Friday, March 4, 2016

Caso Zapata: cuando la realidad supera a la ficción

JOSÉ CRESPO ARTEAGA

“Rousseff podría sobrevivir a 10 petrolaos y Michelle Bachelet a 11 escándalos de corrupción pero bastaría un hijo negado o matado por conveniencia de campaña para transformarlas en estatuas de sal y sumirlas en un hades de escarnio. Evo, en cambio, calla. Deja que sus ministros se encarguen. A un señor presidente se le comprende cualquier cosa, ya lo hemos hecho, lo volveremos a hacer”. Leila Guerriero, El País.


Si don Mario Vargas Llosa nunca hubiese abandonado su niñez cochabambina, quizás hoy sería un espectador de primera fila y tendría abundante material para seguir regalándonos fulminantes tramas acerca de caudillos y alcobas, en vez de estar perpetrando últimamente novelas de poco fuste desde su retiro madrileño. Desafortunadamente el diablo se le ha adelantado y ha urdido una historia de lo más truculenta, melodramática y enrevesada que supera con creces a Corín Tellado y todos los guionistas de telenovelas latinas juntos. Tal es el atractivo de este culebrón que ha sacudido las fibras de este adormilado paisito hasta sus cimientos, tanto que el otro día mientras paseaba a la hora del almuerzo por una calle de mi ciudad vi a varios curiosos apostados en las puertas de un par de negocios de pollo frito tal cual siguieran las incidencias de un partido mundialista. Tanto comensales como gente al paso tenían clavados los ojos en la pantalla siguiendo un nuevo capítulo de esa tragicomedia plurinacional intitulada: “¿Qué culpa tiene la wawa del presidente?”.

A modo de recapitulación, recordemos que todo comenzó a principios de febrero cuando el periodista Carlos Valverde mostró en televisión el certificado de nacimiento de una inocente criatura bautizada como Ernesto Fidel Morales Zapata (para que no quepa duda de quiénes eran sus padrinos ideológicos), fruto de los amores escondidos de Su Excelencia con una groupie de sus juventudes masistas cuando la mocita frisaba los diecinueve años (según algunos familiares, “a Gabriela se la llevaron a los diecisiete”, lo que da un giro vargasllosiano a la trama). Aquel bombazo mediático despertó las alarmas de la caterva oficialista que mandó inmediatamente a ministros y otros jerarcas a intentar contener el incendio pero solo echaron mas gasolina al fuego, de tal manera que S. E. tuvo que salir a escena mostrando su mejor cara de adolescente arrepentido. Y a muchos seguramente se les rompió el corazón cuando el presidente quiso hacer creer que también era mortal e infortunado como sus súbditos, al manifestar con honda amargura que “le habían informado que el niño había muerto” a los pocos meses de nacido, allá por el 2007,  y que desde entonces no había vuelto a saber de la muchacha que alegró sus días. Horas después una fotografía reciente desmintió su versión y no tuvo otra ocurrencia mejor que matizar que se le había acercado una “cara conocida” a tomarse una foto con él, como lo hacían cientos o miles de admiradores que tiene S. E. en todo su reino.

El suceso no hubiera pasado de un acostumbrado lio de faldas, de una aventura más del solterón rompecorazones que, a modo de broma, alguna vez había soltado que “cuando voy a los pueblos, quedan todas las mujeres embarazadas, y en sus barrigas dice Evo Cumple”; si es que no se hubiesen desatado los tentáculos de sus implicaciones amorosas. Resulta que la tierna y candorosa exnovia se había transformado en menos de una década en una respingada socialité, portada de revistas del corazón, y pujante empresaria que no solo se movía en los círculos más burgueses de La Paz y para lo cual no dudó en asentarse en una mansión de un exclusivo barrio paceño, sino que también representaba a varias empresas de servicios aduciendo ser abogada con solo cuatro materias vencidas en la San Simón de Cochabamba (aquel personaje de la secretaria ‘peliteñida’ de Betty la Fea, quien presumía de sus seis meses de Finanzas en la San Marino, se quedó corto).

Fue tan rutilante el desempeño de la Cenicienta devenida en exitosa mujer de negocios que, de acuerdo a confesión suya, algunas empresas internacionales la recomendaron a los quisquillosos empresarios chinos que en los últimos tiempos también asoman sus narices en toda Latinoamérica. Sin mediar mayores exigencias, de pronto la Dra. Zapata aparece como gerente comercial y principal lobista (vaya, palabreja) de la CAMC Engineering, transnacional que actualmente tiene negocios vinculados al Estado boliviano en al menos cinco proyectos que rondan los seiscientos millones de dólares. Curiosamente multitareas estos chinos que no solamente están construyendo un ramal ferroviario y habían montado antes un ingenio azucarero, sino que también nos iban a construir una planta de tratamiento de sales de potasio, además de haberse adjudicado las obras de una represa hidroeléctrica y, por si hiciera falta, también le habían vendido unos taladros a la petrolera estatal.

Y de todos los movimientos pendulares y sendos taconeos de la ex, incluyendo en altas oficinas gubernamentales como la Aduana y Comibol, al Gran Jefe Supremo que todo lo sabe nadie le había informado, hasta que fue demasiado tarde y se vio envuelto en su grandísima inocencia en un escándalo de proporciones bíblicas que fue el puntillazo a sus sueños de eternizarse, aseguran varios analistas, a través del referendo reeleccionista de hace una semana donde fue humillado en las urnas. Ni todos los opositores juntos ni el malvado imperio yanqui habían hecho tambalear su dulce reinado de diez años, bruscamente sacudido por un presente griego que se coló hasta su alcoba en forma de perfume de mujer. Alguien tenía que pagar la factura.

No había terminado de disiparse la polvareda del referendo cuando repentinamente la nueva reina del Sur bautizada como la Dama de Azul (por los colores del partido oficialista) cayó en desgracia al ser detenida por orden directa de S.E. a través del ministerio de Gobierno, y tratada como una vulgar delincuente con un mar de policías que la custodiaban enmanillada y los flashes de las cámaras se cebaban con su rostro compungido en una larga noche paceña. De las pasarelas del jet set a la frialdad de una celda policial en un abrir y cerrar de ojos. La acusaban de enriquecimiento ilícito y otros delitos. Jueces y fiscales se sumaron al coro, diligentes como nunca, dispuestos a hacer sentir todo el rigor de la ley.

Mientras proseguían las investigaciones, salió a la palestra, hace un par de noches, el vicepresidente en un espacio solicitado de casi media hora que se trasmitió en varios canales de televisión, costeado por arcas públicas, desde luego. La audiencia, desde ya mareada con tantos pormenores y miserias de los protagonistas era bombardeada por otra teoría sacada de los pelos. Explicaba el vice, a la manera de un investigador del FBI, que todo se trataba de un clan encabezado por la señora Zapata y que a través de su hermana (ex diputada opositora) y su hermano (ex enamorado de una actual diputada) habían coordinado con los dos jefes opositores más mediáticos para dañar la sacrosanta reputación de S.E., continuando con la campaña de desprestigio y duros ataques a su honorabilidad que el oficialismo repetía como mantra a modo de cerrar filas en torno al Jefazo. No obstante, el hombre que se precia de ser tan inteligente y que, según él mismo, en la Texas University estudian su pensamiento, se metió un autogol desde media cancha al revelar que la señora Zapata dirigía sus negocios desde los antiguos despachos de la Primera Dama, prácticamente en las barbas del ministro más cercano al presidente.

Más tarde, el Fiscal General del Estado manifestó que la dama Zapata ingresó a las oficinas del ministerio de la Presidencia en cuarenta ocasiones, donde daba órdenes a todo el personal subalterno y utilizaba los ambientes para reuniones con empresarios y otros negocios privados. Donde le negaban el paso, mostraba el certificado de su nene, y se le abrían las puertas de par en par, se lee en la prensa. Por si fuera poco, utilizaba un vehículo oficial para sus propósitos con chofer incluido. Y el inocentón ministro Ramón Quintana (que tiene fama de siniestro y puntilloso, dado su pasado militar) no se enteraba de nada y encima jura no conocer siquiera a la exnovia de S.E. Tal parece que la astuta empresaria se había coludido con una viceministra, (antigua amiga suya) de esa repartición y otros funcionarios de menor rango que acaban de sumarse a los arrestados, incluyendo al infortunado chofer que hacía los mandados. El autor de la querella, sí, ya lo han adivinado, es el mismísimo ministro de la Presidencia.

De pronto, el país fue sacudido por otro terremoto noticioso hace unos días: el hijo vive y lo vamos a presentar ante medios internacionales, había revelado una tía de la señora Zapata, seguramente con la anuencia de ésta para avivar la polémica y meter presión al padre, a modo de contraataque, pues algún pariente mencionó que la detenida corría peligro y que toda la familia estaba recibiendo amenazas. Como resorte, la respuesta del caudillo no se hizo esperar a través de la ministra de Transparencia quien comunicó que si el hijo vivía le habían mentido al señor presidente y que tenían veinticuatro horas para mostrarlo ante una instancia pertinente. Posteriormente el plazo se alargó a cinco días por medio de la ministra de Comunicación que aparte de mencionar el recado se encargó de menospreciar a la detenida, preguntándose muy indignada con términos como qué clase de mujer, qué clase de madre actuaba así, negándole el derecho de que un niño conozca a su padre. Siguiéndole la lógica, habría que preguntarle a la ministra: qué clase de hombre, qué clase de padre no acude al lecho de su hijo cuando supuestamente le informaron que estaba enfermo, que luego habría muerto y que ni siquiera fue a su funeral o a visitar su tumba posteriormente.

Y en resumidas cuentas, ¿de qué le sirve a una mujer mentirle de esa manera al padre de su criatura? ¿Qué gana con ocultarlo durante tanto tiempo?...Aquí hay más misterio que en una novela de Agatha Christie. Entretanto, los ejecutivos chinos implicados en el gran negocio se estarán marchando discretamente y seguramente riéndose para sus adentros como el resto de la humanidad se estará desternillando con nuestra tragedia. En algo tienen razón los propagandistas y acólitos del régimen: Evo Morales ha puesto a Bolivia en el mapa mundial… al calor de las sábanas. Somos el hazmerreir del mundo. 

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De EL PERRO ROJO (blog del autor), 03/03/2016



Thursday, March 3, 2016

Fantasmas de Tánger

EDGARDO COZARINSKY

SI hubiese ido a Tánger en busca de un pintoresco dépaysement nada me habría devuelto más bruscamente a mi propia tierra firma que Paul Bowles, al preguntarme en nuestro primer encuentro, en un castellano perfecto, qué era de Adolfo Bioy Casares. Gran admirador de La invención de Morel, sobre todo de Plan de evasión, Bowles que ha dejado gradualmente de interesarse en el presente “en la medida en que puede hacerlo alguien que aún no ha muerto”, recuerda que a principios de la guerra, durante una visita a Victoria Ocampo en el Waldorf Astoria de Nueva York, la formidable anfitriona le había arrojado sobre las rodillas un ejemplar de El jardín de senderos que se bifurcan, publicado por Sur meses antes, con un perentorio “¡Léalo!”.

Fue así como conoció a Borges, como empezó a familiarizarse con los escritores argentinos. Me cuenta la historia del epígrafe de Mallea que puso a The Sheltering Sky, cómo el escritor argentino no lo reconoció y Bowles mismo no pudo encontrar su fuente cuando más tarde la buscó. “La memoria suele hacernos jugadas como ésta”, comentó, arrugando tal vez en un guiño algunos de los innumerables pliegues de piel bronceada que rodean sus ojos clarísimos, luminosos. Es un día de primavera, pero en la chimenea del cuarto vecino arden leños y él, con una bata de lana sobre el pijama, me recibe sin dejar su lecho, cubierto con dos frazadas.

Bowles detesta que le pregunten por qué “eligió” vivir en Tánger. Tal vez la tácita respuesta sea parte de esa aceptación resignada de la fatalidad que tanto lo emparenta con una sensibilidad islámica. Si lo hostigan, repite que “los males de la sociedad industrial” llegan más lentamente y con mucho atraso a ese rincón del norte de Africa. Pero también admite que le gusta pensar que vive en una tierra donde la brujería es una realidad cotidiana, en la que el veneno circula como mensaje de amor o de odio entre los individuos, en la que los duendes -los djinn del folklore magrebí- explican tanta cosa que “los norteamericanos de mi generación, con sus supersticiones científicas, llamaban bacilos y los jóvenes de hace treinta años bautizaron malas ondas”. Sonríe al evocar esos vaivenes de la ideología cotidiana.

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En la opaca, rastrera verdad de los documentos, Tánger fue una “zona internacional” entre 1922 y 1956. En 1912 el Kaiser había visitado ese puerto, destinado al comercio por su posición en el extremo atlántico del estrecho de Gibraltar. En la orilla de enfrente, en el peñón, los ingleses se inquietaron. Apenas terminada la Primera Guerra Mundial, intrigaron para que ese punto estratégicamente valioso quedara neutralizado. El estatuto de la zona internacional completó la dominación colonial sobre el territorio marroquí: el sur ya era protectorado francés, el norte protectorado español; la ciudad, gobernada por una junta donde estaban representadas las principales potencias marítimas de la época, debía asegurar la libre circulación por el Estrecho.

El corolario de esas maniobras mercantiles fue imprevisible. Se abrió la puerta a todos los fantasmas. Puerto franco, Tánger se convirtió en una zona extra territorial con un mínimo de leyes, sin impuestos, donde el oro y las divisas entraban y salían libremente: más aún, donde lejos del control de sociedades más rígidas las extravagancias de la conducta suscitaban una sonrisa divertida pero ninguna censura moralista. El kif y otras variantes indígenas del cannabis, las preparaciones opiáceas que las farmacias de otras latitudes retaceaban, sobre todo la tradicional bisexualidad de los jóvenes, convirtieron a la zona internacional en un limbo donde Jean Genet y William Burroughs, entre cientos de europeos y norteamericanos menos prestigiosos, pudieron vivir las fantasías que, en aquellos tiempos, en otras latitudes, los habrían llevado entre rejas.

A otros, ese microcosmos cosmopolita les permitió construirse un reino imaginario para sus veleidades de ficción. David Herbert era el segundo hijo del duque de Pembroke, por lo tanto sin derecho al título ni a la herencia familiar. En los años 30 llegó a Tánger con Cecil Beaton y muy pronto se instaló en una casa más fantasiosa que sólida, más colorida que señorial, en medio de un parque de la vieja Montaña; desde allí urdió sus redes hasta convertirse en el árbitro social de la vida elegante tangerina. Hoy su mayordomo ha heredado la residencia y la alquila a turistas recomendados por la pintora escocesa Marguerite McBey o por el profesor John McPhillips, dos lazos vivos con la leyenda de la zona internacional; en su tarjeta se lee, más grande que su propio nombre, former owner: the Honorable David Herbert. Cuentan que este “segundo hijo” (expresión que eligió como título de sus memorias), condenado a vivir de su ingenio, no se desplazaba sin llevar en el bolsillo etiquetas autoadhesivas con su nombre. Si el anfitrión de turno lo dejaba solo un instante, pegaba una de esas etiquetas bajo la silla o la mesa más valiosa de la casa; más tarde, cuando el dueño era atropellado por un taxi o asesinado por un gigoló, llamaba a los herederos para comunicarles que el difunto “le había prometido” el mueble en cuestión. Al hallar su nombre en una etiqueta envejecida, se lo entregaban, halagados como suele estarlo la clase media cuando la aristocracia la pone a su servicio.

En otro extremo, Barbara Hutton, heredera de la fortuna de las tiendas Woolworth (las originales five and dime stores) -millones que siete maridos sucesivos, el actor Cary Grant incluido, no lograron agotar-, llegó a Tánger en la segunda posguerra mundial y se inventó una residencia, Sidi Hosni, a partir de siete casas de la Casbah. Walter Harris, arquitecto inglés, aristócrata expulsado de la Corte por sus indiscreciones, las comunicó y decoró hasta componer el miliunanochesco palacio de esa monarca de café-society. El alcohol y el aburrimiento la sometieron como a otros el sexo o el juego. Padecía de hipotermia y le regalaba joyas y pieles a la mujer del doctor Little, que era hipertérmica, para que le calentara la cama media hora todas las noches. Al final de su vida no caminaba más, se hacía llevar en brazos, y explicaba que era “demasiado rica como para caminar”. Ningún museo, ninguna fundación perpetúa su nombre. Apenas si, poco después de su muerte, un pequeño bazar (¿justo regreso a las fuentes?), improvisado ante su casa, intentó durante unos meses aprovechar su nombre para atraer a los turistas que pasaban por allí.

Pero el destino cosmopolita de la ciudad, sólidamente asentado sobre todo tráfico y comercio, databa de mucho antes. Ya en el siglo XIX las caravanas que llegaban del desierto depositaban su cargamento en el patio de los locales, tan modestos como cualquier otra casa de la Medina, de los bancos Abensur y Pariente. En 1956, cuando el status internacional de la ciudad fue abolido un año después de la independencia de Marruecos, esos mismos bancos ya habían trasladado hacia Gibraltar el “oro de Tánger”, acumulado durante la Segunda Guerra Mundial, celosamente conservado en la posguerra, cuando las economías dirigidas de Europa occidental, por no hablar de lo regímenes del Este, hicieron apreciar particularmente ese refugio cercano y discreto.

Larbi Yacoubi me cuenta que, en el subsuelo de una casa hoy cerrada, en pleno centro de Tánger, sobre la plaza de Faro, operaba una fundición donde hasta los años 50 se hacían lingotes con cuanta joya o moneda llevaba el público. Jovencito, al visitar esa reliquia de otra era, encontró en el piso una moneda con la cruz esvástica. La única explicación es que los ingleses, amenazados por las falsas libras que los nazis acuñaban en Berlín, habían decidido replicar con falsos Reichsmark made in Tánger.

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La diferencia de presión atmosférica entre el Mediterráneo y el Atlántico mantiene el aire del Estrecho en constante mutación. Las nubes rosadas se disuelven en una bruma plomiza y ésta es pronto atravesada por los haces dorados de un sol crepuscular. El mar nunca está lejos: irrumpe, visible entre dos paredes encaladas, o al pie de tantas calles que descienden abruptamente, de la Medina o de la ciudad “moderna”. A lo lejos, el puerto una vez activo, nunca parece terminar de desperezarse. Los colores de las buganvilias, de los laureles blancos y rosados, reflejan las horas del día; si se apagan al anochecer es para permitir que la brisa difunda el perfume de jazmines y damas de noche. Es tan fácil dejarse acunar por esta naturaleza, efusiva sin énfasis, por la indolencia que, de invitación en paseo, de excursión en visita, lleva al visitante, con un breve trayecto, de las playas del Mediterráneo a las del Atlántico… Pero el verdadero exotismo de Tánger es social, humano, aun cuarenta años después de clausurada la zona internacional.

David Herbert y Barbara Hutton fueron sólo las efigies más visibles de una época en que “Orejas alertas” Dean, barman del hotel El Minzah, espiaba simultáneamente para alemanes e ingleses; así pudo, después de la guerra, abrir su propio bar e iniciar una tercera carrera como proxeneta para visitantes distinguidos. En que una tal Phyllis de la Paille coleccionaba en su residencia de la Nueva Montaña animales exóticos en libertad; un buen día, al quejarse de que ya nadie aceptaba sus invitaciones, Truman Capote le explicó que en su casa el olor a excrementos era demasiado fuerte; sorprendida, Madame de la Paille prometió encadenar los monos a los grifos del cuarto de baño…
En que un joven lord desheredado se jactaba de haber hecho chantaje al Vaticano con la amenaza de difundir su liaison con un arzobispo húngaro; nadie supo nunca si el relato era verídico, pero el relator terminó como representante en Tánger de un banco de la Santa Sede, hasta ser a su vez desplumado por un jovencito malagueño, hoy maduro y opulento anticuario muy fotografiado por las revistas de decoración…

En que un tal Topié Mimara, estudiante croata de historia del arte que pasó la Segunda Guerra Mundial en la Unión Soviética, al llegar a Austria en 1945 como intérprete del Ejército Rojo, se vio confiar el inventario de un depósito de obras de arte robadas por el Tercer Reich. Tras consignar sólo dos tercios de los objetos hallados, se incautó en medio de la noche de un camión, lo llenó con el tercio restante y gracias a salvoconductos inverificables en la confusión de aquellos meses logró llegar a Trieste y embarcarse con su tesoro rumbo a Tánger. Allí murió hace un lustro, en un piso alto del edificio Méditerranée; cada año llevaba a Gibraltar un par de telas y las vendía a Sotheby`s, “para ir tirando”…

En que Jean Genet, al ver al borde de las lágrimas, humillado por dos turistas suecas, a un policía que intentaba vender billetes para una rifa, lo llamó, le compró el talonario entero y exclamó “¡Cómo no amar un país donde un policía es capaz de llorar!” Hoy Genet está enterrado en Larrache, a 80 kilómetros al sur de Tánger, sobre el Atlántico; los azares póstumos suelen ser irónicos: para esa tumba no musulmana había un solo cementerio posible en la ciudad y era el del ejército colonial español.

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Los fantasmas de Tánger existen, como el peligro o la Gracia, para quienes creen en ellos, para quienes llegan alimentados por la literatura que esos fantasmas han cultivado, que en torno a ellos aún proliferan. Otra humanidad, agreste, nada divertida, se agita por la ciudad. Como en Nueva York y en Buenos Aires, busca ropa o comida en los tachos de basura. Cuando ven pasar un Mercedes o un BMW saben que lo conduce alguien “que está en la menta”, es decir en el tráfico de haschich, que otros llaman “exportaciones no tradicionales”, aunque se trate del cultivo más tradicional del Rif.

Yunes tiene trece años y viene del Sur, pero no de una ciudad invadida por el turismo elegante, como Marrakesh, ni de una meta del turismo de masa, como Agadir. Desde muy chico, oyó decir en su pueblo que, de Tánger, parten embarcaciones clandestinas que depositan a diez, veinte personas en algún lugar de la costa española. (¡España! Esa parcela de la comunidad europea, de la sociedad de consumo donde -enseña la televisión española, que se capta en todo el país- con sólo asistir a un programa de juegos puede ganarse el automóvil, el departamento, las sumas de dinero que de este lado del Estrecho son símbolo de riqueza…) En Tánger, Yunes trabaja como lavaplatos en distintos cafés, vende cigarrillos de contrabando; cuando su madre se prostituye en algún hotel de la Medina duerme bajo los puestos del mercado o tal vez no rehuse la invitación de algún europeo sonriente, generoso, tanto más amable que los patrones que lo explotan en el trabajo cotidiano. Cuando tenga reunida la inimaginable cantidad de dirham, podrá cruzar el Estrecho en una “patera”. Rezará para que no lo larguen, como les ha ocurrido a otros, en algún punto desconocido de la costa marroquí, para que al avistar la costa española no lo arrojen al agua con un “de aquí puedes llegar a nado”. El nunca ha oído hablar de Bowles, de Burroughs, de Genet. Para él, Tánger es sólo un punto de partida.

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De LA NACIÓN (Argentina), 01/10/1997

Fotografía: Paul Bowles


Wednesday, March 2, 2016

Eduardo Caba, un músico mayor

PABLO MENDIETA PAZ

Adelina Balsalía, cantante italiana de ópera, fue quien dio las primeras lecciones de música a uno de los artistas bolivianos cuyo nombre figura con letras mayúsculas en los anales de la música universal.
La nombrada artista italiana, apercibida de la extraordinaria inclinación a la música que manifestaba su hijo, el gran Eduardo Caba, se entregó de lleno a la enseñanza de quien sería uno de los artistas de mayor renombre en el propio país y, como ya se ha dicho, en el extranjero, al extremo de que su música fue en su tiempo de creación, y lo es hoy, interpretada en los más afamados eventos de difusión de obras de compositores latinoamericanos en Europa o Estados Unidos.
Nacido en Potosí en 1890, Eduardo Caba, imbuido desde muy temprano de la escuela típicamente boliviana que lenta y ordenadamente se hallaba en camino de consolidarse como una corriente estilística de alto valor estético, y que hallaría en Simeón Roncal, en Humberto Viscarra Monje, en José María Velasco Maidana, en Antonio Gonzales Bravo, entre otros, a sus máximos exponentes, fue quien impulsó con notable poder evocador y espíritu creativo nuestro inagotable potencial folklórico pleno de telurismo.
Formado en Buenos Aires por maestros de armonía y contrapunto de la talla de Eduardo Melgar y Felipe Boero, respectivamente, y favorecido posteriormente por una beca concedida por ley especial del Congreso, partió luego a España con una valija llena de partituras juveniles a estudiar hasta 1927 con los maestros Joaquín Turina (antiguo alumno de la afamada Schola Cantorum) y Bartolomé Pérez Casas, de quien recibiría el mayor estímulo, palabras de aliento y consejos de maestro, que influirían decisivamente en su carrera como compositor.
Si bien ese ascendiente de la música europea, vertiente de soplos de romanticismo artístico del Viejo Continente, fue de elocuente trascendencia para su crecimiento como compositor, tuvo Caba no sólo la virtud de cultivarlo vivamente, sino de practicar con la mira puesta en  perfeccionar la aludida línea nativa, culta, popular y nacional, que en el transcurso de la primera mitad del siglo XX halló fortalecimiento en el exuberante conjunto de tradiciones, creencias y costumbres andinas, siempre animado por el propósito de estructurar un nacionalismo musical que abriera perspectivas ilimitadas en la creación artística.
De España regresó a Buenos Aires, capital de un mundo musical espacioso y pródigo que le permitió amplificar aún más sus dotes de compositor y músico polifacético.
Su variada condición o, por mejor decir, sus múltiples aptitudes fueron determinantes para codearse con lo más conspicuo del arte porteño y, por consiguiente, proseguir un camino de permanente aprendizaje que alcanzó tal punto de madurez que hacia fines del año 1942 el entonces Gobierno de Bolivia lo invitó a dirigir el Conservatorio Nacional de Música y Declamación de La Paz.  
Precisamente en ese año su extraordinaria obra Aires indios fue estrenada en Washington por el American Ballet de la capital estadounidense.
Al término de la presentación, un público deslumbrado por la magnífica puesta en escena  ovacionó a los artistas y aclamó de pie por largos minutos al compositor, de quien la crítica especializada afirmaría que se trataba de un músico superior que se unía a una corriente de artistas latinoamericanos, capaces de aportar al universo de la música con obras de bella y profunda concepción, tal como fue calificada su Aires indios.
A tal punto conmovió su producción que Aarond Copland, a la sazón todo un artífice musical, un trabajador de material rítmico, armónico y melódico absolutamente afianzado en el terreno mundial de la creación, aseveró que la música de Eduardo Caba revelaba "una prestancia de buen tono, expresiva e inspiradora”.
El análisis de la música de Caba evidencia técnicamente la exposición de un lenguaje basado en escalas "pentatónicas" (es decir la sucesión de cinco sonidos o notas muy propias de la música andina), o bien modales (reglas compositivas de melodías vocales, pero también instrumentales, empleadas en los sistemas musicales antiguos), cuyos trazos solemnes en ambos son evocadores de una concentración de recursos sonoros privativos del Ande boliviano.
Aunque la estructura y textura de la obra de Eduardo Caba responden a formas complejas cuyo detalle no corresponde explicar en esta nota, sin duda que se halla en él una perfección creadora exquisita, incomparable y rica en estilización de la música nativa.
Prueba de ello son el ballet Kollana; la pantomima Potosí; Poema de la quena, Poema del charango (ambas producciones escritas para orquesta); o el Canto a la ciudad de La Paz, compuesto con motivo del cuarto centenario de urbe.

En toda su vasta producción es posible apreciar una valiosa y honda concepción estética que rebasa lo meramente fácil para adentrarse a un dominio absoluto de tecnicismo y profunda alma musical, cuya vitalidad desbordante en creatividad hacen de Eduardo Caba al paradigma del músico mayor.

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De PÁGINA SIETE (Bolivia), 03/11/2013


Imagen: Eduardo Caba

Brian Jones, o la costumbre de lo exótico

PABLO CEREZAL

Salgo de la piel que te he zurcido por dentro, laborioso y tenaz, con el desdeñable afán de descoser jirones de piel nueva y exótica. Viajo, por poner tierra de por medio y socavar con arena de olvido el acomodo muelle de tu matriz y tu beso. Vago las veredas huecas y los andenes vacíos en busca del labio que sepa pronunciar mi nombre como si fuese el de un recién nacido. Hoy, así, desde la distancia, lejanos tu pulso y tu palabra, te siento costumbre que pretendo desordenar con el zascandileo ágil de mis botas de viaje. Me acerco al Rif.

Vagabundear las faldas de vegetal mermado y aguacero futuro de la cordillera del Rif, allí donde sus tobillos agrestes se exponen a la mirada procaz del Sur. Enfrentar el deambular hospitalario de campesinos y la verbena de juego y carcajada de chiquillos. Llegas a pensar que es la salida de clase. Los habitantes todos, de pueblos y aldeas, no sólo los niños, salen de clase para enfrentar el bofetón del sol y la caricia del ocio.

Senderos de paseo calmo y abandono obvio, travesías de la fiebre. El Rif no es sólo estancia en que se recuestan, acunadas por el canturreo del viento, plantaciones de marihuana y enredaderas de indolencia. El Rif puede mostrar, al caminante, la senda hacia esos sueños que nos habitan con intención de consumarse. Vagabundear, ya digo, las faldas de calma y tierra roturada de la cordillera del Rif, allí donde quieren hacerse turbulencia sureña. Sigo un camino sin norte ni señales de dirección prohibida para mejor olvidar lo consuetudinario de tus brazos en abandono de orgasmos tediosos. Caminar en busca de nuevos recorridos por evadir la celda del día a día. Así Brian Jones, hace años, cuando los Rolling Stones que había ayudado a fundar se le antojaban calabozo tras cuyos barrotes languidecían pentagramas y melodías.

Pensamos, siempre, que lo exótico existe sólo para salvarnos de la rutina, ya lo sugería al inicio. No comprendemos que de nosotros depende el colgar el cartel de exótico a la puerta del primer pueblo aislado que profanan nuestras botas de caminante extraño, del primer cuerpo que horadan nuestras gimnasias de amante extranjero. Así se acercó Brian Jones hasta Jajouka, en busca de exotismos que le ahorrasen la rutina rítmica en que creía amodorrados a sus compañeros de filas.

Yo me acerco, hoy, hasta dicho poblado, tras haber abandonado la geometría desordenada de Alcazarquivir, el Gran Alcázar, Ksar el Kebir: caotizada por el gremio no sindicado de la migración rural, a años luz del vendaval de y salitre del cercano Larache, me acerco, decía, a Jajouka, para recostar en sus laderas de polifonía y pastoreo el falso ensueño del exotismo. Junto a mí camina Brian Jones. Me habla de música, drogas, sexo y abrigos de piel de cabra. Me habla del éxtasis grandilocuente que provee la música de los Maestros Músicos de Jajouka, y yo escucho al viento silbando melodías de éxodo y derrota. Cuántos de los herederos de tan egregia dinastía filarmónica no habrán ya perdido sus huellas en el camino hacia Ksar el Kebir, en busca del progreso, queriendo olvidar el hambre atrasada y la ruleta rusa de los días idénticos, sepultar su rutina en el exótico sarcófago de la gran ciudad.

Brian Jones llegó a Jajouka, de la mano de Brion Gysin, para perderse en los pentagramas de ritmo y césped de sus laderas. Olvidó su sitar, fermentando herrumbre a la sombra de la rutina. Ya cualquiera toca el sitar, incluso George Harrison, el Beatle iluminado, el sitar viene de lejos, porta hedores de Calcuta y desperdicios del Ganges en la danza portátil de sus cuerdas, exotismos ya rutinarios para los viajeros del rock’n’roll, el hábito ha pervertido el sexo insólito del sitar, así que… marchemos a Jajouka, donde la música es aún pura, honesta, y el hachís despedaza sus notas para que pierdas el norte de tu cuerpo tumbado a la sombra de un arbusto merodeado por mordida de cabras y orín de chicuelos.

Mis pies desordenan un charco de basura en que un chaval escupe su desprecio. Mujeres de edad irreconocible reprenden al chiquillo y me ofrecen dátiles forzosos. El viento acaricia un murmullo que semeja música. Música. Seguro. Eso buscaba Brian Jones. Música inédita, novedosa, temperamental, exótica. Aquí la encontró, y se vistió la piel de cabra del Dios Pan al ritmo de darbukas, gimbris, kamanjas que enredaban el aire con su telaraña de polifonías discordantes.

Lo exótico, ¿dónde se encuentra? Lejos, se dijo el bueno de Brian Jones. Lejos, después, hasta su tierra natal, se llevó, enlatados, los ritos melódicos de los músicos de Jajouka, desprendiéndoles por siempre de su religiosidad profana al permitir que fuesen profanados por el consuetudinario oído occidental.

Hoy, Jajouka me recibe con una lasitud de siesta y una musicalidad de moscardón veraniego. No encuentro lo exótico en sus callejas, se me antojan iguales a las de cualquier pueblo de la meseta castellana, y me pregunto dónde la costumbre, si en tu piel de laguna quieta o en la musculatura de marejada de esa joven magrebí que me contempla con la incertidumbre agazapada en su mirada. Recuerdo que Brian Jones no sólo perdió la cordura en estas tierras, también la locura mirífica en la mirada de Anita Pallenberg, que adoptó desde entonces el regazo de Keith Richards. Y lo exótico, desde ya, se me antoja costumbre. 

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De RED MARRUECOS, 12/11/2014


Fotografía: Brian Jones

Obsesionante Oeste

PABLO CINGOLANI

Si existe un extremo influyente en la Rosa de los Vientos es el que señala el occidente. Burton, el divino cónsul, anotó en su traducción de 1001 Nights que en la patria guanche, las volcánicas islas llamadas Canarias, se alzaba, en un finisterrae, una estatua de brazo acusador y nervio imperativo, señalando en esa dirección que se abría, insondable, a través de las aguas atlánticas del Mar del Norte español. En el pedestal de piedra de Tenerife de la escultura, estaba grabado, sin misericordia: “volveos, detrás de mí, no hay nada”. 
Navegó a su camino al oeste es el mantra que más repite en su bitácora el navegante más famoso de todos, aquel que escribía en tercera persona: aquel que con su obstinación por el destino señalado, se lanzó a la mar, sin importarle cuan bravo podía ser el océano y si más allá había monstruos como temían los antiguos mapas que, a la vez, imaginaban un abismo en el final del pliego ya que el mundo era todo, menos esférico. El hombre había visto muchas costas y pocos muelles, desde la gélida y norteña Islandia, pasando por Inglaterra hasta la afiebrada y meridional Guinea y más allá, y su fascinación por el ueste, quien sabe si tuvo que ver con haber buscado o soñado esa estatua canaria.
Lo cierto es que, parafraseando a Burroughs, en las Tierras del Occidente propiamente dichas, o sea aquí, el oeste, ante todo, era el lugar a donde acudían los muertos. La Mama Kocha, el Mar del Sur, el Océano Pacífico, es tan vasto y cautivante que es fácil desearlo como última morada: la única condición para habitarlo era atravesar el desierto, y que tu ajayu, tu alma, no se pierda por los arenales. De ahí devino el topónimo Tacna, que hoy nomina también a una ciudad del sur peruano.
Un poco más al norte, apenas llegados los peninsulares, se empezó a producir la uva que dio origen al pisco, miembro de honor de la nobleza de los destilados. Hubo años frenéticos donde todo el Oeste americano tembló: la época del auge de la extracción del oro en California. Mediados del siglo XIX. Baudelaire empezaba a escribir. Ríos de pisco y de vino de Chile inundaron los barcos y fluyeron hasta los campamentos mineros. El bourbon, o cruzaba a vela el temible Cabo de Hornos o era transportado en canoa, mula, lomo de hombre, como fuera, a través de los istmos de Panamá y Nicaragua. California, California, susurraría dulcemente Joni Mitchell un siglo después, trayendo ecos de esta inédita relación oeste-oeste. Historias amables del Far West: antes, según escribió Melville en Moby Dick, el fervor ballenero (the american flag al viento, el coraje de los arponeros, el ron encendiendo las conversaciones en las tabernas del puerto de El Callao) habría despertado las ansias independentistas de los países del Pacífico Sur.
Lo que los anales sí registran es el paso de un corsario inmortal: Hipólito Bouchard, que trabajó de tal para uno de los directores supremos de lo que entonces se conocía como las Provincias Unidas del Río de la Plata. Bouchard arrancó de Kamehameha I, Kamehameha El Grande según los diarios de los marinos, Rey de Hawaii (los inventores del ukelele eran libres hasta que losyankees los anexaron en 1898), el primer reconocimiento formal de la independencia argentina, saqueó la referida y ya próspera California, y a su paso altivo y feroz por la Centro América fue inspirando con la bandera celeste y blanca de Manuel Belgrano y en la proa a todas las futuras banderas: Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua.
Si bien la historia de Colón es prueba suficiente de la influyente obsesión por el oeste, hay otra historia más profunda y concluyente, ya que involucra a todo un pueblo: los guaraníes. La búsqueda de la llamada Tierra sin Mal, un edén para que nos entendamos, no se trata sino de una persistente y permanente marcha colectiva hacia el occidente, bajo la sabia inspiración de los chamanes y una dura conducción guerrera. Partiendo desde algún lugar de las costas del sur de lo que hoy es Brasil, los guaraníes ya habían atravesado mucho más que medio continente en su éxodo casi desconocido, cuando llegaron los otros. Siempre por su camino al oeste, el Tape Avirú. La invasión española congeló ad eternum esta movilización mágica e histórica sin muchos precedentes, ya que se trataba de la saga de unos seres que proviniendo de lugares de abundancia y libertad (al revés de los que huyeron del Egipto de los faraones), se internaron en infinitos senderos por las enmarañadas selvas y luego hostiles eriales de monte seco para terminar arañando las montañas más dramáticas del mundo: los Andes. Los Incas pretendieron burlarse de ellos, de los guaraníes, apodándolos “chiriguanos” (“Chaguancos”, aún les espetan por los lados de Orán, en Salta), que en quechua significa mierda fría. Pero, en el fondo, les temían. Debe ser arduo entender a un pueblo que emigra de un paraíso poseído para intentar encontrar otro improbable. La evidencia etnohistórica los ubica en una zona tan distante de Brasilandia como el curso medio del Amarumayu (el actual río Madre de Dios; de subida, una de las puertas de acceso al propio Cuzco; en las crónicas tempranas figuran con el nombre de “guarayos”) y contactando con los Cara Cara de los contrafuertes serranos potosinos: a veces, no muy pacíficos agricultores. Era tan amenazante la insistencia guaraní por treparse que, ya en la colonia, el propio Virrey Toledo ―el más renombrado de todos los sustitutos del Rey en América― condujo de manera personal, una frustrante, acalorada y entomológica incursión punitiva que pretendía erradicarlos de la faz de la tierra. Paradojas o no tanto: eso casi lo logró la República de Bolivia con la masacre de Kuruyuki en 1892.
Una ficción (que leí hace muchos años en un comic magistral) los hace arribar hasta las laderas del mismísimo Sumaj Orcko, el luego legendario Cerro Rico del mineral de plata que inundaría Europa, abonando las arcas e industrias de Flandes y la vieja Albión y lo que después se denominaría como “capitalismo”. Un sobreviviente de esos pioneros guaraníes que había visto ―al menos― las montañas, retorna a la Isla de Santa Catarina (donde hoy se levanta Florianópolis) y le narra el hallazgo argentífero en el cerro a un náufrago. Éste se llamaba Alejo García, era español y fue el primero que ingresó al interior del territorio sudamericano. Era fácil: había que seguir la huella de los guaraníes que habían regresado y que también le hicieron de séquito: siempre al Oeste. Lo increíble es que Alejo incluso volvió para contarlo. Habló de un Rey Blanco, ciudades perfectas y riquezas sin fin. La verdadera conquista de Sudamérica había empezado. Y una carrera de demonios para apoderarse de los tesoros. Pero esta vez, los que buscaron el oeste, la perdieron. Vencieron los que ya estaban por allí, al oeste del Oeste, y acudieron desde la Ciudad de los Reyes, la actual Lima. En breve, Potosí se convertiría, a principios del siglo XVII, en la ciudad más populosa del Occidente, con más habitantes y tapices y bodegas que Londres o París. Lo cuenta así Arzans, el Cronista Mayor de la Villa Imperial: las fiestas que conmemoraban a una santa menor duraban dos semanas. Las putas finas venían de Marruecos o de más lejos. Otros tiempos. Otros oestes pero que igual pueden seguir obsesionando. O eso, espero.

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De BOLPRESS, 26/01/2016


El silencio rural

JORGE MUZAM

Llevo 5 meses trabajando en labores campesinas. Habitualmente de lunes a domingo. No me quedó otra. Tampoco intenté eludirlo. Era una oportunidad de reconocer la intimidad de una provincia que abandoné hace treinta años. No me gusta embaucar a mis lectores con asuntos que no conozco. Necesitaba impregnarme de lodo y gravilla. El sol ha pasado cientos de veces latigando mi lomo de hombre flaco. También la luna en las madrugadas, dolorosamente frías como chirlito de colegial. He hecho de todo, desde choferear tractores chinos hasta cavar zanjas en terrenos pedregosos. Bromeando solía decirle a mis compañeros de labor que esa es ocupación de prisionero de guerra, de caído en desgracia política, de desventurado de gulag. Me respondían con una sonrisa amistosa sin saber a qué me refería. No me quejo. He solucionado algunos apremiantes asuntos económicos y he vislumbrado horizontes vedados al escritor burgués. Mundo rural, montañoso, que se asume como superado tras el criollismo, que nadie describe, despreciado por tendencias literarias durante décadas. Los periodistas de los pasquines de provincia sólo acostumbran lamerle el culo a los potentados locales, y el resto, el gentío, su sobrevivencia, se describe como un folclorismo reiterativo en no más de cinco líneas. Los clubes de poetas, por su parte, siguen adulándose entre cuatro paredes con mariconcismos decimonónicos. De esta forma, millares de personas quedan sin voz, sin fotografía histórica, sin análisis marxista, sin exaltación estética, sin pincelada narrativa.

Podría escribir decenas de novelas sobre esas sombras silenciosas del bajo pueblo. Hoscos, malintencionados y omnívoros de sentimientos, saben también ser buenos tipos, aunque los códigos son distintos. No puedes llegar y hacer lo mismo que con tus colegas universitarios, esos señoritos de sábanas limpias y desayuno servido que sólo han conocido callos manflinfleros. Acá te debes ir con cuidado o terminarás navajeado como un cuadro de Picasso. Salvo el flaiterío urbano y uno que otro universitario que llega a cumplir horario, el resto sigue hablando en ese chileno apelotonado y cantadito que tan bien expusieron Raúl Ruiz y Cristián Sánchez en sus películas. Su visión de mundo la describen usando los elementos a mano, como lo haría el Chauncey Gardiner de Kosinski. Casi todos tienen un apodo grotesco, y a quien no lo tiene se le inventa en el acto. A fuerza de escuchar todo el día me he convertido en experto en reggaetones y cumbias rancheras, en letras machistas de asnos lastimeros incapaces de ver perspectivas más arriba de su pene.  Pero es hora de retomar mis textos, mis lecturas, mis amigos virtuales. Aprovechar el entusiasmo por Umberto Eco para leer Seis paseos por los bosques narrativos, volver a oír la voz diseccionadora de Philip Roth en Los hechos,  y transitar por esa joyita de Jack London titulada Martin Eden. 

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De CUADERNOS DE LA IRA (blog del autor), 25/02/2016


Imagen: Ribera

La campana de la queda

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

Hay una edad para todo. Frase hecha, cierto, pero qué más da a estas alturas que lo sea o deje de serlo si es cierto. La hay, a la edad me refiero, llega sin avisar, como apuntaba el poeta, uno. De pronto está a tu lado, donde siempre había estado. De lo que se trata además es de la campana de la queda, no de aquella de comienzos del siglo XVIII que tocaban nocturnos los ministros por las calles de la ciudad cerrada hecha ciudadela, sino de esa otra que yo mismo toco para marcar el agotamiento de algunos entusiasmos y empeños, de los sueños que se hacen ceniza, de las certezas que enseñan su cara de chichinabo, del cansancio de explorar callejones sin salida y emprender viajes sin objeto; un agotamiento que viene con la edad. No se trata de volver el rostro hacia la pared y echarse a morir –Sancho a Don Quijote: eso sí que es locura–, sino de cambiar de rumbo, de alejarse del ruido, de procurar no hacerlo repitiendo hasta la extenuación lugares comunes y de intentar ver algo en claro en esta época de oscuridades. Hume hablaba de desapego, Sachs de aligerarse de lastres innecesarios, pero sin desentenderse del todo ni de la época ni de su música de fondo porque por muy desafinada que suene es la tuya, y por muy lejos que vayas te dará caza. No es tan fácil salirse de la corriente y su riada. Slavoj Žižek, en uno de los ensayos de Acontecimiento, sostiene que «el camino meditativo del “budista occidental” es el modo más eficaz que tenemos de conservar la apariencia de cordura mental». Me lo echo a la espalda, para de seguido olvidarlo. Mi campana de la queda es otra y el camino que me queda por recorrer también otro, por dónde pasa antes de llegar a su fin, lo ignoro. [27.11.15]

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De VIVIRDEBUENAGANA