Monday, February 18, 2019

Un tal Evo. Una biografía no autorizada del presidente boliviano

ROBERTO NAVIA y DARWIN PINTO

1. Nacimiento y resurrección

Cuando Dionisio Morales Choque y María Ayma Mamani miraban de reojo que se acercaba hacia ellos la indiada caminando por las cornisas de las montañas secas del altiplano, con profundo pesar congelaban sus cariños, y él, sofocado de vergüenza, se metía entre las polleras de ella para evitar que en Isallavi se enteraran de la existencia de una pareja cuya novia, ocho años más vieja, pudiera ser acusada de “mata-guagua”.

Después de que la relación ya fue un asunto oficial y demostraron que lo de ellos era un amor del bueno, los Morales-Ayma se casaron, vivieron infelices para siempre y de los tres hijos que sobrevivieron a la fiebre y a la diarrea, uno, Evo, les salió presidente.

Juan Evo Morales Ayma nació en ese lugar inexistente de Bolivia. Isallavi es un pueblo triste y vetusto, atacado por el frío que baja a tropel de las colinas de hielo del solitario altiplano y que no figura en el mapa de la república. Fue la mañana del 26 de octubre de 1959 cuando se abrió paso como una bala que sale disparada del vientre de una escopeta en mal estado. María Ayma se revolcaba como una llama herida en una cama empolvada y dura, con las piernas mojadas con su sangre caliente que salía por debajo de un vientre acostumbrado a esta misma batalla cada vez que una guagua ahí adentro libraba su primera prueba de fuego.

Luisa Morales (que en ese momento oficiaba como su ángel de la guarda), de muy vieja caminaba a cuatro patas, ante la inexistencia de una partera oficial preparaba pócimas para que el futuro presidente de Bolivia se salve, salga a la luz y emita su primer gemido en este mundo.

Evo ahora es alto y macizo como un toro maduro. Tiene la nariz ganchuda de hombre altiplánico y unos ojos achinados, pequeños y negros como el carbón que le bailan en su cara redonda de color cacao y hacen juego con su pelaje también oscuro, lacio y rebelde que acaba bruscamente en unas patillas largas sin atisbos de estética que mantiene oculta la mitad de sus pequeñas orejas.

Isallavi, que pertenece al ayllu Sullka, cantón de Orinoca, en la provincia Carangas del departamento de Oruro, ha ido cayendo en desgracia: permanece rumiando el abandono y soportando sin chillar las crueldades del viento helado que golpea a los escasos pobladores con sus eternos cuchillos afilados de arena. Es una comunidad rústica que experimenta una muerte lenta y se apaga cada vez que una de sus casas pobres se desploma de vacía y de vieja, o cuando alguno de sus habitantes decide marcharse a cualquier otro rincón de Bolivia o del mundo siguiendo los pasos de varios otros que se fueron mucho antes de que el hijo predilecto del pueblo, el semidiós de los eternos marginados, Evo, tuviera serias intenciones de colocar sus posaderas sobre el sillón del Palacio de Gobierno.

La presencia del hombre mimado está petrificada en cada uno de los pocos recovecos de Isallavi, y son sus habitantes, aquellos que caminan agachaditos como esquivando a la muerte, los que rememoran los años dorados de cuando con él jugaban a las bolillas, con porotos, durante el desnutrido tiempo libre que les quedaba después de pastorear las llamas en las lomas peladas de aquel lugar custodiado por el gigante ojo celeste del mítico lago Poopó.

María Tuco Bonifaz, a pesar de su inocencia de campesina analfabeta, se jacta de haber conocido al Evo cuando ella era una imilla y él un llokallita (chaval) de nariz húmeda. A ella la vi un mediodía quemante de octubre de 2005 en su parcela de Isallavi, junto a Bridney (su hija de cuatro años) y a Pablo Vera Ayma, el primo por parte de madre del ahora presidente. Ambos estaban sembrando papa en un terreno sin vida y lleno de piedras blancas.

Hicimos una ronda bajo un cielo vacío, y atraídos por la coca que les ofrecí (me rechazan el bicarbonato porque dicen que enfría el apetito sexual y que cuando se mezcla con la hoja, la boca se convierte en una fosa de maceración), y masticando un castellano cojo, porque la lengua madre de ellos es el aymara, se peleaban el turno para contar los recuerdos que guardan, quizá como único tesoro, de Juan Evo Morales Ayma.

Al Evo lo recuerdan ya grandecito. Cinco años ha de haber tenido cuando lo veían caminar como un grande por la llanura que no es otra cosa que un desierto transparente y sin oasis, y por las cejas de las colinas encabezando las manadas de ovejas y de llamas que le confiaba su padre, Dionisio Morales Choque, famoso por haber alzado mujer temprano, antes de haber terminado de pelechar sexualmente.

María Tuco Bonifaz se ríe pícaramente y tapa su boca verde para evitar que se le vean sus encías escasas de dientes. Oculta su mirada y se dirige a Pablo Vera Ayma con el que habla en aymara con la soltura natural de cuando alguien se comunica en su idioma materno. Le pregunto de qué se ríe y me contesta que se está acordando de la vida privada de los padres de Evo. Se niega a comentar ese pasaje que la sigue entreteniendo. Al final accede. Cuenta que cuando el amor entre María y Dionisio no era un asunto legal en Isallavi ambos sentían pudor de que los pobladores se enterasen de que el hombre, el llamado a ser jefe de familia y un tipo rudo capaz de enfrentar a los demonios inminentes que aparecen en la vida marital, era casi un niño en comparación a ella que había nacido por lo menos ocho años antes que él. “Para evitar las habladurías, cuando estaban en el campo haciéndose cositas y se daban cuenta de que se aproximaba algún campesino por la llanura, el Dionisio, como era flacucho, se metía adentro de la pollera de la María para esconderse”. Termina de contar aquello con una gracia que contagia al primo de Evo, quien antes le hizo un montón de muecas para evitar que María estirase su lengua y revelara aquel secreto de la pareja, secreto que después de más de medio siglo sigue siendo el chiste infalible que les hace olvidar, así sea por unos efímeros momentos, que siempre les fue difícil sacar fruto de la tierra árida, que la sequía es igual de cruel que el frío porque ambos matan sin piedad a sus animales y a sus cultivos, y que les duele que nunca, ninguna autoridad del Gobierno haya asomado por ahí para enterarse de que en ese lugar de Bolivia también existe vida humana.

Si al Evo lo recuerdan recién cuando tenía cinco años es porque antes todavía permanecía bajo el regazo caliente de su madre, el único escudo que ella tenía para protegerlo de todas las alimañas que habían matado a tres de los cuatro hijos que le nacieron antes de Evo. Daniel, Luis y Eduvé fallecieron cuando aún eran guaguas de pecho. En el pueblo nunca han sabido qué es exactamente lo que hace que los niños se vayan antes de cumplir un año. Esther, la tercera hija de los Morales-Ayma y la hermana mayor de Evo, la que se escapó de las manos frías de la muerte, cree que sus hermanitos se murieron por la diarrea y por la maldita fiebre. “En el campo no había atención médica. Mi mamá nos curaba de la temperatura con coca y azúcar y a veces nos sanaba. Cuando uno estaba ardiendo de temperatura, ella ponía la coca con el azúcar en el sobaco, y ahí uno tenía que apretar, también amarraba con trapo negro las plantas de los pies. Era eso o morirse”.

Esther ha sobrevivido y ahora tiene 57 años, una carnicería en la calle Jaén 165, en la zona sur de Oruro, y tres hijos con Ponciano Wilcarani, el profesor que la desposó y le juró amor eterno a sus 25 años. Al igual que su madre, ella tampoco pudo salvar a tres de sus vástagos que vio morir, dos de ellos de fiebre extrema y uno atacado por la parálisis. “Yo me embaracé seis veces”, especifica mientras camina hacia la planta alta de su casa de ladrillo visto, con su andar inclinado de mujer altiplánica y moviendo sus brazos de mamá grande con los que ayudó a proteger a Evo durante los primeros años de su vida, cuando el destino acostumbra preguntar, insistentemente, si el niño es para este mundo o para el otro.

Y es aquella vieja mañana del 26 de octubre –cuando el destino barajó sus cartas para decidir si Evo era para el mundo de los vivos o de los muertos- que Esther no puede arrancar de su cabeza cubierta por una melena lacia, siempre de cola y que ya empieza a germinar cabellos blancos: “Mi madre se estaba muriendo con la guagua dentro. Una abuelita salvó su vida y la de mi hermano. Se llamaba Luisa Morales. Debió ser parienta. Le preguntó a mi mamá si no se había antojado nada. Entre durmiendo le contestó que a fines de septiembre había ido a Orinoca y ahí encontró a una mujer que estaba horneando pan. Ella se había acercado a pedirle que le venda el pan, y la mujer le había dicho que era para los maestros. Y no le dio. Mi mamá se fue hasta la plaza, desmoralizada, a comprar otro pan”, cuenta con una voz untada con rabia, dispuesta, si pudiera retroceder en el tiempo, a ir hasta donde la mujer tacaña que no fue capaz de venderle un pancito a su mamá que necesitaba saciar sus deseos de mujer preñada.

Luisa Morales había puesto sus oídos cansados cerca de la boca de la embarazada para escuchar lo que le decía entre dientes. Cuando terminó de hablar, recuerda Esther, que la abuela, como no podía caminar, empezó a gatear como un bebé, a caminar a cuatro patas por el estrecho cuarto en busca de harina y alcohol. Luego agarró una fuente de barro y formó una masa con esos dos ingredientes, hizo un bollito, lo colocó en el fuego hasta que expulsó un olor a pan caliente, lo partió en la nariz de la moribunda y le gritó fuerte:

—¡Este es el pancito que no comiste en Orinoca!

Pero la criatura estaba atrincherada en la parte alta del vientre. La madre decía que lo estaba perdiendo y la vieja le gritaba:

—Amarillo está viniendo.
—Ya no tengo fuerzas, me duele el estómago...
—Olé el pan te he dicho, mascalo si podés.

“En eso hemos sentido llorar al Evo”, dice con una voz triunfante Esther, que tampoco olvida los ademanes de alegría que puso su papá Dionisio cuando llegó, tardíamente, con la partera del pueblo (la oficial), a la que había ido a buscar a Calavillca antes de que amaneciera porque su mujer se quejó toda la noche como si fuera una primeriza.

Hugo también demostró ser para el mundo de los vivos. Es el que nació tres años después que Evo y el que de adulto se convirtió en su enemigo político de sangre más visible. La cuarta desgracia que enlutó a la familia fue la enfermedad de Reina, la última hija que parió doña María y que dejó de existir cuando en el seno del clan pensaban que ya poseía todos los anticuerpos que exige ese despiadado mundo, que se dibuja a 3.800 metros sobre el nivel del lejano mar, a todos los que sobreviven en él. “Reina murió después de cumplir ocho años”, testifica Esther, con una voz negra y pausada.

Si fue en Isallavi donde Evo nació y se jugó la vida antes de nacer no fue ahí donde aprendió a hablar castellano, un idioma extraño para un niño que estaba acostumbrado a comunicarse en aymara. Ahí sólo aprendió a rezar el Padrenuestro en castellano porque era lo único que su mamá sabía de ese idioma extraño. Tampoco fue en su tierra natal donde le enseñaron a leer y a escribir. Fue en el norte argentino, en la comunidad de Galilea, donde acudió a su primer día de clase mientras sus padres se destrozaban el cuerpo en las plantaciones quemantes de caña de azúcar de ese país ajeno y desconocido, y su hermana Esther cocinaba para la familia que emigró por primera vez (no sería la última), desesperada por encontrar días mejores.

María Tuco Bonifaz y Juan Pablo Vera Ayma se acuerdan del pasado de Evo cuando éste había retornado a Isallavi desde Argentina, después de aquella primera misión de sobrevivencia que había emprendido ese clan de campesinos pobres. Ante la falta de una escuela en su pueblo, fue inscrito en Calavillca, de nuevo a primero básico (1965), otro pueblo extraviado en el desierto helado al que el novato escolar llegaba una hora después de salir de su casa de barro. Rutina que cumplió casi todos los días hasta terminar quinto básico.

Pero a Evo, sobre todo se lo recuerda como el pelotero zurdo que, aburrido de ganar todos los campeonatos inter-ayllus, se lanzó como director técnico de su equipo y que tras una seguidilla de victorias se consagró como el seleccionador más joven de Orinoca. María Tuco Bonifaz no se equivoca. El propio Evo confirma las afirmaciones de su amiga de infancia de cara apergaminada y un cuerpo que parece de superviviente de una larga huelga de hambre: “Cuando tenía 13 años (1972) fundé un equipo de fútbol en mi comunidad y participábamos en los campeonatos. Yo era el capitán, el delegado, el árbitro, el entrenador, el preparador físico y el goleador. Era como el dueño del equipo. Mi papá me ayudaba, él también era amante del deporte. Vendíamos la lana que trasquilábamos a las llamas para comprar las pelotas y los uniformes. A los 16 años los tres ayllus de la comunidad me eligieron como director técnico de la selección de todo el cantón”.

Antes tuvo que demostrar a don Dionisio que había nacido no sólo para arrear llamas y peluquear ovejas, sino también para jugar al fútbol en todo tipo de cancha. Es por eso que cuando las llamas estaban pastando en los cerros, agarraba su pelota de trapo y con ella corría haciendo zigzag por entre las patas de los silenciosos animales y metía goles en el arco de paja-brava ante la mirada perruna de Trébol, su mascota de la suerte.

Hugo, que físicamente está fabricado a imagen y semejanza de su hermano mayor (tiene la misma sonrisa achinada y su cabello le cae como las hojas de un libro abierto sobre su frente sin brillo), también pone en evidencia que su padre fue un mecenas a manos llenas del equipo de fútbol que fue bautizado con un nombre que hace alusión al espíritu de lucha y unión que les exige la vida para sobrevivir en el altiplano: Fraternidad. “Evo creció apoyado por mi padre, él siempre lo incentivaba moralmente”. Pero no lo dice haciendo muecas de envidia porque sabe que así como Evo creció bajo las alas de don Dionisio, él era el que concentraba los cuidados de su mamá, doña María.

A pesar de tener asegurada la atención de su madre, este hijo menor no se quedaba con las piernas cruzadas, y en las canchas trataba de granjearse las atenciones de su padre. Mientras Evo avanzaba por la punta izquierda, dice que él corría como una liebre con la camiseta verde y blanco número 7, dominando el lado derecho del mediocampo. “Cada uno estaba obligado a esforzarse. Cuando ganábamos nos daban un trofeíto, que se compraba con el dinero de la inscripción. El premio no nos preocupaba, lo que queríamos era ganar”, recuerda con una voz cargada de una notoria nostalgia. Sus palabras se encienden más cuando desempolva aquel único momento cuando estuvieron, él y Evo, a punto de empezar a soñar con que el deporte podría sacarlos del anonimato y de la miseria.

—El Evo se probó en el club profesional San José de Oruro el año 1977 cuando tenía 18 años y yo en el colegio fui campeón de atletismo, corrí 400 metros planos en 58 segundos, todo un récord.

Su entusiasmo se ahoga a medida que sigue hablando.

—Salí elegido para ir a Tarija a participar en los Juegos Estudiantiles, pero sólo en pasaje para viajar en bus (que era su gran deseo) se tenía que gastar mucha plata. No pude ir...

Sobre Evo y sus aspiraciones por ser del equipo de los santos no sabe exactamente qué es lo que pudo haber pasado, aunque cree que sucedió lo que permanece escrito en las tablas de piedra de la historia humana: “Los pobres siempre han fracasado por falta de apoyo”. Claro, esta máxima no tiene sentido después del 18 de diciembre de 2006, cuando Evo, el miserable económicamente, tuvo el apoyo del 54% de los votantes y ganó cómodamente las elecciones nacionales de Bolivia.

Sobre su paso relámpago por el club San José los actuales dirigentes creen que pudo ser posible que el Evo se haya probado en el equipo, a pesar de que no tienen documentos para demostrarlo. Aunque aclaran que casi nunca (y antes, peor) registran en un libro a los jugadores que piden una oportunidad para mostrar su talento.

Si Hugo siente un sabor agridulce cuando se acuerda de su corta vida deportiva, Evo suspira profundo, como si se tratara de un primer amor, al recordar que su mayor sueño de niño era subirse en esos buses gigantes, que veía transitar por la carretera por donde pastoreaba su rebaño de llamas, llenitos de gente que arrojaba por las ventanillas cáscaras de naranja, las que luego él levantaba repletas de tierra para llevárselas a la boca porque el hambre podía más que el asco. Desde entonces, recuerda que una de sus aspiraciones era subirse en esos bichos gigantes de acero. Ahora le parece mentira que pueda viajar en avión, y a veces cree que la nave pasa por encima de las rutas por donde caminaba y de donde recogía y comía esas cáscaras de naranja que arrojaban los pasajeros por las ventanillas de los buses.

De aquellas caminatas por esos bosques de piedra y arena no se olvida, pero principalmente de aquella que realizó junto a su padre en 1971, cuando tenía 12 años. Ambos salieron rumbo al pueblo de Independencia, en Cochabamba, para intercambiar llamas por alimento porque en Isallavi y otros pueblos se había acabado la papa y el chuño. Llegaron después de avanzar durante un mes a paso lento. Pero lo que Evo recuerda con asombro no es a su papá, ni a sus animalitos, ni a la furia del viento, ni al frío que tuvieron que vencer para llegar a su destino. Lo que no se olvida es que era un 21 de agosto cuando caminaba arreando sus llamas lanudas y de pronto, mediante la radio que colgaba de su cuello, se enteró del golpe de estado de Hugo Bánzer Suárez, el mismo general que mucho tiempo después (1997), cuando retornó al poder –esta vez por el camino de unas elecciones democráticas- se comprometió ante los Estados Unidos para luchar contra Evo y la hoja de coca, a través del programa Plan Dignidadque garantizaba la eliminación total de los cultivos excedentarios en el Chapare.


Trompeta, botas y autoexilio

1971 fue un año salado para Evo, no por culpa de la dictadura de Bánzer y de su séquito de embotados que, como ocurre en casi todas las dictaduras del mundo, gobernaban el país a patadas. Fue la naturaleza que con sus soldados mejor entrenados para matar, el frío y el viento, volvía a dejar sin producción agrícola y con la olla vacía a los humildes mortales que vivían sobre aquel lomo polvoriento del altiplano. Evo estudiaba sexto en Orinoca, cuando atrapado por las incertidumbres de la adolescencia hizo méritos para que su padre, aquel que tenía esperanzas de que no sólo llegara a ser un buen patea-pelotas, sino también un ejemplar estudiante, le dijera con una voz de trueno: “Tú ya no sirves para el estudio, tú eres para la llama”. Lo enfureció que hubiera pasado de curso por compensación, arrastrando los pies con desgano, como si no supiera utilizar la cabeza con el mismo fervor con que movía sus pies a la hora de patear el balón de cuero, de trapo, o de lo que fuera. El propio Evo recuerda que de castigo, al año siguiente (1972) no entró al colegio y que padre e hijo se lanzaron a los pueblos más lejanos con una tropa de llamas en busca de comida porque en casa sólo les quedaba una bolsa de maíz blanco y carne seca para calmar el hambre que, cuando cae la noche, duele más y no deja dormir.

En 1973 fue cuando Evo descubrió la vergüenza. A comienzos de aquel año, después de haber vuelto de los lugares lejanos con abundante maíz y sin llamas, don Dionisio le dijo: “Vas a volver a la escuela”, y él le contestó: “No, porque mis compañeros deben estar en octavo y yo cómo voy a entrar a séptimo”. Don Dionisio lo quiso obligar a que entrara. Evo se resistió llorando. Pero el subdesarrollo tenía soluciones efectivas para casos como éste, aunque muy onerosas tratándose de la miserable economía de la zona: “Mi papá cada día venía con una oveja desde Callavillca hasta Orinoca seguramente a convencer al profesor y al director, y una tarde volvió diciendo, vas a entrar a octavo, ya estás inscrito. Entré y ese año fui abanderado del colegio”. Sin querer, quizá aquel fue un acto de corrupción inocente que nunca llegó a cuestionar. Su padre había sobornado a los profesores para que el hijo mayor, el de carácter fuerte, el que detestaba sentirse menos que sus compañeros, se nivelara en el colegio.

Aquel año no sólo descubrió que podía ser un alumno aplicado, sino también un trompetista de pico fino y armonioso. Fueron tres hombres y uno que otro maestro ambulante los que le enseñaron el arte de hacer música soplando. Al primero que Evo vio con la jeta de la trompeta en la boca fue a su padre y éste le enseñó una forma cariñosa de agarrar aquel instrumento metálico que, años después, cuando se encontraba sólo y lejos de casa, en Oruro, sería su salvavidas y su brújula en pleno naufragio. Santiago Tuco, que tiene una casa pobre en una curva del camino sobre la espalda de una minúscula montaña sin árboles, entre Isallavi y Calavillca, fue su segundo mentor musical. Con él aprendió, según su nieta María Tuco Bonifaz, a armar una canción alegre, de esas que se ponían de moda en las fiestas patronales que alborotaban a la campesinada incluso antes de que llegaran los prolongados días de los festejos que tenían el poder de paralizar la incipiente actividad económica de los pueblos, y cuya estructura no se basa en el libre mercado, sino en el trueque: “Tú me das estito y yo te doy este otrito para que ninguno de los dos nos muramos de hambre”.

Anoticiados de que la pobreza no les había quitado las ganas de embriagarse bailando al ritmo de los truenos musicales, por aquella época, según Hugo Morales, llegaban como moscas a Orinoca cualquier cantidad de hombres que juraban por todos sus muertos ser expertos en enseñar a tocar cualquiera de los instrumentos de los que está compuesta una orquesta del occidente del país. “Los cursos de música estaban de moda”, dice el hermano menor de Evo, que, sentado en un sofá rojo tirando a sangre, en su casa ubicada en una calle angosta cerca de la terminal de buses de Oruro, recuerda que cuando a los maestros se los veía bajar de las carrocerías de los camiones Mercedes Benz que llegaban dos veces por semana desde la capital, transportando gente y animales domésticos y de corral, los niños del pueblo aparecían como plagas y los rodeaban para hacerse anotar en la lista de los que soñaban en convertirse de la noche a la mañana en verdaderos músicos profesionales para dejar de ser pobres. Pero a ninguno de esos maestros ambulantes les debe tanto Evo como a Ponciano Wilcarani, el esposo de Esther y un artista de pura sangre, famoso entre los vivientes de aquel pueblo sin vida por pertenecer a una familia de músicos de talla alta. Hugo asegura que fue el cuñado quien le enseñó al joven aprendiz todos los secretos para “hacerla hablar en mil idiomas a la trompeta”.

Evo fue uno de los que aprendió a tocar ese instrumento de la noche a la mañana. Estando todavía en Orinoca tocó para la banda 21 de Septiembre, la que años después se trasladó a Oruro donde fue rebautizada como Real Imperial porque la competencia era despiadada y había que convencer a los clientes empezando por el nombre y terminando por la fachada de los integrantes. “La primera y única vez que me puse un saco fue cuando tocaba la trompeta en la Real Imperial”, respondió Evo cuando volvió de su gira por los cuatro continentes después del 18 de diciembre del 2005, cuando ganó la presidencia de Bolivia. Aquella vez, Evo daba explicaciones del porqué no se había puesto un traje de etiqueta para visitar a los presidentes y a un rey (el de España), el mismo que tuvo la ilustre idea de regalarle una corbata después de verlo llegar con una chompa de rayas horizontales de varios colores. “No me pongo traje porque la mayoría de los bolivianos no viste así. Nunca me lo puse, en realidad sólo una vez, cuando tocaba en una banda de música”, remataba con un tono seguro y con el que cerró la discusión sobre su afamada chompa a rayas que, según su hermana Esther, fue el regalo de una amiga en el día de su cumpleaños.

A sus 17 años, Evo abandonó el suelo materno y dejó atrás a su equipo de fútbol; y su padre se quedó sin su mano derecha; y su madre sin aquel hijo que a sus cinco años se lanzó al fuego como protesta para que no se olvide que ya era hora de llenarle la panza. Marchó a Oruro, a la capital del departamento, a esa ciudad minera a la que para ingresar se necesita, primero, atravesar un desierto donde es común ver a hombres, mujeres y niños que caminan encogidos, de memoria, sin mirar al frente. Lo dejó todo para ir en busca de un colegio donde puediera salir bachiller. Allí se inscribió en un establecimiento educativo para pobres, el Marcos Beltrán Ávila, adonde se llegaba sólo a pie por un sendero accidentado porque las calles todavía no se habían inventado en esa zona de la ciudad.

Salir bachiller no era el único sueño que lo animaba a seguir viviendo. Evo quería ser periodista porque pensaba que los periodistas estaban siempre informados de todos los entuertos que ocurren en el mundo. Esther y Hugo coinciden en que su hermano nunca les dijo que quería ser presidente, que tampoco tomaban en serio sus inclinaciones por el periodismo y que creían que iba a terminar ganándose la vida como pelotero, o en el mejor de los casos, como trompetista.

En Oruro, Evo fue un poco de todo. Durante el día, además de asistir al colegio, trabajó como panadero y ladrillero (este trabajo le causó problemas de salud debido a que estuvo expuesto al horno demasiado tiempo), y en las noches sacaba fuerzas para soplar la trompeta en su banda: la Real Imperial. Empezó a viajar a los centros mineros del sur de Potosí y a otros rincones de Bolivia, lugares que, según vio, tenían mucho en común con su Isallavi, con su Orinoca: eran igual de miserables. Al día siguiente de la fiesta amenizada por su banda se encontraba con campamentos mineros, con puebluchos de mala muerte, dueños de una pobreza que aullaba de dolor, pero era un aullido sin fuerza, casi al oído, casi de resignación. Además veía cómo unos hombrecitos eran tragados por las bocaminas por donde entraban para sumergirse en los intestinos de los cerros que en sus vientres guardaban minerales de los que ellos nunca se beneficiaban.

En Oruro fue cobijado por su hermana Esther, que vivía en esa ciudad desde los 15 años, sus padres la habían mandado a buscar trabajo porque necesitaban que alguien les enviara dinero para ayudar a “parar la olla” y, de paso, le había dicho don Dionisio que aprovechara para estudiar corte y confección, un oficio noble que le garantizaría, en caso de que no encuentrase marido, una vida no tan sacrificada como la que venían soportando él y su esposa María. Esther no olvida los actos discriminatorios que la sociedad orureña practicaba contra los llegados del campo. A ella la emplearon en una casa cercana a la plaza principal para que se ocupara de cocinar, lavar y planchar y mantener aseado el lugar donde vivía un matrimonio de comerciantes que tenía la maña de echarle llave a la vitrina donde se guardaban los panes para que cuando la Esther llegara en las mañanitas, “muerta de hambre”, no pudiera comérselos.

Donde todos eran medidos con la misma vara era en el Marcos Beltrán Ávila, ahí estudiaban hijos de padres que habían sido arrastrados a la ciudad porque en las zonas rurales, donde nacieron ellos y sus hijos, ya habían perdido las motivaciones para vivir debido a la escasez de alimentos. Pese al nivel de pobreza de los alumnos, recalca orgullosa Alicia Luna Tórrez, la directora, en las aulas de ese establecimiento se formaron alumnos que luego se convirtieron en “grandes hombres de la patria”, como es el caso de Evo Morales Ayma (sin embargo, algunos meses después, la directora se arrepentirá de adular al presidente).

Es octubre de 2005. La directora hurga en los cajones de un mueble amarillo, parece hecho de madera de roble, y saca una hoja de papel bond marchita doblada en dos. “Es la invitación que hicieron los muchachos de la promoción de 1977 para entregar a sus familiares y amigos para que asistan a la graduación. Aquí está el nombre del Evo”, explica emocionada, como si hubiera encontrado un mapa que lleva hasta el lugar donde se encuentra un tesoro escondido.

Es que de verdad ahí estaba el nombre del presidente: Morales Ayma Juan Evo. Así, como acostumbran llamar la lista los profesores. Primero el apellido paterno y después las menudencias. Era el número 20 de la nómina del cuarto curso, escoltado por Montaño Maldonado Gualberto y Peñaloza Vásquez Oscar. En total eran 37 alumnos. La graduación fue fijada para la tarde del sábado 8 de octubre, que es el mes aniversario del colegio fundado en 1964. En aquel solemne acto, el coro del colegio, según consta en el respectivo programa, había interpretado dos números musicales en ritmo de taquirari: Misterios del corazón y ¡Oh! mi Oruro.

La directora, aún sedada por el documento, también revela que el colegio guarda celosamente las notas de las materias de tercero y de cuarto medio que cursó el Evo, pero que no puede darlas a conocer porque el secretario que tiene las llaves del otro mueble donde están guardadas esas reliquias no ha venido porque acaba de fallecer uno de sus parientes cercanos. “Llamame otro día y te las daré”, asegura con un tono que no deja lugar a dudas de que se trata de una mujer de palabra.

Un mes después de haberme internado por todos los rincones del país averiguando la vida de cuando el Evo fue niño, joven y adulto, desde Santa Cruz marqué el teléfono de la directora Alicia Luna Tórrez para que cumpliera la palabra empeñada. La sentí seca, desconfiada, como si nunca hubiera hablado conmigo y me preguntó más de una vez quién era yo. Se excusó y pidió que la llamara dentro de dos días. ¿Qué pudo haber sucedido para que la directora no quiera revelar las notas del presidente? Sucede que tenía razones para desconfiar hasta de su sombra. Durante los primeros días de septiembre casi se volvió loca porque unos desconocidos, enterados de que en el Marcos Beltrán Ávila había estudiado el Evo, le tendieron una trampa para robarle varios miles de dólares. Una mañana recibió un telefonazo, supuestamente desde Estados Unidos. La voz de un hombre que se identificó como Juan Ramón Quintana, ministro de la Presidencia de Bolivia, le dijo que las Naciones Unidas habían donado 100 vehículos a Bolivia, y que dos de ellos, por gratitud, correspondían al establecimiento que había formado intelectualmente al símbolo de los indígenas de América Latina, a Evo Morales. Sin embargo, como ese regalo no contemplaba gastos de envío, su interlocutor le pidió que le depositara 7.000 dólares en una cuenta bancaria de Estados Unidos que, según el supuesto ministro de la Presidencia, pertenecía a la Embajada de Bolivia en Washington. Emocionada, la directora comunicó la noticia a su cuerpo de profesores y ellos le autorizaron para que ejecutara la operación financiera. Tan contentos estaban que le dijeron que aunque sea mandara los 1.685 dólares que tenían disponibles en la caja chica y que después conseguirían el resto. Pero después de haber realizado el primer envío, no volvió a tener noticias de su benefactor y los buses prometidos –obviamente- nunca llegaron. La directora acudió a los estrados judiciales y denunció que la Policía de Oruro había participado de la estafa, puesto que fue desde el teléfono de la oficina policial cercana al colegio desde donde llamó el dizque ministro Quintana. Un teniente, todo diligente, había ido a buscar a la directora diciéndole: “Profesora Luna, una alta autoridad del Evo ha llamado a la oficina porque dice que no sabía el número telefónico del colegio. Venga rapidito, quiere hablar con usted. Dice que le tiene un regalito”.

Cuando volví a llamarla a los dos días de su negativa para entregar las notas del presidente, la encontré dispuesta a cumplir con su palabra. Tras el saludo procedió a cantar las calificaciones del alumno Morales Ayma Juan Evo: “Las notas fueron sobre la base de 70”, aclara antes de revelar que en tercero medio pasó raspando las materias de Física (37) y Química (39), y que sus mejores notas eran las de Geografía (53), Cívica (52), Historia (51) e Inglés (51). En cuarto medio todas sus calificaciones habían pasado de 40. La más baja fue la que sacó en Física (41) y la más alta esta vez la consiguió en Filosofía (52).

En los pasillos del colegio de dos plantas ronda una historia que la prima de Evo, Adela Ayma, hizo popular: cuando éste y sus compañeros cursaban cuarto medio viajaron a la ciudad de La Paz para conocer el Palacio de Gobierno. Pero los encargados de comunicación no les permitieron hablar con el entonces presidente, el dictador Hugo Bánzer Suárez. Evo, enfurecido, había manifestado aquella vez que algún día llegaría a ser mandatario de Estado y comunicó a sus compañeros de curso que ellos serían sus ministros y que cuando eso suceda siempre estaría dispuesto a recibir en su despacho a todos los alumnos de los colegios de Bolivia.

Evo no cumpliría aquella promesa y sería (ironías de la vida) al colegio donde él salió bachiller al que le negaría una audiencia.

En febrero de 2006, los directivos del Marcos Beltrán Ávila le enviaron al presidente una carta solicitando un encuentro de cinco minutos, puesto que lo que querían era comunicarle personalmente que, orgullosos de que su excelencia hubiera estudiado en las aulas de dicho establecimiento educativo, el cuerpo de docentes, administrativos y alumnado en general, decidió otorgarle una plaqueta de reconocimiento, la misma que le sería entregada en un acto especial a realizarse en las instalaciones del colegio, o si no podía él disponer de un tiempo para tal asunto, una comitiva iría a su despacho para hacerle llegar la distinción. “Evo nos mandó una carta fría, diciendo que no podía recibirnos”, narra decepcionada la directora, Alicia Luna Tórrez. Se le rompen las palabras cuando recuerda aquello. Pero el mayor desaire vendría semanas después. “Yo misma fui al Palacio Quemado, acompañada de otros profesores, para entregarle en persona la plaqueta de reconocimiento. Es que pensaba que la carta que le enviamos quizá nunca llegó a sus manos. Quisimos darle una segunda oportunidad. Pero esta vez nos fue peor. Nos hizo decir que no podía atendernos”, recuerda quebrada por el desaire.

Hay otra cosa más que terminó de romper el corazón de Alicia Luna Tórrez. “Me he enterado que hasta dice que no ha salido bachiller”, balbucea, incrédula por “semejante mentira”. Si aquí están sus notas. Hasta foto de él con sus compañeros tenemos. La tomaron cuando fueron de viaje de promoción a Copacabana, en La Paz. Ahí está Evo en la foto, flaco y melenudo como un espantapájaros y vestido a lo Elvis Presley, con su camisa de cuello parado apretada al cuerpo y su pantalón bota-ancha.

El hijo mayor de Esther, Adhemar (25), enterado de que su tío anda diciendo que no terminó la secundaria, lo defiende: “Es que Evo es una persona correcta. Él sabe que pasó de curso con la ayuda de sus compañeros. Debido al trabajo que ocupaba gran parte de su tiempo, no podía cumplir con los trabajos prácticos, y sus amigos más cercanos, conscientes de esa situación, se lo hacían, pues. Por eso él prefiere decir que no ha salido bachiller”.

Pero para Luna Tórrez no hay excusas. En consejo de profesores tomó la decisión de guardar bajo siete llaves la plaqueta de reconocimiento fabricada para el presidente, y juró nunca más poner a Evo como ejemplo de vida ante los alumnos. Ella recuerda que los días lunes, después de entonar el himno nacional, y en las horas cívicas, los maestros repetían como loros que “es posible alcanzar todas las metas si uno se lo propone, ¿acaso Evo, el niño pobre, el campesino de Orinoca, el que estudió en el poderoso Marcos Beltrán Ávila no era un claro ejemplo? No había excusas señores. Si el Evo pudo, a pesar de todas las barreras que se le interpusieron en su camino, ustedes, queridos alumnos y alumnas, también tienen toda la capacidad para ser grandes, como nuestro Evo”.

Ese discurso ya es cosa del pasado. Desde el desaire en Palacio, está prohibido que en el Marcos Beltrán Ávila se mencione su nombre. “En este colegio, ese hombre no es bienvenido, a menos que se disculpe”. Es la última palabra de la directora. En la fachada del colegio está escrito: “Evo ateo 666”. El establecimiento no se ha otorgado la autoría.

Volvamos a 1977, cuando Evo estaba en cuarto medio, y él y sus compañeros no pudieron ingresar al Palacio de Gobierno para saludar al presidente. Si aquella vez no pudo ver personalmente a Hugo Bánzer, se toparía con él casi un año después en condición de soldado del Estado Mayor de La Paz, donde cumplía su servicio militar obligatorio. 1978 fue el año en el que Evo fue testigo cercano de la primera caída del dictador. El 21 de julio, Hugo Bánzer fue derrocado por Juan Pereda Asbún, quien a los tres meses y tres días de gobernar Bolivia también murió en su ley: David Padilla Arancibia, que era su comandante de Ejército, le arrebató la presidencia utilizando la herramienta que en aquella época Estados Unidos había puesto de moda para que el comunismo de Fidel Castro no floreciera en América Latina: el golpe de Estado.

Evo dejó La Paz tras terminar su año de cuartel. No volvió a Oruro y cuando llegó a Isallavi confirmó algo previsible: mientras el Palacio de Gobierno había estrenado dos dictadores en un solo año, su pueblo natal seguía sumido en el abandono, indiferente a todos los cambios que ocurrían a tan sólo 450 kilómetros de ahí. Sus pocos pobladores, entre ellos sus padres, estaban, como siempre, ocupados en las batallas cotidianas para seguir existiendo. Evo volvía a trabajar hombro a hombro con su familia después de haber decidido archivar sus sueños juveniles de ser futbolista o periodista. En 1980, una tragedia azotó a varias comunidades campesinas del occidente. Una prolongada sequía destruyó el 70 por ciento de la producción agrícola y mató al 50 por ciento de los animales. Eso no sería lo peor. “Después llegó una helada terrible que quemó toda la producción y también todas nuestras esperanzas de conseguir algo de comida y dinero. Mi papá estaba muy decepcionado, triste como nunca; mi mamá, preocupada, se puso a llorar”, relata Evo sobre aquel episodio que obligó a su familia a tomar una decisión que, sin saberlo, a él le cambiaría radicalmente la existencia.

Con la lucidez que guardaba a pesar de aquellos momentos grises, don Dionisio, con la ayuda de Evo, decidió jugar su última carta de supervivencia en una tierra lejana, de la que había escuchado decir que era un lugar privilegiado porque tenía un cielo que siempre paraba encapotado y que, al vaciar sus aguas de una manera programada, hacía que la tierra puediera parir alimentos como para saciar el hambre de todo el mundo. Con esa ilusión prendida en el alma, don Dionisio y el Evo partieron hacia el Chapare una buena mañana de 1980, montados en la carrocería del legendario camión Mercedes Benz que pasaba por Isallavi dos veces por semana moliendo los arrugados caminos que se pierden por las cornisas que observan en silencio el altiplano boliviano.


Este texto corresponde al capítulo inicial de Un tal Evo. La biografía no autorizada del presidente de Bolivia, Evo Morales. Publicado originalmente en 2007 por la editorial El País, el mismo año se agotó y tuvo una segunda edición, y les valió a los autores el premio Ortega y Gasset. Esta es la nueva edición en eBook.


Darwin Pinto (1973), Premio Nacional de Periodismo, finalista del Premio José Martí y autor de libros de cuento El colmo de la Infamia, Sabayoneses y de la novela La máquina de Aqueronte. En Twitter: @DarwinPintoC

Roberto Navia Gabriel (Bolivia, 1975) es periodista. En FronteraD ha publicado Esclavos made in BoliviaEl extraño caso Rózsa, el húngaro que iba para jefe de policía en Bolivia (con Tuffi Are) y Carne de minero boliviano (incluido en el libro Crónicas de perro andante, escrito con Claudio Ferrufino-Cocqueugniot, publicado la editorial La Hoguera). En Twitter: @RobertoNaviaG

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De FRONTERA D, 25/07/2013

Friday, February 15, 2019

Dostoievski y la prosa moderna


JAMES JOYCE

Dostoievsi ha contribuido más que ningún otro escritor a forjar la prosa moderna y llevarla a su intensidad actual. Fue su potencia explosiva la que hizo saltar en pedazos la novela victoriana, con sus trivialidades perfectamente dispuestas y todas esas doncellas que sonríen con afectación: libros faltos de imaginación y de violencia. Sé que hay quienes dicen que Dostoievski tenía ideas descabelladas, incluso que estaba loco, pero lo cierto es que los elementos que manejó en sus obras -la violencia y el deseo- son el aliento mismo de la literatura. Se ha hablado mucho de su condena a muerte, que se le conmutó cuando estaba a punto de ser fusilado, y de sus cuatro años de cautiverio en Siberia: una experiencia que no forjó, sin embargo, su temperamento, aunque es posible que lo exacerbara. Siempre estuvo enamorado de la violencia, y eso es lo que le hace tan moderno, y lo que explica, además, que a sus contemporáneos les resultara desagradable: así, por ejemplo, a Turguénev, que odiaba la violencia. Tolstói no le veía apenas ningún talento literario, pero “admiraba su corazón”. Este comentario tiene mucho de verdad, porque, si bien los personajes de Dostoievski actúan de manera extravagante, casi como enajenados, sus cimientos morales son firmes.

Conversaciones con James Joyce, Arthur Power

Cuadro de Vassili Perov 
En el ferrocarril, 1868

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De CALLE DEL ORCO, 16/06/2013

Sunday, February 3, 2019

La cara oculta del rock: Sid Vicious, lo que el aire acondicionado se llevó


HÉCTOR SÁNCHEZ

Sid y Nancy, los Romeo y Julieta del punk, protagonizaron la historia de amor más intensa y destructiva de la música. Su romance apenas duró un año y, como en una buena tragedia, su desenlace no pudo ser más catastrófico y desdichado. Se podría decir que Nancy Spungen supuso a los Sex Pistols lo que Yoko Ono a los Beatles. Nancy provenía de una familia de Filadelfia a la que abandonó por tener diferencias con ellos. Probó suerte intentando trabajar como modelo en Nueva York, pero como no obtuvo fortuna se conformó con trabajos tan variados como gogó o prostituta. Era adicta a la heroína y de alguna manera tenía que pagarla.

Pero la señorita Spungen tenía su propio plan infalible para triunfar en la vida, y se marchó a Londres con la intención de convertirse en una “groupie” y ligarse a una estrella de rock. Es curioso, pero, en primer lugar, Nancy se fijó en Johnny Rotten. Sin embargo, el vocalista de los Sex Pistols, que no quería tener cerca a la yonqui, la rechazó  y “se la pasó” a su compañero Sid Vicious pensando que él tampoco la aceptaría. No fue así.

Sin lugar a dudas, Sid y Nancy estaban hechos el uno para el otro. Éste fue el comienzo de una relación dependiente, violenta y destructiva. Aunque el bajista de los Sex Pistols ya estaba familiarizado con el consumo de drogas, se sospecha que fue Nancy quien le introdujo en el mundo de la heroína. Así que rápidamente, Vicious se enganchó tanto a esta sustancia como a su nuevo amor, y estos dos nuevos vicios acabarían pasándole factura al pobre de Sid.

La mañana del 12 de octubre de 1978, el bajista se despertó desconcertado y aturdido por los efectos del Tuinol en la habitación número 100 del neoyorkino Hotel Chelsea. La cama estaba empapada de sangre, y Vicious siguió el rastro rojo que atravesaba la habitación y que llegaba hasta el cuarto de baño. Lo que vio a continuación jamás lo pudo olvidar. Nancy se encontraba tirada en el suelo del servicio, bajo el lavabo, junto a la bañera, vestida sólo con ropa interior negra manchada por el color carmesí de la sangre. Un cuchillo le atravesaba el abdomen. Nancy Spungen había muerto desangrada a los 20 años. ¿Quién fue el primer sospechoso del crimen?

Sid Vicious no solo había perdido a su compañera de fatigas sino que además fue arrestado acusado por homicidio en segundo grado. “No pueden detenerme. Soy una estrella de rock”, declaró a la policía. Después confesó ser el culpable: “Lo hice porque soy un perro asqueroso”. Aunque más tarde alegó que la encontró muerta cuando despertó para buscar un frasco de metadona para desengancharse de su adicción. La compañía Virgin pagó la fianza y el bajista salió de prisión a la espera de un juicio.


Saber quién asesinó a Nancy Spungen es un misterio digno de una novela de Agatha Christie. El primer sospechoso era Sid. Al fin y al cabo, se supone que él era el único que estaba en esa habitación. Si esto era cierto, ¿cuál fue el motivo? Se barajan distintas posibilidades: una de sus habituales peleas, una discusión por drogas o un suicidio pactado en el que ambos se matarían mutuamente como prueba de su amor. Sin embargo, en dos momentos de la fatídica noche, la habitación número 100 recibió dos visitas: los camellos Rockets Redglare y Steve Cincotti. A la mañana siguiente, parte del dinero que la pareja tenía en la habitación había desaparecido.

El músico había declarado a un periodista que le gustaría estar “bajo tierra”, y, al poco tiempo de salir a la calle, Vicious decidió reencontrarse con su amor perdido en un intento suicida fallido cortándose las venas. Finalmente, el 2 de febrero de 1979, el bajista logró salirse con la suya y falleció a los 21 años, víctima de una sobredosis de heroína pura que su madre, Anne Beverley, le había facilitado. ¿Fue un suicidio? ¿Fue un accidente? ¿Fue su madre? La propia Anne Beverly declaró que su hijo no habría aguantado la condena en la cárcel y también aseguró haber encontrado una nota de suicidio: “Teníamos un pacto de muerte y tengo que cumplir mi parte del acuerdo. Por favor, enterradme junto a mi chica con mi chupa de cuero, vaqueros y botas de motero. Adiós”.

El lema del punk se había cumplido. Ya no había ningún futuro. Sid Vicious vivió rápido, murió joven y dejó un bonito cadáver. Pero no pudo ser enterrado con su chupa, sus vaqueros y sus botas; en lugar de eso, fue incinerado. De todas maneras, Mamá Vicious tenía que cumplir con el último deseo de su adorado hijo. Como buena madre que era, se dirigió hasta el cementerio donde Nancy Spungen estaba enterrada, saltó la verja y dejó caer las cenizas de su hijo sobre la tumba de su amada para que por fin se reencontraran y permanecieran juntos toda la eternidad. “Al menos ahora están juntos”, comento la satisfecha madre, “y nadie podrá separarlos jamás”.

Este podría ser un bonito final para esta apasionada historia. Sin embargo, para el mánager de los Sex Pistols, Malcolm McLaren, el desenlace resulta completamente distinto. Anne Beverley estaba tan borracha que tuvo un pequeño percance en la Terminal 1 del aeropuerto Heathrow de Londres: dejó caer la urna que contenía las cenizas de su retoño. De ahí surge la leyenda que dice que el fantasma de Sid Vicious se encuentra vagando entre los conductos del aire acondicionado del aeropuerto.


Saber dónde se encuentran de verdad las cenizas del bajista de los Sex Pistols resulta tan complicado como averiguar quién mató a Nancy Spungen. Sólo una historia tan romántica y apasionada podía tener un desenlace como este. Quién sabe si finalmente los amantes descansaron juntos para siempre o el amor quedó flotando en el aire (acondicionado).

Nos veremos en La Cara Oculta del Rock…

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De EFE EME.com, 14/09/2011

Saturday, February 2, 2019

Albert Camus y sus mujeres


FRANCISCO MARTÍNEZ HOYOS

Buscar las claves de las obras literarias en la vida de sus autores era, para Albert Camus (1913-1960), un prejuicio heredado de los románticos. En realidad, sus propios textos proporcionan pistas biográficas por más que el gran escritor fuera un hombre extremadamente celoso de su intimidad. No debió ser fácil vivir una existencia que pareció, por momentos, radicalmente escindida. En público fue un poderoso referente ético para muchas personas por su denuncia de todos los totalitarismos, incluidos los de izquierda. Era un moralista, no en el sentido de insoportable Pepito Grillo, sino como heredero de una gloriosa tradición de pensadores galos críticos con su tiempo.

¿Y en privado? Aquí es donde el retrato se vuelve contradictorio y, por eso mismo, más complejo y fascinante. Encontramos, no sin sorpresa, al individuo de vida turbulenta, al coleccionista compulsivo de amantes. Cuando una mujer le gustaba, iba por ella como si le faltara por completo la voluntad para resistirse. Sus poderes de seductor resultaban casi infinitos. Y él lo sabía.

¿Se puede ser un romántico impenitente y un conquistador? Por suerte, para completar este rompecabezas, ahora tenemos una pieza básica, la reciente publicación en Gallimard de una montaña de correspondencia amorosa. La que intercambió con su amante principal, la actriz de origen español María Casares, hija del ministro republicano Santiago Casares Quiroga.

Se hicieron amantes un 6 de junio de 1944, en París, justo el día en que los aliados desembarcaban en Normandía. Camus, en esos momentos, tras el fracaso de su matrimonio con la morfinómana Simone Hié, que le había sido infiel con el individuo que le suministraba sus dosis, estaba casado en segundas nupcias con la pianista Francine Faure. Ella permanecía en Argelia, la tierra natal de su esposo, mientras él, en la metrópoli, se involucraba en la lucha antifascista. Tras la expulsión de los nazis la pareja se reencontró, para preocupación de María. Camus procuró tranquilizarla: entre él y Francine sólo existía una relación fraternal. La realidad era otra, como quedó de manifiesto poco después, cuando nacieron los dos hijos del escritor, los gemelos Catherine y Jean. La actriz, decepcionada, rompió con Albert, no sin gran dolor para ambos.

En los años siguientes Camus se entrega a una frenética actividad sexual. En una carta al escritor Nelson Algren, de enero de 1948, Simone de Beauvoir dice que siempre anda con un ligue nuevo aunque tiene mujer e hijos. La última en sucumbir a su hechizo, una cantante de pequeños clubes, está convencida de que todos los hombres son unos cerdos menos él, un auténtico encanto. Simone está segura de que su amigo no tardará en deshacerse de la pobre incauta, por más que ella esté rendida a sus pies.

El Castor habla no sin condescendencia. No confiesa, por supuesto, que le hubiera encantado que el “pobre Camus” la estrechara también entre sus brazos. Su propuesta se había encontrado con el rechazo de un hombre acostumbrado a ser él quien elija en cuestiones de sexo. No le entusiasma la idea de tener intimidades con una mujer a la que en realidad no soporta, una “marisabidilla total”. Simone, despechada, no le perdonará esta humillación.

Un reencuentro casual, en 1948, selló su vínculo definitivo con María Casares, sólo roto por la muerte del Premio Nobel en un absurdo accidente automovilístico. Su relación progresó contra viento y marea, en medio de todas las dificultades propias de un amor clandestino. Entre ellas, la obligación de guardar secreto. Él sentía la necesidad de contar lo que siente a su madre, Catalina Sintés, que fue, en realidad, la mujer a la que más quiso en el mundo. De origen español, analfabeta, hizo lo posible y lo imposible para sacar adelante a sus dos hijos después de que su marido muriera en la Primera Guerra Mundial. Camus no estaba seguro de que entendiera una relación adúltera, pero sí de que lo comprendiera a él porque lo amaba.

Las cartas entre Albert y María son de un romanticismo desaforado, llenas de expresiones de este tenor: “Hace seis días que estoy aquí y todavía no me he acostumbrado a tu ausencia”. La separación, obviamente, hace sufrir a un Camus que espera con avidez noticias de su amada. Quiere saberlo todo, dónde va, con quién, de qué forma lleva el pelo… Detalles, siempre detalles. Mientras tanto, le transmite su estado de ánimo y se muestra frágil, desnudo, humano. Ansía un amor que alcance la transparencia total: “Quisiera no presentar nunca para ti algo oscuro, que me conozcas por entero”.

María le corresponde al ciento diez por ciento, desde una admiración incondicional: “Lo que tú eres es lo que yo habría soñado ser si hubiera nacido hombre”. Pero, por más que Camus diga que es “la única”, tal como hacía Richard Wagner con su esposa, Cósima, lo cierto es que el escritor seguía sin distinguirse por la monogamia. Tuvo un affaire importante con Catherine Sellers, una actriz de ojos claros y enorme cultura teatral, con la que podía compartir su pasión por la literatura escénica. Como no hay tres sin cuatro, hacia el final de su biografía mantuvo un romance apasionado con una danesa de la que desconocemos el nombre, por más que se presentaran juntos en todas partes. El biógrafo Olivier Todd llama simplemente “Mi” a esta joven de belleza extraordinaria, cualidad que le permitió trabajar de modelo para pagarse sus estudios de arte. En su compañía, Camus hablaba de literatura, de filosofía… ¡Hasta iba al futbol! En medio de las mil preocupaciones cotidianas, aquella chica le producía un efecto balsámico. La idea de abandonarlo todo por ella empezó entonces a parecer plausible.

A todas les escribió palabras encendidas, convencido de que era posible amar a más de una mujer a la vez y no estar loco. El 29 de diciembre de 1960 se dirige a “Mi”, por esa fecha de viaje en su país: “esta horrible separación nos habrá hecho sentir, al menos, como nunca hemos sentido antes la incesante necesidad que tenemos el uno del otro”. Al día siguiente sus declaraciones ardientes serán para María Casares: “te beso, te abrazo contra mí hasta el martes y volveré a empezar”.

Esta vida sentimental complicada ponía en más de un aprieto a su secretaria, Suzanne Agnely, responsable de mantener en compartimentos estancos a sus cuatro mujeres principales y a sus múltiples relaciones fugaces. Según uno de sus biógrafos, Olivier Todd, trató a todas con respeto, justo al contrario que Sartre, acostumbrado a reírse junto a Simone de Beauvoir de sus compañeras de paso. María sabía que el amor de su vida no era el más fiel de los hombres y, por lo que parece, aceptaba esta faceta de su personalidad, no sin cierta inquietud. En cierta ocasión, al comentar el sorprendente parecido de Camus con Humphrey Bogart, deja caer que esta semejanza es peligrosa para ella durante sus ausencias. Queda claro su temor a una posible competencia…

Ella también tuvo sus romances, aunque el Nobel no aceptaba de buen grado que su amante se tomara la misma libertad que él no dudaba en concederse. Leer en sus cartas un nombre masculino basta para que los celos le sequen la boca. En mayo de 1959 le pide que le cuente un poco de su vida, certificándole que mantiene la pureza y el rigor propios de Castilla. En cuanto a él, declara, de manera tan payasa como poco creíble, que es un “santito” (en español en el original).

La vida conyugal de Camus no fue fácil. En Francine encontró una mujer capaz de emocionarle por su encanto, su bondad y su timidez, pero también una enferma de depresión, mal que se acentuaba por las continuas infidelidades de su marido. Éste, en una carta a María, lamenta que no sea más disciplinada en su dedicación a la música. Estaba seguro de que hubiera podido llegar a ser una gran concertista de poseer voluntad de trabajo. El problema, según el escritor, era que alguna cosa fallaba siempre en su carácter.

María es la amante, pero, con generosidad, no ve en Francine a una rival a la que desmerecer. Se pone de su parte porque ve en ella, sobre todo, a la madre de dos niños. En su respuesta, con inmensa ternura, le pide a Albert que la ayude a sacar lo mejor de sí misma, a proporcionarle la audacia que ella tal vez no tiene. Si existe la posibilidad de que haga grandes cosas con el piano, sería una lástima que se detuviera a mitad de camino. Este consejo, toda una declaración de intenciones, refleja la personalidad básicamente vitalista de la actriz hispano-francesa. “Se comía la vida”, afirma la hija del escritor, que confiesa comprender a su padre. Jacques, en El primer hombre, su novela póstuma, nos habla de una mujer a la que había amado por su “locura de vivir”. Camus pensaba, como sabemos hoy, en María.

Nuestro escritor deseaba sinceramente ayudar a Francine, pero, al mismo tiempo, no renunciaba a sus aventuras extraconyugales que su esposa soportaba mal. En atención a ella tendrá que prescindir de María en sus montajes teatrales. Llega un momento en que se ve obligado a abandonar el trabajo para atender sus problemas domésticos, pero, a la vez, esta presencia sólo contribuía, como señala Herbert Lottman, a que la situación degenerara más todavía.

Llevaba varias vidas paralelas, pero sentía que no era realmente infiel a las mujeres que amaba. Las engañaba, pero no las traicionaba. En El primer hombre Jacques siente que la mentira es necesaria para vivir con aquellos a los que uno quiere.

Adicto al amor, el autor de El extranjero sentía una poderosa fascinación por el mito de don Juan. Proyectó una obra de teatro sobre el tema, finalmente inacabada, en la que incluía un diálogo revelador. Cuando le preguntan al protagonista si no cree en nada, éste responde que en tres cosas: el valor, la inteligencia y las mujeres. El orden de prioridades retrataba, con apenas disimulo, al propio Camus. Aunque eso sólo podían saberlo unas pocas personas, las de su entorno más íntimo, conjuradas para que ningún aspecto de su vida privada llegara a los ojos del gran público. Fuera de este círculo reducido nadie podía sospechar que una de sus novelas, La caída, le autorretrataba con escasa complacencia y grandes dosis de acidez. Su protagonista, Jean-Baptiste Clamence, se presenta a sí mismo como un individuo capaz de renegar de su padre y su madre “por una aventura de diez minutos”. Como las mujeres de los amigos eran sagradas, recurría a un cínico subterfugio para aligerar su conciencia: simplemente renunciaba a la amistad del marido que iba a ser engañado.

Para Camus, amar a una persona significaba estar dispuesto a envejecer con ella. Él nunca estuvo realmente dispuesto a dar ese paso. Atrapado en un matrimonio infeliz, era en realidad demasiado frívolo para aguantar un compromiso serio. Como él mismo reconoció, podía perder el hilo de una conversación sobre los temas más elevados si en ese momento pasaba por la calle una mujer despampanante. Pero, no por mujeriego, Camus deja de ser un gigante. Contradictorio, eso sí. Vivía en la mentira aunque amaba la verdad y soñaba con eliminar, tarde o temprano, la separación entre vida pública y doméstica. ¿Qué habría hecho de no encontrarse con una muerte tan prematura como inesperada? Nunca lo sabremos.

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De NEXOS, 01/02/2019

Imagen: Camus con María Casares 

Friday, January 18, 2019

URBS AETERNA…Amor a Roma (el palíndromo necesario)


MAURIZIO BAGATIN

Porque el Poeta es el farol adentro de una ciudad, de una urbe, de una villa, como un Diógenes incansable, es el artista que rechaza los aspectos modernos - como sostuvo Andy Warhol, como lo prevé Marc Augé - un étranger con la lupa escrutando todos los ángulos de toda perspectiva, un artista que reconoce la Ciudad eterna en un paseo que parece pasoliniano, como Napoleón «Desde lo alto de estas pirámides…».                                                                                       Pathos que narra los siglos de historia de la Urbs Aeterna, la puerta de África, la ciudad de la cual sus amantes, sus habitantes - propio los romanos - no pueden desprenderse, nunca, afuera de ella serían muertos, Roma es la única cosa que cuenta: amor a Roma, aeternum.

Los sonetos son el capricho del poeta, son el quedarse todas las novecientos noventa y nueve noches esperando la amada y, para no deshacerse del encanto, retirarse la noche antes de la mil… ni un Séneca filosofando, un Pescarella épico o un Trilussa sátiro, y tampoco un Belli popular, Julián Isaías es el amante nocturno, es el pasionario diurno, luz de la historia inmortal de la Urbs Aeterna, como Gregorovius es otro ciudadano honorario de Roma.

De la traducción y de la traductora: …implica un cierto cegamiento, decía Gadamer de la traducción, y que mejor sueño, que mejor poesía, como un Homero y un Borges enceguecidos, Marcela, tu traducción (que no es traición, como quería el Belli) para quedarse, inmortales aeternum en el sueño, en la poesía.
Cochabamba (Bolivia), 10 de junio de 2018




O Ministério da Saúde adverte: para vivir bem é só ligar o foda-se!


KAREN CURI

Já quis chutar o balde, o saco, macumba, pedra, barata, latinha, castelo de areia, gente chata. E chutei. Já quis sambar na avenida, no bloco de rua, na gafieira, agarradinha, sozinha, na cara da sociedade. E sambei. Já liguei bêbada no meio da madrugada para dizer “eu te amo”, cedinho para dar “bom dia” e mais tarde para falar “me esquece”. Liguei para a minha melhor amiga na época em que as pessoas usavam o telefone para fazer chamada. Falamos sobre nada com coisa nenhuma e nunca fui tão compreendida! Liguei o som nas alturas, o chuveiro bem quente, os pontos cruz, o fio vermelho no verde. Liguei a TV só por ligar, o rádio para não me deprimir com a solidão, o ferro de passar roupa e me esqueci de desligar. Liguei o abajur e deixei aceso até de manhã. Liguei o foda-se também. Várias vezes.

Já bati a porta do carro, a porta de casa, o telefone na cara. Já bati de carro, de encontro, bati o bolo na mão e um papo agradável. Já bati boca, bati o santo, bati o olho e foi amor à primeira vista. Já surtei de ciúme, de raiva, de TPM. Já menstruei em pé no ônibus cheio, na calcinha branca, na sala de aula, na balada, na praia, na hora H. Já menstruei antecipadamente, no Réveillon, no carnaval, aniversário, feriado prolongado e depois de alguns dias de atraso — ufa! Menstruação quando chega atrasada dá um alívio danado!

Já queimei o arroz, o couro cabeludo, os pés na areia quente, o corpo até dar bolhas. Já queimei foto do ex, o meu próprio filme, e a cabeça de tanto pensar. Queimei de ódio e de vergonha. Ah, queimei. Já saí sem hora para voltar, sem juízo, sem sutiã, sem perfume, celular, chave de casa, protetor solar. Já menti para a minha mãe quando disse que nunca fui a um baile funk, para o meu pai quando jurei que nunca tinha beijado, para o meu chefe quando supostamente adoeci na quarta-feira de cinzas. Menti na primeira e na última vez. E continuo mentindo.

Já me senti feia, esquisita, desinteressante. Já me incomodei com meus peitos pequenos, mas já tive muito peito para enfrentar homem folgado, injustiça e abuso de poder. Teve quem fizesse eu me sentir pequena, mas teve também gente que fez me sentir gigante. Já tive vergonha por ser magra demais, por ter espinhas, dentes tortos e um cabelo indomável. Vergonha de dizer sim, de dizer não, de expor o que eu penso e como me sinto. Algumas vergonhas eu perdi, mas outras eu faço questão de manter, como, por exemplo, a vergonha na cara.

Já senti a dor da depilação íntima com cera quente, a dor do parto normal, da pedra nos rins, dor de dente, enxaqueca e ligamento rompido. Mas nenhuma dor se compara ao adeus de quem partiu para o novo mundo. Já fui jovem demais para morar sozinha, tomar um porre e viajar com o namorado. Já fui jovem demais para arcar com tantas responsabilidades e tomar decisões importantes. Hoje sou velha para assumir um cargo que compete a uma garota com dez anos menos que eu. Sou velha para ser imatura, ciumenta, insegura, para ainda não saber o que eu quero para a minha vida depois de ter vivido mais de três décadas.

Já fui mocinha e já fui bandida, fui muito boa sem a menor pretensão e bem má com a pior das intenções. Já fui professora, advogada, médica, arquiteta, psicóloga, poeta, astróloga, cantora e atriz. Já fui feminista, marxista, vanguardista, abolicionista, exibicionista. De todas as rimas me sobrou ser colunista. Já fui hippie e já fui punk, bossa nova e rock and roll. Já fui moderninha, patricinha, romântica, antiquada, revoltada e descolada.

Nem uma coisa, nem outra. Nem P nem G, nem branca, nem índia, negra ou parda. Ser mulher é ser tudo ao mesmo tempo. É ser bicho, fêmea, dama e meretriz. É coisa espiritual, antes mesmo de ser de nascença. Depois que nasce, a mulher vai driblando a vida no peito e na raça. Chutando, sambando, sangrando, vivendo as suas mil faces, em mil fases, de mil luas, dentro de mil vidas. E ligando o foda-se de vez em quando, porque ninguém é de ferro.

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De REVISTA BULA 

Thursday, January 17, 2019

Los herederos de Susan Sontag


JORGE CARRIÓN

“Cada época debe reinventar para sí misma su proyecto de ‘espiritualidad’”, leemos en la primera línea del primer ensayo de Estilos radicales, la continuación lógica de Contra la interpretación y una de las estrellas más brillantes de la constelación textual de Susan Sontag.

La crítica cultural, narradora, dramaturga, activista política y directora de cine reunió en Styles of Radical Will —publicado hace exactamente cuarenta años— algunos de sus textos icónicos de los años 60 y 70. En él conviven reflexiones y análisis sobre la pornografía, las relaciones entre el teatro y el cine, la obra de Cioran, Bergman o Godard; y Viaje a Hanói, una las crónicas más desafiantes de la historia de la literatura de viajes, porque en ella la autora constata que es incapaz de entender Vietnam del Norte, mientras que los miles de escritores viajeros que la precedieron alimentaron la ilusión de que comprendían las realidades que visitaban.

A los quince años de su muerte y tras la publicación de sus diarios íntimos, tiene todo el sentido preguntarse por el legado de Susan Sontag, por sus herederos: ¿qué escritores están en estos momentos siguiendo ese camino ecléctico, combinando la obra creativa con la reflexiva y analítica? ¿Quién cree como ella en la literatura y las artes visuales como vasos comunicantes? ¿Quién investiga, como lo hizo la autora de Sobre la fotografía, tanto en el arte más hermético y sofisticado como en el más transparente y popular?

Muchos, por suerte. Hace diez años todavía resultaba extraño que un escritor publicara reseñas de series de televisión o analizara videoclips, pero en un tiempo récord se ha normalizado el análisis crítico de cualquier parcela mediática y cultural.

No hay más que abrir cualquier libro de Eloy Fernández Porta —quien ha ganado el premio Anagrama de Ensayo y el Ciudad de Barcelona— para constatar que, a la hora de pensar un fenómeno sociológico, se ha vuelto indispensable la lectura comparada del mayor número posible de textos producidos en lenguajes distintos.

Así, Emociónese así. Anatomía de la alegría (con publicidad encubierta) o En la confidencia. Tratado de la verdad musitada alternan la exégesis de campañas publicitarias, obras de arte contemporáneo, cómics, teleseries, películas, obras de teatro o novelas, para entender el mercado de las emociones en el siglo XXI.

Como los de Sontag, los libros de Fernández Porta son laboratorios en que se suceden los experimentos hipnóticos. Pero si en la autora de En América todavía se conserva un cierto respeto por los géneros, en los del autor de Afterpop los límites han dejado de estar claros. La poesía, la crónica autobiográfica o incluso la ficción especulativa ocupan espacios significativos de unos libros de ensayo que a menudo parten de Ovidio o de Shakespeare para acabar en la filosofía política o en la sociología de las emociones, tras atravesar el pornoterrorismo, la cocina étnica o el canal FOX.

La pasión cinematográfica de Sontag no pudo conocer el cortocircuito digital; pero en sus últimos años de vida se enamoró de internet, hasta el punto de disponer diversos ordenadores con conexión telefónica en su casa de Nueva York, para poder consultarlos en cualquier momento. Otro de los grandes escritores de nuestra época, Teju Cole —en cambio— se ha formado como fotógrafo en plena transición entre el arte de la luz y el de las imágenes digitales, entre la fotografía y la posfotografía. Y, como Sontag, ha tendido puentes entre la crítica cultural, la creación literaria y las artes visuales.

Sobre todo en sus dos últimos libros. Blind Spot pone en diálogo sus propias fotografías con textos breves que participan del ensayo, la crónica y la poesía. Y en varios de los textos reunidos en Cosas conocidas y extrañas analiza brillantemente cómo Google ha cambiado nuestra relación cotidiana con las imágenes y cómo una zona interesantísima del arte y de la fotografía actuales trabaja precisamente con las herramientas que proporciona el buscador.

Esa investigación la comparte Cole con Alessandro Baricco, autor de un libro fundamental para introducirse en las metamorfosis de nuestra época, Los bárbaros. Ensayo sobre la mutación, quien acaba de publicar en Italia The Game, su posible segunda parte (doce años más tarde).

Se trata de una inteligente reconstrucción de la digitalización del mundo desde el videojuego Space Invaders (1978) hasta Amazon: cómo a través de estrategias informáticas y lúdicas se ha ido construyendo una nueva estructura ontológica y mitológica, que Baricco explica tanto en su ensayo creativo como con mapas conceptuales (firmados por 100Km Studio).

Entre la generación de Sontag (que nació en 1933) y la de Cole (1975) se encuentra la de Siri Hustvedt —quien no por casualidad escribe el prólogo de Blind Spot— y Chris Kraus (ambas de 1955). Novelistas y críticas culturales, pensadoras narrativas y anfibias, Husvedt es también una gran ensayista sobre ciencia, mientras que Kraus ha dirigido varias películas y es una reconocida crítica de arte contemporáneo.

Sus novelas —como Amo a Dick o Sopor— y sus libros de no ficción —como Video Green— comparten una galaxia de personajes desorientados en un horizonte de instituciones artísticas a la deriva. Instrumentalizado por el mercado y por los programas de posgrado de las universidades, tras la caída del Muro de Berlín de la que habla Sopor, el arte ha perdido la fuerza política que tanto defendió Sontag, quien sí se sentía cómoda en el incómodo rol de “intelectual”.

Tal vez sea ésa la diferencia principal entre la autora de La enfermedad y sus metáforas y los escritores que han seguido —consciente o inconscientemente— su camino transgenérico, su fe en el ensayismo creativo y en las narrativas que piensan, su apertura a todas las expresiones artísticas contemporáneas. En el siglo XXI el compromiso político de los escritores difícilmente sale fuera de los límites de sus textos.

Hace pocos meses se cumplió el vigésimo quinto aniversario de la representación, dirigida por Sontag, de Esperando a Godot en un Sarajevo asediado por francotiradores. También estaba allí Juan Goytisolo, otro maestro de la literatura experimental, otro intelectual comprometido. Aunque sus gestos —para bien o para mal— tuvieran fecha de caducidad, sus obras abiertas y estimulantes siguen generando el futuro en que leemos y vivimos.

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De THE NEW YORK TIMES en español, 13/01/2019

Imagen: Susan Sontag/Chester Higgins Jr./The New York Times