Friday, October 29, 2021

Así lo veo


MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

 

Ni soy Octavio Paz ni ese callejón sin otra salida que una puerta falsa es obra del mexicano Luis Barragán, tan estimado por el inolvidable arquitecto boliviano Juan Carlos Calderón. Ese callejón sin salida es la salida, aunque esto suene a una de esas cojudeces poéticas que ponen en las aceras de las ciudades populosas para ser leídas al paso y recibir un empujón. Todo forma parte de la performance en la que vivimos, hasta el callejón sin salida, al que como estamos cercanos al Día de los Muertos, le pongo Viene la muerte cantando,

El mundo es una arenita
y el sol es otra chispita
y a mí me encuentran tomando
con la muerte y ella invita.

Bajo el volcán, buena ocasión para irse al Amor de los Amores y quedarse un rato largo con la murga del Ubi sunt, los compadres de antaño, si todavía viven, que es gran asunto. Y todo para eludir que a cierta edad estás más metido en ese callejón sin otra salida que dar marcha atrás para entrar de nuevo en el espejo que lo reproduce.... Por muy azul que sea el cielo. Lo dijo uno de los Argensolas: ese cielo azul que ves ni es cielo ni es azul.


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De VIVIRDEBUENAGANA, blog del autor, 29/10/2021 

Thursday, October 28, 2021

El Puerto de Todos Santos, el Chapare 1927. Tragedia y destino


RODOLFO HENRICH ARAÚZ

En aquellos años, mi abuelo Rudolf Henrich Pliem, inmigrante austriaco, y Adela Antelo Ríos, su esposa, vivían con sus 4 hijos en, y entre Trinidad, Guayaramerin y Todos Santos navegando el majestuoso Mamoré. Mi abuelo, al igual que su hermano mayor Franz Sales Henrich Pliem, era comandante de lancha además de explorador, contador, violinista y generoso manirrota en el buen sentido de la palabra.

Mi abuela me contó la historia de un fenómeno inexplicable ocurrido un domingo despejado y apacible, casi a la oración, cuando los pocos habitantes de Todos Santos escucharon un tremendo y prolongado estruendo que parecía llegar desde lo alto del cielo, algo así como el ruido que ahora dejaría el paso de un avión supersónico a baja altura y, fue tal el espanto, que corrieron despavoridos a esconderse. Alguien, de entre los que salieron luego de su escondite, dijo, que “el Judío Errante había pasado por allí y que era el anuncio de tiempos terribles para el pueblo y que el puerto de Todos Santos tenia los días contados.

Así fuera cierto o no, al poco tiempo naufragó, temprano por la mañana, una embarcación muy cerca de arribar a Todos Santos. Entre las víctimas se contaron algunos niños que murieron arrastrados por las aguas del río.

Tiempo después, un domingo por la mañana, – evoco el hondo y amargo llanto de mi abuela al contarlo– la Ana Catarina, una embarcación de dos pisos con casco de madera y a rueda, se aprestaba a zarpar con destino a Trinidad en medio del bullicio de la gente y, sobre todo, de los niños del pueblo que, siempre que arribaba o zarpaba una embarcación, se dirigían al puerto para entretenerse viendo quien llegaba y quien se iba, Saber novedades, recibir o enviar correspondencia rompiendo así la rutina diaria del pueblo.

Niños que jugaban y correteaban sobre la cubierta, y otros en tierra cerca de la rampa de acceso. Los viajeros abordaban la embarcación. Los pequeños se disponían a bajar para ubicarse, como siempre lo hacían, a corta distancia para escuchar las campanadas y el pitar de la lancha al verla alejarse hasta perderse en los meandros del río.

En la sala de máquinas de la embarcación, se cuenta que el encargado repetía la frase “no chupa”. No se había dado cuenta de que el tubo de la bomba que succionaba el agua del río para el sistema de enfriamiento del motor lo que hacía, era succionar la arena de la playa, ocasionando el sobrecalentamiento de los calderos que, por la presión acumulada explotaron con tal fuerza, que sus escombros volaron en un perímetro de hasta 300 metros dejando un tendal de 17 muertos, la mayoría de ellos niños pequeños con sus cuerpecitos mutilados y destrozados y 21 heridos graves. Entre ellos estaba, a sus 10 años, Rodolfo (Fito), el tercero de los hijos, a quien mi abuelo encontró aún con vida con ambas piernas mutiladas. Fue vano el supremo intento por salvarle la vida, murió al día siguiente en medio de una terrible agonía y en brazos de sus padres preguntándoles ¿cuándo me voy a curar...?

El Puerto de Todos Santos, a orillas del río Chapare, que había sido la puerta de tránsito de carga de todo tipo, desde y hacia el oriente y occidente, empezó a morir también. Fueron cesando sus actividades, decayó el intercambio y el flujo fluvial. Muchas familias fueron abandonando el pueblo, entre ellas, una familia que perdió 3 de sus hijos pequeños en el horror de la explosión, mientras el río, implacable, iba carcomiendo poco a poco el pueblo hasta devorarlo por completo. Nada queda de él, tan solo el olvidado testimonio de quien vaticinó la desaparición de ese puerto que parecía tener vida propia en la dinámica de su tiempo, su historia, y su destino.

En la foto: Mi abuelo; Adela, la primogénita, primera a la izquierda; mi abuela con Hans, mi padre en sus brazos; y Selva, y Rodolfo (Fito) 

Monday, October 25, 2021

LOS DESCENSOS II


GEOVANNYS MANSO

 

cifrar el nombre de tu padre sobre el cemento áspero. lápida barata para un hombre pobre. puntilla & lámina oxidada en tu mano derecha. he sido bendecido con esta posibilidad por ser escritor y soy lo que se dice un hombre con una excelente caligrafía o eso asumen los tíos y parientes. el ejercicio de la palabra me ha concedido la gracia de dibujar su nombre: Israel Manso Camaño. paréntesis. Malengo. paréntesis. 1950-2015. solo eso. sobre el cemento áspero que mañana estará seco. adentro / en lo oscuro / los huesos de mi padre / sin mi libro / ni las fotos de sus nietos sin esas palabras que escribí para la eternidad. «es inoportuno» / dijeron.

…lo cierto es que llega un instante donde todo es caída / melladura / cierre / raíz que se quiebra. nadie nos advierte que escribir el nombre de tu padre sobre el cemento áspero dejará su cicatriz / su grito abierto / y terminarás por odiar esa certera caligrafía de copista medieval que ahora detentas…

lápida barata para un hombre pobre. guardas la puntilla & lámina oxidada que penetra la carne oxidada. sales del cementerio. abres un libro. te alejas sin más de aquellos huesos que alguna vez te acariciaron en una tarde feroz de lluvia y extravío…


Breve historia del circo, un viaje en el vientre de la humanidad


MAURIZIO BAGATIN

 

“…mais la visión de la justice est le plaisir de Dieu seul” -Arthur Rimbaud-

Voces de adentro y rumores de afuera. Pablo entra en las entrañas de una ciudad y su viaje es en el vientre de la humanidad entera. Un poco Jonás y un poco Pinocho, de Madrid a Cochabamba, Pablo deambula en una muerta ciudad viva que es una línea alba de una vida futura, que es la vida colgada de otras mil vidas. En un Pentamerón o en un Decamerón, en un viaje al fin de la noche de un poeta que, como Baudelaire, va sembrando flores en el asfalto.

Existe una literatura que son guías turísticas poéticas, parecen fuentes que han ido tomando linfa vital de un Heródoto, hoy contemporáneo. El cóndor y las vacas de Christopher Isherwood, Chuquiago de Miguel Sánchez-Ostiz y Breve historia del circo de Pablo Cerezal, este Chatwin urbano que, como un flâneur hiperactivo anda noche y día por venas y arterias de una ciudad que es un oxímoron, activa y apática, rebelde y conservadora, siempre tristemente alegre.

El viaje es al infierno de lo vivos, a través de los ojos que vieron el fuego, en un barco siempre ebrio de amor, al lado de vidas sin una sola cruz y sin ninguna delicia, el equipaje son las sinceras sonrisas de niños que penetran el corazón, como la música de Bob Marley, sin dolor. En las noches de sus vidas y en una vida que está por llegar.

“Esta es la tierra muerta esta es tierra de cactus aquí se elevan las imágenes de piedra, aquí reciben la súplica de la mano de un muerto bajo el titilar de una estrella que se apaga.” -T.S. Eliot-

23 octubre 2021

 

Sunday, October 24, 2021

El morbo de Gutenberg


MAURIZIO BAGATIN

 

El lector busca, el viejo topo escaba, lalangue nos lee. Al lector entonces van estas palabras, porque el escritor siempre escribe una sola historia, con sus variaciones, pero siempre con la ira de Aquiles, desde aquel lugar de la Mancha o por una selva oscura. Mientras para el lector se agita en el aire un placer más pernicioso, un goce que es una catarsis, el morbo de Gutenberg. Por lo menos es así desde 1456, desde aquel día que Gutenberg nos proporcionó la Biblia con las cuarenta y dos líneas, e inició a circular el morbo. Entrando en un libro nos agitamos solos, confabulamos con muchos personajes, nos quedamos a ver el paisaje, y nos damos cuenta de que la literatura sabe mucho sobre los hombres. Y nos enfermamos. La enfermedad es contagiosa, infecta rápidamente y sin la necesidad del contacto físico, luego resulta ser imposible aislar o erradicar el morbo. Hasta hoy, y por suerte, no existe vacuna, se han inventado solo algunos paliativos y unos que otros remedios, también ineficaces, por suerte. La ciencia humanística sostiene que uno puede contagiarse por “contacto psicológico”, pero también con un uso inapropiado de los sentidos, la vista, el oído, el tacto, y en los casos más incurables, con el olfato. Todos lectores nos enamoramos de nuestra enfermedad. Y seguimos viviendo en uno de estos tres estados graves de este magnífico padecimiento: la bibliofilia, la bibliomanía y la bibliolocura.

Siempre habrá metáforas y aforismos, siempre el aedo, el trovador, el cantastorie y el hablador de la esquina, el borracho del bar y las chismosas, las fabulas que se inventan a los niños. La ontológica necesidad de narrar del ser humano, el deseo de narrar y a la vez la narración del deseo dijo Walter Benjamin. En la soledad de nuestras lecturas buscamos la soledad de la escritura, el dialogo que es monólogo en un teatro con miles máscaras y con ninguna. Buscamos la verdad y la mentira, una pizca de horror y unas migajas de felicidad, la experiencia y la ficción. En los libros que curan todo tipo de enfermedades, el corazón herido con Emily Brontë y el mal de amor con Beppe Fenoglio, la arrogancia con Jane Austen y el dolor a la cabeza con Ernst Hemingway, la impotencia con Il bell’Antonio de Vitaliano Brancati, los reumatismos con el Marcovaldo de Italo Calvino, esto nos indican Ella Berthoud y Susan Elderkin. Para el morbo de Gutenberg ningún remedio. Seguimos leyendo…

Y hay libros que encontramos en otros libros, en un párrafo de Pedro Paramo el íncipit de Cien años de soledad, los plagios, las influencias, Kafka en Borges o el contrario (más bien), anticipaciones y retornos, siempre “el hecho de que cada escritor crea a sus precursores”. Mientras, en la lectura florece lo ideal que está en lo real, la música pedagógica de Platón, el folclor que se hace antropología y viceversa, el pensamiento de Pascal, una comprensión del ser.  

Más con los libros que con la gente, aunque los libros están llenos de gente. Ningún oficio, leyendo y leyendo, el leer se vuelve el oficio. Salen personajes de las hojas viejas, de entre las páginas consumidas, en la Babel que es Alejandría, en la casa del ser. Me aseguran los enfermos que, aunque inventaran un remedio, su deseo es quedarse así, enfermos en su gozar palabra por palabra la utilidad de lo inútil. En la sincera voluptuosidad del ocio que nos ofrece la lectura.  

Octubre 2021

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De REVISTA GAFE, octubre 2021



Maurizio Bagatin

Pordenone, Italia, 18 diciembre 1966

Nacido por azar en Italia, viajó un poco y escribió un poco, en la búsqueda de conjugar la huerta con la biblioteca, sigue regando jardines y cultivando palabras. Tiene textos inéditos y mucho otro material en el ciberespacio.

Lee su última obra «Para darle nombre a Sudamérica».

 

Friday, October 22, 2021

Radio Gaga a todo volumen sobre el puente de Urubó


JOSÉ ANDRÉS SÁNCHEZ

 

Tenía 17 años cuando compré ‘A Night At The Opera’. Estaba en Alemania y una de mis actividades favoritas era visitar las incontables tiendas de música de la ciudad (cualquiera que haya sido la ciudad en la que me encontraba: Colonia, Hamburgo, Stuttgart, Berlín…). Eran las épocas en las que el Cd aún reinaba; en las que las cajitas plásticas con libritos llenos de fotos deslumbraban nuestros ojos; las épocas en las que las colecciones de álbumes se exhibían en las salas de las casas.

Los alemanes (…siempre, los alemanes…) te ofrecían audífonos y te permitían escuchar los discos antes de comprarlos. Te los colocabas y evaluabas. Te daban la oportunidad de elegir y descartar. Así conocí a Phish, King Crimson, Prince, al Genesis progresivo y a un largo etcétera de bandas y músicos que hasta ahora forman parte de mi playlist vital.

Yo a ellos; a ‘los alemanes’; a mis compañeros germanos; les hice escuchar ‘Fabulosos Calavera’, el mítico álbum cuasi progresivo de los Fabulosos Cadillacs. Por supuesto, les encantó. No podía ser de otra manera. Fue durante una fiesta, cerca de la madrugada, en una casa abandonada, dentro de un sótano con muros de madera. Tanto les gustó la música que, al despertar a la mañana siguiente y con la resaca aún viva dentro de mi cabeza, me encontré con una muy desagradable sorpresa: mi disco había desaparecido. Pregunté, consulté, escuché todas las respuestas. ‘Oh, yo no sé’, ‘Oh, pero qué pena’, ‘Oh, pero, ¿estás seguro, José Andrés?’, me decían los muchachos, los alemanes (siempre…, los alemanes) con su típica cara de sorpresa germana. Cómo no adorarlos, cómo no quererlos; a ellos, a mis compañeros de Alemania. No recuerdo ninguno de sus nombres. Ni siquiera los rostros. Espero que quien haya tomado el disco para sí mismo aún lo escuche; y espero que lo recomiende; y espero que recuerde al muchacho pelilargo y latino que lo puso a todo volumen en la radio…aquella noche…durante esa fiesta…dentro de un sótano con paredes de madera. Espero…

Sí, compré ‘A Night at The Opera’ durante el invierno alemán del año 1998; pero ya conocía Queen. ¿Cómo no conocerlos? Ellos eran parte del mundo que te rodeaba desde la niñez. Llegaban a tu vida ‘de prepo’, sin explicaciones necesarias. Como los árboles, los cielos celestes, las tardes de lluvia, las copas de los árboles. Eran ellos, eran Queen; algo que debías conocer. Los zapateos y aplausos en los estadios, durante los clásicos de fútbol; las guitarreadas con amigos, ‘We Are The Champions’ a toda voz y en un inglés inentendible; las escenas del concierto de Wembley, transmitido cada sábado por la mañana en Canal 11, Red Universitaria; la enigmática historia del cantante fallecido a causa del Sida y su voz, esa maravillosa voz; ‘Wayne’s World’ y la escena en el auto, la melena rubia de Garth al ritmo del headbanging. ¿Qué más podría añadir? Queen era Queen y allí estaban: en el poster, en la radio, en la memoria colectiva, en la historia oficial. Tal vez por eso, mi ‘yo adolescente’ (y no solo el mío, también el de muchos que conozco) los daba por sentado. Muy bien lo sabemos ahora que nos acercamos a las cuatro décadas: a los jóvenes les desagradan las nostalgias. Ellos están para el presente. ¿O me equivoco, acaso?

Sí, compré el Cd de ‘A Night At The Opera’ ese frío invierno en Alemania y al llegar a casa (o mejor dicho: a la casa de los alemanes que me alojaban; una pequeña y coqueta construcción europea; acogedora y delicada; puesta sobre una colina cubierta con nieve y dentro de un barrio impecable y suburbano), lo introduje en el aparato reproductor, me coloqué los audífonos y apreté play.

Y escuché…

Es innecesario explicar más. No hace falta. Sería un ejercicio inútil. Mi consejo: buscá el disco en Deezer o Spotify; escuchalo completo y sacá tu propia conclusión. Lo que tengo muy claro es que desde esa noche, desde aquella sesión musical dentro de una habitación en una casa cualquiera de la fría nación alemana, mi amor y admiración por la obra de Queen ha sido inagotable.

(Ahora mismo y mientras escribo esto suena en mis audífonos ‘I’m in love with my car’)

Un par de días atrás una amiga escribió en facebook que lo más lindo de ‘Bohemian Rhapsody – la película’ (lo único lindo, en realidad, según ella) era que salías de la sala con ganas de escuchar más. Es verdad. Eso hice yo. Llegué a casa, encendí la compu, me coloqué los audífonos, abri Youtube, escribí ‘Queen’ en el buscador y me tiré de lleno dentro de la piscina virtual. Una cosa lleva a otra, eso es inevitable… y así fue. Una canción y luego otra y otra y después una entrevista y un corto reportaje y click aquí y click allá y al cabo de una hora miraba videos documentales acerca de la epidemia del VIH/SIDA en los ochentas, testimonios de sobrevivientes, historias de vida, investigaciones científicas, rostros de terror, cuerpos casi desintegrados, la muerte de una generación.

Hace un año (poco más, poco menos), yo enfermé. No tuvo nada que ver con el VIH, pero sí que me asusté. Para recuperarme y sanarme me sometí a un tratamiento intenso. Los medicamentos que los doctores me recetaron eran gratuitos (al menos, en ese entonces aún lo eran…, ahora no lo sé). Para recogerlos, para que me los entreguen, yo debía dirigirme a centros de salud especializados. Lugares a los que nadie quiere ir, en realidad. Durante estas visitas logré ver de cerca las instalaciones y los consultorios en los que atienden, tratan y medican a las personas que viven con VIH/Sida en la ciudad. Esperaba encontrarme con lugares lúgubres, incluso casi abandonados. No fue así. Todo parecía estar bien y en su lugar… excepto el semblante de los pacientes. Vi rostros de hombres y mujeres, de todo color, de todo tipo, de toda edad. Rostros, solo rostros. Ninguno igual que otro; todos prefiriendo no estar allí. Escuché el silencio en la sala. Percibí la presencia de algo que yo aún no puedo comprender. ¿Temor, resignación, vergüenza, fe? No lo sé.

Me importa muy poco la película de Queen y lo que en ella suceda. Las falsedades, las distorsiones de la realidad, las omisiones, las verdades. Que ellos hagan la película que quieran, yo tengo la mía. Mi historia personal con Queen. Por eso, prefiero quedarme con la siguiente imagen: Una noche de sábado en Santa Cruz de la Sierra. 2007 o 2008, alguno de esos años. Son las 3, casi las 4 de la madrugada. Estamos todos dentro del auto. Yo conduzco, me aferro al volante. Acelero. Tenemos los vidrios abiertos, el viento golpea nuestros rostros, eleva nuestros cabellos, los hace volar. Avanzamos sobre el puente, a toda velocidad, a punto de ingresar a Urubó. Dejamos atrás la ciudad; sus avenidas y sus luces; sus bares y rockolas; su música electrónica. Somos cuatro o cinco o tal vez más. Somos hombres y mujeres. En éxtasis e intoxicados. Deliciosamente extraviados. Somos estrellas de rock, leyendas… somos inmortales. En los parlantes, a todo volumen suena su majestad. Cantamos. Aplaudimos y gritamos… Respiramos.

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De AULLIDOS DE LA CALLE, blog del autor, 08/11/2018 

Tuesday, October 19, 2021

la voz viva de Marcel Schwob


ENRIQUE VILA-MATAS

 

El caso de Marcel Schwob es bien curioso y divertido y seguramente le divertiría a él mismo, hombre de tanto humor que llegó a viajar a Samoa a ver la tumba de Stevenson y cuando llegó a la isla, después de un azaroso y largo trayecto en barco, dio una mínima vuelta por allí y, según él mismo relató en carta a Marguerite Moreno, vio gente desconcertante y, además, unos hermanos maristas muy sucios y acabó huyendo de allí, no viendo nunca la tumba.

Este escritor, que murió joven en 1905, es un autor cada día más influyente en la literatura contemporánea, aunque no tiene demasiados lectores. Sin embargo, su presencia tan visible en obras de grandes autores le permite seguir muy vivo en la obra de éstos.

Ha influido en Faulkner, Borges, Cunqueiro, Perec, Bolaño, Sophie Calle, Cristian Crusat o Pierre Michon, por hablar sólo de unos cuantos. De todos modos, no estaría mal que nos diéramos una vuelta por la fuente original y acudiéramos a sus textos, porque están llenos de iluminaciones, y se abren en ellos constantes caminos de imaginación para la literatura. Y no puede alegarse ahora que leer a Schwob es algo que nos lo hayan puesto difícil, puesto que, bajo el título de Cuentos completos (Páginas de Espuma) se acaban de reunir, editados y traducidos por Mauro Armiño, todos los libros de relatos que publicó en vida, escritos en el increíble breve periodo de tiempo que va de 1891 a 1896 —Corazón doble, El rey de la máscara de oro, Mimos, La cruzada de los niños, El libro de Monelle y Vidas imaginarias—, además de un conjunto de relatos que quedó disperso o inédito.

No tiene muchos lectores, pero en todas partes del mundo hay devotos de Marcel Schwob organizándose en pequeñas sociedades secretas. Existe incluso el rumor de que la más clandestina de las células de una de esas sociedades, celosa de que sea demasiado descubierto, viene trabajando en la sombra a lo largo de los años para evitarle una popularidad excesiva.

Diez voces, diez versiones

Su libro más influyente, el que más caminos abriera y sigue abriendo, es sin duda Vidas imaginarias, donde utiliza personajes reales de la historia como Eróstrato, Lucrecio o Petronio para componer unas biografías muy breves que mezclan erudición y anécdotas de tipo extraordinario. Borges las tomó como modelo para su Historia universal de la infamia, donde los protagonistas son reales, pero los hechos pueden ser fabulosos y en ocasiones fantásticos.

Sophie Calle adora la vida imaginaria de Petronio, contada por Schwob, y creo que motivos le han sobrado siempre. Ahí Schwob desmiente la leyenda oficial, según la cual Petronio habría sido asesinado y nos cuenta que Petronio escribió dieciséis libros de aventuras y, una noche, con su esclavo Siro escapó de la condena a muerte de Nerón y, cargando con un saquito de cuero que contenía sus ropas y sus denarios, se dedicó a vagabundear por el mundo y a vivir él mismo las aventuras que previamente había escrito. Y finaliza así el relato: “Petronio olvidó completamente el arte de escribir en cuanto vivió la vida que había imaginado”.

La sombra de Schwob es tan alargada que no sólo llegó a Borges, sino a Faulkner, que tomó buena nota de La cruzada de los niños, esa historia real tan fascinante, esa leyenda en la que belleza y horror se unen para contarnos una expedición infantil al Santo Sepulcro. Schwob la ficcionó con dramatismo breve y memorable, y también con originalidad en la forma de contarla, pues buscó escapar de los cánones narrativos de la época y, huyendo del realismo de Emile Zola que tanto predominaba en aquel momento en Francia, se adentró en una narración contada con una sencillez endiabladamente compleja, construida con diez informaciones muy subjetivas acerca de un solo hecho, realizadas por los implicados en él; diez versiones, diez voces, combinándose en la exposición del drama. Esa es la estructura de La cruzada de los niños, adoptada años más tarde por Faulkner para Luz de agosto, y que Bolaño tuvo en cuenta en Los detectives salvajes.

Cuando Schwob irrumpió en la escena literaria francesa de finales del XIX, nos cuenta Armiño en su prólogo que imperaba esa idea de Zola según la cual el autor de novelas debía borrarse tras un anonimato que le permitiera el análisis de la realidad, como si ésta se hallara tras una lente de aumento al otro lado del microscopio. Y en eso llegó Schwob y, ante todos aquellos que habían sentado con Zola las bases del naturalismo, propuso lo contrario: era el individuo lo que le interesaba, “una esencia única que flota por encima de los acontecimientos históricos, de las condiciones económicas”. Para Schwob, el arte era lo contrario de las ideas generales: “El arte sólo describe lo individual, no desea más que lo único”.

Schwob ha influido en grandes autores, pero no se le puede imitar porque él fue completamente único, alguien consciente de que cada hombre no posee realmente más que sus extravagancias y sus anomalías. Las de Schwob fueron su obra, una obra literaria —por mucho que no se viera en su tiempo— de choque, incluso de vanguardia si se quiere, una obra irrepetible. Su carácter de “única” es lo que hace que, en su viaje en soledad por el espacio y el tiempo, su obra parezca que tenga una luz muy antigua. Quizás por eso la leen poco, creyéndola vieja, cuando cada día está más viva, incluso en la obra de los otros.

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De EL PAÍS, 14/12/2015

Imagen: Marcel Schwob en Haslemere, 1899