Monday, August 13, 2018

El capullo, la identidad italiana


PAZ MARTÍNEZ

Pues no, no vi las perseidas anoche, ni caí por el burato que el Marisquiño creó en el puerto. No porque no quisiera, que tampoco, es que me lo impidieron unos pantalones. Sus cuento. Me he mudado tantas veces que todavía tengo cajas cerradas en el trastero y ayer, que las vi, se me dio por abrir una de las de abajo. Sólo había ropa, esas cosas que guardas no sabes muy bien por qué y entre toda la borralla colorida, aparecieron los pantalones de muñequitos. Mira que son feos, los jodíos, pero a pesar de que botón y ojal no se hablen, que agacharse se convierta en un deporte de riesgo, me los puse olvidando que tenían superpoderes. Lo primero que noté fue la chulería, tanta que si me presentan al inventor, lo desbanco. También aportan sapiencia y fuerza para arrastrar un continente como si nada, de hecho se me ocurrió que podía arreglar el trastero de una vez por todas, aunque me lo impidió otra de sus habilidades extraordinarias. Una especie de viaje en el tiempo en la que a pesar de vestirlos, están en el escaparate. Me paro a observarlos y me voy. Otra mañana, cuando el hombre más guapo y que mejor besa en el mundo me lleva de la mano, vuelvo a parar y me fijo en esas minúsculas gallinas fosforescentes, en las ranas subidas a una flor de loto, en unas cosas que parecen florecillas campestres o a quién le importa porque son preciosas y le digo: "cariño, comprar souvenirs es una horterada. Yo compraré moda ¡I-TA-LI-A-NA!" y entro en esta preciosa boutique italiana con etiquetas italianas en una calle italiana con un dependiente italiano que se parece a mi primo, primera causa de que me caiga mal. Al ponerlos se ve que me los han hecho a medida y el primo empieza a exagerar con ese movimiento de manos capullil para seguir exagerando hasta que fastidia y decido no comprarlos, pero el rubio de mis amores sonríe y me besa y paga los pantalones con los pasearé el resto del día y al siguiente y al otro, día en que uno de esos mejunjes pastosos que los italianos llaman helado, churretea por la pierna y no me quedará otra que aparcarlos. Debo decir que no sé si podrán llamarse efectos adversos por sobreexposición de muñecos, porque tras esperar tres días a que los limpiasen y recogerlos exactamente igual a como los envié, comencé a no soportar a los italianos y su manita en forma de capullo - esa que los caracteriza- aunque luego se extendió a españoles, franceses, rumanos, ingleses, croatas, herzegovinos, portugueses, japoneses, daneses, suecos, noruegos, finlandeses, argentinos, cubanos, colombianos, chilenos, venezolanos, brasileños, beliceños, canadienses, alemanes, austríacos, belgas, islandeses...bueno, no, los islandeses se salvaban y los italianos eran de lo peorcito, aunque en la actualidad se va igualando la cosa. ¿Entienden ahora, por qué no presencié las efemérides del día? Viajaba por Italia.

Sunday, August 12, 2018

Sin ti no soy nada


PAZ MARTÍNEZ

Hace un tiempo, un amigo facebookiense o facebookiano decía que lo único que le pedía a la vida era una mujer limpita y, a poder ser, para él sólo. Me hizo mucha gracia - ¿qué quieren? tengo un sentido del humor tenebroso - por el patetismo y el golpetazo de realidad que significa. A pesar de los avances tecnológicos, médicos o de conocimiento, el ser humano sigue fracasando en lo básico, siglo tras siglo, y lo peor es que a medida que pasan los años, se complica un poco más. Somos pasto del miedo y la bobería. Todos hijos de Confucio, aquel que inventó la confusión. 

El humano, es un ser social, como las abejas o las hormigas, pero al contrario de éstas, dotado de mente razonadora y comprensible. Somos seres comunicativos por antonomasia, necesitados del otro para existir, sentir o tener identidad. Todo esto, a través de un cuerpo diseñado en pos de su consecución y cuyo máximo exponente sería el sexo. Cada palabra, gesto, movimiento o sonrisa, cada roce o tono de voz serán pormenorizadas, analizadas, racionalizadas por el cerebro y lo que podría parecer un acto altamente egoísta - no olvidemos que lo hacemos por y para nosotros- necesita de un enorme grado de generosidad y aquí, encontramos algunos de los problemas de los hijos de Confucio.

Soy de las que cree que una comunicación de calidad se establece a través de parámetros igualitarios, es decir, dar y recibir voluntariamente entre libres, al margen de etiquetas sociales, culturales o mentales. Quien tengo enfrente puede aportarme, enseñarme, darme posesión, hacerme crecer, ya sea positivo o negativo, porque de lo que mejor y más rápido aprendemos es de lo adverso por su inmediatez, mientras que debemos esperar para darnos cuenta de lo provechoso. Y ya tenemos otro feixiño de obstáculos que dificultan algo tan simple y cotidiano.

Desde que en tiempos de maricastaña, las religiones encontraron el gurú de la culpa aplicada al sumun del modelo de intercambio -el sexo- comienza el declive de la comunicación, ya que desaparecen igualdad -una de las partes es inferior y por tanto sometida-, generosidad y voluntariedad. El sexo se convierte en un fin reproductivo, en vez de comunicativo, que debe ser filtrado por terceros o cuartos ajenos al acto en sí. Se establecen reglas externas, modos de conducta, distorsionando la conexión hasta hacerla incomprensible y pecaminosa. A partir de aquí se corrompen el resto de los signos, como un castillo de naipes, apareciendo pecado y miedo, mixturado con propaganda y aislamiento. Para cagarla un poquito más, llegamos a las redes sociales. Artilugios que en vez de socializar hacen lo contrario. Desaparece el cuerpo. Oído, olfato, tacto, incluso podemos obviar la intención comunicativa en una red social, convirtiéndose en un álbum de ego y soflamas, del "y tú más y peor", de la pintura en vez del signo. En definitiva, que ha ganado el cacareo, la normativa, el objeto y mientras no se revierta y alguien se decida a mostrar sus caries al otro, no se arriesgue a desaparecer en otro, no se convenza del "sin ti no soy nada", seguiremos escuchando el ruido de los grilletes del fantasma y preguntándole al espejo quien es la más guapa del mundo.

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Imagen: Kandinsky


Cirobayesca boliviana


MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

Por fin... seis años de espera, desde que envié a un editor el cuaderno de viaje del año 2011 con mis primeras pesquisas bolivianas de las andanzas de Ciro Bayo entre 1893 y 1897, muy a finales, o comienzos de 1898.  Bayo se fue de Bolivia, después de dejar atrás los territorios salvajes de Riberalta–Madre de Dios y antes de que empezara la guerra civil (1898–1899) en la que se enfrentaron viejos conocidos y amigos suyos, liberales unos, conservadores otros, tanto de Sucre como de la Amazonía.

Espero que haya merecido la pena la espera. Lo digo pensando en sus posibles lectores.  https://www.editorialrenacimiento.com/los-viajeros/2051-cirobayesca-boliviana.html …

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De VIVIRDEBUENAGANA, blog del autor, 12/08/2018 

Friday, August 10, 2018

La marcha del silencio triste/1998


JORGE MUZAM

Esa noche le correspondía a Salinas. Era su fiesta privada de finalización de la secundaria. Salinas invitó a todo el mundo, pero asistieron los de siempre, los que tenían auto o camioneta o ambición por mostrarse entre los populares y solventes muchachos que ascendían a la adultez. Hijos de terratenientes y de profesionales. Algunos eran también hijos de empleadas domésticas o de dependientas de almacén y hasta de desempleados, pero evitaban hablar de sus familias. Sólo se preocupaban de vestir ropa de marca, jeans Levi’s de etiqueta roja, camisas y chaquetas Ellus y las últimas zapatillas Adidas del mercado. Lo demás era cuidarse la piel y el cabello y los dientes y hablar como los nenes ricos y nadie les preguntaba nada. Pasaban a ser uno más de ellos. 

Luego de servirnos el plato con asado, papas y ensaladas, y comer un sabroso pedazo de torta campestre, nos pusimos a bailar. Estábamos alegres y nos movíamos desordenadamente  al ritmo de Git, de Soda Stereo  y Os Paralamas. Levantábamos polvo con nuestras sacudidas. Tarareábamos los estribillos y lanzábamos risotadas por cualquier improvisación en el baile. El vino era por cuenta de la casa, de la viña del anfitrión, un buen amigo por el que nunca sentí la más remota envidia sino un enorme cariño. Algunos preferían el pisco. Yo siempre bebí sólo vino. 

Para llegar hasta allí habíamos pedido un taxi.  Previamente me había conseguido un smoking que me quedaba grande y me había puesto una corbata tiesa que encontré en un armario, quizás de antes de la Primera Guerra Mundial.  Amparo se veía hermosa con su corto vestido negro,  casi transparente y apegado a su culito y a su cinturita delgada.  Cada vez que se envolvía el cabello en trencitas parecía una diosa indú. Al subirse al taxi gran parte de sus piernas envueltas en medias negras quedaban expuestas. La deseaba tanto. Hasta entonces no habíamos hecho el amor y apenas me había dejado acariciarle el trasero y los pechos, no sin darme una fuerte bofetada la primera vez que lo intenté.

La noche avanzó a la par que los ojos de los convocados se iban enrojeciendo de licor y cansancio. Poco a poco se empezaron a marchar en sus vehículos. Con Amparo nos quedamos hasta el final mirando desgastarse el fogón del asado. Alguien nos ofreció un café. Amparo tenía las manitos heladas. La madrugada estaba muy fría. Cuando ya no quedaba nadie más que Salinas, algunos borrachos y los empleados ordenando el desborde nocturno, nos despedimos y emprendimos el regreso a casa.

Estaba oscuro. No había luna y escasamente distinguíamos las formas del camino. Apenas avanzamos unos metros y pedí a Amparo que nos sentásemos sobre el borde de un puente cubierto por sauces viejos. Quería estar con ella. Mi sexo y mi alma relinchaba de excitación. No había un lugar completamente plano donde estar y tropezábamos entre las ramas y troncos secos. Olía a vacas tranquilas y a hierba mojada. Nuestros hombros empezaban a llenarse de rocío. Amparo tiritaba y yo no paraba de manosearla. Quería recostarla, desnudarla, lamerla, succionar sus fluídos, pero dónde, estaba lleno de zarzamora, y Amparo no se sentía cómoda. Me daba besos esporádicos sólo por cumplir pero sé que lo único que quería era largarse de allí. Eran casi las cinco de la mañana. Para llegar a San Carlos debíamos caminar no menos de cinco kilómetros. Le pedí explícitamente que me besara y se negó. Yo seguía muy excitado y cargoso. Estaba acostumbrado al frío y a la incomodidad, y era un menudo semental tan jodidamente insaciable que habría culeado hasta una lagartija sobre un colchón de cactus. Pero ella no, ella era mi fina morena acostumbrada a rituales de limpieza, horarios, sábanas impolutas y comidas predispuestas para cada día de la semana. Los nenes ricos se habían largado hacía rato. Se oían bufidos de toros y caballos a lo lejos y una secuencia de gallos cantores despertaba a los campesinos de la comarca.

Entonces pensaba que el sexo oral era sólo hablar de sexo, y por eso me llamaba la atención que se hablara con tanta suspicacia del tema. Por eso no le dije a Amparo que quería sexo oral, sino que me besara el pico y que yo a su vez le besaría con gran gusto su vaginita. 

Amparo intentó tocarme, calmarme, darme besitos en la boca medio exasperados, hasta que entendí que mi proposición no tenía sentido en ese lugar.

Nos acomodamos la ropa y empezamos el largo regreso a casa. Los luceros se veían enormes, el aroma del amanecer, la creciente claridad, el silencio, todo era maravilloso, no sentimos cansancio, nos fuimos lentamente, porque los zapatitos de Amparo eran frágiles y de suela delgada y el camino era pedregoso.

A cada paso parecíamos más contentos. Nos reíamos de la floja luna que ni siquiera se había presentado a dar excusas, nos reíamos de lo bobos que éramos cuando empezamos nuestra relación, de los cientos de mensajitos en papeles arrugados que nos enviábamos durante cada jornada escolar, nos reíamos de los compañeros más estúpidos y también de lo escarabajitos solitarios que cruzaban con gran donaire el camino, como si fuesen a una reunión de directorio.

A los costados, se distinguían cercos oxidados de alambre de púa apenas sosteniéndose de los polines podridos, y más allá, aromos y robles tan viejos como la memoria de Cristo. Croaban ranitas en las acequias con lodo y cientos de grillos ejecutaban la marcha del silencio triste.

Poco antes de entrar a la ciudad nos íbamos topando con los primeros campesinos que se dirigían a sus labores. Nos saludaban y le miraban las piernas a Amparo. Sé que muchos, sino todos, se la habrían cogido con brutalidad. Ella era el único jazmín en medio de esa inmensidad de púas y bostas de vaca y bestias poco refinadas. Desde algunos camiones los trabajadores nos gritaban obscenidades, que me la llevara a un motel, que a Amparo le lamerían todo el culito y las tetitas y que la romperían a cachas, mientras  la claridad solar se anunciaba detrás del horizonte. 

Llegamos a su casa como a las ocho. Amparo casi se caía de sueño. Le di un beso y me fui. Hubiese querido acostarme con ella y dormir boca a boca el resto del día, pero en ese tiempo y a esa edad era imposible.


Imagen: Xilografía de Oscar Milicich, Osmi. 
http://osmiblog.blogspot.cl/

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De CUADERNOS DE LA IRA (blog del autor)

Thursday, August 9, 2018

Ficción no ficción: pulp sobre Lo llamaban Jeeg robot

MAURIZIO BAGATIN

“No es necesario imaginar el fin del mundo en el fuego o en el hielo, existen dos otras posibilidades: una es el papeleo y la otra es la nostalgia” - Frank Zappa -

Ragazzi di vita ya mayores de edad en un submundo tan real cuanto imaginario, gánsteres de todas las edades engendrados en una periferia del mundo, en todas las periferias del mundo, parecen salidos de una Gomorra que es la de Quentin Tarantino y es la de Roberto Saviano: siempre una vida violenta para la cual prepararse del cuero necesario, de las vacunas indispensables a la sobrevivencia. El desafío es reconocer que el poder está en todas partes, es el cáncer inextirpable del hombre, el cáncer que solo el amor curará, el amor hará desaparecer y… el héroe es el verdadero sujeto de la modernité porque para vivir la modernidad es necesaria una disposición heroica (Walter Benjamin).

…cuántas bellezas pero, en reconocer la poesía que desnuda nuestras imperfecciones, nuestros eternos errores, nuestras bellezas en el encuentro y en el despido…ya jóvenes y viejos, jamás carcomidos por la mediocridad, de la avaricia, de la ambición, de la soledad estúpida que reduce al hombre en esclavo del poder, de cualquier poder destruya la esencia de nuestra ceniza, del polvo, de la nada.
“La normalidad es una ilusión estéril” - Fernando Pessoa -

Las fábulas no terminan nunca, todos podemos ser héroes si nos convertimos en humanos, y el héroe que se hace hombre ya es humano, es el Jesús cyborg posmoderno, es el ladrón bueno contemporáneo… mientras el Alí de los ojos azules sigue esclavo, explotado, deshumanizado… adentro la locura y la exclusión, en una fábula urbana, en una fábula de todas las monstruosidades que seguimos alimentando. Pulp, slang y jerga de una periferia del mundo y de todas las periferias del mundo. Poesía de la violencia, poesía en búsqueda del resplandor necesario. Poesía en búsqueda del hombre…
Agosto 2018 

morir de celebridad / postales desde el Hafa


PABLO CEREZAL

Antaño recopilábamos instantáneas, fotografías, durante nuestros períodos vacacionales: aquí la abuela congregando canículas mediterráneas al albur de su falda negro duelo, allá la catedral de flamígera piedra inflamada por las llamaradas del agosto patrio, acullá la caricia que no debiera, sorprendida en la cintura de la prima. Momentos, instantes, reflejos de una vida que pretende justificar las horas que parca desmigaja mientras rumias el pan duro de porcentajes que serán pan de leche del empresario. Finalizado el verano, reuníamos aquellas fotos en álbumes que enseñaríamos, de tanto en tanto, a familiares, amigos, integrantes de ese círculo íntimo que hoy, progreso manda, se amplía hasta hacernos perder fronteras y horizontes. Porque tenemos miles de seguidores en Facebook, Twitter y, cómo no, Instagram, a los que mostrar ese selfie (antes se llamaba autorretrato, por si queda algún neandertal leyendo esto) tomado en Santorini, por ejemplo.

Ahora que madre economía suplanta a madre tierra, y ni billetes que transmutar en acelga hay a la vista, pasamos (paso) el verano en casa, intentando conjugar termómetros hostiles con muñecos desordenados, junto a mi hijo, que aún piensa que vacaciones es siempre. De tanto en tanto, me asomo al vértigo de las redes sociales, y ahí os veo: flamantes de sol y enfebrecidos de cerveza, andariegos de confines exóticos y sobrados de bronceado fugaz. Y mucho me alegro, sinceramente, que de la envidia no tengo ni noticia.

En uno de esos momentos, descubro un video apabullado de likes y visionados. El título del audiovisual refiere a una de las más bellas y famosas librerías planetarias, la Lello de Oporto. No todo va a ser playa, arqueología y cerveza, me digo, antes de pulsar el play dispuesto a darme un baño de cultura libresca. Pero el clip que soñaba me haría soñar torna pesadilla. En escena, un desaforado tropel de turistas armados de cámara fotográfica, teléfonos móviles con la misma incorporada, y palos con estos incorporados a sus extremos, subiendo y bajando las barrocas escaleras de Lello, entorpeciéndose unos a otros en su febril contienda por encontrar la perspectiva óptima para esa instantánea que los inmortalice en el interior de un templo de la cultura profanado al grito de wow y my God, con los flashes de sus dispositivos móviles en tiroteo de fugacidad detenida. Los libros, mientras tanto, aúllan en sepia su descanso eterno, como queriendo llamar la atención sobre el óxido de palabras que los habitan. El visionado se me hace demasiado doloroso, como el de una de esas escenas que tanto gusta filmar Von Trier, un suponer.

Munay ha aprovechado el momento para tomar entre sus manos la deliciosa edición de la poesía reunida de Pablo del Águila que me regaló, hace poco, el amigo Losada (gracias, siempre). A punto estoy de gritarle: ¡no!, ¡deja el libro! La psicomotricidad fina es territorio que el pequeño no termina de conquistar. Pero, haciendo alarde de calma, le pregunto si quiere que le lea ese cuento, y así abandonamos de una vez la versión infantil de El Quijote que tanto venera. Le mal recito un par de poemas. Se aburre, no sé si por la poesía, por mi voz, o por la ausencia de dibujos en las páginas del volumen. Regresamos al Quijote, y el que se aburre, ahora, soy yo. El cuento, por demasiado frecuentado, ha muerto para mis estímulos. Ha muerto de celebridad. Pienso si no habrá ocurrido lo mismo con la librería Lello, si la celebridad no ha provocado su deceso, escenificado con esas exequias en que los turistas lanzan sonrisas como flores muertas al fondo de sus estanterías.

Últimamente, mueren de celebridad no sólo las librerías hermosas, también las ciudades en que se ubican, los países lejanos, los restaurantes caros, los festivales de música y los mares cristalinos. Sin ir más lejos, ahí tenemos nuestro Mediterráneo. Hoy sabemos que engulle nuestras aguas residuales sin el debido procesamiento higiénico. Así lo asevera la Unión Europea, para justificar la millonaria multa impuesta por ello al estado español. También engulle los residuos, igualmente sin procesar, en que convertimos a miles de personas explotadas en el propio beneficio. En el nuestro y en el de cada integrante de la misma Unión Europea que multa la falta de higiene patria. Un lodazal, o sea, por más que nos hagamos fotos entre sus oleajes de dudosa espuma. 

Así que la fama mata, y no me extrañaría si tanto veraneante autorretratado fallece tras un espectacular aumento de likes en las redes sociales. Antes, cuando nuestros familiares, obligados a ver las fotos del veraneo año tras año, dejaban de venir por casa, comprendíamos que nuestras vacaciones habían muerto de tedio. Ahora, dado que el millón de amigos que soñaba Roberto Carlos es más accesible, siempre hay ojos dispuestos a mirar tus fotos del verano. Incluso los del empresario de turno, ese que te paga las vacaciones, el que te deja ilusionarte con las siguientes a cambio de perder la vida entre sus onerosas cifras. Pero ya sabemos que los empresarios no buscan tu felicidad. Así que igual les da por bajarte el sueldo o plantearte como próximo destino turístico la oficina de empleo. 

Antes dije que de la envidia no tengo ni noticia, pero esta absurda parrafada no deja de ser un selfie que evidencia mi envidia por veros a todos tan felices, durante este verano infernal, en las fotos que subís a las redes sociales. Así que me haré otro con mi hijo, leyendo poesía, y lo cuelgo en Facebook y aledaños, debidamente tuneado con un fondo de playa caribeña. De esta forma, me las doy de literato, y tal vez alguien confunda el like con el botón de comprar situado junto a uno de mis libros. De paso, se ahorrará el viaje hasta Oporto, que en Lello creo que ya sólo hay literatura muerta.

Publicado originalmente en el blog del autor, postales desde el Hafa (8/8/2018)
https://postalesdesdeelhafa.blogspot.com 

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Publicado en PLUMAS HISPANOAMERICANAS, 09/08/2018

Tuesday, August 7, 2018

La Perla del desierto


MARÍA RODRÍGUEZ

En el corazón del Sáhara existe una ciudad que ha fascinado a los hombres a lo largo de los siglos. Un lugar cuyo nombre inspiraba grandeza, riqueza, misterio, sabiduría y aventura. Paso obligatorio de las caravanas de camellos que cruzaban el desierto, no sólo para intercambiar sal, proveniente del norte, y oro, proveniente del sur. La ida y venida de las caravanas hacía que circularan, y en sus calles se perdieran, historias variopintas, lenguas de diversos puntos del planeta, culturas, libros, religiones y, por supuesto, las culpables de todo ello: personas.

Esta fascinación por la ciudad, también conocida como la Perla del desierto, dio lugar a que en el siglo XIX muchos europeos quisieran llegar hasta ella. No era tarea fácil. Había que atravesar todo el desierto del Sáhara, con las hostilidades que suponían el desierto, las enfermedades y la maldad (o supervivencia) de los propios seres humanos, o bien, entre otras ocurrencias, llegar a ella navegando el río Níger. Se escogiera el camino que se escogiera, la muerte te seguía a cada paso y no fueron pocos los que sucumbieron a ella.

Así lo narran Ismael Diadié y Manuel Pimentel en su libro titulado Tombuctú, Andalusíes en la ciudad perdida del Sáhara (Almuzara, 2015) del que recojo un extracto dedicado a uno de aquellos aventureros y que explica claramente esa obsesión por la ciudad:

“Mungo Park entró de nuevo en Pisania, donde lo recibieron con sorpresa. Todos lo daban ya por muerto. Pero el tesón de Park le había permitido regresar con vida, tras conocer lugares que –según sus palabras, que hoy sabemos erróneas- el hombre blanco no había alcanzado a ver jamás. De todas formas, se sentía íntimamente fracasado. No había llegado hasta Tombuctú, la verdadera meta de su epopeya. Mungo regresó a Inglaterra y se hizo famoso con los relatos de su fabulosa expedición. Podría haber vivido el resto de sus días con notoriedad y prosperidad, pero ya llevaba dentro el veneno de África, ese virus de la aventura que te muerde las entrañas y no te abandona hasta empujarte de nuevo a los inmensos espacios abiertos, donde reinan la belleza, la soledad… y el peligro”.

La historia más conocida de los europeos que intentaron llegar a Tombuctú es la de René Caillé, un joven francés que se hizo pasar por musulmán para llegar hasta la ciudad que alcanzó en 1828. “Nunca había experimentado una sensación parecida. Mi felicidad fue total”, escribiría el muchacho. Sin embargo, tras esa emoción inicial “cayó en la decepción más absoluta”. Tombuctú era conocida por su riqueza y en el imaginario europeo era la ciudad del oro. En teoría la ciudad tendría que haber estado cubierta y vestida de este preciado mineral. Un oro que pasaba por aquel enclave comercial pero, sólo eso, “pasaba”… Realmente provenía de más al sur del África subsahariana. Así las cosas, Caillé se encontró con una ciudad de casas de barro. El mito de la Perla del desierto se había derrumbado tras todo su esfuerzo. Y encima, cuando fue a contarlo en Europa, nadie le creyó y su libro fue un fracaso.

Además de Mungo Park y René Caillé hubo otros tantos europeos que intentaron alcanzar la ciudad, la mayoría con menos éxito que más. Historias de perdedores pero igualmente fascinantes. Algunas documentadas, otras desaparecidas en las aguas del río o en las arenas del desierto.

No obstante, el egocentrismo europeo en cuanto al “descubrimiento” del Mundo –como si no estuviera pasando nada hasta que nosotros llegáramos– ha dejado de lado que ya habíamos estado allí mucho antes de que estos locos aventureros intentaran en el siglo XIX alcanzar la ciudad. Ya fue hace mucho que pisamos estas tierras, recorrimos las calles de esta ciudad misteriosa, miramos a las estrellas desde alguna de sus terrazas, escribimos poesía inspirados en ella, construimos edificios que hoy día son históricos, hicimos la guerra, gobernamos y desplomamos un Imperio.

Formamos parte de su Historia sin tan siquiera saberlo. Entre otros tantos, un granadino del siglo XIII-XIV creó el estilo arquitectónico mundialmente conocido como arte sudanés, el patrón de los santos de Tombuctú –también es conocida como la ciudad de los 333 santos- nació en Tudela (Navarra), un señor procedente de Cuevas de Almanzora (Almería) conquistaría estas tierras para el sultán de Marruecos, un accitano (Guadix, Granada) sembraría el terror en la Curva del río Níger y un bibliófilo toledano iniciaría una biblioteca familiar que recopilaría todas estas historias.

Es verdad, y es triste, que la Historia muchísimas veces se escriba con sangre en lugar de con tinta. En esta Historia que compartimos con Tombuctú tenemos ambas. Pero también es triste olvidarla, olvidar que tenemos un pasado común con la ciudad perdida del desierto que tantos han añorado durante siglos. No dejemos que la arena del Sahara y nuestra memoria escurridiza entierren que nuestros antepasados andalusíes ya estaban haciendo (nuestra) Historia en este rincón del planeta mucho antes de que la ceguera del eurocentrismo pretendiera escribirla a su manera.

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De WORDPRESS, 11/07/2016

Imagen: El Atlas del mallorquín Abraham Cresques (1375) muestra a Musa I, rey del Imperio de Malí, portando en la mano una pepita de oro, mostrando así la leyenda de la riqueza de este lugar al sur del Sáhara.