Wednesday, July 26, 2017

El alfabeto de Maduro está cosido con pólvora

GLORIA M. BASTIDAS

Xiomara Scott era enfermera jubilada. Había trabajado durante 35 años en terapia intensiva del Hospital Miguel Pérez Carreño: un monstruo del aparato sanitario. Allí se realizó el primer trasplante de corazón en Venezuela. El domingo 16 de julio, cuando la oposición celebraba un plebiscito contra Nicolás Maduro y su propuesta de Asamblea Constituyente, Xiomara cayó sobre el pavimento. Se hallaba en las adyacencias de un centro de votación ubicado en la avenida Sucre de Catia (oeste de Caracas) cuando bandas armadas amparadas por el régimen tomaron por asalto el lugar. Un proyectil perforó la vena femoral de Xiomara. En medio de la fiesta ciudadana en que se había convertido la consulta popular, organizada en escasas dos semanas por la sociedad civil, el asesinato de la enfermera se convirtió en la nota luctuosa. La bala discordante portaba un metamensaje: si disientes del gobierno, puedes ser fusilado. No importa que sea en medio de una cola para votar. Los paramilitares escogieron como blanco la vena republicana de Xiomara. Su femoral democrática.

La trayectoria de la bala que liquidó a Xiomara no se inicia en el momento en que los motorizados que la acosaron apretaron el gatillo. Va más atrás. Al menos metafóricamente. El 28 de junio pasado, Nicolás Maduro pronunció unas palabras con sazón bélica. Dijo que lo que no se lograra por la vía de los votos (quizás aludía, sin quererlo, al escaso respaldo con que cuenta su gobierno), se lograría con las armas. No es Bolívar en la Guerra de Independencia. No es Alejandro Magno. No es Napoleón Bonaparte. Es Maduro en pleno siglo XXI. Un Maduro que hace apología de la pólvora. La consecuencia: Xiomara en el pavimento. Las palabras en boca de un presidente son órdenes. No son órdenes para el grueso de los venezolanos que llevan más de cien días plantados en las calles, pero sí constituyen un edicto para las bandas parapoliciales encargadas de defender la revolución. Antes que el gatillo, fue el verbo. Primero fue el verbo.

Maduro no ha sido el único. Francisco Arias Cárdenas ha hecho de su alfabeto una Kalashnikov. El actual gobernador del estado Zulia, y uno de los comandantes del intento de golpe del 4 de febrero de 1992, conminó a la oposición, hace poco, a que agarrara los fusiles. Fue una invitación a un cuerpo a cuerpo. Después hizo un mea culpa. Declaró a la BBC que la afirmación la formuló en un momento de molestia e incomodidad. Pero las palabras pesan. Soltar la lengua es como apretar el gatillo. Ahora que la revolución no tiene votos (o tiene muy pocos) su leitmotiv es el culto a las armas. Helos allí: empezaron pregonando el evangelio de la democracia protagónica y ahora que el pueblo quiere expresarse en las urnas electorales (Xiomara en la cola) terminan convertidos en gánsters.  En esa religión bélica también opera como sacerdote Adán Chávez. El hermano de El Comandante llamó a cerrar filas con Maduro: armas incluidas.

Y no son sólo palabras. Hay todo un tinglado montado alrededor de lo bélico. El régimen no ha escatimado a la hora de apertrecharse. Las estadísticas hablan claramente del culto que la revolución profesa a las armas. Un reporte publicado por el diario El Nacional, que toma como base los datos suministrados por el Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación de la Paz, señala que durante 17 años el chavismo ha gastado 5 mil 657 millones de dólares en armamentos y equipos militares. Venezuela ocupa el primer lugar en el ranking de América Latina en este tipo de adquisiciones en casi dos décadas: ha gastado más que Colombia (que enfrentaba a las FARC) y más que Brasil, que es un gigante.  La revolución necesita blindarse con balas ahora que los votos le resultan esquivos.

El chavismo escala en el ranking de la pólvora. Pero ocupa un lugar dramático en el de indicadores sanitarios.  En 2016 fallecieron en Venezuela 11 mil 466 menores de un año. La cifra supone un incremento de 30 por ciento con respecto a la registrada en 2015: 8 mil 812 decesos. La mortalidad materna muestra otro signo alarmante: 756 embarazadas fallecieron en 2016 contra 456 decesos reportados en 2015. El aumento fue de 65 por ciento. No importa: la revolución está primero. No hay gasas ni inyectadoras en los hospitales. Los bebés prematuros mueren porque no hay surfactante pulmonar. Las madres llegan desnutridas a las salas de parto. Los hospitales parecen morgues. El paisaje necrológico resulta secundario para la élite chavista. Un fusil es más importante que un antibiótico. Por eso Nicolás Maduro, Francisco Arias Cárdenas y Adán Chávez entonan su himno guerrero. Lo civil es herejía.  Las balas son la consigna. Allá quedó Xiomara: en el pavimento.

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De LETRAS LIBRES, 24/07/2017



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