Sunday, August 25, 2019

Los 120 años de Jorge Luis Borges, el escritor que soñó con lo infinito


ENRIQUE PLANAS

Han pasado 33 años de su muerte, y su fama sigue extendiéndose. El mito de Jorge Luis Borges sobrevive a su polémica viuda María Kodama, a sus conservadoras opiniones políticas, al abuso del adjetivo “borgeano” o la repetición del tono mitológico y metafísico de sus cuentos por legiones de autores, apodados “borgesitos” que escribían sobre laberintos, tigres y espejos. Pero, sobre todo, ha sobrevivido a su estatua de sabio bibliotecario ciego, con bastón y traje. Un oráculo para la segunda mitad del siglo XX.

Ese retrato convencional oculta muchas veces al escritor nacido un 24 de agosto, hace 120 años. El autor de “Ficciones” o “El Aleph”, el artista ultraísta, el escritor que renovó la forma de hacer literatura fantástica, el género policial y el ensayista libre de cualquier actualidad periodística o política. ¿Ese Borges tiene hoy herederos?

El novelista Luis Hernán Castañeda se rebela ante el término “borgesito”, pues, según él, oculta una hipocresía: “Borges está en todas partes y en ninguna. También en uno mismo, solo hay que buscarlo. No hablo de la imitación de una fórmula, sino de una presencia más o menos palpable de arquetipos que Borges, sin haberlos creado, sí perfeccionó y destiló: la biblioteca, el laberinto”, afirma. En ese sentido, uno de sus mayores herederos, de manera muy consciente, podría ser un escritor como su paisano Ricardo Piglia, y también en los seguidores de éste.

Para el escritor y profesor universitario Jorge Valenzuela, tanto el “universo” borgeano, como el estilo de Borges son conquistas de una inteligencia fervorosamente escéptica. “Sus ficciones apelan a una enciclopedia muy ambiciosa para ser comprendidas y han sido producidas a partir de otros libros. En su obra confluyen la filosofía, la religión judía y las matemáticas, solo para citar tres fuentes importantes. Por todo esto, considero improbable, si no es por el camino de la ciencia ficción, que existan herederos de Borges”, señala.

Coincidiendo con él, la escritora Karina Pacheco señala que vivimos tiempos difíciles para los autores de caracteres borgianos, asombrosamente enciclopédicos, y a la vez metafísicos, oníricos, desbordantes de autenticidad y memoria. “Además de un don natural, se requiere de mucho tiempo y silencios”, dice. Más que autores, para ella podemos hablar de libros que trasuntan una herencia borgiana. “Sin afán de ser nuevos Borges, comparten con aquel respiros profundos de la humanidad y el universo”, afirma la autora cusqueña. En el caso de libros peruanos, ella destaca “Un único desierto” de Enrique Prochazka, o el más reciente “Fabulations” de José de Piérola, aún no traducido al castellano.

Radicada en Buenos Aires, la autora Karen Luy de Aliaga, confesa cortazariana, admite haber conectado con Borges tras descubrir “Otras inquisiciones” y releer “Ficciones”. “La influencia de Borges es infinita, él era como de otro planeta. En cada texto nos ha dejado pistas y claves de eterno descubrir”, advierte. Entre los autores argentinos que experimentan e intervienen sus cuentos para generar nuevas lecturas, ella destaca “El Aleph engordado” de Pablo Katchadjian, “Help a él” de Rodolfo Fogwill o “Erik Grieg” de Martín Kohan. ¿Se trata de herederos? La poeta y novelista prefiere citar al mismo Borges en “La flor de Coleridge”: “Quienes minuciosamente copian a un escritor, lo hacen impersonalmente, lo hacen porque confunden a ese escritor con la literatura”.

Para su colega Ricardo Sumalavia, la obra de Borges sigue propiciando distintos niveles de influencia. “El más chato, claro, es el que se ocupa de repetir (y mal) el fraseo borgeano o el que se regodea buscando más senderos a ese jardín. Pero hay quienes tratan de profundizar en sus ideas e intuiciones sobre el tiempo, el espacio y la frágil identidad del sujeto”, afirma.

El escritor Marco García Falcón apunta en ese sentido al señalar que la gran enseñanza de Borges radica en que un escritor es, ante todo, un lector. “Por ello, un heredero digno del maestro argentino aspirará a entregarnos una lectura del mundo, una lectura hipotética y parcial, que nos saque de la “realidad” para luego devolvernos a ella con una lucidez nueva. Borges nos hizo entender que la literatura no puede ser un mero reflejo de la realidad, sino la construcción de mundos posibles -alternativos- y una invitación a habitarlos. Nos inoculó la idea de que todo puede ser un misterio, de que hay un orden secreto de las cosas que no es posible capturar racionalmente, aunque sí vislumbrar a través del arte. Creo que los verdaderos borgeanos son los que conservan ese legado”, afirma.

—El Aleph no es Internet—
Publicado por primera vez en la Revista “Sur” en 1945, y recogido en el libro homónimo en 1949 editado por Losada, con el tiempo “El Aleph” se ha convertido en objeto de culto, un cuento paradigmático en la vasta biblioteca borgiana, al sintetizar las principales preocupaciones literarias del argentino: la ironía, el juego con el lenguaje y la erudición. Un culto que se fortalece en nuestros tiempos, cuando algunos consideran que Internet, Google y las redes sociales vendrían a encarnar aquella “pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor” como Borges describía la ventana luminosa desde donde su personaje, el poeta Carlos Argentino Daneri, podía atisbar todo el conocimiento bajo una escalera.

Sin embargo, para los autores consultados, nada más errado que comparar la epifanía borgiana con nuestras actuales pantallas. Para Jorge Valenzuela, el Aleph es el principio de todo y, como todo principio, se extiende al infinito. “Contiene todos los tiempos y por ende todos los espacios. Es la representación del universo en su simultaneidad desde un lugar que puede ser cualquier lugar. Frente a este prodigio, Internet es apenas una red de información, muchas veces poco confiable y envilecida por el dinero, la chismografía barata y el horror”, afirma.

En efecto, para Karina Pacheco, a pesar de que la actual tecnología parece abarcarlo todo, están bastante lejos de ofrecer o representar ese universo infinito que vislumbrado por Borges desde un minúsculo sótano. “Incluso presumiendo que aquel fuera un falso Aleph, como plantea el mismo cuento, revelaba asuntos bastante más inquietantes y radicales que un paseo por la redes”, señala.

Por su parte, García Falcón advierte que, si bien la virtualidad nos da la sensación de que la biblioteca borgiana existe y que, además, es portátil y democrática, se trata solo de una sensación. “Los circuitos de datos están predeterminados, cada vez que usamos una red social nos vigilan y nos censan, circulamos con aparente libertad por laberintos diseñados por las grandes corporaciones. Si el aleph borgeano existe ahora entre nosotros, este no se encuentra en el enorme cúmulo de información que nos ofrece la interconectividad, sino en la posibilidad de ver por encima de lo evidente en medio de esa maraña engañadora”, afirma.

Ese mismo carácter ilusorio es advertido por Ricardo Sumalavia: “Internet, google, las redes sociales, no hacen más que seguir alimentando dicha ilusión que nos hace sentir héroes cuando en realidad solo nos empuja a traicionarnos a nosotros mismos”, dice.

Luis Hernán Castañeda nos recuerda que, allá por el año 2000, otro gran escritor del Río de la Plata, el uruguayo Mario Levrero, descubría Internet y se emocionaba con sus posibilidades de información y conexión, pero temía que ese gran potencial fuera concentrado por los poderes económicos. “Es lo que ha ocurrido: antes existía una plétora de buscadores, AltaVista, Lycos, Infoseek, etc., mientras que hoy domina una sola corporación, Google. El mundo digital ilusionó a muchos con la promesa de un Aleph múltiple, cifra del universo, pero acabó como un mezquino espejo de lo que somos. Afortunadamente, las metáforas de Borges enseñan a soñar con más”, explica.

Finalmente, consultamos con el filósofo argentino Darío Sztanjnszrajber, voz autorizada en la reflexión sobre el Aleph de Borges. “Hablamos de la figura de lo irrepresentable. “El Aleph” es el sueño de poder capturar lo infinito”. La tecnología ofrecernos la máxima capacidad de información, sin embargo El Aleph no plantea una cuestión cuantitativa sino cualitativa. No busca visualizar por extensión todo lo que hay, sino de capturarlo intuitivamente en un segundo. Es como ver a Dios de frente. Algo imposible para cualquier artefacto tecnológico”, explica.

_____
De EL COMERCIO, 24/08/2019





No comments:

Post a Comment