Monday, September 9, 2024

Oscuridades


JAVIER QUEVEDO ARCOS 
          

 

Hay oscuridades que exaltan y oscuridades repelentes. Basta, por ejemplo, con leer una página cualquiera de Heidegger o Derrida para saber que son unos cuentistas, gentes que envuelven en una nube gaseosa sus perogrulladas para camelar al incauto. Lo bueno con el lenguaje filosófico es que sólo requiere un poco de paciencia para desmontar los «fake». Si usted es lo bastante joven y ocioso para desperdiciar, como yo hice, un puñado de horas, meses o años en destripar «Ser y tiempo» o «De la gramatología», obtendrá una satisfacción muy parecida a la de un policía que desmonta una red de falsificadores. Pero si usted confía en algún buen policía del pensamiento, quizás sea mejor que pase de timadores y se dedique directamente a leer lo que merece la pena, por ejemplo, George Steiner, Giorgio Colli, Jorge Luis Borges, por sólo mencionar a los Jorges.

Con la literatura, donde importa tanto lo que sugiere como lo que denota, la cosa se complica. Es preciso leer de oído al principio, y quizás durante mucho tiempo, y quizás siempre, antes de decidir si un autor merece la pena. El argumento de autoridad (la recomendación de un crítico, escritor, profesor, amigo de respeto) puede valer sólo al principio, para localizar más rápido a alguien, pero si no pasa la prueba de fuego de una primera lectura, no servirá de nada. Yo, por ejemplo, descontando a Cortázar, Borges y alguno más, nunca pude con el boom latino, por mucho que me lo recomendaran. No me iba su ritmo, como no me va la salsa. En cambio, Joyce, Proust, Kafka, Rimbaud, Eliot, Pound… me conquistaron a primera escucha, deposité mi fe ciega en ellos en pleno bachillerato, mucho antes de saber lo que decían sus libros. Comprenderlos era secundario; uno se dejaba arrullar por su música, como un niño de cuna reacciona a las entonaciones de los padres, antes de entender el significado de lo que hablan.

¿Cómo renegar de la oscuridad, cómo no confiarse a ella? Todo es oscuridad al principio, cuando nuestra inteligencia adolescente sólo ilumina un mínimo tramo del camino por recorrer. Contamos con Verne, Hergé, Poe, Dickens, Stevenson y otros genios benéficos, pero, tarde o temprano, sabemos que tendremos que desprendernos de esos flotadores y empezar a nadar en mar abierto, donde no hacemos pie. Quien pide claridad a toda costa, pide en realidad «su claridad», exige que el mundo se reduzca a los estrechos límites que él domina, como esos antiguos que reducían la tierra a lo conocido por ellos, rellenando el resto del mapa con monstruos. Sin embargo, no por eso el resto del mundo inexplorado dejaba de existir, de bullir de vida fascinante. Nuestra claridad no cubre ni una mínima parte de lo que hay y, por mucho que nos empeñemos, la realidad seguirá proliferando fuera de ella.

Buena parte de la poesía contemporánea, desde Rimbaud, pertenece al reino de las sombras y, por mucha exégesis que se le aplique, jamás saldrá de ahí. Debemos aceptarlo o rechazarlo. Hace ya tiempo que el arte en general (también la música y la pintura) sufrió un cisma entre el creador y su público del que nunca se ha recuperado. El arte «pompier» regresa una y otra vez para contentar a las masas que no tragan a Picasso, Schönberg, Celan o Joyce. Tiene mal arreglo y, a estas alturas, me la suda. Yo disfruto «escuchando» poesía que no entiendo, como disfruto escuchando música cantada en un idioma que desconozco. Cuando a los quince, con mi francés autodidacta, leí «Elle est retrouvée. / Quoi? – L’Eternité. / C’est la mer allée / Avec le soleil», sentí el mismo pelotazo que al escuchar «A mera yinsou barrum kuinin Menfis», primera línea de un «Honky Tonk Women» que entonces no comprendía. Hoy sigo sin comprender buena parte de Wallace Stevens, Jaccottet o Bonnefoy y no me importa; me vale con su música.

Con la prosa, en cambio, incluso la que tiene más fama de ilegible, todo es cuestión de paciencia y sigue siendo válido el consejo que dio Faulkner a los que no le entendían después de leerlo dos o tres veces: que le leyeran cuatro veces. Casi siempre, es sólo nuestra pereza y desidia la que convierte en difíciles a algunos autores. Proust, por ejemplo, es transparente, no hay la menor vaguedad, indefinición o misterio en lo que escribe, todo es tan cristalino como en Descartes, por más que la longitud de sus frases sea como la transposición de esa inspiración interminable con la que soñamos todo asmático. En Céline, por el contrario, lo arrebatador es el jadeo entrecortado, como el del que se lanza a la carrera contra la trinchera enemiga. Dime cómo escribes y te diré cómo te gustaría respirar…

El propio Proust, que abominó toda su vida de lo brumoso, terminó aceptando una medida de oscuridad, no como misterio trinitario, inextricable, ante el que uno debe rendirse sin más, sino como desafío intelectual. En 1896, con veinticinco años, publicó «Contra la oscuridad», un artículo dirigido contra el simbolismo, la doxa de aquellos años. A Proust le molestaba no sólo la retórica (las «princesas», las «melancolías», los «pavos reales»), sino, sobre todo, la «doble oscuridad» de ese simbolismo terminal, tan alejado de la claridad de su amado Baudelaire: la oscuridad de ideas e imágenes, y la oscuridad gramatical. Proust carga contra la vaguedad, lo abstracto, lo alegórico de los simbolistas, más que contra lo incomprensible; admite el fondo oscuro de la vida, que no hay por qué replicar en la oscuridad del lenguaje literario, y pone el ejemplo de «Macbeth», como una obra que enfrenta el misterio sin competir con la metafísica, con la que la literatura nada tiene que ver. Además del «poder de estricta significación», el lenguaje poético goza de un «poder de evocación», una «suerte de música latente» de la que carece el lenguaje filosófico y «que el poeta puede hacer resonar en nosotros con una dulzura incomparable». Pero la verdadera bestia negra de Proust, más que lo oscuro, es lo vago y lo difuso, lo que carece de individualidad: «En las obras como en la vida, los hombres, por más generosos que sean, deben ser fuertemente individuales». «Que los poetas se inspiren más en la naturaleza», concluye, «donde, si el fondo de todo es uno y oscuro, la forma de todo es individual y clara».

Del «fondo oscuro y la forma clara» de su juventud, Proust pasará a admitir que también la forma puede ser desconcertante. En un prólogo de 1920 a un libro de Paul Morand, que luego retomará casi verbatim en «Le Côté de Guermantes» (el tomo tres del Tiempo perdido), escribe el francés: «… de tiempo en tiempo surge un nuevo escritor original […] Este nuevo escritor suele ser bastante fatigoso de leer y difícil de comprender, porque une las cosas mediante nuevas relaciones. Le seguimos hasta la primera mitad de la frase y ahí nos rendimos. Y sentimos que es sólo porque el nuevo escritor es más ágil que nosotros». En su versión de «La parte de Guermantes» será más explícito: «un nuevo escritor comenzó a publicar obras en que las relaciones entre las cosas resultaban tan diferentes de las que las enlazaban para mí, que no comprendía casi nada de lo que escribía […] Yo sentía, sin embargo, que no es que la frase estuviese mal construida, sino que yo no era lo bastante fuerte y ágil para seguirlo hasta el final […] Y no dejaba de sentir por ello hacia el nuevo escritor la misma admiración que un niño torpe, que siempre saca cero en gimnasia, hacia el compañero más deportista». Y concluye, desprendiéndose de su creencia de juventud: «Desde entonces admiré menos a Bergotte [el Anatole France, que fue su maestro], cuya limpidez me pareció insuficiencia». El Proust de madurez no se resigna, sin embargo, a la oscuridad, sino que la contempla como una especie de iniciación a una nueva claridad, como una especie de operación dolorosa a que nos somete un oculista para curarnos de nuestra falta de visión: «Cuando ha terminado, el especialista nos dice: “Ahora mire”. Y hete aquí que el mundo (que no ha sido creado una vez, sino con la misma frecuencia que surge un artista original) se nos aparece enteramente diferente del antiguo, pero perfectamente nítido […] Tal es el nuevo y efímero universo que acaba de ser creado. Durará hasta la próxima catástrofe geológica que desencadenará el nuevo pintor o escritor original».

El nuevo escritor original cumple la misma función en Proust que la mujer desconocida de paso: reaviva nuestro deseo estragado por un exceso de conocimiento, pero sólo hasta que el nuevo misterio haya sido desvelado. El Proust maduro, que siempre había amado la claridad, se aviene a una porción inevitable, aunque provisional, de oscuridad, de andar a ciegas hasta dar con el interruptor de la luz. Un universo de fogonazos hasta el apagón total. «En la noche dichosa / en secreto que nadie me veía / ni yo miraba cosa / sin otra luz y guía / sino la que en el corazón ardía».

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Del muro de Facebook del autor, 27/08/2024

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