Thursday, November 26, 2020

Se fue el Baudelaire del fútbol


MAURIZIO BAGATIN

Annus horribilis, todas las distopias y las infamias del tiempo, la peste y luego la muerte…

Y se fue el Baudelaire del fútbol, según Gianni Brera, que en versos intentó toda la vida rimar gladiadores de la modernité y funambulistas del balompié, Diego Armando era Baudelaire, poeta sublime, era tótem e redentore, simbolo e sovrano, era Nápoles y era Argentina.

Quien lo vio jugar sabe de cual maravilla estamos hablando, sacar telarañas de las esquinas de los arcos, usar las manos como los pies, los pies como un Dios… apolíneo en su arte, dionisiaco en su vida…a partir de ahora se escribirá mucho.

Y algunos recuerdos… si la FIFA no fuera lo que es la FIFA, en el ’94 Argentina hubiera ganado otro Mundial y esto gracias al Pibe de oro; si algunos defensas y algunos arqueros siguen con insomnio es gracias al Pelusa, si los muertos enterrados en el cementerio de Soccavo se perdieron algo, este algo fueron las jugadas del Diego…

Y como Baudelaire, sembrando flores en el asfalto, porque la belleza es una paz feroz.

25 noviembre 2020

 

Saturday, November 21, 2020

La muerte azucarada: el día de muertos según Víctor Serge y Serguéi Eisentein


JUAN CASTELLANOS

¡Qué viva México!

Serguéi Eisenstein es uno de los de los directores de cine más importantes de la historia. En la URSS publicó y estrenó El Acorazado PotemkinLa huelga y otras obras de gran importancia. Animado con el financiamiento que le ofreció el escritor Upton Sinclair, Eisenstein arrancó a finales de 1930 la filmación de “Da zdravstvuyet Meksika!” (¡Qué viva México!), una de las películas inconclusas más famosas de la historia. Cuando declaró a los periódicos locales sobre su visita a México éste señaló:

“Durante un mes aproximadamente me dedicaré a estudiar el ambiente mexicano, y después procederé a la manufactura de la película basada en el asunto local. Tras este estudio decidiré si la obra la basamos en un argumento determinado o en una exposición fiel del país, de sus costumbres y de su pueblo, documentándome previamente en visitas que realizaré al Distrito Federal y regiones inmediatas, al Istmo de Tehuantepec y a Yucatán, pues no omitiré por ningún motivo las famosas ruinas de Chichén Itzá, y mi interés por el folklore local es enorme.” [1]

Su genialidad es indiscutible en la historia. Llegó a México en 1930, con la verdadera necesidad de viajar por el país y retratar lo que aquí pasaba. Evidentemente se fascinó por el Día de Muertos. Comenta. “No hay evento más maravilloso ni de mayor dignidad que pueda ser capturado por una cámara como lo es el Día de Muertos en México”. Su lente grabó el día de muertos.

Víctor Serge: con Benito Juárez y León Trotsky

Víctor Serge llegó a México en 5 de septiembre de 1941 junto a su hijo Vlady en medio de la “media noche” del siglo XX. Ese tiempo de avance del fascismo en toda Europa, la derrota de la república de España en la “Guerra Civil”, del triunfo contrarrevolucionario del estalinismo en la URSS, del asesinato de León Trotsky en México y del suicidio de Walter Benjamin en Port a Bou.

Serge es un errante del siglo XX que terminó. Claudio Albertani lo describe así en su prólogo a la última novela en México Los años sin perdón: “Víctor Napoleón Lvovich Kibalchich (Bruselas, 1890-Ciudad de México, 1947), mejor conocido como Víctor Serge, fue un apátrida sin papeles que pasó diez años en diversos cautiverios, generalmente duros. Nunca poseyó algo y perdió repetidas veces las pocas cosas a las que tenía apego: libros, manuscritos y objetos personales.” [2]

Resumir a Serge políticamente es difícil. Hijo de narodnikis, de joven fue juzgado por simpatizar con la Banda Bonnot que asediaba París, posteriormente en Barcelona se hace militante de la CNT y anarquista convencido. En 1919 adhiere al bolchevismo y juega un rol trascendental en la fundación de la III Internacional Comunista. Fue el traductor de un sin número de reuniones en la sede de la I.C. En 1929 se hizo miembro de la Oposición de Izquierda y militante de las ideas de Trotsky a quien nunca, más allá del distanciamiento político que luego ocurrió, dejó de admirar en medio de la más feroz represión del estalinismo.

En México, Serge pasó su primer día de muertos en 1941 y lo relata del siguiente modo, sorprende su mención a Benito Juárez y a León Trotsky:

“Día de Muertos. Hemos visto en las calles pequeños esqueletos blancos o dorados, bien hechos: cabezas de muertos de azúcar con ojos verdes o rojos. Sus nombres en color brillante en la frente de cada cráneo. Pequeños panes con forma de cráneos y huesos. Evocación de azúcar y más encantos.

Hemos visitado el pequeño cementerio y la iglesia de San Fernando, a dos pasos. Un corazón cerrado por todas partes, las piedras grises de la iglesia, las losas con viejos nombres de los años de 1860 en el muro, como si los ataúdes fueran un homenaje a ellos y sin duda los dejamos. Abandono.” [3]

Dice Serge que las tumbas difieren de las europeas: “Una pequeña oficina, una máquina de escribir y [...] bajo de bóvedas con viejos ataúdes en las esquinas, retirados de las tumbas, vacías, calcinadas por el polvo y el tiempo. Las tumbas del jardín aplastantes y sin estilo. Extraña necesidad en otros países de ahogar a los muertos bajos las piedras pesadas orgullosas. Aquí no es así.” [4]

Finalmente relata su visión sobre Benito Juárez:

“La tumba de Benito Juárez, sin ninguna inscripción, muy sencilla, un hemiciclo o columnata, sin una inscripción, nada, muy bello, pero sin ninguna explicación. Largas expresiones dolientes en su estatua. El brazo inmovilizado, el cuerpo fuerte. La cabeza es noble y verdadera, sorprendente por su sencillez, no vemos a un hombre abatido.

Juárez tiene una fuerte similitud con Lenin: el Lenin de la independencia mexicana, encuentro una fuerte relación de ambos personajes. Estoy solo. Sueño por momentos que resucita, mientras contemplo a Benito Juárez, pero recuerdo que los hombres no resucitan, sigo mirando a Juárez y recuerdo que no pueden resucitar y que sólo estoy soñando.” [5]

Algo relata Serge que es curioso. León Trotsky, asesinado en México, fue recordado por los que festejaron la tradición. Comenta: “Segunda ocasión de mi estancia en México el Día de Muertos. Luego de la fiesta de muertos que siguieron al asesinato de León Trotsky en México hemos visto en las calles calaveras en homenaje y recuerdo a Trotsky. Hay pequeños ataúdes y dibujos con Trotsky muerto en azúcar. Rechazo de Jeaninne que ve a los niños comer calaveras de azúcar. Siendo aún europea está horrorizada por lo que sucede este día. No dura mucho pues luego come una calavera de azúcar de ella misma.” [6]

Serge, Serguéi

El día de muertos se celebra en México el 2 de noviembre. Difícilmente hay una celebración así en el planeta. Un festejo a la muerte. Cráneos de dulce, ofrendas, gente caracterizada de Catrina, fiestas en los cementerios, poemas titulados “calaveritas” son algunos de los elementos de dicha festividad.

Los orígenes de este festejo se remontan a las tradiciones indígenas en particular a la tradición nahua. Los aztecas pensaban que el inframundo, en la tradición occidental el infierno, era un lugar de relajación, de reposo y tranquilidad.

El color azul del inframundo difiere de modo radical a la concepción tradicional de la muerte en occidente: mientras en la obra de Dante el infierno es rojo y lleno de fuego en la tradición indígena nahua el inframundo, lo que nos espera a todo después de la muerte es calmo y no existe tormento.

Mictlán, según los nahuas, ordenado por su dios Mictlantecuhtli es un espacio de confort, relajación y no de tormento como lo pensaron los occidentales. La muerte según los indígenas no era lamentable: las personas pasamos a un mundo menos doloroso que el real. Dicha celebración de la muerte se expande a las culturas de Mesoamérica.

La historia del día de muertos fascina a todos los extranjeros que vienen al país. Dos personalidades son analizadas en este breve texto. Dos rusos. Dos comunistas: uno escritor, el otro, cineasta. Ambos se fascinaron por el día de muertos en México. Culmino, ya comenzaré a armar mi ofrenda de este año que incluye una parte de mí, ya muerta en tiempos pasados.



NOTAS AL PIE


[
1] Entrevista a El Universal, 9 de diciembre de 1930.


[
2] Claudio Albertani, “Victor Serge y los años sin perdón” en Victor Serge, Los años sin perdón, Universidad Veracruzana, 2014.


[3] Victor Serge, Carnets, (1936-1947), Éditions Agone, Marseille, 2012.


[4Ídem.


[5Ídem.


[6Ídem.

_____

De IZQUIERDADIARIO.COM

Imagen: S. Eisenstein en México

 

 

Thursday, November 19, 2020

La vida en tiempos de la peste


MAURIZIO BAGATIN

                                          “La historia enseña pero no tiene alumnos” –Antonio Gramsci

El Mago dijo que se iba a venir una buena. A final de febrero volvimos de Italia, cuando ya se daban los primeros signos de que algo así, una buena, estaba por venir. El Mago nunca falla, le dije a mi hijo, sino, no le hubiéramos puesto este nombre. Sin embargo, llegaron las primeras buenas noticias desde el hospital Lazzaro Spallanzani de Roma, el virus había sido aislado por un equipo dirigido por jóvenes virólogos italianos; los científicos que la Italia actual dejaba irse al extranjero tan fácilmente, sin reconocer el capital humano, además de científico de este presente, y sin ofrecerles un futuro. Así hoy, la tierra del Renacimiento, así hoy, el deshumano desencuentro itálico. Y ellos fueron los primeros en Europa en aislar el Covid-19, a menos de 48 horas de haber diagnosticado positivos a los primeros dos pacientes en Italia. La primera peste planetaria estaba ya en Europa. O tal vez se generó en el Viejo Continente y de ahí al mundo entero.

Leíamos las noticias en el Corriere della sera, en la Repubblica, en il manifesto; veíamos el avanzar de la peste, las noticias, lo que se decía y, sobre todo, lo que no se decía, era alarmante. Las redes sociales suministraban pánico y terror y, como siempre, la primera en morirse fue la verdad. Era como si Orson Wells nos leyera cada día La guerra de los mundos y nosotros le creyéramos, y este era solo el inicio de una pesadilla que sigue en vida; la distopía de Orwell, la de Huxley y la de Bradbury se presentaron a nuestra puerta. Entraron y siguen aquí. La región Lombardía, la más industrializada, la más pujante y la más habitada de Italia, estaba dando señales de debilidad en enfrentar la inminente pandemia. Casi veinte años de recortes presupuestarios a la sanidad empezaban a transparentarse, se hicieron visibles las faltas de todo, no hubo una pronta respuesta y menos aún una voluntad política en enfrentar la cada día más alarmante situación, en los hospitales y en la prevención. Las fábricas, las discotecas, los apericena (los aperitivos antes de las cenas de la Milan), el fútbol y muchos otros escenarios, los que más ofrecían la posibilidad de contagio, seguían funcionando. Todo era normal. El nordeste seguía empujando el tren productivo italiano, quienes trabajaban nueve horas al día más el sábado -sábado inglés le decíamos, porque el sábado fascista era otra cosa, y muy triste- y se hablaba de crisis, en los bares, en casa y en los lugares de trabajo.

Por supuesto que se trataba de una extraña crisis, una entropía social, sostuve siempre. Milán, Brescia, Bérgamo, todas las fábricas del hinterland milanés, de la Val Seriana que nunca cerraron, industrias de productos de alta calidad para la exportación, en Alemania, Japón, Francia, Estados Unidos los principales adquirientes, y las que fabrican armas en la provincia de Brescia, siempre a pleno régimen de producción también durante la pandemia, y en Milán aquel partido de Champions League de la Diosa Atalanta versus el Valencia de España, miles de contagios a plein air llevados al retorno en la península ibérica. Todos frutos de una globalización imposible ya de frenar.

Llegamos a Bolivia y ya oímos hablar de cuarentena, estaba en el aire, estaba preparándose, fue ya anunciada; oímos hablar de un término que perteneció a Venecia la Serenísima, o que ahí se originó; se narra que, durante la Peste Negra en el siglo XIV, cuando se detectaba una posible amenaza entre los pasajeros que llegaban en una embarcación, la misma quedaba totalmente bloqueada y no se permitía el ingreso a tierra hasta que no transcurriera tal espacio de tiempo, cuarenta días de espera, de aislamiento, de angustia, la Quarantina. Luego, tal vez, la muerte. Atmósferas para que Thomas Mann pudiera ponerle orfebrería a La muerte en Venecia. Raras las imágenes desde Wuhan, solo suposiciones desde Corea del Sur y funéreo silencio desde la otra Corea, mientras en Italia era como ver a un cuadro de Bosch cada día, y cada día uno distinto, y otro día aparecía un cuadro de Brueghel, y así, muchos fuimos a sacar de los estantes literatura ya con dos dedos de polvo por encima, nos acordamos de Tucídides y de Boccaccio, los que frecuentaron liceos clásicos, sacamos a Camus y a Melville, los que aún no sacrificaron el Mito, en fin, leímos, aunque en formato eBook, ePub o hackeado en PDF y el que nos enviaron mal escaneado por WhatsApp, a David Quammen, su alarmante Spillover tal vez fue la buena que ya estaba aquí. El arte siempre es visionario.

A partir de la mitad del mes de marzo también aquí en Bolivia fue decretada la cuarentena, y desde entonces aparecieron figuras alucinadas en cada esquina, caminábamos entre fantasmales niqab y burqas, deslizándonos en mercados improvisados de un día por otro, como sobrevivientes a un apocalipsis, sobreviviendo al día a día, a esta pandemia y al capitalismo salvaje. Muchos se preguntaron si luego, si después de la pandemia, nos volveríamos mejores, era la inocente esperanza humana, la de siempre, y entonces interrogamos a Kant, retornó a nuestra mente Nietzsche, y nos miró desde la ventana Gadamer. En el país imposible, recién salíamos de una pandemia, de la pandemia de un poder que no quiso aceptar las derrotas que le infligieron las urnas: en un referéndum en febrero de 2016 y en las elecciones políticas del 20 de octubre del 2019. De la insurgencia de aquellos días de octubre y noviembre, fluimos a otra pandemia, ahora con un gobierno transitorio, un gabinete que debía conducir el país imposible a nuevas elecciones, a un principio programadas para el 3 de mayo de este año. En plena pandemia, el caos generado por los afines al viejo régimen y los partidarios del gobierno transitorio fue como un maná caído del cielo para el virus, el eterno empate catastrófico que vive el país imposible fue terreno fértil para que los contagios vieran un exponencial aumento.

El mapa que nos dio algunas pautas sobre lo poco que habíamos entendido, y que seguimos entendiendo de esta peste, el mapa que definió que la alta demografía, los altos niveles de contaminación, que los más débiles, los enfermos y los ancianos eran los lugares y los seres más apetecidos por este nuevo virus, este mapa no fue tomado en cuenta. Distanciamiento social y mascarillas salvaron vidas como, y tal vez más que, los fármacos. Era un simple mapa.  

No hubo Phronēsis, como tampoco hubo Metis, la Historia enseñó, como siempre, a unos alumnos eternamente ausentes. En las ciudades más industrializadas y contaminadas de Italia murieron los más ancianos, los Anquises huérfanos de un Eneas que no los pudo cargar, y así murieron el pasado y la memoria, murió la experiencia, murieron muchas historias en el país más viejo de Europa, casi seguramente también el más viejo del mundo entero.

Una noche me llama Claudio desde los Estados Unidos, su hermana María René se está muriendo, no de la peste, sino de tristeza, “año bisiesto” me dice, “distópico” le digo yo, “es la cabeza extra de la hidra”, insiste; “mala tempora currunt sed peiora parantur”, le contesto, he llegado a Cicerón y ahí me quedo. Me cuenta que lo llamó Miguel desde Madrid, querían encontrarse este año, él de ida hacia la tierra negra de Ucrania, le hubiera gustado visitarlo y quedarse unos días en Madrid, “estamos viviendo el pasado con la amenaza del futuro”, así terminó la llamada, era lo que Claudio al despedirse le dijo a Miguel...

Y Trump que niega y Bolsonaro que le sigue la locura, Johnson el inglés también, y, con ellos, todos los tierraplanistas y los que niegan la existencia del virus y luego mueren a causa de él; toda la estupidez que según Schiller hacía luchar en vano hasta a los dioses, y lo sigue haciendo. Así surge una gran oportunidad para todos los poderes de turno, de sacar fuerzas y exprimir violencias, aprovechar del lockdown para restringir libertades y así controlar a sus gentes. Pero hubo también mucha solidaridad, en pocos meses vimos brigadas de voluntarios para la emergencia, ollas comunes y acciones de vecinos en los barrios más populares de miles de ciudades de todo el mundo. En Cochabamba, la mítica bandera blanca colgada afuera de las chicherías (los bares de expendio de la tradicional chicha, bebida elaborada con maíz) sirvió como señal para los que necesitaban ayudas, la colgaron los que les faltaba alimentos, tal vez medicamentos o simplemente asistencia y compañía, fueron días de un apthapi (en quechua, apthapi es juntar para compartir) colectivo de emocionante belleza. La necesidad hizo el genio de mucha gente (hubo muchos vivos también, vivos en la acepción que los indica como astutos  o espabilados) y así surgieron iniciativas populares como también individuales. Quienes sacaron de sus memorias viejas recetas, el infalible eucalipto, el milagroso jengibre y el increíble chuño, medicina ancestral y pajpakus (pajpaku, del quechua, término que se utiliza para referirse a los vendedores callejeros, y que, en la actualidad, se utiliza para aludir aquellas personas que cautivan a los otros con su lenguaje sin decir, necesariamente, alguna cosa siquiera coherente) conocidos salieron a las calles. Vimos nuestras Macondo, nuestras Comala y nuestras Tocaia Grande reaparecer como eran en los libros que leímos muchos años atrás, siempre ahí, con sus mismos personajes, para algunos envejecidos, para otros aún más jóvenes. Ciudades visibles y ciudades invisibles, en sus diurnos silencios y en sus tétricas oscuridades nocturnas. La fuerza y la voluntad para sobrevivir nos regalaron, y nos regalan aún, mucha humanidad; la brutalidad del poder no doblegó la vitalidad de quienes siguieron y siguen soñando, de los que siguieron y siguen con voluntades invencibles.

Andando por calles y atajos, durante los tediosos días del encapsulamiento de algunos barrios -barrios que fueron encapsulados preventivamente, por chismes sensacionalistas y por exageración- y ver como un país que aún no solucionó problemas de la pre modernidad, ya sufre los graves problemas de la falta de planificaciones urbanísticas, en el crecimiento demográfico desmedido, en la mala alimentación, en la falta de hospitales y de una buena educación; cuando andas solo, caminando o en bicicleta, te vuelves un buen observador, sin ser el flâneur parisino logras ver todo lo que la estéril normalidad te niega, lo que te negaba ver el absurdo ritmo de las figuras cotidianas, y llegas a pensar lo que ves, le quitas sus nombres y logras analizar la realidad. La lentitud es sabia, el tiempo biológico es más fértil que el tiempo histórico. Bolivia es mágica en sus contradicciones, por sus paradojas, como sostuvo el historiador James Dunkerley, Bolivia es un país con reputación, que es la reputación de su Historia y de sus historias, de quienes previenen el contagio saliendo a la calle con extravagantes mascarillas, como recién salidos de una Star Wars criolla, con trajes de bioseguridad hechos por modistas torpes, adonde los llamados chuñoman (de chuño, la papa deshidratada, y de man, hombre, así fueron apodados los que a un principio negaron la existencia del virus, y luego, frente las evidencias, sostuvieron que ellos, los que se alimentaban con chuño, nunca se podían contagiar) se los vio sin mascarillas, reuniéndose y organizando marchas de protestas en contra del gobierno, de la Corte electoral que no se decidía a convocar a elecciones políticas, marchaban y siguen marchando en contra de todo y en contra de todos. Muchos de ellos, luego, murieron de Coronavirus. Hubo otros que sacaron sus remedios ancestrales, la cura para el Covid-19, anunciaba una pancarta colgada entre dos árboles de molles en una avenida periférica de la Ciudad Jardín. Y no faltó el ingeniero que, respetando la etimología de su oficio, creó hornos crematorios portátiles, y con servicio a domicilio. El realismo mágico sigue de casa, aquí tiene raíces profundas e inextirpables, por suerte.

Durante la pandemia también los filósofos polemizaron, no tanto sobre el virus sino sobre el pos virus, Žižek vio una luz al final del laberíntico túnel del capitalismo, mientras que Byung-Chul Han vio como el estado social de un contagiado ponía en relieve los problemas sociales de cada sociedad; Agamben se apoyó de Snowden, polemizando por el lockdown impuesto, y así toda la Biopolítica que ya con Foucault vislumbró este siglo, el siglo que estamos viviendo. La filosofía, tal vez, durante la pandemia, siguió el curso que Borges indicó por la metafísica, como una rama de la literatura fantástica. Mientras, toda la cultura tuvo que encerrarse entre cuatro paredes, quien se decidió leer los libros gruesos, los que siempre dejábamos para mañana, otros vieron las películas de las que habían perdido el recuerdo y algunos sacaron y escucharon los insustituibles LP. En los días de cuarentena flexible (sí, aquí en el país imposible no hubo una sola cuarentena, hubo varias cuarentenas, a las cuales se les añadieron todos los posibles adjetivos: estricta, rígida, flexible, total, dinámica…) hubo delivery de libros nuevos y usados, se sabe, no de solo de pan vive el hombre. En estos días Bob Dylan, el juglar de Minnesota, Nobel de Literatura en 2016, estrenó un nuevo disco, Rough and Rowdy Ways.

Se inventaron pleonasmos absurdos, oximorones grotescos, reaparecieron los términos lapalissianos, y los poderosos de la neohabla siguieron creando odiosas formulas literales: la nueva normalidad, quédate en casa (¿y los homeless, los clochards, los sin techos de todas las metrópolis del mundo, donde tenían que quedarse?), coronials (la generación que nacerá en los próximos meses), quarentena não é férias (la cuarentena no es una vacación), covidiota (para indicar los que ignoraban el distanciamiento social y también a los que saqueaban los supermercados), en Japón el término on-nomi (tomar on-line al aperitivo virtual.

Con el primer lockdown reaparecieron las bicicletas, en el valle donde vivimos siempre hubo una discreta circulación de bicicletas, la planicie del paisaje infunde dulzura al ciclista invitándolo a recorrer el valle, trasladándose y transportando, pero la descampesinización iniciada en el 1952 con la Revolución y con la Reforma Agraria del 1953, la que hoy llamaremos del minifundio al minibús, generó el increíble poder de los actuales transportistas, y este sector, equivocadamente llamado servicio público, hizo todo lo posible para que desapareciera en poco tiempo el transporte ecológico por antonomasia, la bicicleta. El Centro Histórico de la ciudad fue felizmente invadido por activistas, quienes empezaron a sensibilizar la ciudadanía de los beneficios del uso de las bicicletas durante (y también después) de la pandemia, quienes se pusieron manos a la obra, delineando ciclovías, dibujando y pintando las mismas con memes, así los Bansky ecociclistas presentaron sus credenciales. Pero después del primer lockdown, de repente, desaparecieron las bicicletas -fueron como el canto del cisne, o el pretexto del invierno, o la siempre presente apatía cochabambina, de hecho la bicicleta eclipsó- y no vimos más a esta estupenda voluntad de retomar la polis por parte de jóvenes y menos jóvenes con viejas Hércules, con Raleigh inglesas, con unas que otras bicicletas italianas, con las chinas de efímera duración o con las mountain bikes y las eléctricas, las que ahora funcionan con el litio. Desapareció esta abigarrada invasión sobre dos ruedas, que me hicieron recordar Ámsterdam, Copenhague, y, por el plácido ritmo, hasta a algunas ciudades de las provincias italianas. Fueron realmente dos fases, la primera adonde el miedo, el pánico o cierta sana ignorancia nos hizo ver una cara del ser humano humilde y concienzuda, un actuar prudente y sensato, pareció ver un ser humano humanista; en la segunda vimos reaparecer la viveza criolla, las astucias en evadir las reglas para el bien común y volvernos lobos del hombres de un día por otro. Era la nueva normalidad, o, nuevamente, la normalidad.

Qhapaj wawas, así los nativos quechuas y aimaras bautizaron al Coronavirus, Qhapaj wawas es una palabra quechua y también aimara que en manera, tal vez despectiva, busca enfrentar el virus con la palabra. Qhapaj entendido literalmente como el poderoso, el ilustre, el sagrado, el rico; y wawas, hijo o hija, por tanto hijo o hija con poder e/o ilustre, sagrado y rico. Con respecto y sin temor, al virus hay que enfrentarlo como todas las adversidades que surgen en la vida, de frente, con valentías y reverencia, pero sin sumisión. Esta es la visión de un mundo al que le debemos mucho respecto, un mundo que ha sido manipulado desde su alba, profundo y sabio, firme y consciente, que lamentablemente en esta tierra ha ido perdiendo el contacto con sus raíces y se hizo conducir por filibusteros al borde de la delincuencia. Se fue derramando sus conocimientos y desangrando su alma noble, la palabra Qhapaj wawas es una lanza frente al desmoronamiento de una cultura que ya ha cambiado su mentalidad. Casi una reacción física a la imposibilidad de una propia resiliencia.

Parecía ver un ejército de fantasmas que tomaban cuerpo en la desesperación de un inminente apocalipsis, en ciudades pavorosas y en ciudades negras, en Bérgamo cargando féretros en los camiones militares, en Milán buscando “gli untori” (Untore era un término utilizado en los siglos XVI e XVII para indicar quienes difundían voluntariamente la peste, esparciendo ungüentos venenosos en lugares públicos), los engrasadores que se propagaron particularmente durante la gran plaga de 1630, inmortalizada por Alessandro Manzoni en la novela I promessi sposi (Los novios) y luego rescatados en La storia della colonna infame (Historia de la columna infame) del mismo autor. Y la soledad del hombre, del hombre detrás de las cortinas de la ventana, escuchando himnos nacionales y misas, esperando el delivery con el pan, con un medicamento, tal vez con una botella de vino. Y también la soledad del hombre público, que parece seguir un simbolismo ante litteram que no lo es, la Pascua del Papa solo en la Plaza San Pedro de una Caput Mundi absolutamente desierta, y el Presidente Mattarella, solo frente al Altare della Patria en un aterrador 25 de abril, día que la liberación del nazifascismo cumplía su 75° aniversario. No fue solo García Márquez quien nos reveló el pacto secreto entre la soledad y la vejez.

No hubo colegios, universidades, para nosotros tampoco hubo trabajo, las ferias ecológicas semanales fueron cerradas y perdimos nuestras convivialidades, los contactos humanos necesarios, ir a las huertas de quienes nos proveen los tomates, visitar el campesino que cultiva las berenjenas y el locoto, tocar con nuestras manos las verduras y la tierra, estrechar manos y abrazar amigos, besarnos y reconocernos a través de un apretón en las espaldas, unas miradas cercanas, con la simple presencia. Todo oscureció y unas atmósferas kafkianas se adueñaron de los espacios, y también del tiempo, todo se alejó. En los animales domésticos vi la sensibilidad que nos falta a nosotros, los humanos, los perros más fieles eran aun más fieles, los gatos más indiferentes se acercaron más a sus cuidadores, los gallos catalanes cantaron menos, casi por no molestar a los vecinos; los colibríes, con sus imperceptibles aleteos, mientras succionaban el néctar de sus flores preferidas, parecían querer dialogar con nosotros.      

Murieron miles y miles, algunos amigos, algunos políticos, muchos médicos y muchas  enfermeras, murieron choferes y futbolistas, murió la poesía, el genio y también la locura. Los de un frente bloquearon a los del otro frente, unos bloquearon el botadero de K’ara K’ara, toneladas de basuras en las calles de la ciudad de la eterna primavera, no permitieron el paso del oxígenos para los hospitales, dejando morir muchos enfermos de Covid-19, los otros aprovecharon del poder adquirido, y así, en una lucha adonde el más pobre pisoteaba al que veía más pobre que él, mientras el rico miraba desde arriba las luchas de los más desesperados. Siempre anansaya y urinsaya, los de arriba y los de abajo. La pandemia amplió la brecha entre pobre y ricos, la pandemia dividió aún más la Zona sur de la Zona norte, estigmatizando, tachando, excluyendo, así todos los Norte versus todos los Sures del mundo entero.

Muchos aprendieron a hacer el pan, las mermeladas y tortas hasta que se acabaron el azúcar, el gas o el dinero, para algunos hasta que el traicionero pijama, que nunca se sacaron, reveló los kilos que la dieta les impuso; y así empezó su vida oficial también todo lo virtual, todo el mundo que desde aquel ángulo del sótano del comedor de Beatriz Viterbo, se hizo viral, zoom y otras aplicaciones, en una Woodstock distópica, todas la 24 horas del día. En Bolivia, durante la pandemia, el gobierno transitorio eliminó el ministerio de cultura -un gasto absurdo según la presidenta Añez-, introdujo un bono familiar que ha permitido seguir elaborando el pan, las mermeladas y las tortas -creo que el dicho: “Qu'ils mangent de la brioche” de una ilustre reina sigue siendo el lema populista ad hoc- y disimular, disfrazar, maquillar toda la mediocridad, la ineficiencia, las negligencias y la corrupción del poder de turno. Y la estupidez. Al implementarse un miserable bono familiar algunos se inventaron nuevos oficios, el hacer colas a pedido en los bancos y en las diferentes instituciones públicas y/o privadas, o el contaminador delivery, la desmesurada producción de barbijos hechos en todos los materiales posibles e imaginables, con aguayos importados de Corea del sur, con símbolos de los equipos de fútbol locales e internacionales, con imágenes eróticas, horror y new age, protectores de rostro psicodélicos, power flower y los cool para elites a las que le gusta ir al Mall bien protegidas. Una ominosa comedia humana, Balzac consintiendo.

Durante la pandemia cambiaron las fechas de las elecciones dos veces, ahora están programadas para el 18 de octubre, pandemia y convulsión social permitiendo. El orden hoy es el caos… toda palabra es una metáfora muerta, tal vez hablando de trofobiosis estamos hablando del mal que le hemos hecho y le seguimos haciendo a la tierra… una homeopatía que deberíamos inyectarnos e inyectar… hoy que todo es más fácil que una narración de los hechos, de la verdad y también de las mentiras, de la ficción. Necesitamos belleza y amor. Pérdida de la fisicidad del ser (sin estrecharse la mano, sin abrazos), pérdida del contacto con las cosas (la compactación de los elementos, de la materia y de los sentimientos), pérdida también del amor que ahora se ha transformado en violencia y odio, afuera y adentro de nuestros hogares. Durante estos días hubo tanta violencia, demasiada violencia, sobre todo en contra de las mujeres, y divorcios, agresiones, persecuciones y muertes…

Fueron días en que se transparentó nuestra huella ecológica, y nuestras acciones logramos verlas en la condición de la Pachamama, en el clima, en nuestras relaciones humanas. Venecia con sus aguas cristalinas, el Himalaya admirable desde la India, el cielo azul sobre Ciudad de México, el silencio adueñándose de las noches de la ciudad de nunca duerme, Nueva York. Cientos de venezolanos, en su desesperada fuga de un país dantesco, un día pidiendo ayuda en los semáforos, otro día vendiendo chicles, bombones y caramelos, mostraron el total fracaso del llamado Socialismo del siglo XXI, de la Revolución bolivariana, de todas estas mamadas que fueron los populismos en Latinoamérica durante todos estos años. Una señora, ya anciana, al alcanzarle unas monedas, me dijo: “¡Chávez se murió bien alimentado y su amante, el Maduro, no tiene pinta de uno al que le falte comida…!” y siguió: “Y ahora se vino esta pandemia, ocultaran todos los datos y repartirán aspirinas que ni siquiera estamos produciendo en nuestro pobre país”. La alegría caribeña había perdido todo su eufórico esmalte, parecía oír una letanía triste del más profundo de los infiernos de los hombres. Hubo días que podían salir solamente los que tenían su número de carnet de identidad con final par, otro era por los impares, y pedaleando uno oxigenaba la mente, no circulaban autos y el esmog había desaparecido, las fétidas aguas del Río Rocha retomaron transparencia, el cielo parecía sentado sobre nubes de una pureza jamás vista, la Cordillera andina presumía su verde original después de los incendios del año pasado, y, de pronto, uno se estremece al no ver los niños en las calles, ausentes sus alegrías, sus sonrisas, sus inocentes evasiones, su patear pelotas y botellas de gaseosas. ¿Sudamérica y todo el sur de nuestro planeta qué sería sin los tantos niños, sin sus malabarismos, sin sus saltos mortales? No verlos en las calles estos días fue espeluznante.

Suprimir la cultura y la educación y en su lugar introducir los transgénicos, permitir que las farmacias especulen sobre los fármacos más necesarios, que la policía sea más violenta y que el ejército siga no sirviendo para nada, que los incendios por todo lado continúen y que el aniversario del 6 de agosto pase en el olvido, es la tremenda Historia que esta pandemia también permite se vuelva en farsa de una tragedia que nació en 1825, en esta fecha “Bolivia comenzó su vida como una nación independiente: estaba en el umbral de una terrible y espantosa historia”, nos contó Charles Arnade en su La dramática insurgencia de Bolivia. ¿Crónica será, desde un país tan raro y -Vázquez dixit- “tan solo en su agonía”? Ahora, mientras el viento de agosto me reconduce a un año atrás, con la atmosfera de espera por unas ilusorias elecciones que vendrán, esta vez tal vez el 18 de octubre -mientras estoy escribiendo, luego mañana se verá- para algunos con las mismas emociones, para otros siempre más desilusionados de estas vulgares, arrogantes y podridas democracias… 

La buena se vino, el Mago no falló, como previne, tampoco esta vez, y llegó el fruto de nuestras siembras. Tal vez el virus salve el planeta. A nosotros, no lo sé.

Odradek, agosto 2020

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Imagen: Detalle de El Bosco

 

Sunday, November 8, 2020

RESEÑA | Desempolvando Y en el fondo tu ausencia, novela de la autora Rosario Barahona Michel


MARIO ALBERTO MEDRANO

Ciudad de México, 7 de noviembre (SinEmbargo).- Leer una obra publicada hace más de un lustro permite analizarla sin la efervescencia de las entrevistas y los comentarios a bote pronto, en medio del caldo gordo de la publicidad, y esto cobra relevancia si se trata de una novela galardonada con un Premio Nacional, como es el caso de Y en el fondo tu ausencia (Alfaguara, 2013), de Rosario Barahona Michel (Sucre, Bolivia).

Reconozco, de inmediato, en esta novela la mirada de la autora, aquella que evoca, pero con la capacidad de temperar el imaginario, donde reconoce la existencia de los otros, de los antepasados, sus condiciones y circunstancias.

Es justo en esa luz, la que comparte con la sombra, donde se halla esta novela, que si bien se posiciona en el género histórico, no se ciñe al ajustado corsé de la narración lineal, sino que alterna tiempos, recurre a las figuras retóricas como la analépsis, a una polifonía muy controlada y a un dominio de arcaísmo y localismo lingüísticos.

Grosso modo, Y en el fondo tu ausencia desarrolla en la Charcas del Siglo XVIII bajo un ambiente religioso, como era en aquella época en la región de La Plata, que podría considerarse el nombre colonial de la capital boliviana. A pesar de a lo largo de la historia diversos narradores se intercalan, los protagonistas, los guías del lector, son María del Carmen Gil y el Padre Suero.

Por su parte, María del Carmen, quien supone un desdoblamiento entre la primera y la segunda voz, pero sobre todo la segunda, narra las causas del porqué está al cuidado de Juana de Dios, su hermana mayor, quien supone una suerte de acertijo silencioso. Asimismo, da cuenta de la muerte de sus cuatro hermanas menores y las enfermedades febriles que las hicieron sucumbir. Junto a María del Carmen aparece un personaje misterioso, Santusa Nava, a quien Barahona le otorga su propia voz para narrar, en primera persona, sus infortunios, al ser una mujer “parda y libre”. Hasta aquí, es la historia de una familia y su relación con su tiempo. Por otra parte, el Padre Suero es, a la manera de las novelas de Faulkner, un flujo de conciencia. Se podría decir que el Padre Suero es estertor, una expiación de culpas.

Es, precisamente, esta expiación de culpas el hilo conductor, el cauce oscuro por debajo de las historias de familia, sociales, económicas, el verdadero quebranto de Y en el fondo la ausencia. Si es cierto que el telón de fondo, una bibliografía histórica, un acervo historiográfico de Bolivia, es una primera capa de la novela, por debajo la rendición de cuentas, el redimir de sus personajes es la fundamental.

Me interesa especialmente la disposición estructural. Lo que en cine funciona como flash back. Creo que Barahona maneja prolijamente este ir y venir, de intercambiar voces –otras formas de volver en el tiempo, en otros ojos-. En esta historia de la americanización, ese ir construyendo sociedades con raigambre, un haciendo la nueva América, entre hacendados segundones, colonias, paisajes, hábitos –Barahona procuró no caer en el costumbrismo ni del barroco-, hay momento que el narrador se convierte en omnipresente, una presencia superior, por encima de los hechos, y que es un efectivo recurso para dar paso a voces analépticas.

Es importante mencionar que las historias de esta novela se adentran, como en Anábasis, en lo personal, y como caja china, en lo estructural. Conocer la vida de algún personaje, supone ir hacia el fondo, hacia atrás, siempre con el eje rector de alguno de los protagonistas. Se infiere, entonces, que esta obra es un ir hacia adentro, una indagación exhaustiva, tanto en la investigación histórica como en el carácter de los personajes.

Rosario Barahona Michel es escritora e historiadora. Es autora de la novela Huésped (2010), obra finalista del Premio Nacional de Novela Alfaguara, en 2003. En 2012, obtuvo el Premio Nacional de Novela con su obra Y en el fondo tu ausencia (Alfaguara, 2013). En 2017 publicó el cuento “Cosas consabidas” con la editorial ecológica cochabambina Yerba Mala Cartonera. Su nombre se encuentra en las autoras que mejor entrelaza la historia con la literatura, es decir, la realidad con la ficción.

Con esta entrega, recupero La ruta de viaje por la obra de escritoras latinoamericanas. En este momento, continúo en la estación Bolivia.


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De SIN EMBARGO, México, 07/11/2020

Sunday, November 1, 2020

Tragedia y oxímoron boliviano


MAURIZIO BAGATIN

La literatura es una caja de herramientas, entre utensilios que nunca deben faltar, el martillo, el alicate, la llave inglesa, un desarmador, hay cachivaches, clavos, tornillos, empaquetaduras, que algún día tal vez servirán, hay un Victorinox, con la lima de Rousseau, la lupa oenegenista, el sacacorchos new age de los viajeros trasnochados…

Live dead de los Grateful Dead, para entrar en sintonía con el oxímoron boliviano, vida y muerte en sintonía con el léxico familiar de un fracaso único: la revolución democrática, en un proceso de cambio que nunca fue, que jamás será, empezamos con Ollantay, un drama a buen fin que ni Hollywood nos ofrece hoy día…

Aquí vive la tragedia en el acuchillador viento de la puna, en el bullicio de las ciudades al borde del colapso demográfico, en el bochorno de la selva. Hay una tragedia en los incendios, en la falta de agua, en el poder que nunca respeta al otro, hay una tragedia en lo parmenídeo ser boliviano; en las montañas míticas, el Thunupa, el Illimani, el Sajama, en la selva profunda y en el jaguar, en el caimán y en el valle fértil, las terrazas cultivadas a papas y coca.

El Mariscal Sucre que avisaba en su última carta a Bolívar, la del 25 de mayo del 1830… Dios bien sabe cuánto hemos luchado por la libertad de todas estas tierras y cuán mal nos han pagado. Sé que al alejarme no me guía ningún síntoma de cobardía y de traición, sólo el gran amor y cariño a mi esposa e hija… y luego ¡la traición!

Es El círculo de Oscar Cerruto, lo más kafkiano entre nuestros escritores, y Tirinea en su imaginario clandestino, es también el Chaupi p’unchaypi tutayarka del desarraigado Medinaceli, El dictador suicida y El presidente colgado, cabeza bifronte de Jano, nuestras tragedias y nuestro oxímoron… 

La tragedia griega son las culpas de los padres, pagadas por los hijos; siempre habrá una poesía dictada por la violencia, siempre perderemos si no aceptamos lo que somos; el Mito penetra nuestras cotidianeidades, un día es el Caballo de Troya - o las elecciones, dicen, democráticas - otro día el mito de la caverna de Platón - o el día después a todos los días - siempre habrá esta contradicción: “Separado se escribe todo junto y todo junto se escribe separado”.

31 octubre 2020    

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Imagen: Alfred Kubin    

Sunday, October 25, 2020

Sueños de Francia


MAURIZIO BAGATIN

 

Mouans-Sartoux a un paso de la lavanda de Grasse, haschisch barato en las brasseries, cuscús y Beaujolais, y el perfume de millones de flores, fábricas de perfumes y trabajo duro por marroquíes y tunecinos, por los clandestinos de todo el Magreb, esto es lo que no cuentan los de la Costa Azul, la petite bourgeoisie un día con Pétain y el otro contra Dreyfus, así una parte de la Francia de la Liberté, Égalité, Fraternité…

Y la estación de Niza, cerrada en la noche que, con 14 puntos de suturas en mi pierna, me dejo dormir justo en un parque de la ciudad que fue Reino de Piamonte, y un gringo gordo y borracho se me cae encima, grito, grito fuerte y el amigo que mientras había ido a comprar cigarro vuelve y lo patea hasta dejarlo tendido cerca de una fuente de agua pútrida…

Una noche Salvatore, extraño nombre por uno que viene de Treviso, nos lleva a Cannes, hay el festival del cine, una Deneuve aún belle de jour (et dans la nuit), Laura Morante joven y sensual, la musa de Almodóvar y simplemente Juliette Binoche; cruzamos los miles semáforos de la ciudad, verdes tras verdes sus luces, un boulevard interminable, smoking y Moët & Chandon, recuerdo de Serge Gainsbourg en su tumba en Montparnasse, un Gauloises tras otro Gauloises, un bourbon y su je t’aime moi non plus; todo esto antes del semáforo rojo no respetado y choque:”¿Oui, oui trés jolie!” pero el choque ya fue y la cara de Salvatore en ver la chica casi desnuda saliendo del Chevrolet de un novio más preocupado por su perrito que por la dulce Genevieve…

En el Hospital de Grasse la enfermera me hace sentar, me mira por mucho rato, estoy sudando y pierdo sangre de la pierna… Observo el extraño color de sus ojos, de sus cabellos, y en su esquiva mirada veo Carlos Magno y Giuseppe Garibaldi, las peripecias de una utopía, unir o liberar, me pregunta si soy italiano, un día lo fuiste tú también le contesto, pero ¿cuándo seremos europeos?, ojos grandes o podridos, un viento del este, étimo aún incierto, miles de años y mucho esperma, viajes y retornos… entra el médico y empieza a coser, 14 puntos, 5 internos, 9 externos, le digo “ni el Olympique de Marsella tienen tantos puntos en la tabla”…

Viajamos toda la noche, única pausa Lyon, dos Stella Artois y una baguette con queso, uno de los muchos quesos que Francia produce, una cajetilla de cigarro alcanzará hasta el amanecer, Claudio conducirá hasta París, su hermano duerme en la hamaca colgada atrás, en el camión lleno de herramientas, de todo el material de trabajo, yo haré de copiloto hasta ver las primeras luces de Lutecia, luego despertaré a Daniele y prepararé el primer joint del día…

El hotelito estaba a un paso del metro Chatelet, el jefe en nuestro trabajo era un véneto con una diarrea permanente, la cual no le permitía tomar el metro y tenía que desplazarse con el auto y con un chofer siempre preparado en pararse en un bar, una brasserie o un café adonde el jefe podía entrar a la toilette y… una mañana vino a controlar los avances de nuestra obra, estábamos instalando puertas, ventanas, portones y ventanillas en un colegio fiscal, un colegio de Francia, una empresa italiana ganó la licitación y nos contrató, imagínense el ministerio de Educación a través del ministerio de obras publica licita una obra que vienen ganada por una grandísima empresa italiana, la cual a su vez contrata otra empresa italiana para ejecutar la obra… antes escribí sobre la utopía de Carlo Magno y la de Giuseppe Garibaldi…

Empecé a frecuentar un pub en Rue du Mont Thabor, un pub irlandés, con mucha bulla, buenas cervezas, chicas con cabellos rojos y muchas pecas en su cara, afiches de James Joyce, Oscar Wilde, uno de Beckett que no puedo encontrar en ninguna imagen internauta. Un día apareció colgada una invitación a ser partícipe de un partido de futbol #%&¡Q, la otra palabra era ilegible y decidí jugar este partido de futbol #%&¡Q; el sábado por la tarde, después de un almuerzo liviano, sopa de cebolla y ¼ de vino tinto me fui al Bois de Boulogne, jugadores de petanque invadían la tarde soleada parisina, más al norte las canchas de fútbol estaban repletas pero logré ver mis compañeros de futbol #%&¡Q, listos con sus poleras rigurosamente verdes y botas con cachos de cuero. El partido empezaría a las tres de la tarde, pregunté contra quienes íbamos a jugar, el capitán de nuestro equipo me dijo contra los Gaelic Foot de La Courneuve…mientras veía que todos se pasan el balón con las manos, lo lanzaban con las manos y se empujaban y derribaban como en el rugby… le pregunté a nuestro capitán porque se calentaban así y me contestó, mirándome con asombro, que así se juega el futbol gaélico…

25 octubre 2020

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Imagen: Paul Cézanne/Los techos de París, 1882

 

Thursday, October 8, 2020

Pesadillas desde el primer mundo


MAURIZIO BAGATIN

Todos aprendieron de la peste. Esto lo escuchamos todos y dicho por casi todos. Menos por aquel que tenía que volverse al país desde el Viejo continente. Él sí algo aprendió de la peste, nunca quiso admitirlo. Para él fue una pesadilla, la ausencia del retorno, la permanencia en la tierra del pandemónium.

Durante más de quince años trabajó sin descanso, sin vacaciones, sin fines de semana; su decisión, al salirse de aquí, era la de trabajar, trabajar y trabajar, para lograr ahorrar más dinero posible, y luego volverse para invertirlo aquí.  Se fue cuando aún el presidente gringo seguía en el poder y quiso volver cuando supo de la caída del innombrable. En enero empezó planeando su vuelta, renovación del pasaporte, boleto de avión, transferencia de una parte del dinero ganado en una cuenta que su hermana le abriría aquí, en su país natal.

Durante más de un mes se dedicó totalmente en organizar su vuelta al país; viajar fue, durante casi quince años, un ejercicio que nunca quiso siquiera nombrar, fue una acción que nunca quiso practicar, el objetivo era claro: trabajar para ahorrar para volver. Durante casi quince años trabajó y durante casi quince años ahorró. Nunca volvió.

Su profesión desde el principio le ofreció estabilidad, buenas ganancias y la seguridad de que un día hasta aquí, en su país de origen, se le ofrecería gratificaciones y un futuro mejor de lo que se iba perfilando quince años atrás. Por eso se fue, por ese pesimismo que, al quedarse aquí, nunca podía haberse metamorfoseado en optimismo, en su exacto contrario. En enero del 2003 viajó al país donde una marea de connacionales ya había decidido buscar suerte. Ahí viajó y ahí de inmediato consiguió trabajo, ahí se instaló y ahí decidió quedarse hasta hacer realidad su sueño. Volver con todo el ahorro fruto de su trabajo.

Con el boleto en la mano el viaje ya tenía fecha, para marzo volvería a su país de origen. El vuelo era con la nueva compañía nacional, la compañía aérea con la cual llegó a Europa ya no existía, y el vuelo esta vez sería directo, desde el país de los conquistadores hasta el país conquistado, una novedad absoluta para él, una de las pocas ventajas de la globalización, dormirse con un huso horario y despertarse seis horas más joven. Tal vez sentirse en casa, tal vez sentir nuevamente la tierra, la gente, el aroma de las comidas, el perfume y los malos olores que siempre han definido su país. Se preparó también a esto.

¿Quién lo esperaba? Su hermana, ya anciana; su tío, ya viejo; sus amigos, ya perdidos; su gente, ya cambiada… un retrato de Dorian Gray sacado del sótano, un proceso de cambio de ilusiones, un maquillaje del capitalismo, un lapso de tiempo para trasladar los sueños de un continente a otro, tal vez, y nada más… su pasado interrumpido, su presente inmóvil, su futuro incierto.

El invierno que acompañó su decisión del retorno transcurrió, hasta el mes de febrero, sin el habitual frío, ni siquiera una nevada en la ciudad donde vivía, siempre acostumbrado, él, en sacar nieve de la puerta de la entrada a su casa desde diciembre hasta marzo; ver vecinos cargando esquís en el maletero de sus autos y dirigirse hacia las estaciones invernales de esquí. Este invierno parecía más a una primavera caprichosa, de las que no dejan florecer las mimosas, las violetas y las prímulas, un invierno primaveral lo definieron ecologistas y hasta algún político siempre atento a los vientos de cambios. Y pensar, se dijo mirándose al espejo, que dejé hace quince años la tierra de la eterna primavera, adonde el invierno dura una cuantas horas al día; aquí aguanté todos los años temperaturas bajo cero desde diciembre hasta febrero, algunos años hasta final del mes de marzo. Tal vez, se dijo, premonitor es también el clima, parece que estuviera preparando mi retorno. Extrañas suposiciones las suyas. El cambio climático estaba presente aquí y allá, la eterna primavera no lo habría esperado aquí y el frío llegaría atrasado allá. Caos climático y cada cosa en su lugar, pensó, y así parece ser.

Con todos estos pensamientos, y con todas sus certezas, fue preparando el equipaje, una sola maleta, con ruedas, cuando viajó la primera y única vez salió de aquí con estos bolsones enormes y de empacho, envolviéndolo con esta marea de celofán carísimo que te ofrecen en todos aeropuertos, y el maletín de a mano; faltaban pocos días y decidió revisar si todo estaba bien, los documentos, el equipaje, decidió salir y comprar un recuerdo más para su hermana, una chompa de lana con estampado del nombre del país en el cual transcurrió más de quince años de su vida. Volvió a la casa y oyó del noticiero de la televisión nacional que en una ciudad de un país asiático en solo diez días habían armado un hospital completamente equipado para enfrentar la peste que estaba azotando el territorio y que, por primera vez en la historia, podía volverse planetaria; pocos hablaban de todo esto en la clínica donde él trabajaba desde hacía quince años; pocos recordaban las pestes del pasado; nadie tomaba en serio ni siquiera los primeros dos casos señalados y denunciados en la misma ciudad donde él estaba viviendo ahora. Después de una semana se declaró la pandemia a nivel mundial, oyó por primera vez la palabra lockdown, se encapsularon enteros territorios colindantes a la ciudad en la cual vivía. Le fueron suspendidas, debido a su profesión, la vacación y el viaje a su país natal. No viajó y desde aquel día empezó su pesadilla en el primer mundo.

Mientras caminaba al trabajo escuchaba o leía las noticias que llegaban desde aquí; la decepción por el fallido retorno, el desasosiego por la atmósfera que estaban viviendo, sobre todo en la región donde estaba, no lo vencieron. Pronto terminará todo, llegará una vacuna, como siempre serán los primeros, unos cuantos, en fallecer y luego volverá la normalidad, pronto estaré en mi país natal y desde ahí empezaré de nuevo.

Llegó marzo y se cerraron todas las fronteras, internacionales y muchas de las nacionales, era imposible trasladarse de una provincia a otra, según el número oficial de los contagiados la política tomaba medidas y las fuerzas del orden las ponía en acto. El orden del caos ya no era solamente climático, el orden del caos se adueñó de todo imaginario y de toda acción colectiva. Nada de nuevo para él, que vivió dictaduras y golpes de estado, toda una novedad para las nuevas generaciones del Viejo continente, al menos para los que no conocieron la guerra, el hambre y la miseria. Todo esto para que alguien, o todos, aprendan. Pará él no, él no tenía nada que aprender que no fuera la imposibilidad del retorno, la inutilidad de todos los preparativos, la seguridad de que aún sigue ahí, en el Viejo Continente, esperando que la peste enseñe a todos un poco y del poco que sea útil para todos.

14 septiembre 2020

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Imagen: Jackson Pollock/Sketches