Monday, January 11, 2016

Bozate


MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

Llevo más de 20 años pululando por el valle de Baztan y pocas veces he escrito de Bozate, el barrio de los agotes, en Arizkun. ¿Por qué? Pues porque no será un decidido tabú, pero es una cuestión incómoda, de la que es mejor no hablar, tanto que no recuerdo haberlo hecho de manera directa  más que en cuatro ocasiones.
Una, la mejor, hace unos meses con un pareja joven de Bozate,  una gente estupenda que hablaba de esa vieja lacra del agote y su marginación con desparpajo y despreocupación, con orgullo diría yo, de ser quienes eran, venir de donde venía y vivir donde lo hacían.
De las  otras tres ocasiones en que ha oído hablar de los agotes no tengo un recuerdo grato.  Una porque la repulsiva mujer que peroraba vaso en mano y decía pertenecer "a una raza superior" salió a vueltas con lo de la raza maldita y les atribuyó, encima, taras que le son a ella propias de manera tan notoria como grotesca,  y otra porque un buen amigo (a pesar de todo) zanjó la conversación de manera cortante con un "de esas cosas no se habla", más que nada porque se dio cuenta de que alguno que estaba presente podía sentirse aludido y estar incómodo, algo en lo que reparé más tarde, es decir, que no era auctoritas destemplada, sino delicadeza: sabía que alguno de los presentes podía sentirse ofendido.
De la tercera prefiero no acordarme porque salieron a relucir todos los prejuicios centenarios, la mala baba, el racismo y la xenofobia instintivos, mamados no sé si en la cuadra, pero sí en el borbor del racismo animal, que ahí quede. Hay gente que para sentise algo, alguien, necesita despreciar a otro, saberlo o tenerlo por debajo.
De la "raza maldita" yo he venido oyendo hablar desde niño, porque se hablaba de ello con una alegría y un desprecio feroces, y   algún recuerdo bochornoso tengo de esto, pero no en Baztan, sino en Pamplona, y algo he ido leyendo con los años: Aguirre Delclaux, Idoate, Caro Baroja, Altadill, Francisque, Paola Antolini... Hay quien niega la marginación que padecieron los habitantes de ese barrio, "protegidos" (no me lo creo mucho), por el vecino señor de Ursúa, pero los testimonios y las pruebas documentales de esa exclusión social severa son concluyentes, creo que hasta en los libros parroquiales.
Sánchez Dragó, que es un mentiroso compulsivo, me dijo que cuando visitó Baztan, para escribir ese bodrio de Gargoris y Habidis, en la iglesia de Elizondo vio en el suelo (años setenta del pasado siglo)  una viga de roble con la leyenda: "De esta marca no pases, agote". Mentira.  Ni Dios ha oído hablar de esa viga, ni mucho menos la ha visto. Una más, una de tantas de ese personaje al que a descaro y desparpajo pocos le ganan.
Félix Urabayen escribió la que para mí es su mejor novela: El barrio maldito (1923) y creo que si le dedicó ese libro con las cuestiones en él planteadas es porque todo lo silenciadas que se quisiera, en esa fecha seguían candentes.
"Que a nadie se llame agote bajo las penas que se expresan"

Si bien las Cortes de Navarra correspondientes a los años 1817 y 1818 promulgaron una ley que los equiparaba a los demás habitantes del valle y de Navarra,  me atrevo a decir los prejuicios  han durado hasta ahora mismo, aunque hayan perdido virulencia con el paso del tiempo y solo quede ese residuo del racismo y la xenofobia instintivas que es una lacra de que no conoce fronteras geográficas y sociales. ¿Albingenses, godos, enfermos, germanos...? No se sabe con certeza... O nada de eso. Digamos que si vinieron de lejos lo hicieron buscando un refugio, un lugar donde poder vivir. Baroja en algún lado habla de ellos con benevolencia y dice que solo tuvieron la desgracia de nacer en la casa en la que habían nacido y no en la de al lado. Yo me quedó con aquella pareja que me trajo a casa la primavera pasada y con su alegría de vivir: teníamos muchas más cosas en común que el lugar donde habíamos nacido.

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De VIVIRDEBUENAGANA (blog del autor), 28/12/2015

Nuevos clavos a mi ataúd


JORGE MUZAM

Ando de madrugada, aspirando los aromas de diciembre, lilas de lavanda, gladiolos fucsias, castaños florecidos, mescolanzas de cedrones y acacias, aromas que solo se perciben antes que aclare. Retumban karaokes adolescentes en el valle, mariachis drogadictos empinándose garrafas de pipeño como agua bendita, indolentes ante los trinos de los chercanes, ante el descanso dominical de los futuros proletarios, de esos bebés que no alcanzarán a madurar, que serán carne de cañón, conscriptos apaleados, molinillo de terrateniente, sostén de empresario ladrón. Ciegos, sordos, mudos y tarados, que así es el nuevo hombre, el necesario, el Nietzsche de pacotilla que vivirá y morirá masticando las papas fritas de la resignación. Es la vida colectiva sin respeto por la forma ni el fondo. Rumio mi vida, mis etapas, mis descensos y también retomo mi vida de escritor, lecturas, garrapateos, compañía virtual de escritores amigos, variaciones de Bach, oxigeno mi carácter, que la otra vida me consume casi a tiempo completo, y la opresión de que se me va el tiempo y no alcanzo a hacer todo aquello de lo que soy capaz, el despliegue de mi genialidad en bruto, que empiezo a olvidar quien soy o quien quise ser, que no soy el super héroe que pronostiqué en mi infancia, ni un Ché Guevara justiciero, más bien un foco roto, una grabadora con las pilas gastadas, un filósofo borracho con alzheimer ético, que cada día pongo un nuevo clavo a mi ataúd, y las dagas invisibles aprisionándome hasta la asfixia entre la espada y la pared, quizás siempre es así, y esta es una lamedura de gato inútil, la disipación de la neblina azul de mi espíritu hacia una alcantarilla infesta.

Imagen: Paolo Ventura

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De CUADERNOS DE LA IRA (blog del autor), 03/01/2016 

Sunday, January 10, 2016

Gracias, pero no gracias

Camila Lechín
boliviana y cocinera

"Más mata una mala lengua que las manos del verdugo”,  Melchor de Palau.

La llegada del restaurante danés Gustu a Bolivia fue invalorable para la cocina boliviana. Sus técnicas y curiosidades por nuestros productos  nos honran de sobremanera. Pero de ahí a llevar la bandera de la cocina boliviana con inexactitud, minimizando y falsificando los procesos culinarios es un atropello, que como cocinera boliviana, formada en Le Cordon Bleu y con experiencia en Dinamarca, Estados Unidos, Colombia, Perú y Bolivia, no puedo dejar pasar.

El artículo de Keith Flanagan en Food Republic, Bolivian Food Primer: 10 essential dishes and drinks (El libro elemental de la cocina boliviana: 10 platos y bebidas esenciales) está basado en una entrevista a la chef ejecutiva de Gustu, Kamilla Seidler. Los datos de este libro elemental son una impostura de la cocina milenaria boliviana. El contenido de los platos es erróneo y no hay matices ni esmero en la traducción al inglés. La cocina es matiz, es detalle; no es correcta una publicidad que falsifique nuestra abundante identidad culinaria.

Alguna de la mucha desinformación de este artículo es llamarle al ají de fideo: lengua de ternero picante. O sea… ¿lengua de ternero? Y no menciona al fideo corbata, las arvejas, las papas, el perejil. El silpancho no es pretty much everything (casi todo en un plato). Es una carne apanada con huevo frito, papas hervidas y luego fritas, arroz blanco y adornada con sarza de tomate, cebolla y quirquiña. El mocochinchi no es un jugo de pepa sino de duraznos enteros deshidratados, con canela y clavo, y de ninguna manera lleva cardamomo, especia desconocida en muchos hogares bolivianos.

Si traduttore traditore, aquí está además banalizada la traducción y sin matices. El cuñapé no es un bun (bollo) con queso (¿cualquier queso?) y harina de yuca. Ni siquiera sugiere los distintos horneados que dan o bien un abizcochado o un blando. Al ají amarillo le llama chilli cuando es un yellow pepper. Del sándwich de chola dice que es un bun (bollo) relleno de jamón con piel crocante, cuando es una pierna de cerdo cocida lentamente (no es jamón) con escabeche de cebollas y ají amarillo, piel crocante de cerdo, y todo dentro de un pan llamado "sarna”, donde su suave textura es el perfecto envase.

La cocina boliviana fue una larga construcción indígena y virreinal (sobre todo conventual), novedosa para el mundo. Es importante que Europa no olvide que de esta zona del mundo fue hacia ellos la papa, a resolver para siempre las hambrunas que los devastaron por siglos. Así que cualquier intento colonizador de la cocina boliviana es un exabrupto. Es cierto que en sentido contrario  llegó mucho también: el cerdo, la vaca, el perejil, entre otros. Después de la Independencia se sumaron influencias a través de las migraciones,  razón por la cual nuestra culinaria tiene matices excepcionales de profundidad y complejidad, que no se deben perder en burdas simplificaciones. Entiendo que muchos bolivianos veneramos a un colonizador que nos legitime, pero no todos.
Creo que toda colaboración y trabajo esforzado de ayuda del extranjero es agradecida pero no la destrucción de nuestra identidad que para eso nos bastamos nosotros.

Los platos del restaurante Gustu, varios de ellos fantásticos, no son el reflejo de nuestra herencia culinaria, tampoco los sabores de nuestra cocina tradicional ni de su evolución. Son más bien el aprovechamiento y promoción del producto boliviano natural. Su equipo tiene experiencia, técnica, acceso a tecnología y muy buena publicidad internacional, conjunto que los ha llevado a ser uno de los mejores restaurantes de América Latina en poco tiempo. Esto no significa que hayan descifrado la cocina milenaria boliviana en menos de cinco años. Han hecho un buen restaurante internacional con productos locales. Pero no boliviano.

A cocineros como Gastón Acurio y Alex Atala les llevó décadas descubrir y rescatar su propia y compleja culinaria: peruana y brasileña. Luego de muchos años de recorrer sus países, indagando sus riquezas, recién armaron sus propios Libro Elemental de cocina o Food Primer. Otro largo tiempo les tomó promocionar en el mundo su cocina y finalmente, luego de este monumental esfuerzo (junto a su colectividad y no como estrellas solitarias), convirtieron sus países en paraísos culinarios.

Kamilla Seidler es sin duda una gran cocinera; pero su visión sobre nuestra gastronomía es turística: anecdótica, exótica  y lejana de la verdad.

En cualquier libro elemental de la cocina boliviana  debe mencionarse la salteña, el majao, la llajua, la quirquiña, la huacataya, el fricasé, la picana, el chicharrón, platos e ingredientes bandera de nuestra cocina. Aunque no se debe olvidar tampoco a la kalapurca, chairo, caldo de papalisa, de maní, lagua de choclo, chuño puti, kallu, humintas, queso humacha, ají de habas, chanka de pollo, huatia, cabeza, cardán caldito, pejtu de cordero, charkekan, por lo bajo.

A los lectores bolivianos, los invito a describir en su perfil de Facebook su plato favorito boliviano seguido de #elementalcocinaboliviana.

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De PÁGINA SIETE, 10/01/2016  

Thursday, January 7, 2016

Al rescate del escritor callado

PATRICIO PRON

William Blades, quien estudió por primera vez de manera sistemática los peligros a los que están expuestos los libros, sostuvo en 1881 que estos eran el fuego, el agua, el polvo, la negligencia, los insectos, los coleccionistas, los libreros y los niños. Algo más de cien años después, y aunque es evidente que cosas como el fuego y los libreros pueden todavía hacerle un daño considerable a un libro (y a su autor), los peligros a los que éstos están expuestos se han multiplicado en la misma medida en que aumentaban el número de títulos publicados cada mes y el de los autores.

En ese sentido, ¿qué determina, en el contexto de una oferta editorial superior a la demanda lectora, que un autor destaque y sea recordado, digamos, cinco semanas después de publicar su libro? Responder es una de las preocupaciones clave de aquellos editores que todavía tienen implicación emocional o intelectual con su trabajo, pero hacerlo en un momento histórico como el actual parece más dificultoso que en el pasado, cuando el público lector estaba restringido a una clase social (alta y media-alta), una raza (blanca) y un género (masculino). A esta diversificación del público y de los estímulos que recibe se deben atribuir algunas de las dificultades a las que se enfrentan autores y editores, pero también la recuperación de escritores y libros que, por estas u otras razones, no fueron comprendidos, no fueron apreciados, fueron dejados de lado por los lectores de su tiempo y los que vendrían.
Esto es lo que sucedió con Stefan Zweig, cuyo suicidio en Brasil en 1942 supuso el punto de partida para un lento pero persistente declive de su obra; también los del húngaro Sándor Márai y el alemán Hans Fallada. Antes de su recuperación (en español, gracias a Acantilado, Salamandra y Maeva, respectivamente), los tres autores permanecían en un cono de sombra del que ni su calidad literaria podía sacarlos; cuando fueron rescatados, la demanda de títulos por parte de los lectores los convirtió prácticamente en contemporáneos, como demuestra el caso de Fallada: hacía 36 años que no se publicaba un título suyo en español cuando Maeva editó Pequeño hombre, ¿y ahora qué? en 2009; desde entonces y hasta el 2015, han sido publicadas 12 obras suyas en español y catalán.
No es difícil comprender las razones por las que los tres autores regresaron del olvido en el que parecían definitivamente instalados: por una parte, sus libros narran el fin de un período, el de entreguerras, al que épocas posteriores y menos autorizadas para la ingenuidad como la nuestra tienden a añorar; por otra parte, sus obras pueden ser comercializadas como grand littérature europea en la línea de libros como La montaña mágica o La muerte de mi hermano Abel de Gregor von Rezzori sin que el lector se vea confrontado con las dificultades que entraña leer esa grand littérature. (En mayor o menor medida, los tres eran autores de literatura popular en su época, y su lectura no era mucho más ambiciosa que la de Gillian Flynn o Suzanne Collins en nuestros días). 
Contra los prejuicios
La recuperación de autores olvidados parece más dificultosa si los prejuicios raciales, de clase o de género que los expulsaron del ámbito de lo que su época podía aceptar permanecen vigentes. Así, la recuperación por parte de Errata Naturae de la novela La muerte de la bien amada de Marc Bernard (de orígenes obreros, formación autodidacta y militancia antifascista durante la Guerra Civil, pero también Premio Goncourt en 1942) parece haber recibido una atención menor que la que obtuvo la de Jean Genet por parte de la misma editorial, en buena medida porque nuestra época parece más cómoda con las otras sexualidades que con el activismo político. Algo similar podría decirse de la recepción de Kallocaína, la novela distópica de Karin Boye rescatada por Gallo Nero, en oposición a las recuperaciones de Los amores de un bibliómano de Eugene Field y La librería encantada de Christopher Morley, más amables con el lector, por parte de la editorial Periférica.
Además de su ingreso al dominio público, que permite publicar una obra entre cincuenta y setenta años después de la muerte de su autor sin que sea necesario ningún desembolso en concepto de derechos (situación en la que están autores como Jane Austen, Charles Baudelaire, Vicente Blasco Ibáñez y Antón Chéjov), la recuperación de los escritores olvidados parece corresponderse, también, con la forma en que un puñado de actores relevantes del negocio editorial define el pasado literario, lo que implica una cierta idea de necesidad desvinculada de los méritos o reconocimientos del autor en cuestión. Piénsese por ejemplo en Frédéric Mistral, de quien no se publica una obra desde hace diez años, o en Rudolf Christof Eucken, de quien después de 1960 sólo se editaron una obra en 1985 y otra en 2002: ambos obtuvieron el Nobel de Literatura; el segundo, en reconocimiento a su “búsqueda fervorosa de la verdad, su poder penetrante de pensamiento, su amplio rango de visión y la calidez y la fuerza” de una obra que hoy en día está (como es evidente) olvidada, sin que insectos o niños tengan ninguna responsabilidad en ello.
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De EL PAÍS, 03/01/2016
Imagen: Sándor Márai

Monday, January 4, 2016

Fondo Indígena, el gran botín de los plurinacionales

JOSÉ CRESPO ARTEAGA

No hace mucho, Su Excelencia, anunciaba pletórico que Bolivia registraba otro hito histórico que su diplomacia del poncho había conseguido en el seno de la ONU. Con danzas típicas, mareantes sahumerios, tortas de harina de coca y otras “estrategias envolventes” habían terminado de atontar al tontorrón de Ban Ki-moon para que el precepto ético del “Ama sua, ama llulla, ama qhella” (no robar, no mentir, no ser flojo) sea adoptado dentro del código de honor del organismo pacifista y, a ser posible, cuelgue de los pasillos marmolados de su sede en Nueva York o en sus campamentos de los Cascos Azules en África, a manera de advertencia a sus tropas que en sus tiempos libres gustan de trapichear con combustible, autopartes y otros recursos de la cooperación internacional.

Uno de los pilares en que descansaba la ideología del gobierno presidido por S.E. residía en la supuesta reserva moral que atesoraban los pueblos indígenas recientemente bautizados como “originarios” por esos exquisitos izquierdosos del viejo continente que desde sus cafetines al aire libre elucubraban con nuevos proyectos de dominación y soñaban todavía con la arcadia rousseauniana. Vieron cumplidos parte de sus sueños cuando encumbraron al indigenizado -a fuerza de pilchas prestadas y ceremonias exóticas- Evo Morales y a su camarilla de aviesos dirigentes sindicalistas.

Pues la reserva moral duró “lo que duran dos peces de hielo en un güisqui on the rocks”, mucho menos que lo que tardan los escoceses de las tierras altas en añejar los sagrados brebajes a los que es afecto S.E. En menos de nueve años se farrearon esa grandilocuente aureola de pureza e incontaminación que los precedía como huracán purificador destinado a barrer los viejos vicios de la politiquería criolla. Cuando el indio llegue al poder gobernará para sus “hermanos” con justicia y sabiduría, pregonaban los visionarios profetas de coleta y ojotas. Con tal cometido echaron hasta los ujieres de Palacio Quemado porque apestaban a rancio colonialismo. Había que cambiar las cosas profundamente, empezando por descolonizar a las palomas de plaza Murillo y al reloj del edificio legislativo.

Pero no contaron con que el indio iba a robar a sus “hermanos”. Casi una década después, el Proceso de Cambio no había sido más que un vulgar y siniestro relevo de rateros, como apuntó un columnista. No hay ni una sola institución del Estado que no se haya visto implicada en escándalos de corrupción, que van desde el sobreprecio en el servicio de té hasta el desfalco millonario en la compra de barcazas, maquinaria y otros gigantescos contratos. Pero se lleva la flor del esperpento el Fondo Indígena por las implicaciones anecdóticas y por el descaro con que fue saqueado.

En menos de una década, el citado organismo recibió más de 500 millones de dólares, como concepto de distribución de los impuestos a los hidrocarburos (I.D.H.),  gracias a la bonanza de los precios internacionales de materias primas. Lo que en un principio estaba destinado a paliar las necesidades y atender proyectos en el área rural, pronto degeneró en auténtico festín de gente allegada a los movimientos sociales y otros sindicatos campesinos e indígenas adscritos al régimen. En el papel sembraron y florecieron miles de proyectos, con campos de ajos destinados a la exportación; relucieron los alfalfares para el mejoramiento de la producción lechera; pastaron ovejas negras importadas de fino vellocino por todo el altiplano; y en cristalinos estanques brillaban las truchas arcoíris para combatir la desnutrición de comunidades empobrecidas. Si por poco construyeron hasta palacios para emprendimientos porcinos, según denotaban los descargos de los millonarios desembolsos.

En febrero de este año se destapó la olla del monumental desfalco. Gran parte del dinero se había esfumado en proyectos fantasmas o en simulacros de obras mal hechas e inútiles. Otras sirvieron como perfecto escenario para los cuantiosos negociados. Se puede asegurar que no existe ni un solo proyecto financiado por el Fondo Indígena que haya sido exitoso y que continúe en pleno funcionamiento sin el auxilio del Estado. El vapuleado organismo se había convertido hasta en caja chica para financiar los viajes y viáticos de dirigentes a cumbres internacionales y para acarrear gente a concentraciones políticas y desfiles patrióticos.

Pero todo eso era poco comparado con el destino del resto del dinero. Según denuncias de un senador opositor, casi 100 millones de dólares fueron a parar a 978 cuentas de banco particulares, y las que estaban a nombre de los proyectos no pasaban ni de medio centenar. Cuando se le preguntó al ministro de Economía sobre la insólita situación éste respondió muy suelto que no había nada irregular y no tenía nada de malo que personas individuales tuvieran en su poder esos montos ajenos. A pesar de que la legislación prohíbe el desvío de fondos públicos a cuentas personales.

El escándalo salpicó a una veintena de dirigentes masistas de todo vuelo, algunos que fungían como miembros del directorio responsable de autorizar los desembolsos. Como era de esperar, el ministerio público sólo ordenó el arresto de gerentes y otros funcionarios técnicos. Como si se tratase de una disparatada película se encarceló a los cajeros pero no a los asaltantes. Mientras tanto, todos esos dirigentes señalados con nombre y apellido se paseaban tranquilamente y algunos hasta candidatearon a las gobernaciones departamentales. Varios de ellos incluso salen impúdicamente ante las cámaras encabezando las campañas por la reelección del jefazo. Parecía que se había echado tierra al asunto y más todavía con el cierre definitivo del fondo.

El tiempo tal cual hasta hoy. De pronto estos días empiezan a gotear las detenciones. Cae una ex ministra, dirigente de las gloriosas Bartolinas; detienen a un actual senador; arrestan a un ex candidato campesino a la gobernación de Chuquisaca, llevado expresamente hasta La Paz por ser renegado masista. Se sabe que en semanas anteriores detuvieron a dirigentes menores. Parece una cacería de brujas destinada a lavar la imagen del gobierno que en su momento se había cruzado de brazos y hasta apoyado públicamente a varios de los implicados. Este afán repentino de la justicia por actuar responde más bien a instrucciones del régimen por apuntalar la campaña de reelección de S.E., empeñado en gobernar por la eternidad, que “si se va, el sol se esconderá y la luna se escapará… y todo será tristeza” según vaticinó hace unos días el vicepresidente. Entretanto, todo el mundo se pregunta cuándo se ordenará la detención de la ex ministra Nemesia Achacollo, que en su reinado como presidenta del directorio del Fondo Indígena vaciaron sus arcas sin que ella se enterara. Pero como dicen las malas lenguas, la señora goza de protección especial de S. E. y no hay vuelta que dar.

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De EL PERRO ROJO (blog del autor), 30/11/2015

Sunday, January 3, 2016

La cofradía de las putas que no fueron / del Atlas Desmemoriado del Partido de Lanús - Parte II

EDUARDO MOLARO

Sabido es que en la antigua Babilonia las mujeres debían dedicar su desfloración a la Diosa Ishtar.
La prostitución consagrada era una institución ineludible y las damas que llegaban al matrimonio en estado virginal ofendían a La Diosa. Por tal motivo debían ofertarse en las puertas de la ciudad para que un viajero hiciera uso de una hospitalidad concupiscente a cambio de 1 Dracma.
De más está decir que la guita recaudada iba a parar a las arcas del templo de Ishtar. A tal efecto había sacerdotes que oficiaban de cafishios espirituales a la hora de administrar lo recaudado.
Aquella medida fue bastante exitosa y por ello se implementó que toda mujer debía hacerlo (sea virgen o no) una vez al año. Cumplimentado dicho trámite, podían regresar a su casa al encuentro de su sacramentalmente cornudo marido.
Sin embargo, un dato melancólico: Había mujeres que por no ser muy favorecidas por la belleza debían pasar días e incluso semanas a la espera de un viajante que las poseyera. 
Esto me recuerda a las pobres queridas de los sultanes que, una vez caídos en desgracia éstos (o al envejecer ellas) las damas pasaban de los harenes a dar inmediatamente con sus huesos y sus almas al Palacio Topkapi, o "Palacio de las Lágrimas".
En Lanús había un lugar parecido al templo de la Diosa Ishtar, pero cuyo objeto social lejos estaba de consagrar castidades a deidades exigentes.
Al parecer, en la calle Tucumán, se había formado una asociación bajo el nombre ¨Novias abandonadas ¨ y sus integrantes se reunían cada jueves a vociferar contra los hombres y a llorar por el amor perdido.
Sin embargo una de las novias perjudicadas abrazó una idea: Instalar en su propia casa un burdel donde las damas que se atrevieran a hacerlo atendieran a los hombres a cambio de una monetaria transacción. 
Fue así que fundaron el mitológico burdel ¨Las hijas de la perfidia¨, cuyo domicilio ha sido históricamente ignorado por multitudes.
Se cuenta que las damas en cuestión hicieron correr la voz y no faltaron candidatos que quisieran despuntar el vicio. Sin embargo, vaya a saber por qué extraño designio, los afiebrados y potenciales clientes nunca encontraban la casa buscada. 
Nuestras fuentes nos indicaron que originalmente en esa casa había 14 mujeres de entre 25 y 36 años. A los seis meses sólo quedaban ocho mujeres dispuestas a recibir con los brazos abiertos ( entre otras cosas ) al hombre dispuesto a pagar por algo parecido al amor.
Sin embargo nadie llegaba. Acaso el timbre sonaba en la puerta y alguna dama corría ilusionada al encuentro de ese postergado primer cliente, pero nunca había nadie o – en el mejor de los casos – se topaban con un testigo de Jehová entregando bibliografía o un cartero, siempre homosexual, dejando la factura de la electricidad. 
El Poeta Edmundo Morales, hombre menos dispuesto a las tareas laborales que a los encuentros venéreos, se obsesionó con la idea de encontrar aquel paraíso perdido. Se dice que consultó a nigromantes, taxistas y buchones de la cana para obtener algún dato sobre ese mítico domicilio.
Y alguien le pasó una dirección.
Aquella tarde se puso las mejores pilchas, se perfumó con una doble ración de Tulipán Negro y apuntó hacia la dirección obtenida.
Cuando las sombras le iban ganando la batalla a las tibias luces del crepúsculo, Morales llegó a un villorio inexpresivo, donde ni siquiera los perros vagabundos reparaban en su presencia.
Al llegar a la puerta indicada, Edmundo golpeó dos veces. La puerta se abrió sola y el poeta no dudó en ingresar. Caminó tres pasos por un oscuro pasillo y se introdujo en la primera habitación. Allí había un chino gordo y fétido desplumando a un gallo, pero el chino ni siquiera lo miró. En otra habitación encontró a un anciano escuchando un partido por radio y en otra sala apenas vislumbró la silueta de un joven cortándose las venas. 
Ante un escenario tan poco prometedor, el poeta siguió pasillo adelante hasta dar con una puerta. Salió de aquella edificación por esa puerta posterior y al hacerlo comprobó que estaba justo en la vereda de su propia casa.
Tiempo después, su amigo El brujo Maciel le explicó que aquel paraíso existía, pero que merced a las oscuras artes de los Hechiceros de La Calle Oyuelas, pesaba sobre el lupanar una secreta maldición. 
No obstante, y desoyendo las alarmantes advertencias del brujo Maciel, los muchachos de la barra poética de la calle Ituzaingó siguieron buscando. 
Y las damas los seguían esperando. Y cada día pintaban sus labios, maquillaban sus mejillas y miraban hacia la puerta esperando lo que nunca llegaba.
Y una tarde, mientras las pocas y avejentadas mujeres que quedaban jugaban una partida de canasta para combatir el tedio, el timbre sonó desganadamente. Cuenta la historia que tras la puerta había un señor alto, pálido y de mirada penetrante. Vestía elegantemente y en su meñique brillaba un anillo escarlata.
- Yo vengo a poseerlas a todas – anunció el misterioso personaje.
Dicen que el pago por el trato carnal que no hubo fue una muerte sin mayores sufrimientos y un largo viaje hacia el inframundo lanusense (acaso ubicado en La Carbonilla) guiado por este oscuro personaje, Anubis Perséfones, el sicario preferido de los Hechiceros de la calle Oyuelas.
Los mitógrafos menos optimistas aseguran que aún allí, en el Inframundo, las damas se encuentran condenadas a ser seducidas y abandonadas antes de consumar el acto amoroso.
Morales y sus amigos, prefieren seguir creyendo que un día entre los días un ángel piadoso y putañero las liberará para siempre se ese sino trágico, consagrando su acto liberador con una redentora orgía. 
Y en tren de seguir creyendo, ellos se imaginan como invitados al festín.

Septiembre 2015

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De PLUMAS HISPANOAMERICANAS, 10/01/2015

De la caída al colapso

JON LEE ANDERSON


Domingo 27 de febrero de 2011 

La ciudad libia de Bengasi se encuentra a dieciséis horas de marcha si uno conduce peligrosamente desde la capital egipcia de El Cairo. Ambas están conectadas por una franja de carretera y, también, por sus respectivas y recientes “liberaciones”, obra de manifestantes antigubernamentales.1 Al viajar de una a otra, ayer, el lado egipcio de la frontera funcionaba normalmente. Es decir, había guardias fronterizos y funcionarios de inmigración que sellaron mi pasaporte y nos dijeron adiós en unas salas caóticas, repletas de cientos de refugiados que huían de Libia, en su mayoría trabajadores bangladesíes y vietnamitas. Allí acababa lo “normal”.

Cruzar Libia implicaba hacerlo a pie a través de unos ochocientos metros de tierra de nadie hasta un puesto fronterizo; una vez pasado éste, nos hallábamos abandonados a nuestra suerte en la “nueva Libia”.

Nos dio la bienvenida una banda de jóvenes entusiastas que hacían las veces de guardias y que nos ofrecieron tazas de té dulce y caliente. Nos mostraron la bandera que habían colgado en lo alto: la vieja bandera real de Libia, roja, verde y negra, y no la utilizada en la era de Muamar el Gadafi, que es una simple tela verde. Querían que les tomaran una fotografía frente a ella, como si al hacerlo validáramos de algún modo el cambio ocurrido en su país, que todavía parecía algo precario. A su alrededor, los edificios estaban abandonados y cubiertos de grafitis; más allá se extendía el desierto.

La teórica libertad de Libia parecía un espejismo. Pero, tras conducir seis horas más por tierras prácticamente despobladas —un paisaje que alternaba entre el desierto y el ondulado verdear de unas granjas—, llegamos a la vieja ciudad fenicia de Bengasi, con sus decaídos edificios de la era colonial, de estilo italianizante. Allí, en un deteriorado palacio de justicia frente al paseo marítimo, había tenido lugar la semana anterior la revolución que, después de varios días de confrontación violenta, puso al “pueblo” al mando de la Libia oriental.

Dos horas después de llegar me hallaba en el palacio de justicia, que es ahora el cuartel general de la Bengasi revolucionaria, frente al cual cientos de personas paseaban. Tres efigies de Gadafi colgaban de un mástil, y el tronante mar oleaba al otro lado de la calle.

La multitud comenzó a cantar grandes, rítmicos, estridentes cánticos que sonaban como música. Me detuve en un cuarto del piso superior y desde allí miré la escena junto a una de las nuevas líderes voluntarias de la ciudad, Iman Bugaighis, una mujer de unos cuarenta años, miembro de la facultad de Odontología en la universidad local. Le pregunté qué cantaban. Mientras me lo explicaba, la sobrecogió una súbita, inesperada emoción y comenzó a llorar. Me dijo que estaban deseando la muerte a Gadafi. Incapaz de traducir los juegos de palabras de los hombres y mujeres reunidos allá abajo en grupos separados, que cantaban en un llamamiento que resonaba, los resumió: “Lo que tratan de decir es todo lo que no pudieron decir durante cuarenta y dos años. Lo que dicen es que ya no están dispuestos a vivir con vergüenza”. “¿Qué es la vergüenza para ellos?”, le pregunté. “Gadafi”, replicó. “Él es nuestra vergüenza”.

Martes 1 de marzo de 2011.

Bengasi es una ciudad en el limbo, un lugar de rumores y —con Muamar el Gadafi todavía aferrándose al poder en Trípoli— lleno de expectativas por los dramas que están por venir. Pero la “revolución” de abogados, hombres de negocios y jóvenes que barrió el régimen de Gadafi en esta ciudad la semana pasada todavía se esfuerza por encontrar una voz coherente, todavía tiene que generar un liderazgo visible. Según Abdel Hafiz Ghoga, el juez que funge como flamante portavoz del consejo revolucionario de la ciudad y el primer miembro del nuevo Consejo Nacional de Transición de Libia, ello no se debe a una confusión, sino a las consultas que están en proceso. Mientras tanto, la fuerza militar rebelde ha intentado recuperar las armas robadas por la ciudadanía a las varias guarniciones incendiadas de Bengasi a fin de formar un ejército y “marchar sobre Trípoli”.

Más allá de la atmósfera festiva que continúa a lo largo del paseo marítimo cubierto de grafitis —donde el consejo revolucionario ha montado su cuartel—, Bengasi apenas funciona. La mayoría de las tiendas y negocios están cerrados, y hay poca gente en las calles. Sin embargo, los automóviles aceleran por todas partes y hay tiroteos ocasionales: cuando se disparan al aire las armas robadas, en una aparente celebración de la repentina libertad para hacerlo (a los libios civiles no se les permite poseer armas y mucho menos dispararlas). Es una ciudad en suspensión. Familias enteras entran y salen en automóviles de la guarnición principal, donde Gadafi tenía una villa, contemplando embobadas un lugar que antes les estaba vedado.

Sobre las paredes, la gente ha dibujado el retrato de Gadafi en una variedad de aspectos injuriantes y dado rienda suelta a toda clase de insultos en árabe e inglés: Gadafi es un perro, un traidor, un agente —en algunos casos, extrañamente, de los estadounidenses, o también de Israel—. Ayer, al anochecer, mientras paseaba con un par de amigos, encontramos a un grupo de jóvenes, de ocho a doce años, quemando un auto en un solar y haciendo un montón de ruido. No parecía algo que habrían hecho normalmente; algunos adultos los observaban sin detenerlos.

En el puerto, barcos griegos, argelinos y sirios llegaron ayer para llevarse a cientos de trabajadores indios y sirios que se habían congregado con sus pertenencias para ser transportados a algún sitio seguro, a cuenta de sus respectivos países. Es decir, todos menos los infelices bangladesíes, que parecen no tener autoridad alguna que hable por ellos. Se hallaban en una zona abierta del muelle, contemplando lánguidamente a los sirios e indios, cuya partida estaba fuera de toda duda. (Cuando la crisis concluya, posiblemente habrá una falta masiva de trabajadores en Libia: los filipinos trabajan en los campos petrolíferos y las filipinas son enfermeras en los hospitales; los bangladesíes trabajan en la construcción y como empleados no calificados; los sirios, se dice, predominan en los establecimientos de kebab y shisha).

El lunes por la tarde llegó la noticia de un ataque aéreo contra un depósito de armas a una hora al oeste de Bengasi. Como pasa con todo aquí, resultaba difícil precisar los detalles. En busca de información, algunos amigos fueron hoy hasta una base militar, donde los soldados confirmaron la historia pero señalaron en dirección al oeste y les advirtieron que no fueran hasta allí porque había “bandidos”. Regresaron a Bengasi desconcertados. Cuando intenté preguntarle a un oficial de las Fuerzas Especiales qué pensaban hacer, más allá de esperar lo desconocido en sus barracones, se puso a la defensiva y sugirió que prestara un servicio público a los libios y me fuera a “buscar la línea del frente”. También él señaló hacia el oeste.

El martes, un religioso barbudo entró en una barbería, entregó a los barberos una octavilla y les pidió que la colgaran. La leyeron en voz alta a los clientes: era una llamada a la plegaria, en la que se pedía a la gente de Bengasi que se reuniera en un estacionamiento cercano al puerto a las 3 de la madrugada del miércoles. Sugería que si iba suficiente gente, con la voluntad de Dios, el poder de las plegarias podría acelerar la salida de Gadafi y la liberación del país.

Miércoles 2 de marzo de 2011

Hoy, después de días suspendido en un vago limbo político, el territorio “liberado” de Libia oriental tuvo durante varias horas un frente occidental en una guerra real, con disparos. La tensión había ido en ascenso desde el ataque aéreo del lunes contra un depósito de armas al oeste de Bengasi, la capital de “Libia libre”. Esta mañana llegó la noticia de que un gran convoy armado de milicianos de Gadafi había invadido el pueblo petrolero de Brega, unos 250 kilómetros al sudoeste de aquí. Se decía que habían venido de Sirte, la ciudad natal de Gadafi y principal bastión gubernamental entre Bengasi y Trípoli.

Me dirigí a Brega con unos pocos acompañantes. Nos encaminamos hacia el oeste a través de un paisaje desértico cuya monotonía sólo era aliviada por unos pocos pastores con sus rebaños, unos cables eléctricos y, en algún punto, un funcional complejo residencial destinado a “la nueva Bengasi”, deprimentemente grande, que unos chinos construían en la llanura: una cuadrícula sin alma de cientos y cientos de edificios de cemento gris sin terminar. En Ajdabiya, una oscura parada a una hora de camino, descubrimos algo de actividad alrededor del hospital. Un grupo de médicos y voluntarios pululaba excitado; todos gritaban a la vez. Había lucha en Brega, dijeron; estaban enviando ambulancias. Las ambulancias rugieron hacia allá, y las seguimos.

En las afueras de Ajdabiya, bajo un doble arco de color verde y cubierto con dichos del Libro verde de Gadafi, que señala la salida de la ciudad, se desarrollaba una escena teatral. Allí habían aparcado cientos de autos y camionetas y, a cada lado del camino, la gente conducía —y aprendía a conducir— baterías antiaéreas, urgida por una muchedumbre de hombres y muchachos que blandían machetes, cuchillos de carnicero, Kalashnikovs y revólveres, cantando, celebrando, y gritando “Dios es grande”. Más y más voluntarios comenzaron a llegar, corriendo a toda velocidad para unirse a la multitud bajo las puertas, exhibiendo sus armas. Por momentos, la multitud les arrojaba agua, aparentemente una bendición libia.

Algunos colegas de diversas nacionalidades —estadounidenses, rusos, egipcios, belgas, franceses e italianos— tomaban notas y fotografías en medio del caos. Un arma era disparada cada tanto, y se oyó un gran rugido de aprobación cuando, por fin, algunos de los tripulantes novatos de las baterías antiaéreas apuntaron y lanzaron una descarga terriblemente estruendosa y exultante hacia el cielo. Una gran detonación del otro lado de la carretera puso a decenas de hombres a correr. ¿Acaso venían? No. Alguien había disparado mal un arma y se había herido.

Después de un rato, algunos grupos de combatientes partieron hacia Brega con un rugido y los seguimos. Una hora más tarde, a un lado del camino, apareció Brega, un pueblo petrolero, que pareciera ser totalmente de color salmón, donde hay algunas residencias y una universidad, y donde la lucha tenía lugar. Ahora podíamos oírla: grandes explosiones y golpes que sonaban como morteros; y se alcanzaban a ver estallidos de humo gris en la distancia. El desierto aquí era ondulado, salpicado de arbustos parecidos a la artemisa.

Seguimos a algunos amigos que estaban más adelante por el camino que corría junto al mar —hay hermosas aguas para hacer snorkel por aquí—, y nos encontramos en una suerte de frente de batalla repentino. Cientos de combatientes corrían con armas, lanzacohetes y granadas de mano; trepaban a los médanos junto al camino para mirar y disparar sobre la universidad, donde se decía que estaba la gente de Gadafi; e iban y venían por el paseo marítimo en estrepitosos jeeps, automóviles y camionetas en las que habían montado ametralladoras pesadas. Cada vez que aparecía algún combatiente, la gente cantaba consignas y hacía el gesto de la “V”. Una camioneta rugió al pasar junto a nosotros en dirección a la ciudad, con varios muertos en la caja. Un par de aeronaves —Mirage o MIG, no podría decirlo— aparecieron sobre nosotros e hicieron algunas pasadas, echando las bombas de una vez, justo sobre los médanos. Un amigo que empezó a seguir a algunos combatientes hacia lo alto de un médano volvió un minuto después diciendo que los aviones habían disparado muy cerca del sitio por donde caminaban.

Trajeron arroz y pollo y nos ofrecieron, y después unos pequeños vasos de té caliente y dulce; los hombres se acuclillaron junto a un vehículo, bajo el sol abrasador, para almorzar.

En la verdadera línea del frente, donde un par de automóviles había recibido disparos y nadie más se había atrevido a pasar, se hallaba desparramada sobre el camino una gran cantidad de cartuchos de municiones antiaéreas. Un hombre levantó uno, vino hasta nuestro auto y dijo: “Vamos a metérselo en el culo a Gadafi”, y levantó el pulgar.

Después de un rato sobrevino una suerte de monotonía. Subsistía el golpeteo de la artillería, pero de forma esporádica, y la mayoría de los combatientes se había metido en sus vehículos y vuelto a toda prisa a la ciudad. Decían que la lucha se había desplazado hacia allá, más cerca de la universidad, donde los milicianos de Gadafi se preparaban para atacar desde horas antes. Los seguimos y, finalmente, encontramos la universidad, donde todo estaba tranquilo. Los milicianos se habían ido. Después de su jornada de destrucción, habían desistido y regresado a Sirte en su convoy, según dijo alguien. Los combatientes que los habían perseguido, por delante de nosotros, también se habían desvanecido. Salimos en su busca.

Nos detuvimos junto al mar, donde levanté una caja de municiones que tenía impresos varios números y la leyenda “D. P. R. of Korea” (República Popular Democrática de Corea). Luego regresamos hacia la carretera principal. Un gran número de hombres se había reunido bajo un enorme anuncio de Gadafi y, en una escena festiva similar a la ocurrida en las afueras de Ajdabiya, disparaban sus armas y cantaban victoria. Muchos arrancaban pedazos del cartel, en el que todavía era visible una parte del rostro del Hermano Líder.

Algunos voluntarios pasaban entre la multitud ofreciendo cartones de zumo y barras de pan cuando, de repente, un caza aulló por encima y arrojó una bomba. Aterrizó un poco más allá de los autos aparcados, a unos quince o veinte metros, y lanzó una enorme nube de humo, vidrio y polvo. Todo el mundo corrió. Yo me quedé a observar cómo explotaba la bomba. Increíblemente, nadie resultó herido. Luego, todo el mundo, horrorizado, corrió hacia sus vehículos y escapó de vuelta a Brega, Ajdabiya, Bengasi… El parabrisas de nuestro automóvil tenía una nueva telaraña de grietas, pero mis acompañantes y yo estábamos intactos. Más tarde, en Bengasi, escuchamos explosiones a lo lejos que hicieron ladrar a los perros.

En el último momento, en medio del caos y el humo, unos pocos hombres se reunieron y comenzaron a cantar triunfalmente otra vez, pero el mensaje del caza, o su error, por poco —lo que fuese—, había hecho efecto. Oí que alguien decía: “Por el culo, Gadafi. Ahora vamos a conseguir una zona de exclusión aérea”.

Sábado 5 de marzo de 2011

En los últimos días, la cambiante línea del frente en el conflicto de Libia se ha ido desplazando rápidamente hacia el oeste: de Bengasi, centro de la rebelión, hacia Trípoli, la capital. Desde mediados de esta semana, cuando los variopintos rebeldes de la “Libia libre” asentados en Bengasi rechazaron un ataque del contingente móvil de las tropas de Muamar el Gadafi contra dos pueblos petroleros —Brega y Ras Lanuf—, que constituyen su flanco occidental, la línea del frente se ha ido acercando a la ciudad costera de Sirte, que marca el punto medio entre Bengasi y Trípoli y, a excepción de la capital, es el último bastión de Gadafi.

Hoy llegué hasta Ras Lanuf, que alberga la mayor refinería de petróleo libio y está situada en una carretera de la costa. Como Brega, otro enclave industrial que visitamos el miércoles durante la batalla que tuvo lugar allí, Ras Lanuf es un pueblo montado por una compañía, con complejos residenciales que parecen sacados de un mismo molde, con su pista de aterrizaje, su hospital y sus escuelas. Entre ambas no hay casi nada más que desierto, rebaños de dromedarios y el ocasional piquete en la carretera montado por el emergente “Ejército del Este”: una colección de civiles, muchos de ellos jóvenes armados de veintitantos años. Casi ninguno es un combatiente con experiencia. Son entusiastas y de gatillo fácil, y disparan muchas veces sus armas al aire; van y vienen a todo motor en camionetas y utilitarios que han arreglado como vehículos artillados al estilo somalí, con armas pesadas y, en algunos casos, cañones antiaéreos saqueados de las armerías militares.

Una de esas armerías en Bengasi fue escenario de una tragedia ayer, cuando rebeldes inexpertos aparentemente causaron una explosión accidental. En la conflagración resultante murieron decenas de personas. Por otra parte, Peter Bouckaert, representante de Human Rights Watch, dijo que encontró en Adjabiya una reserva de misiles antiaéreos portátiles rusos buscadores de calor SA-7, así como una vasta cantidad de otras armas y municiones almacenadas en depósitos mal custodiados que ahora se hallan en manos rebeldes.

Durante gran parte de la tarde del sábado, conduje varias veces entre Brega y Ras Lanuf con un par de acompañantes, buscando algún tipo de orden —o, al menos, a alguien que pudiera explicar lo que ocurría— en la caótica y nueva “línea del frente”, sin conseguirlo. Las dificultades en las comunicaciones suponían que sólo podíamos contactar con otros colegas que andaban del mismo modo por el frente mediante mensajes de texto. Los puestos de control rebeldes en los caminos eran ruidosos y peligrosos, y estaban llenos de adrenalina y de combatientes que disparaban sus armas al azar y en todas direcciones. En uno de ellos, tres hombres se negaron a dejarnos ir hasta que consiguieron transferir con éxito una fotografía de uno de sus celulares a uno de los nuestros, vía Bluetooth; ésta mostraba a un ser humano esparcido en varios pedazos sobre una alfombra. Era como si, al poseer la imagen de esa atrocidad, de algún modo la acreditáramos. En otro, un mayor del ejército vestido de civil que intentaba ejercer algún tipo de autoridad nos dijo que le preocupaba que los combatientes estuvieran yendo más allá de Ras Lanuf: tenía información de que las tropas de Gadafi se congregaban para un contraataque; podían volver por un camino del desierto y cortarles el contacto con la retaguardia. Comenzó a ordenar a los hombres que salieran de sus vehículos y, al hacerlo, se generó un clima de urgencia y pánico que produjo un éxodo. Nos unimos a la huida que, como mucha de la actividad en el frente, conlleva conducir a velocidades peligrosas.

Cuando nos detuvimos en un control, un barbudo comenzó a gritar que atrás, cerca de Ras Lanuf, los rebeldes habían tumbado algunos cazas del gobierno. “Derribaron tres”, gritó, exultante. Todos los jóvenes empezaron a cantar triunfalmente y a gritar “¡Allahu akbar!”. El barbudo comenzó a forcejear con su AK-47, tratando de dar un par de disparos de celebración, y casi perdió el control del arma. Por fortuna, dejó de apretar el gatillo justo cuando otros llegaban para mostrarle qué hacer (dimos un brinco hacia adelante con nuestro vehículo para quedar fuera de su línea de fuego, por las dudas).

Una hora después, cuando caía el sol, estábamos de regreso en Ras Lanuf, frente a la refinería. Un combatiente que fumaba un cigarrillo tras otro nos condujo unos cuatrocientos metros hacia el desierto por un sendero, hasta el sitio en que había caído el famoso jet —al final era sólo uno—. Explicó que el avión —algunos dijeron que era un MIG y otros, que podría ser un Sukhoi—, que había estado volando por allí todo el día pero no los había bombardeado, descendió y todos abrieron fuego contra él. Increíblemente, alguien acertó. Cayó, explotó y se rompió en mil pedazos, que quedaron desparramados por el desierto. Los dos pilotos murieron. Uno, dijo el hombre, era sudanés, de acuerdo con el pasaporte encontrado entre los restos; el otro, según sus documentos, era libio.

Vi lo que quedó de los pilotos. Ambos decapitados, presumiblemente por la explosión o el impacto, pero sus cuerpos, todavía vestidos con sus monos de vuelo verdes, estaban intactos. La cara de uno de ellos fue parcialmente rebanada y yacía en el desierto, con la nariz y el labio cubierto por el bigote, como una máscara abandonada.

Domingo 6 de marzo de 2011

En la intermitente guerra civil que ha comenzado en Libia oriental, los rebeldes sufrieron hoy su primer revés a manos de las fuerzas de Muamar el Gadafi. Después de capturar Brega y Ras Lanuf —y haber derribado un jet ayer—, creían, al llegar la noche, que estaban camino de la victoria. Esta mañana avanzaron, con la intención de entrar en Ben Yauad, la siguiente población hacia el oeste.

Entraron en Ben Yauad ayer, pero la encontraron vacía y la abandonaron, dejándola indefensa. Al regresar hoy, en cambio, tropezaron con una seria resistencia y, después de un día entero de batalla que incluyó varias retiradas —puede que diez— como avances, la perdieron. Para la caída del sol, seis hombres habían muerto en el hospital de retaguardia de Ras Lanuf, en medio de escenas de profunda emoción, y unos setenta habían resultado heridos. Los médicos, voluntarios que habían venido de urgencia desde Bengasi la noche anterior, dijeron que morirían más. Dos reporteros —un francés y un estadounidense— recibieron disparos, pero sólo sufrieron heridas leves en las piernas.

Para mí y para muchos colegas, la mañana comenzó con un bombardeo aéreo en un cruce poblado de combatientes, fuera de Ras Lanuf, donde habíamos pasado la noche. Estábamos a unos cientos de metros cuando un jet se zambulló y cayó una bomba, evidentemente sin explotar, porque hubo una gran nube de polvo y tierra pero ningún fuego y, por fortuna, ninguna baja —hasta donde supimos—. Avanzamos luego en varios automóviles hacia Ben Yauad, en medio de vehículos artillados, jeeps y camionetas conducidas a gran velocidad por los rebeldes, que se incitaban unos a otros con gritos de “Allahu akbar” y señales de victoria. A unos ocho kilómetros de la ciudad apareció un helicóptero en el cielo, provocando pánico y una huida precipitada hacia la intersección de Ras Lanuf, donde los combatientes montaron sus baterías antiaéreas —allí, apuntaban con los dedos, estaba el helicóptero—. Había mantenido su distancia, sin embargo; volaba alto y parecía estar abrazando la costa, quizás a dos o tres kilómetros de distancia. No abrió fuego.

Así pasó el día, con una mezcla de bravatas y también de auténtica valentía, miedo, confusión y caos, con los rebeldes acercándose milímetro a milímetro a los bordes del pueblo. Siguiéndolos, mis colegas y yo nos refugiábamos temporalmente detrás de montecillos de tierra cuando comenzaban a gritar y correr, o cuando las cargas de la artillería, que las fuerzas del gobierno habían comenzado a disparar, explotaban en las cercanías. El bombardeo y su respuesta incrementaron su ritmo hacia la tarde. Los rebeldes que nos rodeaban disparaban sus Katiushas contra los límites del pueblo desde múltiples lanzadores, y los hombres de Gadafi respondían, aproximando cada vez más el fuego de la artillería hacia las posiciones rebeldes.

Pasaban ambulancias a gran velocidad, buscando a los heridos del frente; algunos gritaban a los combatientes por megáfonos que se abrieran en lugar de amontonarse, por si un avión venía a bombardearlos. Nadie lo hizo, pero los disparos de artillería comenzaron a caer más cerca y los amigos que estaban delante de mí volvieron varias veces durante la tarde para informar que habían sido blanco de francotiradores y proyectiles. A medida que se acababa el día y la batalla se tornaba más feroz, algunos combatientes intentaban impedir que otros huyeran, plantándose en el camino cuando éstos se marchaban a toda prisa en sus autos, gritándoles que volvieran y reconviniéndolos. A veces era suficiente para detener un éxodo completo; otras no, y casi todo el mundo huía. Nos veíamos empujados por estas fugas, a veces durante varias millas y sin poder evitarlo, para luego arrastrarnos de regreso con un chofer local que habíamos contratado el domingo por la mañana y que se mostraba prudentemente dispuesto.

En un determinado momento, cuando estábamos a un costado del camino observando la batalla de la artillería contra los Katiusha, algunos combatientes retiraron un vehículo artillado de la carretera que discurría junto a nosotros. El hombre que comandaba la pesada ametralladora apuntó su cañón hacia un grupo que se hallaba en el pedregal de una ladera, a unos trescientos metros. Pero antes de que pudiera apretar el gatillo, le gritaron que se detuviera: se trataba de camaradas rebeldes.

Como una hora más tarde, un amigo que estaba parado junto a mí, el fotógrafo italiano Franco Pagetti, señaló de nuevo la ladera. Apuntaba con el dedo hacia un promontorio escarpado y a algunos hombres que se encontraban encima. Sospechaba que podían ser soldados del gobierno, porque los que casi habían sido blanco de fuego amigo ya habían descendido la ladera. Los miré, era un grupo de seis u ocho, y advertí que varios parecían huir de algo que se hallaba en una grieta de la montaña. Justo entonces una explosión sacudió el pedregal, no lejos de nosotros, y se oyó la detonación de un mortero; todo el mundo comenzó a correr y a subirse a sus automóviles al tiempo que aceleraban para salir de allí. Parecía que Pagetti había estado en lo cierto y que la colina había sido tomada por los hombres de Gadafi, que acababan de dispararnos (y que, por suerte, erraron).

Tras ello, y con la batalla aparentemente sin definir —aunque no pintaba muy bien para el bando rebelde—, mis compañeros y yo cambiamos el frente por Ras Lanuf y las horrorosas escenas de su hospital, adonde eran llevados los heridos y los moribundos mientras sus amigos y hermanos pululaban alrededor, gritando, llorando y, a veces, amenazando a los demás con sus armas, en medio de su angustia y su furia.
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De PERIODISMO NARRATIVO (originalmente en GATOPARDO), 19/11/2015

Fotografía: Tyler Hicks