Tuesday, December 15, 2015

Araucanía, la historia sin fin

PEDRO CAYUQUEO

El pasado fin se semana la Presidenta Bachelet habló con revista Sábado sobre la situación actual del gobierno y también sobre el conflicto en la Araucanía. “Sí, por supuesto. Voy a ir pronto”, fue su lacónica respuesta al ser consultada sobre una posible visita al sur. Para quien no lo sepa, la Araucanía es la única región donde la mandataria no registra todavía una visita oficial. Y la única del país donde un conflicto interétnico no resuelto amenaza con hacer estallar su ya fragmentada convivencia social. “Voy a ir pronto”, respondió la mandataria. Quizás se refería a las vacaciones y a su casa de veraneo en Caburgua. A estas alturas uno nunca sabe.
No se trata de un tema trivial o de simple protocolo. Si la Araucanía reclama su presencia es porque el conflicto lejos de arribar a una solución, empeora cada día. Y la responsabilidad, seamos claros, es casi exclusiva de La Moneda. Desde la abrupta salida de Huenchumilla y la renuncia del gobierno a un abordaje político, las cosas han ido de mal en peor al sur del Biobío. Protesta social, represión, otro camión quemado para las estadísticas. Acción, represión, acción. Y la espiral de violencia que lejos de terminar se incrementa con cada torpeza gubernamental. Un deja vu del primer gobierno de Bachelet y aquel diálogo de los calabozos en el Bicentenario de la República.
Burgos, cuánta razón la de Huenchumilla, lejos está de comprender el conflicto. Y mucho menos lo peligroso de su evolución. Su ex asesor en La Moneda, Andrés Jouannet, lo convenció que el conflicto chileno-mapuche no existe. Se trataría de simple delincuencia rural, es decir, de habilosos patos malos escudados en la “causa indígena”. A lo más estaríamos en presencia de una “tensión intercultural”, similar a la posible de observar entre peruanos y chilenos en un abarrotado cité de Santiago. Es lo que Jouannet habló al oído a Burgos durante meses. Su esfuerzo fue premiado con la intendencia de la Araucanía. El pasado domingo, en El Mercurio, Jouannet habló largo y tendido de ello. De la delincuencia. Del estado de derecho. Y del conflicto que no existe.
Bastante poco original Jouannet. Libertad y Desarrollo ha defendido por al menos dos décadas la misma tesis. También la derecha con los diputados Edwards y Paulsen como guaripolas. Y ello pese a los informes de tres relatores de la ONU, sendos fallos de la Corte Interamericana y al menos tres informes del INDH. Con todo, que así lo crea la derecha no preocupa mayormente. Si oírlo de Bachelet. “En la Octava y Novena regiones hay violencia pero que es delincuencia. No es un tema ahí de tipo étnico, es otro tipo de temática”, señaló la mandataria en su entrevista con revista Sábado. El diagnóstico de la derecha terrateniente sureña y de cuanto general de zona ha pasado por la Araucanía, hoy en boca de la Jefa de Estado. No aconteció tal cosa ni siquiera con el tándem Piñera-Hinzpeter.
El razonamiento, por sus consecuencias, créanme resulta escalofriante.
Si el conflicto chileno-mapuche no existe, el tema no es político, es de simple seguridad pública. De allí los blindados con los cuales Burgos se fotografió sonriente en Temuco. De allí el “acuerdo público” anunciado en el Senado por Aleuy para el mes de enero y en que participarían “jueces, fiscales y policías”. Nótese los actores del acuerdo. Ninguna comunidad, organización mapuche o sector involucrado en el entuerto. Y es que es obvio; el conflicto chileno-mapuche no existe. Es solo delincuencia, robo de madera y, en último caso, agitación extranjera. ¿Les cabe alguna duda? Lean por favor a Sergio Villalobos. Aprenderán de paso que los mapuche tampoco existen. Jouannet, si bien no lo ha dicho, convencido estoy lo cree a pie juntillas.
Pero –lamentablemente para algunos- los mapuches si existen. Y el conflicto también. Y por cierto la violencia política, fenómeno estudiado entre otros por el historiador Fernando Pairicán, autor de “Malón, la rebelión del movimiento mapuche”. Disponible hace más de un año en librerías, fue el libro que Huenchumilla recomendó al ministro Burgos cuando aún estaba en el gobierno. Mi sospecha es que Burgos nunca lo leyó. O que su comprensión de lectura es bien como las reverendas. El estudio revisa el movimiento mapuche desde los años 80 hasta la actualidad. Y subraya el ascenso de la violencia política como estrategia de lucha de diversos lof y reducciones mapuche. Debiera ser lectura obligatoria en La Moneda.
Y es que el conflicto si existe, es real y ¡vaya si lo saben las víctimas! También es real la violencia política, utilizada como forma de resistencia, autodefensa o bien para llamar la atención del gobierno por diversos grupos. Ello y no otra cosa son los camiones calcinados en la carretera. Un grito. Un mensaje. Un llamado de atención. Negarlo a estas alturas resulta un despropósito. Esta violencia hasta tiene fecha de inicio; 1 de diciembre de 1997. Aquel día, tres camiones madereros fueron emboscados en las cercanías de Lumaco por comunidades en conflicto con Bosques Arauco. Fue el estreno de una vía, de un camino, que desde entonces asumieron también otros. Y que no ha parado. Ni por asomo.
¿Qué llevó a un pueblo pacífico, a una cultura apegada a los protocolos del diálogo y la diplomacia a recurrir a la violencia? En lo personal tengo una teoría; el blindaje de los gobiernos al patrimonio de la industria forestal. He allí la madre del cordero. Hablamos de más de un millón de hectáreas. Y de conflictos interminables que vía represión y encarcelamiento fueron radicalizado hasta el mapuche más diplomático. Pocos han caído en cuenta de la evolución del conflicto; de zonas madereras de Arauco y Malleco a fines de los 90’ a los valles agrícolas de Cautín en la última década. El jamón del sándwich, los parceleros mestizos pobres de Ercilla. Allí están, abandonados a su suerte por el estado y por defensores de la propiedad que siguen distinguiendo víctimas de primera y segunda clase.
El despido de Huenchumilla uno hasta cierto punto lo entiende. Su propuesta, diseñada en 2014, cero posibilidades tuvo en el año de Caval, SQM y el desplome del gobierno en las encuestas. Consideraciones de real politik sellaron la suerte del ex intendente en el gobierno. ¿Es ello condenable de buenas a primeras? En absoluto. De ello también trata el arte de gobernar. De tomar decisiones, impopulares muchas veces. Pero sucede que en la Araucanía hay un tema pendiente que es grave y que se arrastra por más de un siglo. Y que diagnósticos y abordajes equivocados han traído como consecuencia protestas, crímenes, atentados y una convivencia interétnica que en no pocas zonas pende de un hilo.
Es allí donde las consideraciones de real politik, a mi juicio, no caben con la Araucanía. ¿Será consciente Bachelet que renunciar a un abordaje político implica dinamitar la paz social en la región? Hoy la Jefa de Estado nos dice que el conflicto no existe, que es un tema de delincuencia, dejando en manos de la justicia y las policías la resolución del problema. El retroceso en el análisis resulta sorprendente. Y terrorífico. “Hemos retrocedido 20 años en materia indígena”, señaló Huenchumilla en una reciente entrevista. Vaya si tiene razón. Hoy Bachelet y el ministro Burgos son los principales promotores de la violencia en la Araucanía.La negligencia de ambos es la que nos tiene como estamos. Ya es hora que alguien lo diga.

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De LA TERCERA, 15/12/2015

Sunday, December 13, 2015

Esgrima electoral

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

Ideas envenenadas, trapos sucios, no los suficientes, nunca los suficientes  porque los tienen, exhibición de patrañas descaradas, alardes de enormidades en busca de clientes que esperan eso, la enormidad, desplantes, descalificaciones personales disfrazadas de humorada... un proyecto de futuro que se resuelve en estocadas o en mendicidades de cuatro perras, en espectáculo mediático. Solo falta que pongan corredores de apuestas por los bares y los comederos, o mamachichos de concurso guarreras, que eso parece esta carrera por el poder. Y mucho mesianismo y más humo del que mañana no queda ni el recuerdo, cohetes chamuscados, resacones. ¿De verdad que nuestro futuro, si es que lo tenemos, se resuelve en la pista de ese circo? ¿De verdad que hay alguien que postula de verdad el necesario cambio en profundidad que necesita el país? De haber algo medianamente creíble, está en los márgenes de todo eso, pugnando por hacerse oír, representando a verdaderos invisibles que cuentan poco o nada en este rifirrafe, y que ahí seguirán, gane quien gane. No me hago ilusión alguna al respecto. Pocas palabras he oído referidas a un verdadero cambio de régimen, como si la palabra «República» estuviera proscrita, y otras con ella.
Decía hace unos días el escritor Txema Arinas que «los españoles no tienen ideologías, tienen fobias. Por eso en España no se discute, sino que se arremete». Ilustraba sus palabras con el célebre cuadro, atribuido a Goya, «Riña a garrotazos» en el que dos gigantones, hundidos hasta la rodilla en la tierra o en el barro, eso a gustos, se acometen con sus garrotas bajo un cielo tormentoso. En el barrizal estamos y con la garrota debajo de la almohada, o el cirio procesional del cambio frailuno, que viene a ser lo mismo. ¿Y el cielo? Tormentoso, aunque más para unos que para otros. Si pensamos en que los guías intelectuales del paisanaje están en los programas de televisión «de debate» o «sociedad», que ven hasta los que dicen no ver, no queda más remedio que sostener que la afición a la gallera o a la astracanada de barraca de feria es mayoritaria, que los chulapos y los desvergonzados atraen, seducen y sus ideas o lo que tengan se compran con gusto. Parece mentira que millones voten, a sabiendas, a mentirosos probados y a corruptos, pero es verdad, una lastimosa verdad. Por no decir que se acepta de buen grado que las promesas y fantasías de la esgrima electoral están para incumplirlas y no pasa nada, que eso forma parte del espectáculo, de sus sesión continua.
Por seguir con la caza de citas, hace poco decía Julio Anguita que los responsables de poner a corruptos y a ladrones, atrapados con las manos en la masa, en el gobierno de la nación, son sus votantes que admiten de buen grado tenerlos en situación de seguir haciendo de un país un negocio propio, un negocio sucio. Con los neo-fascistas de Rivera, el que se fotografió brazo en alto y luciendo emblemas franquistas, pasa lo mismo. El país tiene querencia de caudillos y caudillajes, de mano dura (¿más?), de mordaza y punto en boca, de orden, como si no lo hubiera, de unidad jacobina que encubre el prietas las filas. El paisanaje que vota por ese país férreamente clasista y autoritario de cara más o menos hosca (en su publicidad), lo hace movido bien por la peligrosa identidad con las consignas puestas en juego, bien por el inveterado rencor que suscita quien se pone en contra o por el desprecio de los excluidos a quienes se quiere recluidos en su gueto, condenados a extinguirse una vez usados. Al que alborozado ve la llegada de una primavera de banderas victoriosas vestida de Armani no le sirven los parlamentos ni el juego democrático porque en el fondo no cree mucho en ellos, salvo que los suyos tengan la mayoría absoluta o formen una tenaza que reduzca al silencio a la oposición. Así la patria, ese último refugio de los canallas, está a salvo. En cambio, si la mayoría la tiene el enemigo, la democracia peligra, se hunde, llega el Apocalipsis y hay que pactar de forma que quede excluido, arrinconado. ¿Un nuevo tiempo? Sería deseable, basta saber si las urnas son herramienta suficiente.

*** Artículo publicado en los periódicos del Grupo Noticia, 13.12.2015
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De VIVIRDEBUENAGANA (blog del autor), 13/12/2015

Saturday, December 12, 2015

El populismo y sus últimas pataletas

JOSÉ CRESPO ARTEAGA

Extraordinaria: te vamos a extrañar Cristina” fue sólo cosa de dos. Parece que había corrido el rumor de que la viuda se sentía más sola que nunca en su palacete rosado y mucho más después de gemir a los cuatro vientos que el pérfido Macri la había maltratado por teléfono por el asunto de la transmisión de mando. Ella toda generosa y sensible hasta se había preocupado de ordenar que plantaran flores amarillas (el color de los macristas) en los jardines de la residencia de Olivos como gesto de bienvenida al nuevo inquilino. Pero el caballo ganador no había estado preparado para trotes elegantes sino que quería entrar como el caballo de Atila, pisoteando todo a su paso. 

Enterado de todo ello, el emperador de las 36 naciones partió raudo al rescate de la dama mancillada en su honor, tal como se lo vio este miércoles bien pegado a su lado, mientras la arrugada reina patagónica explicaba a sus acólitos y simpatizantes que había llegado el momento de la despedida. Como Su Excelencia no tenía nada que hacer en Bolivia (otros dicen que se largó, como siempre, para escapar del escándalo del Fondo Indígena que sigue supurando pus por todas partes), se hizo invitar a la inauguración del busto del finado Néstor Kirchner, ya que le encanta romper cantaritos y cortar cintas cuando se estrenan coliseos o mingitorios dentro de sus revolucionarias labores de estadista, que han trascendido fuera de las fronteras a tal punto que Cristina lo llamó urgentemente para que le ayudara a levantar el trapo que cubría la flamante estatuilla depositada en el ilustre “salón de los hombres justos”, justamente porque el tuerto Kirchner había sido muy justo en señalar el camino de cómo incrementar al menos ocho veces el patrimonio familiar desde que eran un pobretones gobernadores de provincia.

O tal vez son los extraordinarios rendimientos de su faceta de “abogada exitosa” que gusta recalcar la señora en su palmarés personal. Como sea, inmortalizar a su marido fue el último acto como jefe de gobierno, mientras sus cortesanos propalaban la infausta noticia de que el opositor Macri, coludido con fiscales y jueces, estaba efectuando un mini “golpe de estado” en su afán de sentirse presidente desde las cero horas del jueves 10 de diciembre y no desde las 12: 00 de ese mismo día que la presidente saliente pensaba trasmitir el bastón de mando. Entretanto, de acuerdo a fuentes kirchneristas se temía que el caos se apoderara del país en ese lapso, ya que no habría presidente alguno. Pudieron llamar a la AFA para que presidiera el país futbolero pero coincidentemente también se encontraba en medio del escándalo de su propia sucesión. Pero sin duda, doña Cristina se ha ganado un lugar en la historia al contagiar su histeria al siempre flemático Macri, en la pulseta infantil que ambos sostuvieron estos días por el lugar en que se debía efectuar el traspaso de poder. Como al parecer hay un vacío legal sobre estos menesteres, se sugiere que para la próxima vez se tome el juramento presidencial al pie del Obelisco para que quepan hasta las hinchadas de Boca y River. Y todos contentos. Che, qué desconsideración con las delegaciones extranjeras que hasta último momento no sabían a dónde debían enviar a sus representantes. Lo sufrió el rey de España como lo sufrió el emperador plurinacional. Auténtica América Latina del disparate.

Como los estertores de la aventura populista ya han comenzado por Argentina, hay fuertes signos de que el resto de regímenes va a correr la misma suerte. Se viene claramente un efecto dominó en toda la región. Maduro ha sufrido una humillante derrota en las recientes elecciones legislativas y no se sabe a ciencia cierta con qué triquiñuelas querrá aferrarse hasta el último día de su mandato; quizá saldrá con los pies por delante o en calidad de momia descompuesta como el comandante supremo. Dilma Rousseff, con la popularidad por los suelos se aferra al último trazo de legitimidad que le queda luego del pavoroso escándalo de corrupción en Petrobras y afronta el riesgo de ser destituida por vía constitucional; con ella muere el lulismo y entierra la opción de retorno del patriarca Lula. En Ecuador, el cacique Correa recula en sus intenciones de perpetuarse porque habrá olido que se viene la resaca económica y querrá hurtar el bulto hasta nuevo aviso; en el ínterin quiere asegurarse de dejar el terreno preparado para su vuelta pero las condiciones podrían cambiar irremediablemente.

Aseguran que Evo Morales es la excepción, que sus dotes de eximio estadista han blindado al país contra los embates de la crisis regional,  afirman sus áulicos y propagandistas. Y sacan a colación argumentos como la estabilidad política y monetaria, la industrialización y la modernización del país, el crecimiento nunca visto de la economía y demás etcéteras que nos están conduciendo por el camino del primer mundo, capitaneados, cómo no, por el insuperable liderazgo de S. E., que de no ser reelegido otra vez el país corre el riesgo de sumergirse en las tinieblas, en la larga noche neoliberal. Que si retorna la derecha será peor que el Armagedón, es la punta de lanza de la campaña del miedo que está emprendiendo el régimen masista.


Precisamente esa campaña a toda máquina, denota el nerviosismo de los jerarcas que ven con preocupación el ejemplo argentino y venezolano, atribuyéndole al imperialismo norteamericano como gestor de la “oleada contrarrevolucionaria” que amenaza con acabar con estas bellas revoluciones de verde esperanza. “O se profundiza los procesos desde los procesos o retornará la derecha cavernaria” resaltó categórico ayer no más el vicepresidente Linera, uno de los principales teóricos del marxismo-cantinflismo (que estuvo de boga especialmente en Venezuela según un columnista de aquel país), luego de haberse reunido con su camarilla de dirigentes de los movimientos sociales para “reflexionar profundamente” y no cometer los mismos errores, dicen. A pesar de las bienaventuranzas que nos cantan en televisión, a pesar de que la popularidad de S.E. permanece casi intacta (su halo de divinidad que le protege de los escándalos de corrupción); sin embargo, las recientes encuestas muestran que la población está mayoritariamente en contra de la reelección y el porcentaje de indecisos es muy bajo, lo cual no augura que la tendencia se vaya a revertir. Definitivamente, soplan vientos de cambio en el continente y el referendo de febrero pondría la puntilla para el masismo en sus abyectas aspiraciones de atornillarse al poder. A menos que el tribunal electoral haga otra vez de las suyas como nos tiene acostumbrados, aún con nuevos actores.

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De EL PERRO ROJO, blog del autor, 11/12/2015

Friday, December 11, 2015

El último bandolero

ANDROS LOZANO

“Nos veremos donde acaba la vereda. Saldré en tu busca…”.

Sus palabras de días atrás resuenan en tu cabeza mientras caminas montaña arriba por la sierra de Grazalema. Son casi las 12 del mediodía de este pasado lunes. Asciendes solo a la sombra de centenares de pinos, alcornoques y abetos. Un buitre leonado sobrevuela tu cabeza como un vigía. La exigencia del terreno, escarpado y resbaladizo por la humedad, hace que pronto falte el aire y sobre ropa de abrigo. Tras patear durante media hora por algún punto inconcreto de esta serranía gaditana escuchas varios silbidos. Proceden de más arriba, aunque eres incapaz de ubicarlos. Al cabo de 30 segundos resuenan los ladridos de varios perros, esta vez mucho más próximos. Aunque no le ves, entiendes que el hombre al que buscas anda cerca.
—¡¡¡Antonio!!! -dices hacia ninguna parte en voz alta, y el eco hace que tu voz se propague por la montaña.
Ahora los perros ladran con mayor intensidad. Una pitbull recién parida, irrumpe tras un recodo de un sendero corriendo hacia ti. Le siguen otros dos, sin raza, mucho más pequeños.
—No te preocupes, sólo van a olerte -afirma una voz todavía sin rostro.
Levantas la mirada que dirigías a la perra y, de repente, surgido de la nada, aparece Antonio, el hombre cuyo rastro has seguido desde que fue capturado aquella primavera de 2011 tras mantenerse prófugo durante un lustro, el condenado al que sólo pudieron apresarlo desplegando 70 guardias civiles, perros rastreadores y un helicóptero.
Ahora, a cuatro metros de ti, de nuevo prófugo y en busca y captura, se aproxima empuñando una gruesa cuerda con la que amarra a Titán, otro pitbull, el de seguridad.
—Hola, amigo -te dice mientras te estrecha la mano derecha.
—Eres el último bandolero andaluz, ¿verdad? -preguntas tú.
—Sí, ese dicen que soy.
Por fin. Acabas de conocer a Antonio Manuel Sánchez, al forajido que hace 16 meses, sin delitos de sangre en su historial delictivo, volvió a lanzarse al monte huyendo de la ley, al igual que ya hizo en 2006 y como antaño, siglos atrás, lo hicieron José María Hinojosa El Tempranillo o Juan José Mingolla Pasos Largos, nombres míticos del bandolerismo de la sierra andaluza.
Ahora, delante de ti, prófugo por segunda vez, te parece un reflejo distorsionado y empeorado del chico joven y guapo que a mediados de abril de 2011, sólo unos días después de su última detención, te mostró su madre en retratos de la mili. Sin embargo, su figura aún te parece imponente con su 1,86 de altura, sus 85 kilos, su ropa de camuflaje, su gorro de cacería y esa barba canosa de una semana que él mismo se rasura a filo de navaja.
Este hombre de 44 años, que ha vuelto a fugarse de la cárcel para de nuevo echarse al monte con su morral al hombro y sus armas de caza -una lanza para matar jabalíes y un cuchillo punzante- ya no tiene ningún diente en la encía superior, y en la inferior el ardor de años de heroína, cocaína y marihuana le ha arrebatado todas las muelas, salvo una.
—Aquí me tienes. Hablemos mientras caminamos.
Y habláis. Durante dos horas. Tú y este fugitivo que no se despoja de su chaqueta de camuflaje salvo para mostrarte que debajo lleva una cazadora de cuero negro, un polar del mismo color y una camiseta con la bandera de Suecia. Dice que va tan abrigado porque aquí es la única forma de combatir el frío del invierno que cada noche, mientras duerme en una tienda de campaña hecha a mano con remiendos de plástico, muerde sus carnes entre aullidos de lobos y peñascos que se desprenden. Pero ni siquiera tanto trapo le ha servido para librarse de ese ruido de pecho, ese borboteo que de vez en cuando escuchas y que le acompaña desde hace dos meses.
Conversáis a solas, con la mera compañía del canto de la naturaleza y de algunos gemidos lastimosos de Titán, al que ha amarrado al tronco de un árbol. Más arriba en la montaña, en los escondites y cuevas que no te quiere mostrar por temor a que le delates, guarda algunos machetes y hachas que la Guardia Civil no logró recuperar pese a peinar la zona después de capturarle.
Este bandolero del siglo XXI cuenta que tiene amaestrados a sus cuatro perros, a los que, al alba o al caer la noche, cuando más se mueven los animales, utiliza para cazar venados y puercos que luego asa a fuego de leña. También para ahuyentar a las visitas incómodas. Así, día tras día, sobreviviendo en soledad, sin contacto con ningún ser humano. Todo por no volver a ninguna prisión, donde vio asesinatos, violaciones de chavales, narcoteo, corrupción… Donde dejó de funcionarle la cabeza.
—A Titán lo comparo con un león por el cuerpo que tiene. Que se atrevan los guardias a venir a apresarme, que lo lanzo para que se los coma.
La primera vez que Antonio se echó al monte fue a principios de 2006. Habiendo pasado encarcelado 14 años e instalado por aquel entonces junto a su madre en la casa de Benamahoma que heredaron de la abuela muerta, Antonio recibió la notificación de un juez para que volviera a prisión. La razón: un robo con fuerza cometido en 2002 en Oviedo, con el que se costeó los picos que calmaron su mono durante un permiso carcelario de fin de semana. Pero Antoñito, así le llamaba su adorada yaya Ana, se fugó a la montaña, que tan bien conocía por su abuelo, cazador furtivo.
Como ahora, instalado en la sierra, asilvestrado y trabuco en mano, asaltó a senderistas, atemorizó a cazadores y a guardas de cortijos, encañonó a una pareja de guardias civiles, le acusaron de dar un palo a punta de escopeta en la gasolinera de El Bosque y se alimentó de animales salvajes. Antes de volver a ser detenido, pensó que jamás pisaría otra chirona, que ya había purgado lo suficiente entre rejas desde los 19 años que entró en Puerto I (Cádiz) hasta los 33, cuando salió de la penitenciaría asturiana. Pero le apresaron en 2011.
Caminando junto a ti, sintiéndose libre en su amada montaña, Antonio, al que apodaron El Lute de Cádiz, te explica que hace un año y cuatro meses, cuando cumplía el tercer grado en un centro evangelista de Carmona, Sevilla, se escapó un día de visitas. Se lo ordenó, promete, el demonio que recorre su sangre.
—Me amenazaron con que iba a volver a la cárcel y ni lo pensé, me fugué.
Antonio explica que ese día de septiembre de 2013, el de su última huida, hizo a pie la mitad del camino hasta Benamahoma, unos 60 kilómetros. Y que no iba sólo, que le acompañaba su prima hermana Samanta, la mujer a la que dice amar y la madre de su hija, Libertad, una cría de cuatro años que padece de espina bífida y no puede caminar, la niña de sus ojos a la que no puede ver ni tocar pese a tenerla ahí, a sólo unos kilómetros de su guarida, en la casa familiar de Benamahoma. Quizás lo pueda hacer si aguanta oculto en este monte otros 20 meses, el tiempo que le restaba pasar recluido cuando escapó de Carmona.
Mientras le escuchas, recuerdas vivamente que era Samanta, Sami, la menor de 14 años que apareció encamada con Antonio en una tienda de campaña el día que le apresaron, cuando, sin saberlo, ya estaba preñada de dos meses. La misma que tiempo atrás le regaló a este lobo solitario que te habla entre recuerdos y divagaciones un corazón de fieltro rojo con un “Te quiero”.
—¿Te arrepientes de haberte vuelto a fugar?
—Claro, pero mi cabeza no tiene lógica. No reacciono como la mayoría. Llevo media vida encarcelado o huyendo. Y todo sin cometer delitos de sangre. Ya he pagado bastante por mis pecados. He sido un loco animal, quillo, he llevado el demonio dentro. Pero ya no. Sólo quiero vivir en paz, sin molestar a nadie.
Antonio conversa clavándote la mirada, que, a menos de un metro de distancia, te parece la de un hombre alicaído y enfermo por la hepatitis y los brotes de esquizofrenia. Sin dejar de fumar pitillos con tabaco de liar, alguno mezclado con la maría que él mismo cultiva, de su boca escuchas la biografía de alguien que de bien chiquito ya apretó a fondo el acelerador de la vida quinqui.
Este bandolero que tienes enfrente nunca tuvo padre, salvo el que le engendró. A los 10 años él y su madre, Antonia, se trasladaron de Benamahoma a Sevilla para que ella sirviera en una casa. A los 12, cuando ya pasaba más tiempo en la calle que en su colegio del barrio de La Macarena, se hizo amigo de un gitanillo un año menor que él, Antoñito Leiva Jiménez. Fue él quien le invitó a su primera papela de heroína. Se la esnifó.
Luego vendrían sirleos de bolsos a turistas, cocaína, metanfetaminas, más robos a punta de navaja o alunizajes con coches robados, los picos en vena, los porros y la venta de droga, y su primera entrada en prisión, a los 17, en Sevilla I. Fueron sólo unos días, aunque dice que le sirvieron para conocer el infierno en la tierra. Pero al salir no frenó. En sólo dos años volvió al talego, de donde no salió hasta que tuvo la edad de Cristo.
Padece hepatitis y brotes de esquizofrenia. “He sido un loco animal; ya sólo quiero vivir en paz”, dice tras 14 años de cárcel.
El resto de su vida es una montaña rusa llena de giros y caídas en picado. A los 33, cumplida su condena, se fue a Talavera de la Reina en busca de María del Pilar, una cocainómana con la que se casó en 1999 en la cárcel de Salamanca sólo para poder tener vis-à-vis con ella con mayor frecuencia. El reencuentro duró apenas medio año. Luego se cobijó en Benamahoma junto a la mamá y la yaya, muy enferma.
Hasta los 37, Antonio compaginó su adicción a las drogas con trabajos esporádicos de peón de albañil. Hasta que un juez volvió a tocar a su puerta y decidió lanzarse al monte por primera vez. Le capturaron cerca de cumplir los 42 acusado de dar un palo en la gasolinera El Bosque, escopeta en mano. Y ahora, en este preciso instante, en busca y captura desde hace 16 meses, te muestra su lanza, su puñal hecho a partir de una lima, las cuerdas que guarda en su morral y las marcas en su tripa de cortes de navaja, el recuerdo de todas las veces que le quisieron matar en la cárcel, a la que debía tres años de condena cuando se fugó de Carmona.
—¿Tienes miedo de que te vuelvan a coger?
—Mucho. No quiero volver al talego. Ni mi cuerpo ni mi mente lo superarían. Estoy colapsado de todo lo que vi allí. Pero no tengo incertidumbre. Si me cazan, me quitaré la vida dentro de prisión.
Antonio te lo cuenta haciendo el gesto de ahorcarse. Y tú le crees. Piensas que el último bandolero andaluz, el condenado que hasta dos veces se ha echado a la sierra burlando el cerco de la Justicia, está convencido de suicidarse si vuelve a chirona.
Son las dos de la tarde. Hasta aquí dura nuestro encuentro en el monte. Tras despedirse estrechándote la mano, ves a Antonio enfilar un sendero como una sombra sibilina. Y recuerdas esa frase que te ha dicho poco antes de marcharse: “Llevo toda mi vida buscándole sentido a la palabra ‘libertad’, pero aún no se lo he encontrado”.
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Publicado en PERIODISMO NARRATIVO EN LATINOAMERICA, 02/05/2015 (De EL MUNDO, España)

Imagen: "El Lute de Cádiz"

Wednesday, December 9, 2015

Follar una japonesa

JORGE MUZAM

Han cortado algunos árboles en el huerto. Maquis y acacias que no dejaban entrar el sol hasta la ventana donde mi abuela ve pasar sus últimos años. 

El sol pareció animarla y salió al patio a dar instrucciones a los trabajadores. Me pidió incluso cambiar de sitio algunas flores. Ya satisfecha de su labor y de la luminosidad recobrada, ha vuelto a sus lecturas y teleseries.

Comienza la tarde y me encierro en la biblioteca de mi abuelo, frente a un computador con exceso de archivos y rodeado de varios miles de libros viejos. Cada día dejo un montón sobre el escritorio que apenas alcanzo a hojear. Carezco del entusiasmo de otras épocas donde lo único que quería era que el día tuviese 48 horas para alcanzar a conocer todo lo escrito por el hombre. Como ven, desde entonces y quizá mucho antes ya era un iluso. Pocas novelas importantes he terminado en mi vida. 

Hoy complemento mis lecturas en papel con las virtuales. Gran parte de los libros que siempre quise leer y que busqué con tanto ahínco los tengo ahora en mis archivos digitales. Lo mejor de la literatura japonesa, norteamericana, latinoamericana. Perec, Gombrowicz, Houellebecq, Ribeyro, Richard Ford, Oé y miles más. Es una colección inútil al fin y al cabo, porque aunque sólo me dedicara a leer no alcanzaría a cubrir ni el 1%. Pero qué colección no es inútil (antes de los diez años coleccionaba recortes de estrenos de películas, luego junté cajas de fósforos, chapas de cerveza, cadáveres de insectos, monedas antiguas, mujeres desnudas, piedras vulgares, estampillas, calendarios de bolsillo, historietas y libros y más libros, todo lo cual lo perdí en el camino)

Los días vuelan a ras de piso. Las nubes parecen estar en huelga. Aún queda uva en los parrones y uno que otro higo seco.

Ya empiezo a acostumbrarme a la sensación del nido vacío. El odio y el desdén con que me han atacado mis seres queridos, partiendo por mi ex mujer, parecen suficientes para enjuiciarme en Nuremberg. A ojos de ellos soy culpable de todos los males de la historia humana. La injusta complejidad moderna y yo nunca nos entendimos. Qué quieren que haga. Yo no construí este sistema que nos quiere mantener postrados como basura esclava, basura ciega, basura sin voluntad. No lo acepto y no lo aceptaré nunca. 

Que escriba, que tenga talento, que sea uno de los mejores narradores modernos, ¡puaj! No les importa en lo más mínimo. Yo no ayudé a crear toda esa mierda aspiracional. No va conmigo. Soy un salvaje y me cago en  todas sus ostentaciones sin sentido y en sus putos dioses y códigos. No me culpen de toda esa basura moderna para recubrir sus propias culpas. Ni la montaña fue a Mahoma ni Mahoma fue a la montaña. Así fueron las cosas. Lo más divertido es que  para intentar herirme me cambiaron por un hombrecito insignificante con vocación de perro faldero, un quiltrito adulador al que tienen que mantenerlo, una mierdecita que me impreca escondiéndose detrás de las faldas, un mediocre en el amplio sentido de la palabra.

Sé lo que valgo y sigo adelante. No hay nada en el mundo que pueda detenerme, nada que pueda influenciarme o redireccionarme. Soy sólo yo, soy libre, soy el odiado y amado Muzam, un toro salvaje enfocado en el precipicio, un verdadero hombre. 

Me queda poca vida. No pretendo llegar a viejo. Debo ser muy selectivo con mi escaso tiempo. Aun debo terminar cinco novelas, leer todo Philip Roth, Steinbeck, Richard Ford, Kenzaburo, Pound, Xinjgian, ver el cine de Bergman y follar una japonesa. 

En las noches, tras acostarme, suelo cabalgar por Mongolia, bajo cielos violeta, cazando reyes y kanes, burlón como siempre, con legiones persiguiéndome, hasta cruzar nadando el Amu Daria para reencontrarme con mi amada japonesa. A veces le reviento el culo a un magnate turista o le hago olas a la alfombra de un primer ministro visitante. Y bebo vino, cómo no, bebo vino para saciar la sed y el hambre y la rabia y también para seguir soñando. El inconsciente se adelanta, se reacomoda y me escamotea el despertar. Desde ahora erraré por el mundo. Un ronin. Un hijo de puta. Un arrogante. El peor y el mejor de todos.

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De CUADERNOS DE LA IRA, 10/12/2013

Imagen: Katsushika Hokusai/El sueño de la mujer del pescador

Tuesday, December 8, 2015

Viajera de cien años

OSVALDO BAIGORRIA

"La obediencia es la muerte”, escribía Alexandra David-Neel (1868-1969) en su primer libro, A la vida,  publicado por el geógrafo anarquista Eliseo Reclus en 1898. “Y la mejor fuente de la juventud está en la actividad intelectual y en los viajes”, reiteró hasta su partida final un mes antes de cumplir los 101, ya conocida como la mayor experta europea en budismo tibetano y por haber viajado durante décadas por el continente asiático sobre rutas desconocidas para Occidente, llegando a la inaccesible ciudad de Lhasa cuando estaba estrictamente prohibido el ingreso de extranjeros.
Nacida en París, criada en Bélgica desde los 4 años, residente en Londres en su juventud, cantante de ópera en Indochina, amiga de círculos libertarios, existencialistas, teosóficos y feministas, Alexandra tuvo la suerte de encontrar un marido como Philip David-Neel, ingeniero de cuantiosos recursos que no sólo aceptó que su mujer partiera sola en 1911, siete años después de casarse, sino que financió buena parte de sus periplos a través de regiones habitadas por bandidos, tigres, lobos, leopardos y refugiados del hambre y de la peste. Pacifista, ella siempre llevaba un revólver escondido entre sus ropas, por las dudas.
Con la ayuda de Yongden, un lama tibetano de 16 años que adoptó legalmente, tardó tres años en entrar a Tíbet desde China a lomo de caballo; descubierta como extranjera, fue expulsada en menos de dos semanas. Luego se instaló en Corea, Japón y también en el monasterio de Kumbum, hoy dentro de China, donde vivió dos años y medio levantándose a las tres de la madrugada para meditar, estudiar y traducir al francés clásicos tibetanos y sánscritos. El segundo intento fue a pie. Vestida como oriental, el pelo teñido de negro y con la ayuda de su hijo adoptivo, durante cuatro meses cruzó ríos y montañas a veces con la nieve hasta las rodillas, pasó semanas casi sin comer, durmió en cuevas congeladas, con las suelas de los mocasines destrozadas por las rocas después de una caminata de 44 días. Se hospedó entre bandoleros y cazadores que la creían un chamán o médium capaz de hacer curaciones y milagros. Con ellos aprendió a dormir profundamente sobre pisos de tierra, a comer carne con gusanos, a sonarse la nariz con los dedos y a actuar como una tibetana. Por fin entró a Lhasa mezclada con miles de aldeanos que acudían a las fiestas de Año Nuevo a esa ciudad construida a 3.500 metros de altura.
En esa cumbre del mundo se quedó en 1924 junto a su hijo y servidor Yongden, casi siempre de incógnito, con su condición de mujer europea disimulada bajo los ropajes del peregrino, en las calles, en tiendas de campaña, en hogares donde pudo refugiarse. Descubierta por algunos lamas, su conocimiento del idioma y las creencias locales le permitieron ser tolerada por un tiempo. Pero enferma de artritis, gripe, tosiendo sangre y con miedo de tener tuberculosis, tuvo que retirarse hacia el sur y se refugió en la casa de David McDonald, agente de comercio británico que fue el primer occidental en escuchar la historia de ese viaje extraordinario.
Luego de reponer energías y recibir más dinero que le envió su marido, tras una década y media de ausencia volvió a París. Allí comenzó a escribir los libros que la hicieron célebre, entre ellos Magia y misterio en Tíbet, y sobre todo Mi viaje a Lhasa, su larga crónica de exploración y autobiografía espiritual que tuvo nueve ediciones francesas en sólo dos años, además de unos treinta libros sobre budismo y artículos sobre cultura india y tibetana.
Pero Alexandra volvió a sentir el llamado del camino nuevamente en la década del 30. “La aventura es la única razón de mi existencia”, decía. Viajó a China con intención de volver a Lhasa justo cuando estaba comenzando la invasión japonesa y terminó varada en el pueblo tibetano de Tachienlu, ocupado por los chinos, durante toda la Segunda Guerra Mundial. Su marido murió en 1941, y le dejó una herencia con la que se compró una mansión en Digne, al sur de Francia, donde se instaló en 1946. Su hijo adoptivo murió en el ’55; ella vivió catorce años más. Trabajó escribiendo y traduciendo incluso cuando sus piernas ya no la sostenían, leyendo con la ayuda de una lupa. Según sus biógrafos Barbara y Michael Foster, a un médico que le aconsejó usar anteojos cuando tenía 97 años le dijo: “Doctor, ¿a usted le parece que a esta edad necesito ponerme lentes?”.
A fines de la década del 60, Alexandra David-Neel era una leyenda viviente a la que acudían estudiosos del budismo, periodistas y hippies en viaje a India o Tíbet, a los que aconsejaba: “Ir con poco dinero a esos países es una falta de respeto para los mendigos nativos”. Continuaba escribiendo y practicando yoga incluso postrada en un sillón de su casa de Digne, rodeada de máscaras y estatuas tibetanas, atendida por su secretaria y casi enfermera Marie-Madeleine Peyronett. Se encontraba trabajando en una biografía de Mao cuando largó el último aliento. En la madrugada del 8 de septiembre de 1969 su asistente la escuchó susurrar, como si su mente estuviera cambiando de itinerario en sueños: “Estoy en Marsella y quisiera ir a Pekín”.

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De PERFIL, 21/11/2015

Friday, December 4, 2015

Punta Arenas, ciudad fantasma

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

Punta Arenas, la ciudad más austral del continente americano, antes de la isla de Tierra de Fuego, es, en otoño, cuando empieza a soplar el viento del estrecho de Magallanes, una ciudad que resulta fantasmal. Allí llevan a los jubilados internacionales, turistas del lujo, a visitar el cementerio, cosa que estos hacen acoquinados –menos una pareja de japoneses que se reía a todo reír de la variada oferta de panteones… tal vez porque su muerte no es la nuestra, a saber–. Es una ciudad de puertas cerradas más que abiertas, de múltiples devociones religiosas, de vida de guarnición, que a pesar de los negocios petroleros y ganaderos, ya fue, aunque los grandes buques del Pacífico sigan amarrando, todo luces en la noche, en su puerto de brumas.
Por Punta Arenas ya pasó la furia del sindicalismo libertario, los crímenes impunes de la patronal, las pesquisas de los naturalistas y antropólogos, los alardes del poder omnímodo de los estancieros rastacueros, la ferocidad de los pistoleros que exterminaron indios onas y yamanas, la codicia iluminada de los buscadores de oro, el miedo de los fugitivos de la Europa de las guerras que pensaban que allá lejos, en la remota Patagonia, iban a rehacer su vida o cuando menos esconderse, como aquel apostador ful de frontón que esperaba encontrar olvido para sus trapisondas hasta que llamó en busca de refugio a la puerta de una chabola azotada por el viento y el agua que cae como cuerdas, para que se la abriera un pelotari de su mismo pueblo con una buena estaca en la mano.
Punta Arenas es una ciudad fantasma, con bancos, oficinas a medio gas y mucho negocio de aventura: Es una cuadrícula de calles cuyos habitantes humildes tienen una notable afición a la brujería doméstica, a vivir de las supercherías, cuando no pueden hacerlo de los pingüinos de la isla Dawson, pero también es una ciudad de charlatanes inveterados que cuentan y recuentan leyendas improbables protagonizadas siempre por tipos fuera de lo común, bajo cuyas huellas fue la patraña andante de Bruce Chatwin, el ídolo de la bobaliconería internacional, para construir al cabo otros personajes, otras leyendas, las suyas propias, improbables, al cabo, recreadas por sus lectores, como la del hotel Ritz donde se hospedó el mítico autor y donde me juraba mi barquero de Caronte, al tiempo que aporreaba la puerta, que allí habitaba una echadora de cartas experta en navegaciones que le había echado las cartas al viajero y le había visto envuelto en una nube de humo. Temí que me pasara lo mismo, por eso nos fuimos hacia el muelle y las luces de una marisquería providencial a por los ostiones y las centollas y el vino blanco de Urmeneta. 
Punta Arenas es una ciudad que tiene mucho de decorado de película con miga y poco presupuesto acerca de la soledad, el apartamiento y la desdicha del que está en donde no debe, y en donde a ciertas horas pálidas de la noche o del atardecer austral que todo lo pinta de índigo, el único signo de vida parece ser el silbido del viento, como sucede en Las Encantadas que pintó Melville. Una cuadrícula por la que con pasos indecisos van a la deriva marineros chinos que buscan tugurios donde beber y fornicar, barloventeadores y vagamundos varios para quienes el mundo es ancho y el «¡Nada más que la tierra!» un grito de dandys fules, del tarot del humo. Es una ciudad de paso y una ciudad en la que toda espera es desasosiego.
Nada como caminar a la deriva por la cuadrícula de Punta Arenas para olvidar a Darwin y a Antoine de Saint-Exupery, para olvidar los libros leídos y los barcos fantasmas y para preguntarse qué demonios hacemos ahí, zarandeados por el viento helado del estrecho de Magallanes cuando el cielo es tan bajo que podríamos tocarlo y el agua aparece blanquecina y azul oscura, cerrada al fondo por lo picos nevados de la cordillera Darwin, al regreso de Puerto de Hambre, donde acabó enterrado el padre de Gauguin y también otros muertos más modestos, marinos sin fortuna, náufragos sin nombre, loberos, buscadores de oro, bandidos de identidad trucada, cuyos nombres tejen una historia de busca y mala suerte. 
Pocas cosas como dejarse llevar en la noche por un impostor austral, a tomar un pisco sauer, en la taberna donde se escucha a Marlene Dietrich cantar «Muss I denn», en compañía de un insólito traficante de armas —cortas de defensa, largas de caza, munición: dijo, dijo, mientras bebía recio—, encoletado, empendientado, añoso como uno mismo, pacifista para la ocasión, antibelicista, demasiado rabioso para mi gusto, y con un negociante en fósiles ligados más o menos al Milodón o a otros bichos improbables —el naturalismo es un buen negocio cuando de la teatral y muy bella pacotilla nerudiana se trata—, vendedor para la ocasión de lápidas funerarias de prestigio adheridas a la historias de naufragios, que te cuenta de tesoros enterrados, allí por Fuerte Bulnes, asociados a ceremonias mágicas de la noche de San Juan y a las estrellas de la nebulosa de Magallanes, eso si la noche es clara, porque si no lo es, nada como una sirena en el corazón de la niebla para echarte a la garganta la necesidad de partir.
En el mercadeo callejero de Punta Arenas, al peso de romanas de colorines, junto a los jureles y las centollas más muertas que vivas, puedes comprar relatos para el resto de tu vida. Ese viaje, para quien escribe o para quien sueña, merece la pena. Vaya que sí.

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Artículo publicado en el diario ABC, el 4.9.2003. 
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De EL SECRETER DEL INDIANO (Hemeroteca y Archivo del autor)