Friday, September 30, 2016

Desayuno con diamantes (dorados)

JOSÉ CRESPO ARTEAGA

El otro día rondaba yo por La Calatayud, uno de los más tradicionales mercados del casco urbano. Y ahora que caigo en cuenta, no sé de donde proviene aquella costumbre de evocarla en femenino, una pauta sería por la zona pero no hay tal nombre, ni calle cercana así bautizada. Supongo que el mercado lleva esa denominación por Alejo Calatayud, un caudillo mestizo que encabezó una rebelión contra la corona española allá por el siglo dieciocho. Como nadie entiende las razones de la gente, ni siquiera la historia, dejemos que el barullo lingüístico se siga perdiendo en sus brumas. A menos que venga un purista a querer arreglarlo todo.

Así pues, soy visitante asiduo de este paraje pese a todo su desorden, mescolanza y algarabía, a una distancia sideral de una estampa de pulcros y ordenados anaqueles de supermercado. A lo sumo se ven algunas torres improvisadas de frutas como mayor reclamo publicitario. El resto anda desperdigado entre puestos a ras del suelo y banquetas rústicas de madera. Es cuestión de buscar y afilar el ojo clínico, a la pesca de alguna mercadería rara o poco conocida, porque “todo hay en la Calatayud”, he oído a menudo en cualquier charla informal.

Sea exagerada o no tal particularidad, el caso es que en este centro de abasto, especialmente los miércoles y sábados, uno puede toparse con variopintos productos que prácticamente han desaparecido de otros mercados. Como si no fuera bastante que en una esquina se vean bandejas de pescado fresco y, a unos pasos, gladiolos y otras flores recién cortadas que llegaron de madrugada, ya puede uno hacer volar la imaginación o recordar años mozos al contemplar oblongas achojchas; locotos con los tres colores de la bandera, ulupicas y ajíes de fiero picante; pulposos tomates de árbol; yacones y ajipas de dulces tierras; papas y camotes morados,  walusas y racachas de incatalogables sabores; tumbos, granadillas y maracuyás de apasionados jugos; y, a modo de yapa, toda suerte de zapallos, calabacines, lacayotes y otras cucurbitáceas. Por si alguien se pierde con los nombres, imagínese que está ante una inabarcable colección de frutas, raíces, bayas, tallos, tubérculos y semillas con que la generosa naturaleza provee a estos valles y a todos sus hijos.

En fin, que andaba deambulando por tal feria cuando de improviso mis ojos reconocieron unos frutitos amarillos que me devolvieron de golpe a los años más tiernos: ahí al lado de los cajoncitos de frutillas, en el mismo formato de presentación, feliz redescubrí los chiltu-chiltu que de niños íbamos a comer al pie de las matas, al borde del camino o en cualquier huerta donde medraban estas plantas, pues eran consideradas malezas y poco más. En la ciudad ni siquiera se conocían. Fue en un supermercado español donde vi -ya de mayor- debidamente empaquetados con el nombre de uchuva, y procedentes de Ecuador o Colombia, no recuerdo bien. En Bolivia jamás había sido un cultivo y sólo era un divertimento agridulce para los chicos.

Menos mal que por esto de las modas saludables ya empieza a cobrar importancia, al parecer. Como sucedió con el noni, la maca, la chía y otros productos exóticos, alguien descubrió que esta dorada baya de la familia del tomate tiene supuestos poderes curativos casi milagrosos. Como sea, a mí me importa un pepino sus propiedades medicinales, y si me los llevé a casa fue por puro gusto, haciéndole caso a mi paladar y despreciando las frutillas que la misma vendedora intentó encajarme aprovechando la coyuntura. “Las frutillas son para la gente fresa, caserita”, le dije, seguro de que no me entendió nadita (a ver, qué hay más fresa que una fresa coronando un helado o un pastel). No sé si es la imagen sempiterna de Kim Bassinger llevándose una a la boca, pero a mí las frutillas me resbalan, aunque no tengo mayor problema de saborearlas en mermeladas, con pan y mantequilla.

Eso sí, la caserita logró colarme otra cajita, aun más pequeña, con subyugantes moras que, ciertamente, no abundan en los valles de Cochabamba. Hoy me levanté como quien quiere comerse el mundo y me preparé este desayuno histórico (cómo no va a serlo, si es la primera vez que me animo con este menjunje, macedonia llaman en otras partes). Ahí van mis impresiones: el destello rojo de la sandía abre el apetito como un tiro, luego está esa suave sensación azucarada que se derrite en un tris sobre la lengua. Las rodajas de plátano aportan mesura y vitalidad para una jornada larga que exigirá mucho combustible. Las enigmáticas moras hay que primero comerlas con la vista, y luego cerrando los ojos para perdonarles el agrio carácter que puedan tener. Y entre bocado y bocado de cualquiera de las otras frutas se torna irresistible un reventón en la boca de las doradas bolillas de la uchuva, una explosión degustativa que recuerda a chasquidos de maracuyá y dulzor de mango en su punto maduro. Colosal paleta de colores y sabores que desapareció a ritmo de hambre mañanera como un efímero bodegón.

Y eso sólo fue el principio. Ya ven que era una ración justa y aperitiva. Por humanidad con los lectores, mejor no cuento lo que vino después. 

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De EL PERRO ROJO, blog del autor, 29/09/2016

Imagen: "Macedonia a la Pepe, un experimento para empezar el día como un cohete"

Thursday, September 29, 2016

Nunca volverá tanta inocencia. Rudyard Kipling, literatura y propaganda en la Gran Guerra

IGNACIO PEYRÓ

Toda la pompa del ayer

Investido de nuevo Talleyrand, en algún momento de su edad provecta, el primer ministro Harold Macmillan dictaminó que quien no había conocido el mundo anterior a la Gran Guerra –simplemente– no había conocido la dulzura de vivir. Tal vez Macmillan fuera un hombre menos original que cultivado, pero el verano de 1914 –uno de los más hermosos de la historia de Inglaterra– parece darle la razón. Nos es fácil imaginarlo todavía: un tiempo manso y suave, entre casas de campo con praderas infinitas, regatas en Cowes, el brillo acharolado de las fiestas nocturnas y una sucesión de fresas y champán. El último fulgor de la Inglaterra eduardiana. De hecho, aquel verano del Catorce aún sangraría en la memoria de tantos muchachos que, desde el barro de Passchendaele o las trincheras del Somme, iban a cifrar en él la sugestión y la pérdida de la Inglaterra arcádica, añorada como el hogar primordial. En realidad, fue un verano de tanta excepción que Lloyd George tuvo muy a la mano el símil para declarar, ante las altas jerarquías de la City, que el cielo nunca había sido de un azul más perfecto en materia de asuntos exteriores. Apenas tres semanas después de sus palabras, comenzaba una guerra para la que no se iba a encontrar nombre más adecuado que “Gran Guerra”.

Lloyd George no gozó, en verdad, de un día profético. Pero quizá vaya en su descargo aducir que distaba de ser el único en disfrutar de una realidad en apariencia halagüeña. Entre los estrenos de Caruso y los expresos de Larbaud, podía concebirse que Norman Angell argumentara –La gran ilusión, 1910– que el tiempo del militarismo había pasado. Y, sin duda, forma parte del acervo de las desilusiones humanas que la Primera Guerra Mundial estallase en una cota nunca vista de optimismo histórico. Así lo iba a reconocer un atribulado Henry James, al lamentar cómo la contienda daba al traste “con la larga edad en la que hemos supuesto que el mundo mejoraba gradualmente”. Y así, con palabras de justa fama, también lo iba a reconocer, continente adentro, Stefan Zweig, para quien creer en una guerra entre naciones europeas era como creer “en brujas y fantasmas”. Al fin y al cabo, la vieja Europa “nunca había sido más fuerte, más rica ni más hermosa”. Never such innocence again, lamentaría Larkin mucho después, como quien lamenta el adiós al “mundo de ayer” o contempla la espada de llamas que cierra el Paraíso.

No son pocos los que han querido encontrar en ese perfecto mediodía de civilización una formación de nubes, los amplios círculos que describen en su vuelo las naves carroñeras. En Gran Bretaña, no faltó quien –con la novela de Forster– se preguntara si Howards End seguiría en pie. Arreciaba el problema de Irlanda, “esa tormenta hacia el Oeste”. Se revolvían sufragistas y huelguistas. El ala conservadora –por ejemplo, Saki– reprochaba a Inglaterra su aburguesamiento; la facción vanguardista –en tiempos de estetización de la violencia– le recriminaba su filisteísmo, y aun se permitía la culpa de celebrar la guerra como “higiene”. Mientras, en los telegramas y despachos del Foreign Office se reconocía como “nuestro verdadero enemigo” a la Alemania del Kaiser.

Poco extraña, por tanto, que Rudyard Kipling, como alerta temprana del Imperio, hiciera oír su voz a no tardar. Ya desde tiempos de los Bóers venía censurando a esa Gran Bretaña que “se burla de los uniformes que vigilan su sueño”. Y todavía retumbaban los cañones de agosto cuando comenzó a llamar a la lucha “por todo lo que somos y tenemos”.

Cierto joven oficial haría caso a su mensaje. No era otro que Harold Macmillan. El futuro primer ministro, hombre de bravura épica, iba a caer herido cinco veces en la guerra y a hacer sobrados honores a la gallardía que Jünger apreció en el enemigo británico. Como modelo acabado del ethos más caballeresco del Imperio, Macmillan –por ejemplo– tuvo que pasar un día en la tierra de nadie, rodeado de muertos, entre inyecciones de morfina y lecturas del Esquilo en griego que llevaba en un bolsillo del uniforme. “Valiente como Macmillan”, decían en su regimiento de granaderos. Y no es atrevimiento suponer, con Sir George Younghusband, que su caso fuera uno más de entre esos soldados “que pensaban, hablaban y se expresaban exactamente como Kipling les había enseñado a hacerlo” a través de su literatura y su retórica patriótica. Un auténtico oficial del Imperio. Quizá por eso sea una ironía que el propio Macmillan, al cabo de las décadas, se encargara personalmente de alentar los “vientos de cambio” que iban arrinconando a ese mismo Imperio sobre los mapas. O quizá sólo fuera una obediencia a esos otros versos de Kipling, según los cuales “toda la pompa del ayer” imperial estaba destinada a conocer el mismo fin que Nínive y que Tiro.


Convertir a los hombres nuevamente en barro

Hay una belleza muy propia de la Navidad en Alemania, con sus plazas envueltas en luz, las velas rojas sobre las coronas de Adviento y ese vino especiado que pone calor y alegría en los corazones. Es, a su manera, un espectáculo. Y, a buen seguro, el voluntario del Kaiser que, recién llegado al frente, escribió a su familia que “¡la guerra es como la Navidad!”, también tenía interiorizado ese espectáculo de fuegos y canciones y desfiles. Pese a la celebridad que ha ganado la frase de aquel soldado desconocido, la efervescencia y el ardor nacional con que se vivió el primer compás de la conflagración no iban a ser patente alemana. En las despedidas y las cartas de los soldados británicos también aparece un voluntarismo particular: la creencia ciega en que todos estarían de vuelta a casa para –justamente– celebrar las pascuas. La guerra, escribe el historiador A. J. P. Taylor, iba a ser cuestión “rápidamente decidida”, asimilable a una larga “batida de faisanes”. Quizá sorprenda que en toda aquella Europa nadie recordara que Dios –según se ha dicho– había dispuesto las llanuras de Flandes a modo de campo de batalla. Pero no debiera sorprender tanto: en Inglaterra, los ejércitos llevaban un siglo sin conocer una contienda continental; en Francia y Alemania, no había un solo hombre en edad militar con experiencia directa de la guerra. El desajuste con lo radicalmente nuevo no pudo ser más trágico.

Una escena –hermosa y terrible– descrita por Jean Clair nos permite contemplar el horror de esa novedad. Es la de la mujer italiana que, asomada a su balcón, ve la marcha de los soldados rumbo al frente. Acostumbrada a la bizarría de los uniformes de su juventud, a los penachos de los húsares, a las pecheras refulgentes de medallas en los salones de la sociedad, la buena mujer, entre el descrédito y el miedo, no puede sino volverse a su casa ante el avance de una masa sin rostro ni nombre, impersonal, monocroma en su camouflage[1], exactamente como una cadena de montaje de la muerte. La intuición de la anciana era acertada: si por algo iba a caracterizarse la Gran Guerra, era por llevar la muerte a los ritos de la mecanización, a la escala industrial. Y, reclutamiento tras reclutamiento, trinchera tras trinchera, los dos disparos de Gavrilo Princip en Sarajevo iban a multiplicarse en más de diecisiete millones de muertos.

Fue una multiplicación con no poco de cruenta reducción al absurdo, a instancias del aludido desequilibrio criminal entre la novedad y las viejas inercias. La percepción del absurdo afectará al artificio en la cocción de un conflicto que, de los gabinetes a las guarniciones, iba a ser hijo de una política que pudo elegir entre la guerra y la paz. Similar sinsentido tendría el décalage entre la técnica disponible –el gas, la ametralladora, las minas, los aviones– y la táctica desplegada por un generalato del que no saldrían ni un Marlborough ni un Napoleón. Y el choque entre lo viejo y lo nuevo todavía contribuyó a dar por absurdos valores y actitudes tradicionales en una guerra a la que se entró por celo del propio honor y que, a ras de las trincheras, sólo pudo dar testimonio de la masificación de la muerte. Como escribe Edward Thomas, su único propósito era convertir a los hombres nuevamente en barro.

Esa macroeconomía de la destrucción humana iba a desarbolar lo mismo a los Estados Mayores que a los soldados rasos. No hubo el menor poder de disuasión: se trataba de seguir matando para seguir viviendo, como la gélida sistematización a la que apunta Jünger cuando afirma que disparaba a su enemigo pero no pensaba mal de él. Ahí, la célebre tregua de la Navidad del año Catorce, con sus pitillos y sus canciones en la tierra de nadie, sería la última página de un código de conducta ya prescrito: aquel que, como indica Burleigh, había transparentado de humanidad tantos conflictos desde tiempos medievales. Del Marne a Loos, sin embargo, las órdenes pasarían ya por no ceder la posición, por no emprender la retirada, por aguantar –si era necesario– “hasta que la espalda dé con la pared”.

La experiencia de la muerte –la guerra como sacrificio en el ara jungeriana de los siglos– no tardaría en mover los resortes de la incredulidad y el desaliento. En 1915, con la intención loable de salvar algún resto de lo humano, el Poeta Laureado Bridges mandó imprimir un folleto que, pese a todo, celebraba El espíritu del hombre a modo de triaca de “un dolor imposible de afrontar”. Exculpación o esperanza, ya en 1918, tras acumular 300.000 víctimas en seis días, el Daily Mirror se veía obligado a restringir su moral propagandística a un “permaneced alegres”. Entre un extremo y otro de la guerra había muerto, en términos exactos, una generación completa de británicos. Y los que quedaban en el frente –como vemos en las páginas de Sasoon, Graves o Blunden– coincidían en la peor aprensión: el convencimiento de que luchaban una lucha que nunca iba a terminar. Es una maldad intrínseca de la guerra nacida para terminar con todas las guerras. Lo dejó por escrito Barbusse: en medio de la refriega, no es un bando u otro bando, es la guerra la que gana.


Una literatura del desengaño

La presencia de la literatura en la Primera Guerra Mundial es tan intensa que todo un Sassoon llega a desear que las balas no le encuentren antes de terminar un novelón de Thomas Hardy. Cierto periódico de la época dará fe del fenómeno al mostrar en una viñeta el avance de un soldado: el petate a la espalda, en una mano la bayoneta y en otra un cuaderno –nada menos– para escribir sus versos. Es una imagen quizá incongruente en cualquier otra contienda, pero no en aquella en la que iban a tomar parte Charles Péguy y Salomón de la Selva, Blaise Cendrars y Wilfred Owen, además de –entre tantos otros– el recién citado Siegfried Sassoon. La Gran Guerra será, de modo eminente, la guerra de los poetas. Y aun cuando ciertos mandos poco sensibles desdeñaran su liderazgo moral como cosa de un puñado de oficiales de segundo rango, alguna huella de hondura iban a dejar los versos de estos hombres cuando, en otra década y en otro conflicto, Cecil Day-Lewis se pregunta “¿dónde están los poetas de la guerra?”. Tal y como dejó escrito Peter Parker, cada año se publican cientos de tesis, artículos, libros y biografías concernientes a la Primera Guerra Mundial y, sin embargo, es una guerra más dominada por la literatura que por la historiografía.

Un erudito prodigioso como Paul Fussell apunta diversas motivaciones –algunas más pedestres, otras más elevadas– para la celebración de esos nuevos esponsales entre las armas y las letras. “No había apenas cine, no había radio y, ciertamente, no había televisión. Salvo por el sexo y la bebida, la diversión se encontraba ante todo en el cultivo formal del lenguaje”. En la eminencia de la literatura en la Primera Guerra Mundial concurren, sin embargo, causas más profundas que la conversión de la necesidad –o del taedium belli– en virtud, y que pueden explicar aquella carta del soldado inglés que pedía a su familia un bocado tan culto como “las obras de Petronio en la edición de Loeb”. Se trata, ante todo, del énfasis de la pedagogía británica en la llamada “literacy”, en la “literaturización” o, de modo más general, en los estudios de corte humanístico. No es sólo que contribuyeran a hacer de aquella –en verdad– “la generación mejor preparada de la Historia”. Esa imbricación natural con el canon nacional logró que tantos de aquellos muchachos “tuvieran la sensación de que la literatura estaba en el centro de la experiencia normal de la vida” y, por tanto, de que no era caudal exclusivo de intelectuales y estetas, de profesores y críticos. Cuando Wilfred Owen titula Dulce et decorum est uno de sus más célebres poemas, el guiño horaciano desvela el andamiaje clasicista de un itinerario educativo que, como diría Waugh más tarde, parecía no tener otra voluntad que convertir al alumno en escritor.

Fussell habla de la popularidad entre la tropa de las antologías de versos de Oxford y –en poesía o en prosa– no pocos de los motivos más habituales de la literatura escrita en la Gran Guerra encontrarían su venero en la tradición vernácula. Pensemos en el pastoralismo o ruralismo inglés, que de tentación permanente en la literatura británica se convierte en asidero ético y estético para tantos combatientes que buscan oponerlo a las tormentas de acero de la guerra. O pensemos en un homoerotismo que, alimentado por la herencia uranista victoriana, encontraría su mejor sublimación en la ética de la camaradería surgida del conflicto. Un éxito del calibre de A Shropshire lad, de A. E. Housman, iba a acertar al encauzar ambas sensibilidades en una sola. En cuanto a la imaginería religiosa, filtrada a la memoria a través de la Biblia King James, del Book of Common Prayer o de El progreso del peregrino –hitos todos de la transmisión cultural británica– no podía estar ausente, menos aún ante el recordatorio perpetuo de los calvarios dispuestos por la piedad popular en los caminos de Flandes y el norte de Francia.

Más allá del hontanar de la tradición, los “war poets”, y los escritores de la Gran Guerra en general, compartirán rasgos que abarcan desde una inclinación a la comicidad –tan visible en Graves– cuando no al humor negro, hasta un aborrecimiento de las jerarquías no inexplicable dadas aquellas circunstancias. Es más estimulante, con todo, considerar el escaso grado de politización que –en comparación, notablemente, con la Guerra Civil Española– muestran los escritores del Catorce. Sin duda, resulta sintomático del citado absurdo en que se tuvo a la propia guerra, pero a la vez nos habla, como quiso Maurois, del testimonio personal como fuente de legitimidad frente a las lecturas ideológicas del conflicto. Esa voz individual se alzará como único intérprete válido de la realidad y, de hecho, encuentra correspondencia –pensemos en Renn, Remarque o Sassoon– con la partición del mundo a ojos del escritor-soldado: por un lado, los compañeros de trinchera; por otro, “los extraños”.

Tal escisión radical no se debe sino a la también radical incomunicabilidad de la experiencia bélica. En vano buscaremos a lo largo de la Gran Guerra –escribe Bergonzi– espacios para un Homero heroico, para el realismo de un Tolstoi. Lo innombrable ya no aludirá –comenta Fussell– a lo que no se puede decir por inconcebible, sino a lo que paraliza la pluma por terrible. Y la colisión entre los hechos y el lenguaje disponible para describirlos, en buena medida, tendrá sus concomitancias con ese choque entre lo nuevo y lo viejo en una guerra en la que –recordemos– no iban a participar profetas de la palabra moderna como un Joyce o un Pound. Los principales libros memorialísticos sobre la contienda apenas empiezan a aparecer al cumplirse una década de su fin: tan lenta iba a ser la metabolización del espanto en lenguaje.

Es significativa la observación de que, entre los rudimentos más efectivos para transmitir la vivencia de la guerra, el understatement –la atenuación– vaya a verse reivindicado por oposición al pathos que hubiésemos esperado de una retórica romántica. No es algo sin consecuencias. Esa misma licuefacción de la lengua guardará perfecta sincronía con la “rebaja de expectativas” que, según Fussell, va a caracterizar al modernismo literario a modo de “escepticismo o minimalismo”. La distancia es marcada frente a la solidez de las grandes retóricas y los grandes valores al modo victoriano o eduardiano. Como apunta Bernanos, “esa religión del Progreso, para la que se nos había pedido educadamente morir”, se iba a resolver en “una gigantesca estafa a la esperanza”. La literatura de la Gran Guerra será así –fatalmente– “una literatura del desengaño”. Después de ella, todo iba a tener que empezar de nuevo.


La complejidad de una reputación

Rudyard Kipling y Henry Rider Haggard posaban ya de viejos paquidermos de las letras británicas cuando –íntimos como eran– daban en bromear entre sí acerca de lo lejos que estaban de su tiempo. Con menos humor, y también con menos piedad, una joven luminaria como Eliot –allá por 1919– iba a confirmar su percepción. Sin llegar a la virulencia de las andanadas de Edmund Wilson, posteriores en años y lindantes ya con la excomunión literaria, el estilo quirúrgico de Eliot tampoco iba a ser risueño para con el Nobel inglés, a quien ve como “un laureado sin laureles” y –crueldad de crueldades– considera “casi, casi un gran escritor”[2]. El veredicto del poeta anglo-americano, con todo, subrayará la peor de las tachas de Kipling al mencionar cómo sus libros han dejado de alimentar la conversación de la inteligencia literaria de la época. Kipling –venía a decir Eliot– representaba el pasado.

Lo representaba, sin embargo, para muy poca gente: apenas para esa crema que es, precisamente, la inteligencia literaria de cada generación. Para el amplio resto, basta con agolpar los datos para colegir su llegada: Kipling ha sido el último poeta de masas en Inglaterra, no ha habido otro escritor más leído hasta la Rowling, y gozó de una fama sin interrupciones desde que –con 22 años– se declarara abierto el “Kipling furore” con El hombre que pudo reinar. Conseguir el Nobel más temprano de la Historia –y el primero en inglés– también sería útil para depararle tantas admiraciones como envidias. Resultaba por tanto de esperar que esa inteligencia literaria, siempre atenta a servir el papel de Edipo con sus mayores, y por lo general más dotada de exquisitez que de masa lectora, desdeñara a Kipling como el escritor favorito de quienes no leían. Al fin y al cabo, parecía haber algo degeneradamente filisteo en que sus rimas se imprimieran para el pueblo en ceniceros y en jarras de cerveza.

A la posteridad, y no sólo a la inteligencia literaria, Kipling tampoco se lo iba a poner fácil. Baste considerar que –todavía–, al hablar de él, resulta de rigor presentar excusas y aludir de inmediato a la “complejidad de una reputación” pegajosa e incómoda como pocas otras. De un lado, el narrador que puede pasar sin problemas –así lo reconoce un Orwell– como el mejor escritor de historias cortas en inglés; de otro, el hombre al que sólo con tantas sutilidades como buena voluntad se le puede librar de la carga tan nefanda de racismo. De un lado, el genio sin parangón a la hora de recrear las infancias y sus mundos; de otro, el intelectual público de la causa del Imperio. De un lado, en fin, las alabanzas de una autoridad como Borges; de otro, la percepción de que sus postulados políticos –como escribe Chaudhuri– son un obstáculo a la hora de asegurarle un lugar de elevación en la literatura inglesa.

Por supuesto, no han faltado escritores óptimos con ideas políticas pésimas, y quizá lo distintivo del caso Kipling sea que esas mismas ideas han contribuido no poco a la simplificación de una figura con más tonalidades de las que quiere el cliché. El juicio sobre su pensamiento terminaría por perjudicar la estima de su pericia literaria, en tanto que –según se ha dicho– hay algo de desagradable en el hombre Kipling que permea mucho del arte del Kipling escritor. Sin embargo, no son leves las ambivalencias o las contradicciones kiplinguianas apenas aludidas: enemigo de la democracia, como afirma Hitchens, pero defensor del hombre común; criticado por la facilidad casi vulgar de su estilo y –al principio– exaltado por los exotismos de un nuevo Loti; creyente en las virtudes militares como esencia del Imperio y, al mismo tiempo, capaz de describir una incompetencia militar que los escritores británicos suelen reservar más bien a los no británicos. El suma y sigue es perpetuo: el gran fabulador de cuentos y novelas cortas fallaría en sus intentos de novela larga, y el mago del don narrativo reconocería que “cuatro quintas partes del trabajo de todo el mundo han de ser malas”. A nadie sorprenderá, por cierto, que algunos se hayan urgido a aplicar esta cita novelesca a las páginas de su propio autor. 

Es, sin embargo, su propia condición de zelote del Imperio la que más se iba a ver transitada de paradojas. Kipling pudo exaltar la misión imperialista británica y al mismo tiempo convertirse –tal vez su mejor apuesta moral– en el mayor fustigador de su soberbia. En lo tocante a su relación literaria con la India, todavía conviven el recuerdo gravoso de “la carga del hombre blanco” y la constatación de que nadie dio en publicitarla y exaltarla con amor más demorado. Con la propia Inglaterra también tendría unos rapports de densidad insospechada: al morir en los mismos días que Jorge V, alguno iba a ironizar con que el rey se había llevado consigo a su trompetero, pero el mismo Kipling se encargó de rechazar mil y un honores de la Corona para no desapegarse de las gentes del común. Véase que, arquetipo de lo inglés, el país no dejaría de parecerle nunca “una tierra extranjera”. Y si nunca consideró en pie de igualdad a los pueblos “non-white”, admira en ellos un valor y una autenticidad que echa en falta entre los suyos. Estas incoherencias kiplinguianas no dejan de aportar matices a su perfil, y lo significativo es que se extenderán a todos los temas de su tiempo, de las clases trabajadoras a las relaciones con Irlanda y Estados Unidos o una Iglesia de Inglaterra a la que criticó tanto como amó su Biblia y sus himnarios. En fin, el poeta del Times, el profeta de la exaltación de los mapas en color rojo imperial, creía  que el Imperio era cuestión de sacrificio y no de lucro. Ese sigue siendo un hallazgo para muchos. Y todavía será de justicia añadir que –más allá de sus complejidades y aun de sus defectos–, por encima de todo sobrevuela esa “potencia del genio” que le reconoció a Kipling un lector tan fastidioso como Henry James.

Por afecto o por menosprecio, como puede verse, el autor de Kim logrará siempre –así lo apunta con honestidad su biógrafo Carrington– mover nuestras pasiones. Al considerar lo mezclado de su huella, por ejemplo, Orwell no dudará en condenarlo por su “jingoísmo”, por una condición “moralmente insensible y estéticamente repugnante” que le ha ganado “el desprecio” “de toda persona ilustrada”. Al mismo tiempo, Orwell no deja de subrayar que, mientras tantos de sus críticos son materia del olvido, “Kipling, de alguna manera, sigue estando ahí”. Incluso acudirá en socorro de su fama al alabar un rasgo que, en verdad, nadie ha podido negar: “la decencia personal” del prohombre, en quien admira su contención a la hora de convertir su popularidad en espectáculo. La conclusión de un escritor de tanto peso ético como Orwell es nítida: Kipling fue un imperialista –sin duda–, pero sin dejar de ser un hombre de honor. 

Con sus palabras, de alguna manera, lo que Orwell señala es la intención moral que –para bien o para mal– funda y recorre la intelectualidad pública de Kipling y buena parte de sus pulsiones estéticas. Eso era algo que ya se había podido rastrear a lo largo de sus páginas durante décadas, en su carácter de cantor de una joie de vivre de la gente corriente –el soldado, el marino– inaccesible para la alienación del hombre urbano. También iba a ser patente en el candor y la pasión con que, celador del orden de la Pax Britannica, Kipling hizo de continua Casandra ante un Imperio que vio bajo la amenaza permanente de tener “el huno a las puertas”. De algún modo, Kipling va a poner siempre a prueba nuestra capacidad para la indulgencia contra la equivocación que se comete sin doblez, porque el hombre capaz de ofrecer su casa como hospital para los soldados era, indudablemente, un hombre sin dobleces. Al final, interpelará incluso a nuestra legitimación para juzgarlo. Cuando, en el verano de 1914, el huno llega definitivamente a las puertas, su literatura y su propaganda nos sitúan ante unos dilemas y vértigos morales que sólo las guerras son capaces de causar. Pero quizá su sufrimiento humano también nos lleve a la comprensión que merece el dolor de una guerra. Vale la pena recordarlo ya: Rudyard Kipling iba a perder a su único hijo en la batalla de Loos…




Este texto es un fragmento del prólogo a las Crónicas de la Primera Guerra Mundial, de Rudyard Kipling que, en traducción de Amelia Pérez de Villar, acaba de publicar la editorial Fórcola.




Ignacio Peyró (Madrid, 1980) es periodista y escritor. Tras comenzar como corresponsal político de El Confidencial Digital, fue columnista y redactor jefe de Cultura de La Gaceta de los Negocios. En 2012 fundó y dirigió la publicación Ambos Mundos, un proyecto de periodismo cultural en internet. Ha publicado sus trabajos en diarios españoles como El País, El Mundo, ABC, La Vanguardia, La Razón, El Español o Libertad Digital, así como en revistas como Leer, Turia, Nueva Revista, Letras Libres, F, Revista de Occidente, Clarín, Esquire, Tapas o National Geographic. Asimismo, ha sido cronista político para medios latinoamericanos como El Comercio de Lima, El Nuevo Siglo de Bogotá o El Nacional de Caracas. Es traductor y prologuista de obras de Evelyn Waugh, Louis Auchincloss, J. K. Huysmans, Rudyard Kipling o Augusto Assía, entre otros, ha dirigido y coordinado la edición de Lo mejor de Ambos Mundos (Renacimiento, 2013). En la actualidad, es director de la edición digital de Nueva Revista, consejero de EFE, jefe del proyecto de opinión online de The Objective y asesor del Gabinete de la Presidencia del Gobierno. Es autor del libro Pompa y circunstancia. Diccionario sentimental de la cultura inglesa, editado por Fórcola. En FronteraD ha publicado Locura y poder y Las ‘public schools’ inglesas, viveros del poder, y mantiene el blog Fino y muy seco.


[1] No en vano, invento de la época.
[2] Eliot terminaría por modular su aspereza, y llegó a publicar, con los años, una antología de Kipling. 

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Imagínate

ELENA ROMÁN

¿Te imaginas que los detergentes para vajillas no fueran tan eficaces como aseguran sus fabricantes, y no borraran las huellas de los labios y dedos que se posan en las tazas, vasos, platos y cubiertos? ¿Que el cristal, el acero y la loza, conservaran desde el primer hasta el último aliento de quienes saciaron su sed o su hambre en ellos? ¿Que en un mismo vaso convivieran las pulsiones de un niño de tres años y una niña de siete siglos, del esposo que pernocta en los sexos clandestinos, de la vecina indiscreta, del suegro que sorbe (por costumbre) y babea (por la edad), de la cuñada subjetiva, de los amigos cómplices de uno u otro bando, de la madre indignadísima a la vez que neutral, de todos cuantos se internaron en el hogar figurado y degustaron cualquier bebida o manjar? ¿Que ninguno de los mil y un lavados hubieran hecho desaparecer la presión de la carne sobre el aparentemente inmutable ajuar compartido? 

¿Te imaginas que, al acercar un día tu boca a una copa, vieras todas las firmas de la traición y, sin pánico ni asco, pegaras tus labios a ese apócrifo cáliz y bebieras de las farsas licuadas, y sintieras que el agua que corre por tu garganta es un cúmulo de salivas calientes e infecciosas que sólo inducen a la autocompasión y al vómito?   

(Estrellas la copa contra la pared. Lanzas los cubiertos como dardos contra el telón invisible, los platos contra el techo. Te cubres la cabeza con los brazos para protegerte del orgullo que cae, hecho añicos).  

¿Te imaginas? 

 Te lo crees.

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De EL BLOG TARDÍO DE ELENA ROMÁN, 26/11/2011

Voltaire en todas partes

ÁLVARO MATUS

VOLTAIRE perteneció a esa clase de filósofos cuyo propósito fue modificar el mundo; intervenir en él y cambiar el curso de los acontecimientos era más importante que simplemente explicarlo. Por eso su quehacer colinda con el periodismo y la literatura (escribió dramas, poemas y cuentos), pues sabía que la reflexión pura no era suficiente para influir en las instituciones.

La claridad expositiva y su poder para interpelar al lector ayudan a entender parte de su éxito. Robert Darnton, el gran historiador estadounidense, cuenta que Voltaire también comprendió antes que nadie los mecanismos de circulación de las ideas. En su ensayo “¿Qué es la historia del libro?”, narra la lucha de editores y libreros en torno a Cuestiones sobre la Enciclopedia, un proyecto que Voltaire emprendió en 1770 con el objeto de combatir la intolerancia religiosa.

Como estaba prohibido en Francia, el autor firmó contrato con un editor suizo, lo que no lo privó de entregar otras versiones a editores de Holanda y Montpellier que se promovían por tener “adiciones y correcciones”. Más que por dinero, Voltaire autorizaba la venta de ediciones alternativas (o derechamente piratas) para llegar a la mayor cantidad posible de burgueses cultos, un grupo social que apreciaba sobremanera por su carácter práctico, el dominio de ciertos conocimientos y el deseo de ganar dinero. Como dice Fernando Savater en Voltaire contra los fanáticos, un sector que no era mayoría pero que sí era indispensable tener de su lado para cambiar la sociedad.

El respeto por esa casta proviene de una experiencia dolorosa. Así lo cuenta Georg von Wallwitz en Mr. Smith y el paraíso: la invención del bienestar: hasta los 32 años, Voltaire era, como todos los escritores y artistas, un cortesano. Incluso se había cambiado el apellido (Arouet) para no delatar su origen burgués. Sin embargo, un día fue interrogado en público por el caballero de Rohan acerca de su verdadero nombre. “El apellido no importa, lo que importa es su honor”, respondió Voltaire con la ironía que lo caracterizaba.

Ridiculizar a un noble le costó una paliza, unos pocos días de cárcel y, peor aún, la indiferencia absoluta de la aristocracia, que cerró filas con Rohan.
Pobre y desacreditado, Voltaire partió a Inglaterra, donde conoció a Everard Fawkener, el empresario que lo introdujo en la Bolsa de Londres. Allí el francés vio una especie de micromundo de la sociedad civilizada:no importaba la religión ni el origen, sino la intención de mejorar el nivel de vida a partir del interés personal.

Voltaire vio en los negocios una forma de reducir los privilegios de la nobleza y de alcanzar la felicidad en la Tierra, convirtiéndose él mismo en un inversionista de fuste. Nunca más dependió de un señor, y fue esa libertad la que le permitió defender las ideas que, a fin de cuentas, terminarían moldeando la vida humana hasta nuestros días. Incluso la figura del intelectual público, de Russell y Camus hasta Hans Magnus Enzensberger y Zizeck, sería incomprensible sin su vocación por la lucha intelectual.

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De LA TERCERA, 29/09/2016

Wednesday, September 28, 2016

Russia Diary

CHARLOTTE MENDELSON

Poor British Council; little did it realise the passion it was about to unleash. “Was there any chance,”the creative director politely inquired, “that I could attend the inaugural British Literature Today seminar in Russia? At Yasnaya Polyana, Tolstoy’s country estate? It would be quite a commitment. Was there any chance at all?”

I had been waiting for this moment all my life. While other teenagers experimented with drugs and novelty eyeliner, my teenage frolics were with Dostoevsky, Turgenev and Gogol, leaving me longing to visit Russia: a land of ice and silver birches and soulful poets as miserable as I was. Tolstoy was my favourite; I was beside myself. This trip could only be a terrible disappointment.

My sole preparation was rereading War and Peace, so arriving at Domodedovo airport on Tuesday was confusing. Where was the beardy coachman? The samovar? The snow? The British Council Russia representatives, female, beardless, led us into Moscow: a dazzle of six-lane boulevards, beaming men dressed as Stalin, basement supermarkets, Putin T-shirts, red stars and golden onion domes, headscarves, Olympic tracksuit-shops and extraordinarily stylish pensioners.

While my fellow authors acclimatised, I ate: Georgian dumplings and cheesy khachapuri, borscht, miscellaneous meat in aspic, cabbage pies and slightly too much herring. Then it was time for our first cultural exchange: in the Duma basement bar my fellow authors and I dazedly discussed fiction with scores of beautiful young Muscovites, all of whom had read far more British literature than we had and spoke much better English.

That was nothing: the following morning, the real work began. A minibus brought us via Chekhov’s house and a roadside café, where we were presented with two large smoked fish in brown paper, along an endless wooded motorway into deepest Tula Region. Our hotel, in the grounds of the estate, was capacious and modern; the food, for nearly 100 visitors, fantastic: kasha, still-warm baked apples from Tolstoy’s trees, cucumber with garlic and dill, stews that reminded me of my grandmother’s most dramatically Hungarian cooking.

But we were there to work: to build bridges at a sticky time for Anglo-Russian relations with those brave translators and literature teachers who had travelled unimaginable distances to discuss the (fortunately) changed face of modern British fiction. My fifth novel stagnated in my unopened laptop; Pierre and Natasha waited in limbo, utterly ignored. In the rare moments when we weren’t giving readings, or being befriended by Siberian delegates over beetroot buns during the coffee breaks, we were on stage, being asked terrifyingly precise questions: how, exactly, might our regional variations (Louise Welsh: Scottish; Sunjeev Sahota: Anglo-Sikh; Owen Sheers: Welsh; Nicola Barker: Barkerland) be evident in our texts? Which literature would we recommend for teenage readers? Did I think a man could translate my novels? At one point I tested their English; the only word these extraordinarily cultured Russians didn’t know was “earwig”.

For respite we were shown round the estate: the house itself (two grand pianos; a small table for “serious conversation only”; houseplants tended by Sophia Tolstoya, when not bearing the great man’s 13 children; Tolstoy’s own miniature desk-chair and paperweights and dumbbells, his picture of Charles Dickens, his cardigan); 100 acres of orchards; paths on which Russian brides paraded for photographs and Chinese tourists took selfies; a discreet grassy mound in an unremarkable clearing, in which we suddenly realised Tolstoy was buried. Then more talking, more questions, and a visit with Youlya Vronskaya, head of international projects, to the vegetable garden and fir woods: so much beauty that I wanted to cry. I arrived late for my workshop in muddy boots, with small fragments of silver birch bark and apples concealed in my pockets: permanently changed.

The trip was exhausting, mind-expanding, gloriously well-organised and a tribute to both the British Council, in London and Moscow, and the unforgettably fabulous Yasnaya Polyana. The same cannot be said of our penultimate night, when a splinter-group failed to turn up to the scheduled screening of Brooklyn and persuaded one of the cooks to let us go to a banya, an extensive sauna/plunge-pool arrangement in the suburban shed of a tired-looking man in full camouflage. If you are ever in Russia and banyas are mentioned, do not flinch. Yes, compulsory seminudity with acquaintances is not the British way. We dislike extremes of temperature; we rarely round off our evenings with violently smoked bream, strings of salted Georgian cheese, vodka, unlabelled beer and a mysterious bacony substance known as “chickenandchips”. It took almost more courage than I had to get in the taxi; then to sweat shyly beside my courageous, passionate and terrifyingly intelligent new best friends before leaping into icy water but, by God, I did. And it was wonderful.


Home, violently sleep-deprived, to my own disappointingly orchardless garden and the launch of Rhapsody in Green, my memoir about being a novelist caught in a vegetable-growing obsession.

“Whatever you do,” I’d said to my family, “don’t forget to water. And pick. Please, don’t forget.”

While I was making friends with cheery intellectuals, hungry for any scrap of British literature, London experienced the hottest day and most violent storm in recent history. My tiny garden had become a jungle: purple Cosse Violette beans and splitting orange tomatoes, Japanese shiso-leaves and Italian chicory had sprouted and fattened and been left unpicked. I don’t care. At this very moment, I should be choosing my dress for the launch; I can’t be bothered. The party begins in two hours but my mind is full of Tolstoy’s garden, his currant bushes and pumpkins. I seem to be lost, somewhere among the fir and birch forests, the yellow apples, the bridge over the bulrushes in bright sunlight. And I don’t know how to come back.

Illustration by Toby Whitebread

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De FINANCIAL TIMES, 24-25/09/2016




Plaza Once

PABLO CINGOLANI

Domingo, fin de la tarde, una ráfaga de viento que viene desde la Antártida sacude huesos y almas entre los pocos que se atreven a merodear una plaza vacía, inmensa y vacía, corazón desolado de una urbe –Buenos Aires- que la cerca y la acosa con sus memorias.

En la esquina sudeste, naufraga el bar La Perla, cuna mítica del rock argentino, como reza, sin muchas ganas, un cartel colocado encima de su entrada. En el baño del local, cincuenta años atrás, Tanguito componía sus tangos feroces y sus amores de primavera, antes que lo atraparan la muerte, la policía y la leyenda.

En una diagonal imposible, hacia el sudoeste, trepidaba el trágico boliche Cromañón, donde ardieron doscientos pibes que habían acudido a terapia para escaparse de los tentáculos del monstruo citadino, y bailar y saltar y lanzar petardos mientras tocaba su grupo de rock favorito. Doce años atrás, terminaron asfixiados, pisoteados, chamuscados, asesinados por esa nausea inexplicable que anida en las ciudades y que, cada tanto, mata, mata sin asco, mata a mansalva.

En la esquina noreste de la plaza Miserere, el nombre antiguo de este lugar no lugar tan porteño, se ubica una institución emblemática de los nuevos tiempos: el consulado boliviano.

Locación estratégica, cabecera de las rutas al oeste –en la colonia, por ahí pasaba el camino al Alto Perú-, la Plaza Once es un epicentro de esa presencia humana que, multitudinaria y diversa, ya forma parte del nuevo paisaje urbano de esa ciudad que, según Borges, era una especie de pequeña Europa en el exilio. Ya no lo es. 

Bajo las recovas del antiguo mercado Lezica, frente a la vereda oriental de la plaza, un pelotón de africanos, llegados desde Senegal o la Guinea, van levantando sus mesas y sombrillas de venta y metiendo en mochilas o cajas lo que ofrecen a los que transitan: relojes, cinturones, cucharas, collares, CDs -de cumbia o de ópera-, telas de la India, muñecos chinos, nada.

En el centro de la plaza, se alza el mausoleo a Rivadavia. Es una construcción horrorosa que honra a un ser idéntico, que tuvo a bien, o a mal sería más correcto, haber sido el primer presidente argentino, tras culminar la primera de nuestras guerras civiles del siglo XIX.

La obra, hecha en piedra granítica, es de dimensiones desmesuradas, y carece de atractivos, y casi nadie sabe que la mole está ahí para recordar al Señor de los Cuadernos.  En otras épocas, el adefesio asistió a diferentes dramas, como la muerte o el secuestro de militantes políticos. Hoy, sirve de resguardo a las putas.

Son las monarcas sin cetro de la plaza desierta. Son todas negras, negrísimas, como los africanos, pero ellas vienen de más cerca: del Ecuador, la República Dominicana, Panamá, o de Trinidad y Tobago. Todas tienen nombres de fantasía –Lali, Lena o Lara- y se mueren de frío, igual que yo, cada vez que el viento del sur recrudece.

Que putas de ébano hayan copado el monumento a Rivadavia, a don Bernardino Rivadavia –la avenida más importante de la ciudad y que flanquea la plaza Once por el sur también se llama así-, y lo hayan vuelto su parada, es una dulce venganza de la historia.

Rivadavia odiaba a todo el mundo, salvo a los blancos, especialmente si eran ingleses. Odiaba a los indios, odiaba a los gauchos, odiaba a los tarijeños, pero especialmente odiaba a los negros. Rivadavia, nunca lo reconoció, pero la historia también lo supo: era mulato.

Buenos Aires, 28 de septiembre de 2016


SPEAKING IN HATS/The Language and Controversy Behind Panama's Infamous Hats

DARRIN DuFORD

After decades of nonreligious life, my churchless streak had been broken. But not for any spontaneous rediscovery of God. Apart from attendance at the occasional wedding or funeral, a humble straw hat was the unlikely force that had finally prodded me to sit in a holy pew.

Years of travel had snapped the brittle fibers at the base of my hat’s brim, fiber by fiber, mile by mile. I had just crossed the tiny, leafy plaza in San Francisco, a small town in central-west Panama, when the wind rushing down the nearby continental divide had almost finished off the sombrero I’d purchased in the country on a previous visit. The hat was receiving a rough homecoming. The tears had coalesced into one large frowning gash. With needle and thread in hand, I discovered that the town’s house-sized church, with its stone walls blocking the gusts of wind, would serve as a tranquil place to mend my hat.

The only light snuck in from the open doors. The church’s architectural details had been carved over 300 years ago by converted Amerindians who added details that reflected their own interpretations of Christianity, including a varnished, doll-like Virgin Mary dressed up in a fabric robe and chiffon cloak, her humorless eyes demanding an apology for my choice of stitching venue.

I was not the only irreverent one. The town’s priest had just left the back of the church with his lively puppy on a leash, even though a sign had been posted to remind patrons to refrain from bringing their pets inside. I continued sewing. Fashion can be a nonverbal method of communication, and I did not want to transmit the wrong message about myself. As I would learn the following week, a Panamanian hat can speak for its wearer in matters much more diverse than I’d ever imagined.

* * *

I was in the region Panamanians refer to as El Interior, a stretch of agricultural lands west of the capital, but I was beginning to think of the area as Hat Country. Two years ago, I had acquired my flat-brimmed sombrero in the neighboring province of Coclé, where markets and roadside stands selling hats are almost as widespread as crosses marking tragic highway deaths. The most common locally-woven hats, known as sombreros pintados, have angled brims and appear on waiters, on men hunched over daily tabloids in the town square, on bar-goers wearing pressed guayabera shirts and spit-shined black shoes. They outfit residents riding in roofless water taxis, the gusts of wind somehow unable to yank off the hats, as if the hats had been woven into the wearers’ hair. Hats are painted into the imagery of murals on the concrete walls of open-air restaurants. Worn by grinning models in billboard advertisements for ready-made sauce packets — even atop fruit vendors at indoor markets, even though the men were not in want of shade.

I was reminded of the delicious voice of Silvia de Grasse, one of Panama’s renowned singers from the mid-20th century, who immortalized the hat in the song “Sombrero Jipijapa”, referring to the type of palm-like plant used to make the straw. The country’s proud attraction to an article of apparel, made from locally available palm trees, resembles the likeness of religious devotion. My own devotion to patch up my hat, and the pilgrimage to replace it with another, could be interpreted similarly. Perhaps it was appropriate that I had chosen a house of worship in which to make the repairs.

Panama is not alone in claiming a hat that has transcended fashion to become a piece of wearable culture. The American cowboy hat roams freely between pasture and party as a symbol of style and Western identity. In her book Fashion and Its Social Agendas: Class, Gender, and Identity in Clothing, sociologist Dr. Diana Crane reveals that hats hinted at one’s social rank in 19th century America and Europe. While hats, such as bowlers, were worn to indicate one’s bourgeois standing, they were soon commandeered by other social strata to blur class lines. In El Interior, any past blurring of class lines is complete: the sombrero pintado has become a wearable symbol of the region.

But the style of hat I refer to may not be the hat you’re imagining. The fabric-banded, fedora-style hat known as the Panama Hat, preferred by Hannibal Lecter, Jessica Alba, and rookie gangsters, is made in Ecuador. The Panama Hat acquired its misleading name when the hats were seen passing through Panama en route to Europe and the United States. A few know-it-all onlookers (as early as 1834) associated the hat with its transit point, not its country of origin, and the name stuck.

The California Gold Rush cemented the accessory’s name in history when Ecuadorian entrepreneurs shipped thousands of their hats to Panama to outfit the gold miners on their journey across the tropical isthmus. At the start of the 20th century, President Theodore Roosevelt donned a Panama Hat during his visit to the Panama Canal’s construction site, elevating the accessory from utility to fashion statement. Later in the century, Hollywood icons from Paul Newman to Johnny Depp insured the hat’s timelessness.

* * *

My sewing job had failed by the time I reached the town of La Pintada, a couple hours further east on the Pan-American Highway, where 5,000 artisans in and around the town weave most of Panama’s sombreros. My hat’s frowning gash had grown. The hat had lost its style, and perhaps its social acceptability. My wife, also in search of a hat, had joined me in the public minibus on the ride up the pasture-blanketed foothills of Panama’s Coclé province. The mountain range’s rough peaks poked up as if the horizon had been torn, and the air had grown cool and restless.

The Panamanian sombrero pintado took its name from this town, which used to boast the only painted (pintado) house in the area a century ago. Since the hats were woven here — and since Panamanians tend to be partial to landmark navigation as opposed to being reliant on street names — the town was named after the house, and the hats after the town. Like any self-respecting Panamanian town, La Pintada is easily navigable owing to its central plaza, complete with requisite gazebo, benches and manicured grassy area. Fellow passengers on the bus had told me to look for the store run by Reinaldo Quiróz, La Pintada’s most famous hat maker.

The living-room-sized store faced the central plaza and was covered with a corrugated aluminum roof. Rows of sombreros — some with dyed black rings, others with dashed weaves, others simply the natural sandy color of dried palm leaves — were attached to cords strung across the walls with clothespins. Quiróz found us inspecting the circular wooden molds onto which the crowns are woven. He had a compact frame but stood up as straight as a pillar, betraying none of the fatigue that might be expected from the monotony of fabricating the same article over the span of a lifetime.

“Hats are part of our culture,” Quiróz began when I asked him about the uses of the various hats he offered. Farmers usually buy two hats: a basic sombrero with a coarse weave and a large brim for work in the field; and another, the finer and more costly sombrero pintado for daily use.

“Sombreros were made in Panama over 200 years ago, before the arrival of Ecuadorian Panama Hats,” Quiróz explained. He unclipped a hat and held it up, spinning it slowly, as if it were a jewel. “A Panamanian sombrero does not have indentations on the crown like an Ecuadorian Panama Hat. It is made of woven rings sewn together in a spiral,” he said as his finger followed the outline of the brim. He explained that the materials are purely Panamanian: the black rings within the weave get their color from natural dyes used by the Emberá and Wounaan Amerindians of Panama’s easternmost jungle provinces.

Near the end of the 19th century, the popularity of the Ecuadorian Panama Hat threatened to topple the actual Panamanian sombrero industry. “Because of the great demand for Ecuadorian Panama Hats,” Quiróz explained, “the Panamanian government, around the year 1890, brought in artisans from Ecuador to teach Panamanians how to make the Ecuadorian Panama Hat.” It was a one-two punch: a foreign product had hijacked Panama’s cultural identity, and local artisans were being told to manufacture foreign Ecuadorian hats as a replacement to their own sombreros.

At that time, Panama was still a far-flung and rebellious province of Colombia. But when Panama gained sovereignty in 1903, the artisans, vitalized by their independence, began to teach their pupils how to make sombreros pintados instead of Ecuadorian Panama Hats. “Thirty years later,” Quiróz added, a glowing smirk growing across his face, “classes on the fabrication of sombreros pintados were obligatory in the primary schools of the Coclé province.”

Panamanians have also discovered that their sombreros offer a versatility that most molded Ecuadorian Panama Hats do not, thanks to basic geometry. The sombrero pintado’s round crown and slightly slanted brim have given Panamanians the ability to change the hat’s shape. Since human heads are oval, not round, the act of wearing the round hat distorts the crown, which in turn distorts the brim into a front and back flap. Each flap can be toggled up independently.

And not just for vanity. According to Quiróz, the bus drivers and fruit salesmen may be attempting to communicate their current temperament through their sombrero’s brim. He began decoding the head-bound language of El Interior by sliding on a sombrero pintado in a well-practiced motion and flipping up the front brim. He shook his fists and, while holding back a chuckle at his overemphasis, he said, “This style means that he is looking for a fight.” The angled-up accessory did not immediately register with me as an extension of angry posture, but I made a mental note to give such wearers a wide berth.

Both brims up? An economically-successful man. The front up and the entire hat tilted back? You would be facing a strong worker, since the extra tilt allows the wearer to wipe the sweat off his forehead. And like any language, this too has its regionalisms. “There are several interpretations from different parts of the country,” Quiróz said, flipping up only the front flap. In Coclé, unlike other areas, this wearer may not be ready to throw punches, but instead may be keeping secrets and cannot be trusted. A ladies’ man, for example. I surmised that both etymologies could share a common ancestor, one of manly overconfidence.

Any aspiring hat flap interpreter must also consider that wearing only the back flap up holds its own ambiguous pitfall. “In the Azuero Peninsula, this style means that the wearer is looking for a girlfriend.” In Coclé, however, the same style indicates that the wearer is an intellectual. I wondered what confusion might occur if a proudly educated lad from Coclé travels south to the neighboring Azuero Peninsula. How would the women know whether he was displaying the sartorial equivalent of a Facebook relationship status update or harmlessly preparing to bombard them with boring literary references?

Hat flap etymology has also been known to evolve over time. Many years ago, Quiróz explained, when a man wanted to kiss his girlfriend, he would use his hat to conceal the tender moment. When both flaps were down, more of the action was hidden. Today, wearing both flaps down currently holds a meaning that has morphed from the joy of a sneaky smoocher into a general mood of calmness and agreeability.

I glanced back at my mortally-wounded sombrero. With its flat, damaged brim, I knew it was not a real sombrero pintado, and thus was unable to articulate mood. Silent as it was, it still had something the sombrero pintado lacked: a ring of black and white yarn woven into a repetitive geometric pattern. I asked Quiróz if he knew what it was. He lifted it up and studied it. “This is a weave made in a different part of Coclé. The cotton design is an indigenous motif. It’s a newer design.” I enjoyed finally discovering that my hat was a newer — yet obscure — cousin of the sombrero pintado. But after learning of the latter’s influential history, I began trying on several from Quiróz’s wall.

My wife, eyeing my torn hat, asked Quiróz what would be the average life expectancy of one of his creations. “Four or five years,” he answered, “but if it is worn every day, then less. In Panama, there are people who change their hats every year.” I felt marginally better knowing that I was not as obsessed as Panama’s fashion slaves.

While the hats with finer weaves — up to $500 for one with twenty vueltas(rings), requiring a month to make — are more desirable, I opted for a coarser, seven-vuelta selection, one which could accept a makeshift neck strap without causing weave damage. My wife selected one with an accented pattern of birds. It was one of Quiróz’s modern designs, one that has expanded his clientele base to both sexes. Since his father started the business decades ago, Quiróz has introduced new patterns — fifty-nine in all — further shaping the evolution of the Panamanian sombrero.

In 2011, the Panamanian National Assembly formally recognized the cultural and economic importance of the hat by declaring October 19th the Day of the Sombrero Pintado. An annual festival takes place in the town of La Pintada and includes the participation of weavers from the surrounding area of Coclé.

While Panamanian hat makers have confidently reinstated their sartorial heritage in their own country, the misleading name of the Ecuadorian-made Panama Hat is still causing trouble in Ecuador. In a 2012 article in the Miami Herald International Edition, Alba Cabrera of the Ecuadorian Institute of Intellectual Property remarked, “In Ecuador it is prohibited to say ‘Panama Hat.’ Here, it is the Montecristi,” referring to the coastal town that produces many of the finest hats in the country. When I visited Ecuador in 2006, however, the hat vendors I’d spoken with still casually referred to their products as Panama Hats without any signs of unease.

Several tourism websites and online clothing retailers have also thrust themselves into the arena of thorny nomenclature by diplomatically referring to the accessory as the Ecuador Panama Hat — but no matter what the hat is named, its popularity is on the rise. Ecuador’s hat makers reported that sales were up 25% in 2014 as compared to the previous year. The trend would have been even steeper if it weren’t for the competition from cheaper, Chinese-made imitations, which some Ecuadorians refer to as “false Panamas” — a term the Panamanian sombrero weavers just might relish as fitting justice.

I had taken three steps out of Quiróz’s store when the wind made off with my new sombrero pintado. It didn’t matter how I adjusted the brim — as the intellectual, the agreeable chap, or the belligerent hothead — the gusts tore it off just the same and sent it rolling across La Pintada’s manicured square again and again.

* * *

Arroz con piña, or rice with pineapple, was the drink of the day at the bakery near the square. I was now in Penonomé, the capital of the Coclé province, about ten miles from La Pintada. I had just returned to the counter for another forty-cent Styrofoam cup of arroz con piña when a man in a light yellow guayabera and a sombrero pintado sat down at an outdoor table with his daughter. The weave on his hat was fine and smooth. Twelve, maybe fifteen vueltas. Both front and back flaps were up. He could have been alerting the bakery of his acute business sense. But I was more interested in how the hat stayed on his head, as my scientific side assured me that the upward flaps should provide lift.

I complimented him on his sombrero and asked him if he has had problems with Penonomé’s wind, a non-stop gusher of a breeze that gleefully joyrides down the slopes of the nearby mountains and into town. He nodded dismissively. How did he manage to keep it on his head? He probed me for a moment, freezing his pensive eyes on me, and then answered, “It’s the correct size.”

By that logic, I have never owned a hat of the correct size. I did not let that prevent me from wandering past the town’s quiet rows of colonial-era houses, admiring their stained and varnished doors that appeared as if they had just been constructed. The houses were lined up neatly, creating a wind tunnel. I kept one hand on my new hat, and I was mildly disappointed that there was no way to communicate frustration by means of brim manipulation.

My wandering led me to a dead end — the town’s cemetery. Many of the above-ground tombs had been adorned with pastel-colored tiles, the same all-purpose tiles one can find covering sidewalks, walls of churches and the floors of Panamanian bakeries, giving the cemetery an unusually welcoming and lively small-town atmosphere. Such a feeling was enhanced when I read the inscriptions and realized that almost everyone in and around Penonomé, both dead and alive, seemed to have one of two surnames, either Quiróz or Arosemena.

I was still carrying my old sombrero in a plastic bag. I could not bring myself to throw it in the trash, but I knew I had to rid myself of its needless bulk. Reflecting on the hat’s journey and how I had ushered it back to its home country and province, I placed it on an empty plot, somewhere between the tiled tombs of the Quirózes and the Arosemenas. Back to its old stomping grounds.

As I walked back past the row of colonial houses, one of the varnished doors had just opened and a thin young man in his late twenties emerged with a swagger. Nightfall was arriving, and the back flap of his hat was up. Cruising for ladies or signifying readiness for philosophical debate? Or both? Perhaps neither. One thing was certain: his hat was the correct size.

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De COMPASS CULTURA, 09/2016

Imágenes:
1                     The famous Ecuadorian-made Panama Hat (left). A Panamanian sombrero pintado (right).
2                     Panama’s interior region highlighted in yellow (referred to as El Interior by locals)
3                     President Theodore Roosevelt wearing a Panama Hat during his visit to the Panama Canal construction site
4                     Sombreros pintados on display in Reinaldo Quiróz’s shop in La Pintado. Photo by Darrin DuFord
5                     An advertisement for homemade-style tomato sauce depicts a model wearing a basic Panamanian sombrero. Photo by Darrin DuFord
6                     A Panamanian man sporting a sombrero pintado with an entirely-flipped up brim
7                     Women wearing sombreros pintados at the Sombrero Pintado Day festivital in La Pintada, Panama