Tuesday, May 3, 2016

¿Por qué tantos quieren escribir si es tan difícil?

JAIME FERNÁNDEZ

¿Por qué si escribir es tan difícil, como decía Thomas Mann, hay tantos aspirantes a la escritura? No hay una respuesta única para esta pregunta, pero una de ellas, quizá la más elemental, es que se empieza escribiendo porque se ha leído, poco o mucho, bien, regular y hasta mal. Se trata de una reacción inédita en otras artes, que no pueden ejercitarse sin el conocimiento y el dominio de unas destrezas básicas. Esa ignorancia obliga a conformarse con admirar la obra y disfrutar de su belleza.

Karl Kraus decía que cualquier lector se atreve a emitir un juicio sobre el arte de la palabra por el mero hecho de que el escritor da forma al lenguaje, un material accesible a todo el mundo. “Los analfabetos del sonido y del color son modestos. Pero a la gente que sabe leer no se la considera analfabeta”. En otro pasaje, a la pregunta de por qué es “tan descarado el público respecto de la literatura”, responde:

“Porque domina el lenguaje. Las gentes se atreverían igualmente con otras artes si hubiese avenencia para solfear, para embadurnarse de colores o para escayolarse”.

Al igual que una pieza artística o una interpretación musical, un libro, y hasta un breve texto impreso, es el resultado de un proceso arduo que comienza en la mesa del escritor y termina en la del corrector y editor de estilo. Sin embargo, un lector puede sentirse seducido por la lectura de un libro hasta el punto de sucumbir a la tentación de escribir otro de temática parecida, como si, poco conforme con el placer que le ha deparado la lectura, quisiera hacerlo extensivo a la escritura.

Es lo que le sucedió al Canónigo de Toledo que aparece en el Quijote, a quien la lectura de los libros de caballerías le incitó a escribir él también uno, aunque, según le confesó a Don Quijote, no pasara de las cien páginas, quizá porque nunca creyó de veras en su propósito, o porque se percatase de que no tenía sentido escribir una más de las mediocres novelas de caballerías que circulaban por España en aquella época. Finalmente, se resignó a su condición de lector atento, sin más pretensiones.

El Canónigo se cercioró a tiempo de la inutilidad del empeño. ¿Qué sentido tenía imitar los argumentos y el estilo de una literatura extenuada, que había cumplido su papel en tiempos pasados, pero que ya no aportaba nada nuevo a los lectores ni a la invención literaria? Su actitud dimisionaria y realista encaja con el propósito expuesto por el narrador de servirse de la locura de Don Quijote para asestar un golpe definitivo a la mediocridad en la que estaba encallada la literatura caballeresca.

La decadencia del género corría paralela al incremento de su producción, siendo cada vez más difícil separar el trigo de la paja. Sus autores escribían los libros en cadena y encadenados a los clichés, sin reparar en que hurgaban en un cadáver.

El primer espejismo del Quijote irrumpe ya en esta realidad, puesto que la novela de Cervantes, al parodiar los libros de caballerías, se convertirá no sólo en su sepulturera sino que de las cenizas de éstos brotará una nueva forma de novelar que, al devolver verosimilitud a la ficción, revivirá también la credulidad de los lectores, casi herida de muerte por las historias acartonadas y repetitivas que leían en las los libros de caballerías que se publicaban en tiempos de Don Quijote.

Cervantes confrontó la deserción del Canónigo con la locura de Alonso Quijano. Empujado por el vendaval de la admiración que profesaba a los libros de caballerías, el hidalgo quiso sentirlos en propia carne, imitando a los caballeros andantes que se describían en éstos. No es que le faltasen dotes para sentarse a la mesa y, como hizo el Canónigo, intentar escribir un libro. Al contrario que el clérigo, jamás abrigó aspiraciones literarias, aunque fuese también un entendido en la materia.

Para el viejo hidalgo la lectura significó un acicate en la vida retirada y monótona que llevaba en la aldea manchega, en compañía de su sobrina y el ama. Las historias caballerescas le ofrecían la oportunidad de recrearse en un mundo alternativo al real, en el que se sentía igual que en casa. Hasta que una mañana de julio la obsesión lectora le impulsó a franquear la ficción literaria, transformándose él mismo en caballero en una época en que la caballería andante sólo sobrevivía en los libros.

Sin embargo, la imitación del modo de vivir de los caballeros andantes no sólo sumergió a Alonso Quijano en la locura sino que habría de conducirlo a un fracaso estrepitoso. Significativamente, Don Quijote fue derrotado en la playa de Barcelona nada menos que por un imitador suyo, el hábil Sansón Carrasco disfrazado de Caballero de la Blanca Luna. De esta manera el bachiller satisfacía su deseo de forzar el regreso del hidalgo a casa, donde morirá poco tiempo después, tras abjurar de los libros de caballerías y reconciliarse con la razón y las Sagradas Escrituras.

Si la realidad rechaza la imitación cuando ésta se estanca en el simple calco, el arte la invalida por el mismo motivo y por la facilidad para ser emulada por los muchos que carecen de ingenio. Como señala Cervantes en el Prólogo del Quijote, la imitación es la forma más segura de lograr la perfección literaria siempre que se haga con “intención” y de una forma “llana, con palabras significantes, honestas y bien colocadas”. De lo contrario incurrirá en la vulgar reproducción, denostada por el Cura Pedro Pérez –amigo de Cervantes- en el escrutinio que acometió en la biblioteca de Alonso Quijano.

No obstante, la imitación de los caballeros andantes emprendida por el buen hidalgo no puede compararse con la imitación literal practicada por tantos autores de libros de caballerías. Mientras ésta sólo afecta a la creación artística, con las consiguientes repercusiones negativas en el devenir de la literatura y los propios lectores, la imitación vital en la que se embarcó Alonso Quijano, al involucrar al mundo real, contribuyó a alterarlo de alguna manera. Prueba de ello son las reacciones disparatadas que suscita la locura de Don Quijote allí donde hace acto de presencia en compañía de su ingenioso escudero.

Hasta los pacíficos lectores de libros de caballerías que desfilan por la novela terminan participando de su chifladura, en unos casos, como sus paisanos y amigos el cura, Sansón Carrasco y el barbero Nicolás, guiados por el piadoso propósito de liberarlo de su demencia, y en otros, como los Duques, por el prurito de divertirse a costa del caballero y su escudero.

En principio el escritor no es más que un lector que interrumpe la lectura para escribir, como seguramente hacía el Canónigo después de leer algún libro de caballerías. Habrá pasado más tiempo de su vida leyendo que escribiendo; sólo en esto se diferencia del lector común, que se limita a leer, sin otras expectativas que el disfrute de la lectura. Aparentemente escribe aquello que le hubiera gustado también leer y que no ha encontrado en los libros que ha leído. Desde este punto de vista es un lector insatisfecho, que se cree suficientemente capacitado para escribir algo nuevo o al menos diferente.

“Nunca pude leer un libro entregándome a él -anotó Pessoa por boca de Bernardo Soares en "Libro del desasosiego"- Siempre, a cada paso, el comentario de la inteligencia o de la imaginación me entorpecía la secuencia de la propia narración. Al cabo de unos minutos el que escribía era yo, y lo que estaba escrito no estaba en parte alguna”.  

Eso no significa que tenga más imaginación que el lector común, el que no escribe. Sólo tiene más ambición, incluso puede que sea un pretencioso, y hasta un envidioso que, carente de inventiva, aspira a medirse con los libros que ha leído para superarlos en originalidad, ignorando que se halla preso en las redes de la imitación plana. Sin embargo, estos escritores son los candidatos más seguros a escribir libros nuevos que enriquecerán el acervo literario.

El Canónigo fracasó en su propósito por falta de inventiva, pero Cervantes, también lector entusiasta en su juventud de libros de caballerías, salió airoso del suyo justamente por lo contrario: una imaginación exuberante, a prueba incluso de imitadores mediocres como el autor del Quijote apócrifo.

Una lectura gratificante puede convertirse en una especie de ilusión óptica para quien aspira a escribir. Quizá la claridad del texto leído le haga creer que su autor piensa de forma sencilla, de donde deducirá que, gracias a ello, escribe no sólo claramente sino con suma facilidad, dado que su trabajo se limita a verter al lenguaje escrito las cosas que se le ocurren. Así escribe cualquiera, pensará. Por ejemplo él. ¿Es que sus ideas no son también comparables a ésas que lee por ahí, sólo que más complejas y mejor trabadas? Sólo tiene que ponerse manos a la obra y todo lo demás vendrá rodado.

A un lector de este tipo un texto oscuro y de difícil lectura le parecerá obra de una mente compleja, de alguien que ha tenido que bregar mucho con el lenguaje para redactar unas frases tan enrevesadas. Todo lo contrario de quien escribe con sencillez y claridad, dos virtudes que, a su juicio, están al alcance de cualquiera y que caracterizan a los autores simples, desprovistos de originalidad y acostumbrados a frecuentar los lugares comunes.

Un día este lector hipotético se pone a escribir y, como le ha salido un texto corto, le parece redondo. Lee y relee lo escrito y no encuentra nada reprochable en sus frases. Qué bien lo entiende. No sólo no ha tardado nada en redactarlo sino que no ha necesitado corregirlo. ¿Quién dijo que escribir era difícil? Lo será para los insensibles a la inspiración. Estos argumentos eluden dos de los principales obstáculos que dificultan la escritura: el lenguaje y los lectores.

Al caminar por un sendero despejado lo hacemos de forma mecánica y regular, paso a paso, sin reparar en ese ejercicio. Pues bien, no es este el caso del escritor, quien tiene que andarse con mucho cuidado ante cada palabra que escribe. El lenguaje está plagado de obstáculos apenas perceptibles y de trampas. La trampa más peligrosa de todas es el exceso de confianza en sí mismo, creer que porque se le ha ocurrido algo, lo trasladará al papel en un santiamén, y la autocomplacencia ante el texto escrito, probablemente salpicado de errores de estilo, frases alambicadas, reiteraciones inútiles, adjetivos superfluos, verbos inapropiados y capas de retórica untuosa que, además de ocupar espacio, entorpecen la lectura y agotan la atención del lector. “El haber tocado los pies de Cristo no es disculpa para las faltas de puntuación”, escribió Fernando Pessoa contra el arrobo que infla a los genios de lo sublime pero ignorantes de la muy terrenal gramática.

Leibniz sabía de qué hablaba cuando dijo que “la claridad es la cortesía del filósofo”, una profesión en la que predomina la tendencia opuesta. En su autobiografía redactada en tercera persona comenta que leyendo a los escritores más modernos hallaba insoportable su "estilo enfático e hinchado, característico de quienes no tienen nada que decir", y que entonces predominaba en las escuelas. También le resultaban insoportables "los centones heteróclitos de los simples repetidores de ideas ajenas”.

Al escribir rara vez logramos expresarnos a la primera y con palabras certeras. Por deslumbrantes que se nos antojen las ideas o las imágenes que tenemos en la cabeza, hemos de plasmarlas en un lenguaje universal, con sus reglas, convenciones y múltiples matices. Las palabras son la única forma que tienen de escapar de la caverna mental en la que permanecen encerradas.

Creemos escribir lo que hemos pensado, pero en realidad lo escrito brota antes del lenguaje que de nuestro pensamiento. Éste nos impulsó a escribir, nada más. Las trompetas del pensamiento no son como las de Jericó, que en cuanto sonaron, derribaron sus murallas. Al contrario, un pensamiento, una idea, una sensación, una imagen, por excelsas que se nos antojen, en cuanto tienen que transformarse en palabras, se encuentran con el muro del lenguaje. Y de la decisión.

Un pequeño ejemplo de la forma de trabajar del escritor curtido en la tarea en un día cualquiera se resume en la breve confidencia de Oscar Wilde:

“Me pasé toda la mañana corrigiendo las pruebas de uno de mis poemas, y quité una coma. Por la tarde, volví a ponerla”.

Sí, las comas, el cada vez más olvidado punto y coma, los adjetivos, los verbos, los adverbios y un sinfín de formas y figuras gramaticales que hacen de la escritura un trabajo no apto para impacientes. La coma que quitamos por la mañana en una frase, puede que volvamos a ponerla por la tarde para quitarla de nuevo a la mañana siguiente. Hasta que en un momento determinado decidimos dejarla donde la pusimos la última vez, abrumados aún por la duda. La escritura no es más que un constante ejercicio de elección, en el que el descarte, o sea, el enfriamiento del entusiasmo inspirador, importa más que lo contrario.

El lenguaje siempre le viene grande a un escritor. Demasiado imperio para semejante reyezuelo. Cree que lucha contra las palabras, cuando son éstas las que luchan contra él. Por ello hay tantos autores derrotados, aunque se consideren vencedores. Sus obras se reducen a meras palabras, como intuyó el príncipe Hamlet desde la cima de su clarividencia.

Escribir es una conversación con uno mismo que, al igual que las que sostenemos con los demás, persigue el entendimiento. Lo contrario sería absurdo. Pero tenemos que resolver la segunda parte: que los demás nos entiendan. El analfabeto Sancho Panza decía entenderse a sí mismo cuando no encontraba las palabras apropiadas con las que expresar lo que quería decir. Y si hubiese intentado explicarse, probablemente habría fracasado. De sus palabras se infiere que esa idea que sólo él entendía no era necesario que la entendiesen los demás, así que tampoco necesitaba esforzarse para hacerla inteligible. La potencial facultad comunicativa de la idea en cuestión era de dirección única.

Ahora bien, ¿hasta qué punto ese yo que dice entenderse se entiende de verdad? Se entendería si hablase consigo mismo como con otro, en un lenguaje correctamente articulado e inteligible. Cuando hablamos con una persona y ésta dice no entendernos, no es solamente un acto de cortesía responderle que uno se ha explicado mal e intentar explicarse con más claridad. Si nos entiende después de la segunda explicación es que quizá en la primera no nos explicamos claramente. Nos entendimos para nuestros adentros pero sin el discurso apropiado. Entendimos la idea general que tratábamos de explicar, no en sus detalles. Y los detalles constituyen la piedra de toque de una explicación inteligible.

No basta con creer que nos entendemos cuando hablamos con nosotros mismos. Nos entenderemos, sin necesidad de creer en ello, si hablamos tal como lo haríamos con alguien que nos estuviese escuchando, no sólo para comprobar que nos entiende, por supuesto, sino para entendernos a nosotros mismos sin necesidad de creer que nos hemos entendido.

En el tránsito de la mente al papel el pensamiento adquiere forma y consistencia. El lenguaje, al obligarnos a ser precisos, lo vertebra e ilumina, liberándolo de la indefinición, a menudo proclive a la falsedad, cuando no a la paparrucha.  Samuel Taylor Coleridge observó que la precisión en el estilo literario está estrechamente emparentada con la veracidad y los hábitos de la mente. “Quien piense con vaguedad escribirá con vaguedad”.

Antes de la era digital un texto que se diese a la imprenta tenía que pasar por determinados filtros externos. Pero con la expansión de Internet, donde cualquiera puede publicar por su cuenta y riesgo, la escritura insignificante ha encontrado el canal apropiado. Esta facilidad dispara la fiebre de una multitud de escribientes ansiosos por comunicar y decir nimiedades.

El deseo de comunicar oculta una impotencia flagrante para narrar algo sustancioso con mediana claridad. En la sociedad líquida, donde todo se concibe para el consumo instantáneo y el olvido inmediato, también la letra impresa está contaminada por la obsolescencia. De ahí su inanidad y redundancia, su falta de color y variedad.

Como todos aspiran a lo mismo, el gremio se asemeja a las aulas de guardería infantil en las que los niños gritan a la vez “¡Yo!” cuando la maestra les lanza una pregunta. Pero mientras los autores escriben en un estilo estereotipado y casi siempre sobre los mismos asuntos de moda para desahogarse, el lector -único sujeto singular en este duelo- se aburre de leer tanto bullicio impreso, que confunde la lengua escrita con la coloquial y se aleja del estilo familiar para extraviarse en la charla de bar, abundante en banalidades y expresiones trilladas. Hace bien este sufrido lector en mostrarse exigente con quienes se arrogan el privilegio de expresarse con tanta soltura. Ya que nadie les obliga a escribir, lo menos que debe reclamarles es que lo hagan de forma legible, que no traicionen a la gramática y, si no es mucho pedir, que se esmeren por expresarse en lengua propia.

Al principio de la entrada señalé que se empieza escribiendo porque se ha leído, y tendría que añadir que la mayoría de los aspirantes al oficio no pasan de ese comienzo inspirado por sus primeras lecturas, perpetuándose en la categoría de principiantes, aun cuando en los años siguientes escriban esporádicamente. Son los escritores de fin de semana que, entre compromisos y obligaciones, van reduciendo el tiempo que dedican a la tarea. Hasta que un día la abandonan del todo y se acabó.

Stefan Zweig relata en sus memorias El mundo de ayer que en la Viena de principios del siglo XIX muchos bachilleres de su generación se iniciaron en la creación literaria atraídos por el aura de prestigio que envolvía a la literatura y por las expectativas que despertaban las nuevas formas de expresión. Había curiosidad, ansia de novedades y deseo de probar en el doble sentido de la palabra: como cata de algo novedoso y como experimentación, siendo los cafés los lugares elegidos para escribir y charlar sobre el devenir de la literatura.

En una edad necesitada de modelos, el éxito del jovencísimo poeta Hugo von Hofmannsthal representaba un estímulo para ellos. Cuando se prueba algo desconocido y seductor puede ocurrir que, una vez satisfecha la curiosidad, todo termine ahí. Por lo que respecta a la experimentación, sucede algo similar: se experimenta para satisfacer cierta expectativa. Pero el experimento en sí, cualquiera que sea la materia que explore, tendría que ser una transición hacia un resultado práctico, hacia un objetivo con vocación de estabilidad.

Los tanteos literarios en los que se aventuraron aquellos estudiantes de la generación de Zweig jamás traspasaron la frontera del experimento. Adiós literatura, bienvenida ingeniería (o bufete). Adiós café, bienvenido laboratorio. Fue precisamente en el ámbito de la tecnología y de la ciencia donde algunos cosecharon éxitos concretos, probando técnicas y experimentado con materiales muy distintos de los versos y de la prosa. Zweig confiesa que sólo en él perduró la pasión creadora hasta convertirse en el núcleo central de su existencia.

Son muchos los llamados y pocos los elegidos. El apetito se despierta comiendo, pero las ganas de escribir puede que desaparezcan escribiendo. Será por eso que algunos las conservan escribiendo poco, de vez en cuando, de tarde en tarde. El día en que se pongan a escribir de verdad, con todas las de la ley, es probable que deserten para siempre. Quizá esto explica el que haya tanta gente que escribe y hasta que publica. Escribiendo poco, arriesgan poco y escapan de las esclavitudes del oficio.

Tampoco aquellos que escriben a raudales arriesgan más. Con frecuencia la mejor manera de no decir nada es ocultando la vacuidad entre una turbamulta de frases ilegibles. Desde luego la dificultad que entraña escribir no se supera escribiendo mucho. Es justamente entonces cuando se tropieza con ella, siempre que no se caiga en la burda autocomplacencia. Aquí no hay truco que valga, y, como todos los oficios, también éste se conoce -no digo aprender y menos aún dominar- practicándolo y dando muchos tropezones. La seguridad que pueda ofrecer la experiencia es muy limitada.

Hace casi medio siglo, en 1967, el filósofo José Ferrater Mora entonaba un mea culpa en un breve ensayo en el que se preguntaba “por qué escribimos todos tanto”.

“Nadie nos pide nada y seguimos tecleando. Siempre habrá algún lugar en el que embutir nuestras páginas. Al final ya ni pensamos que los demás nos lean; nos basta con leernos a nosotros mismos. Nuestra actividad de escritores se ha convertido en una manía, en vicio. Hemos perdido la brida y, con ella, la responsabilidad”.

Añadía Ferrater Mora que un escritor no se hace sentándose en una mesa “para llenar unas cuartillas por ventura definitivas sino emborronando cuartillas sin cesar para destilar, al final, unas pocas”. En su opinión, se trata de considerar el oficio de escritores “como un oficio que nos impone ser responsables tanto en lo que decimos como en la manera de decirlo”. Terminaba el ensayo afirmando, a modo de exhortación, que su propósito era “manifestar que entre los misterios de este mundo hay uno menor, humilde, pero infrecuente: escribir bien”.

En una época en la que proliferan los aficionados a publicar cualquier ocurrencia, no está de más dedicar un recuerdo al lector común que considera la lectura un fin en sí misma; que no lee para escribir ni corregir, sino por curiosidad intelectual; para conocer otras vidas, otros mundos, otros paisajes; para sentir unos versos sin saber muy bien qué siente.

Pessoa confesaba que prefería leer que escribir. Lo que leía puede que le causara pesar, pero al menos no le perturbaba el haberlo escrito. Y a Borges no le importaba reconocerse lector agradecido por encima de todo:

“Que otros se jacten de los libros que les ha sido dado escribir; yo me jacto de aquellos que me fue dado leer”.

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De EN LENGUA PROPIA (blog del autor), 03/05/2016

Imágenes:
1      Karl Kraus
2    Cubierta del libro de caballerías “Amadís de Gaula”
3    Grabado de Gustave Doré para el “Quijote”
4    “Don Quijote leyendo”, de Honoré Daumier
5    Retrato de Fernando Pessoa, de Almada Negreiros (1954)
6    Cubierta de la segunda parte de el “Quijote”, de Alonso Fernández de Avellaneda
7    Gottfried Wilhelm von Leibniz
8    Oscar Wilde fotografiado en 1882
9    Lawrence Olivier en el papel de Hamlet, en la escena en que, a la pregunta de Polonio “¿Qué leéis, mi señor?”, le responde: “palabras, palabras, palabras”.
1    Samuel Taylor Coleridge en 1795
1    Stefan Zweig
1    Hugo von Hofmannsthal a los 19 años
1    José Ferrater Mora  

1 comment:

  1. Todas las preguntas y respuestas son válidas en este arte al que no se le avizora un límite.

    Buen ensayo, querido amigo.

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