Tuesday, March 3, 2020

Harina y agua, con esas el pan


MAURIZIO BAGATIN

En este espacio de tierra se habla furlán, no la marilenghe amada por Ascoli y Pasolini y hoy sin la firmeza de un tiempo, ayer hablando tal vez un latín “entremezclado” por el pasaje celta y longobardo, di cà da l'aga o dividido por el Liquentia navegable… allá adonde Aquileia fue romana y Concordia su fábrica… en esta parte del Friuli reportamos tres “idiomas”, el hablado por los campesinos, que coincide aproximadamente con los dialectos de transición venecianos-friulanos, que todavía se usan en el oeste de Friuli, el dialecto hablado por la alta burguesía, muy cercano al dialecto veneciano, y el dialecto de las clases medias, hablado principalmente por los artesanos, esa variante también influenciada por los venecianos. Y fue precisamente esta clase, económicamente más dinámica, la que surgió sobre las demás e impuso su propio lenguaje.

Tal vez la lengua que hablaba el Menocchio, heréticos de esta tierra, un molinero de Montereale Valcellina, pueblo pedemontano de los Alpes friulanos, pueblo ya nombrado por Plinio en su Naturalis Historia, como la intrazable ciudad de Caelina, de la Regio X Venetia et Histria, probable camino a Oriente, como también posible paso futuro de los turcos en Friuli… él molía los granos del futuro pan, grano turco o trigo, con agua del Cellina, río que nace Ciline para volverse Meduna (el Miduna de mi pueblo, Cecchini…) y terminar Livenza, Livensa en todo el Véneto, antes de calarse en el Adriático e inundar Venecia.    

“Su nombre era Domenico Scandella, y le llamaban Menocchio (1532 ca.-1599)”, así Carlo Ginzburg, el historiador hijo de Leone Ginzburg, fundador junto a Giulio Einaudi de la inmensa editorial Einaudi y de Natalia Levi (Ginzburg), autora del imprescindible Léxico familiar, inicia su experimento de escritura de la Historia, la microhistoria que hubiera fascinado a Gramsci y a Ernesto De Martino, poesía para Rocco Scotellaro, fragmentos de una cultura campesina perseguida, borrada y olvidada. O como escribe Ginzburg  entrelazamiento de la cultura oral y la escrita, y el desafío a la autoridad política y religiosa.

Y también el idioma de Spaccafumo, el panadero de Cordovado, un poco Robin Hood y un poco Don Quijote, un personaje de esta pequeña y pintoresca tierra entre Teglio y Venchieredo, quien, después de haber estado en guerra abierta con las autoridades circundantes, por las prodigiosas carreras que hacían al perseguirlo, había conquistado la gloria de tal apodo... siempre en fuga y luego siempre de retorno: ”A veces, después de semanas y semanas de no haber oído hablar de él, apareció con calma en la misa parroquial en Cordovado… ” y “... Después de la misa, se juntaba con los otros amigos en la plaza, y a la hora del almuerzo salía con la cara descarada en la casa de Provedoni, que era la última de la ciudad hacia Teglio”.

Un molinero y panadero, harina y agua para un buen pan, harina y agua, frutos de la tierra, ni blasfemias, ni herejías, una de cal y una de arena en una tierra de pasaje, porque hoy y siempre el acceso al pasado siempre está mediado y, por lo tanto, siempre es parcial.

Para profundizar les aconsejo la lectura de El queso y los gusanos de Carlo Ginzburg y Las confesiones de un italiano de Ippolito Nievo.
29 febrero 2020



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Imagen 1: Spaccafumo
Imagen 2: Alberto Magri/Menocchio (2014) 

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