Wednesday, February 9, 2022

Corea no necesita corona


ÁLVARO VÁSQUEZ

 

Es apenas un pequeño rectángulo blanco de plástico.

Pesa casi nada, y es poco más grande que mi dedo meñique. Sin embargo, las dos diminutas rayas de color rojo que se dibujan frente a mis ojos lucen ahora amenazadoras.


Hace 15 minutos, siguiendo las instrucciones leídas, me metí un cotonete en las narices, lo giré por unos segundos en cada fosa, lo sopé en un líquido reactivo, para luego dejarlo gotear en una pequeña ventana abierta a tal efecto en la placa plástica.

Novecientos segundos luego, las dos rayas rojas se pintan claramente sobre el blanco. Rojo sobre blanco, sin margen a dudas: Positivo para COVID.

Mala forma de empezar el día, me digo. Este día que, aunque soleado, se siente frío. ¿Y ahora? Ignorar la enfermedad, es mi respuesta automática, esa que elegí ya hace años, desde que la medicina no me dio las respuestas que necesitaba.

Aunque esta vez no será tan fácil, pienso. No quiero contagiar a nadie. Aislarse e ignorar la enfermedad, entonces. Sonrío al recordar que hace un par de años, en una columna de opinión, llamé al SARS-COV 2 “virus con corona feble”. No estoy dispuesto a disculparme ahora por ello, pese a las dos rayas rojas, y a ese hormigueo en el estómago que prefiero ignorar.

Suena el timbre. Veo por la ventana que es el cartero. Con la mascarilla hasta casi los ojos, apenas recibido el paquete me fijo que llega de España, así que sé lo que me espera al abrirlo. El sol parece calentar el ambiente de a poco.

El día empieza a mejorar, me digo ahora, mientras escribo a Pablo, para agradecerle por la generosidad que tuvo al enviar sus libros, autografiados, además. Escribo también a Claudio, para decirle que el paquete ya llegó y que le enviaré sus ejemplares por correo. Recién luego de despedirme me doy cuenta de que aún no podré enviárselos, pues casi no saldré de una habitación por los siguientes días.

Pero tengo libros nuevos, y eso es siempre un buen motivo para sentirse bien.

La portada del primero es un cuadrado blanco, con letras negras y una pequeña imagen también en blanco y negro. Voy hojeando el libro y viendo sucesivos cuadrados blancos con caracteres, todos perfectos, con márgenes exactos y sangrados precisos y elegantes que le dan cierto asidero a mi tranquilidad y logran que olvide por largos minutos las dos líneas rojas, hasta que un súbito ataque de tos me las recuerde. No importa, elijo las letras negras sobre el papel y decido ignorar las rayas rojas sobre el plástico. Llevo una vida practicando elegir lo que me hace feliz, por muy pequeño que sea. No debería ser tan difícil ahora.

La tapa del libro muestra una imagen que resulta ser solo una parte de otra imagen mayor que se halla al abrirlo. Es extraño, la imagen completa muestra parte de un cuerpo femenino, intentando esconderse detrás de una cascada de su propia cabellera. La imagen parcial de la portada, sin embargo, luce distinta… parece mirarme. Y al influjo de esa mirada, voy sumergiéndome en la lectura, dejando el mundo real allá, lejos, en esa superficie plástica a la que por ahora le niego toda importancia.

El narrador empieza este diario íntimo (diario erótico, lo llamó alguien) con una confesión por demás extraña: Pierde un diente de leche que aún tenía en su vida adulta. ¿Se pierde la niñez para siempre con el paso de los años, o conservamos una parte de ella por toda la vida? Me gusta pensar que sí, que mantenemos al menos esa capacidad de asombro, esa curiosidad que nos abre las puertas a nuevas experiencias, incluso a aquellas que se supone poco tienen de infantiles. ¿Hay acaso una curiosidad más intensa que la de un niño por lo erótico, lo prohibido, lo tabú? Este diario ofrece un viaje erótico que rescata esa curiosidad, que naturaliza el morbo ante lo nuevo, que invita a ir siempre un paso más allá.

El relato se refiere a Corea, el país, la mujer real, la amante y la mujer idea/ilusión, y quizás a más. Empieza en Madrid, y continúa por Seúl y otras ciudades coreanas, con viaje de ida en avión y de regreso en globo. ¿Inverosímil?, para nada, si aceptamos que no solo lo verdadero puede ser real. El cuadrado blanco frente a mis ojos es real, y son también reales los caracteres negros de cada hoja, y decido que sea verdadero lo que se cuenta a través de ellos. Eso basta.

Y decido también dejar volar mi afiebrada (nunca mejor empleado el término) imaginación. Por eso cuando el texto habla de Corea entrando a un karaoke con una falda escolar, yo evoco las imágenes de Kill Bill y le añado la música de Santa Esmeralda, con el solo de guitarra que da inicio a Don´t let me be misunderstood, y que termina con la nieve teñida de rojo sangre.

Por momentos, un impertinente escalofrío sacude mi cuerpo distrayéndome de la lectura, y vigoriza la voz de la narración que habla de la osamenta interna que hace fuerza para ir hacia adelante, huesos forzando la forma de nuestra piel, como anticipo de su futura y segura victoria, del triunfo garantizado de la parca, que hoy pretende jactarse de ello a través de un virus que, si bien no empuja mi esqueleto hacia afuera, me atrapa por oleadas en calenturas que me amodorran y ralentizan mi lectura. Mejor, le digo con insolencia, así disfrutaré la relectura inmediata.

Retrocedo un par de páginas, y la relectura me recuerda que los antiguos terminaban sus mapas con un monstruo en los confines del planeta, que creían plano. Parece que el temor a lo desconocido siempre necesita de monstruos que nos intimiden, pero yo sé que habito una circunferencia, y que los peores monstruos son los que creamos, pues en ellos plasmamos nuestros miedos más básicos, los atávicos, que nacen de la oscuridad y la soledad.

Si la vida no es más que una larga lucha, ¿qué mejor compañía que Eros (también conocido como Eleuterios, que significa libertador) para esta batalla contra el virus, contra el miedo? Pocos como él — armado de amor y deseo — inspiran más valor en los mortales.

Y Corea vuelve a tener toda mi atención. Y el texto de estos perfectos y albos cuadrados — ahora cómplices en la lucha — muestra una Corea buscando la complicidad de un espejo para inspirar deseo. Ese mismo espejo sobre el que alguna vez escribí, celoso, cubriendo con mis manos los senos de Corea para que él no pueda reflejarlos. Esa Corea — la mía — tenía otro nombre, claro, pero era tan real/irreal como ésta, aquella de la que siempre tendré hambre, esa hambre de humedad y fluidos que tan bien describe Pablo. Hambre eterna de pobres, se dice, y ésta es hambre también permanente de quienes añoran lo ido, e incluso lo por venir. Aquellos que apenas pueden ofrecer una canción, o unas líneas escritas; los que carecen de compañía, de caricias y tiempo compartido… de una Corea.

Y Corea, de la pluma de Pablo, nos enseña su cuerpo, y nos enseña cómo ceder ante el deseo incluso en un cementerio, en la que quizás sea la mejor forma de vencer a la muerte, aunque no sea más que por esos segundos en que la sacude ese inigualable espasmo, que no en vano los franceses llaman petite morte. Y de esa muerte Corea sale indemne, vencedora, y me siento también parte de esa victoria, sin serlo en absoluto.

Corea nos recuerda esas fantasías casi infantiles de jugar al doctor, como burda forma de permitir asomar al deseo. Y el libro fija en mi mente imágenes que nunca vi, pero que ya no podré olvidar: Corea colgando la ropa desnuda, Corea con una líquida mariposa blanca en la barbilla, Corea orinando de pie, Corea siendo abrazada como se abraza al mundo por las caderas. Y cada una de esas Coreas tiene rostros distintos. Rostros que ya no veré más, algunos que voy olvidando, otros que sé que no podré olvidar, e incluso rostros que son inciertos recuerdos futuros, que vienen hoy convocados por el hechizo de Corea, el libro. Corea, la mujer, nos enseña a querer como el gran Aute lo pedía: sin el mínimo pudor, como quien ya nada espera. ¿Existe acaso una mejor forma de hacerlo?

Eres, Corea, la asignatura que siempre suspendí.
Por eso te sigo estudiando
.

Robo esos versos al autor, me los apropio. Porque tengo mis propias asignaturas pendientes, y carezco del talento para volverlas poemas. Y poema es también el postrer regalo de esta sucesión de cuadros blancos y caracteres negros que disfrazan sentimientos, miedos y sueños. Regalo firmado por Julia Roig. Imperdible.

Por mi parte, reconozco con cariño la deuda que tengo con el libro aquí reseñado.

Cuando algún día, a futuro, alguien me pregunte por los primeros días del año 2022, no recordaré el nombre de la peste, ni el miedo con que adornó su corona. Mi recuerdo de esos días será siempre un rostro indefinible de mujer, y un nombre desde ya inolvidable:

Corea.

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De ENTRE LETRAS, 09/02/2022

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