Tuesday, September 14, 2021

Carta y notas


IGOR QUIROGA

 

¿Se puede decir la hermosura? ¿La hermosura existe? ¿En qué mundo de estos en los que hoy trajina, no la gente, la miseria, existe la hermosura?

 

Ciertamente no: la hermosura no existe. La hermosura es un retrato bello del infierno, un hacer de tripas corazón, la insensatez de llamarle amor al abandono, memoria al asilo bizarro donde se pasean vivos y muertos, conversando 1919, esquina calle Mantuleasa... Las admisibles fotografías con sabor a comidas y olor a trago que me acerca mi hermano Claudio Ferrufino Coqueugniot, sus calles de texto por las que anda el frío amaridado de Tolstoi con silbando Bob Dylan, a la vuelta de la esquina...

Hoy Cochabamba -dicen- está de fiesta: yo sigo viendo cómo es de bella mamá que no acaba de despedirse; sigue peinándome con los dedos, la cabeza mía apoyada en su pecho, mientras oigo su voz leyéndome Raptado; sigue agitando la mano en la escalera del avión, de vuelo a Buenos Aires...

 

Tomo un sorbo, siempre penúltimo, de café fuerte y me oigo saludar - ¡Buenos días, Muti! ¡Buenos días, Claudio! Luego veo mi sombra salir por la puerta hacia la calle: son las nueve de la noche, hora de quedarme en casa. Y yéndome a escribir.

 

Cuando estés en Cochabamba iremos a visitar la tumba de mi abuelo Haim Gold Marcus, nacido en Iassi -Rumanía, en 1896. La calle Mantuleasa está en Bucarest y es aquella en la cual hubo una escuela, 1919 el año, en ella echaron amistad Mircea Eliade y mi abuelo: recuerdo cómo lloró al ver la fotografía del historiador de las religiones en la revista Stern, que recibíamos en casa. ¡Mi amigo se ha hecho un hombre importante para el mundo, dijo; para mí siempre lo fue! Ocurrió en los primeros años 70. La tesitura de lo escrito es una frase velada, un guiño de mí a mi yo-no. Puro sentimiento subjetivo: intimidades máximas compartidas al  lector. Gracias por preguntar.

 

No conservo mi entrevista a Borges, pero alguien puede conseguirla. Se publicó en Hoja de Prueba, suplemento de Opinión. La entrevista aquella es ciertamente ficticia. La anécdota que te confidencio es, en cambio, verdadera. Me llamo Igor porque ese es el nombre del soldado soviético que le salvó la vida en el invierno de la Segunda Guerra cuando los nazis iban de invasión a la URSS. La historia es larga. Baste decir, por ahora, que es el padrastro de mi madre Delia y el único abuelo que conocí y tuve. Murió en 1977, un día como hoy, 14 de septiembre. Sus restos se hallan bajo la lápida del Cementerio Israelita. Cuando voy lavo la tumba, me pongo la quipa y dejo la piedra caliente de mi puño, cantando. De niño fui a la sinagoga de la calle Junín y soy circunciso, aún canto en rumano y loas sé hebreas, que mis hijos y familia demás también. Mis padres eran cristianos católicos. Yo no termino de profesar el agnosticismo.

 

Sí, hablando de Bashevis Singer, en la Polonia de la calle Kroshmalna, Varsovia. Te haré, de bienvenida, unos lotkis y luego una sopa fría de verano: borsh de San Petersburgo: remolacha, cubos de hielo, pimienta negra y limón, con albóndigas pequeñas de pescado. Y beberemos vodka a la manera rusa, ¿sabes?

14 de septiembre, 2021

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Imagen: Viejas casas de Iassi/Dan Hatmanu

 

 

Marina Tsvietáieva: poemas de una amazona desde el después de Rusia


OLGA AMARÍS DUARTE

 

Existe en la mitología eslava una criatura, mitad mujer, mitad ave, que vive eternamente ajena en las inmediateces del paraíso sin poder llegar a él, observando de lejos, y desde siempre, el convite de sus dioses paganos. Pájaro de la clarividencia, el Gamayun es una figura profética que sabe los secretos del más allá y aquello que el destino depara a los mortales. Su canto, extraño, hermoso hasta el dolor e imposible de descifrar, guarda las claves del devenir humano. Marina Tsvietáieva, con su poesía órfica, sus “bienaventurados jeroglíficos” y sus diarios prolépticos, uniendo el tiempo pasado con el que, irremediablemente ha de llegar, son notas de este canto musitado a altas horas de la noche, cuando los niños duermen, a la lumbre de un samovar de la época zarina, en una buhardilla destartalada cuyo único tesoro es la biblioteca enterrada en el piso de abajo.

Por esta sutil confluencia entre lo cotidiano y lo remoto, la montaña y el precipicio, la obra de Marina Tsvietáieva se torna inclasificable. En verdad, está escrita por alguien que, perteneciendo a la época del zar Pedro I, tal vez mucho antes, a la época de los bogatyres y de Ruslán y de Liudmila, recibe su primera educación en la atmósfera decadente de finales del siglo XIX. Su padre, a menudo ausente, es un notable filólogo e historiador del arte, profesor de la universidad de Moscú y fundador del museo Pushkin. Su madre, María Mein, es una pianista de talento, discípula de Rubinstein, de origen polaco e intransigente con los devaneos ensoñadores de su díscola hija, a la que en vano intentará corregir: “Tienes un don especial de no mirar a dónde debes, ni lo que hay que mirar…”.

De los primeros albores del siglo XX, Marina recibe la influencia de las corrientes acteístas y simbolistas, sobre todo de Anna Ajmátova, Aleksandr Blok y de Ósip Mandelstam, llegando a entablar conocimiento con las grandes personalidades de la intelectualidad de la Edad de Plata rusa. Y aun así, ella no pertenece a ninguna de estas épocas; como el Gamayun las observa de lejos, “exiliada dentro del exilio”, escéptica y lúcida frente a los falsos entusiasmos. En su ansia de indeterminación, queda suspendida en la brecha de un tiempo que ni ha sido ni ha llegado todavía:

Unos me creen bolchevique, otros monárquica, otros ambas cosas, y ninguno comprenden de qué se trata.

La esencia de la obra de Tsvietáieva es trágica porque narra lo vivido en la intensidad de la inmediatez. En oráculos, uniendo los presagios, la ficción y la mántica, relata a su manera, como poeta y como mujer, las tres revoluciones que le tocó mal-vivir: la de 1905 y las dos de 1919, además de la Guerra Civil, la Primera y la Segunda Guerras Mundiales, el terror estalinista y el exilio. Joseph Brodsky, gran venerador de la poeta, dirá al respecto:

Lo trágico no le llegó después, en su biografía: había existido desde antes. Su biografía sólo coincidió con lo trágico y le respondió como un eco.

Trágicamente poética, Tsvietáieva escribe su autobiografía en versos como los que le remite a Boris Pasternak (amigo-confidente-mecenas-amante), cuando éste le pide, en abril de 1926, que le haga una presentación para la supuesta publicación de un diccionario bibliográfico de los escritores del siglo XX:

Las cosas que más amo en el mundo: la música, la naturaleza, la poesía, la soledad. Total indiferencia por la opinión pública, por el teatro, por las artes plásticas, los espectáculos. Mi sentido de la propiedad se limita a los hijos y a los cuadernos de trabajo. Si tuviera un escudo, grabaría en él: “Ne daigne”. La vida es una estación, pronto partiré: adónde no os lo diré.

La propia escritura ejerce aquí de arúspice desvelando su misterio blasonado: “Ne daigne”, “No consientas”. La fragilidad de la palabra de Marina se sustenta por esta aspiración a no ceder, a no doblegarse ante la cotidianidad. Sublime sin interrupción, el arte de escribir es una defensa contra el hielo color de tiza y contra “la bota del destino sobre líquido barro”: la batalla ganada a una realidad que a la noche se hilvana como telar de un sueño:

Me niego a vivir
en el manicomio de los monstruos;
me niego a aullar
con los lobos en las plazas.


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De EL VUELO DE LA LECHUZA, 16/07/2021

 

 

 

Lucky (Man)


MAURIZIO BAGATIN

 

Pedro Infante canta Con el tiempo y un ganchito, un hombre solitario es su Karma, la acción que lo redime.

“Lo que yo veo no tiene por qué ser lo que ves tú”, se parece a una poesía de Walt Whitman, a una canción del juglar Dylan. América fue un sueño desde Tocqueville, una Sand Creek lo deturpó, ahora soledades y nomadland visitan las tumbas de Martin Luther King, el Ground Zero, el cementerio de Arlington… soledad y soledades, hombres solos que edifican sueños en sus memorias… Lucky Man canta Alan Price… en el acto de escribir se intenta hacer de la vida algo más que un acto personal, de liberar la vida de lo que la aprisiona dijo Gilles Deleuze, mientras hacía filosofía con el cine… Lucky Man cantan los Emerson, Lake & Palmer.

Lucky encierra en sí todos los hombres antes del último hombre, el hombre último en estar solo en la tierra; luego vendrá la verdad, vendrá la sonrisa.

Tanta poesía encierra esta película, verla una sola vez es perderse de muchos detalles, verla varias veces es descubrir cada vez algo nuevo de nuestras vidas, nuestra soledad, la tortuga de Zenón, una niña budista que sonríe a su destino: la muerte. 

14 septiembre 2021

 

Monday, September 13, 2021

Arábica, de Pablo Cerezal, el riesgo de leer el poso del Mediterráneo


JULIA ROIG

 

La última novela de Pablo Cerezal, Arábica (Chamán Ediciones, 2021), es un regreso a la Ítaca privada de cada uno, una huida o incluso una invención de la misma, un viaje emocionante, sin duda y un riesgo. Música, historia, sexo, Mediterráneo y Café en el pulso agitado de este escritor tan osado como hondo e inteligente que demuestra, una vez más, su dominio del ritmo y la palabra. Arábica nos invita a jugar y juega con nosotros, después dependerá de cada lector cuánto se aventure a sumergirse a pulmón y a corazón abierto es este mar de oro negro y su historia.

La prosa poética de Pablo Cerezal inunda esta travesía bifronte, la eterna búsqueda dentro y fuera de uno mismo, las dudas y las confesiones, el desarraigo del migrante. Tratando de dar sentido esas raíces que sobrevuelan o naufragan en este Mare tan Nostrum y en ocasiones tan de nadie. La identidad, la libertad, la cultura, las creencias, conceptos tan épicos y poderosos que acaban convirtiéndose en la plomada o túnel de nuestras decisiones.

…encontrar lo que, tal vez sin comprender, siempre había deseado de la literatura: la anotación, la desconexión, el hilo sin hilo argumental ni argumento ni falta que le hace a lo que desea ser expresado y revienta como flor venenosa o carnívora que deglute pastiches y racionalismos con el único ánimo de expresar lo inexpresable: la vida en desarrollo, el dolor y la herida, el ansia y el capricho, la rebeldía y el desperdicio, la vida, así, tal cual, sin ambages.

Arábica nos habla con frenesí del Café, nos lleva por ciudades como París, Tánger, Túnez, Estambul, Beirut o Granada y nos introduce por unos instantes en sus Cafés míticosLe Procope, el Kiva Han o el Gemmaizeh son solo algunos, todo ello de la mano de una melomanía alquímica y nunca aleatoria en la obra de este autor, itinerario impregnado por Led ZeppelinDavid BowieThe Doors y Oum Kalthoum, entre otros.

El protagonista de esta odisea es Munir, periodista, giróvago, derviche enamorado de una poderosa hetaira, Tiziana, un personaje ardiente, una mezcla de Monelle y Beatrice, una musa libérrima y perdida en sus propios sueños. Y Francesco, conociéndose a sí mismo, inmerso en un mar de dudas provocado por la lectura y descubrimiento de Genet, sintiéndose tan culpable como excitado.

El Café, como idioma universal, revolución, discusión intelectual, encuentro cómplice, brebaje mágico o hilo conductor. Dicen los sufíes que lo tomaban para mantenerse alerta durante sus devociones nocturnas, así nos incita Arábica a ser leída, alerta y con devoción.

…ha de gustarte el sabor amargo y potente del café, su espesura de fechoría amable, para degustar uno en su versión turca. La taza de ajada porcelana rebosante de espumarajos oxidados que parecen huir de su vórtice, desde donde contempla al consumidor la negritud más absorbente. La espuma, con su premeditada ausencia de geometría –nada de corazones y florestas garabateados con crujiente espuma, como gustan los atildados clientes de los Cafés europeos–, ha ido depositándose hervor a hervor en un proceso minucioso y certero.

Y el Mediterráneo, cuna de civilizaciones o caos fronterizo, pecio poético y doliente del que se sirve el autor como espejo turbio para enfrentarnos a la realidad, usándolo como metáfora de nuestras vidas, nuestras luchas, nuestros fracasos, nuestro pasado, cuando no entendemos que el miedo y las ganas de vivir son universales.

…el ruido de los demás, los otros, los extraños, los extranjeros, aunque hayan crecido entre las mismas cuatro paredes que nosotros, independientemente de si son o no hermanos, padres, madres, amigos, primos, sobrinos, conocidos o simplemente alguien que pasaba por allí para pedir por favor si podemos dejarle hacer una llamada de teléfono.

Arábica, una novela tan arriesgada como enriquecedora, que demuestra un inmenso respeto por la literatura y por el lector. Un placer necesario que muchos estábamos esperando.

Extranjeros, hoy, somos todos.

 

Arábica, Chamán Ediciones, 2021

 


Pablo Cerezal
 nació en Madrid en 1972. Ha publicado la novela de culto Los cuadernos del Hafa (2012), el diario poético Breve historia del circo (Chamán Ediciones, 2017), el libro de crónica periodística Al-Maqhaa (2017), así como, junto a Claudio Ferrufino-Coqueugniot, el volumen de crónicas urbanas Madrid-Cochabamba (2015). Su vinculación al mundo de la música queda patente en los textos que aporta a las antologías literarias Hey Bob (homenaje a Bob Dylan) y Lift Off (homenaje a David Bowie). Autor del texto introductorio para el box-set Canciones 87-17, de Bunbury y del que acompaña al disco Baladas de plata, de Chencho Fernández. Es también letrista del músico Álvaro Suite. En el medio audiovisual ha sido guionista, junto a José Ramón da Cruz, de los documentales Madrid-Cochabamba (2015) y Geometría del esplendor (2016). Como viajero ha colaborado con medios periodísticos de varios países, como Frontera D (España), La Razón (Bolivia), Esto no es una revista (Argentina) y Red Marruecos. Mantiene los blogs Postales desde el Hafa y Vislumbres de El Dorado.

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De CULTURAMAS.ES, 13/09/2021

Wednesday, September 8, 2021

Blues lunar


PABLO CINGOLANI

 

Esa luna que labraba la piel de los tapires y besaba los quebrachos blancos de monte adentro, por los lados de Ravelo y las salinas donde se esconden los ayoreos.

Esa luna con toborochi y canto, esa luna con soledad y espanto.

Esa luna tan altiva que nos lamía como las arenas bravas del Iso-So.

Esa luna tan rubí como las flores del guayacán que bailaban con las aguas que siempre se ausentaban del Alto Parapetí.

Esa luna que era tu luna, Bonifacio, Kuarata-Guajú –Sombra Grande, amante, guerrero, poeta.

Y tal vez por eso, tu tumba, se alza en el lugar con el nombre más bello de todos: Arakuaarenda –Encrucijada de Pájaros.

 

* * *

 

Esa luna la volví a ver en Curahuara, cuando no había la carretera a Chile. Esa luna era la luna del suboficial Calisaya que se chupaba -grave chupaba- y lloraba. Lloraba por un volcán: por el Sajama. Ya era cincuentón y áspero y los del cuartel ya no lo dejaban subir: “Te vas a morir, Calisaya”. No treparía más al Sajama, seis kilómetros y medio más cerca del cielo.

 

Lloraba Calisaya y me abrazaba

Un milico en el medio de la estepa y de la noche me abrazaba

y ahí entendí que un hombre solamente llora cuando no lo dejan luchar más, cuando le quitan lo que más ama y no la puede pelear

 

Calisaya, como yo, amaba las montañas y no se imaginaba su vida sin ellas. Hermano, le dije: imagínate esa luna en la cumbre del cerro –el viento azufroso de los Karangas me partía la boca. Imagínate esa luna y que va con vos hasta la cumbre del cerro. Siempre estarás allí. Siempre vas a estar allí para mí, Calisaya.

 

* * *

 

Era la misma luna que nos cortejó con Guillermo y con Gastón en Challacollo, donde nadie te espera y nadie te invita porque no había nadie, sólo una antigua capilla que se devoraban los médanos. Viento y arena: luna de amparos, lírica luna, luna buena. O la luna, tan luna ella, de la lejana Cobija, luna atacameña, que la esperamos parir tan sólo para verla besar las cruces salitreras más tristes, las más olvidadas de todas. O la luna en Mizque, color zapallo.

 

* * *

 

Todas esas lunas, y todas las lunas, están ahora delante mío. De mi dolor, pero también de mi alegría. De mi pasado, de mi futuro. Me desatormenta: la veo inundando el panqa qiurwa de tanta majestad, de tanta serenidad, que siento hasta el fondo lo que el amauta Arguedas me dijo la primera vez que me puse a escribir frente a la w´aka: uno, no puede mercar con la bondad o con la maldad del mundo. Uno lo siente o no lo siente. Lo mismo decía Tata Rodolfo Kusch. Lo que pasa es que nos hemos olvidado. Sucede.

 

Laderas de Aruntaya, 8 de septiembre de 2021


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Imagen: El Tarot de Xul Solar

 

Monday, September 6, 2021

Escritores ácidos y escritores alcalinos


MAURIZIO BAGATIN

 

Platón maestro de Aristóteles… ningún canon logrará aceptarlos; hay quien lucha contra su Layo, quien profetiza el futuro incierto. Hay quien leerá a Camus y Balzac, otros Céline y Henry Miller, mientras el Sena sigue su plácido recorrido. Un Tabucchi que baraja ideas y escritores: Pessoa y Kafka son platónicos y con ellos el clarividente ciego, Borges. Si pudiéramos clasificarlos en ácidos y alcalinos: ¿quién haría estremecer las mandíbulas a cada verso, con sus sonetos en escabeche? ¿Y quién recordaría el metal frío que refriega, con su lengua neutra, nuestros imperfectos metabolismos literarios? El precursor no fue vencido; el discípulo, con el tiempo, madurará.

Septiembre 2019

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Imagen: Balzac, por Rodin

 

 

LA SUERTE DEL RIO Y LA CIUDAD


JUAN CRISTÓBAL MAC LEAN

 

Se han escrito millones de páginas sobre el río, los ríos, desde la mitología a la historia, la poesía a la geografía, el urbanismo o la agricultura. El río, es simplemente uno de los grandes habitantes del imaginario humano, así como siempre fue cuna de civilizaciones y culturas, cuando no todo un ser aparte y vivo de grandes ciudades a las que forma y tipifica, tan famoso como ellas mismas.

Pero de todas formas, lo sabemos, independientemente de su tamaño y su volumen, de su fama o variabilidad estacional, el río, donde sea, es el personaje principal de miles de ciudades por todo el mundo y cuyo mismo origen se confunde con el de antiguos cauces, orillas y parajes.

Es el caso de Cochabamba y el Río Rocha. Y es de la historia y el devenir de ambos, de su “gran amor y gran divorcio” que trata el afortunado, el pertinente libro “Elementos para una historia ambiental del río Rocha. Un enfoque ecocrítico y biorregional”, de Carlos Crespo Flores y Laura Crespo Peñaranda.

Tomar al río como tema (justo cuando éste se encuentra poco menos que moribundo) da cuenta, por supuesto, de una gran inteligencia práctica y que se pregunta, con urgencia, sobre los más cercano y lo más concreto, lo que directamente nos atañe y hoy, con su pestilencia, nos acusa. A partir de un tema tan puntual, se despliega toda una historia y se revelan políticas y actitudes, versos, historias de vida, fotos, cuadros, memorias. Por el cauce del río no sólo es agua la que corre.

Para tratar su tema, los autores despliegan, inicialmente un gran conocimiento bibliográfico, centrado en la ecocrítica, y se pasean por varios libros que tratan de temas aledaños y ayudan a entender, en toda su magnitud, el problema de un río y sus cuencas, un paisaje y sus derivas, una ciudad y su torpe crecimiento. En resumen, se trata de la causa de un cauce y la calidad de un caudal.

Hay, por supuesto una historia ambiental y una historia del propio río, de su encuentro y de cómo era el paisaje antiguo, cómo la ciudad se fue formando cerca suyo y cómo en tiempos ahora ya lejanos, el río fue amado, visitado, vivido, y cantado.

Aparte de hermosas fotos antiguas (generalmente debidas a Rodolfo Torrico) que se van mostrando, los autores también se preocuparon de leer y encontrar cuanta mención literaria hubo del río y hay páginas entonces que son un festín de sabrosas citas, desde autores ya olvidados a plumas contemporáneas, de Nataniel Aguirre o Adela Zamudio a Terán Cabero.

Y de no ser por este libro, por ejemplo, nunca nos hubiéramos enterado de que don Mario Unzueta, recordado como uno de los muy buenos pintores del valle en sus mejores épocas, también era autor de poemas, y entre ellos, estos versos tan hermosos:

Quisiera mojar mis pies en la ribera

para saber lo que ha escuchado el río

Pero después de tan amables introducciones y páginas inevitablemente nostálgicas, venidas desde una perspectiva “ecológico social”, después de minuciosas descripciones e historias, el libro termina “reconstruyendo cronológicamente el proceso de intervención antrópica sobre el río Rocha, sus hitos más importantes, que paulatinamente fueron modificando el paisaje, degradando la calidad ambiental, debilitando sus capacidades de proveer recursos, servicios ambientales o asimilar residuos, convirtiéndola en un espacio socialmente segregado y contaminado.”

En el último y muy informado capítulo se traza la historia del río desde muy antiguo hasta desembocar en el inicio del desastre, en los 80s, hasta la pestilencia actual, de un río semi seco y que arrastra cualquier cosa menos aguas claras.

La actual pestilencia que, a ciertas horas, se desprende del río y se siente hasta varias cuadras alrededor, problematiza la propia ciudadanía y la relación con la misma ciudad: ¿cómo se puede amar una ciudad apestosa?

Pero la desgracia lamentablemente va mucho más allá: ahora mismo, la pestilencia material del río hace recuerdo, inevitablemente, a la pestilencia moral desatada tras el conocido, y más que ampliamente demostrado, fraude de Evo. Las secuelas del mismo son la campante represión, la persecución y actual pestilencia de la “justicia” a cargo de quienes hacen todo para ser considerados, por la ciudadanía, nada más que como obedientes peones jurídicos.

Entre la pestilencia del río y la pestilencia jurídico/política que nos asola, no lo tenemos fácil. Libros como el reseñado, sin embargo, son de todas formas un aliciente que anima a seguir pensando, mirando, haciendo lo que se pueda.

(Este magnífico libro, de más de 220 páginas y que también por sus fotos uno ya quisiera uno tener, típicamente no se distribuye. Lo regalan, eso sí, pero tan lejos como en la Facultad de Agronomía de la UMSS de Cochabamba. Sin embargo y menos mal, también se lo encuentra, buscándolo, en PDF).

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De LOS TIEMPOS, 05/09/2021