Thursday, March 31, 2022

La metaficción en tiempos oscuros


MAXIMILIANO J. BENÍTEZ

 

Llevo unos meses trabajando en el borrador de una novela corta. La historia es simple, lineal y clásica en su desarrollo: dos amigos de la infancia se reencuentran, luego de treinta años, y ponen sobre la mesa hasta qué punto siguen o no siendo aquellos hermanos inseparables que un buen día la casualidad (o el destino, según uno de ellos) había caprichosamente reunido. A partir de ahí comienza un diálogo nutrido de antagonismos que acaba por desmadrarse hasta el final de la historia.

Yo tenía unos cuantos apuntes (boyas, suelo llamarlos) por los que va desarrollándose y discurriendo la trama. Pero la historia, la charla que vertebra gran parte de la novela, lejos de ser tediosa, iba a ir in crescendo hasta un suceso que marcaba el tránsito entre el nudo y el desenlace. Lo tenía todo bien medido, las cruces en el mapa muy definidas, algo que incluso me sorprendió, porque suelo darles mucha cuerda a los personajes.

Pero comenzó la guerra, lo de Ucrania; los flashes informativos, las imágenes del éxodo, los bombardeos y las vidas arrancadas de cuajo inútil e injustamente, los cuerpos desparramados con las maletas cerradas para siempre, el llanto de las mujeres recogiendo la penuria en las manos temblorosas cubriendo el desconsuelo. Los horrores de la guerra (y soy muy consciente de que nada empieza o acaba en Ucrania, que hay conflictos y calamidades en los cuatro puntos cardinales del hemisferio) me tienen en vilo desde entonces; incluso, a veces, me regodeo en ellos, me fuerzo a padecerlos para olvidar y aligerar el absurdo y gris peso que me impongo a lo que me toca vivir. Y por supuesto que me siento un cretino por una frivolidad de esta categoría. Porque todo lo que escapa a la muerte se tiñe de frivolidad cuando se vive a miles de kilómetros de distancia.

Así, pues, la charla de los viejos amigos de la infancia que, según los apuntes, iba a dilatarse en el espacio de treinta o cuarenta páginas, acabó por retorcerse y desencadenar los primeros renglones del desenlace. Las imágenes del conflicto se cristalizaron en la mirada impía de dos extraños que, años ha, habían sido gemelos astrales.

Pensé entonces en Onetti, en esa obra cumbre de la metaficción que fue La vida breve, que bien podría ser el perfecto decálogo del buen novelista, la brújula última de un autor extraviado por las contingencias. Recordé la retroalimentación cimentada en las tribulaciones del protagonista de la novela en el texto que escribía por encargo, en cómo el autor padece hasta el punto de que su historia se nutre y degrada y al mismo tiempo crece en esas vacilaciones. Tenía un puñado de apuntes sueltos, dispares pero anclados al “asunto” de la novela, esbozos de los que no planeaba deshacerme, pero acabé por entender que, llegados a un punto, hay que liberar a los personajes del cerco en el que habitan, dejarlos fluir de la misma manera que permitimos germinar sentimientos y miedos que a menudo nos aquejan o hacen vacilar. Es la única forma (me dije también) que esa gran mentira que supone una obra de ficción sea una verdad genuina, honesta. Porque la guerra, llamada a sesgar por su propia naturaleza, también nos enseña, con hierática crueldad, que se puede herir mortalmente con balas de pólvora húmeda, en ese microcosmos que nos habita y destruye y desvanece, in eternis.

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De TODO LITERATURA, 27/03/2022 

Jorge Muzam. La vida continúa


JUAN PABLO JIMÉNEZ

 

No son precisamente cuentos lo que nos ofrece Jorge Muzam. Tampoco son reflexiones, ni pensamientos. Tal vez sea una pequeña mezcla de todo eso y un poco más. Como un alquimista, que logra los equilibrios perfectos para acercarse a un punto de comunión consigo mismo como ser humano

Lo que sí es claro es que Jorge Muzam, el escritor chileno, se nos muestra aquí despojado, sin concesiones. Puede que se le note a veces cansado. Puede que a veces le falte el habla, la fuerza, la respiración. Puede que a veces lo único que quiera es fumarse un cigarro para escaparse del mundo, aunque sus perras lo encuentren extraño. Puede que lo único que a veces quiera es que su hija le de autorización para tomarse otra copita de licor.

Muzam recurre al mundo infinito de sus hijos para interpretar su propio mundo interior. A medida que eso va pasando, se nos va mostrando como un ser humano hecho de cuotas de miseria, arbitrariedades, desengaños y expectativas en declinación.

“Papá, ¿para ser pescador hay que ir a la universidad?”, le dice su hijo a Muzam. Las preguntas simples pero universales de los niños enfrentadas a nuestra medianía. Es justamente a partir de eso que Muzam se para frente al mundo y sigue su camino.

En estos cuentos-reflexiones-pensamientos, el escritor de San Fabián de Alico nos comparte trozos de su existencia, de todo aquello que lo ha marcado, aunque hayan sido sólo tropiezos.

En ciertos momentos, Muzam habla de las tribulaciones, pero también nos emociona con los paraísos conquistados por sus hijos, que al parecer le impactan tanto que lo hacen justamente no perder el sentido de la existencia.

Muzam nos habla a través de los libros de sus niños, de las almohadas de sus niños, de las preguntas de sus niños. Nos habla al hacernos confesiones, al buscar el optimismo en medio de la nada, al tratar de derribar demonios.

“Sorprendo un enorme abejorro introducido de cabeza en una flor. Antes de que se marche voy por un frasco de vidrio y lo atrapo. Se los muestro a mis hijos que están absortos en su Nintendo. Lo miran molestos, ¡qué grande! expresan y vuelven a su juego. Regreso al jardín y libero al abejorro que pasa el mal rato succionando furioso una nueva flor”. Así nos habla Jorge Muzam, en este caso en “Molestando un Abejorro”. Toma un elemento simple y lo envuelve con la cotidianeidad. Puede que el resultado sea tierno, puede que sea ingenioso o puede que sea una manera de darnos cuenta de lo inmenso que aparece el mundo ante nuestra pequeñez. 

El mundo infinito de los niños es una nave, una excusa para desentrañar fantasmas y volver a la simpleza como un sustento, como un sustento de vida.

Puede que el resultado sea tierno, puede que sea ingenioso o puede que sea una manera de darnos cuenta de lo inmenso que aparece el mundo ante nuestra pequeñez.

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De CHILE LITERARIO, 10/08/2012 

Monday, March 28, 2022

RECAPITULACIÓN


ELIANA SUÁREZ

 

Y sí, el cristal se ha roto. Una imperceptible grieta deja discurrir la arena como las horas vanas se han ido en insensateces jamás reconocidas.

La arena discurre y se escurre en cada acción que apuramos tras la ilusión de que algo hacemos con nuestras vidas. Arena huidiza entre los entretelones de un escenario grotesco. Reímos llorando por dentro y las máscaras se han pegado a los huesos.

No importa. La arena, grano a grano, nos recuerda la impotencia de nuestro andar. Paso adelante, grano perdido; paso hacia atrás grano esfumado.

No es juego. El viento quiebra el cristal y el cristal vomita a la arena. La arena cae y el mar la arrastra hacia el hueco negro de la no existencia. Aquello vaguedad impuesta por ojos cerrados y mentas vacías.

Grano perdido, grano añorado. No hay modo de recogerlo si en el vacío pululan garras invisibles y tras la piel solo habita un enorme hueco.

Crono devora a sus hijos pero, esta vez, no los devolverá. Dentro de su estómago se desharán en millonésimas partes de nada. Nada alimentada por sombras y negada a la luz.

Somos lo que hemos querido ser. Ahora el cristal se abre en gruesas grietas y borbotones de blanca arena se pierden en el infinito.

Un reloj sin agujas y hecho de llaves rezuma el aliento. Doce llaves ancladas en la madera detienen los afanes incestuosos entre fuga y placer. Cada hora una llave y cada llave esconde un misterio.

Ciegos, vistiendo anteojeras de caballos desbocados, extendemos las manos para asir inútilmente llaves y arena. No hay modo de sostener unas y atrapar las otras.

No hay cábala ni hechizo ni negación que valga. Crono ríe a carcajadas. Nos ha engullido y asimilado en minúsculas células danzando en su roja savia.

 Ahora el reloj de arena se ha roto. Ahora, las inexistentes agujas giran en sentido contrario y las llaves se han transformado en piedra. Quien las toque, las destruirá.

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Imagen: Philippe de Champaigne, 1671

 

 

 

Wednesday, March 16, 2022

El George


EDUARDO KUNSTEK

 

En los años que viví en Oruro como George consideraba que yo vivía una suerte de exilio sentía la obligación de visitarme. Aparecía varias veces al año unas veces por mí y las más porque alguien en Cochabamba se le hacía insoportable. Al llegar y antes de nada me daba un minucioso parte del acontecer cochabambino. Siempre me sentí afortunado de ser depositario de esa información. Pues él fue un genial observador y un poeta genuino.

Los pocos días que se quedaba hacia una vida hogareña, con tazas de café tras la ventana soleada, leyendo algún libro sacado del estante; luego de un minucioso recuento de los libros que la componían. Por su pasión libresca tan conocida; en algún momento de la visita me proponía algún cambio al que accedía con reparos pero consciente de la alegría que el trueque le daba.

En la tarde se la pasaba traduciendo de la casetera a Bob Dylan, nos leía a Auden y Yeats en una traducción simultánea pues los poemas estaban escritos en inglés y él los leía en castellano.

Esperaba la hora del té que en verdad era para él su mejor comida; aliviado cuando yo no estaba por trabajo; disfrutaba junto a mis hijos de galletas y queques que él pedía expresamente.

Luego salía al café pues no tardó mucho en hacerse de una mesa y lograr la amistad de innumerables personas. Cuando salíamos acabó presentándome a personas admirables, conocía a más personas que yo que vivía años establecido; con algunos amigos suyos, mantengo hasta hoy amistad. Consolidó e instituyó una mesa de café suya en Oruro con habitúes universitarios, fraternos de una morenada y artistas cuya preferencia siempre fueron los plásticos con los que tenía una alianza estética. Muchos de ellos guardan una reseña de George.

Todos en la casa nos alegrábamos de verlo cómodo y vital, cómo él decía -reivindicando su cuna orureña- pero llegaba un día en que le ganaba la nostalgia y era alguna “muchacha del lugar” o cómo también las nombraba “una enamorada” la que lo hacían volver a Cochabamba.

El George ausente se dejaba extrañar, lo recuerdo decirles a mis hijos entre risas y meneando la cabeza negativamente: -Ay, este Kunstek- mientras partía su chocolate Sublime y les alcanzaba un pedacito.

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Fotografía de Edwin Guzman: Jorge Zabala Suárez en automóvil club Oruro.

 

 

todas las guerras


 PABLO CEREZAL

... pero no me hagas caso,

 lo que me pasa es que este mundo no lo entiendo

  Luis Eduardo Aute

 

 

Los tambores de guerra ondean a modo de bandera el recalcitrante fulgir de falanges en que se destrozan, ensangrentados, los tamborileros de uno y otro y aquel otro bando. Europa se aburre y reorganiza a las masas del sueldo bien ganado para que agiten su ajedrez de mesa puesta y abrazo tan falso como desbocado. África es un cocodrilo (¿o era América?) que no necesita careta más que para desordenar lo fúlgido de dientes cariados por el hambre de McDonalds payasos y grafitis desahuciados de todos los extrarradios. Ya no es que suenen, es que atronan y vuelan en desbandada de ataque aéreo, los tambores de guerra, mientras nosotros les marcamos el compás, desde el sofá del salón, ya está tardando en llegar la cena, ¡mujer!, con feligresía de tertuliano.

 

Hay una guerra civil en Burkina Fasso, esa pequeña nación mordida por Costa de Marfil, Ghana, Togo, Níger y Benín, África o por ahí, dicen, en que desde 2015 miles de cuerpos negros de rabia y miedo son la sintonía en negro de las noticias que no leo. Hay una guerra en Myanmar, Asia y ojos rasgados y hambre y sumisión al eco hueco de los noticiarios. Hay una guerra en Etiopía (y vuelta con los negros) en que los casi dos millones de «desplazados» nunca alcanzarán el estatus de refugiado porque no ubican en la definición de quienes son merecedores de sentir en sus carnes los Derechos Humanos. Hay una guerra en Yemen y millones de dólares esparcidos entre las sábanas blancas de fantasmas que esparcen aromas de mil y una noches para mejor servirnos el petróleo que ahora añoramos y que desde hace demasiados minutos eso que llaman la ONU viene «denunciando» como la peor crisis humanitaria de este globo terráqueo en que nos englobamos inflamados en las noches de aplausos en Facebook y gintonic en Serrano. Hay, todavía, sí, una guerra en Siria y más de 13 millones de ciudadanos que perdieron la ciudad y devoraron el espanto. Hay una guerra en Palestina. ¿Hay Palestina?

 

Hay una guerra en Ucrania y hay que levantar, enhiesta como erección mal dispuesta, la bandera de lo solidario entre la población que hace procesión frente al supermercado temerosa de verse privada de los bienes esenciales que para muchos son esencia de trabajo mal sudado y peor pagado. Que nos quedamos sin aceite, aunque sea mentira, y que el granero de Europa era una tierra de ojos rubios y niños acribillados, cierto, ahora lo comprendemos, pero déjennos encender el móvil para proceder al pago de todas estas cervezas que lo mismo mañana ya no degustamos.

 

Sé que no se me entiende, y tampoco sé si lo pretendo, ni si, caso de hacerlo, me haría bueno. Solo sé que ni yo mismo me entiendo porque me duelen todas las guerras, pero, aun a riesgo de parecer frívolo, ya que la población global arrecia con sus tormentas de ausencia y fin de mes mal pagado hoy solo entiendo la guerra que deseo librar entre tus brazos, pedazos de tu piel tallados en mordisco como Altamiras borrachos y el milagro de tu carne entre las sábanas, ensangrentado como una sirena varada que olvidó al apuntador y solo apunta mi aorta con maneras de pistola infantil en medio del escenario.

 

Y si arrecian todas las guerras te espero en Ollantaytambo, subiendo y bajando entre rocas como un Sísifo ajeno a derrotas, falta de oxígeno y clamor de diccionarios que hablan de amor con palabras gastadas y envueltas en páginas de enciclopedias del todo es gratis o mucho más barato que si enciendes la televisión pero no la calefacción porque el gas y la electricidad y la guerra en Ucrania y tantos miles de niños rotos de miedo y, entre nuestros brazos, flácidos pero llorados.

 

Hay una guerra en Ucrania y nos faltan foros y redes sociales para mostrar nuestra solidaridad y ya casi somos capaces de asumir que hay una guerra silenciosa con el vecino de al lado y que miles de sub, sobre o simplemente saharianos nunca podrán ser abrazados porque vienen a robarnos el pan y a asesinar nuestro futuro ocupando nuestros hogares o simplemente a quedarse con las ayudas con que nos agasaja papá Estado.

 

Hay una guerra en Ucrania y me duele la carne en el dolor de tanto miembro despiezado, pero cerraré este absurdo texto con frivolidad, afirmando mi más firme solidaridad con el recorrido lácteo desde el que tu piel me desgarra el tacto, y confiando, como el resto de conciudadanos, en que no desaparezcan las cervezas de los supermercados.

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De POSTALES DESDE EL HAFA, blog del autor, 14/03/2022

 

Friday, March 11, 2022

Una carta desde Kirguizistán


MAURIZIO BAGATIN

 

Cuando estaré ahí me hablarán los ojos de su gente, nada más, y lo sé, hablarán mis ojos. Recordaré lo que hay que recordar, el olvido de los dioses, el olor a lluvia que los poetas llaman petricor, y todas las sonrisas de los niños, la poesía de Leopardi de aquel pastor errabundo.

Habrá nómadas que me acomodaran en sus yurtas, beberé leche como si fuera el licor más fuerte, afuera miraré el negro de las montañas, la luna de septiembre; en Manas la epopeya de Ulises, aedos que siguen cantándola, recitándola, todos viviéndola en versos cada vez más cercanos a la verdad. Serán los akyn que confunden las noches estrelladas con la canícula de agosto.

Cuántas guerras, de lejos. Porque hay siempre guerras. Pisamos mal la tierra y no sé si es el mal o si es Tánatos. Si un nuevo medioevo está en su alba y un Hades muy cercano nos está observando.

El bicho que salió de Wuhan solo una certeza nos ofreció, transparentando lo que somos, y en muchos individuos amplificó la estupidez; Schiller no haría más que confirmar las vanas luchas de los dioses.

En 2003 Giovanni Pellegrino -él me invitó a la lectura de Silvano Agosti- quiso organizar una caravana hacia Bagdad, el borracho de Bush oscureció otra vez las mil y una noches, como ya lo había hecho el tonto de su padre. Giovanni no lo logró, las armas de destrucción masiva fueron encontradas en el cerebro de Aznar y de Blair, me hablaba por teléfono desde Carmen de Patagones, los pacifistas estaban en las plazas como hoy, el estado de ánimo estaba mutando. El siglo corto empezó alargando su temporalidad en un tiempo inmóvil. Leí: “Y el que quiere hacer el amor, trae a la vista una pequeña flor azul: para que el amor no genere hipocresía, incomprensión y vergüenza. No hay guerras, no hay armas: no hay políticos falsos y sobre pagados sino trabajo voluntario: no hay publicidad sino información”. Era “Lettere dalla Kirghisia”, el libro que después de un año leí hasta sacarle el jugo de la sal, cantaban los trovadores y los cantastorie, y desde Platón buscan el más allá de la poesía.

O es hoy la poesía de Mauro Corona frente a una botella de vino, los vasos nunca medio vacíos, la escultura de nuestros rostros esculpida por el silencio. Mi bicicletear bajo las últimas lluvias de este marzo, que es ya otoño y aún invierno donde se mata. Y los ojos de figuras kafkianas veo peregrinar como los seres imaginarios de Borges: “Ignoramos el sentido del dragón, como ignoramos el sentido del universo, pero algo hay en su imagen que concuerda con la imaginación de los hombres, y así el dragón en distintas latitudes y edades”.

Las cartas escritas serán mañana epistolario, entre el cielo y la tierra, un chasqui universal las entregará a moros y a cristianos, o las conservará y como un Faust se irá caminando por el mundo, sin comprenderlas, sin comprender.

 09 de marzo 2022

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Imagen: Piet Mondrian, Farm near Duivendrecht, 1916  

LÁVANOS LAS CULPAS


ELIANA SUÁREZ


“…el arte nunca evitará la muerte de un niño,

pero puede salvar a la humanidad entera.”

Ernesto Sábato


Juanito Laguna es el niño comodín de las escuelas argentinas cuando se quiere hablar de la defensa de los derechos del niño. En lo personal, de toda la serie, elijo dos. En el “Juanito dormido” (Berni, 1974) vemos a un chico adormilado. La cabeza descansa sobre el brazo derecho que se apoya en  una caja de la cipoleña exportadora de frutas Kleppe. La basura hace las veces de colchón y muralla. Su perro, escudero fiel, lo acompaña. Ambos sueñan con lo que no tienen: comida fresca.

 En “Juanito Laguna remontando un barrilete” (Berni, 1973), una nube se cuela entre la mugre de un barrio pobre para que este pequeño héroe pueda desafiarla mientras juega. Los juegos infantiles son eternos, inmensos, inalcanzables para quienes vamos envejeciendo. Sueños y basura, nube y pobreza. “Si Juanito Laguna / llega a la nube, / es el viento que viene, / lo ama y lo sube.” Los versos de Lima Quintana y Cosentino sintetizan el “ser niñez” en tiempos áridos, de vidas cegadas.

Los dos cuadros estallan en color. La infancia debiera ser eso. Color y aventura, desafío de lo imposible. “Si Juanito Laguna/ sube y se queda, / es tal vez porque puede. / Puede que pueda.[1] Les hemos roto la paleta, no hay contrastes. Sólo el gris fantasmal de la niebla y una danza macabra que se aleja de las rondas infantiles. El lobo ahí está.

Entonces, nuevamente un niño exhorta al agrio corazón del mundo adulto. Lo vemos en directo. Llora desconsolado. Llora solo y camina hacia la nada que es el presente en este bello mundo convertido en cloaca. “En su barro tierno, de dolor eterno, / medroso presiente/ que en aquel invierno vendrá la creciente / dejando  sin rancho, desnuda a la gente / sembrando en las islas, la devastación[2].” Hace un tiempo, otro pequeño, dormido por la sal del mar, tendido sobre la arena y arropado por las olas, nos recordó aquello de lo que la mezquindad humana es capaz.

Un par de años antes, un padre palestino acunaba en las redes a su bebé muerto, sucio de escombros, expresión dulce de inocente muerte. Este rosario de cuentas de carbón ya nos había mostrado en los pequeños africanos, expuestos en documentales y en fotos con aves de rapiña y moscas  acechándolos, el precio de un plato diario de comida … Pero es posible que nunca se nos hayan oprimido corazón y estómago como cuando vimos  aquellos ojos opacos tras los cercos de un campo de exterminio o a la niñita desnuda quien atravesada por un grito mudo, corría para no dejar su piel en el asfalto.

Los niños no son los privilegiados del hoy ni del mañana. Nadie es nada en este mundo por el solo hecho de que así lo hemos querido.  Tirando hacia el sur, occidente abraza la triste ilusión de magnificar la vida de la gente en festejos y fotos como si eso fuera garantía de algo. Cuanto más amor, más exposición y más objetos, amuletos de la envidia,  sello de categoría conforme las reglas del mercado. Las niñas crecen en vanidad; los niños, en la ley del más fuerte. Ambos, en la del gallinero. Sin duda habrá otras guerras en el futuro. Es más fácil eso que enseñarles a amar. Y ese mercado se vale, en los países tercermundistas, del trabajo infantil. Lo que se tira en los contenedores es, en definitiva, el dolor de la infancia.

Llueve en Ucrania o en Yemen o en Polonia o en la Patagonia ancestral. Tiernos cuerpos pequeños, atrapados por ideologías absurdas, tiemblan. Siempre sienten frío. El frío del miedo y de la ilusión robada. El de la familia perdida y el de la indiferencia.

 Arrastra tu llanto, pequeño, en tu bolsa de plástico. Arrastra tus piececitos y tus sueños. Lávanos el alma con cada lágrima porque no seremos capaces de verte mañana. Llora, dulce niñito, la ignominia y el egoísmo. Crea un mar donde se ahoguen la maldad y la oscuridad, escudo de hojalata de quien se cree un dios: triste espanto de ciénaga. “Caracol.. caracol.. / tan chiquito y tenaz, / con la cuna a cuestas / arrorró sin sol.[3]

 

 

[1] Lima Quintana, H.  y Cosentino, I. (1969). Juanito Laguna remonta su barrilete. Cancionero de Juanito Laguna. Poligram discos.

[2] Dávalos, J. y Falú, E. (1974). Juanito Laguna se salva de la inundación.  Cancionero de Juanito Laguna. Poligram discos.

 [3] Dávalos, J. y Falú, E. (1974). Juanito Laguna se salva de la inundación.  Cancionero de Juanito Laguna. Poligram discos.

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Imagen: Antonio Berni