Thursday, July 21, 2016

Poesía y desgarro

LYGIA FAGUNDES TELLES

El que haya visto una cascada de agua en Brasil seguramente estará de acuerdo conmigo: la obra de Jorge Amado tiene esa misma fuerza brutal del agua llena de espuma que se precipita con una fuerza incontenible. E inevitable. Sin embargo, atención: la belleza poética de esa imagen no impide sentir que la intención del escritor es política o ideológica. Un escritor que es un testigo valiente y participa de una época y una sociedad. Un escritor que, con un estilo muy a menudo poético, impregnado de lirismo, nombra y denuncia los males de esa sociedad y esa época.


En una declaración sobre su obra, Jorge Amado afirma: "Mis personajes derivan de la suma de las personas que forman parte de mi vida". Así, de la realidad a la ficción, vemos deambular por sus novelas y cuentos a la gente real de Brasil: trabajadores y desocupados; niños con toda la gracia triste de un pueblo que en ocasiones es tan alegre; ¡ah! el carnaval... De un pueblo que podrá ser alegre (como escribió un joven músico), pero no es feliz.


¡Los fabulosos personajes de Jorge Amado! En ese desfile vemos pasar a los poderosos dirigentes políticos locales y también a las prostitutas. Vemos a las damas puritanas y a los libertinos. Vemos a los soñadores apasionados y a los canallas. En resumen, esta muestra de la especie humana es de una riqueza extraordinaria.


El escritor construye con seriedad una obra comprometida. Al ritmo del mar, que a veces es implacable y, en ocasiones, dulce como una balada, en medio del exuberante escenario brasileño de una naturaleza pródiga y generosa, Jorge Amado teje los hilos de su denuncia. Seduce para denunciar, ríe para revelar su inconformismo respecto de nuestro sistema político, que es terriblemente injusto. ¡Un país de contrastes!, dicen los turistas, esos seres volubles que, según el poeta Drummond de Andrade, descansan en la playa, se untan el cuerpo con aceites perfumados y olvidan. El escritor, sin embargo, es consciente de que, en esos famosos contrastes (opulencia y miseria), late el corazón indignado de la nación.


Podríamos dividir la obra de Jorge Amado en dos etapas: en la primera, yo ubicaría sus primeras novelas, esas que me apasionaron cuando era una joven estudiante: JubiabMar muerto y Tierras del sin fin. Son las llamadas novelas de Bahía. En un reciente trabajo sobre nuestra literatura, el profesor y crítico Alderado Castello habla mucho de esos textos inspirados en corrientes políticas y sociales que empezaban a aparecer entonces: "Así, de narración en narración, se van acentuando la ternura y el sentimiento lírico que traducen el amor del autor a su país, sin que por ello se vean afectados el contenido crítico y la intención de denunciar, de combatir y de cambiar". Son esos libros en que "la tierra se nutre de sangre", testimonio de los campesinos que la doblegaron.


En la segunda etapa, quiero destacar dos hermosos libros, Gabriela, clavo y canela y La muerte y la muerte de Quincas Berro Dagua, ambos admirables. Con extraordinaria espontaneidad y mucha inteligencia, el escritor acentúa el erotismo y desafía al puritanismo. Es un universo divertido y, al mismo tiempo, desgarrador. Doloroso. Un universo que nos hace llorar y reír y que, finalmente, nos ofrece como compensación el consuelo del arte.


Le Monde y Clarín, 2001. Traducción de Cecilia Beltramo. 

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De CLARÍN, 12/08/2001

Barcelona y Dorothy Parker

ENRIQUE VILA-MATAS

Dorothy Parker fue en los años veinte la neoyorquina por excelencia, la primera mujer en contar la vida de esa ciudad que por aquellos días comenzaba a convertirse en la capital del mundo. Vivía en el hotel Algonquin, donde todos los días, al caer la tarde, pedía hielo y White Rock y bajaba a la animada tertulia de esa famosa Mesa Redonda de escritores donde ella se forjó la fama de ser la mujer más lista de Estados Unidos. Todos los días, al caer la tarde, a esa hora sobre la que Scott Fitzgerald, amigo de Dorothy, decía: "Cuando oscurece, siempre necesitamos a alguien".

A Dorothy Parker la llamaban en el Nueva York de los años veinte la gran moderna, se adelantó a su tiempo, era de carácter indomable y lengua venenosa, fumadora empedernida y gran bebedora de whisky, feminista, izquierdista (precursora del radical chic), culta y de escritura refinada que acabó por tener un lugar de honor en la historia de la generación perdida aunque, a diferencia de sus compañeros de camada, ella apenas tuvo relación con Europa y el París de las entreguerras.

Como la leyenda de Dorothy está asociada como uña y carne a Nueva York, resulta chocante saber que en los años 26 y 37 pasó por Barcelona. Cuando me lo dijeron por primera vez, no podía creérmelo. ¿Dorothy Parker en Barcelona? Fue como si alguien me hubiera dicho que Unamuno tomaba copas en el bar del Plaza de Nueva York.

Empecé a saber de la existencia de Dorothy hace 10 años, cuando la desaparecida Versal publicó de ella dos volúmenes de relatos, La soledad de las parejas y Una dama neoyorquina, así como una biografía de su vida de nicotina y whisky firmada por John Keats. Ahora, tras unos años de silencio editorial, nos llega una nueva biografía escrita por Marion Meade y publicada por Circe en la que he vuelto a encontrar datos sobre su paso doble por Barcelona.

Ya sabía de sus fugaces estancias barcelonesas cuando hace dos años visité el Algonquin de la calle 44 Oeste y vi esa Mesa Redonda en la que Dorothy ejercía de Ginebra en aquella especie de Camelot literario de su ciudad. Recuerdo que recordé ante la mesa vacía (debajo de la cual descansaba la vieja gata Matilde, que vivía en el Algonquin) unas palabras de la escritora: "Prefiero vivir en un hotel porque sólo necesito el espacio suficiente para tener un sombrero y algunos amigos".

Me hubiera gustado conocer a Dorothy y verla tomarse de golpe varios tragos largos bien cargados. Y me hubiera gustado verla cuando en 1926 viajó con unos amigos y su sombrero preferido a París y allí Hemingway la animó a visitar España. Un día de primavera, llegó a Barcelona. Tan absorta estaba con las corridas de toros descritas por Hemingway que olvidó por completo que ella adoraba los animales. Recién llegada a Barcelona, desde un asiento de sombra, vio cómo un toro embestía al caballo de un picador, le partía el vientre y sembraba la arena con trozos de sus intestinos. Dorothy, que sólo estuvo cinco minutos en la plaza, quedó tan horrorizada que dejó aquel mismo día la ciudad, a la que asociaría para siempre con un ruedo ensangrentado, más redondo que su Mesa Redonda. Siguió viaje por España y en Sevilla se cerró el círculo de su horror cuando descubrió que en la calle la costumbre de los hombres era pellizcar el culo de las mujeres.

Cuando Hemingway se enteró de todo esto, se burló de ella dedicándole un poema: "Los españoles pellizcaron/ las judías nalgas de tu gordo culo/ en Semana Santa, en Sevilla/ olvidando a Nuestro Señor y su Pasión./ Regresaste a París, con el culo intacto/ para escribir más poemas para The New Yorker...".

En 1937 su izquierdismo militante la empujó a dejar el Algonquin y viajar a Barcelona en plena guerra civil, pero nada más llegar el repentino recuerdo de la Barcelona torera (un recuerdo exagerado pues, a fin de cuentas, apenas si la había entrevisto en su fugaz asiento de sombra) la condujo a salir disparada de la ciudad. En Valencia encontraría inspiración para un buen relato, Soldados de la República (incluido en Una dama neoyorquina), en el que habla de su admiración por los milicianos a pesar de que, según ella misma desvela, sigue persiguiéndola la Barcelona torera, pues los hijos de los milicianos, "demasiado inocentes para disimular", se parten de risa al ver su sombrero y, señalándola con el dedo, le gritan: "¡Olé!".

"Dejé de ponerme el sombrero", escribe, "y ya no hubo más risas. En cualquier caso, no era un sombrero cómico, era simplemente un sombrero". ¡Olé, Dorothy! Estaría bien que supieras que aquí en Barcelona cuando cae la tarde, cuando oscurece, algunos te apreciamos.

29, junio, 2000

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De DE OTROS MUNDOS (blog de Triunfo Arciniegas), 17/07/2016

Imagen: Dorothy Parker por Ryan Sheffield

aullando con Allen Ginsberg

PABLO CEREZAL

he visto las mejores mentes de mi generación destruidas, despedazadas, desperdiciadas por la obtusa quimera de un puñado de monedas que, suponían, les sacarían del agujero por cuyas paredes, a cada momento, más raudos resbalan, para mejor olvidar la escasa belleza que un día portaron sus genes

quienes, cuando niños, jugaban a los autos de choque del inconformismo, pasean ya sus grises trajes de oficinista en el incendio inverso del Metro, antes de colocarse el ambidiestro yugo del monetarismo social

quienes se proclamaron comandantes de las revoluciones del espíritu y los seísmos de la conciencia, muestran los agrietados surcos de una edad que llega antes de tiempo

quienes masticaron una adolescencia de suburbio, pasión e incertidumbre, se encomiendan cada noche a plegarias imberbes, en la lubricidad mentirosa del matrimonio, y luchan por no errar el camino marcado por el rebaño que conduce a la ausencia de identidad, el clarear de las neuronas, y el mimetismo de la piel con el neutro asfalto que pisotean las ruedas de los utilitarios de lujo de los que gustan en llamar poderosos

quienes retozaron a la sombra insolente de las páginas subversivas, han olvidado en la cuneta de la existencia sus sueños, cediendo el paso al brioso jamelgo de la uniformidad y, abandonando sus escritos juveniles en los vertederos del arte, en las alcantarillas de la belleza, suplican, el picotazo de la droga que les haga olvidar que ellos, al nacer, creían ser distintos del resto

quienes afilaban cuchillos de lucidez en los efervescentes renglones torcidos del blues, han disuelto su nervio eléctrico en el pantanoso brebaje de melodías de feria que con necio estribillo empequeñecen sus pupilas hasta que estas reflejan la nada más tremebunda

quienes engrasaban su lengua en solidaridades, fraternidades, justicias, revueltas, afirman que repetían frases aprendidas cuyo sentido se pierde en el sumidero de la farsa, al calor de licores de brutal gradación, calidad y precio, al albur de espesuras engendradas en la buena hierba que no pueden sufragarse los apestados que ellos mismos, algún día, juraron ser

quienes deseaban enhebrar sensaciones en las pupilas de los desfavorecidos, caminan lanzando, de tanto en tanto, monedas como proyectiles al regazo de los miserables que la sociedad decidió extirpar, cual tumores, de su organismo, y aún proclaman en alta voz lo doloroso que les resulta contemplar tamaña pobreza, semejante miseria, lo mucho que ayudarían, de poder, a segregar el hambre del estómago de los desheredados

quienes proclamaban a los cuatro vientos la igualdad del ser humano, apagan los incendios de su mente a la mesa de restaurantes exóticos vegetarianos japoneses macrobióticos, o en aviones que recorren geografías a la velocidad del turoperador y el despilfarro, o frente a las 50 pulgadas de televisores aletargados, o al accionar el botón que inicia el software que redecora la instantánea hueca con que pretenden socializar el arte y regalar su creativa grandeza a los miserables que se sujetan a la barra de bar de la ignorancia

quienes despedazaban sus puños contra la pared del totalitarismo, hieren verbal y físicamente a todo el que pueda llegar a arañar alguna triste migaja de su banquete de orden, limpieza, uniformidad y comida tres veces por día, con la todopoderosa excusa de cuidar de su prole, sus retoños, esa remilgada jauría que mañana arrancará de cuajo la mano que les da de comer

quienes subvertían el orden establecido en coloquios de guerrilla, patalean sus tan cacareados ideales, cual guiñapos, arrumbados por los cordajes que unen sus miembros a los del titiritero de camisa de marca made in Indonesia, corbata de lazada gruesa a tono con los tiempos, y perfume de cobaya disecada en esencia de sutil a vainilla que marca el ritmo del baile de moda en la verbena de las vanidades

he visto las mejores mentes de mi generación perdidas, chapoteando el subsuelo mentiroso de una vida mejor que no era la suya, y alzo mi copa vacía, la acerco a mis labios, la mastico, brindando por ellos con mi sangre paria y deseando que abandonen, al menos, la pretensión drogadicta de que su sueño ácido sea compartido por el resto de los mortales

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De VISLUMBRES DE EL DORADO (blog del autor), 21/07/2016

Wednesday, July 20, 2016

Masas y mazamorras

JOSÉ CRESPO ARTEAGA

Estaba aguardando que un día de estos haga auténtico frío para preparar un api casero. La prueba es que mis sacones y chaquetas gruesas acumulan polvo en el armario. No he tenido ni oportunidad de desenrollar el edredón extra. Con una colcha delgada me basta. Estamos en mitad del invierno austral y hasta ahora no llega nieve a las faldas del Tunari como en otros años. Hemos tenido tardes ventosas como anuncio de posibles nevadas pero no ha pasado de eso. Salvo esporádicas motas blancas que se divisan entre sus picos, el resto es una mole decepcionante de gris azulado. Sabido es que cuando se producen borrascas y nubarrones en torno de su cumbre no tardan en llegar sus aires fríos hasta la ciudad, a veces acompañados de moderadas lluvias que disipan el smog acumulado, por unos días.

Uno de esos días mínimamente borrascosos y húmedos estaba esperando. Pero la sensación es que aquello va a ser nomás historia. Entretanto el clima se torna más seco, polvoriento e inusualmente cálido para la temporada. Anuncian entre 27 y 28 grados para toda la semana pasado el mediodía, clima primaveral que, sin embargo, no se traduce en verdor y aire respirable, sino todo lo contrario. Los brazos se queman y la cara arde por caminar cinco minutos sin sombra. Y como casi ya no quedan árboles en Cochabamba suplicio se convierte trajinar la calle.

Ando antojado de api, pero si el termómetro no desciende lo suficiente no voy a asaltar la despensa en busca de mis provisiones. Tanto que tengo mis frascos de harina de maíz morado, tanto que hice secar cascarilla de naranja y tanto que pensé en “pasteles” (empanadas de queso fritas) y buñuelos aunque sean comprados. No por andar antojado voy a rebajar mi estilo: sin atmósfera adecuada (un frio respetable, mejor acompañado de niebla) no vale la pena poner a hervir la olla y alistar cuchara de palo para la mazamorra, por muy purpurada que sea.

Para calmar las ansias bien vale otra mazamorra, esta vez de plátano verde que no probaba hace años. Uno de mis primos, de vuelta de su pueblito natal, Suri (según él, Súrich, la capital del mundo, con jocoso orgullo), trajo variadas frutas para repartir entre la parentela. Me dejó unas walusas, raros tubérculos que tienen la consistencia harinosa de la papa, y un manojo de plátano (bien verde, de ese que no llega a madurar completamente) para que haga sopa, me dijo, sin saber yo ni remota idea de cómo se hacía. Para no echar a perder y tirar la fruta le acepté unos cuantos. Mala idea. Después recordé que alguna vez mi padre había puesto a secar rebanadas de la misma y con su harina había elaborado un grisáceo api que me supo a manjar en aquel entonces.

Lamentando haber despreciado los plátanos de mi primo (pues la harina resultante apenas alcanzó para una olla mediana), me puse manos a la obra, ya que no era complicado seguir el mismo procedimiento de preparar un api tradicional. Agua, canela, clavos de olor y azúcar para potenciar el sabor y luego tener la precaución de remover el caldo cuando hirviera para que no se pegara al fondo y punto. Veinte minutos de hervor a fuego lento y ya tenía el desayuno que acompañé con empanadas clásicas, rollitos de queso y pucacapas. Si de masitas hablamos, siempre saladas y, mejor con ají, por favor. Ya sea para el té inglés o para una mazamorra como ésta.

Guardé el resto en la heladera y para mayor satisfacción cuajó como gelatina. En dos días me lo zampé en frío, a modo de postre. Bañado con unos chorritos  de leche evaporada, el regusto por ese contraste en la boca no tiene parangón. No sabe a plátano, ni a otra cosa. Pero sabe a algo: a puro deleite.

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De EL PERRO ROJO (blog del autor), 19/07/2016


Atentados, guerras y demás

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

Intentar explicarse las causas cercanas y remotas de la matanza de Niza no tranquiliza nada, al revés, y hasta no sé si está prohibido. ¿Se trata de un atentado yihadista? Ayer no se sabía con certeza, pero el sombrío Valls aprovechó para sostener que «Nos han declarado la guerra». Eso sucedió hace ya mucho y no solo está Francia implicada en ese estado de guerra cuyo escenario más convencional tenemos por el momento alejado. El presidente francés por su parte reaccionó y afirmó que, como en el atentado de Bataclan, iba a ordenar bombardeos en Irak y Siria.

En mayo pasado sucedió algo parecido con el avión de Egyptair. Nunca más se supo del motivo por el cayó el avión al mar, después de que se declarara yihadista el atentado (hemeroteca) pero sirvió para tomar medidas político-policiales excepcionales que se ven inútiles. Ahora, el autor aparece en escena como un desequilibrado que muere matando de forma abominable y el Estado Islámico se atribuye el atentado. No hay que buscar por tanto los motivos de su pavoroso crimen en la geopolítica, sino en la psiquiatría. ¿Consuelo? Ninguno. Las medidas excepcionales se alargan tres meses. Mataron, matan y volverán a matar, esa es la única certeza.

Por lo que se refiere al terrorismo yihadista, está visto que los gobiernos europeos no pueden con él, hoy, y que a duras penas saben cómo integrar el mundo islámico en su panorama democrático alejado, es un decir, de los poderes teocráticos. Entre quien está dispuestos a morir por Dios para alcanzar el paraíso y quien defiende valores democráticos a cambio de un sueldo hay una distancia me temo que insalvable. Eso no hay alerta nivel 4 que lo impida ni bombardeos lejanos ni mucho menos cierres de fronteras indiscriminados y arbitrarios. Nada. ¿Tengo yo la solución? No. Y la palabrería oficial no me ofrece ningún consuelo. ¿Tengo miedo? Pues sí. Según y cómo no frecuentaría ahora mismo una aglomeración. Decir que esto es admitir una derrota frente al terrorismo es una baladronada de matasiete protegido por matones de los muchos que salen estos días a la palestra para hacer pendant con los politólogos que parecen saberlas todas y no dan una. Cualquier cosa menos admitir que no se sabe gran cosa. Nuestro mundo es inseguro y ni las guerras de agresión ni expandir lo policiaco lo hacen más seguro.

Me repugna ese desinflarse en condenas y alardes, y no reparar en que aquellas no son tan contundentes, ni tan sentidas, si de matanzas que suceden lejos se trata, como la reciente en una heladería de Bagdad que produjo mucho menos ruido mediático. También había niños en Bagdad, pero eran otros niños, por lo visto. La fraternidad y la igualdad son algo relativo, son según y como. Los pavorosos crímenes terroristas no se cometen porque sí, como quiere el gobierno que pensemos. El reflexionar no excluye ni el sentimiento de fraternidad y de piedad hacia las víctimas, ni la firmeza de condena. Lo contrario sería admitir el adoctrinamiento, la censura, la falta de libertad de conciencia y de expresión, tal y como se expresó de manera repulsiva la vicepresidenta de gobierno en contra de Pablo Iglesias.

¿Es la guerra de Irak el origen del estado permanente de guerra que vivimos y que el filósofo Michel Onfray ha calificado en Francia de «guerra civil»? Lo ignoro porque no tengo medio de saberlo y me niego a acatar las consignas oficiales que no me explican, sino que me hacen tragar; consignas, que de eso se trata. ¿Basta con declarar terrorismo lo que desde el otro lado es visto como una guerra santa? Lo dudo. Es de una desproporción mayúscula. El buenismo progresista, y el izquierdismo anticapitalista menos, no valen de nada frente al fanático religioso, al que declaramos fanático para no meternos en honduras. Una sociedad poco o nulamente religiosa no sé si está ya en condiciones de entender a quien está dispuesto a morir y a matar por su fe, ni siquiera de enfrentarse de una manera eficaz y detener su más que evidente expansión. Las acciones terroristas no van a menos, sino a más. Y eso los políticos profesionales lo saben. El reto de Europa es ya, me temo, de pura supervivencia contra yihadistas... ¿y desequilibrados?

*** Artículo publicado en los periódicos del Grupo Noticias el 17.7.16

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De VIVIRDEBUENAGANA (blog del autor), 17/07/2016

Tuesday, July 19, 2016

Aullidos, monos, gatos/Del devenir animal en la obra de Cristian Sánchez

CAROLINA URRUTIA N.

Es el propio cineasta Cristián Sánchez quien habilita la idea de un devenir-animal presente a lo largo de su obra. En una entrevista realizada por Jorge Ruffinelli y que se publica en el libro dedicado a su obra (Ruffinelli, 2002), el director señala:

“Los aullidos que R. escucha dos veces, son aullidos de un mono que pueden ser escuchados en películas donde se ambientan selvas (…). Expresan, con otras apariciones sonoras como maullidos de gatos un paulatino devenir-animal de R., es decir, algo de él se conecta con lo animal, como parte de un proceso que lo llevará a un desnudamiento más radical, fuera de toda sicología o pertenencia a un yo social” (2002, p. 61).

Esta frase de Cristian Sánchez se refiere específicamente al filme Los deseos concebidos(1982) donde lo animal está presente desde un fuera de campo. Es desde el afuera de donde ingresan los sonidos animales que muy improbablemente rondarían el entorno de los personajes. El más evidente es el de un mono, que se escucha, una primera vez, como proveniente de afuera de la habitación de R. y que nos lleva a pensar, automáticamente, en las torturas (alguien brama en la misma cuadra, porque tal vez esté siendo torturando). La segunda vez, R. lo escucha desde un pasillo (ya en otra casa), donde hay puertas cerradas y muchos zapatos en el piso; el personaje se agacha para mirar bajo la puerta, pero no parece ver nada. Los zapatos desparramados por el pasillo, R. de rodillas espiando por debajo de una puerta, son figuras que, sobre todo, cumplen con dar cuenta de un estado de profundo de sin sentido. Como si la extrañeza ingresara a los espacios y contagiara a los personajes que, deambulan como parias, sin objetivos o motivaciones y fuera de toda psicología, como si el (oscuro) espíritu de la época, hubiese acostumbrado a sus habitantes a no impresionarse por lo que ocurre a su alrededor, o los hubiese sumido en un estado de aturdimiento. En este sentido el contexto político incidirá potentemente en la estética que articula el director a lo largo de su filmografía. Podríamos decir que hay un fuera de campo que se desborda hacia el campo. Un fuera de campo articulado novedosamente, al estar activado en la imagen, a partir de ciertos despliegues figurativos, comprendiendo esto como un modo singular de dar forma a los cuerpos y a los espacios; pero también por la conformación de una atmósfera singular.

Ese sería en el marco de esta película, un primer atisbo de animalidad, y se hace presente en la emergencia de un espacio imaginario articulado mediante la inserción de los sonidos cuya procedencia nunca llega a ser revelada en la imagen sino que cumple con organizar una atmósfera anómala a partir de la presencia recóndita de ciertos animales que tampoco nunca llegaremos a ver.

Pero podríamos aventurar una segunda propuesta. Un devenir animal que afecta a los modos del moverse, del actuar. Un devenir animal que se hace visible en la gestualidad, en la corporalidad, en la mirada y –por sobre todo– en la opacidad de esa mirada. Escribe Deleuze “Los devenires animales no son sueños ni fantasmas. Son perfectamente reales. Pero, ¿de qué realidad se trata? Pues si devenir animal no consiste en hacer el animal o en imitarlo, también es evidente que el hombre no deviene ‘realmente’ animal (…) El devenir–animal del hombre es real, sin que sea real el animal que el deviene…” (Deleuze & Guattari, 1994, p. 244). ¿Qué significa, en el campo de estos filmes, un devenir animal? No significa para los personajes un volverse animal, al modo en que si llega a ocurrir en una película de ciencia ficción o de hombres lobos; implica, más bien, ingresar en una dinámica propia de los animales, marcada por un estado de aturdimiento y por una pobreza de mundo. 1 Una pobreza de mundo que se relaciona con no tener algo que perfectamente sí podría tenerse. Una carencia.

Aventuramos, por lo tanto una animalidad que hace visible, Sánchez, a partir de su propuesta de los cuerpos desmañados, apocados (en sus posturas, gestos, tonos de voz), de los personajes protagónicos y secundarios de los filmes revisados, que se mueven sin rumbo, aturdidos, desorientados, lejanos en sus miradas, que no obedecen a motivaciones específicas ni tienen objetivos claros o definidos, y como dice Sánchez, personajes fuera de toda psicología.

Personajes que vagan, rondan; que hablan y a veces da la sensación de que no llegan a decir nada realmente coherente, y se comunican mediante diálogos discontinuos, de contenidos ambiguos. Sus cuerpos caracterizan síntomas de algo que no vemos, provocan sensaciones. “El (devenir-animal) es el espíritu siendo poblado por lo que lo envuelve y que quizás no ve, ya no quiere ver” (Bailly, 2014, p. 28). La dictadura, en estos filmes, se instala como un fuera de campo fantasmagórico, los personajes no ven (o no quieren ver), lo que acontece a su alrededor.

Mirada y opacidad

Sus cuerpos, la gestualidad de estos cuerpos, encuentra importantes ecos en el lenguaje. Sobre éste, en estas películas, también hay mucho que decir. Sabemos que su dominio es lo que discrimina al hombre y al animal. Dice Agamben “si se quita esto (el lenguaje), la diferencia entre el hombre y el animal se borra” (2006, p.74). Acá hay lenguaje, los personajes se comunican entre ellos, intercambian palabras y oraciones, sin embargo, no siempre es legible lo que ellos dicen, ya sea porque la combinación de palabras es inadecuada, ya sea por un hablar bajo (un murmullo, un balbuceo ilegible), o simplemente porque el contenido de esas oraciones no tiene sentido, es extenso, se dispersa en palabras que se extienden por largos segundos.

Revisemos la secuencia inicial del El zapato chino (Cristián Sánchez, 1980). Luego de los créditos iniciales, vemos un plano frontal de Marlene (Felisa González), la protagonista, que está entre un muro de cemento y la cámara que la escudriña. Ella mira a la derecha y a la izquierda, en un estado alerta, sin decir nada. Mira hacia la cámara y su mirada se posa sobre nosotros. Suena una melodía (un leitmotiv que será permanente durante todo el filme). Mira, pero no dice nada. Sin embargo, en la banda de sonido aparece una voz en off. Es la voz de Marlene que ‘recita’ lo siguiente:

Querida madrina: a lo mejor esta es la última carta que reciba de mí. No se asuste, nada malo me pasa, pero se me perdió la recomendación suya y nadie me quiere ocupar. Me doy vueltas de un lado pa’ otro todo el día, no me hallo en ninguna parte. Por eso me he ido a trabajar a una casa igualita a la suya. Pero no piense mal. Ay, no puedo contarle más, usted no merece una vergüenza así.

En esta secuencia, encontramos una doble opacidad. En primer lugar, en la banda de sonido, donde el diálogo se separa de la imagen, y se despliega como una voz en off. No es una carta clara, anuncia ciertas cosas, pero no las explica. Esta apertura da cuenta, desde el inicio, de un tono que será el tono general de la oralidad de los personajes y también, del lenguaje cinematográfico; los personajes articulan unas oraciones, dialogan de modo más o menos hilado, pero lo que expresan tiene, muchas veces, un sentido ambiguo, textos que si dan luces sobre una cierta idea, lo hacen mediante un contenido enigmático, dando cuenta, de un lenguaje que parece deteriorado o enfermo.

En segundo lugar, hay una opacidad en la mirada. Ese mirar hacia ambos lados y luego, la mirada a cámara, que no interpela (como sí lo hacen ciertas famosas miradas a cámara; del Bergman de Verano con Mónica (1953), al Truffaut de Los cuatrocientos golpes(1959), al Godard de 2 o 3 cosas que sé de ella (1967)). Acá en cambio, se trata de una mirada desarmante, que se posa sobre nosotros, sin decir nada. Observa, simplemente, pero es una mirada indeterminada, es una mirada llena de misterio, pues no sabemos que hay detrás de esa mirada. Sobre la mirada de los animales, escribe Bailly: “A la persecución de la diferencia que produce el discurso, la mirada sustituye una especie de extenderse: lo in-formulado es su elemento, su agua natal” (2014).

En esta poética de la opacidad Sánchez ofrece otros elementos, propiamente materiales. Si el contenido de la carta deja de ser importante, es porque lo que cobra relevancia se encuentra, en primer lugar en el cuerpo y rostro de Marlene, su modo de mirar hacia un lado y hacia el otro y de mirar también a la cámara. En segundo lugar, está en el lugar del ritmo, del tono, de la musicalización, del fundido a negro. No importa tanto el sentido de la palabra dicha, como la sensación y la melancolía a la que convoca en el espectador.

Sánchez divide las bandas de imagen y de sonido y el personaje queda atrapado entremedio, entre una cámara y una muralla y entre lo que ve y lo que dice.

De Los deseos concebidos me interesa referirme a una secuencia más. Es de noche y R. fuma marihuana en pijamas en la cama, está absorto hasta que un sonido (puede ser de un ave exótica o de un animal tropical, no queda claro) lo saca de su ensimismamiento. Se levanta y camina sigilosamente por la casa, hasta que se encuentra a Mansilla –tieso, como una estatua– de rodillas y sujetando grandes piedras en sus manos. R. lo mira, se pone de cuclillas frente a Mansilla, pasa las manos por enfrente de sus ojos y lo mueve suavemente. Él se mece, pero mantiene rígida su posición de rodillas y con piedras en sus manos. R. (curiosamente) sin extrañarse demasiado, vuelve a la cama.

Sobre Mansilla, Sánchez señala que por instantes “deviene piedra, mineral, materia inorgánica” (Ruffinelli, 2002, p. 61). Como nos recuerda Agamben el animal es pobre de mundo, la piedra es sin mundo. Es decir, está privada de todo posible acceso a aquello que lo circunda. Como si los eventos innombrados que forman parte de un afuera imaginario, dejasen a algunos personajes sin mundo y a otros, pobres de mundo.

Adentro, afuera

Sánchez va esculpiendo diversas formas en sus películas a partir de una exploración formal de los materiales expresivos. El afuera mencionado, al que constantemente nos convoca Sánchez, está relacionado con lo que, desde el interior del plano cargado de extrañeza, activa el fuera de campo. Pensar el adentro, entonces, es revisar el espacio, el paisaje y concentrarse en su plasticidad. Es también, concentrarse en los cuerpos, rostros, gestos, posturas corporales: elementos que Sánchez va dispersando como huellas a seguir. De esto último, de algunas intuiciones, es que surge la idea de un devenir-animal y tiene que ver con la propuesta de la extrañeza, con una propuesta especial de personaje y del cuerpo de los personajes.

Pensar en el animal, acá en Sánchez, es pensar en una propuesta relacionada con una mirada sobre los cuerpos que tienden a perder la forma humana 2. Proponemos, entonces, de que se trata de cuerpos al mismo tiempo figurados y desfigurados, que mantienen una constante errancia y nomadismo (Ruffinelli expone la tesis de un cine nómade desarrollado en Sánchez), tanto en el devenir de los personajes, como en la misma narración, estética y visualidad de los filmes.

Cerramos con una nueva cita del director. Dice sobre sus películas: “Mis héroes han aprendido un no saber de modo inconsciente, o más bien han sido aprehendidos, por un saber que los excede. (…) Este saber, ignorado, pone en duda la identidad de mis héroes y los arrastra a extraños devenires”. (Sánchez, s.f.).

El no saber que menciona Sánchez, tiene que ver con sujetos que están siendo habitados por aquello que los envuelve y que no ven, o que no quieren ver. Eso los lleva por un trayecto de extraños devenires: animales, minerales, fantasmales. Que toman una forma, mientras a la vez la van perdiendo, manteniéndose al borde de una historia.

Bibliografía
Anónimo. (2012). Catálogo exposición Perder la forma humana: una imagen sísmica de los años ochenta en américa Latina. Madrid: Museo Centro de Arte Reina Sofía.
Agamben, G. (2006). Lo abierto. Buenos Aires: Adriana Hidalgo.
De los Ríos. V. (2011). Sujeto, violencia y repetición. El zapato chino de Cristián Sánchez.Nuevo texto crítico24-25(47-48).
Bailly, J. C.(2014). El animal como pensamiento. Santiago: Metales Pesados.
Deleuze, G. (2009). Lógica de la sensación. Madrid: Arena libros.
Deleuze, G. & Guattari, F. (1994). Mil Mesetas. Valencia: Pre-textos.
Ruffinelli, J. (2002). El cine nómade de Cristián SánchezMemoria, diálogo, crítica, valoración. Stanford University: Nuevo Texto Crítico.
Sánchez, C. Aspectos fundamentales de mi cine. Rescatado dehttp://www.lafuga.cl/aspectos-fundamentales-de-mi-cine/33
Sánchez, C. Aventura del tiempo en el cine moderno. Rescatado dehttp://www.lafuga.cl/aventura-del-tiempo-en-el-cine-moderno/224

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De LA FUGA, 2015

Friday, July 15, 2016

Los olvidados de Tabasco

ALEJANDRA SÁNCHEZ INZUNZA Y JOSÉ LUIS PARDO

Los niños corren a toda prisa por el patio del kínder, mientras Jesús Manuel Díaz permanece quieto en una esquina. Se muerde las uñas y mira al resto de sus compañeros con reserva. Su cuerpecito delgado se oculta dentro de un uniforme dos tallas más grande, que la escuela le ha prestado para que pueda asistir a las clases. Los zapatos que lleva, igualmente grandes, tampoco son suyos. Los demás alumnos gritan y juegan como si fuera el último día para hacerlo hasta que la maestra les ordena que se formen. Todos obedecen, pero Jesús Manuel se cae un par de veces al correr para llegar a la fila. Guadalupe Cadena, la directora de preescolar de la Escuela César Augusto Herrera Romero, lo señala y dice: “Es por desnutrición. Siempre se está cayendo”. Los niños se forman por estaturas y Jesús Manuel se pone hasta delante en la fila de la derecha. El grupo grita “buenos días” al unísono y después canta el himno nacional. Jesús Manuel mira con sus grandes ojos hacia otro lado, sólo tararea unas estrofas en voz baja y pierde el compás, pero nadie le dice nada. Sus compañeros apenas lo miran. De repente se queda callado. A sus tres años, Jesús Manuel habla muy poco y tiene problemas para vocalizar. Le cuesta ir al baño solo. Se pelea a veces con los otros alumnos. Aprende lento. Su maestra insiste en que no come bien.

***

Jesús Manuel Díaz es el primer hijo de Juan Manuel Díaz Salazar, un moreno de piel curtida, dientes muy blancos y el cuerpo cuadrado de alguien que ha sido mano de obra en todo tipo de trabajo desde que era prácticamente un niño. Desde la edad de su hijo, Juan Manuel, el sexto de siete hermanos, sólo se sentía unido a su familia por el respeto y la miseria. Apenas convivían a pesar de haber crecido hacinados en una casa de madera de un cuarto en Estación Chontalpa, un pequeño pueblo de Huimanguillo, el municipio más pobre del estado de Tabasco (179,285 habitantes), donde una de cada cuatro personas vive en pobreza extrema.

Los Díaz Salazar dormían tan cerca que unos podían sentir el aliento de los otros. Pero la cercanía física no se traducía en una mejor relación. A la hora de la única comida del día, unas veces cuchareaban una olla con frijoles, otras, la madre guardaba la ración que le correspondía en el restaurante de la compañía de cítricos para alimentar a sus hijos (cuatro hombres y tres mujeres). La escasez era tal que desde pequeños aprendieron a mendigar en la calle. Se valían de trucos como mojarse los ojos y las mejillas para simular el llanto, o de mentiras como que habían perdido el dinero para la compra y que, si volvían sin nada, su madre les pegaría. Era una mentira a medias: su padre era el que los golpeaba. Cuando conseguían unas monedas compraban un pan y lo repartían entre todos. “Un dulce tirado en el suelo era como un regalo”, recuerda Juan Manuel, de 34 años y 1.60 metros de estatura, frente a una casita de madera de unos diez metros cuadrados, donde vivía hasta hace un año con su pareja y Jesús Manuel. El último recuerdo feliz de Juan Manuel Díaz con su familia, años antes de que naciera su hijo, fue una tarde de risas con sus tres hermanos y un cartón de cervezas.

Aquella tarde, al dispersarse la reunión familiar, Juan Manuel prolongó su felicidad en una cantina. Un hombre se le acercó cuando bebía una cerveza más en la barra y le preguntó:

—¿Tú no eres hermano del que se mató en la curva?

Juan Manuel se molestó con su interlocutor y le advirtió que tuviera cuidado con lo que decía. Había estado con su hermano esa tarde. Era imposible que se hubiera suicidado.

—Ve y mira que no te miento —le dijo el hombre.
Juan Manuel salió a toda prisa de la cantina. Al llegar a la curva, los vecinos se arremolinaban en la puerta de la casa de su hermano Jesús. La rutina del pueblo se había roto de repente y los rumores empezaban a propagarse. Se decía que Jesús había encontrado a su mujer en la cama con otro hombre. Que los dos amantes escaparon y que Jesús perdió la cabeza. Lleno de ira, golpeó con el puño una mata de nance en la orilla de la carretera. Después entró de nuevo a la vivienda. Agarró una cuerda de medio metro y se colgó del techo. Juan Manuel vio el pequeño cuerpo de su hermano —1.50 metros de estatura— sin vida, ahorcado, con un golpe en la frente.

Con el paso del tiempo, la pregunta sobre su hermano cambió por completo: “¿No eres hermano del muchacho que mataron?”, le decía la gente del pueblo. Y hasta hoy la sospecha sigue en la mente de Juan Manuel. “La mata de nance lastima, y no tenía la mano lastimada. Ni marcas. Tenía un golpe en su frente. Yo creo que lo mataron. Supe de la persona que salió del cuarto ese día. Y me mira temeroso. Porque yo en el cuerpo de mi hermano le juré que, si algún día yo supiera del cabrón, lo chingaba, me la iba a cobrar. Pero yo no estoy seguro de que esa persona haiga sido. Se lo dejo a Dios, que haga su obra. Esa persona se volvió religiosa, llega mucho al templo. Si se arrepintió, que Dios lo perdone.”

La mujer de Jesús estaba embarazada. Vivió durante dos años más en Chontalpa hasta que murió de una enfermedad desconocida. La niña, que ahora tiene tres años, quedó al cuidado de su abuela materna. Juan Manuel visita a su sobrina de cuando en cuando. Dice que deambula por las calles del pueblo descalza, que nunca va a la escuela. “Anda desamparadita y cualquiera puede abusar de una niña”. Jesús era el hermano más cercano de Juan Manuel. Iban juntos al parque, a recoger leña, al centro de la ciudad. “Mi hermano se murió. De corazón me gustaría darle a su hija, pero no puedo. Él era mi mejor hermano, si él me escucha, sabe cuánto nos quisimos.” El resto de los Díaz Salazar, poco a poco, se han marchado de Chontalpa, como lo hace gran parte de la población. Tabasco es uno de los cinco estados con mayor migración hacia Estados Unidos. También lo es a nivel interno. De acuerdo con el Censo de 2015, elaborado por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), unas 67,690 personas emigraron de Tabasco para vivir en otra entidad de la República como Quintana Roo (30%), Campeche (13%), Veracruz (13%), Chiapas (8%) y Yucatán (7 por ciento).

Así lo hizo el padre de Juan Manuel, quien fue el primero de los Díaz Salazar en ejercer el multiempleo. Primero fue tractorista, luego cortó limón —la principal actividad económica de la región— y recogió leña para venderla. Hace un año sus ingresos no eran suficientes para comer y, junto con su esposa, migró a Veracruz. Allí también llegaron un hermano y una hermana. Guadalupe, la más pequeña, se fue lejos, y Mercedes, “más lejos”. Otro de los Díaz Salazar encontró acomodo en Cozumel. Sólo María, religiosa, se quedó en el pueblo, pero apenas tienen relación. “No quiero hablar mal de mi hermana, pero no sé dónde tiene la religión. Insulta a su madre, la ofende”, dice Juan Manuel. Él es el único que ha permanecido en el pequeño terreno al lado de las vías del tren donde todos se criaron. Vive con su pareja, Janette, y sus dos hijos, Daniel, un bebé de seis meses, y el mayor, Jesús Manuel, a quien llamó así en honor a su hermano.

***

A Janette le gustaba ir a la iglesia y contarle a su madre cómo creía que Dios las ayudaba a comer lo poco que comían, cómo las protegía a pesar de las dificultades. Pero a ella nunca le gustaron esas palabras. “Ella prefería al Diablo de abajo”, dice Janette con su hablar entrecortado, mientras le da palmadas en la espalda a Daniel para que no llore. Un día la madre agarró una biblia y la hizo pedazos frente a ella. Era muy habitual que zarandeara a su única hija, la golpeara, la arrastrara y la empujara contra el refrigerador. “Nunca me enseñó a limpiar, ni a trapear, ni nada. Me enseñaba a madrazos”. Janette, una mujer esquelética de rasgos muy marcados, luce todavía cicatrices en las orejas y dice que debajo de su melena de pelo fino tiene una marca que le cruza el cráneo desde el frontal hasta la parte posterior. Más allá de las marcas que pueblan su menudo cuerpo, le duelen las otras que no se cierran nunca. Recuerda con angustia que, siendo una niña, si quedaba alguna mancha en la ropa que limpiaba, su madre tiraba todas las prendas a la tierra para que empezara de nuevo. “Era una niña, no sabía qué hacer”, se justifica mientras Juan Manuel escucha una historia mil veces contada. La única explicación que recibía cuando preguntaba el porqué del maltrato era que se parecía a una tía suya con la que su madre se llevaba mal. Janette no conoció a su padre. Vivía con su padrastro, mecánico de profesión, que nunca se interpuso entre los golpes. Fueron los vecinos de aquella comunidad de Veracruz donde nació los que se cansaron de que la golpearan. Demandaron a la madre y acabó en la cárcel.

—¿Por qué me hiciste eso? —le inculpaba la madre cuando salió de prisión.

—Yo no hice nada. La gente se cansó de que me pegara. Yo le decía a usted que eso estaba muy mal —le respondía Janette.

La niña regresó a su casa después de estar internada en las instalaciones del DIF. Las autoridades le aseguraron que su madre había cambiado. Después de dos meses de calma, “volvió a perder los nervios” y continuó maltratándola. Era diciembre. Janette se escapó de casa. Tenía 12 años.

Sin siquiera un suéter para protegerse de la lluvia, se dirigió a una cantina. “Dile a mi mamá que la quiero mucho pero por lo que me está haciendo no voy a la casa. Si me quiere buscar no me va a encontrar”, le dijo a la cantinera. Le pidió 20 pesos para comer algo y luego buscó una vivienda y se metió a hurtadillas. La señora de la casa la descubrió:

—¿Qué haces aquí, no tienes casa? —le preguntó.

—Sí tengo, pero ya sabe cómo me maltrata —le respondió.

La señora le ofreció un lugar para dormir y, al día siguiente, protección. La madre y el padrastro salieron a buscar a Janette por la comunidad hasta que la encontraron en la casa. La señora no la entregó y amenazó a la madre con denunciarla de nuevo si trataba de llevársela. Unos días después, Janette le agradeció a su benefactora y se dirigió al taller mecánico de su padrastro para recoger una pequeña maleta con mudas. Aprovechó que él y su madre estaban en una reunión de Alcohólicos Anónimos. Se alistó y fue en busca de un conocido de la familia que de vez en cuando pasaba por la casa para comer un taco. Le dijo:

—¿Sabe qué? Creo que me tengo que juntar con usted.

La llevó a un pequeño rancho. Ella le dijo que sólo se quedaría con él porque no tenía a dónde ir. “Pero me dijo: ‘Tú no vas a estar conmigo, nomás’ ”. Quería abusar de ella. Janette sólo pensó: “Ya ni modo. Tengo que dejarme de todo”.


Janette dejó de ser una niña al lado de ese hombre, con el que mantuvo una relación durante siete años. Tuvieron una niña, “güera, muy bonita”. Después de deambular por Oaxaca, llegaron al terreno de los Díaz Salazar en Estación Chontalpa. Se acomodaron en la parte trasera de la casa familiar, una estructura que apenas estaba cubierta de nailon, al lado de las vías del tren por donde todos los días pasa La Bestia, el tren de mercancías en el que al menos cada año unos 500,000 migrantes se suben en su camino a Estados Unidos. Él tenía 43 años. Era el primo de Juan Manuel.

***

Así se conocieron Juan Manuel y Janette: él anclado al terreno infértil en el que creció, ella en una huida hacia ninguna parte. Los dos intentaban esquivar “los golpes de la vida”, repite Juan Manuel, en Estación Chontalpa, una villa, frontera con Chiapas, que nació alrededor de las vías del tren con bares, comercios, hoteles y gasolineras para aquellos que pasaban por ahí cuando el ferrocarril todavía funcionaba. Chontalpa, la tercera población de Huimanguillo, conserva los rezagos de esa industria prometida a pesar de que ahora sólo pasa el tren de mercancías. El único rastro que deja estos días alrededor de las casas humildes de concreto y madera son los migrantes centroamericanos a lomos de La Bestia que esquivan los controles situados a unos kilómetros de este pueblo rodeado de campos ganaderos y plantíos de cítricos. En México sólo circulan dos trenes. Uno con mercancía en los vagones y humanos en el techo. El otro es uno turístico que va de Sinaloa a Chihuahua por los cañones del Cobre. El tren de mercancías tiene tan poco impacto económico en la zona actualmente que las autoridades quieren cambiar el nombre de Villa Estación Chontalpa por sólo Villa Chontalpa, que además se ha convertido en una de las zonas de mayor riesgo para los migrantes por el control del crimen organizado en la zona. La ruta del tren recorre estaciones ferroviarias de tres estados: Tabasco, Chiapas y Veracruz, por lo cual este sitio se ha convertido en una zona con altos índices de secuestro, robo, contrabando y tráfico de migrantes. Cada semana, aquellos que se suben al tren se bajan antes de la estación y se esconden entre los matorrales en busca de refugio. En alguna ocasión, Juan Manuel y Janette han compartido una tortilla con algún migrante que pasa por ahí o lo han dejado pasar la noche con ellos.

Varias familias se asentaron en los terreros propiedad del ferrocarril y montaron sus casas de madera alrededor de la maleza, colgándose de la electricidad pública y tomando agua de los pozos de la zona. De acuerdo con el Informe anual sobre la situación de pobreza y rezago social, elaborado por el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), 73% de las viviendas en el municipio de Huimanguillo no tienen disponibilidad de servicios básicos. En Chontalpa, con 5,148 personas, existen al menos 1,259 hogares, según información municipal. De estas viviendas, 47 tienen piso de tierra y unas 148 consisten en una sola habitación. Sólo 42 casas tienen computadora, en 702 hay lavadora y 1,131 cuentan con televisión. Janette y Juan Manuel no poseen nada de eso.

Los Díaz Salazar construyeron un cuartucho lleno de humedad y, con los años, otro de concreto a sólo unos metros de distancia. Cuando se asentaron en este lugar, Janette le pedía a Juan Manuel acompañarla mientras esperaba a su pareja por las noches. El primo de Juan Manuel a veces llegaba tarde o no llegaba. A veces llevaba algo de comer y a veces no. Muchas veces bebía. Juan Manuel vio una de esas noches cómo su primo golpeaba a Janette y la azotaba en el suelo, “sin sentimiento”. Janette tenía miedo de su pareja. También de los rateros que circulan en la oscuridad. No quería estar sola con su niña. Los rumores en el pueblo decían que los dos dejaban a la chiquita sola y se iban al monte. Pero Juan Manuel asegura que él permanecía paciente y vigilante en las vías del tren. Su primo le había dado la venia para cuidar de su mujer. Incluso de vez en cuando le ofrecía dinero para que diera un paseo con ella por el pueblo. Su versión es que Janette rompió la relación. Él se fue del pueblo y se llevó a la niña. Ella buscó cobijo en una casa cercana. “No le voy a decir que lo engañamos porque no fue así. Aunque conviviendo nos agradamos”, dice Juan Manuel. Cuando los dos hablan de su relación utilizan palabras como “agradar”, “respeto”, “trato” y, si dicen “querer”, lo cuantifican con un “bastante”. Al poco tiempo se fueron a vivir juntos. Juan Manuel compró unos tablones para revestir de madera la casa de nailon. Llegó Jesús. Después Daniel.

“Yo pienso quedarme con ella y luchar por mis hijos hasta el día que me muera. Yo confío en ella porque me respeta y creo que me quiere bastante. No le veo yo hablando con otro hombre o haciendo cosas que no debe. Gracias a Dios se da a respetar y yo la movilizo si sale a alguna parte. Eso me da a pensar que ella tiene planes para compartir su vida conmigo hasta el final. Que ella sienta que yo la quiero. Y yo se lo demuestro de miles de formas. Aunque sea pobre y con pocas cosas.”

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De GATOPARDO. Fragmento del libro "Los doce mexicanos más pobres" (Planeta).

Fotografías: Prometeo Lucero