Sunday, January 30, 2022

Borraremos todas las palabras


MAURIZIO BAGATIN

 

Borraremos todas las palabras y quedará un texto. Será el tejido de aquella frazada tan grande, la vida, el tejer de las noches que no veían aun el dilúculo in fraganti, el lento movimiento de los palillos frente a un licor -el Bourbon en una prosa de un amigo, la grappa esperándolo- mientras hilos y sonrisas y algunas lágrimas derramaban las frases sin tiempo. Celan y Pavese sabrán.

Hay alondras y murciélagos, amores difíciles que llevó a la narración Italo Calvino, a él y a otros viandantes de la casa del ser, hasta que nuestro mundo iba acabándose con L’albero degli zoccoli (El árbol de los zuecos).

El arcoíris o el tramonto en una ciudad imaginaria del sur son felices misterios de los cuales un ser humano no puede aún desvelar la verdad.

Siguen tejiendo y ya es el alba. Bajo un cielo gris y en búsqueda del sol y del viento…

28 enero 2022

Imagen: El arcoíris de ayer en Cochabamba 


Sueños


HUÁSCAR SANDOVAL BAUER

 

Hace un tiempo que no escribo, estoy como adormecido, sumido en un letargo muy cercano a la beatitud, pero sin la certeza de la redención. Con una resignación sin fe o una espera sin esperanza.

Me siento en la terraza de casa, tomo café y fumo-ahora que el calor nos dio un respiro-contemplo el atardecer y sueño. Sueño que camino con Claudio, tras las huellas de Babel, por las calles de Odessa. Busco a Tolstoi, el conde, no el místico, ese vendría después. Imagino a los alucinados jinetes que cargaron contra la muerte en un valle de sombras interminable, en Balaklava. En Sebastopol, encuentro al conde…

Paseo con Mauricio por la martirizada África, y encuentro las quimeras negras en Katanga y los apocalípticos caballos en Biafra. Navego rio arriba por el misterioso Congo, directo al “corazón de las tinieblas”. El horror lo impregna todo, hasta el alma. La muerte clama por Leopoldo y los belgas. Busco oro en el Transvaal y un cielo protector en el Sahara. Quiero encontrar a Francia en Argelia, pero ya no está, se fue con más pena que gloria.

Soy testigo de cómo un Taipan ingles construye un imperio en Hong Kong, la bahía mejor protegida del mar de la China. Botín de la primera narco-guerra: la pérfida Albión lo hizo de nuevo. Después serian derrotados por “un faquir semidesnudo”, como lo calificó Churchill. Pero esa es otra historia.

Vi como un Shogun exigía la lealtad eterna de sus guerreros en un sanguinario ritual, no exento de belleza. Muchos años después un excéntrico escritor repetiría el ritual, para mayor gloria del emperador, provocando el horror del mundo “civilizado”.

En fin, soñar no cuesta nada, lo malo es tener que despertar para volver a soñar, eso fatiga un poco…

Yacuiba, 28 de enero, 2022

 


Wednesday, January 26, 2022

Ingenuidad


DANIEL AVERANGA MONTIEL

 

Una de mis primeras ferias de inicios de año fue en Villa Dolores. Salimos con mi madre, solos ella y yo, a las 8 de esa noche; mis hermanos mayores estaban pasando el fin de semana con mis abuelos (vivían cerca del estanque), mis hermanos menores aún no nacían y mi padre, tan oportuno sin notarlo, estaba durmiendo su borrachera, auspiciada horas atrás por sus hermanos y algunos amigos.

Recuerdo que tiramos algunas pelotas a paneles donde estaba una bruja mal dibujada que, tan grotesca como cúbica, tenía en la parte del rostro un hoyo en forma de estrella y, más al fondo, en esa cavidad en forma de estrella, el rostro deforme esperaba que diéramos en el blanco. Metí solo dos de las cinco pelotas en ese hoyo y me regalaron una pipoca como premio consuelo.

Los otros kioscos ofrecían api con pasteles empalidecidos por azúcar molida, que en ese tiempo no tenían de fondo a películas de estreno para acompañar, solo y sino canciones de los Bukis o de José Luis Perales. Ilusiones de felicidad vestidas de recuerdos gratis de algo que no vivimos, en tanto se escuchaba Llega Navidad / y yo sin ti / en esta soledad / recuerdo el día que te perdí... o Sí, sí, sí, / te quiero con el corazón / tú serás para mí / y yo tu amor...

Más allá de los espacios de venta de recipientes de barro petrificado, había un par de toldos más reservados para las parejas que querían beber y bailar Iberia o Maroyu, porque era necesario, puestos alejados de la vista de las familias constituidas, alejados de cualquier ojo curioso pero en mal, para la juventud, y Pasito Tun Tun o Primera experiencia eran la prioridad para disfrutar. Terreno visto de lejos nomás por mi madre, mientras me compraba una manzana acaramelada y luego anticuchos, sentados al lado de otras personas, sin miedo a contagios u otras cosas.

Al norte de la plazuela aún no llegaba el espectáculo de la mujer que se convertía en gorila, en esa oportunidad lo máximo de atractivo eran los autos chocones... (Más de veinticinco años después, como si estuviera programado, almorzaría sobre uno de los banquitos sobrevivientes de la plaza, sujetando con cuidado un tupper tibio y viendo los mismos autos chocones siendo refaccionados, esto a eso de las tres de la tarde, acompañado de alguien que decía que me amaba y a quien fallé, como todos los que somos amados fallamos a nuestras parejas: nadie que ama y quiere el bien del otro queda impune)... Ya eran casi las diez cuando mi madre me dijo que diéramos una vuelta más antes de volver, yo estuve de acuerdo. No había otra opción. Los juegos, los puestos, estarían hasta las 10:30 y luego cerrarían.

El último paseo por la feria fue para ver los carteles de los kioscos con suerte sin blanca, con tiros a muñecos viejos vestidos a la fuerza con nuevas prendas destinadas a Ken wawalones, y ahí contemplé por primera vez a Iron Maiden y a Eddie, su bicho medio punk y medio Laura Bozo, levantando un hacha ensangrentada con un fondo pleno de la Luna llena anunciando algo... O esos pósteres con una Gloria Trevi vestida de hembra revolucionaria, con cinturones de proyectiles haciendo cruz sobre sus hermosas tetas (en ese tiempo me producía un rubor acelerado verla así, como un charro sexual, ahora me produce algo de pena)...

Esa noche, todo lleno de manzana acaramelada y anticuchos, me metí en cama dispuesto a dormir muy bien, mi padre seguía roncando y mi madre lo arropó más.

Ese tiempo ella estaba embarazada de Paola, todavía no se le notaba, pero ya estaba cuidándose mucho.

Se acercó a mi cama, se sentó en el borde, contemplando a su hijo, un mocoso negrillo respondón, con problemas en las encías por no lavarse seguido y con cicatrices en los nudillos y en los reveses de las manos por herirse casi siempre cuando jugaba con piedras, me dijo buenas noches y me besó en el mentón.

Fue a dormir con mi padre y yo me sumergí, tan raudo e inconsciente, en un pozo de brea tibia, lleno de esperanzas por vivir tan bonito como esa noche.

Nada mejoró desde aquel día.

Por eso siempre que puedo voy con mis hijos a ese tipo de ferias, para recuperar lo perdido luego de esa noche en la que me dormí esperando que todo fuera bello al otro día, esa sensación como la que nace cuando uno se enamora por primera vez y abraza a quien fallará y dañará irremediablemente...

Somos seres de costumbres. 

Seúl, São Paulo – Gabriel Mamani Magne


JORGE ISURY CRUZ
(Madrid)

 

De aquí en adelante, todo lo que me ocurrirá será una tibia imitación de todas las primeras veces que hice algo

Gregorio Reynolds (1882-1948), ante todo poeta, escribía de forma meditativa y hasta pesimista:

La vida, el infinito aburrimiento,

la vida, tan nada y tan cruel,

es copa de amargura en cuyo borde

hay un poco de miel.1

Es a esa poca miel al borde de la copa de la amargura a la que se aferran los protagonistas de Seúl, São Paulo (Editorial 3600, 2019), esa miel lampiña, mezclada con la fiesta, la comida, la música, las mujeres, las primeras veces, con las calles oscuras de El Alto, los libros que quedan por leer, con esa juventud que sueña con ver el mar, sea boliviano o no, y dejar atrás el pasado convulso que se heredan de los padres, como el de los protagonistas, en una continua disputa con su propia historia y la de su país, añorando un sueño irresoluble. El Alto, una ciudad a más de 4000 m.s.n.m. que, en las páginas de Gabriel, hace de las suyas y deja de verse con los ojos de la élite paceña para bajar a nuestra vista. En las 150 páginas, no solo se muestran los casi «cholets», el frío, la oscuridad, también la música K-pop, música chicha, la industria textil, el facebook, whatsapp, warcraft, el futbol, los trabajos precarios y los deseos experimentales de ser adolescentes.

Leyendo novelas de jóvenes como Gabriel, me doy cuenta que Bolivia es un mito, llena de simbología, quizá esotérica y oculta para los que la vemos desde lejos e intentamos conocerla más, con un bagaje que resulta casi imposible concebir del todo. El libro lo abre un verso de Blanca Wiethüchter (1947-2004): «ese cuerpo desde El Alto o Llojeta / ese cuerpo definitivamente en tu deseo«, porque Seúl, São Paulo es una transformación del cuerpo, un cambio de colores, olores, sabores, fronteras y deseos, la búsqueda de una identidad que por más que queremos no llega. Ese cuerpo que se esculpe de una bolivianidad que hasta los bolivianos desconocemos cuál es. «¿Sería que Bolivia empezaba a florecer en su cuerpo, junto con el acné y esos pelos finitos que crecían en su barbilla?«

Seúl, São Paulo es una novela breve y divertida en donde el humor hace su aparición, a veces como un hierro ardiente en su desdicha boliviana. Notable es la manera de contar lo clásico pero con vistas a la novedad: la inmigración que va y viene, la otredad, el cambio y transformación corporal, la cultura pop globalizada. La adolescencia como fuente de deseo y como búsqueda de uno mismo, huérfanos que se aferran a drogas blandas y música K-Pop. Alejada de argumentos complejos, que se deja leer fácilmente, pero con un trasfondo complicado de donde surgen preguntas y respuestas más complejas todavía.

Dos primos adolescentes, cuya familia está desperdigada por la geografía: Brasil, Chile, Argentina, que llegan a su destino como tantos bolivianos a trabajar en un taller de costuras a cambio de migajas, cumplen el servicio premilitar en la ciudad de El Alto, en su particular «Leoncio Prado», con una variedad cultural, racial y social. La experiencia en el colegio no siempre son positivas, también algunas profundamente negativas, pero que hacen entender mucho mejor lo que es la vida, siendo para nadie un camino de rosas, pues estas llevan espinas y obstáculos, conflictos e injusticias, convirtiéndose en el ámbito del ser humano. Un colegio con sus oficiales, suboficiales, compañías, y primeros amores, un lugar a donde uno entra siendo humano y sale convertido en animal de carga, dice el narrador. Dos jóvenes, uno nacido en Bolivia, y otro en Brasil, criado allí hasta que empezó a parecerse a un boliviano, una dualidad que se va distanciando poco a poco, a pesar de tener cosas en común. Alejados al nacer, se convierten en el reflejo del otro, comparten el apellido Pacsi, el barrio, la cama, la edad, pero a medida que leemos, los caminos de bifurcan para que cada uno busque su fortuna.

La escritura de Gabriel parece fácil, no da rodeos en ser contemporánea, pero reflexiona cada una de sus frases. Tayson tan perdido en el camino, a quien «querían meterle la patria a palazos»«que era un paria, ni boliviano ni brasuco: que se había bajado del bus del patriotismo a mitad del camino y que jamás odiaría a los chilenos ni se sentiría con la autoridad de decir sou brasileiro, porra, a gente tem cinco copas», acepta su realidad con mas incertidumbres que certezas, como un joven más de este mundo. Silvia Rivera Cusicanqui (1949) dice que Bolivia está llena de complejos2, como Tayson, que nace con la piel más clara que los demás de la familia, cuya infancia fue una batalla constante entre la lengua de sus padres y la lengua de su pasaporte.

Hay consecuencias al ser boliviano y está implícito en la escritura, entender Bolivia desde lo intercultural, habitarla al mismo tiempo que se intenta interpretarla. Bolivia vive en el espejismo del mestizaje, que se construyó a partir de categorizaciones. Los personajes son sacados de la realidad, y los sentimos de aquí. Literatura de sentidos que dejan poso, como cuando leemos un buen poema. Sin caer en la simplicidad, Gabriel intenta construir la identidad tanto nacional como masculina, ahí donde las hormonas salen a relucir y donde lo nacional está diluido. La migración con una familia que se fue, se quedan y los que se irán. Los bolivianos migrantes dentro de su propio país, una Bolivia no se conoce a sí misma.

Mucho ha cambiado el país que peleó, pelea y peleará consigo misma. También ha cambiado su literatura que, ni a mejor ni a peor, se hace más dilatada y prolongada. Libros como el de Gabriel demuestran que la literatura boliviana tuvo y tiene gran potencial, aunque algunos se empeñan en solapar. Bolivia, cuya «historia, incluso la historia reciente, nos llega como un soplido» narra el libro. Bolivia, la hija predilecta del Libertador; Bolivia, el intento fallido de no ser Bolivia.

Una vez Miguel Sánchez-Óstiz, escritor, me dijo, «Vienes de un país fantástico, hay que volver. ¡Jallalla Bolivia!»

Gabriel Mamani Magne, la solapa del libro dice: escritor, editor y traductor, nació en La Paz en 1987. Publicó la novela para niños Tan cerca de la luna, además de numerosos textos breves, entre los que destaca «Por ahora soy el invierno». Estudió derecho en la UMSA, aunque nunca ejerció -ni ejercerá- la abogacía. Hizo una maestría en Literatura Comparada en la Universidad Federal de Río de Janeiro. Ganador, de numerosos premios nacionales, aseguro que es una de las plumas con más proyección dentro de las fronteras de Bolivia y espero que muy pronto fuera. Cuando apareció la lista GRANTA con los 25 escritores y escritoras menores de 35 años más prometedores en lengua española, no me vi sorprendido al no encontrar a nadie de nacionalidad boliviana, y lo que más me indignó fue el no sorprenderme. Le pregunté a la escritora Giovanna Rivero por los escritores o escritoras jóvenes que debería leer, el primero que me mencionó fue a Gabriel, y la segunda Natalia Chávez, y fue así que llegué a este libro. Merecedora del XX Premio Nacional de Novela 2019 en Bolivia, imprime su nombre junto a otros laureados como Guillermo Ruíz Plaza, Camila Urioste, Magela Baudoin, Edmundo Paz-Soldán o Claudio Ferrufino-Coqueugniot, quien dijo de esta novela: «Hay excelente producción tristemente todavía anónima hasta en el contexto latinoamericano, pero Seúl, São Paulo ha despertado cálidas sensaciones de que se viene algo nuevo, de que el país despierta para aceptarse como lo que siempre ha negado ser»3. Ahora le toca volar y abrirse paso. Celebro, al igual que muchos, la aparición de Seúl, São Paulo, al igual que su última novela, El rehén (Dum Dum editora, 2021), que espera impaciente en la estantería.

To be or not to be bolivian, that is the question.

  1. Francovich, Guillermo. «El pensamiento boliviano en el Siglo XX«. Ciudad de México. Fondo de Cultura económica, 1956.
  2. Rivera Cusicanqui, Silvia. «Un mundo ch’ixi es posible. Ensayos desde un presente en crisis«. Buenos Aires. Tinta Limón, 2018
  3. Ferrufino Coqueugniot, Claudio. Hilos de vida. Lectura de Seúl, São Paulo en Palabra Abierta. Revista y casa de editora de cultura universal. Disponible en: https://palabrabierta.com/hilos-de-vida-lectura-de-seul-sao-paulo-de-gabriel-mamani-magne/

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De NAVAJA DE PAPEL, 22/01/2022

Tuesday, January 25, 2022

Traslado de tristezas


MAURIZIO BAGATIN

 

Cuento o imagino contar los pasos que un hombre hace cada día. Las huellas sobre el polvo, las manchas que nuestra entropía forma y, de repente, se lleva. Las mías también.

Mi generación será la última en llevarse los libros hasta su tumba. Los que vinieron después llevaran todo compactado. Un mp5 para la eternidad.

Un blues, un plato de pasta y un vino, que son fortalezas como el paraíso que soñó Borges. Un día de lluvia no es un día para trasladarse, es un día para hacer al amor, como siempre bien me decía mi padre; desayunar a la hora que te parece mejor, mirar el verde que hace años no veía así, oler profundamente el aroma a café fuerte y negro, mirando la nube que sale de la moka y se confunde con las gotas de lluvia de la ventana aún cerrada.

Trasladar tristezas no es para los domingos, aunque el sol desaparezca y el solo Robert Johnson te siga enseñando cómo en un día triste como hoy puedes siempre vender tu alma al diablo.

Movemos el polvo mientras queda vacío el estante y la casa; un avión se llevará otra parte de nosotros en días. Queda el misterio y la belleza de la vida, la sonrisa de los niños, el cielo intentando despejarse, la memoria que si no es olvido es el intento de modificar el pasado.

23 enero 2020

Imagen: André Derain, Retrato de Matisse, 1905 

Corea, de Pablo Cerezal


EMILIO LOSADA

 

Porque “Hay un hambre de intemperie en las rodillas del tiempo, y marca el compás de tus labios un reloj que huele a macho incapaz de conservar su especie”. Porque “… contigo siempre pierdo. Desde que te conocí me supe perdido por siempre”. Porque “Huele a saliva tu vientre, me sabe a polifonía tu madrugada y entre los lirios en que bordan acequias tus labios me derramo sin pretender ningún mañana”. Porque “Le separo las nalgas a Corea para mejor explicarme la perfección imperfecta de la vida que me resta”. Por las maravillosas páginas 38 y 39 (¡qué hijo de puta!). Porque “Sabe tu savia a sabiduría breve y entre tus labios se vocaliza el fin de la especie”. Por la página 72. Brutal. Porque “Eres el incendio de todos los hogares, y en tu vientre aúllan niños calcinados con nombres que yo aprendo a bautizar despacio”. Porque “Y es que podría escribirte durante lo que me resta de vida. Porque escribirte es, aún, habitarte, y sé que pronto me cerrarás la puerta de todas tus habitaciones”. Porque “Caminamos hacia su buhardilla despacio, como calibrando cada paso, como esparciendo migas de pan sobre el asfalto, sabedores de que uno de los dos deberá tomar el camino de vuelta”. Porque “Corea solo desea abandonar la fiesta y yo ya solo puedo ejercer de excusa perfecta”. Porque uno podría transcribir aquí Corea de cabo a rabo y sería el más poéticamente justo de los piratas. Por la incorrección con clase, entreverada y sumaria a la vez; por la desaforada histeria y la maldad bien entendida. Porque follar bien y sucio es el más satisfactorio de los actos terrenales posibles, qué coño. Por el final… Qué pasada de final, leñe. Porque no es necesario encabalgar para hacer poesía (que hay que decirlo todo). Y porque, hablando de poesía e histeria, la guinda a esta grandiosa tropelía la coloca, como la que no quiere la cosa, la número uno en la encomienda: la divina Julia Roig. En fin, ahí es nada.

https://versatileseditorial.es/.../diario-de-corea-pablo...

 

Friday, January 21, 2022

Fever, de Claudio Ferrufino-Coqueugniot


FERNANDO ITURRALDE

 

La editorial 3600 ha emprendido un proyecto fundamental: se trata de una edición de las obras “completas” de algunos autores bolivianos contemporáneos. El proyecto es sin duda encomiable desde varios puntos de vista, pero nos conformaremos con alabar la decisión de publicar de forma ordenada y catalogada la obra del ganador del premio Casa de las Américas en novela, don Claudio Ferrufino-Coqueugniot (de aquí en adelante Ferrufino). Con esos antecedentes, podemos comenzar nuestra lectura del libro. El que nos convoca en esta reseña es el volumen 14 de la obra del escritor cochabambino nacido en 1960 y radicado en Colorado, Estados Unidos. El resto de la colección ya incluye Muerta ciudad viva y El exilio voluntario, dos novelas fundamentales para la literatura boliviana y que merecían una reedición que las hiciera más accesibles, la colección también incluye una serie de escritos tempranos, sobre todo cuentos, en Virginianos, además del volumen del que nos ocupamos aquí, titulado Fever. 

Los editores y el autor, junto a un prologuista (Jorge Muzam) y una contratapa de Maurizio Bagatin, nos invitan a disfrutar de esta colección de “(notas, artículos, borradores, cuentos) 2001-2019”. Lo años igual son una invitación importante: Ferrufino destila una de las mejores prosas latinoamericanas en todos y cada uno de ellos. Su premio Casa de las Américas es sin duda una indicación de ello, recibido el año 2009. A dos años de esta condecoración, los textos que leemos en Fever son una continuación de ese mundo cronístico al que el estilo del autor nos tiene habituados a sus lectores asiduos. El libro que tenemos en manos está dividido en tres secciones: la primera contiene aproximadamente 61 textos cortos, mientras que la segunda está compuesta de tan solo cinco cuentos y la última de cuatro notas.

El premio nacional de novela, habrá que recordarlo, le es entregado a nuestro autor en 2011 por Diario secreto (Alfaguara, 2012). Por lo tanto, tenemos aquí una colección de escritos que fueron surgiendo en la etapa posterior a estos momentos de reconocimiento y premiación. Para esta época, el autor había experimentado mucho con la narrativa y la consagración regional significa un momento importante de reflexión para adquirir una nueva perspectiva. Esto es algo de lo que somos testigos en este volumen. Además, esta firma le permite apadrinar a otros escritores a los que reseña y comenta con rigor, amabilidad y admiración. En ese sentido, Ferrufino también forja una línea de lecturas o un canon de la literatura boliviana que él lee y aprecia. Aunque la primera sección no lleva un título, podemos asumir que se trata de artículos (muchos de ellos publicados en el blog “Le coq en fer”), que se distinguen de los textos que están al final del libro y a los que designa como “Notas”: mientras que en la primera sección hay textos de ocasión (en una suerte de diario o de columna periodística que se publica de manera iterativa), en la última hay notas pedidas por medios o por algún evento (la cronología de estas resulta algo curiosa: se va de dos notas publicadas en 2012 y 2013 a otras dos publicadas en 2018 y 2019).

El libro ofrece un material valiosísimo para quienes deseamos investigar más sobre el proceso de la obra de Ferrufino. El estilo es siempre el mismo: fuerte, marcado, con todos esos rasgos de una masculinidad que se quiere poner en evidencia. Pero también podemos notar las vetas de investigación por las que transita Ferrufino: desde la cuestión de la migración que es un tema privilegiado en la época posterior a El exilio, a una recuperación de una raigambre eslava, de Europa del este, tanto en la “ancestralidad” cultural, como en el gusto estético y en cierto llamado espiritual. A pesar de que estos dos parecen los rasgos más sobresalientes cuando leemos la primera parte del libro de corrido, lo que más satisfacción genera del volumen es la inclusión de unos cuentos cortos (cinco en total) en medio de las dos otras secciones.

La sección de cuentos es corta, pero su lectura no tiene mayor desperdicio: el mejor Ferrufino es el que no teme usar su tono cronístico y periodístico para confabular unas ficciones que nos dejan siempre al vilo de la incógnita, ¿se tratan o no de ficciones? ¿Se tratan o no de escritos autobiográficos? Quizás con Ferrufino no sea necesario delimitar tan rigurosamente esas dos funciones de la escritura pues, si ese fuera el caso, estaríamos cuestionando la misma división del libro. No queremos llegar a ese nivel de relativismo, solo digamos que la riqueza de la escritura del autor no da tregua ni en la parte de las notas, ni en la de los cuentos, ni en toda la primera parte, que es sumamente grata de leer. La escritura de Ferrufino tiene rasgos de la literatura contemporánea norteamericana en prosa y uno desearía calificarla con una palabra de la jerga popular norteamericana, sobre todo afroamericana (población que el autor admira, sin duda): es una escritura “real”, en ese particular sentido que los norteamericanos le dan a los que perciben como auténtico, sin gestos vacíos, ni de presunción, ni de manierismo excesivo.

El principal aspecto negativo del libro sea quizás su fragilidad. Estos textos deberían ser pensados para un uso académico, es decir, para un tipo de manipulación bastante torpe que requiere mantener el libro abierto para copiar citas o doblarlo para leerlo para poder escanear un texto suelto que se usará en clases. Lamentablemente esto no es posible de hacer con mucha facilidad, pues el libro tiende a “derrumbarse”.

A modo de conclusión, no nos queda sino que resaltar la relevancia e importancia de este tipo de emprendimientos para el desarrollo de los estudios de la literatura boliviana. Ferrufino tiene una de las obras de ficción más interesante y mejor lograda de nuestra literatura contemporánea y merece ser estudiada con cuidado y en detalle. Recomendamos la lectura de este volumen a los interesados en la obra de Ferrufino, en su trayectoria, en el proceso de creación de su ficción y en la combinación creativa que realiza de aquella con elementos autobiográficos. El libro es también recomendable a los lectores que quieren comenzar a conocer a este autor sin pasar primero por sus novelas.  

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De EL ZORRO ANTONIO, Revista de la Carrera de Literatura UMSA, Número 15, septiembre 2021 

 

Wednesday, January 19, 2022

Crónica de un río seco


NICOLÁS GARCÍA RECOARO

 

Son islas rodeadas de tierra. Donde había agua, con suerte, barro queda. La bajante histórica del río desnudó a los yuyos, a las piedras, al fondo rocoso que por estos días arde. Del húmedo Paraná, los isleños sólo conservan un recuerdo a secas.

El pescador José “Chemo” Ramírez hace memoria bajo un sauce en la sede de Trabajadores del Río, una cooperativa enclavada en los arrabales de la ciudad santafesina de Villa Constitución. “Nunca pasó algo así. A nosotros nos mata. Al estar tan bajo el caudal, nada hay de pescado, desde Pavón hasta San Nicolás, donde trabajamos”, se lamenta Ramírez. Sirve un mate y sigue remando en sus recuerdos. “Para que se haga una idea, hace dos años, cuando empezó la bajante, cada pescador sacaba casi 400 kilos diarios. Tarucha, bagre, surubí. Ahora apenas 30 kilos. Ni el 10%, una miseria. Pero estamos acostumbrados. La vida del isleño es sacrificada.”

Chemo tiene 42 años, las dos manos curtidas por las redes y un chuchillo filoso en la cintura. Es nacido y criado en las islas de Gualeguay, acá cerquita, en Entre Ríos. La historia de su familia fue acunada por los brazos del Paraná. En sus años de gurisito costero aprendió el arte de la pesca: “Me enseñó mi abuelo Pasión Ramírez, que vivió hasta los 105 años. También mi viejo, Bonifacio del Carmen, que sigue laburando. Pescador se nace. Yo vengo de esa raza, de esa tradición.” Un linaje flotante heredero de canoas, lagunas, camalotes, redes, arroyos y espinel.

Chemo dice que con la seca y los calorones de los últimos meses, las lagunas cercanas al Paraná se convirtieron en grandes platos de sopa. “Se enferman los pescados por el agua caliente, salen podridos. Yo los miro a los ojos y me doy cuenta si están enfermos”. La malaria y el drama del Litoral –arriesga el pescador mientras chupa una vez más la bombilla–, son causados por las quemas, la destrucción del ecosistema, la avaricia de los dueños de la tierra: “Mi abuelo decía que esta era una zona rica, una mina de oro. Que iba a cambiar, la iban a explotar. Los grandes empresarios vieron el filo y andan haciendo desastres. Hay menos humedal, menos árboles, más ganado, más soja. Me lo dijo mi abuelo hace 30 años. Dicho y hecho.”

Ramírez tiene que volver al trabajo. Controlar la máquina de hielo escama, reparar un espinel, cerrar números con el contador de la cooperativa. Al despedirnos en el portón, confiesa que con sus 38 compañeros tienen temor de perder el trabajo por la bajante que no afloja. Quieren seguir a flote. “Es que somos de las islas, donde somos libres. Si nos sacan de nuestra casa, dónde vamos a ir. ¿A Rosario? ¿A Buenos Aires? Nos matan. Sin el agua, no sé qué vamos a hacer”.

 

Lo que perdimos en el fuego

Hace 20 años, Fernanda del Carlo vio el futuro prendido fuego en el horizonte. Mientras navegaba en una lancha por el río, pudo observar por primera vez cómo las llamas devoraban el humedal. Lo recuerda mientras camina por una plaza que tiene vista al puerto de Villa Constitución y a la Reserva Natural Isla del Sol. Cuando llega al límite del terreno, mira hacia la boca del Paraná, la triple frontera que hermana Santa Fe, Buenos Aires y Entre Ríos, y después otea otra vez el horizonte: “Desde ese día empecé a notar cómo cambió nuestro espacio. Cómo perdimos flora y fauna. Cómo se fue deteriorando el río. Cómo siguieron quemando. Cómo el Estado no hizo nada. No tengo dudas de que la bajante está relacionada con todo esto. Por eso nos organizamos.”

Del Carmen tiene 53 años y es vecina de Villa Constitución de toda la vida. Pone el cuerpo en la agrupación Salvemos a los Humedales. “Arrancamos hace dos años, cuando empezaron las quemas más intensas en plena pandemia. Abrías la ventana de mi casa y entraba el humo. Con varios vecinos decidimos comprometernos con los humedales y el río de otra forma, no tan individual y de disfrute, sino para cuidarlos.”

El mediodía es dantesco. La sensación térmica sin transpirar debe andar por los 40º en la ciudad. Fernanda señala la otra costa del río. Lo que queda del río. “Esa sombra negra que se ve es el veril, el borde. Imaginate una pileta que está con tan poca agua, que se ve la pared”. Hace unos días, el río sufrió el registro más bajo de su historia. Menos 34 centímetros. Hace apenas un mes atrás, tenía una altura de 70 centímetros. El promedio histórico para estos meses ronda los 2,70 a 3,10 metros.

El antiguo paisaje acuático de la Reserva Natural luce ahora ataviado de estricta etiqueta marchita. Más que el Litoral, parece la Puna. “De piba nos rateábamos del colegio y veníamos a remar acá. Como ves, las cosas cambiaron, ahora se puede pasear en auto”, explica Fernanda y señala el camino seco. Después, levanta temperatura y denuncia: “Los gobiernos hacen muchos anuncios. Van a poner un faro de conservación que avisa si hay fuego, pero todavía está en veremos. En realidad, si no ponen recursos ni voluntad en agarrar a los que prenden, que son los que hacen negocios inmobiliarios y la agroindustria, es la historia de siempre. Si no hacen algo, nos vamos a quedar sin humedales y sin río.”

 

Menos que cero

“Zona de aguas profundas”. En el Club Náutico de Villa Constitución, los veleros y las lanchas ignoran la advertencia del cartel. Duermen la siesta recostados sobre el bajofondo del amarre. “Que yo recuerde, nunca visto. Estamos debajo de cero. Mire la escalera. Esa es la altura normal del agua. Ahora se ve el piso, tres metros abajo”, enfatiza Eduardo Luna, caletero del club. El hombre se gana el pan moviendo las embarcaciones, bajando las lanchas al río ahora invisible. En las alturas de su puesto de vigilancia, en una torreta, Luna se siente triste. Como si recitara un poema de Juan L. Ortiz, el caletero reflexiona: “Es que el río para mí es todo. Como la sangre que va por mis venas. Mi trabajo, mi compañero, mi vida.”

Tato Massei es instructor de remo. Cuenta que esta mañana no pudo entrar al agua con sus alumnos. “Ayer a duras penas pudimos salir”, se queja el joven bronceado de musculosos brazos. “Afecta las fuentes de trabajo, viene menos gente al club. A lo sumo, se meten a la pileta”, agrega Tato. Para el deportista, entre las quemas, la tala de árboles y la Corriente de la Niña se armó una tormenta perfecta de la que es difícil salir. “No nos queda otra –se despide- hay que seguir remando.”

 

El Correntoso

El brazo del Paraná se llama El Correntoso, pero esta tarde sus pocas aguas tienen la fuerza de una canilla de cocina. “Si no lo vivís, es difícil contarlo. En la boca del río hay 30 centímetros, una locura”, asegura Juan Ramírez, un isleño apicultor. La bajante, suma el muchacho, cambió el día a día de los pobladores de esta parte de la Argentina. El hombre de río, acostumbrado a moverse en su canoa, se convirtió en sufrido peatón. “Todo al hombro llevo hasta mi rancho. Nafta, mercadería, materiales. Un viaje que era de diez minutos, ahora es de casi una hora. Ya son meses. Acá no vino nadie del Estado, el isleño se la arregla solo. Ya le dije, hay que vivir para contarlo”, dispara Ramírez y empieza la larga marcha hasta su casa. 

No muy lejos, Franco Gallego pasa las horas escuchando radio AM, bien cerquita de La Pendenciera, su bote. Es pescador. De los que saben leer el río. Gallego mira las gallinas que corren cerca del rancho, se acomoda las botas y al final se lamenta: “Estoy seco, como el río. Tocado. El Covid y la bajante parecen pestes de la Biblia. No me quiero ir de acá, me gusta esta libertad. ¿Qué voy a hacer en la ciudad?”.

A don Donato Figueroa lo encontramos reparando sus redes bajo la sombra de un arbolito. Lo custodian sus siete perros guardianes. Pila de años lleva viviendo en las islas. A cinco metros de su casa corría un arroyo por donde el agua ahora apenas gatea. Habla maravillas del Yanina, su fiel bote varado. “Sacábamos surubí, ahora lo ve al río, es todo tierra, yuyo verde”, dice don Figueroa, sonríe y no deja de mover las manos, esas manos diestras que son por sí mismas la historia viva del pescador litoraleño. Las manos que atan esos hilos que le dan de comer del río. Que no se corten.

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De TIEMPO ARGENTINO, 19/01/2022 

Imagen: (AP Foto/Victor Caivano) (ASSOCIATED PRESS)


Tuesday, January 18, 2022

Pensaba que había visto todas las fotos de Marcel Proust


FÉLIX TERRONES


No conocía esta curiosa imagen en la que posa casi a la manera de César Vallejo.

Uno tiene ganas de imaginar que ambos se cruzaron en París, pero Vallejo llegó meses después de que el francés falleciera. Así que quien posa a la manera de la otra persona es Vallejo y no Proust.

Este año se cumplen los cien años de la muerte de Marcel Proust y también el centenario de "Trilce".

De todos modos, no hay "a la manera" de nadie porque en esa época todos los escritores posaban más o menos igual; es decir, con el mentón en la mano, o viceversa. Todavía no había nacido el argentino Daniel Mordzinski para pedir a los autores que posen con matamoscas, paraguas, rodeados de ovejitas y no sé qué otras bufonadas.

Según los biógrafos de Proust, éste salió con Joyce a la salida de un evento. Ambos treparon en el mismo carro (estrecho como un Tico), el irlandés estaba zampado, el francés estaba enfermo. Joyce bajó la ventana del carro, Proust le pidió que por favor la subiera, hacía mucho frío. Joyce farfulló algunas groserías en inglés o acaso en gaélico. Después nada más.

Desde luego, también hay fotos de Joyce con la mano en el mentón. También se cumplen los cien años de "Ulysse".

Qué bacán debió haber sido ese año de 1922, con Joyce, Proust, Vallejo, todos con la misma pose, para fotógrafos anónimos, pero con libros tan distintos y tan geniales.

Además, en 1922 también nació Yma Sumac, cinco días antes de que Marcel Proust expirara en su cuarto con paredes encorchadas. Al igual que a César Vallejo, le cortaron el cabello, no un mechón sino dos; uno se lo quedó su criada Céleste y el otro su hermano Robert Proust. El mechón de Vallejo, por una razón que no entiendo, llegó hasta el pintor Fernando de Szyszlo. Maldita sea, qué bien cantaba Yma Sumac.

Definitivamente, "À la recherche du temps perdu" es mi novela favorita, pero el señor con la mano en el mentón, el señor de la foto que yo desconocía, que no se sacaba ese abrigo por nada del mundo como otros su pijama de Pikachu, ni siquiera ha empezado a escribirla. La foto fue tomada en 1905, faltan todavía dos años para que empiece. Mientras tanto, sigue mirándonos de frente, sin miedo, tampoco frío. "Noms de pays : le nom".

 

 

Cartas a Milena


OLGA AMARÍS DUARTE

 

Franz Kafka y Milena Jesenká se encontraron por primera vez en 1919 en el Café Arco de Praga. Él no prestó demasiada atención a la joven de origen checo que lo contemplaba presa de arrobamiento desde el confín de la mesa y que, pese a sus precarios conocimientos de alemán, estaba decidida a convertirse en su traductora más recordada:

“Caigo en la cuenta de que no recuerdo propiamente ningún detalle preciso de su rostro. Sólo cómo se marchó por entre las mesas del café, su figura, su vestido: eso aún lo veo”

Tres años dura el intercambio epistolar entre Kafka y Milena, citando poco la labor literaria y fruyendo de un amor fantasmal que ambos estaban alumbrando en la distancia.

Las cartas de Milena son de dos tipos: aquellas suaves y apacibles escritas a pluma y las otras, las de lápiz, marcando la alerta. Cansada, enferma y sin más consuelo que un té y una manzana, Milena no puede sino concebir cartas horribles que hacen a Kafka temblar de miedo y esconderse bajo la mesa como un escarabajo, rezando para que desaparezca la tempestad que aquella muchacha arrojó a su habitación. Por sus nervios, y por las noches de insomnio que sucederán, Milena le pide, le ruega, que rompa en pedazos la carta o que la queme y esparza las cenizas en el Belvedere. Ambos saben, sin embargo, que nada de eso ocurrirá. Al escritor la fatalidad le atrae como a una mariposa la llama de una vela. Él guardará la carta-explosivo en uno de los bolsillos de su chaqueta de funcionario y jugueteará con ella hasta reunir el valor suficiente para leerla.

Las cartas de Kafka enviadas a Milena son la apoteosis de una antigua angustia insoportable.

 

Frente a Gorramendi


MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

 

El de hoy ha sido un día helado, pero muy luminoso. He trabajado en una vieja idea de Selma Lagerlöf, llevada al cine en 1939 por Julien Duvivier. Por la tarde salí a dar una vuelta por el camino de Erratzu. Ni un alma, o casi. Otza, otza! es el saludo alegre del día. Frío, sí. Me gusta el lugar donde he venido a parar (con idas y vueltas). Es fronterizo. La muga está a un paso. Me digo que algún día tengo que regresar a un collado donde una herrumbrosa alambrada pasa por medio de un cromlech. La muga fue una industria. El lau gaua, el trabajo de la noche era un buen negocio. Unos se hicieron ricos, otros no tanto. Ahí arriba (Gorramendi) los americanos tuvieron una imponente base de radares; abajo, Bozate, el barrio agote, el barrio a secas, ya está bien; la torre todavía fortificada de los Ursua y Lamiarrita, la casa palacio de los Goyeneche… Con más desinterés que otra cosa suelo leer elucubraciones sobre los lugares fronterizos, pero debe tratarse de otros porque no veo lo que tienen que ver conmigo y manera de ver las cosas, en las que el humor vagabundo domina. A mí me da igual lo que escriban. Me gusta que Francia esté a un paso y que de esa luz del suroeste, de la que hablaba Roland Barthes, me toque algo en el reparto, aunque sea mi norte. Me refiero a una Francia donde encuentro mucho de lo que me gusta, pero sin tener que aguantar notarios, burócratas municipales, reglamentos de puro delirio, policías, perceptores de impuestos abusivos, bancarios granujas, syndics de copropiété más canallas unos que otros, pero no mucho más… Me gusta el paisaje del valle, su silencio, la red de las sendas de bosque y pastos, la gente con la que convivo entre bromas y veras. No puedo pedir mucho más. Estoy de paso, pero no me importaría hincar aquí el pico, en mi casa. En esa luz del atardecer de invierno veo un anuncio que invita a vivir con intensidad lo único que tengo: el presente.

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De VIVIRDEBUENAGANA, blog del autor, 17/01/2022

Sunday, January 16, 2022

The Kinks: una banda complicada


RODRIGO FRESÁN

 

Todo es complicado en y con y por The Kinks. Desde la génesis de su mismo nombre (traducible como Los Raros, Los Imperfectos, Los Bizarros, Los Excéntricos, Los Complejos, Los Defectuosos) y hasta un apocalipsis que nunca ha sido tal. Porque la intimista épica de The Kinks (¿1962-1996?) no goza de fechas precisas de arranque o de festejo. ¿Celebrar entonces su formación fraterna en la sala de la casa de sus padres, estreno, su primer hit mundial, su conversión en fenómeno de culto, su eterno retorno? Y su supuesto final (siempre a revisarse) no llegó con una separación anunciada sino, más bien, con una disolución nunca del todo establecida y archivada.

Así –a diferencia de lo que ha venido ocurriendo con The Beatles, The Rolling Stones y The Who; top 3 en el que The Kinks no entran acaso porque están por encima de esos tres– los fastos por los cincuenta años de The Kinks han tenido un carácter, sí, inequívocamente ambiguo, claramente impreciso, legítimamente kinky. Lo del principio: no está del todo claro cuándo comenzaron y tampoco se sabe si todo terminó con esa canción titulada “Scattered”, en Phobia, su último lp hasta la fecha, en la que se rimaba sobre la ambigua alegría de arrojar cenizas al viento. No ayuda mucho que para el líder de la banda The Kinks hayan dicho todo lo que tenían para cantar hasta 1971 y, para él, el resto de su obra no sea otra cosa que un eco déjà vu de motivos y motivaciones ya anunciados.

Así, también, desde hace un par de años se vienen editando biografías (las últimas son The Kinks: You really got me de Nick Hasted y God save The Kinks de Rob Jovanovic) y reordenando antologías (el doble cd The essential Kinks y los recientes seis cd de The anthology 1965-1971 sucediendo a los seis de Picture box, del 2008). Y Giselle Bündchen los versionó para una campaña de h&m y, seguro, Wes Anderson volverá a considerarlos para el soundtrack de una futura película y…

Así, de nuevo, este 2015 se continuará festejando con más reediciones remozadas de sus álbumes. Todo en el nombre de una banda cuyo principal error fue hacerlo todo antes y casi siempre mejor (desde la incorporación de cadencias orientales hasta eso de la ópera-rock pasando por la celebración del travestismo en un hit como “Lola” o los blues de la vida girando en la carretera como escenario) sin por eso renunciar a la compulsiva necesidad de ir a contracorriente y, de tanto en tanto, tomar decisiones empresariales/existenciales catastróficas y oprimir el ruinoso botón de autodestrucción para después poder resurgir de entre sus propias ruinas. Todo esto sin jamás dejar de ser admirados por contemporáneos como John Lennon o Pete Townshend o David Bowie, así como por discípulos como Elvis Costello, Ron Sexsmith o Badly Drawn Boy, y grupos como The Pretenders, The Jam, Van Halen, Oasis, Blur y Pulp, quienes cimentaron todo eso de la New Wave y el Britpop en su nombre y estilo.

En cualquier caso la historia es tan buena que el flamante musical londinense Sunny afternoon se limita a contar el desaforado relato de los volátiles y canibalescos hermanos Raymond Douglas Davies y David Russell Gordon Davies (Ray & Dave se aman y se odian) junto a Mick Avory y Peter Quaife y sus idas y vueltas, peleas y reconciliaciones, luces y sombras al frente de The Kinks. Y lo cierto es que el formato de vaudeville-music hall funciona bien a la hora de contar la historia (revisitada por ellos mismos en autobiografías como X-RayAmericanaKink Waterloo sunset) y que la disposición de canciones paradigmáticas ilustra a la perfección las obsesiones tan líricas como patológicas de los hermanos siempre en conflicto. Lo explica bien Ray Davies –autor de la story del libreto– en el librillo que acompaña al soundtrack de Sunny afternoon –producido por él mismo en los legendarios Konk Studios–: “Alguien comentó recientemente que, a diferencia de otros musicales de este tipo, no se han hecho cambios a las letras de las canciones. Tal vez esto se haya debido a que siempre utilicé mis canciones como una forma de diario personal, como si estuviese enviando despachos desde un viaje. Tal vez subconscientemente haya estado escribiendo este musical a lo largo de toda mi carrera, plantando pequeñas pistas de mi historia a lo largo de varios discos.”

Y han sido muchos discos, largo viaje, journal de incontables páginas.

La historia, por conocida, no deja de ser eficaz: hermanos turbulentos que en un rapto epifánico “descubren” el heavy-rock/power-pop/mega-riff con ese clásico inoxidable e incombustible que es “You really got me”, que siguen por esa vía combinando guitarra en llamas y voz nasal y casi amanerada con la feroz “All day and all of the night”, “Till the end of the day” y “Where have all the good times go?”, en la que ya comienza a experimentarse con algo raro. Con una melancolía instantánea que separará a The Kinks de sus colegas. Así, cosa extraña, mientras abundan himnos generacionales invitando a la fiesta y al exceso y todos se envuelven en fosforescencias psicodélicas, Ray Davies y los suyos –prolijamente y perversamente vestidos como para cazar zorros y tomar el té de las cinco– comienzan a lanzar canciones sobre los placeres proustianos de irse a dormir temprano, sobre las dificultades para pagar la hipoteca, sobre personajes de la fauna-rock delineados con denunciante malicia dickensiana, y sobre el triste estado del decadente Imperio británico y los grandes y dorados días del ayer. Sí, The Kinks –más preservadores que conservadores– cantan a la reina Victoria, a los beneficios de llegar virgen al matrimonio, a los seductores peligros de la tentadora gran ciudad y a los gozos de recoger las hojas secas en el otoñal jardín de la casa en la calle en la que se nació y, si hay suerte, se morirá anciano y feliz. Después, posteriores encarnaciones como esperpéntica troupe music-hall en los setenta y eficaz comando para llenar estadios en Estados Unidos durante los ochenta y un lánguido desvanecerse hasta llegar al ahora mismo. Un presente donde álbumes como Something else by The Kinks The Kinks are The Village Green Preservation Society Arthur and The Rise and Fall of the English Empire Lola versus Powerman and the Moneygoround, part one Muswell hillbillies suenan mejor que nunca y que casi ninguno cantándole al dios Big Sky o agradeciendo por los days del tiempo perdido.

La vida después de la vida de The Kinks es igualmente extraña. Ray Davies –commander del imperio por gracia de Su Majestad– inventa el formato story-teller y sale de gira a solas cantando y contando sus propias canciones mientras edita nobles álbumes en solitario como Other people’s lives Workingman’s café y es baleado en una calle de Nueva Orleans. Dave Davies sufre un tremendo derrame cerebral y se repone y sigue dando entrevistas en contra de su hermano o relatando sus encuentros con alienígenas, y grabando álbumes regulares o espantosos (como el reciente Rippin’ up time). Uno y otro (ya no cruzan puños en los camerinos, pero sí continúan arrojándose puñales desde satinadas revistas como Uncut y Mojo que apelan a la añoranzas de septuagenarios que se resisten a descargar su música y siguen frecuentando tiendas de discos casi con la culpa de pornógrafos) a menudo juguetean con la idea de “juntarse para hacer algo” mientras sus fans aguantan la respiración y les dan aliento desde blogs y convenciones kinkistas. Lo próximo será, en marzo, la muy esperada biografía “definitiva” de sir Raymond Douglas firmada por Johnny Rogan –casi ochocientas páginas realizando la autopsia en vida de aquel que cantó y canta que “no soy como ningún otro” y “nadie puede penetrarme”–. ¿Su título? Elemental: Ray Davies: A complicated life.

El último gran momento que nos regaló este hombre siempre entre el narcisismo y el autodesprecio y amante confeso de una Britannia que ya no existe salvo en sus canciones fue el verlo en vivo y en directo salir de un típico taxi londinense en la ceremonia de cierre de los últimos Juegos Olímpicos para –entre la goma de mascar sónica de Spice Girls y One Direction– entonar la delicada y bellísima “Waterloo sunset”. Fue un instante mágico, irrepetible, en el que todo pareció detenerse y, seguro, más de uno le preguntó a sus padres o abuelos: “¿Quién es ese tipo?” Después Davies volvió a subirse al black cab y, dicen, en lugar de irse a festejar al histérico backstage le indicó al chofer que no se detuviera y siguiese de largo y lo llevara al pub más cercano. Y juntos, como auténticos y apasionados y nostálgicos ingleses, vieron el resto de los festejos acodados en la barra con una sonrisa mitad triste, mitad irónica, completamente kink. ~

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De LETRAS LIBRES, 12/02/2015

 

Thursday, January 13, 2022

El gran poeta Tuwim amado por los polacos y olvidado por los judíos


MYER SIEMIATYCKI

 

El poeta judío polaco Julian Tuwim nació hace 125 años en Lodz, Polonia. Un titular de 1974 en el periódico yiddish The Forverts describió a Tuwim como “el mayor poeta judío” del siglo XX. Escribiendo en idioma polaco, Tuwim fue el poeta contemporáneo más leído en el período de entreguerras de Polonia (1920-1930).

Hoy, Tuwim es en gran parte desconocido en el mundo judío. Esto, a pesar del hecho de que fue el primer poeta judío importante en escribir un lamento del Holocausto: el abrasador Nosotros, judíos polacos. Mientras tanto, en Polonia es venerado, basado en un retiro selectivo de sus escritos. Los versos de sus encantadores hijos (especialmente “Lokomotywa” [El tren]) y el dominio poético del idioma polaco se han ganado los corazones de las sucesivas generaciones de polacos.

En 2013, el parlamento polaco declaró un “Año de Julian Tuwim” en honor a su legado. Su estatua se encuentra en la calle principal de Lodz. Menos recordadas en Polonia son sus reflexiones poéticas sobre etno-nacionalismo, autoritarismo, antisemitismo y el Holocausto.

Es hora de que los judíos recuerden y reclamen el espíritu de Julian Tuwim.

Escribiendo en una época y lugar marcadamente monolíticos, Tuwim proclamó ferozmente las identidades judía y polaca. Sin embargo, también fue ambivalente y crítico con estas identidades y tradiciones. No es sorprendente que esto desatara una fuerte condena de los campos judíos y polacos.

En 1924, Tuwim le dijo a un entrevistador: “Para los antisemitas soy judío y mi poesía es judía. Para los nacionalistas judíos, soy un traidor y renegado. ¡Mala suerte!” Tuwim desafió a Polonia a ser más inclusiva y a los judíos polacos a integrarse más en su sociedad.

Tuwim confundió tanto a amigos como a enemigos por su capacidad de defender puntos de vista y posiciones aparentemente incompatibles: defensor de la cultura polaca pero crítico del etno-nacionalismo polaco; distanciamiento de la cultura judía pero enemigo literario del antisemitismo; firmemente antiautoritario, pero después de la Segunda Guerra Mundial regresó de su refugio seguro de Nueva York para vivir en la Polonia Socialista [PRL].

Tuwim tenía una forma de aferrarse a aparentes incompatibles. La controversia y las contradicciones fueron características de la vida y la escritura de Tuwim. Su amigo y colega escritor Jozef Wittlin declaró con exasperación: “Tuwim es la prueba de que Dios existe, para que un hombre tan estúpido sea un gran poeta“.

En retrospectiva, no está claro si fueron Tuwim o sus tiempos los que fueron “estúpidos”. En su vida, Tuwim reflexionó sobre las posibilidades e imposibilidades de las relaciones polaco-judías del siglo XX. Estaba muy por delante de su tiempo queriendo ser un judío polaco verdaderamente guionizado, libre de expresarse y ser aceptado por las identidades de su elección. En el siglo XXI, la poesía de Tuwim se lee como una súplica por la diversidad, el pluralismo y el multiculturalismo. Estos eran versos peligrosos en su día. Siguen siendo oportunos en los nuestros.

Había un rango notable en su escritura: versos infantiles, letras de cabaret, poemas de amor, poemas políticos, poemas de apego y alienación polacos, apego y alienación judía y presentimientos catastróficos a medida que Europa se precipitaba hacia el abismo en la década de 1930.

Tuwim tenía un profundo amor por el polaco. “Mi tierra natal es el idioma polaco“, escribió. Criado en un hogar judío de habla polaca, Tuwim estaría entre la primera generación de luminarias literarias judías polacas que escribieron en polaco para una amplia audiencia nacional. (Otros incluyeron al escritor Bruno Schulz, Henryk Goldschmidt, mejor conocido por su seudónimo de Janusz Korczak, el escritor Alexander Wat y el poeta Antoni Slonimski). La popularidad de Tuwim provocó denuncias de críticos etno-nacionalistas polacos que denunciaron a Tuwim como “culturalmente ajeno a Polonia“, en lo que el poeta judío polaco Maurycy Szymel llamó “un pogromo contra el derecho de Tuwim a la literatura polaca“.

Irónicamente, tal vez, la contribución característica de Tuwim a la literatura polaca fue su uso inventivo y expresivo del idioma. El ganador del Premio Nobel de Literatura polaco Czeslaw Milosz llamó a Tuwim un “virtuoso del lirismo“. El crítico literario Roman Zrebowicz declaró que el dominio lingüístico de Tuwim le dio a su trabajo una calidad sensual única: “Toda la poesía de Tuwim huele tan extáticamente como un bosque. Cada verso tiene su propio aroma particular“.

Tuwim abrazó por completo la lengua y el paisaje polacos. En 1940, mientras escapaba del exilio en Brasil, Tuwim escribió un largo y agridulce reflejo de Polonia titulado “Flores polacas“. Profesó sentirse separado de Polonia “por un Atlántico de anhelo“, declarando “Esta [Polonia] es la patria / y los otros países son hoteles“.

En el mismo poema, Tuwim denunció el antisemitismo que prevalecía en la Polonia anterior a la Segunda Guerra Mundial: “Cuando la calle estaba gobernada por pequeños sinvergüenzas de clase media / Excelentes ‘católicos’ / Excepto que aún no se habían vuelto cristianos … / Cuando los fanfarrones rampantes golpeaban tanto a los judíos / Que sentí más vergüenza por mi patria / que lástima por mis hermanos derrotados“.

Julian Tuwim estaba separado, pero no podía o no quería separarse de su identidad judía. El exilio y la diáspora, creía, habían convertido a los judíos en un pueblo perdido y abandonado. Su poema de 1918 “Judíos“, escrito a los 24 años, describe a los judíos como “personas que no saben lo que es una patria / Porque han vivido en todas partes … / Los siglos se han grabado en sus rostros / Las dolorosas líneas de sufrimiento“.

En el poema “Jewboy” Chico judío), escrito en 1925, Tuwim confronta el destino judío del exilio: “¿Cómo llegamos a esto? ¿Cómo nos perdimos / En este vasto mundo, extraño y hostil hacia nosotros? … / Y nunca encontraremos paz o descanso / Judíos cantando, Judíos perdidos “.

Al igual que muchos de sus contemporáneos judíos literarios e intelectuales en Polonia y en toda Europa, Tuwim creía que el futuro judío dependía de la igualdad de ciudadanía en su país de nacimiento diaspórico. No se opuso al proyecto sionista, pero su propio apego al idioma y la escritura polacos descartaron la opción de Palestina como una nueva patria personal.

Sin embargo, Tuwim pagó un alto precio por su apego a Polonia. Los ataques antisemitas a su escritura se intensificaron durante la década de 1930. Tuwim confió sobre este rechazo: “Es difícil ser un hijastro con una madrastra. Estoy decayendo, es muy difícil para mí en este país”. Se produjo un período de úlceras y agorafobia.

Días después de la invasión alemana de Polonia en 1939, Tuwim se animó al oeste en un éxodo de las principales figuras culturales del país. Vivió brevemente en París, un poco más en Brasil, antes de pasar la mayor parte de los años de guerra en Nueva York.

En el segundo aniversario del Levantamiento del Gueto de Varsovia, Tuwim publicó un angustiado lamento del Holocausto, “Nosotros los judíos polacos“.

Sorprendentemente, como sugiere el título, Tuwim reafirmó su apego a las identidades polaca y judía. Polaco, porque quería serlo, porque solo en polaco podía crear poesía, y polaco porque “mi odio hacia los fascistas polacos es mayor que mi odio hacia los fascistas de otras nacionalidades“.

Su apego al judaísmo, escribió Tuwim, era una solidaridad de sufrimiento. La persecución judía y el genocidio intensificaron los lazos judíos de Tuwim. Se declaró judío por la “sangre de millones de inocentes asesinados … Nunca desde los albores de la humanidad ha habido tanta inundación de sangre mártir“.

Tuwim y su esposa, Stefania, volvieron a vivir permanentemente en Polonia en 1946. Creía que una Polonia bajo la tutela comunista ofrecía la mejor protección para los judíos. No fue el único judío polaco prominente que lo hizo. En 1947, los Tuwim adoptaron a una hija huérfana judía en Varsovia.

Dos citas finales reflejan la determinación de Tuwim de retener, hasta el final, las identidades polaca y judía. A su regreso a Polonia, Tuwim trasladó el cuerpo enterrado de su madre desde las afueras de Varsovia al cementerio judío de su ciudad natal, Lodz. La primera estrofa de su poema “Matka” (Madre) declara: “En el cementerio de Lodz / El cementerio judío, se encuentra / La tumba polaca de mi madre / La tumba de mi madre judía“. Tuwim inscribió así en su madre, la inseparabilidad de las identidades judía y polaca.

Curiosamente, atribuyó el mismo linaje dual a la creación del Estado de Israel. En 1949, un periodista del diario Haaretz entrevistó a Tuwim en su casa de Varsovia. Preguntaron al poeta qué sentía sobre la creación de Israel.

Tuwim respondió: “Estoy feliz y orgulloso del establecimiento del estado hebreo. ¿Podría ser de otra manera? Porque es un estado establecido por judíos de Polonia, y yo también soy uno de ellos”. Para Tuwim, Israel fue un verdadero proyecto judío polaco en el extranjero. Dirigió la rama polaca de Amigos de la Universidad Hebrea, con la esperanza de promover su especialización en estudios judíos polacos.

Polaco y judío juntos, Julian Tuwim se mantuvo hasta el final. Murió en Polonia en 1953.

¿Y qué hay de su legado? Demasiado candente de manejar para la mayoría, parecería.

Polonia ha desvestido en gran medida a Tuwim al abrazar el verso de sus hijos y su lirismo polaco. Pasan por alto su misión autoproclamada como poeta que “saca sangre con la palabra“. En Polonia se olvida su proclamada hibridación y hostilidad hacia el etno-nacionalismo autoritario.

Por el contrario, en el mundo judío, el legado de Tuwim no se recuerda selectivamente, es prácticamente inexistente. Su amor por el polaco es demasiado desagradable, la primacía de Israel es demasiado preeminente.

Y sin embargo … ¿no puede beneficiarse el siglo XXI de voces más fuertes que defienden el pluralismo y condenan el autoritarismo?

 

El escritor es profesor emérito de política en la Universidad Ryerson de Toronto.

 

Fuente: The Jerusalem Post / Reproducción autorizada con la mención siguiente: ©EnlaceJudío

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De ENLACE JUDÍO, 30/12/2019 

Tuesday, January 11, 2022

La muerte ha de ser bella


ELIANA SUÁREZ

 

El otoño comenzaba a dejar su huella al otro lado del Ecuador. El otoño es la predestinación de la muerte lenta. No como lo vivimos nosotros, sino como lo vive la naturaleza: con un estallido de amarillos, rojos y anaranjados; ocres y marrones. Poco sabemos de eso. La naturaleza, sin duda, nos lleva ventaja.

Barajas era un páramo o a mí me lo pareció en ese momento. Vi al menos a dos personas conocidas que hoy ya no están. Aquel octubre, no encontré allí a quien deseaba. Y nadie sabía aún que aquello que dejábamos discurrir sin aprecio, ya no regresaría.

Cinco horas de espera hasta que llegara el ómnibus que me llevaría a tierras riojanas. Salí al aire fresco un poco antes de la hora con la mente en blanco. Que se desmorone el muro, que se vuelva río el muro, querida Alejandra.

Entregué el billete y las valijas. Busqué mi asiento. ¿Por qué esa acritud en quien ha sido viajero? Mi compañero de asiento se tragaba los mocos cada dos segundos. La náusea aumentaba en mí y todo el enojo que sentía encontró buen puerto. En Soria la esperanza de que bajase duró los mismos diez minutos que la parada. No pensaba en vos ni quería hacerlo. El viaje se hizo eterno y ni toda la belleza, a un lado y al otro de la 111, aliviaron mi fastidio.

Al llegar, un abrazo forzado y vaya a saber Dios qué prejuicios, me esperaban. Y la verdad, cruel, fría y necesaria. El reloj de arena había girado dos meses antes. ¿No es acaso la muerte, toda carencia de tiempo? Lo inminente, lo inevitable. ¿Cómo se lucha contra eso? Pero entonces… Alguien demora en el jardín el paso del tiempo, ¿verdad, Alejandra?

Y entonces, sin querer, uno aprende acerca de la vida más que cuando cree vivir a pleno. No importan los detalles, en realidad, sobran. Sin embargo, he de decir que el cuerpo y la mente de quien amaba se diluía lentamente. Sobrevivía una piel, cáscara de un fruto que se va secando, y un esbozo del pensamiento, pero el que era ya no es.

Cada vez más presente.

Como si un rayo raudo

te trajera a mi pecho.

Como un lento

rayo lento.

 

Cada vez más ausente.

Como si un tren lejano

recorriera mi cuerpo.

                                                           Miguel Hernández

 

Y empieza el dolor que no cesa. No hay tregua para quien ama. A la Parca no le importan nuestras zonceras. Peso a todo, hay una opción. La de rescatar esos momentos de pura belleza pues haberlos, los hay. En medio de la catástrofe, ahí están. Los de risas y los de tragicomedia.  La sangre y la risa, el llanto y la carcajada. Las promesas de lo que nunca sería y las otras que, por humanidad, debían concretarse. Me tomó un par de semanas entenderlo.

Luego fue todo más dulce, más hermoso, con lugar eterno en el recuerdo. Ojalá nos enseñaran desde pequeños a enfrentarnos con el momento de despedir a nuestros afectos. Sin desesperación, sin odios ni las vulgaridades de uso. ¿Cuáles son las razones para no hacerlo? A edad madura, todos llegamos con alguna frustración.

Quien parte sabe, en sus delirios, que todo el equipaje está listo, la locomotora a punto y el pasaje sellado. Somos los que quedamos de este lado de la laguna Estigia quienes no queremos ver ni sentir.

Te amo, gracias, una mano asida a otra con dulzura. Silencio. Silencio. Silencio. Muerte bella. La muerte está cantando junto al río…, escribe Alejandra. Y vos y yo, Nos hemos reconocido, nos hemos desaparecido, amigo el que yo más quería.

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Imagen: Arshile Gorky 

 

 

Sunday, January 9, 2022

¿El cholo evacuado de la ficción nacional?


FÉLIX TERRONES

 

Conversando con una amiga peruana, también exiliada en Europa, acerca de la última publicación de Gabriela Wiener, caemos en lo poco que la ficción peruana de los últimos años aborda ser cholo, ser indio o marrón; en suma, el racismo de nuestra sociedad. Quizá me equivoque, pero hasta parece que nuestros narradores actuales le dan la espalda al racismo. No es una cuestión de falta de precedentes, al menos no en nuestra literatura. Tenemos ficciones como “La ciudad y los perros” o “El zorro de arriba y el zorro de abajo” en las que se desnuda a nuestra sociedad en toda su violencia racial, que no es más que una tara colonial. Sin necesidad de acudir a novelas, pienso en José María Arguedas y en un cuento tan breve como “El sueño del pongo” donde ficcionaliza, con maestría y humor, el racismo secular sobre el que se sostienen todas nuestras injusticias. La literatura abre zanjas, cava túneles para alcanzar los nudos de nuestra sociedad, sin buscar desatarlos, sino que elabora metáforas, alegorías de lo que somos, una sociedad fracturada que no se anima a mirarse al espejo y vive del espejismo.

Y eso que “El sueño del pongo” es un cuento breve y no una engorrosa novela como “Contarlo todo” en la que el narrador se niega a utilizar la palabra “cholo” como si tuviera miedo a llevar a la literatura, como si ya el autor se censurara a sí mismo, aseptizando de esa manera un relato que, sin embargo, juega mucho con el ascenso social que no racial. Estamos frente al espejismo de la sociedad; precisamente, el espejismo que proyecta la posibilidad de integrarse, borrando el pecado original de ser “cholo”.

¿Por qué esa autocensura, esas omisiones, tantos rodeos? Hay muchas explicaciones, pero son más bien autores como Wiener y antes Marco Avilés quienes se animan a abordar nuestro racismo. La verdad los libros de ambos, Avilés y Wiener, me dejaron más bien escéptico, pero por lo menos dejan pensando si es que la crónica no es el nuevo espacio para llevar a la literatura lo racial, aún más actual desde las últimas elecciones presidenciales. De ser el caso, ¿cómo entender la eventual falta de interés de la ficción? Ojo, no se trata de imponer temáticas pues la literatura es libre, claro está, sino simplemente de entender que lo racial sea más explorado en términos cuantitativos por la crónica (y otros géneros como el ensayo) que por la novela y el cuento.

Fotografía: autorretrato de Martín Chambi.

 

Inscripción (Historia de la noche)


JORGE LUIS BORGES

 

Por los mares azules de los atlas y por los grandes mares del mundo. Por el Támesis, por el Ródano y por el Arno. Por las raíces de un lenguaje de hierro. Por una pira sobre un promontorio del Báltico, helmum behongen*. Por los noruegos que atraviesan el claro río, en alto los escudos. Por una nave de Noruega, que mis ojos no vieron. Por una vieja piedra del Althing. Por una curiosa isla de cisnes. Por un gato en Manhattan. Por Kim y por su lama escalando las rodillas de la montaña. Por el pecado de soberbia del samurai. Por el Paraíso en un muro. Por el acorde que no hemos oído, por los versos que no nos encontraron (su número es el número de la arena), por el inexplorado universo. Por la memoria de Leonor Acevedo. Por Venecia de cristal y crepúsculo…

Por la que usted será; por la que acaso no entenderé.

Por todas estas cosas dispares, que son tal vez, como presentía Spinoza, meras figuraciones y facetas de una sola cosa infinita, le dedico a usted este libro, María Kodama.

J.L.B.

Buenos Aires, 23 de agosto de 1977



Helmun behongen (Beowulf, verso 3139) 
significa en anglosajón «exornada de yelmos»

En Historia de la noche (1977)
Foto: M. Kodama y Borges, Palermo (Sicilia) 1984 
Frente a La Vucciria, óleo de Renato Guttuso 
© Ferdinando Scianna/Magnum Photos