Saturday, February 24, 2018

Botellazos callejeros entre escritores


JORGE MUZAM

Esto de los ataques entre escritores es asunto recurrente. La solemne actitud que exponen en público, se transforma, apenas avistado un enemigo, en fiera postura de borracho de bar.

En Chile ardió una larga guerrilla literaria. Tres colosos que no se soportaron, que se pegaron, que se necesitaron, que nunca se perdonaron: De Rokha, Neruda y Huidobro.

Pablo de Rokha entraba al ring como un peso pesado que embestía sin dar en el blanco. Neruda era maletero. Huidobro escurridizo. 

"Gallipavo senil y cogotero
de una poesía sucia, de macacos,
tienes la panza hinchada de dinero.

Astuto, ruin, tarado, voz gangosa,
saqueas a la U.R.S.S envilecido
con la tremenda mano estropajosa",  fue lo más suave que le escribió De Rokha a Neruda.

Neruda, por su parte, dedicó extensos poemas a burlarse de De Rokha, a quien le llamaba Perico de los Palothes, poeta gesticulador y matón intelectual. Fueron treinta años de desenfrenada guerrilla literaria, a la que entraba periódicamente a combatir el poeta Vicente Huidobro. Una especie de "todos contra todos", y con los seguidores de cada uno agarrándose a coscachos en las esquinas de la república.

El escritor estadounidense Paul Theroux se refirió en cierta ocasión a Michel Houellebecq como "el tipo de escritorzuelo desagradable, abusivo, intolerante y sin talento. Podría estar despotricando en una pocilga francesa. No creo que lo necesitemos para definir las relaciones entre mujeres y hombres".

A Virginia Woolf no le impresionó la figura fundacional de Mark Twain: “Un gacetillero que no habrían calificado ni de quinta en Europa. Les tomó el pelo a unos cuantas momias literarias salpicando sus textos aquí y allá con algunas dosis de color local, las suficientes para intrigar a frívolos y flojos”.

El poeta W. H. Auden lanzó un misil de baja altura: “Creo que Robert Browning no fue bueno en la cama.” 

La lengua bífida de Truman Capote no se quedó atrás a la hora de introducir su cizaña en el corazón de muchos egos gigantes de la literatura contemporánea. De André Gide dijo: "Bueno, tú sabes que Gide era el editor de (la editorial) Gallimard cuando a Proust le rechazaron "En busca del tiempo perdido". Proust tuvo que publicarlo por sus propios medios. Gide tuvo que morir de la humillación porque él tuvo que haber leído el manuscrito y rechazarlo. ¿Puedes imaginarte al viejo flojo ese? Era tan ansioso que a sus años iba persiguiendo quinceañeros por toda Taormina".

De la escritora Joyce Carol Oates opinó: "Ella hace todos los graffiti de los baños públicos de hombres y mujeres desde aquí hasta California, de ida y vuelta pasando por Seattle. Para mí ella es la más despreciable criatura de Estados Unidos".

Con Hunter S. Thompson es particularmente cruel: "No sé si es un copión de Tom Wolfe. Aunque estoy seguro que Tom Wolfe no es un copión de él".

A William Faulkner lo intenta empequeñecer: "No soy un gran admirador de Faulkner. Nunca ha tenido ni la más pequeña influencia sobre mí. Me gustan tres o cuatro cuentos cortos de "That evening sun" y su novela "Luz en agosto". Pero la mayor parte de su obra es altamente confusa (...) A él lo conocí muy bien. Era un gran amigo mío. Bueno, tan amigo como se podía serlo de él si no eras una ninfa de catorce años".

Nabokov no respetaba a Beckett: “Todo es tan gris e incómodo que al final parece que sufre constantes malestares de vejiga, como le pasa a la gente mayor cuando duerme”. Con Dostoievski no fue particularmente dadivoso: "Un escritor mediocre; con destellos de excelente humor, separados desgraciadamente, por desiertos de vulgaridad literaria”.

John Irving retrata a Hemingway como un escritor sobrevalorado y simplón: “Siempre he odiado a Hemingway. Me causaba vergüenza como escritor y como hombre. Y su manera de representar la masculinidad me parece un chiste. Él no era boxeador, era un alcohólico sobrevalorado que, además, es responsable de la ola literaria de todos sus imitadores. A mí me gustan las frases largas y los personajes complejos, y la mayor profundidad que consiguió Hemingway fue crear un personaje que era incapaz de tener una erección. Así que Hemingway es el mayor fraude de la historia.
Como hombre y como escritor”. 

Otro caso llamativo es el del Premio Nobel búlgaro Elías Canetti. Herido por las constantes infidelidades de su joven amante, la escritora Iris Murdoch, la retrató de esta forma: "podría definirse a Iris Murdoch como el ragú de Oxford. Cuanto aborrezco de la vida está representado por ella". Nunca le reconoció un mérito literario y más bien la trató en repetidas veces de "trepadora". En sus memorias la criticó por su facilidad para desnudarse y la describió como una coleccionista de amantes, a los que escogía de acuerdo con lo que podía aprender de ellos, "como un ama de casa que va de compras". Su relación, afirma, fue sexo a cambio de una conversación unilateral. Ella se excitaba imaginándolo como un pirata, pero la ladrona era ella misma, que robaba a cada amante "no sus corazones, sino su esperma y sus mentes".

Si fue duro con ella, más lo fue con el poeta inglés T.S.Eliot, que representaba para Canetti la decadencia de la literatura en lengua inglesa. Un tipo al que sólo lo movía el dinero. Su descripción de Eliot es violenta: "Un libertino de la nada, mozo de Hegel, difamador de Dante... de labios finos, de corazón frío, prematuramente viejo, tan indigno de William Blake como de Goethe... ni gato, ni pájaro, ni sapo, más bien topo".

_____
De CUADERNOS DE LA IRA (blog del autor) 

Imagen: Iris Murdoch

DIARIO VOLÁTIL


JUAN MANUEL GARCÍA FERRER

A él le gusta dar imagen de huraño. Pero basta ver alguna fotografía suya entre amigos en una presentación, luciendo una más que amplia sonrisa, para ver que de eso, nada. Es, en realidad, digo yo, que la edad que vamos alcanzando, la constatación de que en nuestro mundo la situación no va ni mucho menos a mejor, de que no hay forma de acabar con toda la gran porquería que nos rodea, va carcomiendo. Todo eso le hace verter por todos sus libros una buena dosis de pensamientos desengañados.

Cuando ya se decía que estaba fuera de todo esto, que para qué escribir, cosas así, este año va y nos sorprende con un montón de libros que vienen a incrementar su ya inabarcable bibliografía y uno de éstos, muy manejable, pequeño y de sólo 140 páginas, está constituido por lo que ha calificado como "apostillas, descreimientos, despropósitos, desvelos...". Se trata de "Diario Volátil" (Upaingoa, Pamiela, 2018), que acabo de leer de forma calmada, pero constante, a pequeños sorbos, cada noche.

Las "apostillas, etc." están ordenadas en capítulos según su tema. No le ha debido ser fácil llegar a esta clasificación.

En "Calle de los solitarios" habla de los que "te quitan el asiento y te sacan de escena a empujones", de máscaras, impostores, "listos", de los que "no dudan en aceptar las dádivas del poderoso y de quien previamente le ha marginado".

En "Robinsonadas" explica: "Estás cavando tu propia fosa te dicen, pero tú sigues a la tarea, paleando tierra oscura y escombros, convencido de que es un túnel de escape".

En los siguientes capítulos dice recordar a menudo que el escultor Remigio Mendiburu, cuando le diagnosticaron un cáncer, dijo : "Y toda una vida por hacer..." También que, si te despiertas "de golpe (y porrazo), de madrugada, con esta frase en la cabeza: 'La suerte está echada', no vuelves a pegar ojo, te cuentes lo que te cuentes". O te hace ver que "Es de risa aparecer en escena lamentando haber perdido la casa que tú mismo has derribado". O coincide contigo en esta calificación: "El exhibicionismo del predicador desde el púlpito y de cara a la parroquia entregada, el del mando en su arenga cuartelera frente a la tropa formada con disciplina o el del cátedro histrión para su público que aspira a pasar el trámite: repulsivos los tres".

En "Molestias del trato humano" hay una aseveración tan vivida como "Cuando te das cuenta de que estás tratando con un necio que se las sabe todas, es demasiado tarde". O esta observación, también muy experimentada: "Encuentro de viejas amistades: mirarse de arriba abajo y decirse 'Estamos viejos', y de seguido reírse sin saber de qué, sin querer saberlo, antes de escapar cada cual por su lado."

En fin: Hay muchos y no es cuestión de irlos entresacando todos por aquí. Quizás poner sólo uno del capítulo dedicado a "Leer, escribir", esos verbos que tanto ocupan su vida: " 'Cuando el café y la literatura son tu refugio', y me acuerdo de la casa de Balzac en la rue Raynouard del barrio parisino de Passy y de su desfondar el sillón en el que estaba sentado escribiendo y del escotillón que tenía en uno de los pasillos para escaparse disfrazado de madame de Brougnoul cuando llegaban los acreedores".

En un segundo tomo que saque de su "Diario volátil", pues sigue observando y anotando venga cosas de éstas cotidianamente, para que levante el ánimo ante tanto sabio desengaño espero ver un capítulo dedicado a los mercadillos y librerías de viejo, a los chamarileros, o bien a sus paseos por el bosque o a la contemplación del valle al lado del que vive buena parte del año. Por mucho que diga que ya no es como antes, cuando los cita se desprende como nunca la pasión y la emoción en ellos siempre -ahora también, como en todas sus otras cosas, diga lo que diga- vertida.


47 millones de espermatozoides

PABLO CEREZAL

Los haluros de plata son la química que ha preservado buena parte de la memoria de esto que hoy llamamos humanidad. Los haluros de plata son esos compuestos químicos sensibles a la luz que, al recibirla, la atrapan. Así, logran que nuestro rostro aparente sonrisa adolescente aunque hayan pasado ya demasiados años desde el instante en que captaron esa luminosidad que ya jamás recompondrá la comisura de nuestros labios; también, que una niña carcomida por el napalm aún corra, en Trang Bang, aullando auxilio... o que a un niño sirio aún se le atragante el puré de algas que le ofrecieron en una playa de Turquía.

Los haluros de plata de mi memoria, igual, mantienen vivas experiencias que difícilmente podrán sucumbir al paso del tiempo. Se oscurecerán, como mucho, descubriendo claroscuros que no estaban en el original y que, tal vez, sólo sean reflejo del propio deterioro cognitivo. Por lo demás, seguirán transmitiendo la agridulce sensación del tiempo vivido. Hoy, alguna extraña conexión neuronal, me ha retornado a Gwalior, en la India, al cuchitril de barro y bosta en que hacinaban su vida los siete miembros de una familia campesina que tuvo a bien invitarnos a compartir con ellos sus escasas viandas. Los padres me parecieron demasiado jóvenes. Sus cinco hijos remendaban con sonrisas los harapos que malvestían sus cuerpos. Apenas podíamos comunicarnos, más allá de ensayar muecas frente al espejo de jolgorio que portaban, por rostro, aquellos niños; más allá de perpetrar balbuceos contra la fluidez fluvial con que los progenitores nos hablaban, como si pudiésemos entenderlos. El caso es que, ahora, recuerdo mi perplejidad ante la fabulosa promiscuidad de la vida, que proporciona a la sociedad nuevos humanos como quien aumenta sus rebaños con nuevas cabezas de ganado, sin ningún orden establecido... en apariencia. Insisto: eso es lo que aparenta. Pero sabemos que el ganadero que decide invertir en nuevas reses, por ejemplo, lo hace guiado por su necesidad de subsistencia.

Igual que en la India, en Bolivia, Perú, Marruecos, Argelia, Senegal, en Tailandia o Vietnam... y en el mayor porcentaje de tierra habitada, ese mismo que ignoramos el ínfimo porcentaje humano que representamos los "occidentales": tú, yo, nosotros, ellos (tal vez más ellos, esos ellos que, según estadísticas, acumulan entre 100 lo mismo que poseen 3.500 millones, sí, sí, investiguen, es fácil encontrar datos, para eso existe internet, no sólo para lanzar a la nada majaderías como esta que yo ahora mismo perpetro). Quiero decir que en la India, los pobres se reproducen a velocidad superior a la de los automóviles que nos venden con la excusa, justamente, de la velocidad a que nunca podremos ponerlos.

Perdido en tales recuerdos, y con el ánimo de perderlos, doy con un sesudo estudio de la Escuela de Salud Pública Hebrea de Jerusalén, que alerta de la vertiginosa pérdida de calidad del esperma en los hombres occidentales. El tema, en principio, no daría para más. Pero resulta que, según dicho estudio, debería ser tenido en cuenta como grave asunto de salud pública. Y es que la citada pérdida de calidad en ese líquido elemento más elemental (por lo básico de los instintos que lo derraman) que el agua, puede abocar, sin remisión, a la extinción de la raza occidental. Teniendo en cuenta que el estudio viene de Israel, y que no ha tenido en cuenta la promiscuidad natal del otro lado de sus muros, comprendo que pueda asustar a los científicos implicados y a los contribuyentes que los mantienen.

Me entrego a una frenética búsqueda en internet, de la que acabo deduciendo que estudios similares, de países más cercanos (occidentales también), vienen alertando de lo mismo desde hace años. Por resumir: la concentración de espermatozoides ha pasado de 99 millones por mililitro en 1972 (¡qué suerte!, nací en la cosecha buena) a 47 millones por mililitro en 2011 (sí, los estudios son de 2017, pero la ciencia tiene sus tiempos, y yo soy de letras: no apto para cuestionar a sus hacedores). Esto implica una evidente caída en desgracia de la salud reproductiva de Occidente. O sea, que caminamos hacia la extinción: tú, yo, nosotros, y también ellos (los 100 esos de que hablábamos).
 
Igual que mi memoria semeja, en ocasiones, una fotografía, pienso que los estudios científicos no son más que eso: una fotografía: el esfuerzo sobrehumano por atrapar una instantánea del ser humano. A veces, dicho ser humano, sale bien, sonriente y feliz. Otras, las más, sale movido, como en esta última instantánea que ha inmortalizado el declive de la procreación occidental. Y, posiblemente, sea esta fotografía, esta alarma científica, el motivo por el que los 100 esos de las estadísticas, se entreguen a la endogamia como modo de subsistencia. Al fin y al cabo, no lo olviden, aquí, en España, tenemos un claro ejemplo: somos un Reino, con reyes, reinas, princesas y principitos que ya quisiera Exupéry -dada la facilidad con que saben inventarle excesos, más excesivos que un elefante tragado por una serpiente, a un pedazo de papel moneda-, y prolongan tal reinado a base de endogamia. Ya, lo sé, que si nacen los niños subnormales y tal, pero ahí están, con su rostro retraído despilfarrando carcajadas dirigidas al contribuyente a costa del que viven su despilfarro de discursos huecos y fiestas opacas. Pero si logran que el de la foto parezca idiota sin salir borroso, logran que permanezca.

Mientras tanto, en la India, los espermatozoides deben andar festejando su imparable crecida, y la población se multiplica sin visos de perder empuje. Por supuesto, luego están las otras cifras, las de las tasas de mortalidad infantil y la esperanza de vida y tal, pero... a más nacidos (matemática obliga), más posibilidades de subsistencia racial. Llámenme demagógico pero a mí, esto, me resulta esperanzador. Si alguna de las dos razas de este mundo ha de extinguirse, sea la occidental (entendiendo como tal la que vive a todo trapo). La otra, con el tiempo, lo mismo lo hace igual de mal, pero considero legítimo que al menos tengan la oportunidad de llevarnos la contraria.
 
Creo que, al fin, lo que los estudios científicos pronostican es que la llamada civilización occidental pasará a ser una instantánea que, al contrario de las que uno guarda en su memoria, perderá nitidez con demasiado prontitud. Tal vez los haluros de plata de esa fotografía sean los espermatozoides que vamos extraviando sin control. Y sin haluros de plata, sencillamente, no hay fotografía.

_____
De POSTALES DESDE EL HAFA (blog del autor), 23/02/2018

Fotografía: Pablo Cerezal

Friday, February 23, 2018

En honor de Mujica Lainez


ADOLFO BIOY CASARES

Se reúnen escritores en una comida en honor de Mujica Lainez. El homenajeado se hace esperar; pasadas las once, por fin llega, principesco y afectado, saludando lánguidamente con manos anilladas. Claramente se oye la voz de Silvina Bullrich:

—Tenía que llegar tarde, naturalmente, el maricón de mierda.

Interrumpiendo apenas los saludos, Mujica Lainez contesta en el acto, con voz igualmente clara:

—Callate, vos, gaucho con concha.

En Descanso de caminantes

_____
De BIBLIOTECA IGNORIA, 22/02/2018

Fotografía: Manuel Mujica Lainez


En las lindes de Europa


ALAIN-PAUL MALLARD

Nos queda más que claro: el hosco carpintero que construyó los severos camastros del refugio de cazadores de Gruzki no los pensó para que uno se pasara el día tumbado.

De pie a las brumosas cinco de la mañana en vano afán de sorprender, bajo un cielo violeta y en un claro de hierba perlada de rocío, el desayuno de los jabalíes, habíamos luego pedaleado a Guszczewina y de allí a Narewka y a Janowo. Un amplio rodeo verificado de trecho en trecho, las sienes pulsando, por un indeciso dedo índice sobre las líneas de un mapa (escala 1:50,000) del Puszcza Białowieża.

El rodeo nos permitía burlar –sacarle la vuelta– al intratable reglamento de la Dirección de Bosques y entrar libremente, sin guía, a la “Reserva estricta”, mundo primordial de verdes silencios, bosque lleno de sombrío y húmedo misterio, como los que de niños recorrimos, temerosos, de mano de los hermanos Grimm.

Acaso no esté de más precisar, breve y esquemáticamente, que el área natural protegida de Białowieża, a caballo entre Polonia y Bielorrusia, es el único y último trozo restante de bosque primigenio europeo. Oscuras, venturosas razones de geopolítica medieval le permitieron atravesar los siglos intocada por el hacha y la sierra. El proteccionismo zarista haría de ella, harto más tarde, un coto de caza real: incluso en épocas de hambruna abatir furtivamente un ciervo se pagaba con la vida. Sufrió, sí, en las grandes, trágicas guerras del siglo XX. Y ya luego, concluidos los tomas y dacas tras la cortina de hierro, fungió como zona amortiguadora. Hoy el celo ecologista la mantiene a salvo de la depredación humana –encarnada también mínimamente (no está de más dejar las cosas claras) en turistas ofuscados, como nosotros, por un exceso de entusiasmo.

Abandonamos entre abetos, apoyadas en un tronco a veinte pasos del camino, las sólidas bicicletas polacas. Visibles, para hallarlas al volver. La reserva estricta de Białowieża es hoy un bosque sagrado. Un bosque en el que no penetran los hombres. Solo los iniciados; es decir, los investigadores acreditados. Carecemos de cartas cabales, por lo cual, antes de entrar, juntamos en el suelo una gran flor radial de piñas escamosas, ramitas de abedul y ciruelas salvajes: nuestra ofrenda a los dioses del bosque.

Y entramos a pie. Tomados, como Hansel y Gretel, de la mano.

El olor. El fresco olor a humus. La quietud. ¡Y los verdes! ¡Las vivificantes gamas de los verdes!

Avanzamos adivinando una senda de lo más perdidiza. El terreno, extensión septentrional de la llanura polaca, siempre a nivel. De apartarse Matiana a la rápida exploración al pie de un roble de alguna madriguera, la aguardo yo en un sendero apenas distinguible. ¿Los animales? Salvo la babosa y su lenta estela de plata, se esconden todos. Nos adentramos, sin cruzar presencia humana, en el umbrío corazón del bosque.

Un bosque explotado –y en Europa siempre lo son– es como un jardín de infantes: los árboles de cada sector tienen la misma edad y, por ende, el mismo diámetro, la misma altura, un espaciamiento regular. Uno cree ver natura donde todo es cultura. No así en el Puszcza Białowieża. El bosque primordial no se parece a un bosque: remite a la imagen mítica del bosque. Diríase, de primera impresión, un paisaje recién castigado por la tempestad: árboles desgajados, ramas por tierra, troncos inclinados cuya caída se ha visto postergada por objeción de los ramajes vecinos. La lógica pone orden entre los sentidos y la mente se desengaña: los troncos en todos los ángulos posibles, y los yacientes que hay que saltar de trecho en trecho, se descomponen bajo una mullida alfombra de musgo. Llevan seis, siete décadas en el pausado y arduo trance de pudrirse.


Rechina en algún punto una puerta embrujada. Difícil estimar la dirección del crujido, su distancia. Uno se detiene y constata, al barrer con la vista el enmarañado mundo inmóvil, que el silencio se ha tornado más denso. Aquí y allá el polen ejecuta su danza, suspendido en una áurea columna de luz.

Aquí y allá un sabio y paciente titán, de torturada corteza y vigorosas ramas, alza regio su copa, casi que solo. Las cervicales se comprimen en la nuca; ni así divisamos dónde culmina, en alturas sucesivas de hojas a trasluz, el olmo tres veces centenario. Contemporáneo de Pedro el Grande, pero también de El capital y del Apolo 8, un arbolón así es todo un ecosistema.

Cuando han cumplido su ciclo vital, los árboles de Białowieża gozan de un raro privilegio. Morirse de viejos. No soy el más riguroso con las cifras. Me sirvo ahora de una no por cuantificar nada sino para suscitar una imagen mental: si un bosque explotado alberga dos metros cúbicos de madera muerta por hectárea, en el bosque intocado de Białowieża el volumen cúbico de metros escala a cien.

Aunque pronunciar muerta a la madera es, en Białowieża, una falta de tacto... Cada árbol caído alberga o alimenta a fascinantes seres que nos confrontan desde la más radical alteridad. Deslumbrados por los mundos yuxtapuestos de los hongos, los líquenes, los musgos, avanzamos de un tocón hueco a un tronco yaciente y esponjoso, maravillados por las orejas en repisa de los poliporáceos, por el amorfo mixomiceto, por un siniestro manojo de deditos de viuda. Nuestra marcha en la húmeda hojarasca desperdiga un brincar de ranitas que solo se revelan en el súbito arco de su salto.


Dos categorías, leí en algún lado, bastan para clasificar a todos y cada uno de los hombres: se es o bien platónico o bien aristotélico. Otra radical alternativa de clasificación binaria se me ocurre: o se es micófilo o micófobo. El mundo de los hongos no admite medias tintas. Fascina o repele.

Como aristotélicos y micófilos que somos, Matiana y yo buscamos el saber contemplativo (episteme theoretiké) en la experiencia sensible: sentados sobre un tronco tapizado de verde musgo compartimos, a tímidos mordiscos, una seta de tallo y laminillas inmaculadamente blancos. Es una seta joven y esbelta, de palidez fin de siècle; su elegante sombrero perfectamente horizontal ornado con tres límpidas gotas.

Carne terrosa y húmeda. Carne de esponjosos dioses.

Masticar setas crudas en el bosque siempre altera un poco el pulso, sobre todo sin el manual en el bolsillo...

La intención tras nuestra afanosa marcha es observar al bisonte en libertad.

Miope y majestuoso, el bisonte europeo –Bison bonasus (Linnæus, 1758)– alcanza la misma altura a la cruz que su primo el Bison bison o bisonte americano: un metro noventa. Fue reintroducido a la vida silvestre en 1929 a partir de ejemplares en cautiverio provenientes de diversos zoológicos del continente, pues los soldados, famélicos, de la Primera Guerra cazaron y devoraron al último bisonte salvaje. A diferencia de su pariente del Nuevo Mundo, animal de las grandes praderas, el bisonte europeo vive en bosques espesos. Espesos, lo que se dice espesos, no le quedan ya muchos y es entre los robles centenarios de Białowieża donde prefiere guarecerse.

El mapa no mentía. Al emerger del bosque hacia la luz y el calor divisamos nuestro punto de destino: Kosy Most, una espartana plataforma de observación a un metro treinta sobre el nivel del suelo, de planta cuadrada y techo en cuatro pendientes. El quiosco da, por dos lados, hacia el bosque bajo y, por los dos restantes, hacia una marisma con pastos altos y una tupida cortina de juncos. Tras ellos, escondido, el desganado río Narew. Los animales del bosque acuden a beber en sus aguas dos veces al día, lo cual justifica la presencia de la rústica estructura: un balcon en forêt.

La lengua inglesa distingue con mayor convicción que el castellano, al diferenciar los peldaños de una escalera, entre steps y rungs. Subimos cuatro, cinco empinados rungs, que solo a un bípedo facilitan trepar. Bancas en tres flancos del quiosco, chaparros antepechos de tablas. Los maderos, resecos, se han tornado ya grises. Nadie parece haber venido de visita en un largo tiempo, aunque es verdad que las arañas tienden con insospechada rapidez sus hilos impalpables.

Escrutamos el paisaje, enmarcado como en cinemascope. Una vez más, los huraños bisontes refulgen por su ausencia...

Sobre los bastos tablones del piso hay tres estrellas irregulares y varios pequeños amasijos de oscuro fieltro: un Tàpies, en blanco sobre gris.

Un vistazo al techo esclarece las cosas de inmediato: cada salpicadura estrellada queda, en hilo de plomada, justo bajo un travesaño. Los blancuzcos astros de ácido úrico, deyecciones de un ave de presa; las grisáceas madejas ovales –me perdonarán que pavonee una palabra dominguera–, sus egagrópilas.

Sesenta millones de años atrás, una secuencia de genes se desactiva de pronto y las aves pierden los dientes que les legaran sus ancestros los saurios. No pueden, los pájaros, moler sus alimentos antes de tragarlos. Las aves rapaces desgarran apenas a sus presas con el pico para tragárselas enteras. Tras cada alimento, sus musculosas mollejas regurgitan en una pelote de réjection las materias no digestibles: pelos, huesos, dientes.

Del griego antiguo por vía del latín científico, la dominguera egagrópila se desmenuza en aigos (cabra) + agros (campo) –cabra salvaje– y pilos (lana, fieltro –en latín pilus, pelo). Y desmenuzar una egagrópila permite identificar, a partir de la dieta, a la rapaz en cuestión.

Matiana se sienta en una de las bancas. Se saca la mochila. Bebe un trago de agua.

Yo me acuclillo a escrutar los trazos de Tàpies en el ácido úrico.

–Mira, ten –me dice Matiana mientras hace girar a contraluz, entre pulgar e índice, una pluma jaspeada–. Estaba aquí. Colgada en la telaraña...

Me la tiende.

Me acerco y atrapo la pluma por el cálamo.

Una pluma pequeña, de perfil asimétrico. De ala, deduzco. Su estandarte, beige, va entreveteado en diagonal de negro. Algo de blanco raya las barbas inferiores.

La pruebo con una caricia en la mejilla de mi amada. Matiana sonríe. La pluma le desciende por el cuello. Cuando le ataca la clavícula, repele el dulce cosquilleo.

¿Una pluma de búho?

El plumaje de un búho es reputado por su suavidad. No es, su dulzura, sin porqué: suavidad rima con silencio. Ave de presa, el búho caza de noche y su vuelo debe pasar inadvertido. Cae del negro cielo, súbito y certero, un letal mazazo de silenciosas plumas concentrado en ocho garras de acero.

Fatigada tras seis o siete horas de trajín silvestre, Matiana se tiende de costado en la banca, a cortejar la siesta.

¿Asio otus (Linnæus, 1758)? Me acuclillo nuevamente ante la tríada de estrellas en el suelo y me pongo a deshacer egagrópilas. Son secas, sanas, inodoras. Procuran a la palma de la mano una agradable sensación de ingravidez. En la ganga opaca se adivinan, atrapadas, las órbitas gemelas de un cráneo de roedor.

Las egagrópilas de un ave nocturna arrojan esqueletos completamente desarticulados, pero casi completos. Dada la simetría bilateral que nos caracteriza a los vertebrados, los huesecillos van por pares, y de ahí deriva, en gran parte, el encanto del juego: ir ganando a lo amorfo invertidas parejas de femurcillos, de húmeros, la otra media quijada.

A un costado me arrulla el tenue compás de quien respira y duerme. Lo demás es silencio.

El trabajo –extraer huesos diminutos de un compacto amasijo de pelusa– exige una minuciosidad de miope y la paciente y precisa concentración del relojero: un incisivo de musaraña es casi tan grande como una cabeza de alfiler.

Silencio, denso silencio. Sol casi a plomo. Quieto el tupido juncal.

Cada pequeño hallazgo lo hala a uno hacia adelante. Se pierde noción del tiempo, consciencia del entorno. Solo una punzada de tortícolis, un entumecimiento en las corvas, me recuerdan que estoy ahí y entonces, acuclillado en un quiosco en las lindes del bosque primordial en el voivodato de Podlaquia. En los confines de Europa.

Súbito susurro de plantas.

Levanto la vista.

Algunos pastos altos se agitan furiosamente sin que sople la brisa. Ni una hoja se mueve en árboles y arbustos. Algo, y grande, hay entre los matorrales. A siete, ocho metros.

–¡Psssst, Matiana...! ¡Matiana! ¡Despierta! –digo por lo bajo, agazapado.

–¿Mmmmmh?

–¡Shhhhh...! Ahí hay algo. No nos ha visto...

–Mmmmhm –replica amodorrada, sin abrir los ojos.

Entre los pastos se asoma un par de orejas. Grises, ovales y erectas, de lo más expresivas. Y enseguida un largo hocico afilado. Dos orejas más, un segundo hocico olisqueando el mediodía. Dos lomos grises. Son dos... como perros inmensos, pero mucho más fuertes e imponentes que un simple perro, más robustos, como más salvaj...

–Matiana, ¡son lobos!

Matiana se pone en pie como un resorte.

El primer lobo detecta su brinco y tensa bajo el pelaje todos sus músculos. Nos mira erguido, alerta, con una intensa mirada toda en ámbar del Báltico. En décimas de segundo, tan fugaces como eternas, realiza su cálculo instintivo: Homo lupo lupus est. Con la más tersa fluidez se da la media vuelta y, sereno, de dos saltos se aleja. Su hembra lo sigue, dejando atrás como único rastro un doblarse de pastos, un ligero temblor en las blancas umbelas de cicuta.

Y un par de corazones palpitando encabritados.

Matiana y yo nos volvemos a mirarnos, incrédulos y febriles, primero atónitos y de inmediato buscando, abrazados, una recíproca validación verbal:

–¿Los viste? ¿¿¿Los viste???

Tras la maleza inmóvil, el sombrío rostro del bosque.

Olvidados quedan los lanudos bisontes, los impuntuales, tozudos jabalíes. ¡Lobos en libertad!

¡Lobos!

Perros primordiales que jamás venderían su inclemente dignidad salvaje por un poco de calor, un tazón de croquetas, el chillón muñeco de hule. Algo en mí habría querido seguirlos (de tener cuarenta años menos, me iría a vivir con ellos como esos niños salvajes de quienes tanto he leído). O, al menos, bajar a indagar en la maleza, a diez pasos, en busca de huellas en el lodo.

Teníamos la certeza de que se habían marchado. No obstante, una cautela atávica nos retuvo: el lobo tiene su reputación feral que mantener.

Volvimos por el bosque armando alharaca, mirando a menudo por encima del hombro, Matiana cantando a tope: “Promenons-nous dans les bois / pendant que le loup n’y est pas. / Si le loup y était / il nous mangerait, / mais comme il n’y est pas / il nous mangera pas...” Obviaba empero –no fuera a ser– la escalofriante parte en que la cantilena interpela directamente al lobo.

¿Que qué pruebas puedo presentar de haberme topado al lobo feroz?

Ninguna, no, pruebas no tengo: nos vimos frente a frente apenas un instante, el tiempo de leer en sus ojos la ambarina pureza de lo indomable. No sé qué verdad triste leyera él en los míos.

Solo puedo ofrecer evidencias circunstanciales: el dócil jaspeado de una pluma de búho, un montoncito frágil de diminutos fémures, fíbulas y escápulas, y, para la cóncava lupa del perito, cinco molares de musaraña, lirón o ratón del campo. Creer al escritorzuelo mentiroso que ahora escribe ¡lobo! exige, me temo, un acto de fe. ~

_____
De LETRAS LIBRES, 18/06/2014 

Thursday, February 22, 2018

Escritores mentirosos


CARLOS BATTAGLINI

Escucha tú: es imposible leerlo todo. Eso para empezar. Aunque visto lo visto, escuchado lo escuchado, parece que da un poco igual si uno quiere dedicarse a esto de escribir. En efecto, si un sujeto se dedica al arte de juntar letras (aunque obsérvese que si se escribe a ordenador las letras nunca llegarán a juntarse, a tocarse, a magrearse) debe dar la impresión de que sabe mucho, muchísimo. Es lógico, somos débiles, inseguros y a nadie le agrada levantar la sospecha y mucho menos confirmarla, de que no hace bien su trabajo. Por eso, ante la incapacidad humana de abordar al coloso literario, se miente. Se miente mucho.

Además de mentir, también se acota, es decir se dirige el debate hacia aquellos terrenos en los que el bípedo parlanchín en cuestión se siente seguro. De Perogrullo: la mayoría de los escritores se centran en aquellos a los que han leído. Ergo, si alguien se ha enfocado pongamos en el siglo de oro, procurará hablar principalmente de Lope de Vega o de Quevedo, imponiendo (como lo hacen los medios de comunicación) una “realidad” que gira obligatoriamente alrededor de dichos escritores. Todo lo que acontezca lejos de esa “realidad” se ignora, sencillamente no existe.

Es muy difícil sí, encontrarse con escritores que reconozcan que no han leído a tal o cual  escritor.

La desvergüenza sería además mayúscula si el omitido fuese un clásico (¿verdad que tú tampoco te has mamado todo Proust?) Entonces si por alguna circunstancia surge el nombre de un ser o una nada que no han leído o desconocen, tratarán de reaccionar de la forma más convincente posible: esto es afirmarán con la cabeza lentamente a la vez que adoptarán una expresión que pretenda demostrar que se domina lo mentado. Y claro, desde que puedan tratarán por todos los medios de regresar a sus terrenos conocidos. Unos toda la vida con Shakespeare y Faulkner, otros con Carver y Salinger. Etcétera.

En realidad, no hay que culpar a nadie (o a casi nadie). Es sabido (que no reconocido) que no solo es imposible leerlo todo, sino que igual de quimérico es pretender estar al día de una actualidad literaria sumida en un descomunal y caótico ritmo de producción que encima se ha abierto a todo el mundo, para bien y para mal (seguro que tu tío también ha escrito un libro “soberbio”).

Coleguita, es imposible. Y no pasa nada.

A ver, ni siquiera esos lectores fervientes, esos fanáticos críticos literarios, esos ratones de biblioteca, esos solitarios, esas jubiladas, esos divorciados, esas paradas, esos bohemios pueden seguir el ritmo del monstruo literario, no ya solo el mundial sino el que solo se expresa en castellano. Que te quede claro: si alguien osa “estar al día” a base de lecturas y más lecturas, muy probablemente acabe igual o peor que Alonso Quijano. Hablarás con las paredes. Te arrancarás las cutículas. Creerás que te persiguen.

Asimismo (otro suspiro por aquí) no vale con leer un libro y saltar a otro (deporte que muchos dopados de utopía practican) sino que es preceptivo saber y entender lo que se ha leído, pensar sobre ello, reflexionar, meditar, so pena de convertir la actividad lectora en una operación estéril. Buf, buf.

Se suman además (¡más madera!) los deberes y los imprevistos que la vida (muchos reduccionistas lo llamarán capitalismo) impone sobre todo ser viviente apartándole de la actividad lectora a diario al menos por unas horas. En efecto, la gente trabaja, tiene hijos, duerme, se enamora, ha de ir al banco, te resbalas, quieren ir al cine de vez en cuando, se desenamoran, otra ducha, te operas, se quieren comprar un piso, se te ha roto el pantalón, te vuelves a enamorar, a veces te gustan los carnavales… Todo eso es tiempo, tiempo que no se dedica a leer (ni a escribir) Más desesperación.

De ahí a lo que el vulgo llama postureo. Yo lo llamaré postureo. Hablamos sí, del arte de la interpretación, el teatro, pretender se diría en inglés.

Dicho de la misma manera: hay que intentar poner esa carita que dé a entender que se han leído bibliotecas enteras, hay que hacerse esa fotita rodeado de estanterías atestadas de libros que reflejen bien las decenas de miles de novelas que hemos leído, hay que retratarse sosteniendo un tochazo en el aire con cara de lector voraz.

Mire, no. Es que no. Y no pasa nada.

Otra de las estrategias de muchos “escritores”, de muchos “intelectuales” consiste en auditar la literatura. Me explico, usted solo tendrá que leer un libro de Faulkner (El Ruido y la Furia, claro) un cuento de Carver (¿Quieres hacer el favor de callarte?, claro) un poema de Machado (Caminante no hay…) para considerarse un experto de los mismos. Mejor, el auditor al menos necesita comprobar un 60% de lo investigado…. Usted no. Usted no tendrá que leerse Sartoris o Una fábula o El Villorrio para hablar sobre Faulknersino bastará con que se lea una novela para posar una pierna sobre otra, llevarse la mano al mentón y decir algo así como, “claro, eso ya lo dijo Faulkner”. También puede declararse “lector voraz” aunque se lea dos libros al año o bien recomendar a un poeta norcoreano, y quedarte tan villa.

Pero esto es más diver aun: a veces ni siquiera tendrá usted que embarcarse en la engorrosa tarea de leer a Joyce o a Cervantes. Le bastará lo que ha oído por ahí, o ha leído en alguna revistilla por allá para considerarse autorizado a opinar sobre tal o cual escritor ¡es así de sencillo pringado!

Por eso no desespere usted, escritora honesta, de los de verdad, cuando lea entrevistas a algunos escritores que desglosan toda una retahíla de libros y escritores que supuestamente han leído hasta la saciedad. No se diga usted, “joder, todo lo que me falta por leer”, porque muchas veces todo será producto de una exageración, de una mentira. Y porque, lo más importante, basta con ser sincero con uno mismo y llegar a la lógica conclusión de que la vida no basta, hay que priorizar. Y aun así, se puede.

_____
De INMEDIACIONES, 21/02/2018 

El quemalibros


PATXI IRURZUN

Hace unos días se murió mi tío Fructuoso. El que quemaba libros. Era un tío de mi madre, al que yo solo recuerdo haberlo visto dos o tres veces, cuando era niño. Y sin embargo, fui a su funeral, en misión diplomática: mi madre estaba de vacaciones y a mí me tocó ejercer de vicepresidente checo, ese que se dejó el micro abierto y, enterado de que tendría que viajar a las exequias de Mandela, saltó: “Joder, macho, no me apetece nada ir. Si eso está en el quinto pino”,  y todos lo escuchamos con condescendencia porque hemos pensado o dicho lo mismo alguna vez en la intimidad de nuestras casas, donde, de momento, no hay micros.

Mi tío, además, Mandela no era. Una vez me quemó un libro, que yo leí en casa de mis abuelos, donde empezó a ahogárseme Robinson Crusoe y le puse pantalón largo al Pequeño Nicolás con otras lecturas menos apropiadas para mi edad como la del libro en cuestión, que se titulaba ‘Los helechos arborescentes’. No recuerdo, sin embargo, nada de la novela, a excepción de que su autor, Francisco Umbral, movía el famoso sonajero de su prosa y tintineaban algunas palabras como lefa o Durruti. El caso es que, enterado mi tío, decidió hacer un auto de fe en la huerta y quemar aquellos helechos arborescentes, los cuales se elevaron hasta el cielo en volutas de humo que escribían en el cielo el “Yo, pecador”;  o al menos eso era lo que leía (aparte de los libros que quemaba para que no leyeran los demás) el meapilas de mi tío Fructuoso.

Como represalia diferida el día de su funeral llovía —un mal día para quemar libros— y yo en lugar de entrar a la iglesia me quedé en un bar que había frente a ella tomándome una caña con mi amigo Juantxo el jipi. Mejor para todos, porque a nosotros a veces en los funerales nos da por reírnos. “Ah, ¿pero encima hay que pagar?”, me dijo Juantxo en una ocasión, cuando un monaguillo salió a pasar la cesta. Y a mí me entró ese tipo de risa, la peor risa del mundo, esa risa floja, incontrolable, que te convierte en una olla a presión, con el pitorro haciendo fiufiú, hasta que no puedes más y revientas y todo se llena de una metralla insolente, aunque también a veces la onda expansiva lo que hace es contagiar las carcajadas y una vez hasta el cura (que en los funerales es como el intérprete de signos en el funeral de Mandela, pues dice cosas sobre el difunto que nadie entiende) comenzó a reírse y después sus feligreses y las risas llegaron fuera de la iglesia y se rió una señora con patillas que pasaba por allí y la suya era una risa como un virus, se iba transmitiendo a todos con quienes se cruzaba y estos la contagiaban a otros y en poco tiempo el mundo fue un lugar mejor, en el que nadie sufría ni pasaba hambre ni quemaba libros…

Vale, además de la caña Juantxo el jipi y yo nos fumamos también un porro.

Después, como se hacía tarde y nadie salía de la iglesia y llovía cada vez más fuerte, decidimos entrar a hacer de vicepresidentes checos. Fue, una vez en el templo, cuando me eché la mano al bolsillo de la chupa, en la que siempre llevo algún libro cargado por si acaso, cuando vi que el de esta vez se titulaba “Alpinismo bisexual”. Y me pareció muy apropiado para la ocasión, y creí que, muchos años después, se ejecutaba algún tipo de justicia poética contra mi tío Fructuoso. Amén.

_____
De INMEDIACIONES, 22/02/2018