Monday, November 28, 2022

nos hemos olvidado el incienso

 


PABLO CEREZAL


Quiero este lugar, me encanta este hueco. 

Pediré al rey que esta maravilla se llame el Bósforo de Almásy.

Ralph Fiennes a Kristin Scott Thomas, en El paciente inglés

 

Se aman los hindúes de canto contra las místicas piedras de los templos de Khajuraho. Se aman en creativo alarde de musculatura sinfónica y grave. Se aman de bies y del revés, con los labios buscando manantial de barro, o incendios, en la planta de los pies. Se aman, al fin, desmedidos de gimnástica bizarra que da bien inmortalizada en grabados, fantasías y tallas. Nosotros, sin embargo, tan poco imaginativos nos amamos, tan absortos en nosotros mismos, diciéndonoslo de frente con la boca cosida para fecundarnos bien dentro ese milagro de cíclope ambidiestro capturado como Alicia cuando cruza los espejos. Nosotros, reservando en barrica de plasma la imaginación, tallándonos poemas en los hombros y en todas las esquinas del cuello, labrando versos en nuestras pupilas cuando acunan océanos y la piel es un y verso constelado de ciervos heridos de flechas que, aunque les cerquen, nunca les aciertan. Siempre tan cercanos cuando entre otros, tan uno cuando nosotros, enredados en la espuma de este amarmarrarse dentilabial y salvaje. 

Dejamos los malabarismos hindúes para las paredes que nos miran. Las gimnasias soviéticas para estas pupilas en que abrevan los músculos henchidos de cafeína. Mis dedos en carne viva tañendo tu platisma y todas las otras guaridas que tu piel escabulló a otras pieles para descubrirlas, regias de voraz relieve, suturadas a la mía. 

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De VISLUMBRES DE EL DORADO, 14/11/2022

Fotografía: Pablo Cerezal

Wednesday, November 23, 2022

Carta a Pablo Milanés


GEOVANNYS MANSO

 

"Dale..., que Pablo te quiere conocer..." Así me dijeron. Yo había escrito unas palabras para el concierto que daría en Santa Clara, el 14 de enero de 2011 y él, Pablo Milanés, quería conocerme, para agradecerme aquel fajo de palabras que escribí con el corazón. Y allí fui, a la Plaza Ernesto Guevara, para verlo, para saludarlo, para conocerlo. No recuerdo qué me dijo, solo su abrazo, su voz tenue, a punto de subir al escenario. "Quédate", me dijo. "Para que escuches el concierto" Y eso hice. Me quedé allí aquella noche, como tantas noches y tantos amaneceres: escuchándolo, temblando, por el intransferible caudal de memoria que sus canciones nos han donado... ¿Qué me dijiste, Pablo, aquella noche? ¿Qué me dijiste...?

 

Una carta para Pablo Milanés

Querido Pablo:

Escribo estas palabras, tal vez elementales, para festejar nuestro encuentro, postergado durante tanto tiempo.

Porque tus canciones han ido modelando, con inefable sabiduría, la profunda esencia de un país.

Escribo estas palabras, porque ellas no bastarán para magnificar tu obra, tan colmada de sentidos y de cauces, de estrellas y de asombros, de lealtad y de caminos que se abren como un abrazo impostergable.

Por ti, recorrimos las calles ensangrentadas de Santiago de Chile, aquel Santiago negado a un pueblo a golpe de fusil y de metralla.

Hoy somos tu canción de pincel y de cantera, de amor y de ternura, tu canción que se yergue entre nosotros, tan ávida de Patria, tan ávida de luz, tan ávida de amigos.

Somos, Pablo, tu voz con Cuba, tu voz por Cuba, la vastedad de una obra que nos ilumina este diario vivir, y que nos has entregado, como quien entrega el alma de las cosas verdaderas.

Sé que siempre estarás a nuestro lado.

Que tus canciones forjaron un ayer y forjarán un mañana.

Que habremos de crear nuevos caminos para el hombre.

En esos caminos, sirviéndonos de abrigo, de alimento, de esperanza; convertidas en martillo; transformadas en papel, en voluntad, en eco; definidas por su sencillez, por su honradez, por su valentía; de frente, sin miedo, sin premuras, sin retraso: hallaremos tus canciones, Pablo, todas tus canciones, todos tus versos, convertidos para siempre, en la fe de un pueblo...

Geovannys Manso Sendán

Santa Clara/ 14 de enero de 2011 

Sunday, November 13, 2022

México City Blues


MAURIZIO BAGATIN

 

Al Mago por su cumpleaños


“Es una verdadera noche de Brooklyn/la noche azteca/la híbrida noche tolteca/la noche de Saragossa/la noche tarasca/Jaqui Keracky/Cultiva opio/En el buen Culiacán” -Jack Kerouac, Mexico City Blues-

 

David, pintor psicodélico, Daniel, pusher y la desafiante Helena. Es un largo viaje desde el desierto de Wadley hasta México City, en compañía de José Cruz guiando el blues subterráneo de la banda Real de Catorce. Azul en la parada del tren camino a San Luis Potosí, Mujer sucia rumbo a Santiago de Querétaro: “Los mineros, con alas de amor, parten viajeros a los tiros de mina. A los cielos infernales”. La siguiente parada será el desierto. Toda una noche de tequila y mezcal, lubricando entrañas, regando sueños y conciencias. El blues es la negritud y es la luz necesaria para el socavón, es el Tam Tam hecho poesía urbana. Una fogata afuera del tiempo, los ojos que vibran a la llamas, los cuerpos centinelas de la eternidad.

El indio Huichol me invita un gajo de la carne de los dioses, “siete gajos servirán para toda la noche, para toda tu vida”, me indica mirándome fijo en los ojos. El frio es martillador. El aullido de un coyote y el tren hacia el sueño del norte irrumpen; el viento es un canto ligero, hay sombras en la calvicie de la tierra, la luna es un firme cilindro encendido en el libro del cielo. “¡No te distraigas!, mira de frente a los eventos, tendrás lo que es firme en tus sueños…”. El indio Huichol desaparece como llegó, en el horizonte fantasmal. El viento cesa, ya parece haber desaparecido también el frio. El fuego se va apagando, vemos todas las transformaciones de la noche, el entrar de la modorra, ahora, que precede el amanecer.

Viajo con Mixtli, el Mexicatl, donde los Wirikotas, más al norte el desierto es aún más desierto. Fumamos cigarrillos Delicados, sin filtros y dulces, será por el tabaco o será por su papel de arroz, en México fueron siempre los mejores. Encuentro Helena y yo soy Paris, Troya es lejana de las chinampas de Xochimilco, ahí Nezahualcóyotl "el Rey Poeta" va recitando: “No acabarán mis flores,/No cesarán mis cantos./Yo cantor los elevo,/Se reparten, se esparcen./Aun cuando las flores/Se marchitan y amarillecen,/Serán llevadas allá,/Al interior de la casa/Del ave de plumas de oro”. Blues. Una guitara desde los ríos profundos, el Mississippi y el Rio Grande, más al sur cañones y tortillas, piedras y alimentos, arriba José Doroteo Arango Arámbula mirando desde Columbus. En la Sierra nos espera Emiliano Zapata y tortillas más oscuras, la nixtamalización y las líneas de formación de la tierra, piedra jade y la Selva con sus fenómenos kársticos. La noche será la fuga por el Rio Usumacinta, mezcalina que el Muerto distribuye como si fuera Jim Morrison. Alebrijes y The End.

Daniel aparece con una bolsa de papel, adentro oculta un teléfono adaptable a todas las cabinas telefónicas de México City (lo conecta a la primera cabina que encuentra y me dice: “¡Ahora ya puedes llamar adonde quieras!”), en la otra mano un kilo de mota recién llegada de San Sebastián de la Sierra: “¿Fumamos?”; tengo en mis manos el cuadro psicodélico de David, es el viaje alucinado de Ixca Cienfuegos y, al mismo tiempo, la mirada hipnotizadora de Teódula Moctezuma, los guardianes; Helena me va desafiando: “¡Sales de aquí si a los chilangos les ganarás en comer picante!”, naturalmente gano yo y me voy, tomo un taxi en Reforma, con los últimos diez pesos me compro una Negra Modelo. Ahora estoy comiendo un plato de pasta en la Big Tower de Toronto, nos emborrachamos con el Mago y su tío. Mañana viajaremos rumbo a Roma. Hasta el avión nos acompañan unas azafatas canadienses pero de origen italiano.

En mi oído suena Comala, Jorge Reyes está presente.

12 noviembre 2022

 

Imagen: El cuadro de David, enero 1995

 

Thursday, November 3, 2022

Dioses, tumbas y sabios, de C. W. Ceram


JOSÉ CUESTA

 

Aunque ahora está de moda la «fusión» de géneros, como ocurre con las novelas poéticas o las novelas ensayo, la idea no es nueva. Este libro de 1949 ya explica en su título (Götter, Gräber und Gelehrte. Roman der Archäologie) que se trata de uno de tales géneros híbridos: «novela de arqueología». En su prólogo el autor defiende que la ciencia tiene potencial de sobra para escribir libros en los que se mezclen la intriga y la emoción de la novela de aventuras o el relato detectivesco con el rigor del ensayo científico. Se trata de limar todas las arideces, tecnicismos y erudiciones y destacar el aspecto humano, la búsqueda y el hallazgo, los éxitos y los fracasos. Y no se postula como creador de este nuevo género, sino que apela a una incipiente tradición citando un famoso precursor: Cazadores de microbios, de Paul de Kruif, y otro libro publicado casi simultáneamente con éste, también sobre arqueología: Lost Worlds, de Anne Terry White.

Y en efecto, el libro es una estupenda novela de aventuras que narra hechos rigurosamente ciertos. La arqueología es terreno abonado para este tipo de experimento literario. El tirón de Indiana Jones se debe en parte a eso. Pero es que, además, el libro cubre los mayores hallazgos arqueológicos de la historia, así que el éxito está asegurado. Ceram es el pseudónimo con que firma su autor, Kurt Wilhem Marek (Marek al revés es casi Ceram), que, contra lo que se podría pensar, no fue un arqueólogo, sino un periodista y crítico literario alemán a quien los americanos hicieron prisionero en Italia en 1944 y que decidió aprovechar su cautiverio para leer todo lo que cayó en sus manos sobre arqueología. Con tal bagage se lanzó a escribir Dioses, tumbas y sabios.

El libro está dividido en cinco partes: El libro de las estatuas, donde, entre otras cosas, se narran el descubrimiento de Pompeya y Herculano, y la increíble hazaña de Schliemann, que sacó a la luz Troya, descubrió la civilización micénica y casi también la minoica; El libro de las pirámides, que cubre desde la invasión napoleónica de Egipto hasta el hallazgo de Howard Carter de la tumba de Tutankamón; El libro de las torres, que narra los descubrimientos de los imperios asirio, babilónico y sumerio y cuenta la historia del desciframiento de la escritura cuneiforme; El libro de las escaleras, sobre las civilizaciones precolombinas, y Sobre los libros de historia de la arqueología que aún no pueden escribirse, que apunta hallazgos recientes (para su época) en el Indo y en otros lugares. El autor aconseja en el prólogo empezar a leer por el segundo libro, imagino que porque en aquella época aún estaba reciente el descubrimiento de la tumba de Tutankamón, el hallazgo arqueológico que probablemente haya tenido el mayor seguimiento mediático de la historia, en parte por la fascinación que ejerce la civilización egipcia sobre nuestro imaginario colectivo y en parte por el fabuloso tesoro que, contra todo pronóstico, se encontró sin expoliar, y empezando a leer por ahí el lector tenía más posibilidades de quedar enganchado. En mi opinión, y habiendo hecho caso al consejo del autor, creo que hoy día resulta innecesario. A mí no me parece menos fascinante la historia de Schliemann que la de Carter, y si acaso me lo parece más, así que yo aconsejo empezar el libro por el principio, porque la diversión está asegurada desde la página uno.

Inevitablemente el libro está obsoleto. Desde 1949 hasta ahora mucho ha llovido, mucho nuevo se ha encontrado y mucho de lo que se consideraba cierto se ha rectificado. Por ejemplo, sabemos hoy mucho más sobre los mayas y aztecas, y sobre los pueblos que los precedieron (los constructores de Teotihuacán); incluso hay teorías con bastante sustento empírico de por qué el imperio maya desapareció. También ha cambiado la visión sobre lo que ocurrió en Pompeya y Herculano: hace poco vi en un documental que la hipótesis que mejor explica la imagen «congelada» que nos dejaron estas ciudades es que el Vesubio mandó una nube piroclástica sobre ellas, tan rápido que los habitantes no tuvieron posibilidad de huir. Y sobre la Atlántida, que Ceram menciona un par de veces en el libro, porque en aquella época se especulaba si tendría alguna relación con la civilización maya, ahora tenemos una convincente explicación que la identifica con la civilización minoica, destruida de la noche a la mañana por el tsunami que provocó la enorme explosión de un volcán que había en la isla de Tera. En fin, que el libro, de seguir el autor vivo, habría admitido una segunda edición corregida y ampliada, o una segunda parte tan fascinante como la primera. Pero como podéis imaginar, la obsolescencia es mínima en lo que se refiere a las civilizaciones del Nilo, del Tigris y el Eúfrates y del Egeo, así que el libro se puede seguir leyendo para aprender sobre todas ellas. Y ahora que recuerdo, sí que hay una especie de segunda parte, del mismo autor, donde se llena uno de los vacíos que deja este libro: el imperio hitita, ese gran desconocido (el libro se ha traducido con el título de El misterio de los hititas, y ya le tengo echado el ojo).

Vi Dioses, tumbas y sabios por primera vez en casa de Susanna (coautora de este blog). Ella y Anxo (otro coautor) sostenían que lo habían leído en su juventud y les había encantado, y yo expresaba mis dudas de que el libro aguantara una segunda lectura de adulto. Me equivoqué y así lo hago constar públicamente. El libro es muy bueno, incluso leído a mi edad, incluso conociendo el 70 por ciento de los hechos que se narran. Definitivamente recomendable.

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De LA CUESTA DE MOYANO, blog del autor, 29/05/2014

Monday, October 31, 2022

La piel arde


ELIANA SUÁREZ

 

Arena bajo los pies como minúsculas brasas incandescentes. Oro que despelleja el alma cuando no hay refugio donde guarecerse. Hombre o mujer, niño o anciano clamando al cielo por una nube o por agua. Agua como privilegio de clase. Transparente ante la riqueza, enlodada para la miseria.

Sol que ardes en cada célula y exasperas hasta lo insoportable. Grieta en tierra seca, escama de dragón devorador de humanidad. Se yergue el fuego como titán sobre la sierra. La flor y el árbol doblan servilmente su espalda y proclaman vencedor a quien como Atila será amo y señor del territorio.

Pero aquí, el recuerdo de aquellos días fríos trae el aroma de tu ropa, tu casa, tu comida. El silencio en el punto exacto en que la ciudad hace un vacío y en medio del tumulto no se oye nada. Un perseguir la dicha a cada paso, tratar de seducirla y lograr que anide en las esquinas donde alguna vez soñamos con una vida juntos.

Ahora, arden bajo la tierra la esperanza y el amor. Aguardan a resurgir colándose en ríos subterráneos, en agua que fluya y recorra toda la superficie de la tierra hasta bañar nuevamente mi cuerpo. Esa agua me poseerá y, entonces, un jardín crecerá en mis espaldas y las raíces fortalecerán nervios, músculos y órganos y viviré y sobreviviré a este tiempo árido en que las hojas caen antes y el cielo azul es presagio de descanso.

El sol se recuesta en la quebrada cansado de tanto arder. Una bandada de pájaros se nutre de la sombra y se despide en jolgorio incesante. Un espectro merodea entre los rosales. Es noche sin luna y las estrellas reinan. Lejos de aquí, la arena se vuelve velo de Ino. Lejos de aquí, una voz clama piedad entre las ruinas.

Entonces el aire de la noche sofoca. Es el dolor de otros cubriendo la faz de la tierra. En el horizonte, una boca negra engulle las formas y luces blancas simulan un amparo que no existe.

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Imagen: Mark Rothko

 

Thursday, October 27, 2022

Derecho a la tristeza


JAVIER VAYÁ ALBERT

 

Sentenciaba el nunca suficientemente añorado Jesús Quintero aquello de que la depresión es un estallido de lucidez. Una definición que rebosa precisamente una lucidez poética propia del genio andaluz que sabía perfecta y desgraciadamente de lo que hablaba. Un estallido de lucidez ante la conciencia abismal del hambre, la miseria, la desigualdad, la guerra y ese largo etcétera que lacera el mundo. Por suerte cada vez la sociedad es más sensible ante temas antes tabú o subestimados como la depresión o la salud mental. Sin embargo, esta creciente y necesaria alerta social tiene su reverso oscuro y, cómo no, dirigido por los de arriba. Se trata de la dictadura de la felicidad. Imagino a un algoritmo demiurgo haciendo saltar alarmas en los despachos ante cualquier posibilidad de negocio y control de las masas.

De este modo una legión sonriente de antiguos comerciales fracasados de compañías eléctricas o de inmobiliarias quebradas ahora reconvertidos en coachs e influencers inundan youtube y las redes sociales. Libros de autoayuda y pseudociencias que prometen ofrecer el secreto de la felicidad copan los estantes de las librerías donde antes podías encontrar no sin esfuerzo algún título de poesía. Cursos de bienestar emocional y mindfulness se publicitan en todas partes todo el tiempo. El mensaje es bien claro: debes ser feliz, y si no lo eres la culpa es solo tuya. De hecho, no intentar alcanzar esa dicha te convierte en paria antisocial, en una anomalía molesta para el sistema. Según esta dictadura solo tú eres responsable de lo que te ocurre, no importa tu estrato social o circunstancia. No importa si eres una mujer iraní, te han diagnosticado un cáncer terminal o vives en la calle; ser feliz está en tu mano. Lo que sucede es que no te esfuerzas lo suficiente, pero ellos van a enseñarte cómo hacerlo por un módico precio, por supuesto.

Nos han convertido en personajes de Un mundo feliz, la celebérrima novela de Aldous Huxley, con las redes como soma. Somos un ejército de Jokers enfermos del virus de los filtros de Instagram, del postureo, de mostrarnos más felices—supuestamente mejores por ello—que el resto. Nos bombardean con frases cursis y motivadoras en las instalaciones de las empresas, en los gimnasios y hasta en el dentista o la oficina de hacienda. Nos escuchamos a nosotros mismos espetando manidas soflamas aprendidas con condescendencia. Compartimos fotos bonitas y memes repulsivamente alegres mientras por dentro nuestro corazón está tan roto como el de un adolescente. Nos sacamos selfies absurdos mientras la desesperación repta por las paredes de nuestra casa.

Nos han creado una suerte de culpa judeocristiana 3.0 por cada momento de aflicción, de dolor, de enfado. Nos han inoculado que no tenemos derecho a la tristeza, que exhibirla es un obsceno acto de egoísmo y debilidad. De esta manera es más fácil eliminar y criminalizar la queja, el pataleo, la reivindicación por justa que sea. Además presuntamente hay que ser muy amargado y malvado para declararse en contra de algo tan deseable como la felicidad. Sin embargo los psicólogos (los honestos que no quieren forrarse a costa de la necesidad y desesperación de la gente) nos advierten de lo errado de esta idea. Nuestro cerebro no está hecho para ser felices siempre, si no para afrontar amenazas, buscar alianzas o refugio. La rabia, la pena o el miedo son emociones necesarias.

Por nuestra salud mental reivindiquemos pues nuestro derecho a la tristeza.

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De EL IMPARCIAL, 26/10/2022

Wednesday, October 12, 2022

Miguel Sánchez-Ostiz habla de Muerta ciudad viva


MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

 

«Recogete, joven; andate a tu casa»

 

Se lo dicen al narrador de Muerta ciudad viva las barrenderas de Cochabamba, esas que parecen bailarinas chinas con sus escobillones rítmicos en la noche y barren esta, como si a la vez la acariciaran, y hacen desaparecer lo que a ella se queda pegado, pero es invisible para la mayoría. Esta sería la historia de Muerte ciudad viva, la del joven que busca encanallarse –eso dijo el propio Céline de su Bardamu– y que debería recogerse en su casa antes de que las cosas se despeñaran en el peor de los pozos negros, pero que no lo hace porque su casa no pasa por ahí, porque la de verdad, verdad, no la tiene, es la calle, la mugre y la exasperación.

 A Claudio Ferrufino-Coqueugniot le conocí antes de haber leído nada suyo en una Feria Internacional del Libro, en Santa Cruz de la Sierra, en la que participamos invitados por la Cámara del Libro. Me bastó escuchar una intervención suya, acerca del lenguaje o la lengua de los expatriados, para darme cuenta de que ahí había un escritor que tenía mucho que decir. Estuvimos alojados en el mismo hotel, él sentado en una mesa y yo en otra, sin hablarnos, escribiendo cada cual lo suyo, y echándonos miradas de reojo de cuando en cuando. Leí luego El exilio voluntario, prestado por un amigo común, Ramón Rocha Monroy, y  nos encontramos más tarde, en Cochabamba. Una Cochabamba nocturna, de cuecas, chelas y tragos finos y duros, de amigos entrañables y con un paramilitar-torturador de la época de Barrientos que tocaba de manera magistral el charango (para que el cuadro quede apropiado), y de antros, cuya puerta había que tumbar a patadas, en compañía de algunos de los personajes de esta novela. Luego vino el Señor don Rómulo y todo lo demás. Lo tengo por el mejor escritor boliviano de hoy, pero como media la amistad y el afecto, y hasta manías comunes, esto que digo y nada es lo mismo.

Hace unos años, en La Paz, un antiguo político del MNR, secretario de Paz Estenssoro, me dijo en un aparte que advirtiera a «tu amigo Ferrufino» que evitara regresar a Bolivia porque se había enterado de que le estaban armando un proceso por sedición de consecuencias imprevisibles (habituales), gracias a sus artículos semanales en varios periódicos en los que ha venido zahiriendo, denunciando y atacando de manera virulenta el régimen de Evo Morales y todos los regímenes bolivianos anteriores y por venir: uno de ellos le costó la colaboración en el prestigioso periódico Página Siete.

Una escritura sin concesiones la suya, ambiciosa y arriesgada, ya sea en la novela, en los artículos políticos o en los literarios que denotan, estos, una curiosidad y una generosidad intelectuales ejemplares.

El de Muerta ciudad viva es un relato de una dureza extraordinaria, pero describe bien el escenario, Cochabamba, esa ciudad populosa, de muchas buganvillas y una placidez indiscutible de vida urbana, y a la vez de mugre y aire viciado que a ratos hiede, de comederos, chicherías mugrientas, desmontes, basurales y puteros, con un río que es una cloaca, con un cementerio donde se celebran ceremonias pavorosas y locales inverosímiles de trago duro, mercados febriles, que le azuzan al autor el amor del disgusto, el de la ira y la añoranza irremediable.

Cuando las puertas del mercado cierran, se abren las del mundo de la noche, ese en el que el personaje puesto en escena por Ferrufino busca la abyección, y desde ese otro lado escribe Claudio. Picaresca y desgarro, en el mercado Calatayud, en La Pampa, en el Triangular de la coca, a donde fui una noche iluminada por siseantes lámparas de carburo –«No te hicieron nada por la sorpresa de verte allí», dijo el cronista oficial de la ciudad-, trago venenoso y delincuencia y violencia viva y sorda, y compañeros de fatigas cuyos nombres me resultan familiares, Julio y Chino, tan llorado por el autor.

¿Excesivo? Y qué no lo es si de la crónica de una autodestrucción se trata. Trago y sexo, mucho de ambos, hasta la intoxicación y la repugnancia, no lo dudo, pero antes, como la vergüenza, hay que sentirla en propia carne, hay que vivirla.

No es esta una novela para estómagos delicados ni para cazadores de micro machismos ni para puritanos de nueva hornada que cunden de manera asombrosa.

En Bolivia, antes de hablar de la literatura de Claudio, bien sea a favor o en contra, se miran unos a otros con sospecha –«Desconfiamos uno del otro, los bolivianos, vemos en nosotros lo peor, el enemigo. Eso nos hace un pueblo traidor», escribe Claudio–. Excesivo el Claudio, inmisericorde siempre con sus compatriotas, sean de arriba o de abajo, de la derecha o de la izquierda, aprovechados, taimados, borrachones, patriotas de pega… Habla del Ejército y dice: «El glorioso ejército de Bolivia ejercitaba a sus combatientes en la humillación». De sus invectivas, enmascaradas en dicterios de beodo en campaña, no se libra nadie, ni guerrilleros ni represores, ni izquierdistas del mejor postor ni pánfilos burgueses atrincherados en sus prejuicios y convenciones sociales, mezcla de racismo y servilismo inextricable, y sobre todo lo más importante: de la picota alcohólica no se libra el propio narrador, su voz, su escritura, una confesión y un espejo, todo lo trucado que se quiera.

 «Casi una novela de misterio esta Bolivia», leo en la novela de Claudio y no me espanto, porque más que de misterio, de espanto puede ser la novela no escrita sobre una Bolivia tremebunda, feliz, bailona, borrachona, guapetona, corajuda y cobardona, del tinku sangriento que no cesa, del dinamitazo como argumento, de las bandas callejeras borrachas hasta las patas, como la que quiso exorcizar me temo que en balde Alcides Arguedas, hace cien años y de ello habló con don Miguel, de Unamuno claro, que le advirtió al boliviano sobre la chupa de su propia tierra, a propósito de Raza de bronce. Viene de lejos, todo lo que Claudio cuenta viene de lejos, de muy lejos, es como lo cuenta y peor. De ahí su desarraigo y su necesidad de poner tierra de por medio. A quien le parezca exageración le recomiendo se dé una vuelta de lunes, o martes mejor, por la morgue o por el rincón de las almas perdidas, o por el mercado Triangular cuando cae la noche, no ya de Cochabamba, sino de su propia ciudad, que de eso se trata, del viaje al otro lado que en todas partes está. Aquí no hay localismo que valga, sino condición humana, desagarro sin fronteras

Y no, no nos confundamos, Muerta ciudad viva, no es un «Bajo el Tunari». Ese sería un torpe remedo de Malcolm Lowry. Aquí no hay bajos que valgan, un Selby estaría más cerca en su desgarro preciso pura cirugía de las tinieblas de la conciencia. La de Claudio no es una impostura o una invención literaria en la ya rancia tradición del malditismo urbano que tiene en Bolivia notables ejemplares. Me consta que el autor sabe que de ese viaje no se regresa, y sí se regresa es para contarlo y felicitarse de estar vivo y en todo caso se paga caro, siempre: « Yo me salvé escribiendo / después de la muerte de Jaime Gil de Biedma. / De los dos, eras tú quien mejor escribía.»

                                                                                                                Arraioz, enero de 2018