Saturday, April 10, 2021

Thomas Hardy, el fatalista


RAFAEL CONTE

«La letra mata», puso como epígrafe Thomas Hardy a su penúltima novela, Jude, el oscuro, que fue precisamente la que más críticas adversas le acarreó. Corría el año 1895 de la Inglaterra victoriana, y al viejo novelista, que llevaba ya más de un cuarto de siglo de ascensión lenta e implacable, ya sólo le quedaba cuerda para otra novela más, La bien amada, que publicó dos años después. Hardy falleció en 1928, pero sólo publicó, durante los últimos treinta años de su vida, poemas, dramas y un monumental poema dramático que volvió a reconciliarle con el público y la crítica -Los Dinastas- hasta el punto de que fue repetidamente candidato al Premio Nobel de Literatura. Pero su potente manantial narrativo se había secado para siempre. Y, sin embargo, su vocación apareció desde los primeros tiempos como algo incontenible y poderoso, como una fuerza de la naturaleza que se abría paso contra viento y marea. Hijo de una familia modesta -su padre fue maestro albañil-, aprendiz de arquitecto, originario de Dorchester, capital de la comarca real que le sirvió de escenario imaginario a todas sus novelas, para el que resucitó su viejo nombre de Wessex, lo abandonó todo por la literatura, Publicó su primer libro en 1871, justo al año siguiente de la muerte de Dickens. Por aquel entonces, la tradición narrativa victoriana -que no fue grande más que en lo que tuvo de antivictoriana- la representaba George Meredith, que ayudó al joven escritor en sus comienzos. El éxito empezó a llegar a partir de su segunda novela, publicada al año siguiente, y a partir de entonces Thomas Hardy, desde su Dorchester natal, va a edificar una prolongada carrera de escritor: poemas al principio, catorce novelas largas y otros libros de relatos en la época central, con vuelta final a la poesía y el teatro.

Hardy ha legado sobre todo seis grandes obras a la posteridad, que, tras largos lustros de relativo olvido, ha vuelto sus ojos hacia él: junto a la citada Los Dinastas -magno drama histórico en verso, en 3 partes, 19 actos y 130 escenas, donde recogió, ya al final de su carrera, su pensamiento y obsesiones- vienen cinco novelas muy leídas, varias de ellas adaptadas al cine y la televisión: Lejos del mundanal ruido, El regreso del nativo, El alcalde de Castebridge, Tess de los d'Urbervilles y Jude, el oscuro.

Sus novelas no son obras maestras, pero imponen por su solidez, por la potencia de su estructura, por su grandiosa construcción. Al fin y al cabo, sus orígenes fueron de estudiante de arquitectura y dibujante de iglesias para su reconstrucción, y lo primero que publicó en su vida fue un artículo titulado precisamente «Cómo se hace una casa». Virginia Woolf tenía por Hardy sentimientos encontrados: reconocía su genio, pero le molestaban el esquematismo de sus personajes y el determinismo de sus argumentos. En gran medida, Hardy carecía de humor, y esto es demasiado grave para ser un típico escritor británico. La naturaleza que tanto amó y tan excelentemente describió es la misma que atenaza misteriosamente a sus personajes, la que alumbra al mal universal. Sus obras son dramas y tragedias felizmente desprovistas de sentimentalismo.

Pues Hardy fue un fatalista, un griego victoriano que describe la lucha de la carne contra el espíritu en una naturaleza hostil. Su sentimiento de lo telúrico llega a extremos misteriosos y fantásticos. Sus personajes, por lo general, terminan mal: o en la muerte o en el fracaso. Sus denuncias, de las injusticias sociales, del matrimonio, de la desigualdad femenina, de la dificultad en acceder a la instrucción, en los años donde se extendía la democracia en Gran Bretaña, le acarrearon graves problemas. Tess y Jude levantaron escándalos que hoy nos hacen sonreír, como algunas de sus más trágicas escenas. Fue un moralista, no un satírico. Y cuando Tess, la «mujer pura», es sacrificada, Hardy exclama: «La justicia estaba satisfecha y Dios había terminado con Tess su siniestro deporte».

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De EL PAÍS, 01/10/1980

Thursday, April 8, 2021

Cascarita: la hipertensión y la buena suerte


GEOVANNYS MANSO

Siempre nos reuníamos en el parque de la iglesia de La Pastora. Era la mejor área del carnaval de Santa Clara, sobre todo, porque por allí pasaban los músicos que más nos interesaban, sin el espíritu hiperbailable de otras áreas: un sonido tenue, agradable y mucha cerveza a granel a nuestra disposición, como debe ser en todo carnaval que se respete.

Aquel viernes de 1998 había carnaval y, aunque nuestro espíritu cervecero y conversacional era, por entonces, irredimible, algo aún más profundo nos convocaba y abandonamos el recinto carnavalesco, para llegar hasta El Mejunje, pues esa noche, era «Viernes de la Buena Suerte».

Por entonces no había tumulto. Todo, en El Mejunje, era familiar, pequeño, íntimo, cercano, como una hermandad. La noche de carnaval había drenado el escaso público de esa noche y vivimos el suceso más inaudito de nuestras vidas: Cascarita y Los Fakires cantaban todo su repertorio para nosotros, un puñado de amigos: Alexis Castañeda, Hector Bosch, Alain Garrido, Diego Gutiérrez, Edelmis Anoceto, Aurora y algunos más, pero pocos, muy pocos, allí, escuchando y disfrutando el repertorio más digno de la música tradicional cubana: «Que se me caigan los dientes si miento», «El panquelero», «Penita contigo», «Cualquiera resbala y cae», «Alma con alma», «A mí qué», «Siguaraya». El saxo de Bringues, las maracas y el güiro de Felo, el bongó de Gilberto Abreu, la guitarra de José Remié y la voz, la tronante voz de Cascarita, donándonos todos los paisajes de la isla, todas las sonoridades; un ser hecho para cantar…, para estremecernos…

Saber que debíamos estar allí, aquella noche y no en cualquier otro sitio de la tierra, era nuestra verdad pues aprendimos, tempranamente, que hay cosas enormes que hay que presenciar y así fue.

Antes o después, mi memoria no alcanza para precisar la fecha exacta, yo estaba en el policlínico Nazareno, de guardia. Era una tarde abúlica, sin pacientes y leía, tranquilo, dejando pasar las horas. De pronto tocan a la puerta y, al abrir, descubro a Cascarita…

—¡¡Azúcarrrrr!!! —grité—, si el mismísimo Cascarita…

—Eh, eh… Ud. me conoce, Ud. me conoce… —dijo algo turbado…

—Maestro…, quién no va a conocer al gran Cascarita…, venga…, pase…

—Mire, médico, yo vengo porque, al parecer, ando con la presión alta y necesito darme unos buches… Ud. sabe… «para vivir hay que beber…»

El esfigmomanómetro marcó una hipertensión ligera, nada grave. Le administramos una tableta de Nifedipino sublingual y aproveché su estadía casi obligatoria en el Cuerpo de Guardia, para conversar con él, para evitar que la abulia ganara terreno. Muy pronto la consulta de llenó. Vinieron las enfermeras y los médicos y los técnicos, para oírlo cantar, para escucharlo hablar del Benny Moré y otros tantos músicos que había conocido.


Cascarita no era pródigo en sus conversaciones, pero cuando cantaba, detenía los vientos sobre la tierra.

Cuando volví a revisarlo, su tensión arterial era normal.

—Cáscara…, ya puede darse los buches que quiera… —le dije.

—¡¡¡¡Azúcarrrr!!!!!, ¡¡¡¡¡Sabrosoooooo!!!!! —fue todo cuanto dijo, y salió del policlínico, directo al bar más cercano…, supongo…

La vida no siempre te regala instantes inapresables. Pero aquella noche, donde Los Fakires tocaron para nosotros, aquel viernes de carnaval santaclareño y la tarde que fui el médico de Cascarita, esos días gravitan en mí con todo su esplendor.

Con gusto me hubiese ido con Cascarita aquella tarde. Sí sé que cuando terminó el viernes de la buena suerte, regresamos a La Pastora, para amanecer y yo culminé a los pies de la estatua de Miguel Jerónimo Gutiérrez. Pero esa es otra historia.., otra historia…


Sunday, April 4, 2021

¡viva la muerte!


PABLO CEREZAL

Vivimos tiempos de resurrecciones vergonzantes que claman contra la inteligencia aclamando los singulares beneficios de la muerte... siempre que sea la ajena. Tiempos de exhumar restos arqueológicos que sólo sirven para hacer arqueología en que nació a la muerte eso que damos en llamar civilización. Tiempos de ratas que chapotean, orondas de moneda voraz y famélica actividad cerebral, los charcos como vertederos en que naufraga la ciudadanía. 

¡Muera la inteligencia!, ¡viva la muerte! Algo así dicen que dijo hace no mucho un neandertal que soñaba con recluir a la sociedad hispana entre las paredes de su propia Altamira. Y en algo acertó, a pesar de todo, estableciendo tan estrepitosa concatenación de conceptos. Porque muerta la inteligencia, todo lo que resta carecerá de vida. Me enredo, para variar, cuando sólo quería hablar de de los dignos momentos que nos regala la vida inteligente en este planeta, por más que se vista de óbito. Uno de ellos tuve la suerte de gozarlo hace poco más de una semana (ya saben, escribo con retraso) en la sala Siroco de Madrid.

Soy la muerte, asegura María Guadaña y, más allá de su potente imaginario de abrazos de parca y besos que muerden, tal vez no sea consciente de lo que ella misma representa cuando se sube a un escenario: sí: la muerte, para comenzar, de todo el clamor de vacuidades musicales a que nos exponen los B-29 de unos mercados empeñados en arrasar cada pequeño Hiroshima de criterio melódico que subsista entre nosotros. María Guadaña se sube al escenario rodeada de sus Afiladores y combate con sabiduría y actitud los ejércitos de estulticia que acosan a cualquier amante de la música popular entendida como arte vivo. Porque arte vivo es su música, poética de folklore bastardo de fronteras y ritmos, arrabal melódico de alta alcurnia, dicción envenenada de voces que suponen mimbres con que erigir, con soberbia artesanía, la propia.

María Guadaña se ha presentado en sociedad como una parca lúbrica y amable a la que nadie medianamente inteligente se atreverá a cerrar la puerta de casa. Con sólo los cinco temas de su EP Remedios Paganos ha logrado arrebatarnos la fisiología en un vendaval de melodías como jirones de piel y letras como cuchilladas por la espalda bien merecidas. Cinco temas que bien podrían ser los salmos de esta sacerdotisa de la fiereza suave. Con la vida y sus extremos por bandera nos regala una pequeña muerte en cada escucha de unas canciones que saben a cabaret de extrarradio, a feminidad de polka ebria con tacto de tequila bien reposado a la hora de la venganza. Canciones de latido feroz y melodías de arrabal milagroso, hábilmente engrasadas por esos orfebres de la tensión rítmica que suponen sus Afiladores. Pero resulta que esa magnífica puesta de largo es sólo emoción contenida, porque cuando María Guadaña se sube al escenario las emociones se desatan y los espectadores tornan feligreses de su evangelio de amores maltratados y filos sobre los que deslizarse para mejor lamer las propias heridas. 

Ya, lo sé, no aclaro nada, pero es que no soy crítico musical. De serlo, secundaría a esos que ya aseguran que esta mujer es algo así como una P.J. Harvey hispana o un Nick Cave que cambió de sexo sin olvidarse del propio, y cosas por el estilo que son muy de crítico musical consciente de la necesidad de enumerar referencias para mejor ostentar sus conocimientos y, de paso, orientar al siempre ignorante personal. Yo no soy crítico musical, ya digo y tampoco puedo ser crítico con esta artista tras haber disfrutado su apabullante presencia escénica, su oscura sabiduría lírica y sus melodías como nanas mexicanas para niños traviesos y muertos. También el perfecto engranaje de esa máquina de triturar etiquetas que son sus Afiladores, los músicos con que ha tenido el buen gusto de acompañarse.

Finalizado el recital sólo me quedó abrazar a María Guadaña como quien abraza la muerte, y agradecerle por recordarme que el largo imperio de la parca no obliga a desterrar de sus dominios eso que llamamos inteligencia y que tanta falta nos hace, hoy, en este bendito terruño. Así que, como dijo el neandertal aquel al que hoy hacen coro tantos cromañones: ¡viva la muerte! Lo de asesinar la inteligencia, ya si eso, les intentamos explicar que no es condición sine qua non cuando se acerquen las siguientes elecciones, por ejemplo.

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De POSTALES DESDE EL HAFA, blog del autor, 16/11/2019

Fotografía: Pablo Cerezal 

Saturday, April 3, 2021

Florece el cedrón


JORGE MUZAM

A fines de marzo florece el cedrón. Coincide con el desvanecimiento del huerto veraniego. Las mazorcas convirtiéndose en espantapájaros marrones, ajíes mutando de escarlata a carmín, manchones de menta con estrés hídrico y zapallos camote aflorando como pequeños Budas en el descampado.

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De CRÓNICAS SANFABIANINAS, blog del autor.

Fotografía: Jorge Muzam

 

plumas envenenadas


MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

Ayer recibí una carta insultante, larga, mucho, dos folios por ambas caras, apretada escritura. Hacía años que había perdido la costumbre de recibirlas. Por fortuna la firmante decía estar bien de los pies. Entendí de inmediato que me estaba diciendo que está mal de la cabeza, algo que es del dominio público. Se me reprochaba mi inveterada afición al alcohol, a la perica y a las putas, hasta ahora mismo, algo que hace que el vecindario del lugar donde vivo no me quiera; se deseaba que ni mis hijos ni mis nietos se me parecieran, pero sobre todo se me instaba a dejar de escribir, porque ya no tengo edad, y a disfrutar de mi jubilación y a viajar con el INSERSO a Benidorm, Sevilla, Canarias y Marbella... Vaya por Dios, qué crímenes habré yo cometido en otra vida para merecer estas animaciones de la vida cotidiana, luego dicen que qué cosas me invento en mis novelas. ¿Inventarme? ¿Para qué? Si me ponen los dislates en bandeja en esta Casa de Orates a cielo abierto.

*** La imagen es de una máscara Lega, Lukwakongo, de la sociedad Bwami... es decir, que la vida está llena de cosas hermosas, atractivas, y que el tiempo apura demasiado como para andarse bailando al son de los disparates ajenos.

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De VIVIRDEBUENAGANA, blog del autor, 25/03/2021

 

Sopa de zapallo y analgésicos


PABLO CINGOLANI

Chatwin “enloqueció” cuando le diagnosticaron VIH -para él, SIDA era mala palabra, era estigmatizante y cruel y tenía razón. El escritor británico ya era famoso por sus libros, legendario por sus viajes y su no-estarse-nunca-quieto. Herzog y dos mil amazonas de ébano estaban filmando en Ghana una de sus obras, el bueno de Bruce acudió hasta África a ver qué onda y salió escaldado con el clima delirante del rodaje de Cobra Verde y ¡zas! luego le anuncian la portación del virus…fue demasiado. En su epistolario -titulado Bajo el sol- Chatwin enumera a sus amistades una larga serie de hipótesis en torno a dónde y cómo se pescó “el bicho” -todas, fiel a su estilo desmesurado- y sobre su ímpetu por el estudio de la virología, incluyendo anuncios de hallazgos personales que, según el atormentado escritor, cambiarían la historia de la medicina y la conflictiva relación entre los seres humanos y su eterno enemigo íntimo. Eran los años ochenta cuando el VIH hizo eclosión y estragos y cualquier semejanza con el momento actual, NO es coincidencia. A sus afanes de encontrar el mismo la cura al mal que lo afectaba, Chatwin le agregó un brote místico: se convirtió a la fe ortodoxa y estaba decidido a recluirse en Monte Athos.[1] No pudo concretar su deseo: la muerte lo encontró en Niza una mañana de invierno de 1989.

 

¿Por qué cuento todo esto? Porque las cartas de Chatwin -de manera precisa: las que escribió de su puño y letra o las que fueron dictadas cuando ya su estado de postración le impedía hacerlo- fueron mi primera lectura, relectura en realidad, tras que me sometí a la primera operación quirúrgica consentida de mi vida. Esa vuelta a la lectura, tras varios días de haber pasado por la anestesia, el desgarro y la sutura, a la lectura de las intimidades de un paciente -cuyos anhelos y pareceres, hay que decirlo, se conocieron póstumamente- puede parecer, a primera vista, en la situación que experimentaba, un acto masoquista, acentuado además por un final trágico y triste. Pero lo diré así: en medio del acuciante y perturbador dolor que sufría en el post operatorio, más allá de estar absolutamente en reposo y seguir una dieta estricta que consistía en una fibrosa sopa de zapallo con generosas dosis de analgésicos, para no caer en los excesos que había caído el pobre de Chatwin, no tuve mejor idea que usarlo como antídoto. Y en medio de la nube psicotrópica a donde me colgaban los analgésicos, decidí que así nomás había sido, que ya no quería volverme tan loco (León Gieco) y que no había otra cosa que hacer que aguantarse, seguir metiéndole nomás a la sana sopita de la noble cucurbitácea de color naranja y, como me dijo mi madre por teléfono: hacerle caso al médico.

 

En esa dirección, mi plan de lecturas siguió el mismo rumbo terapéutico y fue entonces que -tras volver a leer Los trazos de la canción, el libro patagónico y el libro que siguiendo la travesía austral de Chatwin escribió un tipo que luego se mató en un accidente aéreo[2]- me volví a embarcar en la relectura del libro de Krakauer sobre el malogrado Chris MacCandless. Esta vez lo leí desde la mitad -cuando Chris llega a Alaska- hasta el final y luego leí el principio. Así duele menos.

 

La historia de Chris es una terrible, contradictoria y muy debatida historia anti-sistema.[3] De ahí, su lado honorable y glorioso. De ahí también, su atracción y su magnetismo. Pero el final de la historia es tan trágico y doloroso que dio pie a todo tipo de cuestionamientos y reproches contra su protagonista. Sobre todo en la ártica Alaska, donde Chris literalmente dejó sus huesos, siguen sin quererlo nada al héroe de la película de Sean Penn, no sólo por considerarlo un irresponsable sino porque la forja del mito Chris -producto del libro que releía y del film que lo amplificó sin límites-, atrajo legiones de seguidores, varios que, como él, encontraron la muerte frente a la misma hostilidad del medio ambiente que hizo que Chris sucumbiera de inanición y/o de envenenamiento por ingesta de plantas que desconocía. El sitio elegido para la devoción y homenaje a la memoria de Chris era el micro abandonado que terminó siendo su tumba y que el bautizó como “el bus mágico” (The Who: The Magic Bus). Fue tal la resistencia que los alaskeños manifestaron contra tal peregrinación que, finalmente, hace unos pocos años, las autoridades del estado trasladaron el vehículo, vía helicóptero, a un sitio que aún se desconoce cuál es.

 

Si leerlo a Chatwin era un conjuro contra la locura momentánea que sentía acosándome por mi inédito estado de salud, leerlo a Krakauer, leer su versión de la vida, muerte y transfiguración de Chris, dado el parate forzado donde sigo transitando, sirvió para calibrarme, para afinar ciertas certezas o desmentirlas y suponer que ando preparándome para cuando el doctor me conceda el alta y uno pueda volver a su “normalidad”, esperemos mejorada. Chris no pudo intentarlo: la crecida de un río glacial se lo impidió. No pudo regresar a Itaca, a la Itaca del poema de Kavafis, que hubiera sido mejor guía para su búsqueda existencial que las tortuosas páginas que leyó de Jack London. De ahí, mi cuidado con las lecturas que elijo en este trance…

 

Y, en fin: así va la vida. Régimen hospitalario, pero en casa. Una semana, dos semanas, hoy se cumple mi tercera semana de convalecencia: avanzamos, dejamos a un lado los analgésicos y pasamos de la sopa al puré (de zapallo, por supuesto) y, siempre bajo prescripción del facultativo, ya empecé a masticar ese alimento que tanto aprecio: carne de vaca, deliciosa proteína y gloriosa costumbre argentina. Y permítaseme la digresión, o no tanto. Dado mi circunstancial status de convaleciente, me alejé de cualquier conexión con la realidad que no fuera la caja boba, el súper analgésico global. Allí me enteré de las mutaciones del virus pandémico y de la nueva cepa “de Manaos” o “amazónica”, más contagiosa y más letal según vociferan los de la tele. Pensé: Manaos, la irreal capital de una ilusión elástica y efímera pero que precipitó un genocidio que sigue impune. Recrudecí: la Amazonía, uno de los ecosistemas más amenazados de la Tierra y del cual depende la supervivencia del planeta. Medité: una de las causas de su devastación es, precisamente, querer meter dentro de ella a las pobres vacas a la fuerza, deforestando, erradicando la selva. Y nada ni nadie -ni el mismísimo Señor Papa de la Cristiandad- tiene la fuerza suficiente para detener lo irreversible. Concluí: Que una variante más fatal del covid surja y se expanda desde ese escenario ya de por sí lamentable y catastrófico, disculpen mi humor negro, pero, llegado el caso, asistiríamos a un final con cierto decoro, dignidad y justicia histórica. Fin de la digresión.

 

Tal vez, para favorecer y acelerar mi cura, hasta que me den el alta, debería dejar de ver las putas noticias o, vía rápida, volver a los paraísos artificiales baudelerianos, a los benditos analgésicos y dejarme de joder, aunque como no concibo la conducta del avestruz, habrá que insistir y aguantarse hasta sanar y seguir leyendo…sólo poemas de Manuel Castilla.

 

Laderas de Aruntaya, 31 de marzo de 2021




[1] Vía e mail, comenté este hecho con Salvador Gargiulo, editor de Siwa, la mejor publicación de geografías literarias del orbe. Su respuesta bien vale la muy merecida nota al pie de página que transcribo: “No lo sabía!!!!! Me lo consagraste, ahora sí, como un absoluto ídolo, y con toda razón. Es el sitio donde olvidarse del mundo. El día que se animen a sacar el pasaporte eclesiástico para entrar al Athos (diamonitirion), me dicen y armamos el plan de viaje. No se lo van a olvidar jamás. En la cima del monte mayor del Athos, el Metamorfossi, hay aldeas de monjes iconógrafos. Y hesicastas que viven en la cornisa de la montaña. Si nos hacemos pasar por cristianos ortodoxos, nos integran a los ritos de medianoche. Allí no hay pesos, ni euros, ni dólares. El día empieza a la tarde (calendario juliano), se bebe vino y se comen uvas y nueces. No hay mujeres, salvo la Theothokos. Allí no nace nadie hace mil años. Las sendas te llevan por los monasterios. Si llegás después de las 17.00 horas, cierran las puertas y pasás la noche en el bosque. Si no, te recibe el monje hospedero y te aloja en una celda con vista al abismo”. Por si acaso, ya saben.

[2] Se trata de Adrián Giménez Hutton. El libro se llama La Patagonia de Chatwin. Contiene todas las puteadas (es un decir) que Osvaldo Bayer le lanza al inglés por los libros que le prestó -algunos, asegura, ni siquiera se los devolvió- y con los cuales escribió los fantasiosos capítulos sobre las criminales matanzas de obreros que acontecieron en la Patagonia a principios del siglo XX y que fueron, prolija y militantemente, estudiadas, escritas y publicadas por el propio Bayer.

La muerte de Giménez Hutton fue producto de un accidente aéreo, volaba rumbo a la provincia de Santa Cruz, el mismo escenario de las masacres, el año 2001. Recuerdo siempre este ingrato hecho porque en la aeronave también revistaba Fonrouge, el gran Fonrouge, uno de los más grandes andinistas de la historia argentina. Tuve el gusto de conocerlo cuando mis 17, acudiendo a su casa, donde el mismo me terminó confeccionando mi primera campera de duvet que si bien ya no la uso, es fácil imaginarse porque la conservo.

La chamarra es una tremenda pieza de ropa de montaña, de un color celeste metálico, semeja indumentaria de astronauta, cosida a mano por el propio montañista (Lean una biografía del hombre en http://www.culturademontania.org.ar/Historia/HIS_joseluis_fonrouge.htm).

La campera fue estrenada el invierno del año 1980 en un rocambolesco viaje que hicimos con E. a Bariloche. Casi si quema en otro viaje, esta vez con Fabián Luna y el “negro” Marcos, cuando hicimos noche en una garita policial perdida por algún camino de la provincia de Salta. No recuerdo exactamente donde fue el percance, pero lo que si no me olvido fue que estábamos mateando y tomando ginebra con el sargento y, de repente, la muy inflamable prenda se iba derecho sobre las brasas y todos nos arrojamos sobre ella para salvarla. En Bolivia, ya usaba una campera de plumas de tecnología moderna, menos estruendosa, pero recuerdo que se la presté al Gabo Guzmán cuando subimos al volcán Tunupa.

[3] Sobre la historia, escribí El blues de Chris. Ver https://plumaslatinoamericanas.blogspot.com/2012/11/el-blues-de-chris.html?m=0

 

La rabia


MAURIZIO BAGATIN

“Ho tradito sempre tutti/Tutti mi hanno perdonato/Non l'ho fatto/E mi hanno fucilato”

-Roberto Vecchioni, Tema del soldato eterno e degli aironi-

La destrucción sistemática de la poesía en Yawar Mallku, escena madre de la voluntad de poder piramidal, conservador, brutalmente antipoético, falsamente revolucionario. Y de la obscena dicotomía izquierda-derecha, más vale preguntarnos ¿onomatopeya o literalidad? 

En Aristóteles, la emoción de la rabia tiene los componentes de la venganza y el menosprecio del estatus personal. Así se va demoliendo, revancha de los resentidos, al honesto, al libertario, al bakuniano, al poeta y también al político honrado. Y cómplice una masa donde la política es siempre de demanda y nunca de acción. Serviles, infantiles, tristemente miserables.

“Todos los movimientos políticos que tienen la rabia por impulsor caen en la venganza y la obsesión por el estatus y rango que impide la búsqueda de bienes intrínsecos y no se adapta a una sociedad en la que la reciprocidad y la justicia son valores importantes” (Martha Nussbaum)

La rabia genera el odio, cuando la emoción es estropeada, así en los perros, como la describieron Demócrito y Aristóteles… Raphas es agredir en sánscrito, y lysia es lud, violento, en griego… no como en la construcción del futuro en Gandhi, en Martin Luther King y en Nelson Mandela.

En Bolivia es lo que estamos viviendo hoy. Bellaquerías de los infames, cobardía del poder, nunca enfrentando hombre a hombre, mezquinamente escudándose detrás de un símbolo, de una puerta, del doctorcito altoperuano que no deja de ser ruin, envidioso y traidor. 

Una novela de Carlos Medinaceli, un ensayo de Tristán Marof, una polémica de Franz Tamayo…

1 de abril 2021

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Imagen: Max Beckmann/La noche, 1918-19