Tuesday, May 23, 2017

Ya es bastante invierno

JORGE MUZAM

Por aquí ya es bastante invierno, le digo por mensaje a Pablo Cingolani. Llueve con murmullo persistente. Ha nevado en las cumbres. Las escampadas tienen rumor de viento norte. El musgo se apodera de las piedras, de los estanques, de los troncos viejos. El río Ñuble vuelve a adquirir la prestancia y el rugido de un río sureño. Despierto temprano, incluso en día domingo, es una conducta propiamente campesina que suele acompañar toda la vida. Café para espabilar mirando por la ventana el Malalcura, comprobar que sigue en su sitio. Que la historia previa no fue una ilusión ni menos un sueño de Monterroso. Mis ingredientes para vivir suelen ser imaginarios. Posibilidades y recuerdos que interactúan en una novela inédita, incongruente, circense por defecto. La soledad fantasmagórica de la cordillera exalta mis quijotismos. Si tan solo Doré pudiera dibujarme. Mi cabeza es un Saturno anillado de esqueletos, cañones sin pólvora, generales rusos dubitativos.

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De CUADERNOS DE LA IRA (blog del autor), 11/05/2017

Biarritz, pasos perdidos

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

Hace ya un año que tengo que pasar un día a la semana por Biarritz por motivos no del todo agradables ni propios del flâneur. Es más, el flâneur escapa de esas residencias de ancainos que en realidad son morideros de los que si nos libramos es de milagro o por haber reventado antes: Je voudrais pas crever... A veces me asomo al mar, salpicado de surfistas, otras deambulo por calles solitarias, de silencio,  flanqueadas de villas muy hermosas, en estilos neo-vasco, modernista, paliego-pomposo, cortijero andaluz... que están cerradas la mayor parte del año y hablan de un pasado cada vez más remoto y más convencionalmente novelesco, poblado de personajes que parece salidos, y a veces lo hacen, de alguna novela de Patrick Modiano. Los nombres de esas casas son vascos, rusos, franceses, ingleses... Hace treinta años (1987) utilicé alguna de ellas como decorado de una novela La caja china que tardó muchos años (demasiados) en ser publicada y que no he vuelto a abrir.  Unas semanas atrás di con  esa Villa Cocodrilo, pero no llevaba la cámara. Hoy he acudido con ella y una mujer mayor que estaba tirando un paquetón de periódicos a la basura, me ha preguntado si buscaba algo. Cuando le he señalado el nombre de la villa ha exclamado con una pronunciación graciosa: «¡Ah, le cocodrilo!» y se ha vuelto A su casa a carcajadas. Ignoro qué historia puede haber detrás de ese nombre tan exótico: un excéntrico, un original, un rico americano...

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De VIVIRDEBUENAGANA (blog del autor), 20/05/2017

Monday, May 22, 2017

Svengali

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES

Gema rarísima, de desconcertante belleza. Svengali, película de 1931, dirigida por Archie Mayo y producida por los estudios Warnes Brothers bajo el sistema Vitaphone. Protagonizada por John Barrymore y una adolescente Marian Marsh (la dueña de esa mirada adorable e insana de la imagen), está basada en la novela de George du Maurier de nombre Trilby, publicada a fines del siglo XIX a modo de folletín y considerada, una vez convertida en libro, como el primer best seller de la historia. Sin la resonancia de otros clásicos del cine de la época como Drácula o Frankenstein, la base de la historia es el mito de Pigmalión -señor maduro educa y se enamora de joven sencilla- recreado ahora en clave gótica, con elementos del expresionismo alemán (decorados deformes, luces y sombras generadoras de angustias, ángulos peculiares incitando al abismo), en los días de la bohemia parisiense. Svengali (Barrymore) es un profesor de música excéntrico, desastrado, inestable, manipulador, que se gana la vida haciendo clases, en su mayoría a mujeres solitarias, parloteando un francés con acento germano de toque malévolo. Cuando conoce a una joven de nombre Trilby (Marsh), modelo nudista tan despreciada socialmente como él, utiliza su habilidad para hipnotizarla y así manejarla a su arbitrio. La escena en que Svengali ejerce su poder a distancia sobre su víctima, con sus ojos convertidos en dos bolas luminosas, cruzando ventanas, tejados y calles, es una de las más recordadas del film. Gracias a los poderes mentales de Svengali, Trilby se convierte en una exitosa cantante lírica. Junto con ello, la vida de la muchacha se va ligando a la del músico de una manera indeleble, mientras un pintorcillo insufrible intenta impedirlo. La obra causó (y sigue causando) la molestia del gremio de los psiquiatras por darle a la hipnosis una fama ligada a los chapuceros y a las ferias de diversiones, por sobre la práctica médica dedicada al bienestar mental de los pacientes. Vi esta cinta por primera vez una madrugada de fines de los ochenta, en la señal cultural del canal del estado, tiempos en que uno podía toparse con estos programas en la televisión abierta. Vaya insomnio que me provocara.

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De EVOLUCIÓN DE LA ESPECIE (blog del autor), 21/05/2017

Friday, May 19, 2017

La paz, carajo

ROBERTO BURGOS CANTOR

Ante la agitación de los días, algunos escritores volvemos a la pregunta sobre la identidad. Tal interrogante angustia cuando percibimos las maneras distintas de recibir, asumir, discutir, los hechos que influyen en la construcción no terminada del país.

Un pasado insepulto impide soñar y levantar el futuro. Las explicaciones de una anomalía así pretendemos encontrarlas en sentencias de antiguos gobernantes que se erigen en oráculos del desprecio, o la impotencia, o las ansias de un pedazo de mármol.

O quienes se pretenden sobrevivientes del latín, repiten con solemnidad, interpretaciones de bromas de la literatura, como los de García Márquez o Borges.

¿Qué somos? Si acaso somos.

¿Qué fuimos? Si lo supimos.

¿Qué seremos? Si de verdad alienta un deseo.

Parecería que todo sirve para separarnos más. Entretenidos en el juego macabro de matarnos, nos encanta confundir, engañar, aprender trucos.

Los encuentros primigenios, sociedades de culturas diversas, fueron unificadas con la imposición de una fe traída, una lengua impuesta, y el inmisericorde despojo de cuanto tuvimos.

Después las fusiones violentas con quienes arrastrados a la fuerza, sufrieron la crueldad y las acomodadas clasificaciones espirituales.

Liberados del coloniaje, los procesos independentistas generaron más diferencias. Caudillos fracasados se conformaron con fechas y banderitas, himnos de rataplán, escudos con figuras que el implacable tiempo desmiente. Un canal que nos robaron. Un gorro. Un cóndor que se extingue después de arrancarle un dedo a Alejandro Obregón para que no lo pintara.

El hombre de la gloria dijo, aquí cerca, en la lucidez dolorosa que ofrece el Caribe: si mi muerte contribuye. Y nada. La muerte si contribuye a la soledad de los vivos. Pero aún no lo dejan descansar en paz. ¿De dónde ese vicio de confundir la historia que sucedió, su inexorable límite temporal, con un designio que amarra el posible futuro?

Parece que tantas dificultades no resueltas nos hacen aptos para ser continuistas de los empeños fáciles, odiar, vengar, lucrarse, sin escrúpulos para los privilegios, activistas del interés personal.
Un escrutinio de los días, a lo mejor muestra una incapacidad para rodear y apoyar las empresas grandes, generosas, de virtud evidente que con su bondad unen, llaman al futuro.

Así la paz.

Pero no: a pelear por los tres pesos, el subsidio. ¡Jerarquiza compadre!

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De BAÚL DE MAGO (EL UNIVERSAL), 19/05/2017

Imagen: Wilfredo Lam/La mañana verde

Thursday, May 18, 2017

MÉXICO: LA VORÁGINE

ADOLFO GILLY

“Jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia”, dice el inolvidable inicio de La vorágine, aquella novela que hace casi un siglo (1924) publicó el colombiano José Eustasio Rivera, inmortal desde entonces.

La violencia que en México nos envuelve sin ley y sin piedad se desencadenó como un turbión que recorre tierras, aguas, aire, todo el territorio de la nación, cuando la casta gobernante –Ellos, como los llama el pueblo– se jugó a los azares del mercado financiero mundial, por definición sin otra ley que la ganancia, lo que era el corazón y el alma de la Constitución de 1917: el artículo 27, piedra angular de toda la estructura jurídica alzada por los constituyentes de aquellos años de fuego.

Este artículo, en su versión de 1917, establecía la propiedad originaria, inalienable e indivisible de la nación sobre el suelo y el subsuelo de todo su territorio. Esta estructura jurídica conceptual era heredera explícita de las Ordenanzas de Aranjuez, dictadas en 1783 por Carlos III, rey de España, según las cuales las minas en el subsuelo de la Nueva España podían ser concedidas para su explotación a particulares, pero sin separarse del Real Dominio. La nación mexicana fue la heredera universal de los derechos de la corona, y así los reivindicó en su constitución.

El artículo 27 indicaba esta propiedad originaria como un elemento constitutivo de la soberanía nacional, y así lo invocó el presidente Lázaro Cárdenas en 1938 como sustento jurídico inalienable de la expropiación petrolera y la reforma agraria ejidal. En esta arquitectura jurídica y conceptual suelo y subsuelo son propiedad de la nación, mientras el campesino ejidatario detenta la tenencia y el capitalista sólo la concesión, mientras renta agraria y renta minera tocan a la nación.

Era el sustento material y jurídico de la soberanía nacional –esta es nuestra casa y esta es nuestra ley– y una de las condiciones para su ejercicio sin hipotecas ni restricciones, por la comunidad nacional como un todo y por el Estado que a esa comunidad pertenece y se debe.

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Desde el sexenio de Miguel de la Madrid esta arquitectura jurídica fue destruida para abrir paso al Gran Dinero, al capital financiero entonces emergente como la parte más dinámica y poderosa de los capitales nacionales: industriales, comerciales, agrarios. Desde los años 70 del siglo XX una corriente de economistas de izquierda –entre ellos Ernest Mandel, conocedor de México– estaba planteando este surgimiento poderoso de un capital financiero mexicano por entonces aún en embrión.

El terremoto del 19 de septiembre de 1985, que paralizó al gobierno federal mientras el pueblo salía al rescate de su propia gente entre las ruinas, fue como una rebelión de la naturaleza con el escenario del pacto diabólico de ese dinero sin tierra y sin ley que se convertiría desde el sexenio sucesivo en amo y señor del territorio de esta nación que no es suya, sino del muy antiguo pueblo mexicano.

La narcoindustria produce esencialmente para el mercado internacional. Allí están sus enlaces, sus grandes consumidores, su amplio mercado y sus finanzas. Su ámbito de trasformación de dinero ilegal en capitales legales está sobre todo en la opacidad del sistema financiero internacional, en cuyo mundo se mueven y pertenecen las finanzas mexicanas. Como submundo ilegal y poderoso necesita, igual que en Italia, en España o en Estados Unidos, una cobertura protectora en los mundos de la política y de la seguridad. Son múltiples los estudios y más aún las investigaciones noveladas que describen este universo.

Nuestro colega el Astillero habló en estos días, por televisión, de la gran descomposición nacional en que este entrelazamiento entre narcoindustria, finanzas, mercados y política nos ha sumido. Habló también de la subordinación de buena parte del periodismo a las imposiciones, las exigencias y los espacios de ese poder, siempre presente e invisible como una gran desgracia, como decía Pablo Neruda en aquellos entonces.

No podemos ubicar el corazón de esta vorágine de violencia y desintegración solamente en la corrupción que prolifera en el mundo de la política. Este es, por hoy, un mundo subordinado al del gran dinero y, sobre todo, al gran dinero que no puede decir su nombre, a las finanzas clandestinas que se funden, casi invisibles, en la gran corriente financiera legitimada por las leyes, la economía, los capitales y las costumbres.

La corrupción es un subproducto, no un origen de la vorágine que nos arrastra. El capital financiero, al cual la vertiginosa revolución tecnológica, uno de cuyos productos es la digitalización, ha dado los instrumentos para tomar el mando de la economía, la política, la comunicación, los proyectos educativos y, last but not least, las tecnologías, las doctrinas, el destino y el uso de los ejércitos y las fuerzas armadas. Hoy su empresa es subordinar los vastos mundos de la vida a su comando y a sus fines ciegos e impersonales. Y no es perversión, sino la forma y el destino del Gran Dinero en el cambio de época que estamos viviendo en este siglo XXI.

¿Qué estaba indagando Javier Valdez cuando lo mataron? ¿Se había aventurado en este infierno de relaciones perversas en crecimiento, en el cual se cruzan los feminicidios, el tráfico de seres humanos, las innumerables fosas clandestinas? ¿Había empezado a tocar, como antes lo había hecho, regiones sensibles de ese universo opaco y poderoso?

No sabemos. Mientras tanto un espeso velo sigue cubriendo a los responsables y los ejecutores de Ayotzinapa, de Atenco, de Nochixtlán, de toda la doliente geografía de las desaparecidas y los desaparecidos y las fosas clandestinas en el territorio nacional.

De estas dimensiones, de estos peligros, es el desafío que enfrentó Javier Valdez con calma, paciencia y osadía. Nos lo ha heredado. Seámosle fieles, cada uno y cada una al modo que le digan su leal saber y entender, su oficio y su alma. Y por sobre todo tratemos de conocer y de comprender, no tanto la visible y terrible apariencia, sino sus secretas y extensas esencia y presencia.

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De LA JORNADA, 17/05/2017

Imagen: Junto con un mensaje, los arreglos florales dedicados al periodista Javier Valdez, asesinado el pasado lunes, fueron trasladados frente a la catedral de Culiacán/Foto Carlos Ramos Mamahua


Las pirañas (vuelta)

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

Ayer me dijeron que Las pirañas era «un libro de referencia». No me dijeron para quién ni de qué. Ahora mismo sigo viviendo la resaca de su relectura y corrección después de más de veinte años de no haberlo abierto. ¿Por qué? Pues tal vez por miedo a lo que iba a encontrarme en su interior, que para mí no tiene gracia alguna, a rememorar episodios desdichados en lo privados sobre todo y a no querer enfrentar el mayor error de mi vida: no haberme ido para siempre del lugar en el que vivía y donde di por concluida la novela: los extramuros de la ciudad en la que nací, escenario a su vez de la novela Un infierno con jardín.  Tal vez eso haya sido el mayor motivo de desasosiego de esta reedición: lo irremediable y el dolor que le acompaña. Ni siquiera lo abrí cuando tradujeron algunas páginas al polaco, ahora que me acuerdo; y sé  que  está en esa lengua porque la traductora me lo dijo.

No sé quiénes pueden ser sus lectores hoy, cuando el tiempo es otro y los lectores, cuando los hay, también. Los pozos negros son igual de malolientes que entonces, pero me temo que más profundos. ¿Aquel desbarre es la madre de este? No lo sé.  Lo que sí sé es que los cambios sociales también alcanzan a la literatura y la golpean de lleno, y aquello que fue celebrado y aplaudido cuando apareció por primera vez es desdeñado por ilegible casi, unos años después, además de haber caído en el olvido: títulos, autores… «dolor de papeles que  ha de llevar el viento». Me pregunto cómo podrá leer esas páginas un lector, una lectora que esté en la veintena, en la treintena, en… y que era un niño cuando aquella novela hizo  ruido, al menos durante un tiempo. ¿Qué reconocerá, qué le resultará familiar o extraño, qué repulsivo, qué ridículo…? No voy a decir que no me importe la opinión o la lectura de gente de mi generación, pero sí que es la de gente más joven la que hoy me interesa.

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De VIVIRDEBUENAGANA (blog del autor), 15/05/2017

Wednesday, May 17, 2017

Fawcett: una historia

PABLO CINGOLANI

De esta historia, ya me estaba olvidando. Brad Pitt acaba de estrenar su película sobre Percy Harrison Fawcett, el celebrado explorador británico. Siempre quisimos hacer una película sobre el mismo legendario personaje.

Fue mi amigo Pablo Castillo, un bibliófilo de cepa y que desde hace añares publica maravillas como editor de EUDEBA, una de las más prestigiosas editoriales argentinas, quien me obsequió el libro de memorias de Fawcett, la segunda edición conocida en castellano, la editada en Madrid el año 74. Ya vivía en La Paz, en Bolivia y recuerdo que “Paco” al entregarme el texto, me dijo que a mí me iba a servir más que a él, abandonado en su biblioteca.

Entendí el sentido del mensaje apenas me puse a leer esa obra singular, compilada y adaptada por Brian, el hijo menor de Fawcett, al que la historia le debe, al menos, el reconocimiento de haber encendido la llama del poderoso recuerdo que envuelve y atesora su padre. El motivo es uno solo: el libro está tan bien escrito, es tan vivido y atrapante, que uno no cede en su lectura de principio y a fin.

El imán, el núcleo de la atracción, es uno solo: la infinita sed de aventuras que anima al protagonista de esas páginas y cómo ese amor por el misterio y lo desconocido no mengua con el paso de los años y lo impulsa y lo anima hasta el final, hasta el desenlace del destino, su destino.[1]

Entendido así, Fawcett se volvió para mí una fuente infinita de inspiración, un faro en medio de las montañas, más cuando el propio Fawcett, en su estancia en La Paz, había dicho que aquí “se puede sentir plenamente la proximidad de los lugares salvajes”.[2] Nada más cierto.

El año 2000 armamos una expedición en su memoria, siguiendo sus pasos desde la Cordillera de Apolobamba hasta la selva profunda. Volvimos a lanzar al mundo, desde Bolivia, su famosa foto icónica: la que le tomaron en uno de los balcones de la Casa Franck, allá en Pelechuco. Al año siguiente, volvimos a la selva, tras otra historia dentro de la historia: la del desaparecido agrónomo noruego Lars Hafskjold y la de los no menos desaparecidos Toromonas.

La noticia empezó a rodar. Una escritora española utilizó nuestra historia para componer otra, la suya, y su novela fue en éxito de ventas en España y en otros sitios. Al principio, nosotros no entendíamos lo que significaba eso hasta que un día la escritora habló por teléfono con uno de los nuestros, el antropólogo y escritor Álvaro Díez Astete, y le confesó que sí, que se había inspirado en nosotros y que sí había usado nuestra historia y nuestras investigaciones para escribir su texto. ¿Victoria moral? No sé, ¿a quién le importa?

Pasaron otras cosas (buenas): Rob Hawke, un joven periodista de la Universidad de Essex, vino hasta Bolivia a terminar su tesis, The Making of a Legend. Colonel Fawcett in Bolivia y Rob sí, nos lo dijo desde el principio: que nuestra historia lo había inspirado y que eso lo decidió a escribir su tesis. Mantuvimos contacto con Rob varios años hasta que un día me contó que estaba viviendo en la Isla Madre, en la República Dominicana, y luego lo perdí en el espacio cibernético. Rob escribió cosas buenas sobre nosotros, no como alguna prensa que nos trataba de alucinados y de fantasiosos. Igual que a Fawcett.

Otro día, más de diez años atrás, circa 2004, sucedió esto: mi amigo Gastón Ugalde, El Artista, causas y azares de la vida, terminó de amigo de Sir Richard Branson, el mismo de Virgin records y el de los futuros viajes a Marte o al carajo. El multimillonario inglés, el mismo. Un día, siempre otro día, el Gastón, volviendo desde Londres, me dijo: Pablo, arma algún proyecto para presentarle a Branson.

Con Gastón, ideamos y realizamos N cantidad de proyectos y N+N cantidad de otros proyectos, quedaron en papel y en el olvido. Branson era dueño de Red Bull, ese brebaje tóxico que mi amigo consumía a mares, y Gastón deliraba con una publicidad del veneno en el Salar de Uyuni. Un reciclaje de una idea que habíamos soñado hacer con el poeta chileno Raúl Zurita pero que tampoco llegamos a concretar.

Le dije a Gastón: a mí Red Bull me importa una mierda. Vamos con Fawcett. La película de Fawcett. Mejor: una  película + una serie de documentales que recreen, una a una, las 6 expediciones que Fawcett realizó en Bolivia, la forja de la leyenda, como clamaba en su tesis, nuestro amigo Rob. Gastón se entusiasmó. Era un proyecto serio y multidimensional, bien visto. Abría infinitas puertas, tantas como el propio Fawcett fue capaz de abrir. Dale: escribimos el proyecto –¡en inglés!- y en otro viaje a la vieja Inglaterra, Gastón se lo presentó al multifacético sir Richard.

Branson fue claro: el proyecto era muy bueno, valía un millón de dólares pero a él, en lo particular, no le interesaba. ¿Cómo le iba a interesar sumergirme en los confines de la Tierra cuando el platudo estaba pensando aventurarse en los confines del espacio? Nada, a archivarlo.


Sigo la secuencia cronológica. Otro día pero de 2010, creo que en una de las librerías del aeropuerto de Ezeiza, compré el libro del norteamericano David Grann: La ciudad perdida de Z. La última expedición en busca de El Dorado, el libro que inspiró a Brad Pitt a hacer su película. Z fue el nombre en clave que Fawcett le puso, en su brújula, a la ciudad-refugio que esperaba encontrar en el medio de la Amazonía. Se perdió, siguiendo sus rastros, en 1925.

La obra de Grann es el típico libro que un periodista de The New Yorker o The New York Times Magazine puede escribir. Un atractivo pastiche, muy bien escrito, donde refrita mil y una historias, amputándolas y manipulándolas a cada rato, para lograr ese texto que “el público” –como ellos lo llaman- ama. Uno de ellos, uno que amó ese libro, fue sin dudas el bueno de Pitt. Al final, entre sus notas, volví a encontrar a nuestro buen amigo Hawke: Grann cita su The Making of a Legend en relación a algo que Nordenskiöld dijo sobre Fawcett. Vale la pena transcribirlo: “El distinguido antropólogo sueco Erland Nordenskiöld, que había conocido a Fawcett en Bolivia, admitió que el explorador inglés  era “un hombre sumamente original, absolutamente audaz”, pero que adolecía de una “imaginación ilimitada”. Está dicho. La vida sigue. Bien por Rob.

Otro día, que no fue ninguno de los anteriores pero lo recuerdo como si fuera hoy, leí en internet la noticia de que Brad Pitt estaba empezando a rodar una película sobre Fawcett basada en el libro de Grann.

Recuerdo que me empecé a cagar de risa y lo llamé por teléfono a Gastón: Hermano, ¿te acordás del proyecto sobre Fawcett que le llevaste a tu amigo Branson y que se lo pasó por el forro? Sí, respondió el Gastón con su voz de cactus. Bueno, no es lo mismo pero va en la misma dirección, ¿sabés quien anunció que empezó a hacer una película sobre Fawcett? No, respondió el cactus. Brad Pitt, le dije, y me seguí cagando de risa.

El año pasado, para estas fechas, volví con mi amigo Felipe Hartmann por los lados de Apolobamba, allí donde efectivamente se empezó a forjar la leyenda Fawcett, en medio de esas montañas “infinitamente abruptas” como sentenciaban los informes de los funcionarios coloniales españoles.

Recuerdo que picamos algo de comida con “Fepo” en un imponente mirador natural del caminejo que hoy une Pelechuco con Queara (y con Puina) y que se abre a la inmensidad de la selva amazónica, hacia Mojos, hacia la senda que el propio Percy Harrison, el audaz, el considerado como uno de los más grandes (y últimos) exploradores del siglo XX, como “el más espeluznante” de todos.[3]

Tanto Felipe como yo habíamos caminado ese tramo de camino que enlaza los Andes con la Amazonía. Recuerdo que fue allí, en esa formidable pascana y evocando tantas cosas, que surgió la idea de levantar un monumento a la memoria de Fawcett, uno que valga la pena, uno como contaba otro inglés, tan aventurero como Fawcett, que había en las Islas Canarias.[4]

El monumento a Fawcett seguiría, a la vez, las líneas maestras esbozadas por el poeta Jaime Sáenz en su poema-cauce a don Emilio Villanueva, el arquitecto inmortal, y el proyecto de monumento en su memoria. Proclama Sáenz en su visión-profecía:

Si yo fuera presidente, no sé qué haría. Pero le haría un monumento arriba, en la altura, en la vertiente del Huayna-Potosí, pues allí el viento brama con fuerza.

Si yo fuera presidente, sería arquitecto y levantaría una torre de piedra en pleno altiplano,

con una azotea tan grande como una plaza, en la que ardería gigantesca fogata  a manera de faro.

Subiría a la torre y predicaría el respeto por nuestros grandes hombres.[5]

Fawcett no fue boliviano, pero casi. Amó este país que forjó su destino y su leyenda.

Las montañas de la cordillera de Apolobamba han resistido como uno de los últimos santuarios del mundo donde se respira esa “estéril belleza de la desolación”[6] que tanto incita, que tanto seduce, que tanto imanta a todos aquellos que creen, que siguen creyendo, que la aventura humana sigue viva “aquí abajo”[7], en esos otros mundos pero que están en este mundo, como el mundo salvaje de Apolobamba, donde Percy Harrison Fawcett encontró esa inspiración, esa huella, esa decisión que lo impulsó a seguir su búsqueda el resto de su vida.

Alzar un monumento a Fawcett, allí en esas soledades irredentas, sería, como quiso el poeta, alzar un faro que inspire a millones de seres humanos que buscan lo mismo.

Río Abajo, mayo de 2017


ANEXO
Lo que anotó Hawke sobre nuestras expediciones:


“Until recently, Fawcett’s name had been gathering dust inside subchapters of various Bolivian history books. A renaissance has been led by an Argentine journalist –cum-explorer, Pablo Cingolani. Cingolani, an adopted Paceño, has completed two multipurpose expeditions with government backing into the Madidi/Caupolicán forests of north-west Bolivia. He led an 11 strong group of Bolivians and Argentines who deliberately recreated the route of Colonel Fawcett’s 1910/11 expeditions to the River Heath. They aimed to complete Fawcett’s work by reaching the absolute source of the Heath, and to bring medical supplies to isolated settlements. The results were very interesting. Many regions opened up for the exploitation of rubber had since been reclaimed by the jungle. The San Carlos barraca, at which Fawcett had stayed, no longer existed. The trail was no longer usable by mules, so they had to carry everything by hand. Cingolani discovered Madidi to be a “black hole in the geography of the world where things have gone backwards,” and travel had actually become more difficult. The attempt to reach the Heath’s source at 2600 metres was called off due to injury, shipwreck and climatic reasons.104

As in Fawcett’s day they found remote backwaters plagued by disease, and border conflicts. The populated Peruvian side shows signs of spilling onto the Bolivian side, threatening the precious Madidi National Park. La Prensa accused the Peruvian loggers and farmers of deliberate aggression and invasion,105 but Cingolani dismisses this. He claims the lone border post erected by Fawcett has naturally worn away, so that no one knows where the border is anymore, highlighting the need for improved access and communication on the Bolivian side.

A side project of Cingolani´s, is an endeavour to find evidence of the alleged reappearance of the Toromona tribe. Villagers of San Fermín had reported the sight of two naked Indians, and various anthropologists recognise the possibility of the tribe, who had fled both the conquistadors and the caucheros, relocating to the immense, untouched hinterlands of the Madidi. The recent ‘revival’ of the Naua’s in Brazil, a tribe unseen since 1920, has lent validity to the view that the Toromonas are still in existence.106 The story of a Norwegian agronomist, Larsen Hafsjkold, who went looking for “Bolivia’s ethnographic enigma”,107is eerily similar to that of Colonel Fawcett. In 1997, aged 37, the experienced and hardy Scandinavian, received a lift along the Río Colorado, then set off alone with the promise of returning months later. Despite the efforts of Madidi Park Guards and a private detective, nothing has been heard of him since. Cingolani hopes to shed light on this mystery on his next expedition, which will also attempt to locate ruins of an ancient city, San Jose de Paititi, and continue to encourage a public awareness of Bolivia’s forgotten lands.

Cingolani’s endeavours have been reflected by a renewed worldwide interest in Fawcett. Surviving daughter Joan Fawcett is notoriously protective of his estate. There have been negotiations over a possible Hollywood film. When financial backing is assured Misha Williams’ play, “AmaZonia”, will appear on stage in London. With full access to Fawcett’s log books and letters, Williams promises dramatic new information that will, at last, truthfully explain the mystery of “this heaven sent story.”

An Indiana Jones book has been written with Fawcett in mind,108 plus there was a rerun of Exploration Fawcett by Phoenix Press in July 2001. Several interactive web sites retell and serialise his exploits, including the comprehensive Great Web of Percy Harrison Fawcett (www.phfawcettsweb.org), which has the ultimate goal of solving the ongoing mystery.

Even the Bolivian tourist industry is starting to realise Fawcett’s market value. He appears in several travel guidebooks, and there are trails and campsites and waterfalls named in his honour. However, Fawcett remains a wayward hero for historians and foreign travellers, still unknown to the majority of Bolivians”.

104  Technician Pedro Aramayo was surprised Fawcett did not climb to the outright source, claiming it was “not technically difficult.” In 1996, the Heath Sonene Expedition reached the source. [page 30]

105  La Prensa 1/12/2001, 2a. – Claimed Hito 27 had been taken down. The government sent the army, claiming of invasion and Peruvians burning land and stealing tractors. Cingolani’s article in Pulso (31/8/2001- 25-28) gives a more intelligent view.

106  Cingolani & Laleos, 66/7. In 1920 disappearance/extinction announced by FUNAI of Naua Indias Brazil. in 2000, La Nación of Buenos Aires, reported 250 to have reappeared.
107  Cingolani & Laleos, 58. Quote from Álvaro Diez Astete

108  Indiana Jones and the Seven Veils by Rob MacGregor, Bantam Books 1991. Here’s a taste: “Fawcett’s writing have turned up…. Percy paints a tantalising picture of a lost city and a mythical red headed race who may be the descendents of ancient celtic druids. No-one leaves alive….”  

Tomado de Rob Hawke: The Making of a Legend. Colonel Fawcett in Bolivia. S/d. [2002?] Bajado de internet.



[1] El primer escrito que publiqué sobre Fawcett destacaba esto mismo y por eso lo titulé Un retrato de Fawcett. Vivir no es necesario; la aventura es necesaria. Se publicó en el suplemento Ventana del periódico paceño La Razón el domingo 10 de octubre de 1993.
[2] La cita completa no tiene desperdicio: “… La Paz, con sus tranvías, sus plazas, alamedas y cafés, es, en esencia, una ciudad moderna. Extranjeros de todas las naciones llenan sus calles. Se puede sentir plenamente la proximidad de los lugares salvajes. En medio de las levitas y sombreros de copa de los hombres de la ciudad se ven los Stetsons raídos y las botas de los exploradores; pero por alguna razón las suelas alambradas de estos zapatos no se ven discordantes al lado de los escarpines de altos tacones de las damas elegantes. Los mineros y exploradores son tipos cotidianos, pues la explotación de minas es la razón de vivir de la sierra boliviana y, de vez en cuando, se ve el rostro demacrado y amarillento de alguno que ha regresado recientemente de más allá de las montañas, del infierno humeante de las vastas soledades en que nosotros nos íbamos a sumergir”. Se refiere a La Paz del año 1906, cuando arribó al país. Ver Percy Harrison Fawcett: A través de la selva amazónica. Rodas, Madrid, 1974, págs. 55-56.

[3] Vale la pena rememorar toda la cita, porque es de película. Dice Fawcett en sus memorias: “De todos los caminos espeluznantes que yo encontré en los Andes bolivianos, el de Queara a Mojos es el peor. Las cuestas eran tan empinadas que casi se hacían infranqueables y en muchos lugares los torrentes aumentados por las lluvias habían arrastrado secciones enteras, teniendo que salvar nosotros grandes quebradas. Durante esta excursión perdimos la mitad de nuestras veinticuatro mulas de carga en diversos accidentes. Fue una gran suerte que no muriera nadie del destacamento. Había pasos tan angostos que, aunque los animales iban por la orilla del sendero, la carga de la mula chocaba con las rocas salientes y la lanzaba al precipicio. Una de ellas cayó desde cien pies de altura al abismo, donde quedó tendida entre dos rocas, muerta, con las cuatro patas al aire y rodeada de las astilladas cajas de provisiones. Otra cayó desde cien pies y quedó cogida con su carga entre dos árboles. Allí pendía muy alto sobre el suelo, indiferente a todo, hasta el punto de mordisquear todo lo que estuviera a su alcance. Como nos podíamos libertarla, nos vimos obligados a matarla a tiros”. Percy Harrison Fawcett: Óp. Cit., pág. 247.

Una vez, intentamos llegar a Mojos en pleno verano. Éramos sólo tres personas y una de ellas demoraba su caminata más de la cuenta por lo cual se alteraban los tiempos de marcha y los sitios de los campamentos. En medio de fuertes lluvias, los campamentos terminaban convirtiéndose en sitios anegados o peor: parte de torrentes imprevistos y deslizamientos de barro. Así estuvimos tres o cuatro días andando, durmiendo mal o sin dormir. Me adelanté para intentar, sin éxito, apresurar a los hombres. Llegando a un lugar que se llama Pajonal, empecé a divisar nubes tan negras que anunciaban una tormenta colosal. Apenas tuvimos tiempo para armar el campamento cuando empezó la lluvia. Duró dos días seguidos. Era el acabose. No tenía sentido continuar en esas condiciones. Retornamos a Queara. El ascenso fue igualmente duro. Pero en Queara estaban mis amigos, los Kuno, que me recibieron con un buen pijcho.

[4] “En las Islas Canarias se levantaba una enorme estatua de bronce, de un caballero que señalaba, con su espada, el Oeste. En el pedestal estaba escrito: “Volveos. A mis espaldas no hay nada”. R. F. Burton: 1001 Nights, II, 141. Tomado de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares: Cuentos breves y extraordinarios. Losada, Buenos Aires, 1973.

[5] Prosigue Sáenz: “Bajaría de la torre y pediría a Dios que se les recoja a los arquitectos no-arquitectos, con esa idea que se hacen del progreso y que ya parece chiste./ Con esos grotescos edificios que no tiene nada que ver con nosotros los bolivianos y que ya parecen cajas destempladas./ Después de todo hacen mal en creer que la arquitectura se hace por la pura pichanga./ La cuestión en comprender el significado de lo boliviano y trabajar por la patria. Y esto no es fácil ni difícil; es posible”. Jaime Sáenz: Emilio Villanueva en Vidas y muertes, Ediciones Huayna Potosí, La Paz, 1986, pág. 137.

[6] T.E. Lawrence: Los siete pilares de la sabiduría.

[7] Pierre Drieu La Rochelle: Se prohíbe la salida en Diario de un hombre engañado.



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Fotografía: Percy Fawcett