termina musicando. Luego hará lo propio con los versos de los premios Nobel Yorgos Seferis y Odysseas Elytis, contribuyendo a la difusión de su obra literaria.

Tras la imposición del gobierno militar, en medio de las carestías y penalidades por los encierros, su objetivo fue básicamente uno: derrocarlo. Y su arma fue la música: compuso sin desmayo (¡ha alumbrado más de mil canciones!). Exponentes de la oposición a la tiranía castrense, afincados fuera de Grecia, como Melina Mercouri y Maria Farandouri, interpretaron sus piezas convirtiéndolas en himnos contra el fascismo. A este respecto, es también muy significativa su alianza con el cineasta Costa-Gavras, también de sensibilidad política escorada a la izquierda (firmó la banda sonora de su largometraje Estado de sitio). En la gran pantalla dejó asimismo su estampa en Serpico, de Sidney Lumet. No podemos olvidar, por otra parte, su partitura sobre el Canto general de Pablo Neruda, que en España interpretó él mismo, desde el podio, en el Palau de Barcelona y en el Auditorio Nacional de Madrid, allá por 2004.

En 1970 pudo salir a Francia y desde allí llevó a cabo una pertinaz tarea de diplomacia para cercar la dictadura de los Coroneles. Es muy llamativa su influencia en este terreno geoestratégico, que le valió el acceso a líderes como François Miterrand, Salvador Allende, Olof Palme, Gamal Abdel Nasser… En los últimos años se significó en diversas causas. Contra la energía nuclear a cuento del desastre de Chernóbil. Contra la intervención de la OTAN en la Guerra de Kosovo. Contra la invasión de Iraq. A favor de unas relaciones más fluidas entre Grecia y Turquía, dos Estados ‘unidos’ por una perpetua desconfianza.

Antes de caer enfermo, también se le vio en la calle, en las manifestaciones contras las medidas de austeridad que ahogaron a Grecia durante el crash financiero. Una vida en pie.

[Fuente: http://www.elcultural.com]

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De SEPHATRAD, blog de Isac Nunes, 02/09/2021

Saturday, August 28, 2021

Banine: una autora secreta sale a la luz 75 años después


ANDREA AGUILAR

 

Recién terminada la Segunda Guerra Mundial, en el París de 1945 apareció un libro de memorias de una inmigrante azerí que firmaba bajo el seudónimo de Banine. Su verdadero nombre era Umm El-Bansu Äsâdullayeva, y había nacido en Bakú en 1905 en el seno de una acaudalada y delirante familia que ella describía con humor, gusto por el detalle e inteligencia en las páginas de Días del Caúcaso.

La idea del alias se la dio su buen amigo Jean Paulhan, director de La Nouvelle Revue Française, y parte del grupo de escritores y emigrados, como la rusa Teffi, Marguerite Yourcenar o Paul Eluard que la escritora, fallecida en París en 1992, frecuentó en su larga vida de exiliada.

Aquel primer libro de memorias cayó en el olvido, y ha tardado casi 75 años en ser traducido en 2019 al inglés por el sello Pushkin y dar después el salto al resto de Europa. Este verano ha llegado la versión al castellano publicada por Siruela —y traducida por Regina López Muñoz—, y también ha desembarcado en Italia, mientras, la edición en alemán se ha retrasado hasta 2021. “La primera vez que supe de Días del Cáucaso fue hace casi 20 años, cuando vivía en Azerbaiyán y escuché en la radio una dramatización serializada de la historia”, cuenta al teléfono Anne Thompson-Ahmadova, traductora al inglés del libro, y responsable en buena medida de la resurrección editorial de la insólita Banine. “El libro realmente ofrece una descripción muy viva de la atmósfera en un momento muy particular de ese país. Además, ella vivió una vida atribulada. Y lo cierto es que muchos de los asuntos que trata siguen estando encima de la mesa hoy”.

Banine era nieta de sendos magnates petroleros (Shamsi Äsâdullayer por parte de padre y Mirza Agha Musa Naghiyer por parte de madre) cuyas familias peleaban furiosamente por el dinero y se debatían entre la férrea tradición asociada a la modesta vida agrícola, y la fortuna que brotaba de los pozos empujando la apertura hacia Occidente. Ahí, en esa opulenta bisagra entre viejo y nuevo mundo, creció Banine con una furibunda abuela que despreciaba todo lo que venía de fuera y comandaba una corte de “parientes pobres”, cubierta con velos y llena de alhajas; con unas tías que pasaban días enteros fumando frenéticamente y jugando al póquer en la finca donde descansaban en verano; y con un padre viudo que, encargado del boyante negocio familiar, viajaba por Berlín y Moscú con absoluta soltura, mientras iba retrasando el momento de volver a casarse.

En la futura escritora esa potente mezcla entre tradición y cosmopolitismo, entre Oriente y Occidente, dio como fruto una ácida, divertida y desprejuiciada mirada. Huérfana de madre, fue atendida y criada, junto a sus tres hermanas, por una rubia institutriz alemana quien, a pesar de estar “rodeada de una familia musulmana fanática, en una ciudad todavía oriental”, trató de crear “un clima de canciones infantiles para niños rubios, de árboles de Navidad con angelitos rosados, de pasteles cargados de crema y sentimentalismo”, como recuerda en Días del Cáucaso. Nada entonces hacía presagiar el radical giro que tomarían sus vidas.

La Primera Guerra Mundial y la revolución bolchevique dieron un vuelco a la fortuna de la familia. El padre de Banine fue ministro de Comercio en la brevísima República Democrática de Azerbaiyán de 1918 a 1920. Al caer el Gobierno fue detenido y el precio para su puesta en libertad fue que su hija de 15 años, Banine, se casara con un hombre mucho mayor que le facilitó al patriarca un pasaporte para salir del país. A los 18 la autora también logró salir, dejar atrás al esposo y vía Estambul llegar a París a bordo el Orient Express. Nunca más volvería Bakú.

En la capital francesa arrancó una nueva vida que narró en Días de París, la segunda entrega de sus memorias en la que Thompson-Ahmadova espera ponerse a trabajar pronto. “Pasó de tenerlo todo a aprender a ganarse la vida”, explica la traductora británica. La familia trataba de sobrevivir vendiendo sus joyas, pero el dinero se evaporaba. Gracias a la segunda mujer de su padre, la sofisticada y culta Tamara Datieva, Banine pronto se puso a trabajar como modelo de alta costura. “Se aburría pero aquello le abrió los ojos. Conoció a muchas chicas y la mayoría solo querían encontrar un hombre rico”, apunta Thompson-Ahmadova. No era el caso de la azerí. Trabajó como secretaria y profesora de música antes de ponerse a traducir, entre otros a Dostoievski, y a escribir en periódicos.

Alemanes en París

En el París ocupado conoció al escritor alemán Ernst Junger, cuya obra tradujo al francés y exploró en tres ensayos y con quien mantuvo una estrecha amistad durante 50 años. Se conocieron en 1943, cuando él formaba parte del ejército alemán, a través de Wilhelm Blake otro oficial que cortejaba a Banine y que secretamente ayudaba a la Resistencia. Blanke animó a Banine a darle a Junger una copia de su primer libro, un título anterior a Días del Cáucaso. Tras el desembarco de Normandía, Blanke fue denunciado y ahorcado, algo que la escritora no descubrió hasta tiempo después. Otro escritor a quien la unió una buena amistad fue al premio Nobel Ivan Bunin, de quien Banine escribió que “llevaba su arrogancia puesta como una toga, para demostrar lo que le diferenciaba del resto del común de los mortales”.

La autora continuó trabajando en prensa y escribiendo libros. Más allá de los títulos que dedicó a Junger, escribió sobre su conversión al catolicismo en Yo elijo el opio. Fue muy amiga de una monja española, Maria Gloria Capella, y trabajó con inmigrantes recién llegados a Francia.

En los años ochenta se topó con un joven librero alemán Rolf-Heinrich Stürmer a quien acabaría nombrando albacea de su obra. En una carta escrita en 2015 a un periodista azerí y hecha pública en redes sociales, el librero Stürmer describe cómo conoció a Banine a través de Junger y quedó fascinado con la vida e historias de la autora. “Tenía mucho sentido del humor y era muy entretenida, con un corazón de chica joven más que de mujer mayor cascarrabias. No me percaté de que mantenía una constante lucha contra la depresión hasta que leí sus diarios tras su muerte”, explica. “No tenía dinero pero siempre la protegieron amigos ricos e influyentes”. Siempre vivió alquilada en el distrito 16, en el número 40 de Rue Lauriston, donde en los últimos años, según dice su albacea, salía poco pero recibía a los amigos. Pasaba mucho tiempo en una butaca, como ella decía, “soñando como un gato al sol”. Murió hace ya 28 años y donó su cuerpo para evitar, sospecha Stürmer, que sus amigos corrieran con los gastos del entierro.

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De EL PAÍS, 12/08/2020

Fotografía: Banine

 

 


Wednesday, August 25, 2021

La gran novela de la Revolución rusa


CÉSAR VIDAL

 

Corría el año 1937 cuando A. Solzhenitsyn comenzó a pensar por primera vez en la posibilidad de escribir Agosto 1914. En aquel entonces no la había concebido como un «nudo» –como luego la denominaría– sino como la introducción a una novela sobre la Revolución rusa. Escribió en aquella época los primeros capítulos pero no pudo concluir la obra. Razones no faltaron para la interrupción. Primero, se produjo la invasión de la URSS por Hitler en el verano de 1941 y la movilización de Solzhenitsyn como oficial de artillería. Luego, antes de que acabara el conflicto, tuvo lugar su arresto basado en las críticas militares que había formulado contra Stalin en unas cartas dirigidas a un amigo. Finalmente, tras su paso por el Gulag durante casi una década, vino el destierro a Kazajstán y la lucha contra un cáncer intestinal que estuvo a punto de matarlo. Ni siquiera entonces hubiera podido pensar Solzhenitsyn en la reanudación de su trabajo de no ser porque se produjo la llegada al poder de Jruschov y la crítica limitada del stalinismo. En 1963, mientras se preguntaba lo que duraría aquella moderada relajación de la dictadura, Solzhenistsyn volvió a recoger material para una obra que, dos años después, decidió que se titularía La rueda roja. En ella tenía intención de recoger noveladamente los acontecimientos que desembocaron en la revolución bolchevique de 1917. En 1967, el autor tomó la decisión de dividir la obra en «nudos», es decir, diferentes novelas protagonizadas por los mismos personajes que se centrarían cronológicamente en períodos históricos concretos y previos al estallido revolucionario. A partir de marzo de 1969, Solzhenitsyn se dedicó a redactar el primero de estos nudos titulado Agosto 1914, una tarea que concluyó en octubre de 1970. La novela se publicó en ruso en París durante el mes de junio de 1971 y poco después aparecieron traducciones en Alemania y Holanda. Al año siguiente, mientras la prensa soviética arremetía contra Solzhenitsyn por permitir la publicación de su obra en el extranjero, Seix Barral la editaba en castellano casi simultáneamente con otras traducciones aparecidas en Francia, Gran Bretaña, Estados Unidos, Dinamarca, Noruega, Suecia e Italia. Aunque la novela constituía un vigoroso y magnífico relato en el que se combinaba la narración novelística con la técnica del guión cinematográfico y la reproducción de documentos, Solzhenitsyn no consideró que aquella versión fuera definitiva. De hecho, de ella faltaban algunos de sus mejores capítulos, los dedicados al exilio zuriqués de Lenin, que, temporalmente, se publicaron como una obra aparte titulada Lienin v Tsyurije y que los lectores españoles también pudieron leer en una edición de Seix Barral. Expulsado de la URSS al conocerse que estaba redactando su famoso Archipiélago Gulag, Solzhenitsyn se exilió a Estados Unidos. Allí pudo complementar con los fondos de la Hoover Institution la documentación para una versión definitiva de Agosto 1914 que concluyó en 1981 en Vermont.

La redacción de Noviembre 1916, el segundo nudo, fue transcurriendo casi en paralelo a la del nudo primero de La rueda roja. Iniciada en marzo de 1971, su primer borrador estaba concluido dos años después a pesar de la labor de obstaculización llevada a cabo por las autoridades soviéticas. En 1982-1983, sin embargo, pudo llevarlo a su conclusión también en Vermont. Finalmente, Marzo 1917 –el más extenso de los tres nudos y, posiblemente, el mejor– fue terminado tres años más tarde.

A lo largo de una extensión que supera holgadamente las cuatro mil páginas (en torno a 900 el primer nudo, un millar el segundo, y más de dos mil el tercero), Solzhenitsyn ha trazado un fresco incomparable de la sociedad rusa que acabó precipitándose –como si fuera impulsada por una rueda– hacia la victoria bolchevique. En esta obra magna alternan sin que se perciban artificiales puntos de sutura docenas de personajes históricos (Lenin, Kérensky, Sujomlinov, Samsonov, Nicolás II, Stolypin, la propia familia de Solzhenitsyn con los nombres ligeramente cambiados, etc.) con los ficticios sin que quede sin representar ni una sola de las corrientes de pensamiento y acción que componían la Rusia de principios de siglo desde los diferentes partidos a las minorías étnicas y nacionales, desde los comprometidos políticamente a los interesados en los valores estéticos o en la mera supervivencia, desde los creyentes y disidentes religiosos a los ateos militantes. Junto a protagonistas como Fiodor Kovyniov (un trasunto de Fiodor Kryukov al que Mijaíl Shólojov plagió El Don apacible); el coronel Gueorgi Vorotyntsev; Olda Andozerskaya, «la mujer más inteligente de San Petersburgo»; el tendero Eupati Bruyakin; la desinteresada Likonia; el parlamentario David Korzner; su esposa, la judía Susana, o el estudiante y posterior revolucionario Sasha Lenartovich nos encontramos con un Lenin que, en su exilio de Zúrich, sueña con provocar una guerra civil rusa que encienda la chispa de la revolución mundial; con un Stolypin que intenta hacer progresar a una Rusia agraria y que, finalmente, será asesinado; o con un zar bienintencionado y torpe que adquirirá auténticos caracteres de rey Lear cuando se produzca su derrocamiento. Ante nuestros ojos desfila la Rusia que vivía el ensueño de la utopía, de la edad de plata literaria y del tostoianismo que resultó aniquilado por la entrada imprudente –en defensa de Serbia– en la primera guerra mundial. Durante el verano de 1914, aquella nación agitada por el viejo –y estéril– enfrentamiento entre occidentalistas y eslavistas sufrió a manos del ejército alemán una de las peores catástrofes militares que recuerda la Historia. Aquella derrota –que pudo ser evitada y que se debió fundamentalmente al factor humano tan denostado por el marxismo– significó el verdadero inicio de un cambio brusco de rumbo. Dos años y medio después, el país –que había sufrido una sangría de millones de muertos– se hallaba maduro para una revolución que no era inevitable pero que fue calando en el ánimo de muchos como la única salida para una realidad crecientemente hostil. Cuando en marzo –febrero según la diferencia de calendarios– estalló la revuelta de San Petersburgo y se produjo la caída del zar el camino quedó abierto, aunque muchos no lo advirtieran, hacia el triunfo de un Lenin que con gélido realismo sabía lo que ansiaba y no estaba dispuesto a reparar en medios para conseguirlo. En aquel entonces, el ejército había quedado descoyuntado; los campesinos soñaban con la realización –que nunca se produjo– de una utopía agraria defendida, por ejemplo, por los eseristas; los obreros habían olvidado que de su trabajo dependía la vida de los millones de soldados que aún combatían en el frente a las potencias centrales; las nacionalidades creyeron que había llegado el toque de difuntos del imperio y pensaron en una existencia independiente que en la mayoría de los casos pronto se revelaría imposible y los partidos pretendieron modelar un futuro al estilo de Occidente cuando ni habían llegado a comprender la realidad de la nación, ni disponían de un arraigo social mínimo ni contaban con el poder para llevar a cabo reformas en ocasiones necesarias y en otras meramente voluntaristas e imposibles.

La manera en que Solzhenitsyn logra conjugar todos estos aspectos a través de los tres nudos convierte La rueda roja en un logro literariamente muy superior al de cualquier obra sobre la Revolución publicada hasta la fecha. Esta circunstancia se debe no sólo a su amplitud sino también al hecho bien significativo de que aparece desprovista de la tendenciosidad o la limitada perspectiva que se aprecia en obras consideradas emblemáticas como las de A. Serafimóvich (El torrente de hierro), Fúrmanov (Chapáiev, La sublevación), Lavreniov (El cuarenta y uno), Ostrovsky (Así se templó el acero), Fadéiev (La derrota), Pasternak (El doctor Zhivago) o incluso el plagiado Don apacible de Shólojov o la Caballería roja de Bábel. Comparadas con La rueda roja todas estas obras –quizá con la excepción del Don...– se ven reducidas a conglomerados de meros estereotipos carentes de humanidad y realismo. Pero aparte del aspecto meramente literario, absolutamente esencial, La rueda roja constituye un auténtico océano de datos –en ocasiones de documentos poco o nada conocidos que se reproducen en el cuerpo del texto– que sirven no sólo para disipar cualquier tópico relativo al supuesto triunfo popular bolchevique o a las pretendidas maldad u opresión intrínsecas del zarismo sino también para dar una idea muy exacta de lo que fue Rusia de 1914 a 1917. Al final, el triunfo del bolchevismo vino precipitado por la necedad de los liberales que se empeñaron en no condenar la violencia revolucionaria simplemente porque iba dirigida contra el zarismo; por la aceptación mal digerida y peor reflexionada de un pensamiento utópico de carácter socialista que no sólo suplantaba al pueblo que pretendía representar sino que además aceptaba como presupuesto básico la muerte de millones de sus miembros; por una política exterior paneslava que se negaba a comprender que Rusia no podía dominar Polonia o embarcarse en una cruzada pro-serbia y por una serie de individualidades que, a pesar de resultar sensatas y brillantes –los casos no fueron escasos– se vieron rebasadas por la inconsciencia, la irreflexión o la perversidad de otros contemporáneos. Los frutos de aquellas actitudes y comportamientos resultaron considerablemente amargos. Rusia no se vio arrastrada hacia una guerra mundial en la que poco tenía que ganar y mucho que perder; el zarismo desapareció tras siglos de logros envuelto en un torbellino de sangre; los intelectuales y revolucionarios fueron eliminados despiadadamente por los bolcheviques y la nación se vio sometida a la dictadura más prolongada y sanguinaria (quizá con la única excepción de la China en cuanto al número de muertes) que ha conocido el siglo XX. La rueda roja constituye así una auténtica obra maestra de la novelística, un libro de consulta indispensable para el historiador o el simple interesado en la historia contemporánea de Rusia y, sobre todo, una meticulosa, documentada y detallada acta de la enfermedad que aquejó a toda una nación desembocando en buena medida en la muerte de un universo no perfecto pero sí multisecular, fecundo y prometedor.

01/09/1999

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De REVISTA DE LIBROS

 

Tuesday, August 24, 2021

Décadas y siglos atrás


JORGE MUZAM

 

Romina preparó un kuchen de membrillo. Tiene el sabor de la ternura que se escenifica con la distancia, suavidad de tostada piel de marzo, textura de una caricia somnolienta de invierno austral. Pido a los dioses que bendigan su magia culinaria. Le aderezo una capa de miel de castaño. Mate amargo para espabilar demonios improductivos. Un ramillito de cedrón para pacificar la sobredosis de inquietudes del espíritu. Mi rostro permanece obcecado en la ventana que da a la cordillera. Mi mano como un catalejo para supervisar la cumbre del Malalcura. De pequeño esperaba que desde los remolinos de nieve aparecieran yetis, godzyllas y cucos de Dino Buzzati. Aún lo espero.

 

He madrugado para aspirar los aromas de enero, las flores húmedas del poleo, la lavanda en su apogeo. No han llegado pájaros operáticos esta mañana. Las tencas se fueron de farra. Los manzanos no acusan ni rumor de brisa. A lo lejos, los queltehues parlotean como en un bar de Joseph Roth. Ni ellos parecen entenderse.  

 

Abro el archivo de Joe Hisaichi, marchas nupciales de nubes grandilocuentes, anillos que se multiplican en un estanque de ranas contemplativas, hojas secas de platanero trituradas por un poeta descuidado. Cada nota es un haiku que araña el corazón, latidos de un alcanfor centenario, hologramas del Yo-Niño que aparece y desaparece en un bosque de nunca jamás.

 

Los periódicos no traen buenas nuevas. Solo miseria moral, tergiversaciones malintencionadas, fascistismos travestidos con mantos de pureza. No hay acápites para la generosidad humana, anexos para el lado de la condición humana que sigue resistiendo a la inmundicia de la historia.

 

El sol se alza pegándole codazos a las nubes. Es hora de iluminar el valle de Alico, darle un manto turquesa al río Ñuble y vitaminizar los durazneros que se aprestan a la maduración. 

 

Vuelvo atrás, décadas y siglos atrás. Un mensaje de Mozart, un poema encriptado de Joyce, un chiste elegante de Nabokov. Los mejores capítulos de la gran marcha ya fueron escritos.  

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De CUADERNOS DE LA IRA, blog del autor

 

¡Esta es por vos, Charlie!


PABLO CINGOLANI

 

Dentro de diez mil años

¿quién pensará en mi vergüenza o en mi gloria?

El único pesar que traigo de la vida

es no haber bebido suficiente vino.

 

陶淵明 Tao Yuanming:(365 – 427 dC): Epitafio

 

 

Me arrasó la noticia del fallecimiento de Charlie Watts. Me sigue invadiendo la tristeza, una tristeza especial, que no se bien cómo definir ni procesar.

 

Momentos antes de que me enterase de la muerte de Charlie, sonaba en mi cabeza -no sé por qué o lo sé, pero me lo guardo para mí- Times waits for no oneEl tiempo no espera a nadie, esa balada bluseada de los Stones que fue siempre un himno para nosotros. Y con ese tema rebotando en mi cabeza, certero ataque al corazón: Charlie Watts ha muerto, ¡Charlie Watts se murió, loco!

 

No sé por qué, me insisto, pero no puedo evitarme la tristeza, pero no cualquier tristeza, una tristeza desoladora, una tristeza infinita, algo muy querido, algo muy sentido, seguramente, también se está muriendo dentro nuestro, dentro de nosotros, y por eso duele.

 

¿Nosotros? Ya sabemos quiénes somos nosotros. Y sí sé porque andaba tarareando en mi cerebro Times waits for no one y lo diré -en homenaje a Charlie- y es porque a nosotros que la volvimos un himno, el desenlace del destino, así lo quisimos, siempre nos está acechando, siempre seductor, siempre mirándolo de frente, porque, como dice el estribillo de ese temazo: “El tiempo no espera a nadie/ y tampoco va a esperar por mí”. Así que ya saben.

 

Times waits for no one está incluida en ese LP que gastamos que es Its only rock and roll y carga un solo de guitarra de Mick Taylor, bien latino, con ecos de la viola de Santana, que te limpia el alma. La grabaron diez años después de hacer lo mismo con un clásico del R&B, Time is on my side -El tiempo está de mi lado-, la complementariedad stone-sonora-sensible inevitable. La letra de Times waits… va al grano –“Las horas son como diamantes, no dejes que se desperdicien”, “Bebe en tu verano (…) Los sueños de la noche se desvanecerán al amanecer”- y termina con un desgarrado Jagger negando todo el sentido de la lírica, clamando por vivir. Tomen nota, ¿eh?

 

Buscando sosiego, vinieron a mi memoria “Bonzo” Bonham y Keith Moon y quiero tratar de entender los designios divinos y suponer que como ellos son los que llevan el ritmo de la banda, tienen que partir primero y allí estarán, todos juntos, tocando sus blues y el bendito rock and roll que nos nutrió y que nos legaron. Paz en tu tumba, querido Charlie. Saludos al 68. ¡Tristeza baila conmigo: tristeza tem fim!

 

Laderas del Aruntaya, 24 de agosto de 2021

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Fotografía: Ian Stewart, 1969