Thursday, July 20, 2017

Sacrificios humanos para la Santa Muerte

JAVIER QUINTERO

En Nacozari de García, un municipio de quince mil habitantes donde casi todos se dedican a la minería, es evidente la religiosidad. Entre las montañas de Sonora, en el noroeste de México, los pobladores dedican ofrendas a sus santos con la esperanza de recibir favores a cambio.

Esas muestras de fe están esparcidas por todas partes, incluso en los inmundos separos de la comandancia municipal, donde un joven delincuente de 23 años pasó dos semanas encerrado, con la única compañía de un lápiz, y para no pensar en la lentitud de las horas comenzó a hacer trazos en las paredes. Más tarde, como un buen artista, realzó esas formas con sombreados casi perfectos.

Los dibujos eran símbolos religiosos. Con sus dones de artista plástico, el delincuente había revelado en tonos grises una espectacular imagen de San Judas Tadeo y a su lado un ángel triste con las alas caídas; también dibujó una Virgen de Guadalupe con la misma silueta de siempre y su gesto apacible.

Para sorpresa de los policías que cuidaban las celdas, una mañana vieron que en una parte de la pared, convertida en mural, se erigía la imponente imagen de la Santa Muerte, un esqueleto de aspecto tenebroso vestido con una túnica oscura y portador de una afilada hoz. Sobre su calavera, el artista escribió “La Niña” con una preciosa caligrafía y pidió que los próximos delincuentes que ingresaran a la misma celda la llamaran así con mucho respeto.

La adoración a la Santa Muerte es cada vez más arraigada en los estados del sur y el centro de México y los creyentes afirman que les concede favores a cambio de simples ofrendas, principalmente de dinero y altares con velas; sin embargo, la fe en ella, aunque es rechazada por la Iglesia católica, se ha extendido hacia otras partes del país, como en este municipio serrano llamado Nacozari de García.

En la carretera, a veces tétrica por sus barrancos profundos, hay cruces que recuerdan la muerte de automovilistas que cayeron al fondo, pero también hay pequeños altares con veladoras e imágenes dedicadas a la Santa Muerte, en un pacto para la protección de los parientes que siguen vivos.

El pueblo está entregado a sus asuntos espirituales. En la iglesia Sagrado Corazón de Jesús, el cura, que es español, oficia misa todos los días y atiende servicios privados cuando lo solicitan. En las casas católicas las señoras rezan, pero en otras partes, entre el monte, hay personas que le dedican ofrendas de sangre a la Santa Muerte.

***

El 6 de marzo de 2012, el herrero Martín Barrón López presintió que algo malo estaba pasando en el pueblo, tras la desaparición de dos niños con los que él había tenido contacto.

El primero, de diez años, vivía a tres casas de la suya en el barrio El Asilo y se llamaba Martín Ríos Chaparro. Él desapareció en julio de 2010 y nadie lo volvió a ver. El segundo niño, llamado Octavio Martínez Yáñez, también de diez años, había ido a su casa en algunas ocasiones hasta que desapareció en los primeros días de marzo de 2012. Tampoco lo volvieron a ver.

Su lazo con estas dos desapariciones comenzó a formarse tres años atrás, cuando llevó a vivir a su casa a una joven y sucia mujer que vivía en condiciones infrahumanas en Milpas Justiniano, afuera del pueblo, en medio de la nada. Cuando la conoció, estaba embarazada, pero parece que eso no le importó al herrero, pues después le enseñaría a bañarse, a usar la lavadora, a mantenerse limpia y a cuidar juntos al bebé que venía en camino.

Ella es Georgina Barrón Meraz, que ahora tiene 20 años y era tía de Octavio, el segundo niño desaparecido. Es hija de Silvia Meraz Moreno, una mujer de aspecto descuidado que le rendía un ferviente culto a la Santa Muerte en su casa e involucraba a toda su familia en los rituales.

En su relación diaria, el herrero Martín Barrón López notaba algo extraño en la familia de su concubina. Fue un par de veces a Milpas Justiniano a recogerla y de reojo veía en el interior de la casa dos cuadros con la imagen de la Santa Muerte, alumbrados con veladoras. “Las dos veces que fui no me gustó a mí nada”, diría después.

A su casa, en la colonia El Asilo, llegaban sin avisar los familiares de Georgina a visitarla. Martín evitaba tener relación con ellos, mucho menos con Silvia Meraz Moreno y su concubino, Eduardo Sánchez Urieta, un veracruzano conocido en el pueblo como “El Chilindrino”, muy raro, siempre ensimismado. Cuando iban, a veces llevaban al niño Octavio.

***

Aunque no le consta, el comandante de la Policía Municipal de Nacozari de García, José Miguel Espinoza Osuna, cree que Silvia Meraz Moreno tomó un cuadro de la Santa Muerte que adornaba una pequeña capilla a un costado de la carretera, en memoria de algún accidentado. La precariedad en la que vivían ella y su familia seguramente no le permitía comprar una imagen, así que fue a robarla a esa parte de la sierra.

En su casa le encendía veladoras a la imagen y pensaba en que la Santa Muerte la ayudaría a encontrar dinero. Silvia, de 44 años, le pedía favores y aseguraba que hablaba con ella y que le exigía sangre nueva, producto de un sacrificio humano, a cambio de protección para su familia.

En diciembre de 2009, Silvia ideó una estrategia para quedar bien con la Santa Muerte y cumplir sus exigencias. Su compañera de parrandas en las cantinas locales, Cleotilde Pacheco, de 55 años, sería la primera víctima. La llevó a su casa en Milpas Justiniano, le dijo que se sentara y que recogiera veinte pesos que estaban tirados en el suelo. Cuando la diminuta Cleotilde se agachó, Silvia le dio tres hachazos en la nuca y acabó con su existencia, sin miramientos ni sentimientos de culpa. Ni siquiera pensaba que extrañaría a su amiga porque recibiría a cambio todo el apoyo de la Santa Muerte y eso le llenaría el alma y la colmaría de felicidad.

Ese fue el primer sacrificio para la Santa Muerte, pero ahora Silvia debía deshacerse del cuerpo de Cleotilde.

“Era una señora muy delgadita, muy chiquita”, recuerda Jorge Castillo, un señor que trabaja para el Ayuntamiento y que años atrás le llevaba bolsas llenas de comida a la pobre Cleotilde.

El papá de Silvia, Cipriano Meraz Aguayo, entonces de 80 años, cavó una fosa en la parte baja de una loma para echar el cuerpo de Cleotilde. Georgina, la hija de Silvia y concubina del herrero, ayudó a acomodarla y enterrarla. La familia de Silvia presenció el acto sangriento y calló por conveniencia. Ahora solo debían esperar a que la Santa Muerte cumpliera su promesa de prosperidad y bienestar.
Mientras tanto, en el pueblo inició la búsqueda de Cleotilde. Fueron colocados cartelones con su fotografía en los lugares que frecuentaba, pero al cabo de un tiempo muy breve el pueblo desistió. Algunos creyeron que se había ido lejos con otro hombre y había abandonado a su esposo, un viejo que todavía recorre las calles con una bolsa sobre su espalda, recogiendo latas de aluminio para vender.

***

Pasó el tiempo y todos se olvidaron de la frágil Cleotilde, pero en julio de 2010 el pueblo entero comenzó a preocuparse de nuevo cuando fue notoria la ausencia del niño Martín Ríos Chaparro, un feliz estudiante de cuarto grado.

Estaba desaparecido. El herrero Martín Barrón López veía en las calles los cartelones con la imagen del niño, su vecino, y también se preocupaba.

Apenas el 29 de marzo de 2012, dieron con su paradero. Hallaron sus huesos entre el monte, cerca de un río que ahora está seco. El niño fue llevado ahí por Silvia y su concubino, el veracruzano, a una casucha fabricada con cartón y cobijas viejas, donde hay perros feroces como guardianes. Lo obligaron a beber alcohol hasta que su cuerpecito de diez años no soportó más el efecto y cayó al suelo. La hija menor de Silvia, llamada Yahaira, entonces de 13 años, lo degolló y le dio treinta puñaladas, obligada por su madre, convertida en una temible lideresa. La familia de Silvia participó en el sacrificio y ofreció su sangre a la Santa Muerte, luego arrojó el cuerpo al monte y los animales carroñeros se encargaron del resto.

“Con la crecida del río el cuerpo fue arrastrado y es hora de que no encuentran su cabecita”, relata el empleado municipal Jorge Castillo. Era un segundo sacrificio humano para la Santa Muerte y Silvia no veía ningún beneficio todavía.

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En marzo de 2012 el pueblo prácticamente volvió a sumirse bajo una ola de terror, al enterarse de la desaparición y posterior muerte del niño Octavio Martínez Yáñez.

Su abuelastro, el concubino de Silvia, lo llevó a una casucha en un paraje de la localidad conocida como Las Torres, donde se alzan imponentes las torres de conducción de electricidad, pero que paradójicamente no suministran luz a ese sector pobre de Nacozari de García. Llegar allí es complicado por cualquier medio y la vista solo alcanza los cerros resecos.

Silvia y sus hijos estaban en un cuarto, también fabricado con madera y cobijas, cuando el veracruzano emborrachó al niño. La misma táctica que la vez anterior. El pequeño Octavio cayó sobre un mugroso colchón, completamente sedado por el alcohol, y nunca sintió nada. Le dieron varios machetazos. Su sangre fue una ofrenda para la Santa Muerte, cuya imagen pendía de un madero, con las órbitas oculares dirigidas hacia el lugar del sacrificio. Octavio permaneció inerte varios minutos hasta que salió la última gota de sangre tibia de su cuerpo.

El veracruzano cavó una fosa a un costado de la casa y echó el cuerpecito sin vida. Luego lo enterró y puso una capa de cemento encima para evitar los malos olores de la descomposición. Así pasaban los días. La familia de Silvia convivía con la improvisada tumba y los niños la pisaban cuando salían del cuarto a jugar.

Al contrario del niño Martín Ríos Chaparro y de Cleotilde, nadie en el pueblo buscaba a Octavio; sin embargo, los malos presentimientos del herrero Martín Barrón López sirvieron de base para que se iniciara una investigación policiaca.

Una vez, mientras veía Discovery Channel, le llamó la atención un reportaje sobre sacrificios humanos que hacían en otras partes del mundo.

“Miré que por allá, en otro país, pasó un caso parecido y que allí mismo los echaban a un pozo. Fue un presentimiento ver cómo es que también ellos viven en la pobreza y consumen drogas y yo quería ir para que investigaran por qué se estaban perdiendo los niños. Yo tenía miedo de que me involucraran a mí porque vivía con Georgina”, asegura Martín.

Él afirma que no interpuso ninguna denuncia, pero que sí le contó a alguien sobre los presentimientos de que quizá la familia de su concubina estuviera involucrada en algo terrible. Así fue que llegaron policías investigadores a Nacozari de García, a entrevistar a los familiares de Silvia Meraz Moreno, a Georgina, al veracruzano, a los otros hijos de la matriarca.

Todos cayeron en contradicciones y comenzaron a culparse unos a otros de la autoría material de los asesinatos. Señalaron a Silvia como la líder. Los investigadores descubrieron las mentiras y complicidades en esa familia, unas para protegerse a sí mismos y otras para señalar culpables. Había ocho involucrados. Silvia era la cabeza.

Sin más que perder, finalmente revelaron los sitios donde estaban los tres cadáveres: el de Cleotilde debajo de la loma, el de Martín en el río y el de Octavio en el patio de Las Torres.
***
La gente del pueblo, al enterarse de los tres sacrificios humanos, pasó del terror a la psicosis. En la escuela secundaria los estudiantes inventaban la presencia de una mujer de negro que se aparecía ante ellos y les arrebataba los teléfonos celulares o los asustaba en los pasillos. La describían como a la Santa Muerte.

Los maestros tuvieron que intervenir y explicarles que todo era producto de su imaginación, que no había nada malo en el pueblo y que esa serie de asesinatos era un hecho aislado.

El empresario local y padre de cuatro hijos, Víctor González, califica al pueblo como tranquilo. “Eso no prevalece en Nacozari. Fue un hecho insólito porque no se practica aquí la adoración a la Santa Muerte ni los sacrificios humanos como ofrenda. Nacozari es un pueblo tranquilo, de gente trabajadora y honesta”, asegura.

Y eso parece. Nacozari, a las cuatro de la tarde, cuando los mineros han salido de trabajar, recobra su vida en las calles empedradas, con negocios abiertos y una plaza central a la que llegan los más viejos a despedir al sol.

En el pueblo están asustados, pero quizá ese sentimiento pase pronto porque la mayoría de la gente estará refugiada en su religiosidad y habrá oraciones para el descanso de las tres víctimas durante la misa que seguramente habrá hoy o mañana o después.

Además, ni Silvia Meraz ni sus familiares están ya en el pueblo porque fueron trasladados a la cárcel en la capital de Sonora, quizá decepcionados porque hasta ese momento la Santa Muerte no les cumplió lo que le pidieron con tanta vehemencia.

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De PERIODISMO NARRATIVO EN LATINOAMÉRICA, 31/08/2012

WHY ARE WE SO UNWILLING TO TAKE SYLVIA PLATH AT HER WORD?

EMILY VAN DUYNE

Back in April, the Guardian dropped an apparent literary bombshell—new letters had been discovered from the poet Sylvia Plath, alleging horrific physical abuse at the hands of her husband, the British poet Ted Hughes. The letters had gone unread by any major Plath scholar through one of those black holes so common, and frustrating, to those of us who love her work.

Examples of these holes are chronicled in various biographies and critical works on Plath: Diane Middlebrook’s Her Husband, the forward to Judith Kroll’s Chapters In A Mythology. Even, from time to time, by Hughes himself, who casually claims to have burned Plath’s journals from the last two years of her life, in his forward to the 1982 Journals of Sylvia Plath. Materials from so-called “controversial” periods of Plath’s short life (she was barely 30 when she committed suicide in 1963), including her first suicide attempt and subsequent hospitalization in 1953, and the two years preceding her death have always been hard to come by, as Danuta Kean notes in her Guardian piece.

In the hunt for a deeper understanding of Sylvia Plath, things are always going missing.

The night the Guardian piece ran, I was grading end-of-term essays in bed when my phone began to go off a bit madly. Ping! It sang. Ping! Ping! Ping! The last time this happened in such rapid succession from multiple media sources (texts, email, Facebook), it was 6 am, and David Bowie, my other obsession, was dead from cancer.

Now, though, the news was Sylvia Plath’s new letters, via the aforementioned article: in minutes, four friends posted it to my Facebook timeline and tagged me, and three people sent the link via DM and text. Rather than blanch with shock, I read and reread, and felt sad and slightly numb. Then, a bit enraged.

To anyone as familiar as I am with Plath’s life and work, the fact that Ted Hughes was likely abusive—emotionally and physically—is not news. In fact, the only way we can discount the certainty of that abuse is if we choose to disbelieve Plath at her repeated word in her journals, reports to friends and family, and now, it seems, letters to Dr. Ruth Barnhouse, Plath’s therapist-turned-confidante. Paul Alexander’s Rough Magic contains a dramatic account of Hughes attempting to strangle Plath on their honeymoon in Benidorm, Spain—a grim tale supposedly told to the author by Aurelia Schober Plath, Sylvia’s mother, who allowed herself to be interviewed for the book. Plath’s Unabridged Journals, published in America in fall 2000, and edited by Karen V. Kukil, who curates the Mortimer Rare Book Room at Plath’s alma mater, Smith College, are peppered with references to her violent relationship with Hughes.

I was 20 when I got my hands on the newly published Unabridged Journals—a rep for Random House snuck me a free copy in my mailbox at Brookline Booksmith, the hip independent bookstore where I worked part-time while I studied literature and creative writing at Emerson College, downtown. I felt like I’d been given a bacon cheeseburger after a Lenten fast: 1982’s abridged journals were one-third the size of this chunky tome, with its chrome-tinted photograph of Plath at her Smith College graduation, smiling, looking off-camera, being handed a white carnation by a disembodied, feminine hand. Plath, the Real Plath, always elusive, was in here, I felt. So familiar was I with the abridged edition that I immediately knew where to look, based on the dates, to discover sections that had been mercilessly cut in the previous editionto the point that many passages had made no sense at all. Why, for instance, did Plath meet Hughes one night at a party, bite him on the cheek when he kissed her, flee to Paris to see another boyfriend with barely a mention of Hughes’s name, and then marry him with no further commentary three months later? What had happened in between?

I thought of those moments so many years ago as I scanned The Guardian’s bombshell article for its explosives. “Tantalising,” said Peter K. Steinberg, co-editor of Faber & Faber’s forthcoming edition of Plath’s collected letters, of the unseen material. Indeed.

The trope of literary scholarship as a holy quest with a grail at its long delayed ending is not a new one: at 20, I flipped to the previously hacked out sections of Plath’s work and found what I was looking for—what I knew, of course, would be there: Arrived in Paris early Saturday evening exhausted from sleepless holocaust night with Ted in London . . . I took myself in leash and washed my battered face, smeared with a purple bruise from Ted and my neck raw and wounded, too. Barely a year later, as the newly married couple was teaching in Massachusetts, Plath caught Hughes with another woman, a co-ed; this erupted in a spectacular fight, which left Plath with a sprained thumb and Hughes with “bloody claw marks.” Again and again, some similar fight; again and again, she forgave him, sometimes turning the blame on herself.

Eventually, in 1962, she threw him out. In less than a year, she was dead by her own hand.

I scoured and devoured the Unabridged Journals, searching for . . . something. What? Some skeleton key, some final clue. I had fallen down the same worthless rabbit hole so many Plath scholars drop through, never to return: I was looking for the why of her death, rather than engaging with the how of her life and work. I was committing a stupid, fallacious sin that would lead me to many maudlin nights, wondering if I would succumb to the same fate, picturing the dead woman’s body, the crying, hungry children, the gas. But this, too, was no accident; it was the expected response in a culture obsessed with the poetry of the dead woman while refusing to take her at her word.

Plath’s reputation as arguably the most famous poet in America and England was born posthumously, and partly constructed by Hughes, and a host of top-notch literary critics, many of them—most—his cronies: A. Alvarez, Robert Lowell, George Steiner. These were men who could make or break a new poet or novelist with one review in a London paper. But alongside their universal awe at Plath’s Ariel came another universal sentiment: that she was crazy, and that Hughes had been her long-suffering husband. When Plath’s journals, with their claims of abuse, began to be published, many of these same critics pointed out these claims as not only false but also proof that Plath was paranoid, crazy.

But Hughes had been having affairs throughout their marriage; it was just that no one would acknowledge it while he lived, and even, it seems, for some time after his death from cancer in 1998. Alvarez himself said Hughes was “constitutionally incapable of being faithful in a marriage.” New letters prove he was carrying on not one, but three known affairs at the time of Plath’s death.

In this way, we end up with another now well-tested literary trope: Plath the crazy girl, and the crazy girls who love her, all of whom are seen as young, starry-eyed fools in need of scolding. What are you thinking, you wacky broads? Don’t you know you can get in all sorts of trouble, loving someone like that?

On Gilmore Girls, a show that chronicles the literary life of a single mother and her brainiac daughter, Plath is a frequent topic of conversation. Rory, the daughter, is even seen reading the journals on an early episode. When it comes time for Rory to write her entrance essay to Harvard, she mentions Plath as a possible topic and is dissuaded from it by her mother, Lorelai—Might send the wrong message.

The sticking her head in the oven thing? Rory says, looking disappointed.

Yeah. Although she did make her kids a snack first. Shows a certain maternal instinct.

Rory ends up going with Hillary Clinton instead. Speaking of, this past November, I was nursing my wounds over the election by spending a weekend at Smith College, researching a book on Plath. At dinner one night, when the woman next to me at the bar asked why I was visiting, she shuddered, then smiled sadly, at the mention of Plath’s name. I used to love her work so much, she said, shrugging. But I outgrew it.

In this way, Plath is both deified and dismissed. We are talked out of her.

Over and over at Emerson, I started and abandoned long papers on the complex, problematic nature of Hughes’s editing of Plath’s papers, the ways her version of events was dismissed as crazy by his powerful friends. Over and over, I was told it was a fool’s errand, that Hughes was, to use the words of a certain male professor, “a saint” who had “put up” with Plath, that I should “ask anyone” if I doubted his word. This wasn’t a hypothetical suggestion—as a student at Emerson, many of Plath’s and Hughes’s friends and colleagues were teaching up the road.

Indeed, that same year, I stumbled into a reading by Peter Davison, Plath’s former lover and then poetry editor for the Atlantic. During the Q&A, a student asked how he’d started writing poetry and he replied, in a sing-song voice, We-ell, when I was a young man I dated a young woman called Sylvia Pla-ath . . . He went on to detail his relationship with her. After, I approached him, and said I was looking to do a comparative study of the journals for my senior thesis, and could I, perhaps, email him with a few questions?

Oh no-oo-oo, he replied, stepping back and shaking his head. I wouldn’t want to do that, I wouldn’t want to talk about her . . .

Of course he wouldn’t.

I don’t write this to argue that there is some kind of conspiracy or cover-up of Hughes’s behavior, or even that there is a single thread of golden truth about their marriage that these new letters, or any new document (oh, for those torched last journals!) will suddenly, gloriously reveal, allowing us closure on Plath’s biography. Instead, I want to point out the cultural bias against women’s voices and the domestic truths of women’s lives and the deep role this has played in painting Plath as both a pathetic victim and a Cassandra-like, genius freak. It is only in a culture where these two things be claimed simultaneously that Hughes, a known philanderer and violent partner, can spend forty years botching the editing of, or outright destroying, his estranged, now dead wife’s work, then win every conceivable literary prize and be knighted by the Queen. It is only in this culture that Plath can tell of his abuse, in print, for the better part of the same 40 years, only to have the same reports in a handful of letters recognized as “shocking.” And it is only in this culture that unseen letters detailing abuses as dreadful as a miscarriage induced by beating, and the expressed desire that one’s wife was dead, be described, without irony, as “tantalising.”

In the 1944 film Gaslight, for which a common abusive tactic is now named, the protagonist, Paula, is driven mad by her husband, Gregory. He moves a painting from the wall, and when she asks where it’s gone, he tells her that she moved it. He has the gaslights dimmed and brightened, and convinces her it isn’t happening—that it’s all in her head. In this way, he makes her doubt her own reality, her own eyes.

Ted Hughes gaslit Plath for the seven years that they were married, and when she died? The bulk of the American and British literary establishment picked up where he left off.


But the lights look dim, I know it, generations of Plath fans have said for half a century.

Darling, I haven’t the faintest idea what you mean.

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De LITERARY HUB, 11/07/2017 

Wednesday, July 19, 2017

Laguna

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES

A mitad del predio que colinda con la población, el exceso de lluvias formó una espontánea laguna que se desplegó hasta los bordes de ambos lados de la cuenca. Junto a nosotros quedaron los sembrados de hortalizas, parras, senderos y árboles. Al frente, la base de los cerros que separan la ciudad del interior. Al medio del agua, una isla muy pareja que semejaba el lomo de un perro sumergido. No tardé en darle un sentido de pertenencia a este regalo inesperado e invernal. Por las tardes, después del trabajo, adopté el hábito de sentarme sobre una piedra para degustar una cena improvisada, unas copitas de vino blanco, restos de tabaco y algún libro ligero, mientras el pequeño oleaje se deshacía a centímetros de mis zapatones. Con el paso de los días, se sumaron unos niños que, al principio, sólo miraban con curiosidad y después bromeaban lanzando mi sombrero hacia la corriente, pero desviándolo hacia unas ramas. Recuerdo a las tres dueñas de casa que cambiaron los tragamonedas por el desafío de quién hacía rebotar más veces una piedra sobre el agua. Más tarde, un padre de familia endeudado que le sentaba bien el aire puro. Varios ancianos dados de baja por los suyos, buscando compañía sin importarles el frío y la garúa. Vecinos de otras cuadras incrédulos de esta nueva “obra” que no necesitó gestión alguna del alcalde en ejercicio. El grupo lo cerraban tres perros y una pareja de gatos moviéndose a sus anchas por los arbustos intentando darle caza a las ranas y conejos. Pasadas las horas, veíamos en conjunto descender al sol por el borde del cerro hasta desaparecer completamente. En la penumbra, alguien comentaba que, en otros tiempos, cuando el río era navegable, el agua seguía mucho más allá de donde estábamos ubicados nosotros. La laguna - complementaba otro- no correspondía a un fenómeno sobrenatural, sino sólo a la recuperación del curso históricos de las aguas. Yo recordé como en mi infancia era común encontrar, alejándose apenas de cualquier ciudad, pequeños arroyos, cascadas ondulantes, cursos de ríos espontáneos, acequias flanqueadas por muros de manzanilla, sin ninguna cerca, alambrada o sequía que impidiera aproximarse. Ya nada queda de esos paseos. Tampoco de la laguna espontánea de la esquina de mi casa. Cuando me cuezo vivo por el centro de la ciudad, evoco con nostalgia ese tiempo. Si no fuera por los testigos, creería que todo fue inventado por la soledad.

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De PLUMAS HISPANOAMERICANAS, 16/02/2017


Imagen: Charles Pachter, 1998

Bitácora de un lunes atroz

GABRIEL PRACH

Bitácora de un lunes atroz tirado en la cama con fiebre, y dos cajas de remedios y una botella mineral y una colilla de cigarro en la boca y calor, y...

No es esa la manera, ni menos el fondo. Nunca supiste qué era madurar, vivir a fin de cuentas. Porque madurar no es salir a trotar por los jardines y la playa de Santo Domingo, dejándose de payasadas con los cabros de la pobla: Tampoco comprarse un autito de esos coreanos que enceras y pules todos los fines de semana para sacar a pasear a la hija del supervisor de turno, que es más fome que chupar un clavo; desabrida la flaca que milita en RN, donde ahora tú también militas porque “está bien” ser de allí. Madurar tampoco es asistir todos los domingos a misa con la camisita impecablemente planchada y las gafas Bollé, para ocultar las ojeras de la borrasca que te pegaste la noche anterior con los compañeros de trabajo en la picá de Lo abarca. Madurar no es comprarse un raquet de tenis de esos de los buenos y dejarlo en el living por si viene alguien y contarles del partido ficticio que jugaste el domingo pasado, porque hace siglos que no vas y ya ni idea tienes de los precios de arriendo de las canchas. Crecer no significa ir al casino y gastarte esas doscientas lucas que no tienes, sólo por llevarle el amén a la hija del jefe que, de aburrida la niña, te invitó a salir. Madurar no era estudiar la carrerita administrativa que te libraría de los fierros en que estábamos todos trabajando y ponerte la ansiada corbata que, a fin de cuentas, sólo te ha estrangulado todos estos años. Ser un hombre “bien” que no fuma, que paga a tiempo sus tarjetas y, que apenas tuvo cuenta corriente, anduvo con el fajo de cheques en una billetera kilométrica, sólo para mostrar que habías progresado al pagar la cuenta del mall de turno. Estar así de bien no era irse al recital del grupo de moda el viernes y el domingo ir a “visitar” a tu mamá con familia incluida sólo porque no te quedaba ni un miserable peso y no tenías ni para comer. Crecer, madurar, estar ahí, no era tomar ese camino ingrato que, cuando las cosas se pusieron feas y te despidieron del trabajo, te viste forzado a meterte a los fierros un tiempo y engrasarte las uñas, llorando de paso un poco por dentro.

Aspirar a ser otro, olvidándote de tus amigos leales sólo porque vivían en población y tú no, gracias a la jubilación de tu papá. No era la manera solidaria de vivir que te recitaban los domingos en misa. Crecer, madurar, no era fingir alegría de reencontrarte con uno de esos pelagatos que nunca surgieron como tú y que invitas a tu casa a almorzar para presumir y de paso, mostrarle la última joyita tecnológica que te compraste a tres cuotas precio contado sin ningún remordimiento por dentro, sabiendo que si lo dejas hablar de nuevo te pedirá que lo “muevas” con el jefe a ver si tiene una cabida por ahí, que las cosas han estado tan mal, y tú, que no tienes ni tu pega asegurada, le das falsas esperanzas, que lo llamarás apenas sepas algo. Siempre la misma historia, hasta que te lo topes de nuevo a la salida de algún supermercado o después de estacionar el auto.

Crecer, madurar, no era ese arribismo enfermizo ni la envidia que te amarga el alma día a día. No era la apariencia amigo mío. Nunca lo fue.

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De PLUMAS HISPANOAMERICANAS, 21/02/2015


Imagen: Charles Wilbert White, 1935

Disfrutando de un Lomo a la Bolivianita

JOSÉ CRESPO ARTEAGA

Sin proponérmelo me ha salido bastante patriota la receta de hoy, mejor dicho, el manjar que acabo de improvisar para deleite, primero, de mis ojos y luego de mis papilas gustativas. El subconsciente me ha movido a disponer los elementos del plato en un orden nacionalista, como queriendo imitar los colores de la bandera: enjundiosos tomates que simbolizan la sangre de los mártires de la independencia, doradas monedas de camote a cuenta del oro y otras riquezas del subsuelo y pálidos pepinillos (unas hojas de apio o espinaca quizá le darían más lustre al decorado) para ilustrar el verdor de los prados y bosques que pueblan el territorio nacional. 

Dicen que la patria es la tierra que nos cobija, ese molde de fronteras imaginarias en el cual crecemos. Un concepto tan manipulado a conveniencia que ya no sabe a nada. Mi patria no tiene montañas, ríos, pueblos, selvas, playas ni volcanes. Mi patria palpita en cualquier rincón donde arde un fogón, hierve una marmita y escapa el olor de algo cocinándose. Y de yapa, mi patria descansa en una buena siesta. Mi patriotismo huele a cocina, nada más.

Pero basta de ensoñaciones patrióticas que no conducen a nada. Que, mejor, los sabores de la tierra y los aromas del aire nos conduzcan al disfrute efímero y recuerdo permanente. Qué tal si empezamos por la sopa: ésta ha de ser ligera, de regusto más o menos neutral, tipo una de fideos cabellos de ángel o corbatitas, decorada con cilantro picado como único complemento. Lo de esta yerba no es casual, pues el intenso perfume que emana al contacto con un caldo caliente despertará el instinto asesino por la comida, preparándonos para el placer que viene después (a falta de cilantro, vale el perejil, de espíritu más moderado, eso sí).

Por los efluvios que ya escapan de la cocina se adivina el plato fuerte. No hay nada más explosivo para el cerebro que el detonante de unos filetes asándose en la cazuela. Pura pulpa de lomo de reses criollas, criadas en medio del campo entre pastizales y arboledas. Ganado fiero de múltiples pasturas luego se prodiga en la carne más exquisita, a no dudarlo. Se asegura que el cordero de Oruro tiene un toque dulzón e irresistible por criarse en pleno altiplano, a pura dieta de paja brava. Lo mismo podría aseverarse de la tierna carne que de vez en cuando llega hasta mi mesa, por fortuna o por cortesía de mi madre, más bien.

Negado para filetear carnes como soy le he encargado que me los prepare y los deje listos para la sartén. La magia de sus manos combinada con especias y salsas ha puesto la sazón en su justa medida. La carne ha marinado un par de horas en la salsa para que su jugo sea absorbido lentamente. Por todo trabajo, he puesto a hervir papas y camotes por separado, para que no se manchen unos a otros, y unos son más veloces en la cocción, según lo sé por experiencia. Los vi en el mercadillo del barrio y se me ocurrió combinarlos por primera vez, esperando que me resulte una joya en cuanto a sensaciones. 

Empecemos por la pinta primero: mi platillo se deja comer con la mirada, para activar inmediatamente esa parte del cerebro asociada al placer y la contemplación estética, ¿dónde se ha visto unas subyugantes papas jaspeadas de morado casando perfectamente con el matiz áureo de unos camotes en su punto más dulce? en ninguna patria, salvo quizás en lo más recóndito de unas selvas cruceñas donde se oculta una gema de indudable belleza exótica: la bolivianita. No se puede imitar a la naturaleza, dicen los manuales, pero que estuve cerca con este homenaje culinario nadie me quita de la cabeza.

Ya está, pueden imitarme si quieren en cualquier latitud del planeta. Que los elementos –la carne, los vegetales- los hay a montones. Que la receta del manjar es de una sencillez apabullante, desde luego. Que no entiendo ni papa de cocina, puede ser. Que estoy hablando desde la autocomplacencia, tal vez.  Pero esa papa de cautivadores tonos violetas, con su hondo sabor a tierra mineralizada para mayor dicha, dudo que crezca en cualquier parte. La suerte de vivir en una tierra tan pródiga me hace sentir privilegiado, qué le vamos a hacer, y me hace querendón de estos pagos. ¿Qué eso me hace patriota como ninguno?

Me he zampado el platillo en cuestión de minutos, para que sepan cuánto dura mi patriotismo. Y la carne suavecita, rematada con áspero tinto chileno, casi me supo a placer culpable. Que fusilen al traidor mientras suena la Marcha Car-naval.
Ametrino o bolivianita
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De EL PERRO ROJO (blog del autor), 18/07/2017

Tuesday, July 18, 2017

Porque soy marxista

MARIANO DORR

En el actual contexto de integración regional en el Cono Sur, el rescate del pensamiento de Juan José Hernández Arregui implica mucho más que un acto de justicia con quien fuera uno de los más prolíficos intelectuales del Movimiento Nacional Peronista. Cuarenta años después de su muerte (en Mar del Plata, a donde había viajado escapando de la sentencia de muerte anunciada desde la Triple A), la vida y obra de Hernández Arregui constituye un testimonio fundamental de la lucha por la liberación nacional contra el imperialismo neocolonialista. Desde 2004, la reedición de sus libros La formación de la conciencia nacional, Imperialismo y cultura, Nacionalismo y liberación, ¿Qué es el ser nacional? y Peronismo y socialismo, permite un acercamiento a la influyente interpretación marxista del peronismo conocida y reivindicada históricamente en términos de “socialismo nacional”.

El autor de Hernández Arregui. Una interpretación marxista del peronismo, no es ningún improvisado; entre las numerosas publicaciones de Piñeiro Iñíguez se encuentra Perón: la construcción de un ideario, una investigación de más de 800 páginas. Carlos Piñeiro Iñíguez (graduado en Economía y Relaciones Internacionales, investigador del Centro de Estudios Latinoamericanos del Instituto Di Tella) fue director del Instituto del Servicio Exterior de la Nación y embajador extraordinario y plenipotenciario en Ecuador, Bolivia y República Dominicana. Desde esta perspectiva específicamente latinoamericana, Piñeiro Iñíguez destaca la importancia del concepto de “lo nacional” desarrollado por Hernández Arregui, según el cual “el nacionalismo ha de ser continental y sustentado en las clases populares modernas, y en esto se distancia de la idea de un nacionalismo fundamentalmente argentino, como pudieron sustentar Raúl Scalabrini Ortiz o Arturo Jauretche; a su vez, a diferencia de Jorge Abelardo Ramos, Hernández Arregui concibe a América Latina no como nación inconclusa sino como futura estructura supranacional: es desde esa perspectiva que se comprende su tajante sentencia de que el peronismo habría cumplido la tarea histórica de constituir la Argentina como Nación”, escribe. Frente a los nacionalismos opresores, cerrados en sus propios intereses colonialistas, existe otro tipo de nacionalismo, el de los oprimidos, abierto hacia los otros pueblos igualmente oprimidos, unidos en un mismo reclamo de independencia económica y justicia social.

En el primer capítulo del libro, Piñeiro Iñíguez repasa la formación intelectual de Hernández Arregui, sus estudios en Filosofía y Letras en la Universidad de Córdoba y el impacto de la figura de Rodolfo Mondolfo –el reconocido filósofo italiano, especialista en filosofía antigua, exiliado en la Argentina por su condición de marxista–. Tras la experiencia del sabattinismo en Córdoba se produce la “opción por el peronismo”; Hernández Arregui dicta clases en distintas universidades hasta que, con el golpe militar de 1955, es expulsado de sus cargos. El autor cita el particular análisis de Tulio Halperín Donghi: “En un clima de persecución primero políticamente rigurosa y luego cada vez más dispuesto a transacciones, los compañeros de ruta que el peronismo había reclutado a su izquierda tuvieron paradójicamente ocasión de exponer sus puntos de vista con mayor libertad que bajo la tutela de un régimen que los había utilizado sólo con extrema cautela y al cual inspiraban las más vivas desconfianzas”. Piñeiro Iñíguez, en una nota al pie, agrega: “Parece inevitable aclarar que Halperín era parte entonces de los núcleos que se habían hecho cargo de la cultura en el nuevo régimen, lo que puede llevarlo a subestimar las condiciones represivas reinantes (que a él, desde luego, no lo afectaban)”.

En un ambiente opresivo, en medio de fusilamientos y con el peronismo proscripto, Hernández Arregui escribe sus obras más importantes, convirtiéndose en el ideólogo más leído por las organizaciones que combatieron en la resistencia peronista hasta el regreso del General al poder. El propio Perón, desde el exilio, recomendaba el estudio pormenorizado de la obra de Hernández Arregui, especialmente La formación de la conciencia nacional y Nacionalismo y liberación.

Imperialismo y cultura se publica en octubre de 1957, un trabajo en el que aparecen las distintas lecturas de Arregui, desde los clásicos griegos hasta Rilke, Kafka, Sartre, Valéry, Groussac, Alberdi, Arlt o el tango. En la Advertencia a la segunda edición, Hernández Arregui recuerda las circunstancias en las que apareció el libro: “Estaba enfrascado en la preparación de las notas para Imperialismo y cultura cuando, inopinadamente, fui encarcelado a raíz de la revolución del general Valle..., la mayoría de los detenidos eran obreros. No los conocía. Asistí a las torturas de esos hombres humildes, incluso a los brutales castigos a los que fue sometida una joven mujer. Esas cosas no se olvidan”, escribió. Una de las tareas del libro de 1957 es arremeter contra Borges: “No es extraño que la labor literaria de Borges coincidiese con la desnacionalización del país por el imperialismo”, anota Hernández Arregui, que encuentra en Borges al más grande escritor argentino –antes de su consagración internacional– y, a la vez, a uno de los más grandes cipayos de nuestra historia cultural. También, en Imperialismo y cultura, leemos: “Otro de los mitos de Sur es Ezequiel Martínez Estrada. Escritor anfibológico, detrás suyo hay un maestro. Se llama Juan Bautista Alberdi. Martínez Estrada también tiene conciencia de las fuerzas que han deformado a la Nación. Pero para él, el proceso histórico se resuelve en psicología introspectiva, en melancolía de rabino, independiente de esa realidad histórica en movimiento y de la cual el filósofo estepario es un momento de la negación”. Con tono hegeliano, Hernández Arregui enfrenta a los representantes de la cultura “oligarca” antiperonista, pero siempre leyéndolos con profunda honestidad intelectual, reconociendo el enorme talento de sus enemigos íntimos.

Piñeiro Iñíguez recorre los distintos momentos de la enseñanza de Hernández Arregui, sus conferencias en el interior del país (una de ellas en la librería de los hermanos Santucho, en Santiago del Estero), los vínculos con el sindicalismo (José Pedraza, uno de los arreguistas que más tarde traicionarían el discurso revolucionario) y la relación con quienes fueran sus principales discípulos: Ortega Peña y Duhalde (el ex secretario de Derechos Humanos). Juan José Hernández Arregui aparece como un autor cuya obra comienza a releerse, no para encontrar allí recetas o soluciones a los problemas actuales, sino más bien para reencontrar una voz auténtica, capaz de edificar un pensamiento sólido, “iberoamericano”. Hernández Arregui, autor de una frase que resuena todavía hoy con toda la fuerza de una consigna política: porque soy marxista, soy peronista.

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De RADAR LIBROS, 02/03/2014




El cubismo y yo

MARIANO GARCÍA

Gertrude Stein (1933). The Autobiography of Alice B. Toklas. London: Penguin, 1966.

Siempre me dio pereza encarar a esta mujer: su leyenda es más grande que ella misma. Con todo, hay que reconocer los méritos de esta autobiografía, cuyo procedimiento de hablar por boca de su lifelong companion (una prosopopeya, si concedemos que Alice Toklas, por lo que dicen, siempre estaba callada y en segundo plano) para contarse a sí misma redime todo el conjunto, incluso redime la vanidad sin atisbos de falsa modestia de GS. Era una mujer muy inteligente, aunque quizás estaba demasiado segura de esa inteligencia. Como sea, fue la promotora (ella y su hermano, por lo visto de familia muy rica) del cubismo y pionera del coleccionismo moderno. Toda esta etapa es para mí más interesante que su cuestión como escritora. Hay muchas anécdotas, algunas muy graciosas, y Picasso está muy presente a lo largo de todas estas páginas, junto con Matisse, Braque, Cézanne, Cocteau, Juan Gris. Uno de los momentos más luminosos es el banquete que Picasso organiza para el maravilloso aduanero Rousseau, un hombrecito de cara común que iba a todas partes con un violín. De otros escritores habla poco: aparecen Eliot, Pound, William Carlos Williams, con el pesado de Hemingway a la cabeza y su mentor –por él traicionado– Sherwood Anderson detrás. Apenas mencionadas están Sylvia Beach y Adrienne Monnier. Se destacan algunas reflexiones de GS, y muy atinadas observaciones sobre España y lo español, cultura de la que ambas mujeres eran grandes admiradoras (curiosamente describen un simpático viaje a Cuenca, entre varios otros por la península).

Lo más destacable es la sintaxis, que intenta una suerte de oralidad, de continuo en la frase, a la que no le gusta interrumpir con comas. Eso crea a veces un efecto de extrañamiento que obliga a releer la frase. Es algo bastante astuto, ya que crea su propio estilo sin resultar hermética o incomprensible. Digamos que lleva la escritura, astutamente, a una distancia bastante lejos del límite, a un coqueteo con el límite sin consecuencias de peso.

“She says it is a good thing to have no sense of how it is done in the things that amuse you. You should have one absorbing occupation and as for the other things in life for full enjoyment you should only contemplate results. In this way you are bound to feel more about it than those who know a Little of how it is done.” (84-5)

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De MICROLECTURAS (blog del autor), 19/01/2014 

Imagen: Gertrude Stein por Francis Picabia