Sunday, March 17, 2019

A cierta edad (Breviario para baldados)


MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

A cierta edad… «¿Cuál?», pregunta la sombra que te vigila. «Esa… tú ya sabes». No hace falta ni preguntarlo, ni mucho menos contestar con detalle a la pregunta; con «esa», basta.

Esa pues, es la edad en la que olfateas la chamusquina, algo más que la chamusquina incluso, en la que percibes en el aire, a tu alrededor, allí por donde pasas, allí donde entras, un olor agrio y persistente que flota ligero y que si te descuidas eres tú mismo quien lo lleva pegado a la ropa, lo arrastra y expande, y deja a su espalda: el olor del abandono y de la ruina, del cerrado y del pasado irremediable; el olor de la hoguera de la leña mala, apagada con orines, el que dejaban atrás los vagabundos que de la noche a la mañana desaparecían del mapa, porque ya no tenían mapa… ni tú tampoco, si me apuras. El mapa es para los que conquistan a dentelladas el territorio que en él aparece dibujado o para los que con sus pasos lo dibujan y hacen de la Terra Incógnita su geografía.

Un olor a casa deshabitada junto a la que pasas a diario en tus derivas urbanas, pasos de lobo enjaulado, de lobo despiñado, apolillado, lobo al cabo, con los ojos velados por la lejanía, olfateada, rumiada lejanía, cada día más lejos, mientras el paisaje se achica de mala manera y la fosa se abre a tus pies, debajo de la hierba segada, la del último verano… Nieve. Lobo. Cuento. Chino.

A cierta edad… a veces, no siempre, cuando el susto te impide conciliar el sueño y te mantiene en vela, recuerdas los perros de Valparaíso que olfatean los temblores de tierra, la llegada del terremoto, y ladran y aúllan en la oscuridad más de lo ordinario. Y tú no haces caso, o solo relativo, a sus ladridos, hasta que ves temblar y bambolearse las luces en la noche y por eso te pones al tajo de escribir de ese temblor presentido, de este temblor, ahora mismo, más sentido y padecido que olfateado, porque no te enterabas de nada, porque tú, mientras ladraban los perros, estabas a otras, siempre a otras… y ahora te gustaría saber a cuáles estabas en realidad.

A cierta edad, dices… «¿Pero cuál?», te insisten.

«Esa», respondes una vez más, pero te sientes obligado a aclarar, a explicarte, más que a explicarle a nadie, que «esa» es la edad en la que Mateo Alemán cogió el portante y se pasó con pocas armas y menos bagaje a Indias, en la flota de Aux de Armendáriz, marqués de Cadreita, para no regresar jamás. Tenía 61 años. Entonces, en 1608, esa edad era la de un anciano y Mateo Alemán un viejo molido por la vida, las malandanzas, los golpes de suerte, mala casi todos, las cuchilladas, los errores, la cárcel, los trabajos, los malos negocios y los moderadamente fraudulentos… Chesterton… ¿Qué pinta aquí Chesterton?… Nada, nada, no nos encampanemos, transversalidades, escolios, caprichos, los de esta edad, los de la libertad de irse por las ramas, los del ahora o nunca, los del camina o revienta, los de la libertad del que no tiene nada que perder, nada más que perder que lo que le queda de vida, el tiempo, y eso es mucho perder, demasiado incluso, tanto que es mejor dejarlo a un lado… Y es que, lo mires como lo mires, tú también has hecho malos negocios y de los moderadamente fraudulentos, los del dar gato por liebre, de esos no quieres hablar, no puedes, no te sale, lo intentas, sí, pero acabas cediendo al poner la mejor cara, te guardas las espaldas, y el bolsillo de paso.

Importa poco el motivo concreto del viaje de Mateo Alemán. Lo que cuenta es que se va, que se fue, que dijo adiós a todo, que dejó atrás el país antipático, sus conciudadanos hostiles, sus borrascas personales. Lo que de verdad cuenta es que tenía esperanza de poder vivir mejor el tiempo que le quedara de vida.

Mateo Alemán se fue más o menos solo, separado de la mujer con la que, de mozo, casó por conveniencia, por mal negocio, pero acompañado de una joven sobrina; se fue padre, abuelo, y enamorado, aunque esto sea mucho decir, y dejó atrás los agobios de una tierra ingrata y de una vida infortunada.

En su caso no hubo raíces que valieran. Nada le ataba, al revés, su vida, más que retenerle, le empujaba a la fuga, aunque fuese tardía, a jugarse el todo por el todo.

A su espalda, Mateo Alemán dejó El pícaro, como se conocía ya a su obra, el Guzmán de Alfarache; dejó la fama, dejó lo que iba a sobrevivirle, su obra, mientras que su biografía se deshilachó con la distancia hasta desvanecerse del todo, oculta en un boscaje de maleza erudita. Quienes intentan ahora reconstruir su vida en ese último tranco, lo hacen en la niebla de los archivos mal iluminados por el cabe imaginar, por el rastro mínimo, por las señales de vida que enseguida se apagan.

A esa edad de la que aquí se trata, la de Mateo Alemán, pocos son los que cogen de verdad el portante y se van «a la que salga»; ni entonces ni ahora. Si lo hacen, antes de partir se aseguran de que la paga les llegue allí donde vayan, de que la seguridad social les cubra las eventualidades previsibles, de que el clima les convenga, de que no se vean obligados, por fuerza, a tener que ganarse la vida, porque a cierta edad no te la ganas así como así, ni aquí, ni en el là-bas de cuando la carne es triste y has leído todos los libros.

A esa edad empieza a pesar la salud, apura y empuja la salud del miedo, empiezan a agobiar las rumias que no cesan, las cuentas que no cuadran. Por mucho que las engañes y las trampees, que añadas de aquí y quites de allá, esas cuentas del vivir a trompicones no cuadran.

Las rumias… sí, de noche y de día… Si las cosas están aquí como están, cómo estarán allá lejos; si aquí tu suerte es mediana o perra con descaro, cómo será la que te espera en la timba de allá lejos. Si aquí las cartas están marcadas y tú, digas lo que digas, no tienes maneras de tahúr, qué será frente a jugadores de ventaja aún más avezados, más mañudos que aquellos con los que te has tropezado hasta ahora.

A esa edad, la tuya y la mía, mi semejante, mi hermano a la fuerza en esta cuerda de presos en la que vamos amarrados mano a mano camino de la fuesa, no nos engañemos, ya no; a esa edad, digo, a nada que te esfuerces, en la noche empieza a rondarte el pútrido refranero, la agarbanzada sabiduría que certifica tu derrota.

Y por si fuera poco, para poner tierra de por medio, necesitas papeles, visados y permisos, vas a dejar demasiadas plumas en el camino y tienes que ganar, si puedes, arduas batallas burocráticas que te ponen el empeño difícil. Desistes e intentas contarte la historia, tu historia, de otra manera, te dices que con el corazón distante todo es retiro, lejanía, que para irse no hace falta poner tierra de por medio. Naderías. Y lo sabes. Quien ha partido alguna vez sabe lo que es el verdadero viaje y sabe que este no admite ni demoras ni componendas.

«Ya que no podemos cambiar de país, cambiemos de tema», escribe James Joyce. No es tan fácil. Él por su parte puso agua, tierra y tinta de por medio. Es recurso de baldado, pero a él te agarras.

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De VIVIRDEBUENAGANA (blog del autor), 15/03/2019

Imagen: Autorretrato/Félix Nussbaum 

Thursday, March 14, 2019

Las últimas granadas


MAURIZIO BAGATIN

“Pues ¿a quién quieres, extraordinario extranjero? Quiero a las nubes…, a las nubes que pasan… por allá… ¡a las nubes maravillosas!” - Charles Baudelaire -

Las últimas granadas son el recuerdo de mi abuela, ella me decía siempre que el tiempo se quedó soltero para poder hacer lo que le daba la gana.                                                                                               

El tiempo se cansó. Hoy está cansado. Y si sigue haciendo lo que le viene en gana, no lo hace ya con las mil maravillas y el gozo de ayer, hoy vive esforzado por el atropello humano, inducido por la falta de fósforo, de un aire pura, de una hamaca donde descansar los millones de años de cansancio inhumano. Una extinción nos espera, la nuestra, el tiempo luego seguirá gozando, tal vez, y siempre en este hermoso planeta… el teozintle se hará maíz, el lobo chihuahua, el río lago, otro día un mar inmenso y salado, recordándonos nuestras sangres. La piedra será el mineral necesario, imprescindible, el metal la flecha y la rueda seguirá recorriendo nuevos amaneceres alucinantes y crepúsculos lisérgicos.

Así nuestra especie. Un extranjero mirando, extasiado por las nubes maravillosas…miles de años de poesías y después Adorno preguntándose y preguntándonos, y hoy y mañana un sueño de campesinos, de millones de soñadores como Novalis, entre el cielo y la tierra, ángeles malditos que sembrarán y cosecharan…amapolas en mi junio canicular, racimos que se volverán brisas ebrias, mazorcas en filares esperando el sexo adolescente y el nutrimiento para todas las nuestras Chaskañawi.

Las últimas granadas no serán ya la última cosecha, quebradas avisándonos la madurez, la fractura necesaria que el tiempo no olvida, que la tierra no dejará al letargo humano.

Esculpidos callos en las manos de los hombres, en el vientre de las mujeres, unas líneas albas anunciadoras, fatigas y vidas futuras, un Melville sin memorias, un Pinocho sin mentiras.                              La fábula continúa. El tiempo está cansado y será la necesidad, nuevamente, en hacer el genio, porque la abundancia ya eclipsó toda inteligencia.
14 de marzo 2019 

La tragedia de Ucrania


MARIO VARGAS LLOSA

2 de marzo de 2019

En 1928 Stalin hizo un viaje por Siberia que duró tres semanas. Había derrotado a sus adversarios dentro del Partido Comunista y era ya el amo supremo de la URSS. Comenzaban a escasear los cereales en el inmenso territorio y, luego de aquello que vio y oyó en ese recorrido, Stalin sacó las conclusiones ideológicas pertinentes. De acuerdo a la doctrina marxista, la culpa la tenían los campesinos retrógrados, que, gracias a la expropiación de los latifundios y la liquidación de los kulaks, habían pasado a ser pequeños propietarios y contraído las taras características de la burguesía. ¿La solución? Obligarlos a ceder sus granjas y dominios e incorporarse a las granjas colectivas que harían de ellos proletarios, la fuerza pujante y renovadora que reemplazaría su mentalidad burguesa por el fervor solidario de los bolcheviques.

Este es el origen, según Anne Applebaum, en su extraordinario libro Hambruna roja. La guerra de Stalin contra Ucrania, de la caída en picado de la agricultura en todos los dominios de la URSS, pero que golpearía sobre todo, con ferocidad inigualable, a Ucrania, causando, en los años 1932 y 1933, varios millones de muertos y escalofriantes escenas de suicidios, asesinatos de niños, saqueos y canibalismo. La investigación que la autora lleva a cabo revela al mundo, en su apocalíptica dimensión, un acontecimiento que, por lo menos en sus características reales, había sido ocultado por la censura estalinista, pese a los aislados esfuerzos de algunos historiadores como Robert Conquest, en The Harvest of Sorrow, por difundirlo. Pero sólo ahora, con la independencia de Ucrania, los documentos y testimonios relativos a aquel holocausto han podido ser consultados, y Anne Applebaum, que a todas luces domina el ruso y el ucraniano, lo ha hecho con minucia y escrupulosa objetividad.

Según ella, la hambruna fue premeditada por Stalin y su cortejo de cómplices —Mólotov, Kaganóvich, Voroshílov, Póstishev, Kosior y algunos más— para someter a Ucrania, frenar todo intento de nacionalismo en su seno y liquidar a las organizaciones que se resistían a integrarla a la URSS bajo la férula de Moscú. Y da como pruebas el que en aquellos mismos años el Politburó soviético redujo drásticamente la publicación de libros y periódicos en ucraniano, así como la enseñanza de esta lengua en las escuelas y universidades, e impuso el ruso como idioma oficial del país.

Sea como fuere, desde el año 1929 se pone en marcha la disolución de las pequeñas propiedades agrícolas a fin de incorporarlas a las granjas colectivas. Los campesinos, que habían visto con simpatía la revolución, se resisten a entregar sus tierras y ganados, y asociarse a las enormes empresas colectivas, que, dirigidas por burócratas del partido, suelen ser poco eficientes. Las instrucciones de Stalin son terminantes: aquella resistencia sólo puede provenir de los enemigos de clase que quieren acabar con el socialismo y debe ser aplastada sin misericordia por los revolucionarios. Las brigadas comunistas recorren los campos, confiscando propiedades, ganados, aperos, semillas y enviando a prisión a quienes no colaboran. Uno de los jefes del Gulag, en Siberia, envía un telegrama a Moscú diciendo que no le envíen más detenidos porque ya no tiene cómo darles de comer. Al mismo tiempo, un prisionero escribe a su familia: “¡Qué maravilla! ¡Me dan un panecillo cada día!”.

Las cosechas han comenzado a encogerse, los robos y ocultamiento de alimentos se multiplican por doquier, Stalin insiste en que el partido debe ser “implacable” en su lucha contra los saboteadores de la revolución y el hambre hace su aparición con sus terribles secuelas: robos, asesinatos, suicidios, aldeas que desaparecen porque todos sus habitantes han huido a las ciudades con la esperanza de encontrar en ellas trabajo y alimentos, y los cadáveres son ya tan numerosos que quedan tendidos en las calles y caminos porque no hay gente suficiente para enterrarlos.

Los testimonios que reúne Anne Applebaum ponen los pelos de punta: hay padres que matan a sus hijos con sus manos para que no sufran más y, los más desesperados, para alimentarse con ellos. Ya se han comido todos los perros, caballos, cerdos, gatos y hasta ratas y ratones que podían coger, y los comunicados que llegan a Ucrania de Moscú son cada día más apremiantes: negar la hambruna y, sobre todo, el canibalismo y los suicidios, y castigar sin complejos a los verdaderos causantes de esta catástrofe: los enemigos de clase, los fascistas, los kulaks, verdaderos responsables de las calamidades que se abaten sobre Ucrania.

¿Cuántos murieron? Unos cinco millones de ucranianos, por lo menos. Pero no hay manera de saberlo con exactitud, porque las estadísticas estaban fraguadas por la disciplina partidaria que lo exigía o por el miedo de los burócratas del partido a ser castigados como responsables de la hambruna. El Kremlin impuso, además, una versión oficial de los sucesos que no sólo la prensa comunista obedecía; también la capitalista lo hacía a través de periodistas venales o cobardes, como el repelente Walter Duranty, corresponsal aquellos años de The New York Times, quien, comprado con casas y banquetes por Stalin, se las arreglaba para, en artículos que parecían redactados por un moderno Poncio Pilato, presentar un panorama de normalidad y desmentir las exageraciones de ciertos testimonios que lograban filtrarse al exterior de lo que de veras ocurría en la URSS y, sobre todo, en Ucrania. Una de las excepciones fue el británico Gareth Jones, quien consiguió recorrer a pie el corazón mismo de la hambruna durante varias semanas y contar a los lectores ingleses de The Evening Standard los horrores que en Ucrania se vivían.

Leer un libro como el que ha escrito Anne Applebaum no es un placer, sino un sacrificio. Eso sí, obligatorio, si uno quiere conocer a los extremos a que puede conducir el fanatismo ideológico, la ceguera y la imbecilidad que lo acompañan, y la irremediable violencia que es, a la corta o a la larga, su consecuencia. La hambruna y las muertes en Ucrania ayudan a entender mejor el terrorismo yihadista y la bestialidad irracional que consiste en convertirse en una bomba humana y hacerse volar en un supermercado o en una sala de baile, pulverizando a decenas de inocentes. “¡Nadie es inocente!” era uno de los gritos del terror anarquista según Joseph Conrad, que describió mejor que nadie esa mentalidad en El agente secreto.

Si leer este libro provoca escalofríos, ¿cómo habrá sido pasarse los años que tomaron a su autora el escribirlo? Me la imagino muy bien, inclinada horas y horas, en polvorientos archivos, leyendo informes, cartas de suicidas, sermones, y descubriendo de pronto que tiene la cara empapada por las lágrimas o que está temblando de pies a cabeza, como una hoja de papel, transubstanciada con aquel apocalipsis. Debió de sentir una y mil veces la tentación de abandonar esa tarea terrible. Y sin embargo continuó hasta el final y allí está ahora ese testimonio atroz, al alcance de todos. Ocurrió hace casi un siglo allá en Ucrania, pero no nos engañemos: no es cosa del pasado, sigue ocurriendo, está a nuestro alrededor. Basta tener el coraje de Anne Applebaum para verlo y enfrentarlo.

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De DE OTROS MUNDOS (blog de Triunfo Arciniegas), 14/03/2019 

Imagen: Fernando Vicente/La bota de Stalin

Postbukowskianos


JORGE MUZAM

Hablamos de autores con Claudio Rodríguez. Me cuenta que ha leído sin demasiado entusiasmo a Whitman, quizá guiado por tanta influencia académica, por tanta mención. Me pregunta mi opinión sobre el autor. Le digo que lo leí hace muchos años dentro de un contexto personal e histórico muy distinto, tal vez para adquirir más cultura literaria, para no parecer un idiota en conversaciones de gente agrandada. Le agrego que hoy lo leo a través de las impresiones de Harold Bloom, que me salto pasos, que tomo atajos tramposos, porque la vida lectora es tan breve, que reconstruir el clásico armazón cultural demanda varias décadas, y en el intertanto simplemente te mueres por cualquier causa.
 
Vivimos una era lectora postbukowskiana donde es difícil sentirse atrapado por un libro. Chinasky nos ha cautivado durante décadas, sólo él, porque sus seguidores, discípulos o plagiadores son intragables. Es un estilo sin continuadores, porque para repetir tal magia habría que volver a vivir la misma vida del autor de Factotum, la misma nutrición intelectual, las mismas humillaciones, el mismo cinismo, la misma desesperanza...

Es verdad que los perdedores y el sexo, siempre orientados hacia un horizonte tragicómico, han sido un buen caldo de cultivo entre los narradores contemporáneos. Es una temática atrapadora, envolvente, identificatoria, porque tras los visillos del éxito personal suele cohabitar una ratita temerosa, un histrión de cuello y corbata que sobrevive interpretando con no poco talento su farsa cotidiana.
Es difícil saber qué temáticas y estilos preponderarán de aquí en adelante. Todo indica que la literatura se seguirá contaminando hasta convertirse en una densa nube de smog. Y no es algo malo. La honestidad creativa tendrá mucho que ver en eso.  Por lo demás, cada obra es una replicancia de otras obras, cada estilo una readaptación de otros estilos. Los refritos literarios son inevitables. Cada nueva generación necesita volver a contar las mismas historias y las formas simples, entendibles, para llegar a un público más amplio son como callejones estrechos. El problema es que ciertos refritos son como resaca de licores malos, tras ingerirlos sólo quieres olvidarte de ellos. Y a los excesivamente experimentales no los lee ni su madre. Aun son pocos los escritores capaces de armar ficciones verosímiles, menos aún los que practican cierta honestidad creativa. A la mayoría les cuesta exhibir el lado oscuro de su condición humana, pocos confesarían que son unos hijos de perra enfermos de envidia, retorcidos de rencor, llagados de humillaciones, desbarrancados mil veces en la escalera de la supervivencia. Predomina más bien una patológica obsesión por mirarse el ombligo y victimizarse dulzonamente, como aventándole florcitas al propio espejo, tal como cierto paisajismo urbano burgués que le sigue lamiendo el trasero cultural a la vieja bohemia parisiense.  ¿Y qué hay de los superventas? Para los lectores cultos cada best seller no es más que espumilla de ola en un mar muerto.

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De CUADERNOS DE LA IRA (blog del autor) 

1500 almas


FEDERICO RODRÍGUEZ

En 1905, el médico, escritor y pintor ruso, Germán Borís Vladímirovich, ahogaba su depresión en vodka luego de que su mujer, una obrera revolucionaria que lo separó de su origen aristocrático, muriera antes de cumplir los 40.

Años después, este anarquista se estableció en la Argentina.

En Misiones, en 1919, realizó un asalto con fines políticos donde murió un policía, siendo condenado a prisión perpetua en la terrible cárcel de Ushuaia.

En su sexto año de reclusión, ya con 57 primaveras vividas, parecía un anciano con las piernas casi paralizadas, consumido por los castigos y la dura vida de la cárcel. En ese tiempo recibió de manos de un nuevo recluso, el irlandés Lian Balsrik, un pedazo de diario amarillento, publicado hacía dos años, donde se contaba el asesinato a sangre fría de su amigo Wilckens. También se narraba en ese periódico, que su asesino, un hombre acomodado y con influencias en el gobierno, no fue a parar a una cárcel sino al hospicio de la calle Vieytes.

Profundamente afectado, una y otra vez leyó la noticia, hasta que el papel casi de deshizo entre sus manos.

A partir de ese momento, Vladímirovich empezó a gritar sin motivo, a romper cosas, a dar patadas y puñetazos a la nada, a temblar constantemente repitiendo que el pecho le iba a explotar.

Sus ataques de locura fueron el pasaje que lo mandó al único manicomio del país que recibía presos dementes: el hospicio ubicado sobre la calle Vieytes. Fue confinado a pocos metros de Pérez Millán, el asesino de su amigo Wilckens, pero resultaba imposible acercarse a él.

Ciertos vínculos anarquistas le hicieron llegar un revólver que supo esconder hasta el momento adecuado.

Estableció amistad con el croata Lucich, un jorobado simpático, quien, pese a tener antecedentes de brutalidad, por su buen comportamiento se desplazaba libremente dentro del establecimiento, y le llenó la cabeza con la historia trágica de lo que pasó en el sur del continente.

Lucich se desempeñaba como una especie de sirviente de Pérez Millán.

Una mañana de noviembre de 1925 en que le llevaba el desayuno, el croata dejó la bandeja y sacó de sus ropas el revólver, diciendo: ¨Esto te lo manda Wilckens¨. La bala le atravesó el pecho y Pérez Millán murió después de varias horas de agonía.

Nadie creyó que este débil mental pudiera haber sido el autor intelectual del asesinato. Pese a los golpes y las torturas, que lo llevaron a la tumba dos años después, Vladímirovich nunca confesó su participación.

Se dice que Pérez Millán no había matado a Wilckens por propia iniciativa sino que fue impulsado por la Liga Patriótica (un grupo de choque de ultraderecha). Este ex policía entró al lugar donde Wilckens cumplía su condena, disfrazado de guardia-cárcel y armado con un Mauser, para reventarlo a tiros mientras dormía. Al salir de la celda se entregó diciendo que había vengado la muerte de su querido pariente el comandante Varela.

¿Y por qué Wilckens había matado a Varela? Por justicia proletaria, dijo el alemán cuando lo apresaron. Su plan original le habría permitido escaparse sin demasiados inconvenientes, pero se vio alterado por una niña que cruzaba la calle justo cuando lanzó una bomba contra Varela. El anarquista se arrojó sobre la pequeña para salvarla de la explosión. Unas esquirlas hirieron su pierna. Por amor a la simetría, este se arrastró hasta el milico herido y lo ultimó con cuatro balazos.

Cuatro balazos eran los que Varela ordenaba dar a cada bandolero comunista, a cada integrante de ese complot siniestro destinado a jaquear la república, a cada bárbaro de las jaurías que depredaban las estepas patagónicas, a cada anarquista a caballo que en hordas cercaban a los honrados estancieros en aquellas tierras olvidadas por Dios y el gobierno nacional.

A comienzo de la década de 1920, el sur era un caos. El presidente Irigoyen envió a Varela al mando de un regimiento del ejército argentino para terminar con la huelga de esos vagos extranjeros que pedían no vivir en condiciones miserables ni trabajar de sol a sol.

Persiguió durante más de un mes a todos los huelguistas.

1500 hombres, obligados a cavar sus propias tumbas, fueron fusilados por orden de Varela, quien hizo de juez, verdugo y sepulturero.

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De EL ROMPEHIELOS, 09/03/2019 

Wednesday, March 6, 2019

Mr. Nansen, supongo



Hay historias que sólo la realidad se puede permitir. Si fueran puestas en un libro o en una película, lectores y espectadores las rechazarían por inverosímiles. El encuentro que tuvo lugar entre Fridtjof Nansen y Frederick Jackson en la Tierra de Francisco José en 1896 es sin duda una de ellas.

En junio de 1893, y luego de tres años de concienzudos preparativos, Nansen dejó atrás las costas de Noruega con la intención de conquistar el Polo Norte. Su plan consistía en remontar el océano Glacial Ártico a través del mar de Siberia para dejarse atrapar por el hielo y permitir que la propia deriva de la banquisa polar lo llevara hasta su objetivo. Entre los aspirantes a formar parte de su reducida tripulación se hallaba un joven inglés de nombre Frederick Jackson a quien Nansen rechazó por no ser noruego.

Tras un año y medio varado en el hielo, Nansen decidió abandonar su barco –el Fram– y acometer el intento de alcanzar el Polo Norte a pie con la ayuda de un solo hombre y un convoy de trineos. A las pocas semanas de partir, Nansen y Johansen, su único acompañante, comprendieron que el objetivo resultaría inalcanzable, y en su camino de regreso pasaron 14 meses vagando por el hielo, soportando las condiciones más extremas, hasta que alcanzaron la Tierra de Francisco José, un archipiélago prácticamente inexplorado. Con las fuerzas casi extinguidas, una mañana de junio de 1896 salieron de su campamento para encontrarse con una figura humana que los observaba desde sus esquís. “¿Usted es Nansen?”, preguntó el hombre. Se trataba del Frederick Jackson, el mismo que, rechazado por Nansen, había decidido organizar su propia expedición para terminar convirtiéndose en su providencial salvador.

¿Cuál es la probabilidad de que un encuentro como este se produzca? Pablo Noriega, matemático del CSIC, pondera los datos, garabatea algunos números y revela que es de una en veinticinco mil. La probabilidad de ganar la lotería es de una en cien mil, lo cual equivale a decir que es como si Nansen hubiera comprado sólo cuatro números y se hubiese llevado el premio gordo, una probabilidad tan baja, explica Noriega, que técnicamente califica como despreciable. Noriega cuenta una broma que circula entre los de su profesión. Trata acerca de un hombre que siempre que subía a un avión llevaba una bomba con él, ya que consideraba que la probabilidad de que hubiera dos bombas en un avión resultaba despreciable.

En la vida, a veces, lo despreciable ocurre. Y cuando lo hace, explica Noriega, es lo único que cuenta. ¿Estaba escrito en alguna parte que Nansen debía rechazar a Jackson para que éste pudiera rescatarlo cuatro años más tarde, o se trató sencillamente de la más extraordinaria de las casualidades? Por lo pronto sabemos que, después de esta experiencia, Nansen abandonó para siempre el negocio de las expediciones polares. 

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Imagen: Fridtjof Nansen

Bajo la sombra alargada de las crónicas de Vasili Grossman


ÁNGEL VIVAS

De entre los muchos títulos que pueden consultarse para saber qué fue/supuso Stalingrado (disponibles en librerías como las consultadas para este texto: Marcial Pons y Rafael Alberti), dos nombres destacan sobre cualquiera otros: el de alguien que estuvo allí como periodista y vivió para contarlo, Vasili Grossman, y uno de los grandes historiadores militares de estos años, Antony Beevor.

De Grossman se pueden leer Stalingrado. Crónicas desde el frente de batalla (Galaxia Gutenberg), una selección extraída de su libro Años de guerra, en la que despliega su capacidad para centrarse en los detalles humanos del conflicto y en cómo éste afecta a las vidas cotidianas de seres anónimos, soldados y civiles. Pero Grossman quiso ir más allá y, años después, escribió -con el mismo propósito de reflejar el sufrimiento de la gente corriente bajo los dos totalitarismos enfrentados en Stalingrado- la novela Vida y destino, considerada su obra maestra y a la que, según sus propias palabras, le había dedicado su vida. Aunque trató de publicarla tras la muerte de Stalin, la novela fue prohibida por sus sucesores y sólo pudo aparecer póstumamente, ya en época de Gorbachov.

Por su extensión (más de mil páginas), ambición, complejidad y riqueza de personajes, ha sido comparada con Guerra y paz y considerada la gran novela rusa del siglo XX. (También disponible en Galaxia Gutenberg).

Antony Beevor es un prestigioso historiador militar que se ha ocupado de las grandes batallas de la Segunda Guerra Mundial (Berlín, Las Ardenas, Normandía...) y, por supuesto, de Stalingrado (Crítica), de la que hace un minucioso y vívido relato en el que nada queda fuera: los movimientos, el armamento, los horrores de la guerra y el sufrimiento de la población, la personalidad de los protagonistas...

Uno de los principales protagonistas fue Friedrich Paulus, el mariscal alemán que, contraviniendo las órdenes de Hitler, que le sugería un suicidio honroso, se rindió a los rusos. Su visión de los hechos se encuentra en Stalingrado y yo (La Esfera de los Libros).

Paulus se vio atrapado en el dilema de obedecer a Hitler, siguiendo no sólo la disciplina sino también la convicción de que el Führer tenía una visión más amplia de los hechos, o tomar una decisión autónoma. No sólo hizo lo segundo, pese a su certeza de que, si se fracasaba en Stalingrado, se perdía la guerra, sino que acabó colaborando incluso con los soviéticos.

Galaxia Gutenberg también tiene un ensayo de Jochen Hellbeck: Stalingrado. La ciudad que derrotó al Tercer Reich, que recoge cientos de testimonios de combatientes y civiles soviéticos, y documentos como entrevistas y correspondencia de los alemanes hechos prisioneros.

Supervivientes de Stalingrado (Salamina) es también una recopilación de testimonios de veteranos del Sexto Ejército alemán. De nuevo, los horrores de aquella batalla de crueldad suprema, la lucha casa por casa y alcantarilla por alcantarilla (peor que el infierno, según quienes la vivieron), los estragos de los francotiradores, la esperanza en el rescate que siempre prometía Hitler... Un francotirador legendario fue Vasili Zaitsev, aficionado a la caza, como el sargento York americano de la Primera Guerra Mundial (como él, también tiene película: Enemigo a las puertas). Sus recuerdos, Memorias de un francotirador en Stalingrado (Crítica), se han convertido en un clásico de la literatura de guerra.

A las puertas de Stalingrado (Desperta Ferro) es el primer volumen de la gran tetralogía de David M. Glantz sobre la batalla, en el que se centra en sus prolegómenos: la disposición de los ejércitos, sus planes, las operaciones previas a la batalla propiamente dicha... basándose en los informes oficiales diarios de los dos bandos.

La bibliografía no se agota en lo anterior. Carlos Alberto Marmelada tiene Stalingrado, la derrota decisiva (Sekotia); Michael Craig, La batalla por Stalingrado (Noguer y Luis Caralt); Juan Vázquez García, La batalla de Stalingrado (Galland Books); Peter Antill y Peter Dennis, ilustrador, El sitio de Stalingrado (Osprey).

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De EL MUNDO.es, 29/01/2018