Monday, September 16, 2013

El viaje es el ritual



PABLO CINGOLANI

Nada: son apuntes de viaje, notas. Los encontré en la computadora y así los publico. Forman parte de una bitácora inconclusa que sigue reposando en los cuadernos que llevo cuando nos internamos en la geografía. Lo que si recuerdo es que fue un viaje delirante, obsesivo, disputas con cóndores, azote de nieve, ir y venir desde ninguna parte hacia cualquier lugar, ruinas inalcanzables, lluvia, lluvia, lluvia. No se emocionen: es el arranque, el primer día, la partida. O sí: porque partir es, sin duda, más importante que regresar. Tal vez, motivan. Se los dedico a Gargiulo por eso que me dijo hoy en un correo: No pierdas la fe en los confines. No pierdo la fe, Marcelo, ni una pizca; lo que pierdo –a veces- es la paciencia por estar amarrado a estas teclas y no poder mandar todo al carajo y salir al viento. Ni modo: ya volverá la travesía a sobrecogernos. Mientras tanto, tal vez estas palabras sirven para convocarla.

Pablo Cingolani
Viernes, 8 de octubre

La Paz

Antes de partir, distribuí un correo entre mis amigos de la red y dedicado a ellos, donde les afirmaba que el fin del mundo era un lugar al que se podía regresar siempre. Alguno, con serenidad y buena leche, me acusó de un empecinamiento romántico con esos sitios donde, como escribió creo que Kavafis hace décadas, los prodigios pueden confundirse con milagros o al revés: los milagros pueden devenir en simples maravillas que se frecuentan a diario.
Como sea, la decisión ya estaba tomada, mi compañero de este viaje –el fotógrafo Pere Comas- ya había llegado hacía unos días desde España portando un invalorable suministro de anchoas hechas en casa y un jamón bellota para chuparse los dedos y un tercer acompañante –el guía de selva Pedro Macuapa- estaba esperando en la zona de la ciudad de La Paz donde arriban los buses que vienen del Norte.
Habíamos despertado a las 4 y 30 de la mañana –como cada vez que ansío mucho un viaje, mi reloj biológico se anticipa y me acosaba desde varios días atrás- y ya se escuchaba cantar a los pájaros del valle donde vivo.
El chofer se había demorado y no quedaba otra que fumar y esperar. Cuando al fin llegó y terminamos de cargar todos los bultos (bolsas estancas con ropa, yutes con comida, valijas con equipo fotográfico, carpas de distintos tamaños, hasta una batería de automóvil para aprovechar la energía de un panel solar) en la parte de atrás y de arriba de una desvencijada Toyota Land Cruiser, Waldo Salvatierra, el chofer, empezó a sorprenderme: comenzó a ch´allar con alcohol puro no sólo la movilidad donde nos embarcaríamos y, desde ya, a la Pachamama, la Diosa Madre de la Tierra a la cual están destinadas todas esas ofrendas, sino hasta la puerta de mi casa. Le pregunté por qué lo hacía así y me respondió algo que después escucharía muchas veces: “Para que tengan un feliz viaje”. Era la primera vez que Waldo viajaba a Pelechuco, nuestro destino de llegada, y el suponía –y bien- que eso quedaba lejos, demasiado lejos, y por eso me siguió diciendo: “Cuanto más lejos, te vas; más protegido debes andar”. Era una sentencia. Se la agradecí.

Era un día excepcional y esa presencia de la montaña que describió de manera tan soberbia Jaime Sáenz, el poeta de la ciudad, destacaba por todas partes. El cielo estaba tan azul que semejaba un extraño mar en las alturas a punto de derramarse sobre una urbe que recién comenzaba a despertar. El Illimani, la montaña que coronaba el sitio, era una enorme emanación de luz blanquecina, un faro inverosímil que ya no nos custodiaría: nuestra ruta buscaba otras montañas y otras luces. Viajamos en silencio hasta Villa Fátima donde recogimos al tercer pasajero: allí estaba muriéndose de frío. No hacía ni una hora había llegado desde la selva, tras más de doce horas de trajinar la carretera.

Trepamos rumbo a El Alto, atravesando la ciudad en su duermevela: algún borracho andaba derrumbándose por las callejuelas y no desentonaba. En los muros que franqueaban la autopista, estaba reflejado el sueño y la utopía de la gente más pobre del país: “No al ALCA”, “No a las trasnacionales”, “Goni a Chonchocoro”. Goni era el apodo del presidente que fue expulsado del país hacía un año por una ciudadanía que ya no soportó la humillación de su descaro para vender los recursos naturales a las trasnacionales y encima meterles bala a los que reclamaban lo contrario. Chonchocoro es la cárcel de máxima seguridad de Bolivia.
Siguiendo nuestro camino y más arriba aún, empezaba la urbe aymara más importante del mundo: El Alto, un inmenso campamento donde resistían un millón de los herederos de Tiwanaku, la ciudad mejor construida de todas las que los españoles encontraron cuando invadieron América, y los máximos responsables de la fuga del ex mandamás boliviano. Los aymaras son un pueblo indómito y de tradición belicosa: fueron los únicos que lograron acorralar militarmente a los españoles en un cerco memorable durante los tres siglos que duró la dominación hispana en América. Pero El Alto es una ciudad triste, gris, provisional. Una especie de Bronx incrustado al borde de una altiplanicie a cuatro mil metros de altura. Un Bronx donde la mayor parte del tiempo se lucha todos contra todos. Una selva de ladrillos a la vista, de calles de barro, de basura esparcida por doquier, de promesas desechas, de gente que vive con medio dólar al día o ni siquiera eso.

Hay algo inevitable cuando uno empieza un viaje a esas horas y por ese lugar: comprar pan en Río Seco, una confusión perfecta de gentes, buses, cargas, anhelos donde todo lo que pudiste haber olvidado, lo puedes encontrar por ahí y donde el temerario chofer que nos había tocado en suerte revisaba la vagoneta para limpiar el carburador.
Por fin, vamos. Empezaba la ruta. A poco de andar, primera parada: desperfectos técnicos. Pero el lugar era propicio: estábamos frente a esa mole insondable que es la montaña bautizada como Tuni Condoriri y eso porque su cúspide recuerda a una colosal ave petrificada con las alas extendidas y con la cabeza erguida. Es uno de los nevados más bellos de la Cordillera Real y uno de los que más víctimas cobró en los últimos años entre esos desprevenidos escaladores que creen que en los Andes las montañas se trepan “porque están ahí”. Todo lo contrario: por eso, mientras atábamos la carrocería del coche con sogas de neumático, la primera ch´alla colectiva. Al Tuni, al Huayna Potosí, al Chacaltaya, al Mururata y al más alejado Illimani, a todos los cerros de la cordillera: cada montaña andina tiene su ofrenda y su historia y nosotros andábamos buscando la nuestra.

Avanzábamos: Achacachi y al fondo, el macizo del Illampu –un conjunto imponente de picos nevados y paredes de piedra aterradoras-, y abajo la rebelde Warisata, la comunidad donde se fundó medio siglo atrás la primera escuela para indios de Bolivia y donde el año pasado se había iniciado la resistencia que acabaría con el gobierno de las ciudades donde viven los blancos. De improviso, en medio de la irrealidad creciente del paisaje, apareció un vendedor de helados con su uniforme blanco y montado en su bicicleta. La cinta asfáltica atravesaba cinco mil años de historia y tradición y se mezclaba con esas circunstancias del presente que te hacían dudar en donde estabas. Bajando la cuesta de Ispaya, apareció una de las maravillas del Nuevo Mundo: el lago mayor del Titicaca, un verdadero mar interior, enclavado en las alturas del continente. Frente a nosotros, brillaba la Isla del Sol, cuna mítica de la civilización de los Incas del Cuzco, y la Isla de la Luna o Coati donde residían las vírgenes dedicadas al culto solar y las encargadas de la confección de las finas prendas de lana con las que se vestían los nobles del Incario. Más allá, se atisbaba la costa peruana y hacia al noroeste: la nada, el agua se diluía en un infinito celeste.

El lago te sedaba y la ocasión valía para un primer pijcheo, una mascada de hojas de coca, la planta más sagrada de los Andes: así te estabas, como la gente que veías al borde de la carretera –tejiendo, peinándose o simplemente mirando al lago, al horizonte- mientras la vagoneta devoraba kilómetro tras kilómetro y la cassetera de la nave vomitaba cumbia villera o Camilo Sesto. No importaba: la vista volaba más rápido que la máquina y donde la fijaras, se perdía en eso inescrutable que son las comunidades indígenas del altiplano andino –que parecen siempre abandonadas- y en las montañas que se sucedían y que eran más inescrutables aún.

Llegamos a Escoma, el poblado donde se acababa el pavimento de una carretera que parecía haber sido bombardeada. Escoma fue siempre un sitio estratégico: está ubicada casi en la desembocadura del mayor afluente del lago, el río Suches, y siguiendo su curso fue posible establecer una de las principales rutas de penetración de los Incas hacia los territorios amazónicos. Hoy, sigue siendo un nudo de comunicaciones. Allí, las movilidades dejan la apacible ribera del Titicaca y comienzan a internarse en las montañas. Unos niños vinieron a pedirnos monedas mientras tomábamos una sopa de cordero debajo de un poster de las Chicas Mañaneras, celebridades de la música regional. Por la radio local, se escuchaba la desentonada recitación de un poema de tinte patriótico a cargo de otro niño. Había un festival escolar en la plaza del pueblo. Los niños alegaron que no estaban allí porque ya habían hecho su parte: tocaron sus quenas y se marcharon.
-¿Te enseñan en aymara en el colegio?
-No.
-¿Te vas a ir a La Paz cuando seas mayor?
-Sí.
Me sonrió con esa expresión pícara que poseen todos los niños del mundo pero en sus ojos brillaba una codicia implantada. Le entregué una moneda de boliviano, la octava parte de un dólar pero que le serviría para atiborrarse de caramelos baratos y picarse los dientes, y me quedé pensando que al desarraigo, mayor desarraigo aún y que ese era el sino que caracterizaba a los sobrevivientes de las antiguas y brillantes civilizaciones americanas. El romanticismo debes dejarlo en casa: la realidad era dura como las montañas que nos rodeaban. Torcimos el camino y encaramos hacia el norte.

Inmensidad, montañas, viento, soledad, silencio. Las comunidades pueden llamarse Tajani, Pacaures, Piedra Negra (Wila Kala). ¿A quién le importa? Silencio, soledad, viento, montañas, inmensidad. Íbamos entrando a ese lugar impreciso que queda entre tu nostalgia y eso desconocido a pesar de las muchas veces que transitaste ese camino: lo atávico. De repente, en medio de una planicie de pasto seco, apareció un monumento humilde, casi suplicante, medio muerto de frío: el Cristo de Hualpacayu. Bajamos y le brindamos nuestra ofrenda. Un poco más adelante, estaba la waka, el altar natural, un enorme pedregón con forma de sapo que los antiguos veneraban y que los españoles destruyeron con verdadero ardor en una versión renovada de la guerra santa que se denominó la Extirpación de idolatrías. La encabezó un cura de apellido Albornoz y fue consecuencia de una rebelión de base mesiánica y cultural conocida como Taqi Onkoy y que sacudió el sur de los Andes a finales del siglo XVI. El Taqi Onkoy fue una resistencia expresada en la danza, en el canto y el poema surgidos como producto de la intoxicación con chicha –una bebida hecha a base de maíz fermentado- y una droga natural llamada vilca. Los indios que no deseaban someterse a esos desconocidos amos se reunían alrededor de las wakas y comenzaban a conspirar bailando y jurando en sus cantos que echarían a los españoles de vuelta al mar. Los europeos contraatacaron acusándolos de hechiceros, brujas y herejes en el más puro espíritu del medioevo. Pero no sólo fueron destruidas miles de wakas, también hasta algunas plantas fueron satanizadas y su consumo fue considerado un sacrilegio. Una de ellas fue el amaranto, un supercereal, uno de cuyos centros de origen genético eran los valles secos de los Andes, y que fue casi erradicado por completo hasta que en la década de 1970 la Agencia Espacial de los Estados Unidos lo incorporó a la dieta de los astronautas y la planta fue de nuevo bendecida e introducida en los programas oficiales de desarrollo agrícola. Una persecución similar sufrió el árbol de palta o aguacate que los Incas habían sembrado por doquier, en especial a la vera de los caminos que bajaban a las selvas. Los extirpadores vieron en las ceremonias rituales de siembra del vegetal una orgía generalizada entre jóvenes de ambos sexos y por ello buscaron extinguirlo. Desde ya, tampoco pudieron. Ni a las paltas, ni a las wakas. Por lo mismo: otra ofrenda. En esta tierra estéril, uno depende de muchos dioses, incluso de los ajenos como el Cristo tremulante. Tras ch´allar la waka, apareció la suerte: un pájaro que es conocido como alkhamani y que para los lugareños siempre es señal de buen augurio.

Nubes y niebla, nubes y niebla: en medio de la vastedad de un pampa llamada Pumasani, estaban las ruinas de otro Hijo de Dios pero cuyo rastro se había extraviado de la faz de la Tierra. Hacía más de una década que al Cristo de Pumasani lo había dinamitado una columna de Sendero Luminoso, la guerrilla maoísta que desató la guerra más encarnizada de la historia contemporánea del vecino Perú, pero nadie nunca se atrevió a reconstruirlo. Allí estaba un pedestal de piedra semi derruido y el vacío cósmico que te inundaba por todas partes. Tomamos el camino de la izquierda y empezamos a trepar hacia uno de los techos del mundo. A la altura de Cotapampa, un caserío perdido en la bruma donde un desolado policía anotó el número de la placa de la Toyota, daba inicio también la jurisdicción de una de las reservas naturales más atractivas de toda Bolivia: el Área Natural de Manejo Integrado Nacional Apolobamba y su comandancia: la comunidad aymara de Ulla Ulla.

-¿Qué significa Ulla Ulla?
-Viene de olla. Antes fabricábamos muchas ollas de barro… Había muchos alfareros que trabajaban aquí.
-Ahora deberían cambiarle el nombre por Cacerolani…
El chiste era cruel pero aludía a lo mismo: en medio de uno de los territorios más agrestes y rudos del planeta –las pampas de Ulla Ulla se elevan hasta los 4.600 metros de altura- y donde sobrevivir es todo un milagro, el desarraigo es el mismo. Allí la gente sigue viviendo en las mismas casas de barro donde vivieron sus antepasados y dependiendo casi exclusivamente de las bondades de un solo animal: la alpaca, uno de los camélidos sudamericanos. Pero han cambiado la alfarería por el mercado y ahora usaban cacerolas para cocer sus alimentos y para eso, necesitaban dinero. De ahí que la frontera de Ulla Ulla –Perú se divisaba en frente, detrás de unos cerros pequeños- se haya convertido en una especie de santuario para el contrabando.

Cada viernes, en un descampado llamado Chejepampa, cientos y cientos de personas acuden incluso de cientos de kilómetros de distancia desde distintas ciudades de las dos naciones para emplazar una feria en el medio de la nada. Sólo los separa un arroyuelo –el límite entre Bolivia y Perú-, tan pequeño que es posible plantar un pie en una de sus orillas y el otro pie en el país de enfrente y que las aguas corran por debajo. Es un mundo frenético, de compra y venta, de regateos e incluso trueques inverosímiles, que sacude la quietud de la puna por unas horas ante la mirada impasible de los militares que también asisten a la fiesta semanal. Como en toda buena feria, se consigue de todo, incluso drogas y oro, mucho oro, todo el oro de esa cordillera que se divisaba a la distancia, la Cordillera de Apolobamba, que según los expertos mineros, es una de las reservas auríferas más grandes del planeta. Se paga mejor el oro en Chejepampa que en las ciudades. Oro de 24 quilates como le gustaba anotar a Guamán Poma. Oro que sirve para enriquecer a algunos y a la mayoría sólo para comprar cacerolas.

La explotación de oro en la Cordillera de Apolobamba empezó mucho antes de la llegada de los españoles a América. El cronista indio Guamán Poma de Ayala afirmaba que el oro de estas montañas era finísimo y el más apreciado por los señores Incas. Los españoles continuaron las labores de los quechuas pero su suerte fue diversa. De Ulla Ulla adentro es posible arribar a las faldas del cerro Sunchulli donde hasta hoy resisten las ruinas del centro minero del mismo nombre. En 1695, el fraile franciscano Juan de Burguera informaba en una carta a sus superiores que otro fraile, Juan de Gordillo, a instancias suyas, había sido destinado a ese sitio, “puna muy rígida y muy destemplada (…) serros (que) están perenemente nevados hasta la falda y por haber en Sunchulli cerca de seiscientas almas”. No exageraba el cura: para llegar hasta la mina era preciso atravesar un paso a 5.100 metros de altura, casi siempre cubierto de nieve y donde las nevadas, si bien no cuajaban, eran permanentes. Así y todo, habitaban allí seiscientas almas. Hoy, que las tareas continúan, no resisten ni una centena. Lo cierto es que el campamento de los peninsulares estaba mal emplazado. Los europeos lo colocaron al borde mismo del nevado y no enfrente donde se sitúa el campamento actual. Una noche, en fecha imprecisa, un sismo desmoronó una parte de la montaña y un alud de piedras destruyó el asentamiento. Nadie sobrevivió. Fawcett comparó Sunchulli con San Juan del Oro, otro mítico yacimiento de oro en la misma cordillera y que, por motivos que no terminan de entenderse, también desapareció sin dejar rastros de su existencia, tampoco de sus tres mil moradores según narró el sabio Cosme Bueno y un siglo después el italiano Raimondi. En el presente, el oro es la principal amenaza contra la supervivencia de las áreas de protección a la naturaleza que se han establecido en la región en las últimas décadas: la reserva Apolobamba donde está ubicada Sunchulli y el parque Madidi, uno de cuyos accesos es justamente el poblado que era nuestro primer destino final: Pelechuco.

Llegar a Pelechuco no era tarea fácil. Dejando atrás el rosario de poblachos que se sucedían en la altiplanicie –Huacochani, Hichucollo, Antaquilla donde te despedías de los militares que allí se obstinaban con un miserable cuartel-, apareció el lago Coololo, una increíble superficie líquida cuya sobrevivencia a estas alturas sólo es posible por la latitud tropical donde se ubica. Tras que la cooperación del gobierno de España compró un bote a motor para que los indios de Antaquilla puedan pescar las truchas que el mismo gobierno sembró en sus aguas -una trucha, en verdad, apetecible y de carne roja y suculenta-, el lago se convirtió, sin dudas, en el lugar donde es posible navegar más alto del mundo. Pero las truchas no están solas.
-Hay una sirena en el lago… -me contó Paulino Quispe, ex guarda fauna y actual concejal del municipio y a quien habíamos recogido en Ulla Ulla.
-¿Y cómo lo sabes?
-Mira, hace poco ha muerto un joven. Iba de noche al lago a pescar truchas. Pero iba todas las noches. Su mujer le dijo que ya no fuera, que no hacía falta pero el seguía yendo. Estaba encantado. Hasta que un día ya no volvió más…
-¿Y que pasó?-. La historia ya me había producido inquietud.
-Se lo llevó la sirena, eso pasó.
Que haya sirenas en las alturas de los Andes no debe confundir a nadie. Tunupa, una especie de Cristo local, hizo el amor con ellas en las profundidades del lago Titicaca. Hay sirenas pulsando laúdes talladas en las piedras de muchos templos de La Paz, de Oruro y de Potosí, genuina expresión del estilo artístico que se conoce como barroco mestizo. Las sirenas, dentro de la cosmovisión aymara, se relacionan con una de las partes de la dualidad territorial en que dividían al mundo los antiguos: el Urcusuyu y el Omasuyo. El Omasuyo, que se extendía al norte del lago Titicaca, estaba caracterizado como lo húmedo, lo vegetal, lo femenino y lo oscuro: un mundo líquido, ideal para las sirenas.
Era tan alto el Coololo que sólo lo rodeaban unas escarpadas paredes de pedregullo, carentes de toda vegetación. Al fondo, coronándolo, estaba el puerto de montaña que debíamos atravesar. La movilidad luchaba contra la altura y la piedra donde resbalaba.
“Las puertas del Katantika
déjame pasar…”

cantan a ritmo de huayno y de borrachos los pelechuqueños cada vez que se recuerdan que para entrar o para salir de su comarca deben cruzar por ese paso que debíamos franquear, uno de los más altos del planeta. Presidido por la espectacular mole de piedra negra que es el nevado Katantika, el sitio donde estaba la apacheta o el punto más alto del camino era, sin dudas, sobrecogedor. Divisor de aguas, de un lado, dejábamos atrás las corrientes que recoge el río Suches y que forman parte de la cuenca endorreica más vasta de América del Sur: la del lago Titicaca. Del otro, tras cruzar el paso y dejar atrás una cruz y una waka emplazadas una enfrente de la otra –como para que el creyente elija a quien venerar o las venere a las dos- empezaba la cuenca fluvial más amplia de todo el planeta Tierra: la del río Amazonas. Allí, de esas aguas de deshielo de la montaña Katantika y que forman una gélida e imperturbable laguna, nacía el río Tuichi y si hubiéramos enviado un mensaje en una botella, tal vez, quién sabe, alguien lo hubiera recibido en Lisboa. Pero no enviamos nada. Ya estaba terminándose la luz, así que ch´allamos y empezamos a bajar medio congelados. La pendiente de la vertiente amazónica era irresistible.

Pelechuco fue fundada en 1560 como “doctrina y puerta de ingreso al país de los Chunchos”. Su primer emplazamiento estaba situado en las faldas de un cerro y en un sitio que los lugareños conocen como Machu Pelechuco y muy próximo a otro paso de montaña conocido como Chunchu Apacheta. La actual población está situada en el fondo de un pequeño valle encajonado entre las montañas. Una de las razones del traslado se explica, precisamente, por la toponimia: Chunchu Apacheta era el sitio elegido por los chunchos para atacar a los españoles. La palabra chuncho era un vocablo inca y designaba a todos los pueblos indígenas que habitaban en los valles y selvas de la Amazonía o el Antisuyu, montaña o comarcas del Este para los señores del Cuzco. Era, a la vez, sinónimo de bárbaro, de salvaje, de incivilizado. Los ataques de tribus amazónicas a poblaciones de agricultores mestizos poseen registros históricos tan cercanos como 1835, esto sin aludir a la época de la explotación del caucho donde se declaró una guerra cruel y a muerte contra todos los sobrevivientes de las antiguas hecatombes étnicas producidas por las enfermedades que portaban los recién llegados. Si se descuenta la fundación del asiento minero de San Juan del Oro, hecho ocurrido en 1538 y en medio de las guerras civiles que enfrentaron a los conquistadores hispanos, Pelechuco fue la primera fundación permanente que los españoles establecieron en el sector suroriental de la Cordillera de los Andes. La villa estaba ahí, al fondo del valle, al borde de un río tempestuoso y en el medio de un vasto bosque de keñuas, igual que 444 años atrás. Sin embargo, mucha agua había corrido debajo de sus puentes de piedra pizarra. Esa noche de la llegada me sumergí en el tiempo, en ese tiempo histórico de Pelechuco que es tan rico y misterioso y en mi tiempo existencial, en mis propias nostalgias, en mis propios fantasmas…

Antes de la llegada de los europeos, Pelechuco era también un sitio estratégico: prueba de ello son la increíble cantidad de sitios arqueológicos que están esparcidos por sus alrededores. Se supone que los más antiguos pobladores de la región fueron parientes de los fundadores de Tiwanaku y quienes recrearon en la zona lo que se conoce como Cultura Mollo, una de las menos estudiadas y comprendidas del continente. Alguno especula que el nombre proviene de mullu, los caracoles marinos que se utilizaban en los rituales andinos para espantar la sequía y hacer llover, y que representaron un valioso objeto de intercambio entre el norte y el sur. Testigo de esta civilización perdida son las ruinas de Wamán, a la entrada del pueblo, un inmenso cementerio de construcciones de pizarra que semejan extraños dólmenes.

Luego de la desaparición de Tiwanaku, Apolobamba fue sede de un señorío independiente dominado por los señores Kallawayas que bautizarían a toda la región. Los Kallawayas –cuyos saberes fueron reconocidos por la UNESCO como patrimonio universal de la humanidad en el año 2003- se especializaron en el manejo de la impresionante biodiversidad de esos territorios que son transiciones entre climas fríos y cálidos, entre tierras altas y tierras bajas, entre los Andes y el Amazonas. Según los estudios ambientales de finales del siglo XX, se trata del mayor reservorio de especies animales y vegetales del planeta. El conocimiento de la fauna, la flora y los minerales de varios pisos ecológicos y el manejo y combinación de diferentes sustancias hizo de ellos expertos herbolarios y médicos naturistas sin parangón en la historia mundial. De allí que cuando los Incas invadieron estos territorios, los Kallawayas fueron respetados y no sólo se encargaron de velar por la salud del Inca y de los nobles del Cuzco sino inclusive recibieron el honor más grande que podía alcanzar cualquiera de los pueblos incorporados al Tawantinsuyu o el estado incaico: portaban la litera que transportaba al Inca, no sólo velaban por su salud física, también lo hacían por su salud simbólica y la de todo su imperio. Cuando llegaron los españoles, convirtieron el término Kallawaya en Carabaya y así se denominó la región donde está asentada Pelechuco en los primeros tiempos de la colonia española. Hasta hoy, el sector peruano de la cordillera y una provincia de ese país conservan esa denominación.
Los Incas explotaron la región para extraer dos recursos naturales estratégicos: el oro y la coca. Era tal la bonanza de las tierras y la calidad de la planta que podía producirse en ella que incluso transportaron a la región a agricultores chachapoyas, en el norte del actual Perú, expertos en el cultivo de ese sagrado vegetal. En el temprano año de 1544 y en la Relación de los Quipucamayos, que los conquistadores españoles redactaron obligando a contar la historia a los encargados de velar por los quipus o escritura incaica a partir de cuerdas y nudos, se asegura que los Incas conquistaron la región de la “cordillera de Andes y Carabaya” bajo el reinado de Pachacuti y que atrajeron con dádivas y halagos a los pueblos que no pudieron someter como los Chunchos y los Mojos, poblando pueblos en Ayaviri y en “el valle de Apolo, provincia de los Chunchos”, estableciendo una fortaleza y gente de guarnición junto al río Paititi. Es el documento más antiguo donde está nombrada la leyenda más atractiva e insistente de todas las que pulularon en América: la del reino del Paititi. Cuando los españoles cruzaron la cordillera, no sólo se encontraron con ingentes cantidades del metal que tanto codiciaban sino con la perspectiva mayor de no sólo tener que extraerlo de las minas sino de encontrarlo a raudales en un reino, una ciudad, toda una civilización que vivía en su abundancia: el Paititi, la versión surandina de El Dorado y que subsiste hasta el presente. Por eso, también, estábamos en Pelechuco.

La villa se convirtió de inmediato en uno de los cuarteles generales más concurridos –el otro era el Cuzco mismo- desde donde partieron un sinnúmero de expediciones que tenían un objetivo excluyente: encontrar la ciudad de oro, hallar el Paititi. Nadie nunca lo encontró porque como toda buena leyenda, el Paititi se internaba más y más adentro en la espesura de las selvas cada vez que algún afiebrado busca tesoros y su imaginación se internaban a buscarlo. Pero algo quedó: la fundación de una cuantas poblaciones que hoy sobreviven en los valles, llanos y selvas de la vertiente oriental de la cordillera: Mojos, Apolo, San José de Uchupiamonas –desde donde había llegado nuestro acompañante Macuapa-, Tumupasa, Ixiamas. Sin embargo, recientes estudios arqueológicos han demostrado que la quimera que perseguían los españoles poseía una indudable base histórica y testimonial y que aún, así como fue encontrado Macchu Picchu o el Gran Pajatén, pueden quedar sumergidas varias ciudades perdidas en el interior del continente menos indagado de todos, “el continente desconocido” como lo bautizó Fawcett.

El coronel británico Percy Harrison Fawcett, inspirador del personaje de Indiana Jones que Steven Spielberg llevó al cine, llegó a Pelechuco en 1911. Había arribado allí atravesando los Andes que le parecían demasiado hostiles. En sus memorias, anotó un párrafo memorable: “Los Alpes suizos tienen picachos tan espectaculares como cualquiera de los que se presentan en los Andes –si no más-, aunque las alturas son, desde luego, mucho menores” y esto es tan cierto cómo que cualquiera de las apachetas de la región de Apolobamba supera los 4.500 metros, casi la altura de la cumbre del Monte Blanco, el pico más alto de Europa. Prosigue el inglés hablando de los Alpes: “Sin embargo, alrededor de ellos hay una sensación de benevolencia; están domesticados, domados como puede estarlo un elefante o cualquier otra bestia grande. En los Andes, hay cosas que no pertenecen a este mundo. Es el hogar de otra especie, y al viajero solitario que invade sus soledades le sobrecoge el temor”. Será por eso que no dudó en apreciar las flores de Pelechuco –los geranios, las fucsias, las rosas- y a su benefactor local, el ya mítico Carlos Franck.
Hay una casa en Pelechuco que destacaba de todas las demás existentes, así todas sean de piedra: era la casa que perteneció a Karl Adam Franck. Había nacido en Alemania en 1853 y ya a los 17 años se lanzó a América con dos de sus hermanos de sangre. Se estableció en Pelechuco, casado con una dama de La Paz, tuvo doce hijos mestizos y forjó un imperio industrial, agrícola y comercial de gran magnitud. Eso que los historiadores modernos llaman una economía de enclave y que caracterizó al capitalismo a finales del siglo XIX y los albores del siglo veinte y cuyo espíritu tan bien reflejó Joseph Conrad en su novela africana El corazón de las tinieblas. Franck, aunque era el señor todopoderoso de estas tierras, no fue Kurtz y eso lo demuestra lo recordado por Fawcett e incluso algún escrito de su propia pluma donde abogó por un mejor trato para los naturales de la región. Cuando el inglés llegó a Pelechuco, como encargado de la comisión boliviana de límites para demarcar la extensa frontera con el Perú, fue Franck el encargado de alojarlo y alimentarlo durante su estadía y de proveerlo de cabalgaduras y víveres para emprender sus largas travesías. La foto más conocida del explorador que se extravió para siempre en las selvas del Matto Grosso brasileño en 1925 fue tomada en uno de los balcones de la imponente casa que aún resiste incólume en Pelechuco. Su hijo Brian la eligió para encabezar sus memorias y presentar a su padre. La fotografía dio la vuelta al mundo y acaso haya sido tomado por el germano: el coronel está retratado casi de cuerpo entero, las manos en los bolsillos de su chaqueta, la pipa colgando de la comisura de sus labios. La mirada penetrante, directa, sin una pizca de evasiva. Había llegado a América hacía solamente cinco años y el mismo deja entender que fue Franck el que lo introdujo en sus secretos. Incluso en el secreto más importante de todos: la ciudad perdida de la civilización perdida. Eso cree también Rob Hawke de la Universidad de Essex. Fawcett partió en su búsqueda: se internó en las selvas del Brasil y no apareció nunca más.

“Viviendo en estos lugares retirados, muy próximos a la naturaleza y lejos de la precipitación y bullicio del mundo exterior, se experimentan cosas que un forastero puede considerar fantásticas, pero que para nosotros son comunes”, le dijo Franck al curioso coronel en algún velada con relación a la cura in extremis de una de sus hijas por un médico Kallawaya. La niña se encontraba lisiada y ni los médicos alemanes habían podido curarla pero el médico de los Andes lo logró, según Fawcett, usando “mixturas horripilantes que lo harían vomitar”. Franck lo atosigó de historias sobre concilios de cóndores, fantasmas que arrojaban piedras y cacerías desafortunadas. Lo narrado por Franck, que “conocía estas montañas como la palma de su mano” según anotó el inglés, debió asombrar tanto al viajero que cuando éste terminó su trabajo como perito en cuestiones de límites tras una fracasada incursión por el río Heath donde casi muere un biólogo que lo acompañaba, decidió dedicarse a la exploración por su cuenta. “Ahí, -vaticinó el británico- creo, yacen los más grandes secretos del pasado, preservados todavía en el mundo de nuestros días. Había llegado a la vuelta del camino. Y para bien o para mal, escogí el sendero de la selva.”

Sábado 9 de octubre
Domingo 10 de octubre

Pelechuco

Pelechuco en lengua quechua significa “rincón de niebla” y la descripción que provoca el topónimo es casi literal. Por eso, te gusta o no te gusta. No hay medias tintas: estás demasiado lejos de (casi) todo y bueno, si quieres consolarte, hay un aparato telefónico solitario en uno de los bordes de la plaza. A veces funciona, otras no.
El día empezó mal con mucha niebla y amenaza de lluvia. Siguió así. Nos dedicamos a organizar y distribuir la carga: una parte iría con nosotros todo el tiempo y otra seguiría camino hasta la comunidad de Puina.

(…)

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Del archivo del autor, 2006

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