Monday, August 23, 2010

VÍCTOR HUGO VISCARRA DE NUEVO


Miguel Sánchez-Ostiz

Para Patxi Irurzun.

EL de Viscarra (a veces Vizcarra), como el de Jaime Sáenz, es un tema recurrente si de hablar de literatura boliviana (paceña) de ahora se trata. Y sale en la conversación porque su persona y su obra están indisolublemente unidas a las calles de La Paz y a su mitología urbana (y algo a la de Cochabamba).

Depende de quien te hable de Víctor Hugo Viscarra (1958-2006), la persona confundida en el personaje es una cosa u otra. En las evocaciones de quienes le conocieron y trataron puede aparecer como un príncipe letrado de los marginados, como un delincuente alcohólico o como un fraude literario. No es François Villon, por mucho que se lo propongan.

HE conocido a un buen poeta, Ricardo García, autor de un breve y contundente texto sobre Viscarra titulado Lo que El Perro nos dejó, en el que trata de desmitificarlo, de poner las cosas en su sitio y de restituirlo a la literatura, su lugar...

Es un texto duro, escrito sin ninguna complacencia, pero hermoso. Sin afecto verdadero esa página no se escribe. ¿A qué enmascarar rasgos poco nobles que eran del dominio público?

Su amigo, su compañero de farreo, su albacea, lo trata sin piedad, pero con la voluntad de rescatarlo en sus páginas literarias, al pie del altar donde lo ha entronizado la bohemia y una sociedad literaria más atenta a los personajes literarios que a la página escrita.

El contrapunto ácido al canto de Viscarra, lo ponía Adolfo Cárdenas, un autor a quien estimo desde que leí hace unas semanas, una estupenda novela, Periférica Blv, que se aparta de la crónica descriptiva o testimonial de lo sórdido urbano para ir al terreno de lo picaresco.

Estábamos conversando en un lugar para mí insólito, en un desierto y destartalado Club de la Prensa, después de haber probado dos antros llenos de recovecos con artilleros en campaña acodados a mesas repletas de botellas: El Bonanza y El Topacio -“Nombres extravagantes para la misma mierda”, dijo Ricardo-, y un ruido de música brava atronador.
“¿Puede bajar el volumen?”, le preguntó Ricardo al mesero.
“Ya está”, nos dijo displicente sin moverse del mostrador en el que estaba apoyado.

Así es como hemos recalado en una mesa del solitario salón del Club de la Prensa: cortinas ajadas, una sinfonola espacial, algún camarero que avanzaba con lentitud y desaparecía en un fondo de patios y cocinas. Sobre la mesa, una botella de buen singani, hielos, limones de pica y una Coca-Cola para el que no chupa. Faltaba Patxi Irurzun, de quien les he hablado.

Para Ricardo García, Viscarra no era un héroe, no era un clochard protagonista de una estampa literaria, sino un delincuente sin escrúpulos que con tal de chupar era capaz de cualquier cosa. Eso dijo su albacea, después de haberlo calificado de Robin Hood de la literatura boliviana. Robaba a los ricos o robaba a secas para pagarse los tragos, más que para dar a los pobres.

Ya había escuchado contar la historia de las bobinas de papel del periódico izquierdista Aquí (el de René Bascopé y Luis Espinal) que se robó para venderlas y chupar con el producto. Lo metieron preso.
Viscarra empleaba todos los trucos de los alcohólicos impecunes: las mentiras rebuscadas, el mañana, mañana me voy, la última, las enfermedades propias y las de familiares inexistentes, los tratamientos, el nunca más y el no volveré... es un discurso siniestro.

VISCARRA fue un habitual del sablazo. Pedía para trago y para dormir. Si pedía dinero para dormir en un alojamiento era porque le asaltaban sus compañeros de farra, de hoguera de basurero o de ruina paceña, escenario de los ajustes de cuentas nocturnos. Algo habitual entre mendigos de la calle. Ningún romanticismo. Supervivencia pura. Los alojamientos a los que acudía Viscarra podían costar entre 5 y 10 bolivianos la noche, y eran “nocivos para la salud”. Solían estar por la zona del cementerio general y de Callampaya.

Los tragos “de lujo” costaban 2,50 pesos la jarra. Eran de Te Sultana mezclado con alcohol puro. El Té Sultana es en realidad una infusión de cascarilla de café. También lo mezclaban con otro “té”, de inferior calidad, hecho con raspaduras de zanahoria. le echaban de malos modos de los bares a los que entraba para beberse los culos de los vasos.

Su obsesión durante un tiempo fue irse a Alemania a donde querían llevarle unos frailes alemanes que le habían proporcionado pasajes. Anduvo meses con ellos en el bolsillo, diciendo "Volveré con un hígado y unos pulmones nuevos". Hasta que alguien le dijo: “Pero si estos pasajes están caducados.
“Tenía tuberculosis hasta en las pelotas”.

Viscarra merodeaba por una La Paz semi clandestina, la de locales como El Pezón de la Mariposa, La Guerra, La Curvita, La Thujsa culo, El Averno (que tenía entronizado un diablo), El Gato que Fuma o La Marujita, donde los tragos costaban 2,50 bolivianos, y ahora mismo puedes amanecer muerto o desnudo.

POR lo visto, Viscarra le encargó al poeta Ricardo García, a modo de albacea, que difundiera la persecución policial que padecía, algo más que una mera paranoia de corte policial.

Viscarra estaba fichado como delincuente habitual y le detenían cuando les daba la gana y le daban palizas, algo que él denunciaba en sus escritos como habitual en el mundo de los vagabundos urbanos. Sufrió la persecución de un policía por plagio, a causa de su Coba. Lenguaje secreto del hampa boliviana. Ahí, aparece un Viscarra que vivía atemorizado, que se sentía perseguido, y con motivo.
La biografía de Víctor Hugo está por escribir. Al parecer está en ello alguien en Cochabamba a quien conocen como La Viuda, que fue uno de sus últimos compañeros, aunque también lo fuera un ser temible y violento, El Maradona, que todavía deambula como un fantasma por El Prado nocturno, con su único ojo inyectado, como un Polifemo de la noche. El otro ojo se lo sacaron a punta de navaja en un casa refugio para alcohólicos del barrio de Tembladerani, camino de El Alto, una casa que en tiempos de dictadura fue violentada por los soldados que perseguían borrachos, drogadictos, homosexuales, lesbianas...

La de Víctor Hugo fue una La Paz de prostitución brava, desmontes, ruinas, despeñaderos, de entrañas “dostoieskianas”, dice Ricardo, y es verdad. Por ciertas calles de la ciudad vieja, pasas de largo, pero como te detengas y entres, llegas a lugares inverosímiles. Te puedes encontrar un lupanar en el sitio mas insospechado o con los abogados del llamado “Fortín Ingavi”.

Me entero de algunos de los motes por los que le conocían: La Vicky, El Perro, Burrosky, El Vico, El Yale, por su amor por reventar candados, porque el escritor en su delincuencia de supervivencia era descuidero y monrrero.

¿La Vicky? Sí, era bisexual, eso dicen, por la fuerza de la calle, del vivir promiscuo, "duermen en montón para protegerse del frío", una homosexualidad por completo marginal. Las violaciones , las muertes, el rastrilleo, no son son raros.

“Tengo un harén de homosexuales”, es una de las frases rotundas que se le atribuyen. Parece que vivió gracias a Manuel Vargas, su editor, que le orientaba en sus escritos.

VISCARRA murió en 2006. Meses antes se había sometido a una cura de desintoxicación alcohólica en un hospital en el que estuvo internado bastante tiempo. Un buen día lo pusieron en la calle con una bolsa de medicamentos en la mano.

“No te asombres. En Bolivia hay menos camas de las que se necesitan”, me dicen.

Y Viscarra se fue a la calle con su bolsa de medicinas y su abstemia inducida.

Sobre su final se cruzan dos versiones. Una cuenta que se encontró con unos amigos y les dijo:
“¡Llevo nueve meses sin beber!”
“¡Eso hay que celebrarlo!” y Viscarra habría arrancado a chupar hasta matarse.

Murió en una cama del hospital Arco Iris de La Paz.

La otra versión es que se encontró con unos amigos, otros, que estaban chupando y a los que les contó que estaba limpio.
“¿No te antojás?”, le preguntó alguien, señalando la botella de singani.
"No, que estoy limpio”, pero sin que nadie se diera cuenta se fue sirviendo, a poquitos, mezclando el alcohol con te o refresco, hasta que dijo que ya no podía más, que le había sentado mal. Se fue y se dejó las pastillas, y se perdió para siempre. Murio de cirrosis y tuberculoso.

Además de crónica de lo vivido (y bebido) la literatura de Viscarra tiene algo de melodrama. Su tono nunca es imprecatorio, violento. El melodrama marginal no es picaresca. En Viscarra hay más voluntad de crónica o de testimonio sin adornos, que voluntad de burla.

Ricardo García añadió un último trazo: Viscarra era un delincuente letrado que se sentía infravalorado por sus colegas que nunca lo estimaron como él quería.

PARA Adolfo Cárdenas, sin embargo, algo más que mero gusto de llevarle la contraria a Ricardo García y de acicatearlo, es el cerebro de alpiste de sus lectores lo que lo ha llevado sobrevalorado a los altares literarios: una invención de un grupo de escritores.

¿Pasa eso de verdad con Viscarra? ¿Vale por el desgarro de lo escrito o por el personaje puesto en escena entre unos y otros? ¿Su literatura tiene sentido fuera de las fronteras de Bolivia o de la misma La Paz? ¿Es un icono de ese escritor autodestructivo, irrecuperable, de un romanticismo que resulta repulsivo?

Hasta ahora, en las conversaciones, los relatos sobre su vida se imponen a la crónica del mundo marginal, que tiene atractivo por serlo, porque todo lo espantoso y terrible fascina al ser humano (Ernst Jünger).

Si se le valora es más por ser personaje literario de reparto que autor. Y eso es algo que está en el aire y no solo en Bolivia. Lo novelesco se lleva y cunde.

Se prefiere a Proust en sus fumigaciones, en la luz de confitura bajo la que le vio Paul Morand, en los rincones de altos vuelos de su biografia, que en las páginas prolijas y a veces exasperantes de La Recherche.

Y Viscarra tampoco era Bukosvsky; este, a su lado, era un príncipe.
martes 26 de mayo de 2009

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Publicado en el blog del autor (VIVIR DE BUENA GANA) en 06:22

Imagen: Víctor Hugo Viscarra

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