Thursday, December 15, 2011

Nueva York, siempre


Margo Glantz

Una semana en Nueva York antes de las fiestas. Por las calles una epidemia de santa closes, cientos de jóvenes –delgados y de los dos sexos– vestidos de rojo con su barba postiza y su gorro nevado. En las escaleras de la Biblioteca Pública de la ciudad o montados sobre los leones que decoran la entrada; enfrente de Bergdorf Goodman o de Saks Fifth Avenue, rivalizan con los fastuosos aparadores: la gente se arremolina como en el Metro de México a las siete de la mañana o en las calles de Varanasi en época de festivales; también los veo por las calles de Greenwich Village, donde me hospedo, casi todos borrachos; pregunto a varias personas y a los mismos jóvenes la causa de tanta algarabía y multiplicación; no me responden, sólo con sus risitas ñoñas y su aliento alcohólico; una mesera me explica que ese sábado, debido a la proximidad de las fiestas, los estudiantes pueden consumir bebidas y comida en los restoranes y bares pagando solamente un dólar. En los restoranes y el Staples, donde leo mi Internet, me martillan los oídos las infaltables canciones de la época.

Además de participar en una ya reiterativa lectura a tres voces con Diamela Eltit y Sylvia Molloy, en la Universidad de Nueva York (NYU), donde cada una leyó un fragmento de una obra inédita, me encontré con amigos, fui al cine y a museos. Se estrenaban dos películas que tenían buena crítica: una inglesa de espías, Tinker, Taylor, Soldier, Spy, basada en un libro famoso de John Le Carré y protagonizada por Gary Oldman (quien aunque nunca sonríe se apellida Smiley) y de la cual casi no entendí la trama (una amiga inglesa en una cena comentó que tampoco entendió nada: triste consuelo): compré el libro para ver si con la lectura la película se aclara. Fui luego a ver Tenemos que hablar sobre Kevin, basada en una novela de Lionel Shriver (que no pude comprar porque estaba agotada), dirigida por la escocesa Lynne Ramsay, con Tilda Swinton como la madre incapaz de lidiar con un niño monstruoso que desde que nace la atormenta y termina asesinando a varios de sus compañeros en la escuela secundaria. ¿Una variante de Elephant o del documental de Michael Moore sobre los crímenes de Columbine? En absoluto, aquí vemos, como en la película recién mencionada de Tomas Alfredson, una historia contada de manera fragmentaria, yuxtaponiendo tiempos y alternando flash backs, donde la relación filial es el tema principal: la incapacidad de lidiar con un niño que desde la cuna es una maldición para su madre. Swinton logra sumergirnos en una atmósfera donde lo cotidiano acaba convirtiéndose en pesadilla sin aspavientos y sin melodrama. Amigos y críticos me recomendaron ver Melancolía, la más reciente película de Lars Von Trier; vencí la repugnancia que este director me causa y llegué a la conclusión de que nunca más en mi vida volveré a ver ninguno de sus bodrios.

Impactante –no encuentro mejor palabra para describirla–, la exposición de Maurizio Cattelan en el Guggenheim. Colgados desde el techo del museo –quizá valdría mejor decir ahorcados– y cayendo en gradación a medida que se recorren los pisos en donde se solían colocar esculturas prestigiadas o, en las paredes, los cuadros de una exposición que podríamos denominar normal, admiramos la vertiginosa caída de todos los símbolos de identidad de Italia y de nuestro tiempo, las figuras icónicas del siglo XX, tanto de la alta como de la baja cultura: Picasso, Pinocho, Hitler, Juan Pablo II, Kennedy, junto a caballos, burros, osos, juguetes, máquinas...

No puedo dejar de visitar el Museo de Arte Moderno y la exposición de Diego Rivera; los frescos más conocidos y una serie admirable de pequeños cuadros pintados después de su visita a Moscú. En el piso superior, una retrospectiva de De Kooning, más abajo un cuadro del recién fallecido Cy Twombly y en una sala reordenada varios Orozcos y Siqueiros.

El Metropolitan abrió una nueva sección que nos permite recorrer toda la cultura y el arte árabes...

De La Jornada. México, 16/12/2011

Imagen: Robert Sgarra/New York

Wednesday, December 14, 2011

Poemas póstumos de Georges Bataille


Arrimo mi verga...

Arrimo mi verga a tu mejilla
La punta roza tu oreja
Lame mis bolsas dulcemente
Tu lengua dulce como el agua
Tu lengua cruda como carnicera
Es roja como un muslo
Su punta es un cucú chillón
Mi verga solloza saliva
Tu trasero es mi diosa
Se abre como tu boca
Lo adoro como al cielo
Lo venero como a un fuego
Bebo en tu desgarradura
Separo tus piernas desnudas
Las abro como a un libro
Donde leo lo que me mata.



Señorita corazón mío

Señorita corazón mío desnuda en el encaje
Con la boca perfumada
El pipí resbala por sus piernas
El olor maquillado de la raja
Se pierde en el viento del cielo
Una nube
En la cabeza
Se refleja al revés
Una milagrosa estrella
Cae
Corazón que grita como la boca
El corazón falla
Un lirio está ardiendo
El sol abre la garganta.



Soledad

El pulgar en el coño
El cáliz sobre los senos desnudos
Mi culo ensucia el mantel de los altares
Mi boca implora oh Cristo
La caridad de tu espina.



Poema

Hinchada como una polla mi lengua
En tu garganta de amor rosa.
Mi vulva es mi carnicería
La sangre roja bañada de esperma
El esperma nada en la sangre.
En mis medias malva un perfume de manzana
El panteón de la polla majestuosa
El culo de perra abierto
A la santidad de la calle.
El amor peludo de mi pierna un panteón de esperma
Duermo la boca abierta en espera
de una polla que me ahogue
de un esputo dulzón de esputo pegajoso.
El éxtasis que me encula es el mármol
De la verga mancillada de sangre.
Para entregarme a las vergas
He puesto
Mi vestido que parte el alma.



( La acera de Danaide)

Mi puta
mi corazón
te amo como se caga
mójate el culo en la tormenta
rodeada de relámpagos
es el rayo quien te besa
un loco brama en la noche
tenso como un ciervo
oh muerte soy ese ciervo
que devoran los perros
la muerte eyacula en sangre.

Poemas póstumos recopilados por Tadée Klossowsky

Del Blog Orgasmika

Imagen: Portada de Erotismo en el Arte/ Taschen Editores

Saturday, November 26, 2011

Jurados observan “bajo nivel” de las otras obras presentadas


A pesar de que este año se postularon 40 obras al Premio Nacional de Novela, Wilmer Urrelo, presidente del jurado, señaló que la mayoría tenía un “bajo nivel”, tomando en cuenta la magnitud del evento.

Fue por eso que más allá de la obra de Claudio Ferrufino, no se escogió ninguna finalista, como ocurrió en años anteriores.

“Es una crítica que habitualmente pasa en los premios, llegan novelas tremendamente mal escritas que no están en nivel para presentarse en un premio”, dijo Urrelo, y aclarói que la obra ganadora Diario secreto es “muy buena” y que ha dejado de lejos a las otras obras.

Por eso, en el acta del jurado, se puntualiza: “Los abajo firmantes vieron con preocupación que, de manera general, las obras no presentan ni el cuidado necesario en el trabajo del lenguaje ni en la estructuración y utilización de estrategias narrativas ni en la complejidad de mundo. En consecuencia, se recomienda a los postulantes considerar estas observaciones para las siguientes versiones del premio”.

Además de Urrelo, el jurado estuvo integrado por Marcelo Villena, Alba María Paz Soldán, Homero Carvalho, William Camacho.

Una propuesta interesante

“Diario secreto, se distinguió desde un principio. Es una novela dura. Tiene una gran riqueza en su lenguaje y cuestiona mucho las estructuras morales”, comentó Urrelo.

Entre las características destacadas en Diario secreto están el uso de un lenguaje preciso y el recurso de varias voces narrativas.

La historia, contada en primera persona, narra la vida de un hombre psicópata, quien habla reiteradamente de matar y refleja así su concepción de la vida. El contexto lo sitúa como un emigrante que no deja de añorar a su natal Cochabamba.

Otro de los jurados, Marcelo Villena, comentó que “es importante valorar que en la obra se trabajó una forma narrativa correcta y que tiene la participación de varias voces”.

William Camacho, señaló a su vez que es una novela donde juegan y participan muchas voces, y que explora los lados oscuros del ser humano. “Tiene la característica de poner en crisis al lector acerca de lo que es bueno y que es malo”, finalizó.

Publicado en Página Siete (La Paz), 31/10/2011

Imagen: Wilmer Urrelo, escritor y Premio Nacional de Novela.

Wednesday, November 23, 2011

Libro mayor de Raúl Zurita/La obra del Paraíso


Juan de Marsilio

UN LIBRO GRANDE: casi setecientas cincuenta páginas de poesía. En la tapa, la foto en claroscuro del autor y un título: Zurita. Quien no conozca al poeta podría considerarlo soberbia, vanidad. Aquel que, más enterado, recuerde que ha escrito textos sobre el Desierto de Atacama o el cielo de Nueva York, pensará en una sostenida megalomanía. Si ha leído a Zurita, estará preparado para enfrentarse con el delirio -el poeta se refiere a los textos como "estas demencias"- pero más aún con la profundidad, el dolor y la grandeza.

CONÓCETE A TI MISMO. El año pasado, entrevistado por Chiara Bolognese (Anales de Literatura chilena, 12/2010, Nº 14) y anunciando este libro, justificaba así el título: "Se llama así no porque crea que yo o lo que sea mi vida tenga algo de especial, al contrario, sino porque es mi dato básico, el hecho básico de estar vivo, si puedes llegar al fondo de ese dato concreto que es tu vida, sin autocompasión ni falsa solidaridad, estarás posiblemente vislumbrando el fondo de todas las vidas; los seres humanos no somos mucho más que distintas metáforas de lo mismo y todos, más o menos, somos semejantes en nuestras angustias y miedos, en nuestra necesidad de amor, en nuestra perplejidad frente a la muerte." Al modo de Dante, hace cuestión personal del universo entero, pero a través de una rigurosa y despiadada autoindagación, poblando al mismo tiempo la propia voz de infinidad de otras voces prójimas. Un proyecto serio, en una época que el autor considera banal: "El silencio con que son recibidos hoy los grandes poemas que continúan escribiéndose, es un silencio infinitamente elocuente del tiempo que nos tocó vivir: el tiempo de la agonía del lenguaje y su sustitución por el inmenso ruido omnipresente de la publicidad."

El HOMBRE Y SU CIRCUNSTANCIA. "Yo trabajo en la obra del Paraíso, pero como uno más en el recorrido de su vida. Y trabajar con la vida es trabajar con la corrección sistemática de la propia experiencia asumida como un borrador de la experiencia que será, de la vida que alguna vez será. Es un proyecto de construcción de un nuevo sentido y de una forma social de experiencia." Lo que antecede es parte de "¿Qué es el paraíso?" uno de los textos iniciales del libro, y muestra la huella de haber vivido con esperanza el gobierno de Allende. Pero este libro también canta la derrota, la dictadura y sus horrores y luego un país que ya no sueña con asaltar ni construir el Paraíso. Por eso cierra el texto este paréntesis que lo define: "(Fragmento encontrado entre tus
ruinas)".

A la cabeza del texto, se pregunta a las gentes de Hiroshima, a los trabajadores chilenos y a las naciones de la Tierra qué es el Paraíso. Así, lo doloroso personal y nacional es, desde el arranque, ocasión de decir lo universal. Este libro está escrito en un presente inmediato pero también como si las cosas que cuenta -es poesía que se vuelve un poco novela y un mucho historia- hubiesen ocurrido también hace millones de años (ese es el sentido de la cita de Thomas Mann, "Hondo es el pozo del tiempo", que precede el cuerpo del libro y se repite, retraducida y resignificada, a lo largo del texto). Esto, emparienta a Zurita con el
Canto General, de Neruda. Pero el lenguaje de este poeta es más cercano al de Vicente Huidobro, aunque se pueda reconocer en la enunciación de las visiones de este libro -amén de acentos bíblicos y dantescos- algunas resonancias de Walt Whitman, que también influyera en Neruda. Eso sí, en este largo poema, la esperanza -que está, aunque bajo asedio- no es enfática ni desbordante.

EL POETA Y SUS MUERTOS. Este es un libro de dolor y desgarro (sus tres secciones son: "Tu rota tarde", "Tu rota noche" y "Tu roto amanecer", en alusión a la tarde del 10 de setiembre de 1973, la noche entre el 10 y el 11 y la mañana del 11 de setiembre). Es un libro de muertos recordados, si no con culpa de haber sobrevivido -que Zurita la ha sentido y expresado no sólo en su poesía- sí con el deber de dar testimonio. Esto se ve en el rescate de los Sueños, de Kurosawa, en especial aquel en que una compañía de fantasmas se reporta ante su comandante, que ha sobrevivido y regresa, derrotado, a casa. Pero también, en esta interpelación: "Mis hijos están desaparecidos y mis restos son pasto de aves carroñeras y fieras. Tú que lo sabes Zurita¿te dije alguna vez que sufría?". Queda la perturbadora sensación de que le han matado más cosas al sobreviviente que a los caídos. Así, por ejemplo, en la dedicatoria "in memoriam" de "Al amanecer", se homenajea, entre otros difuntos, a "los ríos de Chile", "Jehová", "América" y "otros sueños".

A tono con lo que comunica, el lenguaje es apocalíptico -se muestra al Pacífico o a la Cordillera precipitándose, incluso al Océano sepultando las montañas- y está modulado en prosa rítmica (eco whitmaniano), aunque hay también textos en verso libre, poemas visuales y fotos de los acantilados costeros del norte de Chile, usadas con fuerte expresividad.


EXTENUAR AL LECTOR. Ha escrito Álvaro Bisama (Revista Qué Pasa, 14/7/2011) que "como pocos libros chilenos, Zurita es capaz de extenuar al lector, de dejarlo en la intemperie de su propio desconsuelo". Si bien esto es más cierto y más doloroso para el lector chileno, y sobre todo para el que hubiera vivido el antes, durante y después de la experiencia de la Unidad Popular, la dolorida confesión personal, las constantes alusiones a otros desastres y horrores, junto y el ya mencionado tono apocalíptico, abruman al lector sensible de cualquier parte y de cualquier lugar (y más si, siendo uruguayo y maduro, tuviese heridas y pérdidas similares por las que llorar). El libro tiene que abrumar: no abrumarse ante el recuento de tanto horror sería no tener entrañas, hacerse cómplice espiritual y pasivo -por indiferencia- de los autores de crímenes que, en tanto tienen aún secuelas en proceso -se las asuma o se las ignore- se están perpetrando ahora.

Los títulos de los apartados de la sección final ("Tu roto amanecer"), impresos, casi al cierre del libro, sobre fotos de los acantilados del norte chileno y vueltos poema, resumen este anonadamiento: "Verás un mar de piedras/ Verás margaritas en el mar/ Verás un Dios de hambre/ Verás el hambre /Verás un país de sed/ Verás cumbres/ Verás el mar en las cumbres/ Verás esfumados ríos/ Verás amores en fuga/ Verás montañas en fuga/ Verás imborrables erratas/ Verás el alba/ Verás soldados en el alba/ Verás auroras como sangre/ Verás borradas flores/ Verás flotas alejándose/ Verás las nieves del fin/ Verás ciudades de agua/ Verás cielos en fuga/ Verás que se va/ Verás no ver/ Y llorarás".

ZURITA, de Raúl Zurita. Ediciones Universidad Diego Portales, 2011. Santiago de Chile, 748 págs.

Publicado en El País. Montevideo, 2011

Imagen: Portada de la obra

Wednesday, November 16, 2011

'Klimtmanía' por tierra, mar y aire


ESTRELLA DE DIEGO

Quien haya visto el cuadro, incluso una sola vez, no ha podido olvidarlo. La obra se reconoce de inmediato, pues tiene algo especialísimo que la distingue de todas las demás, algo misterioso se diría, muy bello, extraño, único; un sabor intenso a épocas pasadas, a Bizancio con sus oros, sus piedras preciosas y ese espacio poderoso y huidizo, aparente contradicción implícita entre formas muy abstractas y muy concretas, intensidad asfixiante en medio de las capas brillantes, que se expanden y se apoderan del espacio mismo, y los cuadrados multicolores -mosaicos asombrosos- que implican un orden férreo del mundo, búsqueda ávida de la totalidad. Pocos cuadros tienen la fuerza de El beso de Gustav Klimt y tal vez por esta razón ha sido reproducido tantas veces en tantas formas diferentes, símbolo nacional, un poco como el Guernica.

Pósters, postales, cajas de música, pañuelos, imanes para el frigorífico, ceniceros, dedales, bolsos, paraguas... la abundante parafernalia -cara y barata, vulgar y refinada- que se vende en museos, aeropuertos, tiendas de recuerdos y hasta librerías recuerda en el paseo por Viena que más allá del café con nata y los sombreros tiroleses hay otro símbolo igual de popularizado para explotar y exportar. Lo atestiguan los exorbitados precios que siempre alcanzan las obras de Klimt en las subastas. En las puertas del 150º aniversario de su nacimiento, que se celebrará el año que viene -Klimt nació en 1862-, su ciudad natal se ha puesto manos a la obra y le ha tomado como estandarte para una campaña publicitaria que plantea también la fuerza que poco a poco va adquiriendo el arte -y la cultura en general- en las promociones turísticas: "Viena, ahora o nunca".

Así, la Klimtmanía se va a ir apoderando de Viena durante el próximo año y en las instituciones de la ciudad, de un modo u otro ligadas al artista, se van a organizar exposiciones del pintor, uno de los principales motores de la Secesión vienesa, vertiente austriaca del art nouveau, el estilo que inundó Europa hacia finales del XIX con su aspiración obsesiva por conciliar arte e industria. Era la respuesta a una sociedad sumergida en un cambio inevitable y que se preparaba para el proyecto moderno como lo conocería el siglo XX: funcional.

Aunque habría que matizar un poco las cosas respecto a la Secesión vienesa, que desde muchos puntos de vista se aleja de las formas recargadas del art nouveau más popular. Para la Secesión la austeridad era una fórmula necesaria en su búsqueda de la obra de arte total -concepto wagneriano que se ponía de manifiesto en las puestas en escena de sus óperas-, un mundo sin fisuras en el cual ninguna cosa desentonara con el resto.

Desde los edificios o los muebles hasta las joyas o la ropa y las pinturas o el diseño gráfico... todo formaba parte de una misma realidad que perseguía cierta renovación casi espiritual en medio del cambio drástico que la sociedad estaba viviendo. Como explica el lema del monumento de la Secesión en Viena, construido a finales del XIX por Joseph Maria Olbrich y decorado por Gustav Klimt con su conocido friso Beethoven: "A cada época su arte, a cada arte la libertad". Por esas mismas fechas se publicaba la revista Ver Sacrum, el órgano de propaganda del movimiento, que entre sus colaboradores contaba con el propio Klimt, Rainer Maria Rilke o con artistas y escritores belgas de la talla de Fernand Khopff y Maeterlink o Verhaeren, con quienes los vieneses mantuvieron una relación muy productiva.

En estas relaciones se centra la primera de la serie de muestras con las que Viena quiere conmemorar el 150º aniversario del nacimiento de Klimt. En el Palacio Belvedere, cuyos impresionantes jardines son una de las visitas obligadas de la capital austriaca, se acaba de inaugurar Gustav Klimt / Joseph Hoffmann, pioneros de la modernidad, donde el espectador tiene ocasión de ver el trabajo de ambos creadores que así, confrontados, dejan clara la particularidad vienesa dentro de contexto europeo, sus relaciones con el grupo belga -entre las obras expuestas aparecen Toorop y el propio Khnopff-, la idea de la obra de arte total y el modo sobrio en el cual se planteaba el modernismo en los círculos austriacos y belgas. Cuadros raros de Klimt, como el Retrato de Barbara Flöge, la madre de Emilie, una de las muchas amantes del artista, entre las que figuró Alma Mahler, se dice; dibujos deliciosos como los animales de Jungnickle para el cuarto de los niños del Palacio Stoclet, una de las obras de Hoffmann en Bruselas; maquetas, fotos de interiores del arquitecto, dibujos de joyas, joyas, reconstrucciones de cuartos de las mansiones de los diferentes mecenas en las cuales aparecen las obras de Klimt, colocadas en su lugar original, y donde se enfatiza la idea de esa obra de arte total con el uso de colores entonados para el cuadro y las paredes, organizan esta muestra que se podrá visitar hasta marzo de 2012. El proyecto, que ha tomado como punto de partida muchas de las pinturas de la excelente colección Klimt del Belvedere, se debe completar con la visita obligada al edificio principal, donde se expone El beso.

La Albertina, el Museo Leopold, el del Teatro y el del Folklore -donde se mostrarán los trabajos de la diseñadora de moda y amante de Klimt Emilie Flöge- son algunas de las instituciones que se irán incorporando a la celebración con las diferentes propuestas a lo largo del año que viene. Sea como fuere, la oferta Klimt no acaba en las exposiciones temporales. En el propio edificio de la Secesión o en la majestuosa escalinata del Museo de Bellas Artes, que también el año próximo va a exponer los dibujos preparatorios para las pinturas de las pechinas, se puede contemplar el trabajo de Klimt. Trabajo que, por otra parte, siempre ha estado ahí y que quizás nadie ha mirado al subir deprisa en busca de los caravaggios. Quizás por eso, el joven del puesto de información del museo explica hastiado a una turista dónde están los Klimt. Da las direcciones amable, pero el mensaje queda claro: "Donde siempre han estado".

De vuelta en casa, al mirar El beso en la postal, o en el imán, o en el pañuelo, regresa a la memoria la gran aventura de esa Viena fin de siglo, la de Freud y Wittgenstein, a cuya hermana el propio Klimt hacía un retrato; la Viena desbordante de vitalidad entonces, en medio de la decadencia de un imperio, el Austrohúngaro. Ahora, promocionada a través de Klimt, se desvela fascinante en la contradicción de la propia pintura del artista, donde se resume la paradoja de aquella ciudad.

La pintura de Klimt, en apariencia decorativa y agradable a la vista, está a cada paso a punto de ser trágica, producto de un fin de siglo que vivía prendido de una sensación clara: el ocaso del mundo como lo había conocido. Después vendría el otro proyecto moderno, eficaz, funcional, y las cosas no volverían jamás a ser como antes. Así que no desaprovechen la ocasión para revivir una parte al menos de ese momento luminoso de aquel fin de siglo vienés, aunque sea orquestado desde la inevitable banalidad de una campaña turística.

Publicado en El País (Madrid/España), 11/11/2011

Imagen: El pintor Gustav Klimt

Wednesday, October 26, 2011

Monbar en la Petite Bayonne


Miguel Sánchez-Ostiz

La Petite Bayonne, entre el Nive y el Adour, un dédalo de callejuelas, de arcadas, de muchas casas sórdidas y oscuras junto a otras señoriales, flanqueada por cuarteles hechos aulas universitarias, y en su corazón, la rue Pannecau –¿Quién no sabía dónde estaba? Algunos se jactaban de frecuentarla y de estar en el secreto–... La rue Pannecau y el Hotel Monbar. A lo largo de mi vida he pasado muchas veces delante de ese bar. Hoy a mediodía estaba lleno de parroquianos que por la pinta y la edad no parecían estar festejando nada de lo que se celebraba al otro lado de la muga.
El 25 de septiembre de 1985, dos mercenarios del GAL que organizó el gobierno español, asesinaron a cuatro activistas de ETA. Parece ser que cobraban 200.000 francos por cabeza. Una guerra del ojo por ojo que salió mal y de la que en tiempos se hablaba con nostalgia: «Un GAL bien montado», decían en la sobremesa vinosa de Belarmino, y lo decían en serio. Se dijeron muchas cosas, en muchos lugares, se brindó por muchas muertes, por demasiadas, en nombre de un país, en nombre de una patria, cada cual por la suya: demasiada sangre y demasiado vino.
No voy a recordar nada a toque de cornetín de órdenes ni a favor del viento que mejor sople. Me dejen o no me dejen (eso dicen), escribiré lo que me de la gana y como me de la gana, con arreglo a mi conciencia, no al fondo de reptiles, no para pasar la gorra, no para pertenecer a fratria alguna, me aburren todas las fratrias, sin excepción.

Publicado en el blog del autor (Vivir de buena gana), 23/10/2011

Imagen: Hôtel Monbar, Bayonne

Tuesday, October 25, 2011

‘El boliviano perdido’, retrato de un fantasma veintegenario


Ricardo Bajo H.



El retrato de una juventud de clase media paceña, empobrecida, desclasada, arribista, corrupta, pobre de espíritu, acomplejada...




“El boliviano perdido, la novela-viaje de Daniel Mayer, es la esperada e inevitable crónica del éxodo de la clase media boliviana a la no siempre amorosa Madre Patria”, así habla Giovanna Rivero, la escritora cruceña de Montero en la contratapa de la ‘ópera prima’ de este joven escritor paceño. Y no, pues El boliviano perdido (editorial La Hoguera, 2010) no es una novela sobre la inmigración. De las 180 páginas apenas las últimas 60 transcurren en España. Y es una pena, pues lo mejor del debut de Daniel Mayer Valda llega al final. Pareciera que el novel escritor comenzó a narrar sin saber el rumbo, de manera desprolija, sin tenerla clara, gastando pólvora en gallinazo. 

El boliviano perdido es, en realidad, el retrato de una juventud de clase media paceña empobrecida, desclasada, arribista, corrupta, pobre de espíritu, acomplejada, mantenida, racista, hedonista y drogadicta, borracha, sin compromiso, falsa, narcisista, ignorante, educada pero inculta, idiotizada por el YouTube, la ‘Play’ y la televisión por cable llegada de afuera, desengañada, indiferente, frustrada, amarga, atea por culpa de madres beatas y padres alcoholizados, estúpida, sin futuro, sin horizontes, terriblemente conflictuada, en un permanente callejón sin salida, apátrida, sin identidad, tránsfuga. 

Sebastián –el protagonista, alter ego del escritor– es un ‘veintegenario’, un Peter Pan que se niega a crecer, joven de la zona Sur de La Paz, del barrio de Los Pinos, acomplejado de su clase, soñando con pertenecer a la clase alta con la que se codea en el colegio y la universidad. Otra vez lo autobiográfico como uno de los “errores” más frecuentes de los literatos noveles (junto a la imitación estilística de sus paradigmas).

Sebas huye a Europa para volver rico y el sueño se torna en pesadilla. Estereotipo que despierta a la cruda realidad de la explotación laboral, la indiferencia social y la xenofobia en su viaje hacia el despertar de la inocencia en España.

El estilo trepidante, rabioso y desenfadado concentra en ese instante, lamentablemente en el epílogo, su mejor ‘tempo’ y ritmo. La descripción y la realidad cruda de los trabajos basura de los inmigrantes bolivianos en Europa (de pizzero, de limpiador de baños, de laburante en una joyería de lujo, de vago sin remedio…) son, sin duda, señales prometedoras de un narrador en ciernes, con el pesimismo fantasmal otra vez como santo y seña de la nueva generación de escritores bolivianos.

La migración narrada no como ansiada escalera social de progreso personal sino como descenso a los infiernos adornado de desempleo, crisis, drogas, trago barato y gorroneo (una de tantos regionalismos españoles que adornan la novela, a ratos sobrando los cargosos chaval y macho) es la mejor virtud de la obra de Mayer, emparentándola con novelas más cerradas, complejas y ricas como El exilio voluntario, del cochabambino Claudio Ferrufino, ganadora del premio Casa de las Américas, La Habana, Cuba. 

Y aunque la primera parte de El boliviano perdido sea excesivamente larga y reiterativa, no quita para que tenga buenos pasajes como la denuncia de un racismo latente y de larga data, posado y reposado en la clase social retratada: “En La Paz las primeras palabras que aprendí siendo chiquitito fueron chola, india y Coca-Cola. Después mamá, papá, cosa que nunca conté a nadie. No me acusen de racista, uno no quiere ser racista pero uno se cría en esos ambientes pues, y termina siendo narcisista. El chip de la desigualdad lo lleva uno desde pequeño”.

La obra de Mayer no viene a ser otra cosa (siguiendo la feroz autocrítica de excelentes películas como Zona Sur, de Juan Carlos Valdivia) que el reflejo en el propio espejo de una clase decadente que sueña con el arribismo social, pero que es consciente de que incluso las clases populares son más felices: “Santusa era de Batallas, nuestra empleada doméstica, la recuerdo como una persona transparente, de mente muy despejada. Feliz, bonita, con su cabello negro, sus trenzas largas y su carita risueña y redonda. Creo que ella, con los numerosos hijos que tuvo después, ocho, y sus muchos problemas era más feliz que nosotros y nuestro mundo de amarguras complejas y contradicciones”.

Publicado en La Esquina (Cambio/La Paz), 16/01/2011

Imagen: Portada del libro