Thursday, May 31, 2012

Cronista con armas de escritor

Por: Juan Cruz
Veamos: esto es periodismo. No son columnas, aunque sean columnas; no son comentarios, aunque sean comentarios. Y son artículos, aunque no sean artículos. Pero no son sino crónicas, es decir, periodismo, la esencia del oficio, lo que sólo pueden escribir los buenos periodistas, lo que se hace a partir de lo que ocurre, no de lo que se nos ocurre.


Roberto Arlt es periodismo. La frase clásica de Eugenio Scalfari, fundador del diario La Repubblica de Italia, "Periodista es gente que le dice a la gente lo que le pasa a la gente", se ajusta a la perfección a este periodismo que Roberto Arlt hace antes de que las imágenes distorsionaran la realidad haciéndonos creer que una instantánea es una fotografía.


Arlt es un periodista, sin otra literatura; un cronista, nada menos, un tipo que ve pasar el tiempo y lo apresa, lo hunde en el suelo y lo somete a interrogatorio. Carlos Fuentes suele citar a Platón al hablar de la eternidad: cuando la eternidad se mueve la llaman tiempo. Y cuando se detiene, y es periodismo, no es otra cosa que crónica. Nada menos.


Periodismo es literatura. Decía Manuel Vicent, otro columnista que hace periodismo en sus columnas, que el periodismo del siglo XX es literatura; y lo decía ante unos estudiantes de periodismo Antonio Muñoz Molina. Dos narradores, dos periodistas. La ficción es su apoyo, e incluso su sustento, pero el periodismo es su sustancia, y cuando hacen periodismo tienen a la literatura como la columna vertebral. Pero no hacen literatura cuando hacen periodismo. Hacen periodismo, que es literatura.


Pueden decirlo, y pueden hacerlo. Como Roberto Arlt. Arlt lo hacía. En este conjunto de crónicas, El paisaje en las nubes , los editores han conseguido poner a disposición de nuevas generaciones periodísticas un elemento que ya les resultará insustituible para su formación como periodistas, y como escritores. Han rescatado el periodismo inolvidable que a veces se oculta en las hemerotecas, y lo han puesto a disposición de las librerías. Un libro insoslayable, un tesoro, un puñado de historia contada con la pasión de un inventor y de un poeta que dispone lo que pasa como si fuera un manjar de todos los sabores.


Han editado un tesoro. Como dice Ricardo Piglia nada más comenzar su prólogo, "El estilo de Arlt es un gran estilo". Como quería el español Azorín para el estilo, éste no se nota, fluye, avanza hacia el lector como si lo que lee ya hubiera sido escrito. Esa fluidez tiene un mérito mayor: Arlt no escribe su autobiografía sino sus ocurrencias. Lo que narra es lo que viene en los cables, lo que ve, lo que sucede, y lo aborda, como decía el poeta, "sin vuelo en el verso", al primer toque, a favor de la comprensión y no a favor de la metáfora, sin barroquismos, esencialmente, y además como si lo escribiera sin otro esfuerzo que el natural de la mano. Y esa evidencia de que no hubo esfuerzo es la evidencia de que detrás está el trabajo de la inteligencia literaria, capaz de simplificar lo complicado, de estrujarlo hasta que se parece a las metáforas.


La metáfora, que es una esencia indispensable de este tipo de periodismo, está ahí, pero es el conjunto; Arlt no cuenta por fuera, cuenta por dentro; se asombra al tiempo que asombra, no juega con ventaja, ofrece datos, tiene en cuenta las cuatro o cinco reglas básicas del periodismo. Y uno sale de él, de lo que escribe, sabiendo. Y aunque ha pasado el tiempo, el lector que ahora tiene (y que tendrá) este volumen saldrá de aquí sabiendo más no sólo de Arlt, de su dramatismo, de su humor, de su periodismo, sino de lo que ocurrió. Es historia, porque es periodismo, y es literatura porque queda, se posa. No es un pájaro, es un reptil sabio, vuela por donde huele.


Hallará claves de su manera de adivinar lo que iba a pasar con la novela, con Europa, con la escritura, con la guerra, con Argentina. Murió a los 42 años, cuando el siglo tenía su edad, en medio de una guerra a la que asistía asustado por la estupidez que llevó al poder a Hitler, cuya violencia imbécil tiñó de sangre Europa. Algunas de las columnas de Arlt se leen hoy como los ejercicios que un mago es capaz de hacer para convertir el periodismo en futurología. Y ahora se leen esas adivinaciones con el asombro intacto con que debieron leerse en la época en que fueron publicadas.


Dice Piglia: "El periodismo busca el dramatismo en la noticia, y las crónicas de Arlt dramatizan la exigencia de escribir, la obligación de encontrar algo que decir. El cronista es quien –para decirlo así– inventa la noticia. No porque haga ficción o tergiverse los hechos, sino porque es capaz de descubrir, en la multitud opaca de los acontecimientos, los puntos de luz que iluminan la realidad. En nadie es tan clara la tensión entre información y experiencia".


Ese es el asunto: información, experiencia. Arlt está, literalmente, al pie de los teletipos, de los cables, éstos ofrecen noticias que a veces son incomprensibles, por incompletas o por extraordinarias. Y Roberto Arlt es un cronista, sabe que tiene el poder de parar el tiempo y poner su foco sobre un suceso que a otros les pasaría desapercibidos, acaso porque no disponen, como él, de la intuición poética que le resulta imprescindible a un cronista para imaginar que lo que ve no es lo que parece.


Información más experiencia es igual a cultura; detrás de las crónicas de Arlt está la cultura, y por tanto está el humor, que son dos fenómenos que convierten en relativo todo lo que pasa. Para reírse de algo, uno tiene que conocerlo, saber que solemnes hay dos o tres cosas, la muerte y la vida, y acaso el amor. Y si tan sólo eso es solemne, riámonos un poco de casi todo lo demás.


A él le tocó, además, afrontar un tiempo en que los hombres caían una y otra vez en la estupidez de la guerra, la primera, la española, la segunda..., y tuvo claro siempre, sobre todo en la española y en la última Gran Guerra, de qué lado estaban sus metáforas.


Tanto en la española como en la Segunda Guerra Mundial pasaban dramas y también pasaban anécdotas, y a veces la anécdota le daba la sustancia del drama. Es memorable esa crónica que escribe sobre el hombre que va al ABC –el diario monárquico español, en ese momento en manos republicanas, y llamado entonces Abc Diario Republicano de Izquierdas, dirigido por un cronista canario, Elfidio Alonso Rodríguez– con un anuncio en el que anuncia la pérdida de una perrita foxterrier.


En medio de los dramas del mundo, en medio de los bombardeos de Madrid, este hombre expresa en un anuncio su desolación por el extravío de su mascota... No era un reproche: era un asombro; Arlt, como buen cronista, no acusa, expone, utiliza las armas de la realidad de los sucesos para destacar su perplejidad, pero son los lectores los que han de dictaminar.


Y él se dirige a los lectores: muchas de sus crónicas comienzan buscando perentoriamente su atención; él no es el cronista solitario, él es el cronista con lectores; los busca, los encuentra, son la esencia de su trabajo, sin ellos no tiene espejos.


He leído estas crónicas fascinantes con algunas sombras benéficas bajo las cuales he experimentado a lo largo de los años idéntico regocijo lector. La primera de todas esas sombras, una que es cada vez más alargada, la del mexicano Jorge de Ibargüengoitia (una selección de cuyas columnas sabias acaba de publicar en España Javier Marías en su colección Reino de Redonda, con prólogo excelente de Juan Villoro, un cronista excepcional también). Ibargüengotia sigue la misma dinámica de Arlt: observa, escarba, escribe; él es protagonista de sus crónicas tan sólo como es protagonista un espejo del rostro que ve, y como Arlt utiliza sabiamente los materiales que encuentra para alimentar a su vez el espejo que han de ver los lectores. Las de Ibergüengoitia, más que las de Arlt, son crónicas humorísticas, acaso porque el mexicano (muerto también prematuramente, pero en 1983, cuarenta y un años después que un infarto doblegara a su colega argentino) vivió en medio de una paz amparada por la Guerra Fría, aunque viviera en medio del olor de napalm de la guerra de Vietnam y de los tambores hirientes de la plaza de Tlatelolco.


Lo cierto es que el tiempo de Arlt no estaba para bromas y el de Ibargüengotia permitía algunas, sobre todo a un tipo como él.


Pero ni uno ni otro hicieron crónicas de ocurrencias, no utilizaron su espacio para la primera sangre sino para la guerra entera. Decía Rubén Darío (y lo recoge Rose Coral, la editora del volumen en el que se recopilan las crónicas de Arlt): "Hoy, y siempre, un periodista y un escritor se deben confundir. Sólo merece la indiferencia y el olvido aquel que, premeditadamente, se propone escribir, palabras sin lastre e ideas sin sangre". Y añadía Darío como si estuviera presintiendo libros como este (o como los de Ibargüengoitia): "Muy hermosos, muy útiles y muy valiosos volúmenes podrían formarse con entresacar de las colecciones de los periódicos la producción, escogida y selecta, de muchos, considerados como simples periodistas".


Palabras sin lastre, ideas sin sangre. Lo que Arlt escribía tenía el peso de una pluma que no sólo miraba los cables, o los sucesos; miraba detrás del espejo, lo rompía, caminaba sobre los trozos y extraía tesoros donde los demás hubieran visto tan solo basura. La basura, es decir, ese elemento cósmico llamado a desaparecer en la basura de la eternidad, es lo que alimenta la imaginación de Arlt, lo que le da destino a su prosa, que hoy sigue existiendo porque apresaba en un puño lo que no cabría en un puño.


Y en todo caso estas crónicas cumplen con esa regla de la que Juan Villoro le habló una vez a Ricardo Piglia (y lo recoge también Rose en su documentadísimo prefacio): Las crónicas que en verdad importan (decía Villoro) "no tienen la urgencia del presente ni ocupan un espacio del presente, sino que en cierta forma posponen sus lectores".


Sí, aquí estamos, leer ahora estos sucesos contados por Arlt nos introducen en una novela nueva, que es por otro lado una realidad que nos asalta como si estuviera ocurriendo de nuevo. Somos los lectores de entonces siendo los lectores de ahora, y el milagro que supone este trastoque de tiempos sólo es posible gracias al buen periodismo.


A veces se pregunta uno, leyendo sobre todo a los grandes cronistas, y a Arlt, por supuesto, pero sobre todo a los grandes cronistas anglosajones y a otros (Martin Amis, entre otros, o Enrique Vila-Matas, que a veces parece anglosajón, o a Juan José Millás, que es un cronista especial) aun en la actualidad, por qué los lee uno de principio a fin sea cual fuere el asunto que traten.


Hay en este volumen algunas muestras que, en el caso de Arlt, resultan ejemplos fascinantes de por qué eso es posible. Y yo pondría en altísimo lugar esa crónica que titula "La vida extraña de Lilian Valerie Smith que simulaba ser un coronel británico", una tierna, despiadada y conmovedora historia humana en las que están juntos todos los elementos de que disponía Arlt para hacer imprescindible su lectura, de arriba abajo. La crónica sobre la penuria de los escritores españoles nos produce, ahora, un enorme regocijo; o por qué la intendencia no contrata a un flautista; o la noticia de que en Kansas las mujeres se ponen los pantalones... Enumerar (decía Guillermo Cabrera Infante, que fue también un extraordinario cronista, como lo es Tomás Eloy Martínez, o como lo es Alma Guillermoprieto, como lo son Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, como lo es Carlos Monsiváis) es una manera de subrayar, y yo me pasaría los días y las noches subrayando este libro maravilloso que baja de las nubes el periodismo y lo pone a aprender, otra vez, que dos y dos son cuatro, y que contar no es sino un privilegio de los buenos cronistas. Rabia da tener que escribir de Arlt en pasado desde hace tanto tiempo.


Revista Eñe (Argentina), 23/05/2012


Imagen: Roberto Arlt

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