Wednesday, December 21, 2022

La calle innominada del progreso


MAURIZIO BAGATIN 


El olor a bosta hoy es sustituido por el olor a neumáticos viejos. La chacra es una recicladora. Una mujer con la carretilla llena de alfalfa avanza, una mirada hacia el Tunari pincelado con una repentina nevada y otra mirada al frente: un improvisado buffet de abogado -se atienden lo civil y lo penal, transferencias, todos tipos de trámites, fotocopias- una carpintería de aluminio y la tiendita de barrio de siempre. Símbolos de la tempestad del progreso.

El árbol de la esquina ha sido eliminado para dar luz a una tienda de abarrotes.

Los terrenos de hoy representan lo que la Reforma agraria fue ayer. Un minifundio que desde entonces se hizo cada día más un profundo divide et impera cesariano. No descubrimos nada. Las parcelas fértiles vienen vorazmente devoradas por el sueño de un buen vivir cementado.

“Una señora junto a sus tres hijitas ofrece almuerzos completos, sentadas las tres en una sillas de madera mal cortada esperan los albañiles que pronto vendrán, se sentaran en las mismas sillas e irán comiendo la sopa de corbatitas, el segundo que hoy es pollo con arroz -mañana será pollo con fideo- y el postre, una gelatina royal de color verde miedo, tomaran un refresco de membrillo y retornaran a la construcción del frente. Nadie le contó que las ollas de aluminio donde cocinó es donde empieza nuestra digestión. Nadie le dijo que el material con el cual están hechas, el óxido de etileno, es cancerígeno. A nadie le importa que nuestras formas de comer, la nuclearización de la comida, el conocer los ingredientes, la preparación, son tan importantes y complejos, difíciles, como criar a sus tres hijas. Su marido es uno de los albañiles que hoy comieron ahí, o está en España enviando remesa cada mes, en Buenos Aires asfixiado por el pánico de una fiesta que no siente suya, camino al Chapare con su camión usado y comprado en cómodas cuotas y que terminará de pagar en el 2027”

Al llegar al vivero apareció un gran letrero anunciando que el lote está en venta. Nadie sabe nada y todo se sabe. No menos de cien dólares el metro cuadrado deben querer, está a dos cuadras de una avenida y ya está aprobado el plan municipal para el asfaltado de la calle innominada. Pronto habrá una farmacia, tal vez un gimnasio, la señora con sus tres hijas en la noche servirá sillpancho o anticuchos, el hijo del bicicletero abrirá su taller mecánico y su hermana una peluquería.

Cambiarán los olores y faltarán los perfumes, el olor de aceite del frito sustituirá al perfume del jazmín, el perfume de la laca para cabellos se encimará al olor de la lluvia en septiembre. El poste de luz será de cemento, el molle mirado mal por el policía que irá a vivir al cuarto piso del departamento frente a él. Tendrá más vida la luz de los neones que la fogata de San Juan. Pasaremos por aquí adentro de unos meses y nos equivocaremos de calle, la calle tendrá un nombre absurdo y lo único que faltará será el letrero que anunciaba la venta del lote.

Diciembre 2022

Foto: Lote en venta 

Sunday, December 18, 2022

Pierre Mac Orlan


MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

 

Me la regaló Pierre Guibert, de la hostería La Moderne, en Saint-Cyr-sur-Morin, hace unos cuarenta años, después de una visita ritual a la casa de Pierre Mac Orlan que he contado en algún lado. Guibert nos puso, tras un almuerzo invernal y contundente, además de bastantes copas de marc de Champagne, varias cintas magnetofónicas con entrevistas o encuentros con Mac Orlan en un ambiente de pipas, guitarras y acordeón: Juliette Greco, Germaine Montero, Brassens, Brel, Melville, Lacassin... Retuve aquella frase que me parece definitiva: «J'écris pour me defendre» (escribo para defenderme) ¿De qué? En su caso de la miseria, de su vida juvenil en un Montmartre 1900, las trincheras de PGM y los malos recuerdos de origen diverso que le acosaron de por vida. La vida brava tenía un lado siniestro. Un día no volví por el valle del Petit Morin (Verdelot allá queda y Coulommiers también), pero he seguido leyendo y reuniendo la obra de Mac Orlan por muchos anatemas inquisitoriales que le hayan caído encima.

 

Thursday, December 1, 2022

Miguel Sánchez Ostiz regresa a tientas entre la niebla


DIEGO MEDRANO

 

Tuvo todos los premios (Herralde, De la Crítica…) en ese tiempo vivo donde significaban algo, sus libros fueron flor de cuño y estigma contra pusilánimes (Las pirañas, No existe tal lugar, La caja china, Peatón de Madrid, La nave de Baco), la proximidad de barateros, buhoneros, borrachones y bebedores le salvó de cualquier integración posible. Miguel Sánchez Ostiz es leyenda y vuelve como tal: Ahora o nunca (Editorial Renacimiento). Sus libros huelen a quemado, a barra mojada, a copas dejadas a la hosca, a humo de pajas, a “vita pericolosa”, a niebla herida. Su lenguaje nervioso no tiene rival posible.

Ahora o nunca destila días pasados (2016) pero el hechicero siempre fue escritor sin género. Diario nuevo más que nuevo diario, cambio de vida, el invierno y la paciencia, jamás prisionero del rencor ni moralidad por cuatro perras. Las pirañas iban de eso: una vida moral, una escritura moral, entre tanta risotada y puro encendido, entre tanto pijodandi y boom del ladrillo, entre tanto arrimado a las letras con vocación de medro. El escritor sigue igual: huele a distancia las borrascas, los temblores y las camorras, ajeno a gomosos y jamás en la tinta del aburrimiento, todo lo contrario, tajo y sajo.

 

Duerme a brincos, el pulso en ocasiones como para robar panderetas, evita la pomada y la cara de los compinches ocasionales, no entra en la derrota por el lenguaje de las excusas, huye de los pegados al ladrido y el mordisco, huye de la parroquia devota y entregada, pronto se baja el bañador frente a las olas salvajes: “Escribir para mí mismo, todo lo demás es tontería, es decir, es una estupidez andar buscando un lector a estas alturas, el que venga, bienvenido, al otro no lo conozco”.

Huye de toda puesta en escena y brinda, Viña Tondonia en alto, por jitos, andobas y mangutas, cada cual en su nadería, pose y balbuceo; cada cual en su jeremiada, sin lo que más importa: urgencia de escritura. Es duro como el pedernal y escribe con sangre por las paredes de la cueva alucinada: “Entre escribir para publicar y escribir para escribir, por el hecho mismo de hacerlo, hay una distancia que no se recorre jamás. No buscar lectores, si vienen, bien, si no, mala suerte, el trabajo está hecho y el gozo vivido y cobrado”.

 

Huye de los afectos vinosos, de los días foscos, de las riadas habituales a base del concierto eterno de petardos. Al sacudirse la barba fluvial donde cantan los grillos, escapan erudiciones fules, mentideros escachafamas, compadreos baratos, los hampones literarios siempre pobres y de vareta: “Insatisfecho para siempre y cada día que pasa más desaparecido”. Su voz es un lujo, apetito eterno del idioma, dignidad obrera (la del obrero de las letras), tan en desuso o mancillada: “La verdad es que siempre me ha gustado más estar dentro que fuera: la cabaña, la cueva, la buhardilla, el cuarto apartado, la casa solitaria. Vivir en una burbuja, ser para el ensueño”.

No escribe por venganza ni exceso de trago ni evitar el empujón: “Concibo mis novelas como un rompecabezas que se ha ido uniendo como una galería de espejos quebrados, una galería de feria”. Pesa no encontrar editor pero tonifica respirar hondo ajeno al desprecio y el insulto. Escribe fuera de la bolsa y el cotarro, dale que te pego, ajeno al desahogo del diario letrinesco, sin charlatanes ni sacamuelas cerca, así aúlla por entero sobre la colina blanca: “Ética nueva: para que yo disfrute o haga mis negocios, tú tienes que joderte y si te quejas eres un cabrón. En el manual del progre figura el aguantar los abusos del prójimo mientras este sea de tu clase o de tu cuerda”; “No hay tiempo para hacer de papamoscas”, “No te abraces a las resacas de prestigio”.

 

El maestro escribe desde el frío, ajeno al puesto y la bicoca, ya de vuelta de todo, sin legañas en el alma, sin derribos ni poetas, ajeno a desmemoria y cuchilladas traperas. La tumba arde abierta: “Estoy pagando caro el haberme vuelto de Madrid, el meterme en Baztan y el publicar donde he publicado desde 2002, y lo que he publicado, claro”. El maestro no oye a la zahúrda de mamarrachos, los buenos puros, las mejores copas, la timba de guapetones y tramposos: “La escritura es mi único asidero, una forma de combatir este tiempo negro”. La niebla es a veces teatro para sombras: “Qué siniestro es ver cómo se te han ido quedando las ganas por el camino, sobre todo las ganas”; “Ando entre la furia y la depresión profunda”. La escritura es una bala sin tiempo.

Sienta la cabeza Sánchez Ostiz para gritar más fuerte: “No es fácil sobreponerse a diario a la pregunta de qué valor tiene lo que haces, a la vez de comprobar que el tiempo corre en tu contra, y que es ahora o nunca y resulta nunca”. Ahora o nunca: “Ese canguelo que está detrás de todos mis trabajos”. Ahora o nunca: “La vida ya fue, dijo Tabucchi. Aplausos. Incondicionales. No se te ocurra decirlo a ti en el concierto de los listos y los acomodados porque con suerte solo te abuchearán… Pero tú sigue, dale que te pego, porque entre otras cosas, no te queda otra”. Miguel Sánchez Ostiz: sabio de la tribu, gigante de las letras, escritor sublime, mejor persona.

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De EL IMPARCIAL, 30/11/2022

 

Wednesday, November 30, 2022

Polentones


MAURIZIO BAGATIN

 

…oigo algo de mi cultura.

Debíamos haberla inventada nosotros, los friulanos, la chicha. Lo compartimos en voz baja yo y Marina mientras de unas tutumas don Félix nos invitaba un rico néctar de Aramasí.

No sé cuál es la más rica, gustos son gustos y gusta lo que nos ofrece placer. La primera polenta blanca recién “brustolada” en los fierros ardientes de la estufa a leña, entraba en el tazón de leche manchado con algunas gotas de café, esta estaba preparada con el maíz Madreperla, de nuestras zonas. O la otra, recordando a Rosaura y Arlequín, en una comedia de Carlo Goldoni, cuando la poesía se adueña del hambre y la vuelve menos extrema, así describiendo la preparación de la polenta, transfigura literariamente la pobreza: “Llenaremos de agua una hermosa caldera y la colocaremos sobre las llamas. Cuando el agua comience a murmurar, tomaré un poco de ese ingrediente, en polvo tan hermoso como el oro, llamado harina amarilla; y poco a poco lo derretiré en el caldero”. Y sigue la comedia: “Luego le echaremos de mano en mano una abundante porción de mantequilla fresca, amarilla y delicada, y así abundante queso, igualmente amarillo y bien rallado”. Los venecianos comían bien, aunque tal vez solo en sus recetas o en sus comedias, polenta tres veces al día, cuando había y alguna vez con unas cuantas cebollas y un poco de queso, que la mayoría de las veces estaba en mal estado.

Un territorio está hecho de su alimentación, y de sus errores. No vamos a querer que todo sea romántico, la media luna fértil es hoy uno de los territorios más áridos del planeta. ¿Cuántas civilizaciones escogieron un mal camino eclipsando? Quien no es dinámico desaparece. Hablan de resiliencia hoy, y es un término ya muy desgastado. Somos hombres de maíz también nosotros que hemos vivido plenamente la ignorancia de no saber, y muchas veces no poder, acompañar un buen plato de polenta con unas legumbres u otros ingredientes que nos hubieran evitado la pelagra.

Éramos hijos de maíz y éramos polentones. El que un día fue teocintle llegó a Venecia con otras delicias desde el Nuevo Mundo, invadiendo Lombardía, Véneto y Friuli. Un palacio veneciano, el Palacio Giovannelli me hace recuerdo a los bergamascos, los de la polenta dura y firme como la mezcla para elevar edificios indestructibles; en Gandino han creado un presidio sobre la variedad Spinato di Gandino, un maíz que ya en el 1600 alimentaba toda la Val Seriana. Polentones un poco lo éramos también antes, polenta de mijo y de otros granos, acompañada de todo lo que el convento ofrecía. Hoy en los fogolares friulanos en el mundo aun encontramos el viaje de retorno del maíz, con la polenta, en Venezuela, en la profunda Argentina, en el sur del Brasil. Ahí parece retornar a las Confesiones de un italiano de Ippolito Nievo: “En la cocina siempre había un cesto lleno de polenta colgando de un gancho, y cuando el raspado no me satisfacía, me bastaba con levantar un brazo hacia la polenta. Martino me entendió: me hizo tostar una tajada; ¡y adiós dolencias!”.

¿Quizás porque la memoria va modificando el pasado? En una hermosa película del Maestro Ermanno Olmi, El tiempo se ha detenido, Roberto y Natale comen polenta y, poco a poco, parece ser propio este humilde plato en crear la convivialidad entre los dos. Magia del maíz.

“De la cocina salia un fuerte perfume a hongos, resaltaban el ajo, el sempiterno perejil y el aceite de oliva. Sentados alrededor de una mesa redonda Mario Soldati y Luigi Veronelli estaban degustando de un buen vino. La tertulia se desplazaba entre Pellegrino Artusi y la literatura. Manzoni y Dante, los comensales en El Gatopardo y de repente a Veronelli retornó a la mente un párrafo antiheroico de I piccoli maestri de Luigi Meneghello: “Soñábamos con el final de la guerra, con ver a las niñas con hermosos vestidos, con abrir un libro muy deseado, con bañarnos, con jugar a la pelota; pero estos palidecían ante el pensamiento de que pudiéramos inducir a nuestras familias a comprarnos medio quintal, hasta un quintal de harina de maíz, y kilos de margarina, o hasta mantequilla; y freír polenta de la mañana a la noche y comerla libremente y sobre todo despacio, y luego dormirnos, y despertar por la mañana empezar a freír y comer de nuevo”.”

Somos también nosotros hijos de maíz, nosotros polentones, desde cuando el “pata hedionda” de Cristóbal Colón al acercarse a la isla de Ferrandina, ahora Long Island en las Bahamas, descubre la primera "cosa nueva" y es el mahiz, que en un principio confundió con el panizo, el pánico, y nos convierte en futuros cómplices de la mayor convulsión alimentaria que tuvo lugar en Europa, gracias también a las otras dos novedades que llegarán al viejo continente, el tomate y la patata. La globalización alimentaria está comenzando y de ahí nunca más se detendrá.

Y fue propio en nuestra zona de origen, el Friuli, que después de mucha pelagra, se realizó una hibridación de la polenta con un otro producto que había viajado con casi todos los migrantes de la tierra: el frijol, y así se iba preparando la polenta, con el agua de cocción de los frijoles, añadiéndolos al final. Recurso antiguo que se usaba para no desperdiciar nada y dar un extra de sabor cuando la polenta era el único plato.

Quizás, no todos estos recuerdos habrán fluido en la mente de Roberto y Natale, el tiempo se detuvo, pero seguro que al saborear esa polenta (cocinada en media hora) también habrá entrado en el cuerpo gran parte de esta historia que compartimos durante más de quinientos años.

Noviembre 2022

Imagen: Meneando la polenta en Bergamo, 2013

 

 

Tuesday, November 29, 2022

Curzio Malaparte: Baile en el Kremlin y otras historias


PAULO GARCÍA CONDE

 

Cuando un autor decide bautizarse a sí mismo como Malaparte, por llevar la contraria a Napoleón, podemos esperar sin demasiada cautela que sus escritos y trabajos guarden una estrecha relación con la polémica. Con Curzio solo se trataba de aguardar y contemplar por qué derroteros le apetecería inmiscuirse para comenzar a agitar la pluma y hacer tambalear lo que con sus palabras describía y con su mirada analizaba. Malaparte fue una de esas figuras que en realidad destacan en cualquier época en que vivan (incluida la actual, que cuenta con relevantes personajes que a mayor o menor gloria se hacen todavía hueco en periódicos y papeles en blanco): de militar en las filas fascistas y de mostrar casi adoración por Mussolini, pasó a arrimarse al Partido Comunista. Por supuesto, el trayecto recorrido de un extremo a otro no solo dejó las experiencias y perspectivas singulares propias de una personalidad de esa naturaleza, sino que brindó una obra que, tanto en lo periodístico como en lo literario, dio mucho de qué hablar. Y, lo que es más importante, aportó una visión propia y a la vez concienzuda sobre la guerra, sobre las clases sociales y sobre la esencia misma del ser humano.

Tusquets recupera ahora varios de los textos inéditos en español del autor italiano. Por lo que se nos cuenta, parece ser que la obra inédita del escritor es copiosa, si bien en muchos casos se trata de trabajos inconclusos. Baile en el Kremlin y otras historias recoge varios de esos textos y relatos que no llegaron a su punto y final, pero que aun así tienen mucho que ofrecer. El primero de ellos, y que se lleva el mejor bocado del título, es un retrato extravagante sobre las extravagancias de la alta sociedad marxista que por el año 1929 bullía por Moscú. Las fastuosas veladas donde los nuevos ricos y los advenedizos se cogían del brazo, o los amplios salones de embajada que aguardaban con ansia la entrada de la bailarina del momento, la Semiónova, son el escenario que brinda a Malaparte la ocasión perfecta para hacer un perfecto recorrido por las arterias de la nobleza de una Unión Soviética cuyo derrumbe no tardó en llegar.

 

Se ve en estas líneas a distintos personajes históricos que el periodista y escritor nacido en Prato (lugar al que reserva su hueco en otros relatos del presente libro), maneja a su antojo para brindar a los lectores una visión panorámica, para poner en marcha acciones que podrán traducirse en comentarios sobre la Historia, la que de verdad ocurrió y la que, al fin y al cabo, cuenta. La figura del poeta Maiakovski, a cuyo suicidio asistimos bajo la propia piel de Malaparte; la del político Lunacharski, reconocido por su juicio a Dios por sus crímenes contra la humanidad; la descripción de diferentes madames, esposas de hombres destacados y respetados, enfatizando sus maneras y actitudes en aquellos círculos donde todo era puesto en entredicho con un tono de secretismo y bisbiseo perfectamente ensayados. Todo ello se suma a la causa de esbozar un gran cuadro, un “espejo esperpéntico” como el propio autor refiere, de una haute societé de la que él pudo rodearse, en la que él pudo tomar parte.

Los otros relatos que siguen a este abandonan esa atmósfera soviética para centrarse en sus raíces personales, en la Italia que vivió y que quiso recordar. Se muestra en ellos al Malaparte más novelesco, dando forma a historias con intención de aportar algunas reflexiones de manera subrepticia. Quizá la selección de relatos sea un tanto irregular en su calidad, algo de lo que incluso avisan los propios editores. Son éstos textos que no llegaron a publicarse, pero que tampoco pasaron por la corrección de su autor, siendo este un apartado que tenía en alta consideración dentro de su técnica y proceso creativo. No obstante, el material aportado luce en diferentes aspectos. Algunas de las historias recrean su lugar de nacimiento, la pequeña localidad de Prato, evocándolo con tintes fantásticos y misteriosos. Malaparte apuesta en varios de ellos por personajes jóvenes, que sirvan para esbozar lo que para él era una generación desligada de las anteriores. Un campo de cultivo adecuado para tocar temas como el incesto, el narcisismo, o los dilemas morales que plantea la figura de Cristo.

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De EL IMPARCIAL, 11/11/2016

 

Monday, November 28, 2022

nos hemos olvidado el incienso

 


PABLO CEREZAL


Quiero este lugar, me encanta este hueco. 

Pediré al rey que esta maravilla se llame el Bósforo de Almásy.

Ralph Fiennes a Kristin Scott Thomas, en El paciente inglés

 

Se aman los hindúes de canto contra las místicas piedras de los templos de Khajuraho. Se aman en creativo alarde de musculatura sinfónica y grave. Se aman de bies y del revés, con los labios buscando manantial de barro, o incendios, en la planta de los pies. Se aman, al fin, desmedidos de gimnástica bizarra que da bien inmortalizada en grabados, fantasías y tallas. Nosotros, sin embargo, tan poco imaginativos nos amamos, tan absortos en nosotros mismos, diciéndonoslo de frente con la boca cosida para fecundarnos bien dentro ese milagro de cíclope ambidiestro capturado como Alicia cuando cruza los espejos. Nosotros, reservando en barrica de plasma la imaginación, tallándonos poemas en los hombros y en todas las esquinas del cuello, labrando versos en nuestras pupilas cuando acunan océanos y la piel es un y verso constelado de ciervos heridos de flechas que, aunque les cerquen, nunca les aciertan. Siempre tan cercanos cuando entre otros, tan uno cuando nosotros, enredados en la espuma de este amarmarrarse dentilabial y salvaje. 

Dejamos los malabarismos hindúes para las paredes que nos miran. Las gimnasias soviéticas para estas pupilas en que abrevan los músculos henchidos de cafeína. Mis dedos en carne viva tañendo tu platisma y todas las otras guaridas que tu piel escabulló a otras pieles para descubrirlas, regias de voraz relieve, suturadas a la mía. 

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De VISLUMBRES DE EL DORADO, 14/11/2022

Fotografía: Pablo Cerezal

Wednesday, November 23, 2022

Carta a Pablo Milanés


GEOVANNYS MANSO

 

"Dale..., que Pablo te quiere conocer..." Así me dijeron. Yo había escrito unas palabras para el concierto que daría en Santa Clara, el 14 de enero de 2011 y él, Pablo Milanés, quería conocerme, para agradecerme aquel fajo de palabras que escribí con el corazón. Y allí fui, a la Plaza Ernesto Guevara, para verlo, para saludarlo, para conocerlo. No recuerdo qué me dijo, solo su abrazo, su voz tenue, a punto de subir al escenario. "Quédate", me dijo. "Para que escuches el concierto" Y eso hice. Me quedé allí aquella noche, como tantas noches y tantos amaneceres: escuchándolo, temblando, por el intransferible caudal de memoria que sus canciones nos han donado... ¿Qué me dijiste, Pablo, aquella noche? ¿Qué me dijiste...?

 

Una carta para Pablo Milanés

Querido Pablo:

Escribo estas palabras, tal vez elementales, para festejar nuestro encuentro, postergado durante tanto tiempo.

Porque tus canciones han ido modelando, con inefable sabiduría, la profunda esencia de un país.

Escribo estas palabras, porque ellas no bastarán para magnificar tu obra, tan colmada de sentidos y de cauces, de estrellas y de asombros, de lealtad y de caminos que se abren como un abrazo impostergable.

Por ti, recorrimos las calles ensangrentadas de Santiago de Chile, aquel Santiago negado a un pueblo a golpe de fusil y de metralla.

Hoy somos tu canción de pincel y de cantera, de amor y de ternura, tu canción que se yergue entre nosotros, tan ávida de Patria, tan ávida de luz, tan ávida de amigos.

Somos, Pablo, tu voz con Cuba, tu voz por Cuba, la vastedad de una obra que nos ilumina este diario vivir, y que nos has entregado, como quien entrega el alma de las cosas verdaderas.

Sé que siempre estarás a nuestro lado.

Que tus canciones forjaron un ayer y forjarán un mañana.

Que habremos de crear nuevos caminos para el hombre.

En esos caminos, sirviéndonos de abrigo, de alimento, de esperanza; convertidas en martillo; transformadas en papel, en voluntad, en eco; definidas por su sencillez, por su honradez, por su valentía; de frente, sin miedo, sin premuras, sin retraso: hallaremos tus canciones, Pablo, todas tus canciones, todos tus versos, convertidos para siempre, en la fe de un pueblo...

Geovannys Manso Sendán

Santa Clara/ 14 de enero de 2011 

Sunday, November 13, 2022

México City Blues


MAURIZIO BAGATIN

 

Al Mago por su cumpleaños


“Es una verdadera noche de Brooklyn/la noche azteca/la híbrida noche tolteca/la noche de Saragossa/la noche tarasca/Jaqui Keracky/Cultiva opio/En el buen Culiacán” -Jack Kerouac, Mexico City Blues-

 

David, pintor psicodélico, Daniel, pusher y la desafiante Helena. Es un largo viaje desde el desierto de Wadley hasta México City, en compañía de José Cruz guiando el blues subterráneo de la banda Real de Catorce. Azul en la parada del tren camino a San Luis Potosí, Mujer sucia rumbo a Santiago de Querétaro: “Los mineros, con alas de amor, parten viajeros a los tiros de mina. A los cielos infernales”. La siguiente parada será el desierto. Toda una noche de tequila y mezcal, lubricando entrañas, regando sueños y conciencias. El blues es la negritud y es la luz necesaria para el socavón, es el Tam Tam hecho poesía urbana. Una fogata afuera del tiempo, los ojos que vibran a la llamas, los cuerpos centinelas de la eternidad.

El indio Huichol me invita un gajo de la carne de los dioses, “siete gajos servirán para toda la noche, para toda tu vida”, me indica mirándome fijo en los ojos. El frio es martillador. El aullido de un coyote y el tren hacia el sueño del norte irrumpen; el viento es un canto ligero, hay sombras en la calvicie de la tierra, la luna es un firme cilindro encendido en el libro del cielo. “¡No te distraigas!, mira de frente a los eventos, tendrás lo que es firme en tus sueños…”. El indio Huichol desaparece como llegó, en el horizonte fantasmal. El viento cesa, ya parece haber desaparecido también el frio. El fuego se va apagando, vemos todas las transformaciones de la noche, el entrar de la modorra, ahora, que precede el amanecer.

Viajo con Mixtli, el Mexicatl, donde los Wirikotas, más al norte el desierto es aún más desierto. Fumamos cigarrillos Delicados, sin filtros y dulces, será por el tabaco o será por su papel de arroz, en México fueron siempre los mejores. Encuentro Helena y yo soy Paris, Troya es lejana de las chinampas de Xochimilco, ahí Nezahualcóyotl "el Rey Poeta" va recitando: “No acabarán mis flores,/No cesarán mis cantos./Yo cantor los elevo,/Se reparten, se esparcen./Aun cuando las flores/Se marchitan y amarillecen,/Serán llevadas allá,/Al interior de la casa/Del ave de plumas de oro”. Blues. Una guitara desde los ríos profundos, el Mississippi y el Rio Grande, más al sur cañones y tortillas, piedras y alimentos, arriba José Doroteo Arango Arámbula mirando desde Columbus. En la Sierra nos espera Emiliano Zapata y tortillas más oscuras, la nixtamalización y las líneas de formación de la tierra, piedra jade y la Selva con sus fenómenos kársticos. La noche será la fuga por el Rio Usumacinta, mezcalina que el Muerto distribuye como si fuera Jim Morrison. Alebrijes y The End.

Daniel aparece con una bolsa de papel, adentro oculta un teléfono adaptable a todas las cabinas telefónicas de México City (lo conecta a la primera cabina que encuentra y me dice: “¡Ahora ya puedes llamar adonde quieras!”), en la otra mano un kilo de mota recién llegada de San Sebastián de la Sierra: “¿Fumamos?”; tengo en mis manos el cuadro psicodélico de David, es el viaje alucinado de Ixca Cienfuegos y, al mismo tiempo, la mirada hipnotizadora de Teódula Moctezuma, los guardianes; Helena me va desafiando: “¡Sales de aquí si a los chilangos les ganarás en comer picante!”, naturalmente gano yo y me voy, tomo un taxi en Reforma, con los últimos diez pesos me compro una Negra Modelo. Ahora estoy comiendo un plato de pasta en la Big Tower de Toronto, nos emborrachamos con el Mago y su tío. Mañana viajaremos rumbo a Roma. Hasta el avión nos acompañan unas azafatas canadienses pero de origen italiano.

En mi oído suena Comala, Jorge Reyes está presente.

12 noviembre 2022

 

Imagen: El cuadro de David, enero 1995

 

Thursday, November 3, 2022

Dioses, tumbas y sabios, de C. W. Ceram


JOSÉ CUESTA

 

Aunque ahora está de moda la «fusión» de géneros, como ocurre con las novelas poéticas o las novelas ensayo, la idea no es nueva. Este libro de 1949 ya explica en su título (Götter, Gräber und Gelehrte. Roman der Archäologie) que se trata de uno de tales géneros híbridos: «novela de arqueología». En su prólogo el autor defiende que la ciencia tiene potencial de sobra para escribir libros en los que se mezclen la intriga y la emoción de la novela de aventuras o el relato detectivesco con el rigor del ensayo científico. Se trata de limar todas las arideces, tecnicismos y erudiciones y destacar el aspecto humano, la búsqueda y el hallazgo, los éxitos y los fracasos. Y no se postula como creador de este nuevo género, sino que apela a una incipiente tradición citando un famoso precursor: Cazadores de microbios, de Paul de Kruif, y otro libro publicado casi simultáneamente con éste, también sobre arqueología: Lost Worlds, de Anne Terry White.

Y en efecto, el libro es una estupenda novela de aventuras que narra hechos rigurosamente ciertos. La arqueología es terreno abonado para este tipo de experimento literario. El tirón de Indiana Jones se debe en parte a eso. Pero es que, además, el libro cubre los mayores hallazgos arqueológicos de la historia, así que el éxito está asegurado. Ceram es el pseudónimo con que firma su autor, Kurt Wilhem Marek (Marek al revés es casi Ceram), que, contra lo que se podría pensar, no fue un arqueólogo, sino un periodista y crítico literario alemán a quien los americanos hicieron prisionero en Italia en 1944 y que decidió aprovechar su cautiverio para leer todo lo que cayó en sus manos sobre arqueología. Con tal bagage se lanzó a escribir Dioses, tumbas y sabios.

El libro está dividido en cinco partes: El libro de las estatuas, donde, entre otras cosas, se narran el descubrimiento de Pompeya y Herculano, y la increíble hazaña de Schliemann, que sacó a la luz Troya, descubrió la civilización micénica y casi también la minoica; El libro de las pirámides, que cubre desde la invasión napoleónica de Egipto hasta el hallazgo de Howard Carter de la tumba de Tutankamón; El libro de las torres, que narra los descubrimientos de los imperios asirio, babilónico y sumerio y cuenta la historia del desciframiento de la escritura cuneiforme; El libro de las escaleras, sobre las civilizaciones precolombinas, y Sobre los libros de historia de la arqueología que aún no pueden escribirse, que apunta hallazgos recientes (para su época) en el Indo y en otros lugares. El autor aconseja en el prólogo empezar a leer por el segundo libro, imagino que porque en aquella época aún estaba reciente el descubrimiento de la tumba de Tutankamón, el hallazgo arqueológico que probablemente haya tenido el mayor seguimiento mediático de la historia, en parte por la fascinación que ejerce la civilización egipcia sobre nuestro imaginario colectivo y en parte por el fabuloso tesoro que, contra todo pronóstico, se encontró sin expoliar, y empezando a leer por ahí el lector tenía más posibilidades de quedar enganchado. En mi opinión, y habiendo hecho caso al consejo del autor, creo que hoy día resulta innecesario. A mí no me parece menos fascinante la historia de Schliemann que la de Carter, y si acaso me lo parece más, así que yo aconsejo empezar el libro por el principio, porque la diversión está asegurada desde la página uno.

Inevitablemente el libro está obsoleto. Desde 1949 hasta ahora mucho ha llovido, mucho nuevo se ha encontrado y mucho de lo que se consideraba cierto se ha rectificado. Por ejemplo, sabemos hoy mucho más sobre los mayas y aztecas, y sobre los pueblos que los precedieron (los constructores de Teotihuacán); incluso hay teorías con bastante sustento empírico de por qué el imperio maya desapareció. También ha cambiado la visión sobre lo que ocurrió en Pompeya y Herculano: hace poco vi en un documental que la hipótesis que mejor explica la imagen «congelada» que nos dejaron estas ciudades es que el Vesubio mandó una nube piroclástica sobre ellas, tan rápido que los habitantes no tuvieron posibilidad de huir. Y sobre la Atlántida, que Ceram menciona un par de veces en el libro, porque en aquella época se especulaba si tendría alguna relación con la civilización maya, ahora tenemos una convincente explicación que la identifica con la civilización minoica, destruida de la noche a la mañana por el tsunami que provocó la enorme explosión de un volcán que había en la isla de Tera. En fin, que el libro, de seguir el autor vivo, habría admitido una segunda edición corregida y ampliada, o una segunda parte tan fascinante como la primera. Pero como podéis imaginar, la obsolescencia es mínima en lo que se refiere a las civilizaciones del Nilo, del Tigris y el Eúfrates y del Egeo, así que el libro se puede seguir leyendo para aprender sobre todas ellas. Y ahora que recuerdo, sí que hay una especie de segunda parte, del mismo autor, donde se llena uno de los vacíos que deja este libro: el imperio hitita, ese gran desconocido (el libro se ha traducido con el título de El misterio de los hititas, y ya le tengo echado el ojo).

Vi Dioses, tumbas y sabios por primera vez en casa de Susanna (coautora de este blog). Ella y Anxo (otro coautor) sostenían que lo habían leído en su juventud y les había encantado, y yo expresaba mis dudas de que el libro aguantara una segunda lectura de adulto. Me equivoqué y así lo hago constar públicamente. El libro es muy bueno, incluso leído a mi edad, incluso conociendo el 70 por ciento de los hechos que se narran. Definitivamente recomendable.

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De LA CUESTA DE MOYANO, blog del autor, 29/05/2014

Monday, October 31, 2022

La piel arde


ELIANA SUÁREZ

 

Arena bajo los pies como minúsculas brasas incandescentes. Oro que despelleja el alma cuando no hay refugio donde guarecerse. Hombre o mujer, niño o anciano clamando al cielo por una nube o por agua. Agua como privilegio de clase. Transparente ante la riqueza, enlodada para la miseria.

Sol que ardes en cada célula y exasperas hasta lo insoportable. Grieta en tierra seca, escama de dragón devorador de humanidad. Se yergue el fuego como titán sobre la sierra. La flor y el árbol doblan servilmente su espalda y proclaman vencedor a quien como Atila será amo y señor del territorio.

Pero aquí, el recuerdo de aquellos días fríos trae el aroma de tu ropa, tu casa, tu comida. El silencio en el punto exacto en que la ciudad hace un vacío y en medio del tumulto no se oye nada. Un perseguir la dicha a cada paso, tratar de seducirla y lograr que anide en las esquinas donde alguna vez soñamos con una vida juntos.

Ahora, arden bajo la tierra la esperanza y el amor. Aguardan a resurgir colándose en ríos subterráneos, en agua que fluya y recorra toda la superficie de la tierra hasta bañar nuevamente mi cuerpo. Esa agua me poseerá y, entonces, un jardín crecerá en mis espaldas y las raíces fortalecerán nervios, músculos y órganos y viviré y sobreviviré a este tiempo árido en que las hojas caen antes y el cielo azul es presagio de descanso.

El sol se recuesta en la quebrada cansado de tanto arder. Una bandada de pájaros se nutre de la sombra y se despide en jolgorio incesante. Un espectro merodea entre los rosales. Es noche sin luna y las estrellas reinan. Lejos de aquí, la arena se vuelve velo de Ino. Lejos de aquí, una voz clama piedad entre las ruinas.

Entonces el aire de la noche sofoca. Es el dolor de otros cubriendo la faz de la tierra. En el horizonte, una boca negra engulle las formas y luces blancas simulan un amparo que no existe.

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Imagen: Mark Rothko

 

Thursday, October 27, 2022

Derecho a la tristeza


JAVIER VAYÁ ALBERT

 

Sentenciaba el nunca suficientemente añorado Jesús Quintero aquello de que la depresión es un estallido de lucidez. Una definición que rebosa precisamente una lucidez poética propia del genio andaluz que sabía perfecta y desgraciadamente de lo que hablaba. Un estallido de lucidez ante la conciencia abismal del hambre, la miseria, la desigualdad, la guerra y ese largo etcétera que lacera el mundo. Por suerte cada vez la sociedad es más sensible ante temas antes tabú o subestimados como la depresión o la salud mental. Sin embargo, esta creciente y necesaria alerta social tiene su reverso oscuro y, cómo no, dirigido por los de arriba. Se trata de la dictadura de la felicidad. Imagino a un algoritmo demiurgo haciendo saltar alarmas en los despachos ante cualquier posibilidad de negocio y control de las masas.

De este modo una legión sonriente de antiguos comerciales fracasados de compañías eléctricas o de inmobiliarias quebradas ahora reconvertidos en coachs e influencers inundan youtube y las redes sociales. Libros de autoayuda y pseudociencias que prometen ofrecer el secreto de la felicidad copan los estantes de las librerías donde antes podías encontrar no sin esfuerzo algún título de poesía. Cursos de bienestar emocional y mindfulness se publicitan en todas partes todo el tiempo. El mensaje es bien claro: debes ser feliz, y si no lo eres la culpa es solo tuya. De hecho, no intentar alcanzar esa dicha te convierte en paria antisocial, en una anomalía molesta para el sistema. Según esta dictadura solo tú eres responsable de lo que te ocurre, no importa tu estrato social o circunstancia. No importa si eres una mujer iraní, te han diagnosticado un cáncer terminal o vives en la calle; ser feliz está en tu mano. Lo que sucede es que no te esfuerzas lo suficiente, pero ellos van a enseñarte cómo hacerlo por un módico precio, por supuesto.

Nos han convertido en personajes de Un mundo feliz, la celebérrima novela de Aldous Huxley, con las redes como soma. Somos un ejército de Jokers enfermos del virus de los filtros de Instagram, del postureo, de mostrarnos más felices—supuestamente mejores por ello—que el resto. Nos bombardean con frases cursis y motivadoras en las instalaciones de las empresas, en los gimnasios y hasta en el dentista o la oficina de hacienda. Nos escuchamos a nosotros mismos espetando manidas soflamas aprendidas con condescendencia. Compartimos fotos bonitas y memes repulsivamente alegres mientras por dentro nuestro corazón está tan roto como el de un adolescente. Nos sacamos selfies absurdos mientras la desesperación repta por las paredes de nuestra casa.

Nos han creado una suerte de culpa judeocristiana 3.0 por cada momento de aflicción, de dolor, de enfado. Nos han inoculado que no tenemos derecho a la tristeza, que exhibirla es un obsceno acto de egoísmo y debilidad. De esta manera es más fácil eliminar y criminalizar la queja, el pataleo, la reivindicación por justa que sea. Además presuntamente hay que ser muy amargado y malvado para declararse en contra de algo tan deseable como la felicidad. Sin embargo los psicólogos (los honestos que no quieren forrarse a costa de la necesidad y desesperación de la gente) nos advierten de lo errado de esta idea. Nuestro cerebro no está hecho para ser felices siempre, si no para afrontar amenazas, buscar alianzas o refugio. La rabia, la pena o el miedo son emociones necesarias.

Por nuestra salud mental reivindiquemos pues nuestro derecho a la tristeza.

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De EL IMPARCIAL, 26/10/2022

Wednesday, October 12, 2022

Miguel Sánchez-Ostiz habla de Muerta ciudad viva


MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

 

«Recogete, joven; andate a tu casa»

 

Se lo dicen al narrador de Muerta ciudad viva las barrenderas de Cochabamba, esas que parecen bailarinas chinas con sus escobillones rítmicos en la noche y barren esta, como si a la vez la acariciaran, y hacen desaparecer lo que a ella se queda pegado, pero es invisible para la mayoría. Esta sería la historia de Muerte ciudad viva, la del joven que busca encanallarse –eso dijo el propio Céline de su Bardamu– y que debería recogerse en su casa antes de que las cosas se despeñaran en el peor de los pozos negros, pero que no lo hace porque su casa no pasa por ahí, porque la de verdad, verdad, no la tiene, es la calle, la mugre y la exasperación.

 A Claudio Ferrufino-Coqueugniot le conocí antes de haber leído nada suyo en una Feria Internacional del Libro, en Santa Cruz de la Sierra, en la que participamos invitados por la Cámara del Libro. Me bastó escuchar una intervención suya, acerca del lenguaje o la lengua de los expatriados, para darme cuenta de que ahí había un escritor que tenía mucho que decir. Estuvimos alojados en el mismo hotel, él sentado en una mesa y yo en otra, sin hablarnos, escribiendo cada cual lo suyo, y echándonos miradas de reojo de cuando en cuando. Leí luego El exilio voluntario, prestado por un amigo común, Ramón Rocha Monroy, y  nos encontramos más tarde, en Cochabamba. Una Cochabamba nocturna, de cuecas, chelas y tragos finos y duros, de amigos entrañables y con un paramilitar-torturador de la época de Barrientos que tocaba de manera magistral el charango (para que el cuadro quede apropiado), y de antros, cuya puerta había que tumbar a patadas, en compañía de algunos de los personajes de esta novela. Luego vino el Señor don Rómulo y todo lo demás. Lo tengo por el mejor escritor boliviano de hoy, pero como media la amistad y el afecto, y hasta manías comunes, esto que digo y nada es lo mismo.

Hace unos años, en La Paz, un antiguo político del MNR, secretario de Paz Estenssoro, me dijo en un aparte que advirtiera a «tu amigo Ferrufino» que evitara regresar a Bolivia porque se había enterado de que le estaban armando un proceso por sedición de consecuencias imprevisibles (habituales), gracias a sus artículos semanales en varios periódicos en los que ha venido zahiriendo, denunciando y atacando de manera virulenta el régimen de Evo Morales y todos los regímenes bolivianos anteriores y por venir: uno de ellos le costó la colaboración en el prestigioso periódico Página Siete.

Una escritura sin concesiones la suya, ambiciosa y arriesgada, ya sea en la novela, en los artículos políticos o en los literarios que denotan, estos, una curiosidad y una generosidad intelectuales ejemplares.

El de Muerta ciudad viva es un relato de una dureza extraordinaria, pero describe bien el escenario, Cochabamba, esa ciudad populosa, de muchas buganvillas y una placidez indiscutible de vida urbana, y a la vez de mugre y aire viciado que a ratos hiede, de comederos, chicherías mugrientas, desmontes, basurales y puteros, con un río que es una cloaca, con un cementerio donde se celebran ceremonias pavorosas y locales inverosímiles de trago duro, mercados febriles, que le azuzan al autor el amor del disgusto, el de la ira y la añoranza irremediable.

Cuando las puertas del mercado cierran, se abren las del mundo de la noche, ese en el que el personaje puesto en escena por Ferrufino busca la abyección, y desde ese otro lado escribe Claudio. Picaresca y desgarro, en el mercado Calatayud, en La Pampa, en el Triangular de la coca, a donde fui una noche iluminada por siseantes lámparas de carburo –«No te hicieron nada por la sorpresa de verte allí», dijo el cronista oficial de la ciudad-, trago venenoso y delincuencia y violencia viva y sorda, y compañeros de fatigas cuyos nombres me resultan familiares, Julio y Chino, tan llorado por el autor.

¿Excesivo? Y qué no lo es si de la crónica de una autodestrucción se trata. Trago y sexo, mucho de ambos, hasta la intoxicación y la repugnancia, no lo dudo, pero antes, como la vergüenza, hay que sentirla en propia carne, hay que vivirla.

No es esta una novela para estómagos delicados ni para cazadores de micro machismos ni para puritanos de nueva hornada que cunden de manera asombrosa.

En Bolivia, antes de hablar de la literatura de Claudio, bien sea a favor o en contra, se miran unos a otros con sospecha –«Desconfiamos uno del otro, los bolivianos, vemos en nosotros lo peor, el enemigo. Eso nos hace un pueblo traidor», escribe Claudio–. Excesivo el Claudio, inmisericorde siempre con sus compatriotas, sean de arriba o de abajo, de la derecha o de la izquierda, aprovechados, taimados, borrachones, patriotas de pega… Habla del Ejército y dice: «El glorioso ejército de Bolivia ejercitaba a sus combatientes en la humillación». De sus invectivas, enmascaradas en dicterios de beodo en campaña, no se libra nadie, ni guerrilleros ni represores, ni izquierdistas del mejor postor ni pánfilos burgueses atrincherados en sus prejuicios y convenciones sociales, mezcla de racismo y servilismo inextricable, y sobre todo lo más importante: de la picota alcohólica no se libra el propio narrador, su voz, su escritura, una confesión y un espejo, todo lo trucado que se quiera.

 «Casi una novela de misterio esta Bolivia», leo en la novela de Claudio y no me espanto, porque más que de misterio, de espanto puede ser la novela no escrita sobre una Bolivia tremebunda, feliz, bailona, borrachona, guapetona, corajuda y cobardona, del tinku sangriento que no cesa, del dinamitazo como argumento, de las bandas callejeras borrachas hasta las patas, como la que quiso exorcizar me temo que en balde Alcides Arguedas, hace cien años y de ello habló con don Miguel, de Unamuno claro, que le advirtió al boliviano sobre la chupa de su propia tierra, a propósito de Raza de bronce. Viene de lejos, todo lo que Claudio cuenta viene de lejos, de muy lejos, es como lo cuenta y peor. De ahí su desarraigo y su necesidad de poner tierra de por medio. A quien le parezca exageración le recomiendo se dé una vuelta de lunes, o martes mejor, por la morgue o por el rincón de las almas perdidas, o por el mercado Triangular cuando cae la noche, no ya de Cochabamba, sino de su propia ciudad, que de eso se trata, del viaje al otro lado que en todas partes está. Aquí no hay localismo que valga, sino condición humana, desagarro sin fronteras

Y no, no nos confundamos, Muerta ciudad viva, no es un «Bajo el Tunari». Ese sería un torpe remedo de Malcolm Lowry. Aquí no hay bajos que valgan, un Selby estaría más cerca en su desgarro preciso pura cirugía de las tinieblas de la conciencia. La de Claudio no es una impostura o una invención literaria en la ya rancia tradición del malditismo urbano que tiene en Bolivia notables ejemplares. Me consta que el autor sabe que de ese viaje no se regresa, y sí se regresa es para contarlo y felicitarse de estar vivo y en todo caso se paga caro, siempre: « Yo me salvé escribiendo / después de la muerte de Jaime Gil de Biedma. / De los dos, eras tú quien mejor escribía.»

                                                                                                                Arraioz, enero de 2018 

Tuesday, October 11, 2022

Un acto de fe (Texto apócrifo de presentación de "El oro de las estrellas extinguidas" de Claudio Ferrufino)


DANIEL AVERANGA MONTIEL[1]

 

Todo acto de amor es un acto de fe, un salto al vacío con los ojos vendados, el alma en un puño y el corazón en la garganta, listos ambos para ofrendarse a quien quiera tomarlos: se los puedes ceder al padre enfermo, a la madre ausente, al hijo que tiene la mirada profunda y la boca llena de frases que te salvan cada tarde, o a la muchacha de ojos grises o avellanados que te demostró lo que sí era el dolor y transformó tu vida en oro puro, maleable por la pasión e irrompible ante la indiferencia. Casi siempre esta clase de actos se dan con más fuerza si hay un halo de misterio involucrado, como jugarse el todo por el todo, vender el cuero que cubre la piedra que te sirve de almohada, regalar tu tranquilidad y descanso, incluso después de morirte y nunca ser sepultado ni por la tierra ni por el recuerdo de los tuyos.

Así es el amor, ciego, un elemento que nos vuelve ajenos a la naturaleza, vulnerables a pesar de nuestra cognición; pero a veces, solo algunas veces, este amor sí vale la pena y termina curando lo que por definición llevamos corrupto desde que nos envían al colegio: nuestra conciencia como seres humanos.

Estamos ante un tiempo muerto que solo parece vivo y sano cuando algún autor de la rosca tradicional convoca a sus fans para llenar de perfume los salones del entorno, desde el cual los postulados de Cioran y Ligotti sí se justifican. Ejemplos sobran: que una madre se mata con su hijo en Colombia y una mayoría se burla del acto o la insulta desde sus burbujas de comodidad, que un actor mediocre de culebrones mexicanos le dice “pinche india” a una actriz amateur que fue nominada a los premios Oscar y nadie se indigna (mucho menos ciertas activistas), o que importó más la presión en las tetas de la beishu que la muerte de la última pacahuara, en 2013, son cosas de todos los días. Sé que estamos en el mismo barco y también sé que una mayoría no se da cuenta de ello, por eso nos estamos yendo despacito a la fosa séptica evolutiva y, en unos años, calcularía que todo el globo se convertirá en una Prípiat emocional; no es sorpresa esto, Isaac Asimov cambió de una postura humanista a una nihilista a mediados de los ochenta y dejó de hablar del destino cibernético de la humanidad cuando en entrevistas se le preguntaba sobre aquello; es más, sorpresa sería ver luz al final de túnel, pero este túnel parece más frente achatada de abogado torturador: nadie sabe lo que hay más allá, quizá dos mil abdominales pensadas y calculadas por matemáticos sin título, quizá canchas con césped sintético más que hospitales y lugares comunes por doquier, o sonrisas estúpidas en gigantografías pagadas con el dinero del pueblo. Lo cierto es que la única arma ante esta “vocación de abismo”, como dijo en 2009 Carlos Monsiváis, puede ser el amor.

Y se preguntarán: ¿qué tiene que ver el amor en la presentación de un libro tan grandioso como “El oro de las estrellas extinguidas” y las nuevas ediciones de “Virginianos” y “Ecléctica” de Claudio Ferrufino? Amor a la palabra y maestría. Eso se ve. Cada libro de Claudio es una demostración de amor incondicional, un salto al vacío sin paracaídas, un acto de fe.

Estamos ante un tiempo muerto, ya lo dije antes y lo seguiré diciendo hasta que alguien me diga: “Ya cállenlo al pobre”; y como estamos así, no cabe más que apelar a medidas desesperadas; ¿y quién mejor que Claudio para mostrarnos el camino de lo que está sucediendo en nuestra sociedad, o cómo piensa el mundo a través de su visión de la realidad? Sus libros son una medida desesperada de amor incondicional, un oasis en medio de tanto tedio protocolar, una orientación tal, que hasta el piropo que le lanza a Gabo sobre su última novela (“Memoria de mis putas tristes”) en una de sus notas, va más allá del mismo piropo. Su lenguaje es ácido, sabio, magistral, real, y no queda más que considerarlo un maestro, quizá uno de los pocos, que parió Bolivia los últimos años.

Lo conocí por las redes sociales hace más de diez años, y en cada ocasión que charlábamos por medio del chat, descubría los estratos de cognición y de poética que constituían su obra y su talento; el no pertenecer a roscas e incluso ir más allá de esas roscas, más que sorprenderme, completó mi visión de él como un artista completo: le debemos a él la certidumbre que se puede escribir sin tanto bombo, ni autobombo, porque lo que interesa en su obra es la arquitectura de un dolor que va más allá de que suene bonito lo que cuenta, sino que lo que cuenta nos interna en ese acto de amor de comprender al otro y comprenderse a uno mismo, todo al mismo tiempo.

Todo acto de amor es riesgoso y estúpido, decía Ligotti, porque nada es bueno ni malo si no pasa antes por el lente de esa maquinaria llamada emocionalismo; nos está matando el emocionalismo barato, aquel que se pasa por la bolsa escrotal la empatía y la virtud de ser humanos y solo prioriza la comodidad personal... Y justo Claudio explora estos elementos en sus artículos que, de breves y buenos, adquieren la virtud de convertirse en joyas que nos motivan a salir de nuestros espacios de comodidad y nos hacen pensar, nos hacen ser humanos de nuevo.

Percibo a Babel, a Chejov y a Ligotti en sus escritos, pero también lo percibo a él como un creador extraordinario, uno que está haciendo escuela donde va y donde siempre consigue lectores, y esto no solo pasa en los “Virginianos” de los noventa, o en la posterior y grandiosa “Ecléctica” o en los últimos escritos que se incluyen en “El oro de las estrellas extinguidas”, sino también en sus novelas, únicas, que nos hacen sentir pequeñitos pero constantes ante su talento. El amor a la palabra es casi adictivo en Claudio, y eso está bien, muy bien, y qué mejor editorial para hacer esto con él, que 3600, que ya nos ha dado tantas obras que sí dan gusto leer y tener.

Después y antes de Jaime Nisttahuz, considero, como dije ya arriba, a Claudio como mi maestro en la escritura, aunque sé que nunca escribiré como él.

Solo queda la palabra escrita como prueba de que seguiremos leyéndolo con gusto, y trataremos, en lo mejor posible, de poder llegarle a las suelas de los zapatos en cuanto a calidad.

Larga vida a la obra completa de Claudio, y que nos acompañe como maestro muchísimos años más.

[1] Escritor orureño-alteño, deudor moroso y a veces pedagogo. 

Madrid-Cochabamba… blues, beat, be bop y punk


MAURIZIO BAGATIN 


“Si la literatura tiene un sentido, en una realidad cada vez más caótica, es que al menos alguien ve y entiende que diablo está ocurriendo.” - Hanif Kureishi -

Sí, lo sé, es solo rock and roll, pero me gusta…


Un hilo conduce la trama, parece el puente de plata que pudo unir Bolivia a España, hoy a distancia de muchos siglos y bajo muchas ruinas, es el rock… escucho Joni Mitchell, Blue… ella, tan sensual, pintora y voz de la noche, pinceladas por un Pollock urbano: “Todo el mundo está diciendo que el infierno es el más moderno camino a seguir…”.

Y llega un grito, lo leo en la poesía de Ginsberg y lo veo en el cuadro de Munch, lo escucho en el grito de Demetrio Stratos, un chillido capaz de alcanzar 7,000 Hz con su voz.

Mudo es el mundo. De oro es el silencio. El hilo conductor es el kaluyo, que es rock, andino, pero rock al fin. Pantagruélicas comidas y atroces muertes… una de Lou Reed, tal vez la divina Perfect day, y otra de Marianne Faithfull, seguro Sister Morphine, y perfumes, aromas, mierda y rosas, olores para todos los sentidos. Ciudades que son matrioshkas, una encierra otra, y otra que encierra otra y otra, al infinito: un Lazarillo de Tormes y un fantasma, miles demonios de la puta vida que nos tocó, a pesar de, o por suerte, vivir; borrachos adornados con perejil y ajo, taxistas para nada Travis, putas, rufianes. Toda la prosa urbana que recuerda lo que fue una ciudad. Y sexo, el sexo apresurado y adolescente, maduro y traidor, el sexo siempre imposible. Amor encadenado al destino: una película de Almodóvar con músicas de Grateful Dead… un relato de Víctor Hugo Viscarra con toda la psicodelia de Hendrix, sí de Jimi Hendrix… Danger in the dark with charango… 

Vida y muerte. Vivos y muertos. Libertad y esclavitud. Neil Young entra al Winterland Ballroom con su versión de luna de miel de Helpless en el pathos Cult, The Last Waltz y canta, toca divinamente su Gibson y sonríe, el pavo frío está ahí en su espalda, en su cuerpo… el rock es la ciudad, sus infinitas transgresiones… una poesía de Baudelaire y una barricada parisina, la reforma de Haussmann y luego la modernité… vicios y voluptuosidades. London calling.

Amor y odio, opuestos históricos, Caín y Abel, alma y cuerpo del hombre. Anarquía. A veces, nobleza, otras muchas veces, miseria. Siempre polis, ciudades consumidas, escombros de historia, fracasos y logros, perversiones y bellezas… unas flores sembradas en el asfalto.

Madrid-Cochabamba, una ciudad es la Finis terrae, la Ultima Thule, todo lo vivible, todos los insoportables mapeos de todos los desastres humanos. Lo insufrible y lo indigerible. Una catarsis. 

Es aún la Muerta ciudad viva que no quiere y no puede deshacerse de sí misma, una metamorfosis y un relámpago de luz… un sueño y una pesadilla; es burocracia y corrupción, herencias coloniales y viveza criollas. Periferias pobres de miles riquezas, el k’epiri, el indio y el invasor… un libro cerrado y otro aún abierto: millones de palabras en busca de un destino, un esperanto en búsqueda de una Babel humana, de su luz y de sus sombras, en búsqueda de la noche. Dance me to the end of love

Es Goya y es Zurbarán…tierra y libertad. “Muchos creíamos que después de Alemania los aliados atacarían España para defenestrar cualquier rastro de extrema derecha. Pero los aliados se cagaron en España, cosa que habían hecho todo el tiempo, por demás. Y Franco tardó en morirse cuarenta años” (Santiago Roncagliolo).

Es el paso del tiempo, con todos sus sistemas de frenos, que a veces enreda los nudos de la existencia en lugar de disolverlos de la misma verdad: todo es una ocasión única y la réplica no siempre está prevista.

Ya digo, es solo rock and roll, pero ¡cuánto me gusta! 

Abril 2019

 

Ni en la tumba


JORGE MUZAM 

 

Miguel Sánchez-Ostiz acaba de publicar Ahora o Nunca (Renacimiento 2022). Obra que espero conseguir y leer. Y no solo porque me mencione al pasar (según lo confidenció Lander Zurutuza en su muro de Facebook). Gesto que agradezco en el alma. Si no porque su mirada, o sus recuentos de vida, me apasionan, o sobrecogen, humana y estéticamente. Predomina un pulso, una latencia, una voz muy lúcida y epilogal, a menudo desencantada, empática, gruñona, compasiva, que desenvaina su espada cada tanto, aunque sea para mostrar su melladura, para ajusticiar literariamente a la escoria contemporánea, a modo de espadachín o ronin que morirá más temprano que tarde con un ojo abierto. Porque ni en la tumba descansan los justos.

 

Conocí hace años a Miguel Sánchez-Ostiz, mientras frecuentaba las redes de Claudio Ferrufino-Coqueugniot. Percibí que se estimaban mutuamente, y mi confianza en la percepción literaria fina de Ferrufino es plena, así que ni sé cómo empezamos también a intercambiar mensajes con Sánchez-Ostiz. Son esas cosas que no pueden suceder de otra forma.

 

Desde entonces lo leo. Con gusto. Leo todo lo que publica en su blog Vivir de buena gana. Si no lo leo de inmediato lo leo igual semanas o meses después. Comprendo buena parte de lo que escribe, y el resto lo investigo para comprender. Porque sé que no malgasta tinta, o dedos en el teclado. No es escritor de ñoñerías.

 

El 2017 Miguel consiguió que su editorial me enviara Perorata del insensato. Gesto que agradecí enormemente, con alegría infantil. Y que leí hasta la página 83 porque luego mi casa se quemó con el libro en su interior.

 

Por otro lado, leer a Sánchez-Ostiz, tanto como a Ferrufino, Cingolani o Bagatin, me permite mirar al otro lado de la inmundicia mediática que antepone nuestra poderosa oligarquía. Ya saben que vivo en la concha de la lora del mundo, y aquí no sobrevuelan más que buitres famélicos y desesperanzados.

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De CUADERNOS DE LA IRA, blog del autor, 11/10/2022 

Sunday, October 9, 2022

Blonde y Elvis, el alma deformada de América


JAVIER VAYÁ ALBERT

 

Una de las primeras escenas de la hiperbólica Elvis de Baz Luhrmann transcurre en la típica atracción de feria del laberinto de espejos. Algo que da juego al director para mostrar las mil caras del villano de la función, el coronel Parker. En una de las escenas de la sórdida y desasosegante Blonde de Andrew Dominik, una Marilyn desquiciada y drogada mira a la cámara mientras pregunta ¿Qué te importa a ti mi vida? Se me antoja que inquiere al mismismo Dominik que de manera irónica reconoce así que para su película no le interesa lo más mínimo la vida de La ambición rubia. Resulta curioso que las dos películas más importantes (y polémicas) del año sean sendos biopics de los dos mayores iconos del imaginario cultural estadounidense. Como si una Norteamérica en horas bajas necesitara resucitar por enésima vez al rey y la reina de su gran sueño (americano). Resulta inquietantemente significativo como en plena era de los filtros, las aplicaciones que reviven difuntos o los programas que crean imágenes fake, tanto Ana de Armas como Austin Butler se transformen en remedos idénticos de sus personajes.

Elvis es una apabullante maravilla, una demoledora pirotecnia de planos, música, colores, formatos y texturas muy propia de su director. Un Luhrmann que sabe que el guion no da demasiado por sí mismo y que apuesta fuerte por un envoltorio espectacular y por contar la historia desde el punto de vista del coronel acertando de pleno. Entiende el director que la figura de Elvis Presley necesitaba una historia bigger than life y encuentra la manera de dársela con creces. Sobre Blonde se está hablando y escribiendo mucho. Pese a su innegable calidad técnica, con momentos absolutamente brillantes en cuanto a dirección, estamos ante una pesadilla infernal y grotesca. No he leído la novela homónima ficcional de Joyce Carol Oates en que se basa, pero intuyo que en la traslación del lenguaje literario al cinematográfico se ha pervertido el mensaje y la intención. Dominik firma una obra onanista y demencial, misógina y desagradable que cuesta soportar. Por momentos durante su visionado, he llegado a preguntarme si no estaríamos ante un acto suicida, una suerte de performance kamikaze de su director como radical e incomprendido acto artístico. Lamentablemente no es así, Blonde no es más que el grandilocuente sueño pervertido de un tipo más de los que asisten con la boca deformada ante la figura deslumbrante de la actriz.

 

Si el fallo de Luhrmann en Elvis reside en la hagiografía que este hace del cantante al que parece adorar, Dominik muestra un desprecio atroz por su protagonista a la que atormenta y mancilla hasta el horror. Resulta curioso y para nada casual que de los dos mitos, el masculino sea el que sale bien parado. Baz Luhrmann es un fan que celebra la vida del rey del rock pese a sus evidentes sombras. Autoconsciente de que el equilibrio entre lo sublime y lo ridículo vale la pena por lo que tiene de viaje y de fiesta. Andrew Dominik sin embargo utiliza a Marilyn como instrumento para sus delirios creyéndose sublime y cayendo en el ridículo de lo repulsivo moralmente. Dominik es tan solo un hombre más tratando de devorar un pedazo de carne sin alma. Un hombre más dibujando a una mujer que no es absolutamente nada sin uno de ellos. No existe ni el más mínimo resquicio de aire, de luz, de independencia o capacitación en su dibujo de Norma Jean. Algo que resulta torpe por taimado, y viceversa.

Resulta curioso que tanto Blonde como Elvis sean películas en cuyos directores quieren dejar clara su autoría, su intención de escribir su nombre junto al de sendas estrellas. Y que los resultados sean tan diferentes. Al final para mal y para bien respectivamente, nos encontramos ante versiones de versiones infinitas de Marilyn Monroe y Elvis Presley, imágenes multiplicadas por Warhol hasta lograr su insignificancia. Filtros de filtros, capas de capas, dobles de clones. Efigies que podemos encontrar distinguiendo el sexo de los cuartos de baño de cualquier franquicia de comida rápida en el lugar más recóndito del mundo.

Dos imágenes cuyas vidas y almas dejaron de importar hace mucho. Espejos deformados y trágicos del alma bipolar de la sociedad norteamericana.

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De EL IMPARCIAL, 07/10/2022

 

Monday, October 3, 2022

trilciana


PABLO CEREZAL


¡Odumodneurtse!

César Vallejo


Hay un ay ahí al fondo en lo hondo jondo seminal anal lodoso lloroso y loco como cascabel rotura caderas de isla en verso aceituna antes hembra y siempre por para siempre vértebra de sutura en la cabeza más alta al filo salitre y tinto de la resaca.

Hay un ay y ahí comienza la Poesía (Claudio Ferrufino-Coqueugniot dixit).

Hay cien años atrás que se publicó en Perú la fantasmagoría poética que congregaría todos los fantasmas de la grafía cuando se pretende emoción para quien, con sus pupilas, la amplía. César Vallejo penó sus penas de injusta condena en una cárcel de Lima y dio luz a esa lima que segaría todas los barrotes de la Poesía, hace cien años, octubre de 1922, ¿y quién se acuerda? Sorprende contemplar tanto autodenominado poeta haciendo alarde de haber leído a Joyce reinventando la odisea en su Ulises, este año también centenario de la novela que desgarró, por siempre, la prosa. Poetas hablando de prosa, eprosados y engolados de prosopopeyas a mayor gloria de la prosística de glorioso vertedero de Joyce, ese otro genio. Algunos, los menos, recuerdan que también en 1922 T. S. Eliot publicó La tierra baldía para despiezar pupilas con un desenfreno de imágenes henchidas del plasma que escabulle todas las bridas. 

Efemérides al son de los mercados. Que aunque no exista filtro Joyce en Instagram, a la sombra del centenario de su novela inmortal crecen como hongos los traductores bien adoctrinados eyaculando versiones que siempre son la definitiva dependiendo del medio que así lo diga. De Eliot y su vertiginosa floresta lírica, de celebrarla, quiero decir, con sinceridad, poco veo. Será que a él sí se ha admitido que el público no lo entiende, o que no portó rostro pirata, no daba bien en las fotos, tal vez que no entró en los adoctrinamientos académicos a sueldo. Luego, después, allá, allende los mares que tanto surcamos para regalarnos vacaciones caribes entre piernas vomitadas por caderas henchidas de sal, hambre y bajo precio, desestabilizó la imprenta un peruano, de nombre César y de apellido Vallejo, al parir sin epidural, y sin dárselas de moderno, ese Trilce que también cumple ya 100 años y es piedra angular de todos los ismos que después llegaron a hacerse hueco con la sana intención de perdurar.

Acomete la luna cuna malévola nana ñaña ñaca qué luna sin brevedad en la frasca tinta de tus labios lejanos de silbo y melodía alacrán entre los besos de quien no desea despejar la incógnita de tus versos... o así, en ese plan, desbrozando la gramática y destrozando la aritmética del idioma cuando solo se aborda desde el plano plano del comunicarse sin decir nada o a través de una pantalla (y la realidad, ¿cuándo?). Así lo hizo Vallejo en Trilce, hace ya cien años. Y, después, vinieron los estudiosos que nada estudian o todo lo pierden jugándose la vida y el sueldo a ser Nostradamus reversos intentando descifrar los versos que desbarataron por siempre esas normas que aún nadie le supo edificar a la verdadera Poesía. Late o muere. Y si no lates, tira el libro a la piscina, como Umbral, y apúntate al disparate de eso que otros llaman vida.

Cien años, dulce trino dulce y triste de tu latido, Vallejo, en la sangre que vierto cuando me secciona el papel los dedos entre las páginas de tu Trilce. Cien años y aún el dispendio de labios inconexos y besos que en su verticalidad marchan beodos desbordando los anaqueles, emplumando los calendarios de alas que tal vez quieran (ojalá) aprender a volar y desquiciando a quienes, en la noche, acudimos a ti para mejor desorientarnos: una mano entre tus páginas y en el corazón la que aún quiere soñar.

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De POSTALES DESDE EL HAFA, blog del autor, 02/10/2022