Sunday, July 5, 2020

Me escribe Paz Martínez desde Nigrán en la plaga


PAZ MARTÍNEZ (Nigrán, Galicia, ESPAÑA)

Querido Claudio, pues todo bien o lo que se pueda parecer a eso. Me he venido de Barcelona a Nigrán poco antes de que el gobierno decretase que sólo los perros podrían pasear a sus dueños. No porque estuviese mal en Barcelona, es que en Vigo y Nigrán tenemos dos viejis sin can. Están curtidas en mil batallas, pero el miedo a la muerte se acrecienta cuando tienes todos los números. Supimos que era la decisión correcta cuando llegamos a casa de Inés, en Nigrán, y encontramos papel higiénico en vez de ventanas y a tiempo de sacarle el desinfectante de la mano. Hemos salvado al loro ¡Cuánto daño ha hecho Drácula en nuestras vidas con esa manía de poner ajo en las ventanas! mejor le iría si hubiese bajado las persianas o un collar de rollos extra plus. Aunque, el mayor misterio, es cómo ha llegado todo esto aquí (calculamos 100 kg de papel) porque el primer ultramarinos está a 5 km cuesta abajo ¿Imaginas a una enana nonagenaria, coja y sorda, subiendo tanto bulto de papel montaña arriba? Ahora entiendo esos gorritos en las cabezas de tus paisanas. El cóndor pasa, con colitis. En Prado, Nigrán, no hay lugar desde no se vea el mar. La vida de los ricos transcurre en silencio, como siempre, tan solo el viento, las gaviotas y los perros son capaces de articular sonido. Cuando te topas con un vecino haciendo tus mismas labores de jardín ni un hola, ni un ánimo, ni un simple aplauso o resistiré (canción adoptada por los aplaudidores de balcón) que llevarse al oído. Los perros, al contrario de la ciudad, salen de casa solos porque sus dueños no necesitan solazarse más allá de los castillos y las empleadas, las encargadas de esta tarea, están ocupadas barriendo las cáscaras de nuez que estos comen por kilo. Son muy sanas y buenísimas para disecar humanos, teniendo en cuenta que la media de edad de esta zona ronda los 3400 años. Resulta agradable toda esta soledad, tienes la impresión de vivir en un cementerio donde, en días soleados, los muertos toman vermut y limpian su propia tumba, asean sus ropajes y broncean su no vida, pero también conlleva que no haya alternativa de conversación, salida o suicidio que no cuente con Inés. Ella es mi Misery particular, mi dolor, mi pesadilla, mi almorrana sangrante, nunca nos hemos gustado, pero aquí me hallo, en un vergel con vistas envidiables y cuatro mil metros de terreno para pasear con ella pegada a mi sucio culo. Cuando acabamos de acomodarnos en este antiguo hogar, llamé a la tía Clara, otra que tal baila. Noventa años sin posibilidad de vermuses o bronceado porque vive en un nicho de 60 metros cuadrados. Lleva meses preparando su muerte vendiendo los ajuares y ropa por internet. El papel higiénico, no salir a pasear o tener escasez de víveres se la trae al pairo, lo único importante es lo mucho que le han bajado las ventas ya que todavía tiene en stock el armario de invierno y teme no darle salida. Tuvimos la feliz idea de traérnosla a Nigrán, un fracaso, porque no se puede juntar a dos asesinas de ácaros sin una olimpiada de enfermedades inaugurada. Durante el fin de semana que estuvieron juntas, aparecieron barreños de agua con lejía por las 8 habitaciones, 6 baños, dos cocinas y cada esquina del jardín. Debían conjurar el virus que no estaba, acabar con el barnizado de la barandilla y la escalera, con los rosales, y hasta se pusieron de acuerdo para fumigar al perro. También a este lo salvamos. Comimos, en dos días, lo estipulado para una semana, así que, aprovechando que aquí no hay fiesta a las ocho de la tarde, que nadie sale al balcón animando a los sanitarios a enfermar, que no hay oportunidad de insultar paseantes por estar dentro de sus dominios, que no se escuchan riñas de vecinos y no hay virus que temer, devolvimos a Clara a sus tertulias domingueras con la muchachita de la teleasistencia y a limpiar la campana de cocina a pesar de no ver un burro a dos pasos. Por suerte, no se perdió la maravillosa detención del sheriff de barrio, con escupitajo a los  garantes de la ley incluido. No me pesa separarlas, al contrario, porque ahora ya tengo otra excusa para salir de casa y apartarme unas horas de este paraíso, envenenado por Inés. Por cierto, he adoptado una nueva profesión: barredora de hojas, pero esta es una historia que te contaré otro día. 
P. D. Espero que tu bigote siga intacto y fuera de peligro, así como toda tu persona. 



Muy buenos días, mi querido Claudio. Seguimos vivos, a pesar de las noticias. Se ve que el bicho ese apestoso ¿te has fijado en lo repugnante de todo lo coronado? no ha llegado a mi vida. A pesar de los días de confinamiento, sigo con ducha y ropa de calle. Todavía no he sucumbido al pijama, ni planteado chandal como sustitutivo. Será que no hago deporte. Por Nigrán, todo igual. Los muertos siguen en sus lujosas parcelas y cada vez se ven menos asistentas por el entorno, no puedo decir lo mismo de los jardineros. Ahora, el vecindario, se ha vuelto menos clasista y algunos difuntos se han infectado con el bricolage, incluso con las labores domésticas. El de enfrente se ha puesto a construir una casita de madera para el virus, imagino, porque la hospitalidad es cosa de ricos. Los pobres somos más de matar, más de arruinar vidas y familias, nos va en el ADN y esa cosa de la supervivencia. Mi tesis doctoral se basa en la observación las mujeres que han pasado por mi vida. Mi madre, por ejemplo, pasó toda su vida matando piojos y ácaros o Inés, que nació chacha y así se quedó a sus 89 años de comedora de patatas, que mata toda cuanta vida pueda intuir, incluida la vegetal. He descubierto su habilidad con la hoz que es mayor que su fobia por las plantas con pinchos, de ahí que haya matado a los rosales y dejado unas plantas silvestres con flores rosas minúsculas. Me parece bien, cada uno con su propio lujo y el suyo es no pegar chapa ornamental y curren otros.. Como te contaba en la carta anterior, me he lanzado a la practiquísima y muy necesaria labor de barrer hojas y es que estamos en occidente, coño, donde todo lo natural viene en botes light y marchamo de la CEE y se teme a lo silvestre. Somos europeos y yo pertenezco. En fin, que me paso las horas que debería otorgar a la muy española y necesaria siesta a barrer las hojas que se adentran en mi confinamiento. Es entretenido y muy poco eficaz, algo que me congratula soberanamente, como no podía ser de otra manera, porque no sirve para nada. A las pocas horas, los árboles del bosquecillo contiguo lo devuelven todo a su origen. Espero poder, en unos meses, ver si la teoría darwiniana de adaptación de las especies se hace realidad conmigo y me otorga un tercer brazo, un aspirador de hojas o una máquina taladora y asfaltadora. Crear mi propio apocalipsis amazónico es a lo que aspiro en este momento. Esta mañana he podido acercarme a la ciudad, visitar a la tía Clara con la excusa de la compra. Me ha parado una pareja de la guardia civil, o así lo intuí por un movimiento de brazos, y preguntado qué pretendía hacer a esas horas y con esas pintas (las palabras fueron otras, no así la intención) y con la mejor de mis sonrisas intenté salir del coche para mostrar la compra y la dirección de quien la necesitaba. Cuál fue mi sorpresa cuando, al abrir la puerta, se apartaron como si les poseyese un alien. Les pregunté por su salud, si necesitaban algo, pero me pidieron que permaneciera en el interior del vehículo. Me gusta esta sensación de apestada, de organismo peligroso y muy contagioso. Ver el miedo en la cara de la policía, por una vez, me llena de orgullo y satisfacción. Hemos agigantado un virus a tamaño humano. Ya tiene nuestra cara, nuestro nombre y dirección, ya no somos personas, somos bichos coronados y temidos por nuestros vecinos. Por fin, una razón de peso para el odio, tan pesado como un microscopio, tan razonable como la muerte. Clara me contó el festejo de anoche, a las ocho, cuando estamos autorizados a salir a las ventanas y hablarnos, aplaudir y que la policía, desde la calle, nos aplauda por ser obedientes. Por renegar de nuestra libertad de movimientos, por renegar de nuestra razón, salud y necesidad por un bien mayor todavía desconocido. Somos buenas ovejas, lo sé, porque obedecemos a golpe de corneta ante una amenaza microscópica, ante una nada que hemos convertido en dios. Aguantamos maridos, hijos, suegros y vecinos, antes denostados o a punto de abandonar porque así nos lo pide la televisión. Hemos dejado de abrazarnos, de besarnos, de fornicar con desconocidos por miedo a un posible contagio. Lo que el Sida no ha conseguido, lo ha hecho un coronado hijoputa. Al rey, lo que es del rey. La cosa es que, entre tanto jolgorio, alguien bajó con una botella de vino para la policía. Los abucheos, insultos y vejaciones que tuvo que soportar este buen humano, incluso por sus invitados, fue de dolor ajeno. Se ve que nadie en el vecindario, tenía una botella mejor que la de aquel vino. En fin, Claudio, espero con ganas la carta de mañana, y así unir un poquito más este mundo loco en el que nos ha tocado vivir. Cúidate. P. D. El avión a Marte todavía no ha partido. 

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Publicado en PUÑO Y LETRA, mayo 2020


Thursday, July 2, 2020

El guiso carretero de Julio


MAURIZIO BAGATIN

La cocina popular es la más sabrosa de todas las cocinas, nunca se olvida de la Historia y de su gente, no confunde ingredientes y deja siempre que trascurra el tiempo como tiene que trascurrir. Es sudores y sabores, rimas perfectas, charlas y chistes, diálogos y enfados también. Unas tutumas de chicha Kulli infunden a la tarde el sabor de la tierra, una cerveza fría para matar la sed y olvidarnos que la sajra hora hoy pasó sin ninguna parada, sin detenerse…

En las pausas de descanso con camiones que solo los choferes bolivianos saben manejar, bien entrenados por el camino de la muerte o el Sillar y las innombrables carreteras de este país imposible. Todos los ingredientes se introducirán al mismo tiempo en la olla, la cebolla, el diente de ajo, unas papas o unas yucas, los que lleven en el camión, zanahoria y apio, si alguien lleva un pedazo de carne mejor, un chorro de aceite y el arroz o el fideo, la sal e increíblemente irán cociendo en sintonía perfecta, empatía entre vegetales y cereales, de común acuerdo el guiso estará listo para apagar el hambre de los camioneros, la solidaridad de lo que hierve en la olla es la solidaridad del compartir este simple y al mismo tiempo riquísimo plato, algo de caliente para el cuerpo, algo de compasión para el alma. Es lo que la humanidad está perdiendo, los detalles y “la belleza que está en los detalles”, frase desgastada y sin embargo hoy más que nunca tan útil, a momentos indispensables, mirando a los ojos el amor, desnudando la verdad…

“Metió el cucharón en el caldo hirviente del menudo, pellizcó la cebolla, el chile en polvo, el orégano;[…]… las patas de cerdo. Estaba vivo.” -Carlos Fuentes, La muerte de Artemio Cruz-

Julio era de Chicaloma, Sur Yungas de La Paz, un africano que se despertó entre plantas de coca y cafetales cultivados en terrazas, con la saudade tan natural como el tórrido calor entre el cacao y las naranjas, memorias de Angola en su cordón umbilical, la sal del océano y el tribalismo perpetuo… un surazo que sigue como una caricia las ondulaciones andinas, entre una cordillera y la otra - las flores tropicales, el bastón del emperador, nidos de pájaros colgados en las palmeras, un arara cantando - humedeciendo sábanas y frazadas, corazones, frío austral, guiso carretero que calienta los cuerpos, el de Julio… luego la sangre Bantú, sangre caliente del primer hombre, tam tam lejanos y bakossa, esclavitud y travesía y siempre travesías… más alcohol, el más fuerte y lo de menor calidad, el más barato. Ojos que enrojecen y se pierden, pupilas que desvanecen, trance y recuerdo de la fuerza de su tierra: “La tierra cobró vida rápidamente y revoloteaban y gorjeaban jubilosos los pájaros del bosque. Llenaba el aire un vago olor a vida y a vegetación verde. Y cuando la lluvia empezó a caer más sobriamente y en gotas líquidas más pequeñas, los niños corrieron a resguardarse y todos se sintieron contentos, agradecidos y reanimados.” -Chinua Achebe, Todo se desmorona-

Guiso carretero para compartir en el camino y en la eterna diáspora del hombre.
1 julio 2020 

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Imagen: Shirley Whitaker



Ivo Andric en Sarajevo


ANTONIO COSTA GÓMEZ

La gente cree que Sarajevo es una ciudad musulmana, pero en esa ciudad (como en toda Bosnia) durante siglos se mezclaron musulmanes, judíos, croatas católicos, serbios ortodoxos, gitanos. Y en eso radica su magia, su sueño. Y ahora vuelve a tenerla, a pesar de las guerras, de los fanatismos, de las carnicerías. Nosotros pasábamos del barrio musulmán pintoresco con limonadas a barrios croatas donde se tomaban cervezas enormes, a barrios serbios al otro lado del río, a sinagogas judías impresionantes. A ambos lados del río, lleno de puentes, entre las montañas, la ciudad continúa su sueño a pesar de todo.

En Sarajevo vivió unos años Ivo Andric, el escritor yugoslavo que siempre se consideró yugoslavo. Allí situó su novela “La señorita”, sobre una burguesa miedosa que nunca sale de casa, y un día, en su paranoia, le parece que alguien ha entrado, y se muere de un ataque al corazón. Andric destacó por sus grandes novelas en que habla de Yugoslavia, de puentes, de conexiones, El puente sobre el DrinaCrónica de Travnik… Pero empezó escribiendo poesía, en Ex Ponto, escrito en la cárcel, se sentía como Ovidio desterrado en un confín solitario del imperio.

Y escribió poemas tan bellos como «Lo que sueño y lo que me pasa” donde sale de la ciudad para encontrar el sueño primigenio:

Más allá de los suburbios, muy lejos, al final del bosque,
en lo que da miedo rodeando la ciudad
tú me das sentido y olvido
y este milagro nunca será revelado
pero siempre crecerá en mí
hasta que tú no lo lleves
como las alas más poderosas.
O se entusiasma con los puentes, aquellos puentes de Yugoslavia, antes de que cada cultura se encerrara en sí misma:
No destruyas todos los puentes, podrías volver.
Cuando no hay puentes es inútil entender, es inútil querer.
Deja al menos un puente entre mi corazón y yo.

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De CULTURAMAS, 01/07/2020

Fotografía: Consuelo De Arco


Thursday, June 4, 2020

reivindicación de Juan Goytisolo


PABLO CEREZAL

Ya dejé dicho, tiempo ha, en alguna parte, que a Marraquech siempre se acaba llegando. De Marraquech nunca se parte. Nadie abandona el fértil fermento de su callejero, por más que lo pretenda.

La mítica ciudad magrebí se desdibuja, a la caída de la tarde, con un tímido difumine de brisa, asfixia de temperatura en suspenso, borrasca de especias amenazando el perímetro de nervio y Literatura de la plaza de Xmáa-El-Fna. Y es que a la Literatura, como a esta ciudad, siempre se llega. Al menos un servidor.

El calendario se disfraza de atardecer: naufragio de las cucharillas en hierbabuena y centígrados: coloquio de parroquianos eternamente adscritos a la tragedia de mesas imposibles que pastan el irregular forraje de adoquín y milagro de la plaza: soliloquio de iluminados y orates sembrando semilla de palabra y mueca bajo tenderetes como carpas de circo medieval: embriaguez de serpientes hipnotizadas por el danzar enajenado de truhanes y mirones: sortilegio de octavas descompuestas al ritmo de darbukas de tercera mano: fragancia de azahar salpimentando la marejada de azúcares del zumo de naranja recién exprimida: cámaras fotográficas congelando poses onerosas que recluir en la memoria 32GB y en la emulsión edulcorada del recuerdo: ritmo de mugre: compás de aceite usado: radiación de neones y luminiscencia de gases extirpados a pequeñas bombonas para reconducir las sombras hacia un espacio de luz en que puedan volver a la vida sin necesidad de esperar tres días…

Atardece en Xmáa-El-Fna como si Marraquech hubiese perdido, entre sus bolsillos de laberinto y ayer, la brújula de la aurora.

Pero para alcanzar la tarde, en Xmáa-El-Fna, es preciso haber perdido el rumbo de las horas en las calles circundantes, haber seguido el hilo de una Ariadna morena, ojos de kohl y silencio de geisha, que recorre rincones como catedrales de luz y angosturas como cavernas platónicas para trazar el imposible mapa de la medina marraqchí. Alcanzar el perímetro de inmediatez y comercio de la plaza ha de ser como fondear en el puerto bucanero de la Isla Tortuga, tras sobrevivir a una travesía de motín, sed y canícula.

No existe, Xemáa-El-Fna, para regalar sus delicias a los viajeros de la prisa y la instantánea.

Juan Goytisolo bien lo sabe, y esculpe su medineo de paso calmo, cada día, a la caída de la tarde, recorriendo la cinematografía muda del adobe y el mantra bullicioso de las calles en que se perdió hace años, quizás ya demasiados, para mejor perder el oprobio de dictaduras políticas y literarias de aquella vergonzosa Hispania que le vio nacer. Monotonía de oficialismos poéticos, uniformidad de pasos procesionales, al otro lado del Estrecho de Gibraltar. Imposible enfrentar la petulancia de una censura que sólo sabe de puntuaciones oficiales, costumbrismos abyectos y moneda urgente. Utópico abandonar la pluma al raído vaivén de los días y la vida en desarrollo. España, camisa negra de la ignominia. Marruecos es, era, fue para el literato autoexiliado, párrafo de libertad al que desmenuzar la ortografía y reconstruir el ritmo sin temor a ser amonestado por los guardianes de lo correcto. Aquí llegó. Aquí permanece. Ya lo dije: de Marraquech nunca se parte, a Marraquech siempre se llega.

El autor, por tanto, ajeno ya al fragor de una patria que nunca tuvo, invertebrado habitante de un mundo que a muchos resulta incomprensible, abandona, a la caída de la tarde, al sonar el despertador aflamencado del muecín, su fresco retiro de la medina para arribar al café en que camareros y concurrentes le ofertarán bendiciones y palabras: Gran Literatura. Allí consumirá y compartirá agua tibia y charla voraz, mirada curiosa y canícula mortal.

Marraquech es, pues, no sólo mapamundi de mochileros y sortilegio de turistas low cost. Marraquech es habitáculo del verbo y morada de un genio más real que el que supuestamente habita esas mágicas lámparas con que te ofertan, al pasear, los mercaderes magrebíes. Marraquech es Makbara, esa ciudad dentro de la ciudad en cuyo interior serpentea la oralidad mirífica de la prosa de Juan Goytisolo y, con ella, la gloria vertiginosa de un idioma en desarrollo, por más que los próceres de la “cultura” deseen verlo por siempre tras los célibes barrotes de la formalidad fácilmente asequible.

El gran poeta apátrida nos enseña, en cada uno de sus textos, que el futuro de la lengua no se escribe en libros ni academias, sino que se limpia de formalismos en la desaseada plaza de una ciudad sureña, se fija en las callejas ajadas de siglos de una movediza medina y adquiere esplendor en la garganta raída de tiempo de borrachines, paseantes y buscavidas que pervierten ortografías con la lucidez exacta de su gramática de hambre y risa. Algún día comprenderán los ciudadanos (ni pizca de fe en las autoridades) dónde habita la esencial semilla del habla y la literatura (tan despreciada hoy, tan de saldo), que vienen al fin a ser lo mismo. Y él continuará aquí, a la sombra de una temperatura mortal, en Marraquech, en la Plaza de Xemáa-El-Fna, moldeando la gloriosa gangrena de la palabra y coloreando las esquinas verbales que los tiempos anhelan dejar fuera de foco, recordándonos que a la Literatura, como a Marraquech, siempre se acaba llegando.


Texto publicado originalmente en Red Marruecos 

Sunday, May 31, 2020

Agua y jabón


PABLO MENDIETA PAZ

El doctor Tedros Adhanom Ghebreyesus, director General de la OMS, señala que ya identificado el nuevo virus como parte de la extensa familia de los coronavirus, y que su naturaleza responde a las características de un  síndrome respiratorio agudo severo -SARS, por sus siglas en inglés-, ha sido preciso denominarlo con prontitud a fin de distinguirlo claramente de otros. En este sentido, se llegó a la conclusión de que llevaría las sílabas “co”, de corona (por las extensiones que lleva encima de su núcleo que se asemejan a la corona solar); “vi”, de virus, y la letra “d”, de “disease” (enfermedad, en inglés), enlazadas al número 19, toda vez que él fue informado del brote en fecha 31 de diciembre de 2019.

Ya investigado y conocido en principio el Covid-19, el Dr. Ghebreyesus y otros científicos, virólogos y epidemiólogos, pronto advirtieron que el brote manifestaba una cualidad expansiva incontrolable, en atención a lo cual representaba una amenaza en extremo grave para la humanidad.

Con los primeros estudios científicos en mano era necesario, por tanto, poner en práctica, y de prisa, las medidas más efectivas para prevenir el contagio (todas aquellas que ya conocemos). Pero me llamó la atención una: lavarse con frecuencia las manos con agua y jabón y usar un desinfectante a base de alcohol.

¿Lavarse las manos con agua y con jabón? Recordé, sobre esto último, haber leído en internet hacía no mucho que el afamado escritor y médico francés Louis-Ferdinand Céline (1894-1961), había elaborado su tesis para graduarse como médico inspirado en un simple pero gran descubrimiento científico, cuyo alcance se explica a continuación.

Nacido en 1818, Ignaz Semmelweis fue un médico húngaro que ejerció la obstetricia en el Hospital general de Viena. Profesional aventajado, y con solo 28 años, a Semmelweis le llamó la atención comprobar la mortalidad récord de mujeres jóvenes que habían dado a luz en el pabellón donde se capacitaba a los estudiantes: más del 10%, con picos cercanos al 40%; mientras que en el pabellón gemelo donde se capacitaba a las parteras, esta tasa no superaba el 3%, una cifra normal en ese momento.

Un año después, en 1847, un colega suyo murió de septicemia. Enterado de que los cadáveres ocultan “partículas” o gérmenes invisibles pero potencialmente letales (una teoría propia que jamás pudo comprobar –o que no quisieron entender-, y que, como se verá, lo sentenció para siempre), el doctor Semmelweis reparó en aquella ocasión que los estudiantes de medicina pasaron directamente de la autopsia practicada al colega a un parto sin lavarse las manos y sin desinfectarlas.

El escritor Céline narra en su tesis de medicina cómo el médico húngaro, a partir de ese momento, se convirtió en el histórico y gran promotor del lavado de manos con agua y jabón, y de la desinfección total de ellas con una solución fuerte y abrasiva para la piel: el cloruro de calcio. Como resultado de esta sencilla combinación, pero colosal hallazgo, la tasa de mortalidad cayó al 1,3%, incluso llegando a cero en ciertos días. ¡Eureka!

Pero poco duró la alegría del médico. El doctor Semmelweis fue censurado acremente por sus colegas, sobre todo por los de mayor renombre. Consideraban que las cerriles investigaciones del advenedizo profesional húngaro no eran más que supercherías que violaban la ética científica, pues juzgaban inadmisible el hecho de que fueran los propios médicos los transmisores de los gérmenes. En 1849, su  contrato no fue renovado.

Incomprendido y con lobreguez del ánimo, el doctor Semmelweis regresó a su Budapest natal y ejerció como profesor de obstetricia, sin que tampoco allí sus teorías sobre los gérmenes y la fiebre puerperal (“esta podía ser menguada drásticamente usando desinfección de las manos en las clínicas obstétricas”) fueran acogidas favorablemente.

El daño estaba hecho. Abandonado a una vida errática, y con serios problemas nerviosos y de depresión que condicionaron su comportamiento, el creador de los procedimientos antisépticos desarrolló severos trastornos mentales que motivaron su internación en un manicomio, lugar donde murió en olvido y soledad en 1865, a los 47 años.

No fue sino hasta fines del siglo XIX que Louis Pasteur y Robert Koch (descubridor del bacilo de la tuberculosis) resarcieron al médico húngaro al validar su teoría acerca de los gérmenes y consagrarlo, como así mismo lo hizo en su tesis Louis-Ferdinand Céline, como un genio.

En el año 2015, la Unesco conmemoró los 150 años de la muerte de Ignaz Semmelweis, “el doctor húngaro conceptuado en la actualidad como el padre de la asepsia y de la epidemiología hospitalaria moderna, quien descubrió el enorme valor de tan básica medida higiénica y que pagó el hallazgo con su vida: el lavado de manos con agua y jabón”; hoy, quizá, el arma de desinfección más poderosa en la guerra contra el invisible Covid-19.

Pablo Mendieta Paz es ciudadano boliviano.

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De PÁGINA SIETE, 31/05/2020

Imagen: Ignaz Semmelweis en un sello postal de Austria 

Chajchu, chola y chicha


MAURIZIO BAGATIN

Mi primer cumpleaños en Cochabamba. Ir temprano al mercado de la 25 de Mayo, acompañado por mi cuñada Olga, mientras la casera, la Rosa, la que siempre tenía el mejor chuño, el ají de primera, los huevos criollos y el quesillo fresco, todo lo de mejor calidad, estaba ahí desde las cinco de la mañana, empujada al dilúculo veraniego por el canto del gallo khara kunka, y la costumbre de las caseras.

Todos los vegetales los compramos de la Norma, la verdulera del pasillo central, la primera entrando al mercado de la San Martin, cebolla de Parotani, el tomate de Saipina, las papas de Morochata y el locoto de Corani Pampa. Las zanahorias para el caldo de nuestra huerta no más… y la carne, hay quien indica que debe ser peceto o lomo, otros, más ligados a las tradiciones, el kawi, nosotros lo compramos en lo de la Flora, la carnicera que no oculta cuánta verdad hay en el dicho popular que uno se parece al oficio que ejerce. Mi suegra, que sigue siendo la cocinera oficial de nuestra familia, le añade nietzscheanamente su interpretación, y al chajchu supo darle un toque de exuberante imaginación al añadirle garbanzo -adonde algunas recetas llevan habas y otras judías- y aumentándole el caldo. Plato rabelesiano ante litteram pues… plato barroco, como una obra de arte, símbolo y belleza, plato que anticipa el tiempo, toda una premisa para la nouvelle cuisine, que luego vendrá.

En la casa de Cala Cala, la cocina era el lugar de los chismes -¿adónde no lo es?, y en Cochabamba, más aún- donde todo el realismo mágico, o sea, la afanada exageración de nuestra Sudamérica, encuentra su semilla nativa, luego, el polen es la confesión de la cocinera, la palabra de la matriarca y la voz de la chola más conocida. Ahí es donde todas recetas, la que seduce el paladar y la que dirige la familia, van elaborándose así de simples, entre saberes y sabores, en este étimo común que combina historias y voluptuosidades.

Con el quechua, inicia el gran idilio al escuchar de las miski simi por primera vez, palabras como quilquiña, llajwa, chuño, kawi, cuanta dulzura y exotismo… ¿y qué rico es el chajchu, y quién era la chola, y cuánta chicha se tomarán?

La llajwa hecha en el batán, una a la derecha y otra a la izquierda, la piedra homogeneiza los frutos de la tierra, extrae del locoto la capsicina, el placer y el dolor, el licopeno del tomate, defensa y color, el infinito amargo de la quilquiña. Una síntesis boliviana.

A las dos de la tarde llamó mi mamá, tanti auguri, y así preguntarme qué había comido en mi cumpleaños, y yo, muy en sintonía con la bravura de la chicha q’ayma de Tarata -como la que destetó a Melgarejo-, le dije que pasé mi primer cumpleaños en Bolivia con Chajchu, chola y chicha… estos tres mágicos ingredientes de la pantagruélica, encantadora y embriagadora Cochabamba.

Hoy, la receta sigue la misma, las caseritas también, el chajchu sigue siendo el plato para mi cumpleaños -dirán ¿y la chola?- no era una chola, fue la chicha la que…

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De INMEDIACIONES, 31/05/2020

Imagen: Giuseppe Arcimboldo, El camarero (1574)


Sunday, May 10, 2020

Reseña: Cavilando a gusto, un Homenaje a Cayo Salamanca y al grupo Khanata


GABRIEL SALINAS

El uso del término “telúrico”, es parte de un repertorio de adjetivos cliché, empleados para describir la música andina, y no caeremos en semejante vulgaridad al referirnos a la histórica obra Fiesta de los quechuas, del grupo Khanata, cuya propuesta musical dista de ser simple y “profundamente” telúrica, siendo, por mucho, más identificable con la vitalidad desbordante de las culturas andinas que florecen desde lo profundo extendiéndose hasta los valles bolivianos y sus urbes, como un aliento vaporoso, proferido desde las heladas alturas de los principales Apu Mallkus de la cordillera, en una estela abierta a la inmensidad que se suspende a través del pie de monte, a las llanuras que emergen en el paisaje, en la forma de parcelas generosas, gustosas y coloridas, escenarios bucólicos, habitados por las comunidades indígenas y campesinas del país, donde sus vidas cultivaban un mundo idílico entre rigores materiales y políticos ingratos.

O por lo menos, así nos los figurábamos en esas décadas ya casi lejanas del 70 y 80 del siglo pasado,  a veces tan mentadamente posmodernas, en la ingenua mirada de la incipiente toma de conciencia masificada de la contemporaneidad globalizada, que ahora se afianza en este descomunal presente incierto, como siempre lo fue el presente, siempre presente, incluso en ese 1982, en que salió Fiesta de los quechuas; y, cuando ese tipo de objetos traídos por la modernidad, los discos de vinilo, amenazaban con superpoblar el planeta con cosas de plástico, que luego serían tecnológicamente relegadas a raros coleccionistas nostálgicos, como yo mismo, y usadas por nostálgicos coleccionistas raros, que adoran lo relegado tecnológicamente en su delirio por las sutilezas; añorando por ejemplo, un walkman, como yo mismo lo hago.

Pero cavilando sin control, no podremos apreciar que las piezas musicales propuestas en este álbum, remitiéndonos a un “pretendido” sentido estricto y formal, versan entre zampoñadas, tonadas, huayños, y cuecas, junto a lo desconocido, pero familiar, lo no etiquetado con un denominativo propio de una forma musical socializada en el lenguaje común, sino con una indicación de procedencia espacial, como si se tratara de una hipálage estética; y esta es la verdadera veta de exquisita belleza sensible que atesora este trabajo artístico sin parangón, en cuyas recopilaciones de músicas provenientes de las comunidades, los artistas responsables, rotularon a mano alzada el significante “fiesta”, en la parte consignada al enlistado de las canciones inscritas en la caja del disco; “fiesta”, palabra milimétricamente dispuesta en el sentido de la “vitalidad desbordante” referida, que va de adentro hacia afuera, dejando de ser telúrica, para caracterizar este valioso  artefacto cultural, de nuestras disquisiciones; que perfectamente se resolverían si apeláramos con soltura al concepto abarcador de mesomúsica, propuesto por Carlos Vega, en esas mismas décadas de “modernoso” bullir, entre remesones paradigmáticos.., ya que la obra musical sobre la que estamos discurriendo, refleja precisamente ese flujo y reflujo social entre los espacios rurales y urbanos, como aquel producto cultural que señalaba Vega.

Pero las generalizaciones sólo empobrecerían el auténtico esplendor de estas formas musicales que aún conservan el pulso de las culturas rurales de la Bolivia profunda, esa, dramáticamente insurgida en estado plurinacional, que ahora enfrenta aparentemente desvalida, la histórica pandemia del covid 19, llena de remordimientos.

Entonces la imaginaria forma “fiesta” es nuestra puerta, de principio abstracta, para empezar a concebir lo que la etnomusicóloga polaca Anna Gruszczyńska-Ziółkowska llamó el tono o taqui,  al referirse a las músicas particulares e indeterminadas, que procedían de las vivas raíces nativas, orgánico-sociales, propias de nuestro espacio geográfico; y que se corresponden a lo que Cayo Salamanca, director y fundador de Khanata, cuyo puño y letra redactaron, en otra parte de la caja del vinilo, que su contenido guarda la música reconocida por sus propios intérpretes como “Cultura popular khanata”, a razón de descargo  indeleble y etnográfico, de principio concreto. Entonces por fin “fiesta”, en lo que a nosotros nos concierne, y a efectos de un “esencialismo estratégico”, es la forma del sonido que emana de este álbum musical, Fiesta de los quechuas, así sencillo, como su nombre lo indica; a pesar del complejo recorrido que supuso verificar su autenticidad, condición fundamental para erigirse como obra de arte plena, que atañe a la memoria universal del hombre, con las sensaciones únicas que le son propias; esos juegos melódicos de vientos vibrantes que fluyen de los aerófonos andinos, entremezclados con pericia, y dispuestos en un orden sucesivo y programático de corte dramático, para marcar un énfasis en las unidades musicales sintácticas fundamentales, formulando una sensación sonora que se observa a una toma de distancia, como una unidad sintáctica mayor, abarcadora y compleja, cuyas figuras caprichosas sólo responden a los apetitos estéticos más exquisitos de sus creadores; figuras acaso similares a las de las piezas para cuerdas de registros agudos que caracterizan la parte final de la forma “fiesta”, con la introducción de cantos, silbidos y zapateos, cerrando la suite de este modo, si pensamos en las estructuras musicales de la tradición occidental.

Pero, a efectos de decantar nuestro discurso, las piezas del álbum con formas musicales reconocibles en el acervo cultural de la región, pueden inferirse opuestas a lo que encontramos como desconocido, es decir a la “fiesta” que caracterizamos en su inefabilidad; pero esto es un error de apreciación, debemos repensar mejor esta disyunción si hay que ser serios, y reconocer que las formas son sólo esquemas mentales, que en la práctica gozan de gran fluidez y dinamismo, es así, que me animo a plantear, que las otras canciones formalmente tentativas, lo son en la medida de la afectación, que supone su proximidad real con la “fiesta”, como es constatable en la escucha atenta del disco, con sus diminutos crujidos acanalados que repercuten en la lectura del oscuro y reluciente vinilo, recorrido pacientemente por la aguja del equipo.

Y si bien este registro musical es único por muchas razones, no lo es, desde un perfil más desencantado de la historia musical boliviana, que lo podría omitir, pero en ese caso lanzo la pregunta: ¿es posible dejar ese vacío?