Saturday, January 16, 2016

Brought to book


SIMON KUPER

One day about 50 years ago, Paul McCartney read an article in the Daily Mail about an aspiring writer. The topic fascinated him, he told The New Yorker decades later, “because I was a young paperback writer, sort of. My age group was.” McCartney drove to John Lennon’s house in Weybridge and proposed a song written as a letter. “Dear Sir or Madam, will you read my book/It took me years to write, will you take a look?” Lennon said, “Good, that’s it,” and so we got Paperback Writer(1966).
The song captures an eternal fantasy. I’ve just begun writing another book myself (though if McCartney wants to make a song about me, he should call it Ebook Writer). However, the fantasy has grown ever more detached from reality. Writing a book used to be like spending years carving out a stone, then chucking it into a lake and watching it sink without a splash. Now writing a book is like chucking that stone into an ocean. You don’t even hear a plop.
Back when Paperback Writer came out, only about 20,000 books appeared in Britain a year. A paperback writer could expect his publisher to post his book to all the reviewers, and then nag them over lunch if they ignored it. Often, especially for non-fiction, the reviews were the way a book marked the culture. Few people would actually buy your iconoclastic new biography of Hegel, but many in the bookish classes would read the 2,000-word review in the New Statesman or The New York Times.
Soon afterwards the book would probably go out of print, which meant that it effectively died. Even by the 1980s, when I was working in a London bookshop, if a customer asked for an obscure text, we’d pull out a thick red volume called, simply, Books In Print. It listed about 100,000 titles. If a book wasn’t in there, we told the customer to forget it. If the book had only appeared in the US, it would cost a fortune in shipping. The deaths of past titles helped focus the reader on new ones.
How times have changed. Last year, well over one million books (many of them ebooks) were published in English. Each of them is available to anyone in the world at a click, as are all the books published the year before that, while even your father’s long-lost tract on fly-fishing is for sale somewhere online, probably for 1p. “Books, for perhaps the first time in literary history, are cheap to buy,” writes DJ Taylor in his elegant new The Prose Factory, “and at times — as many an author has noticed to his chagrin when touring the download sites — obtainable gratis.”
But in this ocean of words, many new books will be noticed only by the author’s mum and dad. Publishers now focus their marketing budgets on a few potential bestsellers, while thick review sections have made way for Amazon reviews that rarely mark the culture.
Even the people who buy your book won’t necessarily read it: just look at the unopened tomes on your own bookshelves. A book is usually an aspirational purchase, symbolic gift or status marker more than it is a consumer item. Thomas Piketty’s 700-page Capital in the Twenty-First Century sold more than 1.5 million copies, but when maths professor Jordan Ellenberg studied which pages readers had highlighted on Kindles, he concluded that few got beyond page 26. Distraction is almost inevitable when the internet is a click away, especially if you’re reading on a device.
Then, probably quite swiftly, your book will go out of date. When my grandmother died, she left shelves full of 1950s and 1960s paperbacks that had become irrelevant, often ludicrously pompous and, if non-fiction, generally plain wrong.
Yet millions of us keep writing, almost always as a second job. There’s the joy in the crafting: it’s hard to write a sentence, harder to construct a paragraph, and almost impossible to make a whole book cohere. There’s the triumph of completion: writing a book, even a mediocre one, elevates you above the frauds who tell people at parties that they want to write one. There’s the satisfaction in expressing yourself more fully than you ever could in your day job: your book may not be the best that mankind has thought and said, but it’s quite probably the best you will think or say.
And then there’s the tiny hope, as with buying a lottery ticket, that the book will “make a million for you overnight”, or give someone somewhere the thrill that only a very good book can. Your ideal reader is probably aged under 20, and therefore ready to be marked for life. I’ll never forget encountering Catch-22 as a teenager. Today, I watch my children, their noses stuck in comic books, surrender in the same way to the text.
But most books won’t achieve that. Writing is increasingly a private satisfaction. The effort invested is almost always out of proportion to the impact. Having accepted that in advance, I am writing anyway.

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De FINANCIAL TIMES, 16-17/01/2016

El arcángel Miguel


Por Felipe Pigna
Sin dudas la figura más notable del anarquismo expropiador junto a Severino Di Giovanni fue Miguel Arcángel Roscigna, secretario del Comité Pro Presos y Deportados y dirigente metalúrgico anarquista que había hecho su debut junto a su compañero Andrés Vázquez Paredes, con el anarquista español Buenaventura Durruti, en el asalto al Banco Provincia de San Martín. Roscigna completa su grupo con los hermanos Vicente y Antonio Moretti y se prepara para dar su primer golpe. El 1° de octubre de 1927, Roscigna y sus hombres, con vendajes en la cabeza y haciéndose pasar por pacientes, asaltan en la puerta del hospital Rawson al hombre encargado de pagar los sueldos y se llevan 141.000 pesos.
Ese botín será destinado por Roscigna y sus hombres a la ayuda a los presos y a emprender un viejo proyecto caro a los anarquistas, la falsificación de billetes. Era para ellos una forma de atacar al capitalismo en su raíz, burlarse de su símbolo más evidente, desvirtuar lo más valioso del sistema.
En conexión con el grupo de Di Giovanni, Roscigna y su gente además se dedicarán a hacer “justicia por mano propia” contra los jefes policiales identificados como asesinos y torturadores de anarquistas y obreros sindicalizados. Así cayó el comisario Pardeiro de un certero balazo en la cabeza, fue desfigurado para toda la vida de un trabucazo en la cara el famoso “Vasco” Velar, comisario de Rosario al que le gustaba definirse como un experto en la caza de anarquistas, y el mayor Rosasco, delegado policial de Uriburu en Avellaneda, ultimado por el dirigente marítimo y anarquista expropiador Juan Antonio Morán.
De los anarcos a los tupas
Mientras Severino era fusilado en Buenos Aires, Roscigna estaba a punto de concretar uno de sus golpes más espectaculares. Un proyecto desvelaba a Miguel Arcángel y sus hombres: liberar a sus compañeros detenidos en la cárcel de Punta Carretas, Uruguay. El dinero del Rawson y el producto de otros asaltos facilitaron las cosas, permitiendo que Gino Gatti se instalara junto a su compañera y su pequeña hija en una casa comprada por el grupo frente a la cárcel. Allí Gatti instaló la carbonería El Buen Trato, desde donde comienza la construcción de uno de los túneles de fuga más perfectos que recuerde la historia carcelaria, con ventilación y luz eléctrica a lo largo de todo su recorrido de más de 50 metros. En los trabajos participaron activamente bajo las instrucciones del “ingeniero” Gatti, Miguel Arcángel Roscigna, Andrés Vázquez Paredes, el “capitán” Paz y Fernando Malvicini. El 18 de marzo de 1931 se concreta la fuga. Los presos salen cómodamente a la carbonería El Buen Trato, donde los esperan tres autos que se dirigen a una casa alquilada en la calle Curupí.
Treinta y nueve años más tarde, en 1970, aquel mismo túnel va a ser aprovechado por los tupamaros para concretar una de más sonadas fugas de presos políticos de la historia latinoamericana. Por el túnel diseñado por el “ingeniero” Gino Gatti se fugaron 118 tupamaros, eso sí, no sin antes dejar un cartel que decía “Gracias compañeros anarquistas. Firmado, MLN-Tupamaros”.
Suerte perra
Un episodio increíble va a terminar con la detención de todo el grupo de Roscigna. El 21 de marzo, apenas 9 días después de la fuga, un agente de la perrera municipal entró en la casa de los anarquistas persiguiendo un perro; el agente es un ex presidiario que reconoce a uno de los fugados, suelta al perro y sale corriendo a denunciar a la policía que sabe dónde se esconden los hombres más buscados del Uruguay. En pocos minutos, 53 policías asaltan la casa y detienen a Roscigna y sus hombres. La dictadura de Uriburu, al enterarse de las detenciones, solicita las extradiciones, lo que equivalía al paredón para todos ellos. Los anarquistas deciden inculparse ante los tribunales uruguayos para ser condenados allí y evitar la aplicación de la ley marcial en Argentina. La Nación advierte la estrategia y así lo comenta: “Rosignia trata de agravar su situación en Montevideo. Montevideo, 27 (Esp.). Informes de buena fe anuncian que Roscigna en las primeras declaraciones se adjudica una actuación preponderante en la construcción del túnel por el cual se evadieron los penados, pero se sospecha que el temible delincuente quiere agravar aquí su situación, interesado en postergar su remisión a Buenos Aires”.(1)
La estrategia da resultado y los anarquistas serán condenados y encarcelados en Montevideo. Allí estarán hasta el 31 de diciembre de 1936. Ya no está Uriburu, gobierna Justo, pero la persecución y el odio al anarquista es el mismo y la misma ley de la época del comisario Lugones. Ya no está en Orden Social el inventor de la picana. Su lugar lo ocupa el comisario Bazán, que logra un acuerdo con sus colegas uruguayos. Ante la negativa de la Justicia oriental a conceder la extradición a los detenidos, les aplican un decreto de expulsión basándose en su condición de “indeseables”. Agentes de Orden Social al mando del propio jefe, comisario Morano, viajan entusiasmados a Montevideo a buscar a los anarquistas que los habían tenido en jaque durante años. Todos quieren capturar a Roscigna, autor de dos de las espectaculares fugas del anarquista Ramón Silveyra, ideólogo de la fuga de Simón Radowitsky del penal de Ushuaia, el que había incendiado la casa del director de aquella prisión, el anarquista más buscado después de la captura de Di Giovanni, el hombre que desde la cárcel de Montevideo seguía planificando acciones expropiadoras y atentados contra jefes de las “policías bravas” de la década infame.
Al llegar a Buenos Aires los detenidos son trasladados directamente al departamento central de Policía, donde son interrogados primero salvajemente por los hombres del comisario Fernández Bazán y luego “legalmente” por los jueces Lamarque y González Bowland, quienes los sobreseen por las causas del asalto al hospital Rawson y a La Central. Al “capitán” Paz lo trasladan a Córdoba para que responda por una causa anterior y poco después un grupo de compañeros lo liberará a punta de pistola de una comisaria de la provincia. Roscigna, Vázquez Paredes y Malvicini, a pesar de la orden judicial, continúan ilegalmente detenidos. Los familiares comienzan sus reclamos y los policías sus burlas. Les dicen que están en La Plata, pero allí nadie sabe nada y los mandan a Avellaneda, pero allí tampoco los familiares pueden obtener ninguna información. Luego se les dirá que están en Tandil. Pero los presos no aparecen. No hay noticias hasta que un militante anarquista y redactor de Crítica recibe la información de un pescador de la isla Maciel que dice que los ha visto con vida, que vio cuando los bajaban de un patrullero a en la comisaría de Dock Sud. Crítica titula: “Roscigna en el Dock Sud”.      
A partir de ese momento se pierde completamente el rastro de los detenidos. “Hasta que –pasados varios meses de la desaparición– un oficial de Orden Social se sincera con la Comisión Pro Presos y les dice con tono confidencial: “No se rompan más, muchachos; a Roscigna, Vázquez Paredes y Malvicini les aplicaron la ‘ley Bazán’, los fondearon en el Río de la Plata”.(2)
Se estaba inaugurando una oscura tradición argentina.

1. La Nación,  28 de marzo de 1931.
2. Osvaldo Bayer, Osvaldo Bayer, Severino Di Giovanni, el idealista de la violencia, Navarra, Txalaparta, 2000.

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De CRÓNICA (Argentina), 31/10/2014
Foto: Miguel Arcángel Roscigna

Thursday, January 14, 2016

Bowie y los hijos del siglo XX

Pablo Cingolani

Cuando Mao murió, China se paralizó. China dejó de respirar un día, dos días, muchos días. Cundió una especie de apnea colectiva, masiva, por millones: los chinos no sabían –temían- probar si había vida o no después de Mao, si había vida después de la partida del Gran Timonel, si la muerte del “pintor de los paisajes tristes” (eso, tan bello, significa Mao Tse Tung en español), los arrastraría a todos y conduciría también a la muerte de China.
Mao fue uno de los grandes protagonistas del siglo XX: ¿por qué su fallecimiento lo recordamos así? (como recordamos, entre nosotros, la muerte de Perón –o la de Evita- en Argentina). El 10 de septiembre de 1976, un día después de la muerte de Mao, un columnista de Le Monde intentó esta explicación:
“Cuando un dirigente sacralizado muere de ancianidad en el mundo, los pueblos desamparados consideran sin embargo esta muerte como una muerte violenta. Cuando los estudiantes del año 3000 abran sus libros de historia (¡Qué optimista el columnista! NdelR) en las páginas del Siglo Veinte leerán quizá: URSS, Stalin; Yugoeslavia, Tito; Gran Bretaña, Churchill; Francia, De Gaulle; China, Mao. Preguntarán, entonces: ¿eran los nombres de las capitales? Se les responderá: no, eran los nombres de los dioses de este siglo. Y los niños de las escuelas del futuro se sacudirán la cabeza pensando lo difícil que sería para los hombres vivir en un tiempo en que los dioses vivían entre ellos”.[1]
La cita es reveladora –más allá o más acá de sus implicancias ideológicas y de su actitud psicológica-, es reveladora de algo tan intenso y tan apasionante como fue ese siglo, el siglo XX. El siglo XX y sus hijos, los hijos del siglo XX, como Bowie.
Por ello, frente a su deceso, extrapolo, parafraseo la cita de Le Monde y acudo de nuevo al libro de historia de los niños del cuarto milenio pero esta vez al capítulo Arte del Siglo Veinte, en el acápite dedicado a la música.
Y allí, en vez de Mao o de Perón, estarán impresos los nombres de Bowie, de Jimy Hendrix, de Bob Dylan, de Neil Young, de Lennon y de McCartney, de Jagger y de Keith Richards (o los de Spinetta, Charly García, Pappo o Javier Martínez), y los niños del futuro volverán a preguntar: ¿eran los nombres de las capitales? Y se les volverá a responder: no, eran los nombres de los dioses de ese siglo.
Pero, algún niño –uno, potente- recordará la lección anterior, y repreguntará: ¿pero acaso los dioses del siglo XX no eran sus líderes políticos? Y el maestro, quizás, tragará saliva y responderá que Bowie o Bob Dylan, o que Pappo o Spinetta eran dioses, pero de una clase diferente.
Y el alumno, insistirá: ¿qué clase de dioses eran? Y el maestro, finalmente, sentenciará: eran los dioses que alegraban a la gente, eran los dioses que, aun muertos, siguieron dando alegría y esperanza a la gente, eran los dioses más amados por todos porque llenaron la vida de las personas de emoción, de energía, de pasión, de fe en el mundo y en ellos mismos.
Y el niño del año 3000 sacudirá su cabeza y derramará una lágrima sincera pensando lo increíble que fue para los hombres vivir en un tiempo en que los dioses de la sensibilidad más cruda y más pura vivían entre ellos.
Con Bowie, se siguen yendo otros moradores del panteón del siglo XX, el siglo más volcánico, electrizante y emocionante de todos, el siglo del Che Guevara y el de Miles Davis, el siglo de Roberto Arlt y el de Rodolfo Walsh, y uno, hijo del siglo XX, orgulloso hijo del siglo XX, no puede sino sentir que cada vez nos vamos quedando más solos y, a la vez, más acompañados que nunca con la memoria viva de ese siglo de vivencias irrepetibles. Lo llevamos tatuado en la piel, lo llevamos como bandera en la sangre, y de allí, nunca, nadie, podrá arrancarnos la dicha de haberlo vivido, todos juntos y para siempre.

Río Abajo, 14 de enero de 2016



[1] La cita corresponde a Bernard Chapuis. Está tomada de Eduardo Anguita y Martín Caparrós: La Voluntad. Tomo III. Una historia de la militancia revolucionaria en la Argentina 1976-1978. Ed. Norma, Buenos Aires, 1998. Pág. 154

Este es un texto más sobre Chapo Guzmán


Esteban Illades

El viernes pasado hubo un déjà vu. El gobierno de la República, triunfal, anunció que había detenido al hombre más buscado del país. Primero a través de un tuit –“misión cumplida”, decía, con una asociación innegable al anuncio de George W. Bush cuando declaró el fin de la segunda guerra de Irak, responsable, entre otras cosas, de la creación de ISIS–. Luego a través de un mensaje. Luego en otro. Ambos cerrados a preguntas, con el puro fin de celebrar lo que se había celebrado hace 13 años y hace dos.
Incluso, a diferencia de las ocasiones anteriores, el ánimo celebratorio llegó más lejos: en la reunión del presidente con cónsules y embajadores comenzó una rendición espontánea del himno nacional. Quien lo viera de fuera pensaría que México había ganado, en su décimo año, la guerra contra el narcotráfico.
La fiesta era porque Joaquín “Chapo” Guzmán, que se fugó por un túnel cavado durante meses, a oídos de todo recluso del Altiplano, con su propia fuente de energía eléctrica, con una motocicleta en rieles y que desembocaba en una casa sospechosamente cercana al penal de seguridad más importante del país, iba a regresar al mismo lugar de donde había escapado. ¿Se le extraditaría? ¿Volvería a la misma celda, con un piso reforzado? Nada se informó ese día. El único mensaje parecía ser de festejo, lo práctico vendría después.
Ese mismo día, en el hangar de la Marina en el aeropuerto de la Ciudad de México, el gobierno alineó a sus funcionarios, como acostumbra, frente a las cámaras. Procuradora, secretario de Gobernación, director del CISEN, todos juntos, con “Chapo” Guzmán encerrado a unos metros en un vehículo que parecía transporte de valores bancarios. La procuradora después de enumerar las fojas del expediente, las averiguaciones abiertas, y las diligencias realizadas para recapturar a Guzmán, dio un dato más para la construcción de la leyenda de “Chapo”: había caído por el ego de realizar una película o documental autobiográfico. A las pocas horas, la revista Rolling Stone publicaba una bomba mediática y confirmaba lo dicho: Kate del Castillo y Sean Penn lo habían ido a buscar a lo más recóndito de la sierra. El segundo con la idea de entrevistarlo –queriendo emular a su personaje en La vida secreta de Walter Mitty, el intrépido periodista Sean O’Connell–, la primera, hasta donde se sabe, con la idea de hacer la cinta.
Hagamos de lado la historia romántica, ya a nivel Malverde, de “Chapo”, alimentada por anécdotas tan surreales como la de “Botas”, el chango de sus hijas. Dejemos también los incontables análisis sobre la cuestionable ética periodística en el texto de Sean Penn –de la gran maraña de textos son recomendables éste y éste–. Lo interesante es ver si lo ocurrido este fin de semana agrega algo a la gran historia narcótica del país. ¿Aprendimos nuevas cosas a raíz de la re-recaptura de “Chapo”?
En términos mediáticos, la reaprehensión de Guzmán nos deja algunas cosas: en primer lugar, las quejas justificadas sobre el añejo sistema periodístico de castas en México. Los reporteros locales de Sinaloa, con años de cubrir la nota, se tuvieron que esperar a que Televisa terminara de recorrer y grabar en la casa donde se había escondido Guzmán para poder entrar. Ya para cuando los periodistas de casta más baja revisaron el lugar, el primer reportaje se había transmitido en el noticiero matutino del Canal 2.
En segundo, nos muestra una nueva estrategia promocional de las fuerzas armadas: un video de los marinos cuando ingresan a la casa de Guzmán. "Cúbreme al lado; no, al otro lado", dice, con cierto nerviosismo, uno de los uniformados ya adentro. Queda la duda, eso sí, si la grabación se hace por transparencia o para presumirse en caso de éxito, y si se hubiera difundido en caso de que “Chapo” siguiera prófugo. En cuestión de horas, el público mexicano pudo ver con sus propios ojos parte de la persecución del criminal más buscado por el gobierno. (Con cierta sorna, más de uno ha preguntado si no existe un video similar para Tlatlaya o Tanhuato.)
En tercero, vemos la criminalización de Penn y del Castillo, como si fueran cómplices de Guzmán. En medios nacionales se empezó a hablar –sin mayores fuentes que “informes de inteligencia”– de una relación casi sentimental entre del Castillo y Guzmán. También se le comparó a ella con el personaje que interpretó en “La Reina del Sur”, como si ya fuese parte de una organización criminal. A Penn se le acusó de varias cosas –la principal, y única acertada, fue de no saber escribir o reportear–, pero algunos medios llegaron al extremo de pedir que se le investigara penalmente. Con independencia de cualquier delito literario, llama la atención ver a periodistas sugerir que se persiga a otros por realizar lo mismo que ellos: un reportaje. Deja el ojo cuadrado ver a reporteros pidiendo cárcel para sus compañeros.
Hasta se buscó descalificar todavía más al propio Guzmán. El reportaje de ocho de un diario nacional fue titulado "Quedó un tinte Just For Men, aún sin abrir". En una crónica sobre la guarida de Guzmán, lo más trivial –un posible detalle sobre su vanidad– fue la nota. No lo hagan más de lo que es, parecía ser el mensaje. Si hasta se pinta el pelo.
También aparecieron las envidias y los deslindes. Muchos, para justificar, evocaron al decano del periodismo mexicano, Julio Scherer, que, al justificar hace unos años su reunión con Ismael “El Mayo” Zambada, segundo al mando de Guzmán, dijo que si el diablo le concedía una entrevista, bajaría al infierno para obtenerla, con independencia de que contestara o no sus preguntas. La conversación misma era un logro.
Del otro lado vimos a aquellos que con orgullo nos recordaron cuando le dijeron que no a Guzmán. “Chapo” fue un pivote para posicionarse dentro del gremio: casi ningún periodista con columna o Twitter evitó opinar sobre qué hubiera hecho en esa situación.
¿Qué nos dijo la entrevista de Penn? Obviando las más de 10.000 palabras del reportaje en primera persona –escrito en tono imitador del periodismo gonzo de Hunter S. Thompson–, lo importante del texto fueron dos cosas: que la reunión misma ocurriera (como en el caso de Scherer) y el video de 17 minutos en el que Guzmán respondió las preguntas de Penn. Aunque no lo hizo en vivo, sino a través de alguien más, y según Penn, sólo contestó las que quiso. El reportaje, una serie de lugares comunes, presenta algunos detalles relevantes –como la corrupción de los militares a nivel local, que dejan pasar a Penn y al hijo de Guzmán por un retén sin mayor problema–, aunque no agrega mucho a lo ya sabido de Guzmán. Las preguntas que intercala Penn en el relato –no deja de ser irónico que se llame “El Chapo habla” cuando casi no lo escuchamos en todo el texto– son generales, ninguna en realidad mordaz. (Lo cual también es entendible: si a un criminal se le da derecho de editar el texto con antelación –algo que todos los medios en Estados Unidos han reprochado– y uno lo está entrevistando en su guarida, pocos tendrían la valentía o serían tan obtusos como para increparlo.)
Pero visto el video de la entrevista, mucho se aprende. Lo plano, lo soso, lo aburrido de las respuestas de Guzmán ayuda a deshacer –a diferencia del tinte de pelo a ocho columnas– el mito del hombre omnipotente. Él mismo, en algún momento, opina que la industria del narcotráfico seguirá con o sin su participación: las drogas son más grandes que una persona. Guzmán, recitando respuestas que a veces parecen ensayadas, no dice mucho pero a la vez sí. Vemos al hombre con educación de primaria, respondiendo con el mismo tono que podría usar cualquier político, en el máximo esplendor de Cantinflas. Sí, las drogas son malas. No, él no las prueba. Él está ahí porque hay negocio, y porque en su tierra no hay trabajo. Es todo lo contrario a la mente maestra de Vito Corleone con la que se le tiende a asociar. Es, como dijo la primera vez que lo detuvieron, un campesino. Un campesino que controla el negocio más lucrativo del mundo y cuya organización es responsable, de forma directa e indirecta, de la muerte de miles de personas. No deja de ser impresionante la discrepancia entre un hecho y otro.
Fuera del plano mediático, ¿qué nos deja todo lo sucedido con Guzmán este fin de semana? Algunas cosas, aunque no tantas como quisiéramos. Por un lado, muestra a un gobierno que busca parecer fuerte pero que en realidad es débil. Que busca relanzar el mensaje de una presidencia exitosa a través de la enmienda de un error grave –la fuga de un criminal por la arraigada corrupción estatal–, pero que a la vez se debe morder la lengua porque lo extraditará tan pronto pueda. Tiene los elementos para capturarlo –dos veces en dos años– pero no para evitar que se escape. También nos muestra que las lecciones no se aprenden. Aunque se habla de un piso reforzado en el Altiplano, lo demás sigue igual. No se ha depurado a los custodios del penal, no se ha arreglado el sistema que detecta vibraciones en la zona y que permitió la excavación a gusto de los ingenieros que Guzmán mandó entrenar en Alemania. Ni siquiera sabemos qué fue del túnel por el que escapó Guzmán, si ya está sellado o no. El gobernador del Estado de México, Eruviel Ávila, dijo, por ejemplo, que la seguridad en las áreas alrededor de la cárcel aumentarían en caso de que regresara Guzmán, no antes o por otro motivo.
También nos muestra la fijación nacional e internacional con la leyenda de “Chapo”. la camisa que usó en la entrevista con Penn, por ejemplo, está agotada en las tiendas que la venden. Eso mismo nos enseña, como bien puede verse en el documental Narcocultura de Shaul Schwarz, la desconexión entre lo que se piensa del narcotráfico y cómo afecta a las personas. Querer comprar la camisa que usa Guzmán y ponérsela es no pensar en lo que representa, o peor saberlo y glorificarlo. Como cuando se pusieron de moda los Polos numerados tras la captura de la Barbie: vestirse como narco es cool.
Y, por último, nos muestra lo poco que sabemos de quiénes son los responsables de este gran problema. No son los Corleone, no es Lord Voldemort. Es un hombre de 1.68 de estatura, de casi 60 años de edad, con una educación de cuarto de primaria, que nació en un lugar llamado La Tuna y que lleva años controlando el negocio ilegal más lucrativo del planeta.
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De NEXOS (México), 13/01/2016

Wednesday, January 13, 2016

Crónicas acuáticas de Xochimilco


CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES

Primero abordar el Metro de Ciudad de México hasta la estación Tasqueña. Después recorrer del Tren Ligero de principio a fin, ojalá ocupando algún asientito, pues su velocidad no es precisamente la de un tren bala. A modo de compensación se tiene la posibilidad de contemplar el paisaje urbano del sur de ciudad de México –talleres, bodegas, pasajes, comercios, casas pequeñas que por momentos parecieran querer entrometerse en la misma vía- y lo que va quedando del antiguo bosque de pino, acote, madroño, cedro, ahuehuete, eucalipto, nopales, alcanfor y tepozán, por donde se internaba el antiguo tranvía dado de baja por la modernidad. El trayecto se completa con una caminata de media hora o un viaje en taxi de diez minutos por estrechas calles interiores de viviendas estrechas, algunas con ampliaciones improvisadas y comercio local.

Eso al menos en la teoría. En la práctica se da una cosa muy distinta: al pretender realizar un recorrido representativo por el canal y las islas o chinampas de la delegación de Xochimilco, se deben sortear varios escollos, con el riesgo de fracasar en el intento. Apenas se pone un pie fuera de los muros de la estación, aparecen decenas de centinelas coreando el camino que los visitantes deben seguir si desean llegar al embarcadero, pero sin especificar de qué embarcadero se trata. “Hay muchos –nos aclara María Candelaria, vecina del sector-, pero el más importante, con más atractivos y que vale la pena visitar es Nativitas”. Nos confidencia que la mayoría de los que vocean en las esquinas se encuentran coludidos con quienes ubican sus trajineras –embarcaciones que recorren las aguas sólo con la ayuda de un palo de madera a modo de remo- en canales más pequeños para cobrar más de la cuenta (existen tarifas oficiales que no son respetadas) y hacer recorridos fraudulentos a desprevenidos turistas. 

Siguiendo los consejos de María Candelaria, abordamos un taxi en la siguiente esquina para reanudar la marcha. El frontis, cruzado por una franja de cemento con una inscripción dentro de ésta, no da lugar a confusiones: embarcadero Nativitas. A nuestra llegada, un adolescente de pelo corto, fornido y de voz aflautada nos invita a seguirle los pasos. Dejando atrás el calor, puestos de chucherías y comida, bandas de mariachis y restaurantes criollos, atravesando un viejo puente de madera en forma de arco, llegamos hasta unos escalones que limitan con la naciente agua gredosa. Allí nos espera Saúl y su trajinera (en realidad no es de él, sino que sólo la guía). Tras un acuerdo razonable, subimos a una colorida embarcación y nos ubicamos en una larga banca de madera dispuesta en un extremo, frente a un mesón también de madera, y comenzamos el deslizamiento por el canal. Desde los costados aparecen trajineras más pequeñas, con sus centros humeantes, que nos ofrecen alimentos preparados en el momento, además de refrescos, bebidas alcohólicas, adornos, serenatas, arreglos florales y dulces. Ambiente propicio para oír la voz de nuestro guía junto a una helada cerveza condimentada con limón y diferentes tipos de ajíes de la zona. Primero nos habló con timidez, luego con más seguridad y finalmente, alentado por nuestro entusiasmo, a sus anchas.

Saúl ha convivido desde siempre con el canal. De pequeños, a él y a sus hermanos los adultos los lanzaban a sus profundidades para que solitos salieran a flote. Y Saúl lo consiguió. Aún más, tuvo que pasar por otro duro proceso de aprendizaje, derivado del trauma de su abuelo a los reclutamientos forzados del ejército en la época de la Revolución Mexicana. Decidió proteger a sus nietos con el mismo sistema que a él lo librara de un combate que no le pertenecía. Ante cualquier amenaza de guerra, conflicto o asalto, la instrucción era lanzarse de piquero al canal e internarse dentro de sus túneles subterráneos hasta que pasara el peligro. “Ahora no queda nada de esos túneles, pero estaban justo aquí, debajo de la laguna –nos comenta Saúl, apuntando con su dedo hacia el agua para enfatizar el relato-. Uno podía salir por el otro lado sin que lo vieran”.

A medida que nos adentramos por el canal, le consultamos por la legendaria Isla de las Muñecas, principal motivación en ese momento para adentrarnos en Xochimilco, ignorantes del resto de sus tesoros ocultos. “En realidad, lo que vamos a ver son maquetas de esa isla –cuenta Saúl-. La verdadera está a dos horas y media de acá, pero hay que cruzar una rampa. De ese lado, la profundidad del agua es mayor desde el terremoto del 86. Por eso el avance es más lento”. Existen casos de guías de trajineras que les dicen a los turistas que el recorrido es por la auténtica Isla de las Muñecas, cuando no se trata más que de una de las cuatro maquetas existentes. “Lo mismo hacen algunos programas de televisión que no quieren hacer el viaje largo y graban por aquí nomás y después lo presentan como la verdadera isla –agrega Saúl-. Hasta hacen efectos sobrenaturales de mentira. Yo los he visto. Una vez, en un documental, me usaron de extra. Pero salgo con un sombrero y una manta, no se me ve la cara… ja, ja, ja”.  


La historia –desdibujada por la leyenda- se remonta a los años cincuenta. Despechado por la huida de su novia con otro hombre, Juan Santa Ana Becerra decidió instalarse en una chinampa de su propiedad para vivir como ermitaño, dedicándose a la oración y al cultivo de cereales, hortalizas y flores. De vez en cuando, hablando lo justo y necesario, visitaba el pueblo acompañado de un carretón para vender sus productos. Aparte de su silencio, llamaba la atención en quienes lo divisaban la predilección de Santa Ana por recoger muñecas de la basura. Cuando dejó de ir al pueblo, la venta de productos la continuó su sobrino Anastasio Santa Ana. Al mostrarse este último más afable, la gente decidió preguntarle el motivo por el cual su tío recolectaba muñecas viejas. Anastasio les contó que cuando Julián recién había llegado a la isla se produjo el ahogo de una joven en la orilla del canal. Para evitar las voces, pasos y lamentos que según el ermitaño comenzaron a oírse en la isla a partir de esta tragedia, decidió recurrir a las muñecas como amuletos protectores. Tenía su muñeca favorita, “La moneca” o Agustina, la misma que aún se encuentra repleta de ofrendas por los milagros y favores que ha concedido a los visitantes que depositan su esperanza en ella.  Sin embargo, a pesar de las cientos de muñecas repartidas por la isla, Julián Santa Ana nunca dejó de oír voces y aseguraba que una sirena deseaba llevárselo con ella a las profundidades de Xochimilco. En 2001, mientras pescaba en el mismo sector donde había perecido la joven años atrás, en el momento en que su sobrino se alejó para ver a los animales, Julián sufrió un ataque cardiaco que lo lanzó de bruces al canal. Cuando su sobrino regresó, el ermitaño ya estaba muerto.

Intentamos hacer el recorrido a la isla, pero no estamos ni en el momento ni en el lugar indicado. 1 de enero, diez de la mañana. El responsable de mover las palancas de la rampa no se encuentra en su puesto para complacer a estos molestos turistas del sur. Ni siquiera los ajolotes –anfibios característicos de la zona, en peligro de extinción y, según Saúl, de excelente sabor si se les prepara asados al palo- salieron a saludarnos. Sólo un par de patos blancos confianzudos aleteaban, a modo de burla, alrededor nuestro. Lo comentamos y Saúl rememora: “Hubo un pato salvaje, grandote y negro, que en noches con neblinas pasaba volando por las cabezas de la gente. Viera el susto que les daba a los turistas. Podía ser que lo hiciera para asustar de verdad o porque las luces de las velas de los mesones le llamaban la atención. Muchos turistas juraban que era un brujo de capa negra que salía y volvía al agua. Yo no les decía nada. Lo mismo el zumbido de algunos insectos que dicen que son almas en pena en medio de silencio. Tampoco digo nada. El que quiera creer, que crea. Yo igual he visto cosas, pero pocas, apenas un monje con capucha detrás de los árboles”.

Para Saúl, no todos los días son iguales de coloridos en Xochimilco. La mayor de las veces la provincia carcome el lugar y el carnaval queda en la trastienda. Muchos se desilusionan y se van. Dejan casas recién adquiridas, a muy alto precio, en el absoluto abandono. Desde el canal se las ve lujosas, confortables, mini mansiones. A otros, en cambio, la tranquilidad los atrae. Como a un antiguo cliente de Saúl, un hombre mayor, que acostumbraba a pasear con su esposa por los canales durante los atardeceres. Cierto día, el anciano llegó sólo. Saúl se disponía a retirarse a su casa a descansar, por lo que le sugirió que ocupara a otro guía. El hombre insistía en que fuese él. Saúl accedió por todos los años compartidos y el afecto recíproco. Iniciaron un paseo por los mismos senderos recorridos tantas veces en compañía de su esposa. El hombre le pedía en todo momento a Saúl que le relatara cuanta anécdota se le viniera a la cabeza. Lo importante era que no se quedara callado, que no hubiera silencioso incómodos. Saúl recuerda ese día nublado, tal vez con un poco de llovizna. Demasiado silencio, pensó, lo que fue justificado por la explicación final de su pasajero: la esposa acababa de morir y decidió recorrer los mismos lugares que pasaba junto a ella, bajo la conducción de Saúl. “Las noches de Navidad y Año Nuevo son iguales de tristes que esta historia –dice Saúl fijándose en nuestros rostros apesadumbrados-. Vienen pocas personas, la mayoría gente mayor, sola, sin parientes ni amigos. Allí Xochimilco se pone diferente y todo el canal queda a disposición de esas pocas personas”.

Saúl nos cuenta de un grupo de jueces que en determinadas fechas lo contratan para recorrer el canal durante las noches. Él sólo debe preocuparse de conducir en silencio, hasta el amanecer. “Dicen que lo hacen para relajarse, liberar tensiones y todo eso. Acá se sube todo tipo de gente”.

Alguna gente que puro pregunta leseras, dirá Saúl sobre nosotros con el paso de los años. Claro, si es que nos recuerda. Nosotros, en cambio, a él sí lo recordaremos por el resto de nuestras vidas.    

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De PLUMAS HISPANOAMERICANAS, 07/01/2016

Tuesday, January 12, 2016

Leer a un falangista


EDUARDO LAPORTE

http://www.navarra.com/blog/eduardo.laporte/leer-falangista/20160112134432020047.html

Monday, January 11, 2016

¿hay vida en Marte?

PABLO CEREZAL

Te sorprendió que yo comentase que David Bowie era el único hombre por el que me sentía atraído. No te sorprendió porque Bowie fuese el único, sino porque me atrajese uno, entiendo. En la noche, al albur de maullidos urbanos y basuras de todo lugar, entré en ti con la terquedad del ludópata que se resiste a abandonar su última partida. Tú te atreviste a decirme algo así como que lo mismo preferías a Bowie. Qué torpe, de verdad, qué torpe. No te lo dije, pero el orgasmo postrer casi que me lo dispuse yo solito. Y no, no pensaba en ti. Que en el amor se comparte o se combate, y a mí no me van las batallas. Eramos jóvenes e imbéciles, pero quizás mi único rasgo de inteligencia, entonces, era estar enamorado de Bowie. Han pasado los años. Muchos. Tal vez demasiados. Anoche eras otra, afortunadamente. Una otra que me conoce y respeta y, tal vez, ojalá, me ama. Una otra que dispuso el mantel de su vientre sólo para recojer sobre él las migajas de mis besos más desordenados. Dormí profundo. Momentos antes había estado escuchandoBlackstar, la última genialidad de Bowie. Reconozco que cierta pesadumbre acompañaba cada compás, y tu amor supuso bálsamo de algo oscuro que se inquietaba en mis adentros.

El café de la mañana, por un instante, se ha disfrazado de arsénico al descubrirme leyendo que David Bowie había muerto. He acudido a la prensa y no he encontrado noticia. El móvil se ha colapsado con mensajes de condolencia de amigos y conocidos. En las redes sociales alguien aseguraba que era bulo. He decidido creer a quienes se equivocaban (algo muy mío, por otra parte). Cuando muere un ser querido la negación de los hechos es nuestra primera arma de defensa. Luego descubres la pólvora mojada, y un arma que no sirve para disparar, mucho menos para defenderte de la realidad. La noticia era cierta... Bowie ha muerto mientras yo pensaba en que, llegada la noche, volvería a naufragar en los resquicios, requiebros y desquicies de su última obra maestra, ese Blackstar que venía consumiendo sin control desde hace un par de días. Bowie ha muerto y yo, en casa, asimilado ya lo inevitable, he comenzado a acariciar todos los CD's en que habita su música, como jugando a una ruleta rusa en que cualquier canción que elija contendrá el proyectil letal. Así que he decidido no escuchar ninguna, no escuchar hoy su música, vivir hoy sin tu voz... 

Pero tu voz me acompaña desde hace ya demasiados años, tu música ya hizo nido en mi pecho como pájaro primigenio, mis músculos ya ejercitan sus acordes para mantenerme en pie, obligándome a caminar los senderos intolerables de esta vida. 

Ahora sólo me apetece llorar. Porque ha muerto una parte imprescindible de mi vida. Se ha ido un amigo culpable, en gran medida, de que yo, hoy, sea lo que soy... por poco que eso signifique. Un amigo de los que a muchos lleva una vida encontrar, y muchos otros jamás tienen la suerte de conocer. Lloro por eso. Lloro por mí -tremendo egoísta-, no lo hago por él.

Pero por un momento me siento menos egoísta al comprender que mi llanto, también, es por todos los que están condenados a vivir en un mundo sin David Bowie, que ni escucharán su voz ni siquiera llegarán a conocer su nombre, que jamás tendrán su amistad y pasarán por la vida preguntándose si hay vida en Marte... o si el nuevo iPhone viene con detección de personas afines, que al fin es lo mismo.

Así que el hombre de las estrellas ha continuado travesía. A los terrícolas nos queda la responsabilidad de mantener su nombre vivo y permitir que otros sepan que hubo un día un alienígena que vino a salvarnos del tedio y la mediocridad con su voz, su música, su elegancia, y su manera de estar en el mundo: sublime, como pocos llegaron a hacerlo. A quienes aquí quedamos, después de haberte conocido, nos queda la obligación de enseñar a esos que vivirán en un mundo sin ti que tu sexualidad es sólo tuya, que la única moda existente es la que tú decidas marcar, no la que te dicten, que las convenciones sólo están hechas para los convencionales, que si tienes algo valioso deberías compartirlo, que la generosidad no es de débiles ni cobardes, que la creatividad es alimento para el alma, que héroes no son los que juegan al fútbol ni aniquilan ejércitos, sino los que deciden defender sus convicciones contra el imperio de los uniformes, que lo negro es bello y lo indefinido seductor, que la curiosidad no mató al gato sino que le afiló las uñas de arañar estereotipos, que estarse quieto no ha de suponer sentirse cómodo, que se puede ser feliz sabiéndose diferente, que el atrevimiento siempre es positivo, que la provocación ha de ser arte y no exabrupto, que ninguna norma se hizo por justicia sino por ansia de someter, y que es justo y necesario saber destrozarlas a dentelladas con los labios pintados de carmín, que lo extraño es bello si nos cambiamos las gafas de mirar de lejos, que en el animal habita la elegancia, que un hombre puede bailar con más armonía que todo un ballet de femeninas féminas, y que la música (como todo arte que de tal se precie) no es cuestión de estilos sino de estilo. 

No sé cómo lo haremos, a partir de ahora. Pero fuera de impúdicas condolencias públicas (como esta), sólo nos queda la labor de recordar, a quienes vivirán en un mundo sin ti, que al fin y al cabo, quienes te conocimos y amamos, no somos tan mala gente, y que algo de culpa tendría tu música y el grandilocuente y lindo envoltorio en que nos la decidiste regalar.

Cielo de lluvia sonrojada y cobarde esta noche. Y, como novedad, desde hoy, una estrella negra desordenando el orden celeste. Y es más bella que las otras... es distinta, ya empezaba a causar hastío la dictadura refulgente de los astros, al menos a mí, que nunca me han importado mucho, que nunca me he preguntado si hay vida en Marte, que he preferido cuestionarme acerca de las miserias de este planeta que has decidido abandonar, amigo.

Por mi parte, para empezar, intentaré mañana la heroicidad de volver a escuchar tu voz sin regalar una nueva lágrima al suelo. Y tal vez pueda ser héroe... aunque sólo sea por un día.

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De POSTALES DESDE EL HAFA (blog del autor), 11/01/2016