Monday, August 22, 2016

De la brevedad

FÉLIX TERRONES

Anónimo

Es el autor más antiguo de todos y también el más prolífico cuando se trata de obras maestras. A él le debemos el Popol VuhLas mil y una noches, la saga de Gilgamesh, los cantares del Cid y de Roncesvalles, también el Lazarillo de Tormes, entre muchos otros. Nadie ha visto su rostro, nadie conoce su nombre. Por comodidad, le llamamos anónimo como si con esa palabra pudiéramos llenar el vacío. ¿Qué ocurrió para que de él no quedara otro recuerdo que sus libros? Acaso el miedo de ser conocido, el desinterés por su persona, la falta de vanidad, o bien la censura le obligaron a desaparecer. Quién lo sabe. En cualquier caso no podemos adivinar sus facciones, conocer sus opiniones, rastrear sus enemistades y amores. Pero sobre todo no podemos saber qué tomó durante sus desayunos, si tuvo diarreas, si se masturbaba, si se rascaba la nariz con el índice, como muchos de nosotros, en suma todas esas pequeñas miserias con las cuales también están pautadas las vidas de los genios. De haberlas conocido, acaso, el autor anónimo habría adquirido demasiada humanidad, habría sido uno de nosotros. Sin embargo, no es así, el tiempo ha borrado todo, salvo sus libros, lo único que quedó de ese yo múltiple, lo que nunca quedará de nosotros.


La lucha cotidiana

La Academia Sueca justificó su elección subrayando la calidad de su escritura, el indesmayable compromiso con el ser humano, la capacidad para penetrar en el absurdo de la existencia sin dejar de lado la Historia y su acontecer. Tras conocer el anuncio, el mundo entero se estremeció de alegría. El egregio escritor, despertado de su sueño, rascándose la canosa cabeza, sólo atinó a agradecer las palabras del secretario de la Academia quien, exultante, ya le compelía a viajar hasta Estocolmo. Apenas entendió lo que le decían pues la urgencia de ir al baño le apremiaba. Después de transmitir la noticia a su mujer, también sorprendida con el anuncio (habían aprendido a no esperar más aquel premio), el escritor se sentó detrás de su escritorio para, como siempre, firmar facturas, aplazar préstamos y, finalmente, retomar su novela. Detrás de la pantalla sorbía su café, pasaba la lengua por sus labios, se rascaba el poto. Por la tarde, se echaba en la cama para continuar con su lectura al ritmo de los cambios de posición. No sabe por qué motivo pero durante todo el día sintió que todo ese ritual, asentado a lo largo de tantas décadas, adquiría de pronto otra materia. Después de la cena, su mujer le recuerda llamar al proctólogo para confirmar la cita. El escritor asiente con desgano. Meses después, rodeado de hombres en frac, mujeres con diademas y reyes de toda Europa, el nuevo premio Nobel de literatura, estrecha la mano del Rey entre los aplausos agradecidos por contribuir con su lucha cotidiana a enriquecer el espíritu, ennoblecer la cultura y enaltecer la Humanidad.


El jardín del edén

El Altísimo les ordenó que no comieran la manzana; no obstante, lo primero que hicieron fue darle de mordiscos al fruto prohibido. En medio de sus arduos trabajos agrícolas, Adán se seca el sudor y piensa en aquel jardín, donde nada le hacía falta, donde no era necesario esfuerzo alguno, y lamenta haberle hecho caso a Eva. Un poco más allá, mientras ordeña las ariscas cabras, Eva lamenta haberle hecho caso a la tentadora serpiente. Metros más lejos, la serpiente mira a Adán y Eva, ajetreados desde el amanecer hasta el anochecer, y maldice haberle hecho caso al gracioso de Dios quien, aburrido de tanto bienestar, cansado en su casposa Eternidad, se dijo que no estaría mal jugarles una pasada a Adán y Eva. Y tuvo razón pues desde entonces se divierte como un enano.


Los escritores latinoamericanos

Mientras buscamos un altillo parisino, mientras dejamos nuestros currículos para ser profesores de idiomas, meseros, vigilantes, cualquier cosa, nos decimos que nuestras existencias por fin podrán tener la vida que merecían. Poco a poco vamos reconociéndonos en las diversas colas con las cuales se hace esta ciudad: para almorzar en el comedor universitario, para pasar una entrevista de trabajo, para renovar la visa, incluso en la cola para ser escritores. (Porque para ser escritor uno debe esperar detrás de cientos, miles de aspirantes). Ser peruano, colombiano, guatemalteco, chileno o argentino no es tanto una fatalidad como un accidente frente a la experiencia parisina. Nos enamoramos antes de separarnos y nos emborrachamos después de separarnos con la misma urgencia con la que buscamos convencernos de que todo eso es la vida. Cada cierto tiempo, nos llegan las noticias de nuestros países, un baño de sangre, una catástrofe natural, un golpe de estado. Entonces nos abrazamos, discutimos (a veces nos peleamos), incluso sentimos que ha llegado el momento de regresar. Pero recordamos que estamos en París, es decir la realidad, y de pronto cada uno de nuestros países pierde consistencia, se hace vaporoso, como un poco de neblina que nuestras manos agitadas se apuran a deshacer. Con los años, conforme ingresamos en los hospitales ya no para limpiarlos sino para curarnos, descubrimos que junto con el recuerdo de nuestros países también se han ido las palabras con las que debimos haber escrito la novela, el cuento, el poema inspirado bajo el cielo parisino. Desde nuestras camillas, cansados de esperar sin esperar, sin nadie que nos visite, vemos las luces de la torre Eiffel encenderse a lo lejos. Pensamos en una carta postal que alguien, un amigo, un familiar, con algo de suerte una amante, nos ha enviado desde la fabulosa Ciudad Luz. Ojalá que algún día lleguemos a ella de verdad.


El Aleph

Cuando bajó al sótano de Carlos Argentino Daneri para poder ver el inverosímil, fabuloso e infinito Aleph, no midió a lo que se exponía. De haberlo sabido, no habría bajado los escalones, ni se habría recostado para abismarse en lo inefable. En aquel pequeño punto se concentraban todos los puntos del universo, todo lo que había ocurrido junto con lo que ocurriría se mezclaba con lo que pudo haber tenido lugar. Después de haber visto la delicada osatura de Beatriz Viterbo, su amada Beatriz, después de haber visto un espejo, los tigres, una rosa, el hombre empieza a llorar. El infinito le pareció tan vasto como indecoroso. Felizmente, ya Carlos Argentino Daneri le habla para sacarlo de sus ensoñaciones y permitirle comenzar a olvidar el Aleph. Buscando redimirse de esa experiencia, se decide a escribir. Sabe que la memoria es otra forma del olvido y que el lenguaje, imperfecto y lineal como el tiempo, será un reflejo pálido de la experiencia. Al mismo tiempo, se siente entusiasmado sin animarse a confesárselo. Recuerda haber visto en el altísimo Aleph lo que habría sido su vida de haber vivido con la inaccesible y grosera Beatriz Viterbo. Agradece al destino (y la fatalidad) el que aquello nunca sucediera, el que tuviera que contentarse con ser simplemente Jorge Luis Borges, un hombre resignado a ser escritor, nada más.


Primera noche

La joven llegó de la mano de su padre, el visir. A diferencia de las mujeres precedentes, en sus ojos había algo que atemorizó al sultán. Un instante, quiso enviarla a decapitar de inmediato pero se contuvo y decidió escucharla. Algo le decía que esa joven le ayudaría a olvidar el engaño de su mujer, también su sed de venganza, sangrienta y nefasta. Así, conoció la historia de Aladino y la lámpara maravillosa, se estremeció con el relato de Sinbad el marino, se emocionó con el cuento del príncipe Ahmed y el hada. Cuando terminó de contar todas sus historias, al cabo de tantas noches, el sultán se sintió redimido, aquella joven y sus cuentos le habían reconciliado con los demás y consigo mismo.

El Sultán se despierta en medio de gritos. Siente el corazón apretado, las lágrimas correr por sus mejillas. Necesita creer que está soñando, que tanta desgracia no puede ser cierta. Coge entre sus manos temblorosas el candil e ilumina el rincón de la habitación. La cabeza de Sherezade se encuentra encima de las demás, sus ojos entreabiertos parecen condenarlo  para siempre por haberse resistido a escucharla.


Después del diluvio

Al arca subieron los osos, las grullas y los perros, también los elefantes, las jirafas, los chimpancés y los tigres, incluso los ornitorrincos, los dragones de komodo, los axolotl, los jerbos de orejas largas, las tortugas de galápagos y los perros komondor. Sin embargo, no subieron los unicornios, las quimeras, los catoblepas, las arpías, los trolls, las hidras, los íncubos, los kraken y tantos otros que decidieron quedarse pese a las admoniciones de Noé. La muerte se hizo silencio, el silencio se hizo olvido y el olvido se hizo imaginación en el mito. Cuando todos esos seres mitológicos resucitaron ya eran de otra materia, inmune a las catástrofes y las cóleras divinas.


La verdadera historia de cenicienta

Dan las doce y se precipita en salir del baile. En el camino, olvidó el zapatito de cristal que ya está entre las manos del príncipe. Al día siguiente la obligan a probárselo. Entre los ¡ay! y los ¡oh!, su padre, sus hermanastras y el príncipe descubren que ella era la magnífica joven de la velada. Entonces, sube al corcel real y se pierde en el horizonte soleado. Mientras plancha las camisas, friega el suelo, baña a sus hijos y escucha los principescos ronquidos que no le dejan dormir, Cenicienta suspira por su vida de cortesana. Hasta se podría decir que extraña a sus hermanastras, feas, gordas y malas, aunque siempre solteritas.


Talento

Hice todo tal y como recomiendan los maestros. Leí y leí a raudales. Leí a los clásicos universales, los de mi idioma y, cómo no, los de mi país. Casi por asegurarme de hacer las cosas bien, también leí a quienes ya nadie lee, a quienes tienen malas críticas, también a quienes el público culto desprecia. Después, dueño de una sólida cultura, me dediqué a vivir. Conocí a varios escritores, me impregné de su manera de entender la vida (lo mismo hice con los editores pero, ya que estos son menos interesantes, fue más bien para tener uno que otro contacto). Mi vida fue una sucesión de viajes, encuentros breves aunque intensos, me casé y divorcié varias veces. También hubo alcohol, drogas y putas, cómo no. Finalmente, cuando consideré que había llegado el momento, me compré un lindo escritorio en roble, me armé un horario e hice planes, esquemas. Trabajaría por las mañanas de ocho a doce ininterrumpidamente. Ahora, viejo, solo y arruinado, todavía no entiendo por qué motivo hasta ahora no he podido empezar la primera línea.

Creo que empezaré todo de nuevo.


El escritor menor

Toda mi vida ha estado consagrada a la literatura. Desde pequeño he leído los clásicos, me he familiarizado con las grandes epopeyas, me he refugiado en la literatura del renacimiento, también en la del Siglo de Oro y la de los románticos alemanes. Mi escritura ha sido una lenta conquista de una forma que en un inicio buscaba la originalidad, sin reconocer la deuda, y al final se convirtió en un monólogo solitario y crepuscular. He visto pasar los honores, los homenajes en congresos, los comentarios elogiosos. Con el tiempo, me acostumbré a ver mi nombre en las notas a pie de página, me resigné a no ser el gran escritor en mi idioma o el referente de la literatura en mi país. Al inicio, quise creer que la falta de reconocimiento era consecuencia de la ceguera, la envidia, acaso cierta animadversión. La verdad, ya nada de eso me importa. Si la literatura es otra guerra entonces también la he perdido. “Moriré y quedarán mis libros” busco engañarme, pero ellos también amarillearán y el viento los dispersará, fantasmas de una vida, caligrafía de un olvido, rápido y preciso como un punto final.


Los ríos secretos (que convergen en mí)

“La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo…” releyó el joven y se dijo, no sin cierta vanidad, que no estaba mal. Sentado en aquella tasca donde se reúne con sus compinches ultraístas, recitan versos de memoria, discuten de filosofía, también de los libros que leen, mira al cielo y ve un pájaro pasar. De pronto, alguien le toma del hombro. Es Gómez de la Serna, quien lo enajena de sus reflexiones con un par de esas ocurrencias que ha bautizado con el nombre de greguerías. Ambos, el joven y el hombre, conversan y ríen. Antes de irse, el joven recuerda la hoja escrita con aquella línea, pero Gómez de la Serna ya lo toma del brazo y lo empuja por la calle, directo al olvido. El viento sopla y empuja la hoja, que vuela antes de caer en el río.

Pasan los años – ya se sabe que la memoria es porosa para el olvido – y el joven ha regresado a su ilegible patria, se ha convertido en un hombre que publicó cuentos y poemas de exagerado recibimiento, según piensa él. Aquella tarde, el hombre mira a través de la ventana antes de sentarse a escribir. Un pájaro vuela por los techos de Buenos Aires. Abajo, otro río corre sus aguas idénticas. No sabe por qué pero al verlo se emociona como un joven. Entonces, se sienta a escribir y la pluma, como si tuviera vida, se agita sobre la hoja: “La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió…”.

Curioso, piensa, juraría que este cuento ya lo escribí antes.

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De REVISTA CRÍTICA (Puebla), 21/08/2016

Imagen: Catoblepas/Jan Jonston, Historia naturalis de quadrupedibus, Amsterdam, 1614


Saturday, August 20, 2016

Santa Inés

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES

Y así, sin rumbo fijo, echarse a andar porque sí. Callejones, pasajes, avenidas, maceteros, arbustos salvajes en plan promiscuo con plantas domésticas, suspiros atragantados y, por cierto, miradores espontáneos directos a la bahía. Arquitectura irregular, en un declive reconocido, cada quien con lo suyo, pero sin desencajar demasiado. Habitáculo de antiguos marinos (como mi abuelo) y sus familias, de profesores, empleados públicos, dueños de microbuses y obreros de fábricas de 15 Norte rastrilladas por la modernidad. Fachadas multiformes, antejardines aleatorios y maderas sumamente coloridas. Un brinco para el pastelón salido de su medianía, otro para esquivar el recuerdo del quiltro vigilante de la laguna Sausalito (orgullosa y ondulante, se me figura una señora de todo tiempo pasado fue mejor, que aun mantiene un guardaespaldas ad honorem que le apodan “el cuero”). Un cementerio para mis abuelos y el mausoleo donde el Chicho Allende fuese albergado por la familia Grove, perímetro espiritista, sospechoso de reojo y de cierta subversión debutante, limitada, como mucho, a una velita encendida. Cuadra tras cuadra, se suceden las sedes de clubes deportivos con los que se conforma su propia liga de fútbol local (en su mejor momento, con quince inscritos, y cinco más en lista de espera). Cuadra tras cuadra, sucediéndose el aroma a empanada frita, asado abastero, manzanas confitadas, hornos de panadería, leche caliente con azúcar, brasero a carbón y ramas de eucaliptus. Cuadra tras cuadra, un desgarbado pajarón reconociendo la ropa interior flameando desde un balcón, propiedad de la quinceañera vuelta hoy señora (de todo tiempo pasado fue mejor y guardián ad honorem), sin atreverse a preguntarle por la recepción de cartas y regalos con tanto primo intermediario, coimeado y poco comprometido.

Por nuestro soberano arbitrio, Santa Inés, el más porteño de los cerros viñamarinos y nada que hacer.

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De EVOLUCIÓN DE LA ESPECIE (blog del autor), 18/08/2016


La ciudad de la ilusión

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

No sé dónde está, quiero decir que no podría ubicarla en ningún mapa al uso, solo sé que abre sus puertas al anochecer, entre dos luces. Llamémosla Biargieta. Tiene calles que recuerdan a Praga, allí por la isla de Kampa, otras al París pueblerino anterior a los derribos de los años setenta y  a los aledaños de  pasajes poco frecuentados, otras sin lugar a dudas a Dublín, a Londres de Chelsea y de la Isla de los Perros (taberna de Charlie Brown), a La Paz (entrañas virreinales) o a Valparaíso y Estambul... Pero en todas sus calles se puede encontrar lo que Chesterton, en su Autobiografía, llamaba "las cosas esenciales de la civilización: una farmacia, una librería, una tienda de comestibles y un bar. Y por último y para gran regocijo mío una pequeña tienda de antigüedades..." Hasta aquí Chesterton. Por mi parte he ido añadiendo un naturalista, una echadora de cartas, sastres, un cementerio judío, un fabricante de juguetes, un cabaret (o dos) y su ilusionista de cabecera, un restaurante de comida étnica, el Don Claudio,  una casa de empeños, unos baños turcos, una feria de atracciones, un cine o dos, un teatro como el de El lobo estepario, un puerto para embarcarse y una estación de ferrocarril para ir a cualquier sitio... si digo que esa ciudad está habitada por gente que pudo haber sido otra cosa, tal vez diga demasiado. Pero sobre todo he añadido esa chamarilería donde venden las cosas que hemos perdido y las que nos han quitado, y nos informan de paso del cómo, del cuándo y del quién... Una ciudad donde no conocemos en realidad a nadie porque hemos estado de viaje y entre tanto hemos cambiado mucho.
*** La fotografía,  The city of illusion, es de MARCIN OWCZAREKfotógrafo, cuya página está aquí enlazada.

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De VIVIRDEBUENAGANA (blog del autor), 17/08/2016



El alcalde Leyes y sus ‘maravillosos’ autorretratos

JOSÉ CRESPO ARTEAGA

Aún me sigo preguntando quién habrá sido el señor Rojas Mejía como para que un centro de salud lleve su nombre, tal vez fue un patricio o meritorio ciudadano cochabambino del que no conocemos ni siquiera su foto o un busto en su defecto. Sin embargo, según mis archivos fotográficos, parece que el buen hombre ha sido retratado no una, sino dos veces y por dos fotógrafos distintos, de otra manera no entendemos el cambio radical de su apariencia en tan corto tiempo (ver figura 2).

A poco de asumir el cargo, don Marvell José María Leyes Justiniano, tal vez inspirado en su bienaventurado nombre, empezó a actuar de las mil maravillas. Lo primero que hizo fue borrar todo rastro de su predecesor, esgrimiendo como látigo purificador su lema de “Hagamos bien las cosas”, y bien que lo hizo (si se entiende de otra forma) nombrando a personajes de dudosos antecedentes en puestos claves de su administración que, por ser de conocimiento público, no viene al caso detallar. Conviene más bien detenerse en su vergonzoso modus operandi a la hora de atribuirse obras ajenas, así como la de plagar toda la ciudad con sus retratos a título de informar a la ciudadanía.

Todo empezó con la inauguración de las millonarias fuentes de agua “inteligentes”, que un alcalde interino no terminó por un escaso par de semanas. Leyes, recién estrenado su sillón edil, aprovechó la ocasión para concluir los retoques estéticos y, de paso, le puso su sello personal bautizando a las fuentes con denominaciones de lo más ñoñas, a manera de gestión, convocando al mismísimo Evo Morales para que le ayudara a cortar la cinta de apertura, mientras se disparaban las baterías de fuegos artificiales y se embobaba a la muchedumbre con bombos y platillos. El sentido común mandaba estrenar el sitio con mesura y poco ruido, considerando que la obra era un gasto superfluo y, a todas luces, estúpida (por la escasez de agua en la ciudad) y que por compromiso institucional con una empresa extranjera había que concluir de todas maneras. A pesar de ello, el flamante alcalde armó la fiesta a toda pompa, y en medio de los discursos el caudillo le recordó que las fuentes eran inspiración de su amado compadre Cholango y de nadie más.

Pero parece que nuestro novato burgomaestre no aprendió la lección, ni tiene un mínimo de respeto por sí mismo, pues al poco tiempo se dio a la tarea de remover carteles donde figuraba el anterior alcalde, para reemplazarlos con su respectivo rostro engarzado en casco de obrero para que todo el mundo se hiciera a la idea de cómo trabajaba el hombre. En apenas un año y poco más, ha inundado el municipio con gigantografías a todo color donde sobresalen con nitidez su hermosa jeta y su inagotable sonrisa. Y lo increíble de todo, por hacer tareas rutinarias, las que atañen al cargo para el que ha sido elegido. He ido paseando por diversos barrios y allí donde se cambian unas tuberías de alcantarillado, se efectúan mantenimientos de parques (“mejoramiento de áreas verdes” le llaman), o se vuelve a asfaltar calles y avenidas ("construcción de recarpetados", ¿?)  con sus respectivas pintadas y otras señalizaciones de tránsito, entre otras labores de obligada necesidad; los vecinos seguramente se santiguarán ante su fotografía y le agradecerán por el “progreso que llega a su barrio”, según rezan los letreros.

Dan ganas de reír por tan obscena exhibición y autopromoción como si no bastara que periódicamente pasen por las cadenas de televisión, spots supuestamente informativos donde aparece nuestro héroe besuqueando niños, abrazando ancianos, consolando a bomberos agotados o dirigiendo obras en plan capataz mientras los tractores rugen. Todo lo que cualquier político oportunista hace cuando está en plena campaña, que abiertamente nuestro alcalde ha mezclado con sus funciones edilicias. Tampoco extraña tal proceder ya que el joven burócrata se ha convertido en el mejor discípulo o émulo de Evo Morales, quien inauguró su populismo a punta de gigantografías y retratos por todo el territorio nacional. Lo que de veras indigna es que con el dinero de los contribuyentes, a través de los impuestos, arribistas de toda laya se labran una carrera política y, con toda probabilidad, una prosperidad económica. Cuidar el sentido del ridículo es los de menos, que los politiqueros lo tienen permanentemente atrofiado, tal parece.

Y así voy trajinando las calles de mi ciudad, topándome a cada paso con los mofletes de nuestro satisfecho alcalde. Ayer mismo fui a conocer los horrorosos armatostes de hormigón de la zona comercial de La Cancha. Los dichosos viaductos que iban a ser las “obras estrella” que el mafioso Cholango encargó a empresas chinas cuando fungía de alcalde y que por diversos motivos su construcción demoró más de lo previsto, de tal manera que Leyes aprovechó la ocasión para inaugurar parcialmente uno de los puentes, adornando el lugar con el cartel respectivo y mandando a colocar una plaqueta metálica donde figura su nombre exclusivamente junto a unos caracteres chinos. ¡Por estrenar una obra llave en mano, negociada por la administración anterior, a la cual únicamente le añadió unos rosetones de plantitas en las jardineras, unos bancos de madera enfrente y la instalación de las luminarias de rigor. A pocos kilómetros de casa, los contratistas asiáticos están apurando las obras para que en septiembre se termine el distribuidor Beijing,  quizá el más elevado de su tipo en Bolivia. No bien empezaron a retirar los encofrados y algunos andamios, el oportunísimo alcalde Leyes mandó a colocar sus carteles en los cuatro puntos cardinales de la gigantesca construcción, como si fuera el arquitecto intelectual de todo el asunto.

Pocos días atrás, con el sol a plenitud escapaba del sopor pestilente del centro de la urbe, desde la ventanilla del minibús pude atisbar una hilera de flamantes camiones cisterna, estacionados a un lado de la avenida Blanco Galindo. ¡Menuda sorpresa!: reconocí al instante la sonrisa estampada de nuestro ubicuo alcalde. La ocurrencia de su nefasto antecesor, de bautizar unos carros basureros con su apodo (Cholango), había quedado en poca cosa. Nuestro maravilloso y activísimo Leyes también jugaba a generoso filántropo con el dinero de la ciudad.

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De EL PERRO ROJO (blog del autor), 18/08/2016


Thursday, August 18, 2016

Una carta para Pablo Milanés

GEOVANNYS MANSO SENDÁN

Escribí esta carta como parte de un homenaje que se le hizo a Pablo Milanés en Santa Clara, la noche que daba un memorable concierto en nuestra Plaza Ernesto Guevara. Pablo la leyó antes y pidió que me invitaran al concierto, que quería conocerme. Y allá fui, a conocer a Pablo Milanés...


Querido Pablo:

Escribo estas palabras, tal vez elementales, para festejar nuestro encuentro, postergado durante tanto tiempo.
Porque tus canciones han ido modelando, con inefable sabiduría, la profunda esencia de un país.
Escribo estas palabras, porque ellas no bastarán para magnificar tu obra, tan colmada de sentidos y de cauces, de estrellas y de asombros, de lealtad y de caminos que se abren como un abrazo impostergable.
Por ti, recorrimos las calles ensangrentadas de Santiago de Chile, aquel Santiago negado a un pueblo a golpe de fusil y de metralla.
Por ti, la canción se tornó en himno, en amistad perenne con Violeta, con Víctor, con Mercedes, con León, con Zitarrosa, con Silvio, con Noel, y con todos aquellos que definieron la palabra UNIDAD como DESTINO.
Hoy somos tu canción de pincel y de cantera, de amor y de ternura, tu canción que se yergue entre nosotros, tan ávida de Patria, tan ávida de luz, tan ávida de amigos.
Somos, Pablo, tu voz con Cuba, tu voz por Cuba, la vastedad de una obra que nos ilumina este diario vivir, y que nos has entregado, como quien entrega el alma de las cosas verdaderas.
Sé que siempre estarás a nuestro lado.
Que tus canciones forjaron un ayer y forjarán un mañana.
Que habremos de crear nuevos caminos para el hombre.
En esos caminos, sirviéndonos de abrigo, de alimento, de esperanza; convertidas en martillo; transformadas en papel, en voluntad, en eco; definidas por su sencillez, por su honradez, por su valentía; de frente, sin miedo, sin premuras, sin retraso: hallaremos tus canciones, Pablo, todas tus canciones, todos tus versos, convertidos para siempre, en la fe de un pueblo...

Santa Clara/ 14 de enero de 2011


El inventario de amoríos de Giorgio Muzami, antropólogo ítalo-lanusense / del Atlas Desmemoriado del Partido de Lanús

EDUARDO MOLARO

Nacido en Cosenza, región de Calabria, Giorgio Muzami vivió su adolescencia, sin embargo, en alguna localidad de la región chilena de Biobío.
Hombre de espíritu aventurero, estudió Antropología mitad porque sus padres le pagaban los estudios y no tenía muchas ganas de trabajar, y mitad porque aquello le permitía conocer a muchas personas, sobre todo mujeres.
Nadie supo jamás el motivo de su recale en Lanús. Simplemente llegó un día, se instaló en una casita que le había alquilado su amigo Heráclito D´Exceso y a partir de ese momento fue un lanusense más.
Dicen que lo primero que hizo fue poner un cartel en la puerta de su habitación, que -no sabemos si por confusiones itálicas o etílicas- rezaba:

¨La vida es una Barca¨ ( Calderón de la Mierda)
Pero antes de anclar en Lanús, Giorgio había recorrido Sudamérica y casi todo el norte argentino. Algunas lenguas maledicentes sospechan que el motivo de su periplo era escapar de la justicia o contrabandear enanos de jardín.
Aunque lo más interesante de esto es que Giorgio indagó como pocos en cuestiones antropológicas empíricas. Dicho de este modo, el enunciado resulta un tanto vago, por ello es mejor citar a Muzami en algunas de su sobrias –y no tanto– apreciaciones sobre su trabajo de campo:

¨Soy un hombre inquieto. Mi tarea no se limita a lo que he leído, sino que soy gustoso de descubrir por mis propios medios la idiosincrasia de cada lugar o persona. Y sobre todo, si se trata de mujeres.
Por eso, si el gran Richard Francis Burton, en sus investigaciones antropológicas en África, se tomó el trabajo de medir las dimensiones fálicas de los nativos masculinos… ¿qué tiene de malicioso que yo haya compilado una serie de datos sobre diámetros, lubricidades y sabores femeninos del norte argentino?¨

Lo malo de Giorgio, en todo caso, era que su ¨colección¨ era demasiado explícita. En ella no sólo compilaba los nombres de las personas muestreadas, sino detalles a veces escatológicos de cómo se obtuvieron las muestras.
Así, por ejemplo, en su decálogo La lluvia dorada, Muzami nos dejaba algunas húmedas impresiones, excesivamente evidentes, sobre las prácticas utilizadas en cada investigación.
Sin embargo, es necesario decirlo, siendo la mujer promedio lanusense muy predispuesta a la hora de los ejercicios venéreos, aquella fama de hombre avezado en cuestiones femeninas le obsequió a Muzami la posibilidad de seguir indagando en las alcobas más deseadas del Partido de Lanús.
Fruto de aquellas investigaciones sobre mujeres lanusenses fue su libro Más putas que las gallinas, cuya mayor repercusión la tuvo en Italia.
Algunos dicen que al éxito de ese libro se debe la última gran inmigración italiana al Partido de Lanús.
Y la fama amatoria de Muzami llegó tan lejos que la más famosa sexóloga lanusense, la licenciada Débora Tutti, lo mencionó en su libro sobre sexo oral a las mujeres Dale, Perro! Limpia bien tu plato!.
Aquí, la cita prometida:
¨Muzami, siendo amigo del afamado Manuel Carisi (precursor del sexo tántrico en Lanús), ha aprendido mucho sobre explorar debidamente los territorios femeninos. Es un hombre dispuesto e idóneo en las lides mencionadas en este libro. Ha inventado la técnica conocida cómo ¨Il cocodrilo¨, que consiste en asomar sus ojos desde el sur de nuestra geografía y mirarnos a la cara mientras practica el extraordinario ejercicio que motiva este informe.
En resumen, Muzami es lo que nosotras llamamos, sin rodeos, un verdadero ´´pocero calificado´´. 

Otra que no tuvo empacho en recordarlo en sus memorias fue la famosa bailarina nudista Milagros Bares, con la que Muzami convivió la cifra récord de tres meses bajo un mismo techo.

¨Giorgio siempre fue un hombre generoso. No sólo nunca me celó por mi actividad profesional, sino que supo compartirme con sus amigos y a sus amigos".
Pero en Lanús no todas son buenas noticias. Giorgio debió pasar muchas veces por la comisaría 8va. de Villa Obrera toda vez que algún estómago resfriado lo denunciaba por ¨impudicia e indecencia¨.
Hombre práctico y solidario, Muzami terminó de resolver sabiamente aquellas cuestiones presentándole minas al comisario.
En la actualidad, no encontramos ni la sombra de un rastro que nos diga que Muzami sigue viviendo en Lanús. Muchos aseguran que está huyendo del trágico destino lanusense (que suele configurarse en la patética figura de un marido celoso munido de un revólver calibre 38) y otros dicen que regresó a Chile para incursionar en actividades ilegales como la venta de seguros o el mercado editorial.
Las mujeres consultadas en Lanús sobre el paradero de Muzami nada pudieron testimoniarnos más que un melancólico suspiro, hijo de la nostalgia, de las carencias y de la ineptitud de sus maridos a la hora de beneficiarlas correctamente.
Y en honor a la prédica de nuestro admirado Giorgio Muzami, no nos ha quedado otro remedio que sacrificarnos en nombre de la causa y aplicar las enseñanzas de nuestro antropólogo ítalo-lanusense para desparramar felicidad entre las carentes damas que tanto lo añoran.
Por eso, sepan disculpar, queridos lectores, si nuestro informe queda inconclu…
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De PLUMAS HISPANOAMERICANAS, 16/09/2013

Imagen: Támara de Lempicka

Sólo fervor

PABLO CINGOLANI

Me dices que todo es cuestión de homeostasis que sólo se trata de inocular ese poco de veneno, dulce veneno, que inmuniza esa pizca de desgarro que ayuda a que el espanto cicatrice, el exterminio sane, los ángeles retornen todos juntos al lado de nuestra cama 

Me avisas que viene la decimonovena inundación no el décimo más nueve ataques de nervios —como cantaba esa canción antigua— no la psicosis masiva sino la veinteava menos una resistencia eléctrica no armada, la quinta parte de cien menos uno de todos los santos, los justos, los guerreros, los amantes, los poetas 


Y yo que quiero creerte y yo que quiero cantar a lo que vos creés pero dame un aguijón donde morder dame dátiles y dame damascos para que crucemos el desierto dame dos motivos más profundos para que te crea que no sean el humo de una chala y agitar una cerveza 

Dame un incendio como el que hizo arder a la ópera de Manaus y la selva celebraba dame jinetes como los que acariciaron toda la arena de Mongolia y la Patagonia Libre y Soberana y vamos a andar la estepa y a ver si nos entendemos y a ver si atizamos juntos fuego de verdad, fuego que no quema, fuego que libera, fuego. 

Sigo creyendo que lo nuestro, al sur del mundo y más al sur de los pensamientos, es sólo cuestión de fe pero no de cualquier fe

Es cuestión de esa fe que tuvieron, digo, los guerrilleros 

Es cuestión de esa fe que se aferra pero que es también insolente y cruda 

No es la fe cocinada entre cangrejos y hormigones armados de progreso que procura la homeostasis interior, la de cada quien, la de ese poquito que somos queriendo figurar, queriendo tener poder o rupias o quién sabe qué 

La fe de la que hablo es esa clase de sangre que siempre hierve por las mismas cosas
Los niños que padecen, el imperialismo a enterrar, las vidas que no se viven 

La fe que anoto, te insisto, no es cualquier fe
No es fe de kiosko, fe de páginas marcadas, fe de rouge, fe de foros y de forros 

Es la fe que alimenta el fervor, sólo el fervor 

Ese que limita de un lado (y acaso) con la victoria y el pueblo y la gloria y al otro lado del destino, lo mece siempre la soledad, lo corteja el vacío, lo agasaja la muerte y nadie más.

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De PLUMAS HISPANOAMERICANAS, 10/12/2013

Imagen: Jackson Pollock