Thursday, August 17, 2017

Escritos contraproductivos

OSVALDO BAIGORRIA

Quisiera compartir y recomendar algunas lecturas de autores que, en distintas décadas del siglo XX, desde los márgenes interiores de ese sistema que en Argentina suele distinguirse como “literatura”, cuestionaron el crecimiento de los dispositivos de control burocráticos, mercantiles y académicos sobre la creación artística en general y literaria en particular. Por su oposición a las ideologías productivistas y consumistas, estos autores pueden ser considerados como parte de una constelación crítica que reivindicó a la literatura como un arte que, por ser arte, no es o no debería ser un trabajo, o no debería estar condicionado por el trabajo.

Aclaración: Aquí se entenderá por “trabajo” no a la dedicación intensa, precisa y concentrada que puede requerir toda creación sino a ese conjunto de labores (laborlavoro o laburo, como se dice entre nos, a veces como excusa: “¡esto es mucho laburo!“) y actividades remuneradas (bien o mal), forzadas (en el sentido de que suelen ser percibidas como sumisión, esclavitud –también autoimpuesta) y que tienden a condicionar la producción literaria mediante exigencias, obligaciones sociales, de convivencia, etc. O sea, ese conjunto de demandas extra-artísticas, esos esfuerzos y actividades que por necesidad resultan ajenas o enajenantes respecto al arte. Este nunca podría ser tan necesario como el trabajo, porque se supone que el trabajo tiene o debe tener alguna utilidad y el arte no, o no necesariamente. El arte estaría más cerca del lado de lo inútil.

Ahora bien: la cuestión de la utilidad o inutilidad del arte tiene una larga historia de debates en el discurso literario que por límites de tiempo y espacio aquí no vamos a revisar, desde las conocidas críticas al trabajo que se realizaron desde Rimbaud, Robert L. Stevenson y Oscar Wilde hasta Roland Barthes, Peter Handke y Michel Houllebeck, entre otros (1). La idea de que el arte no es o no debería ser útil, ni servir a la sociedad, a la comunicación ni a nada exterior a sí mismo es parte de esas discusiones que, como uds. saben, se dieron en formas muy vehementes durante los siglos XIX y XX, aunque más en Europa que en América Latina, tal vez, porque aquí esos debates irrumpieron de manera si no tardía, al menos desigual, por razones económicas, demográficas y geopolíticas (2). Un efecto de esa desigualdad es que la ideología de la pureza del arte o de la “no contaminación” del artista nunca fue realmente hegemónica en nuestro campo literario, en parte porque los procesos de descolonización e independencia de los países latinoamericanos, al menos en los de habla hispana, promovieron un tipo de escritores que fueron como intelectuales orgánicos de las nuevas naciones y de las burocracias estatales, escritores militares y militantes, diplomáticos, jueces, políticos y también periodistas, o sea, autores que accedieron a un espacio de legitimación mediante la publicación en periódicos. De modo que las resistencias al trabajo, la profesionalización y la burocratización del escritor aquí solo pudieron darse en formas híbridas y contaminadas por el cuerpo social, en el interior profundo y a la vez en los márgenes de un campo en formación, de límites imprecisos y en constante cambio.

Por ejemplo, un autor que en los años 80 combatió la domesticación del lenguaje poético por parte del discurso académico y de la crítica universitaria fue Néstor Perlongher, poeta y animador central de la corriente neobarroca rioplatense. En varios textos teóricos y comentarios de libros, pero más nítidamente en sus ensayos “Poesía y éxtasis”, “La barroquización”, “Ondas en el fiord (acerca de Osvaldo Lamborghini)” y también en un ensayo en torno a su propia obra, “Sobre Alambres”, Perlongher sostuvo que el lenguaje de la poesía, esa forma literaria que es la menos comercial de todas,“siempre choca y corre los límites” del discurso convencional y racional de la academia. La poesía sería producto de un estado de trance, de éxtasis, de un deseo de salir de sí, de dejar de ser lo que se es en el mundo habitual: “Sábese que la poesía no es comunicación: busca el salto de la aliteración o de la metáfora, la reverberación intensiva de sones y colores” (3). Pero claro, dado que al poeta no se le entiende (como poeta), entonces se le invita a hablar sobre poesía. Así, el espectáculo montado en los eventos culturales y en los escenarios académicos le reservaría al poeta un “destino parlante”, decía Perlongher, un destino que desde luego se extiende más allá de las corrientes barrocas o neobarrocas, alcanzando a poetas objetivistas, narrativistas, etc. a quienes se puede entender o no, pero igual no se los lee y se los invita a hablar y a presentar ponencias sobre literatura o, en el mejor de los casos, a leer en público en espacios institucionales donde asisten sobre todo los familiares, los amigos y otros aspirantes a poeta. Según Perlongher, la incitación al discurso literario que emerge desde el aparato de la crítica universitaria, además de pretender la traducción racional que la experimentación poética ejerce sobre la lengua, funciona como dispositivo de sobrecodificación: “Cabe preguntarse hasta qué punto el discurso sobre la poesía al que los eventos culturales obligan, no es una manera de domesticar… la áspera refulgencia del verbo imantado. Dejo registrada mi queja contra esta doblegación genuflexa de la inspiración por la música de cátedra” (4)

Perlongher se quejaba pero trabajaba como profesor (o tal vez por eso se quejaba) y también como investigador universitario en los 80 en Brasil y antes, en los 70 en Argentina, cuando lo conocí, era encuestador para agencias de marketing, entre otros trabajos precarios, ganándose la vida, como él decía, “con el sudor de mis biromes”.

Otro caso fue Néstor Sánchez, quien en los años 60 y principios de los 70 cuestionó de maneras más intensas y hasta fundamentalistas la profesión de escritor. Sánchez escribió cuatro novelas y un libro de cuentos, disfrutó de una fama inicial comparable a la de Manuel Puig, trabajó para la editorial Gallimard en París, y luego desapareció durante más de una década, sobreviviendo como un vagabundo en ciudades del norte de Europa y EE UU. A través de sus novelas, ensayos y relatos breves, Sánchez repudió el dominio de las convenciones de lo que él llamaba el “oficio literario” y las demandas de comunicación que enajenan la escritura y la alejan de la poesía (5). En plena época del boom latinoamericano, sostuvo un programa absolutamente anti comercial: ninguna sujeción a las necesidades del mercado e incluso del propio lector; rechazo de todo realismo, de todo “compromiso” (político, social, etc.), y de toda relación de la literatura con la información. En contra de la figura del escritor como hombre-máquina, un hombre encadenado a una silla y a un teclado, Sánchez reivindicó a la escritura como un don y un estado de gracia. Y en contra de quienes dividen la narrativa de la poesía, intentó llevar a la novela la experiencia poética, la experiencia del ritmo e incluso de la improvisación en la música, como se hacía en el free-jazz. Para Sánchez, la escritura de una novela debía ser una experiencia de cuestionamiento y de transformación personal. La escritura podía llegar a ser ininteligible y solo importaría como instrumento de mutación y de conocimiento de sí. Una novela sería como un proceso abierto, como la vida misma, sin ninguna obligación de trasmitir nada a nadie, ni personajes consecuentes, ni acciones que irán fatalmente a cumplirse, ni la menor idea de lo que uno va a decir porque lo que se irá a decir siempre es demasiado incierto: sólo partir de algunas imágenes primarias o elementales y un ritmo que irá organizándose con cierta vacilación e improvisación a medida que se desarrolla.

En “¿Una poética del cambio?”, Sánchez postulaba que “escribir, antes que producir valores jerarquizados de consumo, es una forma de cuestionarse a uno mismo como vida y de cuestionar la vida de los otros” (6). En otro ensayo, “En relación a la novela como proceso o ciclo de vida”, confesó que alguna vez pensó en una novela realista, hecha para el mercado pero se sintió aterrorizado: “pensar una novela donde sucedan cosas interesantes, donde ambulen personajes que a su vez digan cosas interesantes. Trabajar casi todos los días con ese material y su sintaxis, terminar un libro. Conocí gente que hace eso, gente pública, me asomé a sus vidas, los escuché hablar, tuve terror” (7).Y en su “Diario de Manhattan” observó la abundancia de la oferta de libros en Nueva York de esta manera: “Escarnecen las librerías con su iluminismo misérrimo: toneladas de papel impreso nada más al servicio de la atrofia del discernimiento colectivo. Cantidad en lugar de calidad… Olor a tinta ácida, libros huecos, sin peso, ni siquiera el cuidado relativo de la edición para atemperar en algo lo epidémico” (8).

Pero décadas antes de Néstor Sánchez, entre los años 20 y 40, hubo un precursor de estas críticas que fue al mismo tiempo lateral y central, de una centralidad que llegó al punto de ejercer una influencia oblicua sobre Perlongher, Sánchez, y también Borges y César Aira, el mismo Aira que en entrevistas ha declarado que él no es de aquellos escritores que escriben para ganar dinero sino de aquellos a los que les gusta escribir (9). Ese oscuro precursor se llamaba Macedonio Fernández. Un autor más citado o parafraseado que leído, lo cual es un destino que quizá a él no le disgustaría para nada. Macedonio nació en Buenos Aires en 1874, cursó la carrera de Derecho, ejerció como abogado e incluso como fiscal federal pero fue ante todo el autor de una inmensa obra poética, ensayística y narrativa, con traducciones parciales al inglés, alemán, italiano, polaco y otras lenguas, obra publicada mayormente después de su muerte en 1952. Su libro más conocido, “Museo de la Novela de la Eterna”, tiene 57 prólogos y 20 capítulos que también parecen prólogos y algunos epílogos que no son tales, incluido el llamado “prólogo final” y titulado “Al que quiera escribir esta novela”. Allí, Macedonio dejó “autorizado a todo escritor futuro de impulso y circunstancias que favorezcan un intenso trabajo, para corregirlo y editarlo libremente, con o sin mención de mi obra y nombre. No será poco el trabajo. Suprima, enmiende, cambie, pero, si acaso, que algo quede”.

Macedonio desarrolló una crítica fragmentaria, con ironías y sarcasmos, sobre el “arte por encargo”, es decir, el arte producido por motivos ajenos al arte, y construyó una obra narrativa caracterizada por diferir la finalización del producto, una obra que se presentaba como producto inacabado y como mantenimiento de la promesa de escribir más, la cual nunca se concretaba y mantenía así su estado de promesa. En cuanto a su crítica al “artista que trabaja” en un tema o “asunto” o motivación ajena al arte en sí mismo, se basaba en la idea de que “el estado de emoción artística no debe tener ninguna instructividad o información ni tampoco tener otra finalidad que sí mismo”, una fórmula que de alguna manera dialogaba con “El crítico artista” de Oscar Wilde (10). Ese diálogo se extendería a la cuestión del no-hacer. Wilde había escrito: “El elegido vive para no hacer nada” pero “no hacer absolutamente nada es la cosa más difícil del mundo, la más difícil y la más intelectual” (11). Bueno, Macedonio inventó un silogismo: “Me gusta lo difícil; nada más difícil que el ocio; me gusta el ocio” (12). Pero resulta que la gente sólo cree en el ocio de los ricos, ya que con los pobres nadie se toma el trabajo de creerles su ocio, decía Macedonio: “Para que mi ocio sea creído… daré pronto un gran volumen que ya tiene nacido el título (el mejor título, el esperado, es decir, el de prometer un libro) y también tiene algo del cuerpo; tengo ya clientela hecha para mis promesas de obras, no sólo porque las cumplo volviendo a prometerlas sino porque no las cumplo de otro modo y mi descansada clientela sólo en mí encuentra esta forma de descanso y no se me va. Se estudiará en ese libro “El utilaje del desocupado”, “Dónde está y donde no está el Ocio”, “Donde no ver trabajar”, etc.” (13).
En fin: Macedonio fue de algún modo un artista conceptual que cuestionó con gracia el dominio de la gestión burocrática y administrativa sobre las artes y sobre todas las actividades sociales, denunciando eso que él llamaba la “simulación de trabajo” implícita en las tediosas tareas de llenar formularios, redactar informes, etc., algo que ocupa gran parte del tiempo de la humanidad y que para Macedonio era una forma muy estúpida de trabajo. En otro texto, titulado “El no hacer”, sugirió que no hacer nada no es “un género en el que se hayan hecho ya todos los progresos”: siempre puede faltar algo por no hacer. Ese texto refiere a una estancia imaginaria donde nadie hacía nada, y sin embargo los habitantes tenían por momentos la duda de si no faltaría algo todavía por dejar de hacer. Un día a esa estancia llegó un desconocido, que por su manera de andar tranquila, despreocupada, les pareció a todos que tenía el aspecto de ser un verdadero experto en el arte del no-hacer, o que debía conocer algo que podía ampliar el catálogo del no hacer. Y en efecto, el desconocido tenía ese don: había aprendido cómo era la vida de las burocracias urbanas. Fue invitado a quedarse en la estancia y les explicó a todos que sí había algo a añadir al puro no-hacer: el que ellos tenían era incompleto porque les faltaba un ingrediente primario que existía en toda oficina del Estado, donde a los empleados se los obligaba solamente a firmar un horario de presencia cada día y, para que su no-hacer fuese visible, se les encargaba redactar informes y memorias sobre lo que no hacían, lo cual en última instancia sería estúpido pero no tan trabajoso porque se podía realizar arrancando páginas de cualquier novela y firmándolas. Así los convenció a todos y así empezaron en la estancia los informes del capataz, de la cocinera, del proveedor y otras tantas páginas de novela que fueron como “la autenticación del No-hacer, que es lo que les había faltado siempre” (14).

Finalmente, para terminar con esta exposición antes de que se parezca a esa “música de cátedra” que detestaba Perlongher, diré a modo de resumen que a los textos aquí mencionados los he llamado “contraproductivos” en sentido amplio y en sentido estricto, dado que no parecen haber tenido ningún efecto práctico, político, pedagógico directo sobre el sistema literario o el cuerpo social (probablemente ese nunca fue su objetivo). Al contrario, dan la impresión de haber sido escritos por “amor al arte” y por amor al “arte por el arte”.


Publicado en ¿Es el arte un misterio o un ministerio?El arte contemporáneo frente a los desafíos del profesionalismo, Inés Katzenstein y Claudio Iglesias, Siglo XXI/ Universidad Torcuato Di Tella, 2017, compilación de las conferencias de las Jornadas de Arte y Estética que organizó en 2015 el Departamento de Arte en dicha universidad.

Notas

  • 1) Ver Baigorria, Osvaldo (comp.) Con el sudor de tu frente, Interzona, Buenos Aires, 2014 y Houllebeck, Michel. El mundo como supermercado, Anagrama, Barcelona. 2000 y P.Lovecraft. Contra el mundo, contra la vida, Siruela, Madrid, 1991.
  • 2) Ver Ramos, Julio. Desencuentros de la modernidad en América Latina. Literatura y política en el siglo XIX, pp. 90-147, Editorial Cuarto Propio, Santiago de Chile, 2003 (hay otras ediciones). Ramos plantea que en Europa el discurso literario tuvo soportes institucionales, en la educación, en la emergencia de un público lector y en un mercado editorial desde fines del siglo XVIII, mientras que en América Latina ese mercado no se establecería sino hacia fines del XIX o comienzos del XX, una desigualdad que daría lugar a estrechas formas de dependencia entre el discurso literario y la intervención estatal y política.
  • 3) Perlongher, Néstor, “Poesía y éxtasis” en Prosa plebeya, pp.184-190, Excursiones, Bs As, 2013). Esa intensidad de la poesía sería comparable al éxtasis inducido por ritos, danzas, experiencias místicas e ingesta de alucinógenos, que en los casos límites podría llevar a una desintegración del yo, a un pasaje hacia otro estado de fusión o confusión con el afuera. De ahí la posible deriva barroca de la escritura. La corriente que Perlongher bautizó como “neobarrosa” en alusión a la manera en que el lenguaje chapotea en su descenso desde el Caribe hasta el barro de los márgenes del Río de la Plata, reivindicó al barroco como un arte extraterritorial que había florecido en áreas marginales, Italia, España, Hispanoamérica: “Revolucionario por su marginalidad, por su excentricidad, por su exceso, el barroco mantiene una férrea disputa con el racionalismo discursivo que se torna dominante en Occidente” (“La barroquización” en op. cit. pp 113-114). Por cierto, el barroco contemporáneo –a diferencia del Siglo de Oro- carecería de un suelo literario homogéneo, de una base de clasicismo desde donde el lenguaje puede hacer sus piruetas y salirse de órbita. Por ello el neobarroco y su versión rioplatense neobarrosa, se lanzarían a carnavalizar, a parodiar y a desterritorializar la tradición de poesía gauchesca (Leónidas Lamborghini), los discursos militantes y la violencia autoritaria (Osvaldo Lamborghini), el realismo social y la idea de que la literatura deba ser un instrumento de comunicación, como el poema “Cadáveres” del propio Perlongher. Esa fuerza dionisíaca en estado puro es como un veneno, advertía Perlongher, algo que es imposible de ser vivido porque el trance extático puede acarrear el aniquilamiento no solo del yo sino de la vida. La poesía le da forma a esa fuerza pero a través de un trance en el que uno, “tocado por la palabra poética, que pasa, como el santo por su caballo o su burro, a través de sí, saliendo de su lengua o de sus yemas, se va del otro lado.¿Y el poeta? No está. Está del otro lado. Dado vuelta. Es otros… Para mantener la lucidez en medio del torbellino, hace falta una forma. Sabemos que esa forma es poética. Intuimos que puede ser divina” (“Poesía y éxtasis” en op. cit. pp.184-190).
  • 4) Perlongher, op. cit. p. 186
  • 5) Sánchez, Néstor, Ojo de rapiña, La Comarca, Bs. As., 2013 pp.69-76, 81, 127.
  • 6) Sánchez, N. “¿Una poética del cambio?” en Ojo de rapiña, p.127
  • 7) Sánchez, N. op cit. p. 97
  • 8) Sánchez. N. La condición efímera, Sudamericana, Bs As, 1989, p.47
  • 9) Aira, C. “Estoy buscando formas literarias ajenas a la novela”, entrevista de Jaime Cabrera Junco, Lima, octubre 2013, a partir del coloquio “La autoficción en América Latina”, organizado por la Universidad Pontificia del Perú, http://leeporgusto.com/cesar-aira-estoy-buscando-formas-literarias-totalmente-ajenas-a-la-novela/ y Aira C. “Literature is the queen of the arts”. Peter Adolphsen para Louisiana Literatura Festival (2012), https://www.youtube.com/watch?v=t9qNxAnDKoc
  • 10) Oscar Wilde, El crítico artista, Hyspamérica, Bs. As., 1985 (Biblioteca personal J.L. Borges) pp.65-66. “La emoción por la emoción es la finalidad del arte”… “La finalidad del arte consiste en crear estados del alma”.
  • 11) Wilde, op. cit. p.66
  • 12) Fernández, Macedonio, “El neceser de la ociosidad”, Textos selectos, p.127. Corregidor, Bs As, 2012.
  • 13) Fernández, Macedonio, op. cit. p.128
  • 14) Fernández, Macedonio, op. cit. 125-127
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De PASEO ESQUIZO, 17/06/2017

Os impasses em torno de um ritual boliviano de lutas

FABIANO MAISONNAVE

Aos quatro anos, José Luiz Cruz caminhou com os pais por cerca de uma hora até a praça central do vilarejo de Macha, no altiplano boliviano. O filho de camponeses, vestido em coloridos trajes bordados, marchou e dançou com o seu grupo em volta da praça principal. Depois, foi colocado em um círculo e, incentivado pela comunidade, trocou socos com outra criança do seu tamanho.

Era a primeira vez que Cruz, hoje com 27 anos, participava do Tinku ("encontro", em quéchua), festa ritual realizada principalmente no norte do departamento de Potosí. "Desde então, só perdi um Tinku, porque estava no Exército", contou ele à Folha, a dois dias do ritual, que, em Macha, costuma ocorrer no início de maio.

Não se sabe quando o Tinku começou a ser celebrado, mas os primeiros espanhóis que chegaram à região, no século 16, o descreveram. Apesar de sua rotina de lutas sangrentas e mortes, persiste como a celebração anual mais aguardada da região.

Fora dessa data, Macha e seu entorno, de altitude média de 3.500 metros acima do nível do mar, sobrevive da agricultura de subsistência, praticada em pequenas faixas de terra incrustadas em montanhas pedregosas. Algumas comunidades só falam quéchua, e as mais distantes estão a até quatro horas do "casco urbano", de apenas 2.000 habitantes.

Desde o período colonial, o ritual vem sofrendo modificações, sendo a mais visível a homenagem a Cristo, a ponto de também ser conhecido como Festa da Cruz.

Outra mudança, mais recente, tem a ver com a presença de policiais. Nos anos 1970, durante a ditadura militar, o governo enviou tropas do Exército para tentar impedir o Tinku. A partir daí, explica o antropólogo italiano Michele de Laurentiis, que defendeu um doutorado sobre o tema na Universidade de Messina, a participação das forças de segurança foi "se institucionalizando" e atualmente é negociada entre líderes camponeses e os governos locais.

Nos últimos anos, coube ao presidente do país, Evo Morales, tentar influenciar o Tinku.

Ao mesmo tempo em que se tornou protegido por uma lei, o rito vem sendo relido pelo governo, por meio do vice-ministério da Descolonização. Segundo essa revisão oficial, a violência foi introduzida ao ritual pelos espanhóis -o problema é convencer os camponeses disso.

PACHAMAMA

No primeiro domingo de maio, membros de cerca de 70 comunidades rurais lotaram as ruas de Macha para render homenagem a Jesus Cristo e a Pachamama (mãe-terra), dançar ao som do charango (instrumento de cordas) e da jula jula (flauta andina). Vão ao local para confraternizar, cortejar, consumir grandes quantidades de chicha caseira (bebida alcoólica feita do milho), batizar os filhos na igreja -e, sobretudo, para tomar parte de sangrentas brigas individuais e coletivas que às vezes terminam em morte.

Para o Tinku deste ano, foram enviados 54 policiais a Macha. Empunhando chicotes no lugar de cassetetes, eles organizaram centenas de lutas entre camponeses, moderando a violência.

A grande preocupação é evitar os óbitos, bastante frequentes até poucos anos atrás. Caso ocorram, porém, não há inquérito. Durante o Tinku, o que vale é a Justiça originária, baseada na lei indígena e que, pela nova Constituição boliviana, ocupa o mesmo nível hierárquico que a Justiça comum.

A rotina se repetiu durante todo o dia: aos gritos de "cancha, cancha" e distribuindo chicotadas, os policiais formam um pequeno círculo em meio a dezenas de camponeses divididos entre as comunidades (ayllus) de cima e as de baixo, de acordo com sua posição na formação da roda.

Trocas de olhares, provocações e dedos apontados são os signos usados para acertar as brigas entre membros de cada grupo. Concedida a autorização policial, os oponentes entram no círculo e passam a trocar socos freneticamente -os poucos que levantam guarda ou se esquivam, como no boxe, são ridicularizados pelo adversário e até retirados da luta.

A briga dificilmente chega a durar um minuto: quando um oponente cai ou está perdendo, os policiais retomam os chicotes para afastar os contendentes, aos gritos de "basta". Quase todos saem sangrando, às vezes profusamente. Alguns precisam ser carregados.

Os desafios envolvem todas as faixas etárias e mulheres, embora a maioria seja entre homens jovens e de meia-idade. A reportagem só presenciou duas lutas entre mulheres e nenhuma de crianças.

Os cerca de 20 estrangeiros presentes, entre turistas e jornalistas, eram recebidos com reações variadas. Muitos se incomodavam com as câmeras, outros ofereciam entrevista em troca de dinheiro e uma minoria se prestava a explicar o Tinku espontaneamente ou convidava para tomar um trago.

Um fotógrafo espanhol aceitou chichas demais. Embriagado, levou socos e teve a câmera roubada. A subprefeitura foi avisada e conseguiu devolver o equipamento no dia seguinte, salientando que, "em Macha, nada se perde".

Na praça, a intensidade das provocações entre os dois grupos costuma aumentar até as brigas se multiplicarem e se transformarem numa batalha campal. A polícia lança mão do spray de pimenta, enquanto as mulheres tentam separar brigas dos maridos com chicotes ou varetas.

Quando tampouco isso é suficiente ou se os grupos começam a lançar pedras, chega a vez do gás lacrimogêneo. A correria e a dispersão duram apenas alguns minutos, até os policiais recuperarem o fôlego e organizarem novamente a "cancha".

PLURALISMO

"A lei fica sem efeito um dia por ano", explica o diretor de assuntos jurídicos do Ministério de Culturas e Turismo, Marvin Molina. "A polícia não pode impedir o enfrentamento físico, apenas os excessos na realização da cultura originária. É um dos poucos lugares do mundo onde se vive o pluralismo jurídico."

A violência é explicada de maneira contraditória pelos participantes. O sangue derramado e a morte são justificados como uma oferenda a Pachamama em troca de uma boa colheita. A briga em si ocorre por "costume", explicam.

Ao mesmo tempo, a intervenção policial não é contestada, embora muitas vezes se revele impotente.
Cruz, que, além de agricultor, está no seu primeiro mandato como vereador pelo partido governista MAS (Movimento ao Socialismo), explica: "Se há luta e sai sangue, é uma homenagem a Pachamama, para que tenha um bom ano na agricultura. Quando morre gente, é um bom ano, um ano produtivo. Quando não morre gente, a produção cai para o ano seguinte. Nestes dois últimos anos sem mortes, tivemos granizo e desastres naturais."

E, no mesmo fôlego, arremata: "Nós, como governo municipal, estamos evitando mortes. Já não deixamos que haja esse problema, porque não podemos fazer do ser humano um brinquedo. Por esse motivo, haverá uns 50 policiais para dar segurança à população."

"Há uma atitude bem ambígua sobre a morte", explica, por telefone, De Laurentiis, que estudou o Tinku de Aymaya, uma localidade vizinha a Macha. "Por um lado, a morte é voltar a nascer e entrar no circuito de reprodução da terra e do cosmo", afirma. "Por outro lado, tentam também prevenir. Há três dias de rituais antes de participar do Tinku. Um deles se destina a saber o que vai se passar no Tinku e criar uma relação com os antepassados para que se evite principalmente a morte."

DESCOLONIZAÇÃO

O caráter violento do Tinku vem representando um desafio para Evo Morales, o primeiro presidente indígena da Bolívia, originário da etnia aimará, que não participa do Tinku. Ele nasceu a algumas dezenas de quilômetros de Macha, embora tenha migrado ainda criança para o distante departamento de Cochabamba, fora do altiplano árido.

A valorização da cultura e da organização indígenas (70% da população boliviana) é um tema central para seu governo. Sob o marco da nova Constituição boliviana, de 2009, o país passou a ser nominalmente um Estado plurinacional. Há um capítulo específico para a "autonomia indígena originária camponesa", dando-lhes direito a criar instituições políticas e judiciárias, além de outros aspectos de autogoverno.

Em 2012, o Tinku de Macha foi contemplado com uma lei específica. Assinada por Morales, ela o declara "patrimônio cultural e imemorial" e encarrega o Ministério de Culturas de fazer a sua difusão. Mas como endossar uma festa ritual que, sem a intervenção externa da polícia, inevitavelmente produz mortos?

O Tinku ficou sob a incumbência do vice-ministério da Descolonização. Criado logo após a promulgação da Constituinte e subordinado ao Ministério de Culturas, tem a missão de superar o legado de "cinco séculos de colonização espanhola e crioula de eurobolivianos - conservadores, liberais, nacionalistas e neoliberais".

O vice-ministério, por sua vez, delegou a missão ao intelectual quéchua Tito Burgoa, que estuda o ritual desde 2002. Por volta de 2010, ele preparou a candidatura do Tinku a patrimônio cultural da Unesco, iniciativa rejeitada pelo organismo da ONU por causa da natureza violenta do evento.

Em palestra ao punhado de turistas e jornalistas que havia viajado à isolada Macha (a localidade fica 450 km ao sul de La Paz, percorridos em 11 horas), ele atribuiu a violência do Tinku à colonização espanhola e, mais recentemente, às centenas de bolivianos que emigram para a Argentina e depois retornam. Disse ainda que o ritual começou por volta de 4.000 a.C., embora não haja registro histórico antes do século 16.

"A luta existia antes dos espanhóis, mas depois perdeu o conceito de jogo", disse Burgoa. "Foi a Igreja que impôs a batalha campal para defender as suas fazendas e para entreter as suas festas."

Agora, afirma, a presença da polícia é necessária por causa de "gangues e delinquentes" vindos dos grandes centros. "A contaminação cultural é terrivelmente negativa, o problema atual da briga vem das grandes cidades."

Questionado sobre a ligação entre mortes e boa colheita, Burgoa disse que nem sequer os camponeses conhecem o que ele chama de Tinku histórico. "Estamos no período de descolonizar, de reiniciar com mentalidade própria. Todas as comunidades, todos os habitantes daqui perdemos a memória histórica."

O arrazoado de Burgoa destoa bastante do que dizem os participantes do Tinku, incluindo os mais antigos. "Claro que a luta é a parte mais importante da festa", afirmou Policarpo Cruz, 61, que lutou pela primeira vez aos dez anos.

"Há muito pouca diferença entre o Tinku de agora e o da minha infância. O problema, agora, é que as pessoas já se civilizam, chegam com poucas vestimentas", disse, em referência aos vários participantes sem os trajes bordados e que dispensam o uso da "montera", espécie de capacete feito de couro. "Mas a luta é a mesma."

Para o antropólogo e padre jesuíta Xavier Albó, tido como um dos maiores especialistas do mundo na cultura indígena boliviana, é equivocado atribuir a violência na região à chegada dos espanhóis.

"Tem havido violência antes e depois da colônia. Isso de pensar que toda a violência vem da colônia é uma ideologização recente", afirmou, por telefone.

Albó, espanhol radicado na Bolívia desde os anos 1950, afirma que o governo ainda não tem claro o que é "descolonização" e menciona contradições entre essa proposta e a atuação do vice-ministério da Interculturalidade, também ligado à pasta de Culturas. "Da mesma forma que o vice-ministério da Descolonização pretendia eliminar as marcas coloniais, como templos católicos, o de Interculturalidade estava feliz de poder reformar os mesmos templos."


PERTENCIMENTO

O antropólogo italiano De Laurentiis vê no ritual "um idioma corporal para reafirmar seu pertencimento ao grupo", semelhante a eventos de tradição popular que acontecem na Europa, como entre grupos católicos espanhóis.

Segundo ele, o rito serve também para representar disputas existentes entre as diferentes comunidades, principalmente territoriais. "O Tinku é uma maneira de expressar essa rivalidade, mas não se produz nem se resolve ali. É uma teatralização", explicou.

Para De Laurentiis, Morales demonstra pouca familiaridade com o Tinku. Na sua tese de doutorado, ele conta que, em 2012, a comitiva presidencial chegou à região de Aymaya no mesmo dia em que estava marcado o ritual, que, ali, costuma ocorrer no início de outubro.

"Isso causou uma série de problemas às comunidades, que queriam acompanhar a visita de Evo ao seu município, pois era um orgulho ter o presidente ali. Mas quase 90% das pessoas que ouvi na pesquisa estavam na praça onde se lutava, e não na praça onde estava Evo, a 10 minutos de distância dali."

O antropólogo relembra que houve dois mortos nesse dia. "No discurso, Evo disse algo como: 'Vocês não têm de lutar entre vocês, têm de lutar pela revolução e pelo processo de mudanças'. Foi sua única referência ao evento."

"A minha percepção é de que o governo não tem muito conhecimento do que realmente acontece no campo. As referências são apenas o poncho, as produções materiais e a cosmovisão."

EPÍLOGO

Ao final do dia, em Macha, os camponeses se espalhavam por várias ruas adjacentes. Muitos estavam desacordados nas calçadas, ensanguentados e embriagados, geralmente recebendo cuidados de suas mulheres. Outros ainda buscavam briga, mais em clima de bar do que de rito ancestral. Para alívio e preocupação do vereador-camponês Cruz, pelo terceiro ano consecutivo, nenhuma morte foi registrada.



[Fotografia: RODRIGO MACHADO - ilustração: DEBORAH PAIVA - fonte: www.folha.com.br], 01/06/2014

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De SEPHATRAD (blog de Isac Nunes), 08/2017

Wednesday, August 16, 2017

PSYCHOHISTORY IN THE AGE OF TRUMP

Declaring the 'disappeared' — Chile, 2013. 

CHELLIS GLENDINNING

CHUQUISACA, BOLIVIA — As befits the times, I have been studying Nikolaus Wachsmann’s KL: A History of the Nazi Concentration Camps (‘concentration camps’translate as Konzentrationslager, hence ‘KL’) and re-reading Uprooted Minds: Surviving the Politics of Terror in the Americas, by Nancy Caro Hollander. As a resident of Bolivia, I’ve also had the chance to befriend Latin American activists who were jailed and tortured, or fled, during the dictatorships of the 1970s-80s — including one man who was among the very few to escape a massacre committed by the same battalion that years earlier had murdered Che Guevara (“Interview with a Revolutionary,” The Journal of Wild Culture, 27 Nov 2016), and another who fled, directly from being tortured, to the airport to escape to Sweden, his jaw broken and blood soaking his shirt.

Comparisons between Nazi Germany and Trump’s US-in-process abound these days. Naomi Wolfe has enlightened us with her recipe of actions cooked up by governments aiming for hegemonic control of populace, military, and institutions in her book, The End of America. Through the decades, US progressives have been regaled with grapevine rumors that camps, like those used to corral Japanese-Americans during World War II, are being outfitted to house ‘subversives’ and ‘terrorists.’ And as Ivan Krastev writes in The New York Times ('The Rise of the Paranoid Citizen,' 16 March 2017), “Yet the fundamental change in democratic politics is that when political identities are based on shared conspiracy theories, people are committed not to finding truth but to revealing secrets.” Read: consciously-constructed, interest-based inventions or well launched unconscious projections.

It’s true: we inhabit a topsy-turvy, post-truth world defined by the uncertainty produced by Trump’s emotional instabilities, postmodern media circus, and ideological maneuvers. So what’s a citizen who harbors a long-standing assumption of personal freedom and national democracy to do?

The transition from ‘today's more-or-less democracy’ to outright fascism is often imagined as an overnight event — as indeed it was on 11 September 1973 in Chile with the early-morning coup d’état that led to President Allende’s death and the demolition of the country’s democratic-socialist project. Historian Nancy Caro Hollander’s interviews with survivors of such transitions in Uruguay and Argentina reveal a slower, step-by-step process. Her interest is the evolution of theory and practice in the psychoanalytic community, before and through the dictatorships, and her interviewees tend to be analysts who favored the merging of human-rights politics with psychoanalysis and made their services available to poor and working-class communities and, as repression increased, to the tortured and families of the disappeared. Said interviewees describe not only the strain on their patients, but also their own inner tensions. As client loads became weighted toward those targeted by the military, analysts came to know too much for their own good. Decisions to stay or leave had to be made, often instantaneously, but living under a veil of not-knowing how far things would be taken, they themselves became subject to the tangled thinking induced by panic and the near-total erasure of logic that denial offers.
Three Mile Island accident (1978) . . . "life under the hair-trigger threat of the arms race."  

Such responses are endemic to life-and-death predicaments infused with ambiguity. Unless one’s name appears on a death-squad list for all to see, the psyche is vulnerable to any number of defenses. In the late-1970s, before the movie “The China Syndrome” and the near-meltdown of Three Mile Island reactor contributed to the detonation of anti-nuclear sentiment crystallizing as the Nuclear Freeze effort, psychiatrist Carol Wolman applied feminist consciousness-raising principles to life under the hair-trigger threat of the arms race. In discussion groups she uncovered a host of psychic mechanisms people had been using for decades to avoid thinking about nuclear
weapons: dissociation as in disconnecting one’s self from the problem, such as “We’ll be fine. Northern California is the only region that will escape the toxic cloud”; splitting, believing in two contradictory things at the same time, such as thinking that US weapons are beneficial while Soviet arms are evil incarnate; flat-out denial that an untoward event would ever occur; a sense of grandiosity, for instance, that one’s study group will stop the arms race; escapism into hedonism or a flurry of activity; displacement, segueing concern onto other social issues that seem more manageable, like donating to the school choir. Meanwhile, in his acclaimed study of Hiroshima and Nagasaki survivors, Death in Life, psychiatrist Robert Jay Lifton identified the response to the “unspeakable” — and unfeel-able — as psychic numbing.

Given that her interviewees were eager to talk about their experiences and vulnerabilities, Hollander uncovered similar defenses amid the muddle of truth and lies that arise as a society embarks on the road from relatively open to egregiously totalitarian. First off, as government repression morphed into out-and-out fascism, so psychological disorders mushroomed. Mental health professionals boasted packed schedules, and years later, when interviewed, they spoke of using the same unconscious defenses as their clients had.

Denial was extensive as patients and practitioners alike clung to fantasies of “normality” and attempted to live as they had before, sometimes the only bones thrown to admitting awareness of a change being clearing out their houses of subversive material. After the coup some Chileans sought relief by insisting that the US State Department and CIA (clearly unmanageable entities) could not have orchestrated it. Splitting was rampant. As an analyst in Uruguay explained: “I continued to believe in democracy when I was living in a country that was already totalitarian.” Dissociation abounded as well. A doctor who was treating a Tupamaro militant discounted his own vulnerability — until the day he himself was taken prisoner. An Argentine theater director with training in psychoanalysis said: “I employed an instrumental dissociation in order to go on. . . I told myself it would be all right, that I wasn’t a guerrilla, only a playwright whose theater dealt with the human condition.” The military came for him in 1978.
Pacifist Carl von Ossietzky: prisoner of the Nazis, winner of the Nobel Prize.

After regaling myself with research into the vagaries of the human psyche in jeopardy, to enhance my understanding of the process of escalation toward sadistic fascism I turned to Nazi Germany and its creation of the death camps. I mentioned my investigation to a friend, a Guatemalan anthropologist who grew up during the genocides and massacres of the 1970s-’80s. One might guess that, given his background, he would bitterly blurt out that the government absolutely knew from the get-go that its ultimate goal was to gas millions of criminals, social ‘deviants,’ and racially ‘unacceptables.’ Such a belief is exactly the kind of public misconception that Wachsmann corrects as he weaves together the subjective experience of the military, the police, the detainees inside the camps, and the populace outside them into a single, painstakingly researched narrative. In fact (and I use that word because Wachsmann is a thorough historian of Nazism with three books before KL under his belt), the devolution into death factories where dead bodies were produced as if candy bars on assembly lines was not imagined from the get-go. The journey to that end was a years-long, labyrinthine process fueled by the chaotic decentralization of the early camps: a seat-of-the-pants experimentation that led to constantly changing goals and techniques, political pressures that sometimes grew and sometimes waned, and the capture of absolute power by the supreme sadist Adolph Hitler. At one point, in 1933-35, state officials, legal authorities and even some SS commanders demanded and gained a downsizing of the camps by thousands of releases — and a popular push to shut the camps down entirely emerged. It was only scrapped due to the insistence and political pull of SS honcho/police commander Heinrich Himmler.

At first the camps were a hodge-podge of state prisons, existing workhouses, vacant hotels, and even pubs run by whoever was available among the Sturmabteilung (SA), the Schutzstaffel (SS), and the police. A potpourri of structures and rules existed, and treatment has been reported as relatively bearable, with inmates often released. The earliest targets were political resisters — communists, nationalists, and social democrats — as well as criminals, “beggars and vagabonds”, particularly as the 1934 Olympics in Berlin approached. But perhaps we could say that “the hand writing was on the wall.”

The first wave of violence — kicking and punching — erupted in 1933. The hands-on perpetrators, the guards, were often the poor and working-class men who felt wronged by society and whose anger had been fanned by instruction that inmates represented the very ‘scum,’‘swine,’ and ‘cancer’ that threatened Germany purity. Leaders were typically those humiliated by German defeat in World War I, then radicalized in paramilitary struggles against the reformist, social democratic Weimar Republic. Occasional outbursts of cruelty developed into institutional deployment of truncheons, whips, hoses, force-feedings, sexual abuse, perverse medical experiments, and sporadic individual and group killings. Devolution into outright obliteration was not far behind.

Surprisingly to me, the Nazis actually cared about public image — at least in the beginning. When prominent pacifist Carl von Ossietzky was imprisoned in 1933, held up as a trophy prisoner and openly abused, an international campaign to award him the Nobel Peace Prize was mounted. Feeling the pressure, in 1936 the government moved him out of prison into a hospital. He won the Nobel. 
A thousand people lay down on the sidewalk in Santiago, Chile during a commemorative action, 40 years after Pinochet took power. 

Yet, as Hitler solidified his grip within Germany, and as he steered war strategy toward brazen confrontations, conquering most of Europe by 1941, foreign opinion mattered less and less. All prisoner releases were banned and able inmates worked to death in the ‘Annihilation Work’ program. SS higher-ups and guards felt the license to unleash a pandemonium of sadism. Increasingly, Jews became the preferred scapegoat. That so many resisters of Nazism were Jews was seen as verification of a link between them and the ‘deviance’ of ‘Jewish Bolshevism.’ As Wachsmann puts it, “Radical anti-Semitism was part of the Camp SS code, a wild mix of traditional prejudice, racial mania, perverse fantasies, and political paranoia.” Upon arrival guards began to either send them directly from the train to the gas chambers or categorize them to accentuate inferior status by requiring the six-sided star badge. Anti-semitic ritual humiliation, maltreatment, and violence proliferated. 1941 was the year the KL stepped over the line, from killing the disabled and infirm because they were useless to slaughtering thousands of Soviet POWs. Calculated extermination of the Jewish population followed.

We might ask: how is such history relevant to this moment? Hollander and Wachsmann both highlight the prominence of ambiguity, uncertainty, and disorientation that reigns for victims and perpetrators as circumstances unfold. Given our current situation, we might do well to recall the old saw so popular during the anti-nuclear movement of the 1980s: if a frog is thrown into boiling water, it will jump out; but if the frog is placed in cold water that is brought gradually to a boil, it won’t notice and will be cooked unknowingly.

If we can apply lessons learned from similar or metaphoric predicaments of the past, we might just become driven less by the vicissitudes of disorientation and fear and more grounded in reality. Albeit, without a crystal ball, the most crucial question remains as unanswered as it did for people of the past. How much can President Trump and his accomplices achieve on this express flight to dismantling democratic balances, uninhibited industrialization, hyper-militarism, social-service demolition, economic austerity, and license to murder the planet? One of Hollander’s points is that when we break out of our numbing and reject our helplessness by actively mobilizing the Resistance, we become less fearful, more resilient to future difficulties, and more alive. ≈©
   

CHELLIS GLENDINNING is a writer and psychotherapist specializing in trauma recovery. She is the author of seven books, including the award-winning Off the Map: An Expedition Deep into Empire and the Global Economy and Chiva: A Village Takes on the Global Heroin Trade. A US citizen, she lives in Chuquisaca, Bolivia. chellisglendinning.org

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De THE JOURNAL OF WILD CULTURE, 09/08/2017

Algunos orígenes de algunos de nuestros males

FESAL CHAÍN

Hace bastante tiempo que vengo pensando en algunas cosas capitales para mí. Por ejemplo, el giro que he tenido en mi visión y construcción del mundo desde hace al menos 8 años. O diría más bien el reencuentro con mi mirada original. En un principio cambios casi imperceptibles para otros, puesto que yo me dedicaba a enmascararlos, a entregarlos de a goteras, como cae esa gota desde el techo al suelo, la gotera que sino triza la casa, al menos la evidencia no tan segura, ni tan monolítica.

Hace unos días me encontré con un hombre que me conocía por mis textos políticos, se notaba que me había leído y que tenía sino una preocupación, al menos algo que decirme. Se trataba, según él, de mi copernicano giro político. Es decir de mi cambio desde que yo probablemente escribía en G80, hasta que comencé a hacerlo en este espacio, SITIOCERO. Más allá de encontrarle la razón en ello, pues es evidente, me llamó la atención que entre café y cigarros, él me pedía volver a un cierto redil, es decir a esa mirada de trinchera, crítica al sistema, que alguna vez tuve. El hombre si bien no lo pedía encarecidamente, si lo hacía convencido de que su mirada era “correcta” y que yo me había “desviado” de dicha mirada que también había sido la mía.

En una segunda reunión con otras personas, algunas muy queridas para mí y otras que no conocía, se planteaba la preeminencia de la política y lo político en el mundo social, tal cual a mi juicio se ha entendido desde la Grecia clásica, pasando por el Iluminismo y la Ilustración y por las Revoluciones Burguesas y Proletarias de finales del siglo XVIII, del siglo XIX y XX. En un ejercicio bastante cansador para mí, pues realmente hablar de eso me resulta agotador, y a su vez como me canso mucho, tiendo a ser un tanto impositivo en mis mensajes (con el consecuente efecto contrario al que quiero construir), planteé exactamente lo contrario de todos ellos, que la crisis actual de la sociedad, al menos en Latinoamérica y Chile, tenía que ver con que NO hemos salido de la concepción política Iluminista, Ilustrada y de la Vanguardia y que hay una Inflación de la política y de la ideología, que en realidad no tienen ni deberían tener la importancia que se les atribuye. Y que más aún, que dicha Inflación nos mostraba como sociedades subdesarrolladas culturalmente, refractarias a la diversidad de otras manifestaciones humanas, y a la vez, inestables.

Las personas con que hablaba eran un crisol de edades y formaciones, pertenecientes a distintos grupos sociales, desde capas medias universitarias a obreros del retail y comerciantes. Y ciertamente, si bien no hacían política activa, eran de izquierda. Y me llamó muchísimo la atención que todos ellos con la intención de denunciar lo injusto y coercitivo del sistema en el que vivimos, desarrollaban una mirada política desde una verdad inicial (no en el sentido por ejemplo de mi propio discurso enfático, insoportable a esas alturas), sino en el sentido más profundo del término, es decir de dar por sentado que para comenzar a conversar, debería haber un consenso inaugural: que efectivamente la política y lo político eran una síntesis de todas las manifestaciones humanas y que todas ellas: culturales, educativas, de género u otras, eran finalmente políticas o que en su ejercicio no político, también incidían políticamente, a pesar de ni siquiera planteárselo.

Por mi parte, y considerando tanto la conversación con el primer hombre, como con el grupo de personas, me dio la impresión de que afirmar que por una parte, no había camino correcto sino miradas distintas, y que por otra que yo no creyese para nada que toda manifestación de la vida fuese política o pudiese siempre mirarse desde la política, o que tuviese objetivos políticos, en el sentido de modificar consciente o inconscientemente el mundo de relaciones y el sistema, me hacían estar completamente fuera del sentido común. Sé que mi ejercicio era muy molesto para ellos. Y lo hice a propósito. Pues tomaba el camino de la deconstrucción de lo dominante entre los dominados. Lo que llama Bourdieu denunciar lo populista del pueblo. Trataba de desbaratar y salir de esa mirada, a mi juicio, germen de una voluntad hegemónica o decididamente totalitaria futura, en tanto se planteaba como correcta o más correcta y a la vez promovía la política, en el fondo, como la actividad rectora de todo lo humano. Pero más allá de lo conceptual, lo que me parecía complejo y angustiante, es que esas personas comunes y corrientes que no tienen poder político, estuviesen inoculadas en esta concepción, que como digo, es el origen de un cierta imposición cultural y un dominio político posterior de los mayoritarios sobre una minoría, o sobre una diversidad que no cree en la preeminencia de lo político y de la política.

Es que para mí la historia siempre ha sido, no sólo enfocarnos políticamente en la crítica profunda al sistema, y a aquel adversario que enarbola lo que no nos gusta y lo que nos hace sufrir, es decir tal cual plantea también Bourdieu denunciar lo elitista de la elite, sino en lo fundamental, el mirarnos a nosotros mismos, y ver cómo pensamos, qué hacemos y qué ofrecemos a cambio. Pues la pregunta permanente debería ser, si uno mismo junto a otros supuestamente propios, enarbolamos o no modos de relación humana cualitativamente superiores a lo que criticamos, donde entre otras muchas cosas, propendamos más a la convivencia que a la confrontación, al bien común y comunitario que a intereses particulares o corporativos. Y, junto a ello, ser capaces de diagnosticarnos, de que quizás podemos desde nuestra concepción supuestamente justa y pletórica de amor al semejante, llegar a construir aquello que en un futuro no le va a gustar a una mayoría, e inclusive a nosotros mismos.

Siempre recuerdo la frase de Goya, el sueño de la razón produce monstruos, y por lo mismo, cuando estaba más cerca de los socialismos reales que de cualquier modelo, leía a Kundera más que a Stalin, y me preocupaba mucho de ver películas realizadas en la propia Europa Oriental que siempre censuradas develaban lo que no funcionaba, lo triste, en suma las injusticias, más que de ver propaganda oficial de los regímenes. Nunca me gustó solazarme en mis certezas, pues podían construir injusticias inimaginables. Es cosa de ver la formidable película alemana La Vida de los Otros. En fin, ser una especie de Pepe Grillo de quienes están más cerca de uno, a veces es más complejo que mostrar desnuda nuestra mirada del mundo a quienes están en una posición diametralmente opuesta.

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De SITIOCERO, 02/03/2016 

Cuervos inmisericordes

JORGE MUZAM

En las noches frías jugamos a leer comienzos de novelas. Lo hacemos de forma arbitraria, entre miles de obras, buscando la que nos agarre de las solapas, la que nos inquiete, la que nos cautive con su poesía inevitable. Así es como hemos llegado reiteradamente a Bashevis Singer, a Nabokov, a Richard Ford y a casi todos los japoneses. Kundera es un caramelo para una madrugada alcoholizada, Cormac MacCarthy un whisky barato para el crepúsculo, antes que la pesadilla se travista de insomnio. Chéjov es la mañana otoñal, el sol tibio, el celular sin registro de llamadas. Joseph Roth es la soledad abalanzándose como una pandilla de cuervos inmisericordes. 

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De CUADERNOS DE LA IRA (blog del autor), 15/08/2017

Licencias literarias

JORGE MUZAM

Se anuncian chubascos para el atardecer. Una decoloración de azules y grises ensombrece las montañas. Diminutos jilgueros de pecho verde amarillo picotean las últimas manzanas. La comida libre de los pájaros empieza a escasear en julio. Pasan grandes aviones autografiando el cielo. Seguimos leyendo a Joseph Roth. Tras terminar Fuga sin fin y El triunfo de la belleza hemos buscado el resto de sus novelas. Ya nos falta poco para conseguirlas. Fue una vida breve e intensa. Errancia, miseria, honor y alcoholismo, como Franz Tunda o su santo bebedor. Un pájaro pintado que busca los cimientos de un imperio esfumado. Y entremedio, muletillas risueñas, carcajadas literarias, licencias recreativas que sólo se le perdonan a un gran novelista.

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De CUADERNOS DE LA IRA (blog del autor), 15/08/2017

¿Quién nos protege de los sociópatas con uniforme?

JOSÉ CRESPO ARTEAGA

El último fin de semana, la sociedad cochabambina fue estremecida por un espeluznante suceso que casi acabó con toda una familia. Un subteniente de la Fuerza Aérea disparó a quemarropa contra su exnovia de 21 años, al hermano de 19, a quienes hirió mortalmente en la cabeza; fulminado al padre, también militar, que había salido alertado por un vecino; además de herir gravemente a la hermana menor de 18 años, y disparar en la pierna al hombre que había acudido a ayudar; para posteriormente suicidarse en el mismo sitio. El homicida interceptó a su exenamorada que retornaba a casa acompañada de su hermano, el viernes cerca de la medianoche y, sin pensárselo dos veces, descargó su arma contra todos los presentes. La madre se salvó porque no estaba en el lugar en ese instante. 

La tragedia desnuda una vez más la falta de institucionalidad de nuestro país, demostrando una serie de falencias organizacionales y operativas en todos los niveles. Resulta patético que la comandancia de la división respectiva deslinde responsabilidad –en un comunicado oficial- con toda naturalidad, alegando que fue un hecho personal y que no involucraba a la institución. Y uno se pregunta, si es normal que sus miembros anden armados fuera de instalaciones militares y en cualquier horario, además. ¿Dónde quedan los mecanismos de control del Ejército sobre el uso y portación de armas reglamentarias? ¿Por qué no se hace nada por subsanar estas negligencias, como si no existieran lamentables precedentes?

En marzo pasado, otro efectivo militar burló los controles de ingreso al Batallón Logístico, armado de un fusil fue en busca de su expareja, que estaba de turno en el recinto ese día, y sin más le disparó varias veces hasta matarla para luego suicidarse a continuación. Al asesino no le importó que tuvieran una bebé de pocos meses y las investigaciones arrojaron que había un móvil pasional, una historia de violencia doméstica, detrás del crimen. Tal como sucedió en este reciente caso, el victimario planificó todo el ataque porque la joven había decidido cortar la relación meses atrás. Y si uno retrocede unos años en el tiempo, con toda seguridad que hallaríamos hechos similares donde efectivos, tanto de la Policía como del Ejército, estuvieron implicados.  A menudo he oído relatos de conocidos refiriéndose a que fueron testigos o afectados de incidentes en los que fueron amenazados por policías o militares.

Toda esta catarata de acontecimientos nos lleva a pensar que las instituciones armadas son refugio de gente frustrada, trastornada psicológicamente y con muy baja autoestima. Los padres de familia deberían aleccionar a sus hijas núbiles sobre los riesgos de involucrarse sentimentalmente con tales individuos, porque nunca se sabe cómo van a reaccionar llegado el momento y con un arma de por medio, la posibilidad de que alguien salga lastimado es muy real. Y si a eso le sumamos la fama de mentalidad machista y cerrada que acarrean los uniformados, el peligro está servido y es una bomba de tiempo. Suena hasta ocioso preguntarse si las academias o escuelas de ingreso respectivas cuentan con gabinetes de psicólogos y otros especialistas para evaluar el estado mental y emocional de los postulantes. 

Volviendo al horrendo drama, por si no fuera poco el dolor de los deudos, cabe detenerse en la torpe e inhumana actuación de los investigadores del IDIF, quienes se demoraron más de la cuenta en la entrega de los cuerpos para el velatorio correspondiente, habiéndose mostrado excesivamente puntillosos en efectuar la prueba del guantelete a las víctimas como si no hubiera un testigo directo de la matanza, según informó en una entrevista un abogado pariente de la familia. Y en el colmo de la humillación, primero entregaron el cadáver del homicida, adujo la misma fuente. No es de extrañar la poca profesionalidad e insensibilidad del personal forense y demás autoridades relacionadas. Ni hablar de las condiciones paupérrimas y vergonzosas en las que funciona la morgue. No se cuenta ni con bolsas apropiadas para el levantamiento legal de los fallecidos. Es frecuente ver a la vetusta camioneta de la División Homicidios circulando por las calles con cuerpos envueltos en frazadas, si eso. En una urbe que bordea el millón de habitantes. Terrible. 

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De EL PERRO ROJO (blog del autor), 15/08/2017