Monday, September 9, 2024

Mi madre y la invención de su soledad


JORGE MUZAM

 

Domingo en la tarde y la lluvia cordillerana no cesa. Me da por ordenar. La casa es grande y existen rincones que nadie ha visitado durante décadas. Mamá es una acumuladora de cosas. Por sentimentalismo o exceso de previsión no se deshace de nada. Tiene baúles llenos de ropa que nadie usa, cajoneras plagadas con cremas y remedios que vencieron hace veinte o treinta años, bolsas con calcetines, zapatos, cuerdas y un sinfín de objetos cuyo probable uso hoy se desconoce o no se necesita. Abro sus cajoneras de la cocina. El servicio de cucharas, tenedores, cuchillos, bombillas de mate, ralladores y un cuanto hay se acumula caóticamente. Suelen llegar visitas con obsequios y otras pasan sin siquiera ruborizarse con su botín a cuestas. Por esto, el nivel de objetos mantiene cierta compostura. Mamá ni se entera. Coexisten cucharitas de plaqué con ordinarieces de lata, cuchillas de acero con objetos cortopunzantes oxidados de origen y uso desconocido, bombillas para beber refrescos con palitos para ensartar carnes. Todo llega al mismo lugar. Extraigo el servicio y lo pongo en un lugar provisional, limpio cajones, les renuevo sus envolturas, ordeno por uso lo que aún sirve y tiro a la basura unos cinco kilos de material inservible. Estoy seguro que nadie hará esto mismo en la siguiente década. 

 

En otros cajones encuentro cosas que mamá usaba cuando yo era un niño de 7 u 8 años. Recuerdo haberla visto guardar esos objetos y siguen ahí mismo. Cuerditas de cáñamo, recetas de cocina, marcadores de galletas, hilos de distintos colores, agujas, palillos, dedales, perros de ropa, cierres de pantalón, pedazos de elásticos, polcas de vidrio, ajíes resecos, envoltorios de caramelos y cientos de botones de formas y tamaños diversos. Los cajones están a medio reventar, y lo que se empuja hacia al fondo es como si quedara sepultado para siempre.

Recuerdo que en aquellos años mamá no paraba de trabajar. El trabajo doméstico consumía sus días y noches. Pero ella lo hacía con entusiasmo. Pocas veces la vi quejarse. Se daba incluso tiempo para hornearnos galletas, caramelos de azúcar quemada, calzones rotos, picarones, sopaipillas, kuchenes y chilenitos. Preparaba cada día enormes ollas con porotos con mote, lentejas con papas, tortillas de rescoldo, panes amasados que cocía en horno de tarro, huevos fritos para la once y encebollados con longaniza para la cena.

El resto del tiempo lo dejaba para leernos cuentos, fabricarnos ropa en su maltratada Singer y lavar cerros de ropa sucia en su pequeña artesa de madera. Escobillaba y escobillaba hasta herirse las manos porque para ella era muy importante que nadie nos viera sucios y fuéramos siempre unos hidalguitos relucientes y bien peinados. Era una noble pobreza que ella sabía distribuir con ingenio y generosidad.

Hoy los cajones la recuerdan, pero ella ya no es la misma. Su cuerpo es más pesado. Tiene múltiples complicaciones de salud. Sus ovejas se cuidan solas de los perros salvajes y las numerosas gallinas son ofrenda diaria de diligentes peucos con servilleta. Quizá por todo esto parece haber perdido gran parte de su entusiasmo. Proceso que se fue acentuando desde los años en que nos fuimos de casa. Desde entonces se circunscribió a su pequeño living, su control remoto y a ver medio dormida las mismas noticias mañana, tarde y noche.

A veces escucha llegar alguna gallina cimarrona con parvada nueva a buscar comida, y entonces la mirada de mi madre recobra la luminosidad de antaño. Sale rápidamente al patio para ver los nuevos integrantes de la granja, cuántos son, de qué colores, les reparte maíz chancado, cuida que beban agua de los pocillos, y que los gatos o perros no los atropellen o coman. Les improvisa un corralito y los controla hasta que se acuestan. Luego retorna a su encierro, su control remoto y su intermitente dormitar, sabiendo que hay nuevas vidas a las que debe cuidar durante los siguientes días...


Fotografía: Mi madre y yo. San Fabián de Alico, junio de 1972.

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De CUADERNOS DE LA IRA, blog del autor, septiembre 2024 

Lluvia de septiembre


DANIEL MOCHER

 

En septiembre la lluvia viene, entre otras cosas, para malbaratar los cultivos y ajustarnos las cuentas. Tolai, tontolaba, memo, nos susurra al compás del repiqueteo de sus gotas furiosas sobre la baranda de la terraza vacía, no has exprimido el verano como debieras, lo que has perdido lo has perdido para siempre, en todas partes, o como diría Kavafis, la vida que aquí perdiste la has destruido en toda la tierra. De nada te servirá la medalla de san Benito de Nursia, su vade retro satana, no podría ayudarte el padre Amorth con sus exorcismos plagados de arcanos latines en estancias humildes de luz tenue y viciada, no contrates a brujos nigerianos o a los yatiris del lado fosco aunque hayan sobrevivido al impacto del rayo y aseguren que pueden devolverte tu ajayu, el espíritu, la psique, el alma o algo así, un ente parecido, digo yo. No pidas socorro, es en balde, que ante la lluvia de septiembre siempre irás solo y desamparado.

 

La cosa va por otros derroteros, llueve para que sepas que algo ha cambiado irremediablemente, que ha pasado de largo esa estación tan prestigiada, el verano y su desnudez de ensueño, símbolo solar por excelencia, en donde más y mejor se expresa la vida en sazón, el vigor de la juventud y su belleza. Para que mires por la ventana y te pongas como Antonio Machado, un poco melancólico, o te des a la bebida o llegues a sentirte como César Vallejo muriendo en París con aguacero pero en tu casa o en tu lugar de vacaciones favorito y recurrente. Puedes poner un disco de Thelonius Monk si quieres, puedes echar sal en las heridas. Déjate llevar por la corriente, entre hojas secas, pequeñas ramas rotas y flores mustias, restos de un tiempo esfumado, símbolo poderoso, hacia los sumideros.

 

Llueve y se pone verde de algas el agua de la piscina, regresan las goteras impertinentes que habíamos olvidado, queda desmantelado el parque de atracciones, clausurada la zona de recreo. La lluvia es pausa, recogimiento, intimidad, pero también fractura, distanciamiento y esa constatación amarga de que la fiesta del verano terminó, cerraron los chiringuitos de la playa y las barracas de feria, el circo dejó la ciudad, queda solo humo entre tus manos, arena que se escurre entre los dedos, se marcha la orquesta, huele a chamusquina y a polilla en los armarios, a viejo y calavera apestan las maletas de viaje que ya no, nunca, jamás de los jamases, un sutil hedor a cadaverina impregna el azogue desgastado de los espejos. La memoria es lluvia removiendo un aire viciado de naftalina y formol, y llueve sobre la copa dorada de ambrosía en la que apenas diste un par de sorbos, al comienzo de la canción, cuando los primeros acordes, para que en las horas malas, cuando no guarden silencio las bestias hambrientas del pasado, te mate de sed la evocación del sabor de aquellos tragos, te rompan con saña y desprecio aquellas cuatro gotas mal trasegadas por impericia, y te vuelva loco su recuerdo frente a la chimenea, en el último refugio del invierno, ese licor fuerte de los instantes lejanos, el veneno de lo crucial en la distancia, al ver que el magro álbum de fotos no contiene alguna imagen que pueda salvarte de la lluvia, de todo aquello que tuviste y no has vivido.

 

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De LOS PROPIOS PASOS, blog del autor, 03/09/2024 

Wednesday, August 28, 2024

Valencia suite: 2024


DANIEL MOCHER

 

París suite: 1940, de José Carlos Llop, deliciosa intriga sobre los turbios años de dandi sablista y estafador sin escrúpulos que César Gonzalez-Ruano vivió en el París de la ocupación nazi. Venta de salvoconductos y pasaportes a judíos necesitados, timos con obras de arte falsificadas, cualquier inmoralidad resultaba pequeña con tal de proseguir con un tren de vida que cruzaba las noches parisinas cargado de joyas, lujo, champán y mujeres. Tras la guerra fue condenado en Francia, in absentia, a veinte años de trabajos forzados por “inteligencia con el enemigo”, pena que nunca cumplió por haber logrado regresar a España en 1943.

Pienso en mi familia ucraniana y en las diferentes formas que hay de comportarse ante una guerra. Sergei, Irina y Tania lo perdieron todo, salieron de Járkov con lo puesto y poco más. Sus coches, los pisos recién reformados, la dacha, los negocios, familia, amigos, toda quedó en suspenso, esperando la bomba que hiciera blanco y ruina de todo aquello que una vez fue su vida. Lo fácil es estropearse, volverse medio loco, dejar a un lado ética, vergüenza y miramiento,  arrasar con todo cuanto se ponga a nuestro paso. Pero ellos son buena gente, están del lado correcto, del de las víctimas que vuelven a salir adelante sin hacer ruido ni aspavientos, como si nada, por no molestar, lo que llevan haciendo desde tiempos inmemoriales sus antepasados, han vuelto a empezar aquí desde la honradez y la alegría, siempre con una sonrisa en la boca, trabajando duro por hacer realidad sus sueños, sin desfallecer. Son víctimas pero no se rinden. Aman la vida con locura. Dice Sergei que solo hay una vida, y luego Dios dirá.

 

Jamás harían como la ajedrecista que en Dagestan envenenó recientemente a su rival untando con mercurio sus piezas y su parte del tablero. Jamás. Pongo la mano en el fuego por ellos. No son de esa calaña. Tampoco tendrían la actitud que mantuvo César González-Ruano en el París tomado por los nazis, ni la de Maurice Sachs, escritor judío delator de judíos. Mis ucranianos son otro tipo de personas, de otra pasta, de las que vale la pena conocer y hay que cuidar en la medida de lo posible. Cuando he necesitado algo, siempre han estado ahí. Solo puedo reprocharles el poco español que han aprendido en todo este tiempo junto a nosotros. Pero ese es un mal menor y tiene remedio.

 

Esta tarde vendrá Sergei a tomar algo y volverá a hablarme de los murales que pintaba su padre cuando la URSS, me contará que los mongoles, ante la falta de sal, ponían pedazos de grasa de cerdo entre la silla de montar y el caballo para que fuese curándose con la sal del sudor de sus corceles durante el trote estepario, de los frutos que cogían en el campo de su infancia en Jarkóv para hacer licores o mermeladas, me dirá que de joven aprendió boxeo con un profesor judío y posiblemente nombraremos a Isaak Bábel, Odessa, el mar de Azov, su amada Crimea, de paisaje tan parecido al de Valencia, dirá, hablaremos del samagon que destilaba Tania, de cuando esquiaban por los Cárpatos rumanos, del viaje a Israel para acompañar a su ahijado por un implante coclear, de cuando trabajó en Arabia Saudí compartiendo piso con trabajadores filipinos y el día de cobro comían montañas de cangrejo maridado con whisky en cantidades industriales.

 

Volverá a hablarme de todas esas cosas, de todo aquello que había ignorado de mi pasado hasta hace bien poco, de una parte fundamental de mí, de la parte eslava de mi vida que yo desconocía. Le hablaré de su lado mediterráneo, de mi infancia, de ese lado latino de su infancia, entre arrozales, olivos y naranjos, muy cerca de la costa valenciana, que él, hasta hace un par de años, no podría imaginar, no sabía. Brindáremos al final de la tarde, mientras se anuncia sutil el otoño con signos tan claros que son difíciles de ver si falta la atención, cuando la brisa refresca y anuncia postrimerías, y la sombra obliga a entrar en casa a por algo de ropa para seguir la conversación, brindaremos, decía, por todas las cosas que en estos días morirán solo para regresar como nuevas, como nunca, tal vez la paz, alguna tórtola malherida, el júbilo, el deseo, unas migajas de amor son suficientes, con eso bastará, para el próximo verano.

En agosto 28, 2024 

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De LOS PROPIOS PASOS, blog del autor 

Sunday, August 18, 2024

Dichosa maldición


DANIEL MOCHER

 

Ensimismarse es cualquier cosa menos estar a solas con uno mismo. Pareces un dálmata de escayola en su imperturbable majestad pero por dentro llevas un caballo de Troya repleto de bulla, guerra y jaleo. Tajan tus ojos idos como cuchillo de almogávar. ¿Qué se hizo en tu sangre enfebrecida de la calma y la quietud? Faltan décadas de práctica meditativa intensa y puede que cientos de varazos en la espalda mediante la caña reglamentaria de bambú (keisaku) de algún maestro zen perteneciente a la escuela Rinzai. Pequeño saltamontes, resiste un poco más, no desesperes ni tires la toalla. Lo bueno tarda en llegar o nunca llega.

A poco que uno se quede aprisionado en sus adentros, desfilan gárgolas góticas y antiguos fantasmas nipones, crepitan goznes y cadenas en la bodega, suenan hipidos apagados, carcajadas dementes, peroratas, filípicas excesivas, brulotes obstinados, al otro lado de la pared desconchada y cetrina, intramuros, bajo la dermis, entre asaduras, miedo, incertidumbre y mondongos varios, ahí las bestias, los endriagos, todos tus monstruos, esperpentos. Todo lo que nos hiere largo tiempo y regresa y no nos deja en paz y regresa de nuevo a la carga es un espectro, un viejo conocido de límites imprecisos como de bruma o picadura que viene a visitarnos sin permiso, vendedor de humo y crecepelos, falsas soluciones milagrosas en la hora más inadecuada. Bumerán de incordios, lo que duele y pesa es ese vacío existencial que es un hartazgo del alma, tanto desperdicio apilado, la luz de los días inadvertida, su joyel en extravío, nos rompe ese esperar en el bar de la derrota por si regresa la felicidad de un tiempo ya perdido, alguna revelación inicial velada nuevamente, tal vez, tres o cuatro epifanías.

 

Es de sabios rebajar las expectativas, reconocer nuestras limitaciones, dejemos lo absoluto a los filósofos, también las aporías, podemos desear solo la calma o algún instante pequeño, grato, humilde, animal de compañía erizándonos la piel como lo hace la caricia de un viento amable bajo las parras o la higuera de una casa encalada en el centro de un verano de campiña inglesa o mediterránea, plantaciones de té o lavanda, también aquella hierbaluisa que llenaba un patio interior de una casa con linaje en Jaraíz de la Vera que nos iba emborrachando mientras le dábamos poda y conversación.

 

Guido Finzi dice que las cosas sencillas son menos agresivas para el espíritu, como él, quiero espetos de sardinas asadas en la playa de la Carihuela, un vinho verde de Ponte de Lima, pasear por las viejas juderías sefardíes, por ciudadelas medievales amuralladas, con calles empedradas y soportales, balcones en voladizo, campanarios, iglesias, catedrales, belenas, callejones, nieve en los inviernos y tardes infinitas de libros, crepitar de chimeneas, conversaciones fraternas, amor y tragos lentos. Que suene un piano en la distancia por Satie o Chopin, cualquiera vale para regodearse en el dolor, extraer la miel dulcísima del opio amargo de la muerte y sus esbirros. Algún iconostasio ortodoxo traído desde Járkov, reproducciones de las telas más emblemáticas de Chagall, su Crucifixión blanca, por ejemplo, Henri Matisse, La alegría de vivir, Gaugin, George Braque, alguna veneciana de Signac, saber que no muy lejos queda la costa, aunque nunca acudamos a pasear por la arena de sus playas. La bondad, abrirse de par en par a su paso, a pesar de que escasas veces aguijonee nuestro oscuro cuerpo perdido tendente al pillaje y la rapiña.

 

Una vida prosaica es una vida tullida, algo crucial le falta. La levadura, el fundamento. Poesía, poesía, como la sal que arregla los guisos y los besos que apañan lo averiado, vendaje, friegas que olían a alcohol de romero, manantiales, poesía, la casa mítica de la infancia por la que, como escribiera José María Álvarez, errarás por sus salas vacías buscando algo, que solo tuviste en el principio y verás al final, dichosa maldición, poco más tenemos, poesía, para soportar tanta intemperie, este puro éxodo de leprosos arrastrándose por angostos caminos entre rosaledas de pétalos perfectos y espinas afiladas, hacia un desierto o una noche interminable, fue la vida y se fue la vida, poesía, los oasis, las estrellas, poesía, para oler el salitre cuando el mar todavía queda insoportablemente lejos y nos fallan las fuerzas.

en agosto 18, 2024

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De LOS PROPIOS PASOS, blog del autor 

Thursday, August 15, 2024

Paula Modersohn-Becker: carta a Rainer Maria Rilke



Worpswede, 25 de octubre de 1900

 

Lo esperamos en la hora del crepúsculo, mi pequeña habitación y yo, en la mesa roja hay flores de otoño y el reloj deja de marcar el tiempo. Pero usted no viene. Estamos tristes. Y luego volvemos a sentir gratitud y alegría de que usted siquiera exista. Esa conciencia es hermosa. Clara Westhoff y yo hablamos recientemente de que usted es una idea hecha realidad para nosotras, un deseo cumplido. Vive de manera intensa en nuestra pequeña comunidad. Cada uno de nosotros le está agradecido y desearía brindarle alegría una vez más. Es tan hermoso hacer feliz a alguien, porque se hace sin darse cuenta y sin querer. En nuestros hermosos domingos, usted está entre nosotros, y nosotros con usted. Y así seguirá siendo. Porque usted hace un acontecimiento de cada uno de nosotros, y lo que nos entregó en abundancia, en silencio y con ternura sigue viviendo en nosotros. Y ahora le agradezco por las nuevas alegrías. Su poema del domingo me hizo sentir tranquila y devota; Clara Westhoff lo leyó y se quedó pensativa durante mucho tiempo. La mañana del domingo me trajo los libros y su particular fisonomía. Están frente a mí. Los acaricio en mis pensamientos. Y su cuaderno de bocetos es una parte querida de usted que hojeo, agradecida, en noches tranquilas. La “Anunciación” y “A mi ángel” son ramas que se enredan con encanto alrededor de mi alma. Y usted es el árbol. Cuido el cuaderno y se lo enviaré de vuelta por correo certificado el 1 de noviembre. ¿Sabe? Tengo una sensación similar a la que tuve hace unas semanas, cuando casi a diario me decía cosas hermosas y lo único que yo hacía era devolverle su lápiz rojo. Porque usted me lo daba…

 

En Berlín viven una prima y una tía mía: Maidly y la señora Herma Parizot, dos mujeres delicadas y sensibles a las que, justamente, la vida no ha tratado con suficiente delicadeza. Si alguna vez se encuentra en uno de sus estados de generosidad, quizás podría visitarlas. Creo que usted también sería feliz al hacerlo, porque es algo muy delicado y noble. Y si siente que puede preguntar, pídale a Maidly que le toque música de Beethoven. Ella tiene su propia forma de interpretarlo. Y es hermosa. La hermana mayor de Maidly y otros seis niños, entre los que yo me encontraba, una vez, cayeron en una gran cantera de arena, cerca de Dresde. Nosotros pudimos escapar. Esa niña fue el primer acontecimiento en mi vida. Se llamaba Cora y había crecido en Java. Nos conocimos cuando teníamos nueve años y nos queríamos mucho. Ella era muy madura y sabia. Con ella, llegó el primer destello de conciencia a mi vida. Maid y yo hundimos nuestras cabezas en la arena para no ver lo que sospechábamos, y le dije: “Sos mi legado”. Y sigue siéndolo. Y porque ella es mi legado, le pido que le brinde un poco de belleza. Ya le enviaré la dirección.

 

El Sr. Modersohn se alegró mucho con su carta. Pintó un hermoso cuadro: una niña con ovejas que, en la luz de la tarde, regresa a casa por una colina. Usted amaría la pintura. Casi todos los días hace una nueva. Es el comienzo de un período de gran creatividad para Modersohn. Siempre siento como si debiera cuidarlo. Ese acto de apoyo me hace bien. Aquella tarde, usted miró en las ocultas corrientes de su alma, que es profunda y hermosa, y a aquellos que la ven, les hace sentir bien.

 

Una vez más, es de noche y me encuentro junto a mi lámpara amarilla. Afuera está completamente oscuro y silencioso. Solo de vez en cuando cae una gota del techo de paja mojada y la vaca que duerme hace sonar su cadena.

 

En esta calma, permítame estrecharle las manos. A menudo, pienso en usted.

 

Suya, Paula Becker

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Imagen: Detalle de autorretrato

De BUCHWALD EDITORIAL

Wednesday, July 17, 2024

La extraña (y maravillosa) mente de William T. Vollmann


REBECA GARCÍA NIETO

 

Decía un personaje de Don DeLillo que la verdadera motivación de la industria editorial es volver a los escritores inofensivos. Camus o Beckett fueron la horma de nuestra idea de absurdo, Kafka nos mostró que el terror empieza en casa, pero ahora, se lamenta el protagonista de Mao II, los escritores apenas influyen en nuestra forma de ver el mundo. De hecho, en su opinión, ahora son los terroristas los que han ocupado el lugar de los novelistas, son ellos los que «someten la conciencia humana a sus ataques». No sé si este personaje tiene razón, pero sí que buena parte de las novelas que se publican son de fogueo: hacen ruido, pero están huecas, no dicen nada nuevo y tienen poco impacto, por no decir ninguno, en el mundo real.

Por suerte, siempre ha habido escritores capaces de incomodar al sistema. En 1947 un «ciudadano preocupado» alertó al FBI de la existencia de una novela que no era más que «propaganda para que el hombre blanco aceptase a los negros como sus iguales». Según el informante, Sangre de rey, de Sinclair Lewis, era el libro «más incendiario desde La cabaña del tío Tom». Años antes Lewis había escrito sobre la posibilidad de un gobierno totalitario en Estados Unidos en Eso no puede pasar aquí. Los agentes del FBI llegaron a inscribirse en un club de lectura en el que participaba el escritor para valorar el alcance de la amenaza. Lo contó Herbert Mitgang en un artículo publicado en The New Yorker en 1987. También contó que los libros de Steinbeck fueron considerados peligrosos por los federales porque retrataban una América «extremadamente sórdida y devastada por la pobreza», cosa que podría ser utilizada indistintamente por los nazis o los comunistas como propaganda contra América. Según dicho artículo, Ernest Hemingway, Norman Mailer, William Faulkner, John Dos Passos, Thomas Wolfe y otros muchos fueron investigados por el FBI o la CIA como sospechosos de espionaje o actividades subversivas.

Podríamos pensar que estas cosas solo pasaban en la época de la «caza de brujas», pero, según parece, la vieja costumbre de espiar a los escritores no ha desaparecido del todo. En 1992 otro ciudadano igualmente preocupado puso al FBI sobre la pista de William T. Vollmann tras leer Fathers and Crows. La novela transcurre en el siglo xvii cuando los jesuitas franceses se establecieron en Canadá con la intención de convertir a los nativos al catolicismo. Una de estas tribus indias —los iroqueses— defendió su territorio con uñas y dientes. Como contó el propio escritor en un artículo de Harper’s donde desvelaba los detalles de la investigación del FBI (1), en su expediente figura que en Fathers and Crows «se recurre a actividades terroristas y tortura [por parte de los iroqueses] para expulsar a los misioneros franceses». Los federales prefirieron pensar que el escritor simpatizaba con el terrorismo en lugar de pensar que simplemente se mantuvo fiel a los hechos. Pero lo más delirante fue que vieran una conexión entre las iniciales del libro —FC— y la inscripción que figuraba en los artefactos explosivos del terrorista más buscado en Estados Unidos durante años: el Unabomber.

Además de su supuesto gusto por las escenas a lo Inglourious Basterds, al FBI le escamó que el señor Vollmann hubiera viajado tanto. Como corresponsal de guerra, había estado en los Balcanes y otras zonas en conflicto. Antes había estado en Afganistán. Precisamente el viaje que hizo a este país en 1982, y que cuenta en An Afghanistan Picture Show, hizo saltar todas las alarmas. En el FBI pensaron que en aquella época Vollmann podía haber aprendido a manejar explosivos. La sospecha de los agentes tenía cierta lógica; no obstante, ¿por qué iba a querer él atentar contra su propio país? Un libro que transcurre en el siglo xvii en el actual Canadá —cuando los Estados Unidos ni siquiera existían— no es una prueba muy sólida para acusar a nadie de antiamericano. Además, se trata de una novela. La ficción es un territorio sagrado en el que solo debería regir una ley: prohibido prohibir. En cualquier caso, en el FBI no pensaron lo mismo y siguieron vigilando a Vollmann incluso después de haber detenido al Unabomber. Así, como cuenta en el artículo de Harper’s, después de haber sido el «Unabomber Suspect Number S-2047» pasó a ser sospechoso de los ataques con ántrax perpetrados en Estados Unidos tras el 11S.

Para Vollmann, lo más hiriente fue leer los comentarios de los agentes sobre algunos de los episodios más íntimos, y dolorosos, de su vida: la muerte de dos compañeros periodistas en la guerra de Bosnia y el drama que vivió su familia cuando él tenía solo nueve años. Sobre estos hechos escribe en algunos relatos de El atlas (Pálido Fuego, 2018), un personal recorrido por el mundo «en el que piensa» el escritor. En el relato «Esa es bonita», el dueño de una empresa de alquiler de coches en Croacia le reclama al narrador, el único superviviente de una emboscada, que pague los daños que se han producido en el vehículo: «Usted tuvo mucha suerte, dijo. Por tanto, debe pagar». La imagen del narrador con la estimación de daños en la mano, escrita en un idioma que no entiende, sin saber si reír o llorar, resume a la perfección en qué posición dejó a Vollmann la muerte de sus compañeros. Más adelante, el protagonista de «Una visión» trata de elaborar el duelo por estas muertes cuando está bajo los efectos de unos hongos alucinógenos, tal vez porque ciertos hechos solo pueden ser encarados de un modo indirecto, sustancias mediante, por refracción.

Vollmann escribe sobre el drama ocurrido en su infancia en «Bajo la hierba». Sin entrar en detalles sobre lo ocurrido, cabe pensar que a partir de ese momento «el mundo se convirtió» para él «en un país extranjero donde ya no había necesidad de huir ni de volver a casa», como según Vila-Matas escribió Peter Handke en Lento regreso (2). En el magnífico relato que da título al libro viajamos de la mano de alguien para quien ya no hay mundo: «Nada más en ninguna parte nadie», «por todas partes nadie para siempre», «por todas partes ninguna parte arriba abajo alrededor»… repite como una letanía. El protagonista viaja en tren recordando a las mujeres que fueron importantes en su vida y los viajes que hizo en el pasado. Confiesa que «su mente y su alma han estado demasiadas veces en el extranjero, atrapado en cada ocasión en nuevas experiencias con las que, al luchar para liberarse o profundizar aún más en ellas, había enterrado su pasado». Tal vez como el propio Vollmann.

La búsqueda de una mujer con intención de salvarla, a menudo en los bajos fondos de la prostitución y las drogas, es uno de los leitmotivs del libro. Un periodista norteamericano busca a su esposa, Vanna, entre las prostitutas de Nom Pen; el propio autor y un fotógrafo rescatan a una prostituta menor de edad de un burdel en Birmania; el protagonista de «No hay por qué llorar» trata de proteger a una chica del sida en Tailandia… Al igual que en La familia real (Pálido Fuego, 2016), Vollmann no escatima en detalles sórdidos; sin embargo, su mirada no carece de empatía. Se podría decir que mira a las mujeres de la noche con la mirada de Toulouse-Lautrec. En las «casas de gozo», Vollmann guarda casi el mismo respeto que guardaría en un tanatorio. Así, en «Los rifles» habla de «las morgues de mármol y espejos, iluminadas de azul e insonorizadas que son los locales de sexo».

Más que un viaje por el mundo, en El atlas Vollmann nos propone un viaje por el submundo, donde habitan los hombres y las mujeres del subsuelo. Coloca en el centro del mapa asuntos que habitualmente permanecen en los márgenes, en la periferia de nuestra conciencia, donde no puedan hacer mella en nosotros. En sus obras, nos obliga a mirar de frente una realidad que preferimos ver por el rabillo del ojo: los pobres, los skinheads, los drogadictos, los pederastas… Mientras otros se sienten fascinados por la estética de la violencia, Vollmann escribe sobre su ética. En su libro Rising Up and Rising Down (no publicado en España), se plantea en qué circunstancias es justificable la violencia, cuándo es aceptable matar y, en ese caso, a cuántas personas… En ese sentido, es un escritor incómodo (afortunadamente). Pero, además, es uno de los escritores más libres que he leído. No en vano, una de sus frases de cabecera fue enunciada por el líder de la secta de Los Asesinos poco antes de morir: «Nada es verdad, todo está permitido» (3). Esa frase debería ser el lema de cualquier escritor de ficción; sin embargo, a menudo pesa más la censura, el political correctness, las convenciones literarias… Por suerte, Vollmann parece ser inmune a estas restricciones, muchas veces autoimpuestas. Esa libertad absoluta le permite escribir párrafos memorables, párrafos que en verdad son agujeros de gusano, de forma que el lector puede estar en Canadá al principio de un relato y a la frase siguiente encontrarse en Key West, Florida, para un par de frases después aparecer en Sarajevo. Al fin y al cabo, como dice el narrador de «El atlas», «bajo nuestros pies tienen lugar desplazamientos de tierra cuyas leyes nadie conoce».

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(1) «Life as a terrorist – Uncovering my FBI file». Publicado en Harper’s Magazine en septiembre de 2013.

(2) Aunque no hay que olvidar que muchas de las citas que aparecen en los libros de Vila-Matas son falsas.

(3) Vollmann escribió sobre esta frase en el artículo «Writers can do anything», que se publicó en The Atlantic el 16 julio 2014.

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De JOT DOWN, 2018 

Tuesday, June 4, 2024

Antagónica Furry


JOHN STEFAN H.

 

Impresiona el universo creativo de Antagónica Furry (Bolivia 1984), porque siempre logra establecer un diálogo perturbador entre fuerzas contrarias, por un estilo que se ha ido nutriendo de referencias a la cultura aderezadas con una gran sensibilidad plástica, lo que singulariza su capacidad para fabular sobre enigmas existenciales que, a través de su discurso, encuentran un cauce expresivo muy poco común en el arte boliviano, en específico en el collage. Desde su aparición allá por los 2012, si no me equivoco, mantiene con firmeza la tensión entre lo empírico y lo emocional, lo real y lo fantástico; tocando la recreación del arte sin imposta patriótica en sus piezas, propuestas contemporáneas galardonadas con primer sitio en el Pedro Domingo Murillo, por dupla seguidas. No sería tan elocuente ni lograría personajes que evidencian la frágil frontera entre el bien y el mal, la voz y el silencio si tendría costura con su entorno. Eso por un lado. Por otro está el despliegue escénico de sus planteamientos de corte, producto de una mirada artística, rigurosa y documentada, que no tengo dudas, las cuida por su grado de perfeccionista, dato que deja ver en su propuesta de redes. Y en tercer lugar está la razón de que cada exposición finge ser naciente de otra artista, porque propone y cambia. Logré ver su visceral arte en "Edénica in dermis", pero me quedo con "En las antípodas de mi conciencia", donde lo pictórico sobresale, me llena de calidez y de añoranza por la usanza de viejas pinturas cortadas de un modo que de lejos parecen una sola pieza al óleo. Esto me motivó a querer conocerla, por uno de esos caprichos de los amantes del arte siempre tiene, no tuve oportunidad, me embaucaron porque preguntando me dijeron que estaría en su inauguración, me refiero a la última, me dieron un argumento, una historia que se multiplica en otras muchas para llenar una “velada serafina”, al modo de las celebradas en los círculos culturales en los que cada tertuliano aportaba la suya quedando así sometida al juicio de los demás sin respuestas. Algo de un imprevisto fue la excusa, aún no me la trago.

En una de sus instalaciones está ella cortando piezas y de fondo su voz lee un poema, al parecer suyo. Me recordó a los ensayos de la primera ópera romántica, Ondina, de Hoffman (1815), si no se hubiera incendiado el teatro la noche previa al estreno. La cantante protagonista, Johanna Eunicke (documentada en la realidad), presta su voz al relato de lo sucedido. Antagónica Furry me recuerda a Johanna que temblorosa leía o decía de memoria las cosas. Pero no es crítica, es un gusto escuchar la naturalidad de una mujer con su temple y cuidado para que esto no suceda. Una obertura que sirvió de preámbulo a una interpretación operística al ver su trabajo. La necesidad de respuestas propició entonces un banquete que me animó a desinhibirme de los comensales (los artistas observando), lo que desencadenó una espléndida oportunidad para preguntar qué les parecía su propuesta, me dieron respuestas francas de esas sanas, a diferencia de esos que podrían corresponder a los “recitativos”.

Y sin proponérselo, el misterio se convierte en enigma indescifrable del que todos acabamos por desentendernos, seducidos ante este despliegue imaginativo que brinda el arte y la belleza, al tiempo que ensalza el valor de la palabra, el silencio y la escucha. Ahora entiendo su ausencia.

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Texto de John Stefan H., escritor español que hasta hace dos días radicaba en Sucre - Bolivia.