Sunday, July 31, 2022

Postbukowskianos


JORGE MUZAM

 

Hablamos de autores con Claudio Rodríguez. Me cuenta que ha leído sin demasiado entusiasmo a Whitman, quizá guiado por tanta influencia académica, por tanta mención. Me pregunta mi opinión sobre el autor. Le digo que lo leí hace muchos años dentro de un contexto personal e histórico muy distinto, tal vez para adquirir más cultura literaria, para no parecer un idiota en conversaciones de gente agrandada. Le agrego que hoy lo leo a través de las impresiones de Harold Bloom, que me salto pasos, que tomo atajos tramposos, porque la vida lectora es tan breve, que reconstruir el clásico armazón cultural demanda varias décadas, y en el intertanto simplemente te mueres por cualquier causa.

Vivimos una era lectora postbukowskiana donde es difícil sentirse atrapado por un libro. Chinasky nos ha cautivado durante décadas, sólo él, porque sus seguidores, discípulos o plagiadores son intragables. Es un estilo sin continuadores, porque para repetir tal magia habría que volver a vivir la misma vida del autor de Factotum, la misma nutrición intelectual, las mismas humillaciones, el mismo cinismo, la misma desesperanza...

Es verdad que los perdedores y el sexo, siempre orientados hacia un horizonte tragicómico, han sido un buen caldo de cultivo entre los narradores contemporáneos. Es una temática atrapadora, envolvente, identificatoria, porque tras los visillos del éxito personal suele cohabitar una ratita temerosa, un histrión de cuello y corbata que sobrevive interpretando con no poco talento su farsa cotidiana.

Es difícil saber qué temáticas y estilos preponderarán de aquí en adelante. Todo indica que la literatura se seguirá contaminando hasta convertirse en una densa nube de smog. Y no es algo malo. La honestidad creativa tendrá mucho que ver en eso.  Por lo demás, cada obra es una replicancia de otras obras, cada estilo una readaptación de otros estilos. Los refritos literarios son inevitables. Cada nueva generación necesita volver a contar las mismas historias y las formas simples, entendibles, para llegar a un público más amplio son como callejones estrechos. El problema es que ciertos refritos son como resaca de licores malos, tras ingerirlos sólo quieres olvidarte de ellos. Y a los excesivamente experimentales no los lee ni su madre. Aun son pocos los escritores capaces de armar ficciones verosímiles, menos aún los que practican cierta honestidad creativa. A la mayoría les cuesta exhibir el lado oscuro de su condición humana, pocos confesarían que son unos hijos de perra enfermos de envidia, retorcidos de rencor, llagados de humillaciones, desbarrancados mil veces en la escalera de la supervivencia. Predomina más bien una patológica obsesión por mirarse el ombligo y victimizarse dulzonamente, como aventándole florcitas al propio espejo, tal como cierto paisajismo urbano burgués que le sigue lamiendo el trasero cultural a la vieja bohemia parisiense.  ¿Y qué hay de los superventas? Para los lectores cultos cada best seller no es más que espumilla de ola en un mar muerto.

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De CUADERNOS DE LA IRA, blog del autor

Sánchez-Ostiz, el fértil retiro en el bosque de un escritor atribulado


ION STEGMAIER

 

Le resulta grato a Miguel Sánchez-Ostiz, ahora que se siente en el otoño de su vida, la idea de ir retirándose suavemente. Tiene la certeza de que a sus 71 años la vejez ha empezado ya, lo nota en sus fuerzas al cavar una zanja o al constatar que los paseos por el monte acaban cada vez un poco antes. A la hora de escribir también observa que no tiene la intensidad que tenía. Pero, mientras tanto, sus libros parece que quieren desmentirle. Las publicaciones de Sánchez-Ostiz se suceden unas a otras en los escaparates de las librerías. En febrero presentó Viaje alrededor de mi cuarto, editado por Pamiela a finales de 2021, y donde reunió una serie de escritos realizados durante el confinamiento. En lo que va de año ha publicado ya dos libros: Emboscaduras y resistencias, con la editorial Alberdania, y el poemario Espuelas para qué os quiero, con Pamiela. Otro más, Ahora o Nunca, editado por Renacimiento, está a punto de aparecer. “Como en realidad no hago otra cosa, por fuerza te salen libros uno detrás de otro”, explica.

Hay mucho bosque en Emboscaduras y resistencias, parajes como el de Gurs, donde se localizaba el campo de concentración en el que recluyeron a los republicanos españoles entre 1939 y 1946 y que después Francia quiso borrar plantando un bosque; hay leyendas, está Basajaun, Robin Hood, lo que no hay son redes sociales, que “no son bosque, sino maleza”, apunta el escritor. No falta la socarronería del autor al referirse por ejemplo a los shinrin-yoku, los llamados “baño de bosque japoneses”: “Como pavada, me parece mayúscula”, solventa.

Su emboscadura personal, “fruto de la hartadumbre, del saberse monigoteado y de una época mugrienta que va a más” es doble. Sánchez-Ostiz ha optado por refugiarse en el bosque de Baztán, donde vive, y en el de papel, que es su biblioteca en Arizkun. De esa doble vertiente nació este libro al final de la pandemia, un trabajo que si hubiera acabado más tarde sería muy distinto, ya que no preveía que algo así se fuera a encadenar luego con la guerra.

Sánchez-Ostiz ve que hay quien se hace insensible ante esta situación, hasta cruel, gente que zanja estas desgracias con un “A mí no me atañe”. “Lo que yo creo es que sí te atañe -le contesta a su propio ejemplo- te atañe como persona y te atañe al bolsillo, mucha gente lo va a notar”, asegura.“Pues mire yo me encierro en una torre de marfil...” -caricaturiza a un hipotético interlocutor- “...Ahora te meten un pepino y se acabó la torre de marfil y se acabó todo”, se responde. El autor de Las pirañas cree que no se puede obviar lo que está pasando, con millones de personas que están viviendo como pueden por toda Europa.

ÉPOCA EXTRAÑA

En el otro bosque, el de papel, se lleva sustos. “Empiezo a leer un libro y me empiezo a encontrar los subrayados. Y digo: ‘¡Pero si yo de este libro no me acuerdo de nada!”, comenta. “Ahora, veinte, treinta, cuarenta años después, francamente lo de la relectura de los libros para mí es una lectura nueva”, admite. Son numerosos los autores que cita, María Zambrano, Thoreau y Walden, Emilio Pacheco, Washington Irving, Wang Wei, Álvaro Cunqueiro... pero no quiere hacer alarde de erudición. “Más que grande, mi biblioteca es aparatosa, me gusta andar por ella”, dice.

No es lo habitual esta querencia por lo rural de los escritores, que son más urbanos. “Depende la edad”, responde él con risas. “Cuando estaba escribiendo Peatón de Madrid me pegaba unas andadas monumentales; tenía un podómetro y ¡me estaba haciendo unas javieradas todos los días! Ya no tengo esa capacidad, me canso mucho de patear la ciudad y sobre todo patearla para encontrarte cosas que no te gustan... la verdad que no le veo la puñetera gracia”, señala.

Miguel Sánchez-Ostiz se siente seguro escribiendo. Se siente bien. “Sin alharacas, porque yo todas esas cosas de “envejezco vivo” y tal.... déjese usted de mandangas, y menos ahora”, afirma.

Escribe que a cierta edad pocos son los golpes de aldaba en la puerta de casa que no causan alarma. “Tanto la vejez como la finitud son cosas que a cierta edad ni siquiera las tienes presentes y, sin embargo, a otras, sí; cuando ves que tus amigos van falleciendo uno detrás de otro”, lamenta. En la pandemia ha perdido gente, y eso le provoca un gran vacío.

Mirando atrás, se arrepiente más de lo no dicho, de las veces que se ha mordido la lengua, que de lo hablado o escrito. El aislamiento de estos años ha sido una condena pero, de algún modo, una suerte también. “Al final lo he vivido casi como un alivio”, señala. “Hay mucha gente que ahora las aglomeraciones le abruman, pero un escritor está acostumbrado a estar solo, encerrado mucho tiempo sin darte cuenta, aunque es un encierro muy gozoso”, explica. “Lo que yo pueda decir no tiene nada que ver con lo que pueda decir una gente cuya vida está en el bar, en la terraza, en la calle, y cuando se han tenido que encerrar en casa se han sentido absolutamente perdidos”.

El título del poemario Espuelas para qué os quiero hace referencia a las espuelas de oro de Quevedo, con las que fue enterrado según la leyenda, y la espuela de hierro herrumbroso que encontró cuando cavaba en el jardín de su casa. Son poemas escritos entre 2019 y 2021 en los que habla por ejemplo de las Navidades del 95, “cuando la taberna era taberna y la botica, botica”. Se siente extraño en la época actual. A ratos. El Madrid del que escribió hace veinte años, por ejemplo, prácticamente no existe. “Ahora, ¿que sea un bebedero y un comedero non stop? Bueno, pues no es lo que a mí me interesaba. A mí me interesaban las tienditas, el nosequé... pero claro, el de la tiendita ¡es que se ha muerto! ¡O le han tirado la casa! O la casa la han comprado uno de estos fondos que nadie sabe quiénes son los propietarios. Tú vas por esas calles que eran una delicia y están llenas de persianas echadas. Ahí es donde yo me siento muy extraño. Pero, qué quieres que te diga, también me pasa en Pamplona”, asegura. Su refugio, reitera, está en Baztan.

A la espera de que se publique Ahora o nunca, un dietario de lo que vivió en 2016 (entonces vivía en Arraioz), el escritor sigue batallando con esta época en la que se encuentra cada vez más lejos de la tribu, como dice. Encuentra alivio en la lectura, mientras en la escritura continúa ajustando cuentas consigo mismo.

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De DIARIO DE NOTICIAS DE NAVARRA, 22/05/2022

Imagen: Miguel Sánchez-Ostiz en su casa de Arizkun/JESÚS GARZARON 

Friday, July 29, 2022

Retrospectiva y proyección


DANIEL AVERANGA MONTIEL

 

En 1929 el congreso recibió a Eduardo Leandro Nina Quispe para escucharle ciertas demandas relacionadas al acceso de la educación desde lo rural; Nina Quispe expuso de manera extraordinaria su visión de ciudadano preocupado por el poco interés que estaba invirtiendo el estado para con las generaciones que no pertenecían al espectro urbano: los niños indios de Bolivia, decía él, independientemente de su etnia, necesitaban ser parte de la formación gratuita que ofrecía el estado. Hay que contar esto de manera directa y sin edulcoradas metáforas: nadie le hizo caso, salvo las pocas organizaciones indias o indigenistas (esto es, agrupaciones consideradas clandestinas) que pululaban alrededor de la ciudad de La Paz por entonces. El fantasma del bloqueo que realizaran Julián Apaza y Bartolina Sisa el siglo anterior aportó mucho para que nadie atendiera las demandas de este señor. Pero, ¿de dónde surgía la premura que obligó a Nina Quispe a emprender esta iniciativa? Hasta 1925 se había establecido una polémica entre Franz Tamayo, Felipe Segundo Guzmán, Guido Villagómez, Alcides Arguedas y otros; Tamayo había declarado, hacia 1910, en su libro “Creación de la pedagogía nacional”, que el estado no hacía nada por el indio, cuando en caso de relaciones, el indio lo hacía todo, y a veces coaccionado en espirales de violencia, por dar tributo a un estado que no lo tomaba en serio; un año antes, en 1909, en su libro “Pueblo enfermo”, Alcides Arguedas había comparado la nación boliviana como un cuerpo visto y analizado por Cesare Lombroso: la frenología en su punto máximo, porque afirmaba que los indios andinos, como vivían en un territorio hostil y mudo, eran iguales a este, o que los campesinos y ciudadanos de los valles eran fértiles como su propio territorio, terminando por afirmar que el oriente, los llanos, eran tan abiertos, amables y cálidos como su gente; Felipe Segundo Guzmán y Guido Villagómez, basándose en principios pseudocientíficos habían concluido que el niño indio era un retrasado mental y que no debía, por consiguiente, merecer la educación que en esos momentos era aplicada con recetas foráneas con el experimento de Georges Rouma; la frenología, un conjunto de supuestos ridículos, había dejado de ser tomada en serio para finales del siglo XIX, pero en Bolivia se la tomó en serio hasta casi rozar la mitad del siglo XX; muchos de los estudiantes de Derecho coincidirán que en las universidades les hacían leer el libro “Los criminales” de Lombroso, demostrando que estamos tan atrasados en innovación pedagógica como lo estaría el mismo Posnasky, quien publicaría un libro-estudio sobre Apolonia Méndez, basándose, a su vez, en  esa pseudociencia lombrosiana, tan llena de mierda especulativa como infame.

Nina Quispe, según un estudio que hiciera Faustino Suárez Arnez sobre la pedagogía en Bolivia, publicado en la década de los 70 del siglo pasado, había emprendido ese viaje desde su comunidad hasta el centro paceño con el único objetivo de desmentir estas conclusiones, mostrando ciertas pruebas básicas de pedagogía aplicada a niños de varios ayllus y demostrando que ellos sí podían estar preparados para la educación regular. La indiferencia, la Guerra del Chaco, conflictos externos y otras razones, pretendieron sepultar en el olvido su esfuerzo.

¿A qué me voy con todo esto, siendo esta la presentación de dos libros míos?, yo estudié hasta 2007 la carrera de Ciencias de la Educación y recién en 2006 descubrí, gracias a un profesor de aymara, esta historia; hay que hablar mucho más de Eduardo Leandro Nina Quispe, pero solo les digo una cosa al respecto: debemos ratificar la memoria y encumbrar a este investigador aymara como un héroe nacional; su testimonio, su voluntad y su fuerza fueron parte de mi decisión para escribir, y no porque yo me considere indio, indígena o nieto de líderes minimizados por el poder hegemónico, sino porque me parece que la historia de los ganadores es menos interesante y tiene mucho menos base ideológica que la historia de los silenciados, y en materia de narrativa, también ha sucedido así, al menos estos últimos años.

Comencé a participar en concursos literarios desde 2006, enviando macanitas a concursar, hasta que en 2008 decidí iniciar mi campaña de creación de trabajos ajenos a los tradicionales: literatura que se viste con andrajos pero que trata de tener la fuerza de los trabajos sí tomados en serio. Fue en 2008 que decidí escribir para enfrentar esa capa protectora de seriedad que tienen casi todos los trabajos, muchos de ellos buenos, otros solo solemnes. Conseguí, desde ese año, vivir de escribir, quizá porque no sé hacer nada más, o mejor, quizá porque escribir para mí es más gratificante que estar armando despelote en redes sociales. Aunque a veces, quién sabe, me guste ver cómo reacciona la gente ante un negrillo que se dice escritor.

Han pasado casi cien años desde que Nina Quispe fue al congreso a reclamar atención educativa del estado, y si vemos las redes sociales, su lucha sigue vigente en personas que quieren destruir los conceptos frenológicos de que el color de la piel o la forma de la cara determinen la calidad de las personas. Mucho hay que trabajar, sigue existiendo el racismo y el clasismo vestidos de meritocracia, siguen existiendo personas que creen que los escritores deben parecerse a actores de la serie de Doctor House o, mínimo, que sean caucásicos y ricos; la hegemonía racializada y los rollos sociales son secundarios, incluso a prueba de tiempos y de coyunturas.

Los dos libros que presento esta noche son resultado de muchos años, el primero, Clave de Sol, se gestó desde 2018, cuando me di cuenta que las crónicas literarias que salían en suplementos chic, mostraban a la ciudad de El Alto como territorio de aborígenes bondadosos que podían mostrarse para provocar risa en los foráneos o de salvajes cogoteros e ignorantes que despertaban miedo; escribí estas crónicas como una tomografía de El Alto: no mostrando su esqueleto, sino sus fluidos vitales, su vida. El segundo libro podría haberlo titulado “Cuentos perdedores”, pero le tuve que agregar algo de mi comprensión sobre la actividad de Nina Quispe, porque, para mí, son cuentos clandestinos, cuentos que, en su mayoría, lograron cierto reconocimiento por alcanzar ser finalistas o menciones de honor en algunos certámenes locales e internacionales.

Están aquí, a su disposición; me disculpo por la presunción, pero están listos para que ustedes los lean y los disfruten, si cabe el propósito.

 

Thursday, July 28, 2022

El funeral


GEORGE GROSZ

 

 “… en estos momentos estoy trabajando en una gran pintura del infierno. Una ‘calle de copas’, de muertes grotescas y locos, en la que ocurren muchas cosas. El demonio cabalga hacia la izquierda sobre un féretro transversal, a la derecha vomita un joven, derramando sobre el lienzo todas las hermosas ilusiones de la juventud. He dedicado la pintura a Oskar Panizza. Un hervidero de animales humanos endemoniados. Esta época está abocada a la destrucción, de eso estoy plenamente convencido.”

“Por la noche, por una calle extraña, desfila una procesión de figuras deshumanizadas, sus caras convertidas en muecas elocuentes por el alcohol, la sífilis, la epidemia. Uno toca la trompeta, otro grita 'hurra’. La muerte cabalga sobre esta multitud, sobre un ataúd negro, representada por el símbolo directo de un esqueleto. Mis antepasados, los maestros medievales Brueghel y El Bosco, conocían muy bien esta imagen. Ellos también vivieron el crepúsculo de una época y supieron darle expresión.”

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Imagen: El Funeral (dedicado al poeta Oskar Panizza, 1917-18) (Grosz Widmung an Oskar Panizza).

 

 

 

La mitología en Ramuz : seres fantásticos, cuentos y leyendas


MONTSERRAT LÓPEZ MUJICA

 

La obra de Ramuz, cercana en un principio a la corriente realista, se torna después hacia lo místico, rozando a menudo lo fantástico, antes de alcanzar su plenitud con los relatos de la montaña. Lo fantástico en su obra se manifiesta entonces a través de cuentos y leyendas repletas de seres fantásticos y extraños personajes. La mayor parte de estas leyendas tienen pues como decorado la montaña. Recordemos que a lo largo de la historia, ésta ha representado siempre una imagen de caos y de muerte, un entorno de ruina y de desolación, un sentimiento de terror. Lo cierto es que, en Europa, son escasos los entornos naturales capaces de alimentar la imaginación de sus habitantes o la de otros observadores externos, como lo han hecho durante siglos las montañas de los Alpes -considerados lugares hostiles y repulsivos en la Edad Media, o morada de seres fantásticos y espíritus maléficos. Para el profano, la montaña era una trampa y una fascinación. Pobre del que se aventurase entre los caminos de nieve, solo, sin guía o sin equipo. Pues, a menudo, detrás de una roca, un espíritu maligno esperaba al viajero; un monstruo oculto le acechaba en el fondo de una caverna; o incluso un dragón le amenazaba con su fuego. La montaña estará siempre íntimamente ligada a los ritos y a las creencias del hombre. Sobre este aspecto, no se ha percibido evolución alguna desde entonces. Aunque el Romanticismo transformó estos miedos en fondos de comercio, gracias a la atracción ejercida por las montañas, las catástrofes naturales continúan hoy en día atemorizando a poblaciones enteras y amenazando los asentamientos humanos.

 

Entre los seres fantásticos que podemos destacar en la obra de Ramuz encontramos “les ouines”, una especie de animal parecido a un cerdito que se divierte asustando a los hombres de la montaña con sus chillidos: "C’est une bête qui se plait à faire peur à l’homme et à le poursuivre ; elle n’est pas comme les autres bêtes qu’on peut attraper vivantes ou tuer ; elle se fond dans l’air quand on veut mettre la main dessus". Otras veces son simplemente espíritus que viven en la montaña y se desplazan y visitan a los hombres en sus propias moradas: "… car il y a beaucoup d’Esprits à la montagne, qui habitent les grottes, et les endroits où on ne peut pas aller, et dans les forêts ; ils descendent parfois vers les hommes, se plaisant à les tourmenter…". Salen aprovechando las noches de tormenta, para confundirse con los sonidos que emite el viento:

 

Ils disent qu’alors aussi les mauvais esprits sortent, et ils rampent autour des maisons des hommes, et ils parlent avec le vent. Et peut-être le cri du vent, c’est leur cri, et le toit secoué, c’est eux qui le secouent ; et ce souffle aux fentes du mur, il sort de leurs bouches ouvertes .

 

Este tipo de “mitología campesina” se fomenta y se transmite de generación en generación gracias a una cultura oral. Durante las frías y largas tardes de invierno, cuando el trabajo no abunda, los campesinos suelen reunirse en pequeños grupos en las casas más grandes para realizar juntos las vigilias alrededor del hogar. Las tardes noches se hacen así más llevaderas. Estas veladas proporcionan la atmósfera ideal para contar las historias y leyendas más sorprendentes.

Lo sobrenatural o fantástico aparece a menudo, aunque Ramuz tiende a esconder estos efectos extraordinarios tras el azar o la casualidad. Nadie duda que en Le Règne de l'esprit malin, Branchu, por ejemplo, posee ciertos dones excepcionales: “Il s’approcha de la fenêtre, il n’eut qu’à lever la main: un nuage noir parut, un coup de tonerre se fit entendre”. Cuando anuncia su nombre, por ejemplo, dice: “Branchu, comme qui dirait Cornu…”. Es cierto que el diablo tradicionalmente se representa como una figura con cuernos, pero el personaje de Ramuz no aparece así, el patronimio es bastante usual en Suiza y podemos considerar que el comentario es simplemente una broma. Igualmente, el letrero que muestra en su tienda es de color azul, el color del cielo, pero el mismo personaje añade: "J'aurais peut-être mieux fait de peindre le fond en rouge… Couleur de flamme, c'est ma couleur". Los indicios que tienden a establecer la identidad de Branchu con un personaje diabólico están presentes en el texto. Lo mismo ocurre con los signos que prueban el poder maléfico del intruso.

 

Ramuz aprovecha la leyenda en varias de sus obras: DerborenceFarinet e incluso Si le soleil ne revenait pas. Los orígenes de las leyendas pueden ser muy diversos. Antes de que las montañas se convirtiesen en objetos de estudio o de disfrute, las cumbres más altas se rodeaban de misterio. Las montañas podían ser despiadadas, por eso los hombres se inventaban todo tipo de historias fantásticas que conocían gracias a esta sabiduría popular: “Les vieux chez nous en parlaient de leur temps. Et ils étaient tout petits encore qu’ils entendaient déjà les vieux en parler...”. Los lugareños las creían habitadas por espíritus, incluso a veces por el mismo Demonio. Este es el origen del nombre dado al macizo de los Diablerets, que sirve de frontera a los cantones de Vaud y de Valais. El Diablo se aburre y juega a los bolos (de aquí proviene el nombre dado al espolón rocoso: la quille du diable). Pero yerra su blanco... y se produce la catástrofe: los gruesos bolos ruedan hacia el glaciar y recubren el valle, aprisionando a los hombres y a los animales.

 

La realidad, por supuesto es otra. Dos mortales y aterradores desprendimientos tuvieron lugar en 1714 y en 1749. Cincuenta millones de metros cúbicos de materiales, esparcidos en una superficie de cinco kilómetros, englutieron una centena de chalets. Los inmensos bloques de piedra están todavía allí, testigos de la catástofre, diseminados en el alpage, como si quisieran advertir con su presencia del peligro que acecha la montaña. Y es que las gentes del lugar continúan observándola con reticencia, una mezcla de prudencia temerosa y profundo respeto. Continúa siendo una zona peligrosa, que hay que respetar. Prueba de ello es que la carretera permanece cerrada desde finales de octubre hasta principios de mayo, y nadie se atreve a subir cuando se avecina tormenta.

 

Si estas historias se han mantenido vivas durante todos estos años, es porque de alguna forma encierran un significado, tienen una razón de existir. Lo fantástico en este caso sirve para advertir. Como decía el escritor vaudois, la montaña, “c'est beau, mais c'est méchant”. A veces incluso despiadada. Y de esto, se acuerdan los más sabios, aunque hayan pasado dos siglos desde entonces. Derborence se ha convertido en un espacio protegido gracias a su bosque original de abetos blancos único en Suiza. Derborence acoge en la actualidad a multitud de turistas. Este valle, tan bien descrito por Ramuz y filmado por Francis Reusser, es conocido en el mundo entero.

 

Para mantener viva una leyenda Ramuz utiliza además personajes claves, misteriosos e incluso casi fantasmagóricos. En la novela Derborence : el viejo Plan es un pastor que guarda su rebaño en los altos barrancos de la Derbonère. Vive sólo y aparece únicamente para anunciar las desgracias que están a punto de acontecer. Para este personaje todo es obra del Diablo que vive en la montaña y previene a los aldeanos para que no se adentren en ella advirtiéndoles: “- N’allez pas plus loin! [...] D...I... A... Vous comprennez? ”

 

Las gentes del pueblo creen lo que el viejo Plan cuenta respecto a las almas en pena que viven en la montaña : "- Oh ! c’est qu’il sait des choses, Plan, disait Thérèse, et puis il est vieux. Eh bien, il dit qu’il les entend la nuit. Parce qu’ils sont en vie et ne sont plus en vie; ils sont encore sur la terre et ils ne sont plus de la terre".

 

A estas creencias, se suma la fuerte influencia que ejerce la religión sobre estos personajes. Se protegen en su fe y a ella acuden cuando no tienen respuestas que dar a los acontecimientos que se producen: "Plan dit qu’il n’est pas vrai… Oui, que c’est une âme. Oui, qu’on le voit, mais qu’il n’est pas comme nous, qu’il n’a point de corps… Et qu’il est venu pour nous attirer, parce qu’ils sont malheureux et jaloux de nous et ils s’ennuient sous les pierres…".

 

En muchas de las novelas de Ramuz, los mitos y el Apocalipsis se unen. Como en Les Signes parmi nous, donde se aborda el tema del fin de los tiempos. A través de la figura de Caille, un vendedor ambulante de folletos religiosos, Ramuz nos explica los signos de un cercano e inminente Apocalipsis. Detectar las señales inscritas en lo visible, descifrar su significado más profundo, escondido, es el objetivo de estas obras. En La Grande peur dans la montagne, la originalidad y puesta en escena de la catástrofe son fascinantes. La geografía mágica y la estrategia de la narración van de la mano en esta obra y nos transportan muy lejos, hasta el interior del hombre. El personaje principal, Joseph, se enfrenta contra fuerzas sobrenaturales que le hacen derivar progresivamente a un universo onírico, fantástico, incluso fantasmagórico. De hecho, el final de la novela, al menos en la edición original, puede hacernos pensar que se trata también de una leyenda.

 

Y es que estos hombres y mujeres, tan libres respecto a las relaciones que mantienen con los demás, se encuentran sin embargo abandonados a fuerzas que les dominan : las fuerzas de la naturaleza y las sobrenaturales. Son creyentes porque ven que la divinidad está presente en todos los fenómenos que les rodean, haciendo germinar el grano, crecer la hierba, abandonando a veces al hombre frente a la enfermedad y otras, castigándolo con la muerte. Por ello se encomiendan a Dios, amándolo y respetándolo. Y le construyen iglesias y capillas para calmar su cólera. Sin su protección se encuentran expuestos a todo tipo de catástrofes: enfermedades, inundaciones, sequías, sufrimientos ; no sólo ellos, sino también sus familias, sus rebaños, todos sus bienes. El lado fantástico de estas leyendas parece servir para advertir de generación en generación que hay que dejar la montaña tranquila en su territorio. Cada uno en su lugar, dentro de un orden ya establecido. Ramuz se lamenta de que los hombres son demasiado soberbios y de que han perdido el respeto a todo. Se acercan hasta lo más alto de la montaña y con gran codicia escupen en sus manos nerviosos por lo que van a obtener a cambio. Y el mundo parece resquebrajarse. Si era liso, ahora está lleno de fisuras. Si parecía dormir, ahora amenaza con despertarse...

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Del blog ECOCRITICISMO, 03/03/2011

Imagen: Charles Ferdinand Ramuz

 

Friday, July 22, 2022

Cabildo abierto, sin horario y sin banderas


MAURIZIO BAGATIN

 

Me lo enseñaron los libros de José María Arguedas. Prosa y poesía del campo, señores e indios, lo vivido desde profundidades hechas de lenguas y espíritus. Toda esta literatura, y no solamente la de Arguedas, sino también la de los pasos firmes de Jesús Lara, ¿Quién fue el Repete, que describe el Yanakuna?, no tiene fin y sin embargo tiene fechas: la mirada infinita del indio, las grietas de la tierra iguales a los callos de sus manos, a las líneas del sudor que bajan de su frente, las rajaduras de sus talones. Hay siempre líneas que conducen a una y más raíces. Heridas en las piedras que llevan millones de años sin unas palabras.

Esta puede ser una fecha histórica, si memoria y olvido llegaran a un acuerdo. Polvo se levantó de la tierra casi rojiza, y con un viento cómplice. Un mundo que piensa en quechua y tiene que expresarse en castellano. Ayer vi abrirse el surco de esta tierra, abrirse por la fuerza de un arado egipcio, y bueyes criollos guiados por una generación que mañana no reconoceremos.

El aire de primavera ya invita la tierra al resplandor, al respiro, a la luz. Está escrito en el rostro de toda esta gente, gente que mirando atrás encuentra su mestizaje; en la violencia y en las injusticias. Al principio fueron Huerta Pampa, Flor del Valle, Copapugio, paisaje siciliano extraído del Gatopardo o de los pueblos que hay solo en ciertas novelas. Rulfo o García Márquez leyendo a Faulkner. Hoy Mujun Punta, caminantes de toda edad defendiendo su territorio, sin horario y sin banderas a fuerza de recordar lo que significó, en el lejano dos mil, la guerra del agua en Cochabamba. Muchos de ellos no habían siquiera nacido.

Antes de doblegarse seguiremos viendo la cholita invitarnos el fruto de su tierra, papa wayku con poderosa llajwa y la tutuma apaciguadora. Luego encantadora. Al primer cierre del candado me escapé. ¿Qué habrían planificado?

Oigo el charango del Danger, vibran sus manos y canta su corazón. El retorno del campo siempre fue así tan dulce. Habrá sido el viento que traíamos o el viento que siempre estuvo ahí.

21 de Julio 2022 

Thursday, July 21, 2022

DE LUNA Y OTROS AMORES


ELIANA SUÁREZ


When the night has come
And the land is dark
And the moon is the only light we'll see
No, I won't be afraid, oh, I won't be afraid
Just as long as you stand, stand by me

Ben E. King

Apenas empezamos a andar la tierra y la luna nos sedujo. Hembra de plata de largos cabellos que se funden en el agua. Fría y enigmática enamoró al poeta por sobre todo poeta y embrujo tras embrujo, le susurró versos que hoy cantamos.

La noche llega, se queja Ben E. King en una de las canciones de amor más conocidas. Soledad de ausencia que lastima. La del mal de amores. Estirar el brazo, acariciar sábanas vacías de presencia cálida pero tan llena de recuerdos.

Noche en soledad en una tierra que, pudiendo ser luz, eligió ser oscura. Pasos de ciegos que aspiran a sabios. Tropiezos y nada. Tropiezos y manos que desean llenarse de otros cuerpos para que la noche y la tierra abandonen su oscuridad.

¿Cuánto ha de medir el brazo que nos abrase? Luna luz o luz de luna, la mitología se esfumó en este siglo inservible. En la poesía anida el último bastión que ha de hacer renacer la cordura, dicen. Pero nadie se embriaga de cielo, aire, fuego o tierra.

“I felt a tear fall in my heart”, canta dulce y firmemente Lavem Baker. Cae una lágrima en el corazón pero hay sordera, demasiado metal y plástico. Demasiada escatología alejada de proféticos anuncios. Abulia interior, peces que ya no nadan y son escupidos fuera.

Luna enamorada de río, única luz que nos queda, de sangre o de lata, arrullo de veranos allá en las sierras. Devela u oculta, amigable o traicionera, mientras se desvista ante nuestros ojos  habrá belleza… “No, I won't be afraid, oh, I won't be afraid… Stand by me.”

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Imagen: Francis Picabia, 1945-46