Thursday, July 20, 2017

Sacrificios humanos para la Santa Muerte

JAVIER QUINTERO

En Nacozari de García, un municipio de quince mil habitantes donde casi todos se dedican a la minería, es evidente la religiosidad. Entre las montañas de Sonora, en el noroeste de México, los pobladores dedican ofrendas a sus santos con la esperanza de recibir favores a cambio.

Esas muestras de fe están esparcidas por todas partes, incluso en los inmundos separos de la comandancia municipal, donde un joven delincuente de 23 años pasó dos semanas encerrado, con la única compañía de un lápiz, y para no pensar en la lentitud de las horas comenzó a hacer trazos en las paredes. Más tarde, como un buen artista, realzó esas formas con sombreados casi perfectos.

Los dibujos eran símbolos religiosos. Con sus dones de artista plástico, el delincuente había revelado en tonos grises una espectacular imagen de San Judas Tadeo y a su lado un ángel triste con las alas caídas; también dibujó una Virgen de Guadalupe con la misma silueta de siempre y su gesto apacible.

Para sorpresa de los policías que cuidaban las celdas, una mañana vieron que en una parte de la pared, convertida en mural, se erigía la imponente imagen de la Santa Muerte, un esqueleto de aspecto tenebroso vestido con una túnica oscura y portador de una afilada hoz. Sobre su calavera, el artista escribió “La Niña” con una preciosa caligrafía y pidió que los próximos delincuentes que ingresaran a la misma celda la llamaran así con mucho respeto.

La adoración a la Santa Muerte es cada vez más arraigada en los estados del sur y el centro de México y los creyentes afirman que les concede favores a cambio de simples ofrendas, principalmente de dinero y altares con velas; sin embargo, la fe en ella, aunque es rechazada por la Iglesia católica, se ha extendido hacia otras partes del país, como en este municipio serrano llamado Nacozari de García.

En la carretera, a veces tétrica por sus barrancos profundos, hay cruces que recuerdan la muerte de automovilistas que cayeron al fondo, pero también hay pequeños altares con veladoras e imágenes dedicadas a la Santa Muerte, en un pacto para la protección de los parientes que siguen vivos.

El pueblo está entregado a sus asuntos espirituales. En la iglesia Sagrado Corazón de Jesús, el cura, que es español, oficia misa todos los días y atiende servicios privados cuando lo solicitan. En las casas católicas las señoras rezan, pero en otras partes, entre el monte, hay personas que le dedican ofrendas de sangre a la Santa Muerte.

***

El 6 de marzo de 2012, el herrero Martín Barrón López presintió que algo malo estaba pasando en el pueblo, tras la desaparición de dos niños con los que él había tenido contacto.

El primero, de diez años, vivía a tres casas de la suya en el barrio El Asilo y se llamaba Martín Ríos Chaparro. Él desapareció en julio de 2010 y nadie lo volvió a ver. El segundo niño, llamado Octavio Martínez Yáñez, también de diez años, había ido a su casa en algunas ocasiones hasta que desapareció en los primeros días de marzo de 2012. Tampoco lo volvieron a ver.

Su lazo con estas dos desapariciones comenzó a formarse tres años atrás, cuando llevó a vivir a su casa a una joven y sucia mujer que vivía en condiciones infrahumanas en Milpas Justiniano, afuera del pueblo, en medio de la nada. Cuando la conoció, estaba embarazada, pero parece que eso no le importó al herrero, pues después le enseñaría a bañarse, a usar la lavadora, a mantenerse limpia y a cuidar juntos al bebé que venía en camino.

Ella es Georgina Barrón Meraz, que ahora tiene 20 años y era tía de Octavio, el segundo niño desaparecido. Es hija de Silvia Meraz Moreno, una mujer de aspecto descuidado que le rendía un ferviente culto a la Santa Muerte en su casa e involucraba a toda su familia en los rituales.

En su relación diaria, el herrero Martín Barrón López notaba algo extraño en la familia de su concubina. Fue un par de veces a Milpas Justiniano a recogerla y de reojo veía en el interior de la casa dos cuadros con la imagen de la Santa Muerte, alumbrados con veladoras. “Las dos veces que fui no me gustó a mí nada”, diría después.

A su casa, en la colonia El Asilo, llegaban sin avisar los familiares de Georgina a visitarla. Martín evitaba tener relación con ellos, mucho menos con Silvia Meraz Moreno y su concubino, Eduardo Sánchez Urieta, un veracruzano conocido en el pueblo como “El Chilindrino”, muy raro, siempre ensimismado. Cuando iban, a veces llevaban al niño Octavio.

***

Aunque no le consta, el comandante de la Policía Municipal de Nacozari de García, José Miguel Espinoza Osuna, cree que Silvia Meraz Moreno tomó un cuadro de la Santa Muerte que adornaba una pequeña capilla a un costado de la carretera, en memoria de algún accidentado. La precariedad en la que vivían ella y su familia seguramente no le permitía comprar una imagen, así que fue a robarla a esa parte de la sierra.

En su casa le encendía veladoras a la imagen y pensaba en que la Santa Muerte la ayudaría a encontrar dinero. Silvia, de 44 años, le pedía favores y aseguraba que hablaba con ella y que le exigía sangre nueva, producto de un sacrificio humano, a cambio de protección para su familia.

En diciembre de 2009, Silvia ideó una estrategia para quedar bien con la Santa Muerte y cumplir sus exigencias. Su compañera de parrandas en las cantinas locales, Cleotilde Pacheco, de 55 años, sería la primera víctima. La llevó a su casa en Milpas Justiniano, le dijo que se sentara y que recogiera veinte pesos que estaban tirados en el suelo. Cuando la diminuta Cleotilde se agachó, Silvia le dio tres hachazos en la nuca y acabó con su existencia, sin miramientos ni sentimientos de culpa. Ni siquiera pensaba que extrañaría a su amiga porque recibiría a cambio todo el apoyo de la Santa Muerte y eso le llenaría el alma y la colmaría de felicidad.

Ese fue el primer sacrificio para la Santa Muerte, pero ahora Silvia debía deshacerse del cuerpo de Cleotilde.

“Era una señora muy delgadita, muy chiquita”, recuerda Jorge Castillo, un señor que trabaja para el Ayuntamiento y que años atrás le llevaba bolsas llenas de comida a la pobre Cleotilde.

El papá de Silvia, Cipriano Meraz Aguayo, entonces de 80 años, cavó una fosa en la parte baja de una loma para echar el cuerpo de Cleotilde. Georgina, la hija de Silvia y concubina del herrero, ayudó a acomodarla y enterrarla. La familia de Silvia presenció el acto sangriento y calló por conveniencia. Ahora solo debían esperar a que la Santa Muerte cumpliera su promesa de prosperidad y bienestar.
Mientras tanto, en el pueblo inició la búsqueda de Cleotilde. Fueron colocados cartelones con su fotografía en los lugares que frecuentaba, pero al cabo de un tiempo muy breve el pueblo desistió. Algunos creyeron que se había ido lejos con otro hombre y había abandonado a su esposo, un viejo que todavía recorre las calles con una bolsa sobre su espalda, recogiendo latas de aluminio para vender.

***

Pasó el tiempo y todos se olvidaron de la frágil Cleotilde, pero en julio de 2010 el pueblo entero comenzó a preocuparse de nuevo cuando fue notoria la ausencia del niño Martín Ríos Chaparro, un feliz estudiante de cuarto grado.

Estaba desaparecido. El herrero Martín Barrón López veía en las calles los cartelones con la imagen del niño, su vecino, y también se preocupaba.

Apenas el 29 de marzo de 2012, dieron con su paradero. Hallaron sus huesos entre el monte, cerca de un río que ahora está seco. El niño fue llevado ahí por Silvia y su concubino, el veracruzano, a una casucha fabricada con cartón y cobijas viejas, donde hay perros feroces como guardianes. Lo obligaron a beber alcohol hasta que su cuerpecito de diez años no soportó más el efecto y cayó al suelo. La hija menor de Silvia, llamada Yahaira, entonces de 13 años, lo degolló y le dio treinta puñaladas, obligada por su madre, convertida en una temible lideresa. La familia de Silvia participó en el sacrificio y ofreció su sangre a la Santa Muerte, luego arrojó el cuerpo al monte y los animales carroñeros se encargaron del resto.

“Con la crecida del río el cuerpo fue arrastrado y es hora de que no encuentran su cabecita”, relata el empleado municipal Jorge Castillo. Era un segundo sacrificio humano para la Santa Muerte y Silvia no veía ningún beneficio todavía.

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En marzo de 2012 el pueblo prácticamente volvió a sumirse bajo una ola de terror, al enterarse de la desaparición y posterior muerte del niño Octavio Martínez Yáñez.

Su abuelastro, el concubino de Silvia, lo llevó a una casucha en un paraje de la localidad conocida como Las Torres, donde se alzan imponentes las torres de conducción de electricidad, pero que paradójicamente no suministran luz a ese sector pobre de Nacozari de García. Llegar allí es complicado por cualquier medio y la vista solo alcanza los cerros resecos.

Silvia y sus hijos estaban en un cuarto, también fabricado con madera y cobijas, cuando el veracruzano emborrachó al niño. La misma táctica que la vez anterior. El pequeño Octavio cayó sobre un mugroso colchón, completamente sedado por el alcohol, y nunca sintió nada. Le dieron varios machetazos. Su sangre fue una ofrenda para la Santa Muerte, cuya imagen pendía de un madero, con las órbitas oculares dirigidas hacia el lugar del sacrificio. Octavio permaneció inerte varios minutos hasta que salió la última gota de sangre tibia de su cuerpo.

El veracruzano cavó una fosa a un costado de la casa y echó el cuerpecito sin vida. Luego lo enterró y puso una capa de cemento encima para evitar los malos olores de la descomposición. Así pasaban los días. La familia de Silvia convivía con la improvisada tumba y los niños la pisaban cuando salían del cuarto a jugar.

Al contrario del niño Martín Ríos Chaparro y de Cleotilde, nadie en el pueblo buscaba a Octavio; sin embargo, los malos presentimientos del herrero Martín Barrón López sirvieron de base para que se iniciara una investigación policiaca.

Una vez, mientras veía Discovery Channel, le llamó la atención un reportaje sobre sacrificios humanos que hacían en otras partes del mundo.

“Miré que por allá, en otro país, pasó un caso parecido y que allí mismo los echaban a un pozo. Fue un presentimiento ver cómo es que también ellos viven en la pobreza y consumen drogas y yo quería ir para que investigaran por qué se estaban perdiendo los niños. Yo tenía miedo de que me involucraran a mí porque vivía con Georgina”, asegura Martín.

Él afirma que no interpuso ninguna denuncia, pero que sí le contó a alguien sobre los presentimientos de que quizá la familia de su concubina estuviera involucrada en algo terrible. Así fue que llegaron policías investigadores a Nacozari de García, a entrevistar a los familiares de Silvia Meraz Moreno, a Georgina, al veracruzano, a los otros hijos de la matriarca.

Todos cayeron en contradicciones y comenzaron a culparse unos a otros de la autoría material de los asesinatos. Señalaron a Silvia como la líder. Los investigadores descubrieron las mentiras y complicidades en esa familia, unas para protegerse a sí mismos y otras para señalar culpables. Había ocho involucrados. Silvia era la cabeza.

Sin más que perder, finalmente revelaron los sitios donde estaban los tres cadáveres: el de Cleotilde debajo de la loma, el de Martín en el río y el de Octavio en el patio de Las Torres.
***
La gente del pueblo, al enterarse de los tres sacrificios humanos, pasó del terror a la psicosis. En la escuela secundaria los estudiantes inventaban la presencia de una mujer de negro que se aparecía ante ellos y les arrebataba los teléfonos celulares o los asustaba en los pasillos. La describían como a la Santa Muerte.

Los maestros tuvieron que intervenir y explicarles que todo era producto de su imaginación, que no había nada malo en el pueblo y que esa serie de asesinatos era un hecho aislado.

El empresario local y padre de cuatro hijos, Víctor González, califica al pueblo como tranquilo. “Eso no prevalece en Nacozari. Fue un hecho insólito porque no se practica aquí la adoración a la Santa Muerte ni los sacrificios humanos como ofrenda. Nacozari es un pueblo tranquilo, de gente trabajadora y honesta”, asegura.

Y eso parece. Nacozari, a las cuatro de la tarde, cuando los mineros han salido de trabajar, recobra su vida en las calles empedradas, con negocios abiertos y una plaza central a la que llegan los más viejos a despedir al sol.

En el pueblo están asustados, pero quizá ese sentimiento pase pronto porque la mayoría de la gente estará refugiada en su religiosidad y habrá oraciones para el descanso de las tres víctimas durante la misa que seguramente habrá hoy o mañana o después.

Además, ni Silvia Meraz ni sus familiares están ya en el pueblo porque fueron trasladados a la cárcel en la capital de Sonora, quizá decepcionados porque hasta ese momento la Santa Muerte no les cumplió lo que le pidieron con tanta vehemencia.

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De PERIODISMO NARRATIVO EN LATINOAMÉRICA, 31/08/2012

WHY ARE WE SO UNWILLING TO TAKE SYLVIA PLATH AT HER WORD?

EMILY VAN DUYNE

Back in April, the Guardian dropped an apparent literary bombshell—new letters had been discovered from the poet Sylvia Plath, alleging horrific physical abuse at the hands of her husband, the British poet Ted Hughes. The letters had gone unread by any major Plath scholar through one of those black holes so common, and frustrating, to those of us who love her work.

Examples of these holes are chronicled in various biographies and critical works on Plath: Diane Middlebrook’s Her Husband, the forward to Judith Kroll’s Chapters In A Mythology. Even, from time to time, by Hughes himself, who casually claims to have burned Plath’s journals from the last two years of her life, in his forward to the 1982 Journals of Sylvia Plath. Materials from so-called “controversial” periods of Plath’s short life (she was barely 30 when she committed suicide in 1963), including her first suicide attempt and subsequent hospitalization in 1953, and the two years preceding her death have always been hard to come by, as Danuta Kean notes in her Guardian piece.

In the hunt for a deeper understanding of Sylvia Plath, things are always going missing.

The night the Guardian piece ran, I was grading end-of-term essays in bed when my phone began to go off a bit madly. Ping! It sang. Ping! Ping! Ping! The last time this happened in such rapid succession from multiple media sources (texts, email, Facebook), it was 6 am, and David Bowie, my other obsession, was dead from cancer.

Now, though, the news was Sylvia Plath’s new letters, via the aforementioned article: in minutes, four friends posted it to my Facebook timeline and tagged me, and three people sent the link via DM and text. Rather than blanch with shock, I read and reread, and felt sad and slightly numb. Then, a bit enraged.

To anyone as familiar as I am with Plath’s life and work, the fact that Ted Hughes was likely abusive—emotionally and physically—is not news. In fact, the only way we can discount the certainty of that abuse is if we choose to disbelieve Plath at her repeated word in her journals, reports to friends and family, and now, it seems, letters to Dr. Ruth Barnhouse, Plath’s therapist-turned-confidante. Paul Alexander’s Rough Magic contains a dramatic account of Hughes attempting to strangle Plath on their honeymoon in Benidorm, Spain—a grim tale supposedly told to the author by Aurelia Schober Plath, Sylvia’s mother, who allowed herself to be interviewed for the book. Plath’s Unabridged Journals, published in America in fall 2000, and edited by Karen V. Kukil, who curates the Mortimer Rare Book Room at Plath’s alma mater, Smith College, are peppered with references to her violent relationship with Hughes.

I was 20 when I got my hands on the newly published Unabridged Journals—a rep for Random House snuck me a free copy in my mailbox at Brookline Booksmith, the hip independent bookstore where I worked part-time while I studied literature and creative writing at Emerson College, downtown. I felt like I’d been given a bacon cheeseburger after a Lenten fast: 1982’s abridged journals were one-third the size of this chunky tome, with its chrome-tinted photograph of Plath at her Smith College graduation, smiling, looking off-camera, being handed a white carnation by a disembodied, feminine hand. Plath, the Real Plath, always elusive, was in here, I felt. So familiar was I with the abridged edition that I immediately knew where to look, based on the dates, to discover sections that had been mercilessly cut in the previous editionto the point that many passages had made no sense at all. Why, for instance, did Plath meet Hughes one night at a party, bite him on the cheek when he kissed her, flee to Paris to see another boyfriend with barely a mention of Hughes’s name, and then marry him with no further commentary three months later? What had happened in between?

I thought of those moments so many years ago as I scanned The Guardian’s bombshell article for its explosives. “Tantalising,” said Peter K. Steinberg, co-editor of Faber & Faber’s forthcoming edition of Plath’s collected letters, of the unseen material. Indeed.

The trope of literary scholarship as a holy quest with a grail at its long delayed ending is not a new one: at 20, I flipped to the previously hacked out sections of Plath’s work and found what I was looking for—what I knew, of course, would be there: Arrived in Paris early Saturday evening exhausted from sleepless holocaust night with Ted in London . . . I took myself in leash and washed my battered face, smeared with a purple bruise from Ted and my neck raw and wounded, too. Barely a year later, as the newly married couple was teaching in Massachusetts, Plath caught Hughes with another woman, a co-ed; this erupted in a spectacular fight, which left Plath with a sprained thumb and Hughes with “bloody claw marks.” Again and again, some similar fight; again and again, she forgave him, sometimes turning the blame on herself.

Eventually, in 1962, she threw him out. In less than a year, she was dead by her own hand.

I scoured and devoured the Unabridged Journals, searching for . . . something. What? Some skeleton key, some final clue. I had fallen down the same worthless rabbit hole so many Plath scholars drop through, never to return: I was looking for the why of her death, rather than engaging with the how of her life and work. I was committing a stupid, fallacious sin that would lead me to many maudlin nights, wondering if I would succumb to the same fate, picturing the dead woman’s body, the crying, hungry children, the gas. But this, too, was no accident; it was the expected response in a culture obsessed with the poetry of the dead woman while refusing to take her at her word.

Plath’s reputation as arguably the most famous poet in America and England was born posthumously, and partly constructed by Hughes, and a host of top-notch literary critics, many of them—most—his cronies: A. Alvarez, Robert Lowell, George Steiner. These were men who could make or break a new poet or novelist with one review in a London paper. But alongside their universal awe at Plath’s Ariel came another universal sentiment: that she was crazy, and that Hughes had been her long-suffering husband. When Plath’s journals, with their claims of abuse, began to be published, many of these same critics pointed out these claims as not only false but also proof that Plath was paranoid, crazy.

But Hughes had been having affairs throughout their marriage; it was just that no one would acknowledge it while he lived, and even, it seems, for some time after his death from cancer in 1998. Alvarez himself said Hughes was “constitutionally incapable of being faithful in a marriage.” New letters prove he was carrying on not one, but three known affairs at the time of Plath’s death.

In this way, we end up with another now well-tested literary trope: Plath the crazy girl, and the crazy girls who love her, all of whom are seen as young, starry-eyed fools in need of scolding. What are you thinking, you wacky broads? Don’t you know you can get in all sorts of trouble, loving someone like that?

On Gilmore Girls, a show that chronicles the literary life of a single mother and her brainiac daughter, Plath is a frequent topic of conversation. Rory, the daughter, is even seen reading the journals on an early episode. When it comes time for Rory to write her entrance essay to Harvard, she mentions Plath as a possible topic and is dissuaded from it by her mother, Lorelai—Might send the wrong message.

The sticking her head in the oven thing? Rory says, looking disappointed.

Yeah. Although she did make her kids a snack first. Shows a certain maternal instinct.

Rory ends up going with Hillary Clinton instead. Speaking of, this past November, I was nursing my wounds over the election by spending a weekend at Smith College, researching a book on Plath. At dinner one night, when the woman next to me at the bar asked why I was visiting, she shuddered, then smiled sadly, at the mention of Plath’s name. I used to love her work so much, she said, shrugging. But I outgrew it.

In this way, Plath is both deified and dismissed. We are talked out of her.

Over and over at Emerson, I started and abandoned long papers on the complex, problematic nature of Hughes’s editing of Plath’s papers, the ways her version of events was dismissed as crazy by his powerful friends. Over and over, I was told it was a fool’s errand, that Hughes was, to use the words of a certain male professor, “a saint” who had “put up” with Plath, that I should “ask anyone” if I doubted his word. This wasn’t a hypothetical suggestion—as a student at Emerson, many of Plath’s and Hughes’s friends and colleagues were teaching up the road.

Indeed, that same year, I stumbled into a reading by Peter Davison, Plath’s former lover and then poetry editor for the Atlantic. During the Q&A, a student asked how he’d started writing poetry and he replied, in a sing-song voice, We-ell, when I was a young man I dated a young woman called Sylvia Pla-ath . . . He went on to detail his relationship with her. After, I approached him, and said I was looking to do a comparative study of the journals for my senior thesis, and could I, perhaps, email him with a few questions?

Oh no-oo-oo, he replied, stepping back and shaking his head. I wouldn’t want to do that, I wouldn’t want to talk about her . . .

Of course he wouldn’t.

I don’t write this to argue that there is some kind of conspiracy or cover-up of Hughes’s behavior, or even that there is a single thread of golden truth about their marriage that these new letters, or any new document (oh, for those torched last journals!) will suddenly, gloriously reveal, allowing us closure on Plath’s biography. Instead, I want to point out the cultural bias against women’s voices and the domestic truths of women’s lives and the deep role this has played in painting Plath as both a pathetic victim and a Cassandra-like, genius freak. It is only in a culture where these two things be claimed simultaneously that Hughes, a known philanderer and violent partner, can spend forty years botching the editing of, or outright destroying, his estranged, now dead wife’s work, then win every conceivable literary prize and be knighted by the Queen. It is only in this culture that Plath can tell of his abuse, in print, for the better part of the same 40 years, only to have the same reports in a handful of letters recognized as “shocking.” And it is only in this culture that unseen letters detailing abuses as dreadful as a miscarriage induced by beating, and the expressed desire that one’s wife was dead, be described, without irony, as “tantalising.”

In the 1944 film Gaslight, for which a common abusive tactic is now named, the protagonist, Paula, is driven mad by her husband, Gregory. He moves a painting from the wall, and when she asks where it’s gone, he tells her that she moved it. He has the gaslights dimmed and brightened, and convinces her it isn’t happening—that it’s all in her head. In this way, he makes her doubt her own reality, her own eyes.

Ted Hughes gaslit Plath for the seven years that they were married, and when she died? The bulk of the American and British literary establishment picked up where he left off.


But the lights look dim, I know it, generations of Plath fans have said for half a century.

Darling, I haven’t the faintest idea what you mean.

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De LITERARY HUB, 11/07/2017 

Wednesday, July 19, 2017

Laguna

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES

A mitad del predio que colinda con la población, el exceso de lluvias formó una espontánea laguna que se desplegó hasta los bordes de ambos lados de la cuenca. Junto a nosotros quedaron los sembrados de hortalizas, parras, senderos y árboles. Al frente, la base de los cerros que separan la ciudad del interior. Al medio del agua, una isla muy pareja que semejaba el lomo de un perro sumergido. No tardé en darle un sentido de pertenencia a este regalo inesperado e invernal. Por las tardes, después del trabajo, adopté el hábito de sentarme sobre una piedra para degustar una cena improvisada, unas copitas de vino blanco, restos de tabaco y algún libro ligero, mientras el pequeño oleaje se deshacía a centímetros de mis zapatones. Con el paso de los días, se sumaron unos niños que, al principio, sólo miraban con curiosidad y después bromeaban lanzando mi sombrero hacia la corriente, pero desviándolo hacia unas ramas. Recuerdo a las tres dueñas de casa que cambiaron los tragamonedas por el desafío de quién hacía rebotar más veces una piedra sobre el agua. Más tarde, un padre de familia endeudado que le sentaba bien el aire puro. Varios ancianos dados de baja por los suyos, buscando compañía sin importarles el frío y la garúa. Vecinos de otras cuadras incrédulos de esta nueva “obra” que no necesitó gestión alguna del alcalde en ejercicio. El grupo lo cerraban tres perros y una pareja de gatos moviéndose a sus anchas por los arbustos intentando darle caza a las ranas y conejos. Pasadas las horas, veíamos en conjunto descender al sol por el borde del cerro hasta desaparecer completamente. En la penumbra, alguien comentaba que, en otros tiempos, cuando el río era navegable, el agua seguía mucho más allá de donde estábamos ubicados nosotros. La laguna - complementaba otro- no correspondía a un fenómeno sobrenatural, sino sólo a la recuperación del curso históricos de las aguas. Yo recordé como en mi infancia era común encontrar, alejándose apenas de cualquier ciudad, pequeños arroyos, cascadas ondulantes, cursos de ríos espontáneos, acequias flanqueadas por muros de manzanilla, sin ninguna cerca, alambrada o sequía que impidiera aproximarse. Ya nada queda de esos paseos. Tampoco de la laguna espontánea de la esquina de mi casa. Cuando me cuezo vivo por el centro de la ciudad, evoco con nostalgia ese tiempo. Si no fuera por los testigos, creería que todo fue inventado por la soledad.

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De PLUMAS HISPANOAMERICANAS, 16/02/2017


Imagen: Charles Pachter, 1998

Bitácora de un lunes atroz

GABRIEL PRACH

Bitácora de un lunes atroz tirado en la cama con fiebre, y dos cajas de remedios y una botella mineral y una colilla de cigarro en la boca y calor, y...

No es esa la manera, ni menos el fondo. Nunca supiste qué era madurar, vivir a fin de cuentas. Porque madurar no es salir a trotar por los jardines y la playa de Santo Domingo, dejándose de payasadas con los cabros de la pobla: Tampoco comprarse un autito de esos coreanos que enceras y pules todos los fines de semana para sacar a pasear a la hija del supervisor de turno, que es más fome que chupar un clavo; desabrida la flaca que milita en RN, donde ahora tú también militas porque “está bien” ser de allí. Madurar tampoco es asistir todos los domingos a misa con la camisita impecablemente planchada y las gafas Bollé, para ocultar las ojeras de la borrasca que te pegaste la noche anterior con los compañeros de trabajo en la picá de Lo abarca. Madurar no es comprarse un raquet de tenis de esos de los buenos y dejarlo en el living por si viene alguien y contarles del partido ficticio que jugaste el domingo pasado, porque hace siglos que no vas y ya ni idea tienes de los precios de arriendo de las canchas. Crecer no significa ir al casino y gastarte esas doscientas lucas que no tienes, sólo por llevarle el amén a la hija del jefe que, de aburrida la niña, te invitó a salir. Madurar no era estudiar la carrerita administrativa que te libraría de los fierros en que estábamos todos trabajando y ponerte la ansiada corbata que, a fin de cuentas, sólo te ha estrangulado todos estos años. Ser un hombre “bien” que no fuma, que paga a tiempo sus tarjetas y, que apenas tuvo cuenta corriente, anduvo con el fajo de cheques en una billetera kilométrica, sólo para mostrar que habías progresado al pagar la cuenta del mall de turno. Estar así de bien no era irse al recital del grupo de moda el viernes y el domingo ir a “visitar” a tu mamá con familia incluida sólo porque no te quedaba ni un miserable peso y no tenías ni para comer. Crecer, madurar, estar ahí, no era tomar ese camino ingrato que, cuando las cosas se pusieron feas y te despidieron del trabajo, te viste forzado a meterte a los fierros un tiempo y engrasarte las uñas, llorando de paso un poco por dentro.

Aspirar a ser otro, olvidándote de tus amigos leales sólo porque vivían en población y tú no, gracias a la jubilación de tu papá. No era la manera solidaria de vivir que te recitaban los domingos en misa. Crecer, madurar, no era fingir alegría de reencontrarte con uno de esos pelagatos que nunca surgieron como tú y que invitas a tu casa a almorzar para presumir y de paso, mostrarle la última joyita tecnológica que te compraste a tres cuotas precio contado sin ningún remordimiento por dentro, sabiendo que si lo dejas hablar de nuevo te pedirá que lo “muevas” con el jefe a ver si tiene una cabida por ahí, que las cosas han estado tan mal, y tú, que no tienes ni tu pega asegurada, le das falsas esperanzas, que lo llamarás apenas sepas algo. Siempre la misma historia, hasta que te lo topes de nuevo a la salida de algún supermercado o después de estacionar el auto.

Crecer, madurar, no era ese arribismo enfermizo ni la envidia que te amarga el alma día a día. No era la apariencia amigo mío. Nunca lo fue.

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De PLUMAS HISPANOAMERICANAS, 21/02/2015


Imagen: Charles Wilbert White, 1935

Disfrutando de un Lomo a la Bolivianita

JOSÉ CRESPO ARTEAGA

Sin proponérmelo me ha salido bastante patriota la receta de hoy, mejor dicho, el manjar que acabo de improvisar para deleite, primero, de mis ojos y luego de mis papilas gustativas. El subconsciente me ha movido a disponer los elementos del plato en un orden nacionalista, como queriendo imitar los colores de la bandera: enjundiosos tomates que simbolizan la sangre de los mártires de la independencia, doradas monedas de camote a cuenta del oro y otras riquezas del subsuelo y pálidos pepinillos (unas hojas de apio o espinaca quizá le darían más lustre al decorado) para ilustrar el verdor de los prados y bosques que pueblan el territorio nacional. 

Dicen que la patria es la tierra que nos cobija, ese molde de fronteras imaginarias en el cual crecemos. Un concepto tan manipulado a conveniencia que ya no sabe a nada. Mi patria no tiene montañas, ríos, pueblos, selvas, playas ni volcanes. Mi patria palpita en cualquier rincón donde arde un fogón, hierve una marmita y escapa el olor de algo cocinándose. Y de yapa, mi patria descansa en una buena siesta. Mi patriotismo huele a cocina, nada más.

Pero basta de ensoñaciones patrióticas que no conducen a nada. Que, mejor, los sabores de la tierra y los aromas del aire nos conduzcan al disfrute efímero y recuerdo permanente. Qué tal si empezamos por la sopa: ésta ha de ser ligera, de regusto más o menos neutral, tipo una de fideos cabellos de ángel o corbatitas, decorada con cilantro picado como único complemento. Lo de esta yerba no es casual, pues el intenso perfume que emana al contacto con un caldo caliente despertará el instinto asesino por la comida, preparándonos para el placer que viene después (a falta de cilantro, vale el perejil, de espíritu más moderado, eso sí).

Por los efluvios que ya escapan de la cocina se adivina el plato fuerte. No hay nada más explosivo para el cerebro que el detonante de unos filetes asándose en la cazuela. Pura pulpa de lomo de reses criollas, criadas en medio del campo entre pastizales y arboledas. Ganado fiero de múltiples pasturas luego se prodiga en la carne más exquisita, a no dudarlo. Se asegura que el cordero de Oruro tiene un toque dulzón e irresistible por criarse en pleno altiplano, a pura dieta de paja brava. Lo mismo podría aseverarse de la tierna carne que de vez en cuando llega hasta mi mesa, por fortuna o por cortesía de mi madre, más bien.

Negado para filetear carnes como soy le he encargado que me los prepare y los deje listos para la sartén. La magia de sus manos combinada con especias y salsas ha puesto la sazón en su justa medida. La carne ha marinado un par de horas en la salsa para que su jugo sea absorbido lentamente. Por todo trabajo, he puesto a hervir papas y camotes por separado, para que no se manchen unos a otros, y unos son más veloces en la cocción, según lo sé por experiencia. Los vi en el mercadillo del barrio y se me ocurrió combinarlos por primera vez, esperando que me resulte una joya en cuanto a sensaciones. 

Empecemos por la pinta primero: mi platillo se deja comer con la mirada, para activar inmediatamente esa parte del cerebro asociada al placer y la contemplación estética, ¿dónde se ha visto unas subyugantes papas jaspeadas de morado casando perfectamente con el matiz áureo de unos camotes en su punto más dulce? en ninguna patria, salvo quizás en lo más recóndito de unas selvas cruceñas donde se oculta una gema de indudable belleza exótica: la bolivianita. No se puede imitar a la naturaleza, dicen los manuales, pero que estuve cerca con este homenaje culinario nadie me quita de la cabeza.

Ya está, pueden imitarme si quieren en cualquier latitud del planeta. Que los elementos –la carne, los vegetales- los hay a montones. Que la receta del manjar es de una sencillez apabullante, desde luego. Que no entiendo ni papa de cocina, puede ser. Que estoy hablando desde la autocomplacencia, tal vez.  Pero esa papa de cautivadores tonos violetas, con su hondo sabor a tierra mineralizada para mayor dicha, dudo que crezca en cualquier parte. La suerte de vivir en una tierra tan pródiga me hace sentir privilegiado, qué le vamos a hacer, y me hace querendón de estos pagos. ¿Qué eso me hace patriota como ninguno?

Me he zampado el platillo en cuestión de minutos, para que sepan cuánto dura mi patriotismo. Y la carne suavecita, rematada con áspero tinto chileno, casi me supo a placer culpable. Que fusilen al traidor mientras suena la Marcha Car-naval.
Ametrino o bolivianita
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De EL PERRO ROJO (blog del autor), 18/07/2017

Tuesday, July 18, 2017

Porque soy marxista

MARIANO DORR

En el actual contexto de integración regional en el Cono Sur, el rescate del pensamiento de Juan José Hernández Arregui implica mucho más que un acto de justicia con quien fuera uno de los más prolíficos intelectuales del Movimiento Nacional Peronista. Cuarenta años después de su muerte (en Mar del Plata, a donde había viajado escapando de la sentencia de muerte anunciada desde la Triple A), la vida y obra de Hernández Arregui constituye un testimonio fundamental de la lucha por la liberación nacional contra el imperialismo neocolonialista. Desde 2004, la reedición de sus libros La formación de la conciencia nacional, Imperialismo y cultura, Nacionalismo y liberación, ¿Qué es el ser nacional? y Peronismo y socialismo, permite un acercamiento a la influyente interpretación marxista del peronismo conocida y reivindicada históricamente en términos de “socialismo nacional”.

El autor de Hernández Arregui. Una interpretación marxista del peronismo, no es ningún improvisado; entre las numerosas publicaciones de Piñeiro Iñíguez se encuentra Perón: la construcción de un ideario, una investigación de más de 800 páginas. Carlos Piñeiro Iñíguez (graduado en Economía y Relaciones Internacionales, investigador del Centro de Estudios Latinoamericanos del Instituto Di Tella) fue director del Instituto del Servicio Exterior de la Nación y embajador extraordinario y plenipotenciario en Ecuador, Bolivia y República Dominicana. Desde esta perspectiva específicamente latinoamericana, Piñeiro Iñíguez destaca la importancia del concepto de “lo nacional” desarrollado por Hernández Arregui, según el cual “el nacionalismo ha de ser continental y sustentado en las clases populares modernas, y en esto se distancia de la idea de un nacionalismo fundamentalmente argentino, como pudieron sustentar Raúl Scalabrini Ortiz o Arturo Jauretche; a su vez, a diferencia de Jorge Abelardo Ramos, Hernández Arregui concibe a América Latina no como nación inconclusa sino como futura estructura supranacional: es desde esa perspectiva que se comprende su tajante sentencia de que el peronismo habría cumplido la tarea histórica de constituir la Argentina como Nación”, escribe. Frente a los nacionalismos opresores, cerrados en sus propios intereses colonialistas, existe otro tipo de nacionalismo, el de los oprimidos, abierto hacia los otros pueblos igualmente oprimidos, unidos en un mismo reclamo de independencia económica y justicia social.

En el primer capítulo del libro, Piñeiro Iñíguez repasa la formación intelectual de Hernández Arregui, sus estudios en Filosofía y Letras en la Universidad de Córdoba y el impacto de la figura de Rodolfo Mondolfo –el reconocido filósofo italiano, especialista en filosofía antigua, exiliado en la Argentina por su condición de marxista–. Tras la experiencia del sabattinismo en Córdoba se produce la “opción por el peronismo”; Hernández Arregui dicta clases en distintas universidades hasta que, con el golpe militar de 1955, es expulsado de sus cargos. El autor cita el particular análisis de Tulio Halperín Donghi: “En un clima de persecución primero políticamente rigurosa y luego cada vez más dispuesto a transacciones, los compañeros de ruta que el peronismo había reclutado a su izquierda tuvieron paradójicamente ocasión de exponer sus puntos de vista con mayor libertad que bajo la tutela de un régimen que los había utilizado sólo con extrema cautela y al cual inspiraban las más vivas desconfianzas”. Piñeiro Iñíguez, en una nota al pie, agrega: “Parece inevitable aclarar que Halperín era parte entonces de los núcleos que se habían hecho cargo de la cultura en el nuevo régimen, lo que puede llevarlo a subestimar las condiciones represivas reinantes (que a él, desde luego, no lo afectaban)”.

En un ambiente opresivo, en medio de fusilamientos y con el peronismo proscripto, Hernández Arregui escribe sus obras más importantes, convirtiéndose en el ideólogo más leído por las organizaciones que combatieron en la resistencia peronista hasta el regreso del General al poder. El propio Perón, desde el exilio, recomendaba el estudio pormenorizado de la obra de Hernández Arregui, especialmente La formación de la conciencia nacional y Nacionalismo y liberación.

Imperialismo y cultura se publica en octubre de 1957, un trabajo en el que aparecen las distintas lecturas de Arregui, desde los clásicos griegos hasta Rilke, Kafka, Sartre, Valéry, Groussac, Alberdi, Arlt o el tango. En la Advertencia a la segunda edición, Hernández Arregui recuerda las circunstancias en las que apareció el libro: “Estaba enfrascado en la preparación de las notas para Imperialismo y cultura cuando, inopinadamente, fui encarcelado a raíz de la revolución del general Valle..., la mayoría de los detenidos eran obreros. No los conocía. Asistí a las torturas de esos hombres humildes, incluso a los brutales castigos a los que fue sometida una joven mujer. Esas cosas no se olvidan”, escribió. Una de las tareas del libro de 1957 es arremeter contra Borges: “No es extraño que la labor literaria de Borges coincidiese con la desnacionalización del país por el imperialismo”, anota Hernández Arregui, que encuentra en Borges al más grande escritor argentino –antes de su consagración internacional– y, a la vez, a uno de los más grandes cipayos de nuestra historia cultural. También, en Imperialismo y cultura, leemos: “Otro de los mitos de Sur es Ezequiel Martínez Estrada. Escritor anfibológico, detrás suyo hay un maestro. Se llama Juan Bautista Alberdi. Martínez Estrada también tiene conciencia de las fuerzas que han deformado a la Nación. Pero para él, el proceso histórico se resuelve en psicología introspectiva, en melancolía de rabino, independiente de esa realidad histórica en movimiento y de la cual el filósofo estepario es un momento de la negación”. Con tono hegeliano, Hernández Arregui enfrenta a los representantes de la cultura “oligarca” antiperonista, pero siempre leyéndolos con profunda honestidad intelectual, reconociendo el enorme talento de sus enemigos íntimos.

Piñeiro Iñíguez recorre los distintos momentos de la enseñanza de Hernández Arregui, sus conferencias en el interior del país (una de ellas en la librería de los hermanos Santucho, en Santiago del Estero), los vínculos con el sindicalismo (José Pedraza, uno de los arreguistas que más tarde traicionarían el discurso revolucionario) y la relación con quienes fueran sus principales discípulos: Ortega Peña y Duhalde (el ex secretario de Derechos Humanos). Juan José Hernández Arregui aparece como un autor cuya obra comienza a releerse, no para encontrar allí recetas o soluciones a los problemas actuales, sino más bien para reencontrar una voz auténtica, capaz de edificar un pensamiento sólido, “iberoamericano”. Hernández Arregui, autor de una frase que resuena todavía hoy con toda la fuerza de una consigna política: porque soy marxista, soy peronista.

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De RADAR LIBROS, 02/03/2014




El cubismo y yo

MARIANO GARCÍA

Gertrude Stein (1933). The Autobiography of Alice B. Toklas. London: Penguin, 1966.

Siempre me dio pereza encarar a esta mujer: su leyenda es más grande que ella misma. Con todo, hay que reconocer los méritos de esta autobiografía, cuyo procedimiento de hablar por boca de su lifelong companion (una prosopopeya, si concedemos que Alice Toklas, por lo que dicen, siempre estaba callada y en segundo plano) para contarse a sí misma redime todo el conjunto, incluso redime la vanidad sin atisbos de falsa modestia de GS. Era una mujer muy inteligente, aunque quizás estaba demasiado segura de esa inteligencia. Como sea, fue la promotora (ella y su hermano, por lo visto de familia muy rica) del cubismo y pionera del coleccionismo moderno. Toda esta etapa es para mí más interesante que su cuestión como escritora. Hay muchas anécdotas, algunas muy graciosas, y Picasso está muy presente a lo largo de todas estas páginas, junto con Matisse, Braque, Cézanne, Cocteau, Juan Gris. Uno de los momentos más luminosos es el banquete que Picasso organiza para el maravilloso aduanero Rousseau, un hombrecito de cara común que iba a todas partes con un violín. De otros escritores habla poco: aparecen Eliot, Pound, William Carlos Williams, con el pesado de Hemingway a la cabeza y su mentor –por él traicionado– Sherwood Anderson detrás. Apenas mencionadas están Sylvia Beach y Adrienne Monnier. Se destacan algunas reflexiones de GS, y muy atinadas observaciones sobre España y lo español, cultura de la que ambas mujeres eran grandes admiradoras (curiosamente describen un simpático viaje a Cuenca, entre varios otros por la península).

Lo más destacable es la sintaxis, que intenta una suerte de oralidad, de continuo en la frase, a la que no le gusta interrumpir con comas. Eso crea a veces un efecto de extrañamiento que obliga a releer la frase. Es algo bastante astuto, ya que crea su propio estilo sin resultar hermética o incomprensible. Digamos que lleva la escritura, astutamente, a una distancia bastante lejos del límite, a un coqueteo con el límite sin consecuencias de peso.

“She says it is a good thing to have no sense of how it is done in the things that amuse you. You should have one absorbing occupation and as for the other things in life for full enjoyment you should only contemplate results. In this way you are bound to feel more about it than those who know a Little of how it is done.” (84-5)

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De MICROLECTURAS (blog del autor), 19/01/2014 

Imagen: Gertrude Stein por Francis Picabia

Monday, July 17, 2017

Adonde no pudo el Rey de Júpiter pudieron los spg´s… o del intercambio con el Perú

MAURIZIO BAGATIN

“La realidad no es nunca como la vemos: la verdad es sobre todo imaginación”.                  
René Magritte                                                                                                                                                 

El increíble caos de una polis imaginaria e imperfecta… en la cual convergieron tragedias y sueños del Tawantinsuyu, se entregó en una simbiosis de voluntad del moderno y de sincero apego al pasado: inicia hoy lo de ayer…                                                                                                                Los jinetes penetraron su realismo mágico: una gota de esplendor hecha de subliminales residuos coloniales, de encholamientos pseudovoluptuosos y de fragmentos de una tempestad del progreso que nos asemejan, a todos. Las experiencias de Yapuchiris y de warmis luchadoras junto a la voluntad de cicatrizar, cicatrizar verdaderamente las heridas históricas, han hecho del antiguo virreinato un lugar de buenos encuentros y de felices fusiones. Se le puede perdonar hasta la falta de liderazgos… que no sean populistas. Unos emprendedores han visto pronto que la ilusión convencional no habría hecho que desangrarlo, lentamente hasta dejarlos sin ningún líquido vital que les permitiera siquiera disfrutar del inmenso y sincero esfuerzo hecho con la Pachamama, por la Pachamama. La vía participativa quedó como anillo al dedo, para una unión aeternum… Mujeres que el Mito y lo humano habían olvidado, desconociendo oráculos y desobedeciendo a lugares comunes apocalípticos siguen soñando en oasis felices, creadoras de pulmones ecológicos, de islas utópicas… un día Barataria quijotesca, un día Ciudades del Sol… ellas sin embargo siempre sirenas encantadoras.                                                                                                                                          

El Jatun Pukllay, de hooligans que juegan un juego de caballeros, terminó con el más clásico de los resultados: jogo bonito reconciliado con unas pizcas saludable de pragmatismo. La directiva era de no pasarse…                                                                                          Los Anansaya versus los Urinsaya es al alba del mundo, conflicto ontológico y, lamentablemente, siempre mal cultivado. La bella y joven Eco era una ninfa de cuya boca salían las palabras más bellas jamás nombradas, la ecología es la relación que se da entre los seres vivos de una zona determinada y el medio en el que viven, Ecosumac es el encuentro de una convivial iniciativa: trabajo placentero y ambiente paradisiaco se conjuga con efervescentes actividades comerciales y financiarías… atrayente sincretismo griego-quechua.                                                                                                                    

El Cavia Porcellus, el antiguo quwi ha dado lugar a varias “inquisiciones”: el ser comestible (el inquietante aspecto en el plato no es de atracción para todos…) y el ser mascota son una de ellas.                                                                                                                                Los cum panis se trasladaron en Ayacucho, el rincón de los muertos, adonde la Historia es una invención a la cual la realidad aporta sus propios materiales: sangre y más sangre, humanidad y más humanidad, una evolución que el sempiterno poder no ha aún dignificado, metamorfosis perpetua que el hombre sabe camaleónicamente enmascarar. Disfraz, máscara, persona, teatro de la vida, espectáculo perenne y gratuito.                                                                                                                                                          El encuentro se hizo institución, con una aplastante presencia de actores medio burgueses y menos mujeres de lo esperado: el enredo nacional es digno de un enigmático Teseo y volver al principio es lo más recomendable: lo sencillo es más simple, vale la sinonímica redundancia. Las cosas son como el viento, tarde o temprano vuelven a su lugar… y así la Poesía es una niña que embraza a un gato y con su armoniosa sencillez - mientras los otros niños siguen jugando – empieza a leerle un cuento. De frente eucaliptos, pinos y tanta voluntad de paz y tranquilidad… toda la verdad, y toda la belleza está en los detalles.

Nota: los Spg’s son unos sistemas de participación en la garantía, una herramienta democrática de garantía participativa, en Bolivia incluida en la Ley 3525… que reglamenta la producción, la transformación y la comercialización de productos ecológicos en el país.

Lo del Rey de Júpiter surgió gracias a un radio cronista peruano, que a pocas horas del inicio del partido Perú-Brasil se le salió que ni la monarquía en Júpiter… Brasil ganó 2-0.
Perú, noviembre 2016


Santridán

PAZ MARTÍNEZ

En la orilla oeste de la ría, en sentido contrario a la moda, está S. Adrián. Pueblo marinero cuyas casas se construyen en la montaña. La carretera, que los separa del mar, es una serpentina plagada de enormes rotondas, casi invisibles de noche, que desembocan en la carretera de Pontevedra. Parece no haber nada en ese lugar, como en los pueblos zamoranos con nombre de río: Calzadilla de Tera, Camarzana de Tera, Micereces de Tera "Pasalalengua por Tera"... o los terminados en Órbigo o Polvorosa. Grave error.

En plena carretera general, a 20 m de la tercera rotonda (hay 10) aparece el único lugar con aparcamiento: un bar de viejos, de esos de mesas de madera, partida de cartas y dominó, café con gotas, carajillos a dos manos, puerta de tiras plásticas y mecanismo abrasador de moscas. Dicen que, en estos lugares, se come maravillosamente, aunque no tengan aspecto apetecible. Aquí, la cocina de Mucha no tiene nada que envidiarle a la de cualquier cocinerillo televisivo, pero infinitamente más económica. Tiene una pega: no pides, te sirven lo que hay y te lo comes. Pobre de ti como no lo termines. Serás el bebedor de zarzaparrilla de las pelis de John Wayne: nenaza bronqueada por la abnegada cocinera. Aquí quedamos, el viernes, con un conocido reportero nacional y su familia. Se hospedarán en la casa rural de más arriba, regentada por una pariente de Luis, marido de Mucha, que, al carecer de cocina, incluyen el servicio en el hospedaje.

Al llegar, han cerrado parte de la terraza con toldos y las moscas se agolpan en el ventanal plástico. Los vociferantes treintañeros que se pelean con ellas, enmudecen para no sacarnos ojo mientras aparcamos, damos las buenas tardes y escogemos una mesa fresca. La contraseña parece ser el arrastre de la silla ya que al primero, hablan; al segundo, callan para volver a sus asuntos al tercero y abandonarlo al cuarto... un juego divertido. Vemos a Luis salir del huerto con cuatro lechugas y varios tomates. "Hoy habrá ensalada", pensamos, y mientras toma nota de la bebida, hace un gesto a su esposa para que se acerque a saludar. Es dicharachera, vociferante, nerviosa, simpática, mandona, bajita y de carnes prietas. Nos vuelve a contar que no puede jubilarse, que le quedan 6 años, ahora 8, para poder descansar de todos esos mangantes que tiene como clientes, mientras les lanza un guiño y una enorme sonrisa, y le preguntamos qué habrá de cena. 

- "Justante os chocos?"

- Sí.

- Pos estás de sorte. 

Han levantado el toldo, por fin, mientras las moscas se expanden en busca de calor. 

- "¡Luis, carallo. ¿Andas parvito ou qué?!", le grita desde la barra. Han entrado en tropel, chasqueando el mecanismo que las electrocuta. Ni el réquiem de Mozart lo superaría.

Y va mudando la clientela, envejeciendo a medida que pasan los minutos, que no la conversación, que se mantiene y engulle al que llega. Allí están el alcalde, un concejal, el tesorero; Antonio, marinero jubilado; el dueño de una conocida cadena de panaderías; uno con el dedo corazón de la mano derecha, vendada; Juan, el carpintero; Pedro, el electricista, carcajeándose con el sonido de la muerte; Remigio, el notario; Amando, el aparejador, con cuatro albañiles de la zona y Santiago, recolector de bateas. Comentamos la disparidad entre puesto y automóvil. El Audi A6 es de un albañil, mientras que el aparejador viene en un Ford Escort de veinte años, el Discovery, nuevecito, es de Antonio mientras el dueño de las panaderías viene en un Citroën C3 destartalado. Hablan de impuestos y empresas, de asfaltado y limpieza de montes... hasta que aparece nuestro invitado, reconocido por Antonio.

-"Tí eres ese da tele ¿non?

- "Sí"

- " O catalán de merda que quere separarse"

- Catalán de mierda, sí. Separarse... le presento a mi esposa. 

Y nos sentamos en nuestras mesas, como si nada hubiese ocurrido. La mirada de Antonio habla por él, perdida en la nada. Tiene la camisa mal abrochada, mostrando su lustroso barrigón cervecero. Los vaqueros sucios, un zapato de cada padre, gorro de paja, cana amarillenta, tez ennegrecida, ojos rojos que contrastan con un iris celeste. Se aferra a una botella de cerveza, medio vacía, que han dejado los muchachos de la tarde. Su copa, de licor café, se ha evaporado, dice que por el calor. Lo sientan entre dos mientras Mucha lo amenaza con vetarle la entrada si vuelve a repetirse algo parecido. Luis le trae otro licor café y un trozo de empanada de xoubas. 

- "Come algo, que no digan no cementerio que non te coidábamos", le dice. Antonio sonríe y hablan de Cataluña y del PP y de Podemos y de Pedro Sánchez y de cómo puede volar un avión y de los mecanismos de las amasadoras del pan, en la siguiente media hora. 

Comienza a anochecer, la marea está en su plenitud porque arrecia la brisa. Las moscas se arremolinan en torno a las bombillas del porche. El avión de Barcelona, comienza a hacer las maniobras de aterrizaje. Aparece Venus en un cielo limpio que va del turquesa al añil en un degradado perfecto. Las golondrinas chillan y comienzan a aparecer los primeros murciélagos. El perfil de la montaña se bidimensiona convirtiéndose en la pintura del mejor academicista del siglo XIX. El chisporroteo del fuego ha dado paso al olor de la carne y las sardinas a la brasa. Sal, aceite, pan de centeno y maíz acompañan la conversación de nuestra mesa. Al lado, el grupo va creciendo. Sacan mesas, sillas, botellas de licor, las cuarenta y los mirones. Nos conquistan por tramos, a traición, cuando Luis recoge la mesa, el niño pide el helado y se han llevado a Antonio, dormido, a su casa. Al final, aunque quieras, es imposible separarse.

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Imagen: Claude Monet, 1865

Sunday, July 16, 2017

Hans Magnus Enzensberger, dos poemas y una fotografía con luna llena

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

Las cosas, las imágenes, las palabras, los jirones de recuerdos se unen porque sí o de una manera en apariencia misteriosa, como en las cajas de Cornell o en las vitrinas de curiosidades, reliquias y recuerdos, fes de vida que se escapa... así esta fotografía de Pancho Villa sobre Siete Leguas, encontrada al azar de un recuerdo de infancia, y esos dos poemas de Hans Magnus Enzensberger

Declaración de pérdidas

Perder el pelo, perder la calma,
¿me explico?, perder el tiempo,
librar una batalla perdida,
perder peso y esplendor, perdón, no importa,
perder puntos, déjame terminar de una vez,
perder la sangre, perder al padre y a la madre,
perder el corazón, hace tiempo perdido
en Heidelberg, y ahora otra vez,
sin parpadear, el encanto de la
novedad, olvídalo, perder los
derechos civiles, me doy cuenta,
perder la cabeza, por favor,
si no puede evitarse,
perder el Paraíso Perdido, y qué más,
el empleo, al Hijo Pródigo,
perder la cara, que le vaya bien,
dos Guerras Mundiales, una muela,
tres kilos de sobrepeso,
perder, perder, y volver a perder, hasta
las ilusiones perdidas hace tanto tiempo,
y qué, no desperdiciemos una palabra más
en la tarea perdida del amor, digo que no,
perder de vista la vista perdida,
la virginidad, qué lástima, las llaves,
qué lástima, perderse en la multitud,
perderse en las ideas, déjame terminar,
perder la mente, el último céntimo,
no importa, termino en un momento,
las causas perdidas, toda sensación de bochorno,
todo, golpe a golpe,
¡ay!, hasta el hilo del relato,
el carnet de conducir, las ganas.
(…)

Canto V

Tomad lo que os han quitado,
tomad a la fuerza lo que siempre ha sido vuestro,
gritó, congelándose en su ajustada chaqueta,
su pelo ondeando bajo el pescante,
soy uno de vosotros, gritó,
¿qué esperáis? Este es el momento,
echad abajo las barandas,
tirad a esos degenerados por la borda
con todos sus baúles, perros, lacayos,
mujeres, y hasta niños,
usad la fuerza bruta, los cuchillos, las manos.
Y les mostró el cuchillo,
y les mostró las manos desnudas.
Pero los pasajeros del entrepuente,
emigrantes, todos a oscuras,
se quitaron las gorras
y lo escucharon en silencio.
¿Cuándo tomaréis la venganza,
si no ahora? ¿O es que no podéis
soportar ver sangre?
¿Y la sangre de vuestros hijos?
¿Y la vuestra? Y se arañó la cara,
y se cortó las manos,
y les mostró la sangre.
Pero los pasajeros de entrepuente
lo escuchaban inmóviles.
No porque él no hablara lituano
(no lo hablaba), ni porque estuvieran ebrios
(hacía tiempo que habían vaciado
sus anticuadas botellas
envueltas en toscos pañuelos),
ni porque estuvieran hambrientos
(aunque estaban hambrientos):
Era otra cosa. Algo
difícil de explicar.
Entendían bien
lo que él decía, pero no lo
entendían a él. Sus frases
no eran las frases de ellos. Golpeados
por otros miedos y otras esperanzas,
aguardaban allí pacientemente
con sus bolsos, sus rosarios,
sus raquíticos hijos, recostados
en las barandas, dejaron
pasar a otros, prestándole atención
respetuosamente,
y esperaron hasta que se ahogaron.

Insisto, nada que ver lo uno con lo otro: día de luna llena, día de maleantes de la política en acción, de asco de nunca acabar, de palabras ya muy gastadas, muy dichas... Algo habrá que hacer dice hasta el que ha perdido las ganas.

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De VIVIRDEBUENAGANA (blog del autor), 13/02/2014


No te juntes con la chusma literaria

JORGE MUZAM

Le digo a Claudio que no es conveniente desperdiciar las horas con la chusma literaria. Que es infinitamente más provechoso beberse una cerveza con un estibador borracho o amanecer con una puta triste en la playa de Curanipe. Que no lo tome como clasismo, prejuicio o arrogante desdén. Simplemente le hago ver que el tiempo de un creador de alto nivel es demasiado valioso, pues mientras otros intentan ascender dificultosamente las escaleras del arribismo literario, se adornan de muletillas y afectaciones, se hacen zancadillas mutuas o intentan hacernos perder el tiempo leyendo sus pelotudeces, nosotros estamos rompiendo la barrera del sonido lingüístico, renombrando estrellas, lanzando letras al agua ruidosa o escarbando en las catacumbas de la incoherencia narrativa. Le enfatizo que es como jugar ajedrez. Nunca mejorarás batiéndote con los aprendices. Y para todo lo que pretendemos leer y decir, nuestra vida se vuelve más corta que la de una ephemera. Por esto, distraernos a estas alturas sería letal para este suspiro vital que nos fue concedido por algún don Nadie.

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De CUADERNOS DE LA IRA (blog del autor), 21/02/2014

Imagen: William Daniels/William Blake II, 2006



Entre el marxismo y la omnisciencia

JORGE MUZAM

Noche de viernes en la cordillera andina. Los perros parlanchines no quieren dormirse y los televisores que aún funcionan están encendidos a todo volumen en programas de farándula. Nuestra casa campestre es grande, pero el chismoseo sobre los famosos traspasa incluso las paredes más gruesas. Mis audífonos están parcialmente estropeados tras enviarlos accidentalmente a la lavadora dentro de un buzo. Los he puesto a secar durante dos días, pero los resultados no son óptimos y hasta suenan divertido, como un trajinado bafle de gitano pobre. Por esto no puedo desligarme por completo del mundanal ruido.

Pasan apresurados agricultores en sus todoterreno hacia los prostíbulos de San Carlos. Van muy serios y perfumados, como si se tratara de la Conferencia de Yalta. En San Carlos aún subsisten algunos antros a la antigua, con viejas comadronas, jóvenes asiladas chilenas y mozos mariconcitos. De Santiago hacia el norte la situación es distinta, los contactos se hacen por celular, los encuentros son en departamentos, y predominan las cubanas, colombianas, dominicanas, y una que otra peruana. Los chilenos, pacatos y fomes, parecen necesitar la sangre caribeña para espabilarse. Y de verdad yo mismo saldría a tomarme una copa y bailar una rumba si en cien millas a la redonda no hubiera puros hijos de puta. 

Fue un día de sudor, de fuerza bruta, de tareas campesinas realizadas a cabalidad. Tras ducharme y cenar me fui a mi "gabinete"(palabra que usó mi abuelo al husmear en mi biblioteca buscando posibles libros perdidos de la suya), encendí luces bajas, preparé un café y abrí mi biblioteca virtual. Avancé algunas páginas en la Historia Social Comparada de los Pueblos de América Latina, de Luis Vitale. Buscaba datos antiguos sobre Venezuela que me sirvieran para un nuevo artículo, pero Vitale, como buen marxista, sólo teoriza en torno a generalidades. Luego me pasé a la novela Diccionario de nombres propios, de Amelie Nothomb. Le gustó a Lo y eso despertó mi curiosidad. Lo es una crítica literaria avezada y desecha rápidamente todo lo que no valga la pena. Quedo en la página 15 y me salto a La piel de Zapa, de Balzac. Avanzo poco, la extrema omnisciencia de este super dios narrador me genera más risa que concentración. Mi último intento es con Mashenka, de Nabokov, novela que prometí comentar con Ricardo una vez que la finalice.

Salgo un rato al patio, que está aromatizado con las manzanas maduras que caen por todos lados. La noche está estrellada, sin luna, y circula un viento frío que mece las ramas caídas de las parras.

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De CUADERNOS DE LA IRA (blog del autor), 22/03/2014

Imagen: Francesco Clemente/The Departure of the Argonaut, 1986

Una joya de desayuno

JOSÉ CRESPO ARTEAGA

Otro domingo soleado, otro día espléndido para preparar desayunos sobre la marcha. Improvisarlos me hace renacer el gusto por la vida, me hace sentir reinventado. Cada uno de ellos es un volver a empezar, un trastrocamiento de los mecanismos del tiempo, como queriendo huir de sus inexorables derroteros. Basta de pamplinas y, mejor, entremos en materia. 

La rutina de un buen desayunista empieza por revisar el refrigerador, lógico, y dar un vistazo a la despensa, también. En una despensa nunca deben faltar huevos porque a la hora de las dificultades es mejor tenerlos. Los huevos salvan el desayuno de cualquier manera: fritos, pasados por agua, revueltos, o como se les antoje prepararlos. Un huevo frito es lo más sencillo del mundo, que hasta un manco no debiera tener dificultades. Si alguien dice que fulano “no sabe hacerse ni un huevo estrellado” es el peor golpe bajo, especialmente a los que presumen de su virilidad. Porque todo en la vida es cuestión de huevos, ¿o no?

Así pues, para mí el desayuno no es tal sin huevos. ¿Habrá ritual más sabroso que destapar la punta de un huevo duro, todavía muy caliente, y meterle una cucharilla de llajua u otra salsa picante para devorárselo antes de que se enfríe? Y si está acompañado de unas papas hervidas con cáscara-a ser posible de reciente cosecha- ya es el colmo de la sabrosura, por ese agudo contraste de lo picante con el harinoso dejo del tubérculo. 

En los fines de semana y otros días ociosos, mis desayunos rondan la copiosidad, sin falta. Es ahí cuando pongo en marcha la operación “huevos revueltos”, alternativamente, con queso picado, mortadela, jamón, chorizo; o recurro a hortalizas tales como cebolla verde, pimentones, achojchas, etc. De vez en cuando, con mote de maíz sale una combinación deliciosa, costumbre que adquirí de mi padre. Para el acompañamiento siempre me valgo de pan crocante o integral, si mi madre hornea los panes tablitas que tanto me gustan, ya es demasiada felicidad en la mesa. A falta de pan, reviso el refrigerador por si queda arroz graneado; o tal vez yucas del día anterior que, después de una retostada de rigor, convertirán el desayuno en una experiencia cuasi religiosa, y a los pocos minutos ya puede Dios mandar el apocalipsis si quiere.  

Observen la foto de cabecera, esa cosa oblonga y oscura no es una morcilla o chorizo, escapado de un típico desayuno inglés (ya pueden ver uno deprimente en una peli de Hitchcock, Frenesí, creo que es). Ya quisieran los ingleses tener una merienda de tales contrastes cromáticos y sabores aun más distintos, donde el suave almidón de la papa morada se posa en la lengua trasmitiendo su textura mineral, terrosa, y que luego puede pasarse a la consistencia cremosa del camote amarillo para endulzar las sensaciones. Entre pedazo y pedazo de ambos tubérculos, que pueden saber algo secos, altérnese con el regusto jugoso de la chorellana para refrescar la boca e ir por el siguiente bocado. 

El huevo estrellado parece estar de adorno pero es el necesario aporte de proteína, vital para equilibrar esa abundante porción de carbohidratos y verduras. Un desayuno generoso y completo que se coronó con un café recién destilado en su versión más cargada. Delictuoso es pensar en bebidas más ligeras como el té, que es más para viejitas, al estilo inglés con masitas y galletas; si recurren al café instantáneo sigan en su empeño de perderse lo mejor de la vida y después no se quejen. Pueden salvar el pellejo si lo acompañan de un zumo ligero de temporada, tal cual de naranja o mandarina, que yo generalmente me tomo de aperitivo. 

Así de sencilla me resultó la faena, gracias a que preparé con los sobrantes de un platillo que degusté el día anterior. Puse las papas y camotes en agua caliente para darles un hervor. Es mejor tener una sartencita exclusiva para freír huevos sin que se peguen.  Ahora, no se asusten con la chorrellana (que así llamamos localmente al ahogado de cebolla y tomate, picados en juliana), que sólo necesita de un chorrito de aceite, pues es indudable que ambas verduras soltarán agua al calentarse. Eso sí, piquen en una tabla la cebolla a altura considerable de los ojos si no quieren llorar como hinchas brasileños, después del 7 a 1 que les endosaron los alemanes una tarde aciaga hace exactamente tres años.

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De EL PERRO ROJO (blog del autor), 10/07/2017

Friday, July 14, 2017

Contarla para vivir… o del como la pasamos en el Congreso en Asunción

MAURIZIO BAGATIN

“Cada hombre es un poeta” -Charles Bukowski-

Todo lo que no está escrito se puede aún contarlo.                                                                              

Todos los hechos narrados son reales o imaginarios, quienes se reconozcan con lo narrado es probable que hayan realmente existido, sin haberlo vivido verdaderamente.                                                                                         

Entropía social versus reminiscencia melancólica, esta dicotomía del ser se encontró, en el degradado clima de Asunción de aquellos días congresuales: a los orfebres de la palabra se les permitió deleitar el tiempo y el espacio con semillas humanísticas, para mañana poder cosechar el hombre futuro porque el hombre aún no está hecho, el hombre se está haciendo.                                                

La composición química de todos nosotros es muy parecida: CHONP… C por Carbono, H por Hidrógeno, O por Oxígeno, N por Nitrógeno y P por Fósforo. Algo más y así es la vida.

Hacia la convivialidad fue el camino recorrido, en un sobrio desfile de la mediterraneidad hecha de Séneca y Cicerón, de la Abya Yala de ayer y del mestizaje de hoy.                                         

La palabra fue la semilla que explotó dentro la tierra, el fruto no lo vamos a cosechar…. que quede semilla del ayer adentro de nosotros.                                                                                       

Un juego de gigantes y enanos hizo digerir la falta de una siesta, que para los españoles es como la tortilla para los mexicanos, y ya se estaba escribiendo la Poesía cuando, describiendo el mercado en el suelo, como Cholakatu o Tianguis, la palabra se hizo reina, porque es la reina morganática por excelencia, verbo por Mito primordial.                                                                                                                        
A los tres problemas encontramos soluciones: a lo técnico, técnicas, a lo natural, naturaleza, a lo comportamental, inteligencia, simplemente porque con las complejidades tenemos que convivir siempre: un Panta rei más como herramienta ergonómica de nuestros caminos…

No tenemos y no queremos criminalizar aquel supuesto neocolonialismo que muchos han visibilizado… es que la memoria es la única facultad que el hombre olvida, mañana en la batalla piensa en mí, dijo el poeta.                                                                                                          

Cervantes y Shakespeare ya comparten algunas fechas imborrables.                                    

Infinitas son las eternidades de las leyes, al hombre ninguna le ha concedido la gracia de ser humano. Si seguimos pensándolas, idealizándolas, discutiéndolas y promulgándolas, seguiremos solemnizando nuestra aburrida eternidad.

Contar es desvelar, desvelar es desnudarse y desnudarse es nacer.                                                

La noche no permitió a la luna su esplendor, las nubes alumbradas hasta el ciberpunk la hicieron de dueñas, una llovizna acompañaba la fecha del rejuvenecer bajo una luna de plata: el harem fue rockero inmaculado por el grunge…

Como en la utopía de Galeano, no existe el logro, no hay meta, no hay resultado: todo sueño es platónico, toda quimera es hecha de mujeres dibujadas, de esperanzas diseñadas, de mundos invisibles….nada tiene más realidad del sueño.                                                             

Homero se encegueció para quedarse en el sueño y Peter Pan sigue circunnavegando la isla del nunca jamás.

En la Polis, para el hombre, la sal de la tierra era el acto político, el Taypi Yuyai fue la política de acto, de cuando el hombre hacía antes de pedir: dar y recibir ambos esclavizan.                

Mucho antes de que los gigantes de la oratoria, desprovistos de síntesis prosaicas, nos infligieran las torturas del largo discurso, hubo filólogos del watsapear, novios más maromos que la leche de la repera y reoca de aun esperar. Con Goethe tendríamos una larga carta poética, con Flaubert una orgía literaria perpetua, porque hoy no tuvimos tiempo para escribir una carta corta. Tejer una trama, tejer una vida es obra de mucha paciencia, es obra de una perseverancia tal como la de Penélope: pequeñas cosas hacen grandes cosas, como el mosaico del Universo, hecho de un tiempo biológico, hilo con hilo, paso a paso, más espacio que tiempo, más amor que pasión, todo el tiempo del mundo.

Porque de todo lo que hay, no falta nada.

En la metamorfosis de un paisaje o de un país quedan símbolos inalienables: los nombres que el hombre atribuye al Mito por él y para él: y así debajo de ruinas se erigen otras ruinas, las ruinas de los recuerdos imborrables. Solo a los Mitos está permitido olvidar: frente al palacio de gobierno, edificio neoclásico con cierta influencia palladiana, las chabolas de los refugiados ambientales o desplazados climáticos colindan con el Luna Park posmoderno en busca de un rock inmortal: las calles llevan nombres de batallas, de sargentos valientes y de capitanes de ultramar, los patapilas recuerdan del país de los pájaros-perros al General Mariano Melgarejo, un Calígula autóctono, populista y popular.                                                                                                     

La novela más acabada y perfecta de García Márquez, según su eterno amigo Álvaro Mutis, es El coronel no tiene quien le escriba, sin embargo la que vivimos efímeramente la tarde del sábado parece salida de una película de Jodorowsky... tiene olor a humedad chaqueña, sabor de cocido y chipa y la perfección de un realismo mágico a nunca acabar: el comerciante chileno, explorador de los rincones más desconocidos de América Latina sigue viviendo en su choza, a cuidarlas maniquíes enmohecidos y calvos, esperando su retorno de una larga batida de caza o de una salida de pesca.                                                                                                        

Santiago, sigue el camino, a nombre del apóstol es santo ya en el interior de su nombre…                                          

Mientras que Gustavo, antítesis de la desdicha de los sin tierra, de los desplazados y de los refugiados, agradece la coyuntura actual, la cual promovió inversiones extranjeras, crecimiento económico y el traslado de las torres gemelas hasta Asunción, un paisaje alucinante en una tarde abrumadora…desde un rincón del mundo que atenderá de lunes a lunes…un dolor que el paraguayo, sin tierra, sin industria, sin esperanza sigue diseñando en el cielo nublado, achicharrado por el calor de las interminables tardes infinitas. Parece que va llover, siempre parece…..un abominable comistrajo crepuscular.

El discurso conquista el pensamiento, pero la escritura lo domina: vivimos la época de la manipulación de la palabra mientras disponemos de 50000 variedades de vegetales comestibles, de estas consumimos alrededor de 2500 y son solamente 15 las que definen nuestra alimentación: la diversidad puede ser la soberana siempre y cuando hagamos un justo uso político del alimento. ¡Que la locuela sea como el plato de comida!                                         

El jopará es el plato emblema del campesinado paraguayo que mezcla, siempre en partes desiguales, arroz, frijoles, fideos y maíz. Pero también es la lengua híbrida y mestiza que combina el guaraní paraguayo y el castellano.                                                                                    

En esta isla rodeada de tierra las horas laborales semanales son 48, hasta hace poco eran 52, el 3% de la población controla el 85% de la tierra y en todas las formas de poder se puede ver expresada esta abismal desigualdad.                                                                                               

Reivindicaciones por tierra y territorio, como las del pueblo Mapuche mantienen vivas las fuerzas de los pueblos, de todos los pueblos; en una t-shirt leo: La Tierra Mapuche no está en venta. Los colores invisibles de Benetton. A desalambrar es la palabra viva hacia la libertad de este pueblo luchador… con un hip-hop de hipnosis.

Última noche: migrantes fueron todos los hombres, almas migrantes en el tiempo y en el espacio, desde el alba del mundo, aquella tabula rasa hecha de ingenuidad y coraje.                               

Hoy piden cobrar el corcho al consumo de un humilde licor de la hoja increíble… la pobre maître esperamos no haya perdido las 48 horas de trabajo semanal.

Seguimos buscando la Yvi Marae’y portándonos mal, para pasarla bien.

Mba’ evé nda chepurai, avaré nda cheyokoi 
(Nada me apura, nada me ataja)    


mayo 2016