PABLO CINGOLANI
Depende de cada
uno. Decir frontera puede evocar muchas cosas: el poder o la libertad, la
propiedad o la transgresión, la autoridad o la rebeldía, el fin o el comienzo,
el afuera o el adentro, lo estéril o lo magnífico.
Laberinto o
espejo, frontera es una palabra que a pesar del desgaste y la pauperización que
sufrió el lenguaje atrapado entre las garras de la tecnología, aún conserva su
brillo magnético, su lirismo, su furia, su íntima gloria.
Siempre habrá una
frontera —una frontera donde ampararse u olvidarse, una frontera para llegar o
para fugarse, una frontera que crear o desmitificar/se—, siempre habrá una
frontera mientras el ser humano no pierda su carácter y su sensibilidad, no
pierda la temperatura de su espíritu, ese que buscan enfriar las máquinas y los
aparatitos, esa que hizo al ser humano, lo que es y no un robot, no un sistema
programado, no un baboso zombi secuestrado por la tele.
Grietas, fisuras,
boquetes, atajos: hoy la vida busca anclarse allí donde el poder se aleja de su
centro y de sus redes virtuales pero que son tan reales que lo controlan todo,
y la frontera deviene el imperio de la fractura, el reino de la rajadura por
donde escaparse y soñar, por donde atreverse y encontrar otra imagen, otro sentido,
otra vivencia del mundo, otro mundo…
* * *
Estarse en la
frontera, tiene algunas ventajas inesperadas. Una de ellas es a la que aludiré
en este escrito. Hay dos obras consagradas en el ámbito planetario de la
literatura de viajes, de la literatura en suma, que narran hechos y situaciones
vividas por sus autores en Villazón, la capital de la provincia Modesto Omiste
del Departamento de Potosí, y uno de los extremos emblemáticos de Bolivia.
No sé si será tal
cual, pero cómo me gusta la conjetura, la anoto y dice así: el concepto de
"frontera" nació en América del Sur a comienzos del siglo XVII.
Sucede que un protector del mismísimo Cervantes, el conde de Lemos, el año de
1604 elaboró un cuestionario donde procura caracterizar los “subespacios” al
interior del espacio poblado.
Ciudad, villa,
pueblo, aldea, pueblo de indios, provincia, comunidad, son algunas de las
categorías de Lemos, contrapuestas al despoblado, que empieza a llamar la
atención en términos histórico-jurídicos. De esa dualidad poblado-despoblado y
la necesidad de delimitarla, surge una nueva categoría: la frontera.
Siglos después
esta idea de frontera se teñirá de sangre, de mucha sangre: así sea una
formalidad burocrática, la frontera entre lo habitado y lo desierto, la
frontera entre lo civilizado y lo bárbaro/lo salvaje, esa dicotomía justificó
genocidios en regla.
El extenso
cuestionario de Lemos aludió también a la dinámica y movilidad entre ambos
espacios, a los grupos que se desplazan por el territorio, a los itinerantes:
caminantes, guías, trajinantes, comerciantes, mineros, buscadores, andariegos.
Aunque ni
Villazón ni su hermana argentina La Quiaca existieran, Lemos estaba
describiendo a los moradores de la frontera, a los que merodean por esos lados.
Que dos de los
más conocidos escritores de viajes de la literatura contemporánea formen parte
de la lista, casi es un hecho natural, pero no por ello, menos destacable: no
conozco de una concentración textual así en otras localidades fronterizas.
Paul Theroux
arribó desde el norte; Luis Sepúlveda lo hizo desde el sur. Ambos terminaron
teniendo algo en común, además de la escritura: fueron amigos de Bruce Chatwin,
tal vez el más emblemático de los escritores viajeros contemporáneos. Bruce
Chatwin nunca estuvo en Villazón. Theroux y Sepúlveda, sí, y en circunstancias
de vida diametralmente opuestas, aunque ambos escribieron sus memorias de viaje
y las bautizaron casi-casi igual. El libro de Theroux se titula El
viejo expreso de la Patagonia. La obra de Sepúlveda es Patagonia
Express. La obra más conocida de Chatwin, publicada antes que las dos
anteriores, también tiene nombre patagónico y la verdad es que las
coincidencias, en este caso, no existen.
* * *
El norteamericano
Theroux partió de Boston en un tren urbano, de puro excéntrico y por seguir la
huella que ya había abierto traqueteando editorialmente por el
Transiberiano, y se propuso llegar hasta el extremo sur del continente, del
mismo continente americano donde se ubica Massachusetts, de una sola manera:
cruzando las fronteras de tren en tren. Así pasó por Villazón. El chileno
Sepúlveda salió expulsado de su patria, tras haber sido un prisionero político
y haber sobrevivido a la dictadura asesina de Pinochet. Buscando un lugar en el
mundo, dejando atrás el desarraigo y la muerte, arribó a Villazón. Ambos
escribieron copiosas páginas de su visita a la población altiplánica.
Theroux escribe
con una minuciosidad desquiciante aunque elegante, cada detalle de su arribo a
Villazón y de su tránsito a La Quiaca. Se queja de todo, o de casi todo, línea
a línea, pero especialmente del frío. La solución heroica que encuentra el
gringo es tan simple como consecuente con su carácter: se mete en el camarote
del tren, se abriga bien y se duerme. Uno puede pensar que Theroux es un ave
rara, pero Michaux escribió también desde toda la pesadumbre y el desasosiego
que le producían los Andes. No es país para burgueses aburridos.
Sepúlveda atesora
un relato entrañable que pinta la desgracia que se vivían esos años de Plan
Cóndor pero en contrapunto con las ganas de vivir que, en la mayoría de los
casos, fue la única arma de la que pudieron disponer los exiliados.
El mago de la
intertextualidad sentimental llega a La Quiaca y cruza al otro lado donde le
dicen que no hay boletos para el tren a La Paz. Cualquiera que haya vivido los
días de vino y rosas cuando había trenes, y haya llegado a Villazón en esos
mismos afanes, sabe que eso –que no te vendieran el boleto hasta último
momento- era religiosamente así. Entonces, Sepúlveda se vuelve a La Quiaca, a seguir
con los ritos: comerse un buen pedazo de carne asada y tomarse un amable litro
de vino. La puna, con un pingüino de tinto encima, es encantadora. Pero le
sucede algo que suele sucederte por esos lados, algo que podemos llamar como
“la fraternidad de las fronteras”: conoce a un ferroviario jubilado, alguien
que se desenganchó del vagón de la vida ordinaria, otro paria como él. Y
celebran el encuentro, aullando tangos y boleros, tomándose todo el vino de la
vida mientras afuera hace un frio de puñales y los milicos son los crueles
Señores de la Muerte.
Esa noche, el
bueno de Sepúlveda no duerme. Bien temprano, vuelve a Villazón y acude a la
boletería. Lo mismo que ayer. Pero esta vez, la tragedia irrumpe: una razzia
militar lo detiene, lo despoja de sus cosas —su mochila, sus libros, una
cantimplora llena de jugo de uvas—, lo estaquea al sol inclemente de la
altipampa por horas. Su compañero de infortunios era un Hare Krishna, flaco,
pelado, túnica naranja, jurando que tenía un pasaje de avión directo a la
India… ¡desde La Paz!
Mientras esto
ocurre, el tren se va, la esperanza parece marcharse con el humo de la
locomotora. Final: escritor izquierdista y devoto del mantra (¡hare-hare!) son
expulsados de Bolivia, sello rojo, indeseables, ¡fuera de aquí vagos de mierda!
Vuelven a cruzar el puente, el límite internacional: del otro lado de la raya,
los espera, ¿quién si no él?, el ferroviario jubilado, el Rey de los Parias,
como ellos, con un bidón de agua fresca y la sonrisa de saberlos vivos. El
pelado raja con su pandereta. Mr. Tambourine man les jura, mientras se despide:
¡llegaré a Calcuta, aunque tenga que ir nadando! Sepúlveda se va con el viejo,
vuelven al bar: otro asado de tira, otra catarata de emociones compartidas,
otra secuencia entrañable.
Amo el relato de
Sepúlveda tanto como detesto el de Theroux. Para el yanqui —rey/centro del
mundo— es imposible sentir las delicias de una frontera. Nosotros, los de este
rincón del planeta, los parias, los buscadores de márgenes, nosotros los que
seguimos soñando y por eso mismo las queremos tanto, sabemos que en las
fronteras todo puede sucederte —todo el desgarro pero también todo lo mágico— y
sucede, claro que sucede.
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