Friday, August 26, 2016

Contra el olvido: las rutas de la guerra

ISABEL-CRISTINA ARENAS

Cada año huyen turistas del frío del norte de Europa hacia ese mar —sueño, dieta, clima, paisaje— Mediterráneo que en el mundo se asocia con sol, casas de playa y verano. En ese mismo mar han muerto entre el 1º de enero y el 5 de junio de este año 2.809 personas que huían de la guerra en Siria, según datos de la Organización Internacional para las Migraciones (IOM). Ellas, junto a las más de 200.000 que lograron sobrevivir, seguían “la ruta del Mediterráneo”, que no es precisamente el nombre de un plan de crucero. Siria, Turquía y de allí a Albania o Macedonia o Italia, si es que antes logran esquivar el régimen de Erdogan, el presidente turco.

Llegan a las playas ahora soleadas del Mediterráneo, como en Nubes, el cuento de Antonio Tabucchi en el que una niña preguntona y molesta no deja de hablarle a un exmilitar que trabajó en una “misión bélica de paz”. ¿En cuál guerra? Da igual, todas son iguales, lo sabe Isabel, Isabella. Los dos están de vacaciones en las costas de Croacia: “A la gente no le gusta saber que en los lugares vacacionales hubo antes una guerra”, le dice el exmilitar. En algún momento la niña se tapa los ojos y llora; sabe que el mundo es un lugar en donde cada día vuelve a salir el sol, y la arena y las casas de playa y el mar no se acuerdan de nada. El problema es que ella no sabe si eso le gusta.

Sol esloveno, croata, bosnio-herzegovino, montenegrino, serbio y macedonio, el que algún día fue uno solo, pero al que las Guerras Yugoslavas desbarataron: balcanizaron. En este año se cumplieron 25 años del estallido de la guerra en Croacia que prendió con camino de dinamita a sus vecinos y compatriotas que hasta ese momento habían vivido en una relativa paz. Iglesias cristianas, ortodoxas, mezquitas y sinagogas todas juntas, ahora en guerra; Yugoslavia desintegrada. Allí, en medio de todo —sobrevivió a los 44 meses de ataques— está Sarajevo, capital de Bosnia-Herzegovina, en donde Alfonso Armada (Vigo, 1958), periodista español, poeta y dramaturgo, fue corresponsal de El País durante la guerra entre etnias, nacionalidades, clases sociales y religiones, en la que murieron más de 200.000 personas y más de 2,7 millones quedaron sin hogar.

¿Sirve de algo escribir?, se pregunta Armada una y otra vez en Sarajevo. Diarios de la guerra de Bosnia (Malpaso, 2015). Tres diarios-cuadernos de guerra que se van intercalando con los artículos que debía enviar por su trabajo. Emociones: miedos y contradicciones complementan la lectura de los textos y acercan al narrador; el lector es consciente de que al periodista también le puede caer una bala en cualquier momento. El libro termina con dos epílogos: el primero en Dayton, Ohio, en Estados Unidos, quince años después de haberse firmado los acuerdos que pusieron fin al conflicto, y el otro en Sarajevo en 2013, veinte años después de haber sido corresponsal en la ciudad.

“Cuadernos azules” llama Alfonso Armada a sus libretas, y cuando se lee ese “azul” se nota más el color del canto del libro que se tiene entre manos. Qué bonitos son los libros de Malpaso. Los diarios comienzan el 14 de agosto de 1992 en Madrid, antes del viaje. A Armada lo acompaña Gervasio Sánchez, el fotorreportero al que en algún momento le roban su equipo de trabajo. Los dos regresan en 2013. Salen en carro desde Madrid, recorren 4.150,8 kilómetros en su viaje, una ruta por el Mediterráneo en busca de sus recuerdos, en el país que, según Armada, ha alcanzado la paz, pero no la justicia.

Sólo en marzo de este año Radovan Karadzic, líder serbio-bosnio, fue condenado a 40 años de prisión por el Tribunal Penal Internacional de La Haya por su responsabilidad en la matanza de Srebrenica, ese lugar macabro en donde en julio de 1995 asesinaron a más de 8.000 hombres y niños bosnios musulmanes en la limpieza étnica hecha por parte de los serbios. Ratko Mladic, general al mando durante el genocidio, todavía espera su sentencia, y Vojislav Seselj, líder ultranacionalista, salió libre y sigue pensando en la Gran Serbia. Los diarios de Armada terminan en 2013. Durante su viaje a Sarajevo lee Postales desde la tumba, de Izet Sarajlic, y recuerda el poema Si al menos fuera el año 1993. “Si fuera al menos aquel terrible, / el de la humillación a nada comparable, / año 1993 / cuando no teníamos nada más / que el uno al otro.
Ojalá fuera aquel terrible, / aquel tantas veces terrible 1993.
Tendría todavía cinco años completos / para poder mirarte / y tenerte a mi lado”.

Cuando se cierra una ruta —del Mediterráneo— se abre otra; cuando termina una guerra comienza otra. Las dos sólo cambian de lugar geográfico, pareciera que, como se preguntaba Isabella en el cuento de Tabucchi, la guerra y “las misiones bélicas de paz” fueran necesarias y la única salida. Ella se resiste a creerlo. “¿Quién es quién, quién dispara a favor de quién, o en contra de quién?”. Alfonso Armada dice en sus diarios que durante sus días en Bosnia escribía como un condenado a muerte, como si se le fuera la vida en ello. Creó la memoria tan necesaria para las víctimas, para todos. Así lo hizo durante su estancia en Sarajevo y las demás guerras que ha cubierto: el Congo, Ruanda, Burundi, Liberia y Sudán.

“Escribir no es un alivio, no sirve para nada. Pero escribo, contra el olvido del mundo y contra mi propio olvido”, dice Armada. Ha salido el sol y los jóvenes serbios juegan en una cancha cercana al cementerio de Potocari mientras familias musulmanas trasladan los 409 ataúdes con los restos identificados en la matanza de Srebrenica, cuenta el periodista a su regreso a Bosnia en 2013, el país que define como “desgarrado”. Es una región desgarrada por tanta desmemoria y ciclos abiertos: a menos de cuatrocientos kilómetros está Kosovo, que sigue con rayas punteadas en los mapas como territorio en disputa, Ucrania hierve a fuego lento, y más abajo Siria y las rutas del Mediterráneo.

* Sarajevo. Diarios de la guerra de Bosnia (Malpaso, 2015), Alfonso Armada, Colección Lo Real, dirigida por Jorge Carrión.

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De EL ESPECTADOR, 16/06/2016


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