Wednesday, July 21, 2021

1916. El club de los poetas muertos


CARLOS SALA

 

Hace 100 años, la llamada Gran Guerra se convirtió en una auténtica masacre de escritores e intelectuales, de Saki a W. N. Hodgson.

La guerra era cruenta. El grotesco grajo de los cuervos caía sobre los cadáveres. Todavía llegaba a lo lejos el tambor de la artillería, pero intermitente, con un fantasmagórico ritmo. Por lo demás, silencio. Silencio. El gris, el lóbrego viento y silencio. La leyenda asegura que los cuervos sólo salen de sus nidos cuando el horror se posa en el corazón de los hombres. Allí estaban. El soldado cayó al barro, con el eco de las balas todavía bailando en su cabeza. La pátina de las bayonetas brillaba bajo el lodo. Agarrados al rifle, estaban sus compañeros muertos. 19.000 de ellos. Todavía el hedor no había despertado a la carroña, pero era cuestión de minutos. La sangre seca producía extraños reflejos con el sol y él no era más que ese estertor agrio que los desahuciados susurran al morir. Era soldado, era sargento, era teniente, era poeta y salió de la trinchera al grito de ¡A LA LUZ! Pero ya no quedaba nadie, nadie le oyó.

La llamada Gran Guerra llegó en 1916 a la cúspide de su deshumanización. El 1 de julio de aquel año comenzó la llamada batalla de Somme, en la que el ejército británico perdió en sólo una jornada más de 19.000 muertes, muchos de ellos jóvenes y prometedores escritores y poetas, como W. N. Hodgson. «Por todas estas locas catástrofes, hazme un hombre, Señor... He de decir adiós a todo esto, por todos los placeres que perderé por siempre, ayúdame a morir, Oh, Señor», escribía este poeta dos días antes de que fuera acribillado por una ametralladora mientras intentaba trasladar granadas a sus compañeros. Tenía 23 años.

No fue el único que moriría aquel día. John Williams Streets fue herido en la batalla en el estómago y desapareció, sólo para reaparecer muerto diez meses después. Nadie sabe qué ocurrió durante aquel periodo, aunque sus poemas de «El esplendor que no muere», publicado póstumamente ese mismo año, explican a la perfección la angustia de esos últimos momentos de vida.

No era extraño, sin embargo, que los cuerpos se perdieran en la batalla. Otro poeta inglés, Gilbert Waterhouse, fue herido y socorrido por un sirviente, aunque no pudo oficializar su muerte hasta 1917, para desespero de su familia, que publicó de forma póstuma sus poemas. Lo mismo podría decirse de otros muchos intelectuales y escritores como Henry Field, Alfred Ratcliffe, Alexander Robertson o Bernard White, y sólo en aquel fatídico primer día.

La batalla de Somme se prolongó hasta el 8 de noviembre, triste efeméride que se celebrará esta semana y que, entre otros soldados ilustres, también vio matar y morir a uno de los escritores británicos de principios de siglo XX más brillantes, Hector Hugh Munro, conocido como Saki. Aunque sobrevivió a la masacre, el 14 de noviembre, en otra refriega en Ancre, lo mató un francotirador alemán mientras descansaba en un refugio. En su estertor, se dice que sus últimas palabras fueron «¡Que alguien apague ese maldito cigarrillo!», humor negro que ejemplifica a la perfección sus cuentos, obras maestras de la sátira de costumbres sobre la época edwardiana. A pesar de tener 43 años cuando estalló la guerra, se alistó voluntario y se sabe que a pesar de heridas y enfermedades, nunca se ocultó a la hora de ir al frente.

Alan Seeger, Tom Kettle, Edward Wyndham Tennant y Percy Jeeves, nombre que homenajearía poco después el escritor P. G. Wodehouse para nombrar a su célebre personaje, fueron otros de los poetas muertos en aquella fatal batalla, que acabó con la vida de un millón de hombres entre británicos, franceses y alemanes. Los que tuvieron mejor suerte fueron otros célebres autores como Robert Graves, que luego pasaría sus últimos días en Deià, también fue herido en la batalla, incluso se le dio por muerto entre la confusión de numerosísimas bajas. El novelista Stuart Cloete y el dramaturgo Arnold Ridley también fueron dados por muertos, aunque consiguieron sobrevivir. El autor de «Winnie de Pooh», A. A. Milne, tuvo que ser licenciado por el shock de aquella batalla, aunque luego volvería con el ejército británico en la II Guerra Mundial. Otro de los traumatizados por la batalla fueron el poeta Ford Maddox Hueffer y Sigfried Sassoon, que acabaría por recibir una medalla de honor por su valentía en combate.

Otro nombre célebre que vio el horror de cerca fue el de Tolkien, autor de «El señor de los anillos», que recién casado viajaba a Francia en 1916 para su servicio militar y acaba por establecerse en el servicio de comunicaciones. Y aquí acaba el auténtico club de los poetas muertos.

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De LA RAZÓN, 02/11/2016

 

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