Saturday, August 28, 2021

Banine: una autora secreta sale a la luz 75 años después


ANDREA AGUILAR

 

Recién terminada la Segunda Guerra Mundial, en el París de 1945 apareció un libro de memorias de una inmigrante azerí que firmaba bajo el seudónimo de Banine. Su verdadero nombre era Umm El-Bansu Äsâdullayeva, y había nacido en Bakú en 1905 en el seno de una acaudalada y delirante familia que ella describía con humor, gusto por el detalle e inteligencia en las páginas de Días del Caúcaso.

La idea del alias se la dio su buen amigo Jean Paulhan, director de La Nouvelle Revue Française, y parte del grupo de escritores y emigrados, como la rusa Teffi, Marguerite Yourcenar o Paul Eluard que la escritora, fallecida en París en 1992, frecuentó en su larga vida de exiliada.

Aquel primer libro de memorias cayó en el olvido, y ha tardado casi 75 años en ser traducido en 2019 al inglés por el sello Pushkin y dar después el salto al resto de Europa. Este verano ha llegado la versión al castellano publicada por Siruela —y traducida por Regina López Muñoz—, y también ha desembarcado en Italia, mientras, la edición en alemán se ha retrasado hasta 2021. “La primera vez que supe de Días del Cáucaso fue hace casi 20 años, cuando vivía en Azerbaiyán y escuché en la radio una dramatización serializada de la historia”, cuenta al teléfono Anne Thompson-Ahmadova, traductora al inglés del libro, y responsable en buena medida de la resurrección editorial de la insólita Banine. “El libro realmente ofrece una descripción muy viva de la atmósfera en un momento muy particular de ese país. Además, ella vivió una vida atribulada. Y lo cierto es que muchos de los asuntos que trata siguen estando encima de la mesa hoy”.

Banine era nieta de sendos magnates petroleros (Shamsi Äsâdullayer por parte de padre y Mirza Agha Musa Naghiyer por parte de madre) cuyas familias peleaban furiosamente por el dinero y se debatían entre la férrea tradición asociada a la modesta vida agrícola, y la fortuna que brotaba de los pozos empujando la apertura hacia Occidente. Ahí, en esa opulenta bisagra entre viejo y nuevo mundo, creció Banine con una furibunda abuela que despreciaba todo lo que venía de fuera y comandaba una corte de “parientes pobres”, cubierta con velos y llena de alhajas; con unas tías que pasaban días enteros fumando frenéticamente y jugando al póquer en la finca donde descansaban en verano; y con un padre viudo que, encargado del boyante negocio familiar, viajaba por Berlín y Moscú con absoluta soltura, mientras iba retrasando el momento de volver a casarse.

En la futura escritora esa potente mezcla entre tradición y cosmopolitismo, entre Oriente y Occidente, dio como fruto una ácida, divertida y desprejuiciada mirada. Huérfana de madre, fue atendida y criada, junto a sus tres hermanas, por una rubia institutriz alemana quien, a pesar de estar “rodeada de una familia musulmana fanática, en una ciudad todavía oriental”, trató de crear “un clima de canciones infantiles para niños rubios, de árboles de Navidad con angelitos rosados, de pasteles cargados de crema y sentimentalismo”, como recuerda en Días del Cáucaso. Nada entonces hacía presagiar el radical giro que tomarían sus vidas.

La Primera Guerra Mundial y la revolución bolchevique dieron un vuelco a la fortuna de la familia. El padre de Banine fue ministro de Comercio en la brevísima República Democrática de Azerbaiyán de 1918 a 1920. Al caer el Gobierno fue detenido y el precio para su puesta en libertad fue que su hija de 15 años, Banine, se casara con un hombre mucho mayor que le facilitó al patriarca un pasaporte para salir del país. A los 18 la autora también logró salir, dejar atrás al esposo y vía Estambul llegar a París a bordo el Orient Express. Nunca más volvería Bakú.

En la capital francesa arrancó una nueva vida que narró en Días de París, la segunda entrega de sus memorias en la que Thompson-Ahmadova espera ponerse a trabajar pronto. “Pasó de tenerlo todo a aprender a ganarse la vida”, explica la traductora británica. La familia trataba de sobrevivir vendiendo sus joyas, pero el dinero se evaporaba. Gracias a la segunda mujer de su padre, la sofisticada y culta Tamara Datieva, Banine pronto se puso a trabajar como modelo de alta costura. “Se aburría pero aquello le abrió los ojos. Conoció a muchas chicas y la mayoría solo querían encontrar un hombre rico”, apunta Thompson-Ahmadova. No era el caso de la azerí. Trabajó como secretaria y profesora de música antes de ponerse a traducir, entre otros a Dostoievski, y a escribir en periódicos.

Alemanes en París

En el París ocupado conoció al escritor alemán Ernst Junger, cuya obra tradujo al francés y exploró en tres ensayos y con quien mantuvo una estrecha amistad durante 50 años. Se conocieron en 1943, cuando él formaba parte del ejército alemán, a través de Wilhelm Blake otro oficial que cortejaba a Banine y que secretamente ayudaba a la Resistencia. Blanke animó a Banine a darle a Junger una copia de su primer libro, un título anterior a Días del Cáucaso. Tras el desembarco de Normandía, Blanke fue denunciado y ahorcado, algo que la escritora no descubrió hasta tiempo después. Otro escritor a quien la unió una buena amistad fue al premio Nobel Ivan Bunin, de quien Banine escribió que “llevaba su arrogancia puesta como una toga, para demostrar lo que le diferenciaba del resto del común de los mortales”.

La autora continuó trabajando en prensa y escribiendo libros. Más allá de los títulos que dedicó a Junger, escribió sobre su conversión al catolicismo en Yo elijo el opio. Fue muy amiga de una monja española, Maria Gloria Capella, y trabajó con inmigrantes recién llegados a Francia.

En los años ochenta se topó con un joven librero alemán Rolf-Heinrich Stürmer a quien acabaría nombrando albacea de su obra. En una carta escrita en 2015 a un periodista azerí y hecha pública en redes sociales, el librero Stürmer describe cómo conoció a Banine a través de Junger y quedó fascinado con la vida e historias de la autora. “Tenía mucho sentido del humor y era muy entretenida, con un corazón de chica joven más que de mujer mayor cascarrabias. No me percaté de que mantenía una constante lucha contra la depresión hasta que leí sus diarios tras su muerte”, explica. “No tenía dinero pero siempre la protegieron amigos ricos e influyentes”. Siempre vivió alquilada en el distrito 16, en el número 40 de Rue Lauriston, donde en los últimos años, según dice su albacea, salía poco pero recibía a los amigos. Pasaba mucho tiempo en una butaca, como ella decía, “soñando como un gato al sol”. Murió hace ya 28 años y donó su cuerpo para evitar, sospecha Stürmer, que sus amigos corrieran con los gastos del entierro.

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De EL PAÍS, 12/08/2020

Fotografía: Banine

 

 


Wednesday, August 25, 2021

La gran novela de la Revolución rusa


CÉSAR VIDAL

 

Corría el año 1937 cuando A. Solzhenitsyn comenzó a pensar por primera vez en la posibilidad de escribir Agosto 1914. En aquel entonces no la había concebido como un «nudo» –como luego la denominaría– sino como la introducción a una novela sobre la Revolución rusa. Escribió en aquella época los primeros capítulos pero no pudo concluir la obra. Razones no faltaron para la interrupción. Primero, se produjo la invasión de la URSS por Hitler en el verano de 1941 y la movilización de Solzhenitsyn como oficial de artillería. Luego, antes de que acabara el conflicto, tuvo lugar su arresto basado en las críticas militares que había formulado contra Stalin en unas cartas dirigidas a un amigo. Finalmente, tras su paso por el Gulag durante casi una década, vino el destierro a Kazajstán y la lucha contra un cáncer intestinal que estuvo a punto de matarlo. Ni siquiera entonces hubiera podido pensar Solzhenitsyn en la reanudación de su trabajo de no ser porque se produjo la llegada al poder de Jruschov y la crítica limitada del stalinismo. En 1963, mientras se preguntaba lo que duraría aquella moderada relajación de la dictadura, Solzhenistsyn volvió a recoger material para una obra que, dos años después, decidió que se titularía La rueda roja. En ella tenía intención de recoger noveladamente los acontecimientos que desembocaron en la revolución bolchevique de 1917. En 1967, el autor tomó la decisión de dividir la obra en «nudos», es decir, diferentes novelas protagonizadas por los mismos personajes que se centrarían cronológicamente en períodos históricos concretos y previos al estallido revolucionario. A partir de marzo de 1969, Solzhenitsyn se dedicó a redactar el primero de estos nudos titulado Agosto 1914, una tarea que concluyó en octubre de 1970. La novela se publicó en ruso en París durante el mes de junio de 1971 y poco después aparecieron traducciones en Alemania y Holanda. Al año siguiente, mientras la prensa soviética arremetía contra Solzhenitsyn por permitir la publicación de su obra en el extranjero, Seix Barral la editaba en castellano casi simultáneamente con otras traducciones aparecidas en Francia, Gran Bretaña, Estados Unidos, Dinamarca, Noruega, Suecia e Italia. Aunque la novela constituía un vigoroso y magnífico relato en el que se combinaba la narración novelística con la técnica del guión cinematográfico y la reproducción de documentos, Solzhenitsyn no consideró que aquella versión fuera definitiva. De hecho, de ella faltaban algunos de sus mejores capítulos, los dedicados al exilio zuriqués de Lenin, que, temporalmente, se publicaron como una obra aparte titulada Lienin v Tsyurije y que los lectores españoles también pudieron leer en una edición de Seix Barral. Expulsado de la URSS al conocerse que estaba redactando su famoso Archipiélago Gulag, Solzhenitsyn se exilió a Estados Unidos. Allí pudo complementar con los fondos de la Hoover Institution la documentación para una versión definitiva de Agosto 1914 que concluyó en 1981 en Vermont.

La redacción de Noviembre 1916, el segundo nudo, fue transcurriendo casi en paralelo a la del nudo primero de La rueda roja. Iniciada en marzo de 1971, su primer borrador estaba concluido dos años después a pesar de la labor de obstaculización llevada a cabo por las autoridades soviéticas. En 1982-1983, sin embargo, pudo llevarlo a su conclusión también en Vermont. Finalmente, Marzo 1917 –el más extenso de los tres nudos y, posiblemente, el mejor– fue terminado tres años más tarde.

A lo largo de una extensión que supera holgadamente las cuatro mil páginas (en torno a 900 el primer nudo, un millar el segundo, y más de dos mil el tercero), Solzhenitsyn ha trazado un fresco incomparable de la sociedad rusa que acabó precipitándose –como si fuera impulsada por una rueda– hacia la victoria bolchevique. En esta obra magna alternan sin que se perciban artificiales puntos de sutura docenas de personajes históricos (Lenin, Kérensky, Sujomlinov, Samsonov, Nicolás II, Stolypin, la propia familia de Solzhenitsyn con los nombres ligeramente cambiados, etc.) con los ficticios sin que quede sin representar ni una sola de las corrientes de pensamiento y acción que componían la Rusia de principios de siglo desde los diferentes partidos a las minorías étnicas y nacionales, desde los comprometidos políticamente a los interesados en los valores estéticos o en la mera supervivencia, desde los creyentes y disidentes religiosos a los ateos militantes. Junto a protagonistas como Fiodor Kovyniov (un trasunto de Fiodor Kryukov al que Mijaíl Shólojov plagió El Don apacible); el coronel Gueorgi Vorotyntsev; Olda Andozerskaya, «la mujer más inteligente de San Petersburgo»; el tendero Eupati Bruyakin; la desinteresada Likonia; el parlamentario David Korzner; su esposa, la judía Susana, o el estudiante y posterior revolucionario Sasha Lenartovich nos encontramos con un Lenin que, en su exilio de Zúrich, sueña con provocar una guerra civil rusa que encienda la chispa de la revolución mundial; con un Stolypin que intenta hacer progresar a una Rusia agraria y que, finalmente, será asesinado; o con un zar bienintencionado y torpe que adquirirá auténticos caracteres de rey Lear cuando se produzca su derrocamiento. Ante nuestros ojos desfila la Rusia que vivía el ensueño de la utopía, de la edad de plata literaria y del tostoianismo que resultó aniquilado por la entrada imprudente –en defensa de Serbia– en la primera guerra mundial. Durante el verano de 1914, aquella nación agitada por el viejo –y estéril– enfrentamiento entre occidentalistas y eslavistas sufrió a manos del ejército alemán una de las peores catástrofes militares que recuerda la Historia. Aquella derrota –que pudo ser evitada y que se debió fundamentalmente al factor humano tan denostado por el marxismo– significó el verdadero inicio de un cambio brusco de rumbo. Dos años y medio después, el país –que había sufrido una sangría de millones de muertos– se hallaba maduro para una revolución que no era inevitable pero que fue calando en el ánimo de muchos como la única salida para una realidad crecientemente hostil. Cuando en marzo –febrero según la diferencia de calendarios– estalló la revuelta de San Petersburgo y se produjo la caída del zar el camino quedó abierto, aunque muchos no lo advirtieran, hacia el triunfo de un Lenin que con gélido realismo sabía lo que ansiaba y no estaba dispuesto a reparar en medios para conseguirlo. En aquel entonces, el ejército había quedado descoyuntado; los campesinos soñaban con la realización –que nunca se produjo– de una utopía agraria defendida, por ejemplo, por los eseristas; los obreros habían olvidado que de su trabajo dependía la vida de los millones de soldados que aún combatían en el frente a las potencias centrales; las nacionalidades creyeron que había llegado el toque de difuntos del imperio y pensaron en una existencia independiente que en la mayoría de los casos pronto se revelaría imposible y los partidos pretendieron modelar un futuro al estilo de Occidente cuando ni habían llegado a comprender la realidad de la nación, ni disponían de un arraigo social mínimo ni contaban con el poder para llevar a cabo reformas en ocasiones necesarias y en otras meramente voluntaristas e imposibles.

La manera en que Solzhenitsyn logra conjugar todos estos aspectos a través de los tres nudos convierte La rueda roja en un logro literariamente muy superior al de cualquier obra sobre la Revolución publicada hasta la fecha. Esta circunstancia se debe no sólo a su amplitud sino también al hecho bien significativo de que aparece desprovista de la tendenciosidad o la limitada perspectiva que se aprecia en obras consideradas emblemáticas como las de A. Serafimóvich (El torrente de hierro), Fúrmanov (Chapáiev, La sublevación), Lavreniov (El cuarenta y uno), Ostrovsky (Así se templó el acero), Fadéiev (La derrota), Pasternak (El doctor Zhivago) o incluso el plagiado Don apacible de Shólojov o la Caballería roja de Bábel. Comparadas con La rueda roja todas estas obras –quizá con la excepción del Don...– se ven reducidas a conglomerados de meros estereotipos carentes de humanidad y realismo. Pero aparte del aspecto meramente literario, absolutamente esencial, La rueda roja constituye un auténtico océano de datos –en ocasiones de documentos poco o nada conocidos que se reproducen en el cuerpo del texto– que sirven no sólo para disipar cualquier tópico relativo al supuesto triunfo popular bolchevique o a las pretendidas maldad u opresión intrínsecas del zarismo sino también para dar una idea muy exacta de lo que fue Rusia de 1914 a 1917. Al final, el triunfo del bolchevismo vino precipitado por la necedad de los liberales que se empeñaron en no condenar la violencia revolucionaria simplemente porque iba dirigida contra el zarismo; por la aceptación mal digerida y peor reflexionada de un pensamiento utópico de carácter socialista que no sólo suplantaba al pueblo que pretendía representar sino que además aceptaba como presupuesto básico la muerte de millones de sus miembros; por una política exterior paneslava que se negaba a comprender que Rusia no podía dominar Polonia o embarcarse en una cruzada pro-serbia y por una serie de individualidades que, a pesar de resultar sensatas y brillantes –los casos no fueron escasos– se vieron rebasadas por la inconsciencia, la irreflexión o la perversidad de otros contemporáneos. Los frutos de aquellas actitudes y comportamientos resultaron considerablemente amargos. Rusia no se vio arrastrada hacia una guerra mundial en la que poco tenía que ganar y mucho que perder; el zarismo desapareció tras siglos de logros envuelto en un torbellino de sangre; los intelectuales y revolucionarios fueron eliminados despiadadamente por los bolcheviques y la nación se vio sometida a la dictadura más prolongada y sanguinaria (quizá con la única excepción de la China en cuanto al número de muertes) que ha conocido el siglo XX. La rueda roja constituye así una auténtica obra maestra de la novelística, un libro de consulta indispensable para el historiador o el simple interesado en la historia contemporánea de Rusia y, sobre todo, una meticulosa, documentada y detallada acta de la enfermedad que aquejó a toda una nación desembocando en buena medida en la muerte de un universo no perfecto pero sí multisecular, fecundo y prometedor.

01/09/1999

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De REVISTA DE LIBROS

 

Tuesday, August 24, 2021

Décadas y siglos atrás


JORGE MUZAM

 

Romina preparó un kuchen de membrillo. Tiene el sabor de la ternura que se escenifica con la distancia, suavidad de tostada piel de marzo, textura de una caricia somnolienta de invierno austral. Pido a los dioses que bendigan su magia culinaria. Le aderezo una capa de miel de castaño. Mate amargo para espabilar demonios improductivos. Un ramillito de cedrón para pacificar la sobredosis de inquietudes del espíritu. Mi rostro permanece obcecado en la ventana que da a la cordillera. Mi mano como un catalejo para supervisar la cumbre del Malalcura. De pequeño esperaba que desde los remolinos de nieve aparecieran yetis, godzyllas y cucos de Dino Buzzati. Aún lo espero.

 

He madrugado para aspirar los aromas de enero, las flores húmedas del poleo, la lavanda en su apogeo. No han llegado pájaros operáticos esta mañana. Las tencas se fueron de farra. Los manzanos no acusan ni rumor de brisa. A lo lejos, los queltehues parlotean como en un bar de Joseph Roth. Ni ellos parecen entenderse.  

 

Abro el archivo de Joe Hisaichi, marchas nupciales de nubes grandilocuentes, anillos que se multiplican en un estanque de ranas contemplativas, hojas secas de platanero trituradas por un poeta descuidado. Cada nota es un haiku que araña el corazón, latidos de un alcanfor centenario, hologramas del Yo-Niño que aparece y desaparece en un bosque de nunca jamás.

 

Los periódicos no traen buenas nuevas. Solo miseria moral, tergiversaciones malintencionadas, fascistismos travestidos con mantos de pureza. No hay acápites para la generosidad humana, anexos para el lado de la condición humana que sigue resistiendo a la inmundicia de la historia.

 

El sol se alza pegándole codazos a las nubes. Es hora de iluminar el valle de Alico, darle un manto turquesa al río Ñuble y vitaminizar los durazneros que se aprestan a la maduración. 

 

Vuelvo atrás, décadas y siglos atrás. Un mensaje de Mozart, un poema encriptado de Joyce, un chiste elegante de Nabokov. Los mejores capítulos de la gran marcha ya fueron escritos.  

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De CUADERNOS DE LA IRA, blog del autor

 

¡Esta es por vos, Charlie!


PABLO CINGOLANI

 

Dentro de diez mil años

¿quién pensará en mi vergüenza o en mi gloria?

El único pesar que traigo de la vida

es no haber bebido suficiente vino.

 

陶淵明 Tao Yuanming:(365 – 427 dC): Epitafio

 

 

Me arrasó la noticia del fallecimiento de Charlie Watts. Me sigue invadiendo la tristeza, una tristeza especial, que no se bien cómo definir ni procesar.

 

Momentos antes de que me enterase de la muerte de Charlie, sonaba en mi cabeza -no sé por qué o lo sé, pero me lo guardo para mí- Times waits for no oneEl tiempo no espera a nadie, esa balada bluseada de los Stones que fue siempre un himno para nosotros. Y con ese tema rebotando en mi cabeza, certero ataque al corazón: Charlie Watts ha muerto, ¡Charlie Watts se murió, loco!

 

No sé por qué, me insisto, pero no puedo evitarme la tristeza, pero no cualquier tristeza, una tristeza desoladora, una tristeza infinita, algo muy querido, algo muy sentido, seguramente, también se está muriendo dentro nuestro, dentro de nosotros, y por eso duele.

 

¿Nosotros? Ya sabemos quiénes somos nosotros. Y sí sé porque andaba tarareando en mi cerebro Times waits for no one y lo diré -en homenaje a Charlie- y es porque a nosotros que la volvimos un himno, el desenlace del destino, así lo quisimos, siempre nos está acechando, siempre seductor, siempre mirándolo de frente, porque, como dice el estribillo de ese temazo: “El tiempo no espera a nadie/ y tampoco va a esperar por mí”. Así que ya saben.

 

Times waits for no one está incluida en ese LP que gastamos que es Its only rock and roll y carga un solo de guitarra de Mick Taylor, bien latino, con ecos de la viola de Santana, que te limpia el alma. La grabaron diez años después de hacer lo mismo con un clásico del R&B, Time is on my side -El tiempo está de mi lado-, la complementariedad stone-sonora-sensible inevitable. La letra de Times waits… va al grano –“Las horas son como diamantes, no dejes que se desperdicien”, “Bebe en tu verano (…) Los sueños de la noche se desvanecerán al amanecer”- y termina con un desgarrado Jagger negando todo el sentido de la lírica, clamando por vivir. Tomen nota, ¿eh?

 

Buscando sosiego, vinieron a mi memoria “Bonzo” Bonham y Keith Moon y quiero tratar de entender los designios divinos y suponer que como ellos son los que llevan el ritmo de la banda, tienen que partir primero y allí estarán, todos juntos, tocando sus blues y el bendito rock and roll que nos nutrió y que nos legaron. Paz en tu tumba, querido Charlie. Saludos al 68. ¡Tristeza baila conmigo: tristeza tem fim!

 

Laderas del Aruntaya, 24 de agosto de 2021

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Fotografía: Ian Stewart, 1969

 

Monday, August 23, 2021

Alfabetos extraterrestres


ALEKSANDRA LUN

A finales de mayo falleció en Polonia el escritor Jerzy Pilch, un peso pesado de la literatura polaca y un perfecto desconocido fuera de su país. Algunos libros suyos llegaron a publicarse en los idiomas fuertes del orden cultural internacional: uno en francés, tres en inglés, dos en español. Pasaron sin pena ni gloria por las áreas geográficas respectivas: en España, los dos títulos publicados por Acantilado en los años 2000, Casa del Ángel Fuerte y Otros placeres, se reseñaron y se olvidaron. Muerto Pilch, no se traducirán más libros suyos a ningún idioma, pues lo peor que puede hacer un escritor de Europa del Este poco traducido es morirse. Como sus libros en los almacenes de las distribuidoras occidentales, Pilch se irá desintegrando, poco a poco encontrando el camino al subsuelo de la llamada literatura universal, que de universal no tiene nada, pues consiste, en su acepción más popular, en obras escritas o traducidas en Occidente.

Como tantos otros escritores importantes, Pilch no formará parte de ese canon porque tuvo la mala suerte de nacer en una lengua hermética. El polaco es el Fitzcarraldo de los idiomas europeos: traducir a un autor polaco es querer construir un teatro en la selva amazónica. Intentar que los medios de comunicación se interesen por él es transportar un barco gigante por encima de una montaña. Para despertar el interés del público por un autor polaco hay que ser un Werner Herzog dispuesto a todo. Culpar de esa injusticia histórica a las editoriales sería culpar del mal tiempo a los excursionistas. Los editores que publican a autores polacos ya de por sí son personajes trágicos: hagan lo que hagan, están remando a contracorriente. Hace poco leí la reseña de una escritora española que recomendaba la novela de una autora polaca “a pesar de que la acción del libro suceda en Polonia”. En este sentido, Stanisław Lem fue un visionario que supo que lo más importante era situar la acción de su novela más famosa, no en Polonia, sino a bordo de una nave espacial. También lo acabaría sabiendo George Clooney.

Además de venir de un país cuyo solo nombre espanta a los lectores occidentales, Pilch cometió el pecado de ser original. La originalidad es una sentencia de muerte para un escritor de una cultura periférica. Un autor original es difícilmente comparable a otros escritores. No es un problema si pertenece a una cultura fuerte: una voz innovadora de la literatura francesa no tendrá problemas para encontrar público extranjero; al contrario, creará una corriente nueva que seguirán los escritores de culturas más minoritarias. Pero un autor de una cultura periférica que quiere ser traducido tiene que ser un escritor preexistente, un eco de lo que ya se escribió o tuvo éxito en Occidente, un doble de alguien que ya pasó por ahí, una repetición en otra escala de una melodía que alguien ya tocó. Hace falta un espíritu preparado, dijo Blaise Pascal hace cuatrocientos años sin saber que se refería al mercado editorial occidental.

La originalidad de la escritura de Pilch la agrava el hecho de que sea un autor con pasaporte polaco y que escribe en polaco, pero que no encaja en las expectativas que Occidente tiene sobre la literatura polaca, demostrando de paso la absurdidad del concepto de literatura nacional. Pilch no tiene ninguna vocación histórica o moral, nadie de su familia pereció en un campo de exterminio y ni siquiera es católico, sino luterano. Con su irónico estilo bíblico (ya nadie nunca volverá a escribir así), escribe sobre la región de la que proviene, la Silesia de Cieszyn, sobre sus extravagantes familiares, sobre su amado equipo de fútbol, el Cracovia, sobre sus relaciones sentimentales, sobre sus amigos, sobre el alcohol, sobre su vida con la enfermedad de Parkinson, sobre la literatura. Es un outsider literario, distinto a todos los demás, una anomalía perfecta, un caballero en el país de los bordes, un miembro de la selecta escuadrilla de escritores capaces de sobrevolar con ligereza el dolor y la angustia, una supernova que, con su humor elegante, hizo estallar desde dentro un sistema literario ensimismado en su pasado traumático.

El último problema de Pilch es uno de los problemas más bellos que puede tener un escritor: como muchos de los más grandes, no es un robot. Escribió algún libro imperfecto. Un libro imperfecto de un autor anglosajón se traduce en todas partes; a los escritores periféricos, como a los alumnos desaventajados, se les exige la perfección. Y la perfección, en palabras de Alexis Jenni, consiste en obedecer las normas. El sistema comercial en el que está sumergida la literatura hoy en día nos ha acostumbrado a trayectorias impolutas, igual de falsas que los cuerpos perfectos que nos muestra la publicidad y las vidas perfectas que nos muestran las redes sociales. La entrega de los grandes premios como el Nobel viene precedida o seguida de una retahíla de otros premios, de biografías salpicadas de éxitos, de trayectorias lógicas y expansivas, como si un escritor fuera un deportista de élite coleccionando los palmarés de las competiciones. Pero si la literatura no consiste en la perfección, ¿en qué consiste? Pilch decía que la esencia de la literatura era el olvido.

«La literatura es un archivo de sueños, un diccionario de sueños, incluso la novela más realista no es más que un sueño muy tangible descrito con mucha precisión” –escribe en La zurdera perdida para siempre (inédito en español), y añade– “No leemos libros para recordarlos. Leemos libros para olvidarlos, y los olvidamos para volverlos a leer. Una biblioteca es un archivo de sueños olvidados pero fijados, la oportunidad de un retorno sin fin».

La falta de perfección no hace que sea peor escritor: hace que sea un escritor más auténtico, y también más valiente. No es difícil tener una trayectoria impoluta publicando un libro cada cinco años, dejando ver al mundo la versión más corregida y destilada de nosotros. Pilch escribía mucho y publicaba mucho, con el coraje de un soldado raso corriendo hacia las bayonetas. Bolaño decía que la batalla más grande de un escritor sobreviene en sus obras secundarias: la batalla más épica que libró Cervantes no fue con El Quijote, sino con las Novelas ejemplares. Ese principio se puede aplicar a Pilch y a sus obras menores. La escritura, como todo acto creativo, es una maestra de la derrota. Los escritores solo se parecen a los deportistas de élite en un aspecto crucial: quien no aprende a convivir con el fracaso tiene que retirarse.

La escritura perdida de Jerzy Pilch es solo un ejemplo más de cómo grandes voces desaparecen por las cloacas de la periferia. De cómo la literatura es una batalla a vida y muerte en la que sobrevive el más fuerte. De cómo nos gusta idealizar los libros, verlos como el inocente patrimonio común que nos protege del caos, pero cómo, mirada de cerca, la literatura es un registro de dominantes y dominados. Como los sedimentos que muestran la edad geológica de las rocas, la literatura nos muestra quién y cuándo tuvo suficiente poder: suficiente poder para escribir y suficiente poder para publicar. La democratización de la escritura que presenciamos actualmente, con todas sus limitaciones, es muy reciente. Durante siglos, ni esclavos ni pobres ni campesinos ni mujeres ni otros marginados escribían. La historia literaria que con tanto orgullo enseñamos en las escuelas es la historia de la creatividad de los poderosos. Y, pase lo que pase en el mundo en este convulso siglo XXI, su literatura será la primera literatura de nuestra historia escrita por los marginados. Los que encuentren editor.

Mientras tanto, vivimos de espaldas a los escritores de culturas periféricas porque no tenemos acceso a su obra, como si estuviera escrita en jeroglíficos. Sus libros no pertenecen a la literatura universal, como tampoco pertenecen a ella los libros no escritos de los esclavos que construyeron las pirámides egipcias, de los campesinos ucranianos que murieron en la gran hambruna, de las mujeres quemadas durante la caza de brujas, de los congoleses asesinados recogiendo caucho. Pero todos esos libros, no escritos y no traducidos, siguen con nosotros: son libros fantasmas que agitan sus cadenas y nos persiguen por los corredores vacíos de nuestro relato colectivo, susurrando que les dejemos entrar en nuestras vidas.

«He leído con atención a muchos autores, a menudo varias veces, y me acuerdo de muy poco» –sigue Pilch sobre la desmemoria– «Pero, de hecho, si me acordara bien de ellos, sería más pobre, más infeliz; estaría más cerca del final, ya parcialmente muerto. Porque si estuviera totalmente seguro de conocer bien Doctor Fausto de Thomas Mann, también tendría la sensación de que es un libro muerto, la seguridad de que ya no lo volveré a leer».

Los escritores periféricos nos ofrecen el regalo de una vida inédita, de un nuevo comienzo en otro lugar, de un mundo inexplorado. Y no tienen prisa. «Os esperamos aquí», musitan desde los márgenes de la literatura universal, «os esperaremos hasta el final. Hasta el futuro». ¿Y nosotros? ¿Sabremos crear un futuro en el que un satélite detectará la galaxia de los escritores perdidos? ¿Descifraremos sus alfabetos extraterrestres? Nos especializamos en empresas imposibles: hemos pasado de saltar de árbol en árbol a patentar el ascensor. Y, como Fitzcarraldos que somos, tenemos que encontrar la manera de transportar aquel barco por encima de la montaña. Porque si la literatura, como dice Pilch, es una biblioteca de sueños olvidados, la literatura universal solo puede ser una biblioteca sonámbula. Una biblioteca que encontraremos si salimos en búsqueda de los escritores perdidos. Si los buscamos en las paradas de los tranvías nocturnos, en los parques cerrados desde el anochecer, frente a semáforos en rojo que iluminan calles desiertas. Si los buscamos sin descanso, si los buscamos con dedicación y esperanza, si los buscamos como si buscáramos la teoría del todo. Aquella teoría que conecte por fin la relatividad general con la física cuántica: el centro con la periferia. Quizá los escritores perdidos sean la ecuación que todos andamos buscando.

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De REVISTA DE LETRAS, 20/11/2020

Foto: Aleksandra Lun

 


Aleksandra Lun

Aleksandra Lun (Gliwice, Polonia, 1979) es escritora y traductora. Su primer libro Los palimpsestos, escrito en español, ha sido publicado en España, Francia, Países Bajos y Estados Unidos. Vive en Bruselas.

 

 

 

Sunday, August 22, 2021

Camerún, corazón de Pangea


MAURIZIO BAGATIN

Leer millones de años para escribir una página sola. Recorriendo la Ring Road del Noroeste de Camerún, pasos de gigantes para llegar al Chad, con destino final en Moura.

Seguimos las variaciones de la composición del globo terráqueo, desde sus fragmentaciones, millones de años atrás. El corazón de Pangea, Camerún, va tomando su forma, una caricia al océano, una mirada a la meseta del Adamawa, otra al verde sin fin distraído solamente por el Monte Camerún. El órgano independiente, el corazón de Pangea, es la síntesis del planeta ya formado. La extrema belleza de este recorrido conduce a los colores primordiales, a sus variaciones, a sus líneas ondulantes, electrocardiogramas de una construcción en continua evolución, calcio, hierro, zinc, minerales ricos, minerales pobres, boro, salitre, tierra roja como la sangre, amarilla como el azafrán recién molido. Imaginando, luego, la desaparición de los dinosaurios, viendo, luego, sus últimos parientes sobreviviendo, cocodrilos, lagartos, tortugas, y todo el mundo sumergido. Viajé con Jules Verne antes de viajar con Michael Crichton.

“En Moura Lorenzo fue a solucionar un tremendo problema que surgió durante la ocupación de la sede del Saild Chad, una sede de la ong suizo-italo-camerunense que ahí tenía su única antena fuera del Camerún. Su gran experiencia del África lo llevó a un arreglo en pocos días. Lorenzo era más africano que los bamileké, los bamún, los banso, en muchas oportunidades más que los bulu”.

Las moscas tse-tsé entre los pigmeos de sureste estaba haciendo estrago, un sueño castigador, parecía al ver tanta gente y tan chiquita durmiendo, un sueño pacífico, pero en su rostro, la ausencia con la mirada hacia la inmensa floresta verde; de vez en cuando un muy sensible movimiento, que parecía una señal, una indicación, luego el coma y la muerte. Tomamos mucho Fansidar, los blancos en África, debilitándonos la vista para evitar la malaria; Alberto, el médico en Sangmélima, no aconsejó exagerar: “Mejor solo a los primeros síntomas de fiebre, sino evítelo, es el fármaco que nos ha vuelto ciegos, o casi ciegos muy fácilmente y, sobre todo, muy rápidamente. Mejor es el mal de África que tuvo Moravia…”.

“Teníamos que desaduanar un container y se logró organizar una reunión con un burócrata del gobierno, una cena en un buen restaurante de Yaundé podía llevarnos a una buena solución. El burócrata empezó hablándonos de la guerra contra Nigeria por la posesión de la península de Bakassi, riquísima en petróleo: “¡A los nigerianos los estamos deteniendo por todos lados, pronto se retirarán y Bakassi será reconocida como territorio camerunés!” Siguiendo: “¿Es solo cuestión de días!”. Del container nos fue imposible hablar, de cómo desaduanarlo menos aún. Si la memoria no me falla fue gracias a la intervención de una mujer estupenda, una mulata de la cual no recuerdo el nombre, que logramos después de varios meses y de un buen soborno, sacar el container de la aduana. Al retirarlo de la aduana le pregunté a la mujer estupenda porque el supuesto burócrata del ministerio de comercio no nos ayudó, sabiendo que iba a recibir su tajada. Me miró, con sus ojos verde esmeralda, hipnotizándome: “¡Mon cheri, él era el ministro de defensa y nunca les hubiera podido ayudar, pero les agradece por la cena y el buen vino!”. Años después, leyendo Jagua Nana de Cyprian Ekwensi me acordé de muchas cosas que en aquel tiempo no me pasaban por la mente. De cómo engatusan las mujeres en África, de cómo el tribalismo, la viveza criolla, las enfermedades, el ser blanco en el continente negro, nos hacen ver, pensar y hasta imaginar, la mayoría de las veces, otras cosas, casi siempre lo contrario de lo que habíamos visto, pensado e imaginado”.

Hoy, que miles y miles de cameruneses buscan refugio en Chad, lo cual podría parecer inverosímil, me acuerdo de las reuniones bajo el árbol de mango de los ancianos con los jóvenes del petit village, del grand frère y del petit frère, y de cuando sentado yo también sobre una bellísima alfombra, entre hombres y mujeres musulmanes me equivoqué, pensando que el muchacho sentado a mi frente estuviese mirando con demasiada intencionalidad a la chica que estaba a mi lado, mientras (lo supe solamente después) me estaba mirando a mí.

Hoy que miles y miles de cameruneses están escapando de la violencia extremista de una religión, mi recuerdo de Kapuściński, y de las mil páginas que tendríamos que leer para poder escribir una sola página. Y del color de la tierra que fue Pangea, del corazón de Pangea que es Camerún.

21 agosto 2021

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Imagen: Tejido Ndop

 

Saturday, August 21, 2021

Ocho estampas sureñas y un hombre menguante


MIREYA HERNÁNDEZ

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YA es demasiado tarde para salvar mi alma", le dijo Laura a los testigos de Jehová que fueron a su casa. Y en ese momento recordé a la mujer que había visto en el Metro de Madrid justo antes de mudarme a Sevilla.

Negra, enjuta, con unos pantalones raídos y la cara llena de costras. La mirada perdida, una colilla en la boca. Lentamente se acerca el mechero a los labios. "¡No se puede fumar, pues yo fumo!", grita con acento cubano. Lo enciende. "No fumar, no beber, yo hago lo que quiero. Soy imparable. SOY EL DIABLO". La gente se empieza a alejar de ella, que hace un ruido gutural y se levanta tambaleándose. Le da una calada al cigarro. "¿Sabes por qué los españoles están jodidos?", le dice a un hombre que está sentado en un banco. "¡Por maricones! Porque no valen para nada. Hay que luchar por España, no por los maricones".

De eso me acordé mientras entraba en un bar de san Lorenzo que tenía todas las paredes llenas de imágenes de vírgenes y Cristos sobre azulejos verdes y marrones y un cartel de "Faltan para la Gloria, 326 días". Me llevó Mateo la tarde que se saltó la dieta y en la barra me confesó que había sido niño Seise y había bailado una danza sagrada delante del Santísimo de la catedral de Sevilla en la Octava del Corpus, en la Inmaculada Concepción y en el Triduo de Carnaval. Entre tapa y tapa le conté que un día vi a un niño en lo alto de un paso con siete u ocho costaleros de un metro de altura a su alrededor. "Estarían ensayando para alguna procesión", me dijo sin inmutarse. Y entonces entendí los letreros que había visto nada más llegar a la ciudad en un escaparate del centro. En uno decía: "Aquí siempre es Semana Santa" y en el otro: "Aquí siempre es Navidad".

Y lo cierto es que después de ver las palmas del Domingo de Ramos en los hierros de los balcones, una copistería que se llama Amor de Dios y la papelería Pichardo, donde en lugar de cuadernos y sacapuntas puedes comprar belenes y estampas de primera comunión, no resulta extraño cruzarse con una procesión en medio de una ola de calor, ni pasar por la calle del Santísimo Cristo de las Tres Caídas o la de Nuestro Padre Jesús de las Penas, ni ver comercios como Triana Cofrade, una tienda de artículos y souvenirs religiosos que vende túnicas de nazareno, equipos de costaleros, escudos bordados, cíngulos, capirotes, tazas con la cara de los apóstoles, estatuas de vírgenes, incensarios y jarras con la estrella de una Hermandad; o como Casa Fernández, que asegura vender lámparas, cristalerías y juguetes pero que desde fuera sólo parece tener láminas de santas, posters con la cara de Jesucristo, capotes de torero, banderas de España, láminas de monumentos sevillanos, medallas de vírgenes y fuentes de plata.

Así que la segunda vez que fui al bar de san Lorenzo en plena Cruz de Mayo no me sorprendió que la Virgen engalanada en su castillo de flores y velas me cortara el paso y me limité a hacer lo mismo que los que la rodeaban: sacar el móvil y empezar a grabar. Incluso pude fijarme en detalles en los que antes no habría reparado, como que todos los costaleros llevaran zapatillas blancas o que un músico de la banda tuviera una brecha en la cabeza.

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Durante estos meses me he acostumbrado a ver retablos por la calle y gracias a ellos he sabido que el 21 de octubre de 1704 hubo un incendio en el convento de los Mínimos de Triana y que a la Virgen del Rocío se la conoce también como la Blanca Paloma y La Reina de las Marismas. Lo que me sigue llamando la atención es una furgoneta Renault color verde botella que circula por el barrio y lleva una pegatina en la ventana de atrás donde pone:

Menos televisión / Más oración / Más vida de familia / Y la Madre feliz / Nos hace dichosos

Debajo hay una paloma blanca dibujada y al lado una lámina de Jesús con el texto: "YO SOY AQUÉL que puede consolarte y pronto detiene tus lágrimas", que no está muy lejos de otra donde dice: "Vengo a tu casa a pasar este día contigo". En las puertas hay estampas de vírgenes, carteles que anuncian "Buenas noticias", "Jesucristo vive" y "Dios es amor" y pegatinas de VIDA SÍ, ABORTO NO con el teléfono de la Fundación Provida.

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El puente está adornado con farolillos blancos y verdes que se iluminan al anochecer. Han empezado las fiestas de Triana y la calle Betis se ha llenado de casetas donde venden espetos de sardinas y copas a dos euros y medio. Hoy la Virgen del Carmen ha pasado por debajo de mi balcón. He visto cómo llegaba desde el final del paseo y cómo se alejaba luego por el río en una plataforma de terciopelo rojo. "¡Guapa!", gritaba el gentío agolpado frente al Guadalquivir, que hoy olía a incienso y a flores. Docenas de mujeres le han cantado el Avemaría desde un barco, y cuando la orquesta ha parado de tocar, un hombre ha exclamado: "¡Viva la Virgen del Carmen!", y la procesión entera ha respondido: "¡Viva!"

Y mientras la patrona de los marineros desaparecía río arriba alumbrada por los farolillos del puente y los fieles se dispersaban y corrían hacia la calle Betis, me he acordado del palíndromo latino "Damos vueltas en la noche y somos consumidos por el fuego", que para algunos es una adivinanza cuya solución es "antorcha" y para otros una descripción de los demonios o del vuelo de las polillas.

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De DIARIO DE SEVILLA, 26/08/2018

Wednesday, August 11, 2021

Oskar Panizza: psiquiatra, literato y paciente psiquiátrico


LIZARDO CRUZADO


Aunque actualmente el nombre de Leopold Hermann Oskar Panizza (1853-1921) no evoque ningún recuerdo en el común de literatos o médicos, en su momento llegó a ser un prometedor y joven psiquiatra de élite además de interesante y prolífico literato: lamentablemente sus días culminaron confinados en un manicomio víctima de cruel padecimiento que observó primero en otros para sufrirlo al fin en carne y mente propia.


Panizza nació en un pueblo de Baviera tres años antes que Freud y Kraepelin. Desde su infancia manifestó un temperamento voluble y una innata genialidad. Por el lado paterno tenía parientes excéntricos, irascibles e impulsivos y por la rama materna varios casos de locura establecida. Su padre falleció cuando él tenía 2 años y la relación con su madre fue muy estrecha pero jalonada por numerosos disturbios.

 

Aunque inicialmente estudió música, se decantó finalmente por la medicina aunque sin dejar sus costumbres noctívagas y liberales: contrajo la sífilis en sus años universitarios y una goma sifilítica en la tibia derecha lo incordió hasta sus ultimos días como recuerdo de ello. Se especializó en París y también fue discípulo de Von Gudden -el maestro de Kraepelin-y condiscípulo de este último.

 

Panizza abandonó precozmente la psiquiatría, en medio de un cuadro que hoy podría catalogarse como un episodio depresivo con síntomas psicóticos, y partió a Londres para estudiar literatura. Sus escritos, al inicio ignorados por el público masivo, abordaron pronto temas controversiales como la prostitución -afirmaba que la prostitución era natural y necesaria y, de hecho, sus únicos contactos sexuales fueron prostitutas- y la masturbación. Los problemas con la censura eclesiástica no se hicieron esperar, sobre todo cuando luego de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción en 1893 por Pío IX, publicó una obra satírica en que solicitaba que dicha condición se hiciese extensiva a todos los papas...

Su obra más perturbadora, 
Das Liebeskonzil (El concilio del amor) apareció en 1894: en ella recrea el Concilio Vaticano I, en plena época del renacimiento, y presenta a Jesús como un sujeto cuasi oligofrénico y torturado por su fijación edípica y a María como una especie de ninfómana, todo en el marco de las licenciosas costumbres de la época. La obra fue secuestrada y destruida y Panizza dio con sus huesos en prisión.


Desde entonces se inició el proceso de agravamiento de Panizza: deambuló entre Suiza y Francia tratando de huir de sus delusiones persecutorias y alucinaciones -el líder de su comunidad paranoide era nada menos que el Káiser Guillermo II-, tuvo un intento suicida frustro y finalmente fue confinado al sanatorio de Bayreuth donde murió el 28 de setiembre de 1921, víctima de apoplejía.

El caso de Panizza fue comentado en la octava edición del "Lehrbuch der Psychiatrie" de Kraepelin, sustentando el lugar nosológico de la parafrenia como psicosis intermedia entre la paranoia y la esquizofrenia. Otros autores posteriormente han resaltado a Panizza como precursor de la corriente antipsiquiátrica por su cerrada defensa de las libertades individuales y de la persona ante la autoridad -célebre fue su ensayo 'Psychopathia Criminalis' que subtituló "Instrucciones para dilucidar psiquiátricamente y determinar científicamente las enfermedades mentales reconocidas como necesarias por la corte. Para médicos, profanos, juristas, custodios, oficiales administrativos, ministros, etc."- Mas aun al margen de tales circunstancias, Panizza fue un hombre que conoció la cárcel y el manicomio, que vivió intensamente y, torturado por su propio destino, traspuso esa delgada, delicuescente línea que separa la cordura y la locura.

 

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De DESDE LA LOCURA, blog del autor, 17/07/2009

Imagen: George Grosz, "Dedicado al poeta Oskar Panizza", óleo, 140 x 110 cm., 1918, Staatsgalerie, Stuttgart. (Más conocida como "El entierro del poeta Oskar Panizza" aunque se pintó antes de la muerte de aquél).

 

Sexo, fútbol y rock & roll


MAURIZIO BAGATIN

 

Si George Best metía gol era porque algunas horas antes se había inspirado entre las sábanas y las piernas de una mujer. Toda su genialidad llegaba al cenit si a Cupido se le obedecía, y también Eros agradecía. Para los fans era una fiesta. No siempre, cuando el sexo venía acompañado del alcohol todo se derrumbaba y para Best era una pesadilla. Mejor hubiera sido quedarse entre sabanas húmedas, acariciando piernas hermosas.

La ontología del sexo, fútbol y rock & roll fue The Best. La pelota tomaba la forma femínea y sus movimientos eran preámbulos, caricias, besos. El dribling era la apoteosis de la seducción y el caño un mensaje subliminal. Siguen las irlandesas soñando el rock, adentro y afuera de las canchas.   

Con la Holanda de Rinus Michel y de Cruyff se revoluciona también la relación entrenadores-futbolistas, el fútbol total inicia con un nuevo tipo de relaciones entre el tiempo futbolístico y el tiempo privado de los futbolistas. Las mujeres vienen admitidas en los retiros de los jugadores y pueden acostarse con ellos. No se trata del amor libre de Woodstock, ningún flower power, sino de unas bofetadas a los mojigatos y a los enclaustrados lugares comunes. Hacer sexo antes de un partido elimina toda tensión acumulada y te hace feliz. ¿Qué mejor estado de ánimo para enfrentarse con el adversario? A Neeskens y a los hermanos van de Kerkhof siempre los vimos muy bien. El abrazo entre Zeus y Afrodita bajo la persuasión de Nike…        

Garrincha se convirtió en un alcohólico a los 14 años. Como un pajarillo, sin torpeza y con poesía andaba en las canchas de fútbol, y en los boliches entre mujeres, en la cama aleteaba y de vez en cuando perdía una pluma, nunca su eterna alegría, jamás su imborrable saudade. La cachaza y las mujeres le dieron el ritmo, y al paso de samba y con unas fintas de capoeira embriagaba adversarios e infatuabas a las chicas de su barrio. Por eso su andar fue padre de 14 hijos con diferentes mujeres. 

Los lunes los futbolistas descansan, el departamento de Enzio Vendrame los lunes parecía un ambulatorio de ginecología. El friulano, como pocos, fue poeta en la cancha y fue poeta con las mujeres: “Vomitare, recitare, bestemmiare./Urlare, godere, soffrire./Per poi amarti, chiavarti/succhiarti, consumarti,/divorarti tutta./Per poi vomitare, recitare,/bestemmiare, urlare, godere,/soffrire./Per poi/morire”. El vino era inseparable de las mujeres, andaba por su natal Casarsa invitando a los amigos en el lugar más alegre del pueblo, la tumba de Pier Paolo Pasolini. Y hacerle un caño a Gianni Rivera “Fue un gesto instintivo y me enfadé conmigo mismo. Aunque él también tuvo su parte de culpa. Se abalanzó sobre mí con las piernas abiertas, y en el fútbol, como en la vida, cuando alguien se abre de piernas te incita a hacer algo”. Se fue Ezio cantando “Ce l’ho con l’amore che tanto mi fa male”.

En el África negra para calmar la libido te hacen comer papaya, así una leyenda bantú narra de unos corredores que más corrían y más querían hacer al amor, hasta que una vieja sourcier les dio de comer papaya y ellos así calmaron su apetito sexual. Apenas nos contaron esta leyenda dejamos de comer papaya, las que nos ofrecían chiquillos vivísimos en cada semáforo, en los largos caminos de la brousse o solamente al ver llegar unos bichos blancos, que éramos nosotros…      

A los futbolistas africanos les habrán hecho creer lo contrario, y les falsificaban las fechas de nacimiento, les ofrecían papaya para un mejor rendimiento, quedarse siempre jóvenes, ganar torneos siendo siempre menores de los demás. 

A Domenico Marocchino lo llamaban el tombeur de femmes, fue por un buen periodo el dandy del fútbol italiano, y las “marocchinate” fueron sus hazañas extra futbolísticas, perder los entrenamientos durante toda la semana solamente para probar lo que significa una semana de sexo, antes del partido del domingo.

11 de agosto 2021

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Imagen: Domenico Marocchino en un anuncio de la Sampdoria

Monday, August 9, 2021

Verano


OLGA AMARÍS DUARTE

 

El verano es una época extraña, fuera del calendario lunar, indiferente al paso de las horas e indolentemente recostado bajo la sombra de las agendas. Su nombre ya es un desatino… Verano, de “verus” (verdad) y del “veris” latino que anuncia la primavera ("primum ver", el primer verano)... Es un tiempo inexistente, la prolongación despreocupada de otro, el seductor que malvive de los restos de una época más real.

El verano es una intermitencia, un sueño frívolo, aquella luz de agosto de los personajes de William Faulkner y el calor que ablanda todas las promesas de los meses cuerdos… Una pausa sin consecuencias… El amor de verano siempre es un desliz… El dolor, la picazón de un mosquito…

Otros idiomas, más precisos, reclaman la supremacía del sol: “Sommer”, “summer”. Los más sufridos, atienden al calor y a sus desgastes estivales: “été”, “estate”, “estiu”…

El verano es Céline, la joven protagonista de la novela de Françoise Sagan, a orillas del Mediterráneo… El mismo mar del que habla Esther Tusquets en su veranear... Es la última lluvia de Ferrragosto en la Roma de Gianfranco Calligarich… Es la canción del viento de una muchacha de cuatro dedos de Murakami…

Los del Sur sabemos que el verano es la noche que queda tras la resaca del caló, con las ventanas bien abiertas para que entran los quejíos ancestrales de los cantaores y el rumor/rubor de los amantes sudorosos. Para mí el verano es un pueblo de la sierra, de aquella sierra culta de María Zambrano, el lugar de la escritura y, sobre todo, un jardín… Y una maleta que llega adelgazada de ropa para llenarse de los libros que allí no encuentro y que acá me esperan… Este verano, además, se ha convertido en un ritual… El del atardecer de Hermes Trismegistos: Pura alquimia de esmeraldas, fuego y perlas. 

El sentido de la aventura: Malraux y Melville


MAXIMILIANO BENÍTEZ

 

Fraternidad. Es la palabra que más se repite en la obra de Malraux. Es como un buque insignia de su literatura, de su percepción de algunos de los episodios más dramáticos y apasionantes que pueblan sus historias pero también sus vivencias. En Melville esa hermandad se nutre de obcecación y fatalidad, como si la conducta de sus personajes diera vueltas en círculos para acabar en el mismo vacío. Podríamos casi afirmar que ambos comparten una misma idea de la naturaleza humana, pero en diferentes estratos. Como si, para llegar a comprender cabalmente la amalgama de una, debiéramos rascar hasta sangrar la primera. En tiempos de heterodoxia simplificada, esas ideas constituyen el mapa del comportamiento, cada vez más difuso, de estas sociedades apáticas en que jugamos a vivir.

De las tres grandes novelas de Malraux (La esperanza, La condición humana y Los conquistadores), puede que esta última sea la que menos detenta ese péndulo en que el novelista y aventurero francés hace oscilar a casi todos sus personajes (a él mismo, en definitiva) en torno a la vigencia o inanidad de un ideal en el fragor de la batalla o pronto a morir. Porque Malraux es consciente del carácter absurdo de todos los sistemas, de todas las ideologías y guerras que fecundan la condición humana, y precisamente por eso se abraza a la fraternidad, al valor de la palabra como pilar ante el desconcierto. Con excepción de Los conquistadores, donde, a pesar de librarse una batalla al otro lado de la puerta, a unos metros, en toda la ciudad, todo parece resolverse (como en las novelas más intimistas de Onetti o en un texto cualquiera de Kafka) en una habitación cerrada, encontramos en La condición humana y La esperanza ese vigor de tropa haciendo frente a la incertidumbre a campo abierto, en las trincheras, en escuadrones surcando, más que el cielo atravesado por densas nubes de humo negro, un verdadero territorio anímico, fatal y hermoso al mismo tiempo, épico. El sentido del absurdo expulsando al aventurero hacia fuera, hacia lo irrevocable, hacia la contingencia. No es una mera casualidad ni capricho de lector que cite continuamente a Dostoyevski y ensalce su relevancia y legado en la literatura y el pensamiento desde entonces. En Melville esa batalla irreconciliable con el devenir tiene forma de ballena blanca y capitán.

Moby Dick posee todos los ingredientes de una novela de aventuras, pero es más que eso.  Del carácter inescrutable e invencible del capitán Ahab, obsesionado con la ballena hasta la ceguera intelectual, se percibe algo que, una vez más, nos atañe a todos. Es la vieja historia, la misma, contada una y otra vez desde los tiempos de Gilgamesh. Y la ballena blanca, imperturbable como la misma naturaleza que trasunta su vida, tan solo viene a enseñarnos el tamaño infinitesimal de nuestra vida en términos astronómicos. Melville, un analista de lacerante humor que desgrana la pérfida cabila en que nos hemos convertido a fuerza de traicionarnos continuamente, también es consciente del absurdo plan de los hombres en conquistar un mundo ajeno que nunca deberíamos haber pisado. Y engrasa todos los resortes de la aventura con la persecución de la ballena a mar abierto, luchando (claro que sí) contra todos los elementos, arrastrando, terco y obsesionado, a toda la tripulación a zozobrar; puede que no exista metáfora más clara y concisa de la humana actividad. Porque, a diferencia de los personajes de Malraux, que buscan en la comunión la salvación como hombres, no como mártires, el capitán Ahab no duda en llegar hasta el final, su final, con tal de probar (en este caso, Melville) el carácter ilusorio de dios en la tierra. Es como pisar un hormiguero y ver el caos desatado en torno al cráter aplastado. Respuesta: nunca debió estar en ese hormiguero.

A menudo pienso en la amistad de los últimos momentos de la que habla Malraux, en la épica de Melville a bordo de su no tan imaginario barco ballenero Pequod, y decido que únicamente tiene valor literario y humano aquello por lo que vale la pena escribir y vivir. Porque la clave no está en tomar un fortín o cazar la ballena blanca, sino en conquistarse a uno mismo sin dilaciones, como en una capitulación irrevocable.

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De INMEDIACIONES, 07/07/2021

 

 

Sunday, August 8, 2021

Navigare necesse est, vivere non necesse

 


MAURIZIO BAGATIN


Un caminar rimbaudiano o aquel de Ceronetti, reviviendo las horas de Leopold Bloom. El viaje de Roberto Calasso inicia en el vientre de su madre, en donde ya estaba leyendo los mitos que al hombre siguen siendo necesarios. Útiles. Donde sea, el hombre de ellos se ha nutrido.  

Salen frases cortas y silenciosas, un barco que recorre toda la Mitteleuropa, el Edipo de Freud y la poesía de Wisława Szymborska, los elzevirios de Karl Kraus; siguiendo el eco de una voz trágica, el coro de la tragedia griega, el idealismo en la música y en la filosofía, el pragmatismo en el derecho y en la racionalidad, amar Atenas y Roma, sobre todo Grecia. Y, luego proseguir el camino, las huellas de los pasos del Magno Alejandro hasta la orilla del Ganges, un Nirvana, Gilgamesh, más allá el misterioso poder del Shangri-La.

El viaje de Roberto Calasso es el viaje de Bobi Bazlen, los libros de los demás, los libros que nunca fueron escritos, los nunca leídos, la palabra aún ausente, y la última. El libro de todos los libros. Sentándose en el paraíso de Borges, en la Babel de un imposible esperanto, dialogan el filósofo de una teología escandalosa y el gnóstico tenaz; el pensamiento que no derrotó Auschwitz y el Ecce Homo. Seguimos andando, en el silencio de oro miramos la biblioteca de Alejandría, toda aquella belleza que es el decurso de la ética, un cuadro de Tiépolo, los sueños, las alegorías, los símbolos de Kafka, todo su misterio aún intacto. Miles y miles de leyendas hasta la noche de la sola leyenda.

Es Cioran, Naipaul, Valéry, pero también Pollan, Morselli y Giordano Bruno, Roberto Calasso fue el editor del buen gusto, desafiando todas las modas. Como un perro que huele las trufas en los bosques, el ratón de biblioteca que evitó al topo de Marx, andando siempre en dirección obstinada y contraria, en los momentos muertos de un día de canícula del verano o frente a una ardiente chimenea en el profundo invierno, agarrando un libro y viajando, encontrando lo que otros no encontraron, no quisieron encontrar y ni siquiera olieron o vieron de lejos.    

Adelphi, es muerte y renacimiento, es el color pastel y la gráfica del voluptuoso Aubrey Vincent Beardsley, una escena de La grande belleza, otro papel. Desde su inicio, la fábula fueron eros y psique, el abrazo del logos con el mythos. Roberto Calasso nos invitó en ordenar los libros por nuestro amor a los libros… todos sus misteriosos personajes, que eran nuestras necesidades, las efímeras y las empíricas, las estéticas o las hedonísticas, iban a salir de a poco a poco, así un revés de Thomas Bernhard, una multitud de Pessoa o un epígrafe de Canetti… por la cultura, ofrecer y ofrecerse, un darse siempre, contar y contarse sentados como Flaubert, caminando como Nietzsche.

Tengo un retrato silencioso de él, del silencio de oro que tanto amaba; a los 13 años ya había leído toda le Recherche de Proust, y enamorarse del olor de un libro recién salido de la imprenta, que necesita al lector, igual que el pan recién salido del horno necesita del hambre. El conocimiento y el estómago, la mente y el cuerpo… mientras en la brousse africana me deleitaba leyendo Ka

07 de agosto 2021    

Saturday, August 7, 2021

Roberto Calasso


GEOVANNYS MANSO

 

exhalas el humo y descubres que ha muerto roberto calasso. intentas gritarlo pero tu vecino no ha leído a calasso y explicar por qué y cuánto y dónde es un diálogo que no tendrás al menos hoy. escribes una nota que no publicarás, apenas un cúmulo de palabras quedarán guardadas en tu diario. en silencio te acercas a sus libros. calasso y kafka. calasso y el ardor. calasso y el cazador celeste. calasso y el loco impuro. todo esplende y se abisma. calasso en su noche exacta. gritando obscenas verdades. «Al principio hay un puente de madera cubierto de nieve». por él se aleja, impertérrito / como el musgo / para encontrarse con harmonia y cadmo. levemente le digo adiós. le digo adiós a roberto calasso…

 

Thursday, August 5, 2021

Un millón cuatrocientas un mil visitas a mis blogs


Inicié el blog LECOQENFER a fines del año 2009. Tiempos difíciles de caminar solo. Pero fructíferos en cuanto a creación y trabajo. Un par de años después añadí SUGIEROLEER, blog donde incluí textos que me interesaban y que me parecía importante compartir. Hice de este último un espacio en donde habló la literatura boliviana, donde se dio cabida a muchísimos autores en busca de ver su obra expuesta al público. No me fue mal con ninguno de los dos. Lo cuenta el número de visitas que he recibido allí desde entonces. Excelente para dos lugares en los que trabajaba cuando podía. LECOQENFER, blog personal, me sirvió a la vez de hemeroteca y de oficina de compilación; allí reúno y rescato escritos míos que van hasta el año 1984 el más antiguo, creo. Quizá un poco antes. Mucho se ha perdido, sin duda, de los años universitarios, de la pasión femenina y la borrachera. No soy veleidoso para decir que desaparecieron textos preciosos; es muy posible que la mayor cantidad fueran inservibles o mediocres.

 

Tal vez el tiempo del auge pasó. La tecnología avanza y de alguna manera el blog como lo conocemos va quedando obsoleto. Solo hace un par de años atrás podía esperar hasta diez mil lectores para una columna mía. Ahora tengo que conformarme con una centena y algo. Pero eso no puede implicar desfallecer. Lo haremos al fin cuando la fuerza ida obligue a descansar. Siempre agradezco la lectura, la visita de gente que como yo sigue asombrándose del mundo, por infecto que sea y cómo hieda. El arte no solo nos sobrevive, nos salva. Dentro de él la escritura, para los que no somos pintores o músicos, o tanto otro gremio que existe en la belleza. Agradezco a tanta gente que colaboró y todavía lo hace con sus páginas. Seguimos, entonces, por unos cuantos miles más. Un día llegaremos a los dos millones y será una suerte de Nirvana a festejar con chicha, cerveza, vino, ron. Con baile y rebelión. Abrazos.

Claudio Ferrufino-Coqueugniot, calle Clarkson, Denver, agosto 2021.

 

La imagen es de una cerveza amarga, India Pale Ale, porque, bueno, de guerreros y piratas es no endulzar el trago, supongo. Si soy chingón o no chingón, si el mero o no, lo dirán otros. Mientras tanto baja el trago por la garganta, casi como si fuera cascajo.

Tuesday, August 3, 2021

Tres noches en Amsterdam


MAURIZIO BAGATIN

 

Schiphol está a varios kilómetros de la ciudad, de ahí con un tren metropolitano llegas hasta ella, Amsterdam. Una Venecia del norte, calvinista en su pensamiento, libertaria en su “control” del ser humano, Spinoza y Cruyff en el alma, Rembrandt en su corazón.

 

Toda la juventud de los ochenta pasó por ahí, el fin del movimiento del ’77 llevó una generación hacia los Países Bajos, un extraño welfare, un desconcertante asistencialismo permitió a muchos jóvenes un sano ocio: Coffe Shop y pizzerías surgieron como hongos en época de intensa humedad. Así se generó una fauna que no hizo olvidar el fútbol total, Eros y civilización de Marcuse y los colores de Van Gogh. Las vitrinas de Warmoestraat estaban ahí, con el color de nuestra sangre adobando interiores y reflejando en los canales el ánimo de Sardanápalo.

 

La primera noche fue bastante tranquila, en la casa de cambio una espléndida criatura, o un cuadro de Vermeer, tal vez equivocándose nos dio más florines de los que en la moneda italiana salían a nuestros cálculos. Fuimos a festejar. Y de los festejos en la Kerkstraat salimos bien, el fuerte dolor de cabeza solo apareció en la madrugada, después del horrible café que el camarero nos puso en la mesa, sin anunciarnos el comistrajo. En Indonesia, que fue colonia holandesa, se producen buenos cafés, el kopi luwak es actualmente el café más caro del mundo. Se elabora con granos que son digeridos y excretados por un felino nativo del sudeste asiático, la civeta (luwak), luego son lavados, tostados y molidos. Y en Amsterdam nos ofrecen sultana. ¿Locura? Tal vez, pero no es la única, la de los tulipanes es la más famosa. Llevó Alejandro Dumas a escribir una novela, El tulipán negro, ambientada en la Holanda del ‘600. Desde que se introdujeron traídos de Turquía, en la segunda mitad del siglo XVI, los tulipanes, se hicieron protagonistas de especulaciones financieras, de locas inversiones por parte de coronas y mercaderes, hasta llegar a la primera burbuja especulativa de la historia. Antes de esta locura una familia noble de origen véneta, los Della Borsa, fue la más grande comerciante de tulipanes holandeses, y fueron los protagonistas del amor por esta flor que llevó a la locura y al colapso financiero. En Holanda se los conocía con el nombre de Van der Beurse (o Bourse), y de ahí, tal vez, el nombre de la Bolsa de valores. Así los tulipanes hoy se cultivan en Colombia, en Ecuador y otra vez en su lugar de origen, Turquía.

 

Mientras, el trío funambulesco del futbol holandés estaba andando a mil, Rijkaard, Van Basten y Gullit estaban ganando con el Milán y les faltaba poco por llevar a su primer triunfo a la naranja mecánica. Todos los restaurantes turísticos, todas las tiendas, ofrecían los afiches coloradísimos con el trío galáctico; en la entrada del Museo Van Gogh un vendedor ambulante nos quiso enchufar una polera, dijo que era la original de cuando Van Basten jugaba con el Ajax. Los napolitanos no pueden, y no podrán, nunca traicionar su fama de Sciusciá. Le compramos un llavero del Ajax, el equipo que nació entre mitos y leyendas, bautizado con el nombre del más grande héroe griego, primo de Aquiles, pero muerto suicida.

 

La segunda noche fue un poco agitada. Unos vendedores de hachís, magrebinos, estaban peleándose con otros pusher africanos, subsaharianos, cada calle turística debía ser respetada como territorio de cada uno de los clanes a las cuales pertenecía. Alguien salió de la línea y se desencadenó una caza al que no respetó las reglas. Un norteafricano se escapó y vino a ocultarse entre nosotros en el café donde estábamos tomando una cerveza, tenía en la mano un cuchillo de guerra, nos miró bien en la cara y dijo: “¡Estos negros no llegaran vivos a mañana!”, y se escapó por la cocina del boliche. El negro que lo perseguía no asistió a la escena.

 

A nuestra vuelta habrá Moët & Chandon, la excitación que provoca el champagne, y el pasto con la humedad de la noche que irá mojando los pálidos glúteos de Daniela, ella echada bajo las estrellas de la noche de San Lorenzo, sus cabellos color de la miel sueltos encubriendo el largo cuello, el seno adonde chorreará el champagne, hasta el rosado intenso de sus hermosos pezones. Luna llena de una noche de verano.

 

La tercera noche fue de larga espera. La chica de la agencia de viajes, pálida y triste, ya no un cuadro de Vermeer, no lograba conseguir el traspaso de nuestros boletos por un vuelo a Barcelona, o a Lisboa, o en fin a Venecia, de donde veníamos. Nerviosa, impaciente, sudando frente el monitor, nos miraba como diciéndonos “¿Justo ahora se les ocurrió cambiar de itinerario, cabrones?”, “¿Una noche más no podían quedarse en Amsterdam?” “¡Así yo no estaría aquí, a esta hora, resolviendo problemas que no son míos!”. Hasta que un vuelo a Venecia, que estaba programado en un horario que ni la chica supo decirnos cual, se reprogramó y podíamos salir a las 2 y media de la mañana; vamos al hotel, retiramos nuestros equipajes y salimos para tomarnos un trago en la misma Kerkstraat, de ahí inmediatamente al aeropuerto.

 

Nos despertamos con toda la voluntad del mundo de ir a visitar los dos museos que queríamos visitar, el Museo Van Gogh y el Museo Rembrandt. En la esquina de la calle del Museo Van Gogh está la sede de uno de los periódicos más leídos de Holanda, el De Telegraaf, en la primera plana, con fotos de una inconfundible proveniencia policial, los tres africanos que la noche antes se pelearon con los magrebinos, abajo, aunque escrito en un idioma para nosotros extraño, las probables horas del deceso: entre las 02.00 y las 04.00 a.m., la hora del hallazgo: las 6.30 a.m., y la causa de la muerte: acuchillamiento. Entramos al Museo Van Gogh con una copia del periódico. Mirábamos los cuadros y mirábamos las fotos de los africanos acuchillados. En el Retrato de una prostituta encontré todas las que ofrecían placer en la Warmoestraat, en Los comedores de patatas, todos los campesinos del mundo; en el Retrato de Camille Roulin, los niños que fuimos en nuestras Via Paal; en la Calavera con un cigarrillo, el inmediato futuro de los tres africanos.

 

El aeropuerto de Venecia estaba completamente inundado, parecía ser la prolongación de la Laguna Véneta. El Boeing dio algunas vueltas antes de que desde la torre de control autorizaran el aterrizaje. Una lluvia tropical seguía abatiéndose en la región, pero ya se estaba alejando de Tessera; dos chicos que, antes de Amsterdam, estuvieron en Barcelona, miraban desde la ventanilla y uno le dijo al otro: “Mira aquel tipo ahí afuera, bajo semejante lluvia y con la linterna encendida” y con el dedo indicaba la luz que desde un ala del avión se movía por efecto de las ultimas violentas gotas de lluvia que seguían cayendo desde el cielo negro.

 

Eran las 5 de la mañana. Tres noches en Amsterdam terminaban aquí, en la Venecia original. El policía de la aduana quería saber dónde habíamos ocultado el hachís, o la marihuana con el THC increíblemente alto, o si nos habíamos fumado todo un Coffe Shop y volvíamos sin siquiera un regalito para los amigos. Nos reímos y saludándolo le regalé el periódico de la mañana, el ya famoso De Telegraaf con en primera plana las tres fotos de los africanos acuchillados.

 

“¡Estuvimos con ellos anoche!” le dije, y nos salimos riéndonos.

 

 

1 de agosto 2021

 

Imagen: Karel Appel, Begging Children, 1948


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De PLUMAS HISPANOAMERICANAS