Wednesday, September 4, 2019

Réquiem en Re menor


MAXIMILIANO BENÍTEZ

No debería comenzar un texto dudando entre si tenía nueve o diez años cuando le pedí a mi madre, insistente e insufrible, que me llevara a ver Amadeus, la gran película de Milos Forman sobre la vida de Mozart. Debí echar mano de internet para saber el año y mes exactos de su estreno en Buenos Aires y de esta manera me hubiera ahorrado esta explicación innecesaria. Pude hacerlo y de hecho pensé disfrazar el olvido con datos y nombres propios, hechos hipotéticos, etcétera; pero tengo que confesar que, a menos que se trate de una cuestión innegociable, lo evito hasta agotar el último recuerdo, exprimir la última neurona, o interrogar a alguien que pudiera saber algo, aún a riesgo de ensuciar, como en este caso,  un texto propio.

No tengo nada contra este océano de sabiduría y estupidez a partes iguales que es la red, eso no hace falta aclararlo (pero ya veis que lo hago), pero me subleva ver que la gente no sea capaz de hacer un mínimo esfuerzo en intentar recordar un nombre, una fecha, una  ciudad, un momento, pero que sí tenga la urgencia de responder a golpe de móvil a cualquier cosa, como si necesitara de cualquier excusa para plantarse la pantallita en los morros. No es un caso aislado, se los aseguro, es que prácticamente afecta a todos por igual. Por otra parte, pensándolo bien ahora que acabo de desahogarme, creo que lo que más me indigna (aunque sería más justo decir “me jode”) no es esta suerte de automatismos de la era Smartphone, sino algo más sutil. Es esa especie de amnesia colectiva, ya sabéis, eso de que nadie recuerde absolutamente nada, como si todo lo que debiera alojarse en la memoria hasta la decrepitud fuera a parar al mar de información, imágenes y recuerdos inútiles de un teléfono o un ordenador. Así pues, aunque sea flaco el favor que me hago, prefiero (doscientas mil veces o más) quedarme con la duda, así, al abrigo de lo que no conseguimos atesorar con los años, de todo lo que se desvaneció y aun así perdura. Seguro que alguien me entenderá. O no, pero ya estamos aquí. Porque yo no recuerdo si fue en el 85 o en el 86 cuando se estrenó Amadeus en Buenos Aires, pero lo que sí recuerdo perfectamente es lo que sentía, lo que experimentaba cada vez que echaban el tráiler de la película en la televisión. Esas primeras notas de violín, enérgicas, tensas, in crescendo, y la risa esperpéntica del actor que interpretaba a Mozart, solo podían presuponer que algo grandioso a la vez que osado y terrible sucedería en las dos horas y pico que duraba la película.

Para ser sincero (qué me queda?) no es de la amnesia colectiva de lo que pretendía hablar, ni de móviles ni fechas; casi podría decir  que fue la casualidad la que me trajo hasta aquí esta noche calurosa de agosto. Porque a mí no se me hubiera ocurrido hablar de Mozart, ni de su Réquiem en re menor, ni de los recuerdos casi olvidados en el sótano de mi niñez, de no haber sido por mi hija que, con sencillez, abrió el baúl de la memoria esta tarde al preguntarme qué era un réquiem. Mi respuesta fue sencilla y pronto pasamos a otra cosa, pero ya de noche, instalado en la trinchera, comencé a hurgar en la memoria y en el oráculo, en soledad, en penumbras, mientras fumaba y tomaba algo para aligerar la mente. Mientras tanto, para desentumecerme, además de la copa de tinto peleón, me puse los auriculares y escuché, del tirón, el dichoso réquiem de casi una hora. Y todo, absolutamente todo, como en una ceremonia alucinógena alrededor de una hoguera invernal, resurgió, como si hubiera sucedido hace unos días. Reviví entonces al niño que alguna vez fui, cuando, entrecerrando los párpados para no ver del todo y apretándome a mi madre en la butaca del cine, con el miedo en los huesos y en el alma, vi como echaban el cuerpo de Mozart en aquella fosa común para luego cubrirla de cal viva, mientras de fondo pero omnipresente, terrible, angustiosa, sonaba la Lacrimosa como trasfondo trágico de una vida truncada y febril, entregada, abocada a la música elevada al lirismo, en la frontera del paroxismo.

De la niñez pasé, como en una vuelta de hoja, a mi juventud. Habían pasado más de diez años de lo del cine en Buenos Aires y vivía en la habitación de un hostal en el Madrid de los 90. Una tarde aburrida de libranza, mientras decidía las libaciones nocturnas, encendí la televisión y creí reconocer la película. Recuerdo que lo primero que pasó por mi cabeza veinteañera fue que se trataba de una mala imitación de la película original, la que tanto me había impactado de niño. Lo pensé sinceramente. Me parecía tan pobre en tantos aspectos al compararla con la bestialidad de filme que creía recordar que hasta casi eché a reír. Sin embargo, por algún motivo, no me atreví a apagar el televisor y olvidé lo de la juerga nocturna. Quedé estático frente a la pantalla y continué viendo, hipnotizado, sentado en la cama puesto que no tenía silla, hasta que llegó el momento. Ese momento. El réquiem, el rostro lívido de Mozart en el lecho de muerte, con los ojos abiertos y alucinados, la fosa común y la cal viva sobre los cuerpos muertos… Sí, era la misma película, no cabía duda alguna. Cómo no pude reconocerla de inmediato?, me recriminé. Me vino a la memoria un árbol del barrio de la infancia. Era una verdadera aventura treparlo, llegar a la rama más alta; pero, cuando años después volví a verlo desde la distancia de los años, hasta podía, de pie junto al tronco, tocar la rama en que me sentaba de niño, podía tocarla. Pero ¡qué alta parecía en su momento!

Así, durante toda la noche, el vino caliente, el humo de mis tabacos de liar, los acordes y las dramáticas voces que se elevaban para clamar por la salvación, me llevaron de la niñez a la juventud y por último, al refugio final, desde el que, torpemente, intento hablar a partir de los recuerdos templados en los acordes de la última pieza del genio de Salzburgo.

Durante mucho tiempo (hasta bien entrada la adolescencia, cuando pude documentarme) odié a Salieri por lo que creía que había hecho a Mozart. O más bien odié al actor que interpretaba a Salieri, del que no recuerdo su nombre. Pero luego, cuando lo veía en pleno éxtasis, gozando y sufriendo la música del gran compositor austriaco, sentía compasión por él, por la angustia insufrible que el personaje soportaba al reconocer sus propias carencias frente a tal monstruo formidable y eterno. Lo amé y odié a partes iguales. Incluso sabiendo la historia real del Réquiem en re menor, me negaba a aceptarlo. Quería, deseaba, necesitaba pensar que todo sucedió así, sin más, para darle un sentido a mi propio éxtasis, a mi solitario goce de juventud. Sonará retorcido, pero así fue.

Porque Mozart, ángel caído e iluminado, no llegó a acabar su encargo. Fue su discípulo, Franz Xaver Süssmayr, y no Salieri, quien terminara el réquiem siguiendo indicaciones póstumas y ayudándose de otras piezas compuestas con anterioridad. Tampoco fue el maestro italiano quien acabara finalmente con la vida del genio de Salzburgo como se cuenta en la película, ni quien se aparecía por las noches, forzando y asustando a un Mozart enfermo e impresionable por las creencias de la época, a terminar su pedido. Un conde (de cuyo nombre no quiero acordarme) estaba detrás del misterioso encargo y del emisario que tanto intimidaba al compositor. Un conde que, según revelaría el biógrafo de Mozart años después, solía hacer encargos de forma discreta para luego apropiarse de las partituras previamente pagadas generosamente y presentarlas como propias. Pero la versión libre de la vida de Mozart, aunque alimentada y recreada en la ficción, es la que más me atrapa. Plenamente consciente de la historia, pero también del magnífico trabajo de Milos Forman y de los actores, es la que más me subyuga, es la que me tiene atado al escritorio esta noche.

Esta noche, ya de madrugada, he pensado que un réquiem, en este caso puede que el más grande de todos (con permiso de Brahms), el de Mozart, teñido por el dramatismo de las mismas circunstancias en que se compuso, es, de alguna manera, como el proceso creativo de una novela, de una historia. En esa entrega sin condiciones en que se ensalza la idea de la comunión, del perdón, de la entrega absoluta a un Dios que ya verá si nos perdona o no, también ubico a los escritores, a los de verdad, no a los que escriben para pasar el rato, sino a quienes realmente se entregan silenciosamente durante tanto tiempo a encarnar, a sufrir, a padecer a un personaje que no existe más que en eso que llamamos alma, para sublimar, y aquí reside la grandeza de espíritu, a un pobre infeliz que busca la redención o la respuesta, la comunión o el aliento, y que únicamente, pletórico en la tormenta, en el desafío, en la soledad de la indiferencia, en la trinchera, haya el consuelo en la sombra que al fin le abandona, le exime, le perdona, y le deja vivir unos días en un mundo que nunca va a comprender del todo. Mientras tanto, resuena como el eco de todos nosotros, detrás de todos los sonidos audibles, el Confutatis, como la banda sonora que nos acompañará hasta el final, o hasta el inicio de todo.

Confutatis maledictis,
flammis acribus addictis,
voca me cum benedictis.
Oro supplex et acclinis,
cor contritum quasi cinis:
Gere cura mei finis.

(Cuando los condenados,
(sean) sentenciados a las llamas de la aflicción,
mencióname entre los bendecidos.
De rodillas, en súplica, te ruego,
con el corazón contrito, casi hecho cenizas,
cuida de mí (hasta el) final.)

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De INMEDIACIONES, 04/09/2019



Thursday, August 29, 2019

Un paseo (la brigadilla del amanecer de Jordi Gracia)


MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

El escritor Miguel Sánchez-Ostiz, visto por Sciammarella.

Una excelente caricatura para ilustrar un artículo publicado en Babelia, firmado por Jordi Gracia, que destila bilis y mala idea a cada párrafo, falta de decoro académico, despliegue de prejuicios y sobre todo, mentiras. Hacía tiempo que no veía tantas ganas de fastidiar y de dar rejón con paternalismos de sandiosico y psicologismos de barbecho, aprovechándose de un viejo trato personal despeñado, amén de prejuicios y antipatías de cotarro.

Podía haberlo dejado pasar, pero esta vez me ha parecido demasiado abusivo lo publicado. Lo que ha escrito Jordi Gracia es una canallada y él lo sabe, disfraza un ataque personal de crítica literaria. Tiene guasa. Pobre diablo, de adulador sin recato a perdonavidas y  a zafio puntillero  de papel impreso. Menudo carrerón.

ITEM MÁS (en general): si a mí se me acusa de insultar, difamar o de «meterme con» alguien, lo mínimo que se puede hacer es señalar la página, el párrafo, la línea o la página informática de la que no hay quien no haya hecho pantallazo. Pero no, lo que cuenta es inventarse el agravio, buscarse palmeros y emplearse a fondo en la difamación y el descrédito. Muy honorable todo, mucho.

Jordi Gracia debe saber que acusar a alguien de conducta poco decorosa sin aportar pruebas suficientes es difamación, y si la acusación es de alguna conducta prevista en el Código Penal, es calumnia, pero eso poco importa si tienes palmeros. A Gracia esto le importa un comino, con hacer daño le basta. Lo mismo cuando dijo que una novela de ficción autobiográfica era un dietario, demostrando no haber abierto el libro, toda una manoletina de indecencia académica.

Su maestro Mainer fue igual, y puedo probarlo, cuando me acusó de meterme una vez más con Muñoz Molina en un libro en el que este no aparecía mentado ni de lejos. Como digo, puedo probarlo.

OTROSÍ DIGO. Esto que aquí publico lo traigo de Facebook, una de las redes sociales en las que participo, y en la que es del dominio público jamás, digo bien jamás, he atacado a los amiguetes del cotarro de Jordi Gracia. Por fortuna hay gente que puede que no tenga poder mediático, pero que cree en lo que digo y se atreve a apoyarme, como se ve en la captura de pantalla que adjunto.

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De VIVIRDEBUENAGANA (blog del autor), 04/08/2018

Wednesday, August 28, 2019

NADA QUE FINGIR

JORDI GRACIA

Ni del éxito ni del fracaso se redime nunca nadie porque no hay consuelo para la invisibilidad del escritor ni hay tampoco verdad en el éxito: ambas son constipaciones incontrolables de los organismos vivos, y la literatura lo es. Sánchez-Ostiz es un desconsolado habitual en sus diarios, y de su rabia nace buena parte de una salmodia adictiva y venenosa. A menudo deriva hacia la intemperancia y el insulto con nombres y apellidos y, entre rebeldías políticas e indómitas, pesa sobre todo el abatimiento privado por no figurar en otra escena literaria que la de sus propias melancolías.

Hay algo enfermizo en el autorretrato que desprenden sus potentes y dolientes cuadernos de escritura, o en sus más festivos libros de viajes. Pero soy de los que no se los salta, a pesar de la tenacidad asfixiante del síndrome del escritor silenciado. Sus neurosis son la munición y la gasolina misma que echa a andar sus libros, que han ido publicándose sin pausa, hace años ya que en editoriales de poca circulación, porque su literatura es enemiga natural del éxito mediático. No hay otra causa más enigmática ni conspiranoica que esa, y nada tiene que ver con su calidad pero sí con la policromía colérica de sus reflexiones. Sus últimas batallas novelescas han ido destinadas a la reconstrucción de un pasado de mentiras con vencedores franquistas y vilezas perpetuadas hasta el presente. Las evoca varias veces en el cuaderno Rumbo a no sé dónde, con el que desde Pamiela mantienen viva la voz de uno de los escritores más desapacibles de las letras españolas.

Contra tantas murrias como le abaten, ha tenido la buena fortuna de caer en gracia a nuevos editores, Limbo Errante, dispuestos a resucitar no ya su voz sino su obra más radical y pendenciera, Las pirañas (1993). Le pasó factura personal al escritor porque con ella se revisó a sí mismo pasando revista a los modos cochambrosos y corruptos de una ciudad, Pamplona, un entorno de poder y una sociedad retratada desde dentro en sus trapicheos. Las pirañas fue un experimento de radicalidad moral y literaria que descubrió a un escritor nuevo y valioso, ajeno a la “novela novelesca”, como la llama él, y entregado a la tauromaquia de su invocado Michel Leiris.

Lo ha seguido haciendo en sus diarios, y también en la novedad de un último poemario, Fingimientos y desarraigos. Vale como versificación de murrias que podrían ser fragmentos de sus diarios, excepto un poema, el mejor, que contiene su “biografía civil, privada, / doméstica incluso, biografía a secas”, sin la acritud depresiva, sin el rencor patente, sin las afiliaciones emocionales que pueblan tantas páginas de diarios obsesivos. Tiendo a creer que el autor se arrepentirá de muchas de ellas, aunque sin ellas la mitad de su valor desaparecería y el escritor sería otro, desleal consigo mismo. Es verdad lo que escribe en el prólogo a la edición revisada de Las pirañas, 25 años después, y sigue creyendo que “hay que jugársela” sin pensar en las consecuencias sociales ni los efectos personales de la aventura.

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De EL PAÍS, 06/08/2018

Imagen: El escritor Miguel Sánchez-Ostiz, visto por Sciammarella

Sunday, August 25, 2019

SUBLEVADOS


PABLO MENDIETA PAZ

La música no es solo sonido, también es silencio, un silencio singular, quieto, exclusivo, que de pronto, así como el crepúsculo cae lento y acaba en noche cerrada, es atrapado por una brisa que progresa en vientos huracanados que soplan al norte, hacia las cumbres fecundas. Y es entonces que todo se transforma en magia de músicas que se fusionan, que se enlazan como evocadores abrazos de silencio y sonido. Marcos Tabera los percibe, los recoge, los hace suyos con temperamento y emoción estética y los envuelve en la gente sublevada, aquella de semblantes ásperos, agrietados; gente cansada de cadenas que se equilibra en ritmo ternario y trepidante entre la encrucijada urbana y los herbazales que reposan mustios a los pies de los nevados eternos. Como si esto fuera poco, en el escenario de calles alquitranadas de la incierta y gran ciudad, el vendedor de sueños, el hacedor de nada, muy solo en la multitud -metáfora hallada- pregona remotas ilusiones sin reparar en cómo resuenan los tacos de los zapatos gastados, pares de piernas sin bitácora que van y vienen por la Plaza San Francisco; que suben y bajan los peldaños en edificios de rotos barandales por donde se desploman, con voz de agonía infinita, los sueños al vacío. Y regresan a los vecindarios sin saber de nadie, sin escuchar a nadie, como partes fragmentadas de un todo: la propia existencia.

Ahí están ellas, existencias marchitas recostadas al margen de las aguas ocultas como en invisibles barreras de juncos. De aguas eternas que, a sorbos, son bebidas por aves de rapiña mientras el lenguaje perfecto de la ejecución realza la belleza de la inspiración de dos tiempos que ensombrece la condición de arroyo semivacío. Solo un delgado hilo de agua corre por ahí. Poco a poco, va tornando en diamante cristalino que esta vez irá al corazón de la callada música que Marcos llena de acordes. Y sigue, y se remonta a un firmamento poblado de notas que van descolgándose desde la lejanía, desde una Louisiana de avenidas de asfalto y humo, de puentes y pretiles apretados, de postes de luces de neón, del blues nostálgico de puro lirismo, sin relato, expresivo de los meandros del Misisipi -adorno de líneas sinuosas y repetidas-. Compases en inequívoco patrón de estructura fluyen como desahogo espontáneo de la sensibilidad que alienta a Marcos a hermanar ese blues con el colosal ventisquero, con el quirquincho que da vida al charango. Todo ese torrente desemboca en plácido arte de forma simétrica, de vida en el pulso de la aurora que enrojece la puna, que agiganta el bravo sol. Marcos Tabera abraza ensoñaciones y domina aquel silencio, ahora todo colmado de sonidos y nostalgias temperadas de su propio mundo, de su alma de artista.

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Prólogo al álbum

Imagen: Marcos Tabera

Los 120 años de Jorge Luis Borges, el escritor que soñó con lo infinito


ENRIQUE PLANAS

Han pasado 33 años de su muerte, y su fama sigue extendiéndose. El mito de Jorge Luis Borges sobrevive a su polémica viuda María Kodama, a sus conservadoras opiniones políticas, al abuso del adjetivo “borgeano” o la repetición del tono mitológico y metafísico de sus cuentos por legiones de autores, apodados “borgesitos” que escribían sobre laberintos, tigres y espejos. Pero, sobre todo, ha sobrevivido a su estatua de sabio bibliotecario ciego, con bastón y traje. Un oráculo para la segunda mitad del siglo XX.

Ese retrato convencional oculta muchas veces al escritor nacido un 24 de agosto, hace 120 años. El autor de “Ficciones” o “El Aleph”, el artista ultraísta, el escritor que renovó la forma de hacer literatura fantástica, el género policial y el ensayista libre de cualquier actualidad periodística o política. ¿Ese Borges tiene hoy herederos?

El novelista Luis Hernán Castañeda se rebela ante el término “borgesito”, pues, según él, oculta una hipocresía: “Borges está en todas partes y en ninguna. También en uno mismo, solo hay que buscarlo. No hablo de la imitación de una fórmula, sino de una presencia más o menos palpable de arquetipos que Borges, sin haberlos creado, sí perfeccionó y destiló: la biblioteca, el laberinto”, afirma. En ese sentido, uno de sus mayores herederos, de manera muy consciente, podría ser un escritor como su paisano Ricardo Piglia, y también en los seguidores de éste.

Para el escritor y profesor universitario Jorge Valenzuela, tanto el “universo” borgeano, como el estilo de Borges son conquistas de una inteligencia fervorosamente escéptica. “Sus ficciones apelan a una enciclopedia muy ambiciosa para ser comprendidas y han sido producidas a partir de otros libros. En su obra confluyen la filosofía, la religión judía y las matemáticas, solo para citar tres fuentes importantes. Por todo esto, considero improbable, si no es por el camino de la ciencia ficción, que existan herederos de Borges”, señala.

Coincidiendo con él, la escritora Karina Pacheco señala que vivimos tiempos difíciles para los autores de caracteres borgianos, asombrosamente enciclopédicos, y a la vez metafísicos, oníricos, desbordantes de autenticidad y memoria. “Además de un don natural, se requiere de mucho tiempo y silencios”, dice. Más que autores, para ella podemos hablar de libros que trasuntan una herencia borgiana. “Sin afán de ser nuevos Borges, comparten con aquel respiros profundos de la humanidad y el universo”, afirma la autora cusqueña. En el caso de libros peruanos, ella destaca “Un único desierto” de Enrique Prochazka, o el más reciente “Fabulations” de José de Piérola, aún no traducido al castellano.

Radicada en Buenos Aires, la autora Karen Luy de Aliaga, confesa cortazariana, admite haber conectado con Borges tras descubrir “Otras inquisiciones” y releer “Ficciones”. “La influencia de Borges es infinita, él era como de otro planeta. En cada texto nos ha dejado pistas y claves de eterno descubrir”, advierte. Entre los autores argentinos que experimentan e intervienen sus cuentos para generar nuevas lecturas, ella destaca “El Aleph engordado” de Pablo Katchadjian, “Help a él” de Rodolfo Fogwill o “Erik Grieg” de Martín Kohan. ¿Se trata de herederos? La poeta y novelista prefiere citar al mismo Borges en “La flor de Coleridge”: “Quienes minuciosamente copian a un escritor, lo hacen impersonalmente, lo hacen porque confunden a ese escritor con la literatura”.

Para su colega Ricardo Sumalavia, la obra de Borges sigue propiciando distintos niveles de influencia. “El más chato, claro, es el que se ocupa de repetir (y mal) el fraseo borgeano o el que se regodea buscando más senderos a ese jardín. Pero hay quienes tratan de profundizar en sus ideas e intuiciones sobre el tiempo, el espacio y la frágil identidad del sujeto”, afirma.

El escritor Marco García Falcón apunta en ese sentido al señalar que la gran enseñanza de Borges radica en que un escritor es, ante todo, un lector. “Por ello, un heredero digno del maestro argentino aspirará a entregarnos una lectura del mundo, una lectura hipotética y parcial, que nos saque de la “realidad” para luego devolvernos a ella con una lucidez nueva. Borges nos hizo entender que la literatura no puede ser un mero reflejo de la realidad, sino la construcción de mundos posibles -alternativos- y una invitación a habitarlos. Nos inoculó la idea de que todo puede ser un misterio, de que hay un orden secreto de las cosas que no es posible capturar racionalmente, aunque sí vislumbrar a través del arte. Creo que los verdaderos borgeanos son los que conservan ese legado”, afirma.

—El Aleph no es Internet—
Publicado por primera vez en la Revista “Sur” en 1945, y recogido en el libro homónimo en 1949 editado por Losada, con el tiempo “El Aleph” se ha convertido en objeto de culto, un cuento paradigmático en la vasta biblioteca borgiana, al sintetizar las principales preocupaciones literarias del argentino: la ironía, el juego con el lenguaje y la erudición. Un culto que se fortalece en nuestros tiempos, cuando algunos consideran que Internet, Google y las redes sociales vendrían a encarnar aquella “pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor” como Borges describía la ventana luminosa desde donde su personaje, el poeta Carlos Argentino Daneri, podía atisbar todo el conocimiento bajo una escalera.

Sin embargo, para los autores consultados, nada más errado que comparar la epifanía borgiana con nuestras actuales pantallas. Para Jorge Valenzuela, el Aleph es el principio de todo y, como todo principio, se extiende al infinito. “Contiene todos los tiempos y por ende todos los espacios. Es la representación del universo en su simultaneidad desde un lugar que puede ser cualquier lugar. Frente a este prodigio, Internet es apenas una red de información, muchas veces poco confiable y envilecida por el dinero, la chismografía barata y el horror”, afirma.

En efecto, para Karina Pacheco, a pesar de que la actual tecnología parece abarcarlo todo, están bastante lejos de ofrecer o representar ese universo infinito que vislumbrado por Borges desde un minúsculo sótano. “Incluso presumiendo que aquel fuera un falso Aleph, como plantea el mismo cuento, revelaba asuntos bastante más inquietantes y radicales que un paseo por la redes”, señala.

Por su parte, García Falcón advierte que, si bien la virtualidad nos da la sensación de que la biblioteca borgiana existe y que, además, es portátil y democrática, se trata solo de una sensación. “Los circuitos de datos están predeterminados, cada vez que usamos una red social nos vigilan y nos censan, circulamos con aparente libertad por laberintos diseñados por las grandes corporaciones. Si el aleph borgeano existe ahora entre nosotros, este no se encuentra en el enorme cúmulo de información que nos ofrece la interconectividad, sino en la posibilidad de ver por encima de lo evidente en medio de esa maraña engañadora”, afirma.

Ese mismo carácter ilusorio es advertido por Ricardo Sumalavia: “Internet, google, las redes sociales, no hacen más que seguir alimentando dicha ilusión que nos hace sentir héroes cuando en realidad solo nos empuja a traicionarnos a nosotros mismos”, dice.

Luis Hernán Castañeda nos recuerda que, allá por el año 2000, otro gran escritor del Río de la Plata, el uruguayo Mario Levrero, descubría Internet y se emocionaba con sus posibilidades de información y conexión, pero temía que ese gran potencial fuera concentrado por los poderes económicos. “Es lo que ha ocurrido: antes existía una plétora de buscadores, AltaVista, Lycos, Infoseek, etc., mientras que hoy domina una sola corporación, Google. El mundo digital ilusionó a muchos con la promesa de un Aleph múltiple, cifra del universo, pero acabó como un mezquino espejo de lo que somos. Afortunadamente, las metáforas de Borges enseñan a soñar con más”, explica.

Finalmente, consultamos con el filósofo argentino Darío Sztanjnszrajber, voz autorizada en la reflexión sobre el Aleph de Borges. “Hablamos de la figura de lo irrepresentable. “El Aleph” es el sueño de poder capturar lo infinito”. La tecnología ofrecernos la máxima capacidad de información, sin embargo El Aleph no plantea una cuestión cuantitativa sino cualitativa. No busca visualizar por extensión todo lo que hay, sino de capturarlo intuitivamente en un segundo. Es como ver a Dios de frente. Algo imposible para cualquier artefacto tecnológico”, explica.

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De EL COMERCIO, 24/08/2019





Wednesday, August 21, 2019

Zorros tristes


JORGE MUZAM

Retomo letras en medio del frío polar de julio. Fragmentos de Onfray y Jonathan Franzen, poemas de Bukowski. Una novela perdida de Carlos Droguett. Nevó de madrugada en el valle de Alico. Se retuercen los aromos. Se coronan los postes. Los tordos escarban en la escasa hierba. Las impasibles vacas rumian su desayuno de alfalfa. El viento polar entume las orejas. Ralentiza emociones. Los asuntos familiares absorben. Las cuentas por pagar se multiplican. Se agotan las provisiones, se agota la leña. Es necesario superar los caminos escarchados. Bajan zorros tristes a contemplar la tragicomedia humana. Pero el egoísmo no es seductor y se regresan hacia sus bosques de lenga. A ratos me siento como un Hawthorne perseguido por mamilas mutantes clamando ser llenadas. O como un personaje de Goya esperando el fusilamiento financiero. Y eso está bien, porque es una secuencia de vida genuina, solo que a veces pienso que la hora de Joyce no llegará nunca y a Finnegans Wake solo podré visitarlo en Braille. El sol mañanero se desvanece en una bruma con aroma a hojas podridas.

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De CUADERNOS DE LA IRA (blog del autor)


BAJO EL FUEGO


ALEX AILLÓN VALVERDE

Lo que está ocurriendo en Bolivia es una tragedia de proporciones inimaginables. La dimensión de lo que estamos perdiendo y a lo que nos están condenando se diluye en los fríos números, en las frías estadísticas, aunque sean números escandalosos, aunque sean cifras de no creer. Aun así no dan la talla de lo que ocurre en realidad. La irresponsabilidad política y de unos cuantos grupos ahora se ha ensañado justamente con algo que no se puede defender, con algo que no se puede movilizar, con algo que no puede hacer partido o bloquear. Se ha ensañado con lo que es más desvalido frente a la estupidez y codicia humana: la naturaleza, la tierra, la fauna. Es decir todo lo que mantiene equilibrio en un mundo de desequilibrados, de dementes, de asquerosos mercaderes. Bajo las llamas y cenizas de la irrecuperable belleza chiquitana, no solo arde nuestro futuro, arden también nuestras almas. ¿A quién echar la culpa? Pues todos tenemos la culpa. Nuestra miseria, nuestra ignorancia, nuestro silencio, nuestra irresponsabilidad. El habernos creído todo ese discurso de humo. Todo este engaño con tufillo a Pachamama y pajpakus. ¿Y ahora nos piden que vayamos a votar? Para qué. De cualquier manera ya estamos condenados. No quieran vernos más la cara de cojudos. ¡No sean tan miserables!