Thursday, December 14, 2017

Comandante Osama

CHRISTIAN JIMÉNEZ KANAHUATY

El Comandante Osama nació en 1956,  y por un tiempo vivió en Oruro. Pasó sus primeros años, aquellos que lo marcaron para siempre, entre las minas y la recolección de botellas de vidrio que luego serían vendidas a cambio de unas monedas. Los carritos de metal eran sus juguetes. La hoguera encendida en las noches y el kerosene que siempre faltaba en casa. Un padre que luego se supo que tenía otra familia en Cochabamba. El Comandante Osama dice que conoció a esa otra familia cuando él tenía diez años. Se fue a buscar al padre como un Juan Preciado que se desplaza de un campamento lleno de hombres a punto de morir por la enfermedad y la pobreza y se adentra en un valle lleno de futuro. Cochabamba luego de la revolución nacional de abril de 1952 era un lugar próspero, ligado al poder político nacional y lleno de actividad intelectual al interior de la universidad pública y en los bares y restaurantes cercanos se hablaba con igual pasión del fútbol y de la política.

En los albores de la década del sesenta el Comandante Osama no la tuvo fácil. Estudió en un colegio fiscal que se niega a dar el nombre, trabajó como cargador en el mercado. Luego trabajó como electricista y al final, consiguió trabajar como operario de maquinarias en la fábrica de calzados Manaco. Su padre había muerto a finales de los noventa. La familia que tuvo jamás aceptó la presencia del Comandante Osama, lo creían un fracasado. En comparación de sus hermanos que habían logrado ser bachilleres e ingresar a la carrera de Derecho, el Comandante Osama era la demostración de que el pasado siempre te persigue. Así que ya para aquellos años en los que la década de los noventa hizo que la ciudad de Cochabamba cambiara y dejara poco a poco su pasado de ciudad jardín para convertirse en una ciudad con pretensiones de modernidad, llena de cemento y grandes construcciones, el Comandante Osama dejó de visitarlos y empezó su consumo de marihuana y alcohol.

Intentó convivir con una compañera del trabajo, pero luego de breves meses, ella lo dejó. No pudo soportar que él no deseara nada de la vida. Para entonces algo había cambiado en el Comandante Osama. “Yo no leía. No veía mucha televisión. Aunque me gustaban las películas de acción, pero nada más. Así que mi vida era una pérdida de tiempo”. Pero algo pasó. Algo cambió y él tuvo su oportunidad de ver más allá: “Lo que pasa es que en las noticias ya habían cosas que estaban cambiando. Los campesinos salían a las calles. Mis hermanos mineros también estaban en la calle. Yo reconocía a algunos dirigentes que ya eran viejos y a sus hijos que habían crecido y me veía a mí y yo pensaba que yo no había tenido tanta suerte”. El Comandante Osama habla de la suerte como algo negativo porque piensa que de haber seguido en el campamento minero tarde o temprano hubiera ingresado al socavón y su vida hubiera seguido la línea fijada por la historia; habría conocido el sindicalismo trotskista, hubiera sido dirigente, hubiera, quizás logrado construir una familia. Pero no. Él tuvo que ir en busca del padre y se miró a sí mismo en una ciudad que no lo incluía y a la que él mismo no sentía como propia. Así que decidió emprender el regreso. Pero cuando estuvo a punto de irse descubrió que los años no habían esperado por él. Era el principio del nuevo siglo y nuevas revueltas sucedían. El dos mil había empezado con bloqueos de caminos en La Paz y un levantamiento cocalero. Pero esos momentos sólo revelaron el umbral por el que el Comandante Osama transitaría años después; al año siguiente el comandante Osama organizó la resistencia primero en la Avenida Blanco Galindo y luego, en la Avenida Aroma,  en plena guerra del Agua. Aunque Oscar Olivera no lo recuerda, el Comandante Osama dice que Olivera hizo bien al gestionar la creación de la Coordinadora del Agua. Y aun ríe cuando recuerda que en los días conflictivos de ese abril de 2001, vecinos y estudiantes universitarios que deseaban sumarse a la lucha contra el ejército pedían hablar con la señora Coordinadora. “Ellos creían que la Coordinadora era una mujer”, “Era complicado decirles en mis palabras que la Coordinadora éramos todos. Que no se trataba de sólo enfrentarnos con el gobierno, se intentaba frenar el alza del precio al agua, la privatización del recurso hídrico, como se dice, y luego para evitar que la empresa privada se apropie de lo nuestro”.

Osama no ha perdido la claridad de la demanda. No ha dejado que los años y sus miedos venzan a la esperanza de aquellos años, porque mientras más habla de esos momentos en que abril era el tiempo de la revolución, se nota en su voz que para él fue como volver a la vida. El Comandante Osama luego de la victoria de abril sobre la empresa internacional regresó a la fábrica, pero encontró represalias. Le bajaron el sueldo, le quitaron el seguro médico. Tuvo que renunciar. Hubiera podido seguir así un tiempo porque después de todo no dependía nadie de él. Pero pensó que lo mejor era renunciar y así lo hizo; pagó el alquiler de ese mes y se fue de la ciudad. Agosto de dos mil uno lo encontró viviendo en la ciudad de El Alto. Primero vivió en Villa Horizonte I, un barrio minero. Allí trabajó como electricista y después como taxista. Estuvo afiliado a la organización vecinal y recibió capacitaciones: Le enseñaron cómo hacer lectura de coyuntura política, le dieron clases de historia boliviana; le enseñaron los funcionamientos del capitalismo. Junto a muchos otros jóvenes y personas adultas él asistía a esas reuniones con la sed de los años lejos de todo conocimiento. Eran los momentos en que los primeros resultados del levantamiento zapatista recorrían América Latina y podía uno sentir esperanza, eran también los momentos posteriores a las revueltas de Argentina, era el tiempo previo a la guerra del gas.

En Bolivia nadie sabía lo que sucedería aquel octubre de dos mil tres. Lo que se sabía era que el neoliberalismo entraba en su faceta más crítica y que Bolivia no quedaría al margen. Fue imposible predecir cómo se resolvería la historia. Mientras tanto el Comandante Osama ya no se encuentra viviendo en Nuevos Horizontes I. Ahora vivía en la zona de Los Andes muy cerca de la Universidad Pública de El Alto (UPEA). A veces vendía libros usados con algunos amigos. En ocasiones vendía marihuana. Algunos meses volvía al taxi, pero ya no estaba solo.  Había encontrado una nueva pareja. Una mujer de su edad que vendía comida en la Feria 16 de Julio. Un poco antes de que decidieran vivir juntos llegó octubre. La Guerra del Gas lo encontró revisando periódicos para entender por qué pasaba eso. La venta de gas a Estados Unidos por medio de puertos chilenos había detonado una serie de reclamos de varias organizaciones y sindicatos. Uno de los motivos era que el precio de la venta del gas sólo beneficiaba a los compradores, otro de los factores tuvo que ver con la detención de un alcalde de una provincia aymara de La Paz; este alcalde había dado la orden de practicar justicia comunitaria contra un ladrón. La justicia ordinaria al enterarse de este hecho, ordenó la captura del alcalde, en su tercer día de retención, las juntas vecinales se levantaron pidiendo su libertad y el reconocimiento de la justicia comunitaria como parte del orden jurídico estatal. Un tercer factor fue el incumplimiento al pliego de peticiones de los campesinos. El gobierno había firmado algunos acuerdos tras el último conflicto y al no cumplirlos, la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (CSUTCB) organizó marchas y paralizó las vías que conectan Oruro con La Paz. En ese contexto el gobierno del entonces presidente Gonzalo Sánchez de Lozada despliega un operativo militar para detener a los insurgentes. En el enfrentamiento mueren dos campesinos. Esto desata la velocidad del enfrentamiento. Y empiezan a ocurrir enfrentamientos militares contra campesinos y vecinos de El Alto. La ciudad de El Alto se encontró sitiada desde el nueve de octubre hasta el amanecer del 18 de octubre. Los militares entendían que uno de los focos de resistencia era esa ciudad, porque era la primera que se había levantado contra el gobierno, la primera que había dado su negativa a la venta del gas, la primera que estaba organizándose con la herencia de la lógica minera para resistir al gobierno que ya había ordenado que se corten el suministro de agua, electricidad y gas en esa ciudad. Así que el Comandante Osama organizó a los suyos: amigos y vecinos. Les indicó que debían poner vigilancia en cada esquina. Por las noches montaron vigilia por turnos. Pero también ollas comunes. La comida se prepararía y repartiría colectivamente; el Comandante Osama también propuso que debían hacer caer las pasarelas de la Avenida Juan Pablo II y de la Avenida 6 de marzo para que los militares con sus camiones y tanques no entraran en El Alto. Así se hizo. Esa fuerza descomunal quedó registrada en algunas fotografías y en algunos videos. Un grupo de no más de quince personas haciendo caer estructuras de concreto. El Comandante Osama propuso que un grupo de vecinos fuera hasta Senkata (la planta de distribución de gas) para apropiarse de ella y hacerse cargo de la distribución. Y aunque la medida parecía oportuna, no se la tomó en cuenta. No se pudo entrar en Senkata. Pero la movilización continuó y el Comandante Osama perdió a Alex (el amigo con el que pasó largas horas en esas capacitaciones había sido alcanzado en la cabeza por una bala militar). El Comandante Osama tuvo miedo de que le pasara lo mismo a él o a su pareja y decidió actuar de otro modo. Por las noches hizo su labor de inteligencia y su labor de resistencia. Y aunque murieron más de sesenta personas a lo largo de todo ese enfrentamiento y se registraron más de 500 heridos y un número indeterminado de desaparecidos, el Comandante Osama no perdió a alguien cercano otra vez. Cuando el conflicto terminó con la renuncia de Sánchez de Lozada y la convocatoria a una Asamblea Constituyente, la convocatoria a un referéndum vinculante sobre la política energética y la derogación de la Ley del Gas, el Comandante Osama sufrió otra pérdida. La pareja que tenía le dijo que ya no podía más. Quería irse de la ciudad. Ella había perdido a más amigos y familiares que él y no podía seguir viviendo en esa ciudad; pero el Comandante Osama no deseaba dejar El Alto, así que terminaron. Ella ahora vive en Santa Cruz, muy cerca del Plan 3000.  

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Fotografía: EL ALTO DIGITAL, octubre 2003

El tiempo

MAURIZIO BAGATIN

“Siempre hay tiempo para tener más tiempo” - Augusto Roa Bastos - 

Los hombres libres tienen siempre tiempo a disposición… pasear, hablar y hablar paseando, medio filosófico de maduración, medio biológico de crecimiento, medio poético de vivir - inocencia perdida con la última pincelada de Basil Hallward - nuestro destino y el tiempo, sin instrucciones ni fecha de vencimiento, a veces correr hacia dónde, a veces retroceder con la memoria; tiempos históricos y tiempos biológicos: el dátil que no dio fruto a su plantador, la mariposa que no verá el mañana. El tiempo es la historia que se fija en las huellas del carbono. Física y necesidad y voluntades en Benjamín Button, en La máquina del tiempo, en aquel viaje de Fogg y Passepartout… todo es tiempo relativo: ¡no es lo mismo pasar un minuto sentado sobre un calefón encendido que sentado en las piernas de una veinteañera!                                                                                                                                                                 
Mi abuela decía que hay más tiempo que vida…y yo me preocupaba en crecer a tiempo, en llegar a tiempo, en vivir sin destiempo…                                                                                                                      
A un niño le falta siempre tiempo para jugar, un adolescente no tiene nunca tiempo para ayudar, el joven lo ocupa durmiendo - ¡la vida dura dos días y uno lo pasamos durmiendo! - los mayores quieren más tiempo para trabajar, los viejos desean aún tiempo para poder vivir.                             

Tiempo, reloj de arena, días y noches infinitesimales, eternidad… ayer vivido… hoy viviendo… mañana por vivir. El tiempo, mito de los mitos, contenedor que en su vida acoge y nutre el devenir, se multiplica en la ilusión de las formas… divino para los egipcios, provincial en Heidegger, modernité gracias a Baudelaire… coagulado en lo posmoderno, antropoceno gracias a nuestra huella contemporánea. Tiempo antiguo, tiempo moderno… efímero y traicionero, bellaco y oportuno. Tardinero, coitoso. Puntual.                                                                                                                                                               
Tiempo, tiempo cuántico y tiempo logarítmico…la imperceptible venustidad del aleteo del colibrí, de la gota que consume la roca… no es el tiempo en faltarnos, somos nosotros que faltamos al tiempo, incapaces de saciarlo y de llenar los espacios interminables. Incapaces de percibirlo y de hacernos percibir, o captar su metáfora espléndida: extensio animae.                                                          

¿Qué es el tiempo? Nada. No puedes verlo, no puedes tocarlo, y sin embargo es tan grande que ni siquiera puedes destruirlo.
Noviembre 2017           




ANNALS OF GASTRONOMY/Let Me Count the Ways of Making Borscht

OLIA HERCULES

During my childhood in Ukraine, my family had only one way of making borscht. Place oxtail in a heavy pot with cold water and aromatics. Simmer for hours until the meat is tender and the stock rich and viscous. Add the skimmed fat to a frying pan to soften the smazhennia, a Ukrainian sofrito of diced onions and finely julienned carrots, until the natural sugars are drawn out. Then comes the acidity: juicy tomatoes in the summer; fizzy, funky fermented tomato purée in the winter; and, always, some julienned beetroot—not too much, and only the light-colored borshevoy buriak, which grow in the sandy soils of southern Ukraine. (“How can one use this ghastly red beetroot—it dies the potatoes red, everything red!” my late grandmother Lusia would say with deadly seriousness.) Boil large chunks of potato and red kidney beans in the broth until soft, but cook shredded cabbage only briskly, to retain a slight crunch. Season with dense homemade sour cream, salt-cured pork pounded with garlic and salt, or, if you’re old-school, umami-rich powders made from pulverized sun-dried tomatoes and gobies, a bull-faced fish found in the Sea of Azov. The soup must be thick, so the spoon stands up straight. Garnish with handfuls of dill, fermented in winter. Rye sourdough or garlic pampushky bread, and often whole spring onions and hot red chilies in the summer, are to be bitten into between each spoonful.

It wasn’t until I reached adulthood that I realized that borscht could be made another way. I was just out of graduate school and working as an assistant Russian literary translator. My main work was on classics—Pushkin’s “The Captain’s Daughter,” Platonov’s “The Foundation Pit”—but my mentor also translated smaller articles on the side, and when he didn’t have enough time to take on new assignments he would send them my way. One day, an unusual one arrived in my in-box: a study, conducted by a Russian academic, on the history of borscht. I don’t remember all the details of the article, and my translation has been lost to time, but one description stayed with me: borscht in the early nineteenth century, made for the Russian tsar, consisted of three stocks blended together—one of veal, another of morel mushrooms, and a third of goose and dried prune, with sour cherries used for acidity instead of tomatoes, which were not yet common in Russian cooking. This sounded like the most luxurious foundation of a borscht I could imagine—both worlds apart from my family’s version and somehow similar, a balance of meaty and sour and sweet.

In the years since, I’ve become a chef and cookbook author, and in researching varieties of borscht I’ve discovered an astounding range of preparations. The soup is eaten everywhere in Eastern Europe, from the formerly Prussian Kaliningrad, where Russia now meets Poland, all the way through the Caucasus, and extends into Iran and Central Asia, finishing somewhere out by the eastern island of Sakhalin, near Japan, or the Kamchatka Peninsula, near Alaska.

In Poland, for instance, they cook a soup in the Ukrainian style, but also make a thinner Russian one and a gorgeous Christmas version, an elegant and clear bright-red consommé with delicate dumplings called uzska (ears), filled with porcini or wild mushrooms and sauerkraut. For sourness, apples are often added to the stock, just as unripe Mirabelle plums and apricots are used in some parts of Ukraine and Romania. In deep winter in Poland, Ukraine, and the Baltics, zakwas, a fermented liquid made with beets and other aromatics, is the foundation of choice. In Moldova, where maize is king, a fermented starter is sometimes made with polenta and bran water infused with sour cherry leaves or even young cherry branches, to cut through a fatty pork stock. Georgians and Azerbaijanis, as always, put their own delicious spin on things, adding either fresh, chopped red chili or hot chili flakes and lots of chopped fresh cilantro and dill.

Beef, well-marbled and on the bone, is one of the most cited sources for stock-making, but pork stocks seem to have the most variations, with versions made of anything from simple fresh cuts to smoked ribs, ham hocks, and sausages in Hungary and Poland to crunchy pork ears in Ukraine. Lacking pork or beef, you can always use a wiry rooster; its tough meat might stick between your teeth, but its bones will help to create the most flavorsome of broths. The only thing I haven’t encountered to date is a seafood-based borscht. Maybe one exists in Kamchatka, home to the world’s largest crabs and other oceanic delicacies? If you have a recipe, please, do speak up.

More surprising than the many carnivorous varieties is the overwhelming number of vegetarian recipes, born of scarce times when people had to make do without meat. Root vegetables like celeriac, parsnip, and turnips were often used to give flavor and body, and dry mushrooms were popular in forest-dense areas. In spring, across Eastern Europe, those heavy tubers would be swapped for young beet tops, sorrel, wild garlic, nettles, soft herbs, spring onions, or garden peas, all of which would contribute to a widespread creation of a completely different, gentler soup called green borscht. It is fresh and zingy, enriched with a garnish of chopped hard-boiled eggs. Ice-cold bright-red beetroot consommé, originating in Lithuania, but also popular today in Poland, is garnished with chopped radishes and cucumbers to add the crunch and kefir or buttermilk for that desired sour note. For sweetness, among those who managed to escape the U.S.S.R., even ketchup has been adopted with glee.

Variations are dictated by the land, weather, and local traditions, but also by circumstance: people from different cultures intermarry; families are both willingly and forcibly moved. In my sixteen years in the U.K., I have often heard stories that begin with “I’m Czech, but my Crimean Jewish grandmother . . . ”; “Our borscht in Mennonite Manitoba by way of western Ukraine is . . . ”; “My Iranian dad loved this version of my Russian mother’s borscht . . . ” In recent years, my own father started grating ginger into his borscht, convinced that my five-year-old son, who is half Thai, might prefer it with an Asian twist. It turned out that dad’s gingery addition did not spoil the soup. It just added a subtle hint of warmth, so appealing that I, too, now add some to my pot. I still, however, always seek out the paler “candy” beets, fearful of what babushka Lusia would say if she ever saw that my borscht potatoes were dyed that screaming purple-red.

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Babushka Lusia’s Ukrainian Winter Borscht
Serves four.
4-5 lbs. oxtail
2 onions
3 large carrots
1/2 celeriac or 2 stalks of celery
4 allspice berries, roughly crushed
10 peppercorns
2 bay leaves
2 beetroots, peeled (preferably the pale variety, but the red kind will do)
1/2 small green cabbage, sliced
14-oz. can chopped tomatoes
14-oz. can red kidney beans
4 medium potatoes, peeled
1 clove garlic
1/2 bunch dill, chopped
Sour cream or crème fraîche to serve (optional)

  1. Fill a large pot with cold water. Halve one onion and add it to the pot. Roughly chop two carrots and the celeriac and add them, along with the allspice, peppercorns, and bay leaves. Add the oxtail and a good pinch of salt.
  2. Bring the water to the boil. Skim the froth and discard it. Turn the flame to low and simmer the stock for two to three hours, until the meat separates easily from the bone.
  3. While the stock is simmering, peel and finely dice the other onion. Roughly grate the remaining carrot. Cut the beetroot into matchsticks.
  4. Skim some of the beef fat with a ladle off the top of the stock and pour it into a large frying pan. Turn the heat to medium and wait for the fat to start sizzling. Add your onion and sauté it gently, stirring from time to time, until it softens and starts to caramelize. Then add the carrot and cook for about five minutes. Season with salt and taste—it should be well-seasoned.
  5. Add the beetroot to the pan and cook for a few minutes. Finally, add the tomatoes, cook for a couple of minutes, and taste. If it tastes too sour, add a pinch of sugar.
  6. Drain the beef stock into a large bowl. Reserve the oxtail, but discard the rest. Pour the stock back into the pot with the oxtail.
  7. Add the contents of the frying pan to the stockpot with the potatoes and cook for seven minutes over medium-high heat. Then add the cabbage and cook for another three minutes. The potatoes should be soft and the cabbage al dente. Finally, grate the garlic straight into the pot and give it a vigorous stir.
  8. Serve the borscht with plenty of chopped dill, some sour cream on the side, and some good-quality bread for dipping. The soup will taste even better the next day.
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  • Olia Hercules is the author of two cookbooks, “Mamushka” and “Kaukasis: A Culinary Journey Through Georgia, Azerbaijan & Beyond.”


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De THE NEW YORKER, 07/12/2017

Imagen: Growing up eating a Ukrainian version of borscht, rich with oxtail meat and beets, I knew nothing of the soup’s astounding variations.
Photograph by Joe Woodhouse


Tuesday, December 12, 2017

Anatomía de un batán

JOSÉ CRESPO ARTEAGA

Retorno a los primeros años. No guardo muchos recuerdos de la casa antigua del pueblo en que vivíamos. Un par de habitaciones austeras, una pequeña huerta de viejos durazneros y manzanos donde se llevaba la flor el frondoso ciruelo que año tras año se cargaba de frutos amarillos hasta reventar sus brazos. En medio del patio, al lado de un moribundo duraznero, yacía una azulosa y aparatosa roca donde mi madre solía machacar todo tipo de granos, tubérculos, ajíes y demás insumos para la cocina.

Siendo el mayor de los hijos, desde muy chico aprendí a bambolear la media luna –es justo decir que muchas veces se me cayó el pesado armatoste para un lado- y me encantaba ese ruidito de los locotos y tomates siendo aplastados, pero que a veces sufría el contraataque de un salpicón directo a la cara o a los ojos para padecer el ardor que apenas se iba con abundante agua. De ahí que tenía la precaución de usar un cuchillo para raspar e ir juntando la pasta resultante en vez de hacerlo a mano pelada como acostumbran las curtidas mujeres del campo. La llajua, esa potente salsa, con ramitas de suico, desde luego, era mi gran tarea a la hora del almuerzo.  

En todo pueblo valluno, nunca falta un batán cerca de una cocina o fogón de leña, hasta en la vivienda más humilde se puede encontrar una roca plana para tales menesteres. Como tampoco debe faltar en los poblados amazónicos, su contraparte, el tacú o mortero de madera. Las mujeres campesinas son tan diestras en su manejo que pueden pasarse horas sentadas en un banquito efectuando la molienda ancestral de granos de maíz, el ají colorado para el picante de gallina, el choclo para las humintas, el maní crudo para una rasposa pero suculenta sopa. Qué no se puede moler en un artefacto tan útil como este. Recuerdo, como si fuera ayer mismo, que tenía la costumbre de juntar las durísimas habas tostadas y, a veces porotos,  para pulverizarlos hasta donde se podía y luego al llevarme a la boca todavía podía sentir el picor de los locotos impregnado en la superficie.

Un batán que se aprecie completamente consta de tres piezas: la roca madre, la chancadora o trituradora (increíblemente he olvidado su denominación popular) y el mork’o, esa bola pétrea que debe caber en un puño para faenas más menudas y precisas: una mano hábil martaja el charque a buen ritmo antes de destinarlo a la sartén. Los chuños y las papas runas deben aplastarse uniformemente para espesar un buen caldo. Las anaranjadas papalisas han de ser machacadas para sazonar la sopa y servirse con cilantro picado que se me hace agua la boca. La llajua de maní tostado es otra cosa, como infaltable maridaje de anticuchos cuyo olor tortura desde lejos.

Mírenlo ahí,  sobriamente levantado en un rincón del patio. Un retazo de pueblo incrustado en la ciudad. Un anacronismo que resiste incólume el paso del tiempo. Para lo que haga falta. Ni un ejército de licuadoras, procesadoras de alimentos y multifuncionales robots de cocina podrán suplir sus sencillas funciones. Y, sobre todo, jamás podrán imitar el inconfundible sabor a piedra. Que es el sabor de la nostalgia o lo que se le parezca.

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De EL PERRO ROJO (blog del autor), 13/07/2016

Rise of the Roypublicans

CHARLES M. BLOW

If Alabama voters on Tuesday elect Roy Moore to the Senate, the Donald Trump-diseased party once known as the Republicans may as well call themselves Roypublicans.

There will be no way to shake the stench of this homophobic, Islamophobic, sexist, racist apologist and accused pedophile. He is them, and they are him. Any pretense of tolerance and egalitarianism, already damaged by a Republican history of words and deeds, will be completely obliterated.

There will be no way to simply say that Moore is the abominable outgrowth of Alabama voters’ anger.

Moore has been fully endorsed by the Republican “president” of the United States, the leader of his party, and is now fully supported by the Republican National Committee. Last week, R.N.C. Chairwoman Ronna McDaniel told CNN: “The president has said we want to keep this seat Republican. The R.N.C. is the political arm of the White House, and we want to support the president’s agenda.”

The pre-Trump Republican Party is dead; The zombie Trump party now lives in its stead, devoid of principle, feasting on fear and rage, foreign to moral framing.

Trump was the gateway to the Roypublicans.

When supposedly religious conservatives were able to look past Trump’s bullying, his clear lack of religious conviction, his appearance in pornos, his lying, his provocations to violence, his adultery, his three marriages and his professed — taped — propensity for sexual assault, they became blind to bawdiness. That was when the hands that toted the Bibles stopped toeing its line.

Now, unmoored from any fundamental morality, Republicans have a situation where a professed horndog is boosting an accused pied piper.

Republicans have surrendered the moral high ground they thought they held, and have dived face-first into the sewer.

The Trump agenda is the Republican agenda: hostility to women and minorities, white supremacy and white nationalism, xenophobia, protectionist trade policies, tax policies that punish the poor and working class and people living in blue states.

Trump is a white man on a white stallion fighting to preserve white culture and white power. People who support this point of view and cheer the Trump charade forgave his failings because they believed so deeply in his mission.

Even the orchestration of Trump’s weekend appearances was replete with the symbolism of racial disdain.

Does Trump not believe that observers register the compounding offense of showing up to deliver a speechat the opening of a civil rights museum — already offensive because of Trump’s history, rhetoric and policies — a day after holding a political rally for a man who holds forth the days of slavery as halcyon days?

When asked by one of the only African-Americans in attendance at a September campaign event in Florence, Ala., what Trump means when he says, “Make America Great Again,” Moore responded in part:

“I think it was great at the time when families were united, even though we had slavery, they cared for one another. People were strong in the family.”

Yes, that’s an actual quote.

United, strong families in which people cared for one another, huh?

As one Southerner to another, Roy Moore, let me tell it to you the way the old folks used to tell it to me: Let me learn you something.

Slavery was no respecter of the family. Mothers were frequently, and without warning, sold away from children and vice versa. When marriage among slaves was allowed it only existed at the so-called masters’ discretion, as partners could easily be sold away from each other.

And sexual harassment, sexual assault and even rape were routine acts of horror visited upon the bodies of enslaved women and girls, often by the so-called masters who were married.

See folks, this is how racism’s reasoning works: It requires a revisionist view of history, with stains removed and facts twisted. It strips away ancestral horror so that the legend of the lineage can be told as hagiography.

The sheer audacity of this historical lie, the depth of the deceit, is galling and yet it is clear that fabulists and folklorists have so thoroughly and consistently assaulted the actual truth, that this bastard truth has replaced it for those searching for an easy way out of racial responsibility.

If you can’t deal with it, lie about it.

Slavery was unfortunate, but tolerable. It was brutal, but people were happy. Enslavers were wrong, but their families were strong. These are all lies racists tell.

The same thing is happening with Roy Moore. These Republicans are willing to sacrifice Moore’s then-teenage accusers, because they believe in his fundamentalist zealotry.

That is a defining feature of these modern Republicans: contorted moral rationalization.

Polls in Alabama are tight, but Moore is seen to have momentum. The Republican Party is approaching a moment of reckoning, which traditional Republicans are dreading. Other Republican voters remain defiant.

If Roy Moore is elected to the United States Senate, Trump will solidify his position as the author of the rewritten conservative. He will have led to the rise of the Roypublicans.

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De THE NEW YORK TIMES, 11/12/2017

Imagen: Roy Moore at a rally in Fairhope, Ala., last week. Credit Emily Kask for The New York Times

Monday, December 11, 2017

Honestidad poética

JORGE MUZAM

La poesía no es fanfarria, ni plumas de pavo real, ni galardones, ni insoportables poetas borrachos con aires de divos. La poesía no es únicamente Neruda ni soñadores inútiles jugando a la ruleta rusa. No es creerse distinto, ni incomprendido, sino sentirse parte del todo complejo. La poesía es tan dolorosamente usual, tan dichosamente rutinaria, que no hay que escarbar demasiado, porque rebuscarla conduce a un precipicio artificioso, a un profundo pozo de insipidez.

En esencia, la poesía es honestidad, sólo honestidad.

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De CUADERNOS DE LA IRA, 12/2016

Fotografía: Joel-Peter Witkin/Head on a Stick-What is Poetry When We See So Little, 2002





Miles Davis, un ascensor hacia lo Divino

MAURIZIO BAGATIN

“La música refleja lo que sucede...expresa toda la experiencia humana en el mismo momento en que se vive”  - John Coltrane -

Desasosiego metropolitano, París envuelta en su gris otoño, hojas multicolores abandonan su hogar, metáfora de nuestras vidas, pendiente a un viento, a un soplo irrequieto o al amor o al odio. Una navaja se introduce dulcemente en el corazón, entra fría la trompeta, noir guión de todo amor imposible. Gélida improvisación. Hipnótica seducción.                                                                          

Veo a Jeanne Moreau sirviendo drinks a los músicos - intervalos bebop sin estereotipos - y el Boris Vian que rinde leyendaria aquella Diner au Motel con su narración del pedazo de piel del labio de Miles Davis que, una vez arrancado, lo introduce en su trompeta, modificando el sonido… haciendo aún más única su sublime arte, su universo musical.                                                       

Aquella noche Miles improvisó como nunca, dos horas y media de improvisada libertad mientras corrían las imágenes, breves fragmentos que se acoplan, música y escenas que quitan el respiro, dejándonos un ascensor hacia lo Divino.   
Diciembre 2017


Friday, December 8, 2017

BREVE HISTORIA DEL CIRCO de PABLO CEREZAL (por Esther Peñas y Noelia Illán)

ESTHER PEÑAS

LA VIDA POR LA VIDA

Quizás lo que más me atrapó de la novela de Pablo Cerezal es la vida que se celebra, la vida misma. No es una perogrullada, en esta nuestra sociedad de la re-presentación, vivimos (aparte de a golpes, como ya apuntó Gabriel Celaya) más pendientes de hacer la foto que de estar en la celebración, más preocupados por vendernos que de ser, más anestesiados por las redes sociales, que nos devuelven el espejismo que un exabrupto vale tanto como la acción de protesta, que mencionar un libro es como haberlo leído, y así podría seguir convocando ejemplos hasta la extenuación.

‘Breve historia del circo’ es una festeja la vida por la vida, es, en este sentido, un canto a la épica de lo inútil, entendiendo como inútil aquello que no busca un rédito crematístico de ningún orden, que es, a su vez, el único modo posible en que yo misma entiendo la vida. Ese es el sentido mismo de vivir. Tal vez si le extirpamos la búsqueda del por qué, tan occidental, nos quedaríamos con la gratuidad. Mejor, con el abismo de la gratitud. Hay dos abismos de la gratitud, ambos presentes en la novela de Pablo. El del nacimiento (nadie está allí para elegir nacer) y el de la muerte (tampoco escogemos ser llamados a ella). Entre esos dos abismos uno puede creerse el señor de esa historia (que es lo que tendemos a hacer, lo que hace el propio protagonista cuando llega a su particular Macondo, que es Cochabamba) o pensar que la historia tiene un sentido que no necesitamos ponérselo nosotros, con nuestra razón, sino que escuchándolo y dejándolo expresar, será la vida misma la que muestre sus sentidos. Cuando el protagonista de esta breve historia del circo desiste de colocar su visión del mundo aprendida y deja que la realidad que tiene ante sí se exprese es cuando se produce el prodigo, cuando surge el asombro (no la sospecha), y se rompe el mito del mundo como cosa hecha. 

Es entonces cuando surge la pobreza que no es tal, o no es sólo pobreza, hay niños con mocos, y dinero que no alcanza a fin de mes, hay espera, y contemplación (uno se templa con, adquiere la misma entonación de lo que sucede y se deja interpelar) y, sobre todo, se vuelve pasivo, que aunque suena por lo lastrado de la palabra, pasivo o pasible, que se deja afectar.

Todo esto es lo que me ha emocionado de la novela de Pablo. La vida misma. Porque nos guste o no, aquí, en este lado del mundo, como decía Martín Gaite, lo raro es vivir.    

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NOELIA ILLÁN

EL FREAK SHOW DE CEREZAL

Suena OTTO E MEZZO de Nino Rota. Comienzan a entrar los trapecistas, una señora con barba, un enano vestido a rayas y el domador de fieras. No veo al hombre de dos cabezas, pero de seguro está cerca.

Cuando  Pablo Cerezal me mandó aquel texto primigenio que daría lugar a lo que hoy tenemos entre manos no dejó de sonar en mi cabeza OTTO E MEZZO. Y sonaba porque, cuando uno piensa en el circo -o al menos yo-, piensa en Fellini, piensa en trombones y piensa en ese freak show del que cada día me siento más parte. No me interesa ya tanto el león que atraviesa aros de fuego o el payaso que hace reír al niño con su flor que escupe tinta. No es ese circo el que me vino a la cabeza cuando Pablo me mandó aquel texto virgen, un texto que dista ya mucho de esto que aquí nos encontramos y que Chamán ha editado con sumo esmero.

El circo de Pablo, su breve historia del circo, se adentra más en esa parte “rara”, en la parte más “friki” del espectáculo. La estética de ambos circos puede ser similar, pero desde el principio supe que Pablo no podía engañar y traernos un circo al uso. Cuando uno se topa con un texto de Cerezal se da cuenta a la mínima de que él mismo es uno de esos personajes del freak show. Para empezar, en esa mezcla de prosa y poesía, pero que no es ni una ni otra, porque incluso lo que parece más evidente en el caso de Pablo nunca lo es. Basta a veces con cortar las líneas con el botoncito del teclado para que lo que a priori parece un texto en prosa se convierta en un verso delicioso. Y créanme que yo no soy buena lectora de prosa (de hecho, casi que la evito, y él lo sabe). En el caso de Pablo no es así: he tenido la oportunidad de leer otros libros suyos y muchos artículos, y -como diría Daniel- qué bien escribe el cabrón.

En este circo encontramos un auténtico anecdotario: a través de pequeños pasajes, de momentos muy claves en la vida de Pablo en su estancia en Cochabamba, nos lleva a profundas reflexiones sobre la vida, sobre el porqué de nuestra existencia, sobre el amor, sobre la paternidad, o incluso sobre la conciencia humana. No es un tratado moralista donde el autor nos da una serie de lecciones sobre la vida, sobre lo mucho que se aprende estando en Bolivia, trabajando con una ONG o lejos de sus amigos. Pablo no puede conformarse con eso, y como ese freak show que pone a la vista sus más extraños personajes, las excentricidades más rotundas y sus criaturas más perversas, Cerezal nos muestra la cara B del circo. Sin pudor aparente (aunque sé que lo hay) nos habla de sus miedos, sus debilidades, sus ansiedades, sus deseos más personales, sus dudas…, mezclándolo todo con elementos más públicos y más ajenos a su vida personal. Creo que lo llaman literatura confesional; yo creo que va más allá.

Habrá ciertos elementos que vertebren este libro, como son el amor y la convivencia, la conciencia y todo lo que ello conlleva, el sentimiento de patria en su sentido más extenso pero también la necesidad de crear un hogar, una cueva donde echarse a dormir. Hay música (Lou Reed, Tom Waits), hay una gata/gato enferma/enfermo, hay pasta de dientes, hay mercados repletos de gente, y hay gente pobre y muy pobre, hay dolor y a veces no tanto…,  pero sobre todo hay Munay. Munay es el principio y el fin de este libro. Es el elemento que vertebra la historia y que da sentido a estas páginas. Es Munay primero el miedo, la duda, la incertidumbre, como lo es luego el alivio, el suero y la cordura. Justifica así la existencia de Pablo aunque ya no haya un “nosotros”, aunque ya baste sólo un llanto para que queden atrás copas, canciones en noches infinitas o la misma Cochabamba y su conciencia humana. Estamos, pues, en esta breve historia del circo ante una auténtica metamorfosis del poeta (porque, aunque él no se defina así, yo lo tengo en wasap como “Pablo poeta” desde el día que lo conocí). Vivimos un cambio de vestuario, de máscara, de atrezo, que marcará, en definitiva, el resto de los pasos que dé a partir de entonces en su espectáculo vital.

No se lo pierdan. Pasen y vean todo este repertorio de criaturas terrenales y divinas, ajenas y propias, opacas y evidentes, que Cerezal nos tiene preparadas en su circo particular. Y no olviden lavarse los dientes siempre, no sea que nuestros hijos se horroricen al vernos desdentados.

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De LA GALLA CIENCIA, 08/12/2017 

Thursday, December 7, 2017

Bolivia, aquella desconocida

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

En 1909, Miguel de Unamuno le escribía a Alcides Arguedas diciéndole que publicar en España algo relacionado con Bolivia era una extravagancia. Se trataba nada menos que de Pueblo enfermo (Barcelona, 1909). «Bolivia es un país del cual aquí apenas se sabe sino que existe y esto no todos los que pasan por ilustrados». Unamuno lo conoce a través de algunos testimonios peruanos o argentinos, y dice que lo que sabe no es halagüeño para el país, al margen de que conozca bien la figura del mariscal Santa Cruz. Le dice a Arguedas que escribirá algo sobre el libro y lo cierto es que escribió un largo artículo en La Nación, de Buenos Aires, en el que Unamuno incide en las razones étnicas y las consecuencias de un alcoholismo «nacional». Unamuno y Arguedas mantuvieron amistad hasta muy tarde.

Bolivia no creo que pasara de ser entonces más que la meca de muchos negocios mineros, grandes y pequeños, pero no conocida en su historia y cultura, indígena o mestiza por el gran público. Algo parecido pensé cuando examinaba la obra de Ciro Bayo y Segurola, un escritor noventayochista que casi en la misma fecha empezó a publicar en España sus libros bolivianos: El peregrino en Indias (en el corazón de la América del Sur (1911), La Colombiada (1912), poema escrito en la barraca San Pablo Alto, del Madre de Dios,  Chuquisaca, ó La Plata perulera; cuadros históricos, tipos y costumbres del Alto Perú (Bolivia) (1912). Me preguntaba cuál habría sido la acogida de aquel libro en un Madrid hambrón de bohemios de café, poblado por gente poco viajada y no muy instruida, según decía el suizo Schmitz a su amigo Pío Baroja, asombrado de aquellos charlatanes que no sabían idiomas, no leían y no viajaban, pero pontificaban que era un gusto. Bolivia, la gran desconocida, y más en aquella época.

Es más, Ciro Bayo viajó por Bolivia en una época en la que nadie lo hacía, entre 1893 y 1897. Bayo vivió en Sucre donde ejerció como maestro de un colegio conservador, patrocinado por Arce, tuvo una revista, El Fígaro, y actuó como redactor del Congreso en parte de la legislatura de 1895, antes de salir hacia el Beni-Madre de Dios donde duró menos de lo que dijo.

Los libros de Bayo sobre Bolivia, cuando menos los primeros no son libros de aventurero, sino de informador erudito, copiosos de datos de todas clases que sin duda sorprenderían a los lectores españoles de su época ¿Muchos… pocos? Cómo saberlo. Repitió años más tarde con otros libros bolivianos que por fuerza tenían que seguir siendo exóticos, cuando menos para el gran público lector de esa época: Las grandes cacerías americanas (del Lago Titicaca al Río Madera) (1927 y Por la América desconocida (1927).

Bayo no tuvo seguidores en sus viajes americanos. Como mucho esos libros y las andanzas en ellos relatadas contribuyeron a su retrato como aventurero y vagamundos. Leídas hoy, esas crónicas sorprenden cuando menos, a pesar de que no contara todo lo visto y vivido, tanto en los bastidores de la sociedad de Sucre, como en su estancia entre los gomeros del Madre de Dios, testigo de sus abusos y enfrentamientos notorios que salpican los periódicos de la época, de La Estrella del Oriente por ejemplo, con detalles y relatos de violencia que hoy nos parecen novelescos o reprobables (dependiendo del narrador).

Me temo que ese desconocimiento ha durado hasta hace bien poco. Bolivia, un lugar casi imaginario. Me acuerdo ahora de L’homme à cheval, del francés Drieu la Rochelle que jamás puso sus pies en el país, y de Blaise Cendrars que lo mismo. No fueron los únicos. Bolivia ha sido durante mucho tiempo un lugar imaginario y un parque temático para guerrilleros de salón –Jean-Edern Hallier, enemigo acérrimo de Regis Debray, por ejemplo, acusado de haber intentado volarle la casa y pichicatero de lujo–, misioneros de barbecho, aventureros de la pichicata, negociantes de lo humanitario hecho espectáculo o peregrinos del rojerío europeo frustrados de no ver por ningún lado  la revolución en su propia tierra, pero muy dispuestos a esa grosería que es decirle a alguien cómo tiene que vivir, encima. Se ve todavía mucho.

Por lo que a los escritores españoles se refiere, me acuerdo de Maravillosa Bolivia, crónica del inefable Ernesto Giménez Caballero, falangista, diplomático, imbatible erudito literario, que pasó por Bolivia en 1953 desde su destino del Paraguay, y escribió ese exultante libro de crónicas, propio de alguien de verdad deslumbrado, lleno de entusiasmo. Tienen gracia sus elogios al MNR porque de FSB (inspirada en la suya) solo dice que algunos amigos suyos andan poco menos que de vacaciones. Lo mismo cabe decir de Agustín de Foxá, que le dedicó unas crónicas memorables.

Manu Leguineche, el gran travel writer, que en El precio del paraíso (1995) se ocupó del anarquista español Antonio García Barrón (el último de la columna Durruti), que vivía enfrente de Rurrenabaque cuando nadie iba por allí porque el Lost in the jungle, de Ghinsberg, no se había publicado ni había atraído como moscas nubes de turistas, israelitas sobre todo.

Salto en el tiempo y me detengo en el presente con dos periodistas jóvenes, vascos ambos, Alex Ayala y Ander Izagirre, que han publicado con éxito, tanto en Bolivia como en España, y en el madrileño Pablo Cerezal, que vivió unos años en Cochabamba. El primero con Los mercaderes del Che, La vida de las cosas y Rigor mortis, una crónicas asombrosas que se apartan de lo trillado y ponen la mirada en los de todos los días, lo más invisible, y sorprenden a sus propios protagonistas, los bolivianos. Lejos de esa Bolivia violenta que, de manera injusta, solo aparece en prensa cuando en algún lugar se comete una atrocidad. Izagirre por su parte lo hace poniendo sus ojos en Potosí, en su Cerro Rico y en su termitero humano, el de las bocaminas y socavones, el de sus negruras y trastiendas, poniendo en escena personas de carne y hueso, asombrando a bolivianos y españoles, y recibiendo un buen premio del Gobierno Vasco por ello. Se lo merece por salirse de esa visión trillada del país exótico y solo eso.

Nadie puede enseñarles a los bolivianos como es su país y cómo son ellos, eso es una arrogancia propia de mentecatos, mejor hablar de un país rico, complejo, indígena, k’hara, cholo y mestizo, que de un país extravagante, poco menos que un eterno polvorín o un avispero que es mejor no patear. Es más complicado, claro, el trazo grueso es más fácil y resultón. ¿Por qué ese interés ahora por Bolivia? Cabe preguntarse. Tal vez por el gobierno de Evo Morales, por muy controvertido que sea o acaso porque el viajero descubre u  mundo de una vitalidad contagiosa, con todas sus luces y sus sombras y puede ser que la mirada ávida de los jóvenes, escritores y lectores, ya no es la nuestra, porque está menos lastrada y es más viva. Hay mucho de qué escribir en Bolivia,  de su gente, sobre todo de su gente, más que de sus paisajes, para mi gusto claro, de un país que está, para los europeos, por descubrir, casi antes que por conocer, al margen de la industria turística.

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De INMEDIACIONES, 04/12/2017

Wednesday, December 6, 2017

Stalin no era Sergio Ramos

XAVIER COLÁS

Este mes Ucrania ha abrazado las radicalidades. La antirrusa, prohibiendo el cine ruso. Y la radicalización de la supuesta corrección política: prohibiendo los símbolos del nazismo y también del comunismo. La Rada, el Parlamento, es una jaula de grillos, hay matones de ambos bandos acosando al Gobierno en las mismísimas calles de Kiev. Me dicen que huele a Maidán otra vez, pero ahora las fuerzas son dispersas. El descontento es contradictorio, pero el hastío es general. 

El consuelo que les queda a los insensatos del lugar es que en Moscú se han tirado de los pelos con su última trastada.

El gobierno ruso había copiado la costumbre estadounidense de dar una lección de democracia cada ocho horas. Cualquier rueda de prensa del ministro ruso de Asuntos Exteriores, Serguéi Lavrov, acaba con el mismo 'jingle' de antifascista del siglo XXI.

Pues zas, toma dos tazas de borsh. Llega el Parlamento de Ucrania, y adopta una ley que proscribe los símbolos nazis en el país. Pero también la hoz y el martillo. Y claro, se escuchan gritos en la élite rusa, aparentemente más contrariada cuando ven caer una estatua de Lenin que si les hubiesen destrozado el BMW. Lo que en España llamamos "postureo". 

A nadie le sorprenderá que los mismos que habían fingido arcadas por el supuesto "derrumbe de la democracia en Ucrania" ahora se den golpes en el pecho clamando contra la proscripción de unas enseñas, las soviéticas, que interrumpieron o aplastaron la democracia en Europa Central desde la Segunda Guerra Mundial.

No he podido evitar acordarme del polémico libro Koba el Temible. La risa y los Veinte Millones, que aborda la tolerancia de los intelectuales occidentales ante el estalinismo. Stalin dijo que una muerte era un hecho trágico, pero que la muerte de un millón era simple estadística. Koba el Temible es una refutación del aforismo de Stalin. Y denuncia un importante punto débil del pensamiento del siglo XX. 

Nos estremecemos ante estas palabras: Dachau, Buchenwald o Auschwitz. Sin embargo, nombres como Slovki, Vorkutá o Kolymá no nos dicen gran cosa. Seguramente porque la mayor parte de los intelectuales europeos y norteamericanos no quisieron señalar las salvajadas soviéticas. Al fin y al cabo, habíamos ganado la guerra mundial.

Pero cada vez que destapas el tarro de los productos históricos del estalinismo el hedor no se puede disimular. En Kiev han fingido ahora haber recuperado el sentido del olfato, finísimo además. "La normativa está orientada a condenar los regímenes totalitarios, prohibir la negación pública del carácter criminal de estas ideologías y proscribir el uso de sus símbolos", remarca una nota oficial sobre la ley.

El comunismo es una fuerza extraparlamentaria en Ucrania. Y los partidos de ultraderecha, diga lo que diga la propaganda rusa y sus envenenados, quedaron marginados en las últimas elecciones legislativas. Así que la medida es un puñetazo en la mesa que difícilmente traerá nada bueno. 

Todo esto nos pone delante de la vieja disyuntiva del fundamentalismo democrático: si cualquier cosa aprobada por la mayoría es democrática. La iniciativa legislativa, respaldada con 254 votos, mucho más de los 226 necesarios, establece también que el incumplimiento de la ley conlleva la ilegalización de partidos políticos y de medios de comunicación. Me suena a noche de los cristales rotos. ¿Es la democracia un valor o es sólo un sistema deliberativo que puede parir cualquier cosa?

Muchos condenarán los propósitos de Ucrania de equiparar el nazismo y el comunismo. En realidad, prohibir los símbolos es una mala idea. Porque en ocasiones nos aboca a proscribir banderas rojas que, por ejemplo en el caso español y en parte gracias el eurocomunismo del bueno de Santiago Carrillo, ya no significan lo mismo. No creo que haya que prohibir los símbolos, por repugnante que sea la parafernalia nazi. Lo que no se puede ser es blando con su cantinela totalitaria, perdonar el encogimiento de hombros ante hechos históricos probados que le señalan. Si la ultra Marine Le Pen ahora ha "matado al padre" porque quitó importancia a las cámaras de gas, podríamos nosotros tomarnos la molestia de desenmascarar a los que nos hablan de la libertad en Cuba, de la democracia soviética o del progreso en Corea del Norte. Prohibir los símbolos, además, favorece la selectiva caza de brujas y nos impide usarlos para reírnos de la torpe propaganda soviética y de cuánto se parecía de joven Stalin a Sergio Ramos. 

El auge de Podemos, un partido muy respetable en algunos aspectos, ha provocado como daño colateral esa basura argumental de 'grupie' rojo, el admirador del comunismo siempre y cuando lo sufran los demás mientras en su país se queja de que no le dejan bajarse pelis. La charanga bolivariana nos salpica en las pantallas aprovechando que estamos adormecidos por el 'tardomarianismo'. Un libro de historia es bueno para calzar el sofá si está cojo, pero además de para leerlo algún día habrá que metérselo por el culo a algún tertuliano friki que aprovecha que estamos hartos de que echen a la gente de sus casas para intentar convencernos de que la tierra no es redonda, que no te puedes duchar con la regla o que el comunismo es libertad a chorros. 

Los historiadores siempre tuvieron a mano las cifras negras de la utopía roja. Pero no supieron o no quisieron ponerle nombre como al Holocausto. Para los años más duros del comunismo algunos rusos usan una palabra: "Stalinschina". Si lo gritas en alto en un bar de Malasaña o Brooklyn lo más seguro es que te pongan un vodka. Nadie sabe lo que es. Porque a nadie le interesaba. 

¿En qué estábamos pensando? Es lo que se pregunta Martin Amis.

En 1931 había protestas públicas en Occidente contra los campos de trabajo soviéticos. También había informes convincentes sobre el violento caos de la colectivización y sobre el hambre de 1933 (...) Y los procesos de Moscú de 1936 a 1938 se celebraron delante de periodistas e informadores extranjeros y los pudo seguir todo el mundo. 'Los Veinte Millones' no tendrán nunca la dignidad fúnebre del Holocausto

Cuando el libro fue publicado en 2002, Fernando Palmero escribió en este periódico que resultaba curioso que un libro que se limita a comentar parte del material ya publicado sobre la contribución sangrienta que ha significado el comunismo en la historia de la humanidad hubiese generado tantas controversias ideológicas.

Las polémicas de salón sirven para volver la cara hacia lo que importa. Hasta la fecha a Kiev no le ha importado que algunos paramilitares subvencionados en el bando ucraniano luciesen esvásticas. Ahora los diputados ucranianos, ahogándose en su deuda y los daños colaterales de su mal llamada 'operación antiterrorista' en el este, se entregan a un juego que equivale a ilegalizar el cáncer. Sin darse cuenta de que lo que hay que hacer es paliar sus síntomas y sobre todo combatir los elementos -y elementas- que lo causan. 

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De PUTINISTÁN (blog del autor en EL MUNDO), 10/04/2015 

Tuesday, December 5, 2017

"Vivir de buena gana", de Miguel Sánchez-Ostiz

ÁLVARO VALVERDE

Ya traje aquí hace unos meses los diarios de Miguel Sánchez-Ostiz, una lectura recurrente en mi vida. Poco después de aquello salió un nuevo tomo que, deliberadamente, dejé para el verano. Para Conil, en concreto. Allí, entre levante y poniente, entre nieblas y veras, entre playa y piscina, he dado buena cuenta de Vivir de buena gana (Alberdania), un título, ya se ve, que no engaña, como MS-O. Dentro, un poco lo de siempre. La religión y la política (qué oportunas reflexiones para estos días, para estos años) que, según él, andan a la par en una derecha, la española, incapaz de llevar a cabo una ideología propia (o europea) desligada del catolicismo y de la Iglesia; la interminable Guerra Civil y sus tristes secuelas, tan de actualidad también, mal que nos pese;  ETA y lo vasco, otro problema por resolver; la ciudad natal, Pamplona, odi et amo, y, al fondo, la cita de Hemingway (que a su modo la puso en el mapamundi), aquello de que las ciudades no cambian, somos nosotros los que envejecemos. Pamplona, vale decir, o cualquier ciudad (ay, ese viejo tema), ya sea Bayona (tan amada) o Bilbao. Ya sea suya o del lector, que también cuenta, que puede poner el nombre de la suya, de cualquiera. El del viaje sigue siendo un asunto central en la vida y en obra, tanto monta, de S-O. Viajes reales que son, al mismo tiempo, merodeos alrededor del cuarto, "viajes librescos", sin salir de casa, dondequiera que ésta esté. O no. S-O se considera un hombre sin raíces y, por tanto, de ningún sitio. "El viajero -escribe- no es más que uno que está de paso y se va". Perfecto. Por eso aparecen en las páginas del diario Darwin, Cendrars, Morand y tantos otros culos de mal asiento como él. Y ya que cito a viajeros doblados de escritores, no faltan "lecturas furtivas" en Vivir de buena gana: Céline, Mac Orlan, Modiano, Baroja, etc. Viejos conocidos.Tampoco faltan artistas como Grosz, Sudek, Bacon u Oteiza (éste sí personaje habitual).

Acaso lo más interesante de la obra sea precisamente un viaje concreto: a Bolivia. Sí, se puede decir que dentro del libro hay un nuevo Cuaderno boliviano como el que publicó exento en su día. Por lo demás, quienes seguimos su blog le hemos acompañado hace poco a otro periplo por ese país que tan encandilado le tiene. A él y a quienes, de su mano (o a través de sus ojos), lo visitamos. Su belleza y su pobreza, cabe decir. Su exotismo (S-O repite que sabe bien que no pertenece a ese mundo) y su literatura, tan necesaria siempre para conocer el país "de verdad". Lo hace de la mano de dos escritores malditos. Uno, me parece, más interesante que el otro. Aquél, Jaime Sáenz. Éste, Víctor Hugo Viscarra. Con ellos, con sus libros, a través de su leyenda, viajamos al corazón de La Paz, no en vano al primero se le atribuye la invención de la novela urbana boliviana. Antros oscuros, alcohol a raudales, calles perdidas, soledad y silencio, vistieron sus vidas precarias transformadas, con el paso del tiempo, en mitos literarios para quienes saben y para los que no. De estudiosos, quiero decir, y de simples aprovechados con pose de poeta.

Me han encantado las líneas que dedica a describir sus tediosas estancias en las salas inhóspitas de los aeropuertos provinciales, las largas esperas entre vuelo y vuelo. Por su aire, nunca mejor dicho, me han recordado viejos poemas de otro diarista, José Carlos Llop.

Es curioso. He echado de menos a Miguel en este libro. Habla menos de sí mismo (y de sus, a veces, truculentas circunstancias). O tal vez lo hace de otra manera. Acaso por eso lo he encontrado más tierno y cercano. De nuevo el título y su lección primera: la buena gana. Con los amigos, por ejemplo. Con los vivos, como Juan Manuel Bonet, al que cita con frecuencia, y al que, como a todos, tantas cosas ha enseñado, y con los muertos (del 2008 y 2009, los años que comprende el diario). Así, Castilla del Pino, Ullán, Conte y Porcel, de los que traza cordiales perfiles.

Quizá esta nueva entrega de MS-O se pueda resumir con una frase: "No hay vida ni viaje que no sea al presente". Al presente perpetuo que él ha sabido crear gracias a estos descarnados y francos diarios.

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De BLOG DE ÁLVARO VALVERDE, 18/08/2011

Monday, December 4, 2017

Fuego

JORGE MUZAM

La casona se esfumó el último día de noviembre. Las llamas acariciaron los viejos encinos pero no pudieron con ellos. Escapamos con lo puesto por el túnel que permitió el fuego. Avanzamos hacia una dimensión distinta, una puerta en el tiempo sin regreso, porque a cada paso se consumía para siempre lo que quedaba en el camino.


Ardió la biblioteca. Los libros preferidos. Kenzaburo y Nabokov, los Dublineses de Joyce, el rigor narrativo de Bashevis Singer. La compañía de las mentes lúcidas. Es cierto que todo lo material puede reemplazarse, pero no el lugar, el estar, los pasillos conduciendo a un recuerdo y a una expectativa distinta, las ventanas que daban a las camelias, la danza irrepetible de luces y sombras, la confluencia volátil de los sentidos y la memoria, la lucidez y la emoción, la luz que baña los colores con matices en declinación a medida que pasan los años. 

Sunday, December 3, 2017

Impresiones

PABLO MENDIETA PAZ

Atizando toda conspiración que traman las ideas contra mi mente, hace unos días, poco antes de caer el crepúsculo a mi estudio, y mientras observaba con atención el Golconde (título en francés)conocido cuadro del pintor surrealista belga René Magritte, cuyas formas simbolizan, según se comenta en internet,  “a hombres vestidos a imagen y semejanza del artista, con el característico abrigo y bombín y colocados en diferentes posiciones sobre la vertical (unos miran a derecha, otros de frente, otros a izquierda y otros están de espaldas) y en diferentes planos, como si fueran gotas de lluvia, es decir hombres-lluvia”, se me ocurrió escuchar simultáneamente la versión para violonchelo y piano de Spiegel im Spiegel (Espejo en espejo), del compositor estonio Arvo Pärt, y el Nocturno Nº 3 en Re menor, del ruso Mili Balakirev.

Con un nudo en la garganta por el experimento auditivo que bien podía disecar todo sentido de la estética, amén de correr el riesgo de que fuera  provocador, disonante y  temerario (no obstante la relación tonal), comprobé a poco andar, y con regocijo de mi mente solitaria, que es posible concebir la especie de la música sin hacer juicio de ella, sin machacar en la búsqueda de un sentido, sin afirmar ni negar. No existía en ese segundo, ni podía existir, otra voz que preceptuara algo distinto. No, no es dogma, pensé ante una fugaz insinuación que cruzó mi mente, nada absorbida por una abominable pedantería, sino, por lo contrario, por una naturalidad que adornaba mi entorno. Fue  entonces que, consumido por ese fuego sonoro, me di una explicación.

Como si encantadores de serpientes hubieran estimulado en mí una fascinación mística por el espejo infinito y abundancia de imágenes que reflejaba el enorme cerebro minimalista de Pärt que alumbraba tríadas de notas y escalas ascendentes y descendentes, una música incomparable con ahorro de sonidos pero, en feliz paradoja, con una plétora inacabable de ellos, en ese supremo momento, aliado el compositor de tanta otra creación a la originalidad y frescura  de un imaginativo y colorista Balakirev que sobrepasaba la música artificial, maniquea y hasta fáctica que dominaba la música rusa de su época, concluí  en que, como un torbellino de emociones, uno puede asir el tiempo del tiempo con la irrefrenable ilusión de hospedarse en planetas de sentimientos y deslizarse luego, sometido a poderes mágicos, hacia planetas de emociones y abismos que ascienden.  

Cada uno, fiel a propósitos muy particulares -si Arvo Pärt inspirado en principio por la música serial, luego por el canto gregoriano y la música de los compositores medievales franceses y flamencos, y recalar finalmente no a un sitio de formas diversas, sino a la música tintineante (tintinnabular), tan expresiva ese minuto; y un Mily Balakirev notoriamente consagrado en cada nota, en cada compás, a exteriorizar la más pura música rusa, los dos obsequiaron esa tarde sensaciones armónicas y timbres melódicos exclusivos de auténticas obras maestras.

La catártica música de un Balakirev dotado de fértil imaginación y extraordinario sentido de la forma había cesado, al propio  tiempo que el  sol se hundía tras las montañas ya azules, sobre todo tras un fascinante Illimani de una perfecta blancura que sin embargo, y poco a poco, acogía en su hondo telurismo esa extraordinaria tonalidad de un azul ya majestuoso. Algo más tarde, las tres notas del acorde perfecto y las plácidas escalas dieron paso al más absoluto silencio. Las breves y mágicas variaciones de las imágenes de Pärt, y el eco del torrente musical del artista ruso, auténticos maestres del arte comprometido con la excelencia, potenciaron el juego de deslumbrante estética que aún flotaba en el aire contenido de mi estudio. El sereno e inspirado acorde final de Spiegel im Spiegel acarició la pintura de Magritte que, de brillo nacarado, había cobrado mayor fuerza expresiva.  

Saturday, December 2, 2017

Luz verde al reyezuelo

JOSÉ CRESPO ARTEAGA

Se venía venir el golpe que el Tribunal Constitucional le ha propinado a la democracia boliviana en los últimos días, al emitir la resolución que habilita a Evo Morales para candidatear indefinidamente. Los bolivianos creíamos ingenuamente que los tiempos de la dictadura eran un triste recuerdo. Más de treinta años de convivir en aparente democracia, con gobiernos que se alternaban, nos dio el falso convencimiento de que éramos una sociedad bastante madura. Si hasta los organismos internacionales nos tomaban como ejemplo de estabilidad frente a otros países del vecindario.

Hasta que llegó el régimen del MAS al poder y todos los rescoldos primitivos, los resabios despóticos,  las taras fundacionales y otros escollos atávicos que permanecían latentes afloraron con tal fuerza que en menos de diez años nos devolvieron de sopetón a épocas prácticamente feudales. Se impuso el chicote, símbolo punitivo del patrón, como método de coerción de la nueva dictadura sindical. La masa ignorante, arreada cuantas veces sea, fue elevada a una falsa categoría de bienestar y poder, para el aprovechamiento de unos cuantos que decían representarla. 

El nuevo régimen, disfrazado de retórica socialista, desmanteló paulatinamente la institucionalidad que tanto había costado construir en las últimas décadas, bajo el pretexto de que era herencia del colonialismo. Todos los organismos del Estado fueron copados por gente militante y se dijo adiós definitivo a la independencia de poderes. Desde entonces, Evo Morales gobierna a capricho, haciendo de Bolivia una auténtica autocracia, donde para disimular se convoca a elecciones y referendos. El pueblo llano es instrumentalizado a través del ritual engañoso del voto, que más tarde es corregido en mesa, a puertas cerradas con la anuencia de un Tribunal Electoral obediente. Cuando el fraude no es suficiente, se recurre al rodillo parlamentario para aprobar las disposiciones que convengan al régimen o, finalmente, se ordena al órgano judicial para completar la tarea. 

Una camada de sirvientes con toga, cometió en días pasados la peor de las aberraciones jurídicas. Pasándose por el forro el texto de la Carta Magna y riéndose en el resultado del referendo de 2016 (donde ganó el No a una nueva reelección), autorizó sin sonrojo alguno que Evo Morales reine en el país ad eternum, justificando su fallo en que se le estaba negando al caudillo uno de sus derechos políticos, al impedírsele que sea reelegido continuamente. En una suerte de lógica retorcida, hicieron una interpretación antojadiza de la Convención Americana sobre Derechos Humanos de San José, Costa Rica, cuyo espíritu establece lo contrario, para impedir que los gobernantes se eternicen en el poder. Pero no importa, le “metieron nomás”, porque así se lo ordenaron desde Palacio Quemado. 

Si este golpe a la Constitución hubiese sido ordenado por un gobierno neoliberal, todo el mundo estaría hablando de un nuevo “fumijorazo” y, seguramente, los izquierdosos del planeta se estarían desgañitando en gritos histéricos de indignación y ya se estarían preparando las condenas y sanciones internacionales de todo lado. Como era de esperar, la prensa extranjera apenas se hizo eco de la noticia poniendo titulares anodinos, como si se tratara de un simple trámite administrativo que emprendió el régimen, con todas las de la ley para mayor desfachatez. Por poco, los diarios no reflejaron que se trataba de otra anécdota más. 

Porque estamos ante un golpe de Estado en toda regla, sólo que acudir a las tropas militares para la consecución de los fines está pasado de moda y casi siempre acarrea derramamiento de sangre. Resulta más fácil y hasta “democrático” ordenar a los esbirros judiciales para que efectúen el trabajo sucio. Qué mejor que orquestar el delito por etapas, ante la contemplación benevolente, y a veces cómplice, de instancias internacionales. Hasta ahora no se han oído pronunciamientos firmes o de peso que hagan recular al régimen. Los funestos precedentes del caso venezolano (que ni con todos sus muertos que carga Nicolás Maduro, las tibias sanciones no le hacen mella), nos lleva a pensar que en el caso boliviano tampoco ocurrirá nada relevante y en poco tiempo pasará al olvido. 

Entretanto, nos tienen distraídos con sucesivas elecciones y otras grotescas pantomimas, donde elegimos todo pero no decidimos nada. Por lo menos se hubieran ahorrado esos casi 20 millones de dólares que costó el último referendo, si al final seis imbéciles útiles torcieron la voluntad de millones, en las penumbras de un tribunal. Que siga la “fiesta electoral”, entonces; que nuestro país es referencia mundial y hasta interplanetaria. Preparémonos para asistir a la coronación formal del Rey Chiquito con toda su corte de bufones, eunucos, odaliscas y chambelanes. 

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De EL PERRO ROJO (blog del autor), 01/12/2017 

De Taras a Tarentum, soledades en el sur del Mediterráneo

MAURIZIO BAGATIN

Mar grande y mar piccolo: Magna Grecia en su esplendor, los dóricos iluminados fundaron esta belleza, como si un Séneca “engañoso” hubiera aconsejado a los dioses esta polis que adentro de su fuerza ha siempre conservado su debilidad, su inmensa belleza mediterránea y sus parásitos, el ILVA (el mayor centro siderúrgico de Europa) y la Marina Militar.                         

Melancolía a mil kilómetros de mi tierra, diez y siete años (¿se puede ser serios?): higos de la India a cada estación del tren… Gioia del Colle, Castellaneta, Massafra - al megáfono del contralor salía de su voz Massaua, de Eritrea - Taranto… llegaba, casi saudade de un sur imposible, de todas las imposibilidades del sur: parménidea ciudad, voraz de todos los hombres y de todas las mujeres, sueños y promesas de marineros: allí un día y mañana a donde sea…                  

Falanto respondió al oráculo de Delfos: “Cuando veas caer la lluvia desde el cielo despejado, conquistarás territorio y ciudad”, Falanto viendo llorar su esposa, Ethra (cielo sereno en griego), creyó que el oráculo se había cumplido y fundó su ciudad, a la cual puso el nombre de Saturo, ciudad que sigue existiendo a unos 15 kilómetros de Taranto… San Vito, Lama, Grottaglie, el petricor fascinante que respiras y te invade como una droga o un licor fuerte o una visión: femme fatale en la Paola de las tardes en el Lungomare o en Villa Peripato (todo fue peripatético… entre nosotros), pasear medio burgués que terminaba en largos besuqueos frente a estatuas con las miradas de unos mitos irremontables.                                                                            

Taranto fue mi primer realismo mágico, 1985, el año del gran frío, y un viaje alucinante con 35º de excursión térmica, salí prácticamente congelado, días después de haber sepultado mi abuela, en aquel enero siberiano y llegué a un rincón del jardín de Europa adonde pieles blancas buscaban su sol omnipresente… África, Grecia y el Mediterráneo presentes.                       

Vean las películas de Edoardo Winspeare, estos tiros al blanco en medio de la noche y luego prepárense un plato de spaghetti con calamares, y miren el negro de estos moluscos, el negro es el negro de los pulmones de los habitantes de Taranto, el sabor es la poesía de sus imágenes, crudas y profundas, sinceras y primordiales. Esta tierra fue y ahora quiere volver a ser, Carlo Cafiero vio la luz muy cerca de ella: “El obrero ha hecho todo; y puede destruir todo, porque todo puede volver hacer”.                                                                                                                           

En las noches de verano Pegaso parecía sonreírme y yo, mirando hacia el Jonio, viajaba con Ulises, enfrentaba cíclopes y atraído por una Lighea imaginaria (o no) me dejaba llevar para que el húmedo invierno sea más tenue… menos metalúrgico, más marinero.
Octubre 2017 

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Imagen: Taranto, ciudad vieja