Primero abordar el Metro de Ciudad de México hasta
la estación Tasqueña. Después recorrer del Tren Ligero de principio a fin,
ojalá ocupando algún asientito, pues su velocidad no es precisamente la de un
tren bala. A modo de compensación se tiene la posibilidad de contemplar el
paisaje urbano del sur de ciudad de México –talleres, bodegas, pasajes,
comercios, casas pequeñas que por momentos parecieran querer entrometerse en la
misma vía- y lo que va quedando del antiguo bosque de pino, acote, madroño,
cedro, ahuehuete, eucalipto, nopales, alcanfor y tepozán, por donde se
internaba el antiguo tranvía dado de baja por la modernidad. El trayecto se
completa con una caminata de media hora o un viaje en taxi de diez minutos por
estrechas calles interiores de viviendas estrechas, algunas con ampliaciones
improvisadas y comercio local.
Eso al menos en la teoría. En la práctica se da una
cosa muy distinta: al pretender realizar un recorrido representativo por el
canal y las islas o chinampas de la delegación de Xochimilco, se deben sortear
varios escollos, con el riesgo de fracasar en el intento. Apenas se pone un pie
fuera de los muros de la estación, aparecen decenas de centinelas coreando el
camino que los visitantes deben seguir si desean llegar al embarcadero, pero
sin especificar de qué embarcadero se trata. “Hay muchos –nos aclara María
Candelaria, vecina del sector-, pero el más importante, con más atractivos y
que vale la pena visitar es Nativitas”. Nos confidencia que la mayoría de los
que vocean en las esquinas se encuentran coludidos con quienes ubican sus
trajineras –embarcaciones que recorren las aguas sólo con la ayuda de un palo
de madera a modo de remo- en canales más pequeños para cobrar más de la cuenta
(existen tarifas oficiales que no son respetadas) y hacer recorridos
fraudulentos a desprevenidos turistas.
Siguiendo los consejos de María Candelaria,
abordamos un taxi en la siguiente esquina para reanudar la marcha. El frontis,
cruzado por una franja de cemento con una inscripción dentro de ésta, no da
lugar a confusiones: embarcadero Nativitas. A nuestra llegada, un adolescente
de pelo corto, fornido y de voz aflautada nos invita a seguirle los pasos.
Dejando atrás el calor, puestos de chucherías y comida, bandas de mariachis y
restaurantes criollos, atravesando un viejo puente de madera en forma de arco,
llegamos hasta unos escalones que limitan con la naciente agua gredosa. Allí
nos espera Saúl y su trajinera (en realidad no es de él, sino que sólo la
guía). Tras un acuerdo razonable, subimos a una colorida embarcación y nos
ubicamos en una larga banca de madera dispuesta en un extremo, frente a un
mesón también de madera, y comenzamos el deslizamiento por el canal. Desde los
costados aparecen trajineras más pequeñas, con sus centros humeantes, que nos
ofrecen alimentos preparados en el momento, además de refrescos, bebidas
alcohólicas, adornos, serenatas, arreglos florales y dulces. Ambiente propicio
para oír la voz de nuestro guía junto a una helada cerveza condimentada con
limón y diferentes tipos de ajíes de la zona. Primero nos habló con timidez,
luego con más seguridad y finalmente, alentado por nuestro entusiasmo, a sus
anchas.
Saúl ha convivido desde siempre con el canal. De
pequeños, a él y a sus hermanos los adultos los lanzaban a sus profundidades
para que solitos salieran a flote. Y Saúl lo consiguió. Aún más, tuvo que pasar
por otro duro proceso de aprendizaje, derivado del trauma de su abuelo a los
reclutamientos forzados del ejército en la época de la Revolución Mexicana.
Decidió proteger a sus nietos con el mismo sistema que a él lo librara de un
combate que no le pertenecía. Ante cualquier amenaza de guerra, conflicto o
asalto, la instrucción era lanzarse de piquero al canal e internarse dentro de
sus túneles subterráneos hasta que pasara el peligro. “Ahora no queda nada de
esos túneles, pero estaban justo aquí, debajo de la laguna –nos comenta Saúl,
apuntando con su dedo hacia el agua para enfatizar el relato-. Uno podía salir
por el otro lado sin que lo vieran”.
A medida que nos adentramos por el canal, le consultamos por la legendaria Isla de las Muñecas, principal motivación en ese momento para adentrarnos en Xochimilco, ignorantes del resto de sus tesoros ocultos. “En realidad, lo que vamos a ver son maquetas de esa isla –cuenta Saúl-. La verdadera está a dos horas y media de acá, pero hay que cruzar una rampa. De ese lado, la profundidad del agua es mayor desde el terremoto del 86. Por eso el avance es más lento”. Existen casos de guías de trajineras que les dicen a los turistas que el recorrido es por la auténtica Isla de las Muñecas, cuando no se trata más que de una de las cuatro maquetas existentes. “Lo mismo hacen algunos programas de televisión que no quieren hacer el viaje largo y graban por aquí nomás y después lo presentan como la verdadera isla –agrega Saúl-. Hasta hacen efectos sobrenaturales de mentira. Yo los he visto. Una vez, en un documental, me usaron de extra. Pero salgo con un sombrero y una manta, no se me ve la cara… ja, ja, ja”.
La historia –desdibujada por la leyenda- se remonta
a los años cincuenta. Despechado por la huida de su novia con otro hombre, Juan
Santa Ana Becerra decidió instalarse en una chinampa de su propiedad para vivir
como ermitaño, dedicándose a la oración y al cultivo de cereales,
hortalizas y flores. De vez en cuando, hablando lo justo y necesario, visitaba
el pueblo acompañado de un carretón para vender sus productos. Aparte de su
silencio, llamaba la atención en quienes lo divisaban la predilección de Santa
Ana por recoger muñecas de la basura. Cuando dejó de ir al pueblo, la venta de
productos la continuó su sobrino Anastasio Santa Ana. Al mostrarse este último
más afable, la gente decidió preguntarle el motivo por el cual su tío
recolectaba muñecas viejas. Anastasio les contó que cuando Julián recién había
llegado a la isla se produjo el ahogo de una joven en la orilla del canal. Para
evitar las voces, pasos y lamentos que según el ermitaño comenzaron a oírse en
la isla a partir de esta tragedia, decidió recurrir a las muñecas como amuletos
protectores. Tenía su muñeca favorita, “La moneca” o Agustina, la misma que aún
se encuentra repleta de ofrendas por los milagros y favores que ha concedido a
los visitantes que depositan su esperanza en ella. Sin embargo, a pesar
de las cientos de muñecas repartidas por la isla, Julián Santa Ana nunca dejó
de oír voces y aseguraba que una sirena deseaba llevárselo con ella a las
profundidades de Xochimilco. En 2001, mientras pescaba en el mismo sector donde
había perecido la joven años atrás, en el momento en que su sobrino se alejó
para ver a los animales, Julián sufrió un ataque cardiaco que lo lanzó de
bruces al canal. Cuando su sobrino regresó, el ermitaño ya estaba muerto.
Intentamos hacer el recorrido a la isla, pero no
estamos ni en el momento ni en el lugar indicado. 1 de enero, diez de la
mañana. El responsable de mover las palancas de la rampa no se encuentra en su
puesto para complacer a estos molestos turistas del sur. Ni siquiera los
ajolotes –anfibios característicos de la zona, en peligro de extinción y, según
Saúl, de excelente sabor si se les prepara asados al palo- salieron a
saludarnos. Sólo un par de patos blancos confianzudos aleteaban, a modo de
burla, alrededor nuestro. Lo comentamos y Saúl rememora: “Hubo un pato salvaje,
grandote y negro, que en noches con neblinas pasaba volando por las cabezas de
la gente. Viera el susto que les daba a los turistas. Podía ser que lo hiciera
para asustar de verdad o porque las luces de las velas de los mesones le
llamaban la atención. Muchos turistas juraban que era un brujo de capa negra
que salía y volvía al agua. Yo no les decía nada. Lo mismo el zumbido de
algunos insectos que dicen que son almas en pena en medio de silencio. Tampoco
digo nada. El que quiera creer, que crea. Yo igual he visto cosas, pero pocas,
apenas un monje con capucha detrás de los árboles”.
Para Saúl, no todos los días son iguales de
coloridos en Xochimilco. La mayor de las veces la provincia carcome el lugar y
el carnaval queda en la trastienda. Muchos se desilusionan y se van. Dejan
casas recién adquiridas, a muy alto precio, en el absoluto abandono. Desde el
canal se las ve lujosas, confortables, mini mansiones. A otros, en cambio, la
tranquilidad los atrae. Como a un antiguo cliente de Saúl, un hombre mayor, que
acostumbraba a pasear con su esposa por los canales durante los atardeceres.
Cierto día, el anciano llegó sólo. Saúl se disponía a retirarse a su casa a
descansar, por lo que le sugirió que ocupara a otro guía. El hombre insistía en
que fuese él. Saúl accedió por todos los años compartidos y el afecto recíproco.
Iniciaron un paseo por los mismos senderos recorridos tantas veces en compañía
de su esposa. El hombre le pedía en todo momento a Saúl que le relatara cuanta
anécdota se le viniera a la cabeza. Lo importante era que no se quedara
callado, que no hubiera silencioso incómodos. Saúl recuerda ese día nublado,
tal vez con un poco de llovizna. Demasiado silencio, pensó, lo que fue
justificado por la explicación final de su pasajero: la esposa acababa de morir
y decidió recorrer los mismos lugares que pasaba junto a ella, bajo la
conducción de Saúl. “Las noches de Navidad y Año Nuevo son iguales de tristes
que esta historia –dice Saúl fijándose en nuestros rostros apesadumbrados-.
Vienen pocas personas, la mayoría gente mayor, sola, sin parientes ni amigos.
Allí Xochimilco se pone diferente y todo el canal queda a disposición de esas
pocas personas”.
Saúl nos cuenta de un grupo de jueces que en
determinadas fechas lo contratan para recorrer el canal durante las noches. Él
sólo debe preocuparse de conducir en silencio, hasta el amanecer. “Dicen que lo
hacen para relajarse, liberar tensiones y todo eso. Acá se sube todo tipo de
gente”.
Alguna gente que puro pregunta leseras, dirá Saúl
sobre nosotros con el paso de los años. Claro, si es que nos recuerda.
Nosotros, en cambio, a él sí lo recordaremos por el resto de nuestras
vidas.
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De PLUMAS HISPANOAMERICANAS, 07/01/2016
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