Tuesday, June 6, 2023

Desde el alma


ELIANA SUÁREZ

 

Alma, si tanto te han herido
¿Por qué te niegas al olvido?

Manzi, H.

Piuma Vélez. V.

 

Fines del Siglo XIX, principios del siglo pasado en Los Quirquinchos. Llegada de una generación en busca de la tierra prometida, hijos de inmigrantes italianos y españoles en su mayoría. Pero también de yugoslavos, polacos, húngaros… En algún otro lugar de la pampa, un grupo de familias suizas decide crear su propio refugio. La tierra, hembra fértil, invitaba a olvidar la miseria de una Europa que comenzaba a envejecer. Aún no era la guerra, pero se intuía.

En las regiones de la América india la sangre se mezcla, una vez más, para reírse de los purismos y, en esa amalgama, la nueva y miscelánica humanidad habita un territorio inhóspito y pródigo.

Los Quirquinchos… Pequeño pueblo donde la infancia significó el cariño de abuelos y tíos e ingresar, sin necesidad de entregar óbolos de plata, al oscuro mundo de las anécdotas familiares. Lugar donde, en los setenta, aún se escuchaba el silbido del tren y la tierra vibrando bajo el frío metal de las vías, en un constante y tenaz golpeteo que decía que había algo más allá, una estación lejana, otro caserío albergando sueños imposibles.

La siesta, las empanadas santiagueñas con té de boldo o té de poleo para contrarrestar los efectos de una merienda amorosamente elaborada por un abuelo, rey de las cuecas, para ofrecer a sus nietos. Masa casera y verduras de cosecha propia. El olor de la tierra húmeda del huerto y el “cotorrear” de las gallinas del vecindario. ¡Cuántas infidencias del gallo mayor rondando por el aire!

Poncho salteño, regalo adorado de los abuelos maternos y tortas fritas en días de lluvia… A veces, uno quisiera volver al privilegio de esa infancia en la que nada había sucedido y en la que todo era un mapa de intrincados y maravillosos caminos hacia la aventura.

Nobleza obliga volver a las primeras tres décadas del siglo XX, edad de la pavura. Los Quirquinchos crece partido en dos por el acero y la estación de tren. Calles de tierra, lluvias, campos arados a mano, vagonetas tiradas por caballos o brazos humanos. La postal se repite y multiplica a lo largo del país. La osadía de los primeros automóviles, el tendido del telégrafo y la incipiente electricidad. Costumbres, dialectos, objetos heredados. El hierro, cuando se funde, adopta todas las formas de la belleza.

Las esquinas, centro de reuniones y de discusiones filosófico-políticas. El girar de las cadenas a fuerza de pedaleo, ese que Saer “filmó” con palabras hasta estremecernos. El silbido de algún vago, las serenatas y los gritos de los vecinos. La vergüenza del amor oculto… Tanto se ha vivido desde entonces.

"Hace rato / que no miro / cómo una flor / tiembla / con sus pétalos bajo la brisa / de abril. / No sé cómo / pasó tanto tiempo / sin que sintiera / en la piel / ese sol agónico / perdiéndose / detrás de aquellas / casuarinas oscuras" (Isaías, 2006).

En uno de los clubes del pueblo, la pelota paleta se lucía como deporte preferido. El frontón, campo de duelo, fue el escenario en el que los hermanos Olaviaga despertaban pasiones y suspiros. Blancos, rubios, de ojos celestes y porte elegante a fuerza de compartir alimento entre once comensales, desafiaban a toda la región. Invictos durante los años jóvenes de su trayectoria, multiplicaban admiradoras a pesar de la pobreza.

El abuelo Pacheco, padre orgulloso y uno de los analfabetos más cultos de su época, se pavoneaba durante los campeonatos.  Solía pedir a hijos y nietos que le leyeran noticias, artículos de interés y, de algún modo, los recordaba y analizaba con una lucidez envidiable. Memoria privilegiada, hizo prometer a su familia, allá por los cuarenta, que nunca más lo llamarían Francisco. Llegaban noticias aberrantes de su España natal: “Españolito que vienes/al mundo te guarde Dios/ una de las dos Españas/ ha de helarte el corazón” (Machado, 1912).

Cuando los muchachos jugaban de locales, las apuestas del nono Pacheco estaban aseguradas. Estratega como pocos, picaba a la hinchada contraria: “Si hay tanto problema, jugamos con la izquierda y les damos diez tiros de ventaja.” Nunca peleó aunque muchas veces estuvo a punto de recibir el clásico cross a la mandíbula.

Era serio pero simpático. Tirando su carro se acercaba a la estación de ferrocarril y cargaba lo mejor de frutas y verduras. Nunca nadie quedó en deberle en su pintoresca verdulería. Recordaba a la perfección la cantidad de dinero que adeudaba cada vecino. Envidia de las culturas antiguas, inventó su propio sistema contable, basado en jeroglíficos. Los atributos físicos eran sumamente importantes a la hora de identificar a los deudores, el lector usará aquí su imaginación, y la cantidad de palotes dibujados al lado de la silueta, impedía alterar las cantidades. Palotes más grandes, para los pesos y más pequeños, para los centavos.

Se fue a los noventa y tantos años, rodeado por una familia numerosa y hoy vive en el recuerdo de los que aún recuerdan. Las calles acallaron las historias porque los pueblos han de progresar. Del olvido se alimentan culpas y pesares simplemente porque urge seguir. La pausa significa hoy, construir una imagen a modo de identikit, con los retazos de unos y otros. La boina volcada hacia la derecha, los chistes y las anécdotas de un viaje iniciático en barco, la pelea con el hermano mayor, el capitán del barco impidiendo que fuera arrojado al mar, el odio fraterno, un nunca más que probablemente marcase a las generaciones venideras.

Y el mar, separando y uniendo orillas, sangre y piel. El mar que suele ser recuerdo que desgarra o agua bendita que sana y salva. Y la tierra, vestigio de amores pasados, savia emergiendo en los poros de carne renacida. Nadie muere definitivamente. Fotogramas desgastados del presente, persisten en la mente de los que aún no han nacido. Te encuentro hoy, nono amado, en esta ochava que llaman tiempo y te rescato en este trozo de papel para que me dibujes en las manos, entre tanto infierno, el cielo.

06/06/2023

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Imagen: Archivo Histórico de Los Quirquinchos

 

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