Friday, February 9, 2024

Perpetuo: vigencia de Victor Serge


SUSAN SONTAG

 

¿Cómo explicar la oscuridad de uno de los héroes éticos y literarios más imponentes del siglo XX: Victor Serge? ¿Cómo dar cuenta de la desatención de El caso Tuláyev, una novela maravillosa que sigue siendo redescubierta y olvidada de nuevo desde su publicación, un año después de la muerte de Serge en 1947?
     ¿Será porque ningún país puede reclamarlo? “Un exiliado político de nacimiento”: de ese modo Serge (nombre real: Victor Lvovich Kibalchich) se describía a sí mismo. Sus padres eran opositores a la tiranía zarista que habían huido de Rusia a comienzos del decenio de 1880, y Serge nació en 1890 “por azar en Bruselas, por los caminos del mundo”, según cuenta en Memorias de mundos desaparecidos [Memorias de un revolucionario], escritas en 1942 y 1943 en la ciudad de México, donde, como paupérrimo refugiado de la Europa de Hitler y huyendo de los asesinos de Stalin, transcurrieron sus últimos años. Antes de México Serge había residido, escrito, conspirado y hecho propaganda en seis países: Bélgica, en su primera juventud y de nuevo en 1936; Francia, reiteradamente; España en 1917, donde adoptó el seudónimo de Serge; Rusia, la patria que vio por primera vez a comienzos de 1919, a los 28 años de edad, para unirse a la revolución bolchevique; y Alemania y Austria al mediar los años veinte, por asuntos del Komintern. En cada país su estancia fue provisional, llena de privaciones y conflictos, amenazada. En algunos, terminó con la expulsión de Serge, proscrito, obligado a reanudar su viaje.
     ¿Porque no fue un escritor —según el modelo popular— comprometido de modo intermitente en la lucha y la política partidista, como Silone, Camus, Koestler y Orwell, sino un activista y agitador de toda la vida? En Bélgica militó en el movimiento de las Juventudes Socialistas, una rama de la Segunda Internacional. En Francia fue anarquista (del llamado género individualista), y a causa de los artículos en el semanario que codirigía, en los cuales expresaba algo de simpatía por la notoria banda Bonnot tras la detención de los malhechores (a Serge nunca se le imputó complicidad alguna), y a su negativa a convertirse en informante tras su propia detención, fue condenado a cinco años de reclusión incomunicada. Luego de su puesta en libertad, en Barcelona los anarcosindicalistas españoles lo desilusionaron por su renuencia a intentar hacerse con el poder. De vuelta a Francia, fue recluido quince meses a finales de 1917, esta vez (según la orden de detención) por “indeseable, derrotista y simpatizante bolchevique”. En Rusia se afilió al Partido Comunista, luchó en el sitio de Petrogrado durante la guerra civil, se le comisionó el examen de los archivos de la policía secreta zarista (y escribió un tratado sobre la opresión estatal), encabezó la unidad administrativa del comité ejecutivo de la Tercera Internacional —comunista—, participó en sus tres primeros congresos y, afligido por la creciente barbarie del gobierno en la recién consolidada Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, logró que el Komintern lo enviara al extranjero como organizador y propagandista en 1922. (En esta época no había más que unos cuantos miembros extranjeros autónomos del Komintern, el cual era, de hecho, el Departamento de Exteriores, o de la Revolución Mundial, del Partido Comunista ruso.) Después del fiasco revolucionario en Berlín, y de una ulterior temporada en Viena, Serge volvió en 1926 a la URSS ya regida por Stalin y se afilió oficialmente a la Oposición de Izquierda, la coalición de Trotski, del cual había sido aliado desde 1923: se le expulsó del partido a finales de 1927 y se le detuvo poco después. En suma, Serge iba a sufrir más de diez años de cautiverio por sus consecutivos compromisos revolucionarios. Se les presentan problemas a los escritores que ejercen otra profesión más ardua de tiempo completo.
     ¿Porque —a pesar de todas estas distracciones— escribió mucho? La hiperproductividad no está tan bien vista como antaño, y Serge fue excepcionalmente productivo. Sus escritos publicados —casi todos actualmente agotados— son siete novelas, dos volúmenes de poesía, una recopilación de cuentos, un diario postrero, sus memorias, unos treinta libros y panfletos políticos e históricos, tres biografías políticas y centenares de artículos y ensayos. Pero hubo más: una memoria del movimiento anarquista francés anterior a la Primera Guerra Mundial, una novela sobre la revolución rusa, un breve poemario y una crónica histórica del segundo año de la revolución confiscados en su totalidad cuando al fin se le permitió a Serge abandonar la URSS en 1936 y a consecuencia de haber presentado ante la Glavlit, la censura literaria, una solicitud de salida de sus manuscritos —nunca se han recuperado—, así como muchísimos materiales archivados en lugar seguro pero aún inéditos. En todo caso, es probable que su carácter prolífico le haya sido desventajoso.
     ¿Porque la mayor parte de lo que escribió no pertenece a la literatura? Serge comenzó a escribir narrativa —su primera novela, Los hombres en la cárcel— cuando tenía 39 años. Lo precedían más de veinte años de dedicación a obras especializadas de valoración histórica y análisis político y a una profusión de brillante periodismo político y cultural. Se le suele recordar, si acaso, como un valeroso disidente comunista, un clarividente y asiduo opositor de la contrarrevolución de Stalin. (Serge fue el primero en denominar a la URSS Estado “totalitario”, en una carta que escribió a unos amigos en París la víspera a su detención en Leningrado, en febrero de 1933.) Ningún novelista del siglo XX contaba con algo parecido a sus experiencias insurgentes directas, a su íntima relación con los dirigentes que hicieron época, a su diálogo con intelectuales políticos fundacionales. Había conocido a Lenin: la esposa de Serge, Liuba Rusakova, fue la estenógrafa de Lenin en 1921; Serge había traducido El Estado y la revolución al francés; y escribió la biografía de Lenin poco después de su muerte en enero de 1924. Estuvo cerca de Trotski, aunque no se reunieron de nuevo hasta el destierro de éste en 1929; Serge iba a traducir La revolución traicionada y otros escritos últimos y, en México, donde Trotski lo había precedido como refugiado político, a colaborar con la viuda en su biografía. Antonio Gramsci y Georg Lukács estuvieron entre sus interlocutores, con los que debatió, cuando todos vivían en Viena en 1924 y 1925, acerca del giro despótico que la revolución había dado casi de inmediato, bajo Lenin. En El caso Tuláyev, cuya trama épica es el asesinato que perpetró el Estado estalinista de millones de fieles al partido así como de casi todos los disidentes en los años treinta, Serge escribe sobre un destino que él mismo, de modo inverosímil, eludió por muy poco. Las novelas de Serge han sido admiradas sobre todo en su calidad de testimonio; de polémica; de inspirado periodismo; de narrativa histórica. Es cómodo subestimar los frutos literarios de un escritor cuya obra no es literaria en su mayor parte.
     ¿Porque no hay literatura nacional que pueda reclamarlo cabalmente? Cosmopolita vocacional, dominaba cinco lenguas: francés, ruso, alemán, español e inglés. (Parte de su infancia transcurrió en Inglaterra.) Por su narrativa ha de ser considerado un escritor ruso, si se tiene en cuenta la extraordinaria continuidad de las voces rusas en la literatura, cuyos predecesores son Dostoyevski, el Dostoyevski de Memorias de la casa muerta Los demonios, y Chejov, y cuyas influencias contemporáneas fueron los grandes escritores de los años veinte, sobre todo Boris Pilniak, el de El año desnudo, Yevgeny Zamiatin e Isaac Babel. Pero mantuvo el francés como su lengua literaria. La copiosa producción de Serge como traductor fue del ruso al francés: obras de Lenin, Trotski, el fundador del Komintern Grigori Zinoviev, la revolucionaria prebolchevique Vera Figner (1852-1942), cuyas memorias relatan sus veinte años de reclusión incomunicada en una prisión zarista, y, entre los novelistas y poetas, Andrei Biely, Fiodor Gladkov y Vladimir Maiakovski. Y todos sus libros los escribió en francés. Un escritor ruso que escribe en francés: eso implica que Serge sigue ausente, incluso como nota al pie, de las historias de la literatura rusa y francesa.
     ¿Porque siempre se politizó su dimensión de escritor literario, fuera cual fuere, es decir, se percibió como una proeza moral? La suya fue la voz de una recta militancia política, un prisma paulatinamente reducido por el cual vemos el cuerpo de una obra que ejerce sobre nuestra atención otros reclamos no didácticos. A finales de los años veinte y durante los treinta, fue un escritor muy publicado, al menos en Francia, con una corte pequeña pero ferviente: una corte política, desde luego, sobre todo de credo trotskista. Pero en los últimos años, luego de que Trotski lo excomulgara, esa corte lo abandonó ante las predecibles calumnias de la prensa del Frente Popular prosoviético. Y las posiciones socialistas que Serge adoptó tras llegar a México en 1941, un año después de que el verdugo enviado por Stalin asestara un pioletazo a Trotski, parecían a sus restantes partidarios indistinguibles de las socialdemócratas. Más aislado que nunca, boicoteado por la izquierda y la derecha en la Europa occidental de la posguerra, Serge, el ex bolchevique, ex trotskista y anticomunista, siguió escribiendo: casi siempre para la gaveta. Sí publicó un libro breve, Hitler contra Stalin, participó con un camarada español exiliado en una revista política (Mundo) y colaboró con regularidad en unas cuantas revistas extranjeras; sin embargo —a pesar de los empeños de admiradores tan influyentes como Dwight Macdonald en Nueva York y Orwell en Londres por encontrarle un editor—, dos de las últimas tres novelas de Serge, los últimos cuentos y poemas y sus memorias permanecieron inéditos en todos los idiomas hasta después, casi siempre muchos decenios después, de su muerte.
     ¿Porque en su vida hubo demasiadas dualidades? Fue un militante, un reformador del mundo hasta el final, lo cual lo convirtió en anatema de la derecha. (Aunque, como anotó en su diario en febrero de 1944, “los problemas ya no tienen la hermosa simplicidad de antaño: era provechoso vivir de antinomias como socialismo o capitalismo”.) Con todo, era un anticomunista con luces suficientes para inquietarse porque los gobiernos estadounidense y británico no habían comprendido que la meta de Stalin después de 1945 era apoderarse de toda Europa (a costa de una tercera guerra mundial), lo cual, en una época de amplias propensiones soviéticas y anti-anticomunistas entre los intelectuales de Europa Occidental, volvió a Serge un renegado, un reaccionario, un belicista. “Todos los enemigos adecuados”, señala la vieja expresión: Serge tuvo demasiados enemigos. En cuanto ex, y luego anti, comunista, nunca hizo penitencia suficiente. Lo deplora pero no se arrepiente. No ha renunciado a la idea de un cambio radical en la sociedad a causa de las consecuencias totalitarias de la Revolución Rusa. Para Serge —hasta aquí coincide con Trotski—, la revolución fue traicionada. No sostiene que desde el comienzo se tratara de una ilusión trágica, de una catástrofe del pueblo ruso. (Pero ¿lo habría afirmado si hubiera vivido una década o más incluso? Es probable.) Por último, fue un intelectual activo de toda la vida, lo que pareció estropear sus méritos como novelista, y fue un vehemente activista político, lo que tampoco daba realce a sus virtudes narrativas.
     ¿Porque siguió hasta el final identificándose con un revolucionario, vocación hoy día tan desprestigiada en el mundo próspero? ¿Será porque, de un modo inverosímil, persistió en albergar esperanzas… aún? “Atrás queda —escribió en 1943 en Memorias de mundos desaparecidos— una revolución victoriosa descaminada, diversos intentos de revoluciones abortadas y masacres tan abundantes que provocan un cierto vértigo.” Y sin embargo Serge declara que “aquellos fueron los únicos caminos posibles para nosotros”. Y reitera: “El porvenir se me presenta lleno de posibilidades más grandes que las que entrevimos en el pasado.” Sin duda esto no podía ser cierto.
     ¿Porque, a pesar del cerco y la derrota, su obra literaria se rehusó a llevar la esperada carga melancólica? Su carácter indomable no resulta tan atractivo para nosotros como el de una impresión más angustiada. En su narrativa Serge escribe sobre los mundos en los que ha vivido y no sobre sí mismo. Es una voz que evita los consabidos tonos de la desesperación, el arrepentimiento o la perplejidad —tonos literarios, como suele entenderlos la gente—, aunque la propia situación de Serge fuera cada vez más apremiante. Ya en 1947 intentaba con desesperación salir de México, donde le estaba prohibida toda actividad política por las condiciones de su visado, y, puesto que uno estadounidense era inconcebible a causa de su afiliación al Partido Comunista en los años veinte, pensaba volver a Francia. Al mismo tiempo, incapaz de no sentirse interesado, estimulado, dondequiera que estuviese, creció su fascinación hacia lo que observaba de las culturas indígenas y el paisaje en diversos viajes por el país, y había comenzado un libro sobre México. El final fue lamentable. Desarrapado, desnutrido, cada vez más aquejado de angina de pecho —que empeoró a causa de la altitud de la ciudad de México—, sufrió un infarto en la calle a altas horas de la noche, llamó un taxi y murió en el asiento posterior. El conductor lo depositó en una comandancia de policía: transcurrieron dos días antes de que su familia supiera lo que había sucedido y pudiera reclamar el cuerpo.
     En suma, nada hubo, nunca, de triunfal en su vida, en la del eterno estudiante menesteroso y en la del militante en fuga, salvo que se exceptúe el triunfo de su inmenso talento y aplicación de escritor; el triunfo de sus convicciones firmes y su astucia, y por ello su incapacidad para estar en compañía de los fieles, los crédulos cobardes y los meramente ilusionados; el triunfo de la incorruptibilidad así como de la valentía, y por ende el de un sendero solitario y distinto al de los mentirosos, los aduladores y los arribistas; el triunfo, a mediados de los años veinte, de haber tenido razón.
     Porque tuvo razón se le ha castigado como narrador. La verdad de la historia deja fuera la verdad de la narrativa, como si estuviésemos obligados a elegir.

···

¿Será porque su vida estuvo tan saturada del drama histórico que ensombreció su obra? En efecto, algunos de sus más fervientes defensores han afirmado que la mejor obra literaria de Serge fue su propia vida tumultuosa, repleta de peligros, insobornable. Algo semejante se ha afirmado de Oscar Wilde, que no pudo resistirse a la agudeza masoquista: “Todo el genio lo dedico a mi vida; sólo el talento a mis obras.” Wilde estaba en un error, y así también este elogio a Serge. Como suele ser el caso de la mayoría de los escritores cardinales, los libros de Serge son mejores, más sabios y más importantes que la persona que los escribió. La creencia contraria desdeña a Serge y las preguntas fundamentales —¿Cómo debemos vivir? ¿Qué sentido puedo darle a mi vida? ¿Cómo se puede mejorar la de los oprimidos?— que honró con su lucidez, su rectitud, su valor, sus derrotas. Si bien es cierto que la literatura, sobre todo la literatura rusa del siglo XIX, es la casa de esas preguntas, tener por literaria una existencia vivida a su amparo resulta cínico, o meramente filisteo. Sería denigrar la moral y la literatura. Y la historia también.
     Los lectores actuales de Serge tienen que situarse en una época en la cual la mayor parte de la gente aceptaba que el curso de sus vidas estaba determinado por la historia más que por la psicología, por las crisis públicas más que por las privadas. Fue la historia, un momento histórico determinado, lo que orilló a los padres de Serge a salir de la Rusia zarista: la ola represiva y el terrorismo de Estado causados por el asesinato de Alejandro II que cometió Narodnaya Volya (La Voluntad del Pueblo), la rama terrorista de un movimiento populista, en 1881. El científico y padre de Serge Leon Kibalchich, en ese entonces oficial de la Guardia Imperial, pertenecía a una agrupación militar que simpatizaba con las exigencias de los narodniki (populistas) y apenas eludió el fusilamiento cuando el grupo fue descubierto. En su primer refugio, Ginebra, conoció a y se casó con una estudiante radical de San Petersburgo originaria de la pequeña nobleza polaca, y la pareja hubo de pasar el resto del decenio, en palabras de su hijo, exiliado político de segunda generación, viajando “en busca del pan cotidiano y de las buenas bibliotecas… entre Londres (el Museo Británico), París, Suiza y Bélgica”.
     La revolución estaba en el centro mismo de la cultura del exilio socialista en cuyo seno había nacido Serge: la esperanza quintaesenciada, la intensidad quintaesenciada. “Las conversaciones de los adultos se referían a procesos, a ejecuciones, a evasiones, a los caminos de Siberia, a grandes ideas constantemente puestas en tela de juicio, a los últimos libros sobre esas ideas.” La revolución fue la tragedia moderna. “Había siempre en las paredes, en nuestros pequeños alojamientos azarosos, retratos de ahorcados.” (Uno de los retratos habrá sido, sin duda, el de Nikolai Kibalchich, pariente lejano de su padre y uno de los cinco conspiradores condenados por el asesinato de Alejandro II.)
     La revolución implicaba peligro, riesgo de muerte, prisión probable. La revolución implicaba sufrimientos, privaciones y hambre. “Me parece que si, cuando tenía doce años, me hubieran preguntado: ¿qué es la vida? (y yo me lo preguntaba a menudo), habría contestado: no sé, pero veo que quiere decir pensarás, lucharás, tendrás hambre.”
     Y así fue. La lectura de las memorias de Serge permite volver a una era que en la actualidad parece muy remota a causa de sus energías introspectivas, sus búsquedas intelectuales apasionadas, sus códigos de inmolación y sus esperanzas inmensas: una era en la que chiquillos de doce años de padres cultivados podían normalmente preguntarse “¿Qué es la vida?” El temperamento de Serge no era, para la época, precoz. Fue la cultura hogareña de sucesivas generaciones de voraces lectores idealistas, entre ellos muchos procedentes de países eslavos; digamos que los hijos de la literatura rusa. Firmes creyentes en la ciencia y el desarrollo humano, iban a suministrar las tropas a muchos movimientos radicales del primer tercio del siglo XX; e iban a ser utilizados, desilusionados y traicionados y, si de casualidad vivían en la Unión Soviética, ejecutados. En sus memorias Serge relata algo que su amigo Pilniak le dice en 1933: “No hay un solo adulto pensante en este país que no haya pensado que podía ser fusilado.”
     A partir del final de los años veinte, el abismo entre la realidad y la propaganda aumentó drásticamente. Fue el clima de opinión que llevó al valeroso escritor rumano Panait Istrati (1884-1935) a considerar la retirada de su veraz crónica de una estancia de dieciséis meses en la Unión Soviética en 1927 y 1928, Hacia otra llama [Rusia al desnudo], por orden de su poderoso patrocinador literario francés Romain Rolland, la cual, cuando en efecto se publicó, impugnaron todos sus otrora amigos y partidarios en el mundo literario; y que condujo a André Malraux, en calidad de editor de Gallimard, a rechazar la contenciosa biografía de Stalin del ruso Boris Suvarin (1895-1984, nombre verdadero: Boris Lifchitz) porque perjudicaba la causa republicana española. (Istrati y Suvarin, amigos íntimos de Serge, formaron con él una suerte de triunvirato de escritores francófonos extranjeros que, desde finales de los años veinte, se arrogaron el ingrato papel de denunciar desde la izquierda —y por ello prematuramente— lo que estaba acaeciendo en la Unión Soviética.) Para muchos que vivían en el mundo capitalista desolado por la Depresión, parecía imposible no sentir afinidad con la lucha de este enorme país atrasado por mantenerse y crear, según sus objetivos manifiestos, una sociedad nueva fundada en la justicia económica y social. André Gide era poco florido cuando escribió en su diario en abril de 1932 que habría sido capaz de morir por la Unión Soviética: “En el abominable trance del mundo actual, el nuevo plan de Rusia me parece ahora la salvación. ¡Nada puede persuadirme de lo contrario! Los argumentos miserables de sus enemigos, lejos de convencerme, hacen que me hierva la sangre. Y si mi vida hiciera falta para asegurar el éxito de la URSS, la ofrendaría de inmediato… como lo han hecho ya, y lo seguirán haciendo, muchos otros, y sin distinguirme de ellos.”
     En cuanto a lo que en verdad estaba sucediendo en la Unión Soviética en 1932, así es como comienza Serge “El hospital de Leningrado”, un cuento escrito en México en 1946 que se anticipa a la narrativa de Solzhenitsyn:

En 1932 estaba viviendo en Leningrado… Eran tiempos oscuros, de escasez en las ciudades y hambre en los pueblos, de terror, de asesinatos secretos y persecución de los administradores de la industria y los ingenieros, los campesinos, los clérigos y todos los que se oponían al régimen. Yo pertenecía a la última categoría, lo cual quería decir que en la noche, incluso en las profundidades del sueño, nunca dejaba de estar atento a los ruidos en la escalera, a los pasos ascendentes anunciando mi detención.

En octubre de 1932 Serge escribió al Comité Central del Partido solicitando permiso para emigrar; le fue denegado. En marzo de 1933 se le detuvo de nuevo y después de un tiempo en la Lubyanka se le condenó al exilio interno de Orenburg, un pueblo inhóspito en la frontera entre Rusia y Kazajastán. La difícil situación de Serge fue objeto de inmediatas protestas en París. En el Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, una reunión estelar celebrada en París en junio de 1935, presidida por Gide y Malraux, y clímax de los esfuerzos ideados por el Komintern para movilizar a los escritores no afiliados y progresistas en defensa de la Unión Soviética —precisamente cuando el programa de Stalin para incriminar y ejecutar a todos los miembros supervivientes de la vieja guardia bolchevique se estaba llevando a cabo—, algunos delegados plantearon “el caso de Victor Serge”. El año siguiente Gide, que estaba a punto de emprender, con séquito, un viaje triunfal por la Unión Soviética al que se le había dado suma importancia propagandística, se entrevistó con el embajador soviético en París para solicitar la liberación de Serge. Rolland, a su vuelta de una visita de Estado a Rusia, presentó el caso ante el propio Stalin.
     En abril de 1936 se llevó a Serge (con su hijo adolescente) de Orenburg a Moscú, se le despojó de la ciudadanía soviética, se le reunió con su esposa, en delicada condición psíquica, y su hija pequeña y a todos se les puso en un tren a Varsovia: el único caso durante la era del Gran Terror en que un escritor fue liberado (es decir, expulsado de la Rusia soviética) a resultas de una campaña foránea de apoyo. Sin duda contribuyó considerablemente que el ruso nacido en Bélgica fuera tenido por extranjero.
     Después de llegar a Bruselas a finales de abril, Serge publicó una “Carta abierta” a Gide en la revista francesa Esprit, en la que agradecía su reciente intervención ante las autoridades soviéticas para intentar la recuperación de sus manuscritos confiscados y en la que evocaba algunas de las realidades soviéticas sobre las cuales Gide acaso no se enteraría durante su visita, como la detención y asesinato de muchos escritores y la supresión absoluta de libertad intelectual. (Serge ya había buscado alguna relación con Gide a principios de 1934, al enviarle una carta desde Orenburg acerca de sus conceptos comunes sobre la libertad en la literatura.) Los escritores pudieron reunirse en secreto varias veces tras el regreso de Gide, en París en noviembre de 1936 y en Bruselas en enero de 1937. Las entradas de estas reuniones en los diarios de Serge ofrecen un profundo contraste: Gide es el entendido consumado, el maestro sobre el que había descendido el manto del Gran Escritor, y Serge el adalid de las causas perdidas, itinerante, empobrecido, en riesgo permanente. (Desde luego, Gide era cauteloso con Serge: de su influencia, de dejarse extraviar.)
     La escritora francesa de aquel periodo al que Serge sí se parece —en la severidad de su rectitud, en su dedicación incesante, en su convencida renuncia a la comodidad, las posesiones y la seguridad— es su más joven contemporánea y compañera de militancia política, Simone Weil. Es más que probable que se hubieran conocido en París en 1936, poco después de la liberación de Serge, o en 1937. Desde junio de 1934, justo después de su detención, Weil había estado entre los responsables de mantener vigente “el caso de Victor Serge” protestando directamente ante las autoridades soviéticas. Compartían un amigo íntimo, Suvarin; ambos escribían con regularidad en la revista sindicalista La Révolution próletarienne. Trotski conocía bien a Weil —una noche, a los 25 años de edad, había sostenido un debate cara a cara con Trotski durante la breve visita de éste a París en diciembre de 1934, cuando Weil dispuso que usara un apartamento de sus padres para una reunión política clandestina— y figura en una carta dirigida a Serge de julio de 1936 como respuesta a la recomendación de que ella colaborara en la nueva revista que Serge pretendía fundar. Y durante los dos meses a finales del verano de 1936 en que Weil fue voluntaria en las Brigadas Internacionales que luchaban en pro de la República española, su enlace político principal, al que vio a su llegada a Barcelona, fue el disidente comunista Julián Gorkin, otro amigo íntimo de Serge.
     Los camaradas trotskistas habían sido los defensores más activos de la liberación de Serge, y mientras Serge daba en Bruselas su adhesión a la Cuarta Internacional —como se denominaba a la liga de partidarios de Trotski— sabía que la propuesta del movimiento no era una alternativa viable a las doctrinas y prácticas leninistas que habían llevado a la tiranía estalinista. (Para Trotski, el crimen consistía en que se estaba ejecutando a la gente equivocada.) A su partida de París en 1937 le siguió una disputa manifiesta con Trotski que, desde su reciente exilio mexicano, denunciaba a Serge como anarquista encubierto; por respeto y afecto, Serge se negó a rebatir el ataque. Impávido ante la calumnia de ser tenido por un renegado, un traidor a la izquierda, publicó más tratados y opúsculos a contracorriente acerca del destino de la revolución desde Lenin hasta Stalin, y otra novela, Medianoche en el siglo (1939), situada casi siempre en un pueblo remoto parecido a Orenburg cinco años antes y al cual habían sido deportados los miembros perseguidos de la oposición de izquierda. Es sin duda la primera descripción en una novela del Gulag, o con más propiedad GULAG, el acrónimo del vasto imperio penitenciario interno cuyo nombre oficial en ruso se traduce como Administración General de Campos. Medianoche en el siglo está dedicado a los camaradas del partido radical más honorable de la República española, el disidente comunista —es decir, antiestalinista— Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), cuyo dirigente, Andreu Nin, ejecutado por agentes soviéticos en 1937, era otro amigo íntimo de Serge.
     En junio de 1940, tras la ocupación alemana de París, Serge huyó al sur de Francia, y finalmente llegó hasta el refugio que estableció el heroico Varian Fry que, en nombre de una agrupación privada estadounidense llamada Comité de Rescate Urgente, auxilió a unos dos mil estudiosos, escritores, artistas, músicos y científicos a encontrar una salida de la Europa de Hitler. Allí, en un castillo a las afueras de Marsella que sus residentes y visitantes —entre los que estaban André Breton, Max Ernst y André Masson— bautizaron Espervisa, Serge continuó atareado en su nueva y más ambiciosa novela sobre el imperio del crimen de Estado en la Rusia soviética, que había comenzado en París a principios de 1940. Cuando por fin llegó el visado mexicano para Serge (Breton y los demás fueron acogidos en Estados Unidos), zarpó en marzo de 1941 a un largo y precario viaje por mar. Lo retuvo un interrogatorio, luego los oficiales del gobierno de Vichy lo encarcelaron cuando el buque carguero recaló en Martinica, se retrasó de nuevo por falta de visas de tránsito en la República Dominicana, donde en su obligada estancia escribió un tratado político pensado para el público mexicano (Hitler contra Stalin), y se le detuvo de nuevo en La Habana, donde, encarcelado una vez más, prosiguió con su novela, por lo que Serge no llegó a México hasta septiembre. Concluyó El caso Tuláyev al año siguiente.
     Nada persiste del aura controvertida de la novela en los albores del siglo XXI. Nadie en su sano juicio puede en la actualidad poner en entredicho los graves sufrimientos que el sistema bolchevique infligió al pueblo ruso. En ese entonces el consenso era otro, lo cual causó el escándalo de la crónica desfavorable del viaje de Gide, Regreso de la URSS (1937): Gide siguió siendo incluso hasta después de su muerte en 1951 el gran escritor de izquierdas que había traicionado a España.

Esa actitud se reprodujo en el conocido rechazo de Sartre a mencionar la cuestión del Gulag sobre la base de que desanimaría la justa militancia de la clase obrera francesa. (“Il faut pas faire désesperer Billancourt.”) Para la mayoría de los escritores que se identificaban con la izquierda en esos decenios o que sencillamente se consideraban opositores a la guerra (y les consternaba la perspectiva de una tercera guerra mundial), la condena a la Unión Soviética era por lo menos problemática.
     Como para reafirmar la ansiedad de la izquierda, los que no tenían empacho en denunciar a la Unión Soviética parecían ser precisamente los mismos que no tenían escrúpulos en ser racistas, antisemitas o desdeñar a los pobres; intolerantes que nunca habían oído el canto de la sirena del idealismo o habían sido movidos a ejercer un interés activo en favor de los excluidos y los perseguidos. El vicepresidente de una importante compañía de seguros estadounidense, que también fue el mayor poeta del siglo XX en Estados Unidos, acaso recibiera con beneplácito el testimonio de Serge. Así, la sección XIV del magistral poema de Stevens “Esthetique du Mal”, escrito en 1945, comienza de este modo:

Victor Serge dijo: “Sigo su demostración
con el sordo desasosiego que se siente
ante los enajenados razonadores.”
Dijo de Konstantinov. La revolución
es labor de enajenados razonadores.
La política de la emoción debería
asemejarse a una estructura intelectual.

Que resulte insólito encontrar a Serge evocado en un poema de Stevens nos revela el absoluto olvido en que ha caído, pues en efecto fue una presencia inmensa en algunas de las revistas serias más influyentes de los años cuarenta. Probablemente Stevens habrá sido lector de Partisan Review, sino es que de la inconformista revista radical de Dwight Macdonald Politics, que publicó a Serge (y también a Simone Weil); Macdonald y su mujer Nancy habían sido el sustento financiero y de otros órdenes para Serge durante los desesperados meses en Marsella y en su viaje colmado de obstáculos, ayuda que se prorrogó asiduamente cuando Serge y su familia vivieron en México. Patrocinado por Macdonald, Serge había comenzado a escribir en Partisan Review en 1938 y continuó enviando artículos desde esta última e inverosímil residencia. En 1942 fue nombrado corresponsal en México de la publicación quincenal anticomunista The New Leader (a lo que Macdonald se opuso resueltamente) y más tarde comenzó a colaborar —por recomendación de Orwell— en Polemic y en la Horizon de Cyril Connolly en Londres.
     Revistas minoritarias; pareceres minoritarios. Primero extractados en Partisan Review, los retratos magistrales de Czeslaw Milosz sobre el honor mutilado del escritor, la conciencia del escritor bajo el comunismo, El pensamiento cautivo (1953), fueron rechazados por buena parte del público literario estadounidense como una obra propagandística de la Guerra Fría de un escritor polaco emigrado hasta entonces desconocido. Recelos semejantes perduraron hasta los años setenta: cuando la crónica irrefutable e implacable de Robert Conquest sobre las masacres de Estado de los años treinta, El gran terror, se publicó en 1969, el libro fue considerado controvertido en muchos sectores: sus conclusiones tal vez de escasa utilidad, sus implicaciones manifiestamente reaccionarias.
     Aquellos decenios de hacer la vista gorda respecto de lo que sucedía en los regímenes comunistas, sobre todo la convicción de que criticar a la Unión Soviética era prestar auxilio y dar aliento a los fascistas y belicistas, nos parece hoy día incomprensible. A principios del siglo XXI hemos pasado a otras ilusiones; otras mentiras que la gente inteligente de buenas intenciones y política humanitaria se repite a sí misma y a sus partidarios a fin de no prestar auxilio y dar aliento a sus enemigos.
     Siempre ha habido gente que arguye que la verdad es a veces inoportuna, desfavorable: un lujo. (Esto se llama pensar con sentido práctico o político.) Y por otro lado, los bien intencionados se muestran comprensiblemente renuentes a prescindir de los compromisos, los juicios y las instituciones a que se ha dedicado mucho idealismo. Es cierto que hay situaciones en que la verdad y la justicia parecen incompatibles. Y acaso existan aún más trabas para distinguir la verdad que para reconocer las reclamaciones de la justicia. Parece demasiado fácil que la gente no reconozca la verdad, sobre todo cuando puede implicar la ruptura, o el rechazo, de una comunidad que aporta una parte valorada de su identidad.
     Se obtiene un resultado distinto al oír la verdad de alguien que estamos dispuestos a escuchar. ¿Cómo fue capaz el marqués de Custine de comprender —proféticamente— durante su viaje de cinco meses por Rusia, un siglo antes, el valor esencial que para esta sociedad tienen las extravagancias del despotismo, la sumisión y la perpetua mentira para complacer a los extranjeros, que describió en su diario epistolar Cartas de Rusia? Sin duda tuvo que ver que el amante de Custine fuera polaco, el joven conde Ignacy Gurovski, que debió de haber estado más que dispuesto a contarle los horrores de la opresión zarista. ¿Por qué Gide, entre todos los visitantes de izquierda a la Unión Soviética en los años treinta, fue el único que no quedó seducido con la retórica de la igualdad comunista y el idealismo revolucionario? Quizás porque había sido advertido para detectar la falta de honradez y el miedo de sus anfitriones gracias a los inoportunos informes del impecable Victor Serge.
     Serge, con modestia, afirma que sólo hace falta algo de claridad e independencia para decir la verdad. En Memorias de mundos desaparecidos,1 escribe:

Reconozco el mérito de haber visto claro en algunas circunstancias importantes. La cosa en sí no tiene nada de difícil y sin embargo es poco común. No creo que sea una cuestión de inteligencia elevada o desprendida, sino más de buen sentido, de buena voluntad y de cierto valor para superar la influencia del medio y la inclinación que resulta de nuestro interés inmediato y del temor que inspiran los problemas. “Lo terrible cuando se busca la verdad —decía un ensayista francés— es que se la encuentra…” Se la encuentra y ya no se es libre ni de seguir la pendiente del medio que nos rodea ni de aceptar los lugares comunes y corrientes.

“Lo terrible cuando se busca la verdad…” Una frase que debería estar fijada sobre la mesa de todo escritor.
     La necedad y las mentiras ignominiosas de Dreiser, Rolland, Henri Barbusse, Louis Aragon, Beatrice y Sydney Webb, Halldór Laxness, Egon Erwin Kisch, Walter Duranty, Leon Feuchtwanger y otros como ellos casi se han olvidado del todo. Y también los que se les opusieron, los que lucharon por la verdad. La verdad, una vez obtenida, es ingrata. No podemos recordarlos a todos. Lo que se recuerda no es el testimonio sino… la literatura. El presunto caso para exceptuar a Serge del olvido que espera a la mayoría de los héroes de la verdad está respaldado, en última instancia, por la excelencia de su narrativa, sobre todo por El caso Tuláyev. Pero un escritor literario al que se considera sobre todo como un escritor didáctico; un escritor sin país, un país en cuyo canon literario su narrativa pudiera encontrar un lugar: tales son los elementos del complejo destino de Serge que siguen opacando este libro cautivador y admirable.

···

La narrativa, para Serge, es la verdad, la verdad de la trascendencia propia, la obligación de dar voz a los enmudecidos o a los silenciados. Desdeñaba las novelas acerca de la vida privada, particularmente las novelas autobiográficas. “La existencia de los individuos no tenía interés para mí, sobre todo la mía”, sostiene en sus Memorias. En una entrada de sus diarios (marzo de 1944), Serge explica el amplio alcance de la idea de la verdad narrativa:

Quizás la fuente más profunda es la sensación de que la vida maravillosa está pasando, volando, escapándose inexorablemente, y el deseo de atraparla en pleno vuelo. Fue este sentimiento desesperado lo que me llevó, como a los dieciséis años, a advertir un instante precioso que me hizo descubrir que la existencia (humana, “divina”) es memoria. Después, con el enriquecimiento de la personalidad, descubrimos sus límites, la pobreza y los grilletes de la identidad, descubrimos que sólo tenemos una vida, una individualidad circunscrita para siempre, pero que incluye muchos destinos posibles, y que […] convive […] con otras existencias humanas, con la tierra, con las criaturas, con todo. La escritura entonces se vuelve la búsqueda de una personalidad compuesta, una manera de vivir destinos diversos, de penetrar en los demás, de comunicarnos con ellos […] de evadirnos de los límites habituales de la identidad […] (Sin duda hay otro tipo de escritores, individualistas, que sólo buscan su propia afirmación y son incapaces de ver el mundo excepto a través de sí mismos.)

La meta de la narrativa era contar cuentos, evocar mundos. Este credo atrajo a Serge en cuanto narrador hacia dos ideas de la novela al parecer incompatibles.
     Una es el panorama histórico, en el que cada novela tiene su sitio como episodio de una historia incluyente. La historia, para Serge, relataba el heroísmo y la injusticia en la primera mitad del siglo XX europeo y pudo haber comenzado con una novela situada en los círculos anarquistas franceses justo antes de 1914 (sobre lo que en efecto escribió unas memorias, confiscadas por la GPU). En las novelas que Serge pudo concluir, el periodo cubierto es el que va de la Primera a la Segunda Guerra Mundial: es decir, de Los hombres en la cárcel, escrita en Leningrado a finales de los años veinte y publicada en París en 1930, a Los años sin perdón, su última novela, escrita en México en 1946 y no publicada hasta 1971 en París. El caso Tuláyev, cuyo material es el Gran Terror de los años treinta, corresponde al final del ciclo. Los personajes reaparecen —un recurso clásico de las novelas, como algunas de Balzac, ideadas como una serie—, aunque no tantos como cabría esperar, y ninguno es un alter ego, un doble del propio Serge. El Alto Comisario de Seguridad, Erchov, el fiscal Fleischman, la repugnante apparatchik Zvieryeva y el virtuoso opositor de izquierdas Ryzhik de El caso Tuláyev estaban ya presentes en Ciudad ganada (1932), la tercera novela de Serge, ubicada en el sitio de Petrogrado, y, probablemente, en una novela perdida, La Tourmente, secuela de la anterior. (Ryzhik es también un personaje importante, y Fleischman uno menor, en Medianoche en el siglo.)
     De este proyecto sólo quedan fragmentos. Pero si Serge no se entregó tenazmente a la crónica, como la sucesión de novelas de Solzhenitsyn sobre la época de Lenin, no se debe meramente a que le faltara tiempo para concluir la serie, sino a que estaba en ciernes otra idea de la novela que de algún modo subvertía la primera. Las novelas históricas de Solzhenitsyn son todas de una pieza desde el punto de vista literario, y no son mejores por ese hecho. Las de Serge ilustran diversos conceptos de cómo se ha de narrar y con qué fin. El “yo” de Los hombres en la cárcel es un medio para darle voz a los otros, a muchos otros; es una novela de compasión, de solidaridad. “No quiero escribir memorias”, afirmó en una carta a Istrati, que escribió el prólogo a la primera novela de Serge. La segunda, El nacimiento de nuestra fuerza (1931), emplea un agregado de voces: la primera persona del singular, la del plural y una tercera que es omnisciente. La crónica en varios volúmenes, la novela como secuela, no era el mejor medio para el desarrollo de Serge en cuanto escritor literario, pero siguió siendo una suerte de posición por defecto desde la cual, siempre trabajando bajo el acoso y el apremio financiero, podía generar nuevas tareas narrativas.
     Las afinidades literarias de Serge, y muchas de sus amistades, estaban entre los grandes modernistas de los años veinte, como Pilniak, Zamiatin, Sergei Esenin, Maiakovski, Pasternak, Danil Charms (su cuñado) y Mandelstam, en lugar de con los realistas como Gorki, emparentado por el lado materno, y Alexei Tolstoi. Pero en 1928, cuando Serge comenzó a escribir narrativa, la nueva era milagrosa prácticamente había acabado, destruida por los censores, y pronto los propios escritores, en su mayoría, fueron detenidos y asesinados o se suicidaron. La novela panorámica, la narración con voces múltiples (otro ejemplo: Noli Me Tanger, del revolucionario filipino decimonónico José Rizal), bien podría haber sido la forma predilecta de un escritor con una acendrada conciencia política; la conciencia política que sin duda no se deseaba en la Unión Soviética, donde, como sabía Serge, no había posibilidad alguna de que fuese traducido y publicado. Aunque también es la forma de algunas obras perdurables de la modernidad literaria, y ha engendrado géneros narrativos nuevos y diversos. La tercera novela de Serge, Ciudad ganada, es una obra brillante en uno de esos géneros, la novela protagonizada por una ciudad (al igual que Los hombres en la cárcel tenía a “esa máquina terrible, la cárcel”, de protagonista), manifiestamente influida por Petersburgo de Biely y por Manhattan Transfer (cita a Dos Passos como influencia), y quizás por Ulises, un libro que admiraba mucho.
     “Me parecía sin duda buscar una nueva vía para la novela”, afirma Serge en sus Memorias. Un aspecto en el que Serge no estaba buscando nuevas vías es en su concepto de las mujeres, que recuerda al de las grandes películas soviéticas del idealismo revolucionario, desde Eisenstein a Alexei Gherman. En una sociedad de desafíos —de sufrimientos y sacrificios— centrada totalmente en los hombres, las mujeres casi no existen, al menos no de un modo positivo, salvo como objetos amorosos o pupilas de individuos muy ocupados. Pues la revolución, según la descripción de Serge, es en sí misma una empresa heroica, masculina, revestida de valores viriles: la valentía, el arrojo, la resistencia, la firmeza, la independencia, la capacidad para la brutalidad. Una mujer atractiva, alguien cálido, entrañable, tenaz, a menudo víctima, no puede exhibir esas características varoniles; por lo tanto no puede ser sino la socia minoritaria de un revolucionario. La única mujer enérgica de El caso Tuláyev, la fiscal bolchevique Zvyeryeva (a la cual ya le tocará el turno de ser detenida y asesinada), se caracteriza reiteradamente por su patética e implorante sexualidad (en un pasaje se nos presenta masturbándose) y por su físico repugnante. Todos los hombres de la novela, sean o no viles, despliegan sus patentes ansias carnales y una confianza sexual sin afectaciones.
     El caso Tuláyev relata un conjunto de historias, de destinos, en un mundo densamente poblado. Además de las mujeres de reparto, hay al menos ocho personajes estelares: dos emblemas de la desafección, Kostia y Romachkin, humildes oficinistas solteros que comparten una habitación dividida con una mampara en un apartamento colectivo de Moscú —dan comienzo a la novela—, y los leales veteranos, arribistas y sinceros comunistas, Ivan Kondratiev, Artyem Makeyev, Stefan Stern, Maxim Erchov, Kiril Rublev, el viejo Ryzhik, los cuales, uno tras otro, son detenidos, interrogados y condenados a muerte. (Sólo a Kondratiev se le indulta y envía a un remoto puesto en Siberia, gracias a un benévolo capricho arbitrario del “Jefe”, como se le llama a Stalin en la obra.) Se retratan vidas enteras, cada una de las cuales podría constituir otra novela. El relato de la detención de Makeyev, astutamente orquestada mientras asiste a la ópera (al final del capítulo cuatro), es en sí mismo un cuento digno de Chejov. Y el drama de Makeyev, su historial, su ascenso al poder (es el gobernador de Kurgansk), su detención repentina cuando visita Moscú, su reclusión, interrogatorio, confesión, es sólo una de las tramas desarrolladas en El caso Tuláyev.
     Ningún interrogador es uno de los personajes principales. Entre los secundarios está el epítome narrativo del filocomunista influyente. En una escena postrera, situada en París, “El profesor Passereau, célebre en dos hemisferios, Presidente del Congreso para la Defensa de la Cultura”, le dice a la joven emigrante Xenia Popov, que solicita en vano su intervención en auxilio del más benévolo de los viejos protagonistas bolcheviques de Serge: “Guardo un respeto absoluto por la justicia de su país… si Rublev es inocente el Tribunal Supremo le dispensará su justicia”. En cuanto al epónimo Tuláyev, el alto cargo gubernamental cuyo asesinato desencadena las detenciones y la ejecución de los demás, sólo aparece fugazmente al principio de la novela. Figura allí para ser asesinado.
     El Tuláyev de Serge, al menos su asesinato y las consecuencias de éste, parece aludir evidentemente a Sergei Kirov, el dirigente de la organización del partido en Leningrado, cuyo asesinato en su oficina el 1 de diciembre de 1934, a manos de un joven afiliado al partido llamado Leon Nicolayev, fue la excusa de Stalin para los años de masacres que se sucedieron, lo cual diezmó la afiliación leal del partido y asesinó o mantuvo en el presidio a millones de ciudadanos comunes durante decenios. Acaso sea difícil no leer El caso Tuláyev como una novela en clave, si bien Serge advierte explícitamente contra esa interpretación en una nota preliminar. “Esta novela —escribe— pertenece al dominio de la narrativa. La verdad que crea el novelista no puede confundirse, de ningún modo, con la verdad del historiador o del cronista.” Resulta difícil imaginar a Solzhenitsyn prologando una de sus novelas sobre Lenin con semejante aviso. Aunque quizás se deba creer en la palabra de Serge, si tenemos en cuenta que situó su novela en 1939. Las detenciones y procesos de El caso Tuláyev son sucesores narrativos, más que síntesis narrativas, de los verdaderos procesos de Moscú de 1936, 1937 y 1938.
     Serge no sólo destaca que la verdad del novelista difiere de la del historiador. Defiende, aquí de modo implícito, la supremacía de la verdad novelística. Serge había expresado esa pretensión más temeraria en la carta a Istrati sobre Los hombres en la cárcel: una novela que, a pesar “del uso ventajoso de la primera persona del singular”, no trata “sobre mí” y en la que “no quiero apegarme mucho a las cosas que en efecto he presenciado”. El novelista, continúa Serge, está en busca de “una verdad más rica y general que la verdad de la observación”. Esa verdad “a veces coincide casi de modo fotográfico con algo que he visto; a veces difiere en todos los aspectos”.
     Pretender la supremacía de la verdad narrativa es un venerable lugar común literario (su primera formulación se encuentra en la Poética de Aristóteles), y en boca de muchos autores parece fingida e incluso interesada: un consentimiento reivindicado por el novelista para ser impreciso, parcial o arbitrario. Aseverar que el aserto de Serge nada tiene que ver con ello equivale a señalar las pruebas de sus novelas, sus irrefutables sinceridad e inteligencia aplicadas a verdades vividas recreadas en forma narrativa.
     El caso Tuláyev no ha gozado ni siquiera de un poco de la fama de Oscuridad al mediodía [El cero y el infinito] (1940) de Koestler, una novela que trata ostensiblemente el mismo tema, y que asevera lo contrario en cuanto a la correspondencia de la narrativa con la realidad histórica. “La vida de N. S. Rubashov es una síntesis de las vidas de un conjunto de hombres víctimas de los llamados procesos de Moscú”, advierte al lector la nota preliminar de Oscuridad al mediodía. (Se cree que Rubashov está basado sobre todo en Nicolai Bujarin, con algo de Karl Radek.) Sin embargo, la síntesis es precisamente la limitación de esta obra de cámara, la cual es un alegato político y un retrato psicológico. Se aprecia una época completa a través del prisma del atormentado confinamiento e interrogatorio de una persona, interpolados con pasajes memoriosos, retrospectivos. La novela comienza con Rubashov, el ex comisario del pueblo, arrojado a su celda mientras la puerta se cierra con estrépito, y termina con el verdugo trayendo las esposas, el descenso a los sótanos del presidio y la bala en la nuca. (No es insólito que Oscuridad al mediodía fuera llevada a escena en Broadway.) La revelación de cómo —es decir, mediante qué argumentos en lugar de la tortura física— se pudo inducir a Zinoviev, Kamenev, Radek, Bujarin y los otros dirigentes que pertenecían a la élite bolchevique a confesar los absurdos cargos de traición presentados en su contra es la historia de Oscuridad al mediodía.
     La novela polifónica de Serge, de múltiples trayectorias, mantiene un punto de vista mucho más complejo del carácter, del entramado de la política con la vida privada, y de los procedimientos terribles de la inquisición de Stalin. Su ambición intelectual es mucho más amplia. (Un ejemplo: el análisis de Rublev de la generación revolucionaria.) De los detenidos, todos confesarán al final salvo uno —Ryzhik, que permanece desafiante, prefiere la huelga de hambre y la muerte—, aunque sólo otro se parece al Rubashov de Koestler: Erchov, al que persuaden de rendir un último servicio al partido reconociendo que formaba parte de una conspiración para asesinar a Tuláyev. “Cada hombre tiene un modo de ahogarse”, es el título de uno de los capítulos.
     El caso Tuláyev es una novela mucho menos convencional que Oscuridad al mediodía y 1984, cuyos retratos del totalitarismo han demostrado su carácter inolvidable: quizás porque esas novelas cuentan con un solo protagonista y relatan una sola historia. No hace falta pensar en la naturaleza heroica del Rubashov de Koestler o del Winston Smith de Orwell; el hecho mismo de que ambas novelas sigan a los protagonistas de principio a fin obliga al lector a identificarse con la víctima arquetípica de la tiranía totalitaria. Si es posible afirmar que la novela de Serge tiene un héroe, ése, presente sólo en el primer y el último capítulos, no es una víctima: es Kostia, el verdadero asesino de Tuláyev, del que nadie sospecha.
     El asesinato: el aire huele a muerte. En eso consiste la historia. Se compra un revólver Colt de un proveedor tenebroso; no hay motivo, salvo porque es un objeto mágico, de acero negro azulado, y parece potente oculto en el bolsillo. Un día, el comprador, el insignificante Romachkin, un alma miserable y también (ante sí mismo) “un hombre puro cuya única preocupación es la justicia”, camina cerca del muro del Kremlin cuando una figura de uniforme “que no ostenta insignia alguna, de rostro endurecido, bigote cerdoso, y sensual de modo inconcebible” asoma, seguido por dos individuos vestidos de paisano, a unos diez metros de distancia; se detiene entonces a dos metros para encender su pipa y Romachkin comprende que se le ha presentado la oportunidad de atentar contra el mismo Stalin (“el Jefe”). No se atreve. Asqueado de su propia cobardía, le regala el revolver a Kostia, el cual, en la calle una noche nevada, observa a un hombre robusto en abrigo forrado de pieles y gorra de astracán con un maletín bajo el brazo saliendo de un potente automóvil negro que acaba de detenerse frente a una residencia privada, escucha que su chofer se dirige a él como Camarada Tuláyev —Tuláyev del Comité Central, advierte Kostia, el de las “deportaciones en masa” y de las “purgas universitarias”—, lo mira despedir al coche (de hecho, Tuláyev no pretende entrar a su casa sino seguir andando para cumplir una cita sexual), momento en el cual, como en un trance, como ausente, el revólver sale del bolsillo de Kostia. El arma detona: un súbito estruendo en el silencio absoluto. Tuláyev cae en la acera. Kostia huye por las calles silenciosas y estrechas.
     Serge hace del asesinato de Tuláyev algo casi involuntario, como la muerte de un desconocido en una playa por la que es juzgado el protagonista de El extranjero (1942) de Camus. (Es muy poco probable que Serge, aislado en México, hubiera podido leer la novela de Camus, publicada clandestinamente en la Francia ocupada, antes de terminar la propia.) El imperturbable antihéroe de la novela de Camus es una suerte de víctima, en primer lugar por la ignorancia de sus acciones. En contraste, Kostia rezuma emoción, y su acte gratuit es a la vez sincero e irracional: su conciencia de la iniquidad del sistema soviético actúa a través de él. Sin embargo, la violencia ilimitada del sistema hace que sea imposible confesar su acción violenta. Cuando, hacia el final de la novela, Kostia, atormentado por las crecientes injusticias que ha desencadenado su obra, envía una confesión escrita, sin firma, a Fleischman, fiscal jefe del caso —y poco antes de que él mismo sea detenido—, éste quema la carta, recoge las cenizas, las pulveriza bajo el pulgar y, “con tanto alivio como lóbrego sarcasmo”, se dice a media voz: “El caso Tuláyev está cerrado”. La verdad, incluso una confesión real, no tiene cabida en el género de tiranía en que se ha convertido la revolución.
     Asesinar a un tirano es una hazaña que acaso evoca el pasado anarquista de Serge, y Trotski no se equivocaba del todo cuando acusó a Serge de ser más anarquista que marxista. Pero Serge no respaldó nunca la violencia anarquista: sus convicciones libertarias fueron las que, muy pronto, volvieron a Serge anarquista. Su vida militante le procuró una experiencia profunda de la muerte. La experiencia se manifiesta con más penetración en Ciudad ganada y sus pasajes de matanzas orgiásticas por obligación, por necesidad política, si bien la muerte preside todas sus novelas.
     “No nos corresponde a nosotros ser admirables”, declara la voz de un desconsolado encomio a la insensibilidad revolucionaria, “Meditación durante un ataque aéreo”, en El nacimiento de nuestra fuerza. Nosotros los revolucionarios “debemos ser precisos, perspicaces, fuertes, inflexibles y estar armados: como máquinas”. (Desde luego, Serge está totalmente entregado, por carácter y convicción, a lo admirable.) El tema central de Serge es la revolución y la muerte: para forjar la revolución se debe ser despiadado, se debe aceptar que es inevitable matar al inocente como al culpable. No hay límites a los sacrificios que puede exigir la revolución. El sacrificio de los demás; el sacrificio propio. Pues esa hybris, el sacrifico de muchos otros a la causa revolucionaria, asegura en la práctica que a la larga la misma violencia despiadada se dirigirá contra los que forjaron la revolución. En la narrativa de Serge, el revolucionario es, en el sentido estricto y clásico, una figura trágica: un héroe que hará, y está obligado a hacer, lo malo; y por ello corteja, y sobrellevará, la pena, el castigo.
     Pero en la mejor narrativa de Serge —éstas son mucho más que “novelas políticas”— la tragedia de la revolución está situada en un marco más amplio. Serge se dedica a mostrar el carácter ilógico de la historia, de los motivos humanos y del curso de las vidas personales, de las que nunca se puede afirmar que han sido merecidas o inmerecidas. Por ello, El caso Tuláyev concluye con los destinos contrastantes de sus dos vidas nimias: Romachkin, el hombre obsesionado con la justicia, a quien le faltó la valentía o la distracción para matar a Stalin, se ha convertido en un burócrata estimado (hasta el momento no purgado) en el Estado del Terror, y Kostia, el asesino de Tuláyev, el hombre que protestó a pesar de sí mismo, se ha evadido en un humilde empleo agrícola en el lejano oriente de Rusia, en la futilidad y en un nuevo amor.
     La verdad del novelista —a diferencia de la verdad del historiador— permite la arbitrariedad, el misterio, la falta de voluntad. La verdad de la narrativa se reabastece: pues hay mucho más que política y mucho más que el capricho de los sentimientos humanos. La verdad de la narrativa queda plasmada, como en la mordaz materialidad descriptiva de la gente y los paisajes de Serge. La verdad de la narrativa muestra aquello para lo que nunca se hallará consuelo y lo desplaza con una disposición curativa ante la totalidad de lo finito y cósmico.
     “Quiero hacer estallar la luna”, dice la pequeña al final de El cuento de la luna perpetua” (1926) de Pilniak, que recrea en la narración una de las primeras liquidaciones de un posible rival futuro ordenadas por Stalin (aquí llamado “Número Uno”): el asesinato, en 1925, del sucesor de Trotski para encabezar el Ejército Rojo, Mijail Frunze, obligado a someterse a una cirugía innecesaria, y que muere, como se había previsto, en la mesa de operaciones. (La rendición de Pilniak a las directivas literarias de Stalin en los treinta no impidieron que le dieran un tiro en 1938.) En un mundo de crueldad e injusticia insoportables, parece como si toda la naturaleza debiera rimar con la pesadumbre y la pérdida. Y en efecto, cuenta Pilniak que la luna, como si respondiese al desafío, desaparece. “La luna, redonda al igual que la mujer de un mercader, nadó tras las nubes, fatigada por la persecución.” Pero la luna es perpetua. También la indiferencia redentora, la amplia visión redentora, la del novelista o del poeta, que no soslaya la verdad de la reflexión política, más bien nos dice que hay algo más que política, más, incluso, que historia. La valentía… la indiferencia… la sensualidad… el mundo vivo de las criaturas… y la piedad, la piedad para todos, son perpetuas.
~

— Traducción de Aurelio Major

_____

De LETRAS LIBRES, 30/junio/2004