Thursday, September 24, 2015

Crónicas Boliguayas (primera entrega)

ENRIQUE CATANI

Fútbol.

-Los argentinos no somos racistas- me dice un amigo mientras miramos un partido de fútbol por televisión y yo asiento sin vacilar. A mí no me gusta el fútbol, pero sí los mates y la conversación.

Es fama que las mujeres tienen la extraña habilidad –completamente ausente entre varones- de prestar atención a varias cosas al mismo tiempo. Mi amigo conversa, sí; pero mira fijo a la pantalla e interrumpe cada frase cuando algún jugador avanza en dirección al arco. El mate lo cebo yo.

Mi amigo intenta orientar la conversación a temas futboleros, pero mi ignorancia lo desalienta. Por fin, hablamos de algunas de las pocas cosas futboleras que me interesan. Me quejo de que la FIFA haya prohibido jugar en altura y señalo la discriminación que eso significa para los bolivianos.

-No es un tema de discriminación. –dice mi amigo con una lógica extraña pero inapelable- Es real: yo estuve en La Quiaca y me apuné. Ahí no se puede jugar.

Empiezo a desgranar alguno de los muchos argumentos que existen contra esa idea, pero un jugador avanza implacable hacia el arco y mi amigo se para con los brazos tensos dispuesto a saltar. Yo, prudentemente, suspendo mi argumentación y el mate.

El jugador llega hasta la línea del área y patea muy fuerte. La pelota se va afuera gracias a un manotazo providencial y salvador del arquero.

-¡Uhhhh! –dice mi amigo con los ojos entornados y una mano en la frente, pero enseguida se pone a aplaudir- ¡muy bien! ¡muy bien! El uruguayo es un fenómeno –y agitando la mano derecha, como amenazando a alguien, comienza a corear- ¡u – ru – guayo!, ¡u – ru – guayo!

Yo no sé bien si el uruguayo que mi amigo celebra es el arquero o el delantero, pero me da lo mismo. Con el saque de arco reanudo el mate y la argumentación, pero solo faltan tres minutos para que termine y mis palabras son oídas como la lluvia del que oye llover.

Por fin el silbato final. Mi amigo salta, eufórico, y yo deduzco de ello que su equipo ha ganado. Desde afuera llega un griterío ensordecedor y ruido de bombos y algunos petardos. Llegan también canciones coreadas por muchas gargantas. Con algo de esfuerzo logro descifrar los versos finales de una de ellas:

-...Que son todos negros sucios / de Bolivia y Paraguay

-¿En qué estábamos? –pregunta mi amigo luego de apagar el televisor.

-En que los argentinos no somos racistas.

Las nanas de la cebolla (primera parte).

Fortín Mercedes no es un pueblo y ni siquiera es un fortín. Fortín Mercedes es apenas una referencia histórica y religiosa y un hotel. Allí se encuentra la iglesia donde descansan los restos de Ceferino Namuncurá, una réplica del fortín que instaló Rosas luego de extender la frontera hasta el Colorado y el único hotel a cien kilómetros a la redonda.

Por eso, por el hotel, Fortín Mercedes, a orillas del Río Colorado, en la patagonia bonaerense, se convirtió en nuestra base de operaciones. Allí nos alojamos con treinta inspectores de trabajo y yo era el jefe y me sentía como un comandante de caballería en esas soledades.

Un año antes de la cosecha habíamos avisado que íbamos a ir, que después de diez años de ausencia íbamos a ir, que esta vez era en serio, que había que ponerse en orden, que había que dejarse de embromar. Habíamos hecho reuniones en la zona con los productores, por eso de que el que avisa no traiciona.

El proceso había sido complicado, porque en las primeras reuniones los productores planteaban dificultades entendibles.

-No los podemos blanquear porque son bolivianos y no tienen documentos.

Parecía (y era) una excusa, pero una excusa atendible. El valle del Río Colorado queda demasiado lejos de todas las ventanillas del Estado y los trámites migratorios eran entonces engorrosos y ligeramente imposibles. Nos pusimos en contacto con Migraciones y ellos propusieron adelantar el plan Patria Grande. Hicieron la prueba piloto en el valle del Colorado y fue un éxito. Mandaron su gente, instalaron una antena satelital. En dos semanas miles de bolivianos tuvieron su residencia legal con sólo presentar su cédula boliviana. Pero los productores insistieron.

-Todo muy bien, pero con la residencia tampoco los podemos blanquear porque sin número de DNI la AFIP no les da el CUIL.

Parecía (y era) otra excusa. Hablamos con la AFIP. Se entusiasmaron. Mandaron sus muchachos y su antena y sus computadoras. En dos semanas más miles de bolivianos tuvieron su CUIL provisorio. Pero los productores seguían disconformes.

-Ahora tenemos el problema de los argentinos indocumentados.

Eso era más fácil porque el Registro de las Personas es provincial, así que con una semana y una camioneta se solucionaba el problema. Pero sólo se presentaron siete. Ahí comenzamos a notar que nos estaban corriendo el arco. Después de cada solución aparecía un problema diferente.

-No entregan las libretas del RENATRE.

Y vino el RENATRE también. Mientras tanto se acercaba el tiempo de cosecha y los bolivianos (ahora residentes legales y con CUIL provisorio) que durante el año sobreviven con planes sociales se preparaban para empezar a trabajar en la cosecha estacional de cebolla.

-El problema son los cuadrilleros. Te traen gente distinta cada día. No les vamos a dar el alta por un solo día de trabajo.

-El problema es el precio. La cebolla está muy barata.

-El problema son los brasileños que usan testaferros argentinos.

-El problema es que los costos no dan.

Todo parecía indicar que pese al trabajo previo, a las múltiples reuniones de todo un año, a la AFIP, a Migraciones, al RENATRE, la cosecha de cebolla ese año iba a ser tan negra como el carbón, tan negra como siempre.

Definición del boliguayo.
No existe un país llamado Boliguay y –por consiguiente- no existen los boliguayos. Existen solo en la imaginación y el discurso de los porteños. Por eso, sólo se puede definir al boliguayo a partir del porteño, su creador.

No ignoro ni descreo por completo de todas las mitológicas virtudes porteñas, pero me detendré aquí en algunos defectos evidentes. Uno de ellos es el de no distinguir. El porteño es (somos) básicamente mayorista y entiende y explica el mundo en trazos gruesos, sin matices.

Para el porteño, el resto del país es simplemente “el interior” y en esa única palabra encierra selvas subtropicales, altiplanos, montañas inmensas, llanuras, estepas y millones de personas diferentes, con sus tradiciones, sus acentos, su ascendencia, sus idiomas y sus lealtades particulares. “El interior” es ese lugar donde viven los cordobeses bochincheros, los alegres correntinos, los salteños pausados, los jujeños limítrofes, los hippies del bolsón, los pingüinos patagónicos y los misioneros aluvionales; pero el porteño no los distingue. El polo y el trópico caben en “el interior”, esa única palabra con su artículo. El interior es, en resumen, todo lo que no es Buenos Aires. Es el lugar donde viven todos los que no son porteños.

En esos trazos gruesos cabe la definición del boliguayo. Oriundo del Paraguay o de Bolivia, lo mismo da. Morocho, trabajador y pobre, eso sí, y residente en Buenos Aires. Porque en sus países de origen no son boliguayos, adquieren esa condición cuando habitan estas generosas tierras. Cualquier observador más o menos despierto se daría cuenta que los paraguayos y los bolivianos no pueden integrar una categoría nacional única, pero el porteño no distingue. Los bolivianos provienen de la tradición cultural incaica. Por sus venas corre sangre aymara y quechua. Los paraguayos –se sabe- son guaraníes y hablan ese idioma musical.

No forman tampoco en Buenos Aires una comunidad única boliguaya, sino que mantienen sus centros comunales, sus fiestas, sus vírgenes, su música, sus radios, por separado. Bolivia y Paraguay se enfrentaron entre sí en una de las más sangrientas guerras que haya habido en nuestro continente, en la primera mitad del siglo veinte. En esa guerra, la Argentina colaboró con el Paraguay para mayor gloria del Imperio Británico y sus compañías petroleras. El Brasil hizo lo propio del lado boliviano, por cuenta y orden de la Standar Oil y los Estados Unidos de América. Al final, en el Chaco había petróleo, pero faltaba agua.

Al porteño no lo inquietan estas diferencias y perfectamente puede incluir también a muchos peruanos y jujeños dentro de la categoría común del boliguayo.

Otro conocido defecto porteño es su agrandadez. El porteño se cree el centro de todo y jamás se detiene a pensar que él también está en un borde. Por eso habla de las “zonas de frontera” creyéndolas lejísimos, sin detenerse en el hecho evidente de que Buenos Aires también es una zona de frontera y que sólo un río (ancho y todo, pero sólo un río poco profundo) la separa de un Estado extranjero.

-Dejáte de embromar, Quique –me dice un amigo curioso que espía mis papeles a medio escribir-. Los uruguayos no son extranjeros, son iguales que nosotros. Los boliguayos sí son distintos.

Claro, pero ¿iguales a quienes? ¿distintos de quiénes?

-Iguales a nosotros, los argentinos.

Depende. Los uruguayos son muy parecidos a los argentinos de Buenos Aires (son más amables, eso sí, y menos pretenciosos) y –sobre todo- a los de Entre Ríos. Los bolivianos son muy parecidos a los argentinos de Jujuy y de Salta. Los paraguayos son muy parecidos a los argentinos de Chaco, Formosa, Corrientes, Misiones. No hay que buscar explicaciones metafísicas para esto. Se parecen porque viven al lado.

Pese a estas razones evidentes, el porteño hace divisiones terminantes. No todos los extranjeros son extranjeros. Un uruguayo es un argentino hecho y derecho, a lo sumo un rioplatense, que es lo mismo. Cuando alguien recuerda su origen oriental lo hace para resaltar todavía más sus cualidades positivas. Por eso en las canchas se escucha aquello de “¡u – ru – guayo!” “¡u – ru – guayo!” y nunca jamás de los jamases se escucha algo semejante a “¡bo – li – viano!”, “¡bo – li – viano!”.

Inmigrantes ilegales.
Me sé de memoria los diez mandamientos. Ninguno de ellos prohíbe que una persona nacida en un país viva y trabaje en otro país. Pese a ello, muchos estados prohíben lo que Dios permite. Entre ellos, el nuestro durante la larga década convertible. En esa época de plástico y neón, las reglamentaciones migratorias eran tan complicadas que resultaba casi imposible inmigrar “legalmente” a nuestro país. Por supuesto eso no detuvo la inmigración y de hecho, incluso en los peores tiempos de crisis, cuando muchos jóvenes argentinos hacían cola en los consulados gringos, la Argentina recibía más personas de las que expulsaba.

Con la nueva etapa abierta luego de la crisis de 2001 la política migratoria cambió. Se suspendieron las expulsiones de extranjeros, se flexibilizaron los requisitos para obtener la residencia y, finalmente, con el plan Patria Grande y los convenios firmados con Bolivia y Paraguay, se erradicó la inmigración ilegal de la única forma posible y aceptable: legalizándola.

No obstante; en los cafés, en los noticieros, en las charlas de las colas de los bancos, en los diarios, en los programas de investigación, se sigue hablando de “inmigración ilegal”. ¿De qué hablamos cuando hablamos de “inmigrantes ilegales”?

Por supuesto que no nos referimos a los miles de uruguayos que viven en la Argentina. A nadie se le ocurriría pedirle papeles a un uruguayo ni mucho menos expulsarlo o amenazarlo con la expulsión. Cuando se habla de “inmigrantes ilegales” nadie se imagina un uruguayo con su termo.

Nadie se imagina tampoco que un europeo o un norteamericano pueda ser un “inmigrante ilegal”, porque se descuenta que están aquí en calidad de turistas, porque qué otra cosa van a andar haciendo en estas tierras olvidadas de la mano de Dios. Se da por sentado también que es muy bueno que Buenos Aires esté llena de gringos porque nos dejan sus dólares y sus euros y que hay que tratarlos bien.

Un brasileño convenientemente negro puede tocar samba y bailar en un boliche (es decir, trabajar de brasileño) sin que a nadie le preocupe cómo y por dónde ingresó al país y cuánto tiempo piensa quedarse. Una camarera rusa o eslovaca es algo de lo más exótico y va muy bien con el paisaje de Palermo Soho.

Los “inmigrantes ilegales” –todos lo saben- son exclusivamente los boliguayos. Morochos, pobres, trabajadores, oriundos de Bolivia o del Paraguay. Son esos trabajadores boliguayos que levantan los edificios, que cosen la ropa, que plantan los tomates, que cortan la madera, que cosechan la cebolla.

Las nanas de la cebolla (segunda parte).
No era de Corrientes ni le decían “el correntino”; pero yo lo llamaré así para no revelar su identidad en el improbable caso de que estos papeles sean leídos en el valle del Colorado.

El correntino era un productor con vocación. Había venido hacía unos años desde una de nuestras crueles provincias y hablaba todavía con su inconfundible tono bochinchero. Nos interpeló ni bien llegamos. Estaba enojado porque el año anterior le habíamos puesto una multa por no tener señalizado su galpón.

-¡Veinte lucas por no tener pintada la raya amarilla! –se quejaba con un algo de razón.

El correntino tenía campo con cebolla y galpón de empaque. Exportaba –como todos- al Brasil. Campechano, extrovertido y directo, estableció con nosotros una relación de empatía interesante. El discurso del correntino era un lugar común de todos los empleadores que conocí, pero él lo hacía creíble cuando lo desgranaba con apasionada sinceridad. Según él, los productores de cebolla no eran todos iguales y podían clasificarse en dos bandos que por comodidad llamaré “buenos” y “malos”. Los “buenos” hacían patria en esas soledades, soportaban la indiferencia estatal, ganaban poco, daban empleo digno, pagaban los impuestos y eran permanentemente importunados por el Estado (y nosotros éramos lo más estatal que podía hallarse a cien kilómetros a la redonda) que les cobraba multas y los complicaba sólo a ellos porque eran muy visibles. Los “malos”, en cambio, eran un desastre. Compraban y vendían en negro, explotaban a los bolivianos (y algunos eran bolivianos ellos mismos, lo que –a juicio del correntino- constituía un agravante), no pagaban ningún impuesto, vendían más barato y arruinaban a los productores “buenos”.

El correntino hablaba por sí y en representación de otros. Juraba que le parecía bien que controlemos pero exigía que los controles sean...

-...para todo el mundo. No se tienen que quedar en los costados de la ruta porque estos tipos están metidos adentro, escondidos y ustedes nunca los encuentran y ellos se les cagan de risa.

Buen tipo el correntino. Nosotros –Dios me perdone- lo inducíamos más o menos abiertamente a la delación. Que los marque, le pedíamos; pero el correntino no se animaba. Argumentábamos –Ángel era el más persuasivo- que había que terminar con la competencia desleal, que la ley le tenía que llegar a todo el mundo. Que nosotros también queríamos poder comprobar que había “buenos” y había “malos”. Si el correntino hubiese sido correntino de verdad le hubiese recordado los versos del chamamé “es la ley la que te castiga / por mi intermedio te da el sablazo / yo te lo fajo por la costilla / pero es la ley la que te castiga”, pero no era correntino de verdad.

Al final se animó y nos dio algunas direcciones con las que pudimos salvar el honor después de que todo explotara, pero eso se los voy a contar después.

Tenía la gente en blanco, el correntino, y cumplía todas las normas de higiene y seguridad en su galpón de empaque. Pagaba, no digo que bien, pero pagaba lo que marcaba la ley. Había pintado la línea amarilla que, este año, lucía reluciente. Me caía muy bien, aunque mostrara la hilacha cada tanto.

-¿Sabés qué pasa, Catani? –me decía- Hay que saber lo que es estar acá, en este desierto de mierda, cagado de frío y de viento y oliendo todo el día la mugre de los bolitas.

Los padres de la patria.
Cuando comenzaron nuestras revoluciones de independencia, la identidad nacional no tenía que ver con los estados, entre otras cosas, porque no había realmente estados. No existían los bolivianos, los paraguayos, los venezolanos, los chilenos, los argentinos. La gente se identificaba con el continente y con la ciudad o región. Se era americano de Caracas, americano de Buenos Aires, americano de Córdoba, americano de Potosí, americano de Quito.

Tiempo después nos hicimos los modernos y dividimos nuestra patria en parcelas más o menos manejables. Ese deslinde favoreció el surgimiento de nuevas identidades trabajadas por los sistemas de enseñanza, los actos patrióticos y los sentidos homenajes. El fútbol es lo que más ayuda hoy a mantenerlas.

No está de más entonces recordarles a nuestros nacionalistas de tablón que la Revolución de Mayo la encabezó un patriota de la bolivianísima ciudad de Potosí, don Cornelio Saavedra; que casi un tercio de los diputados del Congreso de Tucumán representaban a provincias bolivianas (en cambio, no había representantes de las provincias del litoral que declararon la independencia por su cuenta un año antes en Arroyo de la China) y que la declaración de la independencia fue publicada originalmente en castellano y en quechua

domingo, 09 de Septiembre de 2007

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Del blog ELQUIQUE, 09/09/2007

Imagen: Caricatura holandesa de la Guerra del Chaco, Amsterdam, 1932

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