Friday, June 8, 2018

Anthony Bourdain: 1956-2018

KRISTA STEVENS/MICHELLE WEBER

Forget about four-star hotels or luxury spa treatments: Bourdain is on a mission to illuminate underappreciated and misunderstood cultures, whether it’s Myanmar or Detroit. He regularly takes viewers to the sorts of places–Libya, Gaza, Congo–that most Americans know only from grim headlines about political strife and body counts. Bourdain does all of this with vivid narrative reporting, stunning visuals, palpable empathy, and a relentlessly open mind.

As with Bourdain’s previous programs, A Cook’s Tour and the long-running No Reservations, the premise is simple: he goes somewhere interesting and hangs out with the locals. “We show up and say, ‘What’s to eat? What makes you happy?’” Bourdain says. “You’re going to get very Technicolor, very deep, very complicated answers to those questions. I’m not a Middle East expert. I’m not an Africa expert. I’m not a foreign-policy wonk. But I see aspects of these countries that regular journalists don’t. If we have a role, it’s to put a face on people who you might not otherwise have seen or cared about.”

— “Anthony Bourdain Has Become The Future Of Cable News, And He Couldn’t Care Less,” by Rob Brunner, Fast Company, September 24, 2014.

What do I like to eat after hours? Strange things. Oysters are my favorite, especially at three in the morning, in the company of my crew. Focaccia pizza with robiola cheese and white truffle oil is good, especially at Le Madri on a summer afternoon in the outdoor patio. Frozen vodka at Siberia Bar is also good, particularly if a cook from one of the big hotels shows up with beluga. At Indigo, on Tenth Street, I love the mushroom strudel and the daube of beef. At my own place, I love a spicy boudin noir that squirts blood in your mouth; the braised fennel the way my sous-chef makes it; scraps from duck confit; and fresh cockles steamed with greasy Portuguese sausage.

I love the sheer weirdness of the kitchen life: the dreamers, the crackpots, the refugees, and the sociopaths with whom I continue to work; the ever-present smells of roasting bones, searing fish, and simmering liquids; the noise and clatter, the hiss and spray, the flames, the smoke, and the steam. Admittedly, it’s a life that grinds you down. Most of us who live and operate in the culinary underworld are in some fundamental way dysfunctional. We’ve all chosen to turn our backs on the nine-to-five, on ever having a Friday or Saturday night off, on ever having a normal relationship with a non-cook.

In America, the professional kitchen is the last refuge of the misfit. It’s a place for people with bad pasts to find a new family. It’s a haven for foreigners—Ecuadorians, Mexicans, Chinese, Senegalese, Egyptians, Poles. In New York, the main linguistic spice is Spanish. “Hey, maricón! chupa mis huevos” means, roughly, “How are you, valued comrade? I hope all is well.” And you hear “Hey, baboso! Put some more brown jiz on the fire and check your meez before the sous comes back there and fucks you in the culo!,” which means “Please reduce some additional demi-glace, brother, and reëxamine your mise en place, because the sous-chef is concerned about your state of readiness.”

— “Don’t Eat Before Reading This,” by Anthony Bourdain, The New Yorker, April 19, 1999.

Anthony Bourdain, an influential American chef, author, and television host, died in Strasbourg, France, on Friday June 8, at age 61. Bourdain, whose rise to fame started with his book, Kitchen Confidential: Adventures in the Culinary Underbelly, used his influence to campaign for kitchen workers’ rights and for the marginalized communities he encountered as part of his television show travels. While he was best known for his nonfiction, Bourdain also wrote crime and graphic novels.

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De LONGREADS, 08/06/2018

Imagen: American Chef Anthony Bourdain in the Liberdade area of Sao Paulo, Brazil. (Photo by Paulo Fridman/Corbis via Getty Images)

Tuesday, June 5, 2018

Ningún Mundial como el nuestro


GABRIEL MAMANI MAGNE

En cuatro años suceden muchas cosas: acabas una carrera, tu hijo pasa de los pañales a los calzoncillos, una promesa del fútbol se convierte en estrella, algunos gobiernos dejan el poder (solo algunos), etcétera. 

De un mundial al otro hay tanta vida, pero el latido futbolero sigue una cronología diferente al de la vida fuera de la cancha. Entre una Copa y la siguiente haces un hijo o un doctorado. Sin embargo, para el niño interno que soñó con ser como Batistuta no hay paternidad mayor que aquella del 7 a 1, ni diploma que importe más que la figurita de Mesut Özil. Es como contener la respiración: inhalé en 2014 y solo exhalaré cuando la Telstar 18 ruede en el Olímpico Luzhnikí. 

A nosotros, el Mundial nos llega junto con el invierno. Menuda época para ser freelance. La gélida La Paz me hace sentir como en la tierra de Tolstoi. Y el Illimani, espalda ubicua, canoso padre, pero folklórico, bien podría hacerse pasar por el miembro más digno de los Urales. 

Tengo el frío. Televisión por cable. Frazadas. Un niño que cuidar. Y ningún biométrico me espera. 

Ser boliviano y amar los mundiales parece una contradicción hasta biológica. Para nosotros, mirar la Copa es como puertear en las afueras del Siles o del Teatro al aire libre. Ningún gol será realmente nuestro. Nos emocionaremos con las jugadas de Mbappé o Messi, pero la gloria será para otros. 

Patrias postizas: durante treinta días, somos brasileños o argentinos, alemanes o portugueses, belgas o uruguayos o, he aquí lo que el increíble Salah logra, egipcios.

Ser boliviano es comprar el álbum de Panini y ver que nadie en las figuritas, salvo algún mexica, se parece a vos.  

Nada de eso importa realmente. Quien puertea en un concierto de rock puede alucinar más que el jailón al que mami le ha pagado una entrada VIP.  

Porque, en el fondo, aunque no nos guste, los bolivianos somos eso: unos llokallas de costras peladas que miran casi babeando las jugadas que el jailón Brasil y la jailonísima Alemania exhiben en nuestros televisores.

Poco importa, lo repito. Nuestra realidad nos sitúa en los márgenes del fútbol, pero no fuera de él. Conozco Sudamérica, una porción de ella, y puedo decir que ni siquiera en la pentacampeona Brasil vi más intelectuales del fútbol que en la unimundialista Bolivia. 

Nuestra pasión es desprendida. Pide poco. De hecho, nada: si Neymar se corona campeón, agradecerá a deus y al pueblo brasileño. No a los bolivianos que lo idolatran desde sus tiempos de enfant terrible tropical, cuando lucía un peinado a lo Pájaro Loco y guiaba una goleada de ocho pepinos. 

La pasión futbolera tiene una vocación de búmeran: el hincha, incluso el hincha más incondicional gasta sus cánticos con la inocultable intención de que estos retornen en forma de trofeos. En los mundiales, la pasión del fanático boliviano es una botella que se lanza a ese mar que no tenemos. Llegará a una orilla en la que a lo mejor se hable otro idioma, pero llegará. 

Mis botellas en Rusia 2018 ostentarán los ribetes de Francia, Alemania y Perú. Cuando era niño, la cuestión era más binaria: o te gustaba Brasil o te gustaba Argentina. Si escogías Brasil, se suponía que eras táctico, gambeteador, incluso buen tipo; si escogías lo segundo, algo de arrogante debía de haber en vos, mucha garra, orgullo gaucho. Siempre escogía Argentina. No por jactancioso ni por la tan relamida mitología rioplatense, sino porque en esa selección jugaba mi ídolo, mi tocayo: Gabriel Omar Batistuta. 

Ser argentino era difícil. Y, al parecer, todavía lo es: nunca los vi campeonar, ni siquiera con Messi, que le inyecta a la camiseta una poesía límpida y una humildad que deroga todos los estereotipos. 

Como dije, este Mundial seguiré con atención a tres selecciones. De Francia me gusta todo eso que a Le Pen debe dolerle: lo migrante de su alineación: Mbappé, Dembelé, Pogba. Hijos de africanos, estos jóvenes dialogan en la cancha como si se conociesen de toda la vida. Dembelé y Mbappé son magia pura. Osados, escurridizos. No por nada, al del PSG lo han apodado con un nombre de tortuga ninja: Donatello. Paul Pogba, por su parte, es la voz de la razón. Si Mbappé es un Donatello de ficción, el del Manchester United es el Donatello del Renacimiento: mira el campo de juego como quien mira un bloque de mármol intacto y su arte consiste en cavilar igual que un escultor antes de cincelar con el martillo: soberbia caricia. 

A Alemania la sigo desde antes que se pusiera de moda. Gracias al Borussia Dortmund, siempre he pensado que la Bundesliga es más placentera que la liga española. Ya en mi PlayStation 2, allá por 2013, me gustaba escoger la camiseta alterna de la Mannschaft –verde floresta– y alinear un hexágono que siempre daba resultado: Khedira, Özil, Gundogan, Müller, Reus, Klose. Bien pensado, lo de los alemanes más parece un equipo de futbolín. Son tan organizados, que difícilmente un jugador pierde la línea. Esa rigurosidad les significó una casi capota en el Mineirão en 2014, y cómo la celebré: miré el juego con mis amigos en el cine de la Casa de la Cultura y luego bebimos como si estuviésemos en Oktoberfest. 

Finalmente, Perú. Los veo desde que Gareca asumió la dirección técnica y a partir de entonces no han hecho otra cosa que tapar bocas. Con o sin Guerrero, con o sin los puntos que la FIFA le arrebató a Bolivia, los mediocampistas y atacantes peruanos remiten a veces a lo que España logró en su tiempo y Chile hasta hace muy poco. Tiquitaca incaico, diciendo. Ese segundo gol que le hicieron en marzo a la Croacia de Rakitic y Modric  –taconazo de Carrillo a Trauco, incursión de Farfán, definición de Flores– despierta pulsiones que nuestros vecinos consideraban enterradas desde la llegada de Pizarro. 

Así que la gloria es esto, me dijo emocionado un colega limeño.  Bonita época para que los bolivianos nos sintamos altoperuanos de nuevo, le respondí. Al final de cuentas fuimos parte del mismo imperio, dijo él.

La misma vaina.

Mismos anhelos.

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De PÁGINA SIETE, 03/06/2018

Fotografía: Las Campeonas de los Andes, Churubamba, Perú 

La niebla perenne

LANDER ZURUTUZA

Cerraron las grandes industrias metalúrgicas, químicas y madereras de Lezo de la década de los setenta del siglo XX. Muchos emigrantes regresaron a su tierra, a Extremadura, a Castilla… Otros se quedaron e integraron. Se fueron para siempre de su puerto los cargueros chinos y soviéticos; aquellos dos marineros de Formosa que un día nos encontramos a la salida del colegio y nos garabatearon una hoja con misteriosos signos orientales; la emoción infantil de acceder a las entrañas de uno de aquellos monstruos flotantes con intenso olor a chatarra y gasóleo de mala calidad y llevarse además una moneda de Hong Kong o algún lejano país. Cerraron el acceso a los muelles y a esa bahía que durante siglos utilizaron en su día a día niños, bateleras, pescadores, marineros y calafates del lugar. Desapareció también la central térmica con sus depósitos de carbón y los humos del averno. Ahora los tordos y las malvices pasean sin temor por los jardines, por las noches los zorros cruzan la carretera y el búho se deja notar cerca de casa. La vegetación coloniza las laderas del monte Jaizkibel como nunca antes hemos conocido, engullendo prados y caseríos que van quedando vacíos. Vuelve la vida, regresa la naturaleza con toda su fuerza. Y la niebla perenne.

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Del muro de Facebook del autor, 04/06/2018

Fotografía: Lander Zurutuza/Lezo en 1982

¿Anarcoperonistas?


JUAN MANUEL FERRARIO

A Angelita Sánchez Lobato, y a todos los anarquistas que enfrentaron al régimen peronista

Para empezar, el anarquismo es antipersonalista, esto quiere decir que por eso se llama “anarquismo” y no lleva el nombre de ninguna persona, porque considera a todos los hombres y mujeres como iguales, sin poner a ninguno por encima de otros.

Luego habría que recordar cómo Juan Domingo Perón, “el primer trabajador”, estuvo matando trabajadores en la llamada Semana Trágica de 1919, desatada tras la represión a la huelga de los obreros de los Talleres Vasenao Para quien ponga en duda este dato, puede remitirse a las fuentes que presenta Luis Alberto Romero al respecto. [1]

En tercer lugar, podemos leer los discursos del joven Perón en el Círculo Militar, al resto de los militares argentinos, donde les decía que había que ser ágiles y darles una migaja a los obreros para que no exijan el pan entero -entiéndase la revolución social-.[2]

Cuarto, podemos citar el conocido apoyo de Perón a la dictadura de Uriburu y más tarde al militar Justo, mientras estos dos militares fusilaron a los anarquistas Joaquín Penina en Rosario, Severino Di Giovanni y Paulino Scarfó en Buenos Aires, o apresaban y deportaban a miles de anarquistas, sin hablar de los pobres anarquistas Pascual Vuotto, Santiago Mainini y Reclús De Diago, los denominados “presos de Bragado”, que pasaron años en la cárcel por un crimen que no habían cometido. Esto pasó durante el gobierno de Justo, amigo de Perón, como así también los procesos a la Federación Obrera Regional Argentina (F.O.R.A), la combativa federación anarquista que sufrió los antes citados procesos en sus sindicatos más fuertes, el de panaderos y el de los choferes, principalmente en los años '30.

Cómo no citar la amistad de Perón con el general EIbio C. Anaya, aquel famoso fusilador de obreros en las huelgas patagónicas, quien, como Perón, formó parte de los oficiales que llevaran a cabo el golpe militar de 1943 y que más tarde sería amigo personal de otro dictador, Juan Carlos Onganía. [3]

Recordemos también aquella frase de Agustín P. Justo, el amigo de Perón, quien siendo ministro de Guerra, luego del atentado del anarquista Kurt Wilckens, decía frente a los periodistas: “Esto no quedará impune, el castigo será ejemplar”, haciendo alusión al atentado en el que el anarquista alemán mató al teniente coronel Varela, aquel represor que se encargó de fusilar a más de 1.500 anarquistas en las huelgas del sur, entre los años 1921 y 1922. Y de hecho, el castigo fue “ejemplar”, porque Kurt Wilckens será asesinado en la cárcel. [4]

Pero ya entrando en lo que fueron los gobiernos peronistas, no podemos dejar de destacar que Perón hizo del 1º de Mayo, aquella fecha originada mucho antes de este militar, (cuando ese día de 1886, fueron ahorcados varios anarquistas por pedir las 8 horas de trabajo) una fecha de comparsa y fiesta, de locro y choripán donde se elegía a la reina del 1 de Mayo, quitándole a este día su contenido combativo y aguerrido, que tantos muertos había traído al querer recordarlo en Argentina en 1904, 1905 y 1909, sobre todo.

No podemos dejar de destacar la admiración que tenía Perón por el régimen del dictador italiano Benito Mussolini, el mismo que decía Todo para el Estado, todo por el Estado, nada fuera del Estado, frase que Perón copiará y modificará a Todo dentro de la Ley, nada fuera de la Ley.[5]

Y de Mussolini no sólo copió sus frases, también tomó su estatización de los sindicatos y su burocratización para poder controlarlos y sacarles autonomía y combatividad.

De la dictadura comunista rusa el peronismo también tomará sus planes quinquenales para regular la economía. El peronismo no tenía nada que ver con el sindicalismo de principios del siglo XX, éste era aguerrido, bregaba por la lucha de clases, era ateo, horizontal e internacionalista; el peronismo, en cambio, será católico, militarista, nacionalista, vertical, y lucha por la conciliación de clases.

Perón no sólo admiraba a Mussolini, sino también, y sobre todo, al general Primo de Rivera, el dictador español entre 1923 y 1930. Perón admiró también a Adolf Hitler, uno de los peores criminales de la historia de la humanidad, y a cuyos jerarcas sobrevivientes les dio entrada clandestina a la Argentina, con toda la documentación necesaria para pasar desapercibidos durante décadas. Fue amigo del dictador paraguayo Stroessner, reivindicó regímenes como los de Somoza en Nicaragua y Batista en Cuba. Y cuando se fue de Argentina ¿quién le dio asilo político a Juan Domingo Perón? Nada más ni nada menos que Francisco Franco, el “generalísimo” que mató y acribilló a media España, a miles y miles de anarquistas, socialistas y republicanos durante décadas de dictadura. y Perón no era el pobrecito exiliado como quisieron hacer ver luego los montoneros con su periódico “El Descamisado”, porque durante su estadía en España, Perón estuvo en uno de los barrios más residenciales de Madrid. [6]

Ni hablar de Eva Perón, aquella que fue recibida por Francisco Franco con todos los honores, que salió en fotos con sus tapados de piel saludando al criminal español y hablando de sus “descamisados”. [7]

Ésa era la misma Eva Perón que tildaba de “locos” a los anarquistas, a los que les decía: “A Perón no se le hace huelga, carajo”.

Tampoco hay que olvidar que Perón mantuvo la Ley de Residencia, aquella sancionada en 1902 exclusivamente para expulsar obreros anarquistas inmigrante s, y que fue derogada recién en el gobierno de Frondizi, cuando ya casi no habían quedado anarquistas vivos o fuera de las cárceles.

Ni hablar de las increíbles escuelas racionalistas creadas por los anarquistas a principios del siglo XX, para educar libremente a los niños, que luego serán reemplazadas por “Evita me ama” en los pizarrones de las escuelas estatales.

Cómo olvidar el atentado peronista contra la antigua Biblioteca Emilio Zola, fundada por los anarquistas, y que a punta de pistola fue copada por matones peronistas para convertirla luego en una unidad básica del Partido Justicialista. Frente a esa biblioteca, en 1923 y en plena huelga tras el asesinato de Kurt Wilckens, los anarquistas se habían tiroteado con la policía. [8]

Sin olvidar a los obreros gráficos rosarinos, que fueron expulsados de su local por la CGT, la central peronista, y que a partir de entonces tuvieron que reunirse en un bar de calle San Martín y San Lorenzo de dicha ciudad. Tras la huelga gráfica de 1949, muchos de los gráficos fueron apresados. [9]

Por otra parte, no se puede dejar de lado la vinculación de Perón y su segunda esposa, María Estela Martínez de Perón, con José López Rega, la máxima figura criminal, que pasó de ser un simple cabo de policía a líder de la Alianza Anticomunista Argentina (puesto en ese lugar a dedo por el mismo Perón), agrupación parapolicial que asesinó a cientos de estudiantes, intelectuales, políticos, obreros, actores, etc.

Y fue también Perón quien ascendió al comisario Fernández Bazán, el mismo que en 1936 asesinó a los anarquistas Miguel Arcángel Roscigna, Fernando Malvicini y Andrés Vázquez Paredes, arrojándolos al fondo del Río de la Plata con peso en los pies, método conocido como “Ley Bazán”, que se generalizaría luego en los años '70. y decíamos entonces que en 1946, Perón ascenderá a este criminal a subjefe de la Policía Federal, y más tarde cumplirá su sueño dándole un cargo como diplomático de su gobierno. [10]

Jacinto Cimazo, el militante anarquista, nos resume al peronismo de la siguiente forma:

Sometimiento absoluto a la CGT; plan quinquenal de tipo militar; militarización de la infancia; monopolio estatal del comercio exterior; enseñanza religiosa en las escuelas; centralización financiera en manos del Banco Central; avasallamiento de las universidades; monopolio oficial de la propaganda radiotelefónica; acción impune de las bandas nacionalistas; sometimiento de la prensa y campañas violentas

Y luego prosigue:

destrucción y persecución de los gremios obreros independientes; censura radial; sabotaje del correo a la prensa y propaganda opositoras; prohibición de las huelgas y orden de producir al máximo; procesos por desacato.

Y hay más aún:

creciente dominio de la Iglesia; auge del nacionalismo en las reparticiones públicas; alianza virtual con el régimen de Franco..., etc, etc. [11]

Luis Danussi, otro militante anarquista, define al peronismo como demagogia, soborno a escala colectiva planificado por el gobierno que manejaba discrecionalmente la economía del país, y la represión que no conoció límites para aplastar a quienes protestaban aunque luego apareciera la concesión por vía oficial, como acto de gracia y con el programado agradecimiento de los 'humildes' a su benefactor. Todo ello al tiempo que se eliminaba a los militantes más conscientes y dignos, como una de las formas, entre otras muchas, de lograr la total extinción del espíritu aguerrido que tradicionalmente animó a nuestra clase obrera. Y agrega más tarde: El propio fenómeno fascistizante del peronismo tuvo origen en los cuarteles donde se incubó el GOU, que creía en el triunfo de los nazis cuando el movimiento obrero bregaba por su derrota... [l2]

Anarquistas como Mario Franchotti, serán perseguidos durante la huelga ferroviaria nacional de 1951. Este compañero logra evadir a la policía gracias al periodista y abogado David Kraiselburd, quien el 17 de Julio de 1974 será asesinado por Montoneros.

Compañeros anarquistas como el científico Rafael Grinfeld serán expulsados de la Universidad. Grinfeld pierde así su cargo de director del Instituto de Física de la Universidad de la Plata, por no adherir al peronismo.

Ya en 1943, el anarquista Jacobo Prince señala cómo el Grupo de Oficiales Unidos (GOU), al que pertenecía Perón entre otros, seguía manteniendo relaciones con los nazis, siguiendo la política nazifascista del presidente Castillo, quien había gobernado antes del golpe de 1943. [13]

Serán los obreros marítimos, los navales y los portuarios los que más combatirán al régimen de Perón, y serán todos los sindicatos los que sufrirán la Ley de Asociaciones Profesionales, tomada del fascismo italiano y aplicada en la Argentina por Perón, que, entre otras cosas, da personería jurídica sólo al sindicato único controlado por el Estado, desconociendo cualquier intento de hacer otro sindicato paralelo libre de la burocracia sindical, que ya nacía. Esa ley fue la que fomentó el sindicalismo pago, sacando al obrero de su medio para convertirlo en un traidor al servicio del capitalismo.

Luis Danussi recordaba cómo en un acto en Plaza de Mayo, un conocido dirigente de la CGT le gritaba a Perón: “¡Hágase dictador, mi general!”.

Luego, mientras Perón pactaba con Frondizi, cientos de anarquistas de la F.O.R.A, panaderos, choferes, plomeros y cloaquistas, eran apresados.

Por último, quiero recordar que Perón no le dio nada al obrero (si te robo 100 y devuelvo 25 no te estoy dando nada) y si dio algo en función de que lo voten, fue terrible demagogo que jugó con la necesidad del pueblo.

Después de lo hasta aquí expuesto, podemos decir que autoproclamarse anarcoperonista no sólo es un absurdo, porque se trata de conceptos totalmente opuestos, sino que es burlarse de los miles de anarquistas que, no conformes con su heroísmo al enfrentar a Franco en España, al exiliarse cruzaron la frontera hacia Francia donde militaron en la Resistencia Francesa, combatiendo la ocupación nazi. Y los que sobrevivieron vinieron a la Argentina y aquí también tuvieron que darle batalla al peronismo, mientras los jerarcas nazis entraban al país con toda la impunidad que les dio Perón, o mientras luego un criminal como Franco le daba asilo a Perón en España.

Decirse anarcoperonista es burlarse de los miles de anarquistas presos, torturados, expulsados durante el régimen de Perón y de las miles de personas que mantuvieron durante años las bibliotecas anarquistas y los locales anarquistas de la F.O.R.A que fueron incendiados o copados a punta de pistola por matones peronistas.

Citas:
1 - “Breve historia contemporánea de la Argentina”, Luis Alberto Romero. Fondo de Cultura Económica. Buenos Aires, 1994. Seguir Leyendo
2 - “Montoneros, la soberbia armada”, Pablo Giusani. Editorial Sudamericana-Planeta. Buenos Aires, 1984. Seguir Leyendo
3 - “La Patagonia Rebelde”, Osvaldo Bayer. Tomo IV. Editorial Planeta. Buenos Aires, 1997. Página 219. Seguir Leyendo
4 - Osvaldo Bayer. Op.cit. página 205. Seguir Leyendo
5 - “De Alfonso XIII a Franco”, Diego Abad de Santillán. Tipográfica Editora Argentina. Buenos Aires, 1974. Seguir Leyendo
6 - Diego Abad de Santillán. Op cit. Seguir Leyendo
7 - Recuerdo que “El descamisado” fue el nombre de un antiguo periódico anarquista, por lo que el peronismo no sólo usurpó fechas y sindicatos, sino también nombres de periódicos. Seguir Leyendo
8 - Osvaldo Bayer. Op.cit. Página 256. Seguir Leyendo
9 - “Luis Danussi, en el movimiento social y obrero argentino” (1938-1978), Jacinto Cimazo y José Grunfeld. Editorial Reconstruir. Buenos Aires, 1981. Seguir Leyendo
10 - “Los anarquistas expropiadores”, Osvaldo Bayer. Editorial Recortes. Montevideo, 2001. Seguir Leyendo
11 - Fragmentos extraídos del periódico “Acción Libertaria” Nº 97, marzo de 1947, reproducidos a su vez en el libro “Escritos Libertarios”, de Jacinto Cimazo. Editorial Reconstruir. Buenos Aires, 1989. Seguir Leyendo
12 - Jacinto Cimazo y José Grunfeld. Op.cit. Página 248 y 267. Seguir Leyendo
13 - “Una voz anarquista en la Argentina” (Vida y pensamiento de Jacobo Prince), de Jacinto Cimazo. Editorial Reconstruir. Buenos Aires, 1984. Seguir Leyendo

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De EL LIBERTARIO 

Mayo de 1968


MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

Hace cincuenta años. No hay mucho que celebrar y hace ya años que quienes recordaban haber estado en aquellas calles de las que arrancaron los adoquines para montar barricadas, dejaron de hacerlo. Desmemoria y nómina, pompa, senequismo. La inmensa mayoría vivimos aquellas semanas desde lejos, desde muy lejos habría que decir, tanto que hasta los hechos y las voces concretas quedaban muy desdibujados por un presente que nos tenía acogotados con una policía política que maltrató por sistema y un Tribunal de Orden Público que envió a la cárcel a miles de ciudadanos. Aquel espectáculo lejano venía a ser un golpe de aire fresco. Nunca he entendido el encono hacia aquel recuerdo, porque recuerdo es, de gente que aquellos días era un niño de parvulario, ni siquiera un adolescente, pero saber, saben más que nadie, y pontifican de lo no vivido o se burlan, eso a capricho.

 Aquellos de mayo de 1968, al menos en los recortes de prensa que conservo –la prensa del régimen execraba solemne de aquel levantamiento callejero–, fueron días de rebelión callejera, de barricadas, de gritos, pedradas, banderas, utopías, ni Dios ni amo, gases lacrimógenos... los parachutistas y los tanques del general Massu, el responsable confeso de las torturas en la guerra de Argelia, estaban apuntando, desde Baden-Baden, hacia París por si había que repetir la masacre de la Comuna de 1871. Se olvida. Todo se olvida. Se recuerda, es más cómodo, una épica juvenil que el tiempo ha convertido en un mascarón de cartón piedra y enviado a sus protagonistas al olimpo de la derecha malencarada, en el mejor de los casos, el más común. Las banderas rojas y las banderas negras tenían otra cara, otro futuro, que no pasaba por la calle y sí por caja. Dura lección. Muy extendida esta.

Mayo de 1968. «Nobleza de calendario» cantaba años más tarde Léo Ferré, emocionado después de haber visto por primera vez en su vida la bandera negra de los anarquistas flamear en las calles de París, en el atardecer del viernes 10 de mayo de 1968, la noche de las barricadas, la víspera de una huelga general que paralizó un país y se disolvió en humo. Dura lección, insisto, que hemos tragado a cucharadas soperas. El nuevo mundo que parecía nacer aquellos días tardó poco en hacerse viejo. Palabras, muchas, miles de páginas, iconografía de adorno y culto... hechos, pocos, condenados de antemano a transiciones pactadas, al juego parlamentario, al lenguaje de las urnas, al más de lo mismo o muy parecido.

Puedo preguntarme qué queda de aquello, pero no tengo más remedio que contestar que, como mucho, unas fabulosas tragaderas para los empujones que propinen los poderosos de ocasión o algo peor, el olvido más completo, la lírica utopía de la rebelión y del apropiarse de las calles hoy proscrita por la religión del orden y de la democracia, por una reacción de buen tono que no quiere líos, ni calles incendiadas. Nunca más. Debajo de los adoquines no está la playa sino la porra, la cárcel, las multas. La autoridad no se deja así como así y eso que los motivos de rebelión callejera se han multiplicado de manera alarmante. No hay día que no suministre un pretexto para la sedición más completa. El orden es el desorden más la fuerza, el poder, conviene tenerlo presente. No vivimos tiempos de barricadas, sino de represión del terrorismo, porque toda repuesta por muy aleve que sea al poder y sus excesos, lo es, terrorismo. No levantes los adoquines de las calles, allí donde queden, para buscar la playa porque te morderá el Código Penal azuzado por un centurión togado.

Y sigo preguntándome qué queda de todo aquello, cincuenta años después. Como mucho, canciones y una melancolía intensa de lo que no pudo ser y no fue... «antes de hacer la revolución en la calle, hay que hacerla en la cabeza», decía el mencionado poeta, Léo Ferré, y eso es más complicado, mucho más, sin comparación. Espolinar esas telarañas de convenciones, sectarismos de banderín y tribu, dogmas, consignas, prejuicios, autoritarismos caseros, machismos, sexismos y xenofobias de puertas para adentro, donde nadie te ve, es mucho más costoso que salir a la calle a pegar voces para regresar por donde se ha venido.

*** Artículo publicado en Diario de Noticias, de Navarra, y en el blog del autor, Vivir de buena gana, el 13/5/2018

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De VIVIRDEBUENAGANA (blog del autor), 13/05/2018

Monday, June 4, 2018

La habitación en la que Goethe trabajaba


WALTER BENJAMIN

Se sabe cuán sencilla era la habitación en la que Goethe trabajaba. Es baja, no hay alfombras ni ventanas dobles, los muebles no son imponentes. Fácilmente podía haber conseguido una habitación mejor. Ya por entonces había sillones de cuero y almohadones, aunque la habitación no se adelanta en absoluto a su tiempo. La voluntad mantiene las figuras y las formas de los armarios. Nada debía avergonzar la luz de las velas bajo las que el anciano se sentaba a estudiar por las noches, con la camisa de dormir y los brazos extendidos sobre la almohada desteñida. Pensar que hoy en día sólo se vuelve a encontrar el silencio de esas horas en la oscuridad de la noche, pero si se pudiera escuchar ese silencio se podría rescatar la conducta decidida e íntegra, la gracia irrepetible de esas últimas décadas en las que el rico tenía que sentir el rigor de la vida en su propio cuerpo. Aquí se homenajeaba el anciano en las inmensas noches en compañía de la preocupación, la culpa y la necesidad antes de que la endiablada aurora del confort burgués se asomara a la ventana. Todavía esperamos una filología que descubra ante nosotros ese ambiente próximo y determinante de la verdadera antigüedad del poeta. Esta habitación era el pilar de la pequeña construcción que Goethe dedicó a dos cosas: al sueño y al trabajo. No se puede llegar a apreciar lo que significó la vecindad en ese pequeño dormitorio y en esa pequeña habitación de trabajo tan aislada como un cuarto de dormir. Sólo el umbral y un escalón lo separaba de la cama mientras trabajaba, y, al dormir le esperaba su obra para separarlo todas las noches de sus fantasmas. El que por una feliz casualidad se encuentra en estos espacios puede reconocer la disposición de las cuatro habitaciones en las que Goethe dormía, leía, dictaba y escribía, y puede reconocer la fuerza que hacía que el mundo le contestara cuando tocaba en lo más íntimo. En cambio nosotros debemos conseguir un mundo de matices para hacer sonar ese débil tono sostenido en nuestro interior.

Walter Benjamin
Kleine Prosa Baudelaure
Traducción: Marian Merino Zorita

Foto: Despacho de Goethe
Goethe National Museum

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De CALLE DEL ORCO, 13/05/2018

Pessoa quería ser mi padre; mi madre y yo


ROCÍO Z MURGA

Era una niña con el pelo rubio y los ojos claros (siempre me decoro así en los sueños, supongo que por mamá) cuando Pessoa me secuestró porque quería ser mi padre y a su vez darle una hija a su mujer, que era estéril como una playa.

Ambos estaban completamente chiflados. En el salón de casa imperaba un zapato gigante como decoración. Todas las tardes, Pessoa hacía venir a un profesor de música y los tres la pasábamos tocando como en una orquesta: yo tenía un chelo al que le frotaba las cuerdas con el arco de forma histriónica intentando lograr fuego, pero nunca conseguía agitar con suficiente fuerza (quería acabar con todo aquello).

Continuamente intentaba escapar de aquella mansión de majaretas pero siempre me pescaban. Por las noches, "mi madre" o lo que aquel perturbado ser fuese, se sentaba a los pies de mi cama y se reclinaba hasta alcanzar mis labios para desearme buen descanso, mientras sus dedos buscaban mi torso consiguiendo que un hielo se deslizase por mi espalda. Me obligaba a mí misma a fingirle una sonrisa para no desestabilizarla.

De pronto me encuentro en un autobús. Estoy desorientada. Veo a lo lejos una explosión. Reconozco el gran zapato chamuscado en medio de la nada. El reflejo del cristal de la ventana me dice que ya soy mayor. De nuevo tengo el pelo y los ojos negros. J. se acerca a mi asiento y me pregunta adónde he estado todo este tiempo. Encojo los hombros y envuelta por una placentera sensación de alivio y libertad, le miento: De viaje.

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Ilustración: Igor Morski