Saturday, March 25, 2017

La casa, el origen, la vuelta

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES

Ministro 294, una puerta vieja. Sobre ella una pintura a la diabla, carcomida por unas termitas ya jubiladas. Una escalera hija de otra escalera. Más bien su verruga y mirándola de frente. No hay descenso a secas, sólo insinuación, siempre un nuevo “más abajo” desde otro ángulo. Pedazos de esquinas, el plan de Valparaíso, perspectivas infinitas, caos armonioso, arquitecturas sin unidad. Más allá, si se afina la vista, barcos y un pedazo de mar. Una calle más angosta de lo esperado. Cambios que no percibo a la primera. Los objetos libres de hace cuarenta años, una galería, un patio, plantas, árboles con alma atorrante, una vecina borracha fisgoneando, el mariconcito amigo diciéndole adiós al novio en el poste de luz, simplificados ahora en una muralla única, monocolor, proyectada, tan egoísta ella, hacia el cielo. Solo queda erguirse si se requiere algo de aire nuevo. Por de pronto, yo no lo hago. Lo mío es la tierra firme y su vértigo. Vuelvo a la escalera verruga, tan esquinada y descascarada, como si tuviese sarna y otros pesares. Malezas guachas que crecen sin futuro esplendor entre los peldaños. Al costado, pedazos de pastelones puestos en el limitado orden que permiten las duras penas del declive. El cerro, como siempre, obliga a seguir su perímetro fiero, rebelde y choro. Sentarse y respirar en un tiempo más largo que el requerido para trajinar por la vida. Mirar en derredor y decir sí, es mi casa. La vieja casa del comienzo, la primera página del cuento, el Big Bang particular y minúsculo, sólo detectado por mi olfato y no más de unos pocos centímetros más allá. Un día en que el universo apenas tuvo cosquillas y Dios ni se enteró (preocupado, como estaba, de jugarse con el Diablo la suerte del golpe de Estado que se venía). Pocos cambios a la vista, todos para peor. Es mi opinión y ahí se queda. Al menos no la han demolido, me consuelo. Al menos, desde afuera, se siente el mismo aroma. A tierra gredosa, humedad, basurilla, perros, gatos, ratones, chinches, pulgas y garrapatas. Reencontrarse con el propio inicio. La casa más vieja a pesar de los trabajos de hermoseamiento. Con sus ventanas ahora móviles, su estuco permanente, el adobe y el rechinar. Plomiza por vocación. Sin sus amorosos habitantes, eso sí, y ante eso, sólo resignación. Todos dispersos en ésta y otra vida. La abuela protectora, tías y tíos juguetones, primos leales, padres imberbes, el abuelo inmóvil (ya era hora). Yo mismo, sin ir más lejos, cuento con mi propia dispersión. Vecinos de aquel tiempo vueltos con los años personajes de culebrón, destino trágico para cada uno de ellos. ¡Cuidado! Hay riesgo en detener la viñeta. Desde las alturas, detrás de velos y ventanas, los nuevos habitantes me observan. Incluyendo a un perro ingrávido posado a metros de mi cabeza sobre unas planchas de zinc. Un intruso invadiendo el barrio, piensan de seguro, hay que corretearlo. No me entenderían, pienso yo, aunque se lo graficara en dibujos. El que se fue, se fue nomás, sentencian. Aun así, tomo asiento en el segundo peldaño. Con la cámara en tus manos, registras el instante. Se abre la compuerta nubosa y no queda más que lo esencial. Pañales de género hervidos a baño maría en fondos de hojalata. Viento marino helado haciendo el serpenteo ascendente de siempre. Lavadoras con manivela y espuma de Bio Luvil que se rebasa por el pasillo de madera. Calzones de goma, talco, chupete mosqueado y lleno pelusillas. Pero también consentimiento. Como en el aseo corporal paradito dentro de una tina de plástico, tetera de agua caliente, jabón y estropajo, los brazos serviciales de la abuela en fricción permanente, con algodón y colonia, toalla calientita sobre una estufa. Adiós a la piel de gallina, gustosa y regaloneada, con las prendas de vestir que esperan planchaditas sobre una silla. Sabrosa comida de emergencia, marraquetas gigantes y crujientes con mantequilla, huevo frito en paila pegado en costrones de aceite al metal, tostadas con paté de cerdo, té con cucharadas de azúcar, pescado frito en manteca, tortillas con chicharrones, tomate colorido y jugoso con cebolla, gaseosa Frambuesa Nobis para la sed, maicena con leche y chilenitos con manjar. Pobres pero bien comidos, sin tiempo para la sobremesa. Salgo volando y me reciben unos brazos. Vuelo de nuevo y caigo en otros. Como una suerte de vals, abuela, tíos, tías, padres, un vértigo que se detuvo sin aviso. Un camión de mudanza cargado de unas pocas cosas. Subo con mis padres a la máquina para emprender rumbo desconocido. Cuál de los dos más temeroso, toque de queda, nuevo empleo, cuidado con los soplones de la dictadura, convivir a solas con un niño y sus berrinches. Cada uno vuelto hacia dentro, sin toparse con el miedo del otro. Y yo, sobre sus faldas, sin saber de las razones poderosas para sumarme a ese caldero. Nos aprontamos al juego de la familia, la intimidad y autocontrol. Adiós a la casa vieja y al desbande. Viento seco y calor puentealtino. Otra ciudad. Ahora, al regresar a la dirección Ministro 294, quiero ser el mismo que partió. Tarea imposible. Me fusiono con la casa, sólo un instante, mientras me dice tú también has cambiado y para peor. Entonces, de qué me admiro tanto.

Imagen: http://static.panoramio.com/photos/original/32228758.jpg

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De CHILE LITERARIO, 20/03/2017

Golpear las sombras

JORGE MUZAM

Sigo atrincherado, oteando desde una casamata de hierro oxidado abandonada en un risco. Los caminos del enemigo dejaron de transitarse hace décadas y desde la casamata sólo veo alondras transportando ramitas secas.

Duermo en las noches con mi armadura puesta, el garrote bajo la almohada. Las batallas son incesantes. Golpeo las sombras, sudo, arremeto, mis brazos están en posición defensiva, no recuerdo el rostro de mis enemigos, sólo sé que están ahí.

Peleo por los míos, para defender mi posición, para vengar humillaciones pasadas, alguna vez lo hice por el socialismo, por el comunismo, por el anarquismo, por las bestias indefensas. Pronto percibí que era una burla a mi propia hombría. El ser humano es esencialmente una mierda anticomunista, una plaga de fieras acechando el mejor botín.


Imagen: Hernán Arévalo

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De CUADERNOS DE LA IRA (blog del autor), 14/03/2017

Friday, March 24, 2017

Don Derek

ROBERTO BURGOS CANTOR

En el transcurrir atropellado del mundo, las muertes sin tiros, envenenamientos ni explosiones, quedan relegadas a voces piadosas, lamentos de amistad, pesares por pérdidas que disminuye el sentimiento de compañía.

Algunos periódicos conservan el espacio de los obituarios, nombre antiguo de los libros parroquiales donde el trazo eclesiástico asentaba entierros y defunciones. Fue una ocupación respetable que aparece en alguna de las novelas de Antonio Tabucchi. Los encargados de necrológicas se daban mañas para oponer al dolor por la muerte, la alegría de lo que significó en vida.

Se echa de menos la forma, o género periodístico, cuando el lector enfrenta el desgreño con que se contó el fallecimiento de Derek Walcott en algunos medios. Una celebración del lugar común, la indiferente conformidad, en versos del Tuerto. “…Las personas graves dirán: - ¿De qué murió?
Walcott estuvo en Colombia. Por aquellos años en que se organizaba la feria del libro del Gran Caribe. Caminó por las calles y avenidas de Barranquilla. Lo acompañaban Gustavo Bell Lemus, Alfonso Múnera, Heriberto Fiorillo y, el poeta de Zipaquirá, Álvaro Rodríguez, quien tradujo El Reino del Caimito. “En el ocio de agosto, cuando la mar es apacible, y se aquietan las islas, hojas morenas sobre este mar Caribe,…”.  El poeta de Santa Lucía le mostraba con risueño asombro, a su mujer, cómo los edificios tenían nombres. Le dijo: como en García Márquez.

Después se metió en el laberinto de Cartagena de Indias, en el golpeteo incesante del mar, en sus campanas puntuales para el ángelus y el anuncio de la noche entre murciélagos y pájaros marinos de vuelo atrasado.

De esas ciudades por las cuales anduvo, Jamaica, Trinidad, Guadalupe, Martinica, con casonas de madera empujadas por los huracanes, alambreras destempladas por los pájaros en su vuelo ciego, ámbitos interrumpidos por las edificaciones de hoy; ahora pisaba a Barranquilla y Cartagena de Indias. La Arenosa, nueva, agregaba la corriente del río, su aroma a tierra arrancada y pedazos de bosque amontonados en la desembocadura  contra el mar color de ostra vieja. La heroica y bella apoyada en la eternidad de la piedra le regaló el silencio de los templos al anochecer. En todas respiró el olor del Caribe, su rastro de antiguas migraciones, sus secretos apenas rasguñados, una clave más para desentrañar  el enigma, el que navega en la sangre y el que reposa en el fondo del mar.

Memoria de los pasos, en sus poemas de 2005, Hijo Pródigo, talló a Cartagena:  “cuyas calles, si uno escucha a escondidas, hablarían castellano demótico”.

De ese mundo de esplendor caótico, Walcott, rescató el curso de una poesía. Afluente de lenguas. Enriquecido aporte a lo que nos pertenece: St.- John Perse, su tono majestuoso de ordenador del mundo. Aimé Césaire, el apropiador de lo no nombrado.

Ahora él. Para siempre.

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De BAÚL DE MAGO (columna del autor para EL UNIVERSAL), 23/03/2017

Cuando Baroja visitó a Durruti

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

Baroja visitando a Durruti, ¡Oh! ¡Ah! Solo falta que como música de fondo suene El asombro de Damasco… Curiosamente el anarquista Baroja –una de las grotescas imposturas literarias que adornan al personaje– hizo aquel viaje, no en pos de las huellas de anarquista alguno, sino del general carlista Gómez, el de la famosa «expedición», en compañía de dos personajes que poco más tarde le informarían puntualmente de los atentados cometidos por la Falange en Madrid, en los primeros meses de 1936, incluido el atentado contra Jiménez de Asúa del que estuvo acusado, qué casualidad, uno de sus dos compañeros de viaje… de contar las cosas, contarlo todo. Baroja fue a marcarse un tanto y cobrarse «bonitamente» (en genuina terminología de la famiglia) unos duros viajando de gorra en un coche de lujo que no era suyo, sino de un amigo adinerado, erudito, mucho, en guerras civiles, y bibliófilo consumado, que los representaba en España (y primo carnal del abuelo de un zascandil que ya me aburre con sus cuentos).  El anarquismo de Baroja es filfa de la buena, un lamparón más que un adorno. A Baroja le iba el folletín, ya fuera la pena de muerte, el anarquismo, el fascismo o las metempsicóticas... Y qué miopía la de Durruti y sus compañeros creyéndolo uno de los suyos.  (En París, casualmente en las cercanías del Colegio de España que acogió gratis a Baroja entre 1936 y 1937)

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De VIVIRDEBUENAGANA (blog del autor), 14/03/2017

Cuando Pío Baroja visitó a Durruti en prisión

SERVANDO ROCHA

«Durruti era un tipo para tener biografía en romance, en un pliego de literatura de cordel, con un grabado borroso en la primera página», afirmó Pío Baroja en El cabo de las tormentas. El escritor había sido alguien incómodo para unos y otros: no se decantó políticamente y de una forma clara por ningún bando pero, de hacerlo, hubiera sido por un tipo de anarquismo no violento, progresista y naturalista. Porque toda su enorme obra puede leerse también como una descripción del anarquismo de la época, que lo llevó a querer conocer a muchas de las grandes figuras de entonces, como en Londres, cuando visitó y pasó varios días en compañía del legendario Malatesta, que entonces regentaba un taller mecánico y, secretamente, mantenía conexiones con grupos libertarios de medio mundo.

Una de sus mejores novelas, perteneciente además a La lucha por la vida, está dedicada enteramente a los esfuerzos de los anarquistas. Me refiero a Aurora Roja, aunque toda su obra está sembrada de referencias hacia el anarquismo y los anarquistas, que conoció y, en algunos casos, compartió sus puntos de vista y aspiraciones. En El cabo de las tormentas aparece la descripción de una de las acciones cometidas por Durruti y sus compañeros:

«El cardenal-arzobispo de Zaragoza era un reaccionario de influencia. La ejercía no solo en su sede sino en Barcelona y recomendaba a las autoridades de allí medidas fuertes y duras contra los obreros y los agitadores. Los anarquistas sabían que el arzobispo conferenciaba en Reus con los jefes de la Patronal de Barcelona y daba consejos para atacar a la organización sindicalista obrera. La banda marchó a Zaragoza; se entendieron los directores con una vieja anarquista catalana que vivía allí hacía algún tiempo, la ciudadana Teresa, y entre todos prepararon una emboscada y mataron al arzobispo una tarde que iba a una posesión suya llamada “El Terminillo”. El arzobispo fue muerto en el auto cuando entraba en su finca, donde había establecido una escuela dirigida por monjas. Los anarquistas le hicieron veinte disparos. El arzobispo cayó muerto y quedaron heridos sus familiares y el chofer».

Sin embargo, un hecho menos conocido tanto de su vida como de la del titán del anarquismo español Durruti, fue la relación que ambos mantuvieron.

Durruti, junto a otros compañeros, amigos y militantes anarquistas como Ascaso y «Combina», habían sido detenidos el 2 de abril de 1933 en Sevilla, a la salida del Congreso Regional de Andalucía y Extremadura. No se les acusó de un delito contra la propiedad privada, sino que fueron conducidos ante el juez por un delito de opinión, como autores de un mítin pronunciado a la clausura del Congreso. Inicialmente fueron encarcelados en la cárcel del Pópulo de Sevilla y, posteriormente, marcharon al penal del Puerto de Santa María, en Cádiz.
BUENAVENTURA DURRUTI, EN EL CENTRO, JUNTO A GREGORIO JOVER Y FRANCISCO ASCASO (PARÍS, 1926)

Baroja visitó inmediatamente a Durruti. Ambos hablaron en privado después de un emocionante recibimiento a Baroja, durante el cual los presos levantaron sus brazos y puños, considerándolo «uno de los suyos». Baroja reaccionó un tanto azorado y con sorpresa.
ANTIGUA CÁRCEL DEL PÓPULO DE SEVILLA EN LA QUE INGRESÓ DURRUTI Y VISITÓ BAROJA. FOTOGRAFÍA TOMADA EN LOS AÑOS TREINTA

El anarquista, en una carta fechada 3 de junio de 1933, menciona la visita del escritor: «Pío Baroja, cuando vino a verme a la cárcel de Sevilla me decía: "Es terrible lo que hacen con ustedes", y yo le pregunté qué posición cree Don Pío que debemos adoptar nosotros frente a estas arbitrariedades. No supo qué contestar. Luego he leído un artículo de él en Ahora, que es la contestación que no se atrevía a darme a través de las rejas».
DÍEZ, ASCASO, PÉREZ COMBINA, DURRUTI Y LORDA EN LA CÁRCEL DE PUERTO SANTA MARÍA (1933)

Durruti se refiere a una pieza escrita por Baroja, titulada «Latifundio y comunismo»,  y publicada en Ahora el 23 de abril de 1933:

«Esto pensaba el otro día aquí, en Sevilla, cuando fui a hablar en la cárcel del Pópulo, vieja, sucia y pintoresca, una cárcel del tiempo de Menmée, con los anarquistas presos. Estos se hallan detenidos por haber hablado con violencia en un mitin. Les vi desde el locutorio, a lo lejos, entre las rejas, como fieras enjauladas. Estaban Durruti, Ascaso, Pérez Combina, Zimmerman, Paulino Díaz y otros muchachos jóvenes. Como los anarquistas son discutidores, comenzaron a discutir conmigo. Hablaban con entusiasmo de la revolución que consideraban próximay del triunfo del comunismo libertario. Yo presentaba mis objeciones de hombre incrédulo y dogmático. Al salir de la cárcel pensaba:  
—¡Quién sabe si lo que propugnan estos hombres, en vez de ser lo utópico del  futuro, sea en Andalucía algo ancestral y tradicional!».
BAROJA Y SU ENCUENTRO CON DURRUTI EN AHORA (23 DE ABRIL DE 1933)
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De AGENTE PROVOCADOR, 13/03/2017

La suerte está echada

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

Chuquiagomarka. Celebración y fuga: la crónica de La Paz  que me han rechazado varias editoriales en España, incluida Pamiela; otras ni se han dignado contestarme o leerlo siquiera. Yo creo en ese libro, he puesto en él mucho de mi vida en Bolivia a lo largo de nueve viajes. Pero me temo que la suerte esté echada y que esta no depende de mí. Ahora parece que, por fin, va a salir en Bolivia y eso me alegra y me tiene inquieto, gracias a la suerte, a la dichosa suerte.

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De VIVIRDEBUENAGANA (blog del autor), 05/03/2017

Wednesday, March 22, 2017

El futuro

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

¿Y eso qué es? A cierta edad, y como mucho, no pasa der la repetición tenaz del presente, la larga espera a fuerza de recuerdos, el despeñadero inevitable a plazo fijo... Para saberlo no hay que irse a las metempsicóticas de los arrabales, como decía Baroja que hacía en el París de 1938-1940, y como hizo el pintor Solana, a que te echen las cartas del tarot, como me las echó a mí una gitana rubia, de mi edad, delgada y maliciosa, de manos y boca de nicotina,  en las minas de Huanuni.

Hoy me he enterado de que el método de adivinación que yo creí genuino de los Andes, el practicado por los yatiris en las calles de La Paz y en las apachetas de la carretera de Oruro, y otras, consistente en echar plomo o estaño fundido, en una sartén, en un balde de agua y leer el futuro en la forma que coja el gurruño, era muy conocido en la Edad Media en las regiones del Rhône y del Saône, la molybdomancia, y que ahora mismo está de actualidad en los arrabales parisinos (barrios sensibles) gracias a las «brujas» del norte de África que hacen negocio con los miedos e inquietudes de gente acosada por el fantasma de la desdicha... Nuestras nadas poco difieren, sostenía Borges, nuestros miedos todavía menos.

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De VIVIRDEBUENAGANA (blog del autor), 15/03/2017