Sunday, April 23, 2017

Decimoquinta

JAVIER MARÍAS

Cuando esto escribo, hace sólo cuatro días que terminé una nueva novela. 576 páginas de mi vieja máquina Olympia Carrera de Luxe, la cual, me temo, está a punto de fenecer tras el tute a que la he sometido (cada página tecleada tres veces como media). Empieza a fallar, y si no consigo reponerla dejaré de escribir, supongo: a estas alturas de mi vida no me veo capacitado para pasar a un ordenador, renunciar al papel y a las correcciones a mano y a pluma sobre cada versión de cada página. Con ese ya arcaico instrumento saco también adelante estas piezas dominicales, que sufren parecido proceso de revisión y enmiendas. Agradezco a mis empleadores que me permitan seguir entregando un producto que les da más tarea de la habitual. Seguro que si fuera un joven meritorio me mandarían a paseo y me dirían: “Niño, consíguete un ordenador. ¿Qué te crees, que aún vivimos en el siglo XX?”

No en otros, pero en este aspecto me cuesta vivir en el XXI. Mi primera novela se publicó en el remoto 1971, a mis diecinueve años. En el larguísimo periodo transcurrido desde entonces, no se puede decir que haya escrito muchas: la recién concluida es la decimoquinta, si cuento como tres los volúmenes de Tu rostro mañana, que aparecieron en 2002, 2004 y 2007. Forman una obra unitaria, pero para mí cada uno me supuso el esfuerzo de una novela distinta. En suma, salgo a una media de una cada tres años. Si me comparo con maestros del pasado y del presente (y por supuesto con muchos que no lo han sido ni lo son), soy un novelista tirando a escaso.

Quizá por eso, porque empleo mucho tiempo en ellas, y también porque nunca sé si habrá más en el futuro, la terminación de una me trae sentimientos encontrados. El inmediato y dominante es incredulidad: “¿He logrado poner fin a esto? Si todas estas hojas estaban vacías…” En el presente caso, han pasado veinticinco meses desde las dubitativas líneas iniciales. He estado más de dos años conviviendo –no a diario, qué más quisiera– con unos personajes nuevos al principio y que al final son más que amistades. Aunque uno no se siente ante la máquina –y son muchas las jornadas en que es imposible hacerlo, por viajes y quehaceres varios–, durante el tiempo de composición lo rondan incesantemente. Uno piensa en ellos con más intensidad que en los seres reales que lo rodean: de éstos no está contando la historia, ni asiste a ella con el mismo grado de cercanía, y desde luego carece de capacidad decisoria sobre sus vidas, como sí la tiene sobre las de sus entes de ficción, por recuperar la vieja fórmula. Así que despedirse de ellos es en cierto sentido un cataclismo personal. “¿Cómo”, se pregunta uno, “ahora he perdido a estos amigos? ¿No tengo que ocuparme más de ellos, no he de conducirlos a diario? ¿Aquí los abandono y me abandonan? Si algunos no han muerto, ¿es que el resto de lo que les ocurra no me interesa?” Sí, me interesa, pero soy consciente de que a los posibles lectores futuros tal vez no; de que estarán a punto de cansarse de seguirlos, o de que las mejores historias son las que no se relatan completas, no de cabo a rabo.

Y ahí empieza el siguiente sentimiento ambiguo: mientras uno escribe (siempre hablo por mí, claro), no se plantea mucho lo que por lo demás resulta evidente: lo hace para ser leído. De tan evidente, uno puede hacer caso omiso. Sin embargo, una vez puesto el punto final, la idea reaparece con todas sus consecuencias. “No sólo me despido de estos amigos, sino que dentro de unos meses estas criaturas que mantenía encerradas y que nadie más conocía, se harán amigas de personas que ni siquiera he visto, de los gentiles lectores que tengan a bien molestarse en abrir este libro”. La perspectiva es extraña. Ahora mismo, mi primera y quizá mejor lectora lleva ya 200 páginas de esas 576. Va sabiendo qué me he traído entre manos durante los dos últimos años. Qué he concebido, qué he armado, qué me ha preocupado, me hace algún comentario sobre alguna situación o personaje; qué he pensado y con qué me he abstraído. Para quien ha guardado todo eso en secreto, es desasosegante. Pero también es una alegría. El sino más triste de una novela es que nadie tenga la menor curiosidad por leerla. Así que ojalá estas “criaturas del aire” (como acertadamente las llamó Savater hace mucho) consigan hacer incontables amistades nuevas, aunque yo no esté invitado a sus fiestas particulares con cada lector atento. Me queda el “consuelo” de que, lo mismo que ahora he recuperado personajes de Tu rostro mañana, acaso un día vuelva a encontrarme con Berta Isla. El título todavía no está decidido, pero podría ser este nombre, Berta Isla, para inscribirme en una larguísima y a menudo noble tradición: la de Jane Eyre, Anna Karenina, Oliver Twist, David Copperfield, Madame Bovary, Robinson Crusoe, Tess de los d’Urberville, Eugénie Grandet, Tom Jones, Tristram Shandy, Moll Flanders, Daisy Miller, Jean Santeuil y tantos otros títulos memorables. Ay, si con eso bastara para aproximarse un poco a ellos…

[Fuente: www.elpais.com]

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De SEPHATRAD (blog de Isac Nunes), 22/04/2017


Imagen: Pieter Claes

Saturday, April 22, 2017

Che Guevara: Acotación al margen

PABLO CINGOLANI

“Las estrellas veteaban de luz el cielo de aquel pueblo serrano…” –de repente, con esa economía de palabras que se valora y se aprecia, el texto nos transporta y comenzamos a volar hacia allí, hacia algún lugar de la América Profunda, hacia la noche eterna de esos lugares inmemoriales que habitan nuestras montañas, el corazón del corazón de nuestros sentimientos de arraigo, de pertenencia, de pasión por esta tierra, así ésta sea puro desgarro. El texto sigue acechándonos con su poética: “…y el silencio y el frío inmaterializaban la oscuridad”.

Así da inicio Acotación al margen, un escrito tomado de las notas de viaje que hizo Ernesto Guevara de la Serna cuando a los 23 años se embarcó en una travesía que uniría Argentina con Venezuela durante nueve meses junto con su amigo Alberto Granado. Viaje iniciático: Ernesto comenzaba a romper la crisálida que, con los años, lo convertiría en esa figura legendaria, en esa mariposa tierna, dura, feroz y combativa, que el mundo conoció como Che.

Buen escritor era Guevara. Algunos insinuaron que de no haber seguido la ardiente huella de la revolución, el mundo hubiera ganado un literato tan renombrado como el guerrillero que fue. Son conjeturas que, de seguro, harían sonreír al propio Che. El mismo cuenta en sus memorias de la guerra de liberación de Cuba como eligió –siendo médico titulado y médico de los insurgentes- el fusil en vez del botiquín porque estaba convencido que así se curarían millones de seres humanos de las laceraciones que provocan la desigualdad y la injusticia, que la revolución sanaría todas las heridas históricas de los hombres, que la mejor medicina contra los poderosos y sus enfermedades eran las balas.

Esas claves ya están presentes de manera señera y contundente en Acotación al margen. Es allí, en el medio de la noche serrana, donde el futuro Che recibe la “revelación”, como el mismo la designa. Se ha resaltado siempre el humanismo guevarista pero hay escasez a la hora de señalar su lado místico.

Se ha dispersado por todos los confines de la Tierra su herencia de audacia y de amor al pueblo y a su causa, el legado de pureza, de coherencia, de entrega y compromiso que el Che enalteció a lo largo de su vida, incluso hasta el día de su muerte, asesinado en la escuela de La Higuera, otro confín pero en Bolivia, pero el misticismo guevarista –evidenciado en varios pasajes de sus notas de viaje pero escrito con una elocuente majestad en el final de esas notas, en Acotación al margen- no ha encontrado el mismo eco.

¿Será porque ese misticismo es una invocación febril al sacrificio, al heroísmo, a la inmolación si es necesaria, a la redención por sangre y eso no cuaja en un mundo que ha aceptado mansamente las imposiciones de un poder omnímodo que nos secuestra la piel y nos mutila el alma a diario con sus violentas mentiras y sus no menos atroces manipulaciones?

Hay en el alumbramiento, en la revelación que experimenta Guevara, mucho de profecía, demasiada: Acotación al margen es, a la vez,  una especie inédita de epitafio.

Vemos al hombre, joven, hombre al fin, exaltado, exultante, frente a la epifanía de –diría Kusch- rozar con los dedos a la divinidad y sentir en todo su cuerpo el llamado del destino: la misión en la cual navegará su vida hasta que la muerte se lo lleve a otros mares y otros destinos.

“El gran espíritu rector”, así lo nombra, lo desnuda y se brinda y Guevara lo deja entrar hasta el rincón más íntimo de su ser con ese fervor inaudito que sólo atesoran los justos de corazón, los limpios de alma, los amantes de la verdad, los poetas del silencio, los guerreros que no se rendirán jamás.

Hago un puente sentimental y digo que la sierra se asemeja mucho al desierto y que en estas acotaciones al margen de un viajero-aventurero del siglo XX en busca de su morar en el destino retumban también esas verdades que otro hombre puro y pleno como El Che, pero en la lejana Galilea, sermoneó en su montaña.

Bienaventurados los que sufren persecución por causa de la justicia –sentenció un tal Jesús Cristo en los eriales de Asia- pues de ellos es el reino de los cielos. Esto es seguro: un cielo rojo sangre, un cielo de purificación, un cielo rojo y negro, un cielo revolucionario y bermejo, es el que ampara eternamente al caído en combate en la quebrada del Yuro.

Acotación al margen es un relámpago de extraña fascinación. Es un tajo, como señala el propio Ernesto en su escrito, un tajo en la conciencia, en la ética, un tajo en la inspiración que debe animarnos. Acotación al margen es el texto más terriblemente bello que escribió Ernesto-Che Guevara.

Mi texto también es una acotación al margen en torno al legado de uno de los seres humanos más extraordinarios de todos los tiempos, “uno de los nuestros, quizás el mejor”. Es, a la vez, un homenaje a su memoria viva, ahora que se cumplirá medio siglo de su partida a la inmortalidad.

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Imagen: Graffiti callejero

Del Deber Ser a la Sangre

FESAL CHAÍN

Breve Introducción

Tanto se escribe de Chile, del ordenamiento de Chile, del futuro de Chile, y desde la misma política de siglos se discursea y se hacen gárgaras de dónde, cómo y cuándo deben vivir sus habitantes. Cultura le llaman, Educación Cívica, y por una parte se olvida la Geografía: la cordillera aplastando las espaldas y empujando al  cuerpo a la cornisa que angosta y resbalosa va a dar al mar. A los acantilados y al mar. Tanto además escriben los literatosos y articulistas de la necesaria paz social y de la calma individual pero olvidan la Historia, pues muy cómodos desde sus asientos mullidos andan dando cátedra desde la mente y no indagan en los siglos y décadas de derramamiento de carne, musculatura, huesos y sangre. Se olvidan de la Sangre de las venas y de la Sangre estallando sobre las calles.

Como mucho sabrán y si no lo saben hago una pequeña reseña: “En la elección presidencial de 1938 se presentaron tres candidatos: Pedro Aguirre Cerda, apoyado por el Frente Popular; Gustavo Ross, el candidato de la derecha ultraconservadora; y Carlos Ibáñez, apoyado por la Alianza Popular Libertadora. La campaña fue bastante dura, y ante la posibilidad cierta de la victoria de Gustavo Ross, los nacionalsocialistas criollos intentaron el 5 de septiembre un golpe de Estado en apoyo a Ibáñez. El golpe, en el que esperaban contar con el soporte de varios regimientos, fracasó desde el primer instante por la lealtad que mantuvieron los militares con el Presidente Alessandri y fue duramente reprimido. Los estudiantes pertenecientes al Movimiento Nacional Socialista Chileno, atrincherados en el edificio de la Caja de Seguro Obrero frente al Palacio de La Moneda, fueron masacrados por la policía tras rendirse, en un hecho que conmovió fuertemente a la opinión pública. Ibáñez partió nuevamente al exilio y el desprestigio del gobierno por la matanza del Seguro Obrero, así como el apoyo que entregaron los ibañistas y nazistas al Frente Popular fueron determinantes en la victoria de Aguirre Cerda y la llegada del Frente Popular al gobierno” [i]

Frente a este macabro suceso, 59 jóvenes masacrados, acaso la más cruel matanza política de nuestra historia contemporánea después de la de Santa María de Iquique y antes del Golpe de Estado pinochetista de 1973, Carlos Droguett publicó una crónica un año después, en el Diario La Hora, titulada Los asesinados del Seguro Obrero, y al año siguiente, el mismo texto como libro, al que le agregó la introducción Explicación de esta sangre. A mi juicio este libro es antológico, no solamente desde la literatura de vanguardia, (se le considera la primera novela testimonial de Chile)  sino a la vez desde el pensamiento social, que permite entender más allá del deber ser y del platonismo de políticos y escritores, lo que somos sobre la facticidad y las ideologías, y como podríamos, desde la realidad misma de nuestra conformación geográfica y humana, elevarnos sobre estas determinaciones, de una vez por todas. Vayan pues las palabras del gran escritor Carlos Droguett:
Introducción a la primera edición del libro LOS ASESINADOS DEL SEGURO OBRERO

Jueves 29 de Agosto de 1940, un cuarto para las once de la noche

Carlos Droguett

Temo -y no quisiera desmentirlo – que estas páginas que ahora escribo vayan a resultar una explicación de mí mismo. No importará. Lo que publico, después de todo, lo escribí porque lo sentí bien mío, íntimo de mi existencia, hace un año, cuando fue hecho. Por esto mismo no he querido cambiar nada, exhumar cosas para averiguar más carne, más sangre. Esta, se ha entregado al libro de la imprenta tal como se entregó a la página del diario el pasado invierno. Yo no podía meter mis manos en ella otra vez. Esa no fue mi labor verdadera. Yo sólo recogí, a la manera mía de coger las cosas, esa sangre que corriera hace dos años por nuestra historia; no fue otra mi tarea, agacharme para recoger. Traté de trabajar entonces con las dos manos para no perder detalle ni hilo, para recoger toda la sangre, para construirla otra vez, y que corriera más abundante por los cauces de nuestra historia. Así, pues, verdaderamente, esto no es un libro, no es un relato, un pedazo de la imaginación, es la sangre, toda la sangre vertida entonces que entrego ahora, sin cambiarle nada; sin agregarle ninguna agua, la echo a correr por un lecho más duradero y más sonoro. Mi tarea no fue otra, no es ahora, otra que ésta, publicar una sangre, cierta sangre, derramada, corrida por algunos edificios, por ciertas calles, escondida, después, para secarla, debajo del acto administrativo, del papel del juzgado. Quise hacerla aprovechada. Puse mi voluntad en ello, mi amor propio otras veces, mi rabia de entonces casi siempre. No se habría podido reunir esta sangre sin sentir rabia al ordenarla. Con rabia roja la escribí. De noche me puse a redactarla para sentir correr su fuerza. Así pude componerla, rehacerla hasta la última gota. Creo que está completa. Creo que no se pierda.

Se ha perdido tanta sangre ya en nuestra pequeña e intensa historia. Ninguno quiso nunca recogerla, todos la dejaron que corriera sola. Nadie tuvo voluntad, no, no tuvieron cabeza para recoger la sangre corrida en cada siglo, en cada tiempo, en cada presidencia, en cada política. Cada vez, cada ocasión, cada acontecimiento, existió la mano mala para verter la sangre, pero nunca tuvo existencia la mano terrible para recoger, para contar esa sangre. Abro la historia de nuestro pueblo y me quedan manchadas de sangre las manos, desde la primera hoja araucana. Toda la vida la dejaron que corriera, que cayera para secarse ahí mismo donde tumbó el asesinado, pero, cada día de escuela, los niños de nuestra tierra, cuando abren el libro de la historia, ven que las manos, hojeando la historia, les quedan empapadas. La sangre corre haciendo ondulaciones, haciendo un rumor de muchedumbre colorada por adentro del libro. Hemos sentido siempre sonar ahí la sangre, toda la sangre chilena vertida en la tierra nuestra y ella sola echada a correr entre las líneas, reunida en un gran río grueso. Es una sangre que clama al oído verdadero que quiera oírla, que corresponda con ella, que llama a gritos de sangre a la mano metida en el destino y que venga a rescatar, para trabajarla, para elaborarla.

Toda la sangre chilena, vertida por el crimen, se ha perdido, oigo con toda mi alma que se ha perdido. Ha sido ella nuestra mejor sustancia para confeccionar lo nuestro verdadero, lo de nosotros que dure. ¿Cómo han podido perderla? Toda la sangre, tanta sangre. Quiero mencionar alguna, para confirmar y para gritar mi sentimiento. La sangre heroica, la novelesca, la criolla sangre de Manuel Rodríguez, hasta ahora, se ha estado perdiendo, todavía corre por los campos de Tiltil, todavía corre y no se seca. No se secará hasta que alguno piadoso de cultura, de historia de sangre, la recoja con la mano del alma para elaborar el ser. La sangre de los hermanos Carrera, apresura su cauce, junta su onda a la de Manuel Rodríguez para sonar y reclamar juntas y ansiar juntas todo lo que ansiaron cuando eran vivos los cuerpos adentro de los cuales ellas corrieron; esa sangre de ellos, ya que ninguna mano la acoge, está creciendo sola, saliendo sola de la historia hacia la Ieyenda para escribir la leyenda. Tanta es su necesidad de estar creciendo. La sangre que corrió alrededor de los Pincheira, la que circundó a Benavides, la que se vertió encima de la cabeza rojiza de la Quintrala, ¿quién nunca ha querido cogerla con acto entrañable? No me olvido tampoco de la sangre de Portales, todavía moja alturas de la Cabritería esa sangre ardiente y cínica y tan macuca que anduviera en remoliendas con el ministro. La sangre de José Manuel Balmaceda, continúa, está tendida, desde su cuerpo amortajado de negro en la legación argentina. Nadie nunca la quiso recoger, sólo hicieron gestos con ella, gestos de panfleto que insufla, gestos de sentido político, gestos de novelón entregado. Pienso en el norte del salitre, y veo mucha sangre caída, perdida para siempre sobre la blanca sal. ¿Quién la hizo nunca sonar con voz de tierra de aquí? Ahora que está en decadencia la industria, habrá decaído la sangre, esperando mejores tiempos de sufrimientos con sangre. Pienso en las minas del carbón, del cobre, y veo perdida, escucho perdida para siempre la sangre que, siempre, que ahora mismo sigue sonando en los crímenes y en los accidentes subterráneos. ¿A qué mano de minero, a qué cabeza quisiera ella tocar con su dedo encendido, para que la cabeza la comprenda? Pienso en el sur de Chile, con su invierno de frío crudo, con su nieve, con sus naufragios, con sus días que oscurecen temprano, con su inmenso océano saliendo hacia la tierra, llevando olas grandes para ahogar gente y grito de gente. Pienso aún en el caleuche y lo veo despoblado vagando por la última agua del litoral sin ninguna mano que lo guie, con todos sus tripulantes espantosos, hasta nosotros, hasta donde está parado Chile, en la tierra, viviendo hondo y esperando muy hondo.

Pienso en los campos de aquí y me da una pena sin sangre; la sangre campesina ha corrido tanto como el vino en nuestros potreros y muchas veces corrieron, y muchas veces se confundieron juntos y nadie en medio del inmenso campo nuestro recogió esa sangre, ninguno la dijo, todos la dejaron perderse. Es tanta, tan abundante la sangre vertida en nuestros campos, que aun los escritores de las leyes la cogieron en la legislación protectora para ponerle valla de artículos, para echarla por cauce oficial. Aun los escritores de las leyes. Pero no los escritores – iNietzsche! – de la sangre, pero no los escritores – escritores. iAy!, hemos tenido tanto cuento campesino, tanta novela campesina, tanto poema campesino, tanto rústico de pluma en medio de la chacra. Y todos exangües. Mariano Latorre, Luis Durand, Marta Brunet, Federico Gana, Fernando Santiván, Rafael Maluenda, todos, han mirado hacia el campo de nosotros, pero sólo han visto la cueca, pero no la sangre que corría del tacón de la cueca, han visto el vino, pero no la sangre que corría del borracho y que parecía que era vino, han visto al patrón enamorando a la chinita, aun le han ayudado a enamorarla, pero no han mirado siquiera la sangre del aborto, han visto los rodeos de los animales chúcaros, aun les han hecho su rondel patriótico para mirarlos mejor, pero no han visto la doma y el rodeo del trabajador de nuestros campos. Cito nombres, me gusta citar nombres.

No es esto todo, no es toda la sangre. San Gregorio, Lago Buenos Aires, La Coruña, Ranquil, las federaciones obreras, las huelgas de Iquique, de Valparaíso, son manchas enormes de sangre, mapas de sangre en nuestra geografía que no se estudia, en nuestra historia que no se escribe, la única historia que, después, va quedando; no ha habido manos para preocuparse de ellas, ha habido para estarlas borrando, arrodilladas las manos, pero no ha habido con tinta de libro para restaurarle su rojo. Sólo el discurso político en el día electoral las coge cada año, para colgarlas cada año. Como digo continúa la sangre en nuestra historia.

Hablo aquí de la sangre determinada por el hombre, no de la sangre que determina la naturaleza. No de la sangre que vierten los terremotos, los naufragios, las tempestades, los derrumbes, el clima nuestro. No hablo de esta clase de crimen, que es bien grandiosa, bien numerosa. Ellos son el color de fondo para los otros crímenes, para la otra sangre. A veces no habrá que olvidar tampoco. Por ejemplo, el terremoto del año seis que asesinó en Valparaíso al grande Pezoa Véliz. Ahí estuvo la tierra chilena matando a su mejor pedazo.

Me pregunto a veces por qué, a pesar de tanto crimen que encierra nuestra historia, somos un pueblo a veces tan chico, tan chato, tan desabrido, tan salido hacia la grosería fea, tan sin alma a pesar de la tragedia, tan sin espíritu, a pesar del héroe, tan sin ensueños, a pesar de la leyenda. Con mucha sangre caída, ¿cómo no somos inteligentes? ¿Cuánta más tendrá que correr para que comencemos? Se piensa con lástima que no tenemos espíritu para vivir por el alma. Y se siente repetidas veces que lo tenemos muy grande, muy verdadero, diluido en sangre. Se siente con una voluntad parada en la tierra que somos un pueblo lúcido, que vamos, despacito, caminando hacia la lucidez de nosotros y no hacia la ajena. Con tanta sangre caída de tanto asesinado grandioso, en todo tiempo criollo, no podremos nunca ser un pueblo pequeño. Con tanto muerto de nosotros algún día encontraremos nuestra vida. La edificaremos con sangre. No tendremos sino que abrir la historia para hojear la sangre necesaria. La sangre fue siempre firme cimiento para duraderos edificios, la sangre es precioso suelo que fructifica construcciones. Se es grande cuando se tiene un muerto íntimo, bien personal, se comienza entonces, a no ser estúpido. Conoce uno que uno es un ser verdadero. Siente alta su sangre, capaz para muchas cosas. Los crímenes determinan lo bueno. Es la utilidad de los asesinos.

Aquí he recogido la sangre que más de cerca vi verterse, ésa que hace dos años bruscos a todos nos salpicó un poco. Quisiera creer que mis manos han sabido cogerla. Mis años, mi generación, digo mi tiempo, han hecho hábiles mis dedos. . . Esto, quiero repetirlo otra vez, no lo he escrito yo, lo escribieron los muertos, cada asesinado. Al publicar la sangre de ellos quisiera haber justificado todas las quejas que más arriba digo, todas las sangres de todos los grandes crímenes oficiales y particulares que en nuestra tierra se han vaciado con silencio o con ruido. He tratado, además, de escribir una historia, no otorgando franquicias ni al panfleto ni al escándalo. No me interesa lo fácil. Me quedo contento de haber sabido orillar y creo que no me equivoqué. Que se engañen los que esperan otra cosa. En las páginas que siguen hago historia, pero historia de nuestra tierra, de nuestra vida, de nuestras muertes, historia para un tiempo muy grande. En las páginas que siguen, subrayo el dolor y soslayo – no más – la política.

[i] Memoria Chilena. Matanza del Seguro Obrero.

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De SITIOCERO, 18/04/2017


Friday, April 21, 2017

ENVIRONMENT: An Intimate Look at Some of the Recent Global Natural Weather Disasters

Stan Cox and Paul Cox describe the destructive force of nature in the context of climate change.


The reader of How the World Breaks: Life in Catastrophe’s Path, From the Caribbean to Siberia (New Press, 2016) must be agile. The book demands that one navigate between several modes of consciousness in order to face the reality of human input into the “weather on steroids” that is routine these days. How the World Breaks takes us on a long tour, but not one launched with vacation or adventure in mind; rather it books us in at one disaster site, then another, and another.

Led by our worthy guides, we visit the scene of 2013’s Typhoon Yolanda in the Philippines in which entire settlements were washed away and some 6,300 people killed; Java where a mud volcano caused by gas drilling plastered 2.5 square miles of fields and villages with 40 feet of wet clay, cost 40,000 people their homes, and caused property losses of more than a billion U.S. dollars; and Kansas, where in 2007, a 205mph tornado flattened an entire town, destroying 1000 buildings. But surprise: just as the book takes us on this bleak journey, it also becomes an electrifying, can't-put-down detective novel exploring the whats, hows, whens, and whys of each catastrophe. And lest we become too diverted by intrigue, How the World Breaks is a sober investigation of the economics, politics, science, and psychology of a disaster's origins, progression and aftermath. Taken together, the landscape of climate change becomes a disquieting documentation of the mess we inhabit.

Stan Cox is the perfect person to write such a tome. A former government wheat geneticist, he is now research coordinator at the Land Institute in Salina, Kansas. He is a fervent advocate for sustainable agriculture, plus the author of books that explore the environmental impacts of air conditioning and of corporate food/medicine production, as well as rationing as one answer to capitalism's out-of-control consumerism.

The second perfect person to craft such a book is anthropologist and development/disaster writer Paul Cox (Stan's son). He lives in Copenhagen, Denmark, where he works for European and African development organizations while writing independently in such publications as Disasters and The New Inquiry.

I delved into How the World Breaks on a spring day boasting brutal unseasonal rains in a small city in the Andes. I needed no more than to pull the blanket to my chin to know the magnitude of this book's importance, so I asked Stan and Paul to join me for an online conversation.


Chellis Glendinning: What is How the World Breaks about? And how did you end up working on it as father and son?

Paul Cox: The title is a bit misleading, by design. The book is about how and why disasters happen, but the explanations aren’t all our own; we don’t have one big model or answer. Instead we were interested in all the explanations that spring up around disasters and, crucially, who embraces which explanations.

Stan Cox: It started after a disaster with many explanations: Superstorm Sandy. In 2012, following that calamity, my editors at The New Press asked me if I'd be interested in writing one on the increasingly unnatural nature of natural disasters. I had no direct experience in that world, but I knew there was much to be written about their increasingly human causation. I decided to write to Paul, who had studied the anthropology of disaster.

He started his response with, “Wow, that's a pretty huge topic,” and discussed the debates among disaster researchers and policymakers about vulnerability, resilience, inequality, and adaptation, along with what he called “the big issue: climate change itself, or the whole complex of pressures and vulnerabilities that it fits into.” I thought, “Oh oh, this is going to be a much bigger book than I expected, and I don't think I can do it without Paul.”

CG: How did you start?

SC: We resolved not to restrict ourselves to just climatic events, but to include hazards that emerge from the ground, sky, and sea. Since so-called "natural disasters" are social/political/economic phenomena linked to increasingly unnatural hazards, we dropped the term “natural disaster.” We wrote of “geoclimatic” hazards and disasters instead, and we hope that term catches on. We also realized that this could turn out to be a boring book if we made it an armchair study of U.N. policy debates, studies on risk reduction, international climate negotiations, etc. Instead, we decided to build our analysis on stories from the scenes of actual disasters.

PC: The subtitle, “Life in Catastrophe’s Path, from the Caribbean to Siberia,” might represent the book better than the title does. Since this seems to be the life of the future, we wanted to consider what such a life looks like—for rich and poor.

Disasters are, of course, terrible by definition. All that ought to matter is how to reduce people’s vastly unequal vulnerabilities to them and how to stop creating more. But instead, some explanations have turned into normalizations of it. We tried to make the book an antidote to that normalization by choosing disasters mostly from the last decade and pulling out all the awful, sad, strange, funny, and infuriating details that make each irreducible to a simple explanation.

SC: So from mid-2013 through early 2015, we studied and visited a dozen or so communities around the world whose inhabitants were struggling to recover from disasters. We benefited from the help provided by my wife, Paul's stepmother, Priti Gulati Cox—especially with the trips in India where she could translate not only language but much else. Priti also drew maps for each of the disasters.

CG: My guess is that New Press doesn’t have the funds to send a couple of investigators around the world. How did you get to all those places?

SC: You guess right. We didn't have big travel budgets ourselves, so we made modest travel plans. In 2013 Priti and I were already going to Mumbai, India, for a family visit, and we figured that if Paul joined us, we could talk with slum residents about the 2005 catastrophic flood they'd lived through. From there, we could go to the Philippines—which is famous for cultural adaptation to the world's worst frequency and variety of geoclimatic hazards—and on to East Java, Indonesia, site of a human-caused mud volcano.

Soon after we made those plans, the Indian Himalaya was ravaged by unprecedented monsoon floods and landslides. Two months before we set out for Asia, Typhoon Yolanda hit the Philippines in probably the most powerful storm landfall ever recorded. Were we superstitious, we might have decided at that point not to make any more travel plans! But the fact is that you can throw a dart at a map, and there has probably been—or will soon be—one or more terrible disasters somewhere near where the dart sticks. So we included Tacloban in the Philippines and the Garhwal region in India in our tour.

Paul had ridden out Superstorm Sandy when he was living in New Jersey and had helped with Occupy Sandy; then he found himself back in the area around the second anniversary of the disaster. For me, there were short drives to two tornado towns: Greensburg, Kansas, and Joplin, Missouri. And living in Copenhagen, Paul could easily get to the Netherlands and Russia.

PC: Our biggest concern was not to put ourselves in situations where we would be a burden on anyone. We worried most about that in Tacloban, where bodies were still being recovered when we arrived. We rode in on a public bus and spent the day in the city, staying out of the way of the relief activity and speaking only with people who were interested in talking with us.

The places we went and the people we met made this book what it is. But the one thing we didn’t want it to be, I think, was a travelogue. The literary scholar Graham Huggan has written, “Much of what passes for contemporary travel writing operates under the sign of the disaster.” Our book falls easily into that claim. But if accounts of disaster and climate change are taking over the role of travel writing—and I also have to give credit to Rune Graulund of Denmark for this observation—then there’s a huge amount of baggage that comes with the genre. Disaster writing can also be colonial, exoticizing, and self-centered. Our choice was to keep ourselves out of view.

CG: Tell me about what happened on the island of Montserrat.

SC: Montserrat is a papaya-shaped island five by 10 miles in size, located 250 miles southeast of Puerto Rico. It’s a British Overseas Territory—in other words, a colony. The first Europeans to settle there were Irish Catholics in 1632. By the early 1800s, the slave population was 6,500. Britain abolished slavery in 1833, but Montserrat remained under white minority rule until the 1960s.

In recent decades, the island has been the most disaster-plagued place in the Caribbean outside Haiti. Its residents were still recovering from 1989's Hurricane Hugo when the long-dormant Soufrière Hills volcano exploded in 1995. For two years the island was punished with volcanic violence, including explosive eruptions, fast-moving floods of steam, ash, gravel, and rock; and downpours of ash that covered everything. The eruption remains active to this day, with continuous release of gases that have been punctuated by ashfalls in 2003, 2006, and 2010. Almost two-thirds of the island, including now-buried former capital Plymouth, remain uninhabitable. Before the eruption the population was more than 10,000. It’s now 4,000. Many people emigrated, and those who remained had to move up to the previously undeveloped northern part of the island.

CG: I don't recall even hearing about this.

SC: We first became interested in Montserrat because of a British-funded development project aimed at generating electricity with geothermal energy from beneath the same volcano that had almost destroyed the island—a classic case of a silver lining. But that turned out to be a minor story. The bigger part was the failure of both the British Parliament and a series of island governments to rebuild decent housing and good livelihoods and help the people get back on their feet.

Four months before our visit, the island’s new political party, a group of activists called the People’s Democratic Movement, had been voted into power. Hopes were rising that Montserrat could finally get unstuck from the unnatural disaster/development crisis plaguing it. The PDM’s leader is Donaldson Romeo. As a journalist and videographer during the long crisis of the ’90s, Romeo had exposed the consequences of British neglect, including the horrific conditions that people fleeing the south of the island had to endure in refugee housing and tent camps. In the 2000s he got into politics to challenge the negligence and failures; he led the PDM to victory in 2014.

CG: It’s typical in the Caribbean for volcanoes to lie dormant for centuries, and then when they do start shooting sparks, steam, fiery rock, and sulphur/methane/carbon-dioxide gas, the episode can last for a year. But this volcanic activity has gone on for 20 years! How does detrimental human activity contribute to the activation of volcanic activity, particularly these irregular and unpredictable explosions?

SC: We talked with Rod Stewart of the Montserrat Volcano Observatory, and he said that this volcano is unique for the length of its eruption. There’s no ready explanation for it, and he won’t hazard a guess as to when the eruption will end. Human activity is a factor in volcanic disasters generally. Volcanic slopes like the one where most Montserratians lived before 1995 are attractive places to settle: the soils are fertile, the landscape is beautiful, and there is often employment in tourism. People may be able to live and work on those slopes for 350 years without problem—but there’s always a risk.

CG: Who else did you talk to?

SC: I had interviews lined up, but wanted most to talk with ordinary people and with Don Romeo. Over the next couple of days, in between interviews with government officials, I talked with local citizens. One was a woman named Janeen who had migrated to Montserrat from Jamaica just before the eruption began, had to evacuate homes twice, and now operates a run-down bar and grill on the island’s one main road. Simply by persevering through the past two decades, she has proven her resilience, but like everyone else, she is getting tired of being so resilient. She said she had high hopes for Romeo and the PDM. On the other hand, she feared that the government in London might never “step up.” She and other Montserratians had worn out their bootstraps long ago.

CG: One thing that surprised me is the islanders' desire to boost the economy with "disastourism."

PC: Ha! We sort of made up that word, although I assume we aren’t the first. Unlike nearby islands like Antigua and St. Kitts, Montserrat has no good harbor, so it has never been a major cruise destination. But before Hugo and the Soufrière Hills eruption, ferries, small cruise boats, and private craft would visit the Plymouth pier. Many North Americans bought houses and spent winters there. Romeo and the local government want London to build a new port in the north that can bring some of that small-scale tourist traffic back—with an added attraction: tours of the volcano observatory and zone of destruction in the south.

CG: Did you see the disaster area?

SC: Priti and I went into the zone in the south that had been opened to daytime entry. The volcano loomed above, belching huge clouds of steam and sulfur dioxide. Below we could see the area that people are barred from entering for safety reasons: a broad gray plain ringed by mangled, abandoned structures. Across that expanse there was no visible sign that the city center of Plymouth lay fifty feet below.

CG: It sounds almost like a sacred place.

SC: Yes. We stood there in utter silence for a long while, as our minds struggled to piece together a rational image from the post-apocalyptic landscape. After that, we wandered into long-abandoned houses. In one, plates and pans, now covered in volcanic ash, were still sitting in dish drains where they’d been abandoned years ago. Another neighborhood was being reclaimed by tropical vegetation, and we noticed a man who was sweeping dust and ash out of a house. He wasn’t interested in talking. I decided that “disastourism” isn’t all it’s cracked up to be.

On our way back to the habitable north, we stopped at a shop to buy vegetables. As we were paying, in came none other than Don Romeo. “Heard you on ZJB Radio today,” he said. “When are you leaving?” I told him Sunday morning. “OK ... what if I drop by on Saturday evening? There are some things I need to tell you.”

The admiring looks on the faces of the people in the shop confirmed what we already knew: Romeo is a heroic figure. But he knew he wouldn’t be a hero for long if Montserrat remained stuck in disaster time. His first words when he arrived at the cottage were: “I didn’t expect to become premier this soon.” He went on to talk about how he was having to metamorphose from an activist into the island’s leader and how he’d better not let people down. Then he told us how the British government had betrayed the people of Montserrat. He believed the refusal of the colonial power to restore housing and livelihoods after the eruption was not really a failure but a strategy. In the mid-1990s, having just finished rebuilding Plymouth after Hugo, the British had no interest in funding the island’s development again. Romeo believes they let conditions become intolerable so people would have no choice but to evacuate. He told us, “The idea was to get us off the island. But we’re still here.”

He became emotional when the conversation turned to the 1997 flash eruption that killed 19 people. He said those people had been pushed into risking their lives in the hazard zone by the deplorable conditions in the refugee camps and the lack of opportunity to earn a living in the north. “People were so desperate,” he said, “they would go back onto the volcano to grow food and keep animals.” Life on his island, he told us, will never be restored until the UK takes full responsibility for its “deliberate deception” and neglect of Montserrat. I'd been reading accounts of that era and the British betrayal with growing frustration, but to hear Romeo talk about the rawness with which he and other Montserratians view those events… I was boiling inside.

CG: You visited one scene of destruction after another. What was that like?

PC: What always confronted me first was awareness that what I feel is only a shadow of the experience of the disaster.

CG:You felt a sort of timidity then? Or perhaps awe?

PC: More like caution: just as there is much more of the volcano down under the ground, there is so much more human experience wrapped up in a disaster than one can possibly know. Some things can’t be communicated if you weren’t there. But other things can. At least that was our assumption in writing a book.

Often my second feeling was déjà vu. That is to say: awareness of repetitions and patterns. This awareness can feel like a betrayal of the uniqueness of the pain and the place, but as writers it was essential to our job. There are patterns to how the ground can shift; that’s what makes seismology possible. There are only so many ways the roof can come off a house; that’s why we have engineering. And likewise there are certain ways people deal with pain and shock and re-establish hope; that’s the basis of psychology. Disasters knot these patterns up together, even if no two events are wholly alike.

CG: In my work as a psychotherapist, I specialize in recovery from personal trauma. Some people say to me: “Isn't it depressing?” Yet I never feel down because I am working with people who want to heal and therefore have the wherewithal and spirit to heal—so being their partner in the process becomes an uplifting experience. I am struck with how you begin the book with a testimony to renewal.

SC: That first story occurred in the Indian Himalaya, and our trip there was probably the most disturbing experience we had. Paul suggested we begin and end the book with it because the floods there were in many ways the most spectacular and tragic of all the disasters we wrote about. Those who survived have been put to the ultimate test of emotional strength and perseverance—with virtually no help from outside.

PC: It was depressing. Yet the story with which we begin the book, Ramala Khumriyal’s personal experience, was a hopeful one. In June 2013 a natural dam holding back a large lake 12,000 feet up in the Himalayas melted. The entire lake emptied within minutes, and the busy pilgrimage site of Kedarnath a mile down slope was buried by water, mud and rock. Ramala barely escaped up the mountainside with his six children; as they fled, they looked back to see thousands being swept to their deaths. With roads and footpaths destroyed, they had to find their way home through the landslide-scoured mountains. It took them six days.

Once they had to cross a river on a fallen tree trunk, inches above the still-raging flood. Many people did not make the crossing, but Ramala’s family did. This, he said, was the last of many tests they’d received from Lord Shiva, who resides in these mountains and is worshiped at Kedarnath. Ramala and his children had passed all the tests, and in this he found the hope he expressed to us.

SC: By the time we arrived, Ramala had become co-owner of a new startup! Before he’d run a tea shop in Kedarnath, but he had no desire to return there. So with assistance from Adarsh Tribal, a young outsider working for the aid group iVolunteer, Ramala and another man started a soap-making business. Adarsh helped them get the necessary ingredients up to the mountain. It was a low-tech operation, and their product was top-notch. They used a vegetarian recipe—without tallow—and that was a selling point in a pious Hindu region.

PC: The closest we reached to Kedarnath was the village where the pilgrimage footpath begins, Gaurikund. The road having washed away, we had to cling to rocks and tree roots for the final kilometer to get even that far. We were talking to people who were playing carom in front of the only open shop on the half-main-street—the other half had fallen into a chasm along with a number of hotels. Our discussion paused when two outsiders came along the street leading a pair of donkeys. One was wearing a well-tailored wool jacket and the other was carrying a camera. They silently continued toward the start of the pilgrims’ footpath—and returned ten minutes later. As they passed the second time, the cameraman explained to a local that the visitor was on a government fact-finding mission from New Delhi. He was supposed to report on the state of things in Kedarnath, but he’d just gone to the trailhead so he could have his photo taken on the back of a donkey with snowy peaks in the background. Our hosts thought this was a fitting demonstration of the extent of their government’s sympathy; Adarsh, who was interpreting, couldn’t even translate the obscenities they used!

SC: The floods and landslides had not only cut Kedarnath and Gaurikund off from the rest of the world; they had wreaked ruin along the 100-mile road that leads up the valley from the plains.

PC: We experienced pure terror on the jeep ride up and back, especially where the road had become a thin shelf hanging off the mountain face and we could see right through potholes down to the valley floor.

SC: Before the flood, there’d been a burgeoning new industry that hauled well-heeled pilgrims up the mountain in helicopters. Like road-building, the construction of the 400 helipads serving that business worsened the landslides, and almost all of the helipads were damaged beyond usability. The tourism industry was crippled. Neither Adarsh nor the people in Gaurikund nor anyone else said they could foresee any potential economic activities that might provide the valley’s people the modest incomes they had derived from tourism. That was the tragedy: the only route anyone could see to local economic viability was to rebuild the very industry that had almost destroyed them once and could well destroy them in the future. Now three years after our visit, despite recurring monsoon floods, the 2015 earthquake in Nepal, and raging forest fires in 2016, slow efforts to piece tourism back together have been the only official response.

CG: Reading your book, I remembered the collective disasters I've endured, which include Hurricane Hazel in 1954, the 2001 Los Alamos fire catastrophe and a rain-hail storm/flood in 2013 that laid flat the campesino community in Bolivia where I was living. Have you been through any such events?

SC: Well, I’m thankful that neither of us has had the wealth of experience of disasters-in-progress that you have!

PC: I remember filling sandbags there during the Great Midwest Flood of 1993, when I was nine. I remember the pizzas that someone delivered to the crews filling sandbags. That was an early taste of disaster solidarity.

SC: Pizza: the quintessential disaster food! What we both can say, though, is that a tornado 80 years ago had a profound impact on our family. Lucille Brewer Cox was my grandmother, Paul’s great-grandmother, and she was among 203 people killed by the Gainesville, Georgia tornado of April 6, 1936. It struck downtown in the middle of a business day. Lucille was working in a department store on the town square. My grandfather had a ground-coffee business just off the square. The tornado left him buried under sacks of coffee beans, which protected him from falling debris. He dragged himself out and ran over where Lucille's store had been, and tragically, recognized her shoes protruding from the rubble.

The catastrophe struck a population that was struggling to survive the Great Depression. So everyone in town went through severe times. But it was also the height of New Deal optimism. President Roosevelt visited twice, and his administration set out to make Gainesville an example of government as a positive force. Reconstruction aid poured in, and the town gained a lasting reputation as a vigorous, progressive city.

CG: The psychiatrist Robert Jay Lifton spoke of a loss of belief in the future among survivors of Hiroshima and Nagasaki, and as the nuclear arms race grew to threaten the entire planet, generalized this response to include all of us. How do you feel now that you know intimately what so many still living in non-disaster bubbles “know” only by watching videos and reading newspapers? I ask this with a view toward the ultra-right presidency of Donald Trump, with his troupe of oil executives and climate-change naysayers.

PC: I don’t think we know that much more than people watching videos and reading newspapers.

CG: I'm amazed to hear you say that.

PC: Reporters and videographers are good at communicating pain, and disasters are among their most powerful material. If someone can see all that pain and rationalize their way out of being affected, I don’t think it’s because they haven’t seen something that we’ve seen.

We write about various forms of rationalization, and about something like a loss of belief in the future, but that doesn’t always look the way you expect. Take the idea of resilience—which has been spectacularly popular in recent years. The resilience doctrine rationalizes that disaster is inherent in everything, and that the most people can hope for is to get better at bouncing back. At heart this attitude has little to promise for the future.

This discourse has been thoroughly critiqued, and we join that critique. But the resilience doctrine is really the stuff of global neoliberal governance, of U.N. conferences and development cooperation regimes. You could say it’s the sort of “globalist” project that the Clintons were accused of furthering.

The election happened in the middle of this conversation with you, Chellis, and we felt it like an earthquake. Or maybe it was more like a forest fire; the fuel had been building up for many years. Up until Election Day, we thought our biggest worries were well-intentioned international initiatives that would actually make life worse or be band-aids on the catastrophes of climate change. We were concerned about an abundance of optimism that says climatic disaster can be endured if our economies just keep growing.

CG:Astonishing—and yet denial does help people feel better.

PC: Now it feels like we were the ones in denial! We wrote in the book that climate change optimism would be “what we will have to worry about when we don’t have to worry about climate-change denial anymore.” As it turns out, we still have to worry about it—and also about resurgent zero-sum nationalism, triumphant oligarchies, and fascism. We face a lack of regard for common humanity that’s based on forthright racism.

SC: We set out to share stories of communities on the front lines of the ecological crisis in hopes of influencing US citizens and our government’s policies. But far too many people don’t want to hear about anyone’s predicament but their own—enough of them to make the November 8 political temper tantrum succeed. Those angry Americans had no regard for the consequences to be suffered by vulnerable people and communities here or elsewhere.

The rest of the world has pledged to carry the Paris climate agreement forward without the U.S., but even if they do fulfill their emissions commitments, under the agreement those commitments would still allow warming of 2.7 to 3.5 degrees Celsius, which in itself would trigger planet-wide catastrophe. The past couple of years have shown that unforeseen political and social change can come suddenly and dramatically, and that’s certainly what we’re going to need now—but in the opposite direction.

PC: “Sudden and dramatic” are also the qualities that make a disaster a disaster, as distinct from the general, slower trend of climate change. And there is often a hope expressed that if a disaster comes along that's just bad enough, it will shock societies into transformation. Please understand that it’s not what we are hoping for: we are anti-disaster! Besides, the scholarship on possible links between disasters and political change is tentative about shocks causing positive change. If we can draw a conclusion from our research, it is this: when positive change happens in the aftermath of a disaster, it’s because the people affected are ready for change and have the power to see it through.

SC: Until there is deep political and economic transformation to roll back climate change, communities like the ones we wrote about will keep paying the price. Remedies we put forward—like a fund to protect people in the global South from the disastrous impact of the North’s carbon dioxide—had no chance in the political world that existed even before November 8. But we weren’t devising a political strategy; we were saying, “Look, this is what it would take to deal with coming disasters. We have to talk about what’s necessary, not just what politicians and corporations will accept today.“

Likewise with emissions reduction. We have to insist that the only way to head off climate catastrophe is to eliminate fossil-fuel burning on a timetable much more rapid than Paris’s. Now, in this toxic political atmosphere, many on our side will stop discussing that necessity and seek small compromises instead.

CG: Is there anything that heartens you?

SC: Yes. I'm heartened by declarations from cities and states around the world that commit to forging ahead on climate, no matter what Washington does. That, and a lot of rebellious political activity, will have to do for now.

Chellis Glendinning is the author of seven books, including "Chiva: A Village Takes On the Global Heroin Trade." 

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De ALTERNET, 20/04/2017


“THE LOST CITY OF Z” AND “AFTERMATH”

ANTHONY LANE

Until now, the films of James Gray, who was born in Queens in 1969, have stayed close to home. His début feature, “Little Odessa” (1994), was set in Brighton Beach. “The Yards” (2000), which confounded everything you’ve heard about the curse of the sophomore work, was more adventurous, travelling as far as the Bronx, but the third film, “We Own the Night” (2007), kicked off in Brooklyn, once again, and could hardly tear itself away. Nor could the agonized “Two Lovers” (2008). It was not until “The Immigrant” (2013) that Gray spread his wings and took flight. He made it all the way to the Lower East Side.

By any standard, therefore, his latest movie, “The Lost City of Z,” comes as a shock. Admirers of Gray (a select but ardent bunch), upon learning that he was busy filming in the jungle, will have said to themselves, “Hmm, the Bronx Zoo. Interesting choice.” Little did they know. The jungle in question is the real deal: steamy, infested, and perilously short of good delis. Much of the story unfolds in the depths of Amazonia; other locations include Ireland, London, and the English countryside. What’s going on? If Gray continues like this, his next project will be shot in Alpha Centauri.

The hero is Percy Fawcett (Charlie Hunnam), a British soldier who journeyed up the Amazon at the start of the twentieth century and, like other questing souls before and since, became obsessed. He was convinced that the remains of a forgotten civilization lay concealed in the rain forest, and it is generally assumed that he lost his life in pursuit of that belief; he and his eldest son, Jack (Tom Holland), were last seen venturing into the jungle in 1925. Fawcett’s exploits were described by David Grann in this magazine in 2005 and subsequently in his book “The Lost City of Z” (2009). Gray has borrowed the title, and he dramatizes many of the episodes to which Grann and other writers have referred. Yet the movie that results should not be combed for historical truth. It is best approached, I would say, as a fantasia on Fawcettian themes.

We first encounter Fawcett, suitably enough, on another hunt—on horseback, racing across the Irish countryside on the trail of a stag. Here, as in a later scene at the Battle of the Somme, Gray shows himself to be a master of the moral sketch: a burst of decisive visual gestures that give us the character of a person. We gather at once that Fawcett is bold, impatient, and chafed by recklessness. He lusts for glory, but only his own, and a mass of wounded feelings is encased in his tough hide. A dull run of military postings has left him with no medals. Worse still, he has been, as someone remarks, “rather unfortunate in his choice of ancestors.” His father was a gambler and a drunk, and Percy must redeem the family name. Summoned to the Royal Geographical Society, and asked to survey an unmapped region of Bolivia, he says, “I was rather hoping for a position where I might see a fair bit of action.”


He need have no worries on that score. It is not long before arrows are thrumming toward him from the banks of the Amazon, fired by the indigenous people into whose land he and his men have drifted. Still to come: white-water rapids, an inquisitive panther, and a surprisingly cheerful sojourn with practitioners of cannibalism. Does this fair bit of action, however, mean that “The Lost City of Z” counts as an action movie? It seems more like a study in restlessness. Fawcett went to the Amazon eight times. For the purposes of the film, these have been compacted to three, and what excites Gray’s imagination is the clash—or, stranger still, the momentary merger—between distant cultures. Whichever continent we are in, we sense the gravitational pull of another. When Fawcett returns after one expedition, the front of his English house is wreathed in creepers, as if the tendrils of vines had spread across the sea. He stands in the shadows of his hallway, and something gleams behind him—the leaflike blade of a spear.

That image is purest Gray, and it heeds a guiding principle of his work: the light shines in the darkness, and the darkness has not overcome it, though not for want of trying. Hence the start of the new film, when a black screen is relieved by a patch of flickering flame. Hence, too, a board meeting of the Royal Geographical Society: prosaic stuff, except that these crusty Edwardian gentlemen, couched in Gray’s menacing murk, remind you of the mobsters and the City Hall scumbags who populate “The Yards.” Everywhere you look is jungle, and it’s both fitting and pitiful that what Fawcett picks up near the Amazon, and brandishes back in London as evidence of his theories, is not the bright gold of Eldorado but a handful of broken pots, the color of old earth.

Z, for him as for other explorers, is what you dream it to be, and Fawcett, in turn, is open to transformation. Well before his vanishing, legend coiled around him; his reports and speculations may have prompted his friend Sir Arthur Conan Doyle to write “The Lost World” (1912), the precursor of “Jurassic Park.” You could equally frame Fawcett as desperate, deluded, and ill-prepared. Some of that bitter comedy clings to the hero of Evelyn Waugh’s “A Handful of Dust” (1934), who heads haplessly into the rain forest and never comes back. Humor, though, is not Gray’s forte, and his Fawcett is a sturdy and somewhat monotonous creature, who, for all the strivings of Charlie Hunnam, does not consume us. “We shall not fail,” he declares, pompously and—as it turns out—inaccurately. “Mankind awaits our discoveries.”

The irony is that the right person for the role is, for much of the movie, standing beside him. Robert Pattinson, looking a bit like Edward Lear, with little spectacles and an uncharted wilderness of beard, plays Henry Costin, who accompanies Fawcett on his initial trip, in 1906, and stays with him through the First World War. (In fact, the two men did not meet until 1910, nor did they fight together at the front. The Costin in the film is a composite.) Pattinson cuts an unlikely figure, yet you follow his every move, and, from the instant at which he laughs at a snake on the forest floor, you wonder what compels him. Unlike Hunnam, he hints at mysteries held in reserve, as does Sienna Miller, who plays Fawcett’s wife, Nina—calmer and cleverer than him, and eager to escort him on his journeys, but kept at home by the dictates of an age more nervous of women’s equality than of Amazonian tribes. In a gorgeous sequence that concludes the film, she descends a staircase toward a large mirror, in which is reflected the rich and writhing green of the jungle. Her mind is elsewhere, still in search of her husband.

Gray is hampered, to an extent, by treading in the tracks of Werner Herzog, who went to South America with Klaus Kinski, his leading man (or, as Herzog calls him, “my best fiend”), and returned with the extraordinary “Aguirre, Wrath of God” (1972) and “Fitzcarraldo” (1982). The raft on which Fawcett, Costin, and their comrades glide along the river, with piranhas lurking below and hoping for human flesh, is a mere vessel, whereas the raft on which Kinski lurches at the end of “Aguirre,” ranting to himself of unceasing conquest, with a dead daughter and a seething mob of monkeys, feels like the end of everything. “The Lost City of Z” is beautiful, mournful, and measured. But the tale that it tells cries out for madness.

How good an actor is Arnold Schwarzenegger? All power to the magnitude of his stardom, the monumental heft of his presence onscreen, and the assurance with which he staked out his limits and labored so mightily within them. But what happens when he dares to step outside them? There were hints of that experiment as far back as “True Lies” (1994), and they resurfaced in “Maggie” (2015), in which he was seen to weep. Gone is the time when the tears of a Terminator, like an alien’s blood, might have burned through metal floors.

In Elliott Lester’s “Aftermath,” Schwarzenegger plays Roman Melnyk, who lives in Columbus, Ohio, and works in construction. One evening, he goes to the airport to greet his wife and their pregnant daughter. But the plane is involved in a midair collision; all two hundred and seventy-one people on board the aircraft are killed. Lester winds back and retells the story of that night from the viewpoint of Jacob (Scoot McNairy), the air-traffic controller whose error, compounded by a phone glitch, caused the crash.

The first third of “Aftermath” is stripped to emotional basics (one man seized up with grief, another with guilt), and it delivers quite a jolt. Sadly, as the characters converge, the rest of the movie loses force; it slackens and then rushes, and the time frames feel out of joint. Still, you are left with the fascinating spectacle of a revenge drama in which Schwarzenegger is slow to wrath, and with the lingering ghosts of blockbusters past. As he lumbers toward a slimy lawyer, who is offering a compensation deal, everything in you wants to shout, “Go on, Arnie! Toss him through a wall!” Whereupon Roman whips out not a shotgun but a photograph of his loved ones. All he really wants is an apology. 
Anthony Lane has been a film critic for The New Yorker since 1993. He is the author of “Nobody’s Perfect.”

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De THE NEW YORKER, 17/04/2017


Ilustración de Wesley Allsbrook

Wednesday, April 19, 2017

Cuchilleros: historias forjadas con fuego

NICOLÁS GARCÍA RECOARO

Pesada, en caída libre, la maza golpea el acero que reposa tórrido sobre el yunque. Ante cada embestida, el vapuleado metal dispara decenas de chispas como un volcán en erupción. Con dosis desparejas de templanza y frenesí, los mazazos de Mariano Gugliotta dibujan el candente acero de Damasco. "¡Guarda con los chispazos! –advierte el artesano y ensaya la arremetida final–. Como le comentaba hace un rato, este va a ser un cuchillo multilaminado, con varias capas. El proceso es largo: hay que limpiarlas, llevarlas a 1200 grados en la fragua y luego hacer el caldeo a puro golpe: una soldadura sin electrodos. Imagínese el trabajo para lograr el dibujo, es como un hojaldre. Arranco con 20 capas, pero se van plegando, después son 40, 80… Soy el segundo que lo hizo en el país. El primero fue mi padre".

Gugliotta lleva en los genes el noble oficio de forjar hojas afiladas. La saga familiar arrancó hace varias décadas, cuando su abuelo Miguel llegó de Italia a hacer la América. En el campo comenzó a trabajar en un taller de herrería y adoptó el gusto gaucho por los facones. Su hijo Miguel, mecánico de profesión, heredó la pasión por trabajar el fierro. "Mi viejo fue explorando esta técnica artesanal que viene de los romanos –recuerda Gugliotta–. Le preguntaba a mi abuelo sobre herrería, pero también aprendía de las revistas especializadas yanquis que llegaban acá en los '80. Pateábamos Corrientes para revolver las mesas de saldos y por ahí aparecía alguna".

Golpe a golpe sobre el yunque, papá Miguel se transformó en un secreto a voces de la cuchillería. Su otra pasión eran las artes marciales, y un día decidió forjar katanas, el sable curvo de los samuráis. Su fama atravesó fronteras: le llegaban pedidos desde Estados Unidos y aun de Japón. Una tarde, Lou Reed, fan y coleccionista, visitó el taller de Villa Soldati para asegurarse una espada.

Hace ocho años, Miguel se retiró. Mariano es el último eslabón de esta genealogía. En su infancia, lo apasionaban las aventuras de Tarzán, Mac Gyver y Rambo: "Cuando le pedí a mi viejo el cuchillo de Rambo, me dijo que era una bosta. Igual me lo compré. Tenía razón, parecía de plástico". Cuando terminó el secundario, estudió Derecho y estuvo al filo de obtener el título, pero lo atraía el metal. "Fue como el cuento 'El llamado de lo salvaje', de Jack London. Largué todo y me metí acá." En 2003 arrancó de cero en su propio taller, en el fondo de su casa. Empezó a buscar su sello de autor con los puñales criollos. Y al poco tiempo, la fortuna golpeó su puerta, cuando un estadounidense le compró uno. A los seis meses, la mítica revista Tactical Knives hablaba maravillas del "cuchillo gaucho" que llevaba su firma. Ese fue el despegue. "Ese año participé en una feria en la Rural. Salí de Soldati con 80 centavos en el bolsillo. Me volví con 1000 dólares". Compró herramientas y máquinas para mejorar su producción, que hoy no supera las dos piezas semanales. Cada cuchilla que forja es una obra de arte. Y se volvió un "coleccionable".

Mientras cae la tarde en el suburbio, Mariano bebe un vaso de Coca Light y repasa la historia de la cuchillería local: "Acá nunca se incentivó la producción de cuchillos artesanales. Al contrario, dominó la importación. Desde la conquista española estuvo prohibido que los nativos usaran armas. Entonces, los gauchos recauchutaban limas, sables rotos: el reciclaje es el origen. En otros lugares fue distinto: los yanquis tuvieron a James Bowie y los alemanes fabricaban en un día lo que acá se hacía en un año." Pese al viento en contra, la pasión nacional por los filos se mantuvo a flote. "Acá nadie se sorprende si sacás tu cuchillo en un restaurante para comerte un asado. Amigos de afuera me dicen que este debe ser el único país del mundo en donde se venden en el aeropuerto".

Antes de despedirse, Gugliotta reflexiona sobre el futuro de la herramienta que le da de comer: "Aunque avance la tecnología, el cuchillo no va a pasar de moda. Piense que nos cambió la dieta, en la época de las cavernas. Cuando el hombre hizo el primer cortante con una piedra, dejó de comer las vísceras de los animales. Empezamos a fetear la carne y creció el cerebro. Empezó otra era. Se lo explico con palabras de un pibe de Soldati."

Memorias filosas
Los cuchilleros empezaron a forjar a fuego lento su historia como arte y profesión hace más de diez siglos. Durante la Baja Edad Media y el Renacimiento, los trabajadores de los metales comenzaron a organizarse en sindicatos y guildas. En su libro El artesano (2008), el sociólogo norteamericano Richard Sennett cuenta que en aquellos tiempos el aprendiz de orfebre estaba sujeto a su puesto mientras aprendía a fundir, expurgar y pesar metales preciosos, bajo la paciente guía de un maestro que lo educaba en su taller. Una vez presentada una obra maestra en su lugar de residencia, el novicio cerraba su período formativo y comenzaba a ejercer su oficio en el vasto mundo. Era una actividad de aires nómades, plagada de aventureros. El gran orfebre "heroico" de ese período fue el florentino Benvenuto Cellini. En su jugosa autobiografía, titulada simplemente La Vita, Cellini se jacta: "En mi obra, he superado a muchos y he llegado al nivel del único mejor que yo". Se refería a Miguel Ángel.

La Ilustración, el Iluminismo, las ideas de libertad de la Revolución Francesa, nacen con una cuchilla y terminan en otra. Denis Diderot, a quien se debe la concepción y ejecución de la Enciclopedia Francesa, la suma de las ideas laicas, libertarias, científicas del siglo científico que fue el XVIII, era el hijo de un cuchillero, y a veces se lo llamaba así despectivamente. Diderot escribió, en los tomos de la Enciclopedia, los artículos técnicos, incluyendo el de la orfebrería. La cuchilla con la que termina esta historia es la de la guillotina, obra de monsieur Guillotin, y perfeccionada por Luis XVI, a quien no le faltaría ocasión de experimentar el uso de tan eficaz invento.

Cocodrilo Dundee
"Sin duda, los franceses son mis mejores clientes. Son locos por los cuchillos. Ojo, nosotros no nos quedamos atrás, y si te alejás un poco de la ciudad, en las afueras de Buenos Aires, todavía siguen resolviéndose pleitos a puntazos", cuenta Julio Argañaraz, un artesano de San Telmo con una docena de años en el gremio. Mientras ordena algunos criollos y damasquitos en su local de la histórica Galería de la Defensa, a pasos de Plaza Dorrego, relata historias dignas de un cuento de Borges: "En Madariaga, un ambiente muy gauchesco, si hay algún atrevido en un boliche, la pelea es a facón. Pero ya no hay tantos revuelos".

Argañaraz es oriundo de Tucumán. En sus 47 años de vida aprendió un sinfín de actividades: trabajó el cuero, crió exóticos peces de estanque y se curtió en la construcción. Con su sombrero gastado, tiene un aire a Cocodrilo Dundee. Se define como un artesano autodidacta. Su pasión por la cuchillería le viene de muy joven, cuando comenzó a armar una colección. Su tesoro era un Randall reluciente. Un día decidió exponerlos a cielo abierto en la feria del barrio y un curioso le ofreció un dineral.

"Cuando estaba negociando, se me ocurrió que esta podía ser una buena manera de ganarme la vida". Se instruyó entonces sobre las diversas aleaciones, el golpe preciso para el forjado y el secreto del templado, el alma del cuchillo.

Argañaraz ha forjado cuchillos con elásticos de autos, clavos de tren y hasta acero de camastros. "A veces agarro un fierro y voy diseñando en mi mente cómo va a quedar. Por ejemplo, este va a ser un machete japonés. Y le voy dando forma: el filo cónico, pienso un cabo, que puede aparecer en la calle, un hueso, una madera rara. Reciclo todo el tiempo, desde pibe. Todo sirve".

Argañaraz mira fijo la hoja de un Bowie pantagruélico: "A veces me piden modelos para cazar jabalíes, para el remate. Se juega todo ahí, y el cuchillo tiene que funcionar sí o sí. La presión que ejerce el animal puede partir la hoja. Y un jabalí no te perdona la rodilla". «

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De TIEMPO ARGENTINO, 15/04/2017

Imagen de portada: Lou Reed en la revista KUNG FU
Imagen: Fotos de Eduardo Sarapura.


La batalla de la historia

JORGE MUZAM

Hay vida a pesar de Trump. Apogeo de una estación olorosa a membrillo. Ires y venires de hormiguitas humanas que trabajan incansablemente para eternizar su forma de amar y de odiar. 

Los manzanares se retuercen de tan cargados. Hay castañas diseminadas en los patios, a orillas del camino, cajetillas espinosas a medio abrir que se pudrirán con el próximo invierno. Volvemos a cocinar guisos cálidos, lentejas con tomillo. Al mate le agregamos agua más caliente. El oloroso cedrón permanece humedecido con el rocío cordillerano. La estufa arde en la penumbra de una habitación silenciosa. Los libros descansan en la esquina del escritorio. Tobías Wolff tirita por una nueva copa. Se ha descargado el celular. El reloj de la pared anda atrasado.

Los minutos se pasman con las bravuconadas imperialistas expelidas desde el televisor, la radio, los diarios, internet. Imaginamos hongos atómicos asomándose detrás de las montañas, nubes negras cubriéndonos el sol, abejas derribadas, rosas tristes, vacas mugiendo ante un pasto envenenado. Y los niños, todos los niños buscando una explicación ante ese ventanal donde se oscurece el mundo.

Digo que tengo hijos, pareja, amigos, parientes, gente a la que estimo. Considero que no molestamos a nadie y solo queremos vivir tranquilos aportando lo nuestro, contribuyendo a la continuidad de las estaciones, regando el tomatero en época de sequía, tomando las uvas que nos prodiga el otoño, oliendo la flor del castaño. ¿Nos importa el resto? Claro que sí. Pero ayudamos con organización, prolijidad, asesoría, presencia, cultivo, construimos bases sólidas basadas en el respeto mutuo, enriquecidas con la diversidad, resistentes para soportar los zapateos de una vida enfiestada.

Pero hay locos que nos quieren dejar sin nuestra paz. Embajadores plenipotenciarios de la codicia humana. Locos que destruyeron Siria, Irak, Afganistán, Líbano, que irán por Corea, Irán o Venezuela. Locos que hace 44 años estropearon mi propio país. Pienso en los niños. En todas partes desearían ir alegremente a un colegio, jugar en las plazas, subirse a los árboles, flirtear con un compañero, tener padres sanos, respetados y fuertes hasta llegar a ser adultos. Pero hay locos que amenazan todo esto. Y antes eso, los viejos, los que ya tenemos parchada el alma, el corazón rugoso de tanto frío cósmico, la mirada haciendo saudade ante la nada, los viejos estandartes de la era sacrificada, no podemos sino ponernos el turbante afgano y rebelarnos con toda la fiereza posible. Nada nos espera por delante más que seguir combatiendo con armas de sombrero de conejo en esta infatigable batalla de la historia.

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De CUADERNOS DE LA IRA (blog del autor), 19/04/2017