Tuesday, May 23, 2017

Ya es bastante invierno

JORGE MUZAM

Por aquí ya es bastante invierno, le digo por mensaje a Pablo Cingolani. Llueve con murmullo persistente. Ha nevado en las cumbres. Las escampadas tienen rumor de viento norte. El musgo se apodera de las piedras, de los estanques, de los troncos viejos. El río Ñuble vuelve a adquirir la prestancia y el rugido de un río sureño. Despierto temprano, incluso en día domingo, es una conducta propiamente campesina que suele acompañar toda la vida. Café para espabilar mirando por la ventana el Malalcura, comprobar que sigue en su sitio. Que la historia previa no fue una ilusión ni menos un sueño de Monterroso. Mis ingredientes para vivir suelen ser imaginarios. Posibilidades y recuerdos que interactúan en una novela inédita, incongruente, circense por defecto. La soledad fantasmagórica de la cordillera exalta mis quijotismos. Si tan solo Doré pudiera dibujarme. Mi cabeza es un Saturno anillado de esqueletos, cañones sin pólvora, generales rusos dubitativos.

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De CUADERNOS DE LA IRA (blog del autor), 11/05/2017

Biarritz, pasos perdidos

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

Hace ya un año que tengo que pasar un día a la semana por Biarritz por motivos no del todo agradables ni propios del flâneur. Es más, el flâneur escapa de esas residencias de ancainos que en realidad son morideros de los que si nos libramos es de milagro o por haber reventado antes: Je voudrais pas crever... A veces me asomo al mar, salpicado de surfistas, otras deambulo por calles solitarias, de silencio,  flanqueadas de villas muy hermosas, en estilos neo-vasco, modernista, paliego-pomposo, cortijero andaluz... que están cerradas la mayor parte del año y hablan de un pasado cada vez más remoto y más convencionalmente novelesco, poblado de personajes que parece salidos, y a veces lo hacen, de alguna novela de Patrick Modiano. Los nombres de esas casas son vascos, rusos, franceses, ingleses... Hace treinta años (1987) utilicé alguna de ellas como decorado de una novela La caja china que tardó muchos años (demasiados) en ser publicada y que no he vuelto a abrir.  Unas semanas atrás di con  esa Villa Cocodrilo, pero no llevaba la cámara. Hoy he acudido con ella y una mujer mayor que estaba tirando un paquetón de periódicos a la basura, me ha preguntado si buscaba algo. Cuando le he señalado el nombre de la villa ha exclamado con una pronunciación graciosa: «¡Ah, le cocodrilo!» y se ha vuelto A su casa a carcajadas. Ignoro qué historia puede haber detrás de ese nombre tan exótico: un excéntrico, un original, un rico americano...

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De VIVIRDEBUENAGANA (blog del autor), 20/05/2017

Monday, May 22, 2017

Svengali

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES

Gema rarísima, de desconcertante belleza. Svengali, película de 1931, dirigida por Archie Mayo y producida por los estudios Warnes Brothers bajo el sistema Vitaphone. Protagonizada por John Barrymore y una adolescente Marian Marsh (la dueña de esa mirada adorable e insana de la imagen), está basada en la novela de George du Maurier de nombre Trilby, publicada a fines del siglo XIX a modo de folletín y considerada, una vez convertida en libro, como el primer best seller de la historia. Sin la resonancia de otros clásicos del cine de la época como Drácula o Frankenstein, la base de la historia es el mito de Pigmalión -señor maduro educa y se enamora de joven sencilla- recreado ahora en clave gótica, con elementos del expresionismo alemán (decorados deformes, luces y sombras generadoras de angustias, ángulos peculiares incitando al abismo), en los días de la bohemia parisiense. Svengali (Barrymore) es un profesor de música excéntrico, desastrado, inestable, manipulador, que se gana la vida haciendo clases, en su mayoría a mujeres solitarias, parloteando un francés con acento germano de toque malévolo. Cuando conoce a una joven de nombre Trilby (Marsh), modelo nudista tan despreciada socialmente como él, utiliza su habilidad para hipnotizarla y así manejarla a su arbitrio. La escena en que Svengali ejerce su poder a distancia sobre su víctima, con sus ojos convertidos en dos bolas luminosas, cruzando ventanas, tejados y calles, es una de las más recordadas del film. Gracias a los poderes mentales de Svengali, Trilby se convierte en una exitosa cantante lírica. Junto con ello, la vida de la muchacha se va ligando a la del músico de una manera indeleble, mientras un pintorcillo insufrible intenta impedirlo. La obra causó (y sigue causando) la molestia del gremio de los psiquiatras por darle a la hipnosis una fama ligada a los chapuceros y a las ferias de diversiones, por sobre la práctica médica dedicada al bienestar mental de los pacientes. Vi esta cinta por primera vez una madrugada de fines de los ochenta, en la señal cultural del canal del estado, tiempos en que uno podía toparse con estos programas en la televisión abierta. Vaya insomnio que me provocara.

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De EVOLUCIÓN DE LA ESPECIE (blog del autor), 21/05/2017

Friday, May 19, 2017

La paz, carajo

ROBERTO BURGOS CANTOR

Ante la agitación de los días, algunos escritores volvemos a la pregunta sobre la identidad. Tal interrogante angustia cuando percibimos las maneras distintas de recibir, asumir, discutir, los hechos que influyen en la construcción no terminada del país.

Un pasado insepulto impide soñar y levantar el futuro. Las explicaciones de una anomalía así pretendemos encontrarlas en sentencias de antiguos gobernantes que se erigen en oráculos del desprecio, o la impotencia, o las ansias de un pedazo de mármol.

O quienes se pretenden sobrevivientes del latín, repiten con solemnidad, interpretaciones de bromas de la literatura, como los de García Márquez o Borges.

¿Qué somos? Si acaso somos.

¿Qué fuimos? Si lo supimos.

¿Qué seremos? Si de verdad alienta un deseo.

Parecería que todo sirve para separarnos más. Entretenidos en el juego macabro de matarnos, nos encanta confundir, engañar, aprender trucos.

Los encuentros primigenios, sociedades de culturas diversas, fueron unificadas con la imposición de una fe traída, una lengua impuesta, y el inmisericorde despojo de cuanto tuvimos.

Después las fusiones violentas con quienes arrastrados a la fuerza, sufrieron la crueldad y las acomodadas clasificaciones espirituales.

Liberados del coloniaje, los procesos independentistas generaron más diferencias. Caudillos fracasados se conformaron con fechas y banderitas, himnos de rataplán, escudos con figuras que el implacable tiempo desmiente. Un canal que nos robaron. Un gorro. Un cóndor que se extingue después de arrancarle un dedo a Alejandro Obregón para que no lo pintara.

El hombre de la gloria dijo, aquí cerca, en la lucidez dolorosa que ofrece el Caribe: si mi muerte contribuye. Y nada. La muerte si contribuye a la soledad de los vivos. Pero aún no lo dejan descansar en paz. ¿De dónde ese vicio de confundir la historia que sucedió, su inexorable límite temporal, con un designio que amarra el posible futuro?

Parece que tantas dificultades no resueltas nos hacen aptos para ser continuistas de los empeños fáciles, odiar, vengar, lucrarse, sin escrúpulos para los privilegios, activistas del interés personal.
Un escrutinio de los días, a lo mejor muestra una incapacidad para rodear y apoyar las empresas grandes, generosas, de virtud evidente que con su bondad unen, llaman al futuro.

Así la paz.

Pero no: a pelear por los tres pesos, el subsidio. ¡Jerarquiza compadre!

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De BAÚL DE MAGO (EL UNIVERSAL), 19/05/2017

Imagen: Wilfredo Lam/La mañana verde

Thursday, May 18, 2017

MÉXICO: LA VORÁGINE

ADOLFO GILLY

“Jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia”, dice el inolvidable inicio de La vorágine, aquella novela que hace casi un siglo (1924) publicó el colombiano José Eustasio Rivera, inmortal desde entonces.

La violencia que en México nos envuelve sin ley y sin piedad se desencadenó como un turbión que recorre tierras, aguas, aire, todo el territorio de la nación, cuando la casta gobernante –Ellos, como los llama el pueblo– se jugó a los azares del mercado financiero mundial, por definición sin otra ley que la ganancia, lo que era el corazón y el alma de la Constitución de 1917: el artículo 27, piedra angular de toda la estructura jurídica alzada por los constituyentes de aquellos años de fuego.

Este artículo, en su versión de 1917, establecía la propiedad originaria, inalienable e indivisible de la nación sobre el suelo y el subsuelo de todo su territorio. Esta estructura jurídica conceptual era heredera explícita de las Ordenanzas de Aranjuez, dictadas en 1783 por Carlos III, rey de España, según las cuales las minas en el subsuelo de la Nueva España podían ser concedidas para su explotación a particulares, pero sin separarse del Real Dominio. La nación mexicana fue la heredera universal de los derechos de la corona, y así los reivindicó en su constitución.

El artículo 27 indicaba esta propiedad originaria como un elemento constitutivo de la soberanía nacional, y así lo invocó el presidente Lázaro Cárdenas en 1938 como sustento jurídico inalienable de la expropiación petrolera y la reforma agraria ejidal. En esta arquitectura jurídica y conceptual suelo y subsuelo son propiedad de la nación, mientras el campesino ejidatario detenta la tenencia y el capitalista sólo la concesión, mientras renta agraria y renta minera tocan a la nación.

Era el sustento material y jurídico de la soberanía nacional –esta es nuestra casa y esta es nuestra ley– y una de las condiciones para su ejercicio sin hipotecas ni restricciones, por la comunidad nacional como un todo y por el Estado que a esa comunidad pertenece y se debe.

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Desde el sexenio de Miguel de la Madrid esta arquitectura jurídica fue destruida para abrir paso al Gran Dinero, al capital financiero entonces emergente como la parte más dinámica y poderosa de los capitales nacionales: industriales, comerciales, agrarios. Desde los años 70 del siglo XX una corriente de economistas de izquierda –entre ellos Ernest Mandel, conocedor de México– estaba planteando este surgimiento poderoso de un capital financiero mexicano por entonces aún en embrión.

El terremoto del 19 de septiembre de 1985, que paralizó al gobierno federal mientras el pueblo salía al rescate de su propia gente entre las ruinas, fue como una rebelión de la naturaleza con el escenario del pacto diabólico de ese dinero sin tierra y sin ley que se convertiría desde el sexenio sucesivo en amo y señor del territorio de esta nación que no es suya, sino del muy antiguo pueblo mexicano.

La narcoindustria produce esencialmente para el mercado internacional. Allí están sus enlaces, sus grandes consumidores, su amplio mercado y sus finanzas. Su ámbito de trasformación de dinero ilegal en capitales legales está sobre todo en la opacidad del sistema financiero internacional, en cuyo mundo se mueven y pertenecen las finanzas mexicanas. Como submundo ilegal y poderoso necesita, igual que en Italia, en España o en Estados Unidos, una cobertura protectora en los mundos de la política y de la seguridad. Son múltiples los estudios y más aún las investigaciones noveladas que describen este universo.

Nuestro colega el Astillero habló en estos días, por televisión, de la gran descomposición nacional en que este entrelazamiento entre narcoindustria, finanzas, mercados y política nos ha sumido. Habló también de la subordinación de buena parte del periodismo a las imposiciones, las exigencias y los espacios de ese poder, siempre presente e invisible como una gran desgracia, como decía Pablo Neruda en aquellos entonces.

No podemos ubicar el corazón de esta vorágine de violencia y desintegración solamente en la corrupción que prolifera en el mundo de la política. Este es, por hoy, un mundo subordinado al del gran dinero y, sobre todo, al gran dinero que no puede decir su nombre, a las finanzas clandestinas que se funden, casi invisibles, en la gran corriente financiera legitimada por las leyes, la economía, los capitales y las costumbres.

La corrupción es un subproducto, no un origen de la vorágine que nos arrastra. El capital financiero, al cual la vertiginosa revolución tecnológica, uno de cuyos productos es la digitalización, ha dado los instrumentos para tomar el mando de la economía, la política, la comunicación, los proyectos educativos y, last but not least, las tecnologías, las doctrinas, el destino y el uso de los ejércitos y las fuerzas armadas. Hoy su empresa es subordinar los vastos mundos de la vida a su comando y a sus fines ciegos e impersonales. Y no es perversión, sino la forma y el destino del Gran Dinero en el cambio de época que estamos viviendo en este siglo XXI.

¿Qué estaba indagando Javier Valdez cuando lo mataron? ¿Se había aventurado en este infierno de relaciones perversas en crecimiento, en el cual se cruzan los feminicidios, el tráfico de seres humanos, las innumerables fosas clandestinas? ¿Había empezado a tocar, como antes lo había hecho, regiones sensibles de ese universo opaco y poderoso?

No sabemos. Mientras tanto un espeso velo sigue cubriendo a los responsables y los ejecutores de Ayotzinapa, de Atenco, de Nochixtlán, de toda la doliente geografía de las desaparecidas y los desaparecidos y las fosas clandestinas en el territorio nacional.

De estas dimensiones, de estos peligros, es el desafío que enfrentó Javier Valdez con calma, paciencia y osadía. Nos lo ha heredado. Seámosle fieles, cada uno y cada una al modo que le digan su leal saber y entender, su oficio y su alma. Y por sobre todo tratemos de conocer y de comprender, no tanto la visible y terrible apariencia, sino sus secretas y extensas esencia y presencia.

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De LA JORNADA, 17/05/2017

Imagen: Junto con un mensaje, los arreglos florales dedicados al periodista Javier Valdez, asesinado el pasado lunes, fueron trasladados frente a la catedral de Culiacán/Foto Carlos Ramos Mamahua


Las pirañas (vuelta)

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

Ayer me dijeron que Las pirañas era «un libro de referencia». No me dijeron para quién ni de qué. Ahora mismo sigo viviendo la resaca de su relectura y corrección después de más de veinte años de no haberlo abierto. ¿Por qué? Pues tal vez por miedo a lo que iba a encontrarme en su interior, que para mí no tiene gracia alguna, a rememorar episodios desdichados en lo privados sobre todo y a no querer enfrentar el mayor error de mi vida: no haberme ido para siempre del lugar en el que vivía y donde di por concluida la novela: los extramuros de la ciudad en la que nací, escenario a su vez de la novela Un infierno con jardín.  Tal vez eso haya sido el mayor motivo de desasosiego de esta reedición: lo irremediable y el dolor que le acompaña. Ni siquiera lo abrí cuando tradujeron algunas páginas al polaco, ahora que me acuerdo; y sé  que  está en esa lengua porque la traductora me lo dijo.

No sé quiénes pueden ser sus lectores hoy, cuando el tiempo es otro y los lectores, cuando los hay, también. Los pozos negros son igual de malolientes que entonces, pero me temo que más profundos. ¿Aquel desbarre es la madre de este? No lo sé.  Lo que sí sé es que los cambios sociales también alcanzan a la literatura y la golpean de lleno, y aquello que fue celebrado y aplaudido cuando apareció por primera vez es desdeñado por ilegible casi, unos años después, además de haber caído en el olvido: títulos, autores… «dolor de papeles que  ha de llevar el viento». Me pregunto cómo podrá leer esas páginas un lector, una lectora que esté en la veintena, en la treintena, en… y que era un niño cuando aquella novela hizo  ruido, al menos durante un tiempo. ¿Qué reconocerá, qué le resultará familiar o extraño, qué repulsivo, qué ridículo…? No voy a decir que no me importe la opinión o la lectura de gente de mi generación, pero sí que es la de gente más joven la que hoy me interesa.

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De VIVIRDEBUENAGANA (blog del autor), 15/05/2017

Wednesday, May 17, 2017

Fawcett: una historia

PABLO CINGOLANI

De esta historia, ya me estaba olvidando. Brad Pitt acaba de estrenar su película sobre Percy Harrison Fawcett, el celebrado explorador británico. Siempre quisimos hacer una película sobre el mismo legendario personaje.

Fue mi amigo Pablo Castillo, un bibliófilo de cepa y que desde hace añares publica maravillas como editor de EUDEBA, una de las más prestigiosas editoriales argentinas, quien me obsequió el libro de memorias de Fawcett, la segunda edición conocida en castellano, la editada en Madrid el año 74. Ya vivía en La Paz, en Bolivia y recuerdo que “Paco” al entregarme el texto, me dijo que a mí me iba a servir más que a él, abandonado en su biblioteca.

Entendí el sentido del mensaje apenas me puse a leer esa obra singular, compilada y adaptada por Brian, el hijo menor de Fawcett, al que la historia le debe, al menos, el reconocimiento de haber encendido la llama del poderoso recuerdo que envuelve y atesora su padre. El motivo es uno solo: el libro está tan bien escrito, es tan vivido y atrapante, que uno no cede en su lectura de principio y a fin.

El imán, el núcleo de la atracción, es uno solo: la infinita sed de aventuras que anima al protagonista de esas páginas y cómo ese amor por el misterio y lo desconocido no mengua con el paso de los años y lo impulsa y lo anima hasta el final, hasta el desenlace del destino, su destino.[1]

Entendido así, Fawcett se volvió para mí una fuente infinita de inspiración, un faro en medio de las montañas, más cuando el propio Fawcett, en su estancia en La Paz, había dicho que aquí “se puede sentir plenamente la proximidad de los lugares salvajes”.[2] Nada más cierto.

El año 2000 armamos una expedición en su memoria, siguiendo sus pasos desde la Cordillera de Apolobamba hasta la selva profunda. Volvimos a lanzar al mundo, desde Bolivia, su famosa foto icónica: la que le tomaron en uno de los balcones de la Casa Franck, allá en Pelechuco. Al año siguiente, volvimos a la selva, tras otra historia dentro de la historia: la del desaparecido agrónomo noruego Lars Hafskjold y la de los no menos desaparecidos Toromonas.

La noticia empezó a rodar. Una escritora española utilizó nuestra historia para componer otra, la suya, y su novela fue en éxito de ventas en España y en otros sitios. Al principio, nosotros no entendíamos lo que significaba eso hasta que un día la escritora habló por teléfono con uno de los nuestros, el antropólogo y escritor Álvaro Díez Astete, y le confesó que sí, que se había inspirado en nosotros y que sí había usado nuestra historia y nuestras investigaciones para escribir su texto. ¿Victoria moral? No sé, ¿a quién le importa?

Pasaron otras cosas (buenas): Rob Hawke, un joven periodista de la Universidad de Essex, vino hasta Bolivia a terminar su tesis, The Making of a Legend. Colonel Fawcett in Bolivia y Rob sí, nos lo dijo desde el principio: que nuestra historia lo había inspirado y que eso lo decidió a escribir su tesis. Mantuvimos contacto con Rob varios años hasta que un día me contó que estaba viviendo en la Isla Madre, en la República Dominicana, y luego lo perdí en el espacio cibernético. Rob escribió cosas buenas sobre nosotros, no como alguna prensa que nos trataba de alucinados y de fantasiosos. Igual que a Fawcett.

Otro día, más de diez años atrás, circa 2004, sucedió esto: mi amigo Gastón Ugalde, El Artista, causas y azares de la vida, terminó de amigo de Sir Richard Branson, el mismo de Virgin records y el de los futuros viajes a Marte o al carajo. El multimillonario inglés, el mismo. Un día, siempre otro día, el Gastón, volviendo desde Londres, me dijo: Pablo, arma algún proyecto para presentarle a Branson.

Con Gastón, ideamos y realizamos N cantidad de proyectos y N+N cantidad de otros proyectos, quedaron en papel y en el olvido. Branson era dueño de Red Bull, ese brebaje tóxico que mi amigo consumía a mares, y Gastón deliraba con una publicidad del veneno en el Salar de Uyuni. Un reciclaje de una idea que habíamos soñado hacer con el poeta chileno Raúl Zurita pero que tampoco llegamos a concretar.

Le dije a Gastón: a mí Red Bull me importa una mierda. Vamos con Fawcett. La película de Fawcett. Mejor: una  película + una serie de documentales que recreen, una a una, las 6 expediciones que Fawcett realizó en Bolivia, la forja de la leyenda, como clamaba en su tesis, nuestro amigo Rob. Gastón se entusiasmó. Era un proyecto serio y multidimensional, bien visto. Abría infinitas puertas, tantas como el propio Fawcett fue capaz de abrir. Dale: escribimos el proyecto –¡en inglés!- y en otro viaje a la vieja Inglaterra, Gastón se lo presentó al multifacético sir Richard.

Branson fue claro: el proyecto era muy bueno, valía un millón de dólares pero a él, en lo particular, no le interesaba. ¿Cómo le iba a interesar sumergirme en los confines de la Tierra cuando el platudo estaba pensando aventurarse en los confines del espacio? Nada, a archivarlo.


Sigo la secuencia cronológica. Otro día pero de 2010, creo que en una de las librerías del aeropuerto de Ezeiza, compré el libro del norteamericano David Grann: La ciudad perdida de Z. La última expedición en busca de El Dorado, el libro que inspiró a Brad Pitt a hacer su película. Z fue el nombre en clave que Fawcett le puso, en su brújula, a la ciudad-refugio que esperaba encontrar en el medio de la Amazonía. Se perdió, siguiendo sus rastros, en 1925.

La obra de Grann es el típico libro que un periodista de The New Yorker o The New York Times Magazine puede escribir. Un atractivo pastiche, muy bien escrito, donde refrita mil y una historias, amputándolas y manipulándolas a cada rato, para lograr ese texto que “el público” –como ellos lo llaman- ama. Uno de ellos, uno que amó ese libro, fue sin dudas el bueno de Pitt. Al final, entre sus notas, volví a encontrar a nuestro buen amigo Hawke: Grann cita su The Making of a Legend en relación a algo que Nordenskiöld dijo sobre Fawcett. Vale la pena transcribirlo: “El distinguido antropólogo sueco Erland Nordenskiöld, que había conocido a Fawcett en Bolivia, admitió que el explorador inglés  era “un hombre sumamente original, absolutamente audaz”, pero que adolecía de una “imaginación ilimitada”. Está dicho. La vida sigue. Bien por Rob.

Otro día, que no fue ninguno de los anteriores pero lo recuerdo como si fuera hoy, leí en internet la noticia de que Brad Pitt estaba empezando a rodar una película sobre Fawcett basada en el libro de Grann.

Recuerdo que me empecé a cagar de risa y lo llamé por teléfono a Gastón: Hermano, ¿te acordás del proyecto sobre Fawcett que le llevaste a tu amigo Branson y que se lo pasó por el forro? Sí, respondió el Gastón con su voz de cactus. Bueno, no es lo mismo pero va en la misma dirección, ¿sabés quien anunció que empezó a hacer una película sobre Fawcett? No, respondió el cactus. Brad Pitt, le dije, y me seguí cagando de risa.

El año pasado, para estas fechas, volví con mi amigo Felipe Hartmann por los lados de Apolobamba, allí donde efectivamente se empezó a forjar la leyenda Fawcett, en medio de esas montañas “infinitamente abruptas” como sentenciaban los informes de los funcionarios coloniales españoles.

Recuerdo que picamos algo de comida con “Fepo” en un imponente mirador natural del caminejo que hoy une Pelechuco con Queara (y con Puina) y que se abre a la inmensidad de la selva amazónica, hacia Mojos, hacia la senda que el propio Percy Harrison, el audaz, el considerado como uno de los más grandes (y últimos) exploradores del siglo XX, como “el más espeluznante” de todos.[3]

Tanto Felipe como yo habíamos caminado ese tramo de camino que enlaza los Andes con la Amazonía. Recuerdo que fue allí, en esa formidable pascana y evocando tantas cosas, que surgió la idea de levantar un monumento a la memoria de Fawcett, uno que valga la pena, uno como contaba otro inglés, tan aventurero como Fawcett, que había en las Islas Canarias.[4]

El monumento a Fawcett seguiría, a la vez, las líneas maestras esbozadas por el poeta Jaime Sáenz en su poema-cauce a don Emilio Villanueva, el arquitecto inmortal, y el proyecto de monumento en su memoria. Proclama Sáenz en su visión-profecía:

Si yo fuera presidente, no sé qué haría. Pero le haría un monumento arriba, en la altura, en la vertiente del Huayna-Potosí, pues allí el viento brama con fuerza.

Si yo fuera presidente, sería arquitecto y levantaría una torre de piedra en pleno altiplano,

con una azotea tan grande como una plaza, en la que ardería gigantesca fogata  a manera de faro.

Subiría a la torre y predicaría el respeto por nuestros grandes hombres.[5]

Fawcett no fue boliviano, pero casi. Amó este país que forjó su destino y su leyenda.

Las montañas de la cordillera de Apolobamba han resistido como uno de los últimos santuarios del mundo donde se respira esa “estéril belleza de la desolación”[6] que tanto incita, que tanto seduce, que tanto imanta a todos aquellos que creen, que siguen creyendo, que la aventura humana sigue viva “aquí abajo”[7], en esos otros mundos pero que están en este mundo, como el mundo salvaje de Apolobamba, donde Percy Harrison Fawcett encontró esa inspiración, esa huella, esa decisión que lo impulsó a seguir su búsqueda el resto de su vida.

Alzar un monumento a Fawcett, allí en esas soledades irredentas, sería, como quiso el poeta, alzar un faro que inspire a millones de seres humanos que buscan lo mismo.

Río Abajo, mayo de 2017


ANEXO
Lo que anotó Hawke sobre nuestras expediciones:


“Until recently, Fawcett’s name had been gathering dust inside subchapters of various Bolivian history books. A renaissance has been led by an Argentine journalist –cum-explorer, Pablo Cingolani. Cingolani, an adopted Paceño, has completed two multipurpose expeditions with government backing into the Madidi/Caupolicán forests of north-west Bolivia. He led an 11 strong group of Bolivians and Argentines who deliberately recreated the route of Colonel Fawcett’s 1910/11 expeditions to the River Heath. They aimed to complete Fawcett’s work by reaching the absolute source of the Heath, and to bring medical supplies to isolated settlements. The results were very interesting. Many regions opened up for the exploitation of rubber had since been reclaimed by the jungle. The San Carlos barraca, at which Fawcett had stayed, no longer existed. The trail was no longer usable by mules, so they had to carry everything by hand. Cingolani discovered Madidi to be a “black hole in the geography of the world where things have gone backwards,” and travel had actually become more difficult. The attempt to reach the Heath’s source at 2600 metres was called off due to injury, shipwreck and climatic reasons.104

As in Fawcett’s day they found remote backwaters plagued by disease, and border conflicts. The populated Peruvian side shows signs of spilling onto the Bolivian side, threatening the precious Madidi National Park. La Prensa accused the Peruvian loggers and farmers of deliberate aggression and invasion,105 but Cingolani dismisses this. He claims the lone border post erected by Fawcett has naturally worn away, so that no one knows where the border is anymore, highlighting the need for improved access and communication on the Bolivian side.

A side project of Cingolani´s, is an endeavour to find evidence of the alleged reappearance of the Toromona tribe. Villagers of San Fermín had reported the sight of two naked Indians, and various anthropologists recognise the possibility of the tribe, who had fled both the conquistadors and the caucheros, relocating to the immense, untouched hinterlands of the Madidi. The recent ‘revival’ of the Naua’s in Brazil, a tribe unseen since 1920, has lent validity to the view that the Toromonas are still in existence.106 The story of a Norwegian agronomist, Larsen Hafsjkold, who went looking for “Bolivia’s ethnographic enigma”,107is eerily similar to that of Colonel Fawcett. In 1997, aged 37, the experienced and hardy Scandinavian, received a lift along the Río Colorado, then set off alone with the promise of returning months later. Despite the efforts of Madidi Park Guards and a private detective, nothing has been heard of him since. Cingolani hopes to shed light on this mystery on his next expedition, which will also attempt to locate ruins of an ancient city, San Jose de Paititi, and continue to encourage a public awareness of Bolivia’s forgotten lands.

Cingolani’s endeavours have been reflected by a renewed worldwide interest in Fawcett. Surviving daughter Joan Fawcett is notoriously protective of his estate. There have been negotiations over a possible Hollywood film. When financial backing is assured Misha Williams’ play, “AmaZonia”, will appear on stage in London. With full access to Fawcett’s log books and letters, Williams promises dramatic new information that will, at last, truthfully explain the mystery of “this heaven sent story.”

An Indiana Jones book has been written with Fawcett in mind,108 plus there was a rerun of Exploration Fawcett by Phoenix Press in July 2001. Several interactive web sites retell and serialise his exploits, including the comprehensive Great Web of Percy Harrison Fawcett (www.phfawcettsweb.org), which has the ultimate goal of solving the ongoing mystery.

Even the Bolivian tourist industry is starting to realise Fawcett’s market value. He appears in several travel guidebooks, and there are trails and campsites and waterfalls named in his honour. However, Fawcett remains a wayward hero for historians and foreign travellers, still unknown to the majority of Bolivians”.

104  Technician Pedro Aramayo was surprised Fawcett did not climb to the outright source, claiming it was “not technically difficult.” In 1996, the Heath Sonene Expedition reached the source. [page 30]

105  La Prensa 1/12/2001, 2a. – Claimed Hito 27 had been taken down. The government sent the army, claiming of invasion and Peruvians burning land and stealing tractors. Cingolani’s article in Pulso (31/8/2001- 25-28) gives a more intelligent view.

106  Cingolani & Laleos, 66/7. In 1920 disappearance/extinction announced by FUNAI of Naua Indias Brazil. in 2000, La Nación of Buenos Aires, reported 250 to have reappeared.
107  Cingolani & Laleos, 58. Quote from Álvaro Diez Astete

108  Indiana Jones and the Seven Veils by Rob MacGregor, Bantam Books 1991. Here’s a taste: “Fawcett’s writing have turned up…. Percy paints a tantalising picture of a lost city and a mythical red headed race who may be the descendents of ancient celtic druids. No-one leaves alive….”  

Tomado de Rob Hawke: The Making of a Legend. Colonel Fawcett in Bolivia. S/d. [2002?] Bajado de internet.



[1] El primer escrito que publiqué sobre Fawcett destacaba esto mismo y por eso lo titulé Un retrato de Fawcett. Vivir no es necesario; la aventura es necesaria. Se publicó en el suplemento Ventana del periódico paceño La Razón el domingo 10 de octubre de 1993.
[2] La cita completa no tiene desperdicio: “… La Paz, con sus tranvías, sus plazas, alamedas y cafés, es, en esencia, una ciudad moderna. Extranjeros de todas las naciones llenan sus calles. Se puede sentir plenamente la proximidad de los lugares salvajes. En medio de las levitas y sombreros de copa de los hombres de la ciudad se ven los Stetsons raídos y las botas de los exploradores; pero por alguna razón las suelas alambradas de estos zapatos no se ven discordantes al lado de los escarpines de altos tacones de las damas elegantes. Los mineros y exploradores son tipos cotidianos, pues la explotación de minas es la razón de vivir de la sierra boliviana y, de vez en cuando, se ve el rostro demacrado y amarillento de alguno que ha regresado recientemente de más allá de las montañas, del infierno humeante de las vastas soledades en que nosotros nos íbamos a sumergir”. Se refiere a La Paz del año 1906, cuando arribó al país. Ver Percy Harrison Fawcett: A través de la selva amazónica. Rodas, Madrid, 1974, págs. 55-56.

[3] Vale la pena rememorar toda la cita, porque es de película. Dice Fawcett en sus memorias: “De todos los caminos espeluznantes que yo encontré en los Andes bolivianos, el de Queara a Mojos es el peor. Las cuestas eran tan empinadas que casi se hacían infranqueables y en muchos lugares los torrentes aumentados por las lluvias habían arrastrado secciones enteras, teniendo que salvar nosotros grandes quebradas. Durante esta excursión perdimos la mitad de nuestras veinticuatro mulas de carga en diversos accidentes. Fue una gran suerte que no muriera nadie del destacamento. Había pasos tan angostos que, aunque los animales iban por la orilla del sendero, la carga de la mula chocaba con las rocas salientes y la lanzaba al precipicio. Una de ellas cayó desde cien pies de altura al abismo, donde quedó tendida entre dos rocas, muerta, con las cuatro patas al aire y rodeada de las astilladas cajas de provisiones. Otra cayó desde cien pies y quedó cogida con su carga entre dos árboles. Allí pendía muy alto sobre el suelo, indiferente a todo, hasta el punto de mordisquear todo lo que estuviera a su alcance. Como nos podíamos libertarla, nos vimos obligados a matarla a tiros”. Percy Harrison Fawcett: Óp. Cit., pág. 247.

Una vez, intentamos llegar a Mojos en pleno verano. Éramos sólo tres personas y una de ellas demoraba su caminata más de la cuenta por lo cual se alteraban los tiempos de marcha y los sitios de los campamentos. En medio de fuertes lluvias, los campamentos terminaban convirtiéndose en sitios anegados o peor: parte de torrentes imprevistos y deslizamientos de barro. Así estuvimos tres o cuatro días andando, durmiendo mal o sin dormir. Me adelanté para intentar, sin éxito, apresurar a los hombres. Llegando a un lugar que se llama Pajonal, empecé a divisar nubes tan negras que anunciaban una tormenta colosal. Apenas tuvimos tiempo para armar el campamento cuando empezó la lluvia. Duró dos días seguidos. Era el acabose. No tenía sentido continuar en esas condiciones. Retornamos a Queara. El ascenso fue igualmente duro. Pero en Queara estaban mis amigos, los Kuno, que me recibieron con un buen pijcho.

[4] “En las Islas Canarias se levantaba una enorme estatua de bronce, de un caballero que señalaba, con su espada, el Oeste. En el pedestal estaba escrito: “Volveos. A mis espaldas no hay nada”. R. F. Burton: 1001 Nights, II, 141. Tomado de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares: Cuentos breves y extraordinarios. Losada, Buenos Aires, 1973.

[5] Prosigue Sáenz: “Bajaría de la torre y pediría a Dios que se les recoja a los arquitectos no-arquitectos, con esa idea que se hacen del progreso y que ya parece chiste./ Con esos grotescos edificios que no tiene nada que ver con nosotros los bolivianos y que ya parecen cajas destempladas./ Después de todo hacen mal en creer que la arquitectura se hace por la pura pichanga./ La cuestión en comprender el significado de lo boliviano y trabajar por la patria. Y esto no es fácil ni difícil; es posible”. Jaime Sáenz: Emilio Villanueva en Vidas y muertes, Ediciones Huayna Potosí, La Paz, 1986, pág. 137.

[6] T.E. Lawrence: Los siete pilares de la sabiduría.

[7] Pierre Drieu La Rochelle: Se prohíbe la salida en Diario de un hombre engañado.



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Fotografía: Percy Fawcett

ERA BERLÍN

PABLO CEREZAL

10 de enero de 2016.

Bowie se ha ido, y tú has cerrado la puerta de esta vivienda en que se desvestía, cada noche, nuestro amor. Entre ambos habéis inaugurado el año más triste de mi vida. Me he entregado a una escucha compulsiva de Heroes, y la casa ha naufragado en azul. No sé si lloro por ti, por Bowie, o por aquel día que fuimos héroes, en Berlín, hace ya años.

¿Recuerdas?

Berlín era un desastre de memorias bolcheviques, melancolías de saldo y carnaval de página en blanco. Berlín era una partitura inconclusa entre las manos de un mendigo, y sus calles llovían inviernos de esos que ya no se recuerdan. Egon Schiele desnudaba hembras de nieve contra los muros del pasado, y la ciudad balbuceaba como recién escrita por Döblin.    

Tú venías de un Oriente inventado. Yo, de un Occidente que no existe.

Los rostros ciudadanos te hurtaban la mirada bajo antifaces de historia repetida, y sobre tu piel oscura remoloneaban velos de suspicacia. Caminábamos a la sombra de un muro que aún hedía a vergüenza. Tú me preguntabas cómo pudo ser, cómo durante tanto tiempo, cómo… y yo sólo sabía responderte con caricias, proyectiles de golosina estrellándose contra el muro. Juguetona artillería de mi tacto. Roedores de Hamelín danzándome los dedos. Y de aquellos muros estos lodos. Porque la ciudad comenzaba a recriminar nuestro afán de unir Oriente y Occidente cuando equivocábamos, en nuestros labios, lenguas y razas, ignorando la ráfaga parida en las trincheras del miedo. Miedo al otro. Al Extraño. Al extranjero. Miedo hecho de ladrillos hormigón silencio y replicantes lágrimas en la lluvia a lo Blade Runner. Balas de desconfianza silbando sobre nuestras cabezas y yo susurrándote de nuevo, al oído, and the shame was on the other side oh we can beat them forever and ever.

Nos recostábamos contra las paredes de Schöneberg, sorprendiendo a las esquinas con besos que no parecían nuestros. El encefalograma plano del turismo esculpía las alcantarillas con un titilar de amianto. Mientras yo señalaba el portal de la vivienda que habitara David Bowie, tú no atendías más que al vértigo con que tus dedos desordenaban mi cabello, and we kissed as though nothing could fall. Luego paseábamos, sembrando raíces entre nuestras manos, incomodando a los charcos con la ceguera de nuestros pasos. Así paseábamos Berlín, como quien pasea un crucigrama de sorpresa y futuro. Y nos besábamos en Check Point Charlie conjurando el daño de los libros de Historia. Porque tú eras reina y yo era rey. Reyes inversos. Ansiosos por derrocar, con revueltas de saliva, la monarquía del tiempo. Después Neukölln, su algarabía de delicias turcas y colores políglotas. Y la habitación de hotel en que ejercíamos nuestro reinado. Esquirlas de cerveza por las esquinas, aromas de chop suey entornando las cortinas, mi cetro sierpe indigna presta a violentar tu vientre, tu tiara de laurel moreno desordenándome un gemido, y un séquito de sábanas ruidosas haciendo himno de nuestro falso reinado. Nos besábamos y el mundo, alrededor, eyaculaba silencio. Though nothing nothing will keep us together nosotros nos besábamos proyectando en las paredes chinescas cópulas de despedida.

Pasó el tiempo, y añadimos tintes de costumbre a la moldura que enmarcaba nuestros te quiero. Sentíamos que la voz de Bowie adquiría nuevos tonos. Tardamos tiempo en descubrir que éramos nosotros quienes la escuchábamos con los oídos taponados de miedo. Así nuestros oídos como nuestros besos, con su promesa de vida por delante fracasada en el intento, we’re nothing and nothing will help us.

Y hoy que los muros han triunfado de nuevo, y yo para ti soy el otro, el extraño, el extranjero, rememoro tus labios como el que se inventa un pasado. Recuerdo cómo fantaseaban mi piel, mientras yo envejecía el celofán inmediato de tu salvia entre mis dedos, en Berlín, en la habitación de aquel hotelucho de Neukölln, el día que fuimos héroes, just for one day.

Mañana nos amanecerán los periódicos con su griterío de politicastros y futboleros, y un minucioso gorgoteo de ahogados frente a las costas de Occidente. Parias, heridos, refugiados, vidas caídas como hojas de calendario. Y celebraremos la falsa amistad entre naciones añadiendo ladrillos a estos nuevos muros que ya nadie derrotará con sus canciones ni con sus besos. Porque Bowie, amor, ha muerto. Porque yo, ahora, ya no te encuentro. 

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Publicado en el especial de LA GALLA CIENCIA dedicado a David Bowie, el LIFT OFF


Las heridas de Antígona/Justicia y piedad según Natalia Ginzburg

RAMÓN MAYRATA

El nombre de Natalia Levi apenas dice nada. Pertenece a una muchacha nacida en Palermo, de apellido hebreo. De hecho, su padre fue encarcelado y procesado por antifascismo, junto a sus tres hermanos. Su infancia y adolescencia estuvieron marcadas por la adversidad, la tragedia y la muerte. Desde niña buscó consuelo en la escritura. Años después, Natalia mientras escribía este pequeño libro sentía que un lobo pasaba entre sus pensamientos. La historia de una niña adoptada, Serena Cruz, había reavivado el horror y la repulsa de pasadas tragedias. Para ella los años de la guerra fueron también tiempos de persecución. Su marido murió en prisión, con la mandíbula rota.  Adoptó su apellido para firmar su propia obra en la que  afrontó las demoledoras consecuencias del conflicto. Revolverse contra las injusticias sociales y hacer frente a la ausencia de valores, la soledad y la incomunicación, se convirtieron en un mandato. Su deseo de reflejar la realidad inmediata, encontró inspiración en el caso real de Serena Cruz, que dividió Italia en dos fracciones enfrentadas. 

Cuando los nuevos padres de Serena fueron acusados de irregularidades en el proceso de adopción, la ley fue concluyente: La niña debía ser  apartada de ellos. Natalia Ginzburg adoptó la perspectiva de los que han sufrido y se situó del lado de la más desvalida. Exigió que se tuvieran en cuenta los deseos de  la niña que ya había establecido con sus nuevos padres y hermano vínculos de afecto. Había hecho del conocimiento interior, a través del sueño y de la memoria, la clave de sus escritos. Demostró que también era capaz de trasmitir sus intuiciones y desasosiegos con la contundencia de un panfleto.

Al otro lado de la trinchera se hallaba Norberto Bobbio. En  ámbitos democráticos, el filósofo era la referencia  intelectual y moral más respetada en el siglo XX, Señaló la contradicción entre el corazón y la razón, afirmando que eran irreconciliables. La Ginzburg repuso que ningún razonamiento puede suplantar lo  que ve con sus propios ojos y que no puede existir justicia sin piedad. Problema de un enorme calado. Bobbio afirmaba que la justicia no admite un doble rostro. La ley debe ser igual para todos. No es posible adaptarla de manera específica a cada caso. Por otra parte, aquella ley resultaba ejemplar. Había sido aprobada por unanimidad, con la participación de expertos y la intención de proteger a los niños, desactivando el mercado clandestino de adopción.

Si Bobbio era certero en sus razonamientos jurídicos, la Ginzburg lo era también al perfilar sus sentimientos. Se había iniciado en la literatura tras los pasos de Chéjov. Del maestro admiraba la concisión. Comprendió que en literatura el azar se confunde con la indiferencia y es ineludible conjurarlo. Eligió escribir sólo sobre aquello que amaba. Y adquirió un sorprendente poder para levantar la piel de los seres y mostrar su interior. Las palabras tocan, ven, huelen, saben, en este texto.

Nada les es extraño. A la ley sí: Los sentimientos le son extraños. De este modo la Ginzburg abríó de nuevo las heridas incurables de Antígona. A Bobbio le correspondió el papel de Creso, defender la razón de Estado, el  bien supremo de la comunidad. Allí, donde habitan los sentimientos, la ley  no es el amo. Y eso es precisamente lo que olvidó Bobbio/ Creonte. Lo que no tiene en cuenta  el ideal ilustrado. La Ginzburg, sostuvo con firmeza que el fin de proteger la universalidad de los niños no justifica una acción cruel realizada sobre la persona de un solo niño.

¿Qué pasó después? Sabemos que ventiún años después una joven llamada Camila utilizó los procedimientos de un detective para volver a encontrar a su familia de adopción. Renunció a su nombre, recuperó el de Serena Cruz y reemprendió la vida junto a ellos. 


La historia me evoca una extraña metáfora que empleara Wittgenstein:  Si un día alguien escribiese en un libro las verdades éticas, expresando qué es el bien y qué es el mal en un sentido absoluto, ese libro provocaría una explosión de todos los otros libros, haciéndolos estallar en mil pedazos.


Natalia GinzburgSerena Cruz o la verdadera justicia, traducción Atalaire, 150 páginas, Ediciones El Acantilado, Barcelona, 2010.


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De EL NORTE DE CASTILLA

Monday, May 15, 2017

Tantas Españas por el mundo

IGNACIO PEYRÓ

EXISTE un «mundo de ayer» a la española, como si la Historia hubiese querido plantar –desde Italia hasta el Pacífico– suspiros de España en todo el globo. Es una cartografía sentimental que todavía podemos recorrer. Se hace presente en aquella «España en chiquitito» que fue Tánger, en la casona del gobierno general de Ifni. Nos sorprende en esos colmados que, allá en Fernando Poo, llaman aún «abacerías», con una pureza de lengua que ya nos ha abandonado. Está lo mismo en una plaza de Palermo que en cierta iglesia de los agustinos en Manila, o en la lejanía –entre Australia y Nueva Guinea– del estrecho de Torres, que la nomenclatura inglesa no logró rebautizar. Y está, por supuesto, en la América que, norte o sur, replica innumerablemente nuestra geografía con sus Medellines y sus Méridas y Córdobas. También la geografía de la imaginación: en California o la Patagonia resuenan las caballerías de Esplandián y el Amadís…

Esta huella española aparecerá con hermosa insistencia en el Caribe, allí donde el hombre occidental –desde los primeros avistamientos– quiso proyectar un paraíso de «suaves playas de criollas / con faldas rojas y pañuelos blancos». Nacido poco después del Desastre del 98, Agustín de Foxá lo llama «el mar de nuestros abuelos»: fue el último campo de batalla antes del telón imperial. Sin embargo, un recopilatorio de estéticas caribeñas nos demuestra hasta qué punto lo hispánico ha sabido recauchutar su presencia sin adelgazarla. A imagen de una bajamar que dejara al descubierto nuevos pecios, en efecto, el fin del dominio español no iba a ser el fin de la impronta española, y todavía fumamos cigarros de nombre valenciano, bebemos rones de ascendencia catalana o podemos viajar de mar a mar con platos de estirpe canaria o castellana o unas habaneras en cuya genética maridan la península y el trópico.

Véase una ironía: la nostalgia iba a operar de tal manera que –en toda la cuenca caribeña– no ha bastado con pasear entre fortificaciones coloniales con recuerdos de Cádiz o asomarse a patios de evocaciones cordobesas. No: como un apego inconfesable, incluso los hoteles del cosmopolitismo –El Prado de Barranquilla, el Caribe de Cartagena o el Nacional de La Habana– quisieron reproducir la sensualidad de la Andalucía esencial, en lo que fue tanto un tributo a su belleza como una manera de hacerla propia a ojos del mundo. Según ponen de manifiesto los historiadores, lo hispánico iba a prender de modo especial –música, lengua, cocina, arquitectura– en la vida popular, hasta arraigar en la historia íntima.

Quién sabe si esa impregnación de lo español hubiera sido posible sin Cartagena de Indias: de no ser por el heroico desempeño de Blas de Lezo –por fin restituido a su gloria–, Toynbee observó que el cono sur de América hablaría inglés. Poco extraña, por tanto, que en estas mismas páginas se haya llamado recientemente a Cartagena «la ciudad más española del mundo». Caribe a escala y España trasplantada, el propio Foxá, en el esquinazo de los años cuarenta y cincuenta, visita Cartagena y da testimonio en ABC del pasmo que aún acomete al español que imagina la ciudad de otro tiempo, «con sus tertulias reposadas, mientras, afuera, en sus murallas aullaban los bucaneros». Ingleses o franceses, los sitios de Cartagena hacen fácil contemplarla, todavía hoy, «como la litografía de una batalla naval», con el fuerte de San Felipe a imagen de «una muela careada, emplomada de cañones». Era el lugar de la resistencia de Lezo, pero Foxá también nos dará imagen de una dulzura de vivir característica del trópico, con «sus horas antiguas y serenas», «salones con candelabros, danzas y pianos» y esos balcones que velan, tras sus flores, «recónditas alcobas». En realidad, de Fenicia a Cartago y de nuestra Cartago Nova levantina a la Cartagena colombiana, en las bodegas de los barcos que arribaron al Caribe viajaba –como ya supo ver Foxá– no poco del bagaje de la civilización, en lo que es una larga historia de belleza y de sentido.

Por eso, hoy como ayer, un simple paseo por las calles de Cartagena de Indias bastaría para diluir no poco de la «leyenda negra» antiespañola o –al menos– para no creernos nosotros mismos, con papanatismo culpable, esa misma leyenda. Cuando el escritor Rudyard Kipling, de origen indio, viaja a Gran Bretaña, les pregunta a los ingleses «¿qué conocen de Inglaterra quienes sólo conocen Inglaterra?» Del Caribe a los Mares del Sur, hay muchas Españas que no están en esta España. Por eso, a veces, cuando un español se encuentra esos vestigios de Hispanidad esparcida por el mundo, entra la tentación de hacerse una pregunta similar a la de Kipling.

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De ABC, 15/05/2017


HOW THE AZTECS PREDICTED THE APOCALYPSE But then it didn't happen

SAM KRISS

The world was supposed to have ended in 2012, as foretold by a Mayan prophecy that, in the end, only prophesied that the Mayans would need to buy a new calendar. As the prediction went, our solar system would align with the black hole at the center of the galaxy. The magnetic poles would sweep and switch and falter, leaving the atmosphere to be stripped away by a devastating solar wind; the enigmatic shadow planet Nibiru would collide into ours and turn solid ground into a spray of magma drifting through space.

It didn’t happen. But the prophecies will come back, before long. Isn’t every generation convinced it’ll be the last? People seem to enjoy imagining that they’ll live to see the curtains close on history, but it’s more than just enjoyment; a sense of finality seems to be built into our experience of the whole strange, senseless show that surrounds us. Either you die in the world, another speck to be mourned and then forgotten, or the world dies around you. Unknown planets or rising sea levels, whatever helps you imagine an ending.

Before the Mayan apocalypse, it was the year 2000 that was supposed to kill us all. Aside from the Y2K computer bug that failed to destroy all our soaring dial-up technology, mass-media preachers like Ed Dobson, Jerry Falwell, and Left Behind authors Tim LaHaye and Jerry B. Jenkins confidently expected the final judgement of God to arrive in time for the new year’s celebrations. In turn they were drawing on a legacy of bimillennial fascination that includes medieval Catholic theologians, Marian apparitions, invented Nostradamuses, the Kabbalistic calculations of Isaac Newton, and cultists scattered across the centuries.

Jehovah’s Witnesses have separately predicted that the world would end in 1914, 1915, 1918, 1920, 1925, 1941, 1975, 1994, and 1997. Various preachers in Britain and America spent most of the 19th century convincing their small bands of followers that the world was shortly to cease existence, extrapolating their figures from the dimensions of Noah’s Ark or the tent of the Tabernacle, watching the skies for comets, waiting for the ocean to boil, reading the newspapers to see when the Antichrist would reveal himself. And it never happened, not even once.
Quetzalcoatl, the feathered serpent and the god of wind and learning. Werner Forman / Universal Images Group / Getty Images

But aren’t the oceans boiling? As the air fills with carbon dioxide, the seas are turning to acid mire, a soup of plastic particles and dead coral, where the fish are all dying and only the tentacled things survive. Revelation, chapter eight: “A great mountain burning with fire was cast into the sea: and the third part of the sea became blood; and the third part of the creatures which were in the sea, and had life, died.” Doesn’t Donald Trump, a leering Antichrist in bronzer and self-regard, glower from the front page of every paper? And as warships surround a North Korea bristling with missiles, could the sky not soon be full of dazzling, falling stars, and then empty forever? Isn’t the end of the world really, actually, genuinely nigh? Aren’t we watching it happen, broadcast from our TV screens, right now?

For its critics, this sense of a looming end is an expression of the same spirit that made all those bloated celebrity prophets predict the Second Coming around the year 2000. Panicked jeremiads about climate change are just another form of religious nonsense — so, for some, is Marxism, with its deterministic charts of universal history. The philosopher Tom Whyman, for instance, wrote earlier this year that “we’ve successfully secularized the End Times.” It’s all a kind of wishful thinking, he argues; everyone wants to think that the end of the world is imminent, because it means that all the messy contingencies of life will finally become settled, and this desire is given form and propulsion by a still-dominant Judeo-Christian-Islamic conception of linear time. Once we expected to hear trumpets and angels; now it’s just the wandering honk of a puffed-up president announcing to the world that he’s pushing the button. But it’s the same thing.

Isn’t the end of the world really, actually, genuinely nigh? Whyman considers the end of everything to be a kind of universal blankness, an abstract negation, a “Great Nothing” that blankets all existence without distinction. I disagree. When people imagine that the world is about to end, it’s their particular world that’s doomed, and the nature of that end will always in some way reflect what’s being destroyed. People who live in the desert would not live in fear of a global flood. And the End Times aren’t a unique product of Christianity; some kind of eschatology is present nearly everywhere. Nearly. The pre-Islamic Turkic peoples of Central Asia, for instance, don’t seem to have had any myths about the destruction of the world, and why would they? They lived on an open steppe far from the ocean, where everything is flat and endless. Why would it ever end? Societies that believe in the Apocalypse tend to be those in which the seeds of the apocalypse that’s really happening are already planted. Cultures that have big cities, forms of writing, a discourse of history, and centralized power. Cultures like the old eastern Mediterranean that gave us the Biblical prophets and the Book of Revelation. Or cultures like the Aztecs.
Chalchiuhtlicue symbolized the purity and preciousness of spring, river, and lake water that was used to irrigate the fields. The Metropolitan Museum of Art

The Aztec apocalypse is nothing like the Christian one. It comes out of an unimaginably different history and society to the world of Greece and Rome. But it’s a lot like ours. The collision with Nibiru or devastating magnetic pole shift might have a distinctly monotheistic tang, but it’s possible that the Aztecs might see in our worries over anthropogenic climate change, economic collapse, and senseless nuclear war something strangely familiar. Instead of considering apocalypses through their literary and conceptual lineages, we could think about them instead in terms of what kind of society gave birth to them. How much do modern Westerners really have in common with prophets of the Old and New Testaments like Ezekiel or John of Patmos? Might we be more like Itzcoatl or Huitzilihuitl, even if we’re less likely to know who they are?Our capitalist modernity isn’t a Mediterranean modernity, but a Mesoamerican one. The Aztecs, those strange and heartless people with their stepped pyramids and their vast urban civilization that never came out of the Stone Age or invented the wheel, are our contemporaries.

Original Aztec sources are patchy — most of their beautiful codices were destroyed during the Spanish conquests in the early 16th century — and tend to contradict each other, but what makes the Aztec apocalypse so different to that of any other mythology, and so similar to the one we face now, is that they believed it had already happened.

This world is not the first. There were four that came before it and were destroyed in turn, all in the usual fashion — usual, that is, for end-of-the-world stories. Each was made by and contested over by the two gods, Tezcatlipoca and Quetzalcoatl, as a series of staging-grounds for their constant battles, two cosmic children bickering over a toy. In the first, Tezcatlipoca turned himself into the sun, and a jealous Quetzalcoatl knocked him out of the sky with his club; in revenge, Tezcatlipoca set jaguars loose to wipe out all its people. Together the gods built a new race of humans, but they stopped worshipping their creators, so Tezcatlipoca turned them all into monkeys, and Quetzalcoatl, who had loved them for all their sins, destroyed them in a fit of spite with a hurricane. Tezcatlipoca connived the gods Tlaloc and Chalchiuhtlicue into destroying the next two with fire and with floods. The fifth one, ours, will be destroyed by earthquakes. But in every other respect it’s entirely different from the ones that came before.
Urn depicting Tlaloc, the rain god. DEA / G. Dagli Orti / Getty Images

After the creation and destruction of four worlds, the universe had exhausted itself. We live in the shadow of those real words; their echo, their chalk outline. In each of the four previous worlds, humanity was newly created by the gods. Present-day humans were not: we are the living dead. After the destruction of the fourth world, it lay in darkness for fifty years, until Quetzalcoatl journeyed into Mictlan, the Aztec hell, and reanimated the bones of the dead. In the four previous worlds, the sun was a living god. In ours, it’s a dead one. To build a new sun for this worn-out earth required a blood sacrifice: The gods gathered in the eternal darkness and built a fire, and their weakest deity, Nanahuatzin, a crippled god covered in sores, leapt into the center of the flames, and the sun was born.

But it was a weak sun, and it wouldn’t move. All the other gods, one after another, immolated themselves in the fire to bring the dawn, but it’s still not enough. The sun needs more sacrifices; it needs ours. This is why the Aztec priests slaughtered people by the hundreds, cutting out their hearts and throwing their corpses down the temple steps. This blood and murder was the only thing that kept the sun rising each morning; if they stopped even for a day, it would go black and wither to nothing in the sky, and without its light the earth would harden and crack and fall apart. And some day, this will happen: it’s earthquakes that will destroy us all, and when it crumbles there will be nothing left.

The fourth world was the last; we’re living in something else. A half-world, a mockery, a reality sustained only through death and suffering. The first four worlds were created by the gods and destroyed according to their wills or because of their squabbles, just like the four Yugas of Hinduism, or the creation of the Abrahamic God, whose Judgement Day will come whenever He sees fit. Our world is being kept alive only through human activity; it’s a world into which we have been abandoned. The Aztecs were stone-age existentialists, trembling before their misbegotten freedom. This is a theology for the anthropocene — our present era, in which biological and geological processes are subordinated to human activity, in which the earth that preceded us for four billion years is finally, devastatingly in our hands, to choke with toxic emissions or sear with nuclear bombs. But modern society isn’t treading new ground here: the Aztecs came first, five hundred years ago. And their response was to kill.

Most everyone knows about the Aztec sun-sacrifices, the mass daily executions carried out by the priests, but ritual human slaughter was everywhere in their society. Sometimes children were drowned, sometimes women were killed as they danced, sometimes people were burned alive, or shot with arrows, or flayed, or eaten. Hundreds of thousands of people died every year. At the same time, these were the same people whose emperors were all poets, whose young people went out dancing every night, and whose cities were vast gardens filled with flowers, butterflies, and hummingbirds. This might be the reason Aztec human sacrifice is still so horrifying — we’re much more likely to forgive mass killings if we can say for certain why they happened. The Romans killed thousands in their circuses, and in the 21st century we still watch death — real or feigned — for entertainment; it’s extreme but not so different. When the Spanish came to Mexico, they were horrified by the skulls piled up by the temples — but then they killed everyone, and we understand wars of profit and extermination too. But like any mirror, the Aztecs seem to show us everything backwards.

Still, you can feel traces today. In the neoliberal economic doctrine that’s still dominant across most of the world, something strangely similar is happening. All the welfare institutions that ameliorate capitalism’s tendencies to extreme wealth and extreme poverty have to be destroyed, for the good of the economy. People die from this — in Britain, up to 30,000 people may have died in one year as a result of cuts to health and social care, and that’s in a prosperous Western country. In the United States, a faltering band-aid mechanism like Obamacare has to be wrenched off, with the excuse that it’s being replaced with market pricings, which are natural and proper and, in their own way, fair. But it’s all for nothing. The economics behind neoliberalism are nonsense, but the prophets — these days, drab old thinkers like Friedrich Hayek or Milton Friedman — have warned us that unless they’re followed, we’ll open up the road to serfdom. Ask a liberal economist why millions have to suffer, forced to live in drudgery under late capitalism’s dimming sun, and something horrifying will happen. A weak, indulgent, condescending smile will leak across their face, and they’ll say: that’s just how the market works. An echo of the Aztec priest, dagger held high, kindly telling his victim that his heart has to be pulled out from his chest, because that’s just how the sun works.

But neoliberalism really does work, it just doesn’t do what it’s supposed to. It might not be any good for the population at large, but it has facilitated a massive upward redistribution of wealth; the poor are scrubbed clean of everything, and the rich drink it up. Class power creates both the excess of cruelty and the mythic ideology to justify it. Marxist writers like Eric Wolf have tried to find something similar operating among the Aztecs: Human sacrifice cemented the rule of the aristocratic elites — they were believed to literally gain their powers through eating the sacrificial victims — while keeping the underclasses in line and the conquered peoples in terror. But all contemporaneous societies were class-based and repressive; it doesn’t begin to explain the prescient nihilism of their theology. Something else might.

The Aztecs built an extraordinarily sophisticated state. Their capital, Tenochtitlan, whose ruins still poke haphazardly through Mexico City, might have been the largest city outside China when Europeans first made contact; it was bigger than Paris and Naples combined, and five times bigger than London. Stretching across the Mexican highlands, their empire had, in 150 years, conquered or achieved political dominance over very nearly their entire known world, bounded by impassable mountains to the west and stifling jungle to the east. Without any major enemies left to fight, they found new ways of securing captives for sacrifice: the “flower wars” were a permanent, ritual war against neighboring city-states, in which the armies would meet at an agreed place and fight to capture as many enemy soldiers as possible.

The Roman Empire could never defeat their eternal enemy in Persia, and the dynastic Egyptians were periodically overwhelmed by Semitic tribes to the north, but until the day the Spanish arrived the Aztec monarchs were presumptive kings of absolutely everything under the sun. The only really comparable situation is the one we live under now — the unlimited empire of liberal capitalism, a scurrying hive of private interests held together under an American military power without horizon. We have our own flower wars. The United States and Russia are fighting each other in Syria — never directly, but through their proxies, so that only Syrians suffer, just as they did in Afghanistan, and Latin America, and Vietnam, and Korea. Wars, like Reagan’s attack on Granada or Trump’s on a Syrian airbase, are fought for public consumption. There is a pathology of the end of the world: dominance, ritualization, reification, and massacre.
Tezcatlipoca, the supreme god, and the enemy of Quetzalcoatl. Werner Forman / Universal Images Group / Getty Images

The Aztecs were not capitalists, but their economy has some spooky correspondences with ours. While they had a centralized state, there was also an emerging free market in sacrifices, and a significant degree of social mobility: every Aztec subject was trained for war, and you could rise through society by bringing in captives for slaughter. The Oxford historian Alan Knight describes it as “a gigantic ‘potlatch state,’ a state predicated on the collection, redistribution and conspicuous consumption of a vast quantity of diverse goods. Sacrifice represented a hypertrophied form of potlatch, with humans playing the part elsewhere reserved for pigs.” The potlatch is a custom practiced by indigenous peoples further up in the Pacific Northwest, in which indigenous Americans ceremonially exchange and then spectacularly destroyed vast quantities of goods — blankets, canoes, skins, but most of all food — in a show of wealth and plenitude. In the sophisticated class society of the Aztecs, the grand triumphant waste was in human lives.

We are, after all, assembled from the bones of four dead universes. We were dead to begin with. Perched on the end of history, the Aztecs beheld a dead reality in which life becomes lifeless, to be circulated and exchanged. Four-and-a-half centuries later, Marx saw the same processes in capitalism. He describes it in Wage Labor and Capital: “The putting of labour-power into action — i.e., work — is the active expression of the labourer's own life. And this life activity he sells to another person [...] He does not count the labour itself as a part of his life; it is rather a sacrifice of his life.” (Emphasis mine.) Workers are cut off from their own labour and from themselves by a production process in which they are not ends but means, part of a giant machinery that exists to satisfy the demands not of human life but of “dead labor,” capital. From his 1844 Manuscripts: “It estranges from man his own body, as well as external nature and his spiritual aspect, his human aspect.” His labour-power becomes a commodity; something to be bought and sold in quantifiable amounts, something inert. The worker under capitalism, like the captive walking up the temple steps, is consecrated to death.

The Aztec world ended. When the Spanish came they found an empire of 25 million people; by the time they left only one million remained. Its people were killed with swords, guns, fire, famine, disease, and work. The beautiful garden-city of Tenochtitlan was torn down, a European fort built in its place. Sacrifices were no longer offered to the sun, and somehow it still kept rising every day. You can laugh at their credulity — they really thought the sun would stop rising, and look, everything’s still here! But the end of the Aztec world was dispersed throughout time, until it became isomorphic with the world itself.

Their disaster was not waiting for us in the future, a monumental bookend to history, like the Judgement Day of the people who destroyed them — they lived within it, in the ruins of a real world that died with the gods. This is the cosmology of the great German philosopher Walter Benjamin: to apprehend reality we should make “no reflections on the future of bourgeois society;” rather than a series of events leading towards an uncertain end, his Angel of History stands to face the past and sees only “one single catastrophe, which unceasingly piles rubble on top of rubble and hurls it before his feet.”

We exist in that rubble. The Aztec Empire conquered its world, strip-mined its future, and turned human populations into fungible objects. Contemporary society too has nowhere else to go: capital has saturated the earth, and outer space is a void. Our world, with the monstrous totality of its stability and order, is relentlessly producing its own destruction. In fantasies of black holes and the wrath of God; in the actuality of an atmosphere flooded with carbon dioxide and a biosphere denuded of all life. We missed the apocalypse while we were waiting for it to take place. Baudrillard writes: “Everything has already become nuclear, faraway, vaporized. The explosion has already occurred.” Capitalism built a corpse-world. Its sun keeps rising every morning, whatever we do, but it’s growing hotter in the sky; poisoning the seas, frizzling farmlands to desert, carrying out Tezcatlipoca’s last act of revenge.

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De THE OUTLINE, 08/05/2017

Friday, May 12, 2017

Jackie/Pablo Larraín

FLORENCIA ROMANO

Un automóvil entra en una mansión y de él desciende un periodista (Billy Crudup), dispuesto a realizar una entrevista previamente pactada con Jacqueline Kennedy (Natalie Portman), en la que desde el principio se deja claro que será ella la que tendrá la palabra final respecto de la publicación. A partir de ese encuentro, se despliega una serie de descripciones de momentos inconexos, que mezclan la memoria de Jackie con su propia censura. La película de Pablo Larraín relata el duelo de la viuda de Kennedy durante el intento de organizar el funeral de su marido en los días inmediatamente posteriores a su asesinato, días que transcurren en una atmósfera de desesperación en la que los hechos y las acciones se pierden y confunden en el vagabundeo entre memoria y relato.

La característica principal de ese subgénero conocido como biopic consiste en presentar un relato aparentemente objetivo sobre los hechos de la vida de un personaje, acompañados, paradójicamente, del acceso a su subjetividad emocional. Por el contrario, Jackie se aleja de esta premisa describiendo diversos estados de memoria que conviven con aquello que no puede recordarse del todo, con lo que se recuerda sin poder decirse y con la expresión pública que se hace del recuerdo. La proliferación de relatos va conformando la imagen de una primera dama en relación con el mito americano (la mujer correcta, el buen padre, la buena familia), imagen que es puesta permanentemente en crisis por las contradicciones que aparecen en lo que se narra. De esta forma, la película dialoga con otro mito americano: el de El ciudadano (1941). La entrevista como disparador de recuerdos y la recurrencia a noticieros apócrifos que utiliza Jackie vuelve imposible no emparentarla con la película de Orson Welles. Sin embargo, El ciudadano construye desde la ausencia del personaje, desde lo supuestamente visto y oído, fundamental para consagrar el mito de Kane, mientras que en Jackie se da la situación inversa: la constante presencia de la protagonista y el tono caricaturesco de actuación que usa Portman rompen el componente mágico del relato. Jackie, uno de los mayores íconos de la moda y de la historia norteamericana, se vuelve, entonces, terrenal.

Basándose en una entrevista que Jacqueline Kennedy dio en 1963, Larraín decide evitar mayormente el archivo para trabajar su reconstrucción, de la misma forma que su personaje lo hace durante la entrevista, armando frases, editándolas y hasta revisando y reescribiendo las notas del periodista. Se trata de una visión contemporánea de la historia que acepta la imposibilidad de acceder al pasado sin que este se mezcle con el presente, reescribiéndose de forma constante. Siguiendo esta fórmula, la película desarrolla su narración por medio de fragmentos que no siguen necesariamente una cronología precisa (recuerdos, discursos oficiales, noticias televisivas, periodismo y editores). Estos relatos reconstruyen el momento histórico sin una preocupación por su veracidad. A la vez, la narración no evita tampoco el recuento de hechos y acciones importantes que hacen al imaginario del episodio histórico, a diferencia de muchos intentos contemporáneos similares (la María Antonieta de Sofía Coppola, por ejemplo), que centran el relato en la superficialidad de la imagen de una época, a la que vacían por completo de contexto. A partir de esta fragmentación y repetición, la película logra ir de la memoria individual a la colectiva, del relato privado al público. Reforzando el gesto que Larraín viene trabajando en películas anteriores (No, de 2012; Neruda, de 2016), Jackie hace visible, una vez más, el pastiche de la memoria histórica.

Jackie (EEUU / Chile / Francia / Hong Kong, 2016), guión de Noah Oppenheim, dirección de Pablo Larraín, 95 minutos.

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De OTRA PARTE SEMANAL, 11/05/2017

Thursday, May 11, 2017

Las clavelinas amanecieron escarchadas

JORGE MUZAM

El porvenir no parece auspicioso. Se nos viene nuevamente la derecha con su séquito de bestezuelas fascistoides, tecnócratas poco letrados de universidades privadas y tránsfugas variopintos. La política chilena anda de pantalones caídos. El prontuario delictivo no mella la suerte de ningún candidato. A la Democracia Cristiana le sobrevino con particular fuerza su habitual escozor anticomunista y ha optado por un rumbo propio que la puede conducir a un despeñadero. La izquierda se divide entre un tibio Guillier y una improbable Beatriz Sánchez. La educación pública se sigue cayendo a pedazos en Chile y Argentina. El neoliberalismo es un transformer ideológico que privatizará hasta el aire. Bachelet se acerca a su epílogo sin haberse jugado su minuto histórico. La buena intención no basta para mejorar las cosas. Se necesita determinación, frialdad, osadía, carácter. O si no vuelven a ganar los de siempre. La sensación que queda es que todo sigue igual y peor que antes.

San Fabián sigue su ritmo parsimonioso bajo la conducción del ecologista Claudio Almuna. Hombre querido y respetado por la mayoría, trabajólico y ecuánime, cortejado por todos los conglomerados políticos, acechado por mezquinas alimañas locales, mantiene su norte en sacar rápidamente a flote un municipio desfinanciado. Solo entonces podrá gobernar con la mirada puesta en la perspectiva histórica. Las clavelinas amanecieron escarchadas. El Longaví y el Chillán sobresalen nevados y majestuosos como dos colmillos cordilleranos. Pasan campesinos tempraneros arreando terneros. Chupallas ancianas. Ponchos deshilachados. Perros diligentes exhalando vaho blanquecino. 

Sumo libros a mi biblioteca. Mentes encuadernadas que traigo a vivir a casa. Lezama Lima, Carpentier, Turguéniev. Empiezo a leer El Viaje de Sergio Pitol. Su itinerario literario por Rusia y Georgia. Callejones, laberintos, recuerdos, notas al margen, todo a la vez, como un remolino de Lewis Carroll. Cada libro es el pasaporte a una mente genial, butaca privilegiada ante un narrativismo de Rajmáninov. El café se enfría. La versión de Telesur predomina en el aire. El sol se hace esperar detrás de las montañas. La niebla amenaza con sabotearlo. Las golondrinas transcriben ilusiones mandarinas en el celeste opaco del cielo.

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De CUADERNOS DE LA IRA (blog del autor)